Índice

La Torre Oscura IV: Mago y cristal

Ilustraciones

Introducción

Resumen de los volúmenes anteriores

Prólogo: Blaine

Primera parte. Adivinanzas

I. Bajo la Luna del Demonio (I)

II. Las Cataratas de los Perros

III. El ganso del Día de Feria

IV. Topeka

V. Autopisteando

Segunda parte. Susan

I. Bajo la Luna Besadora

II. La demostración de la honra

III. Encuentro en la carretera

IV. Mucho después de la puesta de la Luna

V. Bienvenidos a la ciudad

VI. Sheemie

VII. En la Pendiente

VIII. Bajo la Luna del Buhonero

IX. Citgo

X. Pájaro y oso y liebre y pez

Entreacto. Kansas, en algún lugar, en algún momento

Tercera parte. ¡Ven, siega!

I. Bajo la Luna Cazadora

II. La chica de la ventana

III. El juego de los Castillos

IV. Roland y Cuthbert

IV. Roland y Cuthbert

VI. El cierre del año

VII. La captura de la bola de cristal

VIII. Las cenizas

IX. La Siega

X. Bajo la Luna del Demonio (II)

Cuarta parte. Todos los hijos de Dios tienen zapatos

I. Kansas por la mañana

II. Zapatos en la carretera

III. El Mago

IV. El Cristal

V. El Camino del Haz

Epílogo

Imágenes

Notas

Biografía

Créditos

Este libro está dedicado a Julie Eugley

y Marsha DeFilippo, que se encargan de contestar

la correspondencia, la mayor parte de ella

destinada, durante los dos últimos años, a Roland

de Gilead, el pistolero. Julie y Marsha fueron

sobre todo quienes con su insistencia me arrastraron

de nuevo ante el procesador de textos.

Julie, tú insististe con mayor efectividad, y por

ello tu nombre figura en primer lugar.

Ilustraciones

1

ROSA

2

TODOS ACLAMAN AL REY CARMESÍ

3

LA PIEL DE SUS BRAZOS, DE LA BARRIGA Y DE SUS

PECHOS EN CARNE DE GALLINA

4

ENTRETANTO, CUTHBERT YA HABÍA REINICIADO

5

PERO ÉL Y SU AMANTE YA NO ERAN NIÑOS

6

SU SONRISA MOSTRABA UNOS DIENTECITOS

7

ALLÍ MURIERON JUNTOS-O

8

DE LOS TRES, ÚNICAMENTE ROLAND LA VIO

9

CORTÓ EL CUELLO AL ANCIANO

CON BASTANTE PERICIA

10

UN DESTELLO CUANDO EL BIG BANG EXPLOTÓ

11

LA TORRE OSCURA SE ALZA AL CIELO

12

LA BRUJA MALVADA DEL ESTE

INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

Sobre tener diecinueve

(y algunas cosas más)

UNO

Los hobbits eran grandiosos cuando yo tenía diecinueve años (número de cierta importancia en los relatos que estás a punto de leer).

Es probable que durante el Gran Festival Musical de Woodstock haya habido media docena de Merrys y Pippins revolcándose en el lodo de la granja Max Yasgur, además de varios Frodos e incontables Gandalfs hippies. El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien era tremendamente popular en aquellos días, y si bien nunca fui a Woodstock (pido perdón), creo que al menos fui un hippie a medias. En cualquier caso lo fui lo suficiente para haber leído los libros y haberme enamorado de ellos. Las novelas de La Torre Oscura, como tantas otras largas historias escritas por hombres y mujeres de mi generación (The Chronicles of Thomas Covenant de Stephen Donaldson y The Sword of Shannara de Terry Brooks son apenas dos de muchas), derivan de la novela de Tolkien.

Pero pese a haberla leído durante 1966 y 1967, me abstuve de escribir la mía. Si bien me conmovió (con un completo y evidente entusiasmo) la eficacia imaginativa de Tolkien —por la ambición de su historia—, lo que yo quería era escribir mi propia clase de historia, y de haber comenzado entonces habría escrito la suya. Aquello, como le gustaba decir al tramposo de Dick Nixon, habría sido un error. Gracias al señor Tolkien, el siglo XX ya tenía todos los elfos y magos que necesitaba.

En 1967 yo ignoraba cómo podría ser mi historia, pero eso no importaba; me sentía seguro de que lo sabría en cuanto pasara por la calle, a mi lado. Tenía diecinueve años y era arrogante. Lo bastante arrogante para sentir que podía seguir esperando a mi musa y a mi obra maestra (que sabía llegarían). Creo que a los diecinueve uno tiene derecho a ser arrogante; por lo general el tiempo no ha comenzado con sus furtivos y sucios escamoteos. Como dice una popular canción country, se lleva tu pelo y tu destreza, pero en realidad se lleva mucho más que eso. Yo no lo sabía durante 1966 y 1967, y de haberlo sabido no me habría importado. Podía imaginarme —escasamente— con cuarenta años, pero ¿con cincuenta? No. ¿Sesenta? ¡Jamás! Los sesenta estaban fuera de discusión. Y a los diecinueve, es tan solo la manera de ser. Diecinueve es la edad en que dices: «Mírame, mundo, estoy fumando TNT y bebiendo dinamita, y si sabes lo que te conviene, será mejor que salgas de mi camino… porque aquí viene Stevie».

Los diecinueve años es una edad egoísta que encuentra tus preocupaciones sólidamente arraigadas. Las mías apuntaban muy alto, y me importaban. Tenía mucha ambición, y me importaba. Poseía una máquina de escribir que llevaba de un apartamento de mierda al siguiente, siempre con un paquete de cigarrillos en el bolsillo y una sonrisa en el rostro. Los compromisos de la edad madura estaban lejos, y los insultos de la vejez, más allá del horizonte. Como el protagonista de esa canción de Bob Seger que usan ahora para vender camiones, me sentía eternamente poderoso y eternamente optimista; mis bolsillos estaban vacíos pero mi cabeza llena de cosas que quería decir y mi corazón repleto de historias que quería contar. Ahora suena inocente; entonces sonaba maravilloso. Sonaba muy bien. Lo que más deseaba era derribar las defensas de mis lectores, quería desgarrarlos y extasiarlos y cambiarlos para siempre con simples historias. Y me sentía capaz de hacerlo. Sentía que había nacido para lograrlo.

¿Cómo de vanidoso suena eso? ¿Mucho o poco? No importa, no estoy pidiendo disculpas. Tenía diecinueve años. No había ni una sola hebra gris en mi barba. Tenía tres pares de tejanos, un par de botas, la idea de que el mundo era mi caparazón, y nada de lo que sucedió en los siguientes veinte años me hizo cambiarla. Luego, alrededor de los treinta y nueve, comenzaron mis problemas: la bebida, las drogas, un accidente de tráfico que cambió mi manera de caminar (entre otras cosas). Ya he escrito sobre eso lo suficiente y no voy a hacerlo aquí. Además, para ti es lo mismo, ¿verdad? Finalmente el mundo envía un maldito chico de la patrulla para frenar tus progresos y mostrarte quién es el que manda. Tú, que lees estas líneas, seguramente habrás encontrado el tuyo (o lo harás); yo ya encontré el mío, y estoy seguro de que regresará. Tiene la dirección de mi casa. Es un mal tipo, un teniente de los malos, el enemigo declarado de la estupidez, el orgullo, la ambición, la música fuerte, y todas las cosas que conciernen a los diecinueve.

Pero todavía pienso que es una edad bastante buena. Quizá la mejor edad. Tal vez bailes rock and roll durante toda la noche, pero cuando la música acaba y la cerveza termina, puedes pensar. Y soñar grandes sueños. El citado chico de la patrulla te pone finalmente en tu sitio, y si comienza con poca cosa, vaya, pues no quedará casi nada excepto el dobladillo de los pantalones cuando haya acabado contigo. «¡Búscate otro sueño!», te grita mientras da un paso al frente con su libreta de infracciones en la mano. No es tan malo tener un poco de arrogancia (o incluso mucha), aunque tu madre indudablemente te diría todo lo contrario. La mía lo hacía. «Al que escupe al cielo en la cara le cae, Stephen», decía ella… y luego descubrí —cuando mi edad rondaba los 19 × 2— que al final te cae encima de todos modos. O te escupen por otro lado. A los diecinueve años pueden pedirte el documento de identidad en los bares y decirte que te largues, pueden ponerte de patitas en la calle, pero, por Dios, no pueden pedirte la documentación cuando te sientas a pintar un cuadro, escribir un poema o contar una historia; si lees esto y eres muy joven, no permitas que los mayores te digan otra cosa. Seguramente no has estado nunca en París. No, nunca corriste delante de los toros en Pamplona. Sí, eres un jovencito al que le empezó a crecer la barba hace tres años, ¿y qué pasa? Si no comienzas a ser lo suficientemente grande para tener los pantalones largos, ¿cómo podrás llenarlos cuando crezcas? Pisa el acelerador a pesar de todo lo que la gente te diga, esa es mi idea; siéntate y fúmate eso, nene.

DOS

Pienso que hay dos grupos de novelistas, y eso incluye a la clase de novelista novato que era yo en 1970. Están aquellos que se limitan al lado más literario o «serio» del trabajo, los que examinan cada posible asunto a la luz de la pregunta: «¿Qué significa para mí escribir este tipo de historias?». Pero aquellos cuyo destino (o ka, si lo prefieren) es el de escribir novelas populares, están inclinados a plantearse una muy diferente: «¿Qué significa para los demás escribir esta clase de historias?». El novelista «serio» está buscando las respuestas y las llaves que lo conduzcan a sí mismo; el novelista «popular» está buscando un público. Ambas clases de escritores son igualmente egoístas. He conocido una buena cantidad, y de eso doy fe con mi sello.

Sin embargo, creo que incluso a la edad de diecinueve años reconocí que la historia de Frodo y sus esfuerzos para librarse del Anillo Único pertenece al segundo grupo. Eran las aventuras de un grupo de peregrinos esencialmente británicos proyectados sobre un telón de mitología vagamente nórdica. Me gustó la idea de la búsqueda —de hecho, la amé—, pero no tenía interés en los personajes campesinos y fornidos de Tolkien (lo que no significa que no me gustaran, porque lo hicieron) ni en sus boscosas escenas escandinavas. Lo habría arruinado si llegaba a intentarlo en aquella dirección.

Así que esperé. En 1970 tenía veintidós años, mi barba mostraba las primeras hebras grises (creo que fumar dos paquetes y medio de Pall Malls diarios tuvieron algo que ver con eso), pero incluso a los veintidós uno puede permitirse el lujo de esperar. A los veintidós el tiempo todavía está del lado de uno, aunque incluso entonces ese viejo chico malo de la patrulla esté en el barrio haciendo preguntas.

Entonces, en un cine casi completamente vacío (el Bijou de Bangor, Maine, por si te interesa), vi una película dirigida por Sergio Leone. Se llamaba El bueno, el feo y el malo, y aun antes de llegar a la mitad de la película comprendí que lo que yo quería era escribir una novela que contuviera el sentido de búsqueda y magia de Tolkien, pero ambientada en el Oeste americano casi absurdamente majestuoso de Leone. Si has visto ese Oeste subjetivo en la pantalla de tu televisor no entenderás a qué me refiero; imploro tu perdón, pero es así. En una pantalla de cine, proyectada con las correctas lentes Panavision, El bueno, el feo y el malo es una épica que rivaliza con Ben-Hur. Clint Eastwood parece tener aproximadamente cinco metros de alto, con una barba del tamaño de coníferas. Los surcos que limitan la boca de Lee Van Cleef son tan profundos como cañones, y podría haber una raedura (ver Mago y cristal) al fondo de cada uno. Las escenas del desierto parecen estirarse al menos hasta la órbita del planeta Neptuno. Y el cañón de cada pistola parece casi tan grande como el túnel Holland.

Lo que yo buscaba, más aun que la escena, era esa sensación de épica, de tamaño apocalíptico. El hecho de que Leone no tuviera ni idea de la geografía norteamericana (según uno de los personajes, Chicago se encuentra en los alrededores de Phoenix, Arizona) agregó a la película una sensación de magnífica dislocación. Y llevado por mi entusiasmo —el tipo de entusiasmo que solo un joven puede experimentar—, me propuse escribir no solo un libro extenso, sino también la novela popular más extensa de la historia. Creo que, aunque no he tenido éxito en ese punto, al menos lo he hecho bastante bien; en realidad los volúmenes uno a siete de La Torre Oscura constituyen una sola historia, y los cuatro primeros volúmenes alcanzan las dos mil páginas en edición de bolsillo. El manuscrito de los tres volúmenes finales abarca otras dos mil quinientas. No estoy intentando decir aquí que la longitud esté relacionada con la calidad; simplemente quiero decir que quería escribir una historia épica, y que de alguna manera lo he logrado. Si me preguntaras por qué quise hacerlo, no sabría qué responder. Quizá sea otra parte del estilo norteamericano: construir hasta lo más alto, excavar hasta lo más profundo, escribir lo más extenso. ¿Y qué hay de la motivación? A mí me parece que también eso forma parte de ser un norteamericano. Al final terminamos diciendo: «En ese momento me pareció una buena idea».

TRES

Otro aspecto de tener diecinueve años, por si te interesa, es que a esa edad, creo, muchos de nosotros nos atascamos de algún modo (mental o emocionalmente, si no físicamente). Los años pasan y un buen día te paras frente al espejo con verdadera perplejidad. ¿Por qué tengo estos granos en la cara?, te preguntas. ¿De dónde salió esta estúpida barriga? ¡Rayos, solo tengo diecinueve años! No se trata de nada del otro mundo, pero de ninguna manera lo sustrae a uno del asombro.

El tiempo trae el gris a tu barba, el tiempo se lleva tu destreza, y todo el rato te estás diciendo —tonto de ti— que aún sigue de tu lado. Tu parte lógica lo sabe bien, pero tu corazón se niega a creerlo. Si tienes suerte, el chico de la patrulla, que te detiene por ir demasiado rápido y por divertirte demasiado, también te proporciona una dosis de sales olorosas. Eso fue más o menos lo que me pasó cuando se acercaba el final del siglo XX. Llegó con la forma de una camioneta Plymouth que me arrojó al costado de un sendero de mi ciudad natal.

Aproximadamente tres años después de ese accidente me encontraba firmando ejemplares de Buick 8: un coche perverso en una librería de Dearborn, Michigan. Un hombre llegó al comienzo de la fila y me dijo que de verdad le alegraba que todavía me encontrara vivo. (Me lo dicen a menudo, y a veces suena como esa mierda de «¿Por qué demonios no se murió?».)

«Estaba con un buen amigo mío cuando nos enteramos de que le habían atropellado», me dijo. «Hombre, lo único que pudimos hacer fue sacudir la cabeza y decir: “Allí se va la Torre, está inclinándose, está cayendo, ahhh, mierda, ahora nunca la terminará”.»

Ya se me había ocurrido otra versión del mismo pensamiento; la preocupante idea de que, habiendo erigido la Torre Oscura en la imaginación colectiva de un millón de lectores, era mi responsabilidad mantenerla a salvo mientras la gente quisiera leer sobre ella. Eso podría suceder durante solo cinco años; pero hasta donde sabía, podrían ser quinientos. Las historias de fantasía, tanto las malas como las buenas (aun ahora, probablemente haya alguien por ahí leyendo Varney el vampiro o El monje), parecen tener larga vida. Roland protege la Torre eliminando las amenazas que acechan a los Haces que la sostienen. Después de mi accidente comprendí que tendría que hacerlo, que debía terminar la historia del pistolero.

