Había una vez una taberna que descansaba tranquilamente en la orilla del Támesis a su paso por Radcot, a un día a pie del nacimiento del río. En la época en que ocurrió esta historia, había infinidad de tabernas en la parte alta del Támesis y era posible emborracharse en todas ellas, pero más allá de la típica cerveza y de la sidra, cada una de aquellas tascas tenía su particularidad y ofrecía algún otro placer. El Red Lion de Kelmscott era un paraíso musical: los barqueros tocaban el violín por la noche y los queseros entonaban canciones lastimeras en recuerdo del amor perdido. El pueblo de Inglesham tenía el Green Dragon, un refugio de contemplación con aroma a tabaco. Si a alguien le iban las apuestas, su lugar ideal era el Stag, en Eaton Hastings, y si prefería las peleas, no había un sitio mejor que el Plough, justo a las afueras de Buscot. El Swan de Radcot contaba con su propia especialidad. Era donde la gente iba a contar historias.
El Swan era una taberna muy antigua, quizá la más antigua de todas. La habían construido en tres partes: una era vieja, la otra era muy vieja y la tercera, aún más vieja. Los diferentes elementos habían quedado armonizados por el techo de paja que los cubría, el liquen que crecía en las piedras centenarias y la hiedra que trepaba por las paredes. En verano aparecían viajeros de las ciudades unidas por el nuevo ferrocarril, con intención de alquilar una batea o un esquife en el Swan y pasarse la tarde en el río con una botella de cerveza y algo de comer, pero en invierno todos los parroquianos eran lugareños, y se congregaban en la sala de invierno. Era una habitación grande y sencilla ubicada en la parte más vieja de la taberna, con una única ventana picada en la gruesa pared de piedra. De día, esa ventana mostraba el puente de Radcot y el río que fluía por sus tres serenos arcos. De noche (y esta historia comienza de noche) el puente se ahogaba en la negrura, y era preciso aguzar mucho el oído para percibir el sonido bajo e ilimitado de las grandes cantidades de agua en movimiento; solo cuando uno lo conseguía, empezaba a distinguir la extensión de líquido negro que fluía al otro lado de la ventana, entre ondulaciones y giros, iluminado de forma tenue por alguna extraña energía que emanaba del propio río.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo se forjó la tradición de contar historias en el Swan, pero es posible que tuviese algo que ver con la batalla del puente de Radcot. En 1387, quinientos años antes de la noche en que comienza esta historia, dos grandes ejércitos se toparon en el puente de Radcot. Quiénes eran y por qué estaban allí son asuntos muy largos de contar, pero el resultado fue que tres hombres murieron en la batalla (un caballero, un lacayo y un muchacho) y ochocientas almas se perdieron, ahogadas en las marismas mientras trataban de huir. Sí, sí. ¡Ochocientas almas! Eso da para muchas historias… Sus huesos yacen bajo lo que ahora son campos de berros. En los alrededores de Radcot se cultivan berros, luego se recolectan, se meten en cajas y se envían a las ciudades en barcazas, pero aquí no se las comen. Los lugareños se quejan de que los berros son amargos, tan amargos que te devoran por dentro; y además, ¿quién quiere comer hojas nutridas con fantasmas? Cuando una batalla semejante ocurre junto al dintel de tu casa y los muertos envenenan el agua que bebes, es lógico que la relates, una y otra vez. A fuerza de repetirla, es fácil que te aficiones al acto de narrar. Y entonces, una vez superada la crisis, cuando diriges tu atención a otros asuntos, ¿hay algo más natural que aplicar esa pericia recién adquirida a otras anécdotas?
La encargada del Swan era Margot Ockwell. La familia Ockwell había regentado el Swan desde que a la gente le alcanzaba la memoria, y lo más probable es que lo hubiera hecho desde que se fundó el Swan. A ojos de la ley, la mujer se llamaba Margot Bliss, porque estaba casada, pero la ley es algo propio de los pueblos y las ciudades; aquí en el Swan seguía siendo una Ockwell. Margot era una mujer guapa de cincuenta y muchos años. Era capaz de levantar barriles de cerveza a pulso y tenía unas piernas tan robustas que no le hacía falta sentarse nunca. Se rumoreaba que incluso dormía de pie, pero había dado a luz a trece hijos, de modo que sin duda debía de acostarse de vez en cuando. Era la hija de la última encargada, y tanto su abuela como su bisabuela habían regentado la taberna antes, así que nadie veía nada raro en que las mujeres llevaran la batuta en el Swan de Radcot. Las cosas eran así y punto.
El marido de Margot se llamaba Joe Bliss. Había nacido en Kemble, cuarenta kilómetros río arriba, a un tiro de piedra de donde el Támesis emerge a la superficie en un hilillo tan fino que apenas es un retazo húmedo de tierra. Los Bliss tenían los pulmones delicados. Nacían menudos y enfermizos y casi todos dejaban este mundo antes de llegar a ser adultos. Los hijos de los Bliss se volvían más delgados y más pálidos conforme iban creciendo, hasta que terminaban por expirar, con frecuencia antes de cumplir los diez años, y en ocasiones sin llegar siquiera a los dos. Los supervivientes, entre ellos Joe, alcanzaban la edad adulta con poca estatura y más enclenques de lo habitual. El pecho les silbaba en invierno; siempre tenían mocos y los ojos llorosos. Eran amables, tenían una mirada tierna y una sonrisa juguetona siempre a punto.
A los dieciocho años, huérfano y con una constitución no apta para el trabajo físico, Joe se marchó de Kemble a buscar fortuna sin saber dónde ni cómo. Al salir de Kemble, uno puede tomar tantas direcciones como en cualquier otra parte del mundo, pero el río tiene un atractivo poderoso; hay que ser muy perverso y obstinado para no seguir su llamada. Así pues, Joe llegó a Radcot y, como tenía sed, paró a echar un trago. El joven de aspecto frágil con un pelo negro y fino que contrastaba con su palidez se sentó sin llamar la atención, y se dedicó a apurar el vaso de cerveza mientras admiraba a la hija de la tabernera y escuchaba un par de historias. Le resultó fascinante verse entre personas que verbalizaban la clase de relatos que siempre habían habitado en su cabeza, desde que era niño. En un intervalo de silencio, abrió la boca y de ella salió «Érase una vez…».
Ese día, Joe Bliss descubrió su vocación. El Támesis lo había llevado hasta Radcot y en Radcot se quedó. Con un poco de práctica, constató que sabía dar color y vida a cualquier tipo de historia, ya fuese un cotilleo, un hecho histórico, un cuento tradicional, popular o fantástico. Su expresiva cara sabía transmitir sorpresa, tensión, alivio, duda y cualquier otra sensación con la habilidad de un actor. Luego estaban sus cejas. De un negro abrumador, relataban la historia tanto como sus palabras. Se juntaban cuando se avecinaba algo emocionante, se fruncían cuando un detalle merecía una atención concienzuda y se arqueaban cuando un personaje no era lo que aparentaba ser. Si uno observaba esas cejas, si prestaba atención a su complejo baile, descubría toda clase de matices que, de otro modo, le habrían pasado inadvertidos. Pocas semanas después de empezar a frecuentar el Swan, ya sabía cómo fascinar a los espectadores. También fascinaba a Margot, igual que ella a él.
Al cabo de un mes, Joe recorrió casi cien kilómetros hasta un lugar bastante alejado del río, donde contó una historia en un concurso. Ganó el primer premio, por supuesto, y se gastó el dinero en un anillo. Volvió a Radcot aún más pálido que de costumbre a causa de la fatiga, se desplomó en la cama y durmió una semana entera, y transcurrida esa semana, se puso de rodillas ante Margot y le pidió matrimonio.
—No sé… —dijo la madre de la joven—. ¿Puede trabajar? ¿Sabe ganarse la vida? ¿Cómo cuidará de una familia?
—Mire nuestros ingresos, madre —señaló Margot—. Fíjese en cuánto trabajo tenemos desde que Joe empezó a contar historias. El Swan está a rebosar. Imagínese que no me caso con él, madre. Puede que se marche a otra taberna. Y entonces, ¿qué?
Era cierto. Desde hacía un tiempo, la gente iba con mayor frecuencia a la taberna, y desde lugares más alejados; además, se quedaba más tiempo para escuchar las historias de Joe. Todos bebían a destajo. El Swan estaba en boga.
—Pero, con todos esos jóvenes fuertes y guapos que entran y te admiran tanto…, ¿no preferirías a otro?
—Quiero a Joe —dijo Margot con firmeza—. Me gustan las historias.
Se salió con la suya.
Habían transcurrido casi cuarenta años desde aquel momento hasta el día en que tuvieron lugar los sucesos de esta historia, y mientras tanto, Margot y Joe habían formado una gran familia. En veinte años habían engendrado doce hijas robustas. Todas tenían el mismo pelo recio y castaño que Margot y las piernas fuertes. Con el tiempo, se convirtieron en jóvenes rollizas de sonrisa contagiosa y alegría desbordante. Ahora todas estaban casadas. Una era un poco más gorda y otra un poco más flaca, una era un poco más alta y otra un poco más baja, una era un poco más morena y otra un poco más rubia, pero en todo lo demás se parecían tanto que los clientes achispados no eran capaces de distinguirlas, y cuando las jóvenes iban a echar una mano a la taberna en las épocas de más trabajo, todas recibían el apodo universal de Pequeña Margot. Después de dar a luz a todas esas hijas, la tranquilidad había llegado a la vida familiar de Margot y Joe, y ambos creían que habían dejado atrás la etapa de la crianza, pero entonces llegó el último embarazo y, con él, Jonathan, su único hijo varón.
