Los hobbits eran grandiosos cuando yo tenía diecinueve años (número de cierta importancia en los relatos que estás a punto de leer).
Es probable que durante el Gran Festival Musical de Woodstock haya habido media docena de Merrys y Pippins revolcándose en el lodo de la granja Max Yasgur, además de varios Frodos e incontables Gandalfs hippies. El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien era tremendamente popular en aquellos días, y si bien nunca fui a Woodstock (pido perdón), creo que al menos fui un hippie a medias. En cualquier caso lo fui lo suficiente como para haber leído los libros y haberme enamorado de ellos. Las novelas de La Torre Oscura, como tantas otras largas historias escritas por hombres y mujeres de mi generación (Chronicles of Thomas Covenant de Stephen Donaldson y The Sword of Shannara de Terry Brooks son apenas dos de muchas), derivan de la novela de Tolkien.
Pero pese a haberla leído durante 1966 y 1967, me abstuve de escribir la mía. Si bien fui conmovido (con un completo y evidente entusiasmo) por la eficacia imaginativa de Tolkien —por la ambición de su historia—, lo que yo quería era escribir mi propia clase de historia, y de haber comenzado entonces habría escrito la suya. Aquello, como le gustaba decir al tramposo de Dick Nixon, habría sido un error. Gracias al señor Tolkien, el siglo XX ya tenía todos los elfos y magos que necesitaba.
En 1967 yo ignoraba cómo podría ser mi historia, pero eso no importaba; me sentía seguro de que lo sabría en cuanto pasara por la calle, a mi lado. Tenía diecinueve años y era arrogante. Lo bastante arrogante para sentir que podía seguir esperando a mi musa y a mi obra maestra (que sabía llegarían). Creo que a los diecinueve uno tiene derecho a ser arrogante; por lo general el tiempo no ha comenzado con sus furtivos y sucios escamoteos. Como dice una popular canción country, se lleva tu pelo y tu destreza, pero en realidad se lleva mucho más que eso. Yo no lo sabía durante 1966 y 1967, y de haberlo sabido no me habría importado. Podía imaginarme —escasamente— con cuarenta años, pero ¿con cincuenta? No. ¿Sesenta? ¡Jamás! Los sesenta estaban fuera de discusión. Y a los diecinueve, es tan solo la manera de ser. Diecinueve es la edad en que dices: «Mírame, mundo, estoy fumando TNT y bebiendo dinamita, y si sabes lo que te conviene, será mejor que salgas de mi camino… porque aquí viene Stevie».
Los diecinueve años es una edad egoísta que encuentra tus preocupaciones sólidamente arraigadas. Las mías apuntaban muy alto, y me importaban. Tenía mucha ambición, y me importaba. Poseía una máquina de escribir que llevaba de un apartamento de mierda al siguiente, siempre con un paquete de cigarrillos en el bolsillo y una sonrisa en el rostro. Los compromisos de la edad madura estaban lejos y los insultos de la vejez más allá del horizonte. Como el protagonista de esa canción de Bob Seger que usan ahora para vender camiones, me sentía eternamente poderoso y eternamente optimista; mis bolsillos estaban vacíos pero mi cabeza llena de cosas que quería decir y mi corazón repleto de historias que quería contar. Ahora suena inocente; entonces sonaba maravilloso. Sonaba muy bien. Lo que más deseaba era derribar las defensas de mis lectores, quería desgarrarlos y extasiarlos y cambiarlos para siempre con simples historias. Y me sentía capaz de hacerlo. Sentía que había nacido para lograrlo.
¿Cómo de vanidoso suena eso? ¿Mucho o poco? No importa, no estoy pidiendo disculpas. Tenía diecinueve años. No había ni una sola hebra gris en mi barba. Tenía tres pares de tejanos, un par de botas, la idea de que el mundo era mi caparazón, y nada de lo que sucedió en los siguientes veinte años me hizo cambiarla. Luego, alrededor de los treinta y nueve, comenzaron mis problemas: la bebida, las drogas, un accidente de tráfico que cambió mi manera de caminar (entre otras cosas). Ya he escrito sobre eso lo suficiente y no voy a hacerlo aquí. Además, para ti es lo mismo, ¿verdad? Finalmente el mundo envía un maldito chico de la patrulla para frenar tus progresos y mostrarte quién es el que manda. Tú, que lees estas líneas, seguramente habrás encontrado el tuyo (o lo harás); yo ya encontré el mío, y estoy seguro de que regresará. Tiene la dirección de mi casa. Es un mal tipo, un teniente de los malos, el enemigo declarado de la estupidez, el orgullo, la ambición, la música fuerte, y todas las cosas que conciernen a los diecinueve.
Pero todavía pienso que es una edad bastante buena. Quizá la mejor edad. Tal vez bailes rock and roll durante toda la noche, pero cuando la música acaba y la cerveza termina, puedes pensar. Y soñar grandes sueños. El citado chico de la patrulla te pone finalmente en tu sitio, y si comienza con poca cosa, vaya, pues no quedará casi nada excepto el dobladillo de los pantalones cuando haya acabado contigo. «¡Búscate otro sueño!», te grita mientras da un paso al frente con su libreta de infracciones en la mano. No es tan malo tener un poco de arrogancia (o incluso mucha), aunque tu madre indudablemente te diría todo lo contrario. La mía lo hacía. «Al que escupe al cielo en la cara le cae, Stephen», decía ella… y luego descubrí —cuando mi edad rondaba los 19 × 2— que al final te cae encima de todos modos. O te escupen por otro lado. A los diecinueve años pueden pedirte el documento de identidad en los bares y decirte que te largues, pueden ponerte de patitas en la calle, pero, por Dios, no te pueden pedir la documentación cuando te sientas a pintar un cuadro, escribir un poema o contar una historia; si lees esto y eres muy joven, no permitas que los mayores te digan otra cosa. Seguramente no has estado nunca en París. No, nunca corriste delante de los toros en Pamplona. Sí, eres un jovencito al que le empezó a crecer la barba hace tres años, ¿y qué pasa? Si no comienzas a ser lo suficientemente grande para tener los pantalones largos, ¿cómo podrás llenarlos cuando crezcas? Pisa el acelerador a pesar de todo lo que la gente te diga, esa es mi idea; siéntate y fúmate eso, nene.
Pienso que hay dos grupos de novelistas, y eso incluye a la clase de novelista novato que era yo en 1970. Están aquellos que se limitan al lado más literario o «serio» del trabajo, los que examinan cada posible asunto a la luz de la pregunta «¿qué significa para mí escribir este tipo de historias?». Pero aquellos cuyo destino (o ka, si lo prefieren) es el de escribir novelas populares, están inclinados a plantearse una muy diferente: «¿Qué significa para los demás escribir esta clase de historias?». El novelista «serio» está buscando las respuestas y las llaves que lo conduzcan a sí mismo; el novelista «popular» está buscando un público. Ambas clases de escritores son igualmente egoístas. He conocido una buena cantidad, y de eso doy fe con mi sello.
Sin embargo, creo que incluso a la edad de diecinueve años reconocí que la historia de Frodo y sus esfuerzos para librarse del Anillo Único pertenece al segundo grupo. Eran las aventuras de un grupo de peregrinos esencialmente británicos proyectados sobre un telón de mitología vagamente nórdica. Me gustó la idea de la búsqueda —de hecho, la amé—, pero no tenía interés en los personajes campesinos y fornidos de Tolkien (lo que no significa que no me gustaran, porque lo hicieron) ni en sus boscosas escenas escandinavas. Lo habría arruinado si llegaba a intentarlo en aquella dirección.
