Portadilla
Índice
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Sobre el autor
Créditos
a Eric Southworth
a mis predecesores Vicente y Félix
y a Elide
Dos de los tres han muerto desde que me fui de Oxford, y eso me hace pensar, supersticiosamente, que quizá esperaron a que yo llegara y consumiera mi tiempo allí para darme ocasión de conocerlos y para que ahora pueda hablar de ellos. Puede, por tanto, que —siempre supersticiosamente— esté obligado a hablar de ellos. No murieron hasta que yo dejé de tratarlos. De haber seguido en sus vidas y en Oxford (de haber seguido en sus vidas cotidianamente), tal vez aún estuvieran vivos. Este pensamiento no es sólo supersticioso, es también vanidoso. Pero para hablar de ellos tengo que hablar también de mí, y de mi estancia en la ciudad de Oxford. Aunque el que habla no sea el mismo que estuvo allí. Lo parece, pero no es el mismo. Si a mí mismo me llamo yo, o si utilizo un nombre que me ha venido acompañando desde que nací y por el que algunos me recordarán, o si cuento cosas que coinciden con cosas que otros me atribuirían, o si llamo mi casa a la casa que antes y después ocuparon otros pero yo habité durante dos años, es sólo porque prefiero hablar en primera persona, y no porque crea que basta con la facultad de la memoria para que alguien siga siendo el mismo en diferentes tiempos y en diferentes espacios. El que aquí cuenta lo que vio y le ocurrió no es aquel que lo vio y al que le ocurrió, ni tampoco es su prolongación, ni su sombra, ni su heredero, ni su usurpador.
Mi casa tenía tres pisos y era piramidal y pasaba en ella mucho tiempo, dado que mis obligaciones en la ciudad de Oxford eran prácticamente nulas o inexistentes. De hecho Oxford es, sin duda, una de las ciudades del mundo en las que menos se trabaja, y en ella resulta mucho más decisivo el hecho de estar que el de hacer o incluso actuar. Estar allí requiere tanta concentración y tanta paciencia, y tanto esfuerzo luchar contra el natural aletargamiento del espíritu, que sería una exigencia desproporcionada pretender que además sus habitantes se mostraran activos, sobre todo en público, a pesar de que algunos colegas solían efectuar sus desplazamientos siempre corriendo para dar una impresión de perpetuo ahogo y ocupación extrema en los intervalos entre clase y clase, las cuales, sin embargo, habían transcurrido o habrían de transcurrir en el más absoluto sosiego y despreocupación, como parte que forman del estar y no del hacer y ni siquiera del actuar. Así era Cromer-Blake y así era el Inquisidor, también llamado el Matarife y el Destripador y cuyo verdadero nombre era Alec Dewar.
Pero quien negaba todos los simulacros de agitación y daba cuerpo y verbo al estatismo o estabilidad del lugar era Will, el anciano portero del edificio (la Institutio Tayloriana, llamado con pompa y latín) en el que yo solía trabajar con sosiego y despreocupación. Nunca he visto una mirada tan limpia (desde luego no en mi ciudad, Madrid, donde no existen las miradas limpias) como la de aquel hombre de casi noventa años, menudo y pulido, vestido invariablemente con una especie de mono azul, al que se permitía permanecer muchas mañanas en su garita de cristales y dar los buenos días a los profesores según entraban. Will no sabía literalmente el día en que vivía, y así, sin que nadie pudiera predecir la fecha de su elección y menos aún saber qué la determinaba, cada mañana la pasaba en un año distinto, viajando por el tiempo adelante y atrás a su voluntad, o, mejor dicho, probablemente sin su voluntad. Había días en los que, más que creer que estaba, en verdad estaba en 1947, o en 1914, o en 1935, o en 1960, o en 1926, o en cualquiera de los años de su larguísima vida. A veces se podía intuir si Will se hallaba instalado en un año malo por una ligera expresión de temor (era un ser demasiado puro para que en él cupiera la preocupación, pues carecía absolutamente de la visión de futuro asociada siempre a ese sentimiento) que sin embargo nunca llegaba a ensombrecer su mirada confiada y ufana. Uno podía sospechar que una mañana de 1940 estaba