Con el cuello corto y la cara redonda y blanca como la luna llena, con unos ojos almendrados y exageradamente rasgados hacia arriba, con las orejas y la nariz puntiagudas y esa lengua que parecía demasiado grande para su boca, que siempre sonreía, Jonathan no se parecía en nada a sus hermanas. Conforme fue creciendo, quedó patente que también se diferenciaban en otros aspectos. Ya había cumplido los quince años, pero mientras que otros muchachos de su edad esperaban con impaciencia el paso a la vida adulta, Jonathan se contentaba con creer que podría vivir en la taberna para siempre con sus padres y no deseaba nada más.
Margot aún era una mujer fuerte y guapa, y, aunque a Joe se le había encanecido el pelo, sus cejas seguían tan negras como siempre. Ahora ya tenía sesenta años, todo un logro para un Bliss. La gente atribuía su longevidad a los interminables cuidados de Margot. Desde hacía unos años, había veces en las que se sentía tan débil que se quedaba en la cama dos o tres días seguidos, con los ojos cerrados. No dormía; no, lo que visitaba durante esos períodos era un lugar más allá del sueño. Margot se tomaba con tranquilidad sus bajones mágicos. Mantenía avivado el fuego para secar el ambiente, le acercaba caldo tibio a los labios, le cepillaba el pelo y le alisaba las cejas. Otras personas se preocupaban al ver languidecer a Joe en un equilibrio tan precario entre una respiración líquida y la siguiente, pero Margot se lo tomaba con filosofía. «No os preocupéis, se pondrá bien», solía decir. Y así ocurría. Simplemente se trataba de un Bliss, nada más. El río se había colado dentro de él y había convertido sus pulmones en un pantanal.
Era la noche del solsticio, la noche más larga del año. Hacía semanas que los días iban menguando, primero poco a poco, luego de manera precipitada, de modo que ya oscurecía a media tarde. Como es bien sabido, cuando las horas de luna aumentan, los seres humanos pierden la regularidad de su reloj biológico. Echan una cabezada al mediodía, sueñan despiertos, abren los ojos como platos en la noche más profunda. Es una época propicia para la magia. Y cuando los límites entre el día y la noche se estiran tanto que se vuelven casi imperceptibles, también lo hacen los límites entre los mundos. Los sueños y los relatos se funden con las experiencias vividas, los vivos y los muertos se rozan en sus idas y venidas, y el pasado y el presente se tocan y se superponen. Pueden ocurrir cosas inesperadas. ¿Tuvo el solsticio algo que ver en los extraños sucesos del Swan? Que cada uno juzgue por sí mismo.
Ahora que ya se ha expuesto todo lo que era preciso saber, la historia puede empezar.
Los clientes congregados en el Swan aquella noche eran los habituales. En su mayor parte, excavadores de grava, recolectores de berros y barqueros, aunque también estaba Beszant, el reparador de barcos, así como Owen Albright, quien había seguido el río hasta el mar medio siglo antes y había regresado dos décadas después convertido en un hombre rico. Ahora Albright tenía artritis, y solo la cerveza fuerte y las buenas historias podían reducir su dolor de huesos. Todos llevaban en la taberna desde que la luz se había agotado en el cielo, habían vaciado y rellenado varias veces los vasos, habían limpiado las pipas y habían prensado bien el áspero tabaco, y, por supuesto, habían contado historias.
En esos momentos, Albright relataba una vez más la batalla del puente de Radcot. Después de quinientos años, es normal que una historia pierda lustre, así que los narradores habían encontrado la manera de avivar el relato. Había ciertas partes de la historia que se consideraban inalterables (los ejércitos, el encuentro en el puente, la muerte del caballero y su lacayo, los ochocientos hombres ahogados), pero el fallecimiento del muchacho no lo era. No se sabía nada de él, salvo que era un chico, que estaba en el puente de Radcot y que murió allí. A partir de ese vacío informativo se encendió la imaginación. Cada vez que narraban la historia, los clientes del Swan hacían revivir al muchacho desconocido de entre los muertos para infligirle una nueva muerte. Había fallecido un sinfín de veces a lo largo de los años, de maneras cada vez más rocambolescas y entretenidas. Cuando alguien se apropia de una historia para contarla, tiene permiso para tomarse libertades… Aunque pobres de los visitantes accidentales del Swan que intentasen hacer lo mismo. Es imposible saber qué hacía el propio chico durante su resurrección periódica, pero el caso es que despertar a los muertos no era algo infrecuente en el Swan, y vale la pena recordar ese detalle.
Esa noche, Owen Albright lo convirtió por arte de magia en un joven artista, a quien habían llamado para distraer a las tropas mientras esperaban órdenes. Cuando hacía malabares con unos cuchillos, el chico resbaló en el barro y los cuchillos cayeron a su alrededor y se clavaron de punta en la tierra mojada, todos salvo el último, que le fue directo al ojo y lo mató al instante antes de que empezase siquiera la batalla. La innovación despertó algunos comentarios de admiración, que disminuyeron al poco tiempo para que la historia pudiese continuar y, desde ese punto, el relato siguió su curso más o menos como siempre.
Una vez terminada la narración, hubo una pausa. No era apropiado saltar a toda prisa a la siguiente historia antes de que la anterior hubiese sido asimilada en condiciones.
Jonathan había escuchado con suma atención.
—Ojalá yo también pudiese contar una historia —comentó.
Sonreía —Jonathan siempre se deshacía en sonrisas—, pero sus palabras sonaron melancólicas. No era tonto, pero la escuela había sido una experiencia desalentadora para él, pues los otros niños se reían de su cara tan peculiar y su extraña forma de comportarse, así que había tirado la toalla al cabo de unos meses. No había llegado a aprender a leer ni a escribir. Los clientes habituales del invierno ya estaban acostumbrados al chico de los Ockwell, con todas sus rarezas.
—Pues inténtalo —lo animó Albright—. Cuéntanos una.
Jonathan se lo planteó. Abrió la boca y esperó, ansioso, a oír qué emergía de sus labios. No salió nada. Se le tensó la cara hasta que rompió a reír y sacudió los hombros entre carcajadas. Su propia actitud le parecía hilarante.
—¡No puedo! —exclamó cuando se le pasó el ataque de risa—. ¡No sé hacerlo!
—Bueno, entonces otra noche será. Practica un poco y ya te escucharemos cuando estés preparado.
—Padre, ¡cuente una historia! —exclamó Jonathan—. ¡Vamos!
Era la primera noche que Joe pasaba en la sala de invierno después de uno de esos bajones mágicos. Estaba pálido y llevaba toda la tarde en silencio. Nadie esperaba que contase una historia en semejante estado de fragilidad, pero ante la petición de su hijo, sonrió con timidez y alzó la mirada hacia un rincón del techo de la habitación, donde la superficie se había oscurecido con los años por el humo del fuego de la chimenea y del tabaco. Jonathan imaginó que era de ese lugar de donde surgían las historias de su padre. Cuando el hombre volvió a mirar a la sala, estaba preparado, así que abrió la boca para hablar.
—Érase una vez…
Se abrió la puerta.
Era tarde para que llegase un cliente nuevo. Quien fuera que había recalado allí, no se apresuró a entrar. El viento frío hizo temblar las velas e introdujo el fuerte olor del río invernal en la habitación llena de humo. Los parroquianos levantaron la vista.
Todos los ojos lo vieron, pero durante un instante larguísimo, ninguno reaccionó. Intentaban dar sentido a lo que veían junto a la puerta.
El hombre (si es que era un hombre) era alto y fuerte, pero tenía una cabeza monstruosa y se estremecieron ante su estampa. ¿Era un monstruo salido de un cuento popular? ¿Se habían dormido y estaban en una pesadilla? Tenía la nariz torcida y aplastada, y debajo se veía un agujero hendido, oscuro y manchado de sangre. Con eso habría bastado para que la visión fuese espeluznante, pero aún había más: en sus brazos, la horrible criatura llevaba una marioneta gigante, con la cara y las extremidades de cera y el pelo pintado y viscoso.
Lo que los movió a actuar fue el hombre mismo. Primero rugió, con un inmenso alarido tan deforme como la boca de la que había surgido, luego trastabilló y al final se desplomó. Un par de jornaleros del campo saltaron de los taburetes justo a tiempo de agarrarlo por las axilas y detener su caída, para que no se aplastara la cabeza contra los adoquines. Al mismo tiempo, Jonathan dio un paso al frente desde la chimenea, con los brazos extendidos, y allí cayó la marioneta con un peso sólido que pilló desprevenidos a sus músculos y articulaciones.
Cuando salieron de su estupefacción, llevaron al hombre inconsciente a una mesa. Alguien arrastró otra mesa y la arrimó a la primera, para que pudiera apoyar las piernas. Entonces, después de tumbarlo y extenderlo sobre la camilla improvisada, todos lo rodearon y levantaron las velas y los quinqués sobre su cuerpo. El hombre ni siquiera parpadeó.