Durante las largas pausas entre la redacción y publicación de los primeros cuatro libros de La Torre Oscura recibí centenares de cartas del estilo «Estoy haciendo las maletas porque tengo un duro viaje por delante». En 1998 (o en otras palabras, cuando trabajaba bajo la errónea impresión de que básicamente seguía teniendo diecinueve años), recibí una carta. «Soy una abuela de ochenta y dos años que no quiere fastidiarlo con mis problemas PERO estoy muy enferma», decía. La abuela contaba que le quedaba aproximadamente un año de vida («catorce meses más y el cáncer me lleva»), y si bien no esperaba que yo terminase la historia de Roland en ese tiempo para ella, quería saber si no podría («por favor») contarle cómo terminaría. La frase que me rompió el corazón (aunque no lo suficiente para ponerme a escribir de nuevo) fue su promesa de «no decírselo a nadie». Un año más tarde —probablemente después del accidente que me mandó al hospital—, una de mis asistentes, Marsha DiFilippo, recibió una carta de un condenado a muerte en Texas o Florida, deseando saber esencialmente la misma cosa: ¿cómo terminaría? (Prometía llevarse el secreto a la tumba, lo que me hizo sentir un escalofrío.)

Si hubiera podido les habría dado a ambos lo que querían —un resumen de las próximas aventuras de Roland—, pero ¡ay!, no pude. No tenía ni la menor idea de cómo les irían las cosas al pistolero y sus amigos. Para saber, tenía que escribir. Yo solo tenía un bosquejo, pero lo perdí por el camino (y de todos modos, probablemente fuese una mierda). Todo lo que tenía eran unas pocas anotaciones («Chussit, chissit, chassit, trae bastantes para llenar tu cesto», dice la que tengo sobre el escritorio mientras escribo esto). Finalmente, a principios de julio de 2001, comencé a escribir de nuevo. Por entonces sabía que ya no tenía diecinueve años, que no estaba a salvo de cualesquiera enfermedades que la carne heredaba. Sabía que llegaría a los sesenta, quizá hasta los setenta, y quería terminar mi historia antes de que el chico malo de la patrulla me buscara por última vez. No tenía prisa por que me archivaran junto con Los cuentos de Canterbury y El misterio de Edwin Drood.

El resultado —para bien o para mal— está frente a ti, Lector Constante, ya sea si comienzas por el primer volumen o te preparas para el quinto. La ames o la odies, la historia de Roland ha terminado. Espero que la disfrutes.

En cuanto a mí, lo pasé en grande.

STEPHEN KING,

25 de enero de 2003

RESUMEN DE LOS VOLÚMENES ANTERIORES

RESUMEN DE LOS VOLÚMENES ANTERIORES

Mago y cristal es el cuarto volumen de un extenso relato inspirado en el poema narrativo de Robert Browning Childe Roland a la Torre Oscura llegó.

El primer volumen, titulado El pistolero, narra cómo Roland de Gilead persigue y finalmente logra dar alcance a Walter, el hombre de negro, que fingía haber sido amigo del padre de Roland cuando en realidad actuaba al servicio de Marten, un poderoso hechicero. Atrapar al semihumano Walter no constituye la meta final de Roland sino un medio para alcanzar un fin: Roland quiere alcanzar la Torre Oscura, donde espera poder detener la inminente destrucción de Mundo Medio, tal vez incluso invertirla.

Roland es una especie de caballero andante, el último de su casta, obsesionado con la Torre, la cual constituye su única razón para vivir cuando lo encontramos por primera vez. Sabemos que Roland es empujado a una temprana prueba de hombría por Marten, quien ha seducido a la madre de Roland. Marten espera que Roland fracase en su prueba y sea «enviado al Oeste», siéndole negadas para siempre las armas de su padre. Sin embargo, Roland frustra los planes de Marten al superar la prueba, gracias sobre todo a su intuición a la hora de escoger el arma utilizada.

Descubrimos que el mundo del pistolero está relacionado con el nuestro en un aspecto fundamental y terrible. Esa conexión queda revelada por primera vez cuando Roland conoce a Jake, un chico del Nueva York de 1977, en una estación de paso en el desierto. Existen puertas que conectan el mundo de Roland con el nuestro; una de ellas es la Muerte, así es como Jake llega a Mundo Medio, tras ser empujado en plena calle Cuarenta y tres y atropellado por un coche. El autor del empujón fue un hombre llamado Jack Mort… aunque la presencia que se hallaba oculta en la mente de este, y que guió sus manos asesinas en dicho episodio, no era otra que la de Walter, el viejo enemigo de Roland.

Antes de que Jake y Roland logren alcanzar a Walter, el chico muere de nuevo… esta vez porque el pistolero, enfrentado a la dolorosa disyuntiva de elegir entre este hijo simbólico y la Torre Oscura, elige la Torre. Las últimas palabras de Jake, antes de caer en el abismo, fueron: «Váyase, pues… Existen otros mundos aparte de este».

El enfrentamiento final entre Roland y Walter tiene lugar en las cercanías del Mar del Oeste. Durante una larga noche de conversación, el hombre de negro le lee a Roland su futuro con una extraña baraja de Tarot, haciendo hincapié en tres cartas: el Prisionero, la Dama de las Sombras y la Muerte («pero no para ti, pistolero»).

El segundo volumen, titulado La llegada de los tres, empieza a orillas del Mar del Oeste, no mucho después de que Roland se despierte tras el enfrentamiento con su antiguo adversario y descubra que Walter lleva mucho tiempo muerto, sus huesos alimentando aquel lugar de huesos. El exhausto pistolero es atacado por una horda de carnívoras «langostruosidades» de las que finalmente consigue escapar, no sin sufrir graves lesiones y perder los dos primeros dedos de la mano derecha. Además, resulta infectado por la mordedura venenosa de las criaturas, de modo que cuando reanuda su viaje hacia el norte, por la costa del Mar del Oeste, Roland se halla enfermo… tal vez moribundo.

En el trayecto encuentra tres puertas que se alzan aisladas en la playa. Todas ellas conducen al Nueva York de nuestro mundo, en tres cuandos distintos. De 1987 Roland invoca a Eddie Dean, un prisionero de la heroína. De 1964 invoca a Odetta Susannah Holmes, una mujer que ha perdido la parte inferior de las piernas en un accidente en el metro… que en realidad no fue tal. En realidad ella es la Dama de las Sombras, y posee una segunda personalidad hostil, oculta en el interior de la joven activista social negra que conocen sus amigos. Esta mujer oculta, la violenta y taimada Detta Walker, se propone matar tanto a Roland como a Eddie cuando el pistolero la transporta a Mundo Medio.

En un punto temporal intermedio, de nuevo en 1977, Roland penetra en la diabólica mente de Jack Mort, quien ha lastimado a Odetta/Detta no una vez sino dos. «La Muerte —le dijo el hombre de negro a Roland—. Pero no para ti, pistolero.» Tampoco es Mort la tercera de las figuras vaticinadas por Walter; Roland impide que Mort asesine a Jake Chambers, y poco después Mort perece bajo las ruedas del mismo tren que dejó sin piernas a Odetta en 1959. Así pues, Roland fracasa en la tarea de atraer al psicópata a Mundo Medio… aunque, se dice, ¿quién querría a un ser semejante, en cualquier caso?

Pero hay un precio que pagar por rebelarse contra el futuro predicho; ¿no sucede así siempre? «Ka, gusano —hubiera dicho Cort, el antiguo maestro de Roland—. Tal es la gran rueda, y gira constantemente. Procura no colocarte delante cuando esté en movimiento, o te aplastará, poniendo así fin a tus estúpidos sesos y a tus inútiles bolsas de tripas y agua.»

Roland piensa que tal vez ha invocado a tres personas en las figuras de Eddie y Susannah, dado que Odetta tiene doble personalidad, pero cuando Odetta y Detta se funden en Susannah (gracias, en buena medida, al amor y la valentía de Eddie Dean), el pistolero comprende que no es así. Y comprende también algo más: se siente atormentado por el recuerdo de Jake, el chico que al morir habló de otros mundos. En realidad, parte de la mente del pistolero cree que nunca existió tal chico. Al evitar que Jack Mort empujara a Jake bajo el coche que debía matarlo, Roland crea una paradoja temporal que lo está destrozando, y que en nuestro mundo está destrozando del mismo modo a Jake Chambers.

Las tierras baldías, el tercer volumen de la serie, se inicia con dicha paradoja. Después de matar a un oso gigantesco llamado Mir (por las viejas gentes que le profesaban temor) o Shardik (por los Grandes Antiguos que lo crearon… puesto que el oso resulta ser un ciborg), Roland, Eddie y Susannah vuelven sobre los pasos de la bestia y descubren el Camino del Haz. Existen seis haces de este tipo que discurren entre los doce portales que jalonan los límites de Mundo Medio. En el punto en el que los haces se entrecruzan —en el centro del mundo de Roland, y quizá de todos los mundos—, el pistolero piensa que él y sus amigos hallarán por fin la Torre Oscura.

A estas alturas, Eddie y Susannah no son ya prisioneros en el mundo de Roland. Enamorados y en vías de convertirse ellos mismos en pistoleros, participan en la búsqueda y siguen de buena gana a Roland por el Camino del Haz.

En un círculo parlante, no lejos del Portal del Oso, el tiempo se recompone, la paradoja se resuelve y la auténtica tercera figura es invocada por fin. Jake entra de nuevo en Mundo Medio al concluir un peligroso rito en el que los cuatro —Jake, Eddie, Susannah y Roland— recuerdan los rostros de sus padres y se absuelven a sí mismos honorablemente. No mucho después, el cuarteto se convierte en quinteto cuando Jake hace amistad con un brambo. Los brambos, cuyo aspecto es un híbrido de tejón, mapache y perro, poseen una capacidad de habla limitada. Jake bautiza a su nuevo amigo con el nombre de Acho.

La senda de los peregrinos les conduce a Lud, un vasto erial urbano donde los degenerados supervivientes de dos antiguas facciones, los pubis y los grises, mantienen vivos los rescoldos de un antiguo conflicto. Antes de llegar a la ciudad, se detienen en un pequeño pueblo llamado Paso del Río, donde aún quedan algunos ancianos residentes. Estos ven en Roland un vestigio de los viejos días, cuando el mundo todavía no se había movido, y lo honran a él y a sus compañeros. Más tarde, los ancianos les hablan de un tren monorraíl que tal vez aún circule desde Lud a las tierras baldías, por el Camino del Haz hacia la Torre Oscura.

Jake se siente aterrorizado por estas noticias, pero no sorprendido. Antes de ser invocado desde Nueva York, obtuvo dos libros en una librería propiedad de un individuo con el inquietante nombre de Calvin Torre. Uno es un libro de adivinanzas con las respuestas arrancadas. El otro, titulado Charlie el Chu-Chú, es un libro infantil que trata de un tren. Un cuentecito gracioso, diría casi todo el mundo. Pero para Jake hay algo en Charlie que no resulta nada gracioso. Algo aterrador. Roland sabe algo más: en la Alta Lengua de su mundo, la palabra char significa muerte.

Tía Talitha, matriarca de los habitantes de Paso del Río, le entrega a Roland una cruz de plata, y los viajeros prosiguen su camino. Antes de llegar a Lud, descubren un avión estrellado de nuestro mundo… un caza de combate alemán de los años treinta. Atascado en la cabina se halla el cadáver momificado de un gigante, casi con toda seguridad el mítico forajido David Quick.

Al atravesar el desvencijado puente que se extiende sobre el río Send, Jake y Acho están a punto de perecer en un accidente. Mientras Roland, Eddie y Susannah están distraídos, un forajido moribundo (y muy peligroso) llamado el Chirlas tiende una emboscada al grupo. Chirlas secuestra a Jake y lo conduce bajo tierra ante la presencia del señor Tic Tac, último líder de los grises. Tic Tac se llama en realidad Andrew Quick, y es bisnieto del piloto que murió al intentar aterrizar con un avión de otro mundo.

Mientras Roland (ayudado por Acho) emprende la búsqueda de Jake, Eddie y Susannah encuentran la Cuna de Lud, donde Blaine el Mono despierta. Blaine es el último instrumento de la superficie perteneciente al inmenso sistema de ordenadores alojados bajo la ciudad de Lud, y le queda un único interés: las adivinanzas. Promete llevar a los viajeros a la última parada del monorraíl si consiguen resolver una adivinanza planteada por él. De lo contrario, manifiesta Blaine, el único viaje que harán será hacia el lugar donde el camino termina en el claro… en otras palabras, hacia la muerte. En ese caso, tendrán abundante compañía, pues Blaine planea descargar grandes cantidades de gas nervioso que aniquilará a todos cuantos quedan en Lud: pubis, grises y pistoleros por igual.

Roland rescata a Jake, dando al señor Tic Tac por muerto… pero Andrew Quick sigue vivo. Medio ciego, horriblemente herido en el rostro, es rescatado por un hombre que se hace llamar Richard Fannin. Sin embargo, Fannin también se identifica como el Extraño Sin Edad, un demonio contra el que Walter había prevenido a Roland.

Roland y Jake se reúnen con Eddie y Susannah en la Cuna de Lud, y Susannah —con ayuda de la «zorra» Detta Walker— logra resolver la adivinanza de Blaine. Obtienen así el acceso al mono, desoyendo por necesidad las terribles advertencias de la mente secundaria de Blaine, cuerda pero gravemente debilitada (Eddie llama a esta voz «Pequeño Blaine»), solo para descubrir que Blaine pretende suicidarse con ellos a bordo. El hecho de que la mente actual que dirige el mono exista en ordenadores que cada vez quedan más y más atrás, bajo una ciudad que se ha convertido en un matadero, no entrañará diferencia alguna cuando la bala rosada descarrile en algún punto de la vía a una velocidad superior a los mil trescientos kilómetros por hora.

Solo queda una esperanza de sobrevivir: la afición de Blaine por las adivinanzas. Roland de Gilead propone un trato desesperado. Con dicho trato termina Las tierras baldías, y con él se inicia Mago y cristal.

ROMEO: Lady, by yonder blessed moon I vow,

That tips with silver all these fruit-tree tops—

JULIET: O, swear not by the moon, th’ inconstant moon,

that monthly changes in her circled orb,

Lest that thy love prove likewise variable.

ROMEO: What shall I swear by?

JULIET: Do not swear at all.

Or, if thou wilt, swear by thy gracious self,

Which is the god of my idolatry,

And I’ll believe thee.

WILLIAM SHAKESPEARE,

Romeo and Juliet

On the fourth day, to [Dorothy’s] great joy, Oz sent for her, and when she entered the Throne Room, he greeted her pleasantly.

«Sit down, my dear. I think I have found a way to get you out of this country.»

«And back to Kansas?» she asked eagerly.

«Well, I’m not sure about Kansas,» said Oz, «for I haven’t the faintest notion which way it lies. …»

L. FRANK BAUM,

The Wizard of Oz

I asked one draught of earlier, happier sights,

Ere fitly I could hope to play my part.

Think first, fight afterward—the soldier’s art:

One taste of the old time sets all to rights!

ROBERT BROWNING,

Childe Roland to the Dark Tower Came

ROMEO: Os juro, señora, por esta bendita luna

que tiñe de plata las copas de estos árboles frutales…

JULIETA: No juréis por la luna, por esta inconstante luna

que cambia cada mes en su redonda órbita,

no sea que vuestro amor sea igualmente mudable.

ROMEO: ¿Pues por qué juraré?

JULIETA: No juréis por nada.

O, si lo preferís, jurad por vos mismo,

que sois el dios al que idolatro

y en el que yo creo.

WILLIAM SHAKESPEARE,

Romeo y Julieta

Al cuarto día, para su [de Dorothy] gran alegría, Oz la llamó a su presencia, y cuando ella entró en el Salón del Trono, la saludó amablemente.

«Siéntate, querida, creo que ya he encontrado la manera de sacarte de este país.»

«¿Para que yo pueda volver a Kansas?», preguntó ansiosamente ella.

«Bueno, no sé si a Kansas —dijo Oz—, pues no tengo ni la más remota idea de dónde está…»

L. FRANK BAUM,

El mago de Oz

Antes de permitirme la esperanza de hacer mi papel,

pedí un trago de visiones más tempranas y alegres.

