A las siete de la tarde se sienta en la terraza de su apartamento del tercer piso; observa la caída de la tarde y espera. ¿Qué promete la última luz y qué podrá cumplir?
Ante él hay un patio vacío con una parcela de césped, adelfas, un banco y una descuidada enramada de buganvillas. El patio acaba en un muro de piedra en el que se puede distinguir el contorno de una entrada cegada con hileras de piedra más nuevas, más claras; le parece que incluso deben de pesar menos que las otras. Detrás de la tapia se alzan dos cipreses, que ahora, a la luz del ocaso, son negros en lugar de verdes. Más allá se extienden montes despoblados: es el desierto. Allí, a veces, se levanta un remolino gris que da vueltas por un instante, después se inclina, cae, se calma. Y aparece en otro lugar.
El cielo se oscurece. Entre las nubes serenas hay una que refleja la tenue luz del ocaso. El sol no se pone exactamente donde está esta terraza. Un pájaro tiembla sobre el muro de piedra que cierra el patio, como si en ese momento hubiera descubierto algo insoportable. ¿Y tú?
Cae la noche. En el pueblo se encienden las farolas y las tanas de las casas se alternan con la oscuridad. El viento arrecia y con él llega un olor a fogatas y polvo. La luz de la luna extiende una máscara de muerte sobre los montes cercanos, como si ya no fueran montes, sino sonidos graves. Para él, este lugar es el fin del ha podido y, a partir de ahora, espera.
Con esta sensación se va de la terraza, entra, se sienta y coloca los pies descalzos sobre la mesa del salón con las pesadas manos a los lados del sillón como atraídas por el frío del suelo. No enciende el televisor ni la luz. Los neumáticos de un automóvil chirrían en la calle. Los perros le ladran al pasar. Alguien toca la flauta, no una melodía completa, sino simples escalas que se van repitiendo sin ningún cambio aparente. Esos sonidos le agradan. En las entrañas del edificio, el ascensor pasa por su planta sin detenerse. En la radio de los vecinos, una locutora habla, por lo visto en otro idioma, aunque ahora tampoco está seguro de eso. Una voz de hombre afirma, desde las escaleras: No, eso es imposible. Otro le responde: Pues no. No te vayas. Ya pasará.
Cuando cesa un momento el ruido del frigorífico, se oyen los grillos del wadi, como punteando el silencio. Entra una brisa suave, mueve ligeramente las cortinas, roza las páginas de un periódico del estante, respira por toda la habitación, agita unas hojas en la maceta, sale por la otra ventana y vuelve al desierto. Se abraza los hombros por un instante. Ese placer le recuerda el sabor de una tarde de verano en una ciudad de verdad, quizás Copenhague, donde una vez se quedó dos días. Allí la noche no se abalanza, sino que va tanteando quedamente. El velo del crepúsculo duraba tres o cuatro horas y parecía como si la tarde quisiera tocar el alba. Tañían varias campanas y una de ellas sonaba ronca, como la tos. Una llovizna suave unía el cielo con el embalse y los canales. Un tranvía iluminado pasó bajo la lluvia, vacío, y le pareció ver a una joven vendedora de billetes hablando con el conductor, tocándole la mano, y pasó de largo, y de nuevo la fina lluvia, como si la luz vespertina no la traspasara, sino que surgiera de ella. Las gotas se encontraban con una fuente en una plaza cercana. Allí el agua tranquila está iluminada desde dentro durante toda la noche. Un borracho andrajoso, ya no tan joven, dormitaba sentado en la barandilla, su cabeza cubierta de mechas canosas pero sin calcetines, sumergidos en el agua de la fuente. No se
¿Qué hora es ahora?
Se agacha para ver el reloj en la oscuridad; mira las manecillas fosforescentes, pero olvida la pregunta. Quizás es así como comienza el lento descenso del dolor a la tristeza. Nuevamente ladran los perros, esta vez desaforados, iracundos, ladran en los patios y en los solares vacíos, ladran también desde el wadi y aún más lejos, desde la lejana oscuridad, desde las colinas, perros pastores de beduinos, perros abandonados, tal vez huelen un zorro; ahora un ladrido se torna en gemido y otro le contesta punzante, desesperado, como si estuviera irremediablemente perdido. Es el desierto en una noche de verano. Antiguo. Indolente. Vítreo. Ni vivo ni muerto. Presente.
