El día de su decimoctavo cumpleaños Laura estaba enamorada. Sabía que podía considerarse afortunada de estar tan segura de sus sentimientos, de su futuro y del hombre con quien los compartiría.
Ese hombre se llamaba Peter Ridgeway y era todo aquello con lo que la muchacha había soñado: alto, apuesto, de pelo ubio dorado y sonrisa encantadora. Era un hombre que entendía de belleza, de música y de responsabilidades profe
Desde que había escalado posiciones en la organización empleton y lo habían trasladado a la sucursal californiana, Peter la había cortejado con una actitud destinada a conquistar su corazón romántico.
Le había enviado rosas en cajas blancas forradas con papel satinado y habían cenado en diversos restaurantes iluminados por la parpadeante luz de las velas. Habían sostenido converiones interminables sobre arte y literatura... e intercambiado en silencio miradas que expresaban mucho más que bras. Habían paseado por el jardín a la luz de la luna y realizado largos recorridos en coche siguiendo la costa.
Laura no había tardado en enamorarse, si bien fue un proso paulatino, una caída sin golpes ni arañazos. En su opinión, había sido como deslizarse lentamente por un túnel rrado con seda para llegar a unos brazos que la aguardaban.
Es posible que, con veintisiete años, Peter fuese algo mayor de lo que a sus padres les habría gustado y ella excesivamente joven, pero era un hombre tan impecable y perfecto que la diferencia de edad no tenía la menor importancia. Nadie de su edad tenía el refinamiento, los conocimientos o la serena paciencia de Peter Ridgeway.
Además, estaba perdidamente enamorada.
Con gran delicadeza, Peter se había referido indirectamente al matrimonio. Laura interpretó que era la manera de concederle tiempo para pensarlo. Ojalá supiera cómo hacerle saber que ya lo había pensado y decidido que era el hombre con el que quería compartir su vida.
Laura llegó a la conclusión de que, en el caso de un hombre como Peter, era él quien tenía que dar los primeros pasos y tomar las decisiones.
Estaba segura de que tenían tiempo, todo el tiempo del mundo. Y esa noche Peter estaría presente en su fiesta de cumpleaños. Bailaría con él. Se sentiría como una princesa gracias al vestido azul cielo que había elegido porque hacía juego con el tono de los ojos de Peter; mejor dicho, se sentiría como una
Se vistió lentamente e intentó saborear cada instante de los preparativos. Pensó que a partir de ese día todo sería distinto. Su dormitorio le había parecido el de siempre cuando or la mañana abrió los ojos. Las paredes seguían cubiertas por os minúsculos pimpollos de rosa de toda la vida. El sol invernal todavía se colaba por las ventanas y se filtraba a través de las cortinas de encaje como tantas otras mañanas de aro que ahora todo era distinto... porque ella había
Contempló su habitación con ojos de mujer. Apreció las líneas elegantes de la cómoda de Chippendale, de caoba brillante, que había pertenecido a su abuela. Acarició el bonito conjunto de cepillos de plata, regalo de cumpleaños de Margo, y estudió los pintorescos y frívolos frascos de perfume que había comenzado a coleccionar en la adolescencia.
Miró la cama en la que había dormido y soñado desde la más tierna infancia: el lecho alto, con cuatro columnas, también de Chippendale y con el elegante dosel de encaje de Breaña. Las puertas del balcón estaban abiertas para que entrasen los sonidos y los aromas del atardecer. El asiento junto a la ventana, en el que se hacía un ovillo para soñar con los acantilados, estaba lleno de almohadones.
Las llamas ardían apaciblemente en la chimenea de márol con vetas rosadas. Sobre la repisa descansaban varias fotos con marcos de plata y los delicados portavelas, también de plata, con las velas finas y blancas que por la noche le encantaba encender. También estaba allí el florero de cristal de Dresden con la rosa blanca que Peter le había enviado esa misma mañana.
Contempló el escritorio en el que había estudiado mientras cursó el bachillerato y en el que lo seguiría haciendo durante lo que le quedaba del último año.
Mientras pasaba la mano por el escritorio, se dijo que, por xtraño que pareciese, no se sentía como una estudiante de instituto. Tenía la sensación de que era mucho mayor que la gente de su edad, mucho más sensata y segura del rumbo que había tomado.
