Parece mentira, pero uno se olvida de los libros que ha escrito, incluso de los que recibieron más atención y le depararon mayores satisfacciones. A los veinticinco años de su publicación, guardo un recuerdo más bien borroso de mi novela Corazón tan blanco. Si miro la fecha de terminación de la escritura, que pongo siempre al final de cada título, la acabé en octubre de 1991, es decir, a los cuarenta recién cumplidos —en septiembre—, edad que me sentó como un tiro, eso sí lo recuerdo perfectamente. Tanto que, a los cuarenta y tres, todavía seguía diciéndome: «Pero ¿cómo puedo tener cuarenta?», sin reparar en que la cuenta ya había aumentado.
Podría refrescar la memoria releyendo la novela, claro está. Pero eso es algo que nunca hago, releerme. A lo más que llego es a mirar unas pocas páginas de alguna antigua cuando en una nueva decido recuperar a un personaje de antaño, a fin de no incurrir en contradicciones respecto a lo que de él dije en su día. Y el resultado de esas calas es siempre el mismo: tras consultar cinco o seis páginas «viejas» por razones utilitarias, tengo la impresión de que «antes» escribía mejor que «ahora», sea cual sea el antes y sea cual sea el ahora. No es muy alentador, así que más vale que no me exponga, en septiembre de 2016, a comprobar que en 1991 se me daba mucho mejor aquello a lo que —con intermitencias— me vengo dedicando desde 1971, año de la aparición de mi primerísima novela, Los dominios del lobo, gracias a los generosos oficios de Juan Benet. (Sólo me faltaría descubrir un día que no he hecho sino empeorar desde hace cuarenta y cinco años largos).
Sea como sea, Corazón tan blanco gozó de enorme fortuna. Imposible saber sus ventas reales en España durante su primera andadura, pero en todo caso fue reeditada en veintidós ocasiones en el formato habitual de la colección Narrativas hispánicas, de Anagrama. La tirada inicial fue de 10.000 ejemplares, que entonces ya me parecieron demasiados pese a que mis dos anteriores novelas, Todas las almas (1989) y El hombre sentimental (1986), no habían dado malos resultados desde ese punto de vista. Y hoy, por lo que veo, encontrar un ejemplar de aquellos 10.000 primeros es muy ardua tarea, y no barata: yo sólo poseo el mío, el de mi biblioteca. Lo que nunca pude imaginar, nada más ponerle fin a Corazón tan blanco —aún carecía de título entonces—, fue que le aguardaran millones de lectores en diferentes países, cuarenta y siete si no me equivoco. No me parecía una novela fácil (ninguna mía me lo ha parecido), y no creía que pudiera interesar a mucha gente. Es más, me parecía rara, aunque tampoco eso era una novedad (cuantas he escrito me lo parecen, incluida la que ahora tengo entre manos). Así que mi sorpresa fue mayúscula, y tendí a pensar que había un malentendido entre el público lector y el texto. Malentendido para mí bendito, desde luego. Es lo más beneficioso que me ha ocurrido en la vida, en el campo literario.
La generosidad de la crítica no fue ajena a esa buena fortuna. En 1992 todavía contaba algo, todavía influía en el destino de ciertos libros. No enormemente (lo fundamental era ya el boca a oreja o como se diga), sí apreciablemente. Sin duda alguna en Alemania, donde, en 1996 y tras avatares editoriales diversos, Corazón tan blanco se convirtió —me da apuro aplicar este término a algo por mí escrito— en una especie de acontecimiento, gracias sobre todo a Paul Ingendaay y su reseña en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, que instó a Marcel Reich-Ranicki, el pope de la crítica allí, a interesarse por la novela y dedicarle largo rato en su programa de televisión El cuarteto literario, que inverosímilmente contaba con millones de espectadores. Entre otras amabilidades, Reich-Ranicki (famoso por su dureza: no hacía mucho había dejado malparados libros de Günter Grass y Vargas Llosa, santo cielo) proclamó: «Corazón tan blanco debería encabezar todas las listas de más vendidos». Y así fue durante un par de semanas, y durante meses se mantuvo en puestos altos, de lo cual él se mostraba orgulloso. Más adelante quiso conocerme y lo fui a visitar a su casa de Fráncfort. El encuentro fue para mí inolvidable, como suelen serlo las conversaciones con alguien extremadamente inteligente, sobre todo si son únicas, si no se repiten. Habló mucho de su oficio, el de crítico, con clarividencia y sin llamarse a engaño. Pero era indudable que le satisfacía que los lectores le hicieran caso, lo cual, huelga decirlo, no sucedía en toda ocasión y circunstancia.
Un año después, en 1997, y tras su traducción al inglés en 1995, Corazón tan blanco recibió el ya prestigioso Premio IMPAC, aunque entonces estuviera en su segunda edición y fuera aún nuevo. Me presenté en Dublín para una ceremonia de entrega inesperadamente solemne, en un castillo de las afueras con gaitas amenizando el acto y Mary Robinson (creo que ya no era la Presidenta de Irlanda, pero casi) como maestra. Tuve que alquilar un smoking, y al enterarme de que era admisible y de gala vestir kilt en lugar de pantalones (falda escocesa, y obviamente también irlandesa), estuve tentadísimo de optar por ella. Me refrenó la gentil presencia de dos periodistas españoles, Juan Cruz y Ángeles García. En España no se habría recibido bien la humorada de combinar pajarita y camisa almidonada con vistosa falda a cuadros y medias de sport hasta las rodillas. En Dublín estaban los patrocinadores del premio, un matrimonio multimillonario de Texas cuyo apellido ni siquiera recuerdo, raros mecenas de la literatura que merecen gratitud. Eso sí, pretendían organizarme una tournée por el mundo presentando su galardón aquí y allá, como si fuera una «Miss Algo». Decliné la proposición con la mayor educación posible, aduciendo la verdad: que estaba en plena escritura de una nueva novela y no podía interrumpirla durante meses para dar vueltas por el globo con un trofeo en la mano. Me temo que los decepcioné, qué remedio.
De la novela propiamente dicha, y pese a mi recuerdo ahora vago, sé que a lo largo de años me vi obligado a hablar en exceso, en entrevistas más que nada. Carecería de sentido y de prudencia añadir hoy una palabra. Sé que llegué a sentirme cansado, y aburrido de mí mismo. Sé que deseé no tener que volver sobre ella (puede que hasta me odiara a ratos). Ignoro cómo la habrá tratado el tiempo, prefiero no ser yo quien lo juzgue, y tampoco sería imparcial del todo. Espero que no muy mal, puesto que se continúa leyendo y reeditando, lo cual ya es bastante milagroso para un libro tan antiguo, sobre todo en los actuales tiempos, en que rápidamente se queda antiguo hasta lo de hace seis o tres meses, según el caso. El mundo literario, o los hábitos lectores, han cambiado mucho desde 1992. Tanto que, de ser Corazón tan blanco una novedad en 2017, me apuesto el gastado Premio IMPAC a que no habría corrido la misma suerte en modo alguno. Demasiados lectores de hoy son impacientes y «consumen», más que leen; demasiados críticos de hoy son incapaces de convencer o arrastrar a los lectores, por mucho entusiasmo rutinario que manifiesten.
En el volumen conmemorativo que acompaña a esta edición se incluye la carta que me escribió Juan Benet desde Australia, nada más terminar su lectura de Corazón tan blanco. (Alcancé a entregarle su ejemplar poco antes de que emprendiera viaje, y se lo llevó consigo.) La doy a conocer no sin muchas vacilaciones, no sin mala conciencia. Hay elogio en sus letras, y eso es lo que más me ha hecho dudar. Pero también le pone pegas a la novela (muy propias de él, por cierto), así que éstas, tal vez, compensen la parte de elogio. Benet era en todo caso un lector perspicacísimo, extraordinario. Han pasado veinticuatro años desde su muerte en enero de 1993, y yo ya no soy el que recibió con inquietud y emoción aquella carta de las antípodas. Si no me confundo, fue la última que me escribió. Yo le contesté, seguro, pero si conservo copia de mi respuesta no estoy dispuesto a buscarla. Corazón tan blanco fue la última de mis novelas que él leyó, que él conoció. Había sido el primer o segundo lector de todas las anteriores, y con toda probabilidad su juicio era el que más me importaba. Al publicar Mañana en la batalla piensa en mí, en 1994 (y en ella hay unas cuantas páginas inspiradas por su muerte), eché indeciblemente de menos su opinión, su visto bueno, que me han seguido faltando respecto a cuanto he escrito después, Negra espalda del tiempo, Tu rostro mañana y las que han venido en tiempos recientes. Y, como él no me ha dado el «aprobado» o el nihil obstat desde entonces, nadie me convencerá plenamente de que mis novelas posteriores a Corazón tan blanco valgan algo. Siempre tendré la duda. Aunque, ahora que lo pienso, también tengo mis dudas sobre esa y las anteriores. Nunca saldré de ellas, menos aún si no me releo. A fin de cuentas, ¿quién me daría seguridad sobre mi opinión retrospectiva? Así que seguiré como hasta hoy, y que sean otros quienes relean o lean esta novela tan antigua. Si les place.
Javier Marías
Septiembre de 2016
No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él. Llevaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenía a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerpo derribado y semidesnudo con el que la prenda había estado en contacto hasta hacía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alejándose por el pasillo o también de pie. Antes, con gesto automático, el padre había cerrado el grifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión. La hija había estado llorando mientras se ponía ante el espejo, se abría la blusa, se quitaba el sostén y se buscaba el corazón, porque, tendida en el suelo frío del cuarto de baño enorme, tenía los ojos llenos de lágrimas, que no se habían visto durante el almuerzo ni podían haber brotado después de caer sin vida. En contra de su costumbre y de la costumbre general, no había echado el pestillo, lo que hizo pensar al padre (pero brevemente y sin pensarlo apenas, en cuanto tragó) que quizá su hija, mientras lloraba, había estado esperando o deseando que alguien abriera la puerta y le impidiera hacer lo que había hecho, no por la fuerza sino con su mera presencia, por la contemplación de su desnudez en vida o con una mano en el hombro. Pero nadie (excepto ella ahora, y porque ya no era una niña) iba al cuarto de baño durante el almuerzo. El pecho que no había sufrido el impacto resultaba bien visible, maternal y blanco y aún firme, y fue hacia él hacia donde se dirigieron instintivamente las primeras miradas, más que nada para evitar dirigirse al otro, que ya no existía o era sólo sangre. Hacía muchos años que el padre no había visto ese pecho, dejó de verlo cuando se transformó o empezó a ser maternal, y por eso no sólo se sintió espantado, sino también turbado. La otra niña, la hermana, que sí lo había visto cambiado en su adolescencia y quizá después, fue la primera en tocarla, y con una toalla (su propia toalla azul pálida, que era la que tenía tendencia a coger) se puso a secarle las lágrimas del rostro mezcladas con sudor y con agua, ya que antes de que se cerrara el grifo, el chorro había estado rebotando contra la loza y habían caído gotas sobre las mejillas, el pecho blanco y la falda arrugada de su hermana en el suelo. También quiso, apresuradamente, secarle la sangre como si eso pudiera curarla, pero la toalla se empapó al instante y quedó inservible para su tarea, también se tiñó. En vez de dejarla empaparse y cubrir el tórax con ella, la retiró en seguida al verla tan roja (era su propia toalla) y la dejó colgada sobre el borde de la bañera, desde donde goteó. Hablaba, pero lo único que acertaba a decir era el nombre de su hermana, y a repetirlo. Uno de los invitados no pudo evitar mirarse en el espejo a distancia y atusarse el pelo un segundo, el tiempo suficiente para notar que la sangre y el agua (pero no el sudor) habían salpicado la superficie y por tanto cualquier reflejo que diera, incluido el suyo mientras se miró. Estaba en el umbral, sin entrar, al igual que los otros dos invitados, como si pese al olvido de las reglas sociales en aquel momento, consideraran que sólo los miembros de la familia tenían derecho a cruzarlo. Los tres asomaban la cabeza tan sólo, el tronco inclinado como adultos escuchando a niños, sin dar el paso adelante por asco o respeto, quizá por asco, aunque uno de ellos era médico (el que se vio en el espejo) y lo normal habría sido que se hubiera abierto paso con seguridad y hubiera examinado el cuerpo de la hija, o al menos, rodilla en tierra, le hubiera puesto en el cuello dos dedos. No lo hizo, ni siquiera cuando el padre, cada vez más pálido e inestable, se volvió hacia él y, señalando el cuerpo de su hija, le dijo ‘Doctor’, en tono de imploración pero sin ningún énfasis, para darle la espalda a continuación, sin esperar a ver si el médico respondía a su llamamiento. No sólo a él y a los otros les dio la espalda, sino también a sus hijas, a la viva y a la que no se atrevía a dar aún por muerta, y, con los codos sobre el lavabo y las manos sosteniendo la frente, empezó a vomitar cuanto había comido, incluido el pedazo de carne que acababa de tragarse sin masticar. Su hijo, el hermano, que era bastante más joven que las dos niñas, se acercó a él, pero a modo de ayuda sólo logró asirle los faldones de la chaqueta, como para sujetarlo y que no se tambaleara con las arcadas, pero para quienes lo vieron fue más bien un gesto que buscaba amparo en el momento en que el padre no se lo podía dar. Se oyó silbar un poco. El chico de la tienda, que a veces se retrasaba con el pedido hasta la hora de comer y estaba descargando sus cajas cuando sonó la detonación, asomó también la cabeza silbando, como suelen hacer los chicos al caminar, pero en seguida se interrumpió (era de la misma edad que aquel hijo menor), en cuanto vio unos zapatos de tacón medio descalzados o que sólo se habían desprendido de los talones y una falda algo subida y manchada —unos muslos manchados—, pues desde su posición era cuanto de la hija caída se alcanzaba a ver. Como no podía preguntar ni pasar, y nadie le hacía caso y no sabía si tenía que llevarse cascos de botellas vacíos, regresó a la cocina silbando otra vez (pero ahora para disipar el miedo o aliviar la impresión), suponiendo que antes o después volvería a aparecer por allí la doncella, quien normalmente le daba las instrucciones y no se hallaba ahora en su zona ni con los del pasillo, a diferencia de la cocinera, que, como miembro adherido de la familia, tenía un pie dentro del cuarto de baño y otro fuera y se limpiaba las manos con el delantal, o quizá se santiguaba con él.