para él dominada por el miedo a los bombardeos de la noche anterior o de la que vendría, y que una mañana de 1916 podía encontrarle algo abatido por las malas noticias procedentes de la ofensiva del Somme, y que una de 1930 lo había despertado sin un penique en el bolsillo y con los ojos tanteadores y tímidos de quien tiene que pedir un préstamo y aún no ha decidido a quién. Otros días el ligerísimo apagamiento de su inmensa sonrisa o del brillo de su mirada tan afectuosa era indescifrable del todo —ni siquiera objeto de fabulación— porque sin duda se debía a pesares y sinsabores de su vida personal, que nunca habría interesado a ningún alumno ni profesor. En ese continuo viajar a lo largo de su existencia casi todo era insondable para los demás (a la manera de los retratos de pasados siglos o de una fotografía hecha anteayer). ¿Cómo podíamos saber en qué aflictiva jornada de sus numerosos días se hallaba Will cuando lo veíamos saludar con tan sólo una media sonrisa en vez del gesto entusiasta de las fechas joviales o incluso neutras? ¿Cómo saber qué tramo melancólico de su inacabable trayecto estaba recorriendo cuando no alzaba la mano con ademán infantil al tiempo que daba los buenos días? Aquella mano levantada verticalmente que le hacía sentir a uno el convencimiento de que en aquella ciudad inhóspita alguien se alegraba en verdad de verlo, aunque ese alguien no supiera quién era uno, o, mejor dicho, cada mañana lo viera como a alguien distinto del día anterior. Sólo en una ocasión supe, gracias a Cromer-Blake, en qué momento exacto de su vida sin sobresaltos, pasada durante tantas horas tras los cristales de su garita, se encontraba Will. Cromer-Blake aguardó en la puerta del edificio a que yo llegara y me advirtió:
—Dile algo a Will, unas palabras de consuelo. Parece ser que hoy vive el día de 1962 en que murió su mujer, y le dolería mucho que alguno de nosotros no se diese por enterado al pasar. Está muy triste, pero su natural buen humor le permite disfrutar de su protagonismo de hoy lo justo para que no haya perdido del todo su sonrisa. Así que hasta cierto punto está también encantado. —Y, ya sin mirarme, acariciándose el pelo prematuramente canoso, Cromer-Blake añadió—: Esperemos que no le dé por quedarse a diario en esta fecha: tendríamos que cruzar cada mañana el umbral con una condolencia en los labios.
Will llevaba corbata negra sobre la camisa blanca bajo el mono azul, y sus ojos clarísimos parecían aún más transparentes y líquidos que de costumbre, quizá por efecto de una noche pasada por lágrimas y por ver morir. Me acerqué hasta la puerta de la garita, que estaba abierta, y le puse la mano en el hombro. Noté sus huesos. No sabía bien qué decir.
—Buenos días, Will, aunque para usted sean tan malos. Acabo de enterarme, lo siento muchísimo, ¿qué puedo decir?
Will sonrió apaciblemente y una vez más se le iluminó el rostro rosado, tan rosado que parecía terso. Puso su mano sobre la mía y me dio unas palmaditas sin fuerza, como si fuera él quien me consolara. Cromer-Blake, con su toga al hombro, nos observaba (Cromer-Blake siempre llevaba su toga al hombro y siempre observaba).
—Gracias, Mr Trevor. Es verdad lo que ha dicho, los días no pueden ser peores para mí. Murió anoche, ¿sabe?, esta madrugada. Llevaba algún tiempo un poco enferma, pero no tanto. Esta madrugada me desperté y estaba muriéndose. Se murió en seguida, sin aviso, de golpe, a lo mejor no quería despertarme. Le dije que esperara, pero no pudo. Ni siquiera me dio tiempo a levantarme. —Will se interrumpió un momento y preguntó—: ¿Qué tal me sienta la corbata, Mr Trevor? Yo no suelo llevarla. —Luego sonrió y añadió—: Pero tuvo una vida buena, o eso creo yo, y no fue corta tampoco. Debe saber que ella era cinco años mayor que yo. Me llevaba cinco, no importa que lo cuente ahora. Ahora yo seré más viejo, quizá. Seguiré cumpliendo años y quizá sea más viejo de lo que ella lo fue jamás. —Se tocó la corbata con inseguridad—. Y además: aunque los días sean malos para mí, no hay razón para que yo no se los desee buenos a usted. Buenos días, Mr Trevor.
