Cuando esta novela vio la luz por vez primera en forma de libro corrió el rumor de que me había obsesionado con la historia y me había dejado llevar por ella. Algunos críticos sostuvieron que la obra había sido, en un principio, un relato que se le había ido de las manos al autor. Uno o dos de esos críticos encontraron, en el mismo texto, pruebas de su afirmación, que al parecer les divertía. Destacaron las limitaciones de la forma narrativa. Argumentaron que ningún hombre podría hablar durante todo ese tiempo, ni otros hombres escucharlo tanto rato. Según dijeron, no resultaba muy creíble.
Después de pensarlo durante unos dieciséis años, sigo sin estar muy seguro de esas afirmaciones. Se sabe de hombres, tanto en los trópicos como en la zona templada, que pasan sentados media noche «contando batallas». Esta es otra batalla más, aunque con interrupciones que proporcionan cierto descanso al lector. En cuanto a la resistencia de los oyentes, debe aceptarse el postulado de que la historia era, en efecto, interesante. Se trata de una suposición preliminar y necesaria, pues, de no haber creído que era interesante, jamás habría empezado a escribirla. En cuanto a la simple posibilidad física de la narración oral, todos sabemos que el desarrollo de algunos discursos del Parlamento británico se ha aproximado más a las seis horas que no a las tres; mientras que la totalidad de la parte del libro dedicada a la narración de Marlow puede leerse, yo diría, en menos de tres horas. Además —aunque he obviado por completo ese tipo de detalles sobremanera insignificantes del relato—, podemos suponer que esa noche se tomaron refrigerios o algún que otro vaso de agua mineral para facilitar el discurso del narrador.
Sin embargo, y ahora sin chanzas, lo cierto del caso es que, en un principio, pensé en escribir un relato, algo relacionado simplemente con el suceso del barco de los peregrinos, nada más. Era un concepto justificado desde el punto de vista literario. No obstante, tras redactar un par de páginas, por algún motivo me sentí frustrado y las dejé de lado durante un tiempo. No las saqué del cajón hasta que el difunto señor William Blackwood me sugirió entregar algo más para publicar en su revista.
Solo entonces me di cuenta de que el suceso del barco de los peregrinos era un buen punto de partida para una historia con la que dar rienda suelta a la creatividad y la divagación. Era un acontecimiento, además, que podría describir la totalidad del «sentimiento existencial» de un sencillo y juicioso personaje. No obstante, todas esos intereses y consideraciones preliminares eran bastante confusos en ese momento y no me parecen más claros ahora, después de este lapso de tantos años.
Las pocas páginas que había dejado de lado no fueron baladíes a la hora de escoger el tema; pero lo reescribí todo. Cuando por fin me senté a trabajar, supe que sería un libro largo, aunque no preveía que fuera a prolongarse como para ser publicado en tres números de Maga.
Me han preguntado, en alguna ocasión, si no era este mi libro preferido de entre todos los que he escrito. Soy un gran enemigo del favoritismo en la vida pública, en la privada, e incluso en la delicada relación de un autor con su obra. Por principios, no tendré favoritos, aunque no llegaré al extremo de sentirme agraviado ni molesto por la preferencia de algunas personas hacia mi Lord Jim. Ni siquiera diré «No logro entender…». ¡No! Aunque una vez llegué a sentirme verdaderamente confuso y sorprendido.
Un amigo mío, recién llegado de Italia, me contó que había hablado con una señora a la que no había gustado el libro. Me molestó, por supuesto, pero lo que en realidad me sorprendió fue la razón de su disgusto. «Ya sabe —había dicho la señora—. Es que la historia es tan enfermiza…»
Esa declaración me sumió en ansiosas reflexiones durante una hora. Al final llegué a la conclusión de que, haciendo ciertas concesiones por el hecho de que el tema en cuestión puede resultar bastante extraño para el gusto más habitual de las damas, la señora en cuestión no podía ser, de ninguna de las maneras, italiana. Dudo incluso que fuera europea. En cualquier caso, ningún lector latino podría haber encontrado nada enfermizo en la clara conciencia de la pérdida del honor. Esa conciencia puede estar equivocada, o tal vez esté en lo cierto, o puede criticarse por ser fingida; o, quizá, mi Jim no responda a un tipo de mentalidad muy extendida. Pese a todo, estoy en condiciones de afirmar, con total seguridad, a mis lectores que el personaje no es fruto de una fría y perversa maquinación de mi pensamiento. Tampoco es un personaje inspirado en la mitología nórdica. Una mañana soleada, en los típicos alrededores de una ensenada oriental, le vi pasar: atractivo, imponente, bajo una nube, en completo silencio. Y así es como debía ser. Mi cometido era, con toda la comprensión de la que fuera capaz, dar con las palabras perfectas para explicar su existencia. Él era «uno de los nuestros».
J.C. (1917)
Por dos dedos, quizá un poco más, no superaba el metro ochenta, era de complexión fuerte y avanzaba hacia uno con paso firme, los hombros ligeramente caídos, la cabeza echada hacia delante y la mirada baja, clavada en su objetivo; recordaba a un toro dispuesto a embestir. Tenía una voz profunda, sonora, y sus gestos expresaban una tenaz confianza en sí mismo carente de cualquier agresividad. Diríase más bien una obligación, y, al parecer, no solo consigo mismo, sino con todos los demás. Su aspecto era impecable, iba ataviado de blanco níveo desde el sombrero hasta el calzado, y era muy conocido en los diversos puertos orientales donde se ganaba la vida como corredor comercial de proveedores de buques.
Un corredor comercial no debe superar prueba alguna bajo el sol, sino que debe poseer la habilidad teórica y demostrarla en la práctica. Su trabajo consiste en competir a la carrera, entre velamen, vapor o remos, con los demás corredores, a la zaga de cualquier bajel que esté a punto de arribar a puerto. Ha de saludar al capitán con jovialidad, forzarle a que acepte una tarjeta —la tarjeta de la compañía o la del proveedor de buques en persona— y, en su primera visita a tierra firme, dirigirle con decisión aunque sin ostentación hasta una espaciosa tienda, semejante a una caverna, repleta de los víveres y bebidas que se consumirán a bordo. Allí se puede conseguir todo lo necesario para que la embarcación esté en condiciones de navegar y luzca lo más hermosa posible: desde un conjunto de garfios para el cable hasta un librito de láminas de pan de oro para las tallas de popa. Allí, el capitán de fragata es recibido como un hermano por un proveedor de buques que no ha visto en su vida. Hay una sala fresca, poltronas, botellas, cigarros, utensilios de escritorio, un ejemplar del reglamento portuario y una cálida bienvenida que desprende la costra de sal marina con la que está recubierto el corazón del marinero tras una travesía de tres meses. El vínculo que se establece en ese momento perdura, mientras el barco permanezca amarrado a puerto, gracias a las visitas diarias del corredor comercial. Con el capitán es fiel como un amigo y considerado como un hijo, con la paciencia de un santo, la generosa devoción de una mujer y la jovialidad de un amigo del alma. Pasado un tiempo, llega la cuenta. Es una ocupación bella y humanitaria. Por ello, los buenos corredores comerciales escasean. Cuando uno de los que posee esa habilidad en la teoría cuenta con la ventaja adicional de haber sido criado para la vida en el mar, su patrón debe invertir en él un buen sueldo y mucha simpatía. Jim siempre obtuvo ganancias tan suculentas y una afabilidad tan exagerada que con ellas podría haberse comprado la fidelidad de un diablillo. No obstante, con una ingratitud incomprensible, despreciaba su puesto de trabajo de un día para otro y partía. Para sus patronos, las razones que argüía eran, claro está, inaceptables. En cuanto les daba la espalda, le gritaban: «¡Maldito chiflado!»; esa era su consideración sobre la exquisita sensibilidad de Jim.