La doncella, que en el momento del disparo había soltado sobre la mesa de mármol del office las fuentes vacías que acababa de traer, y por eso lo había confundido con su propio y simultáneo estrépito, había estado colocando luego en una bandeja, con mucho tiento y poca mano —mientras el chico vaciaba sus cajas con ruido también—, la tarta helada que le habían mandado comprar aquella mañana por haber invitados; y una vez lista y montada la tarta, y cuando hubo calculado que en el comedor habrían terminado el segundo plato, la había llevado hasta allí y la había depositado sobre una mesa en la que, para su desconcierto, aún había restos de carne y cubiertos y servilletas soltados de cualquier manera sobre el mantel y ningún comensal (sólo había un plato totalmente limpio, como si uno de ellos, la hija mayor, hubiera comido más rápido y lo hubiera rebañado además, o bien ni siquiera se hubiera servido carne). Se dio cuenta entonces de que, como solía, había cometido el error de llevar el postre antes de retirar los platos y poner otros nuevos, pero no se atrevió a recoger aquéllos y amontonarlos por si los comensales ausentes no los daban por finalizados y querían reanudar (quizá debía haber traído fruta también). Como tenía ordenado que no anduviera por la casa durante las comidas y se limitara a hacer sus recorridos entre la cocina y el comedor para no importunar ni distraer la atención, tampoco se atrevió a unirse al murmullo del grupo agrupado a la puerta del cuarto de baño por no sabía aún qué motivo, sino que se quedó esperando, las manos a la espalda y la espalda contra el aparador, mirando con aprensión la tarta que acababa de dejar en el centro de la mesa desierta y preguntándose si no debería devolverla a la nevera al instante, dado el calor. Canturreó un poco, levantó un salero caído, sirvió vino a una copa vacía, la de la mujer del médico, que bebía rápido. Al cabo de unos minutos de contemplar cómo esa tarta empezaba a perder consistencia, y sin verse capaz de tomar una decisión, oyó el timbre de la puerta de entrada, y como una de sus funciones era atenderla, se ajustó la cofia, se puso el delantal más recto, comprobó que sus medias no estaban torcidas y salió al pasillo.
Echó un vistazo fugaz a su izquierda, hacia donde estaba el grupo cuyos murmullos y exclamaciones había oído intrigada, pero no se entretuvo ni se acercó y fue hacia la derecha, como era su obligación. Al abrir se encontró con risas que terminaban y con un fuerte olor a colonia (el descansillo a oscuras) procedente del hijo mayor de la familia o del reciente cuñado que había regresado de su viaje de bodas no hacía mucho, pues llegaban los dos a la vez, posiblemente porque habían coincidido en la calle o en el portal (sin duda venían a tomar café, pero nadie había hecho aún el café). La doncella casi rió por contagio, se hizo a un lado y los dejó pasar, y aún tuvo tiempo de ver cómo cambiaba en seguida la expresión de sus rostros y se apresuraban por el pasillo hacia el cuarto de baño de la multitud. El marido, el cuñado, corría detrás muy pálido, con una mano sobre el hombro del hermano, como si quisiera frenarlo para que no viera lo que podía ver, o bien agarrarse a él. La doncella no regresó ya al comedor, sino que los siguió, apretando también el paso por asimilación, y cuando llegó a la puerta del cuarto de baño volvió a notar, aún más fuerte, el olor a colonia buena de uno de los caballeros o de los dos, como si se hubiera derramado un frasco o lo hubiera acentuado un repentino sudor. Se quedó allí sin entrar, con la cocinera y con los invitados, y vio, de reojo, que el chico de la tienda pasaba ahora silbando de la cocina al comedor, buscándola seguramente; pero estaba demasiado asustada para llamarle o reñirle o hacerle caso.
El chico, que había visto bastante con anterioridad, sin duda permaneció un buen rato en el comedor y luego se fue sin decir adiós ni llevarse los cascos de botellas vacíos, ya que cuando horas después la tarta derretida fue por fin retirada y arrojada a la basura envuelta en papel, le faltaba una considerable porción que ninguno de los comensales se había comido y la copa de la mujer del médico volvía a estar sin vino. Todo el mundo dijo que Ranz, el cuñado, el marido, mi padre, había tenido muy mala suerte, ya que enviudaba por segunda vez.
Eso fue hace mucho tiempo, cuando yo aún no había nacido ni tenía la menor posibilidad de nacer, es más, sólo a partir de entonces tuve posibilidad de nacer. Ahora mismo yo estoy casado y no hace ni un año que regresé de mi viaje de bodas con Luisa, mi mujer, a la que conozco desde hace sólo veintidós meses, un matrimonio rápido, bastante rápido para lo mucho que siempre se dice que hay que pensárselo, incluso en estos tiempos precipitados que no tienen nada que ver con aquellos aunque no estén muy lejanos (los separa, por ejemplo, una sola vida incompleta o quizá ya mediada, mi propia vida, o la de Luisa), en que todo era reflexivo y pausado y todo tenía peso, hasta las tonterías, no digamos las muertes, y las muertes por la propia mano, como esa muerte de quien debió ser mi tía Teresa y a la vez no podría haberlo sido nunca y fue sólo Teresa Aguilera, sobre la que he ido sabiendo poco a poco, nunca a través de su hermana menor, mi madre, que casi siempre callaba durante mi infancia y mi adolescencia y luego murió también y calló para siempre, sino a través de personas más distantes o accidentales, y por fin a través de Ranz, el marido de ambas y también de otra mujer extranjera con la que yo no guardo parentesco.
La verdad es que si en tiempos recientes he querido saber lo que sucedió hace mucho ha sido justamente a causa de mi matrimonio (pero más bien no he querido, y lo he sabido). Desde que lo contraje (y es un verbo en desuso, pero muy gráfico y útil) empecé a tener toda suerte de presentimientos de desastre, de forma parecida a como cuando se contrae una enfermedad, de las que jamás se sabe con certidumbre cuándo uno podrá curarse. La frase hecha cambiar de estado, que normalmente se emplea a la ligera y por ello quiere decir muy poco, es la que me parece más adecuada y precisa en mi caso, y le confiero gravedad, en contra de la costumbre. Del mismo modo que una enfermedad cambia tanto nuestro estado como para obligarnos a veces a interrumpirlo todo y guardar cama durante días incalculables y a ver el mundo ya sólo desde nuestra almohada, mi matrimonio vino a suspender mis hábitos y aun mis convicciones, y, lo que es más decisivo, también mi apreciación del mundo. Quizá porque fue un matrimonio algo tardío, mi edad era de treinta y cuatro años cuando lo contraje.
El problema mayor y más común al comienzo de un matrimonio razonablemente convencional es que, pese a lo frágiles que resultan en nuestro tiempo y a las facilidades que tienen los contrayentes para desvincularse, por tradición es inevitable experimentar una desagradable sensación de llegada, por consiguiente de punto final, o, mejor dicho (puesto que los días se siguen sucediendo impasibles y no hay final), de que ha venido el momento de dedicarse a otra cosa. Sé bien que esta sensación es perniciosa y errónea, y que sucumbir a ella o darla por cierta es la causa de que tantos matrimonios prometedores fracasen nada más empezar a existir como tales. Sé bien que lo que debe hacerse es sortear esa sensación inmediata y, lejos de dedicarse a otra cosa, dedicarse a ello precisamente, al matrimonio, como si fuera la construcción y tarea más importantes que ante sí se tienen, aun cuando uno crea que la tarea ya está cumplida y la construcción erigida. Sé bien todo eso, y sin embargo, cuando me casé, durante el mismo viaje de bodas (fuimos a Miami, a Nueva Orleans y a México, luego a La Habana), tuve dos sensaciones desagradables, y aún me pregunto si la segunda fue y es sólo una fantasía, inventada o hallada para paliar la primera, o para combatirla. Ese primer malestar es el que ya he mencionado, el que, por lo que uno oye, y por el tipo de bromas que se gastan a los que van a casarse, y por los muchos refranes negativistas que al respecto hay en mi lengua, debe de ser común a todos los desposados (sobre todo a los hombres) en ese inicio de algo que incomprensiblemente se ve y se vive como el fin de ese algo. Ese malestar se resume en una frase muy aterradora, e ignoro qué harán los demás para sobreponerse a ella: ‘¿Y ahora qué?’
Ese cambio de estado, como la enfermedad, es incalculable y lo interrumpe todo, o al menos no permite que nada siga como hasta entonces: no permite, por ejemplo, que después de ir a cenar o al cine cada uno se vaya a su propia casa y nos separemos, y yo deje con el coche o un taxi en su portal a Luisa y luego, una vez dejada, yo haga un recorrido a solas por las calles semivacías y siempre regadas, pensando en ella seguramente, y en el futuro, a solas hacia mi casa. Una vez casados, a la salida del cine los pasos se encaminan juntos hacia el mismo lugar (resonando a destiempo porque ya son cuatro los pies que caminan), pero no porque yo haya decidido acompañarla o ni siquiera porque tenga la costumbre de hacerlo y me parezca justo y educado hacerlo, sino porque ahora los pies no vacilan sobre el pavimento mojado, ni deliberan, ni cambian de idea, ni pueden arrepentirse ni elegir tampoco: ahora no hay duda de que vamos al mismo sitio, querámoslo o no esta noche, o quizá fue anoche cuando yo no lo quise.