—¿Está muerto? —se preguntó Albright.
Se oyó una ronda de murmullos ininteligibles y muchos fruncieron la frente.
—Dadle un bofetón —propuso alguien—. A ver si así recupera el conocimiento.
—Un buen trago de licor seguro que lo despierta —sugirió otro.
Margot se abrió paso a codazos hasta la parte superior de la mesa y analizó al hombre.
—No se os ocurra darle bofetones. ¿No habéis visto cómo tiene la cara? Ni le echéis nada por el gaznate. Esperad un momento y ya veréis.
Se apartó para dirigirse al banco que había junto a la chimenea. Agarró el cojín que tenía encima y lo llevó a la mesa. Se acercó a la luz de una vela y detectó una puntita blanca en el algodón. La rascó con la uña hasta que logró sacar una pluma. Los hombres la observaban con mirada perpleja.
—No creo que vayas a despertar a un muerto haciéndole cosquillas —dijo uno de los excavadores de grava—. Ni a un vivo, si está como este hombre.
—No voy a hacerle cosquillas —respondió ella.
Margot colocó la pluma sobre los labios del hombre. Todos miraron con atención. Al principio, no ocurrió nada, luego las partes más suaves y sueltas de la pluma temblaron.
—¡Respira!
El alivio dio paso enseguida a una sorpresa renovada.
—Pero ¿quién es? —preguntó un barquero—. ¿Lo conoce alguien?
Siguieron unos momentos de revuelo general, en los que le dieron vueltas a la pregunta. Uno de ellos alardeaba de conocer a todo el mundo a orillas del río, desde Castle Eaton hasta Duxford, que se encontraba por lo menos a quince kilómetros, y estaba seguro de que no conocía a ese tipo. Otro tenía una hermana en Lechlade y estaba convencido de que nunca había visto allí al hombre. Un tercero tenía la sensación de haberlo visto en alguna parte, pero cuanto más lo miraba, menos se atrevía a apostarse algo. Un cuarto planteó que tal vez fuera un gitano del río, porque era la época del año en que sus abarrotados barcos llegaban a esa zona del Támesis. Cuando se acercaban, todo el mundo los miraba con recelo y se aseguraba de cerrar con llave la puerta por la noche y de meter en casa todo lo que pudiera hurtarse, por si acaso. Sin embargo, con esa chaqueta de lana de buena calidad y las caras botas de cuero…, no. No era un gitano pordiosero. Un quinto hombre se lo quedó mirando y luego, con aire triunfal, comentó que el hombre tenía la misma altura y la misma constitución que Liddiard, de la granja de Whitey, y ¿acaso no tenía también el pelo del mismo color? Un sexto señaló que Liddiard estaba allí, al otro lado de la mesa, y cuando el quinto hombre miró en esa dirección, no pudo negarlo. Tras dar por concluidas esas y otras declaraciones, el primero, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto, el sexto y todos los demás presentes llegaron a la conclusión de que no conocían al herido… O al menos, eso pensaban. Pero claro, con el aspecto que tenía, ¿quién podía estar del todo seguro?
En el silencio que siguió a esa conclusión, habló un séptimo hombre.
—¿Qué le habrá ocurrido?
El hombre tenía la ropa empapada, y todo su cuerpo desprendía el olor del río, verde y marrón. Algún accidente en el agua, eso saltaba a la vista. Hablaron de los peligros del río, del agua que podía jugar una mala pasada incluso al navegante más experimentado.
—¿Ha llegado en barco? ¿Salgo a ver si encuentro alguno? —se ofreció Beszant, el reparador de barcos.
Margot le estaba limpiando la sangre de la cara con movimientos hábiles y suaves. Hizo una mueca al dejar al descubierto el enorme tajo que le partía el labio superior y le dividía la piel en dos pellejos que caían a los lados y dejaban a la vista los dientes rotos y las encías ensangrentadas.
—Dejaos de barcos —les indicó—. Lo que importa es el hombre. No voy a poder encargarme yo sola de todo esto. ¿Quién va a buscar a Rita? —Miró alrededor y atisbó a uno de los jornaleros que era demasiado pobre para beber en exceso—. Neath, tú eres ligero de pies. ¿Puedes ir corriendo hasta la granja Rush y llamar a la enfermera sin tropezarte? Con un accidente por noche tenemos bastante.
El joven se marchó de inmediato.
Mientras tanto, Jonathan había permanecido apartado del resto. El peso de la marioneta empapada le resultaba engorroso, así que se sentó y la recolocó sobre el regazo. Pensó en el dragón de papel maché que la troupe de cómicos había usado en una obra de teatro las navidades anteriores. Era duro y pesaba poco, y se oía un ligero tatatata rítmico si le dabas golpecitos con las uñas. Esta marioneta no estaba hecha del mismo material. Entonces pensó en las muñecas rellenas de arroz. Pesaban mucho y eran suaves. Nunca había visto una de semejante tamaño. Le olió la cabeza. No olía a arroz…, solo a agua del río. Tenía la melena hecha con pelo de verdad, y no supo averiguar por dónde se lo habían cosido a la cabeza. La oreja era tan real que podría haber sido modelada con una auténtica. Se maravilló ante la perfecta precisión de las pestañas. Acercó con sumo cuidado la yema de un dedo a las suaves terminaciones húmedas de esas pestañas y, además de notar cosquillas, le pareció que un párpado se movía un poco. Acarició ese párpado con la mayor delicadeza del mundo y notó que había algo debajo. Resbaladizo y globular, era suave y firme al mismo tiempo.
Algo oscuro e insondable se apoderó de él. A espaldas de sus padres y de los clientes, le propinó una leve sacudida a la muñeca. Un brazo resbaló y quedó colgando de la articulación del hombro de un modo en que no debería doblarse el brazo de una marioneta, y notó que por su interior subía el nivel del agua, poderoso y rápido.
—Es una niña.
Enfrascados en la discusión acerca del hombre herido, nadie lo oyó.
—¡Es una niña! —repitió en voz más alta.
Se dieron la vuelta.
—No se despierta.
Les mostró el cuerpecillo empapado para que pudieran juzgarlo por sí mismos.
Se acercaron a Jonathan. Una docena de pares de ojos afligidos recalaron en ese cuerpecillo.
La piel le relucía como el agua. Los pliegues de su vestido de algodón estaban pegados a las suaves líneas de sus extremidades, y la cabeza le colgaba del cuello en un ángulo que ningún marionetista podría conseguir. Sí, era una niña, pero no se habían dado cuenta, ni uno solo se había percatado, aunque era evidente. ¿Qué fabricante iba a tomarse tantísimas molestias, iba a crear una muñeca de tamaña perfección, para luego ponerle el vestido de algodón que podría llevar la hija de cualquier pobre? ¿Quién iba a pintar una cara de esa forma tan macabra e inerte? ¿Qué hacedor salvo el buen Dios iba a ser responsable de la curva de esos pómulos, de los huesos de esas espinillas, de esos delicados pies con cinco dedos cincelados de manera individual y con distintos tamaños, provistos de todo lujo de detalles? ¡Pues claro que era una niña! ¿Cómo podían haber pensado otra cosa?
En aquella habitación, en la que solían sobrar las palabras, se hizo el silencio. Los hombres que eran padres recordaron a sus propios hijos y decidieron demostrarles todo su amor, y nada más que su amor, hasta el final de sus días. Los que ya eran viejos y nunca habían tenido hijos, sufrieron una inmensa punzada de ausencia, y quienes no tenían hijos pero aún eran jóvenes, se vieron acribillados por el anhelo de abrazar a su futura descendencia.
Por fin, se rompió el silencio.
—¡Bendito Dios!
—¡Pobre angelito, ha muerto!
—¡Ahogada!
—¡Póngale la pluma en los labios, madre!
—Ay, Jonathan. Ya es tarde para ella.
—¡Pero con el hombre funcionó!
—No, hijo, el hombre ya respiraba. La pluma solo nos demostró que todavía le quedaba vida.
—¡A lo mejor a ella también!
—Salta a la vista que la pobre zagaleta ya se ha ido. No respira, y además, basta con echar un vistazo al color que tiene. ¿Quién lleva a esta pobre niña a la habitación alargada? Cógela tú, Higgs.
—Pero allí hace frío —protestó Jonathan.
Su madre le dio una palmadita en el hombro.
—No le importará. En realidad, ya no está entre nosotros, y en el lugar al que ha ido nunca hace frío.
—Dejadme llevarla a mí.
—Tú coge la linterna y ábrele la puerta al señor Higgs. Pesa mucho para ti, cariño mío.
El excavador de grava cogió el cuerpo de las manos temblorosas de Jonathan y levantó a la niña como si no pesara más que un ganso. Jonathan iluminó el camino y rodeó la taberna por fuera para dirigirse a un pequeño anexo de piedra. Una robusta puerta de madera daba paso a una habitación estrecha y sin ventanas que usaban de alacena. El suelo era de simple tierra y las paredes no estaban encaladas, ni pintadas, ni forradas de madera. En verano era un buen lugar para dejar un pato desplumado o una trucha recién pescada hasta que llegara el momento de comérselos; en una noche invernal como aquella, era un sitio húmedo y frío. De una de las paredes salía una losa de piedra, y ahí fue donde Higgs depositó a la niña. Jonathan, que recordó la fragilidad del papel maché, le acunó la cabeza mientras entraba en contacto con la piedra.