La mano no se alzó desde la mía —desde su propio hombro— tan aérea como otras veces, pero se alzó, con su vertical saludo.
Aquella mañana estábamos en 1962, y por eso yo era Mr Trevor. De haberse encontrado Will en los años treinta, yo habría sido el doctor Nott, y de haber estado en los cincuenta entonces me habría visto como Mr Renner. Durante la guerra del 14 me convertía en el doctor Ashmore-Jones, en los años veinte era Mr Brome, en los cuarenta el doctor Myer y en los setenta y ochenta el doctor Magill, y esa era la única manera de saber hacia qué década se había inclinado y dirigido Will, el viajero del tiempo, cada mañana. Para él yo era cada día un miembro de la facultad perteneciente al pasado, aunque siempre el mismo en cada periodo elegido cotidianamente por su espíritu para habitar en él. Y nunca se equivocaba. En mí, y a sus ojos puros e intemporales, volvían a vivir su propio pasado rutinario aquellos Dr Magill, y Dr Myer, y Mr Brome, y Dr Ashmore-Jones, y Mr Renner, y Dr Nott, y Mr Trevor, algunos ya muertos y otros jubilados, otros simplemente trasladados o desaparecidos sin dejar más recuerdo que el de sus nombres, o quizá expulsados de la universidad por algún desliz grave del que el pobre Will, en su garita eterna, nunca habría tenido la menor noticia.
Y extrañamente también vivió en mí, algunas mañanas, un tal Mr Branshaw del que nadie guardaba memoria ni sabía nada, lo cual —cada mañana en que me oía llamar así: Buenos días, Mr Branshaw— me hacía pensar si la capacidad de Will para desplazarse en el tiempo no abarcaría también el futuro (tal vez el más inmediato, aquel que cubriera lo que le restara de vida) y si, instalado en los años noventa, no estaría saludando a alguien que aún no había llegado a Oxford y que quizá, dondequiera que se encontrara, aún ignoraba que le tocaría vivir en la ciudad inhóspita y conservada en almíbar, como la llamó hace tiempo uno de mis predecesores. Alguien a quien Will tampoco reconocería con sus ojos ensoñados y diáfanos y a quien tal vez diera mi nombre, que jamás pronunció ante mí, cuando lo saludara con su mano festiva a la entrada de la Tayloriana.
Como he dicho, mis obligaciones en la ciudad de Oxford eran mínimas, lo cual me hacía sentirme a menudo como un personaje decorativo. Al ser consciente, sin embargo, de que mi sola presencia difícilmente podía decorar nada, tenía a bien ponerme de vez en cuando la negra toga (preceptiva ya sólo en muy contadas ocasiones) con el objetivo principal de contentar a los numerosos turistas con que solía cruzarme en el trayecto desde mi casa piramidal hasta la Tayloriana y el secundario de sentirme disfrazado y algo más justificado en mi calidad de adorno. Así, disfrazado, llegaba por tanto a veces al aula en la que daba mis escasas clases o conferencias a diversos grupos de estudiantes, todos ellos de una respetuosidad excesiva y aún mayor indiferencia. Por edad yo estaba más cerca de ellos que de la mayoría de los miembros de la congregación (como se llama al conjunto de los dons o profesores de la universidad, siguiendo la fuerte tradición clerical del lugar), pero bastaba que yo estuviera nerviosamente encaramado a una tarima durante las pocas horas en que establecía contacto visual con ellos para que el distanciamiento entre los alumnos y yo fuera casi monárquico. Yo estaba arriba y ellos abajo, yo tenía un bonito atril delante y ellos vulgares pupitres con incisiones, yo vestía mi larga toga negra (con las cintas de Cambridge y no de Oxford, por cierto, para mayor reserva) y ellos no la vestían, y eso era ya motivo suficiente para que no sólo no discutieran mis tendenciosas afirmaciones, sino ni siquiera me hicieran preguntas cuando peroraba sobre la sombría literatura española de la postguerra durante una hora que se me hacía tan interminable como la propia postguerra a sus literatos (a los antirrégimen, muy pocos).
