Índice
Estado de miedo
Introducción
Estado de miedo
Primera parte. Akamai
París nord. Domingo, 2 de mayo, 2004, 12.00 h.
Pahang. Martes, 2 de mayo, 11.55 h.
Shad Thames. Viernes, 21 de mayo, 11.04 h.
Tokio. Martes, 1 de junio, 10.01 h.
Vancouver. Martes, 8 de junio, 16.55 h.
Stangfedlis. Lunes, 23 de agosto, 3.02 h.
Camino de Los Ángeles. Lunes, 23 de agosto, 13.04 h.
Los Ángeles. Lunes, 23 de agosto, 16.09 h.
Beverly Hills. Martes, 24 de agosto, 6.04 h.
Century City. Martes, 24 de agosto, 8.45 h.
Culver City. Martes, 24 de agosto, 10.30 h.
Equipo de Vanuatu. Martes, 24 de agosto, 11.00 h.
Equipo de Vanuatu. Martes, 24 de agosto, 12.04 h.
Culver City. Martes, 24 de agosto, 12.15 h.
Beverly Hills. Martes, 24 de agosto, 17.04 h.
Century City. Miércoles, 25 de agosto, 8.59 h.
Vancouver. Jueves, 26 de agosto, 12.44 h.
Century City. Jueves, 2 de septiembre, 12.34 h.
Beverly Hills. Lunes, 13 de septiembre, 8.07 h.
Century City. Lunes, 27 de septiembre, 9.45 h.
Camino de San Francisco. Lunes, 4 de octubre, 13.38 h.
San Francisco. Lunes, 4 de octubre, 21.02 h.
Point Moody. Martes, 5 de octubre, 3.10 h.
Camino de Los Ángeles. Martes, 5 de octubre, 12.02 h.
Los Ángeles oeste. Martes, 5 de octubre, 15.04 h.
Holmby Hills. Martes, 5 de octubre, 15.54 h.
Beverly Hills. Martes, 5 de octubre, 16.45 h.
Holmby Hills. Martes, 5 de octubre, 17.57 h.
Holmby Hills. Martes, 5 de octubre, 20.03 h.
Segunda parte. Terror
Camino de Punta Arenas. Martes, 5 de octubre, 21.44 h.
Camino de Punta Arenas. Miércoles, 6 de octubre, 3.01 h.
Camino de la estación Weddell. Miércoles, 6 de octubre, 8.04 h.
Estación de Weddell. Miércoles, 6 de octubre, 11.04 h.
La zona de corrimiento. Miércoles, 6 de octubre, 12.09 h.
Campamento de Brewster. Miércoles, 6 de octubre, 14.04 h.
Camino de la estación de weddell. Miércoles, 6 de octubre, 14.22 h.
Zona de corrimiento. Miércoles, 6 de octubre, 15.51 h.
Zona de corrimiento. Miércoles, 6 de octubre, 17.02 h.
Estación de Weddell. Miércoles, 6 de octubre, 20.22 h.
Estación de Weddell. Jueves, 7 de octubre, 19.34 h.
En camino. Viernes, 8 de octubre, 6.04 h.
Camino de Los Ángeles. Viernes, 8 de octubre, 14.22 h.
Camino de Los Ángeles. Viernes, 8 de octubre, 15.27 h.
Tercera parte. Ángel
Los Ángeles. Sábado, 9 de octubre, 7.04 h.
Century City. Sábado, 9 de octubre, 9.08 h.
Los Ángeles. Sábado, 9 de octubre, 11.04 h.
Cuarta parte. Destello
Ciudad del Comercio. Sábado, 9 de octubre, 12.13 h.
Beverly Hills. Sábado, 9 de octubre, 13.13 h.
Beverly Hills. Sábado, 9 de octubre, 14.12 h.
Quinta parte. Serpiente
Diablo. Domingo, 10 de octubre, 14.43 h.
Flagstaff. Domingo, 10 de octubre, 20.31 h.
Parque estatal de Mckinley. Lunes, 11 de octubre, 10.00 h.
Auroraville. Lunes, 11 de octubre, 10.22 h.
El bosque. Lunes, 11 de octubre, 11.11 h.
Mckinley. Lunes, 11 de octubre, 11.29 h.
Auroraville. Lunes, 11 de octubre, 11.40 h.
Flagstaff. Lunes, 11 de octubre, 16.03 h.
Camino de Los Ángeles. Lunes, 11 de octubre, 18.25 h.
Van Nuys. Lunes, 11 de octubre, 19.30 h.
Culver City. Martes, 12 de octubre, 9.51 h.
Culver City. Martes, 12 octubre, 13.20 h.
Culver City. Martes, 12 de octubre, 14.15 h.
Secuoya. Martes, 12 de octubre, 16.30 h.
San Francisco. Martes, 12 de octubre, 18.31 h.
Oakland. Martes, 12 de octubre, 19.22 h.
Camino de Los Ángeles. Martes, 12 de octubre, 22.31 h.
Van Nuys. Martes, 12 de octubre, 23.22 h.
Sexta parte. Azul
Beverly hills. Miércoles, 13 de octubre, 01.02 h.
Brentwood. Miércoles, 13 de octubre, 1.22 h.
Westwood. Miércoles, 13 de octubre, 3.40 h.
Santa Mónica. Miércoles, 13 de octubre, 09.00 h.
Santa Mónica. Miércoles, 13 de octubre, 9.33 h.
Santa Mónica. Miércoles, 13 de octubre, 10.33 h.
Autovía 405. Miércoles, 13 de octubre, 0.22 h.
En camino. Miércoles, 13 de octubre, 16.10 h.