Observa los montes desde dentro, a través de la puerta de cristal de la terraza y por encima del muro de piedra que hay al fondo del patio. Se siente agradecido y no sabe por qué, pero da las gracias a los montes. Tiene sesenta años, es robusto, y su cara ancha de campesino, un poco tosca y desgastada, muestra una expresión de desconfianza o duda y un aire de astucia oculta. Tiene el pelo canoso cortado casi al cero y un bigote grisáceo, poderoso. Cuando está en una habitación, en la que sea, los demás creen que ocupa un espacio mayor del que realmente llena su cuerpo. Su ojo izquierdo casi siempre está semicerrado, no como si lo estuviese guiñando, sino como si observara atentamente un insecto o un objeto minúsculo. Despierto y laso, se sienta en el sillón como si acabara de despertarse de un profundo sueño. Los lazos apacibles que unen el desierto con la oscuridad le parecen razonables. Otras personas dedican esta noche a divertirse, a los quehaceres, al arrepentimiento. Por su parte, él admite gustoso este momento, que no es vacuo según su opinión. El desierto le parece por ahora aceptable y la luz de la luna, justificada. Por la ventana de enfrente asoman tres o cuatro estrellas nítidas por encima de los montes. Dice en voz baja: Se puede respirar.
Sólo consigo respirar un poco por la tarde, cuando afloja el calor. Ya ha terminado otro día de locos. Siempre corriendo detrás del tiempo. Desde las ocho de la mañana hasta las dos menos cuarto en el instituto, dos horas de literatura general, dos horas para preparar los exámenes de bachillerato y otra hora dedicada a los alumnos inmigrantes de Rusia, a quienes, por supuesto, no les interesa el destierro de la Divinidad. Una chica bellísima que se llama Ina o Nina dijo en clase, refiriéndose a Bialik: Sus palabras son bíblicas, el sentimiento lo tomó de Lérmontov, es una poesía anacrónica. Recitó dos versos en ruso, quizás para demostrarme sus preferencias líricas. La hice callar, a pesar de que yo también estaba un poco harta y tuve que hacer un esfuerzo para no decirle que, por mí, esa Divinidad desterrada podía quedarse donde estaba.
En mi hora libre, a partir de las once y cuarto, me senté a preparar la clase siguiente junto al aparato de aire acondicionado de la sala de lectura, pero súbitamente me llamaron al cuarto del vicedirector para tratar el caso de una profesora joven a la que una veterana había ofendido. Estuve parcialmente de acuerdo con las dos y sugerí que se perdonaran y lo olvidaran. Es increíble cómo esta clase de banalidades, especialmente el término «perdonar», si se menciona en el momento adecuado y mostrando afecto hacia ambas partes, consigue hacer te tiene el poder de calmar al perjudicado, posiblemente porque lo que le angustiaba era insignificante.
En lugar de almorzar me comí un falafel llegar a tiempo a la reunión de las dos y cuarto en la secretaría del sindicato. Íbamos a impulsar la idea de la residencia. La plaza del semáforo estaba desierta y abrasada. En medio de un arriate seco de romero había un inmigrante regordete, mayor, con gafas y una gorra de lana negra; estaba apoyado en una azada sin moverse, como si se hubiera desmayado de pie. Por encima de él, el propio sol parecía haberse desmayado en el aire turbio y abrasador. A las cuatro, con una hora de retraso, llegó de Tel Aviv el abogado de Abraham Orvieto; un muchacho llamado Ron Arbel, niño tierno y mimado cuya madre le había hecho disfrazarse de ejecutivo. Nos reunimos con él en la cafetería California y nos dio una confusa explicación acerca del aspecto económico. A las cinco menos cuarto lo llevé a conocer al tesorero del ayuntamiento; el sudor era ya pegajoso y las axilas desprendían un olor agrio, como las extranjeras; de ahí fuimos al despacho de Muki, que me había prometido un memorándum que no tenía listo, y en en vez de eso estuvo media hora hablando de sí mismo y de lo que este gobierno no entiende. Llevaba una llamativa camiseta del nuevo conjunto de rock Devil’s Tear. Después, al centro pedagógico y a la farmacia junto al semáforo, y aún me dio tiempo a pasar por el supermercado algo menos de un cuarto de hora antes de que cerraran, sacar dinero del cajero y recoger la plancha del taller de reparaciones. Llegué a casa de noche, muerta de calor y cansancio, y me lo encontré sentado en un sillón de la sala, a oscuras y en silencio. Otra vez la total inactividad, para recordarme que mi actividad implica su soledad. Este ritual tiene unas normas más o menos fijas: yo, en principio, soy la culpable de que entre nosotros haya una diferencia de quince años. Él, en principio, me disculpa porque es un hombre considerado.