—Para que no se haga daño…
El quinqué de Higgs proyectó un círculo de luz sobre la cara de la chiquilla.
—Madre ha dicho que estaba muerta —dijo Jonathan.
—Así es, zagal.
—Madre dice que está en otro sitio.
—Sí.
—Pero a mí me parece que está aquí.
—Sus pensamientos la han abandonado. Su alma ha pasado a otro mundo.
—¿Y no podría estar dormida?
—No, zagal. Ya se habría despertado…
La luz del quinqué formaba sombras temblorosas sobre la cara inmóvil, y el calor de su luz intentaba enmascarar el blanco inerte de su piel, pero no era capaz de sustituir la iluminación interior de la vida.
—Una vez hubo una chica que durmió cien años. Se despertó con un beso.
Higgs parpadeó varias veces.
—Creo que no es más que un cuento.
El círculo de luz dejó la cara de la chiquilla para iluminar los pies de Higgs mientras salía de la habitación, pero al llegar a la puerta, este descubrió que Jonathan no lo seguía. Se volvió y levantó de nuevo el quinqué justo a tiempo de ver que el muchacho se encorvaba y le plantaba un beso a la niña en la frente en medio de la oscuridad.
Jonathan observó a la niña con suma atención. Entonces dejó caer los hombros y se dio la vuelta.
Cerraron la puerta con llave y se alejaron.
Había un médico a tres kilómetros de Radcot, pero nadie pensó en ir a buscarlo. Era viejo y caro, y sus pacientes solían morir, algo que no resultaba alentador. En lugar de eso, hicieron lo más sensato: fueron a buscar a Rita.
Así pues, media hora después de que hubiesen tumbado al hombre sobre las mesas, oyeron unos pasos en el exterior y la puerta se abrió para recibir a una mujer. Aparte de Margot y sus hijas, que formaban parte del Swan igual que los tablones del suelo y las paredes de piedra, las mujeres eran caras de ver en la taberna, de modo que todos clavaron los ojos en ella cuando entró en la sala. Rita Sunday era de estatura mediana y no tenía el pelo claro ni oscuro. En todo lo demás, su aspecto era cualquier cosa menos anodino. Los hombres la evaluaron y decidieron que no cumplía prácticamente con ningún requisito del deseo. Tenía los pómulos demasiado altos y demasiado angulosos; la nariz era demasiado grande; la mandíbula, demasiado ancha, y la barbilla, demasiado puntiaguda. Su mejor rasgo eran los ojos, que tenían una forma adecuada, aunque eran grises y miraban los objetos con demasiada fijeza por debajo de su ceño simétrico. Era demasiado vieja para ser joven y otras mujeres de su edad ya habían sido tachadas de la lista de mozas en edad de merecer, aunque en el caso de Rita, a pesar de su falta de gracia y de sus tres décadas de virginidad, había algo especial. ¿Qué historia escondía? Era la enfermera y la comadrona local, había nacido en un convento, había vivido allí hasta la edad adulta y había aprendido todo lo que sabía sobre medicina en el hospital de las monjas.
Rita entró en la sala de invierno del Swan. Como si se hubiese percatado de todos los ojos que se habían clavado en ella, se desabrochó el sobrio abrigo de lana y sacó los brazos. El vestido que apareció debajo era oscuro y sin adornos.
Fue directa al lugar en el que yacía el hombre, ensangrentado y todavía inconsciente encima de la mesa.
—Te he calentado agua, Rita —le dijo Margot—. Y aquí tienes paños, todos limpios. ¿Qué más quieres?
—Más luz, si es posible.
—Jonathan ha ido a buscar todos los quinqués y las velas de sobra que tenemos arriba.
—Y supongo que también me hará falta… —añadió Rita después de lavarse las manos, mientras exploraba con cuidado la gravedad del corte en el labio del hombre—… una navaja y un hombre con mano delicada y buen pulso para afeitar.
—Joe, ¿puedes hacerlo tú?
Joe asintió con la cabeza.
—Y licor. El más fuerte que tengáis.
Margot abrió con llave el armarito especial y sacó una botella verde. La colocó junto a la bolsa de Rita y todos los clientes, ávidos de alcohol, la observaron. El licor no tenía etiqueta y daba la impresión de haber sido destilado de manera ilegal, lo que significaba que sería lo bastante fuerte para tumbar a un hombre.
Los dos barqueros que sujetaban las lámparas por encima de la cabeza del herido vieron que la enfermera tanteaba el boquete que tenía en la boca. Con dos dedos pringados de sangre sacó un diente roto. Al cabo de un momento, sacó dos más. Sus dedos curiosos se desplazaron a continuación hacia el pelo, todavía húmedo. Exploró cada centímetro del cráneo.
—Las heridas de la cabeza se limitan a la cara. Podría ser peor. Bueno, para empezar, vamos a sacarle todo esto mojado.
Se produjo un revuelo en la sala. Una mujer soltera no podía quitarle la ropa a un hombre sin alterar el orden natural de las cosas.
—Margot —propuso Rita en voz baja—, ¿puedes dar indicaciones a los hombres?
Ella se dio la vuelta y se entretuvo en sacar objetos de la bolsa, mientras Margot organizaba a los hombres para que le quitaran la ropa con el mayor cuidado posible y les iba recordando de vez en cuando: «No sabemos si tiene heridas en alguna otra parte… ¡Cuidado, no vayamos a empeorar las cosas!». Asimismo, se apresuraba a desabrochar botones y nudos con sus dedos maternales cuando la borrachera o la torpeza natural les impedía hacerlo a ellos. Apilaron las prendas en el suelo: una chaqueta azul marino con muchos bolsillos, como la de un barquero, pero de un tejido de mejor calidad; botas de cuero fuerte a las que acababa de cambiar las suelas; un cinturón auténtico, mientras que un navegante se habría apañado con una soga; unos calzones largos y gruesos de lana y un chaleco de punto debajo de la camisa de fieltro.
—¿Quién es? ¿Lo sabemos? —preguntó Rita sin mirarlo.
—No sabemos si nos hemos cruzado con él alguna vez. Aunque en semejante estado, es difícil decirlo.
—¿Le habéis quitado la chaqueta?
—Sí.
—¿Por qué no le dices a Jonathan que eche un vistazo en los bolsillos?
Cuando se dio la vuelta y quedó de nuevo ante la mesa, su paciente estaba desnudo y le habían colocado un pañuelo blanco para proteger sus vergüenzas y la reputación de Rita.
La enfermera notó que los clientes la miraban a la cara y luego desviaban la vista.
—Joe, ¿me haces el favor de afeitarle el bigote? Ve con mucho tiento. No hace falta que quede perfecto, pero hazlo lo mejor que puedas. Y ten especial cuidado cuando te acerques a la nariz: la tiene rota.
Empezó la exploración. Primero colocó las manos encima de los pies del paciente, de ahí subió a los tobillos, las espinillas, las pantorrillas… Sus manos blancas destacaban contra la piel más oscura del herido.
—Es un hombre que se mueve al aire libre —advirtió uno de los excavadores de grava.
Rita fue palpando hueso, ligamento, músculo, sin dejar que sus ojos se posaran ni un instante en su desnudez, como si sus dedos viesen mejor que sus ojos. Trabajaba con pericia, y enseguida se cercioró de que, por lo menos ahí, todo estaba bien.
Al llegar a la cadera derecha, los dedos de Rita rodearon el pañuelo blanco y se detuvieron.
—Más luz aquí, por favor.
El paciente tenía un rasguño profundo a lo largo del costado. Rita vertió licor del frasco verde en un paño y lo aplicó a la herida. Los hombres que rodeaban la mesa torcieron los labios y su expresión denotó que se compadecían de él, pero el paciente no se inmutó siquiera.
El hombre tenía la mano junto a la cadera. Estaba tan hinchada que había duplicado su tamaño, ensangrentada y descolorida. Rita también la limpió con licor, pero algunas marcas no desaparecieron, por mucho que intentó frotarlas. Borrones de tinta oscura, pero no del tono de un hematoma ni de la sangre seca. Intrigada, levantó la mano y las observó con atención.
—Es fotógrafo —comentó.
—¡Que me aspen! ¿Cómo lo sabes?
—Por sus dedos. ¿Veis estas marcas? Manchas de nitrato de plata. Es lo que se utiliza para revelar las fotografías.
Aprovechó la ventaja de la sorpresa que había generado la noticia para moverse alrededor del pañuelo blanco. Apretó con cuidado el abdomen, no encontró muestras de una lesión interna, y siguió subiendo, subiendo, seguida de la luz del quinqué, hasta que el pañuelo blanco quedó sumido en la oscuridad y los hombres pudieron tranquilizarse al saber que Rita había vuelto al seguro reino del decoro.
Después de afeitarle el bigote y media barba, el hombre tenía un aspecto igual de espantoso o más. La nariz rota sobresalía todavía más, el tajo que le partía el labio y subía hacia la mejilla parecía diez veces peor ahora que quedaba a la vista. Los ojos, que suelen dotar de humanidad a un rostro, estaban tan hinchados que quedaban cerrados por completo. En la frente, la piel se había abultado y formaba un chichón lleno de sangre; Rita le extrajo unas puntas que parecían astillas de madera oscura de la frente, la limpió y luego se concentró en la herida del labio.