Los estudiantes sí hacían preguntas, en cambio, en las clases de traducción que les daba en la compañía alternativa de mis colegas ingleses. Los textos que estos últimos elegían para dichas clases (de nombre tan extravagante que de momento prefiero callarlo para no crear un enigma gratuito y ciertamente menor) eran tan rebuscados o costumbristas que con frecuencia tenía que improvisar definiciones espúreas para palabras rancias o herméticas que en mi vida había visto ni oído y que por supuesto los estudiantes no volverían a ver ni a oír en las suyas. Palabras presuntuosas y memorables (concebidas sin duda por cabezas enfermas), de entre las que recuerdo con particular entusiasmo praseodimio, jarampero, guadameco y engibacaire (tampoco he logrado olvidar briaga, en un pasaje vinatero de lo más elegante). Aun a riesgo de quedar como un necio ahora que las he traducido al inglés y sé perfectamente lo que significan, confieso que entonces desconocía por completo su existencia. Aún hoy me admiro de su existencia. Mi papel en esas clases era más aventurado que en las conferencias, ya que consistía en hacer de gramática y diccionario parlantes, con el consiguiente desgaste para mis reflejos. Las consultas más arduas eran las etimológicas, pero al poco, y llevado de la impaciencia y los deseos de agradar, no tuve reparo en ir inventando etimologías delirantes sobre la marcha y para salir del paso, en la confianza de que ningún alumno ni el colega de turno que me acompañaba tendrían nunca la curiosidad suficiente para comprobar más tarde lo verídico de mis contestaciones. (Y en el caso de que la tuvieran, estaba convencido de que también tendrían la compasión suficiente para no echarme el disparate en cara al siguiente día.) Así, ante preguntas que se me antojaban tan malintencionadas y absurdas como cuál era el origen de la palabra papirotazo, no tenía inconveniente en ofrecer respuestas todavía más absurdas y peor intencionadas.
—Papirotazo, en efecto. A este tipo de golpe propinado con el dedo índice se lo llama así porque era de este modo como se golpeaban los papiros hallados en Egipto a comienzos del siglo XIX para probar su resistencia y empezar a determinar su antigüedad.
Y al ver que nadie reaccionaba violentamente ni a nadie se le ocurría argüir que un solo papirotazo habría convertido en confetti cualquier papiro dinástico, sino que los alumnos tomaban nota y el colega inglés —aturdido sin duda por la grosera sonoridad de la palabra y tal vez embriagado por la repentina visión de un Egipto napoleónico— aprobaba mi explicación (‘¿Lo oyen ustedes? Papirotazo viene de la palabra papiro: pa-pi-ro, pa-pi-ro-ta-zo’), aún encontraba valor para insistir y completar la falsedad con una nota erudita:
—Es por tanto una palabra bastante reciente, que se asimiló a la más antigua capirotazo, como también se llama a este golpe doloroso y vejatorio —y hacía una pausa para ilustrar el vocablo con un papirotazo al aire—, por ser el mismo que se acostumbraba propinar a los penitentes encapuchados durante las procesiones de Semana Santa, en la punta de sus capuchas o capirotes, para humillarlos.
Y mi colega siempre aprobaba (‘¿Lo oyen ustedes? Ca-pi-ro-te, ca-pi-ro-ta-zo’). La delectación con que algunos de los profesores británicos proferían palabras descabelladas en español no dejaba de conmoverme, y las que más les satisfacían eran las de cuatro o más sílabas. Recuerdo que el Matarife disfrutaba tanto que se olvidaba de la compostura, y, levantando una pierna —la blanquísima canilla al descubierto por culpa de unos calcetines demasiado cortos y unos zapatones voraces—, la apoyaba con desenfado y no sin gracia sobre un pupitre vacío y la hacía balancearse al compás de su silabeo eufórico (‘Ve-ri-cue-to, ve-ri-cue-to. Mo-fle-tu-do, mo-fle-tu-do’). En realidad hube de suponer, más tarde, que el aplauso de mis colegas a mis etimologías imaginarias era consecuencia de su excelente educación, su sentido de la solidaridad y su sentido de la diversión. En Oxford nadie dice nunca nada a las claras (la franqueza sería la más imperdonable falta, y también la más desconcertante), pero así lo comprendí cuando al despedirme de Dewar el Inquisidor tras mis dos años de estancia allí, me dijo entre otras pomposidades:
—Echaré de menos tus fantásticos conocimientos etimológicos. Siempre me sorprendían extraordinariamente. Aún recuerdo mi asombro cuando explicaste que la palabra papirotazo venía de papo, por designar un golpe que se daba en la papada del contrario: me quedé boquiabierto. —Se detuvo un instante para observar complacido mi confusión. Chasqueó la lengua contra el paladar y añadió—: La etimología es una ciencia apasionante, lástima que a los estudiantes, pobres muchachos sin discernimiento, se les olvide el noventa y cinco por ciento de las maravillas que nos escuchan, y que nuestros brillantes hallazgos sólo los deslumbren durante unos minutos, más o menos hasta el final de la clase. Pero yo lo recordaré: pa-pa-da, pa-pi-ro-ta-zo —y flexionó un poco una pierna—. Quién lo hubiera dicho. Fantástico.