Así que esperé. En 1970 tenía veintidós años, mi barba mostraba las primeras hebras grises (creo que fumar dos paquetes y medio de Pall Malls diarios tuvieron algo que ver con eso), pero incluso a los veintidós uno puede permitirse el lujo de esperar. A los veintidós el tiempo todavía está del lado de uno, aunque incluso entonces ese viejo chico malo de la patrulla esté en el barrio haciendo preguntas.
Entonces, en un cine casi completamente vacío (el Bijou de Bangor, Maine, por si te interesa), vi una película dirigida por Sergio Leone. Se llamaba El bueno, el malo y el feo, y aun antes de llegar a la mitad de la película comprendí que lo que yo quería era escribir una novela que contuviera el sentido de búsqueda y magia de Tolkien, pero ambientada en el Oeste americano casi absurdamente majestuoso de Leone. Si has visto ese Oeste subjetivo en la pantalla de tu televisor no entenderás a qué me refiero; imploro tu perdón, pero es así. En una pantalla de cine, proyectada con las correctas lentes Panavision, El bueno, el malo y el feo es una épica que rivaliza con Ben-Hur. Clint Eastwood parece tener aproximadamente cinco metros de alto, con una barba del tamaño de coníferas. Los surcos que limitan la boca de Lee Van Cleef son tan profundos como cañones, y podría haber una raedura (ver La bola de cristal) al fondo de cada uno. Las escenas del desierto parecen estirarse al menos hasta la órbita del planeta Neptuno. Y el cañón de cada pistola parece casi tan grande como el túnel Holland.
Lo que yo buscaba, más aún que la escena, era esa sensación de épica, de tamaño apocalíptico. El hecho de que Leone no tuviera ni idea de la geografía norteamericana (según uno de los personajes, Chicago se encuentra en los alrededores de Phoenix, Arizona) agregó a la película una sensación de magnífica dislocación. Y llevado por mi entusiasmo —el tipo de entusiasmo que solo un joven puede experimentar—, me propuse escribir no solo un libro extenso, sino también la novela popular más extensa de la historia. Creo que, aunque no he tenido éxito en ese punto, al menos lo he hecho bastante bien; en realidad los volúmenes uno a siete de La Torre Oscura constituyen una sola historia, y los cuatro primeros volúmenes alcanzan las dos mil páginas en edición de bolsillo. El manuscrito de los tres volúmenes finales abarca otras dos mil quinientas. No estoy intentando decir aquí que la longitud esté relacionada con la calidad; simplemente quiero decir que quería escribir una historia épica, y que de alguna manera lo he logrado. Si me preguntaras por qué quise hacerlo, no sabría qué responder. Quizá sea otra parte del estilo norteamericano: construir hasta lo más alto, excavar hasta lo más profundo, escribir lo más extenso. ¿Y qué hay de la motivación? A mí me parece que también eso forma parte de ser un norteamericano. Al final terminamos diciendo: En ese momento me pareció una buena idea.
Otro aspecto de tener diecinueve años, por si te interesa, es que a esa edad, creo, muchos de nosotros nos atascamos de algún modo (mental o emocionalmente, si no físicamente). Los años pasan y un buen día te paras frente al espejo con verdadera perplejidad. ¿Por qué tengo estos granos en la cara?, te preguntas. ¿De dónde salió esta estúpida barriga? ¡Rayos, solo tengo diecinueve años! No se trata de nada del otro mundo, pero de ninguna manera lo substrae a uno del asombro.
El tiempo trae el gris a tu barba, el tiempo se lleva tu destreza, y todo el rato te estás diciendo —tonto de ti— que aún sigue de tu lado. Tu parte lógica lo sabe bien, pero tu corazón se niega a creerlo. Si tienes suerte, el chico de la patrulla, que te detiene por ir demasiado rápido y por divertirte demasiado, también te proporciona una dosis de sales olorosas. Eso fue más o menos lo que me pasó cuando se acercaba el final del siglo XX. Llegó con la forma de una camioneta Plymouth que me arrojó al costado de un sendero de mi ciudad natal.
Aproximadamente tres años después de ese accidente me encontraba firmando ejemplares de Buick 8: un coche perverso en una librería de Dearborn, Michigan. Un hombre llegó al comienzo de la fila y me dijo que de verdad le alegraba que todavía me encontrara vivo. (Me lo dicen a menudo, y a veces suena como esa mierda de «¿Por qué demonios no se murió?».)
«Estaba con un buen amigo mío cuando nos enteramos de que le habían atropellado», me dijo. «Hombre, lo único que pudimos hacer fue sacudir la cabeza y decir: “Allí se va la Torre, está inclinándose, está cayendo, ahhh, mierda, ahora nunca la terminará”.»
Ya se me había ocurrido otra versión del mismo pensamiento; la preocupante idea de que, habiendo erigido la Torre Oscura en la imaginación colectiva de un millón de lectores, era mi responsabilidad mantenerla a salvo mientras la gente quisiera leer sobre ella. Eso podría suceder durante solo cinco años; pero hasta donde sabía, podrían ser quinientos. Las historias de fantasía, tanto las malas como las buenas (aun ahora, probablemente haya alguien por ahí leyendo Varney el vampiro o El monje), parecen tener larga vida. Roland protege la Torre eliminando las amenazas que acechan a los Haces que la sostienen. Después de mi accidente comprendí que tendría que hacerlo, que debía terminar la historia del pistolero.
Durante las largas pausas entre la redacción y publicación de los primeros cuatro libros de La Torre Oscura recibí centenares de cartas del estilo «estoy haciendo las maletas porque tengo un duro viaje por delante». En 1998 (o en otras palabras, cuando trabajaba bajo la errónea impresión de que básicamente seguía teniendo diecinueve años), recibí una carta. «Soy una abuela de ochenta y dos años que no quiere fastidiarlo con mis problemas PERO estoy muy enferma», decía. La abuela contaba que le quedaba aproximadamente un año de vida («catorce meses más y el cáncer me lleva»), y si bien no esperaba que yo terminase la historia de Roland en ese tiempo para ella, quería saber si no podría («por favor») contarle cómo terminaría. La frase que me rompió el corazón (aunque no lo suficiente como para ponerme a escribir de nuevo) fue su promesa de «no decírselo a nadie». Un año más tarde —probablemente después del accidente que me mandó al hospital—, una de mis asistentes, Marsha DiFilippo, recibió una carta de un condenado a muerte en Texas o Florida, deseando saber esencialmente la misma cosa: ¿Cómo terminaría? (Prometía llevarse el secreto a la tumba, lo que me hizo sentir un escalofrío.)
Si hubiera podido les habría dado a ambos lo que querían —un resumen de las próximas aventuras de Roland—, pero ¡ay!, no pude. No tenía ni la menor idea de cómo les irían las cosas al pistolero y sus amigos. Para saber, tenía que escribir. Yo solo tenía un bosquejo, pero lo perdí por el camino (y de todos modos, probablemente fuese una mierda). Todo lo que tenía eran unas pocas anotaciones («Chussit, chissit, chassit, trae bastantes para llenar tu cesto», dice la que tengo sobre el escritorio mientras escribo esto). Finalmente, a principios de julio de 2001, comencé a escribir de nuevo. Por entonces sabía que ya no tenía diecinueve años, que no estaba a salvo de cualesquiera enfermedades que la carne heredaba. Sabía que llegaría a los sesenta, quizá hasta los setenta, y quería terminar mi historia antes de que el chico malo de la patrulla me buscara por última vez, sin tener que ser archivado junto con Los cuentos de Canterbury y El misterio de Edwin Drood.
