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Christianna se encontraba frente a la ventana de su dormitorio, mirando hacia la ladera de la colina, sobre la que caía una lluvia torrencial. Observaba a un gran mastín blanco, con las lanas enmarañadas y apelmazadas por el agua, que escarbaba con entusiasmo en el lodazal. El perro, un montañés del Pirineo que su padre le había regalado ocho años atrás, alzaba de vez en cuando la cabeza hacia ella y agitaba la cola, para luego seguir escarbando. El perro, que se llamaba Charles, podía considerarse su mejor amigo en muchos sentidos. Christianna rió al verlo perseguir a un conejo que escapó de sus zarpas y se escabulló a toda prisa. Charles ladró furioso y luego volvió a chapotear alegremente en el barro, a la espera de una nueva presa. Estaba disfrutando como loco, al igual que su dueña mientras lo contemplaba. El verano tocaba ya a su fin, pero aún hacía buen tiempo. Christianna había regresado a Vaduz en junio, tras pasar cuatro años en Berkeley, donde había realizado sus estudios universitarios. La vuelta a casa se le había hecho un tanto cuesta arriba, y por el momento lo mejor de aquel retorno era disfrutar de la compañía de su perro. Aparte de sus primos en Inglaterra y Alemania y diversos conocidos repartidos por Europa, el único amigo con el que contaba era Charles. En Vaduz, Christianna llevaba una vida aislada y solitaria, como la había tenido siempre. Además, creía poco probable que volviera a ver a sus amigos de Berkeley.

Christianna siguió a Charles con la mirada y, al verlo desaparecer en dirección a los establos, salió de su dormitorio a toda prisa, decidida a correr en su busca. Agarró el impermeable y las botas de goma que solía ponerse siempre que limpiaba la cuadra de su caballo y bajó a toda mecha por la escalera de atrás. Se alegró de no cruzarse con nadie por el camino; al momento, ya estaba fuera, dando traspiés en el barro en pos de su mastín blanco. Tan pronto el perro oyó la voz de su dueña que lo llamaba, acudió corriendo y se abalanzó sobre ella con tanto ímpetu que casi la derriba. Charles agitó la cola, sacudiendo agua por todas partes, le echó encima una pata llena de barro y, cuando Christianna se agachó para acariciarle el lomo, se alzó para lamerle la cara; luego, salió a escape de nuevo mientras su dueña reía divertida. Juntos, el uno al lado del otro, se lanzaron a la carrera por el camino de herradura. No hacía día para montar a caballo.

Cuando el perro se apartaba del camino, Christianna lo llamaba; él vacilaba apenas un instante, pero enseguida regresaba a su lado. Charles solía ser obediente, pero ese día estaba alterado por la lluvia; corría y ladraba más juguetón que de costumbre. Christianna estaba disfrutando tanto como él. Al cabo de casi una hora, con la respiración entrecortada, Christianna hizo un alto en el camino y el perro se plantó a su lado jadeando. Decidió emprender el regreso tomando un atajo y, media hora más tarde, ya habían alcanzado de nuevo el punto de partida. El paseo había sido agradable tanto para el perro como para su dueña, y los dos terminaron desgreñados y con un aspecto infame. La larga melena de Christianna, de un rubio casi platino, estaba apelmazada sobre la cabeza, tenía la cara empapada e incluso las pestañas se le pegaban. Ella nunca se maquillaba, a menos que tuviera que salir o previera que le tomarían fotos, y llevaba puestos los vaqueros que había comprado en Berkeley. Eran un recuerdo de su vida perdida. Christianna había disfrutado cada minuto de los cuatro años de estancia en aquella universidad. Luchó con uñas y dientes para que le permitieran hacer la carrera allí. Su hermano había cursado sus estudios universitarios en Oxford, y su padre le propuso que ella lo hiciera en la Sorbona. Pero Christianna se empecinó de tal modo por estudiar en Estados Unidos, que él terminó cediendo, aunque a regañadientes. Estudiar tan lejos de casa fue una liberación para Christianna, que disfrutó intensamente de cada día que pasó allí; por eso su regreso en junio, al terminar la carrera, se le hizo tan duro. Echaba mucho de menos a sus amigos de la universidad; eran parte de esa otra vida que tanto añoraba. Había regresado para afrontar sus responsabilidades y cumplir con su deber. Un deber que suponía una carga abrumadora para ella, de la que únicamente se sentía aliviada en momentos como ese, cuando correteaba por el bosque con su perro. El resto del tiempo se sentía como encarcelada, condenada a cadena perpetua. No tenía a nadie con quien compartir esos sentimientos, aunque de tenerlo, se habría sentido culpable e ingrata manifestándolos. Su padre era muy bueno con ella. Él percibía, y no porque Christianna le hubiera hecho partícipe de ese malestar, la tristeza que embargaba a su hija desde su regreso de Estados Unidos. Pero nada podía hacer al respecto. Christianna sabía tan bien como él que su infancia, así como la libertad de la que había disfrutado en California, habían tocado a su fin.