Primero piensa, lucha luego; es el arte del soldado:

¡un sorbo de los viejos tiempos lo arregla todo!

ROBERT BROWNING,

Childe Roland a la Torre Oscura llegó

PRÓLOGO. Blaine

—DECIDME UNA ADIVINANZA —propuso Blaine.

—Vete a la mierda —replicó Roland sin alzar la voz.

—¿QUÉ HAS DICHO? —En su patente incredulidad, la voz del Gran Blaine volvía a aproximarse muchísimo a la de su insospechado gemelo.

—He dicho que te vayas a la mierda —repitió Roland sin perder la calma—; pero si no lo entiendes, Blaine, te lo pondré más claro. No. La respuesta es no.

Durante un rato muy largo no hubo respuesta de Blaine, y cuando respondió por fin, no lo hizo con palabras. En su lugar, las paredes, el suelo y el techo empezaron a perder de nuevo el color y la solidez. A los diez segundos, el Coche de la Baronía había cesado de existir una vez más. Ahora sobrevolaban la cordillera que habían visto en el horizonte: picos gris acero se precipitaban hacia ellos a una velocidad suicida y se hundían para revelar valles estériles en los que unos escarabajos gigantes se arrastraban de un lado a otro como tortugas en un terrario. Roland vio algo semejante a una serpiente enorme que se descolgaba repentinamente desde la boca de una caverna. La bestia atrapó a uno de los escarabajos y se lo llevó a su cubil. Roland nunca había visto animales como aquellos ni una tierra como aquella, y tuvo la sensación de que la piel quería desprendérsele de la carne. Era como si Blaine los hubiera transportado a algún otro mundo.

—TAL VEZ DEBERÍA DESCARRILAR AQUÍ —dijo Blaine. Habló en tono meditabundo, pero el pistolero captó bajo sus palabras una profunda y palpitante ira.

—Tal vez sí —respondió el pistolero con indiferencia.

Eddie hacía muecas frenéticas. Formó con los labios las palabras «Pero ¿qué estás haciendo?». Roland le ignoró; toda su atención se centraba en Blaine, y sabía muy bien lo que hacía.

—¡ERES DESCORTÉS Y ARROGANTE! —protestó Blaine—. PUEDE QUE A TI ESTOS RASGOS TE PAREZCAN INTERESANTES, PERO A MÍ NO.

—Oh, aún puedo ser mucho más descortés que hasta ahora.

Roland de Gilead separó las manos y se incorporó lentamente. Se alzó en mitad del vacío aparente, con las piernas separadas, la mano derecha en la cadera y la izquierda sobre la empuñadura de sándalo de su revólver. Se alzó como tantas otras veces se había alzado en las calles polvorientas de un centenar de pueblos olvidados, en una veintena de zonas de matanza en cañones encajonados entre rocas, en un sinfín de tabernas oscuras con su olor a cerveza amarga y a frituras rancias. Solo era otro enfrentamiento en otra calle desierta. Eso era todo, y era suficiente. Era khef, ka y ka-tet. El hecho central de su vida y el eje sobre el que giraba su ka era que el enfrentamiento siempre se producía. Que esta vez la lucha fuera a decidirse con palabras en vez de balas no significaba nada; igualmente sería una lucha a muerte. El hedor de la matanza que flotaba en el aire era tan nítido y definido como el hedor de carroña a medio devorar en un pantano. El furor de la lucha descendió sobre él, como siempre lo hacía… y Roland dejó de existir para su propia conciencia.

—Puedo decir que eres una máquina insensata, fatua, necia y arrogante. Puedo decir que eres un ser estúpido y atolondrado que no tiene más sentido que el sonido de un viento de invierno en un árbol hueco.

—BASTA.

Roland prosiguió con la misma voz serena, ignorando por completo a Blaine.

—Eres lo que Eddie llama un «trasto». Si fueras algo más, podría mostrarme todavía más descortés.

—SOY MUCHO MÁS QUE UN SIMPLE…

—Podría llamarte chupapollas, por ejemplo, pero no tienes boca ni polla. Podría decir que eres más ruin que el más ruin mendigo que jamás se haya arrastrado de rodillas por la calleja más mezquina de la creación, pero incluso semejante criatura es mejor que tú; tú no tienes rodillas sobre las que arrastrarte ni te arrodillarías si las tuvieras, porque no puedes concebir un defecto tan humano como la compasión. Podría incluso decir que te has follado a tu madre, si tuvieras madre.

Roland se detuvo a tomar aliento. Sus tres compañeros contenían el suyo. A su alrededor, asfixiante, se acumulaba el silencio atónito de Blaine el Mono.

—Sí puedo decir, en cambio, que eres una criatura desleal que dejó que su única compañera se matara, un cobarde que se deleita torturando a necios y exterminando a inocentes, un fantasma mecánico perdido y balbuceante que…

—¡TE ORDENO QUE TE DETENGAS, SI NO OS MATARÉ A TODOS AHORA MISMO!

A Roland se le encendieron los ojos con un fuego azul tan intenso que Eddie retrocedió asustado. Vagamente oyó a Jake y Susannah emitir un jadeo sofocado.

—¡Mata si quieres, pero no me des órdenes! —rugió el pistolero—. ¡Has olvidado los rostros de quienes te hicieron! ¡Y ahora mátanos o calla y escúchame a mí, a Roland de Gilead, hijo de Steven, pistolero y señor de las tierras antiguas! ¡No he recorrido todos los kilómetros y todos los años para escuchar tu parloteo infantil! ¿Me has entendido? ¡Ahora me escucharás tú A MÍ!

Se produjo otro instante de estupefacto silencio. Nadie respiraba. Roland seguía mirando al frente con expresión severa, la cabeza alta, la mano en la culata del arma.

Susannah Dean se llevó una mano a los labios y palpó la sonrisita que había en ellos como si se palpara una prenda de vestir desacostumbrada —un sombrero, acaso— para comprobar que la llevaba bien puesta. Tenía miedo de haber llegado al final de su vida, pero la sensación que en aquellos momentos predominaba en su corazón no era de miedo sino de orgullo. Miró de reojo hacia la izquierda y vio que Eddie contemplaba a Roland con una sonrisa asombrada. La expresión de Jake era aún más sencilla: pura adoración.

—¡Que se entere! —resolló Jake—. ¡Patéale el culo! ¡Venga!

—Te aconsejo que prestes atención, Blaine —intervino Eddie—. Realmente le importa una mierda. No por nada lo llamaban el Perro Rabioso de Gilead.

Tras una pausa muy larga, Blaine preguntó:

—¿ASÍ TE LLAMABAN, ROLAND HIJO DE STEVEN?

—Es posible —repuso Roland, tranquilamente plantado en el aire sobre las estériles estribaciones de la cordillera.

—¿DE QUÉ ME SERVÍS SI NO QUERÉIS DECIRME ADIVINANZAS? —preguntó Blaine. Ahora hablaba como un niño enfurruñado al que se ha permitido seguir levantado mucho después de su hora habitual de acostarse.

—Yo no he dicho tal cosa —objetó Roland.

—¿NO? —Blaine parecía perplejo—. NO COMPRENDO, PERO EL ANÁLISIS DEL REGISTRO VOCAL ES INDICATIVO DE DISCURSO RACIONAL. EXPLÍCATE, POR FAVOR.

—Dijiste que las querías inmediatamente —aclaró el pistolero—. Eso era lo que yo rehusaba. Tu impaciencia te ha vuelto indecoroso.

—NO COMPRENDO.

—Te ha vuelto descortés. ¿Lo entiendes ahora?

Hubo un silencio largo y reflexivo. Hacía siglos que el ordenador no presenciaba reacciones humanas que no fuesen de ignorancia, dejadez o servilismo supersticioso. Hacía eones que no se veía expuesto a algo tan simple como la valentía humana.

—SI HE DICHO ALGO QUE TE HA PARECIDO DESCORTÉS, TE PRESENTO MIS DISCULPAS.

—Se aceptan, Blaine. Pero hay un problema mayor.

—EXPLÍCATE.

—Vuelve a cerrar el coche y lo haré. —Roland volvió a sentarse como si continuar la discusión, y la perspectiva de una muerte inmediata, fuese ahora inconcebible.

Blaine cumplió su petición. Las paredes se llenaron de color, y el paisaje de pesadilla que se extendía bajo ellos desapareció otra vez de la vista. El indicador del mapa de ruta parpadeaba ya en las cercanías del punto señalado como Candleton.

—Muy bien —dijo Roland—. La descortesía es perdonable, Blaine; así me lo enseñaron en mi juventud. Pero también me enseñaron que la estupidez no lo es.

—¿EN QUÉ HE SIDO ESTÚPIDO, ROLAND DE GILEAD?

La voz de Blaine era suave y ominosa. Susannah pensó de pronto en un gato agazapado ante la madriguera de un ratón, agitando la cola de un lado a otro, los ojos verdes encendidos con malevolencia.

—Tenemos algo que tú deseas —dijo Roland—, pero la única recompensa que nos ofreces si te lo damos es la muerte. Eso es muy estúpido.

Hubo una larga pausa mientras Blaine meditaba sobre ello. Luego:

—ES CIERTO LO QUE DICES, ROLAND DE GILEAD, PERO LA CALIDAD DE VUESTRAS ADIVINANZAS NO ESTÁ COMPROBADA. NO OS RECOMPENSARÉ CON LA VIDA POR ADIVINANZAS MALAS.

Roland asintió.

—Lo comprendo, Blaine. Escúchame ahora y toma consejo de mí. A mis amigos ya les he contado algo de esto. Cuando era niño en la Baronía de Gilead, había siete Días de Feria al año: los del Invierno, la Tierra Ancha, la Siembra, el Estío, la Tierra Llena, la Siega y el Fin de Año. Las adivinanzas constituían una parte importante de todos los Días de Feria, pero eran el acontecimiento más importante de la Feria de la Tierra Ancha y la Tierra Llena, pues se creía que las adivinanzas que se decían allí auguraban el éxito o el fracaso de las cosechas.

—ESO ES UNA SUPERSTICIÓN SIN BASE ALGUNA EN LA REALIDAD —dijo Blaine—. LO ENCUENTRO MOLESTO E IRRITANTE.

—Claro que es una superstición —asintió Roland—, pero quizá te sorprendería descubrir lo bien que las adivinanzas predecían las cosechas. Por ejemplo, resuélveme esta, Blaine: ¿qué diferencia hay entre una abuela y un granero?

—ES MUY ANTIGUA, Y NO MUY INTERESANTE —protestó Blaine, pero aun así parecía contento por tener algo que resolver—. UNA ES PARIENTE DE TU MISMA SANGRE Y EL OTRO ES TU DEPÓSITO DE GRANO.* UNA ADIVINANZA BASADA EN LA COINCIDENCIA FONÉTICA. OTRA DE ESTE TIPO, QUE SE CUENTA EN EL NIVEL QUE CONTIENE LA BARONÍA DE NUEVA YORK, DICE ASÍ: ¿CUÁL ES LA DIFERENCIA ENTRE UN GATO Y UNA ORACIÓN COMPUESTA?

—Esta la sé yo —dijo Jake—. El gato tiene uñas al final de sus zarpas y una oración compuesta tiene una pausa al final de su cláusula.*

—SÍ —dijo Blaine—. UNA ADIVINANZA MUY TONTA Y ANTIGUA, ÚTIL ÚNICAMENTE COMO PROCEDIMIENTO NEMOTÉCNICO.

—Por una vez estoy de acuerdo contigo, Blaine, colega —añadió Eddie.

—YO NO SOY COLEGA TUYO, EDDIE DE NUEVA YORK.

—Vaya, hombre. Bésame el culo y sube al cielo.

—NO EXISTE NINGÚN CIELO.

Eddie no supo qué responder a eso.

—ME GUSTARÍA SABER MÁS DE LOS DÍAS DE FERIA EN GILEAD, ROLAND, HIJO DE STEVEN.

—A mediodía de la Tierra Ancha y la Tierra Llena se reunían entre dieciséis y treinta concursantes en el Salón de los Abuelos, que se abría especialmente para el acontecimiento. Eran los únicos días del año en que se permitía entrar a la gente corriente, los comerciantes, campesinos, ganaderos y demás, en el Salón de los Abuelos, y esos días todos acudían en tropel.

La mirada del pistolero era distante y soñadora; era la expresión que Jake había visto en su rostro en aquella otra vida nebulosa, cuando Roland le contó que un día se había colado en la galería de aquel mismo Salón con dos de sus amigos, Cuthbert y Jamie, para contemplar una especie de baile ritual. Cuando se lo contó estaban escalando las montañas, siguiéndole las huellas a Walter.

«Marten estaba sentado junto a mi madre y mi padre —le había dicho Roland—. Aun desde aquella altura podía reconocerlos, y en un momento dado, Marten y ella danzaron lenta y sinuosamente, y los demás despejaron la pista y aplaudieron al terminar la danza. Pero los pistoleros no aplaudieron…»

Jake miró a Roland con curiosidad, tratando una vez más de imaginar de dónde venía aquel hombre extraño y reservado… y por qué.

—Colocaban un gran barril en el centro de la sala —prosiguió Roland—, y cada concursante arrojaba en él un puñado de pergaminos de corteza en los que estaban escritas sus adivinanzas. Muchas eran viejas, adivinanzas que habían aprendido de sus mayores, e incluso a veces de libros, pero otras muchas eran nuevas, creadas para la ocasión. Tres jueces, entre los que siempre figuraba un pistolero, se pronunciaban sobre ellas cuando eran leídas en voz alta, y solo se aceptaban si las consideraban justas.

—SÍ, LAS ADIVINANZAS DEBEN SER JUSTAS —convino Blaine.

—Luego empezaban las adivinanzas —dijo el pistolero; una leve sonrisa le rozó los labios al pensar en aquellos días, días en los que el pistolero tenía la edad del muchacho magullado que estaba sentado junto a él con un bilibrambo en el regazo—, y duraban horas enteras. Se formaba una fila en el centro del Salón de los Abuelos. La posición de cada uno en la fila se decidía por sorteo, y como era mucho mejor estar al final de la cola que al principio, todo el mundo deseaba un número alto, aunque el vencedor debía resolver correctamente al menos una adivinanza.

—POR SUPUESTO.

—Cada hombre o mujer, pues algunos de los mejores concursantes de Gilead eran mujeres, se acercaba al barril cuando le llegaba el turno, extraía una adivinanza, y si la adivinanza permanecía sin resolver cuando se había agotado la arena de un reloj de tres minutos, ese concursante debía abandonar la fila.

—¿Y A LA SIGUIENTE PERSONA EN LA FILA SE LE PREGUNTABA LA MISMA ADIVINANZA?

—Sí.

—DE MODO QUE LA SIGUIENTE PERSONA DISPONÍA DE TIEMPO EXTRA PARA PENSAR.

—Sí.

—YA VEO. SUENA BÁRBARO.

Roland enarcó las cejas.

—¿Bárbaro?

—Quiere decir que le parece divertido —le explicó Susannah en voz baja.

Roland se encogió de hombros.

—Era divertido para los espectadores, supongo, pero los concursantes se lo tomaban muy en serio. Con frecuencia se producían discusiones y peleas cuando se daba por terminada la competición y se entregaba el premio.

—¿QUÉ PREMIO ERA ESE, ROLAND HIJO DE STEVEN?

—El ganso más grande de la Baronía. Y año tras año, Cort, mi maestro, se llevaba ese ganso a casa.

—DEBÍA DE SER UN GRAN EXPERTO EN ADIVINANZAS —observó Blaine en tono respetuoso—. ME GUSTARÍA QUE ESTUVIERA AQUÍ.

—Lo era, en efecto —afirmó Roland—. ¿Estás listo para oír mi propuesta, Blaine?

—DESDE LUEGO. LA ESCUCHARÉ CON GRAN INTERÉS, ROLAND DE GILEAD.