Margot le acercó una aguja y una hebra de hilo, ambas esterilizadas con licor. Rita clavó la punta de la aguja de coser junto al corte y fue pasando el hilo por la piel. Mientras lo hacía, la luz de la vela empezó a temblar.
—Si alguien lo necesita, que se siente —indicó—. Con un paciente tengo bastante.
Sin embargo, nadie tenía ganas de admitir que necesitaba sentarse.
Le cosió tres puntos limpios mientras los hombres apartaban la vista u observaban, fascinados, el espectáculo de una cara humana siendo remendada como si fuese un cuello de camisa roto.
Cuando terminó, el alivio general se hizo audible.
Rita miró su obra.
—Desde luego, ahora tiene mejor aspecto —admitió uno de los barqueros—. Aunque a lo mejor es porque ya nos hemos acostumbrado a mirarlo.
—Ajá —dijo Rita, como si estuviera medio de acuerdo.
Alargó una mano hacia el centro de la cara del paciente, le agarró la nariz entre el pulgar y el dedo índice y le dio una firme sacudida. Se oyó un crujido inconfundible y el sonido del hueso al moverse (un chapoteo acompañó al crujido). La luz de la vela parpadeó con violencia.
—¡Rápido, cogedlo! —exclamó Rita, y por segunda vez esa noche los jornaleros tuvieron que aguantar el peso de otro hombre, pues el excavador se desplomó en sus brazos cuando se le doblaron las rodillas.
Al hacerlo, las velas de los tres clientes acabaron en el suelo y se apagaron al caer… Toda la escena se apagó con ellas.
—En fin —dijo Margot, tras encender de nuevo las velas—. Menuda nochecita. Será mejor que pongamos a este pobre hombre en el cuarto de los peregrinos.
En los tiempos en que el puente de Radcot era el único punto por el que se podía cruzar el río durante kilómetros, muchos viajeros hacían un alto en el camino y pernoctaban en la taberna y, aunque en esa época ya apenas se utilizaba, había una habitación al final del pasillo a la que seguían denominando el cuarto de los peregrinos. Rita supervisó cómo levantaban al paciente para tumbarlo en la cama y lo cubrió con una manta.
—Me gustaría ver a la niña antes de irme —dijo.
—Querrás rezar por el alma de esa pobre desdichada. Por supuesto.
A ojos de los lugareños, Rita no solo era una buena doctora, sino que, teniendo en cuenta el tiempo que había vivido en el convento, también podía hacer las veces de párroco si era preciso.
—Aquí tienes la llave. Coge un quinqué.
Rita se puso el sombrero y el abrigo y, con una bufanda para protegerse la cara, salió del Swan y fue al edificio anexo.
Rita Sunday no tenía miedo de los cadáveres. Estaba acostumbrada a ellos desde su infancia, incluso había nacido de uno. Así fue como ocurrió: treinta y cinco años antes, embarazadísima y desesperada, una mujer se había arrojado al río. Cuando un barquero la atisbó y la sacó del agua, apenas respiraba. La llevó a las monjas de Godstow, que cuidaban de los pobres y necesitados en el hospital del convento. La mujer sobrevivió lo suficiente para que empezase el trabajo de parto. Pero el shock de haber estado a punto de ahogarse la había debilitado tanto que no tuvo fuerzas para dar a luz y murió cuando el vientre se le tensó con las fuertes contracciones. La hermana Grace se subió las mangas, cogió un bisturí, trazó una superficial curva roja en el abdomen de la mujer muerta y le sacó a la niña viva. Nadie sabía el nombre de la madre y, de todos modos, no se lo habrían puesto a la niña. La fallecida había cometido un triple pecado: la fornicación, el suicidio y el intento de matar al bebé, de modo que habría sido impío animar a la niña a recordarla. Así pues, llamaron a la recién nacida Margareta, en honor de santa Margarita, y pasó a ser Rita para abreviar. En cuanto a su apellido, en ausencia de un progenitor de carne y hueso, la llamaron Sunday, en honor del domingo, el día del Señor, igual que a los demás huérfanos del convento.
A la joven Rita se le daban bien los estudios, mostraba interés en el hospital y la animaban a ayudar. Había tareas que incluso una niña podía realizar: a los ocho años ya hacía camas y lavaba las sábanas y los paños ensangrentados; a los doce, llevaba cubos de agua caliente y ayudaba a adecentar a los muertos. Cuando Rita cumplió quince años, ya sabía limpiar heridas, entablillar fracturas, poner puntos de sutura… Y a los diecisiete, había pocas labores de enfermería que no supiera hacer, incluida la de asistir partos ella sola. Bien podría haberse quedado en el convento, haberse hecho monja y dedicado su vida a Dios y a los enfermos, de no ser porque un buen día, mientras recogía hierbas medicinales en la orilla del río, se le ocurrió que no había más vida que esta. Era un pensamiento pecaminoso, teniendo en cuenta todo lo que le habían enseñado, pero en lugar de sentirse culpable, se vio sobrecogida por el alivio. Si no había cielo, tampoco había infierno, y si no había infierno, entonces su madre desconocida no tendría que sufrir las agonías del tormento eterno, sino que simplemente se había ido, estaba ausente, ajena al sufrimiento. Les contó a las monjas que había cambiado de parecer y, antes de que se hubieran recuperado de la consternación, enrolló un camisón y un par de bombachos y se marchó sin coger siquiera un cepillo para el pelo.
—Pero ¡y tu obligación! —le recriminó la hermana Grace mientras se iba—. ¡Hacia Dios y hacia los enfermos!
—Los enfermos están por todas partes —respondió ella casi gritando.
A lo que la hermana Grace replicó:
—Igual que Dios…
Pero lo dijo tan bajo que Rita no la oyó.
Al principio, la joven enfermera había trabajado en un hospital de Oxford, y después, cuando se percataron de su talento, había ejercido de enfermera general y ayudante de un médico muy culto de Londres.
—Será una gran pérdida para mí y para la profesión cuando se case —le decía el médico en más de una ocasión, cuando advertía que un paciente se había encaprichado de su ayudante.
—¿Casarme? Yo no —respondía ella cada vez.
—¿Nunca? ¿Por qué no? —insistía el médico, después de haber escuchado la misma respuesta media docena de veces.
—Soy más útil al mundo como enfermera que como esposa y madre.
Eso solo era la mitad de la respuesta.
La otra mitad llegó unos días más tarde. Habían atendido en el parto a una joven de la edad de Rita. Era su tercer embarazo. Las otras veces todo había ido como la seda y no había motivos para temer lo peor. El bebé no estaba colocado en ninguna posición rara, el parto no se había prolongado más de lo habitual, no habían hecho falta fórceps, la placenta salió con facilidad. Lo que ocurrió fue que no pudieron detener la hemorragia. La parturienta se desangró sin parar hasta que al final murió.
El médico habló con el marido, que esperaba fuera de la habitación, mientras Rita recogía las sábanas manchadas de sangre con la eficiencia que da la práctica. Hacía tiempo que no llevaba la cuenta de las madres fallecidas.
Cuando el médico volvió a entrar, ella ya lo tenía todo listo para marcharse. Salieron de la casa y tomaron la calle en silencio. Al cabo de unos pasos, Rita dijo:
—No quiero morir así.
—No la culpo —contestó él.
El médico tenía un amigo, cierto caballero que solía aparecer a la hora de cenar y no se marchaba hasta la mañana siguiente. Rita nunca mencionó el tema, pero el médico se dio cuenta de que ella era consciente del amor que le tenía a ese hombre. Al parecer, a Rita no le importaba en absoluto, y mostraba una total discreción. Tras darle vueltas al asunto durante unos meses, el médico le propuso algo sorprendente.
—¿Por qué no se casa conmigo? —le preguntó un día en un hueco entre dos pacientes—. No habría…, ya sabe. Pero sería conveniente para mí, y podría ser ventajoso también para usted. A los pacientes les gustaría.
Rita lo pensó y estuvo de acuerdo. Se comprometieron, pero, antes de que pudieran casarse, el médico enfermó de neumonía y murió, demasiado joven. Cuando le quedaban pocos días de vida, llamó al abogado para cambiar el testamento. Le dejó la casa y los muebles al caballero, y a Rita una suma de dinero considerable, lo suficiente para darle una modesta independencia. También le legó su biblioteca. Ella vendió los libros que no eran de temas médicos ni científicos, y pidió que le empaquetaran el resto y lo llevaran río arriba. Cuando el barco llegó a Godstow, miró hacia el convento y sintió una punzada sorprendente que le hizo pensar en su Dios perdido.
—¿Aquí? —preguntó el barquero, que había malinterpretado la naturaleza de la intensidad que mostraba su cara.
—Continúe —le dijo.
Prosiguieron su camino, otro día y otra noche, hasta que recalaron en Radcot. A Rita le gustó el aspecto del lugar.
—Aquí —le dijo al barquero—. Es un buen sitio.