Cuando llegaron al término del camino, Charles alzó la vista hacia su dueña con una mirada inquisitiva, como preguntando si era preciso regresar.

—Lo sé, tampoco a mí me apetece —le dijo, acariciándole el lomo con cariño.

Era agradable sentir la caricia de la lluvia en el rostro, y le traía tan sin cuidado como a su perro que se le empapara la ropa o que su melena rubia se mojara. El impermeable le protegía el cuerpo, pero tenía las botas enfangadas. Miró a Charles y se echó a reír; parecía increíble que bajo aquel manto pardusco y enlodado se ocultara su mastín blanco.

Le había sentado bien hacer un poco de ejercicio, como también a Charles. El perro meneó la cola, con la mirada fija en su dueña, y ambos se encaminaron hacia palacio, si bien esta vez a un paso un tanto más decoroso. Christianna confiaba en acceder disimuladamente al edificio por la puerta trasera, pero colar a Charles dentro, en aquel infame estado, no sería tarea fácil. Estaba demasiado sucio para subirlo a los pisos superiores, así que no tendrían más remedio que cruzar por las cocinas. Tras el paseo por el barrizal, su fiel amigo estaba pidiendo un baño a gritos.

Christianna abrió la puerta con mucho sigilo, confiando en pasar inadvertida el mayor rato posible, pero nada más cruzar el umbral, Charles se le adelantó con su enorme mole enfangada y se precipitó en la estancia ladrando eufórico. A eso se le llama entrar con sigilo, se dijo Christianna, sonriendo compungida, y miró de soslayo como disculpándose, los rostros familiares que la rodeaban. Los empleados que trabajaban en las cocinas de su padre eran siempre amables con ella, y a veces desearía sentarse un rato con ellos, como cuando era niña, y disfrutar de su compañía y del grato ambiente que allí reinaba. Pero esos tiempos también habían quedado atrás. Aquella gente ya no le dispensaba el mismo trato que cuando ella y su hermano Friedrich eran niños. Friedrich era diez años mayor que ella y en ese momento se encontraba de viaje por Asia, un viaje del que no regresaría hasta seis meses después. Christianna había cumplido veintitrés años ese verano.

Charles no dejaba de ladrar y, pese a los vanos intentos de Christianna por dominarlo, con sus vehementes sacudidas había logrado salpicar de barro a casi todos los presentes.

—Lo siento mucho —se disculpó.

Tilda, la cocinera, se limpió la cara con el delantal, sacudió la cabeza y sonrió afablemente a aquella jovencita que conocía desde la cuna. Enseguida hizo un gesto en dirección a un muchacho, que se apresuró a sacar de allí al perro.

—Se ha puesto perdido —dijo Christianna al joven, deseando poder encargarse personalmente de bañar a Charles. Le gustaba hacerlo, pero sabía que era poco probable que se lo permitieran. Charles lanzó un gañido quejumbroso mientras lo sacaban de allí—. No me importa bañarlo yo misma... —añadió Christianna, pero el perro ya había desaparecido.

—Solo faltaría eso, alteza —replicó Tilda, arrugando la frente, y luego echó mano de una toalla limpia con la que secar también la cara de Christianna. De haber sido aún una niña, la habría reprendido y amonestado por presentarse allí de tal guisa—. ¿Le apetece comer algo? —A Christianna ni siquiera se le había pasado por la cabeza que fuera la hora de comer y rechazó el ofrecimiento con un gesto—. Su padre se encuentra aún en el comedor. Justo acaba de terminar la sopa. Podría hacer que le subieran algo a usted también.

Christianna vaciló un momento y finalmente asintió. No había visto a su padre en todo el día, y le gustaba disfrutar de su compañía en los raros momentos que compartían cuando no se encontraba trabajando. Por lo general, siempre lo rodeaban miembros del personal de palacio o debía apresurarse para asistir a alguna reunión. Para el príncipe era un lujo comer a solas, y aún más hacerlo en compañía de su hija. Christianna apreciaba sobremanera esos ratos juntos. Él era el único motivo por el que había regresado de buen grado a casa. No había tenido alternativa, aunque su deseo habría sido continuar los estudios en Estados Unidos y hacer un posgrado, por el simple hecho de quedarse un tiempo más allí. Pero ni tan siquiera se atrevió a plantear la posibilidad. Sabía que no se lo permitirían. Su padre la quería en casa. Y ella se sabía doblemente responsable por la sencilla razón de que su hermano no lo era en absoluto. Si Friedrich hubiera asumido de buena gana las responsabilidades que le correspondían, la carga de Christianna habría sido más liviana. Pero era inútil abrigar esperanzas en ese sentido.