Camino de Gareda. Miércoles, 13 de octubre, 21.30 h.
Camino de Gareda. Jueves, 14 de octubre, 5.30 h.
Séptima parte. Resolución
Gareda. Jueves, 14 de octubre, 6.40 h.
Hacia Resolución. Jueves, 14 de octubre, 9.02 h.
Resolución. Jueves, 14 de octubre, 9.48 h.
Pavutu. Jueves, 14 de octubre, 11.02 h.
Pavutu. Jueves, 14 de octubre, 12.02 h.
Pavutu. Jueves, 14 de octubre, 12.22 h.
Resolución. Jueves, 14 de octubre, 16.02 h.
Bahía de Resolución. Jueves, 14 de octubre, 16.43 h.
Cuenca del Pacífico. Viernes, 15 de octubre, 17.04 h.
Mensaje del autor
Apéndice I. Por qué es peligrosa la politización de la ciencia
Apéndice II. Fuentes de datos para los gráficos
Bibliografía
Notas
Biografía
Créditos
Michael Crichton nació en Chicago en 1942. Cursó estudios en el Harvard College y se doctoró por la Facultad de Medicina de Harvard. Durante esos años, escribió una serie de thrillers con el seudónimo de Jeffrey Hudson, en los que ya destacaban las magníficas dotes de escritor que años después le darían celebridad internacional. En 1969, pasó a formar parte del Salk Institute, en La Jolla (California). Crichton ha sido en las últimas tres décadas uno de los autores estadounidenses de mayor proyección mundial, y todos sus libros recibieron una sensacional acogida de público y crítica. Se le conoce mundialmente como el creador del thriller tecnológico y científico. Entre su ingente obra cabe destacar: Esfera, Congo, El guerrero n.º 13, Un caso de urgencia, El gran robo del tren, Sol naciente, Acoso, Parque jurásico, El mundo perdido, Punto crítico, Rescate en el tiempo, Sol naciente, Presa y Estado de miedo, así como el guión de cine Twister y el libro autobiográfico Viajes y experiencias. Sus libros superan los cien millones de ejemplares vendidos y han sido traducidos a treinta y seis idiomas; doce de ellos han sido llevados al cine. También ha recibido numerosos premios por su trabajo literario, así como por sus obras para el cine y la televisión, entre los que se cuenta un premio Emmy por la serie televisiva Urgencias, creada por él. Falleció en 2008 en Los Ángeles.
www.michaelcrichton.net
Título original: State of Fear
Edición en formato digital: julio de 2015
© 2004, Michael Crichton
El mayor agradecimiento por el permiso para reproducir un fragmento de «You May Be Right» de Billy Joel, © 1980, Impulsive Music.
Reservados todos los derechos.
Reproducido con permiso
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2005, Carlos Milla Soler, por la traducción
Diseño de portada: © Mario Arturo
Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright. El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-6633-075-6
Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.
www.megustaleer.com

Traducción de
Carlos Milla Soler

www.megustaleerebooks.com
* P. Chylek et al. 2004, «El calentamiento global y la placa de hielo en Groenlandia», Climatic Change 63, 201-221. «Desde 1940 […] los datos han experimentado de manera predominante una tendencia al enfriamiento […] la placa de hielo de Groenlandia y las regiones costeras no siguen la actual tendencia al calentamiento del resto del planeta.»
* Todos los gráficos se han generado utilizando datos tabulares de las siguientes bases de datos: GISS (Columbia); CRU (East Anglia); GHCN y USHCN (Oak Ridge). Véase Apéndice II para un análisis completo.
* D. M. Etheridge et al., 1996, «Cambios naturales y antropogénicos en el CO2 del aire contenido en el hielo y la neviza de la Antártida a lo largo de los últimos mil años», Journal of Geophysical Research 101 (1996): 4.115-4.128.
* James E. Hansen, Makiko Sato, Andrew Lacis, Reto Ruedy, Ina Tegen, y Elaine Matthews, «Factores que inciden en el clima en la era industrial», Proceedings of the National Academy of Sciences 95 (octubre de 1998): 12.753-12.758.
* PICC. Climate Change 2001: The Scientific Basis. Cambridge, UK: Cambridge University Press, 2001, p. 774: «En la investigación y la creación de modelos climáticos, debemos reconocer que nos enfrentamos con un sistema caótico no lineal, y por tanto las predicciones a largo plazo de los estados climáticos futuros no son posibles». Véase también: PICC. Climate Change 1995: The Science of Climate Change, p. 330. «La variabilidad climática natural en escalas a largo plazo seguirá siendo problemática para el análisis y la detección del cambio climático relacionado con el CO2».
* C. Landsea, et al., 2000, «¿Cuánta aptitud intervino en la previsión del poderoso El Niño de 1997-1998?», Bulletin of the American Meteorological Society 81: 2.107-2.119: «… cabría confiar incluso menos en los estudios sobre el calentamiento del planeta antropogénico por la falta de aptitud para predecir El Niño… el nivel de acierto en los pronósticos de El Niño se ha exagerado (a veces drásticamente) y aplicado erróneamente en otras áreas».
* R. Bohm, «Sesgo urbano en las series temporales de temperatura: un estudio de la ciudad de Viena, Austria», Climatic Change 38 (1988): 113-128. Ian G. McKendry, «Climatología aplicada», Progress in Physical Geography 27, 4 (2003): 597-606. «Ajustes basados en la población para la UHI en Estados Unidos pueden estar infravalorando el efecto urbano.»
* L. Chen, et al., 2003, «Características del efecto isla de calor en Shanghai y su posible mecanismo», Advances in Atmospheric Sciencies 20: 991-1.001.