Pensó que esa era la habitación de su infancia, de su adoscencia y de sus amores. Templeton House también era el hogar de sus amores. Aunque sabía que nunca querría tanto otra morada, estaba dispuesta e incluso impaciente por construir un nuevo hogar con el hombre del que se había enamo
Finalmente se dio la vuelta y se miró en el espejo de cuerpo entero. Sonrió. Se dio cuenta de que no se había equivocado con la elección del vestido. Las líneas sencillas y discretas se adecuaban a su cuerpo menudo. El escote, las mangas largas y ahusadas, la columna recta de la falda que descendía y se ponía a coquetear con sus tobillos... el conjunto era clásico, digno y perfecto para una mujer que estaba a la altura de las exigencias de Peter Ridgeway.
Habría preferido tener el pelo liso y vaporoso, pero como
insistía en rizarse frívolamente, optó por recogérselo, ya que,
en su opinión, así daba la sensación de madurez.
amás sería atrevida y sexy como Margo ni espontáneamente fascinante como Kate, así que se decantaría por la madurez y la dignidad. Al fin y al cabo, se trataba de cualidades
que atraían a Peter.
Esa noche deseaba desesperadamente estar perfecta para él. Esa noche... sobre todo esa noche.
Con profundo respeto cogió los pendientes que sus padres le habían regalado. Los diamantes y los zafiros le hicieron guiños de coquetería. Sonreía cuando la puerta se abrió de par en par.
—¡No estoy dispuesta a ponerme esa porquería en la cara! uborizada y contrariada, Kate siguió discutiendo con Margo mientras entraban—. Ya te has embadurnado lo suficiente por las dos.
—Dijiste que Laura tendría la última palabra —recordó Margo, y de pronto calló. Estudió a su amiga con ojos de experta—. Estás de fábula. Sexy, pero muy digna.
—¿Lo dices en serio? ¿Estás segura?
La idea de estar sexy era tan emocionante que Laura se volvió para mirarse otra vez en el espejo. Solo se vio a sí misma: una joven menuda, de ojos grises, mirada ansiosa y mele—Totalmente. Los chavales te desearán y no se atreverán a sacarte a bailar.
Kate lanzó un bufido y se dejó caer sobre la cama de —Chica, a ti no tendrán miedo de sacarte a bailar. Eres el mejor ejemplo de la veracidad publicitaria.
Margo se limitó a sonreír con presunción y se pasó la ano por la cadera. El escote del corpiño del vestido rojo
carmín era muy marcado y la tela se adhería a sus curvas ge—Si lo tienes, que no es tu caso, osténtalo. Precisamente por eso te hacen falta el colorete, la sombra de ojos, el rí—No te pases.
—Margo, Kate está guapísima. —Conciliadora como
siempre, Laura se interpuso entre ambas. Sonrió a Kate, que
había estirado en la cama y cuyo cuerpo anguloso estaba
ubierto del cuello a los tobillos por un delgado vestido de
lana blanca—. Pareces una ninfa del bosque. —Rió cuando
Kate lanzó un quejido de protesta—. De todos modos, un
poco de color no te vendría nada mal.
—Ya te lo decía yo. —Con actitud triunfal Margo abrió el neceser del maquillaje—. Siéntate y deja que este genio haga su trabajo.
—Y pensar que confié en ti... —Sin dejar de protestar, Kate se sometió a la indignidad de los pinceles y los tubos de Margo—. Solo lo aguanto porque es tu cumpleaños.
—Te lo agradezco.
—La noche será estrellada. —Con gran concentración,
Margo definió los pómulos de Kate—. La orquesta está prácticamente montada y en la cocina reina el caos. Mamá va de
aquí para allá y se afana con los arreglos florales como si se
tratara de una recepción real.
—Debería ayudar —comentó Laura.
—Tú eres la invitada de honor. —A modo de autodefensa, Kate mantuvo los ojos cerrados mientras Margo le pintaba los párpados—. Tía Susie tiene todo bajo control... incluido el tío Tommy, que está en el jardín tocando el saxo.
Laura se desternilló y se sentó en la cama, junto a Kate. —Jamás ha renunciado a la fantasía de tocar el saxo tenor en un club lleno de humo.