Ya en el viaje de bodas, cuando este cambio de estado empezó a operarse (y no es muy exacto decir que empezó, es un cambio violento y que no deja respiro), me di cuenta de que me era muy difícil pensar en ella, y totalmente imposible pensar en el futuro, que es uno de los mayores placeres concebibles para cualquier persona, si no la diaria salvación de todos: pensar vagamente, errar con el pensamiento puesto en lo que ha de venir o puede venir, preguntarse sin demasiada concreción ni interés por lo que será de nosotros mañana mismo o dentro de cinco años, por lo que no prevemos. Ya en el viaje de bodas era como si se hubiera perdido y no hubiera futuro abstracto, que es el que importa porque el presente no puede teñirlo ni asimilarlo. Ese cambio, así pues, obliga a que nada siga como hasta entonces, y más aún si, como suele ocurrir, el cambio se ha visto precedido y anunciado por un esfuerzo común, cuya principal manifestación visible es la artificiosa preparación de una casa común, una casa que no existía para uno ni para otro, sino que debe ser inaugurada por los dos, artificiosamente. En esa misma costumbre o práctica, muy extendida por lo que yo sé, está la prueba de que en realidad, al contraerse, los dos contrayentes están exigiéndose una mutua abolición o aniquilamiento, la abolición de aquel que cada uno era y del que cada uno se enamoró o quizá vio las ventajas, ya que no siempre hay un enamoramiento previo, a veces lo hay posterior y a veces no se da ni después ni antes. No puede darse. El aniquilamiento de cada uno, de aquel que se conoció y al que se trató y se quiso, lleva aparejada la desaparición de sus respectivas casas, o en ella queda simbolizado. De tal manera que dos personas que tenían la costumbre de ser cada una por su cuenta y estar en un lugar cada una, y despertarse a solas y a menudo también acostarse a solas, se encuentran de pronto artificialmente unidas en su sueño y en su despertar, y en sus pasos por las calles semivacías en dirección única o subiendo juntos en el ascensor, no ya uno de visita y el otro como anfitrión, no ya uno para ir a recoger al otro o éste bajando para ir al encuentro de aquél, que la espera en el coche o a bordo de un taxi, sino ambos sin elección, con unas habitaciones y un ascensor y un portal que no pertenecían a ninguno y ahora son de los dos, con una almohada común por la que se verán obligados a pelear en sueños y desde la cual, al igual que el enfermo, acabarán viendo también el mundo.
Como he dicho, este primer malestar me vino ya en la primera etapa del viaje de bodas, en Miami, ciudad asquerosa pero con muy buenas playas para recién casados, y se acentuó en Nueva Orleans y en México y aún más en La Habana, y desde hace casi un año, desde que regresamos de ese viaje e inauguramos nuestra casa tan artificiosamente, ha seguido aumentando o se ha instalado en mí, tal vez en nosotros. Pero el segundo malestar apareció con fuerza hacia el final del viaje, esto es, sólo en La Habana, de donde yo procedo en cierto sentido, o más precisamente en una cuarta parte, pues allí nació y de allí vino a Madrid mi abuela materna cuando era niña, la madre de Teresa y Juana Aguilera. Fue en el hotel en el que durante tres noches nos alojamos (tampoco teníamos tanto dinero, las estancias en cada ciudad fueron cortas), una tarde en la que Luisa se sintió mal mientras paseábamos, tan mal de pronto que interrumpimos nuestra caminata y volvimos a la habitación en seguida, para que ella se echara. Tenía escalofríos y un poco de náusea. No podía mantenerse en pie, literalmente. Sin duda le sentó mal algo que había comido, pero entonces no lo sabíamos con la suficiente certeza, y al instante pensé si no habría contraído en México alguna de esas enfermedades que allí atacan tan fácilmente a los europeos, algo grave como la ameba. Los presentimientos de desastre que tácitamente me acompañaron desde la ceremonia de bodas iban adquiriendo diferentes formas, y una de ellas fue esta (la menos muda, o no fue tácita), la amenaza de la enfermedad o la repentina muerte de quien iba a compartir conmigo la vida y el futuro concreto y el futuro abstracto, aunque yo tuviera la impresión de que este último se había acabado y mi vida estuviera ya mediada; quizá la de los dos, unidos. No quisimos llamar en seguida a un médico, por ver si se le pasaba, y la metí en la cama (nuestra cama de hotel y de matrimonio), y dejé que se durmiera, como si eso pudiera curarla. Pareció dormirse, y yo me mantuve en silencio para que reposara, y la mejor manera de mantenerme en silencio sin aburrirme ni verme tentado a hacer ruido o hablarle fue asomarme al balcón y mirar hacia el exterior, mirar pasar a la gente habanera, observar sus andares y sus vestidos y escuchar sus voces a distancia, un murmullo. Pero miraba hacia fuera con el pensamiento puesto dentro, a mis espaldas, en la cama sobre la que Luisa había quedado en diagonal, cruzada, por lo que nada exterior podía llamarme la atención de veras. Miraba hacia fuera como quien llega a una fiesta en la que sabe que no estará la única persona que le interesa, que se quedó en casa con su marido. Esa única persona estaba en la cama, enferma, velada por su marido y a mis espaldas.
Sin embargo, al cabo de unos minutos de mirar sin ver, individualicé a una persona. La individualicé porque, a diferencia de las demás, durante todos esos minutos no se había movido ni había pasado o desaparecido de mi campo visual, sino que había permanecido quieta en el mismo lugar, una mujer de unos treinta años de lejos, con una blusa amarilla de escote redondeado y una falda blanca y zapatos de tacón también blancos, colgado del brazo un gran bolso negro, como los que llevaban en Madrid las mujeres durante mi infancia, bolsos grandes colgados del brazo y no echados al hombro, como ahora. Estaba esperando a alguien, su actitud era de espera inequívoca, porque de vez en cuando daba dos o tres pasos hacia un lado u otro, y en el último paso arrastraba ligeramente y con celeridad el tacón por el suelo, un gesto de contenida impaciencia. No se arrimaba a la pared como suelen hacer los que aguardan para no entorpecer a los que no aguardan y pasan; se mantenía en medio de la acera, sin moverse más allá de sus tres pasos medidos que la devolvían siempre al mismo sitio, y por eso tenía problemas para esquivar a los transeúntes, alguno le dijo algo y ella le respondió con cólera y le amagó con el bolso conspicuo. De vez en cuando se miraba detrás flexionando una pierna y con la mano se planchaba la falda estrecha, como si temiera algún pliegue que le afeara el culo, o tal vez se ajustaba la braga insumisa a través de la tela que la cubría. No miraba el reloj, no llevaba reloj, quizá se orientaba por el del hotel, que estaría sobre mi cabeza, para mí invisible, con rápidas ojeadas que yo no advertía. Puede que el hotel no ofreciera reloj a la calle y ella no supiera jamás la hora. Me pareció mulata, pero no podía asegurarlo desde donde me encontraba.
De pronto cayó la noche, sin casi aviso como ocurre en los trópicos, y aunque el número de viandantes no disminuyó de inmediato, la pérdida de la luz me hizo verla más solitaria, más aislada y más condenada a esperar en vano. Su cita no llegaría. Con los brazos cruzados, apoyaba los codos en las manos, como si cada segundo que transcurría esos brazos le pesaran más, o acaso era el bolso lo que aumentaba de peso. Tenía unas piernas robustas, adecuadas para la espera, que se clavaban en el pavimento con sus tacones muy finos y altos o bien de aguja, pero las piernas eran tan fuertes y llamativas que asimilaban esos tacones y eran ellas las que se clavaban sólidamente —como navaja en madera mojada— cada vez que volvían a detenerse en el punto elegido tras el mínimo desplazamiento a derecha o izquierda. Los talones le sobresalían. Oí un leve murmullo, o era un quejido, procedente de la cama a mi espalda, de Luisa enferma, de mi mujer recién contraída que tanto me interesaba, era mi tarea. Pero no volví la cabeza porque era un quejido que venía del sueño, uno aprende a distinguir en seguida el sonido dormido de aquel con quien duerme. En ese momento la mujer de la calle alzó los ojos hacia el tercer piso en que yo me hallaba y creí que fijaba en mí su vista por vez primera. Escrutó como si fuera miope o llevara lentillas sucias y miró desconcertada, fijando la vista en mí y apartándola un poco y guiñando los ojos para ver mejor y de nuevo fijándola y apartándola. Entonces levantó un brazo, el brazo libre de bolso, en un gesto que no era de saludo ni de acercamiento, quiero decir de acercamiento a un extraño, sino de apropiación y reconocimiento, coronado por un remolino veloz de los dedos: era como si con aquel gesto del brazo y el revoloteo de los dedos rápidos quisiera asirme, más asirme que atraerme hacia ella. Gritó algo que yo no podía oír por la distancia, y estuve seguro de que me lo gritaba a mí. Por el movimiento de los labios adivinados sólo pude entender la primera palabra, y esa palabra era ‘¡Eh!’, pronunciada con indignación, como el resto de la frase que no me alcanzaba. Al tiempo que hablaba echó a andar para aproximarse, tenía que cruzar la calle y recorrer la amplia explanada que desde nuestro lado separaba el hotel de la calzada, alejándolo y salvaguardándolo así un poco del tráfico. Al dar más pasos de los que había dado repetidamente durante su espera vi que andaba con dificultad y lentitud, como si los tacones le fueran desacostumbrados, o sus piernas robustas no estuvieran hechas para ellos, o la desequilibrara el bolso o estuviera mareada. Caminaba un poco como había caminado Luisa después de sentirse mal, al entrar en el cuarto para dejarse caer en la cama, donde yo la había desvestido a medias y la había introducido (la había arropado pese al calor). Pero en aquellos andares desazonados también se adivinaba garbo, sustraído en aquel momento: cuando estuviera descalza la mujer mulata caminaría con garbo, le ondearía la falda estrellándose contra los muslos rítmicamente. Mi habitación estaba a oscuras, nadie había encendido la luz al caer la noche, Luisa dormía indispuesta, yo no me había movido de aquel balcón, miraba a los habaneros y luego a aquella mujer que seguía acercándose con paso trastabillado y seguía gritándome lo que ahora ya oía:
—¡Eh! ¿Pero qué tú haces ahí?
Me sobresalté al entender lo que estaba diciendo, pero no tanto porque me lo dijera cuanto por el modo de hacerlo, lleno de confianza, furioso, como de quien se dispone a ajustar unas cuentas con la persona más próxima o a quien está queriendo, que la enoja continuamente. No era que se hubiera sentido observada por un desconocido desde un balcón de un hotel para extranjeros y viniera a reprocharme mi contemplación impune de su figura y de su desairada espera, sino que en mí había reconocido de pronto, al levantar la vista, a la persona que llevaba aguardando quién sabía cuánto tiempo, sin duda desde mucho antes de que yo la individualizara. Aún estaba a distancia, había cruzado la calle sorteando los pocos coches sin buscar un semáforo, y estaba al comienzo de la explanada, donde se había parado, tal vez para descansar los pies y las piernas tan sobresalientes o para alisarse otra vez la falda, ahora con más ahínco puesto que por fin se encontraba ante quien debía juzgar o apreciar su caída, la de la falda. Seguía mirándome y apartando un poco la vista, como si tuviera algún problema de estrabismo, se le iban momentáneamente los ojos hacia mi izquierda. Quizá se había detenido y quedado lejos para hacer ver su enfado y que no estaba dispuesta a que se cumpliera sin más la cita una vez que me había avistado, como si ella no hubiera sufrido o no hubiera habido agravio hasta dos minutos antes. Entonces dijo otras frases, acompañadas todas del gesto inicial del brazo y los dedos móviles, el gesto del asimiento, como si con él dijera ‘Tú ven acá’, o ‘Eres mío’. Pero con la voz decía, una voz vibrante, impostada y desagradable, como de presentador televisivo o político en un discurso o profesor en clase (pero parecía iletrada):
—¿Pero qué tú haces ahí? ¿No me viste que te estaba esperando desde hace una hora? ¿Por qué no me dijiste que ya tú habías subido?