Para los hombres blancos que trabajaban en el puerto y para los capitanes de las embarcaciones era simplemente Jim. Huelga decir que tenía otro nombre, pero no manifestaba interés alguno en que este fuera pronunciado siquiera. Su anonimato, con más agujeros que un colador, no tenía como objeto encubrir su verdadera personalidad, sino un hecho. Cuando el acontecimiento en cuestión salía a la luz, Jim abandonaba, de un día para otro, el puerto donde se encontraba en ese momento y ponía rumbo a otro, por lo general situado más al este. Se aferraba a tierra firme porque era un marinero exiliado del mar y porque tenía esa habilidad en la teoría, que solo es útil para la ocupación de corredor comercial. Emprendía su tranquila y ordenada retirada con rumbo al sol naciente, y el hecho lo seguía con indiferencia aunque de forma inevitable. Así pues, con el paso de los años, fueron conociéndole, de forma sucesiva, en Bombay, Calcuta, Rangún, Penang, Batavia… y, en todas esas paradas, era simplemente Jim, el corredor comercial. Pasada esa época, en la que su clara visión de lo intolerable lo alejó de una vez por todas de los puertos marítimos y los hombres blancos, y lo llevó hasta la mismísima selva virgen, los malayos de la aldea selvática donde había decidido ocultar su deplorable aptitud, añadieron una palabra a su anonimato monosilábico. Lo llamaron tuan Jim: en otras palabras, lord Jim.
Había nacido en casa de un párroco. Numerosos capitanes de elegantes buques mercantes proceden de esas moradas de piedad y paz. El padre de Jim poseía ese conocimiento de lo incognoscible que está hecho a medida para enseñar rectitud a las personas de los caseríos sin perturbar la buena conciencia de quienes la inefable Providencia permite morar en mansiones. La modesta iglesia situada en lo alto de una colina tenía el tono gris musgoso de una roca vista a través del cedazo de hojas dentadas. Llevaba varios siglos allí, pero los árboles que la rodeaban evocaban la colocación de la primera piedra. Al pie de la colina, la fachada roja de la rectoría destacaba con su cálida pátina entre parcelas de hierba, lechos de flores y abetos, con un huerto en la parte trasera, un establo pavimentado a la izquierda y los paneles de cristal inclinados de los invernaderos encajados en una pared de ladrillos. La vivienda había pertenecido a la familia durante generaciones; pero Jim tenía cuatro hermanos y cuando, tras un periodo de lectura de literatura ligera apta para las vacaciones, se despertó su vocación por el mar, lo enviaron de inmediato a un «buque escuela para oficiales de la marina mercante».
Allí aprendió algo de trigonometría y cómo cruzar los juanetes sobre las gavias. Solía ganarse el respeto de todos. Ocupaba el tercer puesto en navegación y era remero en el primer cúter. Como sabía mantener la cabeza fría y poseía un físico excelente, se manejaba con gran agilidad en la arboladura. Su puesto estaba en el mastelero de proa, y a menudo miraba hacia abajo desde allí, con el menosprecio de un hombre destinado a brillar en situaciones de peligro, hacia la pacífica aglomeración de tejados partida en dos por el cauce marrón del río. Desperdigadas en la planicie de las afueras, las sencillas chimeneas de la fábrica se elevaban perpendiculares hacia un cielo mugriento, todas delgadas como un lápiz y escupiendo humo como un volcán. Desde allí veía los barcos que zarpaban, los cargueros de baos anchos en movimiento constante, los pequeños bajeles allá a lo lejos, a sus pies, con el brumoso esplendor oceánico de fondo y la promesa de una emocionante vida de aventuras.
En la cubierta inferior, en esa torre de Babel de doscientas voces, empezaba a soñar despierto y anticipaba en su imaginación la vida en el mar de la literatura folletinesca. Se veía salvando a los ocupantes de embarcaciones que se iban a pique, tronchando mástiles en medio de un huracán, atravesando a nado una ola para halar un cabo, o como solitario náufrago, descalzo y harapiento, caminando sobre arrecifes desnudos en busca de crustáceos para no morir de inanición. Se enfrentaba a los salvajes de las costas tropicales, sofocaba motines en alta mar, y, en un pequeño bote que surcaba el océano, mantenía elevado el ánimo de hombres desconsolados; siempre dando ejemplo de devoción al deber y tan inquebrantable como un héroe literario.
—Ocurre algo. Vamos.
Se levantó de un salto. Los grumetes subían a toda prisa por las escalerillas. Había un gran alboroto en cubierta y mucho griterío, y cuando se asomó por la escotilla se quedó paralizado, como trastornado.
Era el atardecer de un día de invierno. El vendaval había arreciado desde el mediodía, se había detenido el tráfico fluvial y en ese momento soplaba con una fuerza huracanada en ráfagas irregulares que atronaban como las salvas de poderosos cañones disparadas sobre el mar. La lluvia fustigaba el aire con sesgadas cortinas de agua que no paraban de agitarse, y, entre ellas, Jim vislumbró las terroríficas consecuencias de la tempestad arrolladora: las pequeñas embarcaciones vapuleadas contra la orilla, los edificios inmóviles bajo el aguacero, los anchos cargueros anclados cabeceando pesadamente y los espaciosos desembarcaderos flotantes emergiendo y hundiéndose, cubiertos de espuma. El viento racheado que sopló a continuación acabó con todo eso. El aire estaba cargado de partículas de agua. Se respiraba un fiero propósito en el céfiro, una seriedad iracunda en sus aullidos, en el tumulto brutal de cielo y tierra, que parecían dirigirse a Jim. El joven contuvo la respiración, estaba impresionado; no movió ni un músculo pero todo empezó a darle vueltas.
Le dieron un empujón.
«¡Al cúter!»
Los muchachos pasaron corriendo junto a él. Un buque costero que avanzaba a toda máquina en busca de resguardo había colisionado contra una goleta anclada, y uno de los instructores del barco había presenciado el accidente. Una turba de grumetes se encaramó a las barandillas, se apiñaron todos alrededor de los pescantes. «¡Un choque! Justo delante de nosotros. El señor Symons lo ha visto.»
Un empujón hizo a Jim tambalearse y caer contra el palo de mesana, pero se agarró a un cabo. El viejo buque escuela, encadenado a sus amarras, se estremecía de popa a proa, cabeceando ligeramente con la popa al viento, y con su ligero aparejo entonando, con grave gemido, la melodía entrecortada de su juventud en el mar. «¡Arriad las velas!» Jim vio el bote tripulado, se agachó con sigilo por debajo de la barandilla, y corrió hacia él. Oyó el chapuzón de caída al agua. «¡Largad amarras!» Se agachó. El río que bordeaba el buque borboteaba con vetas espumosas. El cúter resaltaba en la oscuridad creciente bajo el hechizo de marea y viento, que, durante un instante, lo retenía en lo alto para colocarlo luego de través. Jim oyó una voz lejana procedente del otro extremo de la nave: «¡Remad todos a una, grumetes, si es que queréis salvar a alguien! ¡Remad todos a una!». Y, de pronto, la proa se elevó hacia el firmamento y, remontando una ola con los remos levantados, se liberó del hechizo con que la apresaban viento y marea.
Jim sintió que alguien lo agarraba con firmeza por el hombro. «Demasiado tarde, jovencito.» El capitán del barco retenía con una mano a ese muchacho que parecía a punto de saltar por la borda, y Jim levantó el rostro con la conciencia del fracaso en la mirada. El capitán le sonrió, comprensivo. «Ya habrá mejor suerte la próxima vez. Esto te enseñará a ser más vivo.»