* D. R. Streutker, «Crecimiento de la isla de calor urbano de Houston, Texas, medido vía satélite», Remote Snesing of Environment 85 (2003): 282-289. «Entre 1987 y 1999 la temperatura de superficie media nocturna de la isla de calor de Houston aumentó 0, 82 ± 0, 10 ºC.»
* Y. Choi, H. S. Jung, K. Y. Nam y W. T. Kwon, «El ajuste del sesgo urbano en la temperatura de superficie media regional de Corea del Sur, 1968-1999», International Journal of Climatology 23 (2003): 577-591.
* http://news.bbc.co.uk/1/hi/in-depth/sci-tech/2002/leicester-2002/ 2253636.stm. La BBC no ofrece referencia científica de la afirmación de los ocho grados.
* La población de Los Ángeles es de 14.531.000; la de Berkeley es de 6.250.000; la de Nueva York es de 19.345.000.
* El Polo Sur, Mauna Loa: C. D. Keeling, T. P. Whorf, y el Carbon Dioxide Re search Group, Scripps Institute of Oceanography (SIO), Universidad de California, La Jolla, CA 92093, EE.UU.; Seychelles: Thomas J. Conway, Pieter Tans, Lee S. Waterman, National Oceanic and Atmospheric Administration, Climate Monitoring and Diagnostics Laboratory, 325 Broadway, Boulder CO 80303. Véase http://cdiac. Esd.ornl.gov/ trends/co2/contents.htm.
* Para un resumen, véase Ian G. McKendry, 2003, «Climatología aplicada», Progress in Physical Geography 27, 4: 597-606. «Recientes estudios indican que los intentos por eliminar el “sesgo urbano” de los registros climáticos a largo plazo (y por tanto identificar la magnitud del efecto invernadero realzado) pueden ser sumamente simplistas.»
* Alston Chase, In a Dark Wood, p. 157 y ss. Véase también p. 404 y ss.
* Fred Pearce, «Los africanos vuelven a la tierra a medida que las plantas recuperan el desierto», New Scientist 175, 21 de septiembre de 2002, pp. 4-5. «Los desiertos de África están en retroceso… el análisis de las imágenes de satélite… revela que las dunas retroceden en la región del Sahel… la vegetación desbanca a la arena en una franja de terreno… de 6.000 kilómetros… los analistas dicen que el gradual reverdecimiento viene ocurriendo desde mediados de la década de 1980, aunque ha pasado en gran medida inadvertido.»
* Paul Reiter, et al., «Calentamiento del planeta y malaria: una llamada a la precisión», Lancet, 4, n.º 1 (junio de 2004). «Muchas de estas predicciones tan difundidas están mal informadas e inducen a error.»
* Discusión en Lomborg, p. 252.
* Morjorie L. Reaka-Kudia, et al., Biodiversity II, Understanding and Protecting our Biological Resources, Washington: National Academies Press, 1997. «Los biólogos hemos tenido que admitir lo poco que sabemos sobre los organismos con los que compartimos el planeta Tierra. En concreto, todos los intentos de establecer el número total de especies han sido sorprendentemente inútiles.» Myers: «Es imposible saber el índice real de extinción en las selvas tropicales, ni siquiera por aproximación». En Lomborg, p. 254.
* Roger J. Braithwaite, «El balance de la masa de los glaciares, los primeros cincuenta años de supervisión internacional», Progress in Physical Geography 26, n.º 1 (2002): 76-95. «No se observa una tendencia global evidente a un mayor deshielo de los glaciares en años recientes.»
* California tiene 497 glaciares; Raub, et al., 1980; Guyton: 108 glaciares y 401 glaciares menores, Glaciers of California, p. 115.
* H. Kieffer, et al., 2000, «Nuevos ojos en el cielo miden los glaciares y las placas de hielo», EOS, Transactions, American Geophysical Union 81: 265, 270-271. Véase también R. J. Braithwaite y Y. Zhang, «Las relaciones entre la variabilidad anual del balance de masa de los glaciares y el clima», Journal of Glaciology 45 (2000): 456-462.
* Betsy Mason, «El hielo africano en secreto», Nature, 24, noviembre de 2003. «Aunque resulte tentador achacar la perdida del hielo al calentamiento del planeta, los investigadores piensan que la deforestación de las estribaciones de la montaña son la causa más probable.» http://www.nature.com/nsu/031117/ 031117-8.html. Kaser, et al., «El retroceso del glaciar del Kilimanjaro como prueba del cambio climático: observaciones y datos», International Journal of Climatology 24: (2004): 329-339. «En años recientes, el Kilimanjaro y sus glaciares en desaparición se han convertido en “icono” del calentamiento del planeta… [pero] procesos distintos a la temperatura del aire inciden en la recesión del hielo… una drástica caída de la humedad atmosférica a finales del siglo XIX y el posterior clima más seco están provocando muy probablemente el retroceso del glaciar.»
* Véase, por ejemplo, http://www.csr.utexas. Edu/gmsl/main.html. «En el último siglo, el cambio global del nivel del mar se ha calculado a partir de mediciones de las mareas con promedios a largo plazo. Las estimaciones más recientes del aumento medio global del nivel del mar a partir de las mediciones de las mareas oscilan entre 1, 7 y 2, 4 mm/año.»
* Op. cit. El aumento medio global del nivel del mar según las mediciones por satélite ha sido durante la última década 3, 1 mm/año. Sin embargo, los satélites muestran una considerable variación. Así, el norte del Pacífico ha crecido, pero el sur del Pacífico ha disminuido varios milímetros en años recientes.