Dejó el impermeable colgado de una percha en la antecocina y se quitó las botas. Las suyas eran notablemente más pequeñas que las demás. Christianna calzaba un pie minúsculo, era tan pequeñita toda ella que casi parecía una miniatura. Siempre que se ponía zapatos planos, su hermano le tomaba el pelo diciéndole que parecía una niña, sobre todo por su larga melena rubia, que en ese momento le caía aún mojada sobre la espalda. Tenía las manos pequeñas y delicadas, así como una figura perfecta y en absoluto infantil, pese a su talla y a una delgadez quizá excesiva. Su carita parecía un camafeo; decían que se parecía a su madre, y algo a su padre también, tan rubio como Christianna, aun cuando tanto él como su hermano eran muy altos: ambos rozaban el metro noventa. Su madre, bajita como ella, había fallecido cuando Christianna contaba cinco años y Friedrich quince. Su padre no contrajo matrimonio de nuevo. Christianna era la señora de la casa, y en las cenas y actos importantes solía ocupar el papel de anfitriona. Esa era una de las responsabilidades que le habían sido adjudicadas, y aun cuando no era de su agrado, cumplía con su deber por amor a su padre. Padre e hija habían estado siempre muy unidos. El príncipe siempre tenía muy presente lo duro que había sido para su hija crecer sin madre. Y pese a sus muchas obligaciones, siempre había procurado desempeñar tanto el papel de padre como el de madre, tarea no siempre fácil.

Christianna subió corriendo la escalera, descalza, con vaqueros y jersey. Llegó al office entre resuellos, dirigió una leve inclinación de cabeza a los allí presentes y se deslizó con mucho sigilo en el comedor. Su padre comía solo, enfrascado en una pila de papeles, con las gafas puestas y semblante serio. No había oído a Christianna entrar. Alzó la vista y sonrió, mientras su hija se instalaba silenciosamente en el asiento de al lado. Era evidente que se alegraba de verla, como siempre.

—¿Dónde te has metido, Cricky? —Así la llamaba desde que era una niña. Le dio una palmada cariñosa en la cabeza y, al inclinarse ella para besarle, advirtió que tenía el pelo mojado—. Has estado fuera mojándote. No habrás salido a montar con la que está cayendo, ¿verdad?

Se preocupaba por su hija, más que por Freddy. Christianna había sido siempre tan poquita cosa, la veía tan frágil... Desde que un cáncer se llevó a su esposa dieciocho años atrás, trataba a su hija como el regalo del cielo que la niña había supuesto para ambos al nacer. Se parecía tanto a su madre... Su difunta esposa tenía exactamente la misma edad que Christianna cuando se casaron. Ella era francesa, de la rama Borbón-Orleans, la dinastía que gobernaba en el país galo antes de la Revolución francesa. Christianna descendía de familias reales por ambos progenitores. Los antepasados de su padre procedían en su mayoría de Alemania, con primos en Inglaterra. La lengua materna de su padre era el alemán, si bien su esposa siempre se comunicó con él, así como con sus hijos, en francés. Tras su muerte, y en su memoria, el padre de Christianna había continuado hablando con sus hijos en ese idioma. El francés era la lengua en la que Christianna se sentía más cómoda, además de ser la que prefería, aunque hablaba también alemán, italiano, español e inglés. Desde su estancia en California, su dominio del inglés había mejorado enormemente y hablaba ya con absoluta soltura.

—No deberías salir a montar bajo la lluvia —la reprendió su padre cariñosamente—. Pillarás un resfriado o algo peor. —Desde el fallecimiento de su esposa, le acuciaba el temor, excesivo, tal como él mismo lo reconocía, de que su hija cayera enferma.

—No he salido a montar, sino a correr con Charles —aclaró Christianna.

En ese instante, un camarero depositó la sopa frente a ella, servida en un tazón de Limoges con reborde dorado y más de doscientos años de antigüedad. La vajilla había pertenecido a su abuela materna, y Christianna sabía que la herencia paterna les había legado otros muchos servicios de porcelana tan elegantes como aquel.

—¿Estás muy ocupado hoy, papá? —le preguntó, comedida.

Él asintió y apartó sus papeles con un suspiro.

—No más que de costumbre —contestó—. ¡Hay tantos problemas en el mundo, tantos asuntos imposibles de resolver! Los problemas de los hombres son de una complejidad enorme hoy día. Antes era todo mucho más sencillo.

Las inquietudes humanitarias de su padre eran sobradamente conocidas. Esa era una de las tantas facetas que lo hacían admirable a ojos de Christianna. El príncipe era un hombre digno de respeto; todos los que lo conocían lo tenían en gran estima. Compasivo, íntegro y valiente, era un paradigma para sus hijos. Christianna siempre escuchaba con atención sus consejos y procuraba seguir su ejemplo. Freddy, mucho más indulgente para consigo mismo, no acostumbraba atender a sus mandatos, ni a sus sabias palabras o requerimientos. Su indiferencia respecto a lo que se esperaba de él hacía que Christianna se sintiera doblemente obligada a atender deberes y respetar tradiciones que correspondían a ambos. Sabía lo decepcionado que su padre estaba con su hijo, por lo que se sentía obligada en cierto modo a compensarlo. Además, Christianna era mucho más parecida a su padre y siempre mostraba gran interés por sus proyectos, particularmente si atañían a los menesterosos de países en vías de desarrollo. En varias ocasiones había participado como voluntaria en dichos proyectos, en regiones depauperadas de Europa, labor que le había proporcionado una felicidad incomparable.