El resultado —para bien o para mal— está frente a ti, Lector Constante, ya sea si comienzas por el primer volumen o te preparas para el quinto. La ames o la odies, la historia de Roland ha terminado. Espero que la disfrutes.
En cuanto a mí, lo pasé en grande.
STEPHEN KING
25 de enero de 2003
La llegada de los tres es el segundo volumen de un largo relato llamado La Torre Oscura, inspirado en el poema narrativo de Robert Browning «Childe Roland a la Torre Oscura llegó» (y en cierto modo dependiente de él), que a su vez debe su origen a El rey Lear.
El primer volumen, El pistolero, narra cómo Roland, el último pistolero de un mundo que «se ha movido», consigue dar alcance al hombre de negro, un hechicero al que ha perseguido durante largo tiempo, aunque todavía ignoramos cuánto exactamente. El hombre de negro resulta ser un colega llamado Walter, quien finge haber sido amigo del padre de Roland en aquellos tiempos en que el mundo aún no se había movido.
El objetivo de Roland no es esta criatura semihumana, sino la Torre Oscura: el hombre de negro —y más concretamente, lo que el hombre de negro sabe— es solo el primer paso en el camino que lleva a ese lugar misterioso.
¿Quién es Roland exactamente? ¿Cómo era su mundo antes de moverse? ¿Qué es la Torre y por qué la busca? Solo tenemos respuestas fragmentarias. Roland es un pistolero, una especie de caballero andante, uno de los encargados de conseguir que no cambie ese mundo que él mismo recuerda como «lleno de amor y de luz», que no siga moviéndose.
Sabemos que Roland se vio empujado a una temprana prueba de hombría cuando descubrió que su madre se había convertido en amante de Marten, un hechicero más importante que Walter (con quien, sin saberlo el padre de Roland, estaba aliado); sabemos que Marten ha propiciado que Roland descubriera su relación con su madre, en espera de que falle en la prueba y sea enviado al Oeste; sabemos que Roland supera la prueba.
¿Qué más sabemos? Que el mundo del pistolero no es del todo distinto al nuestro. Han sobrevivido artilugios como los surtidores de gasolina y algunas canciones (Hey Jude, por ejemplo, o esa tonadilla que reza: «Judías, judías, la fruta musical…»); también algunas costumbres y rituales extrañamente parecidos a aquellos que concebimos en nuestra romántica visión del Oeste americano.
Y hay un cordón umbilical que conecta de alguna manera nuestro mundo con el del pistolero. En una estación de paso situada en un camino de diligencias abandonado desde hace tiempo en medio del enorme y estéril desierto, Roland se encuentra con un chico llamado Jake, quien ha muerto en nuestro mundo. Un chico al que, de hecho, el ubicuo (e inicuo) hombre de negro ha empujado en una esquina. Lo último que Jake recuerda de su mundo (de nuestro mundo), cuando iba al colegio con una bolsa de libros en una mano y su desayuno en la otra, es el momento en que lo aplastaron las ruedas de un Cadillac, causándole la muerte.
Antes de que den alcance al hombre de negro, Jake vuelve a morir… esta vez porque el pistolero, enfrentado a la segunda elección más agónica de su vida, decide sacrificar a este hijo simbólico. Obligado a escoger entre la Torre y el chico, tal vez entre la condenación y la salvación, Roland escoge la Torre.
«Váyase, pues —le dice Jake antes de despeñarse por el abismo—. Hay otros mundos aparte de estos.»
La confrontación final entre Roland y Walter transcurre en un gólgota polvoriento de huesos putrefactos. El hombre de negro le cuenta a Roland su futuro con una baraja de cartas del Tarot. La profecía de la cartas muestra a un hombre llamado el Prisionero, a la Dama de las Sombras y a una figura oscura que es simplemente la Muerte («Pero no para ti, pistolero», le dice el hombre de negro), que se convierten en tema de este segundo volumen, el segundo paso de Roland en el largo y duro camino hacia la Torre Oscura.
El pistolero termina con Roland sentado en una playa del mar del Oeste, contemplando la puesta de sol. El hombre de negro está muerto y el futuro del propio pistolero no parece claro. La llegada de los tres empieza en esa misma playa, menos de siete horas después.

El pistolero se despertó de un sueño confuso que parecía consistir en una sola imagen: la del Marinero de la baraja del Tarot con la que el hombre de negro había adivinado (o había fingido adivinar) su futuro.
«Se ahoga, pistolero —decía el hombre de negro—. Y no hay nadie que le eche un cabo. El chico. Jake.»
Pero no era una pesadilla. Era un buen sueño. Era bueno porque quien se ahogaba era él mismo, y por lo tanto no era Roland sino Jake, lo cual representaba un alivio. Era mejor ahogarse como Jake que vivir como Roland, un hombre que —por un frío sueño— había traicionado la confianza de un niño.
«Bien, de acuerdo, me ahogaré —pensó mientras oía el fragor del mar—. Me ahogaré.» Pero no sonaba a mar abierto, sino al crujir del agua entre los guijarros. ¿Era él el Marinero? Y si lo era, ¿por qué estaba tan cerca de la tierra?
Y, en realidad, ¿no estaba en la tierra misma?
El agua helada invadió las botas y le subió por las piernas hasta el vientre. En ese momento, abrió los ojos. Lo que le había sacado del sueño no era el frío en las pelotas, que ahora sentía como si se hubieran reducido al tamaño de dos nueces, ni siquiera la monstruosidad que había a su derecha, sino el pensar en los revólveres. Y, todavía más importante, en las balas. Era fácil desmontar, secar y engrasar un revólver mojado; en cuanto a las balas, como las cerillas, nadie sabía si una vez mojadas podían volver a utilizarse.
La monstruosidad que se arrastraba cerca de él debía de haber sido llevada hasta allí por alguna ola. Empujaba con dificultad su cuerpo empapado y brillante sobre la arena. Medía alrededor de un metro veinte de largo, y se encontraba a unos cuatro metros a su derecha. Miró a Roland con ojos gelatinosos de grandes órbitas. Su pico largo y dentado se abrió y brotó de él un sonido que tenía un alucinante parecido con la voz humana: claras y casi desesperadas preguntas en una lengua extraña. «¿Pica chica? ¿Duma chuma? ¿Dada cham? ¿Deda chek?»
El pistolero sabía cómo eran las langostas. Aquello no lo era, aunque la langosta fuera la única criatura que pudiera parecérsele vagamente. No parecía temerle. El pistolero no sabía si era peligrosa. No le preocupaba su propia confusión mental, su incapacidad para recordar dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí, si había atrapado de verdad al hombre de negro o si todo había sido un sueño. Solo sabía que debía apartarse del agua antes de que se mojaran las balas.
Oyó el rechinar y el rugir del agua y desvió la mirada de la criatura (que ahora estaba parada y alzaba las pinzas que había usado para arrastrarse, mostrando un absurdo parecido con la postura que adopta un boxeador antes del combate que, tal como les había enseñado Cort, se llamaba Postura del Honor) hacia la ola entrante cuajada de espuma.
«Ha oído la ola —pensó el pistolero—. Sea lo que sea, tiene oídos.» Intentó levantarse, pero las piernas, tan debilitadas que apenas las sentía, se doblaron bajo el peso de su cuerpo.
«Todavía estoy soñando», pensó. Pero incluso en su estado de confusión era una posibilidad demasiado tentadora para resultar verosímil. Intentó levantarse de nuevo y estuvo a punto de conseguirlo, pero volvió a caer. La ola rompía. Ya no había tiempo. Tenía que arreglárselas para moverse del mismo modo que la criatura de su derecha. Clavó las manos en el suelo y empujó con los riñones hacia el montículo de guijarros que había más arriba, alejándose de la ola.