—Que estas próximas horas sean nuestro Día de Feria. No nos propondrás adivinanzas, porque deseas oír adivinanzas nuevas y no contar tú algunas de los millones que debes de conocer…

—CORRECTO.

—Por otra parte, tampoco podríamos resolver la mayoría —prosiguió Roland—. Estoy seguro de que conoces adivinanzas que habrían hecho tropezar incluso a Cort si las hubiera sacado del barril. —No estaba seguro ni mucho menos, pero había pasado el momento de utilizar el puño y había llegado el momento de utilizar la pluma.

—POR SUPUESTO —asintió Blaine.

—En lugar de un ganso, nuestras vidas serán el premio —dijo Roland—. Mientras viajamos, te iremos proponiendo adivinanzas. Si cuando lleguemos a Topeka las has resuelto correctamente todas, puedes llevar adelante tu idea inicial y matarnos. Ese es tu ganso. Pero si nosotros te hacemos tropezar, si en el libro de Jake o en nuestras cabezas hay una adivinanza que no conozcas y no sepas responder, deberás llevarnos a Topeka y una vez allí dejarnos en libertad de proseguir nuestra búsqueda. Ese es nuestro ganso.

Silencio.

—¿Lo has entendido?

—SÍ.

—¿Estás de acuerdo?

Más silencio por parte de Blaine el Mono. Eddie estaba sentado muy tieso rodeando a Susannah con el brazo y mirando el techo del Coche de la Baronía. Susannah se pasó la mano izquierda sobre el vientre, pensando en el secreto que acaso estaba creciendo en su interior. Jake le acariciaba el lomo a Acho con mucha suavidad, esquivando las costras de sangre coagulada en los lugares donde el brambo había recibido las puñaladas. Todos permanecieron a la espera mientras Blaine —el auténtico Blaine, muy lejos ya, que vivía su cuasivida enterrado bajo una ciudad cuyos habitantes yacían todos muertos por obra suya— estudiaba la propuesta de Roland.

—SÍ —dijo Blaine al fin—. DE ACUERDO. SI RESUELVO TODAS LAS ADIVINANZAS QUE ME PLANTEÉIS, OS LLEVARÉ CONMIGO AL CLARO AL FINAL DEL CAMINO. SI UNO DE VOSOTROS PROPONE UNA ADIVINANZA QUE YO NO PUEDA RESOLVER, RESPETARÉ VUESTRAS VIDAS Y OS DEJARÉ EN TOPEKA, DONDE PODRÉIS PROSEGUIR VUESTRA BÚSQUEDA DE LA TORRE OSCURA SI ASÍ LO DECIDÍS. ¿HE INTERPRETADO CORRECTAMENTE LOS TÉRMINOS Y CONDICIONES DE TU PROPUESTA, ROLAND, HIJO DE STEVEN?

—Sí.

—MUY BIEN, ROLAND DE GILEAD.

»MUY BIEN, EDDIE DE NUEVA YORK.

»MUY BIEN, SUSANNAH DE NUEVA YORK.

»MUY BIEN, JAKE DE NUEVA YORK.

»MUY BIEN, ACHO DE MUNDO MEDIO.

Acho alzó brevemente la mirada al oír su nombre.

—VOSOTROS SOIS KA-TET; DE MUCHOS, UNO. YO TAMBIÉN. LO QUE HEMOS DE DEMOSTRAR AHORA ES QUÉ KA-TET ES EL MÁS FUERTE.

Hubo un momento de silencio, roto únicamente por el poderoso y constante palpitar de las turbinas slotrans que los impulsaban sobre las tierras baldías, que los impulsaban hacia Topeka, el lugar donde terminaba Mundo Medio y empezaba Mundo Final.

—SEA —exclamó la voz de Blaine—. ¡ARROJAD VUESTRAS REDES, VIAJEROS! PONEDME A PRUEBA CON VUESTRAS PREGUNTAS, Y QUE EMPIECE LA CONTIENDA.

PRIMERA PARTE. Adivinanzas
CAPÍTULO I. BAJO LA LUNA DEL DEMONIO (I)

CAPÍTULO I

BAJO LA LUNA DEL DEMONIO (I)

UNO

El pueblo de Candleton era una ruina irradiada y envenenada, pero no estaba muerto; después de tantos siglos, aún latía con tenebrosa vida: escarabajos del tamaño de tortugas que se arrastraban trabajosamente, aves parecidas a diminutos dragoncillos deformes, unos cuantos robots tambaleantes que entraban y salían de los edificios carcomidos cual zombis de acero inoxidable, con sus junturas emitiendo agudos chirridos y sus ojos nucleares aún parpadeando…

—¡Enseñe su pase, amigo! —vociferaba uno que llevaba atascado en un rincón del vestíbulo del Hotel de Viajeros de Candleton los últimos doscientos treinta y cuatro años. En el recuadro herrumbroso de su cabeza tenía estampada una estrella de seis puntas. Con el transcurso de los años, había conseguido abrir un pequeño boquete cóncavo en la pared revestida de acero que le bloqueaba el paso, pero eso era todo—. ¡Enseñe su pase, amigo! ¡Posibles niveles altos de radiación al sur y al este de la ciudad! ¡Enseñe su pase, amigo! ¡Posibles niveles altos de radiación al sur y al este de la ciudad!

Una rata hinchada y ciega, que llevaba a rastras las tripas en una bolsa semejante a una placenta putrefacta, pasó renqueando por encima de los pies del robot policía, pero este no pareció darse cuenta. Simplemente siguió hundiendo una y otra vez su cabeza de acero en la pared.

—¡Enseñe su pase, amigo! ¡Posibles niveles altos de radiación, maldita sea!

Detrás, en el bar del hotel, se alineaban los cráneos de los hombres y las mujeres que habían entrado a tomar una última copa antes de que el cataclismo los sorprendiera con un rictus en el rostro, como si hubieran muerto riendo. Y quizá así había sido en algunos casos.

Cuando Blaine el Mono retumbó en lo alto, emergiendo de la noche como una bala del cañón de una pistola, las ventanas estallaron, se levantó una humareda de polvo, y varios cráneos se desintegraron como vasijas de cerámica antiguas. En el exterior, un fugaz huracán de polvo radiactivo barrió la calle, y el poste destinado a amarrar los caballos que había frente al Restaurante Asador Elegante quedó absorbido en el turbulento remolino como si de humo se tratase. En la plaza del pueblo, la Fuente de Candleton se partió en dos y vomitó no agua sino polvo, serpientes, escorpiones mutados y unos cuantos de aquellos escarabajos-tortuga ciegos y renqueantes.

Luego, la forma que había pasado rauda sobre el pueblo desapareció como si nunca hubiera existido, y Candleton volvió a sumirse en la decadente actividad que había constituido su remedo de vida durante los últimos dos siglos y medio… Fue entonces cuando se produjo la explosión de sonido resultante, con un estallido atronador que no se oía sobre el pueblo desde hacía siete años; las vibraciones fueron tan intensas que el mercado situado en el lado opuesto a la fuente se desplomó. El robot policía intentó lanzar una última advertencia:

—Posibles niveles altos de radi… —Y enmudeció para siempre, de cara al rincón como si se tratara de un niño que se hubiera portado mal.

A unas doscientas o trescientas ruedas de Candleton, según se avanzaba por el Camino del Haz, los niveles de radiación y las concentraciones de DEP3 del suelo disminuían considerablemente. Allí el raíl del mono inició un vertiginoso descenso hasta quedar a menos de tres metros del suelo, donde una hembra de ciervo de aspecto casi normal salió garbosamente de un bosque de pinos para beber en un arroyo cuya agua se había purificado en sus tres cuartas partes.

La cierva no era normal. Una quinta pata atrofiada le colgaba del centro del bajo vientre como una ubre, bamboleándose fláccidamente hacia los lados conforme el animal caminaba, y un tercer ojo ciego le sobresalía, blancuzco, en la parte izquierda del hocico. Aun así, la cierva era fértil y su ADN gozaba de un estado razonablemente bueno para pertenecer a una duodécima generación mutada. En sus seis años de vida, el animal había parido tres crías vivas. Dos de los cervatos habían sido no solo viables sino normales (lo que Tía Talitha, de Paso del Río, hubiera denominado «ganado encauzado»). El tercero, un horror chillón desprovisto de piel, había sido sacrificado rápidamente por su padre.

El mundo —esta parte, en cualquier caso— había empezado a recuperarse.

La cierva hundió el hocico en el agua y se puso a beber. Luego miró hacia arriba, con los ojos muy abiertos y el hocico goteando. Oyó un débil zumbido a lo lejos. Momentos más tarde, el sonido se vio acompañado de un parpadeo de luz. La alarma se disparó en los nervios de la cierva, pero aunque sus reflejos eran rápidos y la luz se hallaba a bastantes ruedas en el campo desolado cuando la vislumbró, el animal no tuvo oportunidad de escapar. Antes incluso de que pudiera accionar sus músculos, la chispa distante se había convertido en una abrasadora bola de luz que inundó con su fulgor el arroyo y el claro. Con la luz llegó el desesperante zumbido de los motores slotrans de Blaine, funcionando a pleno rendimiento. Un fugaz borrón rosáceo pasó por encima del caballete de hormigón que sostenía el raíl, seguido de una arremolinada estela de polvo, piedras, animalillos desmembrados y hojarasca. La cierva murió instantáneamente, víctima de la sacudida que produjo el paso de Blaine. Aunque demasiado voluminosa para resultar absorbida en la estela del mono, fue no obstante arrastrada unos sesenta metros, con el agua chorreándole del hocico y las pezuñas. La mayor parte de la piel (así como la quinta pata sin huesos) se le desprendió del cuerpo y salió despedida tras Blaine como una prenda de vestir desechada.

Tras un breve silencio, tenue como la piel recién regenerada o el hielo temprano de un estanque en Fin de Año, la explosión sónica llegó velozmente como una criatura ruidosa que acudiese tarde a un banquete de boda, quebrando el silencio y matando a un solitario pájaro mutado —un cuervo, quizá— en pleno vuelo. El ave cayó como una piedra y se zambulló en el arroyo.

A lo lejos, un ojo rojo menguante: la luz trasera de Blaine.

Una luna llena emergió de una cortina de nubes, tiñendo el claro y el arroyo con chillones tonos de oropel. Se dibujaba un rostro en la luna, pero no era un rostro que desearan mirar los amantes. Parecía el semblante descarnado de un cráneo, como los que se apilaban en el Hotel de Viajeros de Candleton; un rostro que miraba, con el regocijo de un lunático, a los pocos seres que aún vivían y bregaban abajo. En Gilead, antes de que el mundo se hubiese movido, a la luna llena de Fin de Año se la denominaba «Luna del Demonio», y se creía que mirarla directamente daba mala suerte.

Pero ahora tal creencia no importaba. Ahora había demonios por todas partes.

DOS

Susannah miró el mapa de ruta y vio que el punto verde que señalaba su posición actual se hallaba a medio camino entre Candleton y Rilea, la siguiente parada de Blaine.

«Aunque, ¿quién se va a detener?», se preguntó.

Retiró los ojos del mapa de ruta y se volvió hacia Eddie. Seguía con la mirada fija en el techo del Coche de la Baronía. Susannah la siguió y vio un recuadro que solo podía ser una trampilla —aunque cuando uno trataba con mierda futurista como un tren parlante, supuso, había que utilizar el término «escotilla» u otro aún más espectacular—. En su superficie había estarcido un sencillo dibujo rojo que mostraba a un hombre saliendo por la abertura. Susannah trató de imaginar cómo sería seguir aquella instrucción implícita y asomarse por la escotilla a casi mil trescientos kilómetros por hora. Evocó una imagen fugaz, aunque clara, de la cabeza de una mujer, arrancada del cuello como una flor de su tallo; vio salir volando la cabeza hacia atrás, por encima del Coche de la Baronía, dando quizá algún tumbo, y luego perderse en la oscuridad, con los ojos fijos y el cabello ondeando.

Desterró de su mente la imagen tan deprisa como pudo. Al fin y al cabo, la escotilla estaría cerrada casi con toda certeza. Blaine el Mono no tenía la menor intención de dejarlos escapar. Tal vez lograran ganarse la huida, aunque Susannah no lo daba por seguro, ni siquiera en el caso de que consiguieran vencer a Blaine con alguna adivinanza.

«Lamento tener que decirlo, pero a mí tan solo me pareces otro hijeputa blanquito más —dijo mentalmente con una voz que no era completamente la de Detta Walker—. No me fío de tu trasero mecánico. Seguro que eres más peligroso derrotado que con el galardón del triunfo prendido en tus bancos de memoria.»

Jake tendió su andrajoso libro de adivinanzas al pistolero, como si ya no deseara la responsabilidad de tenerlo consigo. Susannah sabía cómo debía de sentirse el chico; sus vidas podían muy bien depender de aquellas páginas mugrientas y manoseadas. Tampoco ella estaba muy segura de querer cargar con la responsabilidad de llevarlo.

—¡Roland! —susurró Jake—. ¿Quieres esto?

—¡Queres! —farfulló Acho, dirigiendo al pistolero una mirada severa—. ¿¡Olan-queres-to!? —El brambo apresó el libro con los dientes, se lo quitó a Jake de la mano y estiró su cuello, desproporcionadamente largo, para ofrecerle a Roland ¡Adivina, adivinanza! Enigmas y acertijos para todas las edades.

El pistolero se quedó mirándolo un momento, con expresión distante y abstraída. Luego negó con la cabeza.

—Todavía no. —Miró al frente, hacia el mapa de ruta.

Blaine no tenía cara, así que el mapa debía servirles de referencia. El relampagueante punto verde se hallaba más cerca de Rilea. Susannah se preguntó por un momento cómo sería el paisaje que estaban atravesando, y decidió que en realidad prefería no saberlo. No después de lo que habían visto tras abandonar la ciudad de Lud.

—¡Blaine! —llamó Roland en voz alta.

—¿SÍ?

—¿Puedes salir de la habitación? Tenemos que conferenciar.

«Estás majara si piensas que va a aceptar», se dijo Susannah.

Pero la respuesta de Blaine fue rápida y ansiosa.

—SÍ, PISTOLERO. DESCONECTARÉ MIS SENSORES EN EL INTERIOR DEL COCHE DE LA BARONÍA. CUANDO VUESTRA CONFERENCIA HAYA TERMINADO Y ESTÉIS LISTOS PARA INICIAR LA SESIÓN DE ADIVINANZAS, REGRESARÉ.

—Sí, con el general MacArthur —musitó Eddie.

—¿QUÉ HAS DICHO, EDDIE DE NUEVA YORK?

—Nada. Hablaba solo, eso es todo.

—PARA LLAMARME, TOCAD SIMPLEMENTE EL MAPA DE RUTA. MIENTRAS EL MAPA ESTÉ EN ROJO, MIS SENSORES ESTARÁN APAGADOS. HASTA LUEGO, COCODRILO. YA NOS VEREMOS, CAIMÁN. NO TE OLVIDES DE ESCRIBIR. —Después de una pausa, agregó—: ACEITE DE OLIVA, PERO NO DE RICINO.

El rectángulo del mapa de ruta, situado en la parte delantera del vagón, se volvió repentinamente de un rojo tan intenso que Susannah tuvo que entrecerrar los ojos para mirarlo.

—¿Aceite de oliva, pero no de ricino? —preguntó Jake—. ¿Qué narices significa eso?

—No importa —contestó Roland—. No disponemos de mucho tiempo. El mono viajará igual de rápido hacia su punto de destino tanto si Blaine está con nosotros como si no.

—No creerás en serio que un zorro ladino como él se haya ido, ¿verdad? —inquirió Eddie—. Nos está espiando, os lo digo yo.

—Lo dudo mucho —repuso Roland, y Susannah estuvo de acuerdo. Por lo menos, de momento—. Ya visteis lo entusiasmado que estaba con la idea de volver a resolver adivinanzas después de tantos años. Además…

—Además se siente confiado —añadió Susannah—. No espera que unos tipos como nosotros le planteemos muchos problemas.