Un agudo vítor dio la bienvenida al cúter. La nave regresó danzando medio llena de agua, y con dos hombres agotados achicándola en las tablas del fondo. En ese instante, a Jim se le antojaron despreciables sobremanera la agitación y la amenaza del viento y el mar, lo que intensificó el remordimiento que sentía por el pavor que le había causado su ineficiente provocación. Ahora ya sabía a qué atenerse. Tenía la sensación de que el vendaval le era indiferente. Podía arrostrar peligros mayores. Podía hacerlo, y mejor que nadie. No le provocaba ni un ápice de miedo. No obstante, esa noche se quedó sentado a un lado mientras que el proel del cúter —un muchacho con rostro aniñado y grandes ojos grises— era el héroe de las tablas del fondo. Impacientes curiosos se apiñaban a su alrededor. El joven relataba lo ocurrido: «Yo solo le vi asomar la cabeza, y hundí el bichero en el agua. Lo enganché por los calzones y estuve a punto de caer por la borda, y eso creí que iba a ocurrirme, pero el bueno de Symons soltó la caña del timón y me agarró por las piernas; el bote estuvo a punto de irse a pique. El viejo Symons es un buen tipo. Tanto se me da que sea un poco gruñón con nosotros. No dejó de blasfemar ni por un segundo mientras me agarraba por la pierna, aunque esa era su forma de decirme que aguantara bien el bichero. El viejo Symons es un tipo bastante nervioso, ¿verdad? No, no el rubio bajito, sino el otro, el barbudo robusto. Cuando lo subimos a bordo, se quejaba: “¡Ay, mi pierna, mi pierna!”, y puso los ojos en blanco. Es curioso ver a un hombretón hecho y derecho desmayarse como una damisela. ¿Alguno de vosotros se desmayaría por un pinchazo con un bichero? Yo no. Se le hundió en la pierna solo hasta aquí. —Señaló el bichero, que había llevado consigo a tal objeto, y causó sensación—. ¡No, estúpido! No lo agarré por la carne, estaba sujeto por los calzones. Pero salía sangre a borbotones, claro».
Jim consideró que aquella era una exhibición de vanidad lamentable. El vendaval había satisfecho un heroísmo tan espurio como su pretensión de sembrar el terror. Jim estaba furioso con el tumulto brutal de cielo y tierra por haberle pillado desprevenido y haber frenado, de forma injusta, su generosa disposición a prestar auxilio en situaciones imposibles. Salvo por eso, se sentía bastante contento de no haber embarcado en el cúter, puesto que un logro menor se había llevado todos los laureles. Él había aprendido más que los grumetes que habían hecho el trabajo. Cuando los hombres fueran presa del miedo, entonces —tenía el firme convencimiento— solo él sabría cómo arrostrar la amenaza espuria del viento y los mares. Sabría cómo valorarla en su justa medida. Al considerarla de modo desapasionado, le parecía desdeñable. No le provocaba emoción alguna, y la consecuencia última de un acontecimiento pasmoso era que, tras haber pasado desapercibido y al apartarse de la ruidosa multitud de muchachos, lo inundó el júbilo por la renovada certeza de su sed de aventuras y, en cierto sentido, de su compleja valentía.
Tras dos años de formación se echó a la mar y, al adentrarse en las regiones tan conocidas para su imaginación, descubrió, extrañado, que eran terreno yermo para la aventura. Realizó numerosas travesías. Conoció la mágica monotonía de la existencia entre el cielo y el mar: debía soportar las críticas de los hombres, las exacciones del mar y la prosaica severidad de los quehaceres diarios que nos dan el pan, pero cuya única recompensa se encuentra en el puro amor al trabajo. Esa recompensa le era esquiva. No obstante, para Jim no había vuelta atrás, pues no hay nada más hechizante, desilusionador y esclavizante que la vida en el mar. Además, tenía un buen porvenir. Era caballeroso, formal, tratable, profundo conocedor de sus deberes; y, con el tiempo pero siendo aún muy joven, se convirtió en piloto de un buen barco, sin haberse sometido siquiera a la prueba de esos avatares en el mar que demuestran, en la práctica, la verdadera valía de un hombre, la resistencia de su templanza y la pasta de la que está hecho. Todo eso pone de manifiesto su grado de resistencia y la realidad oculta de sus pretextos, no solo para los demás sino para sí mismo.
En todo ese tiempo, en una sola ocasión experimentó de soslayo la gravedad de la furia del mar. Esa realidad no se manifiesta tan a menudo como suele creerse. Existen infinitos matices en el peligro de las aventuras y las tempestades, y solo de vez en cuando se descubre una violenta intención en los acontecimientos. Se trata de un algo indefinible que obliga al hombre a estar convencido, de corazón y con razón, de que esas dificultades en los accidentes o esa furia de las fuerzas de la naturaleza le acontecen con un propósito maligno, con un poder que se escapa a cualquier control, con una crueldad indomable que lo despoja de la esperanza y el miedo, del dolor por la fatiga y el anhelo de reposo; que provoca el aplastamiento, la destrucción y la aniquilación de todo cuanto ha visto, conocido, amado, disfrutado o aborrecido, todo lo inestimable y necesario: la luz del sol, los recuerdos, el futuro; que le priva de la visión del valioso mundo con el acto simple y atroz de quitarle la vida.
Jim, lesionado por la caída de un mástil al principio de una semana —de la que el capitán escocés diría más adelante: «¡Muchacho!, ¡es un milagro que esta barcaza haya sobrevivido a esos tiempos!»—, pasó varios días tendido en el catre, aturdido, desesperanzado y atormentado como si se encontrara en una profunda y angustiosa sima de su estado de ánimo. El final le traía sin cuidado, y en sus momentos de lucidez incluso exageraba su indiferencia. El peligro, si no se tiene delante, posee la imperfecta vaguedad del pensamiento humano. El miedo se torna impreciso, y la imaginación, enemiga de los hombres, madre de todos los miedos, sin necesidad de estímulos, se sumerge, para descansar, en la monotonía de la emoción agotada. Jim no veía más que el desorden de su cabina vapuleada por la marea. Permaneció allí tendido, en medio de esa devastación a pequeña escala, sintiéndose secretamente contento por no tener que subir a cubierta. Sin embargo, de tanto en tanto, lo invadía un repentino ataque de angustia, que llegaba a asfixiarlo y lo hacía soltar un grito ahogado y retorcerse bajo las mantas. Después, la estúpida brutalidad de una existencia sujeta a la agonía de tales sensaciones lo llenaba de un desesperado deseo de huir a cualquier precio. Pero el buen tiempo regresó, y Jim no volvió a pensar en ello.
No obstante, su cojera no remitía y cuando el barco arribó a un puerto oriental tuvo que acudir al hospital. Su recuperación fue lenta, y lo dejaron en tierra.
Había solo otros dos pacientes en el pabellón de los blancos: el comisario de un cañonero, que se había roto la pierna al caerse por una escotilla; y un amable contratista ferroviario de una provincia vecina, afectado por una misteriosa enfermedad tropical, que consideraba al médico un borrico, y que engullía con fruición específicos que su criado tamil solía colar en el recinto con incansable devoción. Se contaban sus vidas, jugaban alguna que otra partida de cartas, o, bostezando y en pijama, ganduleaban durante todo el día en sus mecedoras sin decir ni una palabra. El hospital estaba en una colina, y la suave brisa que entraba por las ventanas, siempre abiertas de par en par, llevaba a la habitación la tersura del día, la languidez de la tierra, el aliento cautivador de los mares orientales. Era una brisa cargada de perfumes: la sugerencia de un reposo infinito, el regalo de sueños sin fin. Jim dirigía la mirada todos los días por encima de los matorrales de los jardines, por encima de los tejados del pueblo, sobre las frondas de palmeras plantadas en la orilla, hacia la dársena que es una carretera hacia Oriente, hacia la dársena moteada de isletas engalanadas, iluminadas por un sol festivo, con sus barcos como de juguete, su vibrante actividad cual desfile popular, coronada por la eterna serenidad del cielo oriental y la sonriente calma de los mares orientales que se apodera del espacio hasta donde alcanza la vista.