No avanzó lo suficiente para evitar el agua, pero sí lo necesario para conseguir su propósito. Solo sus botas quedaron sepultadas por la ola que casi alcanzó sus rodillas y luego se retiró. «Tal vez la primera no llegó tan lejos como pensé. Tal vez…»
La media luna iluminaba el cielo. Aunque la tapaba una capa de niebla, emitía la suficiente luz para que él se diera cuenta de que las pistoleras eran demasiado oscuras. Los revólveres, cuando menos, se habían mojado. No podía saber si mucho o poco, ni si las balas que ocupaban los tambores —así como las que quedaban en los cintos— se habían mojado también. Antes de comprobarlo, tenía que alejarse del agua. Tenía que…
«¿Deda chek?» Sonaba más cerca. Preocupado por el agua, se había olvidado de la criatura arrastrada por la ola. Miró a su alrededor y comprobó que ya estaba a poco más de un metro de distancia. Tenía las pinzas clavadas en la arena entremezclada de guijarros y conchas, siempre empujando el cuerpo. Se alzó sobre las patas, pareciendo por un momento un escorpión, pero Roland no vio aguijón alguno al final del cuerpo.
Otra ola, mucho más sonora esta vez. De inmediato, la criatura se detuvo y levantó las pinzas en aquella particular versión de la Postura del Honor.
Esta ola era mayor. Roland empezó a arrastrarse de nuevo y, cuando apoyó las manos, la criatura de las pinzas se lanzó a una velocidad que contradecía sus anteriores movimientos.
El pistolero sintió como una llama de dolor en la mano derecha, pero no tenía tiempo para pensar en ello. Tomó impulso con los tacones de las pesadas botas, se ayudó con las manos y consiguió alejarse de la ola.
«¿Pica chica?» Aquella monstruosidad preguntaba con su clara voz, como si dijera: «Ayúdame. ¿No ves que estoy desesperada?». Roland vio que las falanges de sus dedos índice y corazón desaparecían en el pico abierto de la criatura. Volvió a lanzar las pinzas y Roland levantó la mano dolorida justo a tiempo para salvar los dedos que le quedaban.
«¿Duma chuma? ¿Dada cham?»
El pistolero consiguió levantarse. La criatura le rasgó los tejanos empapados, siguió abriéndose paso a través de las botas —de piel suave, pero duras como el hierro— y le desgarró un pedazo de carne de la pantorrilla.
Roland desenfundó con su mano derecha y, cuando el revólver golpeó en la arena se dio cuenta de que le faltaban dos de los dedos necesarios para llevar a cabo esa ancestral y mortífera acción.
La monstruosidad la picoteó con gula.
—¡No, hija de puta! —gritó Roland. Y le dio una patada.
Era como darle patadas a una roca. A una roca que mordía. La bestia picó la puntera de la bota derecha de Roland, se llevó casi todo el dedo gordo del pie y le arrancó la bota entera.
El pistolero se agachó, recogió el revólver, se le volvió a caer, maldijo y por fin consiguió recuperarlo. Lo que antaño era tan fácil que ni siquiera requería el menor pensamiento, se había convertido ahora en una especie de juego malabar.
La criatura se cebaba en la bota del pistolero, desgarrándola sin cesar de plantear sus preguntas. Llegó una ola hasta la playa y la espuma cubrió su parte superior, haciendo que pareciera pálida y muerta en la brumosa luz de la media luna. La langostruosidad abandonó la bota y alzó las pinzas en su postura de boxeador.
Roland desenfundó con la mano izquierda y apretó el gatillo tres veces. Clic, clic, clic.
Al menos, había averiguado ya lo que les había pasado a las balas de la recámara.
Enfundó el revólver izquierdo. Para devolver el otro a la funda tuvo que dirigir el cañón hacia abajo con la mano izquierda y luego soltarlo. La sangre cubría las empuñaduras de madera y hierro, igual que manchaba la funda y los viejos tejanos a los que esta iba atada. Brotaba de los muñones que ahora tenía en lugar de dedos.
El mutilado pie derecho estaba todavía tan insensible que no le dolía, pero la mano derecha era un fuego ardiente. Los fantasmas de sus dedos, llenos de talento y largamente entrenados, convertidos ahora en jugos digestivos en las entrañas del animal, gritaban que seguían allí, que ardían.
«Preveo graves problemas», pensó el pistolero.
La ola se retiró. El bicho bajó las pinzas, abrió un limpio agujero en la bota del pistolero y decidió que su portador era mucho más sabroso que aquella pieza de piel ya medio gastada.
«¿Duda chuma?», preguntó, y se lanzó hacia él con sorprendente velocidad. El pistolero se retiró, aunque apenas sentía las piernas, y se dio cuenta de que la criatura debía de tener cierta inteligencia: se había aproximado a él con cautela, acaso desde una larga distancia, al no saber qué era él y de qué era capaz. Si aquella ola fuerte no le hubiera despertado, la bestia le habría desgarrado la cara mientras él se hallaba en lo más profundo del sueño. Ahora, había decidido que no solo era sabroso, sino también vulnerable; presa fácil.
Estaba ya casi encima de él, un ser de un metro veinte de largo y unos treinta centímetros de altura, una criatura que debía de pesar unos treinta kilos, dominada por la misma obsesión carnívora que David, el halcón que él había poseído en su infancia. Solo que aquello no tenía nada de la lealtad de David.
El tacón de la bota del pistolero dio con una piedra que sobresalía entre la arena y tropezó, a punto de caer.
«¿Doda choc?», preguntó la bestia, casi solícita, y miró al pistolero con aquellos ojos prominentes y bailarines, al tiempo que las pinzas se acercaban… Entonces llegó otra ola y las pinzas se alzaron de nuevo para representar la Postura del Honor. No se movían ni una pizca, y el pistolero se dio cuenta de que su quietud respondía al ruido de la ola, que ya empezaba a romper.
Dio un paso atrás y se inclinó justo cuando la ola rompía con un rugido entre los guijarros. Su rostro quedó a pocos centímetros de la cara de la criatura, parecida a la de un insecto. Fácilmente podía haberle arrancado los ojos, pero las temblorosas pinzas seguían alzadas como puños a ambos lados de su pico de loro.
El pistolero alcanzó la piedra con la que había tropezado. Era larga y estaba medio enterrada, pero consiguió liberarla y levantarla rechinando los dientes, ignorando el dolor que sentía en la mano derecha al clavarse los bordes afilados en la herida abierta.
«¿Dada…?», empezó a preguntar la monstruosidad, y bajó las pinzas abiertas al romper la ola y disminuir su rugido, momento que aprovechó el pistolero para lanzarle la piedra con todas sus fuerzas.
Sonó un crujido al partirse la espalda segmentada de la criatura. Esta se agitó salvajemente bajo la piedra; la mitad posterior subía y bajaba, subía y bajaba. Sus preguntas se convirtieron en zumbidos de dolor. Las pinzas se abrían y cerraban en el vacío. El pico tragaba guijarros y montones de arena.
Aun así, al romper la siguiente ola, intentó alzar de nuevo las pinzas y en ese momento el pistolero le pisoteó la cabeza con la bota que aún conservaba. Sonó como si se quebrara un montón de ramitas. Un fluido espeso brotó desde debajo de la bota de Roland salpicando en dos direcciones. La bestia se arqueó y fue sacudida por un temblor frenético. El pistolero pisó con todas sus fuerzas.