—¿Los tendrá? —preguntó Jake al pistolero—. ¿Le pondremos en dificultades?

—No lo sé —contestó Roland—. No tengo ningún truco oculto en la manga, si es eso lo que quieres saber. Será un juego limpio… Pero al menos se trata de un juego al que ya he jugado antes. En cierto modo, todos hemos jugado a él. Y contamos con eso. —Señaló con la barbilla el libro que Jake había vuelto a tomar de Acho—. Hay fuerzas operando aquí, fuerzas poderosas, y no todas ellas trabajan para mantenernos alejados de la Torre.

Susannah oía hablar a Roland, pero era en Blaine en quien pensaba… Blaine, que se había marchado y los había dejado solos, como el chico que se queda y que, obedientemente, se tapa los ojos mientras sus compañeros de juego se esconden. Y, ¿acaso no eran eso? ¿Los compañeros de juego de Blaine? En cierto modo aquel pensamiento aún fue peor que la imagen que había visualizado de sí misma, intentando escapar por la escotilla y perdiendo la cabeza.

—Bueno, ¿y qué hacemos? —preguntó Eddie—. Algo tendrás pensado, o no le habrías pedido que se fuera.

—Su gran inteligencia, unida al largo período de soledad e inactividad forzosa al que ha estado sometido, puede haberlo hecho más humano de lo que piensa. En eso confío, al menos. De entrada, debemos bosquejar lo que podría denominarse una «geografía». Hay que averiguar, si es posible, qué se le da mejor y qué se le da peor. En las adivinanzas no solo cuenta la astucia del que las formula, no creáis. También influyen los puntos débiles del que las resuelve.

—Pero ¿tendrá Blaine puntos débiles? —inquirió Eddie.

—Si no los tiene —respondió Roland con calma—, moriremos en este tren.

—Me gusta tu manera de tranquilizarnos en los momentos difíciles —comentó Eddie con una débil sonrisa—. Es uno de tus muchos encantos.

—Para empezar, le propondremos cuatro adivinanzas —siguió diciendo Roland—. Fácil, no tan fácil, difícil y muy difícil. Acertará las cuatro, de eso no me cabe duda, pero estaremos muy pendientes de cómo contesta.

Eddie asintió, y Susannah sintió un tenue y casi desganado asomo de esperanza. Parecía el enfoque correcto, desde luego.

—Después le pediremos que se retire otra vez y volveremos a deliberar —prosiguió el pistolero—. Quizá nos hagamos una idea de en qué dirección debemos enviar nuestros caballos. Esas primeras adivinanzas podrán estar sacadas de cualquier parte, pero… —Hizo un severo movimiento de cabeza en dirección al libro—. A tenor de la historia de Jake sobre la librería, la respuesta que realmente necesitamos debería estar ahí, y no en mis recuerdos de las sesiones de adivinanzas del Día de Feria. Tiene que estar ahí.

—La pregunta —corrigió Susannah.

Roland la miró, con las cejas enarcadas sobre sus ojos deslustrados y peligrosos.

—Buscamos una pregunta, no una respuesta —explicó ella—. Esta vez, son las respuestas las que pueden matarnos.

El pistolero asintió. Parecía confundido —frustrado incluso—, y no era aquella una expresión que a Susannah le gustara ver en su rostro. Pero esta vez, cuando Jake le tendió el libro, Roland lo tomó. Lo sostuvo un momento (la cubierta desgastada, pero aún de un vistoso color rojo, se veía muy extraña en sus manos quemadas por el sol… Sobre todo en la derecha, con la falta de dos dedos) y luego se lo pasó a Eddie.

—Tú, la fácil —indicó Roland, volviéndose hacia Susannah.

—Bueno —contestó ella con un amago de sonrisa—. Aunque no resulta muy cortés decirle eso a una dama, Roland.

El pistolero se giró hacia Jake.

—Tú intervendrás el segundo, con una adivinanza un poco más difícil. Yo seré el tercero. Y tú, el último, Eddie. Busca una en el libro que te parezca complicada…

—Las difíciles están hacia el final —informó Jake.

—… pero no cometas una de tus estupideces, te lo advierto. Esto es a vida o muerte. La hora de las estupideces quedó atrás.

Eddie se quedó mirando a aquel hombre viejo, largo, alto y feo, que solo Dios sabía cuántas cosas feas habría hecho por alcanzar su Torre, y se preguntó si Roland tendría idea de lo mucho que le había dolido aquella advertencia despreocupada de que no se comportara como un crío, risueño y chistoso, ahora que sus vidas corrían peligro.

Abrió la boca para decir algo —un Especial Eddie Dean, algo gracioso e hiriente al mismo tiempo; el tipo de comentario que siempre había sacado de quicio a su hermano Henry—, pero volvió a cerrarla. Quizá el viejo, largo, alto y feo tenía razón; quizá había llegado la hora de dejar a un lado las observaciones jocosas y los chistes sobre bebés muertos. Quizá había llegado por fin la hora de madurar.

TRES

Después de tres minutos más de deliberación, hecha entre susurros, y de que Eddie y Susannah hojearan apresuradamente el ¡Adivina, adivinanza! (Jake ya sabía con qué adivinanza quería probar a Blaine en la primera ronda, según dijo), Roland avanzó hasta la parte delantera del Coche de la Baronía y posó la mano en el rectángulo de incandescente brillo. El mapa de ruta reapareció al momento. Aunque no se apreciaba sensación de movimiento ahora que el vagón estaba cerrado, el punto verde se hallaba más cerca que nunca de Rilea.

—¡Y BIEN, ROLAND, HIJO DE STEVEN! —exclamó Blaine con una voz que a Eddie se le antojó más que jovial; casi rayaba en la hilaridad—. ¿ESTÁ TU KA-TET LISTO PARA EMPEZAR?

—Sí. Susannah de Nueva York empezará la primera ronda. —Se volvió hacia Susannah, bajó un poco el tono (aunque ella sabía que eso no serviría de mucho si Blaine se proponía escucharlos) y le dijo—: No tendrás que dar un paso al frente, como los demás, por lo de tus piernas. Pero deberás hablar claro y llamarlo por su nombre cada vez que te dirijas a él. Si acierta… no, cuando acierte la adivinanza, di: «Gracias-sai, Blaine, has respondido con verdad». A continuación Jake saldrá al pasillo y formulará su adivinanza. ¿De acuerdo?

—¿Y si se equivoca o no la acierta en absoluto?

Roland esbozó una grave sonrisa.

—Me parece que esa posibilidad no debe preocuparnos aún. —Alzó de nuevo la voz—. ¿Blaine?

—SÍ, PISTOLERO.

Roland respiró hondo.

—Empecemos ya.

—¡EXCELENTE!

Roland hizo un gesto de asentimiento a Susannah. Eddie le apretó una mano; Jake le dio una palmadita en la otra. Acho la miró arrobadamente con sus ojos rodeados de círculos dorados.

Ella les sonrió con nerviosismo, y luego alzó la cabeza para mirar el mapa de ruta.

—Hola, Blaine.

—QUÉ TAL, SUSANNAH DE NUEVA YORK.

A Susannah, el corazón le latía con fuerza. Las axilas se le empaparon conforme recordaba algo que había descubierto en la escuela primaria: que costaba empezar. Costaba ponerse de pie delante de la clase y ser la primera en contar un chiste, cantar una canción, leer la propia redacción sobre las vacaciones de verano… o decir una adivinanza, para el caso. La escogida por Susannah procedía del disparatado ensayo de Jake Chambers, que él les había recitado, casi textualmente, durante la prolongada charla que mantuvieron tras dejar a los ancianos de Paso del Río. El ensayo, titulado «Mi comprensión de la verdad», contenía dos adivinanzas. Eddie ya le había planteado una a Blaine.

—¿SUSANNAH? ¿ESTÁS AHÍ, PEQUEÑA VAQUERA?

De nuevo la estaba provocando, pero esta vez la provocación parecía desenfadada, casi cariñosa. Afable. Blaine sabía mostrarse encantador cuando obtenía lo que deseaba. Como ciertos niños malcriados que Susannah había conocido.

—Sí, Blaine, estoy aquí. Y aquí va mi adivinanza. ¿Qué tiene cuatro ruedas y vuela?

Se oyó un sonido peculiar, como si Blaine emulara a alguien que chasquease la lengua contra el paladar. Siguió una breve pausa. Cuando Blaine contestó, su voz había perdido casi todo rastro de jovialidad.

—CAMIÓN MUNICIPAL DE LA BASURA, NATURALMENTE. ES UN ACERTIJO PROPIO DE CRÍOS. COMO EL RESTO DE VUESTRAS ADIVINANZAS NO SEAN MEJORES, LAMENTARÉ MUCHÍSIMO HABEROS PERDONADO LA VIDA AUNQUE HAYA SIDO POR POCO TIEMPO.

El mapa de ruta destelló, aunque esta vez no en rojo sino en un tono rosado pálido.

—No le enfurezcáis —suplicó la voz del Pequeño Blaine. Cada vez que este hablaba, Susannah imaginaba, sin poderlo remediar, a un hombrecillo calvo y sudoroso que continuamente se encogía de miedo. La voz del Gran Blaine procedía de todas partes (como la voz de Dios en una película de Cecil B. DeMille, pensó Susannah), pero la del Pequeño Blaine salía de un único lugar: del altavoz situado justamente sobre sus cabezas—. Por favor, amigos, no le hagáis enfadar; ya ha puesto el mono al rojo, en lo que a velocidad se refiere, y los compensadores del raíl apenas se sostienen. La vía se ha deteriorado terriblemente desde la última vez que hicimos este recorrido.

Susannah, que en su tiempo había viajado con frecuencia en incómodos tranvías y vagones de metro, no notaba nada —el viaje era tan plácido ahora como cuando salieron de la Cuna de Lud—, pero de todos modos dio crédito al Pequeño Blaine. Supuso que si percibían alguna sacudida, sería lo último que notarían jamás.

Roland le propinó un codazo en el costado, devolviéndola a la realidad de la situación presente.

—Gracias-sai —musitó. Luego, como si se le hubiera ocurrido en el último momento, se dio tres rápidos toquecitos en el cuello con los dedos de la mano derecha. Lo mismo que había hecho Roland cuando habló por primera vez con Tía Talitha.

—SE AGRADECE LA CORTESÍA —respondió Blaine. De nuevo hablaba en tono divertido, y Susannah se alegró aunque aquella diversión fuese a su costa—. SIN EMBARGO NO SOY HEMBRA. EN LA MEDIDA EN QUE PUEDE ATRIBUÍRSEME ALGÚN GÉNERO, SOY VARÓN.

Susannah se quedó mirando a Roland, desconcertada.

—Para los hombres es con la mano izquierda —le explicó él—. En el esternón. —Hizo una demostración dándose unos golpecitos.

—Oh.

Roland se volvió hacia Jake. El chico se levantó, depositó a Acho en la silla (lo cual sirvió de poco; Acho saltó inmediatamente al suelo y siguió a Jake cuando este salió al pasillo para colocarse ante el mapa de ruta), y centró su atención en Blaine.

—Hola, Blaine. Soy Jake. Ya sabes, el hijo de Elmer.

—DI TU ADIVINANZA.

—¿Qué puede correr pero nunca anda, tiene boca pero nunca habla, tiene lecho pero nunca duerme, tiene cabecera pero no cabeza?

—¡NO ESTÁ MAL! ESPERO QUE SUSANNAH APRENDA DE TU EJEMPLO, JAKE, HIJO DE ELMER. LA RESPUESTA ES OBVIA PARA CUALQUIERA CON UN MÍNIMO DE INTELIGENCIA, PERO NO POR ELLO DEJA DE SER UN ESFUERZO DECENTE. UN RÍO.

—Gracias-sai, Blaine, has respondido con verdad. —Con los dedos de la mano izquierda muy juntos, se dio tres toquecitos en el esternón y luego volvió a tomar asiento. Susannah lo rodeó con el brazo y le dio un breve apretón. Jake la miró agradecido.

Roland se puso de pie entonces.

Hile, Blaine —saludó.

HILE, PISTOLERO. —Blaine se mostraba otra vez divertido… posiblemente debido a aquel saludo que Susannah nunca había oído hasta entonces.

«¿Heil, qué?», se preguntó. Se acordó de Hitler, y eso le hizo pensar en el avión estrellado que habían encontrado en las afueras de Lud. Un Focke-Wulf, había asegurado Jake. Ella no entendía de esas cosas, pero sí sabía que el aparato albergaba a un piloto muerto desde hacía tanto tiempo que ni siquiera hedía.

—DI TU ADIVINANZA, ROLAND. Y QUE SEA ATRACTIVA.

—Atractiva con todas las letras, Blaine. En cualquier caso, ahí va: ¿qué tiene cuatro piernas por la mañana, dos por la tarde y tres por la noche?

—EN EFECTO ES ATRACTIVA —concedió Blaine—. SENCILLA, PERO ATRACTIVA PESE A TODO. LA RESPUESTA ES UN SER HUMANO, QUE SE ARRASTRA SOBRE LAS MANOS Y LAS RODILLAS EN LA NIÑEZ, CAMINA SOBRE DOS PIERNAS EN LA EDAD ADULTA Y SE AYUDA CON UN BASTÓN EN LA VEJEZ.

Blaine parecía decididamente pagado de sí mismo, y de repente Susannah descubrió un hecho no exento de cierto interés: aborrecía a aquel cacharro presuntuoso y asesino. Ya fuese máquina o persona, hombre o cosa, odiaba a Blaine. Sospechaba que habría sentido lo mismo aunque no les hubiera obligado a apostar sus vidas en una estúpida competición de adivinanzas.

Sin embargo Roland no mostró el menor asomo de desconcierto.

—Gracias-sai, Blaine, has respondido con verdad. —Tomó asiento, sin golpearse el esternón, y miró a Eddie. Este se levantó y salió al pasillo.

—¿Qué pasa, Blaine, colega? —preguntó.

Roland esbozó una mueca de disgusto y meneó la cabeza, alzando la mano derecha mutilada para cubrirse brevemente los ojos.

Por parte de Blaine, silencio.

—¿Blaine? ¿Sigues ahí?

—SÍ, PERO NO ESTOY DE HUMOR PARA FRIVOLIDADES, EDDIE DE NUEVA YORK. DI TU ADIVINANZA. SOSPECHO QUE SERÁ DIFÍCIL, A PESAR DE TUS ESTÚPIDAS POSES. LA ESPERO CON IMPACIENCIA.

Eddie miró de soslayo a Roland, quien le hizo una señal con la mano —«¡Adelante, por la gloria de tu padre, adelante!»—, y luego volvió a mirar hacia el mapa de ruta, donde el indicador verde acababa de sobrepasar el punto señalado como Rilea. Susannah se dio cuenta de que Eddie sospechaba algo que ella misma prácticamente sabía: Blaine había comprendido que intentaban evaluar su capacidad con un espectro de adivinanzas. Blaine lo sabía… y lo recibía con agrado.

Susannah sintió que el corazón se le hundía mientras todas sus esperanzas de hallar una escapatoria rápida y fácil se iban extinguiendo.

CUATRO

—Bueno —dijo Eddie—, no sé si te resultará difícil, pero a mí me parece dura de roer. —Tampoco conocía la solución, puesto que la lista de respuestas del ¡Adivina, adivinanza! había sido arrancada, pero no creía que eso importase; conocer las respuestas no entraba en las reglas obligatorias del juego.

—LA OIRÉ Y LA RESOLVERÉ.

—Se rompe en cuanto se nombra. ¿Qué es?

—EL SILENCIO, ALGO DE LO QUE TÚ SABES MUY POCO, EDDIE DE NUEVA YORK —respondió Blaine al instante, y Eddie se sintió desmoralizado.