* Lomborg, pp. 289-290 sobre la deficiencia de los modelos del nivel del mar del IPCC.
* Véase Henderson-Sellers, et al., 1997, «Ciclones tropicales y cambio climático global: una evaluación posterior al IPCC», Bulletin of the American Meteorological Society 79: 9-38. C. Nicholls Landsea, et al., «Tendencia descendente en la frecuencia de huracanes intensos en el Atlántico durante las últimas cinco décadas», Geophysical Research Letters 23: 527-530, 1996. Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas, «el examen de los datos meteorológicos no respalda la percepción [de una mayor frecuencia y severidad de los fenómenos climáticos extremos] en el contexto de un cambio climático a largo plazo», IPCC, 1995, p. 11. «En conjunto no hay prueba de que los fenómenos meteorológicos extremos o la variabilidad del clima hayan aumentado, en sentido global, a lo largo del siglo XX…», IPCC, Climate Change, 1995. En el informe del IPCC del año 2001, «No hay tendencias evidentes a largo plazo» de tormentas tropicales y extratropicales, ni cambios sistemáticos en la «frecuencia de tornados, truenos o granizo». Executive summary, p. 2. Para un estudio completo, véase Lomborg, p. 292ff.
* Richard Feynman: «La ciencia es lo que hemos aprendido sobre la manera de no engañarnos».
* Lomborg, p. 292.
* Stanley A. Changnon, 1999: «Impactos de la climatología generada por El Niño 1997-1998 en Estados Unidos», Bulletin of the American Meteorological Society 80, n.º 9: pp. 1.819-1.828. «El beneficio económico neto fue sorprendentemente positivo… las pérdidas directas a escala nacional fueron de alrededor de 4.000 millones y los beneficios de 19.000 millones.»
* Véase S. K. Sutherland, et. al, «Tóxinas y forma de envenenamiento del pulpo común de anillos azules», Med. J. Aust. 1 (1969): 883-898. También H. Flecker, et. al, «Mordedura fatal del pulpo», Med. J. Aust. 2 (1955): 329-331.
* Estimación de la Oficina de la Ciencia de la Casa Blanca para todos los costes relacionados con el miedo, incluida la devaluación de la propiedad y la reubicación de las líneas de alto voltaje. Citado en Park, Voodoo Science, p. 151 (Park participó en la controversia).
* Más recientemente, Nature 22 (octubre de 2003): pp. 395-741, con Rusia incluida, el efecto de Kioto en la temperatura sería de 0, 02 °C hacia el año 2050. Los modelos del PICC dan una estimación mayor, pero ninguno supera los 0, 15 ºC. Lomborg, p. 302. Wigley, 1998: «La reducciones del calentamiento del planeta son pequeñas, 0, 08-0, 28 ºC».
* Martin Hoffert et al., «Los caminos de una tecnología avanzada hacia la estabilidad del clima global: la energía para un planeta invernadero», Science (1 de noviembre de 2002): pp. 981-987: «Las fuentes de energía capaces de producir de un 100 a un 300% del actual consumo mundial de energía sin emisiones invernadero no existen».
* Algunas estimaciones fijan la cifra en treinta millones de muertes.
* Análisis completo del DDT, Wildavsky, 1994, pp. 55-80.
* Comité Sweeney, 25 de abril, 1972, «El DDT no es un riesgo cancerígeno para el hombre». Ruckelshaus lo prohibió dos meses después, aduciendo que el DDT «presenta un riesgo cancerígeno para el hombre». No leyó el informe Sweeney.
* Hayes, 1969.
* John Noble Wilford, «Las muertes causadas por el sucesor del DDT despiertan preocupación», New York Times, 21 de agosto, 1970, p. 1; Wildavsky, 1996, p. 73.
* Referencias a casos en Sunstein, pp. 300-301.
* Véase el estudio del centro de análisis de riesgos de Harvard: Tengs et al., 1995. Para una discusión completa, véase Lambert, p. 318 y ss. Concluye: «Cuando pasamos por alto el coste de las decisiones ecologistas… en otras áreas… conseguimos en realidad cometer un asesinato estadístico». Facilita el número de muertes innecesarias en sesenta mil por año solo en Estados Unidos.
* William Arens, The Man-Eating Mith.
* El canibalismo en el sudoeste americano: http://www.nature.com/nature/fow/ 000907.html; Richard A. Marlar, Leonard L. Banks, Brian R. Billman, Patricia M. Lambert, y Jennifer Marlar, «Pruebas bioquímicas de canibalismo en un yacimiento prehistórico de los indios pueblo en el sudoeste de Colorado», Nature 407, 74078 (7 de septiembre de 2000). Entre los celtas en Inglaterra: http://www.bris. Ac.uk/Depts/Info-Office/news/archive/cannibal.htm. Entre los Neandertales: http://news.bbc.co.uk/1/hi/sci/tech/462048. stm; mismo tema, Jared M. Diamond, «Arqueología, charla sobre el canibalismo» («Una irrefutable prueba de canibalismo se ha hallado en un yacimiento de novecientos años de antigüedad en el sudoeste de Estados Unidos. ¿Por qué algunos críticos, horrorizados, niegan que muchas sociedades hayan considerado aceptable el canibalismo?»).
Este es un libro de ficción. Los personajes, empresas, instituciones y organizaciones de esta novela son fruto de la imaginación del autor o, si son reales, se usan de forma ficticia, sin voluntad de describir su actividad real. Por otra parte, las referencias a personas, instituciones u organizaciones reales citadas en las notas al pie son correctas. Los pies de página son verdaderos.