Llegó una ola.
Las pinzas del monstruo se alzaron diez centímetros, otros diez… Y tras un temblor cayeron, abriéndose y cerrándose por última vez.
El pistolero apartó la pierna. El pico dentado del animal, que le había arrancado dos dedos de la mano y uno del pie, se abrió despacio y volvió a cerrarse. En el suelo yacía una antena rota. La otra temblaba sin sentido.
El pistolero pisó otra vez. Y otra.
Apartó de una patada la piedra, con un gruñido provocado por el esfuerzo, y dio un rodeo hasta el otro lado del monstruo, donde empezó a pisotearlo metódicamente con la bota izquierda hasta que partió del todo su caparazón y las pálidas entrañas se mezclaron con la arena gris. Estaba muerta, pero él estaba dispuesto a seguir con su empeño: nunca en todo su largo y extraño tiempo había sufrido heridas de tanta gravedad. Además, había sido todo tan inesperado…
Prosiguió hasta que vio la punta de uno de sus propios dedos entre las partes destrozadas del animal muerto, y bajo la uña pudo apreciar el polvo blanquecino del gólgota donde él y el hombre de negro habían mantenido su larga conversación. Entonces, desvió la mirada y vomitó.
Se acercó al agua como un borracho, con la mano herida pegada a la camisa, mirando de vez en cuando hacia atrás para cerciorarse de que la bestia no estuviera viva, con la tenacidad de una avispa a la que se aplasta una y otra vez pero que sigue retorciéndose, aturdida, aunque no muerta. Necesitaba estar seguro de que no le seguía con aquellas extrañas preguntas planteadas en una voz mortalmente desagradable.
A medio camino de la orilla se detuvo y se quedó mirando el lugar donde había estado, recordando. Al parecer, se había quedado dormido justo bajo la línea de la marea alta. Agarró su cartera y la bota desgarrada.
A la matizada luz de la luna, vio otras criaturas iguales y, en el lapso entre una ola y la siguiente, oyó sus voces interrogantes.
El pistolero retrocedió paso a paso hasta llegar al límite de las rocas, donde crecía algo de hierba. Allí se sentó e hizo lo único que podía hacer: cubrir los muñones con el tabaco que le quedaba para que dejaran de sangrar y aplastarlo bien a pesar del agudo dolor (al que se había sumado ya el muñón del pie). Se quedó allí sentado, simplemente, temblando de frío, preguntándose si tendría una infección, preguntándose cómo se las arreglaría en aquel mundo con dos dedos menos en la mano derecha (en cuestión de armas, las dos manos servían igual; pero en todo lo demás mandaba la derecha), preguntándose si la bestia le habría inoculado algún veneno al morderle y estaría ya moviéndose por dentro de él, preguntándose cuándo amanecería.

Tres. Tal es el número de tu destino.
¿Tres?
Sí, el tres es místico. Tres se yerguen ante el corazón del mantra.
¿Qué tres?
El primero es joven, de oscura cabellera. Está al borde del robo y del asesinato. Un demonio lo ha poseído. El nombre del demonio es HEROÍNA.
¿Qué demonio es ese? No he oído su nombre, ni siquiera en los cuentos de mi niñez.
Intentaba hablar, pero había perdido la voz, la voz del oráculo, Star-Slut, la Puta de los Vientos, ambas habían desaparecido. Vio una carta que descendía flotando de ninguna parte a ninguna parte girando y girando en la perezosa oscuridad. En la carta, un mandril sonreía desde la espalda de un hombre joven de pelo oscuro. Sus dedos, sorprendentemente humanos, estaban enterrados con tal fuerza en el cuello del hombre que las primeras falanges habían desaparecido entre la carne. Al mirar más de cerca, el pistolero vio que el mandril llevaba una fusta en una de aquellas manos predadoras que estrangulaban. El rostro del hombre parecía retorcerse en un horror silencioso.
El Prisionero. El hombre de negro (que antaño fuera un hombre de confianza para el pistolero, un hombre llamado Walter) suspiró burlón:
—Un poco molesto, ¿eh? Un poco molesto… un poco molesto… un poco molesto… un poco…
El pistolero se despertó de golpe gesticulando con la mano mutilada, convencido de que en cualquier momento alguna de aquellas monstruosidades con caparazón del mar del Oeste se le echaría encima, preguntando desesperadamente en su idioma extraño al tiempo que le desgajaba el rostro de la cabeza.
Pero fue una gaviota, atraída por el reflejo de la luz del alba en los botones de su camisa, lo que se alejó de él con un graznido asustado.
Roland se incorporó.
La mano latía sin fin, destrozada. Otro tanto ocurría con el pie. Los dedos arrancados insistían en que seguían allí. Había perdido la mitad inferior de la camisa; el resto parecía una túnica desgarrada. Había utilizado un trozo para vendarse la mano y otro para envolver la bota.
«Largaos —dijo a las partes ausentes de su cuerpo—. Largaos. Ahora sois fantasmas. Largaos.»
Sirvió de algo. No mucho, pero algo sí. Eran fantasmas, sí, pero fantasmas vivos.
Se comió una rodaja de cecina. Su boca la despreciaba, al igual que el estómago, pero insistió. Una vez que la tuvo dentro, se sintió más fuerte. En cualquier caso, no le quedaba mucha; estaba casi contra las cuerdas.
Había cosas que hacer.
Se levantó con escaso equilibrio y miró alrededor. Los pájaros se lanzaban en picado y se zambullían en el agua, pero parecía que el mundo les pertenecía solo a ellos y a él mismo. Los monstruos habían desaparecido. Tal vez fueran nocturnos, o acaso llegaran con la marea. En aquel momento, daba lo mismo.
El mar era enorme, se encontraba con el horizonte en un punto azul brumoso imposible de determinar. Durante un largo rato, el pistolero olvidó su agonía contemplándolo. Nunca había visto tanta cantidad de agua. Lo había oído en las historias infantiles, claro, y los profesores —al menos, algunos— le habían asegurado que existía, pero ver de verdad aquella inmensidad, aquella agua sorprendente después de años de árida tierra, era algo difícil de asumir. Difícil incluso de ver.
Lo miró durante mucho rato, hipnotizado, obligándose a verlo, olvidando por un momento su dolor y sus dudas. Pero ya había amanecido y tenía cosas que hacer. Buscó la quijada en el bolsillo trasero, poniendo atención en meter solo la palma para evitar que fueran los muñones los que tuvieran que descubrir si todavía estaba allí. Los quejidos de la mano se convirtieron en gritos.
Allí estaba.
Bien.
Lo siguiente.
Se desató torpemente los cintos y los dejó sobre una soleada roca. Sacó los revólveres, abrió las recámaras y sacó las balas que quedaban. Las tiró. Un pájaro que descansaba en la brillante orilla se acercó hasta una de ellas, la agarró con el pico, la soltó y se alejó volando.
Tenía que cuidarse también de los revólveres, incluso antes de comprobar las balas; pero como cualquier pistola sin munición en este mundo o en cualquier otro es poco más que una porra, antes de hacer cualquier cosa apoyó los cintos en el regazo y pasó la mano izquierda con cuidado sobre la piel curtida.
Los dos estaban húmedos desde la hebilla hasta el lugar en el que, si los llevara puestos, cruzarían las caderas. A partir de ese punto, parecían secos.
Sacó las balas de la zona seca. La mano derecha seguía intentándolo, insistía en olvidar su mutilación a pesar del dolor, y Roland se encontró de nuevo de rodillas, como un perro demasiado estúpido o patoso para caminar. Distraído por el dolor, estuvo a punto de aplastarse la mano un par de veces.