No hacía falta consultarlo con los demás; la respuesta caía por su propio peso. Y haberla recibido con tal celeridad constituía el auténtico mazazo. Eddie jamás lo hubiera confesado, pero había abrigado la esperanza (casi una secreta certeza) de que batiría al mono con una sola adivinanza… Catapum, y ni todos los caballos ni todos los hombres del rey podrían recomponer de nuevo a Blaine. Se trataba, supuso, de la misma certeza secreta que abrigaba cada vez que se disponía a lanzar los dados cuando jugaba una partida en el cuartucho trasero de algún fullero. O cada vez que se plantaba con diecisiete jugando al black-jack. La sensación de que uno no podía fallar, porque uno era el mejor, único e inimitable.

—Sí —respondió con un suspiro—. El silencio, algo de lo que sé muy poco. Gracias-sai, Blaine. Has respondido la verdad.

—ESPERO QUE HAYÁIS DESCUBIERTO ALGO QUE OS AYUDE —añadió Blaine.

«Puto embustero mecánico», pensó Eddie. La voz de Blaine había recuperado su tono de autosuficiencia, y a Eddie le causó cierto interés pasajero que una máquina pudiese expresar semejante gama de emociones. ¿Se la habrían otorgado los Grandes Antiguos? ¿Habría desarrollado Blaine un arco iris emocional en algún momento? ¿Una pequeña preciosidad dipolar con la que entretener las largas décadas y centurias?

—¿QUERÉIS QUE ME RETIRE DE NUEVO Y OS DEJE CONSULTAR A SOLAS?

—Sí —contestó Roland.

El mapa de ruta refulgió con un rojo intenso. Eddie se volvió hacia el pistolero. Antes de que Roland compusiera rápidamente su rostro, Eddie atisbó en él algo horrible: una expresión fugaz de completa desesperanza. Eddie jamás le había visto dicha expresión, ni cuando Roland se hallaba moribundo por las mordeduras de las langostruosidades, ni cuando él mismo apuntó al pistolero con su propio revólver; ni siquiera cuando el horrendo Chirlas tomó prisionero a Jake y desapareció con él en Lud.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —inquirió Jake—. ¿Otra ronda de adivinanzas?

—Creo que de poco serviría —observó Roland—. Blaine debe de conocer miles de acertijos, tal vez millones, y eso ya es grave. Pero lo peor de todo es que comprende el «cómo» de las adivinanzas… Sabe a qué lugar ha de acudir la mente para plantearlas y resolverlas. —Se giró hacia Eddie y Susannah, quienes de nuevo estaban sentados rodeándose mutuamente con el brazo—. ¿Tengo o no tengo razón? —les preguntó—. ¿Estáis de acuerdo conmigo?

—Sí —afirmó Susannah, y Eddie asintió a disgusto. No deseaba estar de acuerdo… pero lo estaba.

—Entonces —insistió Jake—, ¿qué hacemos, Roland? Quiero decir, tiene que haber algún modo de salir de esta… ¿Verdad?

«Miéntele, so hijo de puta», espetó Eddie mentalmente a Roland, con furia.

El pistolero, tal vez captando el pensamiento, hizo cuanto pudo. Posó la mano amputada en el cabello de Jake y se lo revolvió.

—Creo que siempre hay una respuesta, Jake. La verdadera pregunta es si dispondremos o no de tiempo para hallar la adivinanza adecuada. Dijo que tardaría algo menos de nueve horas en recorrer la ruta…

—Ocho horas y cuarenta y cinco minutos —precisó Jake.

—… y eso no es mucho tiempo. Ya llevamos casi una hora viajando…

—Y si ese mapa es correcto, estamos casi a medio camino de Topeka —añadió Susannah con voz tensa—. Puede que nuestro colega mecánico nos haya mentido sobre la duración del viaje. Para compensar un poco sus apuestas.

—Puede —convino Roland.

—¿Y qué vamos a hacer? —repitió Jake.

Roland aspiró hondo, retuvo el aire y luego fue soltándolo.

—Permitidme que de momento le plantee adivinanzas yo solo. Le preguntaré las más difíciles que recuerdo de los Días de Feria de mi juventud. Después, Jake, si nos aproximamos al punto de… Si nos aproximamos a Topeka a esta misma velocidad y Blaine sigue invicto, creo que deberías preguntarle las últimas adivinanzas de tu libro. Las más complicadas. —Se restregó la mejilla distraídamente y miró la escultura de hielo. Aquella gélida interpretación de sí mismo se había derretido, convirtiéndose en un bulto irreconocible—. Sigo pensando que la respuesta tiene que estar en el libro. ¿Por qué, si no, fuiste atraído hasta él antes de regresar a este mundo?

—¿Y nosotros? —preguntó Susannah—. ¿Qué hacemos Eddie y yo?

—Pensad —respondió Roland—. Pensad, por la gloria de vuestros padres.

—Yo no disparo con la mano —dijo Eddie. De repente se sintió muy lejos de allí, ajeno a sí mismo. Era la misma sensación que había experimentado cuando vio primero el tirachinas y luego la llave en los trozos de madera, esperando a que él las liberase tallándolas… Pero al mismo tiempo se trataba de una sensación totalmente distinta.

Roland lo miraba de un modo extraño.

—Sí, Eddie, dices verdad. Un pistolero dispara con la mente. ¿Se te ha ocurrido algo?

—No, nada. —Podía haber dicho algo más, pero, de pronto, una imagen extraña, un recuerdo extraño, intervino: Roland acuclillado junto a Jake en una de las paradas del trayecto hacia Lud. Ambos delante de una hoguera de campamento apagada. Roland impartiendo, como de costumbre, una de sus sempiternas lecciones. Ahora le había tocado a Jake. Jake con el pedernal y el eslabón, tratando de avivar el fuego. Chispas y más chispas que saltaban y expiraban en la oscuridad. Y Roland había dicho que estaba siendo tonto. Que estaba siendo… en fin, tonto.

—No —susurró Eddie—. No dijo eso en absoluto. Al menos, no se lo dijo al chico.

—¿Eddie?

Susannah. Parecía preocupada. Casi aterrorizada.

Bueno, ¿y por qué no le preguntas qué fue lo que dijo, hermanito?

Era la voz de Henry. La voz del Gran Sabio y Eminente Yonqui. Por primera vez en mucho tiempo.

Pregúntale, está sentado prácticamente justo a tu lado. Adelante, pregúntale qué dijo. Deja de dar vueltas como un crío con el pañal lleno de mierda.

Salvo que no era una buena idea, porque las cosas no funcionaban así en el mundo de Roland. En el mundo de Roland todo era una adivinanza; uno no disparaba con la mano, sino con la mente, con la jodida mente. ¿Y qué se le decía a alguien que no lograba que las chispas prendieran? Que acercase más el pedernal, por supuesto, y eso fue lo que había dicho Roland: «Acerca más el pedernal y sujétalo bien».

Aunque nada de eso tenía relación con lo que estaba sucediendo ahora. Casi la tenía, sí, pero el «casi» solo importaba cuando se hablaba de herraduras, como solía decir Henry antes de convertirse en el Gran Sabio y Eminente Yonqui. La memoria de Eddie se estaba descentrando porque Roland lo había puesto en evidencia… Lo había avergonzado… Había hecho una broma a su costa…

Probablemente no había sido adrede, pero… Le había hecho sentirse como Henry siempre solía hacer que se sintiera. Desde luego. ¿Por qué, si no, Henry había vuelto después de tan larga ausencia?

Todos lo miraban. Incluso Acho.

—Adelante —le dijo a Roland con cierta acritud—. Quieres que pensemos, y ya estamos en ello. —Él mismo pensaba con tal ahínco

(«Yo disparo con la mente»)

que los malditos sesos casi le ardían, pero no iba a decirle eso al viejo largo, alto y feo—. Adelante, ponle a Blaine unas cuantas adivinanzas. Cumple con tu parte.

—Como quieras, Eddie. —Roland se levantó de su asiento, avanzó y plantó de nuevo la mano en el rectángulo escarlata. El mapa de ruta reapareció al instante. El punto verde se hallaba ya mucho más alejado de Rilea, pero Eddie constató que el mono había aminorado significativamente la velocidad, bien obedeciendo algún programa incorporado, bien porque se divertía demasiado como para darse prisa.

—¿ESTÁ TU KA-TET LISTO PARA CONTINUAR NUESTRO DÍA DE FERIA, ROLAND, HIJO DE STEVEN?

—Sí, Blaine —respondió Roland con una voz que a Eddie se le antojó pesarosa—. Ahora te propondré adivinanzas yo solo durante un rato. Si no tienes nada que objetar, claro.

—COMO DINH Y PADRE DE TU KA-TET, ESTÁS EN TU DERECHO. ¿SERÁN ADIVINANZAS DE LOS DÍAS DE FERIA?

—Sí.

—BIEN. —Su voz denotaba una repugnante satisfacción—. ME APETECE OÍR MÁS DE ESAS.

—De acuerdo. —Roland respiró hondo y empezó—. Si me alimentas, viviré. Si me das de beber, moriré. ¿Qué soy?

—EL FUEGO. —Ni un titubeo. Solo aquel engreimiento insufrible, aquel tono que parecía decir: «Esa para mí ya era vieja cuando tu abuela era joven, pero sigue intentándolo. Hacía siglos que no me divertía tanto, así que sigue intentándolo».

—Paso por delante del sol, Blaine, pero no proyecto sombra. ¿Qué soy?

—EL VIENTO. —Ni un titubeo.

—Dices verdad, sai. La siguiente. Es ligero como una pluma, pero nadie puede retenerlo durante mucho tiempo.

—EL ALIENTO. —Ni un titubeo.

Pero de pronto Eddie se dijo que él sí titubeaba. Jake y Susannah observaban a Roland con una concentración angustiosa y los puños apretados, deseando con toda su voluntad que le planteara a Blaine la adivinanza correcta, la que le eliminaría del juego, la que contenía oculta en su interior la carta de «Queda libre de la puta cárcel». Eddie no podía mirarlos —en particular, a Susannah— sin perder la concentración. De modo que agachó la cabeza, clavó la vista en las manos, también apretadas sobre su regazo, y se obligó a abrirlas. Fue sorprendentemente difícil hacerlo. Oyó a Roland que desde el pasillo seguía recitando antiguas adivinanzas de su juventud.

—Resuélveme esta, Blaine: si me rompes, no dejaré de funcionar. Si llegas hasta mí, mi trabajo estará hecho. Si me pierdes, me encontrarás poco después con un anillo. ¿Qué soy?

Susannah contuvo la respiración un momento y, aunque permanecía con la cabeza baja, Eddie comprendió que pensaba lo mismo que él: que aquel acertijo era bueno, condenadamente bueno, y que tal vez…

—EL CORAZÓN HUMANO —respondió Blaine sin un atisbo de duda—. SE TRATA DE UNA ADIVINANZA BASADA PRINCIPALMENTE EN LAS VELEIDADES POÉTICAS DE LOS HUMANOS. VÉASE, POR EJEMPLO, A JOHN AVERY, SIRONIA HUNTZ, ONDOLA, WILLIAM BLAKE, JAMES TATE, VERONICA MAYS, Y OTROS. ES EXTRAORDINARIO CÓMO LOS SERES HUMANOS SE OBSESIONAN CON EL AMOR. SIN EMBARGO, ES ALGO CONSTANTE EN TODOS LOS NIVELES DE LA TORRE, INCLUSO EN ESTOS TIEMPOS DE DEGENERACIÓN. CONTINÚA, ROLAND DE GILEAD.

La respiración de Susannah se reanudó. Las manos de Eddie quisieron cerrarse de nuevo, pero no se lo permitiría.

«Acerca más el pedernal —pensó con la voz de Roland—. ¡Acerca más el pedernal, por la gloria de tu padre!»

Y Blaine el Mono siguió viajando rumbo al sudeste, bajo la Luna del Demonio.

CAPÍTULO II. LAS CATARATA S DE LOS PERROS

CAPÍTULO II

LAS CATARATAS DE LOS PERROS

UNO

Jake no sabía si a Blaine le parecerían fáciles o difíciles los diez últimos acertijos del ¡Adivina, adivinanza!, pero a él se le antojaban bastante complicados. Naturalmente, se recordó a sí mismo, él no era una máquina pensante con el respaldo de un banco de ordenadores que abarcaba una ciudad entera. Lo único que podía hacer era ir a todas. Dios odia a los cobardes, como Eddie solía decir. Si las diez últimas adivinanzas fallaban, probaría con el acertijo de Sansón de Aaron Deepneau («De lo que comía se hizo carne», etcétera). Si también esa fallaba, entonces probablemente… ¡Mierda, no sabía qué haría en ese caso, ni cómo se sentiría!

«La verdad —se dijo Jake— es que estoy frito.»

¿Y no era lógico? Había atravesado un extraordinario vendaval de emociones durante las últimas ocho horas. Primero había sentido pánico: cuando estuvo convencido de que Acho y él se caerían del puente colgante y morirían ahogados en el río Send; cuando el Chirlas lo arrastró por el loco laberinto que era Lud; cuando tuvo que mirar los terribles ojos grises del señor Tic Tac e intentar responder sus incontestables preguntas acerca del tiempo, los nazis y la naturaleza de los circuitos transitivos. Ser interrogado por Tic Tac había sido como hacer un examen final en el Infierno.

Después había sentido euforia al ser rescatado por Roland (y por Acho; gracias a Acho, sin duda, no había acabado fiambre); asombro ante todo lo que habían visto debajo de la ciudad; admiración por el modo en que Susannah había resuelto la adivinanza de acceso de Blaine. Y por último la frenética carrera para subir a bordo del mono antes de que Blaine liberase el gas nervioso almacenado debajo de Lud.

Después de sobrevivir a todo eso, una suerte de jubilosa seguridad se había apoderado de él… Claro que Roland derrotaría a Blaine, quien a continuación cumpliría con su parte del trato y los dejaría sanos y salvos en la última parada (fuera lo que fuese aquello que llamaban Topeka en aquel mundo). Luego encontrarían la Torre Oscura y harían lo que, teóricamente, debían hacer. Corregirían lo que había que corregir y arreglarían lo que había que arreglar. Y después, ¿qué? Vivirían felices y comerían perdices, desde luego. Como los protagonistas de un cuento de hadas.

Salvo que…

Compartían los pensamientos, según había dicho Roland; compartir khef formaba parte de lo que significaba ka-tet. Y lo que se había filtrado en los pensamientos de Jake —desde que Roland salió al pasillo para retar a Blaine con adivinanzas de sus tiempos mozos— había sido una sensación de fatalidad. No procedía solo del pistolero; Susannah también irradiaba la misma sombría vibración negroazulada. El único que no la emitía era Eddie, porque estaba ausente, enfrascado en sus propios pensamientos. Ese detalle podía ser positivo, pero no existían garantías al respecto, y...

… y Jake volvía a tener miedo. Peor aún, se sentía desesperado, como una criatura que se viera acorralada, cada vez más, en un último rincón por algún enemigo implacable. Sus dedos recorrieron nerviosamente el pelo de Acho, y al mirárselos se dio cuenta de algo sorprendente: la mano que Acho le había mordido para no caerse del puente ya no le dolía. Aún se distinguían las marcas de los dientes del brambo, y tenía costras de sangre en la palma y en la muñeca. Pero la mano en sí no le dolía. La flexionó con cautela. Notó cierto dolor, pero amortiguado y lejano, como si apenas existiera.

—Blaine, ¿qué puede subir por una chimenea estando cerrado, y no puede bajar por una chimenea estando abierto?

—EL QUITASOL DE UNA DAMA —respondió Blaine con aquel tono de jovial complacencia que también Jake empezaba a detestar.

—Gracias-sai, Blaine, una vez más has respondido con verdad. Siguiente…

—¿Roland?

El pistolero giró la cabeza para mirar a Jake, y su semblante concentrado se relajó un poco. No se trataba de una sonrisa, pero al menos se encaminaba en aquella dirección, lo cual alegró a Jake.

—¿Qué sucede, Jake?