Compró una modesta casita junto al río, poco más que una cabaña, colocó los libros en las estanterías y dejó caer entre las mejores familias de la zona que tenía una carta de recomendación de uno de los mejores médicos de Londres. En cuanto hubo tratado a unos cuantos pacientes y asistido en media docena de partos, su reputación creció. Las familias más ricas de la zona solo confiaban en Rita para su llegada al mundo y para su despedida del mismo, así como para el resto de las crisis médicas entre un acontecimiento y el otro. Era un trabajo bien remunerado y le proporcionaba unos ingresos adecuados para completar su herencia. Entre esos pacientes, había algunos que podían permitirse ser hipocondríacos; Rita toleraba su autocompasión, porque eso le permitía trabajar con unas tarifas muy reducidas (o incluso gratis) para quienes no podían pagar. Cuando no trabajaba, vivía de manera frugal, se dedicaba a leer de cabo a rabo y de manera metódica la biblioteca del médico (nunca pensaba en él ni se refería a él como su prometido) y preparaba fórmulas magistrales.
Cuando sucedió esta historia, Rita ya llevaba diez años en Radcot. La muerte no la asustaba. Durante esos años había atendido a los moribundos, había presenciado su fallecimiento y los había amortajado después. Había visto la muerte por enfermedad, la muerte al dar a luz, la muerte por accidente… La muerte por malicia, un par de veces. La muerte bien recibida a una edad avanzada. El hospital de Godstow estaba junto al río, así que, por supuesto, también estaba familiarizada con el aspecto de quienes morían ahogados.
Era la muerte por ahogamiento la que Rita tenía en mente cuando recorrió el camino que la separaba del pequeño edificio anexo al Swan aquella noche fría. Ahogarse es fácil. Todos los años el río se cobra unas cuantas vidas. Uno que ha bebido demasiado, otro que resbala, basta un despiste para acabar así. El primer ahogado que vio Rita fue un niño de doce años; en aquella época solo tenía un año menos que ella. Había resbalado en la esclusa mientras cantaba y se divertía. Luego llegó el juerguista estival que tropezó y se cayó por la borda de un barco, con tan mala suerte que se dio un golpe en la sien al caer; sus amigos estaban tan borrachos que no lograron rescatarlo a tiempo. Un estudiante con ganas de alardear saltó de la parte más alta del puente de Wolvercote un dorado día otoñal, pero le sorprendió la profundidad y la corriente impetuosa. Un río es un río, en la estación que sea. Había muchachas jóvenes, como su propia madre, pobres almas incapaces de afrontar un futuro de vergüenza y pobreza, abandonadas por su amante y su familia, que suplicaban al río que pusiera fin a sus sufrimientos. Y luego estaban los recién nacidos, pedazos de carne no deseados, principios de vida, ahogados antes de tener la oportunidad de vivir. Lo había visto todo.
En cuanto llegó a la puerta de la habitación alargada, Rita metió la llave en la cerradura. Dentro parecía hacer más frío que fuera. El aire helado trazó un vívido mapa de pasadizos y cavidades detrás de sus fosas nasales, que ascendieron hasta la frente. El frío transportaba el olor fuerte de la tierra, la piedra y el río, algo que resultaba sobrecogedor. Enseguida se puso alerta.
La luz tenue que ofrecía el quinqué temblaba mucho antes de llegar a los rincones de la habitación de piedra, pero aun así el cuerpecillo estaba iluminado, pues desprendía un resplandor glauco. Era un efecto muy curioso, provocado por la extrema palidez del cadáver, aunque una persona más fantasiosa habría podido pensar que la luz emanaba de las propias extremidades en miniatura.
Consciente del inusual estado de alerta que la embargaba, Rita se aproximó. Calculó que la niña tendría unos cuatro años. Tenía la piel blanca. Iba vestida con un atuendo de lo más sencillo que dejaba los brazos y los tobillos al descubierto, y la tela, todavía empapada, se arrugaba alrededor de su cuerpo.
Al instante, Rita comenzó con su ritual del hospital del convento. Comprobó si respiraba. Colocó dos dedos en la garganta de la niña para tomarle el pulso. Levantó el pétalo de un párpado para examinar la pupila. Mientras hacía todo eso, oía mentalmente el eco de la oración que habría acompañado el reconocimiento con un coro de voces femeninas muy calmadas: «Padre Nuestro, que estás en el cielo…». Lo oyó, pero sus labios no se movieron al compás.
Ausencia de respiración. Ausencia de pulso. Pupilas totalmente dilatadas.
Esa vigilancia extrema seguía despierta en ella. Se irguió junto al cuerpecillo y se preguntó por qué su mente estaba tan receptiva. A lo mejor era solo cosa del aire frío.
Es posible leer el cuerpo de un fallecido si has visto los suficientes, y Rita los había visto todos. El cuándo, el cómo y el porqué estaban presentes si uno sabía dónde buscarlos. Empezó a examinar el cadáver de manera tan metódica y exhaustiva que se olvidó por completo del frío. A la luz titilante del quinqué, observó y escudriñó cada centímetro de la piel de la niña. Levantó los brazos y las piernas, palpó el suave movimiento de las articulaciones. Miró dentro de los oídos y de la nariz. Exploró la cavidad de la boca. Estudió las uñas, tanto de las manos como de los pies. Y una vez concluido el análisis, se apartó y frunció el entrecejo.
Algo no encajaba.
Con la cabeza ladeada y la boca torcida por la perplejidad, Rita repasó todo lo que sabía. Sabía que los ahogados se arrugan, se hinchan y abotagan. Sabía que la piel, el pelo y las uñas se les sueltan. Ninguno de esos indicios estaba presente, pero eso solo significaba que la niña no había pasado mucho tiempo bajo el agua. Luego estaba la cuestión de las mucosidades. El ahogamiento deja espuma en las comisuras de los labios y en los orificios nasales, pero no había ni rastro de tal sustancia en la cara de ese cadáver. Eso también podía tener su explicación. La chiquilla ya estaba muerta cuando cayó al agua. Hasta ahí, bien. Era el resto lo que la perturbaba. Si la niña no se había ahogado, ¿qué le había sucedido? El cráneo estaba intacto; las extremidades, sin contusiones. No había hematomas en la garganta. Ningún hueso estaba roto. Tampoco había pruebas de lesiones en los órganos internos. Rita era consciente de hasta dónde podía llegar la perversidad humana: había comprobado los genitales de la niña y sabía que no había sido víctima de ningún abuso.
¿Acaso era posible que la niña hubiese muerto por causas naturales? No obstante, no había signos visibles de enfermedad. De hecho, a juzgar por el peso, la piel y el pelo, debía de gozar de una salud excepcional.
Todo eso ya habría resultado bastante desconcertante, pero había más. Aun suponiendo que la niña hubiese fallecido por causas naturales y (por algún motivo imposible de imaginar) hubiera sido arrojada al río, debería tener algún daño en la piel producido después de la muerte. La arena y la gravilla erosionan la piel, las piedras la rozan, el detritus del lecho fluvial puede hacer cortes profundos. El agua es capaz de romper los huesos de un hombre; un puente puede aplastarle el cráneo. La mirase por donde la mirase, la niña estaba intacta, sin un solo rasguño, sin cortes ni arañazos. Su cuerpecillo estaba inmaculado. «Igual que una muñeca», le había dicho Jonathan al describir a la niña que había caído en sus brazos, y comprendía por qué el muchacho había pensado eso. Rita había pasado las yemas de los dedos por las plantas de los pies de la niña, había rodeado la parte exterior de ambos dedos gordos, y eran tan perfectos que podría pensarse que nunca había pisado el suelo. Tenía las uñas tan delicadas y de un brillo tan perlado como el de un recién nacido. Que la muerte no hubiese dejado ninguna marca en ella ya era bastante extraño, pero la vida tampoco lo había hecho, y eso, por la experiencia que tenía Rita, era todavía más extraordinario, único.
Todos los cuerpos cuentan una historia… Pero el cadáver de esta niña era una página en blanco.
Rita alargó el brazo hacia el gancho del que colgaba el quinqué. Acercó la luz a la cara de la niña, pero le resultó igual de inexpresiva que el resto de ella. Era imposible decir si, en vida, esas facciones romas y sin terminar habían llevado la huella de la hermosura, de la tímida observación o de la malicia traviesa. Si en algún momento había mostrado curiosidad, placidez o impaciencia, la vida no había tenido tiempo de cincelarla para volverla permanente.
Muy poco tiempo antes (dos horas como mucho), el cuerpo y el alma de esa pequeña todavía estaban unidos con firmeza. Al pensarlo, y a pesar de toda su formación, de toda su experiencia, Rita se encontró de repente en las garras de una tormenta de sentimientos. No era la primera vez desde que se había despedido de Dios en la que anhelaba su presencia. Dios, quien en sus años infantiles lo había visto todo, sabido todo, comprendido todo. Qué fácil era entonces cuando, ignorante y confundida, podía poner su fe en un padre que gozaba de la comprensión perfecta de todas las cosas. No le había importado desconocer algo, cuando podía estar segura de que Dios sí lo conocía. Pero ahora…
Tomó la mano de la niña —la mano perfecta, con sus cinco dedos perfectos y sus uñas perfectas—, la colocó en su palma abierta y cerró la otra palma sobre la manita.
«¡Esto es injusto! ¡Es injusto! ¡No debería ser así!»
Y entonces fue cuando sucedió.