En cuanto pudo caminar sin bastón, Jim bajó al pueblo en busca de alguna oportunidad para regresar a casa. No le ofrecieron nada de inmediato y, mientras esperaba, se relacionó, con toda naturalidad, con sus compañeros de profesión en el puerto. Los había de dos clases. Algunos, muy pocos y presentes allí rara vez, llevaban una vida misteriosa, habían conservado una energía indestructible y tenían carácter de bucanero y mirada de soñador. Al parecer, vivían en medio de una caótica amalgama de planes, esperanzas, peligros, empresas, como avanzados a la civilización, en misteriosos lugares del mar; y su muerte era el único acontecimiento de su fantástica existencia que se antojaba como logro certero. La mayoría eran hombres que, dejados allí por alguna eventualidad, como le había ocurrido a Jim, se habían quedado a servir como oficiales de barcos locales. En la actualidad sentían pavor por prestar servicio en su país natal, donde las condiciones eran más duras, la concepción del deber más estricta y acechaban los peligros de los océanos tempestuosos. Se habían acostumbrado a la calma eterna del cielo y el mar orientales. Adoraban las travesías cortas, las cómodas tumbonas, las numerosas tripulaciones de nativos y la distinción que les proporcionaba su condición de blancos. Se estremecían con solo pensar en el trabajo duro y llevaban una vida fácil y precaria, siempre a punto del despido, siempre a punto de conseguir un empleo, al servicio de chinos, árabes, mestizos… Habrían trabajado al servicio del mismísimo Diablo si el Maligno se lo hubiera puesto fácil. Hablaban sin parar de sus golpes de suerte: de cómo mengano se hizo con el mando de un barco en la costa de China, algo fácil; o de cómo fulano tenía alojamiento en algún lugar de Japón, o de lo bien que le iba a zutano en la marina siamesa. Y en todo lo que decían —en sus actos, su aspecto y su personalidad— se detectaba un punto débil, la localización de la decadencia, la determinación de pasar la vida holgazaneando y siempre a salvo.
A Jim, esa multitud chismosa, esos que se consideraban marineros, le pareció, a primera vista, más insustancial que muchas sombras. Sin embargo, a la larga llegó a sentir cierta fascinación por la contemplación de esos hombres, porque parecían no hacer grandes concesiones al peligro ni al trabajo duro. Con el tiempo, además del desdén inicial arraigó en él, de forma gradual, otro sentimiento; y, de pronto, tras descartar la idea de irse a casa, ocupó un camarote de oficial primero en el Patna.
El Patna era un vapor local más viejo que Matusalén, magro como un galgo y más comido por el óxido que un aljibe desterrado a un rincón de la embarcación por insalubre. Era propiedad de un chino, lo había fletado un árabe y lo capitaneaba una especie de renegado alemán procedente de Nueva Gales del sur, siempre dispuesto a insultar a su país natal en público, pero que, por el éxito de la próspera política de Bismarck, era implacable con todos a cuantos no temía, y se llenaba la boca de «sangre y acero» al tiempo que enarbolaba su nariz violácea y su bigote pelirrojo.
Tras haber recibido una mano de pintura en el casco y una capa de lechada en el interior, ochocientos peregrinos (aproximadamente) subieron a bordo mientras la nave escupía vapor junto a un embarcadero de madera.
Embarcaron en tropel por tres pasarelas; embarcaron en tropel impelidos por su fe y la esperanza del paraíso; embarcaron en tropel produciendo un continuo retumbar de pisadas con sus pies descalzos, sin pronunciar ni una palabra, ni emitir un murmullo, ni echar la vista atrás. Y cuando superaron la limitación de las barandillas, se dispersaron a babor y estribor, yendo de popa a proa; se apiñaron para bajar por las escotillas bostezantes, ocuparon hasta el último recoveco de las entrañas del barco: como el agua que llena una cisterna, como el agua que fluye y penetra en grietas y ranuras, como el agua que asciende hasta estar a punto de rebosar. Ochocientos hombres y mujeres llenos de fe y esperanzas, querencias y recuerdos, fueron cuantos allí habían congregado, procedentes del norte y del sur, y de las proximidades de Oriente, tras sortear los senderos selváticos, descender ríos, recorrer las costas en praos por cauces poco profundos, cruzar de una isla a otra en pequeñas canoas, arrostrar sufrimientos, experimentar extrañas visiones, verse acuciados por extraños peligros, aferrándose a un único deseo. Provenían de chozas solitarias en plena jungla, de populosos campongs, de poblaciones costeras. Movidos por una idea, habían abandonado sus selvas, sus claros, la protección de sus gobernantes, su prosperidad, su pobreza, los paisajes de su juventud y las sepulturas de sus padres. Llegaban cubiertos de polvo, de sudor, de mugre, de andrajos; los hombres fuertes dirigiendo los grupos familiares; los hombres enjutos y ancianos empujados hacia delante sin esperanza de volver; jóvenes muchachos de mirada intrépida observándolo todo con curiosidad; tímidas muchachas de largas y enmarañadas melenas rubias; mujeres desconcertadas, tapadas y con los brazos cruzados sobre el pecho, envuelta la cabeza con pañoletas deshilachadas, y sus bebés dormidos, inconscientes peregrinos de un riguroso credo.
—¿Qué le parece el ganado? —preguntó el capitán alemán a su nuevo piloto.
Un árabe, el jefe de ese misericordioso viaje, fue el último en llegar. Embarcó con paso cansino, apuesto y sereno con su túnica blanca y su abultado turbante. Lo seguía una retahíla de criados, cargados con su equipaje; el Patna soltó amarras y se alejó del muelle.
La nave se dirigió hacia el paso entre dos isletas, cruzó con rumbo oblicuo el fondeadero para los veleros, describió un semicírculo sobre la sombra de una colina, y a continuación surcó rozando un saliente de arrecifes bañados de espuma. El árabe, de pie en popa, recitaba en voz alta la oración de los viajeros por mar. Invocó los favores del Altísimo para el viaje, imploró su bendición para recompensar a los hombres por su esfuerzo y realizar los propósitos secretos de su corazón. El velero batía en la oscuridad las tranquilas aguas del estrecho; y más allá de la popa del barco de peregrinos, un faro giratorio, plantado por infieles en un bajío traicionero, parecía guiñarles un ojo de fuego, como mofándose del destino errante de la nave.
La embarcación pasó el estrecho, cruzó la bahía, y prosiguió su rumbo sin desviarse a través del «Canal de un grado y medio». Continuó en línea recta hacia el mar Rojo bajo un cielo sereno, bajo un cielo abrasador y despejado, envuelto por un fulgor de rayos solares que sofocaba cualquier pensamiento, oprimía el corazón, marchitaba cualquier impulso de fuerza y energía. Y rendido al siniestro esplendor de ese cielo, el mar, azul y profundo, permanecía inmóvil como una balsa de aceite, sin una ola, sin una onda, viscoso, estancado, muerto. El Patna, con un tenue silbido, surcaba esa llanura, luminosa y tersa, y dibujaba una voluta negra de humo en el cielo, dejando a su paso una lazada blanca de espuma en el agua que desaparecía al nacer, como el rastro de un trazo dibujado por el espectro de un velero sobre un lienzo de un mar muerto.
Todas las mañanas, el sol, como si sus revoluciones siguieran el ritmo con el que avanzaba la peregrinación, emergía como una explosión sorda de luz en el mismo punto exacto situado en la distancia, a popa, y era alcanzado por la nave al mediodía. El astro vertía el concentrado de fuego de sus rayos sobre las piadosas metas de los hombres, descendía sigilosamente y pasaba ante ellos hasta hundirse de forma misteriosa en el mar, una tarde tras otra, conservando la misma ventaja por delante de la proa en movimiento.
Los cinco blancos de la tripulación vivían en el centro del barco, aislados del cargamento humano. Los toldos protegían la cubierta con una blanca techumbre que se extendía de proa a popa, y un tenue murmullo, un murmullo grave de voces tristes, revelaba, por sí solo, la presencia de una multitud de personas sobre el resplandor cegador del océano. Así pasaban los días, silenciosos, abrasadores, pesados, se desvanecían uno a uno en el pasado, como si cayeran en un abismo abierto para siempre en la estela del barco. Y la embarcación, solitaria bajo un penacho de humo, seguía su rumbo fijo, negro y humeante, en una inmensidad luminosa, como calcinado por una llama ardiente que un cielo impío lanzaba sobre él.