Creo que me sonrojé considerablemente, y, en cuanto pude, corrí a la biblioteca para consultar el diccionario y descubrir que, en efecto, la famosa palabra papirotazo procedía del papo en que antaño se recibía el ignominioso golpe. Me sentí más impostor que nunca, pero también vi mi conciencia tranquilizada en parte, pues juzgué que mis etimologías dementes no eran mucho más disparatadas ni menos verosímiles que las verdaderas. Al menos esta me parecía casi tan estrafalaria como la improvisada. Y en todo caso, como había señalado el Destripador, este tipo de conocimientos ornamentales duraban pocos minutos, fuesen falsos, auténticos o semiverdades. A veces el saber verdadero resulta indiferente, y entonces puede inventarse.
Yo he caminado interminablemente por la ciudad de Oxford y conozco casi todos sus rincones y también sus confines de nombres esdrújulos: Headington, Kidlington, Wolvercote, Littlemore (Abingdon, Cuddesdon, ya más lejos). También llegué a conocer casi todos sus rostros de hace tres y dos años, por difícil que fuese volver a encontrarlos. La mayoría de las veces caminaba sin propósito y sin rumbo determinado, aunque bien recuerdo que durante unos diez días de mi segundo periodo lectivo allí (el que se llama Hilary y comprende ocho semanas entre enero y marzo) caminé con un propósito poco adulto y entonces —mientras duró— ni siquiera a mí mismo confesado. Fue poco antes de que conociera a Clare y Edward Bayes, y de hecho la interrupción o abandono del objetivo (sí, fue abandono) vino dado a buen seguro también por ese conocimiento de Clare Bayes y de su marido y no solamente porque el propósito se viera cumplido y a la vez frustrado una tarde de viento en Broad Street por las mismas fechas.
Unos diez días antes de que Clare y Edward Bayes me fueran presentados y empezara a tratarlos, regresaba yo de Londres —un viernes— en el último tren de la noche, que salía de la estación de Paddington alrededor de las doce. Era el tren que solía coger cada viernes o sábado a mi regreso de la capital, en la que no tenía donde quedarme a dormir a menos que lo hiciera en un hotel, y eso sólo podía permitírmelo de tarde en tarde. Normalmente prefería volver a mi casa y, si acaso, viajar de nuevo a Londres a la mañana siguiente —poco menos de una hora en un tren directo— si algo o alguien me requería allí. El último tren de Londres a Oxford no era, sin embargo, directo. La molestia que suponía cogerlo me la compensaba disponer a cambio de una hora más en la compañía de Guillermo y Miriam, un matrimonio amigo que vivía en South Kensington y que me ofrecía su conversación y su hospitalidad como etapa final de mis errabundas jornadas londinenses. Ese último tren de la medianoche obligaba a efectuar un transbordo en la localidad de Didcot, de la cual nunca he visto más que su lóbrega estación, y siempre después del crepúsculo. Algunas veces el segundo tren, el que nos llevaba desde allí hasta Oxford con parsimonia incomprensible, no estaba sobre su vía cuando llegábamos los seis o siete pasajeros de Londres que hacíamos el enlace (la British Rail debía de considerar que los viajeros de ese tren rezagado éramos noctámbulos irredentos y que bien podíamos acostarnos todavía un poco más tarde), y entonces había que esperar en aquella estación callada y vacía y que, en la medida en que podían discernirse sus contornos en la oscuridad, parecía desgajada de la población a la que pertenecía y rodeada de campo por todas partes, como un falso apeadero.