El príncipe puso al día a su hija sobre sus últimas empresas; ella escuchaba con interés y contribuía de vez en cuando con algún comentario. Él siempre sentía un profundo respeto por lo que ella opinaba, pues sus aportaciones eran inteligentes, fruto de una cuidadosa reflexión. Lástima que su hijo no poseyera la inteligencia ni la voluntad de Christianna. Por otra parte, sabía perfectamente que, desde su regreso a Vaduz, su hija sentía que estaba perdiendo el tiempo. No hacía mucho le había propuesto trasladarse a París y estudiar derecho o ciencias políticas en la Sorbona. Así al menos se mantendría ocupada y activa mentalmente; además, París estaba a la vuelta de la esquina. Allí contaba con muchos parientes de la familia materna con los que podía alojarse y, dada la cercanía, podría ir a visitarlo a Vaduz a menudo. La idea de independizarse por completo e instalarse en un apartamento propio, si bien habría sido del agrado de su hija, quedaba descartada totalmente. Christianna seguía considerando la propuesta de su padre, pero le interesaba mucho más emplearse en algo útil que ayudara al prójimo que retomar los estudios. Freddy se había licenciado en Oxford, por insistencia de su padre, y había terminado un máster en Empresariales en Harvard, títulos que de nada le servían, dada la vida que llevaba. El príncipe habría aceptado que Christianna estudiara algo menos práctico, de haber sido ese su deseo, aun cuando era una estudiante excelente y responsable en extremo, de ahí que pensara en derecho o ciencias políticas como materias apropiadas para ella.

Cuando estaban terminando el café, el secretario del príncipe entró en el comedor disculpándose y dirigió una sonrisa a la princesa. Aquel hombre era casi como un tío para Christianna; había trabajado al servicio de su padre desde que ella tenía memoria. La mayoría de sus empleados trabajaban para él desde hacía años.

—Siento interrumpir, alteza —se disculpó prudentemente—. Tiene cita con el ministro de Economía dentro de veinte minutos, y han llegado informes nuevos sobre el mercado suizo de divisas que tal vez considere oportuno hojear antes de departir con él. Y a las tres y media viene a palacio nuestro embajador en Naciones Unidas.

Christianna comprendió que su padre estaría ocupado hasta la hora de la cena, y entonces seguramente requerirían su presencia en algún acto solemne u oficial. Ella de vez en cuando lo acompañaba a esos actos, cuando él se lo pedía. De no ser así se quedaba en casa, o aparecía brevemente en algún acto. En Vaduz para ella quedaban descartadas las veladas informales con amigos, como las que había disfrutado en Berkeley. Allí solo la aguardaban obligaciones, responsabilidades y trabajo.

—Gracias, Wilhelm. Bajo en unos minutos —respondió su padre en voz baja.

El secretario se despidió con parsimoniosa reverencia y abandonó discretamente la estancia. Christianna, entretanto, con el mentón apoyado en las manos, siguió sus pasos con la mirada y dejó escapar un suspiro. Parecía más joven que nunca, así como un tanto atribulada, pensó su padre mientras la miraba y sonreía. Era tan bonita y tenía tan buen corazón... El príncipe sabía que desde su regreso las tareas oficiales la abrumaban, como él había temido que sucedería. Las responsabilidades y el peso que conllevaban no eran fáciles de sobrellevar para una joven de veintitrés años. Las inevitables limitaciones con las que debía vivir terminarían a buen seguro exasperándola, como le habían exasperado a él a su edad. También Freddy se sentiría abrumado por esa carga cuando regresara en primavera, aunque cuando se trataba de escurrir el bulto, siempre había demostrado ser mucho más hábil que su padre o su hermana. La única ocupación de su hijo consistía en divertirse, profesión a la que se dedicaba con total exclusividad. Desde que había salido de Harvard, vivía entregado por completo al dolce far niente. No hacía otra cosa, y tampoco sentía el menor deseo de madurar o cambiar.

—¿No te cansas de lo que haces, papá? A mí me agota solo ver tu apretada agenda.

Su padre parecía pasarse la vida trabajando, y nunca se quejaba. El sentido del deber formaba parte de su persona.

—Disfruto con lo que hago —respondió con sinceridad—, pero he de decir que no lo hacía a tu edad. —Siempre era franco con ella—. Al principio aborrecía este trabajo. Creo recordar que una vez le comenté a mi padre que me sentía como si estuviera en una cárcel, y él se quedó horrorizado. Con el tiempo te acostumbras. Igual que te pasará a ti, hija mía.

No existía otro camino para ninguno de los dos, ese era el papel que se les había adjudicado desde la cuna, y desde muchos siglos atrás. Al igual que su padre, Christianna lo aceptaba con resignación.