Una maravillosa quietud invadía el mundo, y las estrellas, con la serenidad de sus rayos, derramaban sobre el globo la garantía de una seguridad perdurable. La luna nueva que volvía a curvarse y brillaba baja en el oeste, era como una delgada viruta caída de una barra de oro; y el mar de Omán, bruñido y gélido a la vista como una placa de hielo, extendía su perfecto y liso manto hasta el perfecto círculo de un horizonte negro. La hélice giraba sin pausa, como si su pulso hubiera formado parte del esquema de un universo seguro; y, a ambos lados del Patna, dos profundos pliegues de agua, constantes y sombríos sobre el terso resplandor, contenían entre sus rectas y divergentes crestas unos pocos remolinos de espuma blanca que se disolvía con un gemido, unas pocas olitas, unas pocas ondas, ondulaciones que agitaban la superficie del agua durante un instante en la estela de la nave, se sumergían con una leve salpicadura hasta calmarse, al final, en la quietud circular entre el cielo y el mar, en cuyo centro, el diminuto punto negro que era el casco permanecía en movimiento constante.
A Jim, quien se encontraba en el puente, le caló hasta el alma la tremenda certeza de seguridad y paz ilimitadas que transmitía el silencio de la naturaleza, como la certeza del amor incondicional reflejado en la plácida ternura del rostro materno. A cobijo de los toldos y a merced de la sabiduría del hombre blanco y su valentía, con la confianza en el poder de su descreimiento y la coraza metálica de su nave propulsada por el fuego, los peregrinos de riguroso credo dormían sobre alfombrillas, sobre mantas, sobre planchas desnudas, sobre cualquier lugar de cubierta, en todos los rincones oscuros, envueltos en pañoletas teñidas de colores, abrigados con sucios harapos, con la cabeza apoyada en pequeños fardos, con la cara aplastada sobre un brazo doblado; hombres, mujeres, niños; los viejos con los jóvenes, los decrépitos con los fuertes, todos iguales ante el sueño, hermano de la muerte.
Una ráfaga de viento procedente de proa y provocada por la velocidad de la nave soplaba de forma constante a través de la penumbra longitudinal entre las altas bordas, barría las hileras de cuerpos tendidos; un par de débiles llamas en sus quinqués con forma de globo colgados con parquedad, aquí y allá, en lo alto de las parhileras. En los difusos círculos de luz que esos quinqués proyectaban en el suelo y que temblaban ligeramente por la vibración incesante del barco iba apareciendo una barbilla levantada, un par de párpados cerrados, una mano negra con anillos de plata, una delgada extremidad envuelta con una tela hecha jirones, una cabeza echada hacia atrás, un pie descalzo, un cuello desnudo y estirado como si estuviera ofreciéndose al filo del cuchillo… Los más acaudalados habían construido para sus familias refugios con enormes cajones y colchones polvorientos; los pobres reposaban unos junto a otros con todo lo que tenían amontonado en un hatillo sobre el que apoyaban la cabeza; los ancianos solitarios dormían con las piernas encogidas, sobre sus esterillas para las oraciones, tapándose las orejas con las manos y los codos a la altura de la cara; un padre, con los hombros levantados y la frente hundida entre las rodillas, dormitaba exhausto junto a un chico tendido boca arriba con el pelo alborotado y un brazo estirado con gesto autoritario; una mujer cubierta de pies a cabeza, cual cadáver amortajado, con un retal de sábana blanca, daba cobijo a un niño desnudo bajo cada brazo. Las pertenencias del árabe, apiladas en la popa, componían un abultado montón de líneas irregulares, con un faro de queroseno colgando justo encima, y una gran confusión de formas indefinidas de fondo: destellos de panzudos cacharros de latón, el reposapiés de una hamaca, hierros de lanzas, la vaina lisa de una espada antigua apoyada sobre una pila de almohadas, el pitorro de una cafetera metálica. La corredera del coronamiento de popa tañía de forma periódica por cada milla surcada, como un acto de fe. De vez en cuando, un leve y paciente suspiro recorría la masa de durmientes: la exhalación del sueño perturbado. Breves chacoloteos metálicos estallaban de pronto en las profundidades del barco, el tosco rasgueo de una pala, el violento golpetazo de la puerta de una caldera, que atronaba con brutalidad, como si los hombres que manejaran esos misteriosos objetos en las profundidades tuvieran el pecho henchido de airada furia, mientras el estilizado y alto casco del vapor avanzaba sin alterarse, sin menear siquiera sus mástiles desnudos, surcando la calma total de las aguas bajo la inaccesible serenidad del cielo.
Jim se paseaba por cubierta, y sus pasos, en el rotundo silencio, le retumbaban con fuerza en los oídos, como si hicieran eco en las estrellas vigilantes. Sus ojos, que recorrían sobre la línea del horizonte, observaban con ansia lo inalcanzable y no intuían ni sombra del acontecimiento que iba a producirse. La única sombra visible en el mar era la del humo negro que salía a raudales de la chimenea del inmenso vapor, cuya cola se evaporaba de inmediato en el aire. Dos malayos al timón, que permanecían en silencio y prácticamente inmóviles, uno a cada lado de la rueda, cuyo borde de bronce brillaba de forma fragmentaria en el óvalo luminoso que proyectaba la bitácora. De cuando en cuando, una mano de dedos oscuros que asían y soltaban a intervalos los rayos giratorios, aparecía en la parte iluminada; los eslabones de los guardines emitían ruidosos chirridos bien encajados en las muescas del eje. Jim miraba la brújula, miraba el horizonte inalcanzable, se estiraba hasta que le crujían las articulaciones: era el colmo del bienestar; y, como si el inquebrantable semblante de la tranquilidad lo volviera audaz, sentía que no le importaba nada de lo que pudiera pasarle hasta el fin de sus días. De vez en cuando miraba de forma despreocupada una carta de navegación clavada con chinchetas sobre una mesa baja de tres patas ubicada detrás del timón. La hoja donde estaban representadas las profundidades marinas tenía una superficie bruñida bajo la luz de un farol atado a un montante, una superficie tan igualada y lisa como la resplandeciente sobrefaz de las aguas. Había un par de reglas magnéticas con compases de división colocadas en paralelo sobre la carta de marear; la posición del barco a última hora de la mañana estaba señalada con una pequeña cruz negra, y la línea recta trazada a lápiz, que marcaba la ruta del barco, se extendía con trazo firme hasta Perim —la senda de las almas hacia su tierra prometida, la promesa de una salvación, la recompensa de la vida eterna—, mientras ese lápiz, con su punta afilada tocando la costa de Somalia, yace, redondeado e inmóvil, como la berlinga desnuda de un barco flotando en la bahía de un dique cubierto. «¡Con qué estabilidad avanza!», pensó Jim, asombrado, sintiendo una suerte de gratitud por toda esa calma sobrecogedora en el mar y en el cielo. En momentos como ese se entregaba a pensamientos relacionados con valerosos logros: le encantaban esas ensoñaciones y el éxito de sus hazañas imaginarias. Eran la mejor parte de la vida, su verdad secreta, su realidad oculta. Eran historias de una virilidad espectacular, y, con el encanto de la imprecisión, marchaban ante él con paso heroico; atrapaban el alma de Jim y la embriagaban con el divino filtro de confianza ilimitada en sí misma. No existía nada que no pudiera arrostrar. A Jim le complació hasta tal punto esa idea que sonrió al tiempo que mantenía, con gesto mecánico, la mirada clavada en el horizonte. Cuando se le ocurrió volver la vista vio la veta blanca de la estela del barco; la quilla dibujaba un trazo tan recto en el mar como la línea negra trazada por el lápiz en la carta de navegación.