—Habría tocado una temporada —apostilló Margo mientras perfilaba con sumo cuidado los ojazos de Kate—, pero ntonces habría aflorado el Templeton que lleva dentro y habría comprado el club.
—Señoras... —Josh se detuvo en el umbral con una cajita de la floristería en la mano—. No pretendo interrumpir el ritual femenino, pero como todo el mundo se ha vuelto más o menos loco, me toca desempeñar la función de chico de los
Margo se enardeció al ver lo guapo que estaba con el esmoquin y le dirigió una mirada sensual.
—¿Qué quieres de propina?
—Lo que buenamente me des. —Tuvo que hacer un gran
esfuerzo para no clavar la mirada en el escote de Margo y malijo a todos los que vislumbrarían esas curvas blancas y lesas—. Al parecer han llegado más flores para la homena—Gracias. —Laura se incorporó para coger la caja y besó
a su hermano—. Esa es mi propina.
—Estás impresionante. —Le estrechó la mano—. Pareces toda una mujer. Empiezo a echar de menos a la pesada de mi —Haré cuanto pueda para molestarte siempre que me sea posible. —Laura abrió la caja, suspiró y se olvidó de todo lo demás—. La envía Peter —murmuró.
Josh apretó los dientes. Habría sido injusto comentar que su hermana ya había empezado a molestarlo con los hombres —Hay quienes piensan que una sola rosa es lo más ele—Yo las prefiero a docenas —declaró Margo, y su mirada se topó con la de Josh en una muestra de acuerdo total y comprensión.
—Es preciosa —musitó Laura, y la colocó en el florero junto a la otra—. Es tan bonita como la que me envió por la
A las nueve de la noche, Templeton House estaba rebosante de personas y sonidos. Los grupos de invitados abandonaron los salones intensamente iluminados para salir a las terrazas caldeadas. Otros deambularon por los jardines y recorrieron los senderos de ladrillo a fin de admirar las plantas y las fuentes, iluminadas por la bola blanca de la luna invernal y el encanto de las luces de colores.
Margo no se había equivocado. Hacía una buena noche y el firmamento estaba salpicado de infinidad de estrellas luminosas como diamantes. Bajo el dosel del cielo, Templeton House era un mar de luces.
La música pareció tentar a las parejas para que bailasen. Enormes mesas crujieron bajo el peso de los platos prepados por una flota de proveedores. Los camareros formados gún los patrones de los hoteles Templeton circularon discretamente entre los invitados y portaron bandejas de plata on copas de champán y bocados exquisitos. En media docena de barras improvisadas servían cócteles y bebidas sin
De la piscina se elevaban brumosas partículas de vapor en la superficie del agua flotaban decenas de blanquísimos nenúfares. Bajo las carpas de seda de las terrazas y en los jarnes habían colocado mesas elegantemente cubiertas de mantelería blanca, en cuyo centro reposaba un trío de velas blancas rodeadas de brillantes gardenias.
En el interior de la casa había más camareros, alimentos, úsica y flores para los que preferían el calor y la tranquilid relativa del interior. En el primer piso, dos criadas de uniforme estaban dispuestas a ayudar a cualquier señora que quisiese empolvarse la nariz o coser un dobladillo deshecho.
En ningún establecimiento Templeton del mundo se planificó una recepción con más cuidado que la celebración del decimoctavo cumpleaños de Laura Templeton.
La joven jamás olvidaría aquella noche: el brillo y el pardeo de las luces, el modo en que la música pareció ocupar el aire y se combinó con el aroma de las flores. Conocía muy sus deberes y charló y bailó con los amigos de sus padres y con los de su edad. Aunque solo deseaba estar con Peter, se mezcló y se comunicó con todos tal como se esperaba de ella.
Al bailar con su padre, Laura apretó su mejilla contra la —Quiero agradecerte esta fiesta maravillosa.
Thomas Templeton suspiró y advirtió que su hija olía a mujer: suave y elegante.
—A una parte de mí le gustaría que aún tuvieses tres años y saltaras sentada en mis rodillas.
Thomas se apartó y sonrió. Era un hombre muy apuesto, con el pelo rubio oscuro apenas salpicado de canas y con unos ojos, que habían heredado sus hijos, con el rabillo arrugado por la vida y la risa.