El padre de Christianna, el príncipe Hans Josef, era el soberano de Liechtenstein, un principado de ciento sesenta kilómetros cuadrados y 33.000 habitantes, que limita al este con Austria y al oeste con Suiza. El principado, independiente por completo, mantenía su neutralidad desde la Segunda Guerra Mundial. Esa condición de país neutral constituía un marco idóneo desde el cual el príncipe podía desarrollar su interés humanitario por los pueblos oprimidos y menesterosos del globo. De todas las actividades de su padre, esta era la que más interesaba a Christianna. La política mundial no atraía tanto su atención, mientras que a su padre, necesariamente, le apasionaba. Freddy no sentía interés por ninguna de las dos cosas, aun cuando era el príncipe heredero y algún día ocuparía el trono. En otros países europeos, a Christianna le habría correspondido el tercer lugar en la línea de sucesión, pero en Liechtenstein la mujer tenía vetado el acceso a la corona, de modo que aun en el caso de que su hermano no ocupara el lugar que le correspondía como soberano, ella nunca llegaría a gobernar el país, aunque tampoco sentía deseo alguno de hacerlo, pese a que su padre solía decir con orgullo que estaba perfectamente capacitada para ello, mucho más que su hermano. Christianna no envidiaba el papel que heredaría su hermano algún día. Bastante tenía con aceptar el suyo. Sabía que a partir del día en que regresara de California, debería vivir en Vaduz para siempre, cumplir con sus deberes y hacer lo que se esperaba de ella. Era un hecho indiscutible, no le quedaba otra opción. Se sentía como un purasangre con una única carrera a la vista: apoyar a su padre, en todas las minucias que estuvieran en su mano. La mayoría de las veces, las tareas que allí desempeñaba se le antojaban un sinsentido total. Sentía como si estuviera desperdiciando su vida en Vaduz.

—A veces detesto este trabajo —afirmó sin rebozo, pero su padre ya estaba al tanto de ese sentir. En ese momento no tenía tiempo para infundirle ánimos, pues debía reunirse con el ministro de Economía en breves minutos, pero la desazón que percibió en la mirada de su hija le llegó muy hondo—. Me siento inútil aquí, papá. Como decías hace un momento, con tantos problemas como hay en el mundo, ¿qué hago yo en Vaduz, visitando orfanatos e inaugurando hospitales, cuando podría estar en otra parte haciendo algo importante?

Su voz sonaba quejumbrosa y triste, y él depositó la mano cariñosamente sobre la de ella.

—Tu labor aquí, aunque no te lo parezca, es importante. Estás ayudándome. Yo no doy abasto para cumplir con esas funciones de las que tú te encargas. Nuestro pueblo aprecia mucho tu participación en esos actos. Es justo lo que habría hecho tu madre, de seguir viva.

—Sí, pero ella lo había elegido —replicó Christianna—. Cuando se casó contigo, sabía de antemano la vida que le esperaba. Fue su deseo dedicarse a ello. Yo, en cambio, siempre siento como si estuviera perdiendo el tiempo.

Ambos sabían que si Christianna seguía los deseos de su padre, terminaría contrayendo matrimonio con alguien de su abolengo, y si su consorte era un príncipe soberano como su padre o un príncipe heredero como su hermano, el desempeño de esas funciones era la mejor preparación que podía recibir para el futuro. Siempre existía la posibilidad remota de que contrajera matrimonio con una persona de rango inferior, pero teniendo a una alteza real por un lado y a una alteza serenísima por otro, parecía cuando menos improbable que su futuro consorte no descendiera de estirpe real. Su padre nunca lo habría consentido. Los Borbón-Orleans, por parte de madre, recibían todos tratamiento de alteza real. Al igual que su abuela paterna. Y el príncipe de Liechtenstein tenía el tratamiento de alteza serenísima. A Christianna le correspondían ambos por nacimiento, pero su título oficial era el de «serenísima». Estaban emparentados con la Casa de Windsor inglesa —la reina de Inglaterra era prima segunda—, y en la familia del príncipe Hans Josef había Habsburgos, Hohenlohes y Thurn und Taxis. En cuanto al principado propiamente dicho, mantenía lazos muy estrechos con Austria y Suiza, pese a que en ninguno de esos países era una monarquía. En cualquier caso, todos y cada uno de los familiares del príncipe Hans Josef y de Christianna y Freddy, así como los antepasados que les precedían, eran de estirpe real. Su padre le decía, desde que era niña, que cuando se casara debería restringirse al círculo al que pertenecía. Christianna nunca se había planteado que existiera otra opción.

La única época de su vida en la que no se había visto afectada por su condición real fue la etapa de California; durante su estancia allí, residió en un apartamento en Berkeley, acompañada de dos guardaespaldas, un hombre y una mujer. Solo desveló su identidad a sus dos amistades más íntimas, que mantuvieron el secreto religiosamente, al igual que la administración de la universidad, que también estaba al corriente. La mayoría de las personas con las que tuvo trato durante aquellos años no llegó a conocer nunca su condición, y Christianna fue feliz así. Le sentó de maravilla aquel inusitado anonimato, librarse de las restricciones y obligaciones que tanto la oprimían desde su juventud. En California, era «casi» una estudiante universitaria más. Casi. Con dos guardaespaldas y un soberano por padre. Cuando le preguntaban a qué se dedicaba su padre siempre respondía con evasivas. Al final, aprendió a decir que trabajaba en derechos humanos o en relaciones públicas, otras veces que en política; todo ello, en esencia, era cierto. Nunca utilizó su título mientras estuvo allí. En cualquier caso, pocas de las personas a las que conoció sabían dónde estaba Liechtenstein, ni que ese país tuviera lengua propia. Nunca mencionó a nadie que su familia vivía en un palacio, una fortaleza del siglo XIV reformado en el XVI. Christianna había sido muy feliz con la independencia y el anonimato de sus años universitarios. Pero ahora todo era distinto. En Vaduz volvía a ostentar el título de alteza serenísima y a soportar todo lo que ello conllevaba. Ser una princesa era como una maldición para ella.