Creo que lo decía así, con esa leve alteración del orden de las palabras y abuso de los pronombres respecto a lo que yo habría dicho, o cualquier persona de mi país, supongo. Aunque seguía sobresaltado y además empecé a temer que los gritos de aquella mulata despertaran a Luisa a mi espalda, pude fijarme mejor en el rostro, que en efecto era el de una mulata muy pálida, quizá tenía una cuarta parte de negra, más visible en los labios gruesos y en la nariz algo roma que en el color, no muy distinto del de Luisa en la cama, que llevaba varios días bronceándose en las playas para recién casados. Los ojos guiñados de la mujer me parecieron claros, grises o verdes o al menos ciruela, pero tal vez, pensé, se había hecho regalar unas lentillas coloreadas, la causa de su visión deficiente. Tenía las aletas de la nariz vehementes, ensanchadas por la ira (tenía cara de velocidad por tanto), y movía la boca en exceso (ahora habría leído sin dificultad en sus labios de haberme hecho falta), con muecas parecidas a las de las mujeres de mi país, es decir, de consustancial desprecio. Se siguió aproximando hacia mí, cada vez más indignada al no recibir respuesta, siempre repitiendo el mismo gesto del brazo, como si no tuviera más recurso expresivo que ese, un largo brazo desnudo que daba un golpe seco en el aire, los dedos bailando a la vez un instante como para cogerme y luego arrastrarme, una zarpa. ‘Eres mío’, o ‘Yo te mato’.
—¿Tú estás idiota o qué te pasa? ¿Encima te has quedado mudo? ¿Pero por qué tú no me contestas?
Estaba ya bastante cerca, había avanzado por la explanada unos diez o doce pasos, los suficientes para que ahora su voz estridente no sólo se oyera, sino que empezara a atronar el cuarto; los suficientes también, creí, para que me viera sin vacilaciones por miope que fuera, y por tanto parecía indudable que yo era la persona con la que había convenido una cita importante, quien la había angustiado con mi retraso y la había ofendido desde el balcón con mi vigilancia callada que seguía ofendiéndola. Pero yo no conocía a nadie en La Habana, es más, era la primera vez que me hallaba en La Habana, en mi viaje de novios con mi mujer tan reciente. Me volví por fin y vi a Luisa incorporada en la cama, con los ojos muy fijos en mí pero sin conocerme aún ni reconocer dónde estaba, esos ojos febriles del enfermo que despierta asustado y sin haber recibido previo aviso de su despertar en el sueño. Estaba erguida, y el sostén se le había descolocado mientras dormía, o bien en el movimiento brusco que acababa de hacer al incorporarse: lo tenía ladeado, descubierto un hombro y casi un pecho, debía de estarle tirando, lo habría pillado con su propio cuerpo olvidado en el malestar y el adormecimiento.
—¿Qué pasa? —dijo aprensivamente.
—Nada —dije yo—. Vuelve a dormirte.
Pero no me atreví a llegarme hasta ella y acariciarle el pelo para tranquilizarla de veras y que volviera al sopor, como habría hecho en cualquier otra circunstancia, porque a lo que no me atrevía en aquel instante era a abandonar mi puesto en el balcón, ni a apartar apenas la vista de aquella mujer que estaba convencida de haber quedado conmigo, ni a rehuir por más tiempo el diálogo abrupto que desde la calle se me imponía. Era una lástima que habláramos la misma lengua, y la comprendiera, porque lo que aún no era diálogo se tornaba ya violento, quizá porque no lo era, no era diálogo.
—¡Yo te mato, hijo de puta! ¡Te lo juro que yo te mato aquí mismo! —gritaba la mujer de la calle.
Lo gritaba desde el suelo y sin poder mirarme, porque justo en el momento en que yo me había vuelto para decirle a Luisa cuatro palabras, a la mulata se le había salido un zapato y había caído, sin hacerse daño pero ensuciándose al instante la falda blanca. Gritaba esto, ‘Yo te mato’, y se iba alzando, un revolcón, el bolso siempre colgado del brazo, no lo había soltado, ese bolso no lo soltaría aunque la despellejaran, intentaba sacudirse o limpiarse la falda con una mano y tenía un pie descalzo, levantado en el aire, como si no quisiera en modo alguno posarlo y mancharse también la planta, ni las puntas de los dedos siquiera, el pie que podría ver el hombre al que ya había encontrado, verlo de cerca, arriba, y tocarlo más tarde. Me sentí culpable hacia ella, por la espera y por su caída y por mi silencio, y también culpable hacia Luisa, mi mujer recién contraída que me estaba necesitando por vez primera desde la ceremonia, aunque sólo fuera un segundo, el necesario para secarle el sudor que le empapaba la frente y los hombros y ajustarle o quitarle el sostén para que no le tirara y hacerla regresar con palabras al sueño que la curaría. Ese segundo no podía dárselo en aquel momento, cómo era posible, notaba con fuerza las dos presencias que casi me paralizaban y enmudecían, una fuera y otra dentro, ante mis ojos y ante mi espalda, cómo era posible, me sentía obligado hacia ambas, allí tenía que haber un error, no podía sentirme culpable hacia mi mujer por nada, por una demora mínima en la hora de atenderla y calmarla, y menos aún hacia una desconocida ofendida, por mucho que ella creyera que me conocía y que era yo quien la ofendía. Estaba haciendo equilibrios para volver a ponerse el zapato sin pisar el suelo con el pie descalzo. La falda era un poco estrecha para realizar esta operación con éxito, sus pies de huesos demasiado largos, y mientras lo intentó no gritó, sino que mascullaba, no podemos estar muy atentos a los demás mientras tratamos de recomponer la figura. No tuvo más remedio que apoyar el pie, que se le ensució al instante. Lo volvió a levantar como si el suelo la hubiera contaminado o quemado, se sacudió el polvo como se sacudía Luisa la arena seca en las playas justo antes de abandonarlas, a veces al caer la noche; introdujo los dedos del pie en el zapato, el empeine; luego, con el índice de una mano (la mano libre de bolso), se ajustó la tira del talón que sobresalía bajo aquella tira (la tira del sostén de Luisa seguiría caída, pero yo no la veía ahora). Sus piernas robustas pisaron otra vez con firmeza, golpeando el pavimento como si fueran cascos. Dio tres pasos más sin alzar aún de nuevo la vista, y cuando la alzó, cuando abría la boca para insultarme o amenazarme e iniciaba por enésima vez el ademán prensil, uña de león, aquel que agarraba y significaba ‘No te librarás de mí’ o ‘Eres mío’ o ‘Conmigo al infierno’, lo suspendió en el aire, y el brazo desnudo quedó congelado en lo alto, como el de un atleta. Le vi la axila recién afeitada, se había repasado entera para su cita. Miró una vez más a mi izquierda y me miró a mí y miró a mi izquierda y a mí.
—¿Pero qué pasa? —volvió a preguntar Luisa desde su cama. Su voz era temerosa, expresaba un temor mezclado, interior y exterior, tenía miedo de lo que le ocurría en el cuerpo, tan lejos de casa, y de lo que no sabía que estaba ocurriendo, allí en el balcón y en la calle, o me estaba ocurriendo a mí y no a ella, los matrimonios se acostumbran en seguida a que todo les pase a ambos. Era de noche y nuestra habitación seguía a oscuras, debía sentirse tan ofuscada que ni siquiera encendía la lámpara de la mesilla a su lado. Estábamos en una isla.
La mujer de la calle se quedó con la boca abierta sin decir nada y se llevó la mano a la mejilla, la mano que se fue deslizando decepcionada y avergonzada y mansa hacia abajo desde lo alto. Ya no había malentendido.
—Ay perdone —me dijo al cabo de unos segundos—. Lo confundí a usted.
En un instante se le había disipado todo el humo, y había comprendido —eso era lo más grave— que tenía que seguir esperando, quizá donde había quedado al principio, ya no bajo los balcones, tendría que regresar al punto elegido originalmente, al otro lado de la calle más allá de la explanada, para arrastrar allí con celeridad e inquina su tacón afilado tras sus dos o tres pasos, tres hachazos y espuela, o espuela después de las hachas. Era una persona repentinamente desarmada, dócil, había perdido toda su cólera y sus energías, y creo que no le importaba tanto lo que yo pudiera pensar de su equivocación y mal genio —al fin un desconocido para sus ojos verdes— cuanto darse cuenta de que su cita corría aún el riesgo de no tener lugar. Me miraba con su gris mirada de pronto absorta, con un poco de disculpa y un poco de indiferencia, de disculpa lo justo, pues era la amargura lo que prevalecía. Irse o esperar de nuevo, tras haber concluido la espera.
—Descuide —dije yo.
—¿Con quién hablas? —me preguntó Luisa, quien sin mi asistencia iba saliendo de su estupor, aunque no de las tinieblas (la voz era algo menos ronca y su pregunta más concreta; quizá no se explicaba que fuera de noche).
Pero aún no le contesté ni me llegué hasta la cama para apaciguarla y ponerle en orden las sábanas, porque en ese momento se abrieron con ruido las puertas del balcón de mi izquierda y vi asomar dos brazos de hombre que se apoyaron en la barandilla de hierro, o la asieron como si fuera una barra móvil, y luego llamaron:
—¡Miriam!
La mulata, indecisa y confundida, volvió a mirar hacia arriba, ahora ya sin duda hacia mi izquierda, sin duda hacia el balcón que se había abierto y hacia los brazos fuertes que eran cuanto yo veía, los brazos largos del hombre en mangas de camisa, las mangas arremangadas, blancas, los brazos velludos, tanto o más que los míos. Yo había dejado de existir, había desaparecido, también estaba arremangado, me había subido las mangas al salir al balcón para acodarme, hacía rato, pero ahora había desaparecido por ser yo otra vez, es decir, por ser para ella nadie. En el dedo anular de su mano derecha el hombre llevaba una alianza como la mía, sólo que yo la llevaba en la izquierda, desde hacía dos semanas, poco tiempo, no me había acostumbrado. También el reloj, negro y de gran tamaño, se lo ponía ese hombre en la muñeca del mismo brazo y yo en la del otro, en cambio. Sería zurdo. La mulata no llevaba reloj ni anillos. Pensé que la figura de aquel individuo debía de haberle resultado visible a medias durante todos aquellos minutos, a diferencia de la mía, enteramente visible por estar asomada y acodada sobre la barandilla inmóvil. Ahora era al revés, la mía había sido borrada de golpe y resultaba invisible, y en cambio era al hombre a quien yo no veía, como tampoco a Luisa, seguía dándole la espalda. Quizá aquel sujeto se había ido echando atrás y adelante, siempre sin abrir las puertas, según se hubiera visto o no enfocado por los ojos color ciruela de la mujer de la calle, su mirada miope e inofensiva. Había estado jugando con ventaja a dejarse ver y esconderse, ninguna de las dos cosas, y ella tenía razón por tanto, su cita ya había subido al hotel sin molestarse en advertírselo, para verla esperar enfrente y en la distancia, para contemplarla en sus breves y dolidos paseos de un lado a otro y luego en su trompicado avance y en su caída, calzarse, como también había tenido yo oportunidad de observarla.