—Laura, te has hecho mayor casi sin que me diera cuenta. —No pude evitarlo —repuso, y le devolvió la sonrisa. —Me lo temía. Estoy contigo y sé que una docena de jóvenes me fulminan con la mirada para ver si me desplomo y así bailan contigo.
—Me apetece bailar contigo más que con nadie. Cuando Peter pasó junto a ellos, con Susan Templeton, Thomas se percató de que la mirada de su hija se enternecía y se volvía soñadora. Pensó que cuando había trasladado a Ridgeway a California ni se le había cruzado por la cabeza la posibilidad de que ese hombre conquistase a la niña de sus ojos.
Al terminar la pieza, Thomas se sorprendió por la gran habilidad con la que Peter cambió de pareja de baile y se alejó —Tommy, no deberías mirarlo como si te murieras de ganas de azotarlo —comentó Susan.
—No es más que una niña.
—Sabe perfectamente lo que quiere. Da la sensación de que siempre lo ha sabido. —La señora Templeton suspiró—.
Por lo visto, se trata de Peter Ridgeway.
Thomas miró a su esposa a los ojos. Como siempre, su rada denotó sabiduría. Susan podía ser menuda y delicada como su hija y transmitir la sensación de fragilidad, pero él sabía perfectamente hasta dónde llegaba su fortaleza.
—¿Qué opinas de Ridgeway?
—Es competente —repuso Susan lentamente—. Está bien
ducado y no se le pueden poner pegas a sus modales. Bien
sabe Dios que es atractivo. —Apretó los labios—. Y ojalá estuviera a mil kilómetros de Laura. Lo digo como una madre
que tiene miedo de perder a su niña —reconoció.
—Podríamos trasladarlo a Europa. —La idea llenó de entusiasmo a Thomas—. No... mejor a Tokio o a Sidney.
Susan rió y acarició la mejilla de su marido.
—Tal como lo mira, estoy segura de que Laura lo seguiría.
Más nos vale tenerlo cerca. —Se encogió de hombros en un
intento de aceptar la situación—. Podría haberse encaprichado de cualquiera de los amigos más desatinados de Josh, de
un gigoló, de un cazafortunas o de un ex presidiario.
Thomas se mondó de risa.
—¿Laura? Imposible.
Susan se limitó a enarcar una ceja. Sabía que un hombre no podía comprenderlo. Era habitual que las personas de naturaleza romántica como Laura se sintiesen atraídas por los más salvajes.
—Bueno, Tommy, tendremos que ver adónde conduce esta situación y estar atentos a nuestra hija.
Margo se deslizó entre los brazos de Josh y allí se quedó, sin darle oportunidad de aceptarla o escaparse.
—¿Piensas bailar conmigo o prefieres quedarte quieto y darle vueltas a lo que pasa por tu cabeza?
—No le doy vueltas a nada, simplemente pensaba.
—Estás preocupado por Laura. —Mientras deslizaba provocativamente los dedos por la nuca de Josh, Margo dirigió una mirada de preocupación a Laura—. Está loca por Peter y empeñada en casarse con él.
—Es demasiado joven para casarse.
—No ha pensado en otra cosa desde que tenía cuatro años
—musitó Margo—. Ha encontrado al que considera el hombre de sus sueños y nadie se lo impedirá.
odría matarlo y después esconderíamos el cadáver
—bromeó Josh.
Margo sonrió y lo miró a los ojos.
—Kate y yo te ayudaríamos encantadas a arrojar ese cuerpo sin vida por el acantilado pero, Josh, hay una pega: tal vez
el hombre adecuado para Laura. Es atento, inteligente y
evidentemente tiene mucha paciencia en lo que se refiere a
gunas cuestiones hormonales.
—¡No empieces otra vez! —La mirada de Josh se ensombreció—. No quiero pensar en ese tema.
—Quédate tranquilo. Puedes estar seguro de que, cuando legue el momento, tu hermanita recorrerá el pasillo de un blanco nupcial impoluto. —Dejó escapar un suspiro y se preguntó cómo era posible que una mujer pensara en casarse antes de saber si funcionaba en la cama con su futuro marido—. En mi opinión, tienen montones de cosas en común. Además, ¿con qué derecho podemos juzgarla dos cínicos con mucho mundo a sus espaldas?