—¿Quieres acompañarme a la audiencia con el embajador en Naciones Unidas? —le propuso el príncipe, para intentar animarla un poco. Christianna dejó escapar un suspiro y declinó el ofrecimiento con un gesto de la cabeza, mientras su padre se levantaba ya de la mesa. Christianna le siguió.

—No puedo. Tengo que inaugurar un hospital. No me explico para qué tenemos tantos hospitales. —Sonrió compungida—. Tengo la impresión de que me paso la vida cortando cintas.

Era una exageración, naturalmente, pero en ocasiones se sentía de ese modo.

—Seguro que tu presencia en ese acto significa mucho para ellos —repuso él, y Christianna sabía que tenía razón.

Pero ella habría deseado ocuparse en algo más útil, trabajar con la gente, ayudarla, procurar mejorar la vida de otros de una forma tangible, en lugar de ponerse un sombrerito, un traje de Chanel y las joyas de su difunta madre o cualquier otra de las alhajas que se guardaban en las cámaras acorazadas del estado. La corona que su madre había lucido en la coronación del príncipe Hans Josef aún se guardaba allí. Su padre siempre decía que Christianna la luciría el día de su enlace matrimonial. Ella misma se sorprendió de lo mucho que pesaba el día que se la ciñó en la cabeza para probársela.

—¿Quieres acompañarme a la recepción de esta noche para el embajador? —le propuso su padre mientras recogía sus papeles. No deseaba atosigarla, dada la evidente pesadumbre que la embargaba, pero llegaba tarde a su cita.

—¿Necesitas mi presencia? —preguntó Christianna cortésmente, siempre respetuosa para con su padre. Habría acudido sin protestar si él le hubiera dicho que sí.

—No, a decir verdad. Solo si te apetece. Es un hombre interesante.

—Seguro que lo es, papá, pero si no necesitas que vaya, preferiría quedarme arriba en vaqueros y leer un rato.

—O jugar con el ordenador —bromeó él.

A Christianna le encantaba comunicarse por correo electrónico con sus amigos de la facultad, con los cuales mantenía correspondencia a menudo, incluso después de regresar a Vaduz y pese a saber que, inevitablemente, la amistad que les unía se iría desvaneciendo con el tiempo. Llevaba una vida tan distinta a la de ellos... Era una princesa absolutamente moderna y una mujer llena de vitalidad, pero de vez en cuando sentía el peso de ser quien era y lo que se esperaba de ella como si arrastrara una bola enganchada a una cadena. Sabía que Freddy sentía lo mismo. En los últimos quince años, su hermano se había convertido en una especie de playboy, siempre en el punto de mira de la prensa sensacionalista, que a menudo aireaba sus idilios con actrices y modelos de toda Europa, así como, esporádicamente, con jóvenes de la realeza. Ese era el motivo que lo había llevado a Asia: escapar de la atención pública y del continuo acoso de la prensa. Era su padre quien lo había animado a que se ausentara un tiempo. Pronto debería sentar cabeza. El príncipe tenía menos expectativas respecto a su hija, puesto que al fin y al cabo esta no heredaría el trono. Pero sí sabía lo aburrida que estaba, razón por la cual le había propuesto cursar estudios en la Sorbona. Incluso él era consciente de que Christianna necesitaba algo más en la vida que inaugurar hospitales. Liechtenstein era un país pequeño, y su capital, Vaduz, una ciudad minúscula. Recientemente también le había propuesto hacer un viaje a Londres y visitar a sus primos y amistades de allí. Ahora que había terminado sus estudios y aún no estaba casada, tenía pocas actividades con las que ocupar el tiempo.

—Nos vemos después de la cena —dijo su padre tras darle un beso en la coronilla.

Christianna aún tenía el pelo mojado y alzó sus enormes ojos azules hacia él. La tristeza que el príncipe percibió en ellos hizo que se le encogiera el corazón.

—Papá, necesito hacer algo más con mi vida. ¿Por qué no puedo irme del país como ha hecho Freddy? —Lo dijo en tono quejumbroso, como habría hecho cualquier chica de su edad que deseara sonsacar algún favor de su padre o permiso para hacer algo que no fuera del agrado de este.

—Porque te quiero aquí conmigo. No aguantaría seis meses sin ti, te añoraría demasiado.