Antes de que Margot zambullera la ropa del hombre herido en un cubo de agua limpia, Jonathan repasó todos los bolsillos. Allí apareció:
Un monedero hinchado por el agua, en el que había una cantidad de dinero que podría cubrir toda clase de gastos y aún sobraría para invitarlos a todos a una copa cuando estuviera en mejores condiciones.
Un pañuelo, calado.
Una pipa, entera, y una lata de tabaco. Abrieron la tapa y descubrieron que el contenido estaba seco. «Por lo menos, se alegrará de eso», comentaron los clientes.
Una anilla, a la que iban unidas un buen número de herramientas y utensilios delicados que los desconcertaron —¿era relojero?, se preguntaban, ¿cerrajero?, ¿ladrón?—, hasta que el muchacho sacó el siguiente objeto.
Una fotografía. Y entonces se acordaron de las manchas oscuras de sus manos y de la sugerencia de Rita de que se trataba de un fotógrafo, y la foto pareció dar argumentos a su suposición. Las herramientas debían de tener algo que ver con la profesión del hombre.
Joe le arrebató la fotografía a su hijo y le dio unos suaves toques con el puño de lana para secarla.
En ella se veía una esquina de un campo, un fresno y no mucho más.
—He visto fotos más bonitas —dijo alguien.
—Le falta una torre de iglesia o una cabaña de paja —dijo otro.
—Pues yo no veo qué quería sacar en la foto. No se ve nada —dijo un tercero, rascándose la cabeza con perplejidad.
—Trewsbury Mead —dijo Joe, el único que lo reconoció.
No sabían qué decir, así que se encogieron de hombros y dejaron la fotografía en la repisa de la chimenea para que se secara. Luego pasaron al último elemento que salió de los bolsillos del hombre, que era lo siguiente: una caja metálica en la que había un taco de tarjetitas. Sacaron la primera y se la pasaron a Owen, el que mejor leía de todos. Este se acercó una vela y leyó en voz alta:
HENRY DAUNT DE OXFORD
Retratos, paisajes, escenas de campo y de ciudad
También postales, guías, marcos
Especializado en estampas del Támesis
—Rita tenía razón —exclamaron—. Dijo que era fotógrafo, y aquí está la prueba.
Entonces, Owen leyó en voz alta una dirección de High Street, en Oxford.
—¿Quién irá a Oxford mañana? —preguntó Margot—. ¿Alguien lo sabe?
—El marido de mi hermana tiene un puesto de quesos —propuso un excavador de grava—. No me importaría ir a su casa esta noche y preguntárselo.
—La barcaza tardará dos días en llegar, ¿verdad?
—No podemos dejar que su familia esté preocupada por él dos días enteros.
—¿Seguro que el marido de tu hermana irá mañana? Me extraña… Si fuera en barca, no le daría tiempo de volver para Navidad.
—El tren, entonces.
Decidieron que fuese Martins. No lo necesitaban en la granja al día siguiente y tenía una hermana que vivía a cinco minutos de la estación de Lechlade. Iría a su casa esa misma noche, para estar a punto y poder coger el primer tren de la mañana. Margot le dio dinero para el billete, el chico repitió la dirección hasta que se la aprendió de memoria y se puso en camino, con un chelín en el bolsillo y una historia recién salida del horno en la punta de la lengua. Tenía casi diez kilómetros de trayecto por la ribera del río para ensayar el relato, de modo que, cuando llegara a casa de su hermana, ya lo dominaría a la perfección.
Los otros bebedores se quedaron un poco más. La sesión de cuentacuentos habitual se había dado por concluida (¿quién iba a entretenerse en contar historias cuando estaban viviendo una real?), así que rellenaron los vasos y las jarras de cerveza, volvieron a dar lumbre a sus pipas y se acomodaron en los taburetes. Joe guardó los enseres de afeitar y regresó a la silla, desde donde tosía discretamente de vez en cuando. Desde su taburete junto a la ventana, Jonathan vigilaba los troncos del fuego y controlaba que no se agotaran las velas. Margot echó la ropa mojada en un cubo, la empujó con una paleta vieja y le dio un buen meneo; luego volvió a colocar encima del fogón la cazuela de cerveza especiada. La fragancia a nuez moscada y pimienta inglesa se mezcló con el tabaco y la madera ardiendo, hasta que el olor a río se redujo.
Los clientes empezaron a hablar y encontraron las palabras para convertir los acontecimientos de la noche en un relato.
—Cuando lo vi aquí en la puerta, me quedé petrificado. No, anonadado. Eso es. Así me sentí. ¡Anonadado!
—Yo me quedé apabullado, ya lo creo.
—Y yo. Sí, yo estaba anonadado y apabullado. ¿Y tú?
Eran coleccionistas de palabras, del mismo modo que muchos de los excavadores de grava eran coleccionistas de fósiles. Siempre aguzaban el oído en busca de palabras especiales, extrañas, exóticas, únicas.
—Yo diría que me quedé patidifuso.
La saborearon en el paladar, le dieron vueltas con la lengua. Era una buena palabra. Reconocieron el mérito de su compañero asintiendo con la cabeza.
Uno de ellos era nuevo en el Swan, nuevo en el mundo de los cuentacuentos. Todavía andaba un poco perdido.
—¿Y qué me decís de estupefacto? ¿Podría decir eso?
—¿Por qué no? —lo alentaron—. Di estupefacto, si quieres.
Beszant, el reparador de barcos, volvió a entrar en el Swan. Una barca también era capaz de contar una historia y había salido a ver qué podía revelarle la del hombre. Todos los clientes de la taberna lo miraron y prestaron atención.
—Está ahí —informó—. Con un buen porrazo en toda la borda. Está hecha añicos y no para de tragar agua. Ya estaba medio hundida. La he dejado del revés en la orilla, pero no hay nada que hacer. Ya no tiene remedio.
—¿Qué crees que ocurrió? ¿Chocó contra el muelle?
El reparador de barcos sacudió la cabeza con autoridad.
—Algo aporreó la barca con fuerza. Desde arriba. —Sacudió una mano por el aire con vigor y luego chocó una palma con la otra para hacer una demostración—. El muelle, no… Entonces la barca tendría el golpetazo en el lateral.
En ese momento, los parroquianos empezaron a divagar río arriba y río abajo, repasando metro a metro, de puente a puente, valorando los daños que habrían podido sufrir el hombre y la barca con cada peligro. Todos tenían experiencia con el río —si no era por profesión, era por afición—, y todos y cada uno de ellos querían dar su opinión y contribuir a averiguar qué había sucedido. Mentalmente, hicieron chocar la embarcación con cada malecón y cada muelle, con cada puente y cada rueda de molino, río arriba y río abajo, pero ninguno acertó. Hasta que llegaron a la presa del Diablo.
La presa tenía grandes contrafuertes de fresno macizo a intervalos regulares que se adentraban en el río, y entre ellos había extensas planchas de madera, como si fuesen muros, que podían levantarse o bajarse según la corriente. Era costumbre salir del barco y arrastrarlo por la pendiente construida con ese propósito, para poder rodear la presa y después volver a montarse al alcanzar el otro lado. En la orilla había una taberna, así que casi siempre se encontraba a alguien dispuesto a echar una mano con la embarcación a cambio de un trago gratis. Sin embargo, algunas veces (cuando las planchas de madera estaban levantadas y el barco era ágil, cuando el río estaba en calma y el barquero era experimentado) un hombre podía ganar tiempo si cruzaba la presa por dentro del río. En esos casos, era preciso alinear con cuidado la embarcación, para que no se torciera el rumbo, y luego había que recoger los remos para que no se rompieran contra los enormes contrafuertes y (si el río iba alto) el barquero tenía que agacharse o incluso tumbarse boca arriba en el barco para evitar golpearse la cabeza con la viga superior de la presa.
Calibraron todas estas variables pensando en el hombre. Las calibraron también pensando en el barco.
—Entonces, ¿fue eso lo que le pasó? —preguntó Joe—. ¿Fue en la presa del Diablo donde se accidentó?
Beszant agarró un fragmento de madera del tamaño de una cerilla de un montoncito que había cerca. Negra y firme, era la astilla más grande que Rita había extraído de la cabeza del hombre herido. La apretó contra la yema del dedo, notó la firmeza residual de la madera a pesar del contacto prolongado con el agua. Era muy probable que se tratase de fresno y la presa estaba construida con madera de ese árbol.
—Diría que sí.
—Yo he cruzado la presa del Diablo más de una vez —dijo un granjero—. Y supongo que tú también, ¿no?
El reparador de barcos asintió.
—Si el río está de humor para permitírmelo, sí.
—¿Lo intentarías de noche?
—¿Y arriesgar mi vida por ahorrarme unos segundos? No estoy tan loco.
Se produjo una oleada de satisfacción al saber que habían desvelado al menos uno de los misterios de la noche.
—Y, sin embargo —se preguntó Joe, tras hacer una pausa—, si fue en la presa del Diablo donde resultó herido, ¿cómo llegó desde allí hasta la taberna?