Lo curioso fue que la reacción de Miriam no tuvo nada que ver con la que me había dedicado a mí al tomarme por otro, por el que era aquel hombre de brazos fuertes y velludos y largos y reloj y anillo de zurdo. Al verlo a él ya con certeza, al ver a quien había esperado tanto y oírle llamarla, no hizo ningún gesto ni gritó nada. No le insultó ni le amenazó ni le dijo ‘Voy por ti’ o ‘Yo te mato’ con el brazo desnudo y los dedos raudos, tal vez porque, a diferencia de mí mientras fui él para ella, él le había hablado o había dicho su nombre. A la mujer le cambió la expresión: fue de alivio, un instante, y con prontitud —casi con un agradecimiento sin destinatario—, con más garbo en sus pasos del que hasta entonces había mostrado (como si de repente caminara descalza y sus piernas no fueran tan recias), acabó de recorrer el tramo que la separaba del hotel y entró en él con su gran bolso negro ahora aligerado, desapareciendo así de mi campo visual sin decirme más palabras, reconciliada con el mundo durante aquellos pasos. El balcón de mi izquierda volvió a cerrarse y volvió luego a abrirse para quedar entornado, como si el aire lo hubiera empujado o el hombre se lo hubiera pensado mejor un segundo más tarde de cerrar esas puertas (pues no hacía aire) y no supiera bien cómo iba a querer tenerlas cuando la mujer ya estuviera con él arriba, en seguida (la mujer estaría subiendo por las escaleras). Y entonces yo, finalmente (pero había pasado muy poco tiempo, así que Luisa debía aún sentirse recién despertada), abandoné mi puesto y encendí la lámpara de la mesilla de noche y me acerqué solícito hasta la cabecera de nuestra cama, solícito pero con retraso.
Ese retraso es para mí inexplicable y ya entonces lo lamenté de veras, no porque tuviera la menor consecuencia sino por lo que pensé que podía significar, en un exceso de escrupulosidad y celo. Y si bien es cierto que ese marital retraso lo asocié de inmediato al primer malestar de que he hablado, y al hecho de que desde nuestro matrimonio me fuera cada vez más difícil pensar en Luisa (cuanto más corpórea y continua, más relegada y remota), la aparición del segundo malestar que también he mencionado no se debió a mi contemplación lacónica de la mulata y a mi brevísima negligencia, sino más bien a lo que vino luego, es decir, a lo que sucedió cuando ya había atendido a Luisa y le había secado el sudor de la frente y los hombros y le había desabrochado el sostén para que no le tirara, dejando que fuera ella quien decidiera conservarlo puesto aunque suelto, o quitárselo. Con la luz Luisa se despejó un poco y quiso beber, y al beber un poco se sintió mejor, y al sentirse un poco mejor estuvo dispuesta a hablar un poco, y cuando se serenó y notó las sábanas menos pegajosas y se vio más compuesta con la cama en orden, y sobre todo comprendió y se hizo a la idea de que ya era de noche y de que, lo quisiera o no, el día había terminado para ella sin posibilidad de reanudar nada y no le restaba más que intentar hacer caso omiso de su enfermedad y sepultarla en el sueño hasta la mañana siguiente, en la que presumiblemente todo volvería a la normalidad algo anómala de nuestro viaje de novios y su cuerpo se habría arreglado y sería otra vez corpóreo, entonces se acordó de mi descuido que seguramente ella no había percibido como tal descuido, o bien lo que recordó fue que yo le había dicho ‘Descuide’ a alguien desconocido que estaba en la calle y que desde allí habían ascendido voces y gritos oídos en sueños o en su duermevela, que la habían despertado y acaso asustado.
—¿Con quién hablabas antes? —me preguntó otra vez.
No vi razón para no decirle la verdad, y sin embargo tuve la sensación de no hacerlo al hacerlo. En esos momentos yo tenía en la mano una toalla con la punta humedecida y me disponía a refrescarle la cara, el cuello, la nuca (se le había pegado su pelo largo alborotado, y algunos cabellos sueltos le atravesaban la frente como si fueran delgadas arrugas venidas desde el futuro a ensombrecerla un instante).
—Con nadie, con una mujer que me confundió. Confundió nuestro balcón con el de al lado. Debía ser corta de vista, sólo cuando estuvo muy cerca vio que yo no era el hombre con quien había quedado. Ahí. —Y señalé la pared que ahora nos separaba de Miriam y el hombre. En esa pared había una mesa y sobre ella un espejo en el que, según nos moviéramos o incorporáramos, podíamos vernos desde la cama.
—¿Pero por qué te gritaba? Me ha parecido que gritaba mucho. O no sé si lo he soñado. Tengo mucho calor.
Dejé la toalla a los pies de la cama y le acaricié varias veces la mejilla y el mentón redondeado. Sus grandes ojos oscuros miraban aún nebulosos. Si había tenido fiebre ya le había bajado.
—Eso no lo puedo saber yo, puesto que en realidad no era a mí a quien gritaba, sino al otro por quien me tomó. A saber qué se habrán hecho, el uno al otro.
Mientras me ocupaba de Luisa había oído (pero sin atender, porque atendía a Luisa y estaba haciendo a la vez varias cosas y yendo de la habitación al baño y del baño a la habitación) cómo llegaban los tacones hasta la puerta de al lado y ésta se abría sin que llamaran a ella, y a partir del leve chirrido (fue rápido) y el suave golpe al cerrarse de nuevo (que fue muy lento), sólo un murmullo indistinguible, susurros de palabras que no podían individualizarse pese a ser pronunciadas en mi propia lengua y a que, según el sonido de poco antes, el balcón de ellos había quedado entornado y yo no había cerrado el nuestro. A la preocupación por mi indebido retraso se unió otra, y fue mi preocupación por la sensación de prisa. Sentí que tenía prisa no sólo por tranquilizar a Luisa y estirarle las sábanas y paliar en lo posible los efectos de su enfermedad efímera, sino también por que no me hiciera más preguntas y se durmiera de nuevo, pues no había tiempo para hacerla participar de mi curiosidad ni ella estaba en condiciones de interesarse por nada externo a su cuerpo, y mientras cruzábamos algunas palabras y yo iba al cuarto de baño a mojar el pico de una toalla y le daba de beber y le acariciaba el mentón que me gustaba mucho, los pequeños ruidos que yo mismo iba haciendo y nuestras propias frases cortas y discontinuas me impedían prestar atención y aguzar el oído en busca de la individualización del murmullo contiguo, que tenía prisa por descifrar.
Y la prisa venía porque tenía conciencia de que lo que no oyera ahora ya no lo iba a oír; no iba a haber repetición, como cuando uno oye una cinta o ve un vídeo y puede retroceder, sino que cada susurro no aprehendido ni comprendido se perdería para siempre jamás. Es lo malo que tiene cuanto nos sucede y no es registrado, o aún peor, ni siquiera sabido ni visto ni oído, porque luego no hay forma de recuperarlo. El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos, o lo que se nos iba a decir por teléfono cuando nos llamaron y no respondimos no será nunca dicho, no lo mismo ni con el mismo espíritu; y todo será levemente distinto o del todo distinto por nuestra falta de atrevimiento que nos disuadió de hablaros. Pero incluso si aquel día estuvimos juntos, o estábamos en casa cuando nos telefonearon, o nos atrevimos a hablaros venciendo el temor y olvidando el riesgo, aun así nada de ello se volverá a repetir, y por consiguiente llegará un momento en el que haber estado juntos será como no haberlo estado, y haber descolgado el teléfono como no haberlo hecho, y habernos atrevido a hablaros como haber callado. Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden, y si estamos prevenidos y las anotamos o las grabamos o las filmamos, y nos llenamos de recordatorios e incluso tratamos de sustituir lo ocurrido por la mera constancia y registro y archivo de que ocurrió, de modo que lo que en verdad ocurra desde el principio sea nuestra anotación o nuestra grabación o nuestra filmación, sólo eso; aun en ese perfeccionamiento infinito de la repetición habremos perdido el tiempo en que las cosas acontecieron de veras (aunque sea el tiempo de la anotación); y mientras tratamos de revivirlo o reproducirlo y hacerlo volver e impedir que sea pasado, otro tiempo distinto estará aconteciendo, y en ese, sin duda, no estaremos juntos ni cogeremos ningún teléfono ni nos atreveremos a nada ni podremos evitar ningún crimen ni ninguna muerte (aunque tampoco lo cometeremos ni las causaremos), porque lo estaremos dejando pasar de lado como si no fuera nuestro en nuestro intento enfermizo de que no termine y regrese lo que ya pasó. Así, lo que vemos y oímos acaba por asemejarse y aun igualarse con lo que no vimos ni oímos, es sólo cuestión de tiempo, o de que desaparezcamos. Y a pesar de todo no podemos dejar de encaminar nuestras vidas hacia el oír y el ver y el presenciar y el saber, con el convencimiento de que esas vidas nuestras dependen de estar juntos un día o responder a una llamada, o de atrevernos, o de cometer un crimen o causar una muerte y saber que fue así. A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada ni nadie es nadie que fueran antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse. Volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hubo nada.
Quizá no hubo ni una sola palabra entre Miriam y el hombre durante todo el rato en que yo creí estarlas perdiendo. Quizá se miraron tan sólo, o se abrazaron de pie callados, o se llegaron hasta la cama para desnudarse, o tal vez ella se limitó a descalzarse, mostrándole al hombre sus pies que habría lavado tan a conciencia antes de salir de casa y ahora estarían cansados y doloridos (la planta de uno manchada por el pavimento). No debieron de abofetearse ni enzarzarse en una pelea ni nada por el estilo (quiero decir en un cuerpo a cuerpo), porque en seguida se jadea con fuerza y se chilla al hacerlo, o bien justo antes o si no después. Quizá, al igual que yo (pero yo lo hacía por Luisa, y entraba y salía), Miriam fue al cuarto de baño y se encerró en él durante aquellos minutos sin decir nada, para mirarse y recomponerse e intentar borrar de su rostro las expresiones acumuladas de ira y fatiga y decepción y alivio, preguntándose qué otra sería la más adecuada y beneficiosa para encararse por fin con el hombre zurdo de los brazos velludos que había hallado diversión o entretenimiento en que ella aguardara gratuitamente y me confundiera con él. Quizá le hizo esperar ella un poco, la puerta cerrada del cuarto de baño, o acaso no era su intención, sino llorar a escondidas y amortiguadamente sobre la tapa del retrete o sobre el borde del baño con las lentillas quitadas si las llevaba, secándose y ocultándose a sus propios ojos con una toalla hasta lograr calmarse, lavarse la cara, pintarse y estar en condiciones de salir de nuevo disimulando. Yo tenía prisa por poder oír, y para ello necesitaba que Luisa volviera a dormirse, que dejara de ser corpórea y continua para relegarse y hacerse remota, y necesitaba estar quieto para escuchar a través de la pared del espejo o por el balcón abierto, o estereofónicamente a través de ambos.