Preparó la cena solo: Tú estás cansada, Noa. Siéntate, mira las noticias. Hizo una tortilla con cebolla, preparó una ensalade madera con quesos y rabanitos cortados en forma de capullos de rosas. Esperaba mi reconocimiento, como si fuera el conde Tolstói que nuevamente se dignaba a encender, con sus propias manos, el horno de la cabaña de los sirvientes.
Después del telediario puso a calentar agua, sirvió una infusión para los dos, acomodó un cojín debajo de mi cabeza y otro a mis pies, y puso un disco. Schubert. La muerte y la doncella Pero cuando cogí el teléfono y marqué el número de Muki Peleg para preguntarle si el memorándum ya estaba mecanografiado, el de Ludmir, y después el de Linda para preguntarle algo con respecto al trámite de la licencia, se acabó su generosidad y se levantó a recoger y fregar los platos, se metió en su habitación y cerró la puerta, como si yo fuese a perseguirlo hasta allí. Si no hubiese sido por esa exhibición, quizás me hubiese duchado y hubiese ido a contarle lo que había pasado y a pedirle consejo aunque, en realidad, no estoy muy segura. Es difícil cuando él habla y sabe exactamente cuáles son los errores de nuestro proyecto, y qué es lo que de ninguna manera debí haberle dicho a determinada persona; y es todavía más difícil cuando se queda callado y me escucha tratando de no perder el hilo, como un tío paciente que ha decidido dedicar unos minutos preciosos a oír de boca de la niña por qué se ha
A las diez y cuarto, después de ducharme con agua fría y caliente y de caer exhausta sobre la cama intentando concentrarme un poco en un libro acerca de las características de la drogodependencia, se filtró, desde su habitación, la emisión de la BBC internacional. Últimamente, igual que Menahem Begin en sus años de reclusión, se enchufa todas las noches a las transmisiones de Londres. ¿Esperará alguna información que aquí nos están ocultando? ¿Buscará otros significados? ¿O hablará consigo mismo a través de ellas? Tal vez sólo intenta dormirse. Su insomnio se introduce en mi descanso y apaga los pocos sueños que yo podría tener.
Era tarde, estaba aturdida por el cansancio, ya me había aledel agua, aún lo sentí andando descalzo por el pasillo, sin duda de puntillas para no molestar, abriendo la puerta de la nevera y el grifo, apagando las luces por orden y cerrando la puerta con llave. Ese silencioso ir y venir nocturno lleva años produciéndome una sensación de temor a que un intruso se haya metido en el apartamento. Después de medianoche me pareció que llamaba a mi puerta y desde la profundidad del cansancio me vi sometida a su tristeza; casi dije que sí, pero ya se había alejado de puntillas por el pasillo y quizás había salido a la terraza sin encender la luz. En esas noches de verano la terraza le viene bien. O no hubo nada, los pasos, la mano en la puerta, su aflicción que traspasa las paredes, todo es confuso porque probablemente ya estaba dormida. Hoy he tenido un día muy duro y mañana, después del instituto, tengo otra reunión con Muki Peleg y quizás tenga que ir a Beer Sheva, a ver si finalmente concluyo el tema de la licencia. Tengo que dormir para estar más lúcida que hoy. Mañana también será un día difícil. Y el calor. Y el tiempo que pasa.