Los cangilones de ceniza traqueteaban, golpeaban arriba y abajo contra los ventiladores, y ese traqueteo de cubos metálicos indicó a Jim que quedaba poco tiempo para el fin de su cuarto de guardia. Suspiró con satisfacción, aunque lamentando tener que abandonar la serenidad que le proporcionaba la libertad aventurera de sus pensamientos. Además se sentía algo soñoliento, y una placentera languidez le adormecía las extremidades, como si tuviera leche caliente en las venas. El patrón se había levantado armando un gran alboroto, con el pantalón del pijama y el batín abierto de par en par. Con la cara enrojecida, despierto solo a medias, con el ojo izquierdo entrecerrado y el derecho hinchado y vidrioso, tenía la cabeza hundida sobre la carta de navegación y se rascaba las costillas, como atontado. La visión de su carne desnuda tenía algo de obsceno. Su torso descubierto brillaba húmedo y grasiento como si hubiera transpirado sebo durante el sueño. Hizo algún comentario profesional con una voz ronca e inexpresiva, similar al ruido de una lima raspando un tablón; la carne de la papada le colgaba como una saca cerrada a cal y canto justo por debajo de la barbilla. Jim se quedó mirando y respondió con gran deferencia, pero el odioso y rechoncho personaje, como si lo hubiera visto por primera vez en un momento de revelación, se quedó grabado a fuego en su memoria como la personificación de todo lo malo y primitivo que repta por el mundo que amamos. En el fondo de nuestros corazones confiamos, para la salvación, en los hombres que nos rodean, en las visiones que nos inundan la mirada, en los sonidos que nos retumban en los oídos y en el aire que nos llena los pulmones.
La delgada viruta de oro lunar que iba descendiendo con parsimonia se había perdido en la superficie oscurecida de la aguas, y la eternidad, allende el cielo, parecía más próxima a la tierra con el resplandor acentuado de las estrellas, con las sombras intensificadas por el lustre de la bóveda semitransparente que cubría el disco plano del mar opaco. El barco avanzaba con tanta suavidad que su movimiento era imperceptible a todos los sentidos del hombre, como si hubiera sido un planeta muy poblado moviéndose a toda velocidad a través de los espacios negros del éter por detrás del zumbido de los soles, en las espantosas y silenciosas soledades a la espera del aliento de las creaciones futuras.
—Eso de allá abajo es algo más que calor —dijo alguien.
Jim sonrió sin volverse a mirar. El capitán le daba la espalda, ancha e inmóvil. Era el truco del renegado para aparentar de forma intencionada que ignoraba la presencia de uno a menos que sirviera a su objetivo, y, en ese caso, se volvía hacia uno con una mirada feroz antes de verter un torrente de espumarajos insultantes que salían a borbotones como el agua de un sumidero. Sin embargo, en esa ocasión, se limitó a soltar un gruñido malhumorado; el segundo maquinista, en lo alto de la escalera del puente, manoseando un trapo para secarse el sudor, impertérrito, siguió con su quejosa letanía. Los marineros sí que lo pasaban bien allí arriba, aunque él no alcanzaba a entender la utilidad de estos en el mundo. Los pobres y desgraciados maquinistas debían poner el barco en marcha aunque en ello les fuera la vida, y además eran capaces de realizar todas las otras tareas; ¡por Dios! Ellos podían…
—¡Cierra el pico! —gruñó el alemán, impasible.
—¡Sí, claro! «¡Cierra el pico!», y cuando algo va mal, bien que acude corriendo a nosotros, ¿verdad? —espetó el otro.
Se sentía tan achicharrado que estaba casi asado, o eso le parecía. Aunque, de todas formas, había conseguido que le trajera sin cuidado cuánto pudiera pecar, porque en esos últimos tres días había realizado un buen entrenamiento para morar en el lugar al que van los muchachos malos al morir —¡por Dios que lo había hecho!—, además, se había quedado sordo como una tapia por el maldito jaleo de allí abajo. Ese condenado montón de chatarra traqueteaba y atronaba en la sala de máquinas como un viejo chigre, aunque sonaba con mayor estruendo; y qué le había impulsado a arriesgar la vida todas las noches y días de nuestro señor Dios en ese desecho de astillero condenado al cierre y que giraba a cincuenta y siete revoluciones por minuto, era algo que escapaba a su entendimiento. Debía de haber nacido temerario, ¡por Dios! Él…
—¿De dónde has sacado la bebida? —le preguntó el alemán con tremenda brusquedad, aunque inmóvil ante la luz de la bitácora, como la tosca esfinge de un hombre esculpida en un bloque de manteca.
Jim continuó sonriendo con la vista clavada en el horizonte que se batía en retirada; tenía el corazón rebosante de impulsos generosos y se había abstraído con el pensamiento de su propia superioridad.
—¡¿Bebida?! —repitió el maquinista con desprecio burlón. Estaba agarrado a la baranda con ambas manos: era una figura sombría de piernas flexibles—. Desde luego no me ha invitado usted, capitán. Es demasiado ruin, ¡por Dios! Dejaría morir a un buen hombre antes que darle una gota de licor. Eso es lo que ustedes los alemanes llaman economía. Ahorran un penique y derrochan las libras.
Se puso sentimental. El jefe le había dado cuatro dedos de licor a eso de las diez.
—Pero un solo vasito, ¡arrésteme si quiere! ¡El bueno del jefe…! Eso sí, para sacar al viejo farsante del catre, no bastaría ni con una grúa de cinco toneladas; imposible. Al menos esta noche. Duerme a pierna suelta, como un niño pequeño, con una botella de coñac de primera bajo la almohada.
Del grueso cuello del capitán del Patan salió un grave rugido, y la palabra Schwein se elevó bien alto y cayó con suavidad, como una pluma caprichosa llevada por una ligera corriente de aire. El primer maquinista y él eran compinches desde hacía años, y juntos trabajaban al servicio del mismo chino ingenioso, jovial con sus anteojos de montura marfileña y cordones de seda roja trenzados en los venerables cabellos plateados de su trenza. La opinión generalizada en el muelle del que procedía el Patna era que esos dos, en la carrera del latrocinio, «habían hecho bastante bien juntos todo cuanto pudiera imaginarse». A primera vista no componían un dúo muy parejo: el uno con la mirada sombría, malévolo y de curvas carnosas y fofas; el otro, enjuto, lleno de hendiduras, la cabeza alargada y huesuda como la de un jamelgo viejo, las mejillas chupadas, las sienes cóncavas, con una mirada indiferente y gélida de cuencas igualmente hundidas. Había quedado encallado en algún puerto asiático: en Cantón, en Shangai o tal vez en Yokohama; estaba claro que no le importaba recordar en qué localidad había sido, ni tampoco el motivo del naufragio. Por causa de su juventud lo habían echado de una patada del barco en que faenaba hacía veinte años o más, y podría haberle ido mucho peor de no haber sido porque el recuerdo de ese episodio apenas se juzgaba como una desgracia entre tantas otras. Entonces, la navegación con barco de vapor empezó a propagarse por esos mares y los hombres de su oficio escaseaban al principio, y él fue «haciéndose un hueco». Con un murmullo taciturno comentaba, como de pasada para que lo oyeran los extranjeros, que era un «veterano en esas lides». Cuando caminaba, parecía que su ropa la vistiera un esqueleto descarnado; sus andares eran un mero devaneo, y era dado a errar así en torno a la claraboya del techo de la sala de calderas, fumando, sin saborearlo, tabaco preparado en una cazoleta de bronce al final de un tallo de madera de cerezo de un metro veinte de largo, con la estúpida seriedad de un pensador que desarrolla alguna teoría filosófica a partir de la borrosa visión de una verdad. No solía ser muy generoso con su suministro personal de licor, pero esa noche había olvidado sus propias normas, y así su segundo, un chico de cabeza muy mal amueblada oriundo de Wapping, que con lo inesperado de la invitación y la alta graduación del espirituoso, estaba muy achispado y hablador. La furia del alemán de Nueva Gales del Sur era exagerada: resoplaba como un tubo de escape, y Jim, a quien apenas divertía el espectáculo, se sentía impaciente por el momento en que pudiera marchar. Los últimos diez minutos de la guardia fueron irritantes como una pistola encasquillada. Esos hombres no pertenecían al mundo de la aventura heroica, aunque no eran malos tipos. Incluso el propio capitán… Le repugnaba la visión de las carnes hinchadas por el murmullo constante, una retahíla confusa de expresiones groseras. No obstante, Jim estaba disfrutando demasiado de su languidez como para expresar de forma activa su desprecio por una cosa u otra. La catadura moral de esos hombres le traía sin cuidado, tenía que convivir codo a codo con ellos, pero su presencia no podía afectarle; compartía el aire que respiraban, pero él era diferente… ¿Iría el capitán a por el maquinista…? La vida era fácil, y él se sentía demasiado seguro de sí mismo… demasiado seguro de sí mismo como para… La línea que separaba su meditación del adormecimiento era más delgada que el hilo de una tela de araña.