Yo hablo y entiendo y leo cuatro lenguas incluyendo la mía, y por eso, supongo, me he dedicado parcialmente a ser traductor e intérprete en congresos, reuniones y encuentros, sobre todo políticos y a veces del nivel más alto (en dos ocasiones he hecho de intérprete entre jefes de estado; bueno, alguno era sólo presidente de gobierno). Supongo que por eso tengo (como la tiene Luisa, que se dedica a lo mismo, sólo que no compartimos exactamente las mismas lenguas y ella está menos profesionalizada o se dedica menos, y por tanto no la tiene tan acentuada) la tendencia a querer comprenderlo todo, cuanto se dice y llega a mis oídos, tanto en el trabajo como fuera de él, aunque sea a distancia, aunque sea en uno de los innumerables idiomas que desconozco, aunque sea en murmullos indistinguibles o en susurros imperceptibles, aunque sea mejor que no lo comprenda y lo que se diga no esté dicho para que yo lo oiga, o incluso esté dicho justamente para que yo no lo capte. Puedo desconectar, pero sólo en ciertos estados de ánimo irresponsable o bien mediante un gran esfuerzo, y por eso a veces me alegro de que los murmullos sean de veras indistinguibles y los susurros imperceptibles, y de que existan tantas lenguas que me son extrañas y no son deducibles, porque así descanso. Cuando sé y compruebo que no hay manera, que no puedo entender por mucho que lo desee e intente, entonces me siento tranquilo y desentendido y descanso. Nada puedo hacer, nada está en mi mano, soy un inválido, y mis oídos descansan, mi cabeza descansa, mi memoria descansa y también mi lengua, porque en cambio, cuando comprendo, no puedo evitar traducir automática y mentalmente a mi propia lengua, e incluso muchas veces (por suerte no siempre, acaso sin darme cuenta), si lo que me alcanza es en español también lo traduzco con el pensamiento a cualquiera de los otros tres idiomas que hablo y entiendo. A menudo traduzco hasta los gestos, las miradas y los movimientos, es un sucedáneo y una costumbre, y aun los objetos me parece que dicen algo cuando entran en contacto con esos movimientos, miradas y gestos. Cuando nada puedo hacer, escucho sonidos que sé que son articulados y tienen sentido y sin embargo me resultan indescifrables: no logran individualizarse ni formar unidades. Esa es la maldición mayor de un intérprete en su trabajo, cuando por algún motivo (una dicción imposible, un acento extranjero pésimo, una grave distracción propia) no separa ni selecciona y pierde comba, y todo lo que oye le parece idéntico, un amasijo o un flujo que tanto da que se emita como que no se emita, pues lo fundamental es individualizar los vocablos, como a las personas si uno quiere tratarlas. Pero también es su mayor consuelo cuando eso sucede y no está en el trabajo: sólo entonces puede relajarse del todo y no prestar atención ni permanecer alerta, y hallar placer en escuchar voces (el insignificante rumor del habla) que no sólo sabe que no le atañen, sino que además no está capacitado para interpretar, ni para transmitir, ni para memorizar, ni para transcribir, ni para comprender. Ni siquiera para repetirse.
Pero en aquella habitación del hotel que, según creo, había sido en tiempos el Sevilla-Biltmore, o se erigía donde se había erigido éste muchos años antes (pero puede que no, no sé bien, ni sé apenas nada de la historia de Cuba, pese a proceder de La Habana en un cuarto), mi tendencia no era la de descansar ni desentenderme del murmullo de la habitación vecina, como por ejemplo sí lo había sido antes, al oír el otro murmullo más generalizado de los habaneros pasando por sus calles delante de mi balcón, sino que, por el contrario, me di cuenta de que sin quererlo estaba muy alerta y, como suele decirse, con el oído puesto, y de que para lograr entender algo necesitaba silencio absoluto, sin tintineo de vasos ni ruido de sábanas ni mis propios pasos entre el cuarto de baño y la habitación ni el grifo del agua abierto. Ni tampoco, por supuesto, la voz debilitada de Luisa, aunque no fuera mucho lo que decía ni buscara mantener conmigo una conversación en regla. Nada impide oír tanto como estar oyendo a la vez dos cosas, dos voces; nada impide tanto entender como la simultaneidad de dos o más personas que hablan sin guardar su turno. Por eso quería que se durmiera Luisa, no sólo por su propio bien y para que se curara, sino sobre todo para poder dedicarme con todas mis facultades y experiencia interpretativas a escuchar lo que debía estarse diciendo en aquel murmullo de Miriam y el hombre del brazo zurdo.
Lo primero que por fin oí nítidamente fue en tono de exasperación, como quien repite por enésima vez algo que no cree o no comprende o no acepta quien lo ha escuchado todas las veces. Era una exasperación mitigada, consuetudinaria, y por eso la voz no gritaba, sino que susurraba, la voz del hombre.
‘Te digo que mi mujer se está muriendo.’
Miriam respondió al instante, asimismo contagiada de la exasperación en que ambos, corregí en seguida, debían de estar instalados perpetuamente, al menos cuando estuvieran juntos: sus frases y la primera del hombre formaron un grupo que de pronto capté sin apenas esfuerzo.
‘Pero no se muere. Se está muriendo pero no se muere desde hace un año. Mátala tú de una vez, tienes que sacarme de aquí.’
Hubo un silencio, y no supe si era porque él callaba o porque había bajado la voz aún más para responder a la petición de Miriam, que quizá no era consuetudinaria.
‘¿Qué quieres, que la ahogue con una almohada? Yo no puedo hacer más de lo que estoy haciendo, ya es bastante. La estoy dejando morir. No estoy haciendo nada por ayudarla. La estoy empujando. No le doy algunas de las medicinas que le manda el médico, no le hago caso, la trato sin el menor afecto, le doy disgustos y motivos de sospecha, le quito las pocas ganas de vivir que le queden. ¿No te parece suficiente? No tiene sentido dar ahora un paso en falso, ni que me divorcie, alargaríamos las cosas al menos un año, y en cambio ella puede morirse en cualquier momento. Hoy mismo puede estar muerta. ¿No te das cuenta de que ese teléfono puede sonar ahora mismo para dar la noticia?’ El hombre hizo una pausa, y añadió en otro tono, como si lo dijera incrédulo y medio sonriéndose, involuntariamente: ‘A lo mejor ya está muerta. No seas imbécil. No seas impaciente.’
La mujer tenía acento caribe, es de suponer que cubano, aunque mi mayor referencia al respecto (los cubanos no han acudido mucho a las reuniones internacionales) sigue siendo mi abuela, y mi abuela había salido de Cuba en el 98 con toda su familia y con pocos años, y, según decía cuando recordaba su infancia, había mucha diferencia entre los acentos de la isla: ella, por ejemplo, sabía reconocer a los de la provincia de Oriente y a un habanero y a uno de Matanzas. El hombre, en cambio, tenía mi acento, un castellano de España o más bien de Madrid, neutro, correcto, como el que adoptaban antiguamente los dobladores de las películas o todavía tengo yo mismo. Aquella conversación era casi rutinaria, debía de variar solamente en los detalles, Miriam y el hombre la habrían mantenido un millar de veces. Pero para mí era nueva.
‘No he sido impaciente, llevo mucho teniendo paciencia y ella no se muere. Le das disgustos, pero de mí tú no le hablas, y ese teléfono no suena nunca. ¿Cómo sé yo que se está muriendo? ¿Cómo sé yo que no es todo mentira? Yo nunca la he visto, no he estado en España, ni siquiera sé si estás casado o es todo un engaño tuyo. A veces creo que tu mujer no existe.’
‘Ah ya. ¿Y mis papeles? ¿Y las fotos?’, dijo el hombre. Su acento era como el mío pero su voz muy distinta. La mía es grave y la suya era aguda, casi un poco chillona dentro de los susurros. No parecía la voz adecuada para un hombre velludo, sino la de un cantante del tipo frágil, que no se esfuerza en absoluto por variar su timbre natural o artificial cuando habla, es perjudicial hacerlo. Su voz era como una sierra.
‘¡Yo qué sé las fotos! Pueden ser de tu hermana, de cualquier persona, de tu amante, yo qué sé si tienes otra. Y a mí de papeles tú no me hables. Ya no me fío de ti. Tu mujer lleva un año muriéndose para mañana mismo, que se muera de una vez o déjame en paz.’
Esto es más o menos lo que decían, en la medida en que lo recuerdo y sé transcribirlo. Luisa parecía estar adormilada y yo me había sentado a los pies de la cama, con los míos en el suelo, la espalda recta y sin apoyo, velándola, un poco tenso para no hacer ruido (los muelles, mi respiración, mi propia ropa). Me veía en el espejo de la pared divisoria, es decir, me veía si quería mirarme, porque cuando uno escucha muy atentamente no ve nada, como si cada sentido forzado al máximo casi excluyera el ejercicio de los otros. Si miraba también veía el bulto de Luisa bajo las sábanas, acurrucada a mi espalda, o, mejor dicho, sólo la superficie del bulto, lo único que, al estar ella echada, aparecía en el campo visual del espejo de medio cuerpo. Para verla más, su cabeza, tenía que incorporarme. Tras esa última frase de Miriam me pareció oír (pero quizá ya tenía elementos para imaginarme lo que no veía y no oyera) que se levantaba airada y daba una o dos vueltas por la habitación, sin duda igual que la nuestra (como si quisiera marcharse pero aún no pudiera y esperara algo, la disipación de su propio enfado), pues me llegó el crujido de la madera pisada: si era así, se había descalzado en efecto, no eran golpes de cascos sino rumor de talones y dedos, quién sabía si estaba desvestida, si no se habían desnudado ambos mientras yo aún no oí nada, si habían iniciado sus efusiones y las habían interrumpido o dejado a medias para hablar con la exasperación que les era propia y consuetudinaria. Una pareja, pensé, que depende y vive de sus obstáculos: una pareja que se deshará cuando ya no los haya, si es que no la deshacen antes esos mismos obstáculos tan fatigosos y prolongados, que sin embargo tendrán que alimentar y cuidar y procurar hacer eternos, si ya les ha alcanzado el momento de no poder pasarse sin ti y sin mí, o sin el uno el otro.
‘¿De verdad quieres que te deje en paz?’
No hubo respuesta o no se la aguardó lo bastante, porque entonces, más firme pero siempre en susurros que sonaban hirientes, continuó la sierra:
‘Di, ¿eso es lo que quieres? ¿Que no te llame más cuando venga? ¿Que no sepas que he llegado y estoy aquí, ni cuándo? ¿Que pasen dos meses y luego tres y otros dos y en medio no me encuentres ni me veas ni sepas nada de mí, ni si mi mujer ya ha muerto?’
El hombre debió levantarse también (no sé si de la cama o de una butaca) y acercarse a donde ella estaba, de pie, probablemente no desnuda, sólo descalza, nadie se queda desnudo en medio de una habitación más que unos segundos, o si va de camino a otro sitio y se para, al cuarto de baño o a una nevera. Aunque haga mucho calor. Hacía mucho calor. La voz del hombre continuó, ahora con más calma y quizá por eso ya sin susurro, siempre impostada como la de un cantante que la está midiendo hasta cuando discute; también era aguda en tono normal, definitivamente, vibrada como la de un predicador o un cantor de góndola.
‘Yo soy tu esperanza, Miriam. Llevo siéndolo un año y nadie puede pasarse sin su esperanza. ¿Tú crees que vas a encontrar otra tan fácilmente? Desde luego no en la colonia, nadie se va a meter dentro de donde yo ya he estado.’
‘Eres un hijo de puta, Guillermo’, dijo ella.
‘Piensa lo que quieras, tú verás.’
Los dos se habían contestado con celeridad, tal vez Miriam había acompañado su frase de algún gesto ignoto de su brazo expresivo. Y de nuevo hubo un silencio, el silencio o la pausa necesarios para que quien ha insultado pueda retroceder y congraciarse sin retirar el insulto ni pedir perdón, cuando hay mutuo abuso lo dicho acaba por diluirse solo, como las disputas entre hermanos cuando aún son pequeños. O bien se acumula, pero siempre queda para más tarde. Miriam debía de estar pensando. Debía de pensar lo que sabría de sobra y habría pensado tantísimas veces y lo mismo que yo pensaba, aunque yo no supiera nada ni contara con los antecedentes. Yo pensaba que el hombre Guillermo llevaba razón y tenía la sartén por el mango. Pensaba que a Miriam no le quedaba más que seguir esperando y hacerse cada vez más imprescindible por cualquier medio, aunque fuera fraudulento, y procurar insistir lo menos posible, desde luego no volver a ordenar o exigir la muerte violenta de aquella mujer que se hallaba en España enferma y no estaba al tanto de lo que acontecía en La Habana cada vez que su marido diplomático o industrial o quizá comerciante se trasladaba allí para sus negocios o sus misiones. Pensé que Miriam también podía tener razón en sus sospechas y quejas, que todo fuera un engaño y no existiera esa esposa en España, o bien sí la hubiera, pero estuviera sanísima e ignorara que ante una desconocida mulata de otro continente ella fuera una moribunda de quien se aguardara y deseara la muerte, por cuya muerte tal vez se rezara o aún peor, cuya muerte, en ese otro extremo del mundo, se anticipara con el pensamiento y con la palabra, o se acelerara.