La ciencia tiene algo fascinante. Uno obtiene grandes beneficios en forma de conjeturas a partir de una pequeña inversión en forma de datos.
MARK TWAIN
En toda cuestión importante, existen siempre aspectos de los que nadie desea hablar.
GEORGE ORWELL
En agosto de 2002, en la Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, Vanuatu, una nación insular del Pacífico, anunció que preparaba una demanda judicial contra la EPA (Agencia de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos) por su responsabilidad en el calentamiento del planeta. Vanuatu se alza apenas unos metros sobre el nivel del mar, y los ocho mil habitantes de la isla corren el riesgo de tener que evacuar el país debido al aumento del nivel del mar provocado por el calentamiento del planeta. Estados Unidos, la mayor potencia económica del mundo, es también el mayor emisor de dióxido de carbono y, por tanto, el país que más contribuye al calentamiento del planeta.
El NERF (Fondo Nacional de Recursos Medioambientales), un grupo activista norteamericano, anunció que aunaría fuerzas con Vanuatu en la presentación de esta demanda, prevista para el verano de 2004. Se rumoreó que el acaudalado filántropo George Morton, que con frecuencia daba apoyo a causas ecologistas, financiaría personalmente el juicio, cuyo coste se calculó en más de ocho millones de dólares. Puesto que el caso sería visto en última instancia por el receptivo tribunal de apelación para el Circuito Noveno de San Francisco, el litigio se esperaba con cierta expectación.
Pero la demanda no llegó a presentarse.
Ni Vanuatu ni el NERF han ofrecido explicación oficial alguna al respecto. Aun después de la repentina desaparición de George Morton, las circunstancias que rodearon dicha demanda han quedado sin examinar debido al inexplicable desinterés de los medios de comunicación. Hasta finales de 2004 ningún miembro del consejo directivo del NERF hizo ninguna declaración pública acerca de lo ocurrido en el seno de la organización. Posteriores revelaciones de colaboradores directos de Morton, así como de antiguos integrantes del bufete de Los Ángeles Hassle & Black, han añadido detalles a la historia.
Ahora, pues, está ya claro qué ocurrió con el desarrollo del litigio de Vanuatu entre mayo y octubre de 2004, y por qué como consecuencia de ello murió tanta gente en remotos rincones del planeta.
M. C.
Los Ángeles, 2004
Del informe interno al Consejo de Seguridad Nacional (CSN) del AASBC (confidencial). Fragmentos redactados del AASBC. Obtenidos de FOIA 04/03/04.


En la oscuridad, él le tocó el brazo y dijo:
—Quédate aquí.
Ella esperó sin moverse. Percibía un intenso olor a salitre. Oía el suave gorgoteo del agua.
De pronto se encendieron las luces, reflejándose en la superficie de un enorme depósito abierto, quizá de unos cincuenta metros de longitud por veinte de anchura. Podría haber sido una piscina cubierta, salvo por el equipo electrónico que la rodeaba.
Y por el extraño dispositivo situado en el extremo opuesto.
Jonathan Marshall regresó junto a ella sonriendo como un idiota.
—Qu’est-ce que tu penses? —preguntó, consciente de su pésima pronunciación—. ¿Qué piensas?
—Es magnífico —afirmó la chica. Cuando hablaba en inglés, tenía un acento exótico. A decir verdad, todo en ella era exótico, pensó Jonathan. De piel oscura, pómulos prominentes y cabello negro, podría haber sido modelo. Y se contoneaba como una modelo, con su falda corta y sus zapatos de tacón de aguja. Era medio vietnamita y se llamaba Marisa. Mirando alrededor, añadió—: Pero ¿no hay nadie aquí?
—No, no —respondió él—. Es domingo. Hoy no viene nadie.
Jonathan Marshall, de veinticuatro años, era un londinense licenciado en física que, como parte de sus estudios de posgrado, trabajaba durante el verano en el ultramoderno Laboratoire Ondulatoire —Laboratorio de Mecánica Ondulatoria— del Instituto de la Marina francés en Vissy, al norte de París. Pero en el barrio residían sobre todo familias jóvenes, y para Marshall había sido un verano solitario. Por eso no podía dar crédito a la buena suerte que había tenido al conocer a aquella chica. Una chica muy guapa y sexy.
—Explícame qué hace esta máquina —dijo Marisa con una mirada radiante—, y qué haces tú.
—Con mucho gusto —contestó Marshall. Se acercó al gran panel de control y empezó a conectar las bombas y los sensores. Al otro extremo del depósito, los treinta paneles del generador de olas se activaron uno tras otro.
Marshall miró a la chica, y ella le sonrió.
—Es complicadísimo —comentó Marisa. Se colocó junto a él frente al panel de control—. ¿Hay cámaras para grabar vuestra investigación?
—Sí, en el techo y a los lados del depósito. Crean un registro visual de las olas generadas. En el depósito también hay sensores que recogen los parámetros de presión de la ola al pasar.
—¿Están conectadas ahora esas cámaras?
—No, no —dijo él—. No las necesitamos; no estamos haciendo ningún experimento.
—Quizá sí —respondió ella, y apoyó la mano en el hombro de Marshall. Tenía unos dedos largos y delicados, unos dedos preciosos. Miró alrededor por un momento—. En esta sala todo es carísimo. Debe de haber grandes medidas de seguridad, ¿no?
—En realidad no. Simplemente hay que usar una tarjeta para entrar. Y solo hay una cámara de seguridad. —Señaló por encima del hombro—. En aquel rincón.
Marisa se volvió.
—¿Y esa está encendida?
—Sí, claro —contestó él—, esa siempre.
Marisa le acarició suavemente el cuello.