«Preveo graves problemas», pensó de nuevo.
Reunió aquellas balas que aún podían ser útiles en un montón descorazonadoramente pequeño. Veinte, de las cuales algunas fallarían con seguridad. No podía fiarse.
Sacó las demás y formó otro montón con ellas. Treinta y siete.
«Bueno, en cualquier caso, no ibas muy cargado», pensó. Pero calibró la diferencia entre cincuenta y siete balas seguras y las veinte que tal vez tuviera ahora. O diez. O cinco. O una. O ninguna.
Puso las dudosas en otro montón.
Aún le quedaba la cartera. Algo era. Se la puso en el regazo y luego desmontó lentamente los revólveres y cumplió con el ritual de limpiarlos. Cuando acabó, habían pasado dos horas y el dolor era tan intenso que la cabeza le daba vueltas: el mero hecho de pensar se le hacía difícil. Quería dormir. Nunca en su vida lo había deseado tanto. Pero ninguna razón era válida para negarse a cumplir con su obligación.
—Cort —dijo con voz irreconocible. Se echó a reír.
Despacio, muy despacio, montó las armas y las cargó con las balas que podían estar secas. Al acabar, cogió la que estaba construida para su mano izquierda, la amartilló y soltó lentamente el percutor. Quería saber, sí. Quería saber si recibiría una agradable sorpresa cuando apretara el gatillo, o solo uno de aquellos inútiles clics. Pero un clic no significaría nada, mientras que un disparo real no haría más que reducir la cantidad de balas a diecinueve. O a nueve, o a tres. O a ninguna.
Desgarró otro trozo de la camisa, posó en él las balas mojadas y lo ató con la mano izquierda, ayudándose con los dientes. Las metió en la cartera.
«Duerme —le exigía el cuerpo—. Duerme. Ahora tienes que dormir, antes de que oscurezca. No hay nada más. Estás agotado.»
Consiguió levantarse y miró arriba y abajo por la playa desierta. Era del color de la ropa interior que no se ha lavado en mucho tiempo, llena de conchas incoloras. De vez en cuando asomaba alguna roca entre la gruesa arena, cubierta de guano, capas amarillas como los dientes viejos tapadas por otras nuevas de color blanco.
La línea de la marea alta estaba marcada por algas secas. Vio pedazos de su bota derecha y las cantimploras cerca de la línea. Le pareció un milagro que la resaca no se hubiera llevado las cantimploras. Con pasos lentos y renqueantes, se acercó hasta allí. Cogió una y la agitó cerca de una oreja. La otra estaba vacía. En aquella quedaba algo de agua. Muchos no hubieran podido distinguir la diferencia, pero el pistolero lo sabía tan bien como una madre puede distinguir a sus dos hijos gemelos. Llevaba mucho, mucho tiempo viajando con aquellas cantimploras. Dentro sonaba el agua. Qué bien; un regalo. La criatura que le había atacado, o cualquier otra, podía haberlas abierto de un picotazo, o con las pinzas. Pero eso no había ocurrido, y la marea las había respetado. No quedaba ni rastro de la criatura, a pesar de que la pelea había terminado más allá de la línea de la marea. Tal vez se la habían llevado otros predadores; acaso sus compañeras le habían organizado un entierro ritual, como hacían los elefaúntes, unas enormes criaturas de las que había oído hablar en su infancia y de las que se decía que enterraban a sus muertos.
Levantó la cantimplora, tragó agua profundamente y sintió que recuperaba algo de fuerza. Por supuesto, la bota derecha estaba destrozada… Pero tuvo alguna esperanza. La parte del pie estaba entera —rasgada, pero entera— y tal vez podría cortar la otra y preparar algo que al menos durase un tiempo.
Le acosaba la debilidad. Luchó contra ella, pero se le plegaban las rodillas y tuvo que sentarse, mordiéndose la lengua.
«No puedes desmayarte —se dijo en un quejido—. No aquí, donde podría volver una bestia de esas esta noche para rematar la faena.»
Así que se levantó y se ató la cantimplora vacía a la cintura, pero apenas había recorrido veinte metros hacia el lugar donde había dejado la cartera y las armas cuando volvió a caer, casi desmayado. Allí se quedó un rato, con la mejilla contra la arena, donde el filo de una concha se le clavaba en el mentón, casi haciéndole sangrar. Consiguió beber de la cantimplora y se arrastró hasta el lugar donde se había despertado. Había un árbol de Josué a unos veinte metros, en la ladera. Estaba quemado, pero algo de sombra podría ofrecerle.
Los veinte metros le parecieron veinte kilómetros.
Aun así, subió las pocas posesiones que le quedaban hasta la escasa sombra del árbol. Se tumbó con la cabeza apoyada en la hierba, deslizándose hacia lo que podía ser sueño, inconsciencia o muerte. Miró hacia el cielo y trató de averiguar la hora. No era el mediodía, pero casi debía de serlo, a juzgar por el tamaño de la sombra en que yacía. Aguantó un poco más, el tiempo necesario para girar el brazo derecho y llevarlo hasta los ojos en busca de marcas de infección, de algún veneno que pudiera estar abriéndose camino hacia sus entrañas.
Tenía la palma de la mano de un color rojo apagado. Mala señal.
«Me la casco con la mano izquierda —pensó—. Algo es algo.»
Entonces lo invadió la oscuridad y se pasó las siguientes dieciséis horas durmiendo, arrullado por el incesante sonido del mar del Oeste.
Cuando el pistolero volvió a despertarse, el mar estaba oscuro, pero había una leve luz en el cielo, hacia el este. Se acercaba la mañana. Se incorporó, y le sobrecogieron las náuseas.
Inclinó la cabeza y esperó.
Cuando pasó la debilidad, se miró la mano. Estaba infectada, sí: una línea roja lo delataba, retorciéndose desde la palma hacia la muñeca. Allí paraba, pero ya se podía apreciar el nacimiento de otras que al final llegarían hasta el corazón y lo matarían. Tenía calor, estaba febril.
«Necesito medicinas —pensó—. Pero aquí no hay ninguna.»
¿De manera que había llegado hasta allí solo para morir? No moriría. Y si, a pesar de su determinación, no quedaba otro remedio, moriría camino de la Torre.
—Eres extraordinario, pistolero —sonó la voz del hombre de negro en su cabeza—. ¡Qué incorregible! ¡Qué romántico en tu estúpida obsesión!
—Jódete —gritó, y bebió un trago. Tampoco le quedaba mucha agua. Tenía todo un mar por delante, y de qué le servía… Agua, agua por todas partes, y nada para beber. Tanto daba.
Cogió los cintos, se los ató (duró tanto el proceso que, cuando acabó, la luz del alba ya se había convertido en prólogo del día), y luego trató de levantarse. No estuvo convencido de poder hacerlo hasta que lo hubo conseguido. Apoyándose en el árbol, cogió la cantimplora casi vacía con el brazo derecho y se la echó a la espalda. Luego, la cartera. Al enderezarse, le entró de nuevo la debilidad y otra vez bajó la cabeza esperando, deseando.
Pasó la debilidad.
Con los pasos temblorosos e inseguros de un hombre en el último estadio de la ebriedad absoluta, el pistolero recorrió el camino de vuelta hacia el pie de la ladera. Se quedó de pie, mirando el océano que parecía vino, y sacó de la cartera la poca cecina que le quedaba. Se comió la mitad, y esta vez tanto la boca como el estómago la aceptaron con mejor reacción. Se dio la vuelta y se comió la otra mitad, mientras contemplaba el sol que se alzaba sobre las montañas donde había muerto Jake; primero, parecía que fuera a tropezar con los crueles picos dentados de los montes, pero luego pasó por encima.