Esta vez no pasó de largo, como de costumbre, hacia el piso de arriba, sino que se detuvo, abrió con un leve chirrido e inmediatamente con un portazo siguió adelante. Frío y silencio. Una salamanquesa cuyos ojos de piedra siguen en la oscuridad el revoloteo de un insecto multicolor en el foco de luz, así la veo yo: el sonido de su falda, el impulso eléctrico que precede a sus movimientos, el ruido de sus tacones entre la puerta del ascensor y la del apartamento, y ya está girando la llave. Como siempre, sin un tanteo previo, la llave entre sus dedos acierta justo en el hueco de la cerradura.
Pasó de una habitación a otra hablándome sin parar, con su voz juvenil precipitada, prescindiendo del final de las frases; cruzó la casa de un extremo a otro encendiendo en orden, una tras otra, las luces del vestíbulo, la cocina, el baño y sobre mi cabeza la luz de la sala, dejando una fina estela de perfume de madreselva y formando una avenida de luces, como si encendiera los reflectores de una pista para iluminar su aterrizaje. Toda la casa se encandiló y centelleó.
Cuando se acercó a mí, soltó sobre la mesa del salón la bolsa de la compra, el maletín del instituto y dos bolsas de plástico repletas y preguntó: ¿Qué haces a oscuras, Teo? Y ella misma respondió: ¿Te has vuelto a quedar dormido? Perdona por haberte despertado, aunque en realidad me lo tendrías que agradecer porque ¿cómo ibas a dormir esta noche?
de camaradería juvenil, inmediatamente retiró mis pies descalzos de la mesa e hizo el ademán de sentarse a mi lado, pero no, se quitó los zapatos, y moviendo su vaporosa falda de rombos azules, se fue saltando hacia la cocina para traer gaseosa en dos vasos altos y dijo: Me muero de sed, bebió y se limpió la boca con la mano como los niños, y me preguntó: ¿Qué tal? Dio otro salto y encendió el televisor para, finalmente, aterrizar por un momento en el respaldo de mi sillón; estuvo a punto de apoyarse en mí, pero no lo hizo, sino que se retiró el pelo de los ojos, como si corriera una cortina, y dijo: Te voy a contar qué día más loco he tenido hoy.
Pero no lo hizo. Se dio un golpe en la frente como recordando algo y saltó al otro sillón: Perdona un momento, Teo, antes tengo que hacer dos llamadas rápidas, ¿no te apetecerá preparar una ensalada? Sólo he comido un falafel día, estoy muerta de hambre, espera un momento, en seguida acabo y hablamos. Se puso el teléfono entre las rodillas, en el valle redondeado de su falda de campana, y se enrolló durante una hora. Mientras hablaba por teléfono devoró sin miramientos toda la cena que yo había preparado y le había servido, emitiendo sugerencias, sensaciones y juicios rápidos alternativamente, masticando la comida sólo en las pausas en las que permitía que su interlocutor se defendiese. Me di cuenta de que repitió varias veces sonriendo: Déjalo, anda, y también: ¡Qué va! Ni hablar No me hagas reír, y: Fantástico. Perfecto. Agárralo bien con las dos manos. Sus manos son mucho más viejas que ella y los dedos laboriosos un poco arrugados, la piel curtida, el entramado de las venas azuladas y las manchas de pigmentación del dorso hacen que parezcan un terrón. Es como si en este momento su verdadera edad hubiera sido empujada desde el cuerpo hacia las palmas de las manos y ahí, mientras tanto, se acumularan pacientemente las fuerzas del deterioro, que acechan esperando una flaqueza.