—¿Así que ahora hay alguien vigilándonos?
—Eso me temo.
—Entonces debemos portarnos bien.
—Probablemente. Por cierto, ¿y tu novio?
—Ese. —Dejó escapar un resoplido de desdén—. Ya me he hartado de él.
Unas horas antes aquel mismo día Marshall había salido de su pequeño apartamento para ir a la cafetería de la rue Montaigne, que visitaba cada mañana, llevándose como de costumbre un artículo especializado para leer. Al rato, aquella chica se sentó en la mesa contigua con su novio. En breve la pareja empezó a discutir.
A decir verdad, Marshall tuvo la impresión de que Marisa y el novio no estaban hechos el uno para el otro. Él era un americano rubicundo y fornido, corpulento como un jugador de fútbol, con el cabello largo y gafas de montura metálica poco acordes con sus toscas facciones. Tenía todo el aspecto de un cerdo que pretendía pasar por intelectual.
Se llamaba Jim y estaba enfadado con Marisa porque esta, al parecer, no había pasado la noche con él.
—No sé por qué no me dices dónde estuviste —repetía él una y otra vez.
—Porque no es asunto tuyo, por eso.
—Pero yo pensaba que íbamos a cenar juntos.
—Jimmy, ya te dije que no.
—No, me dijiste que sí. Y yo te esperé en el hotel. Toda la noche.
—¿Y qué? Nadie te obligó. Podías marcharte y pasártelo bien.
—Pero te esperaba.
—Jimmy, no eres mi dueño. —Exasperada, suspiraba, levantaba las manos o se daba palmadas en las rodillas desnudas. Tenía las piernas cruzadas y se le había subido mucho la falda—. Yo hago lo que me da la gana.
—Eso está claro.
—Sí —dijo ella, y en ese momento se volvió hacia Marshall—. ¿Qué es eso que lees? Parece muy complicado.
En un primer momento Marshall se alarmó. Saltaba a la vista que le había dirigido la palabra para provocar al novio. No quería dejarse arrastrar a la pelea de la pareja.
—Es física —contestó lacónicamente, y se volvió un poco, procurando pasar por alto la belleza de la chica.
—¿Qué clase de física? —insistió ella.
—Mecánica ondulatoria. Olas marinas.
—¿Eres estudiante, pues?
—Estudiante de posgrado.
—Ah. E inteligente, por lo que se ve. ¿Eres inglés? ¿Qué haces en Francia?
Y casi sin darse cuenta Marshall entabló conversación con la chica, y ella le presentó al novio, que le dirigió a Marshall una sonrisa de suficiencia y le dio un desidioso apretón de manos. La situación seguía siendo embarazosa, pero ella se comportaba como si no lo fuese.
—¿Así que trabajas por aquí? ¿En qué? ¿Un depósito con una máquina? La verdad, no consigo imaginármelo. ¿Me lo enseñas?
Y allí estaban, en el Laboratorio de Mecánica Ondulatoria. Jimmy, el novio, se había quedado fuera, en el aparcamiento, malhumorado, fumando un pitillo.
—¿Qué hacemos con Jimmy? —preguntó Marisa, de pie junto a Marshall mientras él trabajaba en el panel de control.
—Aquí dentro no puede fumar.
—Yo me encargaré de que no fume. Pero no quiero que se enfade más. ¿Crees que puedo dejarle entrar?
A Marshall lo invadió un sentimiento de decepción.
—Claro. Supongo.
Ella le apretó el hombro.
—No te preocupes. Después estará ocupado con otros asuntos suyos.
Se alejó y abrió la puerta del fondo del laboratorio. Jimmy entró. Marshall echó un vistazo y vio que se quedaba rezagado, con las manos en los bolsillos. Marisa regresó junto a él, que seguía frente al panel de control.
—Jimmy ya se ha calmado —dijo—. Ahora enséñamelo.
Los motores eléctricos del extremo opuesto del depósito ronronearon y las palas generaron la primera ola. Era pequeña, y recorrió suavemente el depósito en toda su longitud hasta chocar, con un ligero chapoteo, en un panel inclinado en el lado donde ellos se hallaban.
—¿Y esto es un maremoto? —preguntó Marisa.
—Es la simulación de un tsunami, sí —contestó Marshall mientras pulsaba el teclado. En el panel de control, los monitores mostraron la temperatura y la presión, así como imágenes en color falso de la ola.
—Una simulación —repitió ella—. ¿Y eso qué quiere decir?
—En este depósito podemos crear olas de hasta un metro de altura —explicó Marshall—. Pero los verdaderos tsunamis alcanzan cuatro, ocho o diez metros. A veces incluso más.
—¿Una ola de diez metros en el mar? —Marisa abrió los ojos desorbitadamente—. ¿En serio? —Miró al techo intentando imaginarla.
Marshall movió la cabeza en un gesto de asentimiento. Esa altura equivalía a un edificio de tres plantas. Y alcanzaba una velocidad de ochocientos kilómetros por hora, avanzando atronadoramente hacia la costa.
—¿Y cuándo llega a la costa? —preguntó ella—. ¿Eso representa el panel inclinado de este extremo? Tiene una textura de guijarros, parece. ¿Eso es la costa?
—Exactamente —contestó Marshall—. La distancia que recorre la ola tierra adentro depende del ángulo de la pendiente. Podemos ajustar esa pendiente a cualquier ángulo.
El novio se acercó al depósito, pero siguió apartado de ellos, sin pronunciar una sola palabra.
Marisa estaba entusiasmada.
—¿Podéis ajustarla? ¿Cómo?
—Está motorizada.