Roland mantuvo el rostro al sol, cerró los ojos y sonrió. Se acabó la cecina.
Pensó: «Bueno, ahora no tengo comida. Y me faltan también dos dedos de una mano y otro de un pie; soy un pistolero cuyas balas no disparan; he sido envenenado por la mordedura de un animal, y no tengo antídotos; con suerte, me queda agua para un día; tal vez sea capaz de caminar unos veinte kilómetros si gasto hasta el último esfuerzo. Soy, en resumen, un hombre que ha llegado al límite en todo».
¿Qué dirección debía tomar? Había llegado desde el este; no podía caminar hacia el oeste, a menos que tuviera los poderes de un santo o de un redentor. Le quedaba el norte o el sur.
Norte.
Esa fue la respuesta de su corazón. No era una pregunta.
Norte.
El pistolero echó a andar.
Caminó durante tres horas. Dos veces cayó, y la segunda no creyó poder levantarse. Entonces llegó hacia él una ola, lo bastante cercana como para que se acordara de sus revólveres, y se levantó casi sin darse cuenta, de pie sobre unas piernas que temblaban como filamentos. Calculó que habría recorrido unos seis kilómetros en aquellas tres horas. Ahora el sol calentaba, pero no tanto como para justificar los estallidos de su cabeza y el sudor que le cubría la frente. Tampoco la brisa marina era tan fuerte como para justificar los repentinos escalofríos que erizaban su piel y le hacían castañetear los dientes.
—Fiebre, pistolero —comentó la voz del hombre de negro—. Lo que queda de ti está ardiendo.
Las líneas rojas de la infección eran ya más pronunciadas. Habían recorrido la mitad del camino entre la muñeca y el codo.
Caminó otro kilómetro y medio y agotó el agua de la cantimplora. La ató a la cintura junto a la otra. El paisaje era aburrido y desagradable. A la derecha, el mar; a la izquierda, las montañas. Y, bajo sus botas recortadas, la arena gris poblada de conchas. Las olas iban y venían. Buscó langostruosidades, pero no vio ninguna. Iba de ninguna parte a ninguna parte, un hombre de otro tiempo que, al parecer, había alcanzado el punto del final sin sentido.
Poco antes del mediodía volvió a caerse y supo que no podría levantarse. Así que ese era el lugar. Allí. Después de todo, ese era el final.
A cuatro patas, levantó la cabeza como un luchador atontado. A cierta distancia, tal vez dos kilómetros, tal vez cinco (se hacía difícil calcular las distancias en la playa monótona, con el latido de la fiebre sacándole los ojos de las órbitas), vio algo nuevo. Algo que se sostenía vertical en la playa.
¿Qué era?
(tres)
No importaba.
(tres es el número de tu destino)
El pistolero consiguió levantarse de nuevo. Soltó un gemido, alguna petición que solo oyeron los pájaros que le rodeaban. «Cómo les gustaría arrancarme los ojos —pensó—. Cómo les apetece ese bocado.» Siguió caminando, ahora tambaleándose considerablemente dejando tras sus pasos huellas irregulares.
Mantuvo la mirada fija en aquello que se sostenía sobre la playa. Apartó el pelo que le caía sobre los ojos. El sol se encaramó al tejado del cielo, donde pareció quedarse demasiado tiempo. Roland imaginó que estaba de nuevo en el desierto, en algún lugar entre la última cabaña
(la fruta musical cuanta más comes, más resuenas)
y la estación de paso donde el chico
(tu Isaac)
había estado esperando su llegada.
Las rodillas flaqueaban, se tensaban, flaqueaban, se volvían a tensar. Cuando el pelo volvió a caerle sobre los ojos, no se molestó en apartarlo: no le quedaban fuerzas. Miró hacia el objeto, que ahora proyectaba una estrecha sombra hacia la ladera, y siguió caminando.
A pesar de la fiebre, ya podía distinguirlo.
Era una puerta.
A menos de cuatrocientos metros. Las rodillas de Roland volvieron a flaquear, y esta vez no pudo tensarlas. Cayó al suelo, arrastrando la mano derecha por encima de la arena rasposa y de las conchas, los muñones de sus dedos gritando de dolor al arrancarse las costras recientes. Volvía a sangrar.
Se arrastró. Se arrastró con el ritmo constante de las olas del mar del Oeste al romper y retirarse. Se apoyaba en los codos y en las rodillas, con las que marcaba pequeños hoyos por encima de la línea de algas secas de la marea. Supuso que el viento soplaba todavía (tenía que ser así, porque aún le entraban escalofríos), pero el único aire que sonaba era el ronco respirar de sus pulmones.
La puerta estaba más cerca.
Más.
Al final, hacia las tres de aquel día largo y delirante, cuando la sombra ya se extendía larga a la izquierda, la alcanzó. Se sentó y la contempló extrañado.
Mediría unos dos metros de altura y parecía de sólido fustaferro, aunque el árbol de fustaferro más cercano debía de estar a unos mil kilómetros de distancia o más. El pomo parecía de oro y estaba grabado con una filigrana que el pistolero tardó en reconocer: era la cara sonriente del mandril.
No había ninguna cerradura en el pomo, ni encima, ni debajo. La puerta tenía bisagras, pero no estaban ligadas a nada… «O eso parece —pensó el pistolero—. Es un misterio. Un maravilloso misterio. Pero ¿qué más te da? Te estás muriendo. Tu propio misterio, el único que en el fondo preocupa a todo ser, hombre o mujer, esta ya cerca.»
Daba lo mismo, parecía una cuestión de importancia.
Aquella puerta. Aquella puerta allí, donde no debería haber ninguna puerta. Estaba simplemente allí, sobre la playa gris, unos seis metros por encima de la línea de la marea, tan eterna en apariencia como el mismo mar, ahora proyectando su escuálida sombra hacia el este a medida que el sol se retiraba.
Escrito en ella con letras negras a dos tercios de su altura, escrito en la Alta Lengua, había dos palabras:
(Un demonio lo ha poseído. El nombre del demonio es HEROÍNA.)
El pistolero oyó un ligero zumbido. Al principio pensó que se trataba del viento, o que el ruido procedía de su mente febril, pero poco a poco se convenció de que era el sonido de un motor… Y procedía del otro lado de la puerta.
«Pues ábrela. No está cerrada. Sabes que no está cerrada.»
Sin embargo, se incorporó con torpeza y dio la vuelta hasta la parte trasera de la puerta.
No había parte trasera.
Solo la playa gris que se estiraba. Solo las olas, las conchas, la línea de la marea, las marcas de su propio camino —huellas de las botas y hoyos de los codos—. Volvió a mirar y puso los ojos en blanco. La puerta no estaba allí, pero su sombra sí.
Adelantó la mano derecha (tanto le costaba a la mano aprender su lugar en lo poco que le quedaba de vida). La bajó y levantó la izquierda. Golpeó, esperando encontrar sólida resistencia.
«Si la toco, será como golpear sobre la nada. Eso sería una buena experiencia antes de morir.»
La mano solo encontró aire allí donde la puerta, por invisible que fuera, debía estar.
Nada palpable.
Y el ruido de los motores —si realmente había sido eso— ya no sonaba. Ahora solo había viento, olas, y el zumbido enfermizo de su mente.
El pistolero volvió despacio al otro lado de aquella inexistencia, empezando a pensar que había sido una alucinación, un…
Se paró.