No sabía de qué parte ponerme, porque cuando uno asiste a una discusión (aunque no la vea y sólo la oiga: cuando uno asiste a algo y empieza a saberlo) no puede permanecer casi nunca del todo imparcial, sin sentir simpatía o antipatía, animadversión o piedad por uno de los contendientes o por un tercero del que se habla, la maldición del que ve u oye. Me di cuenta de que no lo sabía por la imposibilidad de saber la verdad, la cual, sin embargo, no siempre me ha parecido determinante a la hora de tomar partido por las cosas o por las personas. Quizá el hombre había enredado a Miriam con falsas promesas cada vez más insostenibles, pero también cabía la posibilidad de que no, y de que ella, en cambio, no quisiera a Guillermo más que para salir del aislamiento y de la escasez, de Cuba, para mejorar, para casarse o más bien estar casada con él, para no seguir ocupando su propio lugar y ocupar el de otra persona, el mundo entero se mueve a menudo sólo para dejar de ocupar su lugar y usurpar el de otro, sólo por eso, para olvidarse de sí mismo y enterrar al que ha sido, todos nos cansamos indeciblemente de ser el que somos y el que hemos sido. Me pregunté cuánto tiempo llevaría casado Guillermo. Yo llevaba casado nada más dos semanas, y lo último que quería era que Luisa muriese, al contrario, era justamente esa amenaza traída por su enfermedad momentánea lo que hacía un rato me había provocado angustia. Lo que estaba oyendo al otro lado de la pared no contribuía a tranquilizarme, o a despejar mis malestares que, bajo diferentes formas, como ya he dicho, me rondaban desde la ceremonia. Aquella conversación espiada estaba agudizando mi sensación de desastre, y de pronto me miré a propósito en el espejo mal iluminado que tenía delante, la única luz encendida le quedaba lejos, con las mangas de mi camisa arremangadas, mi figura sentada en penumbra, un hombre aún joven si me miraba con benevolencia o retrospectivamente, con la voluntad de reconocer al que había ido siendo, pero casi de mediana edad si me miraba con anticipación o con pesimismo, adivinándome para dentro de muy poco más tiempo. Al otro lado, más allá del ensombrecido espejo, había otro hombre con quien una mujer me había confundido desde la calle y que tal vez, por tanto, guardaba conmigo cierta semejanza, podía ser un poco más viejo, por eso o por lo que fuera llevaría casado más tiempo, el suficiente, pensé, para querer la muerte de su esposa, para empujarla a ella, como había dicho. Aquel hombre habría tenido, cuando quiera que hubiese sido, su viaje de novios, la misma sensación de inauguración y término que tenía yo ahora, habría empeñado su futuro concreto y perdido su futuro abstracto, hasta el punto de necesitar buscarse él también su propia esperanza en la isla de Cuba, a donde iba con frecuencia por su trabajo. También Miriam era la esperanza de él, alguien de quien ocuparse, alguien por quien preocuparse y temer y a quien tener miedo acaso (no olvidaba el gesto del asimiento, la garra, cuando ese gesto había estado dirigido a mí, ‘Eres mío’, ‘Voy por ti’, ‘Ven acá’, ‘Estás en deuda’, ‘Yo te mato’). Me miré en el espejo y me incorporé un poco, para que mi rostro quedara mejor alumbrado por la distante luz de la mesilla de noche y mis rasgos no se me aparecieran tan sombríos, tan umbrosos, tan sin mi pasado, tan cadavéricos; y al hacerlo entró en el campo visual de ese espejo la cabeza de Luisa más iluminada por su cercanía a la lámpara, y vi entonces que tenía los ojos abiertos y como idos, con el dedo pulgar rozándose los labios, acariciándoselos, un gesto frecuente entre los que escuchan, o en ella cuando lo hace. Al ver que la estaba viendo reflejada, cerró los ojos inmediatamente e inmovilizó el pulgar, como si quisiera que yo siguiera creyendo que estaba dormida, como si no deseara dar ocasión a que ella y yo habláramos ahora ni luego sobre lo que ambos —lo descubría ahora— habíamos oído decir al compatriota Guillermo y a la blanca mulata Miriam. Pensé que el malestar que yo experimentaba lo debía de sentir ella aún más, redoblado (una mujer que aspiraba a esposa, una esposa que aspiraba a muerta), hasta el punto de preferir que cada uno escuchara por su cuenta, a solas, no juntos, y cada uno guardara para sí, inexpresados, los pensamientos o los sentimientos que nos suscitaban la conversación contigua y la situación que se desprendía de ella, e ignorara los del uno el otro, tal vez los mismos. Eso me hizo sospechar al instante que quizá, en contra de lo que parecía (se la había visto tan contenta durante la ceremonia, me manifestaba su ilusión sin reservas, estaba disfrutando tanto del viaje, le había dado tanta rabia desaprovechar una tarde de turismo y paseo en La Habana por culpa de su indisposición), también ella se sentía amenazada e inquieta por la pérdida de su futuro, o por su alcanzamiento. Entre nosotros no había abuso, y por tanto cuanto decíamos, cuanto dijéramos o discutiéramos o pudiéramos reprocharnos (cuanto nos ensombreciera), no iba a diluirse por sí solo o tras un silencio, sino que iba a tener su peso, iba a influir en lo que siguiera, en lo que fuera a pasarnos (y tenía que pasarnos aún media vida unidos); y del mismo modo que yo me había abstenido de formular cuanto estoy formulando ahora (mis presentimientos desde la boda y más tarde), veía que Luisa cerraba los ojos para que yo no pudiera hacerla partícipe de mis impresiones respecto a Guillermo y Miriam y la mujer española enferma, ni ella a mí de las suyas. No era desconfianza ni falta de compañerismo ni ganas de ocultamiento. Era simplemente instalarse en el convencimiento o superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad que sólo lo que no se dice ni expresa es lo que no traducimos nunca.
Mientras me hacía estas reflexiones (pero fueron muy rápidas) y miraba durante unos segundos (pero fueron prolongados, no sé si minutos) la cabeza de Luisa a través del espejo y veía que persistía en mantener cerrados los ojos que habían estado abiertos y meditativos, perdí la noción del tiempo y la atención momentáneamente (miraba, luego no oía), o tal vez Guillermo y Miriam siguieron callados e hicieron de esa pausa una reconciliación sin palabras, o bien bajaron tanto la voz que ya no eran susurros cortantes en lo que hablaban, sino cuchicheos del todo inaudibles desde mi lado del muro. Volví a prestar oído, y durante un rato no oí nada, no se oía nada, incluso me pregunté si en aquellos instantes de distracción mía habrían salido del cuarto sin que yo lo advirtiera, quizá habían decidido hacer una tregua para bajar a comer algo, puede que su cita original hubiera sido para eso tan sólo y no para verse arriba. No pude evitar pensar que su reconciliación sin palabras, de darse, tendría que ser asimismo una reconciliación sexual, pues cuando hay mutuo abuso los sexos son a veces lo único reconciliable, y que quizá estaban de pie y vestidos en el centro de la habitación, idéntica a la mía, donde se habrían encontrado antes de que Miriam dijera lo último que le había escuchado, ‘Eres un hijo de puta, Guillermo’, lo habría dicho descalza. Las piernas tan fuertes de ella, pensé, podían aguantar largo rato de pie, cualquier acometida sin flaquear ni retroceder ni buscar apoyo, al igual que habían esperado en la calle hincadas como navajas, ahora ya no se preocuparía por los pliegues rebeldes de su falda si la tenía aún puesta, la falda toda pliegue ahora y por fin olvidado el bolso, o la falda sobre una silla. No sé, no se oía nada, ni respiraciones, y por eso, con mucho tiento pero en realidad no tanto porque ya sabía que Luisa estaba despierta y en todo caso fingiría seguir dormida, me levanté de los pies de la cama y salí de nuevo al balcón. Ahora ya era noche también horaria y los habaneros estarían cenando, las calles que se divisaban desde el hotel estaban casi vacías, menos mal que Miriam no seguía aguardando abandonada por todos. La luna era pulposa y no corría el aire. Estábamos en una isla, en otro extremo del mundo del que yo procedía en un cuarto; el sitio en que se había consolidado todo lo nuestro y en que viviríamos juntos, Madrid, nuestro matrimonio, quedaba muy lejos, y era como si esa lejanía del lugar que nos había unido nos separara también un poco a nosotros en nuestro viaje de novios, o quizá era que nos alejábamos porque no compartíamos lo que para ninguno era un secreto y sin embargo se estaba convirtiendo en uno por no compartirlo. La luna era pulposa y la misma. Quizá desde lejos se puede desear y acelerar la muerte de quien nos es tan próximo, pensé acodado. Quizá hacerlo a distancia, planearla a distancia, lo convierte en un juego y una fantasía, y son todas admisibles, las fantasías. No lo son los hechos, para los que no hay enmienda ni vuelta atrás, sólo ocultamiento. Para las palabras oídas ni siquiera eso, sino a lo sumo olvido con suerte.
De pronto, desde el balcón, a través de él y no ya del muro, a través del balcón de ellos que había quedado entornado y del nuestro que permanecía abierto y en el que yo me hallaba acodado, volví a oír la voz de Miriam con claridad, y ahora no hablaba sino canturreaba, y lo que canturreó fue esto:
‘Mamita mamita, yen yen yen, serpiente me traga, yen yen yen.’
Interrumpió el canturreo apenas iniciado, y sin transición (ni exasperación ya tampoco) le dijo a Guillermo:
‘Tienes que matarla.’
‘Está bien, está bien, ya lo haré, ahora sigue acariciándome’, respondió él. Pero eso no me alteró ni me preocupó ni me sobresaltó (no sé si a Luisa), porque lo había dicho como una madre hastiada que contesta cualquier cosa, sin pensárselo, a un hijo insistente que se empeña en lo que no es posible. Es más, creí saber entonces, por esa respuesta, que si existía aquella mujer en España Guillermo no le haría daño, y que en aquella situación o historia quien saldría dañada sería Miriam en todo caso. Creí saber entonces que Guillermo mentía (mentía en algo), y supuse que Luisa, tan acostumbrada como yo a traducir y percibir los temblores y detectar la sinceridad del habla, también se habría dado cuenta y se habría sentido aliviada no respecto a Miriam, pero sí respecto a la mujer enferma.
Y Miriam, que en esos momentos no se habría dado cuenta de la insinceridad de Guillermo o habría resuelto descansar un rato y no dársela o volver a engañarse o simplemente cejar en el afán de su vida durante unos instantes, canturreó otro poco, y yo sabía lo que sería. Había pasado más tiempo del que yo pensaba, pensé, no podía ser, no había pasado tanto para que pudieran haber llevado a cabo una reconciliación sexual silenciosa y en regla y estuvieran ahora apaciguados por ella. Pero así debía haber sido, pues era como si los dos estuvieran calmados y echados, Miriam hasta distraída, cantaba distraídamente, con las interrupciones propias de quien en realidad canturrea sin percatarse de que lo hace, mientras se limpia con parsimonia o acaricia a quien está a su lado (un niño al que se le canta). Y lo que canturreó fue esto:
‘Mentira mi suegra, yen yen yen, que estamos jugando, yen yen yen, al uso de mi tierra, yen yen yen.’