—¿A cualquier ángulo? —Se rió—. Ponla a vingt-sept grados. Veintisiete.
—Allá va. —Marshall tecleó. Con un ligero chirrido, la pendiente de la costa aumentó de ángulo.
El novio americano, atraído por la actividad, se aproximó más al depósito para echar un vistazo. Era fascinante, pensó Marshall. Cualquiera sentiría interés. Sin embargo aquel tipo continuó en silencio. Allí de pie, se limitó a observar cómo crecía la inclinación de la superficie enguijarrada. Esta no tardó en detenerse.
—¿Esa es la pendiente, pues? —preguntó Marisa.
—Sí —dijo Marshall—. Aunque de hecho veintisiete grados es una inclinación excesiva, por encima del promedio de las costas del mundo real. Quizá debería ponerla…
Marisa cerró su mano morena sobre la de él.
—No, no —dijo. Tenía la piel suave—. Déjala así. Enséñame una ola. Quiero ver una ola.
Cada treinta segundos se generaban pequeñas olas que recorrían el depósito con un leve zumbido.
—Bueno, primero tengo que conocer la forma de la costa. En este momento es una playa llana, pero si hubiese un entrante…
—¿Cambiaría si hubiese un entrante?
—Claro.
—¿De verdad? Enséñamelo.
—¿Qué clase de entrante quieres? Un puerto, un río, una bahía…
—Ah —dijo ella, y se encogió de hombros—, que sea una bahía.
Marshall sonrió.
—Bien. ¿De qué tamaño?
Con un ronroneo de motores eléctricos, la costa empezó a curvarse y se formó una hendidura en la pendiente.
—¡Fantástico! —exclamó Marisa—. Vamos, Jonathan, déjame ver la ola.
—Todavía no. ¿De qué tamaño es la bahía?
—Ah… —Extendió los brazos—. Un kilómetro y medio. Una bahía de un kilómetro y medio. ¿Ahora me la dejarás ver? —Se inclinó hacia él—. Debes saber que no me gusta esperar.
Marshall olió su perfume. Tecleó a toda prisa.
—Ahí viene —dijo—. Una ola grande, acercándose a una bahía de un kilómetro y medio con una pendiente de veintisiete grados.
Al generarse la siguiente ola en el otro extremo del depósito, el zumbido fue mucho más sonoro, y luego avanzó uniformemente hacia ellos, una línea de agua de unos quince centímetros de altura.
—¡Oh! —Marisa hizo un mohín—. Me has prometido que sería grande.
—Tú espera.
—¿Crecerá? —preguntó Marisa, y se echó a reír. Volvió a apoyar la mano en el hombro de Marshall. El americano la fulminó con la mirada. Ella levantó la barbilla en actitud desafiante. Pero cuando él volvió a fijar la vista en el depósito, ella apartó la mano.
Marshall se sintió otra vez descorazonado. Marisa lo estaba utilizando; él era un peón en aquel juego de la pareja.
—¿Has dicho que crecerá? —preguntó ella.
—Sí —contestó Marshall—, la ola crecerá al acercarse a la orilla. En aguas profundas un tsunami es pequeño, pero aumenta de tamaño en los bajíos. Y el entrante concentrará su fuerza, así que se incrementará la altura.
La ola se hizo más alta y, al arremeter contra la costa curva, levantó espuma y ascendió ruidosamente por los lados. Alcanzó un metro y medio, calculó Marshall.
—Pues sí ha crecido —dijo ella—. ¿Y en el mundo real?
—Eso equivale a unos quince metros —contestó él.
—Oh là là! —exclamó ella, y apretó los labios—. Así que una persona no puede escaparse corriendo.
—Pues no —contestó Marshall—. Es imposible huir de un maremoto. En Hilo, Hawai, en 1957 una ola tan alta como los edificios barrió las calles del pueblo; la gente corrió, pero…
—¿Y ya está? —preguntó el americano con voz ronca, como si necesitara aclararse la garganta—. ¿Eso es todo?
—No le hagas caso —dijo ella en voz baja.
—Sí, esto es lo que hacemos —respondió Marshall—. Generamos olas…
—¡Joder! —exclamó el americano—. Yo ya hacía eso en mi bañera cuando tenía seis meses.
—Bueno —continuó Marshall, y señaló el panel de control y los monitores—, generamos muchas bases de datos para investigadores de todo el mundo que están…
—Ya, ya. Con eso tengo suficiente. Vaya coñazo. Me voy. Marisa, ¿tú vienes o no? —La miró con furia.
Marshall la oyó respirar hondo.
—No —contestó ella—. No voy.
El americano se dio media vuelta, se alejó y cerró de un portazo al salir.
El apartamento de Marisa se hallaba frente a Notre-Dame, al otro lado del río; desde el balcón del dormitorio se disfrutaba de una hermosa vista de la catedral, que estaba iluminada por la noche. Eran las diez, pero el cielo presentaba aún un intenso azul. Marshall bajó la vista para contemplar la calle, las luces de las cafeterías, la gente de paseo. Era una escena bulliciosa y cautivadora.
—No te preocupes —dijo ella, a sus espaldas—. Si buscas a Jimmy, aquí no vendrá.
En realidad, Marshall no concibió esa posibilidad hasta que ella la mencionó.
—¿No?
—No. Irá a cualquier otra parte. Jimmy tiene muchas mujeres. —Marisa tomó un sorbo de vino tinto y dejó la copa en la mesilla de noche. Sin ceremonias, se quitó la camiseta y la falda. No llevaba nada debajo.
Todavía con los zapatos de tacón, se acercó a él. Marshall debió de parecer sorprendido, porque ella dijo:
—Ya te lo he advertido: no me gusta esperar.