En Inglaterra los desconocidos no suelen hablarse, ni siquiera en los trenes ni durante las largas esperas, y el silencio nocturno de la estación de Didcot es uno de los más extensos que yo he conocido. El silencio es tanto más extenso cuando está quebrado por voces o ruidos aislados y sin continuidad, como el chirrido de un vagón que de pronto se desplaza enigmáticamente unos pocos metros y se detiene, o el ininteligible grito de un mozo al que el frío despierta de su breve sesteo para ahorrarle un mal sueño, o el golpe seco y distante de unas cajas que unas manos invisibles deciden gratuitamente trasladar de sitio cuando nada urge y es todo aplazable, o el sonido metálico de un bote de cerveza que es estrujado y arrojado a una papelera, o el vuelo modesto de una hoja suelta de periódico, o mis propios pasos que entretienen la espera acercándose inútilmente al borde de la plataforma, como se llama a los andenes en Inglaterra. Unas pocas luces, separadas por decenas de metros para así evitar el despilfarro, alumbran temerosamente esos andenes aún no barridos que semejan el suelo dejado atrás por una fiesta callejera y pobre. (No serán barridos hasta la mañana por mujeres que sueñan ahora en la ignorada Didcot.) Apenas si se distinguen los breves tramos de piedra y riel que cada una ilumina con parpadeos, y una de ellas ilumina también mi rostro que surge de un abrigo azul marino con el cuello subido y unos zapatos y tobillos de mujer cuya dueña queda en sombra. Sólo veo el bulto de su figura con gabardina, sentada, y la brasa de los cigarrillos que ella, al igual que yo, va consumiendo durante la espera, más larga esta o aquella noche que de costumbre. Los zapatos marcaban levemente un ritmo sobre el pavimento, como si quien los calzaba llevara aún en los oídos la música a cuyo son habría tal vez bailado durante su velada entera, y eran zapatos de adolescente o de bailarina ingenua, con hebilla y tacón muy bajo y la punta redondeada. Zapatos ingleses a no dudarlo, que mantuvieron mi vista vuelta hacia mi derecha e hicieron la hora inmóvil de la estación de Didcot más llevadera. Nuestros cigarrillos respectivos se juntaban en el suelo, ya colillas, los míos lanzados de un genuino papirotazo hacia el borde del andén, desde el que no resbalaban siempre, los suyos, en la misma dirección, con un movimiento del brazo semejante al de quien arroja una pelota con poca fuerza. Y al hacer ese movimiento la mano entraba en el haz de luz y yo podía ver una pulsera durante unas décimas de segundo. Yo me levantaba de vez en cuando, en parte para escudriñar la oscuridad de las vías en su lejanía, en parte para intentar ver algo más de la mujer que fumaba y llevaba un ritmo desconocido —cruzadas o no las piernas, alternativamente— con sus pies iluminados. Daba dos o tres pasos por delante de ella y volvía a mi sitio, pero lo único que lograba era ver de frente los zapatos ingleses y los tobillos perfeccionados por la penumbra. Hasta que por fin, tan sólo un par de minutos antes de que apareciera remiso y cansino el tren retrasado, fue ella la que se levantó y caminó pausadamente por el andén al tiempo que la voz enturbiada y amplificada de un ferroviario indio, con tan fuerte acento que para un extranjero era sólo deducible lo que decía, anunciaba la entrada del tren en Didcot y el resto de sus paradas: Banbury, Leamington, Warwick, Birmingham (¿o era Swindon, Chippenham, Bath, Bristol? No quiero mirar el mapa; en mi memoria están ambas series, quizá mezcladas). Ella se quedó ya en pie, con una bolsa pequeña en la mano, haciéndola oscilar mientras aguardaba. Yo le abrí la portezuela.