—Mi mano. ¡Sentía un dolor espantoso, pero de repente ha cesado!

—CARAMBA —exclamó Blaine con la voz arrastrada de John Wayne—. NO SOPORTARÍA VER A UN PERRO SUFRIR CON LA ZARPA HECHA PURÉ, NO DIGAMOS A UN BUEN VAQUERITO COMO TÚ. ASÍ QUE TE LA HE CURADO.

—¿Cómo? —inquirió Jake.

—MIRA EL BRAZO DE TU ASIENTO.

Jake así lo hizo, y vio un entramado de finas líneas. Se parecía un poco al altavoz del transistor que había tenido a los siete u ocho años.

—OTRA VENTAJA DE VIAJAR EN CLASE BARONÍA —prosiguió Blaine con su voz engreída. A Jake se le ocurrió que Blaine encajaría perfectamente en Piper School. El primer empollón dipolar slotrans del mundo—. EL AMPLIFICADOR DE ESPECTRO DEL ESCÁNER DE MANO ES UNA BUENA HERRAMIENTA DE DIAGNÓSTICO QUE ADEMÁS ES CAPAZ DE ADMINISTRAR PRIMEROS AUXILIOS BÁSICOS, COMO EL QUE TE HE PRACTICADO. ES TAMBIÉN UN SISTEMA DE APORTACIÓN DE NUTRIENTES, UN REGISTRADOR DE PAUTAS CEREBRALES, UN ANALIZADOR DEL ESTRÉS Y UN INTENSIFICADOR DE EMOCIONES QUE PUEDE ESTIMULAR NATURALMENTE LA PRODUCCIÓN DE ENDORFINAS. EL ESCÁNER DE MANO ES TAMBIÉN CAPAZ DE CREAR ILUSIONES MUY REALES Y ALUCINACIONES. ¿TE APETECERÍA TENER TU PRIMERA EXPERIENCIA SEXUAL CON ALGUNA CÉLEBRE DIOSA SEXUAL DE TU NIVEL DE LA TORRE, JAKE DE NUEVA YORK? ¿TAL VEZ CON MARILYN MONROE, RAQUEL WELCH, O EDITH BUNKER?

Jake se echó a reír, sin poder reprimirse, aunque imaginó que reírse de Blaine podía resultar arriesgado.

—Edith Bunker no existe —explicó—. No es más que un personaje de una serie de televisión. La actriz que la interpreta se llama… Jean Stapleton. Y tiene el aspecto de la señora Shaw, nuestra ama de llaves. Guapa, pero no es… ya sabes, ninguna jovencita.

Un largo silencio por parte de Blaine. Cuando la voz del ordenador regresó, su anterior tono jocoso había dado paso a una indudable frialdad.

—IMPLORO TU PERDÓN, JAKE DE NUEVA YORK. TAMBIÉN RETIRO LA OFERTA DE LA EXPERIENCIA SEXUAL.

«Así aprenderé», se dijo Jake al tiempo que se llevaba una mano a la boca para ocultar una sonrisa. Luego, en voz alta (y con un tono que confiaba fuese adecuadamente humilde), agregó:

—No pasa nada, Blaine. Al fin y al cabo, creo que aún soy joven para eso.

Susannah y Roland se miraron el uno al otro. Susannah ignoraba quién era Edith Bunker. All in the Family no se daba por la tele en su cuando. Aun así, igualmente comprendió lo esencial de la situación; Jake vio que formaba con sus labios carnosos una palabra silenciosa y se la enviaba a Roland como un mensaje en una pompa de jabón:

«Error.»

Sí. Blaine había cometido un error. Más aún, Jake Chambers, un niño de once años, había sido capaz de corregirle. Y si Blaine había cometido uno, podía cometer otro. Tal vez aún había esperanza, después de todo. Jake decidió tomarse aquella posibilidad del mismo modo que había tomado el graf de Paso del Río: limitándose a un pequeño sorbo.

DOS

Roland hizo un imperceptible gesto afirmativo a Susannah y luego se volvió hacia la parte delantera del vagón, presumiblemente para reanudar la sesión de adivinanzas. Pero antes de que tuviera ocasión de abrir la boca, Jake notó que el cuerpo se le proyectaba hacia delante. Era curioso. No se notaba nada cuando el mono corría a toda pastilla, pero en cuanto empezaba a aminorar la marcha, uno se daba cuenta enseguida.

—AQUÍ HAY ALGO QUE REALMENTE DEBERÍAIS VER —declaró Blaine. Parecía alegre de nuevo, aunque Jake no se fiaba de aquel tono. En ocasiones había oído a su padre iniciar alguna que otra conversación telefónica con aquel talante (casi siempre con algún subordinado que la había cagado a base de bien). Al final Elmer Chambers solía acabar de pie, encorvado sobre la mesa como si sintiera punzadas en el estómago, gritando a voz en cuello, con las mejillas rojas como tomates y las bolsas de los ojos moradas como berenjenas—. DEBO PARAR AQUÍ, DE TODAS FORMAS, PUES LLEGADOS A ESTE PUNTO TENDRÉ QUE FUNCIONAR CON BATERÍAS, Y PARA ESO HAY QUE PRECARGARLAS.

El mono se detuvo con una sacudida apenas perceptible. Las paredes en torno a ellos se vaciaron de color y se hicieron transparentes. Susannah exhaló un jadeo de miedo y asombro. Roland se desplazó hacia la izquierda, buscó a tientas el costado del vagón para no golpearse la cabeza y luego se inclinó hacia delante, con las manos en las rodillas y los ojos entornados. Acho se puso a ladrar otra vez. Eddie era el único que parecía indiferente ante la pasmosa vista que les brindaba el modo visual del Coche de la Baronía. Echó un vistazo a su alrededor con expresión abstraída —y de algún modo pensativamente legañosa—, y a continuación volvió a concentrarse en sus manos. Jake le echó una breve ojeada de curiosidad, y luego se fijó de nuevo en el exterior.

Se hallaban en mitad de un inmenso abismo, suspendidos sobre lo que parecía el polvoriento aire lunar. Jake distinguió a lo lejos un ancho río que parecía en ebullición. No era el Send, a menos que los ríos del mundo de Roland fluyesen en direcciones distintas en distintos puntos de sus cursos (y Jake no sabía lo suficiente sobre Mundo Medio para descartar totalmente dicha posibilidad). Además, las aguas de aquel río no eran plácidas sino turbulentas, un torrente que surgía a borbotones de las montañas como una bestia furiosa que buscase pelea.

Jake contempló por un momento los árboles que vestían las escarpadas laderas que flanqueaban ambas márgenes del río, constatando con alivio que ofrecían un aspecto bastante normal (la clase de abetos que uno esperaba encontrar en las montañas de Colorado o Wyoming), y luego sus ojos se vieron nuevamente atraídos hacia los bordes del abismo. Allí el torrente se dividía y caía formando una cascada tan ancha y profunda que Jake pensó que a su lado las cataratas del Niágara, donde había estado con sus padres (recordaba haber ido de vacaciones con la familia tres veces; dos de ellas habían sido interrumpidas por llamadas urgentes de la empresa de su padre), parecía una de esas que podían verse en un parque temático de tercera. El aire que llenaba el semicírculo que rodeaba las cataratas se iba espesando merced a una fragorosa bruma ascendente parecida al vapor; en ella media docena de arco iris resplandecían como joyas de ensueño entrelazadas. A Jake le recordaron los aros superpuestos que simbolizaban las Olimpíadas.

En el centro de la cascada, quizá unos sesenta metros por debajo del punto donde el río iniciaba realmente su caída, sobresalían dos enormes protuberancias de roca. Aunque Jake no tenía idea de cómo un escultor (o un equipo de escultores) podía haber descendido al lugar donde estaban situadas, le resultaba casi imposible creer que fuesen producto de la erosión natural. Parecían las cabezas de dos perros inmensos y rugientes.

«Las Cataratas de los Perros», se dijo. Había una parada más después de esta —Dasherville—, y luego Topeka. Última parada. Todos fuera.

—UN MOMENTO —dijo Blaine—. AJUSTARÉ EL VOLUMEN PARA QUE DISFRUTÉIS DEL EFECTO COMPLETO.

Se produjo un breve sonido sibilante y tenue —una especie de carraspeo mecánico—, y luego fueron asaltados por un rugido ensordecedor. Era el ruido del agua —cuatro mil millones de litros por minuto, calculaba Jake—, precipitándose por el borde del abismo y cayendo, tal vez, unos seiscientos metros en el interior de la honda cuenca rocosa situada al pie de las cataratas. Junto a los rostros sin rasgos de los protuberantes canes flotaban chorros de neblina, como vapor surgido de los respiraderos del infierno. El nivel del sonido no dejaba de aumentar. Jake notó que toda la cabeza le vibraba. Mientras se tapaba los oídos con las manos, vio que Roland, Eddie y Susannah hacían lo mismo. Acho estaba ladrando, pero Jake no podía oírlo. Los labios de Susannah se movían, y de nuevo Jake pudo leer las palabras que formaban —«¡Basta, Blaine, basta!»—, pero, al igual que le ocurría con los ladridos de Acho, no conseguía oír la voz de Susannah, aunque estaba convencido de que gritaba con toda la fuerza de sus pulmones.

Blaine incrementó el sonido de la cascada, hasta que Jake sintió que los ojos le retemblaban en las cuencas y estuvo seguro de que los oídos se le fundirían como los altavoces de un estéreo, forzados en exceso.

De pronto cesó. Seguían suspendidos sobre la brumosa catarata. Los arco iris proseguían sus lentas y ensoñadoras revoluciones ante la sempiterna cortina de agua descendente. Los húmedos y brutales rostros pétreos de los perros guardianes seguían sobresaliendo en mitad del torrente, pero el trueno apocalíptico había desaparecido.

Jake pensó por un instante que había sucedido lo que tanto temía, que se había quedado sordo. Luego se dio cuenta de que oía a Acho, que seguía ladrando, y a Susannah, que estaba llorando. Al principio los sonidos le parecieron amortiguados y distantes, como si tuviera los oídos llenos de migajas de galleta, pero enseguida comenzaron a aclararse.

Eddie pasó un brazo por encima de los hombros de Susannah y miró hacia el mapa de ruta.

—Muy simpático, Blaine.

—PENSÉ QUE DISFRUTARÍAIS OYENDO EL RUIDO DE LAS CATARATAS A PLENO VOLUMEN —repuso el mono. Su voz retumbante parecía risueña y dolida al mismo tiempo—. SUPUSE QUE OS AYUDARÍA A OLVIDAR MI LAMENTABLE DESLIZ EN LO REFERENTE A EDITH BUNKER.

«Yo he tenido la culpa —se dijo Jake—. Puede que Blaine sea solo una máquina, y suicida además, pero no le gusta que se rían de él.»

Se sentó al lado de Susannah y la rodeó con el brazo. Aún oía las Cataratas de los Perros, pero el ruido era ahora remoto.

—¿Qué sucede aquí? —inquirió Roland—. ¿Cómo cargas tus baterías?

—LO VERÁS EN BREVE, PISTOLERO. MIENTRAS TANTO, PONME A PRUEBA CON UNA ADIVINANZA.

—Bien, Blaine. Te diré una, inventada por Cort, que circuló mucho en su tiempo.

—LA ESPERO CON GRAN INTERÉS.

Roland hizo una pausa —tal vez para organizar sus pensamientos—, alzando la mirada hacia lo que antes había sido el techo del vagón y ahora era una franja de cielo negro salpicado de estrellas (Jake pudo identificar Atón y Lidia —la Vieja Estrella y la Vieja Madre—, y se sintió extrañamente aliviado al verlas allí, contemplándose la una a la otra desde sus posiciones habituales). Entonces el pistolero miró de nuevo el rectángulo iluminado que hacía las veces de rostro de Blaine.

—Somos unas criaturas muy pequeñas; todas tenemos rasgos diferentes. Una de nosotras en paz está; otra se halla en una red; a otra en ti la encontrarás; la cuarta en la flor se esconde; y si la quinta deseas buscar, la has encontrado ya. ¿Qué somos?

—LA A, LA E, LA I, LA O Y LA U —contestó Blaine—. LAS CINCO VOCALES DE LA ALTA LENGUA. —Ni el menor asomo de vacilación. Tan solo aquella voz burlona y próxima a la risa; la voz de un niño cruel que observara unos insectos correteando encima de un hornillo caliente—. AUNQUE ESA ADIVINANZA NO ES DE TU MAESTRO, ROLAND DE GILEAD. LA CONOZCO DE JONATHAN SWIFT DE LONDRES… UNA CIUDAD DEL MUNDO DEL QUE PROVIENEN TUS AMIGOS.

—Gracias, sai —repuso Roland, y el final de la palabra sonó como un suspiro—. Has respondido correctamente, Blaine, y sin duda tu opinión acerca del origen de la adivinanza también es correcta. Durante mucho tiempo sospeché que Cort tenía conocimiento de otros mundos. Creo que pudo parlamentar con los manni, que vivían en el exterior de la ciudad.

—ME TRAEN SIN CUIDADO LOS MANNI, ROLAND DE GILEAD. SIEMPRE FUERON UNA SECTA DE NECIOS. PONME A PRUEBA CON OTRA ADIVINANZA.

—De acuerdo. ¿Qué tiene…?

—ALTO, ALTO. LA FUERZA DEL HAZ SE CONCENTRA. ¡NO MIRÉIS DIRECTAMENTE A LOS PERROS, MIS NUEVOS E INTERESANTES AMIGOS! ¡Y PROTEGEOS LOS OJOS!

Jake apartó la mirada de las colosales esculturas de piedra que emergían de las cataratas, pero no consiguió alzar la mano a tiempo. Con su visión periférica vio que en las cabezas sin rasgos se desarrollaban ojos de un intenso azul destellante. De ellos saltaban púas melladas de luz que se dirigían hacia el mono. Al momento, Jake se hallaba tendido en el suelo alfombrado del Coche de la Baronía, con las palmas de las manos apretadas contra los ojos cerrados y los gemidos de Acho resonándole en un tímpano levemente ensordecido. Por encima de los gemidos de Acho, oía el chisporroteo de la electricidad que se arremolinaba en torno al mono.

Cuando Jake volvió a abrir los ojos, las Cataratas de los Perros ya no estaban; Blaine había opacado el vagón. No obstante, aún se oía el ruido… Una cascada de electricidad, una fuerza extraída, de algún modo, del Haz y proyectada por los ojos de las cabezas de piedra. Blaine se estaba alimentando de esa energía.

«Cuando reanudemos el viaje —pensó Jake—, funcionará con baterías. Entonces Lud habrá quedado realmente atrás. Para siempre.»

—Blaine —dijo Roland—. ¿Cómo se almacena la energía del Haz en ese lugar? ¿Qué es lo que la hace salir de los ojos de esos perros de roca? ¿Cómo la utilizas? —Silencio por parte de Blaine.

—Y ¿quién los esculpió? —preguntó Eddie—. ¿Los Grandes Antiguos? No fueron ellos, ¿verdad? Existieron personas incluso antes que ellos. ¿O… eran ellos personas?

Más silencio por parte de Blaine. Y quizá era mejor así. Jake no estaba seguro de querer saber mucho acerca de las Cataratas de los Perros o de lo que habría debajo. Ya había estado antes en la oscuridad del mundo de Roland, y había visto lo suficiente para opinar que casi nada de lo que crecía allí sería bueno o inofensivo.

—Es mejor que no le preguntéis. —La voz del Pequeño Blaine reverberó desde lo alto—. Menos arriesgado.

—No le hagas preguntas tontas, no quiere entrar en juegos tontos —farfulló Eddie. Su rostro había vuelto a recuperar aquella distante expresión soñadora, y cuando Susannah pronunció su nombre, no pareció oírla.

TRES

Roland se sentó frente a Jake y se pasó lentamente la mano izquierda por la barba de la mejilla derecha, un gesto instintivo que al parecer solo hacía cuando se sentía cansado o inseguro.