En un momento había estado mirando hacia el oeste, donde veía solo una ininterrumpida y ondulante extensión gris, y al momento siguiente la visión quedaba cortada por el canto de la puerta. Veía la placa de la cerradura, que también parecía de oro, el pestillo que sobresalía como una lengua de metal. Roland movió la cabeza unos centímetros hacia el norte y la puerta desapareció. Volvió a la posición inicial y allí estaba de nuevo. No aparecía: simplemente, allí estaba.
Acabó de dar la vuelta y se encaró a ella, balanceándose.
Podía rodearla por el lado del mar, pero estaba convencido de que el resultado sería el mismo, solo que esta vez se caería.
«Me pregunto si podría cruzarla desde el lado de la nada.»
Ah, había muchas cosas que preguntarse, pero la verdad era simple. Había una puerta en una playa infinita y solo servía para dos cosas: para abrirla, o para dejarla cerrada.
Con cierto sentido del humor, el pistolero se dio cuenta de que a lo mejor no se estaba muriendo todavía. Si no, ¿por qué iba a estar tan asustado?
Alargó la mano izquierda y la posó en el pomo. Ni el frío mortal del metal ni el fino y ardiente calor de las runas grabadas en él le sorprendieron.
Giró el pomo. Tiró, y la puerta se abrió hacia él. Aquello nada tenía que ver con lo que hubiera podido esperar.
El pistolero miró, paralizado, soltó el primer grito de horror de su vida adulta y cerró de un portazo. Aunque no había marco sobre el que dar un portazo, la puerta sonó al cerrarse, provocando la estampida de las aves que se habían quedado mirándole en las rocas.
Había visto la Tierra desde una altura imposible en el cielo. Desde kilómetros, según parecía. Había visto las sombras de las nubes que se cernían sobre la Tierra, flotando como en un sueño. Había visto lo que podría ver un águila capaz de volar al triple de la altura normal.
Cruzar aquella puerta implicaría caer gritando durante minutos, para acabar clavado en las profundidades de la tierra.
«No, has visto algo más.»
Lo pensó, sentado en la arena como un estúpido, delante de la puerta, con la mano herida en el regazo. Los primeros trazos rojos habían llegado ya por encima del codo. Sin duda, faltaba poco para que la infección afectara al corazón.
En su cabeza sonaba la voz de Cort.
—Escuchad, gusanos. Escuchad por vuestras vidas, porque eso es lo que puede significar algún día. Nunca se ve todo lo que se ve. Una de las razones por las que os han enviado a mí es para mostraros lo que no veis en lo que veis, lo que no se ve cuando uno está asustado, o peleando, corriendo, o jodiendo. Nadie ve todo lo que ve, pero antes de convertiros en pistoleros —los que no vayáis al Oeste, claro—, vosotros veréis más en una sola mirada de lo que algunos hombres ven en toda su vida. Y lo que no veáis en esa mirada lo veréis después, en el ojo de la memoria. Eso si vivís lo suficiente para recordar, claro. Porque la diferencia entre ver y no ver puede ser la misma que entre vivir y morir.
Había visto la Tierra desde aquella enorme altura (y era incluso más sorprendente y chocante que la visión del paso del tiempo que había tenido poco antes del final de su encuentro con el hombre de negro, porque esta vez no se trataba de una visión) y la escasa atención que le quedaba había registrado el hecho de que no se trataba de mar ni desierto, sino de algún lugar verde de increíble lujuria y salpicado por agua, que parecía un arroyo, pero…
—Qué poco quedó de tu atención… —se burló salvajemente la voz de Cort—. ¡Tú viste más!
Sí.
Había visto blanco.
Bordes blancos.
—¡Bravo, Roland! —gritó Cort en su mente, y Roland creyó sentir el tacto de aquella mano dura, callosa. Guiñó un ojo.
Había mirado a través de una ventana.
El pistolero se levantó con esfuerzo, alargó un brazo y notó en la palma de la mano las líneas ardientes sobre el frío metal. Volvió a abrir la puerta.
La vista que esperaba —la Tierra desde una altura horrorosa, inimaginable— había desaparecido. Ahora veía palabras ininteligibles para él. Casi las entendía. Eran como Grandes Letras retorcidas.
Sobre las palabras había un dibujo de un vehículo sin caballos, un carruaje de motor como aquellos que, supuestamente, habían invadido el mundo antes de que se moviera. De repente recordó lo que había dicho el chico, Jake, cuando lo hipnotizó en la estación de paso.
Aquel carruaje sin caballos con una mujer que reía detrás, vestida con pieles, podía ser como el que había atropellado a Jake en su mundo extraño.
«Esto es su mundo», pensó el pistolero.
De pronto, la imagen…
No cambió; se movió. Al pistolero le flaquearon las piernas, sintiendo vértigo y un ataque de náuseas. Las palabras y la visión descendieron y ahora veía un pasillo con una fila doble de asientos a cada lado. Había unos cuantos vacíos, pero la mayoría estaban ocupados por hombres con extraños vestidos. Supuso que serían trajes, pero nunca los había visto así. Y lo que llevaban alrededor del cuello podían ser lazos o corbatas, pero tampoco eran como los que él conocía. Y, hasta donde podía ver, no iban armados. Ningún puñal, ninguna espada… Y mucho menos una pistola. Qué panda de confiados. Algunos leían papeles llenos de palabras pequeñas —rotas de vez en cuando por imágenes—, mientras otros escribían sobre papel con un tipo de plumas que Roland tampoco conocía. Pero las plumas no le preocupaban. El papel sí. En su mundo, el papel y el oro tenían un valor equivalente. No había visto tanto papel en su vida. Incluso en ese mismo momento, un hombre arrancaba una hoja de la libreta amarilla que llevaba en el regazo y la convertía en una bola, a pesar de que solo había escrito por una cara. La enfermedad del pistolero no era tan grave como para evitar que hiciera una mueca de horror y rabia ante un derroche tan insensato.
Detrás de aquel hombre había una pared blanca y una hilera de ventanas. Algunas estaban cubiertas por una especie de persiana, pero a través de las otras se veía el cielo.
Entonces una mujer se acercó a la puerta, vestida con algo que parecía un uniforme pero que también resultaba extraño para Roland. Era de un rojo fuerte y llevaba pantalones. Podía ver la zona donde se juntaban las piernas. Nunca había visto eso en una mujer vestida. Se acercó tanto a la puerta que Roland pensó que la cruzaría y retrocedió un paso, a punto de caer. Lo miró con la solicitud forzada de una mujer que, aun siendo sierva, no tiene más ama que ella misma. Eso al pistolero no le interesaba. Lo que le interesaba era que su expresión no había cambiado. No era lo que se esperaba de una mujer —de cualquiera, en realidad— que viera a un hombre sucio, destrozado y exhausto, con revólveres atados a la cintura, un trapo empapado de sangre alrededor de la mano y unos tejanos que podían haber sido tratados con una sierra.
—¿Le apetece…? —preguntó la mujer de rojo.
Había dicho algo más, pero el pistolero no entendió exactamente lo que significaba. «Comida o bebida», pensó. Aquella tela roja… No era algodón. ¿Seda? Se parecía un poco a la seda, pero…
—Ginebra —contestó una voz, y el pistolero lo entendió. De repente, entendió más cosas.
No era una puerta.
Eran ojos.
Por insensato que pudiera parecer, veía parte de un carruaje que volaba. Estaba mirando a través de los ojos de alguien.
¿De quién?
Pero ya lo sabía. Estaba mirando a través de los ojos del Prisionero.