El segundo maquinista estaba llegando, con transiciones fáciles, a la consideración de cuestiones relacionadas con su situación económica y con su valentía.
—¿Quién está borracho? ¿¡Yo!? No, no, capitán. Eso sí que no. A estas alturas tendría que saber ya que el jefe no es tan generoso; con lo que él da de beber a otro no puede llegar a emborracharse ni un gorrión, ¡por Dios! En mi vida he sido mal bebedor de licor; no se ha inventado todavía la poción que consiga embriagarme, a mí no. Podría beber fuego líquido más fuerte que su whisky, ¡por Dios!, y seguir más fresco que una lechuga. Si pensara que estoy borracho saltaría por la borda; acabaría con mi vida, ¡por Dios! ¡Tenga por seguro que lo haría! ¡Sin pensarlo! Y no lo haría desde el puente. ¿Dónde esperaba que fuera a tomar el aire de una noche como esta, eh? ¿En la cubierta, entre todas esas sabandijas? ¡Ni en sueños! Y no me asusta nada de lo que usted pueda hacer.
El alemán levantó sus voluminosos puños hacia el cielo y los sacudió en lo alto sin pronunciar palabra.
—No conozco el miedo —espetó el maquinista con el entusiasmo de la verdadera convicción—. No me importa deslomarme con todos los trabajos de este condenado trasto, ¡por Dios! Tiene suerte usted de que haya gente como nosotros por el mundo, sin miedo de vivir la vida, ¿qué sería de usted sin nosotros? Usted y esta vieja carraca con las planchas como de cartón, sí, de cartón, lo que yo diga… A usted le parece muy bien tal como está; de una forma u otra, se las arregla para ganar un buen montón de monedas con él; pero ¿qué hay de mí?, ¿qué saco yo? Ciento cincuenta miserables dólares al mes, y con eso tengo que buscarme la vida. Me gustaría preguntarle con respeto (y, ojo, que he dicho «respeto») ¿quién soportaría una porquería de trabajo como este? ¡Esto no es seguro, no señor, lo que yo diga! Pero yo soy uno de esos tipos que no conocen el miedo…
Se soltó de la barandilla y empezó a describir ampulosos gestos en el aire, como si quisiera demostrar la forma y alcance de su valor. Con un hilillo de voz proyectaba sus prolongados chillidos sobre el mar; retrocedía y avanzaba de puntillas para aumentar el énfasis de su parlamento, y de pronto cayó con la cabeza por delante, como si le hubieran golpeado con un palo en la nuca. «¡Maldición!», exclamó mientras se desplomaba; un instante de silencio siguió a sus chillidos. Jim y el capitán avanzaron tambaleándose, como de mutuo acuerdo, y, tras recuperarse, permanecieron muy erguidos y sin dejar de contemplar, asombrados, el imperturbable nivel del mar. A continuación alzaron la vista en dirección a las estrellas.
¿Qué había ocurrido? El ruidoso aporreo de las máquinas no se había detenido. ¿La tierra había frenado su curso? No alcanzaban a entenderlo. De súbito, la quietud del mar en calma y el cielo despejado se tornaron amenazantes, como si los marineros se hallaran al borde de una devastadora destrucción. El maquinista se reincorporó hasta quedar erguido cuan alto era y tropezó con una mole amorfa. «¿Qué pasa?», preguntó la mole con una voz apagada de profunda tristeza. El tenue rugido de un trueno, de un trueno sin duda remoto, apenas un ruido, poco menos que una vibración, pasó junto a ellos con lentitud, y la nave respondió con un estremecimiento, como si el trueno hubiera retumbado en las profundidades marinas. Los dos timoneles malayos dirigieron su mirada de ojos vidriosos hacia los hombres blancos, pero sus manos oscuras permanecieron agarradas a los radios. El alargado casco que avanzaba con denuedo se elevó unos cuantos centímetros y varias veces seguidas, parecía haberse vuelto flexible, y volvió a descender con brusquedad para continuar con su empresa de hendir la lisa superficie del mar. El temblequeo cesó, y el tenue rugido del trueno se silenció de pronto, como si el barco hubiera cruzado echando vapor por un estrecho cinturón de aguas turbulentas y aire susurrante.
Aproximadamente un mes después, cuando Jim, en respuesta a las preguntas directas, se esforzaba por relatar su experiencia con la máxima veracidad, dijo, refiriéndose al barco:
—Superaba cualquier contratiempo con la facilidad de una serpiente para enroscarse a un palo.
Era un símil adecuado: las preguntas se referían a los hechos, y la investigación oficial estaba celebrándose en las dependencias policiales de un puerto oriental.
Jim estaba elevado por encima de los asistentes, en el estrado de los testigos, y con las mejillas encendidas, en una espaciosa y fresca habitación. Colgados justo encima de su cabeza, los enormes punkahs se balanceaban con amabilidad de un lado para otro, y, desde abajo, muchas miradas estaban clavadas en él; eran miradas de rostros oscuros, de rostros pálidos, de rostros rojizos, de rostros atentos, de rostros embelesados… Como si todas esas personas, sentadas en filas ordenadas de bancos angostos, se hubieran dejado hipnotizar, fascinadas por su voz. La voz de Jim era muy potente, le resonaba en los oídos, era el único sonido audible en el mundo, pues las preguntas de tremenda claridad a las que estaba respondiendo cobraban sentido por la angustia y el dolor que sentía en el pecho; llegaban a él punzantes y sigilosas como el terrible interrogatorio de su propia conciencia. En el exterior de la sala estaba el sol radiante; en el interior, el soplo de los enormes punkahs que hacía estremecerse a Jim, la vergüenza que le acaloraba y los ojos fijos que le atravesaban con sus miradas. El presidente de la magistratura, de tez afeitada, pulcra y blanca como la cera, lo miraba entre los rostros de los dos expertos en temas náuticos. La luz de una amplia ventana situada justo debajo del techo se proyectaba desde lo alto sobre las cabezas y hombros de los tres hombres, y se les distinguía con claridad brutal en la penumbra de la vasta sala del interrogatorio, donde el público parecía compuesto por sombras vigilantes. Querían hechos. ¡Hechos! Exigían que les diera hechos, ¡como si los hechos pudieran explicarlo todo!
—Después de deducir que habían colisionado con algún objeto que flotaba a la deriva, como, por ejemplo, un barco naufragado e inundado, su capitán le ordenó que se fuera a comprobar si se había producido algún desperfecto. ¿Creyó que eso era posible por la fuerza del impacto? —preguntó el experto sentado a la izquierda del presidente.
Tenía una finísima perilla en forma de herradura, los pómulos marcados, y, con ambos codos apoyados en la mesa, mantenía las toscas manos entrelazadas justo delante de la cara, mirando a Jim con unos reflexivos ojos azules. El otro experto, un hombre corpulento y desdeñoso, repantigado en su asiento, con el brazo izquierdo totalmente estirado, tamborileaba con suavidad sobre un cartapacio. En medio de ambos, el magistrado permanecía erguido en su espacioso sillón; tenía la cabeza ladeada ligeramente, los brazos cruzados sobre el pecho y un par de flores en un jarrón situado junto a su escribanía.
—No lo creí —respondió Jim—. Me ordenaron que no llamara a nadie y que no hiciera ruido por miedo a que cundiera el pánico. Consideré que esa precaución era razonable. Agarré uno de los faros colgados debajo de los toldos y fui a cumplir la orden. Al abrir la escotilla del pañol de proa oí el chapoteo del agua. Entonces bajé el faro, tanto cuanto me permitió su acollador, para iluminar bien el interior, y vi que estaba inundado en más de la mitad de su extensión. Comprendí que tenía que haber un agujero enorme por debajo de la línea de flotación. —Se quedó en silencio.
—¿Y bien? —inquirió el experto corpulento con una sonrisa distraída dirigida al portafolio; no paraba de tabalear con los dedos, toqueteando el papel sin hacer ruido.