Esas palabras sí me sobresaltaron, aún más que las primeras del canturreo por lo que estas tenían de confirmación (a veces uno oye bien pero no da crédito a sus oídos), y sentí un ligero escalofrío como los que había padecido Luisa al comienzo de su indisposición. Y Miriam añadió en tono neutro si no desmayado, también ahora sin transición:
‘Si no la matas me mato yo. Tendrás una muerta, o ella o yo.’
Guillermo no contestó esta vez, pero mi sobresalto y mi escalofrío eran previos a las frases de Miriam y se debían a la canción, que yo conocía de mucho antes porque esa canción me la cantaba mi abuela cuando era niño, o, mejor dicho, no me la cantaba, pues no era precisamente una canción para niños y en realidad formaba parte de una historia o cuento que, aunque tampoco era para niños, sí me contaba para meterme miedo, un miedo irresponsable y risueño. Pero además de eso, a veces, cuando estaba aburrida sentada en un sillón de su casa o la mía, abanicándose y viendo pasar la tarde mientras esperaba a que llegara mi madre a buscarme o a relevarla, canturreaba canciones sin darse cuenta, para distraerse sin el propósito de distraerse, canturreaba sin observar lo que hacía, con la misma desgana y desentendimiento con que Miriam había canturreado ahora ante un balcón entornado, y con el mismo acento. Era ese canto inconsciente que no tiene destinatario, el mismo canto de las criadas cuando fregaban los suelos o colgaban la ropa con pinzas, o pasaban la aspiradora o perezosos plumeros los días en que yo estaba enfermo y no iba al colegio y veía el mundo desde mi almohada oyéndolas a ellas en su matinal espíritu, tan distinto del vespertino; el mismo tarareo insignificante de mi propia madre cuando se peinaba o se iba poniendo horquillas ante el espejo o se colocaba peineta y se colgaba pendientes largos para ir el domingo a misa, ese canto femenino entre dientes (pinzas u horquillas entre los dientes) que no se dice para ser escuchado ni menos aún interpretado ni traducido, pero que alguien, el niño refugiado en su almohada o apoyado en el quicio de una puerta que no es la de su dormitorio, escucha y aprende y ya no olvida, aunque sólo sea porque ese canto, sin voluntad ni destinatario, es pese a todo emitido y no se calla ni se diluye después de dicho, cuando le sigue el silencio de la vida adulta, o quizá es masculina. Ese canto indeliberado y flotante debió de ser canturreado en todas las casas del Madrid de mi infancia todas las mañanas a lo largo de muchos años, como un mensaje sin significado que vinculaba a la ciudad entera y la emparentaba y armonizaba, un persistente velo sonoro y contagioso que la cubría, desde los patios hasta los portales, ante las ventanas y por los pasillos, en las cocinas y en los cuartos de baño, por las escaleras y en las azoteas, con delantales, mandiles y batas y con camisones y vestidos caros. Fue canturreado por todas las mujeres de aquellos tiempos que no están muy lejanos de estos, las criadas muy de mañana desperezándose, y las señoras o madres un poco más tarde, cuando se arreglaban para salir de compras o a algún recado superfluo, todas ellas igualadas y unidas por su continuo y común zumbido y acompañadas a veces por el silbido de los muchachos que no estaban en los colegios y que aún participaban, por eso, del mundo mujeril en que se desenvolvían: los chicos de las tiendas con sus bicicletas de reparto y sus pesadas cajas, los niños enfermos en sus camas salpicadas de tebeos y cromos y cuentos, los niños trabajadores y los niños inútiles, silbando y envidiándose mutuamente. Ese canto fue cantado en toda ocasión y a diario, con voces eufóricas y voces apesadumbradas, estridentes y decaídas, morenas y melodiosas y desafinadas y rubias, bajo todos los estados de ánimo y en cualquier circunstancia, sin que dependiera nunca de lo acontecido en las casas ni nunca lo juzgara nadie: como lo canturreó una doncella mientras miraba derretirse una tarta helada en la casa de mis abuelos, cuando aún no lo eran porque yo ni siquiera había nacido ni tenía posibilidad de hacerlo; y como lo silbó un muchacho ese mismo día y en esa misma casa al acercarse a un cuarto de baño en el que tal vez una mujer habría también tarareado algo llena de miedo y mojada de llanto y agua muy poco antes. Y ese canto lo cantaban las abuelas y también las viudas y las solteronas por las tardes con voz más quebradiza y tenue, sentadas en sus mecedoras o sofás o sillones vigilando y entreteniendo a los nietos o mirando de reojo retratos de personas ya idas o que no supieron retener a tiempo, suspirando y abanicándose, abanicándose su vida entera aunque fuera otoño y aunque fuera invierno, suspirando y canturreando y contemplando transcurrir el transcurrido tiempo. Y a la noche, más intermitente y disperso, el canto podía seguir oyéndose en las alcobas de las mujeres afortunadas, aún no abuelas ni viudas ni ya solteronas, más quedo y más dulce o más vencido, el preludio del sueño y la expresión del cansancio, el mismo que Miriam me había permitido oír desde su habitación de hotel igual a la mía, ya de noche y con tanto calor en La Habana, durante mi viaje de novios con Luisa y mientras Luisa no cantaba ni decía nada, sino que apretaba su cara contra la almohada.
Mi abuela cantaba sobre todo las canciones de su propia niñez, canciones de Cuba y de las ayas negras que la habían cuidado hasta los diez años, edad en que salió de La Habana para trasladarse al país al que ella y sus padres y sus hermanas creían pertenecer y conocían sólo de nombre, más allá del océano. Canciones o cuentos (ya no recuerdo o no los distingo) con personajes animales de nombres absurdos, la Vaca Verum-Verum y el Monito Chirrinchinchín, historias tétricas o africanas, porque la Vaca Verum-Verum, recuerdo, era muy querida por la familia que la poseía, una vaca benefactora y amiga, una vaca como un aya o como una abuela, y sin embargo un día, acuciados por el hambre o por un mal pensamiento, los miembros de la familia decidían matarla y guisarla y comérsela, lo cual, comprensiblemente, la pobre Verum-Verum no perdonaba a personas tan próximas, y desde el momento en que cada miembro de la familia hubo probado un bocado de su carne troceada y ya vieja (y hubo por tanto incurrido en una especie de metafórica antropofagia), allí mismo, en el comedor, empezó a retumbar desde sus estómagos una voz cavernosa que ya nunca cesó y que repetía incansablemente con la voz que mi abuela ahuecaba al efecto sofocando la sonrisa: ‘Vaca Verum-Verum, Vaca Verum-Verum’, y así hasta siempre desde sus estómagos. En cuanto al Monito Chirrinchinchín, creo que he olvidado sus peripecias por demasiado atropelladas, pero en todo caso me suena que su suerte no era más benigna y que acababa igualmente ensartado en el asador de algún hombre blanco desaprensivo. Aquel canturreo que había cantado Miriam en la habitación de al lado no tenía ningún significado para Luisa, y en eso, en nuestro conocimiento o entendimiento de lo que estaba ocurriendo y se estaba diciendo a través del balcón y del muro, había ahora una diferencia segura al menos. Porque mi abuela solía contarme aquella breve o incompleta historia recibida de sus ayas negras, en cuyo simbolismo sexual meridiano jamás había reparado, por cierto, hasta aquel momento, el de oírsela a Miriam, o, mejor dicho, el de oírle el canto funesto y un poco cómico que formaba parte de esa historia que me contaba mi abuela para meterme un miedo poco duradero y teñido de broma (me enseñaba el miedo y a reír del miedo): la historia decía que una joven de gran hermosura y mayor pobreza era pedida en matrimonio por un extranjero muy rico y apuesto y con mucho futuro, un hombre extranjero que se instalaba en La Habana con los mayores lujos y los proyectos más ambiciosos. La madre de la muchacha, viuda y dependiente de su única hija o más bien del acierto de sus necesarias nupcias, no cabía en sí de contento y concedía su mano al extraordinario extranjero sin dudarlo un instante. Pero en la noche de bodas, desde la habitación de los recién casados a cuya puerta debía de hacer suspicaz o resabiada guardia, la madre oía cantar a su hija, una y otra vez a lo largo de la larga noche, su petición de auxilio: ‘Mamita mamita, yen yen yen, serpiente me traga, yen yen yen.’ La posible alarma de aquella madre codiciosa quedaba sin embargo apaciguada por la reiterada y estrafalaria contestación del yerno, que le cantaba una y otra vez a través de la puerta y a lo largo de la larga noche: ‘Mentira mi suegra, yen yen yen, que estamos jugando, yen yen yen, al uso de mi tierra, yen yen yen.’ A la mañana siguiente, cuando la madre y ya suegra decidía entrar en la habitación de los novios para llevarles el desayuno y ver sus rostros de dicha, se encontraba con una enorme serpiente sobre la cama sanguinolenta y deshecha en la que en cambio no había rastro de su infortunada y promisoria y preciada hija.
Recuerdo que mi abuela reía tras contar esta macabra historia a la que quizá yo he añadido ahora algún detalle más macabro debido a mi edad adulta (no creo que ella mencionara en modo alguno la sangre ni la longitud de la noche); reía un poco con risa infantil y se abanicaba (quizá la risa de sus diez o menos años, la risa aún cubana), quitándole importancia a la historia y logrando que yo no se la diera tampoco con mis propios diez o menos años, o tal vez era que el miedo que podía infundir aquel cuento era un miedo femenino tan sólo, un miedo de hijas y madres y esposas y suegras y abuelas y ayas, un miedo perteneciente a la misma esfera que el instintivo canto de las mujeres a lo largo del día y al final de la noche, en Madrid o en La Habana o en cualquier parte, ese canto del que participan también los niños y que luego olvidan cuando dejan de serlo. Yo lo había olvidado, pero no enteramente, pues sólo se olvida de veras cuando uno sigue no recordando después de que se lo ha obligado a recordar a uno. Yo había olvidado aquel canturreo durante muchos años, pero la voz distraída o vencida de Miriam no hubo de insistir ni esforzarse para que mi memoria lo recuperara durante mi viaje de novios con mi mujer Luisa, que yacía en la cama enferma y aquella noche de pulposa luna veía el mundo desde su almohada, o acaso no estaba dispuesta a verlo.
Volví a su lado y le acaricié el pelo y la nuca, otra vez sudados, tenía la cara vuelta hacia los armarios, quizá cruzada de nuevo por falsas arrugas capilares y premonitorias, me senté a su derecha y encendí un cigarrillo, la brasa brilló en el espejo, no quise mirarme. Su respiración no era la de alguien dormido, y le susurré al oído:
—Mañana estarás bien, mi amor. Duerme ahora.
Fumé un rato sentado sobre la sábana, sin oír ya nada procedente de la habitación contigua: el canturreo de Miriam había sido el preludio del sueño y la expresión del cansancio. Hacía demasiado calor, no había cenado, no tenía sueño, yo no estaba cansado, no canturreé, no apagué aún la lámpara. Luisa estaba despierta pero no me hablaba, ni siquiera contestó a mi frase de buenos deseos, como si se hubiera enfadado conmigo a través de Guillermo, pensé, o a través de Miriam, y no quisiera manifestarlo, mejor esperar a que se diluyera en el sueño que no nos venía. Me pareció oír que Guillermo cerraba su balcón ahora, pero yo ya no estaba asomado al mío ni me llegué hasta él para comprobarlo. Sacudí la ceniza del cigarrillo con mala puntería y demasiada fuerza y sobre la sábana se me cayó la brasa, y antes de recogerla con mis propios dedos para echarla al cenicero, donde se consumiría sola y no quemaría, vi cómo empezaba a hacer un agujero orlado de lumbre sobre la sábana. Creo que lo dejé crecer más de lo prudente, porque lo estuve mirando durante unos segundos, cómo crecía y se iba ensanchando el círculo, una mancha a la vez negra y ardiente que se comía la sábana.