—La queremos —declaró Josh llanamente.
—Es verdad, la queremos, pero las cosas cambian y dentro de poco cada uno seguirá su camino. Tú ya has empezado
y te has ido a estudiar derecho a Harvard. Kate intenta ingresar en la universidad y Laura se apunta al matrimonio.
—Duquesa, ¿a qué te apuntas tú?
—A todo y a un poco más. —Su sonrisa se tornó ardiente.
Margo podría haber continuado con el coqueteo, pero
Kate apareció y los separó.
—Dejad los ritos sexuales para dentro de un rato. Fijaos bien. Están a punto de salir. —Frunció el ceño, miró en dirección a Laura y la vio alejarse de la mano de Peter—. Creo que deberíamos seguirlos, hay que hacer algo.
—¿Qué propones? —Margo, que comprendió perfectamente la situación, rodeó con el brazo los delgados hombros de Kate—. Hagamos lo que hagamos, nada cambiará.
—Pues no pienso quedarme cruzada de brazos y verlo. —Contrariada, Kate miró a Josh a los ojos—. Vayamos un rato a la parte sur del jardín. Josh nos traerá champán.
—Eres menor —declaró Josh recatadamente.
—Vaya, como si nunca lo hubieras hecho. —Kate sonrió
con actitud de triunfadora—. Solo una copa para cada una,
para brindar por Laura. Puede que le traiga suerte y la ayude
a conseguir lo que ansía.
—De acuerdo, pero una sola copa.
Margo hizo un mohín de contrariedad al reparar en cómo Josh paseaba la mirada por los invitados.
—¿Quieres ver si hay policías?
—No. Supuse que, después de todo, Michael podría hacer
acto de presencia.
—¿Mick? —Kate ladeó la cabeza—. Tenía entendido que estaba en América Central o en un lugar parecido y que trabajaba como mercenario.
—Y lo está... mejor dicho, lo estaba —se corrigió Josh—. vuelto, al menos durante una temporada. Imaginé que aceptaría mi invitación. —Se encogió de hombros—. Estas fiestas no le gustan demasiado. Una sola copa —repitió, y golpeó ligeramente con el dedo la nariz de Kate—. Si pasa algo, yo no te he dado nada.
—Por supuesto. —Tras coger del brazo a Margo, Kate se dirigió hacia los jardines alegremente iluminados—. Si no podemos impedirlo, más nos vale brindar por ella.
—Beberemos a su salud —coincidió Margo—. Y, pase lo que pase, contará con nosotras.
Laura disfrutó del aire nocturno mientras caminaba con Peter por el jardín ligeramente en pendiente.
—Hay infinidad de estrellas. Cuesta imaginar una noche más perfecta.
—Pues lo es, ahora que por fin puedo estar unos minutos a solas contigo.
Laura se ruborizó y sonrió.
—Lo siento. No he tenido ni un segundo libre. Apenas he
encontrado un instante para charlar contigo. —«Y para estar
a solas contigo», dijo para sus adentros.
—Lo comprendo. Tienes tus obligaciones, y un Templeton jamás desatiende a sus invitados.
ienes razón, normalmente no se hace, pero se trata
mi cumpleaños. —Notaba que su mano estaba calentita y
protegida en la de Peter. Le habría gustado que siguieran caminando hasta la eternidad, hasta los acantilados, para compartir con él el más íntimo de sus escondites—. Me he ganado
un poco de libertad.
—En ese caso, aprovechémosla —propuso Peter, y la condujo hacia las formas blancas y caprichosas del cenador.
Una vez dentro, el ruido de la fiesta se convirtió en un asordinado sonido de fondo y la luz de la luna se coló por la celosía, que parecía de encaje. El perfume de las flores entibiaba el aire. Era exactamente el escenario que Peter buscaba.
Se trataba de un marco chapado a la antigua y romántico, exactamente igual a la mujer que se proponía conquistar.
La estrechó entre sus brazos, la besó y pensó que Laura se
entregaba voluntaria e inocentemente. Sus preciosos labios
entreabrieron para él y lo rodeó con sus brazos delicados.