He olvidado por completo su rostro aunque no sus colores (amarillo, azul, rosado, blanco, rojo), pero sé que es la mujer que al primer golpe de vista más me ha conmovido a lo largo de mi juventud, aunque no se me escapa que este comentario sólo puede acompañar, según la tradición de la literatura y de la realidad, a aquellas mujeres que los hombres jóvenes no llegan a conocer. Tampoco recuerdo cómo le dirigí la palabra, ni de qué hablamos durante la media hora escasa que dura el trayecto entre Didcot y Oxford o sus estaciones. Quizá ni siquiera entabláramos conversación y sólo cruzamos tres o cuatro frases sueltas. En cambio recuerdo que, aunque no lo suficiente para ser una alumna, era muy joven y por tanto no muy elegante, y que el cuello de su gabardina estaba lo bastante abierto para permitirme contemplar el collar de perlas (falsas o verdaderas no sé decirlo) que, siguiendo la moda de hace unos pocos años, las muchachas inglesas más cuidadosas tenían a bien llevar aunque en lo demás fueran vestidas de la manera más informal o aparentemente imperfecta (ella era justamente esmerada, no elegante). También recuerdo que aquella mujer, por su peinado de melena corta y sus facciones hoy olvidadas, me pareció salida de los años treinta. Tal vez Will, el portero, viera así a todas las mujeres los días en que se hallara instalado en aquella década. Lo que hablamos, en todo caso, no fue lo bastante personal para que yo llegara a saber nada de ella. Puede que sus ojos claros se cerraran por la fatiga y yo no me atreviera a impedirlo. Puede que en aquella media hora de trayecto tardío mi deseo de contemplación fuera mucho más fuerte que mi curiosidad y mi capacidad de cálculo. O puede que habláramos sólo de Didcot, de su estación tenebrosa y fría dejada atrás y a la que ambos habríamos de volver. Ella bajó en Oxford, pero yo no supe prepararme el terreno: ni siquiera le ofrecí llevarla en mi taxi.
A partir de entonces y durante unos diez días caminé por tanto por la ciudad de Oxford con el propósito o esperanza inconsciente de volver a encontrarla, lo cual no era demasiado improbable si ella no había ido allí de visita y allí vivía. Estuve en las calles aún más tiempo que de costumbre, y cada día que pasaba su rostro se me iba difuminando más o confundiendo con otros, como suele suceder con las cosas que uno quiere recordar y se empeña en recordar, con todas aquellas imágenes ante las que la memoria no se muestra respetuosa (es decir, pasiva). No es de extrañar, así, que hoy no vea ninguno de sus rasgos —es un cuadro inacabado, con volúmenes trazados pero no pintados, los colores decididos pero sólo en su mancha— pese a haberla visto con certeza una segunda vez y creo que una tercera y quizá incluso una cuarta. Pero esa vez que fue cierta —diez días después— fue todo muy rápido y además había viento. Yo salía de la librería Blackwell’s con menos tiempo del justo para llegar a tiempo a una de mis clases de traducción con el exigente Dewar. Apreté el paso mirando al frente en medio de un vendaval que se había desatado mientras yo permanecía curioseando en Blackwell’s. Di una veintena de pasos y a la altura de Trinity College me crucé con dos figuras femeninas que también iban apresuradas, las cabezas sumisas para esquivar el viento. Sólo cuando había dado cuatro o cinco pasos más (y a ella la espalda) la reconocí y me di la vuelta. Lo que más me sorprendió fue que también ella y su amiga, quienes a su vez habían dado otros cuatro o cinco pasos desde el momento de nuestro cruce, se habían detenido y vuelto. A esa distancia de ocho o diez pasos nos vimos verdaderamente. Ella sonrió y gritó, más para darse a reconocer que reconociéndome: ‘¡En el tren! ¡En Didcot!’. Yo dudé durante un segundo si acercarme o no, y mientras dudaba la amiga le tiró de la manga y la instó a seguir su camino. La falda se la agitaba el viento, y también la melena corta. Lo recuerdo porque durante aquellos brevísimos instantes en que estuvo parada en Broad Street y gritó ‘¡En el tren! ¡En Didcot!’, tenía una mano en el pelo, quitándoselo de la frente, y la otra en la falda, sujetándosela contra el tiempo. ‘¡En el tren! ¡En Didcot!’, repetí yo confirmándole mi reconocimiento (los faldones de mi abrigo azul batiendo contra mis piernas); pero para entonces la odiosa y acuciante amiga cuya cara no vi se la llevaba ya en la dirección opuesta a la que yo seguiría inmediatamente, hacia Dewar y la Tayloriana. No la volví a ver con certeza en el resto del año ni tampoco al siguiente, al término del cual dejé Oxford, aunque no para regresar —no todavía— del todo a Madrid, como ahora ya es seguro que he hecho. Lo que más lamento es no haberme podido fijar, aquella segunda vez cierta, en sus zapatos ingleses ni en sus tobillos, que sin duda se me habrían aparecido fragilizados por el viento. Estaba demasiado atento al precavido vuelo de su falda.