Más tarde, a través de la puerta del cuarto de baño, oí durante unos veinte minutos el chorro de agua y su joven voz canrosa roja, y el secador de pelo y cómo abría el cajón del armario del baño. A los veinte minutos salió aseada, perfumada, con un albornoz azulado, diciendo: Estoy agotada, acabada, ya hablaremos mañana por la mañana. Pero no me pareció cansada, sino más bien ágil y a gusto con su cuerpo, sus caderas estaban vivas y respiraban bajo el fino albornoz, y dijo: Hasta mañana, Teo, no te enfades, y tú tampoco te acuestes tarde. Y dijo otra vez: ¡Qué día más loco! Cerró la puerta tras de sí. Estuvo pasando las hojas de un libro unos minutos más y se topó por lo visto con algo divertido que la hizo reír en silencio. Pasado un cuarto de hora, apagó la luz.
Como siempre, se olvidó de cerrar del todo el grifo de la ducha. Desde donde yo estaba, en el pasillo, podía oír el murmullo del hilo de agua. Fui a cerrarlo y lo hice con fuerza, tapé la pasta de dientes, apagué la luz del baño y recorrí todo el piso detrás de ella apagando todas las demás.
Sabe quedarse dormida en un instante. Como una niña querida por todos que ha hecho los deberes y ha ordenado sus cosas, que no ha olvidado quitarse las horquillas del pelo y está segura de que todo está como es debido, que todos están contentos con ella y que mañana será otro día. Está en paz consigo misma, con la oscuridad, con el desierto que está al fondo del patio, detrás de los dos frondosos cipreses, con la sábana que se enrosca entre sus muslos y con la almohada bordada que aprieta contra su pecho mientras duerme profundamente. Su sueño me produce una sensación de injusticia, o quizás simplemente de envidia, pero, desde mi enfado, soy consciente de que no hay ninguna razón para enfadarse, y esta convicción no hace que pase el disgusto sino que me perturba aún más.
Me quedé sentado en camiseta junto a la mesa de mi cuarto y sintonicé Radio Londres en el transistor. Entre los boletines de noticias había un programa sobre la vida y los amores de Alma Mahler. La presentadora dijo que el mundo de los hombres no había sido capaz de comprenderla y que éstos tenían de ella una imagen equivocada; entonces comenzó a describir medio de esa frase, para demostrarle a la presentadora que el mundo de los hombres no había cambiado y me fui descalzo a asaltar la nevera de la cocina. En realidad, mi intención sólo era tomar tres o cuatro sorbos de agua fresca, cuando me rodeó la tenue luz de la nevera como una caricia. Para no perderla y no quedarme a oscuras, me serví vino frío, quité la envoltura a un quesito y descubrí que mientras tanto estaba ordenando las bandejas del frigorífico. Olisqueé dos veces el cartón de leche abierto, desconfiando de la leche y de mi sentido del olfato. Tiré a la basura un pegote de salchichas cuyo color me pareció algo turbio. Dispuse los yogures en fila, según la fecha de caducidad, y puse los huevos todos juntos en la huevera, sin dejar huecos en medio. Por un momento dudé, estupefacto ante un tarro de bonito, y me quedé tranquilo cubriéndolo con el papel de envolver transparente. Saqué botellas de zumo y gaseosa de un armario lateral, con las que llené los tramos vacíos de la puerta de la nevera. Llevé a cabo una selección sistemática en el cajón de las verduras y luego en el de la fruta. Tuve que evitar la tentación de atacar también el congelador. De puntillas, avancé a lo largo del pasillo hasta la puerta de su habitación: Si me llama, ya estoy aquí. Y si no, por lo menos intentaré atrapar una ráfaga del perfume de su descanso, quizás me llegue parte del sueño que a ella le sobra.
De ahí a la terraza, a la silla descolorida que se parece un poco al sillón de un abuelo.
La noche es casi transparente. Hay una luz plateada fina y fresca por toda la tierra. No respira. Los dos cipreses parecen esculpidos en basalto. Colinas con forma de luna, cubiertas de cera lunar. Por todas partes reposan las criaturas de la noche que también se parecen a la luna. En los valles las sombras se superponen. Y había una solitaria cigarra que sólo advertí cuando calló. ¿Qué vieron los hombres equivocadamente en Alma Mahler y qué fue ella de verdad? Si existe una respuesta a esta pregunta, a mí se me pasó por alto. Evidentemente la pregunta no tiene sentido si se plantea con frivolidad, y no tiene ninguna posibili