Una repentina chispa de malicia destelló en los ojos de su padre. Había disfrutado de su mejor etapa, mientras su madre vivía; desde entonces solo se había entregado a su familia y a sus responsabilidades. No existía otra mujer en su vida, ni había existido desde la muerte de la madre de Christianna, aunque no por falta de pretendientes. Se había dedicado por entero a su familia y su trabajo. La suya era una vida en verdad sacrificada, infinitamente más que la de ella. Sin embargo, Christianna sabía que esperaba ser correspondido.

—En el caso de tu hermano —añadió risueño—, a veces es un gran alivio saberlo lejos. Ya sabes cómo le gusta llamar la atención.

Christianna soltó una carcajada. Freddy siempre se las ingeniaba para meterse en líos, de los que los medios de comunicación terminaban haciéndose eco. Desde que se trasladó a Oxford para cursar sus estudios, el jefe de prensa de la casa principesca dedicaba gran parte de su tiempo a guardar las espaldas del primogénito. Freddy tenía treinta y tres años, y durante los últimos quince sus apariciones en la prensa habían sido constantes. Christianna solo era objeto de la atención de los medios cuando acudía a actos institucionales en compañía de su padre o en las inauguraciones de hospitales y bibliotecas.

A lo largo de toda su carrera universitaria, sus únicas apariciones en la prensa habían sido: una fotografía en la revista People, tomada con ocasión de un partido de fútbol al que había asistido con uno de sus primos de la casa real británica, otra serie de fotos en Harper’s Bazaar y Vogue, y una preciosa imagen, en traje de gala, que había publicado Town and Country, para ilustrar un reportaje sobre la joven realeza. Christianna intentaba no llamar la atención, actitud que complacía a su padre. Freddy era otro cantar, aunque él era varón, como el príncipe Hans Josef solía recalcar. A pesar de ello, ya había advertido a su hijo de que cuando regresara de su periplo asiático se habrían terminado los devaneos con supermodelos y los escándalos con jóvenes aspirantes al estrellato, y si continuaba montando escándalos, le retiraría la asignación. Freddy se había dado por enterado y había prometido buen comportamiento a su regreso. Pero no tenía ninguna prisa por regresar.

—Nos vemos esta noche, hija mía —dijo el príncipe Hans Josef, abrazándola cariñosamente.

Luego abandonó el comedor, mientras el personal hacía profundas reverencias a su paso.

Christianna regresó a sus dependencias, situadas en la tercera planta del palacio. Estas consistían en un hermoso y amplio dormitorio, un vestidor, una elegante salita y un despacho. En este la aguardaba su secretaria, acompañada por Charles, que estaba echado en el suelo. Lo habían bañado, peinado y acicalado de tal manera que ya no quedaba rastro del perro con el que había estado correteando por el bosque esa misma mañana. El pobre parecía un tanto alicaído tras el aseo. Odiaba que lo bañaran. Christianna posó la mirada en él y sonrió; se sentía más afín a aquel animal que a cualquier otra persona de palacio, incluso tal vez del país entero. También a ella le desagradaba que la peinaran, la acicalaran y la atosigaran con tantos desvelos. Era mucho más feliz correteando con él como esa mañana, mojándose y poniéndose perdida de barro. Dio unas palmaditas a Charles en la cabeza y se sentó a su escritorio; su secretaria alzó la vista risueña y le tendió la temida agenda del día. Sylvie de Maréchale era una señora de unos cincuenta años, natural de Ginebra; sus hijos ya habían crecido y abandonado el nido: dos de ellos vivían en Estados Unidos, otro en Londres y otro en París. Durante los últimos seis años, ella era quien se ocupaba de los asuntos de la princesa. Pero disfrutaba mucho más con su trabajo ahora que Christianna estaba de vuelta. Su trato era cálido y maternal, y en ella encontraba Christianna alguien con quien al menos conversar y, si era preciso, también quejarse de lo aburrida que era su vida.

—Hoy a las tres tiene programada la inauguración de un hospital, alteza, y a las cuatro, una visita a una residencia de ancianos. Seguramente será breve, y no está previsto que pronuncie discurso en ninguno de los dos lugares. Bastará con unas palabras con las que exprese su agradecimiento y su admiración por la labor que realizan. Los niños del hospital le harán entrega de un ramo de flores.

En la lista que le tendió figuraban los nombres de las personas que la acompañarían durante el acto y de los tres niños escogidos para hacerle entrega del ramo. Sylvie de Maréchale era impecablemente organizada; siempre proporcionaba a Christianna la información imprescindible. Cuando era necesario, la acompañaba en sus desplazamientos. Y dentro de palacio, la ayudaba a organizar las pequeñas veladas para personas destacadas a las que el padre de Christianna le rogaba que agasajara e incluso las cenas de postín para jefes de Estado. Dirigía su propio hogar con el mayor rigor, y ahora enseñaba a Christianna a dirigir el suyo, sin descuidar ninguno de los detalles y las minucias que convertían en un éxito cualquier velada. Sus instrucciones eran perfectas, su gusto exquisito, y su amabilidad para con su joven jefa infinita. Sylvie era la secretaria perfecta para una joven princesa y poseía un grato sentido del humor con el que sabía levantar el ánimo de Christianna cuando la veía abrumada por el peso de sus obligaciones.