—Me estoy quedando sin adivinanzas —confesó.

Jake lo miró sorprendido. El pistolero le había planteado unos cincuenta acertijos o más al ordenador y Jake suponía que eso era mucho —y más dichos así, de memoria y sin preparación—, pero si se consideraba que las adivinanzas habían tenido tantísima importancia en el sitio donde se había criado Roland…

El pistolero pareció leer dicha inquietud en el rostro de Jake pues una tenue sonrisa, amarga como la hiel, le curvó las comisuras de la boca, e hizo un gesto afirmativo como si el chico le hubiese hablado en voz alta.

—Yo tampoco lo comprendo. Si me hubierais preguntado ayer o antes de ayer, os habría dicho que tenía como mínimo mil adivinanzas almacenadas en el baúl de trastos que conservo en el fondo de la mente. Quizá dos mil. Pero… —Encogió un hombro, meneó la cabeza y se frotó de nuevo la mejilla con la mano—. No es que las haya olvidado. Es como si nunca hubieran estado ahí desde un principio. Supongo que lo que le está pasando al resto del mundo también me está pasando a mí.

—Te estás moviendo —observó Susannah, y miró a Roland con tal expresión de lástima que el pistolero solo pudo sostenerle la mirada durante un par de segundos; era como si la preocupación de ella le quemara—. Como todo lo demás aquí.

—Sí, eso me temo. —Roland miró a Jake, los labios tensos, la mirada penetrante—. ¿Tendrás listas las adivinanzas del libro cuando te avise?

—Sí.

—Bien. Y tened ánimo. Aún no estamos acabados.

El chisporroteo tenue de la electricidad cesó en el exterior.

—HE CARGADO MIS BATERÍAS Y TODO ESTÁ EN ORDEN —anunció Blaine.

—Fenómeno —comentó Susannah con sorna.

—Mennoo —convino Acho, imitando a la perfección el tono sarcástico de Susannah.

—AÚN DEBO REALIZAR UNAS CUANTAS FUNCIONES DE CONMUTACIÓN. TARDARÁN UNOS CUARENTA MINUTOS, Y SON MAYORITARIAMENTE AUTOMÁTICAS. MIENTRAS TIENE LUGAR DICHO CAMBIO Y SE LLEVA A CABO EL CHEQUEO PARALELO, PROSEGUIREMOS LA CONTIENDA. ESTOY DISFRUTANDO MUCHÍSIMO.

—Es como cuando cambian la energía eléctrica por diesel en el tren que va a Boston —explicó Eddie. Todavía hablaba como si no estuviera en absoluto con ellos—. A la altura de Hartford, o New Haven, o alguno de esos sitios donde nadie que esté en su sano juicio querría vivir.

—¿Eddie? —preguntó Susannah—. ¿Qué estás…?

Roland le tocó el hombro y sacudió la cabeza.

—NO HAGÁIS CASO DE EDDIE DE NUEVA YORK —terció Blaine con aquel tono expansivo de caray-pero-qué-divertido-es-esto.

—Exacto —dijo Eddie—. No hagáis caso de Eddie de Nueva York.

—NO SABE BUENAS ADIVINANZAS. PERO TÚ SABES MUCHAS, ROLAND DE GILEAD. PONME A PRUEBA CON OTRA.

Y mientras Roland así lo hacía, Jake se acordó de su Redacción Final. «Blaine es un engorro», había escrito en ella. «Blaine es un engorro y esa es la verdad.» Sí, la verdad.

La cruda verdad.

Algo menos de una hora más tarde, Blaine el Mono volvió a ponerse en marcha.

CUATRO

Susannah observó con aterrada fascinación cómo el punto centelleante se aproximaba a Dasherville, lo pasaba, y luego trazaba un último ángulo abrupto en dirección al punto de destino. El movimiento del punto indicaba que Blaine avanzaba un poco más lentamente ahora que funcionaba con baterías, y a Susannah se le antojó que las luces del Coche de la Baronía eran más tenues, aunque no creía que eso marcase ninguna diferencia, en definitiva. Blaine podía llegar a la terminal de Topeka a mil kilómetros por hora en lugar de a mil trescientos, pero su última tanda de pasajeros se convertirían en pasta de dientes, de un modo u otro.

Roland también actuaba con mayor lentitud, profundizando más y más en su baúl de trastos mental para buscar adivinanzas. No obstante las encontraba, y rehusaba rendirse. Como siempre. Desde que empezara a enseñarle a disparar, Susannah había sentido cierto amor reticente hacia Roland de Gilead, un sentimiento en el que parecían mezclarse la admiración, el miedo y la compasión. Pensaba que nunca llegaría a caerle bien (y que su parte de Detta Walker acaso lo odiaría siempre por la forma en que la había agarrado y arrastrado, vociferando, hacia el sol), pero su amor por él era, sin embargo, intenso. Al fin y al cabo, había salvado la vida y el alma de Eddie Dean; había rescatado a su amado. Solo por eso ya debía amarlo. Pero lo amaba aún más, sospechaba, por el modo que tenía de no rendirse nunca. La palabra «retirada» no parecía formar parte de su vocabulario, ni siquiera cuando se hallaba desalentado… como era evidente que se hallaba ahora.

—Blaine, ¿dónde se pueden encontrar caminos sin carretas, bosques sin árboles y ciudades sin casas?

—EN UN MAPA.

—Dices verdad, sai. Otra. Tengo cien piernas pero no puedo permanecer de pie, y un largo cuello pero no cabeza. Consumo* la vida de la doncella. ¿Qué soy?

—UNA ESCOBA, PISTOLERO. HAY OTRA VERSIÓN QUE ACABA DICIENDO: «FACILITO LA VIDA DE LA DONCELLA». LA TUYA ME GUSTA MÁS.

Roland hizo oídos sordos a esto último.

—No se ve, ni se siente, ni se oye, ni se huele. Se encuentra detrás de las estrellas y bajo las colinas. Pone fin a la vida y mata la risa. ¿Qué es, Blaine?

—LA OSCURIDAD.

—Gracias, sai, has respondido con verdad. —Se pasó la mano derecha lisiada por la mejilla derecha, en aquel característico ademán de inquietud, y el tenue ruido rasposo producido por las yemas encallecidas de sus dedos produjo un escalofrío a Susannah. Jake estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, mirando al pistolero con una especie de feroz intensidad—. Corre pero no camina, a veces canta pero nunca habla. Carece de brazos pero tiene manos; carece de cabeza pero tiene cara. ¿Qué es, Blaine?

—UN RELOJ.

—Mierda —susurró Jake con los labios apretados.

Susannah miró a Eddie y experimentó una pasajera oleada de irritación. Parecía haber perdido todo interés en la situación… Estaba «colgado», como diría él en su extraña jerga de los ochenta. Pensó en darle un codazo en el costado, para que se espabilara un poco, pero recordó que Roland le había indicado que no con la cabeza y se contuvo. Nadie diría que estaba pensando, por su rostro vacío de expresión, pero quizá lo estuviera haciendo.

«En ese caso, más vale que te des un poquito de prisa, guapo», pensó Susannah. El punto del mapa de ruta seguía más cerca de Dasherville que de Topeka, pero unos quince minutos después alcanzaría una posición intermedia.

Y la prueba continuó, Roland planteando preguntas, y Blaine silbándole las respuestas a través de la red, fuera de alcance.

¿Qué construye castillos, y derrumba montañas, ciega a algunos y ayuda a otros a ver? LA ARENA.

«Gracias, sai.»

¿Qué vive en invierno, muere en verano, y crece con las raíces hacia arriba? UN CARÁMBANO.

«Has respondido con verdad, Blaine.»

Los hombres pasan por encima; los hombres pasan por debajo; en tiempos de guerra suelen quemarlo. UN PUENTE.

«Gracias, sai.»

Una interminable retahíla de adivinanzas desfiló ante Susannah, una tras otra, hasta que perdieron para ella cualquier aspecto divertido y lúdico. ¿Habría sido igual en la juventud de Roland, se preguntó, durante los concursos de adivinanzas de la Tierra Ancha y la Tierra Llena, cuando él y sus amigos (aunque sospechaba que no todos habían sido amigos suyos; no, ni por asomo) competían por el ganso del Día de Feria? Supuso que la respuesta sería probablemente afirmativa. El ganador sería seguramente aquel que lograse permanecer fresco por más tiempo y mantener sus castigados sesos ventilados.

Lo alucinante era la puñetera prontitud con la que Blaine soltaba las respuestas cada vez. Por difícil que le pareciera a Susannah determinada adivinanza, Blaine les devolvía raudo la pelota a su lado de la pista.

—Blaine, ¿qué tiene ojos pero no puede ver?

—HAY CUATRO RESPUESTAS —contestó Blaine—. LAS AGUJAS, LAS TORMENTAS, LAS PATATAS Y ALGUIEN QUE AME DE VERAS.

—Gracias-sai, Blaine, has respondido…

—ESCUCHA, ROLAND DE GILEAD. ESCUCHAD, KA-TET.

Roland se quedó callado al instante, con los ojos entrecerrados y la cabeza ligeramente ladeada.

—EN BREVE OIRÉIS QUE MIS MOTORES EMPIEZAN A AUMENTAR SUS CICLOS —explicó Blaine—. AHORA ESTAMOS EXACTAMENTE A SESENTA MINUTOS DE TOPEKA. EN ESTE PUNTO…

—Si llevamos viajando siete horas o más, yo me he criado con la Tribu de los Brady —comentó Jake.

Susannah miró a su alrededor con aire aprensivo, esperando algún nuevo horror o algún pequeño acto de crueldad en respuesta al sarcasmo de Jake, pero Blaine se limitó a soltar una risita. Cuando volvió a hablar, la voz de Humphrey Bogart había reaparecido.

—EL TIEMPO ES DIFERENTE AQUÍ, MUÑECA. DEBERÍAS SABERLO A ESTAS ALTURAS. PERO NO TE PREOCUPES; LAS COSAS ESENCIALES PERMANECEN, EL TIEMPO PASARÁ. ¿SERÍA YO CAPAZ DE MENTIRTE?

—Sí —musitó Jake.

Al parecer, aquello a Blaine le resultó de lo más gracioso, porque se echó a reír de nuevo… con su enloquecida risa mecánica que hacía que Susannah pensara en casas del terror situadas en sórdidos parques de atracciones. Cuando las luces empezaron a parpadear, en sintonía con la risa, Susannah cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos.

—¡Basta ya, Blaine! ¡Basta!

—RUEGO ME PERDONE, SEÑORA —dijo arrastradamente la voz contrita de James Stewart—. LAMENTO SI LE HE DESTROZADO LOS OÍDOS CON MI HILARIDAD.

—Destroza esto —repuso Jake, y estiró el dedo corazón ante el mapa de ruta.

Susannah esperaba que Eddie se riera —uno siempre podía suponer que le haría gracia una zafiedad en cualquier momento del día o de la noche, habría asegurado Susannah—, pero Eddie siguió con la vista clavada en su regazo, la frente fruncida, los ojos vacíos, la boca ligeramente entreabierta. Parecía el tonto del pueblo hasta extremos preocupantes, se dijo Susannah, y de nuevo tuvo que contenerse para no arrearle un codazo en las costillas y borrarle de la cara aquella expresión bobalicona. Pero no sería capaz de contenerse mucho más; si iban a morir al final del trayecto de Blaine, deseaba sentir los brazos de Eddie estrechándola cuando sucediera. Deseaba sentir los ojos de Eddie mirándola, la mente de Eddie acompañándola.

Pero de momento más valía dejarlo estar.

—EN ESTE PUNTO —prosiguió Blaine con su voz normal—, PRETENDO INICIAR LO QUE ME GUSTA CONSIDERAR COMO MI CARRERA KAMIKAZE. ESO AGOTARÁ RÁPIDAMENTE MIS BATERÍAS, PERO CREO QUE EL TIEMPO DE AHORRAR HA PASADO, ¿VERDAD? CUANDO CHOQUE CON LOS ANDENES DE TRANSACERO AL FINAL DE LA VÍA, DEBERÍA ESTAR VIAJANDO A MÁS DE MIL QUINIENTOS KILÓMETROS POR HORA, LO QUE EN RUEDAS SON QUINIENTAS TREINTA. HASTA LUEGO, COCODRILO, YA NOS VEREMOS, CAIMÁN. NO TE OLVIDES DE ESCRIBIR. OS CUENTO ESTO PARA PRESERVAR LA ESENCIA DE UN JUEGO LIMPIO, MIS NUEVOS E INTERESANTES AMIGOS. SI HABÉIS RESERVADO VUESTRAS MEJORES ADIVINANZAS PARA EL FINAL, HARÍAIS BIEN EN PLANTEÁRMELAS AHORA.

La inconfundible avidez que denotaba la voz de Blaine —su evidente deseo de oír y resolver las mejores adivinanzas antes de matarlos— hizo que Susannah se sintiera vieja y cansada.

—Puede que ni aun así tenga tiempo de plantearte la totalidad de mis mejores acertijos —objetó Roland en tono tranquilo y reflexivo—. Sería una lástima, ¿no crees?

Siguió una pausa —breve aunque de mayor indecisión que la demostrada por el ordenador ante cualquiera de las adivinanzas de Roland—, y luego Blaine rió entre dientes. Susannah detestaba el sonido de su risa demencial, pero aquella risita sofocada tenía un componente de cínico cansancio que la estremecía aún más hondamente. Tal vez porque era casi cuerda.

—MUY BUENO, PISTOLERO. UN ESFUERZO VALIENTE. PERO NO ERES SCHEREZADE, NI DISPONEMOS DE MIL Y UNA NOCHES PARA MANTENER CONSEJO.

—No te comprendo. No conozco a ese tal Scherezade.

—DA IGUAL. SUSANNAH PODRÁ PONERTE AL CORRIENTE SI DE VERAS QUIERES SABERLO. O QUIZÁ INCLUSO EDDIE. LA CUESTIÓN, ROLAND, ES QUE NO ME DEJARÉ ENGATUSAR POR LA PROMESA DE MÁS ADIVINANZAS. NOS DISPUTAMOS EL GANSO. UNA VEZ EN TOPEKA, QUEDARÁ ADJUDICADO A FAVOR DE UNO U OTRO BANDO. ¿COMPRENDES ESO?

De nuevo la mano mutilada ascendió por la mejilla de Roland; y de nuevo Susannah oyó el tenue ruido rasposo que producían sus dedos al rozar la hirsuta barba de varios días.

—Jugaremos hasta el final. Nadie se echa atrás.

—CORRECTO. NADIE SE RAJA.

Roland miró a Jake.

—Ten dispuestas tus adivinanzas, Jake. Yo casi he terminado con las mías.

Jake asintió.

Bajo ellos, los motores slotrans de Blaine continuaron aumentando sus ciclos… produciendo aquel chacachacachaca que Susannah, más que oírlo, sentía en las coyunturas de la mandíbula, en la concavidad de las sienes, en el pulso de las muñecas.

«No va a suceder a menos que haya algún acertijo indescifrable en el libro de Jake —se dijo—. Roland no puede derrotar a Blaine, y creo que lo sabe. Creo que ya lo sabía hace una hora.»

—Blaine, ocurro una vez cada minuto, dos veces cada momento, pero ni una sola vez en cien siglos. ¿Qué soy?

Y así proseguiría la contienda, comprendió Susannah, Roland preguntando y Blaine respondiendo con aquella falta de vacilación cada vez mayor, como un dios omnisciente que todo lo ve. Susannah permaneció sentada, con las manos apretadas en el regazo, y observó cómo el punto resplandeciente se aproximaba a Topeka, el lugar donde terminaba la red de raíles, donde el camino de su ka-tet terminaría en el claro. Se acordó de los Perros de las Cataratas, de cómo sobresalían por entre las furiosas cascadas blancas bajo el cielo oscuro y estrellado; se acordó de sus ojos.

Sus ojos de color azul eléctrico.