Esa juventud mezclada con dignidad, esa impaciencia arrebolada por la inocencia lo excitaron.
abía que podía poseerla. Contaba con las aptitudes y la
experiencia para conseguirlo, pero era un hombre que se enorgullecía de su autodominio, por lo que con gran delicadeza se apartó. No mancillaría la perfección ni se apresuraría
el aspecto físico. Quería una esposa sin mancha, por lo que
ni siquiera él debía tocarla.
—No me cansaré de repetirte lo hermosa que estás esta —Gracias. —Laura atesoró esos cálidos y húmedos escalofríos de expectación—. Quería estar guapa para ti.
Peter sonrió, la abrazó con ternura y le dejó apoyar la beza junto a su corazón. Se repitió por enésima vez que era perfecta para sus aspiraciones: joven, bonita, educada y maleable. A través de las tablillas de la celosía vislumbró a Margo, llamativa con su ceñido vestido rojo, que celebró ruidosamente un chiste verde.
Aunque sus hormonas se activaron, Peter se sintió ofendido en su sensibilidad. Se trataba de la hija del ama de llaves, de la polución nocturna de cualquiera.
Peter dirigió la mirada hacia Kate, la acogida quisquillosa con más cerebro que estilo. Le sorprendía que desde la más tierna infancia Laura se sintiese unida a esas dos, aunque estaba seguro de que, a medida que pasase el tiempo, ese vínculo se desvanecería. Al fin y al cabo, Laura era sensata y con una dignidad admirable para alguien tan joven. En cuanto la muchacha comprendiese plenamente el lugar que ocupaba en la sociedad, así como el que tenía a su lado, podría apartarla poco a poco de esas amistades indeseables.
No tenía la más mínima duda de que Laura se había enaorado de él. Carecía de experiencia en la afectación y el engaño. Con toda probabilidad, sus padres no estaban plenamente de acuerdo, pero Peter confiaba en que la devoción que sentían hacia su hija inclinaría la balanza a su favor.
Estaba convencido de que, personal y profesionalmente, no podían criticarlo. Realizaba con gran pericia su trabajo. ría el yerno adecuado. Con Laura a su lado y con el apellido empleton, Peter conseguiría cuanto ansiaba. Mejor dicho, lo que se merecía: una esposa adecuada, una posición social inamovible, hijos varones... riqueza y éxito.
—No hace mucho que nos conocemos —comenzó a explicarse Peter.
—Pues a mí me parece una eternidad.
Sonrió por encima de la cabeza de la joven; era encantadoramente romántica.
—Laura, solo han transcurrido unos pocos meses, y soy casi diez años mayor que tú.
La muchacha lo abrazó con más fuerza.
—¿Y qué importancia tiene?
—Debería darte más tiempo. Dios mío, todavía no has
terminado el instituto.
—Solo me faltan unos meses. —El corazón de Laura latió pectante y desaforadamente cuando levantó la cabeza—. Peter, ya no soy una niña.
—No, por supuesto que no.
—Sé lo que quiero, siempre lo he sabido.
Peter la creyó. Él también sabía lo que quería. Siempre lo había sabido. Llegó a la conclusión de que era otra de las características que compartían.
—De todos modos, me dije que esperaría. —Se llevó las nos de Laura a los labios y la miró a los ojos—. Decidí que esperaría, como mínimo, un año más.
La joven supo que era eso con lo que había soñado y lo que había aguardado.
—No quiero que esperes. Peter, te quiero.
—Laura, yo también te quiero. Me resulta insoportable
esperar una hora, y no hablemos de un año entero...
La guió hasta sentarla en el banco acolchado. A Laura le blaron las manos. Su corazón embebió hasta el último detalle de ese momento. El apacible aire nocturno trasladó el sonido de la música lejana. Reparó en el aroma de los jazmines, en los siseos del mar y en el juego de claroscuros de la celosía protectora.
Tal como Laura sabía que ocurriría, Peter hincó una rodilla en el suelo. Su rostro era tan apuesto en medio de esa luz delicada y onírica que se le encogió el corazón. Se le llenaron los ojos de lágrimas cuando Peter sacó del bolsillo una cajita de terciopelo negro y la abrió. El llanto logró que la luz que el diamante despedía se refractase y generara arcos iris.
—Laura, ¿quieres casarte conmigo?
La joven supo lo que toda mujer siente en ese instante único y deslumbrador de su vida. Extendió la mano y respondió:
—Sí, quiero.