—Mañana inaugura una biblioteca —añadió con tacto, sabiendo lo hastiada que estaba la princesa de esas funciones, y eso que apenas habían trascurrido tres meses desde su vuelta a casa. Christianna aún sentía su retorno a Vaduz como una condena—. Mañana sí tendrá que pronunciar un discurso —puntualizó—, pero por hoy se ha librado.

Christianna estaba ensimismada, pensando en la conversación que había mantenido con su padre. Aún no sabía adónde, pero tenía claro que quería irse de allí. Tal vez cuando Freddy regresara, así su padre no se sentiría tan solo. Sabía lo mucho que detestaba sus ausencias. Quería a sus hijos, disfrutaba con su compañía, y por muy príncipe soberano que fuera, nada en el mundo lo hacía tan feliz como su familia, como también había sido feliz en su matrimonio, con aquella mujer a la que aún añoraba.

—¿Quiere que le redacte el discurso de mañana? —se ofreció Sylvie.

No era la primera vez que lo hacía y se le daba muy bien. Pero Christianna denegó el ofrecimiento.

—Puedo hacerlo yo misma. Tendré tiempo esta noche.

Redactar discursos le recordaba sus deberes universitarios. Incluso eso añoraba. Además, así se entretendría un poco.

—Dejaré sobre su escritorio la información sobre la nueva biblioteca —ofreció Sylvie y luego echó un vistazo al reloj y dio un respingo ante lo tardío de la hora—. Mejor que vaya vistiéndose, alteza. Debe salir dentro de media hora. ¿Puedo ayudarla? ¿Quiere que vaya a por algo?

La princesa negó con la cabeza. Sabía que Sylvie se refería a las joyas guardadas en la cámara acorazada, pero las únicas alhajas que Christianna solía ponerse eran el collar de perlas y los pendientes a juego, obsequio del príncipe Hans Josef a su madre. Llevarlas significaba mucho para ella. Y a su padre siempre le alegraba que las luciera. Inclinó la cabeza en dirección a Sylvie y salió del despacho para cambiarse, seguida por el fiel Charles.

Media hora más tarde ya estaba de vuelta, ataviada como toda una princesa. Vestía un traje de Chanel azul pálido con una flor blanca y un lazo negro en el cuello. Y llevaba un bolsito de piel de cocodrilo que su padre le había traído de París, a conjunto con unos zapatos negros del mismo tipo de piel, el collar de perlas con los pendientes a juego de su madre y, en el bolsillo del traje, unos guantes blancos de cabritilla.

Lucía elegante a la par que juvenil, con su melena rubia recogida en una larga coleta muy bien peinada. Se apeó impecable del Mercedes, que la había conducido hasta las puertas del hospital, y saludó al director y a los miembros de la administración del centro con maneras cálidas y amables. Pronunció unas palabras de agradecimiento con las que reconocía la labor que iban a llevar a cabo y se entretuvo a continuación charlando y estrechando la mano de los que salían en tropel a la escalinata de entrada para verla. Todos se quedaron cautivados con su belleza, su juventud y lozanía, su elegancia en el vestir, la naturalidad de su trato y su sencillez en todos los aspectos. Como en todas sus comparecencias públicas, en las que representaba a su padre y a la casa real, Christianna se desvivió por causar buena impresión; mientras se alejaba del hospital en el Mercedes, todos los que se habían congregado a sus puertas hicieron gestos de adiós con la mano, y Christianna les devolvió el saludo del mismo modo, con sus impecables guantes blancos de cabritilla. La visita había sido un éxito rotundo para todos.

Christianna reclinó la cabeza en el asiento un instante, de camino a la residencia de ancianos, pensando en los rostros de los niños a los que acababa de besar. Desde que había asumido sus funciones oficiales en junio, había besado a centenares de ellos. Le resultaba difícil creer, e incluso más difícil aceptar, que en eso consistiría su misión para el resto de su vida: cortar cintas, inaugurar hospitales, bibliotecas y centros de la tercera edad, besar a niños y ancianas y estrechar manos a diestro y siniestro para luego alejarse en su vehículo oficial haciendo adiós con la mano. No pretendía ser ingrata, ni faltar al respeto a su padre, pero detestaba profundamente representar ese papel.

Sabía muy bien lo afortunada que era en muchos sentidos. Pero al reflexionar sobre su situación y darse cuenta de lo fútil que era su vida, y de que seguiría siéndolo en años venideros, se sintió abatida. Permanecía con los ojos entornados mientras el vehículo se detenía frente a la residencia de ancianos, y cuando el guardaespaldas que la acompañaba a todas partes le abrió la portezuela del coche, observó dos lágrimas que resbalaban lentamente por las mejillas de la princesa. Christianna esbozó una sonrisa, para él y para el público que aguardaba a su llegada con semblante ilusionado y expectante, y se enjugó las lágrimas con una mano envuelta en piel de cabritilla.