En ese momento brotaron media docena de conversaciones en grupitos, que iban proponiendo una teoría tras otra, para valorarlas y después seguir con nuevos interrogantes. Supongamos que había remado todo el trecho hasta la taberna después del accidente… ¿Con esas lesiones? ¡No! Entonces, supongamos que fue a la deriva, inconsciente y entre la vida y la muerte, hasta que recuperó la consciencia en Radcot y… ¿A la deriva? ¿Un barco en semejantes condiciones? ¿Sorteando obstáculos en la oscuridad, en solitario, a la vez que se iba colando agua dentro de la embarcación? ¡No!
Dieron vueltas y más vueltas al tema, encontraron explicaciones que concordaban con una mitad de los hechos, o con la otra mitad, que proporcionaban el qué pero no el cómo, o el dónde pero no el porqué, hasta que se les acabó la imaginación y se vieron igual de lejos que al principio de una respuesta satisfactoria. ¿Cómo era posible que el hombre no se hubiese ahogado?
Durante un rato, la única voz que se oyó fue la del río, hasta que Joe tosió en voz baja y respiró hondo para hablar.
—Habrá sido cosa de Silencioso.
Todos dirigieron la vista hacia la ventana y los que estaban lo bastante cerca miraron por ella para contemplar la noche apacible en la que una extensión de negrura que cambiaba a toda velocidad desprendía un brillo líquido. Silencioso, el barquero. Todos sabían quién era. De vez en cuando, se colaba en las historias que contaban, e incluso había algunos que juraban haberlo visto en persona. Aparecía en el río cuando alguien estaba en apuros dentro del agua, una figura demacrada y esbelta, que manipulaba la percha con tal maestría que su batea parecía deslizarse como si la propulsara una fuerza de otro mundo. Nunca pronunciaba una palabra, pero guiaba a las personas hasta la orilla para que pudieran vivir un día más. Pero si uno tenía mala suerte (o eso decían), lo llevaba a una orilla completamente distinta, y las pobres almas que acababan ahí nunca regresaban al Swan a levantar la pinta de cerveza y contar sus aventuras.
Silencioso. Eso le daba un cariz muy diferente a la historia.
Margot, cuya madre y abuela habían hablado de Silencioso los meses previos a su muerte, frunció el ceño y cambió de tema.
—Pobre hombre, tendrá un despertar muy doloroso. Perder a un hijo… No hay cosa que rompa más el corazón.
Los clientes murmuraron que estaban de acuerdo, así que Margot continuó su discurso.
—Pero, de todos modos, ¿por qué iba un padre a meter a su hija en el río a estas horas de la noche? ¡Y además en invierno! Aunque hubiera ido solo, habría sido una temeridad, pero con una niña…
Los padres que había en la sala asintieron, y añadieron la precipitación al carácter del hombre que yacía inconsciente en la sala contigua.
Joe tosió antes de decir:
—Con lo graciosa que parecía la zagala…
—Extraño.
—Peculiar.
—Raro —añadieron un trío de voces.
—Yo ni siquiera sabía que era una niña —musitó una voz, confundida.
—Y no eras el único.
Margot llevaba todo el rato dándole vueltas a ese asunto mientras los hombres hablaban de barcos y presas. Pensaba en sus doce hijas y en sus nietas y se reprendía a sí misma. Una niña era una niña, viva o muerta.
—¿Cómo es posible que no lo viésemos? —preguntó con un tono que hizo que todos sintieran vergüenza.
Volvieron la mirada hacia los rincones oscuros de la sala e hicieron memoria. Evocaron una vez más el momento en que el hombre herido había aparecido en el vano de la puerta. Revivieron su propio asombro, supusieron que no habían tenido tiempo de fijarse cuando sucedió. Había sido como un sueño, pensaron, o como una pesadilla. El hombre se les había aparecido igual que alguien salido de un cuento popular: un monstruo o un espíritu maligno. Habían tomado a la niña por una marioneta o una muñeca.
Se abrió la puerta, igual que había ocurrido antes.
Los clientes apartaron el recuerdo del hombre con un parpadeo y vieron lo siguiente: a Rita.
Estaba en el vano de la puerta, en el mismo punto que el hombre.
Llevaba en brazos a la niña muerta.
¿Otra vez? ¿Acaso era un error temporal? ¿Estaban borrachos? ¿Habían perdido la chaveta? Habían sucedido tantas cosas que tenían el cerebro saturado. Esperaron a que el mundo recuperase el orden.
¡El cadáver abrió los ojos!
La niña giró la cabeza.
Su mirada transmitió tal oleada de energía por la sala que todos los ojos notaron las ráfagas, todas las almas quedaron mecidas en su amarre.
Pasó un tiempo indefinido y, cuando por fin se rompió el silencio, fue Rita quien habló.
—No lo sé —dijo.
Era una respuesta a las preguntas que los demás no podían formular debido al desconcierto, una respuesta a las preguntas que ni ella misma era capaz de plantearse.
Cuando todos recordaron que todavía tenían la lengua dentro de la boca y que esta aún les funcionaba, Margot añadió:
—Déjame que la arrope con el chal.
Rita levantó la mano a modo de advertencia.
—No la abrigues demasiado rápido. Ha llegado hasta aquí en un entorno frío. Tal vez le convendría ir entrando en calor de forma lenta y paulatina.
Las mujeres colocaron a la niña en el asiento de la ventana. Su palidez parecía mortal. Estaba inmóvil; a excepción de los ojos, que parpadeaban y observaban con atención.
Los barqueros, los jornaleros y los excavadores de grava, jóvenes y viejos, con manos cuarteadas y dedos enrojecidos, con el cuello mugriento y la barbilla áspera, se inclinaron hacia delante desde sus asientos y contemplaron con suave anhelo a la niñita.
—¡Se le cierran los ojos!
—¿Se está muriendo otra vez?
—¿No ves que le sube el pecho?
—Ah, sí. Ya lo veo. Y ahora baja.
—Y vuelve a subir.
—Se está quedando dormida.
—¡Chist!
Hablaban en voz baja.
—¿Hay que mantenerla despierta?
—Ay, apártate, anda. ¡No la veo respirar!
—Y ahora, ¿la ves mejor?
—Toma aire.
—Y lo suelta.
—Dentro.
—Fuera.
Se pusieron de puntillas para inclinarse todavía más, intentaban mirar por encima del hombro de los otros clientes, forzaban la vista para enfocar el haz de luz de la vela que Rita sujetaba sobre la niña dormida. Seguían con la mirada cada una de sus respiraciones y, sin saberlo, la respiración de los asistentes se fue acompasando a la de la chiquilla, como si entre el pecho de todos ellos formasen un buen fuelle para inflar sus pulmones infantiles. La propia sala se expandía y se contraía con la respiración de la niña.
—Debe de ser bonito tener una cría a la que cuidar.
Quien lo dijo, con tono bajo y nostálgico, fue un jornalero huesudo con las orejas rojas.
—No hay cosa más bonita —admitieron sus amigos con anhelo.
Jonathan no había despegado los ojos de la niña en todo el tiempo. Se fue abriendo paso por la sala hasta acabar junto a ella. Extendió una mano insegura y, cuando Rita le dio permiso con un gesto de la cabeza, pasó los dedos con cuidado por un mechón de la niña.
—¿Cómo lo ha hecho? —preguntó el muchacho.
—No he sido yo.
—Entonces, ¿qué la ha hecho volver a la vida?
Rita negó con la cabeza.
—¿Fui yo? Le di un beso. Para despertarla, como el príncipe del cuento.
Y acercó los labios al pelo de la pequeña para demostrárselo a Rita.
—En la vida real no funciona así.
—¿Es un milagro?
Rita arrugó la frente, incapaz de responder.
—No pienses en eso ahora —intervino su madre—. Hay muchísimas cosas que cuesta discernir en la oscuridad y que se aclaran solas a la luz el día. Esta zagaleta necesita dormir, no que la agobies. Venga, apártate, quiero que te encargues de una cosa.
Volvió a abrir el armarito y sacó otra botella, puso una docena de vasos diminutos en una bandeja y colocó un dedo de licor en cada uno de ellos.
Jonathan los fue repartiendo entre todos los presentes.
—Dale uno a tu padre. —Joe no solía beber en invierno ni cuando le dolían los pulmones—. ¿Te animas tú también, Rita?
—Venga, sí. Gracias.
Todos a una, se llevaron los vasitos a los labios y dieron un sorbo a la vez.
¿De verdad era un milagro? Era como si hubiesen soñado con una olla de oro y se hubieran despertado con una junto a la almohada. Como si hubiesen contado un cuento de una princesa encantada y al terminar de narrarlo se la hubiesen encontrado sentada en un rincón de la habitación, escuchando.
Se pasaron casi una hora sentados en silencio y observaron a la niña dormida, sin parar de hacerse preguntas. ¿Acaso podía haber algún lugar en todo el país que fuese más interesante que el Swan de Radcot esa noche? Y además podrían decir: «¡Yo estuve allí!».
Al final, fue Margot quien los mandó a casa.
—La noche ha sido muy larga y a todos nos irá bien dormir un poco.
Los clientes apuraron los restos de las jarras de metal y, lentamente, fueron a buscar los abrigos y sombreros. Se levantaron con piernas inestables a causa de la bebida y la magia, y avanzaron arrastrando los pies por el suelo hacia la puerta. Hubo una ronda de despedidas, se abrió la puerta y uno a uno, con varias miradas atrás para ver al resto por última vez, los parroquianos desaparecieron en la noche.