—Entonces no pensé en el peligro. Quizá me haya pillado algo desprevenido: todo ocurrió de una forma tan sigilosa y repentina… Sabía que no había más mamparo en el barco que el que había sufrido la colisión y que separaba el pañol de proa de aquella zona de la bodega. Regresé para contárselo al capitán. Me topé con el segundo maquinista levantándose del suelo en la escala del puente: parecía atónito, y me dijo que creía que se había roto el brazo izquierdo; se había resbalado en el último escalón mientras bajaba, justo cuando yo empezaba a alejarme. «¡Dios mío! Ese mamparo podrido se ha desprendido en cuestión de minutos. Este maldito trasto se hundirá bajo nuestros pies como un montón de plomo», exclamó. Me apartó de un empujón con el brazo derecho y me pasó corriendo escalera arriba, gritando a medida que ascendía. El brazo izquierdo le colgaba laxo en el costado. Seguí subiendo, a tiempo para ver que el capitán se acercaba a él a toda prisa y lo tiraba de espaldas al suelo. El capitán no volvió a golpearle: se quedó agachado sobre el cuerpo derribado y mascullando airado con una voz casi inaudible. Me imagino que estaba preguntando al maquinista por qué diantre no iba a parar los motores, en lugar de armar tanto alboroto en cubierta. Oí que decía: «¡Arriba! ¡Corre! ¡Vuela!». También blasfemaba. El maquinista descendió como pudo por la escala de estribor y se dirigió a todo correr hacia el compañero de la sala de máquinas de babor. Iba murmurando algo mientras corría…
Jim hablaba con parsimonia: recordaba con facilidad y con una precisión extrema; podría haber repetido como un eco lo que había mascullado el maquinista con tal de proporcionar mejor información a esos hombres ávidos de hechos. Después de un primer impulso de rebeldía, había llegado a la conclusión de que la precisión meticulosa en su declaración daría cuenta de la verdad que subyacía bajo la espantosa apariencia externa de los acontecimientos. Los hechos que con tanta avidez deseaban oír esos hombres habían sido visibles, tangibles, manifiestos para los sentidos; habían ocupado un lugar en el espacio y el tiempo; habían requerido para su existencia un vapor de mil cuatrocientas toneladas y veintisiete minutos de guardia; habían provocado un todo con sus características formas, matices de expresión, un aspecto complicado cuya visión podía recordarse. Y algo más, algo invisible, un orientador espíritu de perdición contenido en su interior, como un alma malévola en un cuerpo despreciable. Jim estaba impaciente por aclarar esa cuestión. No había sido un asunto baladí, todo lo relacionado con él había sido de muchísima importancia, y, por suerte, recordaba hasta el último detalle. Quería seguir hablando por honor a la verdad, quizá también por su propio honor. Y mientras proseguía su declaración, la cabeza le daba vueltas y más vueltas en torno al estrecho círculo de acontecimientos que se habían producido a su alrededor para aislarlo del resto de sus semejantes. Era como una criatura que, al verse apresada en un cercado de estacas altas, corre en círculo sin parar y, enajenada al caer la noche, intenta encontrar algún tablón suelto, una grieta, un lugar al que encaramarse, alguna abertura por la que poder colarse y huir. Esas espantosas maquinaciones de su mente lo hicieron dudar en ocasiones durante su declaración…
—El capitán no paraba de moverse de aquí para allá en el puente; parecía bastante tranquilo, aunque tropezó varias veces y, en una ocasión en que yo estaba hablándole, se dirigió a mí como si estuviera totalmente ciego. No me dio una respuesta concreta a lo que había dicho. Murmuró algo entre dientes; lo único que oí fueron unas pocas palabras sueltas: «¡Maldito vapor!» y «¡Vapor del demonio!». Era algo referido al vapor. Creí que…
Estaba empezando a divagar; una pregunta directa, como una laceración de dolor, interrumpió su perorata e hizo que Jim se sintiera muy desanimado y fatigado. Estaba a punto de llegar a ese momento exacto… estaba a punto de llegar a ese momento justo cuando lo interrumpieron; tenía que responder sí o no. Contestó sinceramente con un cortante: «Sí, lo hice». Con su rostro pálido, su complexión fuerte, sus jóvenes y tristes ojos, mantuvo los hombros erguidos, altanero en el estrado, mientras, por dentro, el alma se le retorcía de dolor. Lo obligaron a responder otra pregunta directa e inútil y, a continuación, se hizo una nueva pausa. Tenía la boca seca, como si hubiera estado comiendo polvo; después la sintió salada y amarga, como después de beber un trago de agua de mar. Se enjugó la frente húmeda, se pasó la lengua por los labios resecos, y sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. El experto corpulento había cerrado los párpados, y seguía tamborileando sin hacer ruido, despreocupado y desganado; la mirada del otro experto, por encima de los dedos entrelazados y bronceados, parecía refulgir de bondad; el juez se había inclinado hacia delante, acercó el rostro a las flores, luego ladeó la cabeza en dirección al brazo del sillón, para acabar descansando la sien sobre la palma de la mano. El aire propulsado por los punkahs descendía sobre las cabezas de los presentes; sobre los rostros oscuros de los nativos embozados en voluminosas telas; sobre los europeos sentados en el mismo banco, muy acalorados y con sus trajes de dril tan ceñidos que parecían pegados a la piel, con sus redondos salacots de forro blanco sobre el regazo. Mientras tanto, los alguaciles de la sala se desplazaban sin apartarse apenas de la pared, con sus alargadas casacas blancas abotonadas hasta el cuello, revoloteando a toda prisa de aquí para allá, corriendo descalzos, con su fajín rojo y turbante del mismo color, tan sigilosos como espectros y siempre alerta como tantos perros cobradores.
La mirada de Jim, que se perdía en el intervalo entre pregunta y pregunta, fue a posarse sobre un hombre blanco sentado aparte de los demás, con el gesto demudado y sombrío, pero con la mirada serena, fija, atenta y clara. Jim respondió otra pregunta y sintió la tentación de gritar:«¡¿De qué sirve todo esto?! ¡¿De qué sirve?!». Dio una suave patada al suelo, se mordió el labio y miró por encima de las cabezas de los presentes. Se cruzó con la mirada del hombre blanco. Esa mirada dirigida hacia él no era como la mirada hipnotizada de los demás; era un acto deliberado. Entre pregunta y pregunta Jim se quedó abstraído en una reflexión: «Ese tipo me mira como si pudiera ver a alguien o algo a través de mí». Ya se había topado con ese individuo en alguna otra ocasión, en la calle, quizá. Era casi seguro que no había hablado nunca con él. Durante días, muchos días, no había hablado con nadie, si no que había mantenido consigo mismo una conversación silenciosa, incoherente e interminable, como un prisionero solo en su celda o un explorador perdido en la selva. En ese momento estaba respondiendo preguntas que no tenían importancia aunque sí una finalidad, pero dudaba que volviera hablar durante tanto tiempo seguido en lo que le quedaba de vida. El sonido de sus afirmaciones sinceras confirmaba su convicción de que el habla ya no le servía de nada. Ese hombre de ahí parecía consciente de su desesperado problema. Jim lo miró y luego se volvió con resolución, como en una despedida definitiva.
Más adelante, en varias ocasiones, en distintas partes del mundo, Marlow manifestó el deseo de recordar a Jim, de hablar de él largo y tendido, entrando en detalles y en voz alta y clara.
Podía hacerlo después de cenar o bien en alguna galería rodeada de frondosa vegetación y repleta de flores, en la oscura penumbra iluminada por las colillas encendidas de los cigarros. Cada una de las alargadas tumbonas de mimbre acomodaba a un oyente silencioso. De vez en cuando, un fulgor rojizo se desplazaba con brusquedad y una luz se proyectaba entre los dedos de una mano lánguida, como parte de un rostro en profundo reposo, o bien iluminaba una mirada de ojos meditabundos, eclipsados por una frente serena. Y con la primera palabra pronunciada de labios de Marlow, tumbado con relajación en su asiento, todo se apaciguaba, como si el espíritu del narrador hubiera retrocedido en las alas del tiempo y estuviera hablando por boca del pasado.