A continuación lo rodeó con los brazos y lo besó con fuerza, con ferocidad, casi con rabia. Siguieron unos momentos incómodos mientras Marshall intentaba besarla a la vez que ella lo desnudaba. Marisa tenía la respiración entrecortada, casi jadeaba. No hablaba. Tal era su apasionamiento que casi parecía furiosa, y su belleza, la perfección física de aquel cuerpo moreno, lo intimidaron, pero no por mucho tiempo.
Después, Marisa yació a su lado, su piel suave pero su carne apretada. En el techo del dormitorio se proyectaba el tenue resplandor de la fachada de la iglesia. Marshall se sentía relajado; ella, en cambio, después de hacer el amor parecía rebosante de energía, inquieta. Marshall se preguntó si, pese a sus gemidos y gritos del final, se había corrido realmente. Y de pronto ella se levantó.
—¿Te pasa algo?
Marisa tomó un sorbo de vino.
—Voy al baño —dijo, y volviéndose, desapareció tras una puerta.
Había dejado su copa de vino. Marshall se incorporó y tomó un sorbo; vio la delicada forma de los labios de Marisa dibujada con carmín en el borde.
Miró la cama y vio las manchas oscuras que habían dejado los tacones de ella en las sábanas. No se había descalzado hasta que llevaban ya un rato haciendo el amor. Ahora los zapatos estaban bajo la ventana, donde los había lanzado. Señales de su pasión. Marshall tenía aún la sensación de vivir un sueño. Nunca había estado con una mujer como aquella. Tan hermosa como aquella, instalada en un sitio como aquel. Se preguntó cuánto debía de costar un apartamento así, con las paredes revestidas de madera, la situación idónea…
Tomó otro sorbo de vino. Podía acostumbrarse a aquello, pensó.
Oyó correr el agua en el cuarto de baño. Un tarareo, una canción poco melodiosa.
De pronto la puerta de la entrada se abrió con estrépito e irrumpieron tres hombres en la habitación. Vestían gabardina y sombrero oscuro. Aterrorizado, Marshall dejó la copa en la mesilla —se cayó— y se lanzó hacia su ropa junto a la cama para cubrirse, pero al instante los hombres se precipitaron sobre él y lo sujetaron con las manos enguantadas. Lanzó un grito de alarma y pánico cuando lo arrojaron a la cama boca abajo. Aún vociferaba cuando le hundieron la cara en la almohada. Pensó que iban a asfixiarlo, pero no fue así. Un hombre le susurró:
—Cállate. Si te callas, no te pasará nada.
Marshall no le creyó, así que forcejeó y volvió a gritar. ¿Dónde estaba Marisa? ¿Qué hacía? Estaba sucediendo todo muy rápido. Tenía a un hombre sentado sobre la espalda; notaba sus rodillas hundidas en la espina dorsal y el contacto frío de los zapatos en las nalgas desnudas. Sintió la mano del hombre en el cuello, inmovilizándolo contra la cama.
—¡Cállate! —volvió a susurrar el hombre.
Los otros dos lo tenían sujeto por las muñecas y lo obligaban a extender los brazos sobre la cama. Se estaban preparando para hacerle algo. Marshall, aterrorizado, se sintió vulnerable. Gimió, y alguien lo golpeó en la nuca.
—¡Silencio!
Todo ocurría muy deprisa, todo se desdibujaba. ¿Dónde estaba Marisa? Probablemente escondida en el cuarto de baño, y no la culpaba. Oyó un sonido acuoso y vio una bolsa de plástico y algo blanco dentro de ella, como una pelota de golf. Estaban colocándole la bolsa bajo la axila, en la parte carnosa del brazo.
¿Qué demonios le hacían? Notó el agua fría en la cara interior del brazo, y aunque forcejeó, lo sujetaron firmemente. A continuación, dentro del agua, notó un contacto blando y viscoso contra el brazo, como si fuese un chicle, algo pegajoso que se le adhería a la piel del brazo, y después sintió un pellizco. Nada, apenas perceptible, un momentáneo aguijonazo.
Los hombres actuaban con presteza. Retiraron la bolsa y en ese momento Marshall oyó dos estridentes disparos y la voz de Marisa, que gritaba en un rápido francés: «Salaud! Salopard! Bouge-toi le cul!». El tercer hombre se tambaleó sobre la espalda de Marshall y cayó al suelo. Acto seguido se levantó con dificultad. Marisa seguía gritando. Se oyeron más disparos, y Marshall percibió el olor a pólvora en el aire. Los hombres huyeron. Sonó un portazo, y Marisa regresó, totalmente desnuda, balbuceando en un francés que él no entendió, algo sobre una vacherie, que el interpretó como «vaca», pero no pensaba con claridad. Empezaba a temblar sobre la cama.
Ella se acercó y lo rodeó con los brazos. El cañón de la pistola estaba caliente, y Marshall, al percibir su contacto, gritó. Ella la dejó a un lado.
—¡Jonathan, cuánto lo siento, cuánto lo siento! —Permitió que Marshall apoyara la cabeza en su hombro y lo acunó—. Por favor, perdóname. Ya ha pasado todo, te lo prometo.
Gradualmente Marshall dejó de temblar, y ella lo miró.
—¿Te han hecho daño?
Marshall negó con la cabeza.
—Bueno. Lo suponía. ¡Idiotas! Amigos de Jimmy. Ha sido solo una broma, para asustarte. Y también a mí, desde luego. Pero ¿no estás herido?
Él volvió a negar con la cabeza. Tosió.
—Quizá… —dijo, recuperando por fin la voz—. Quizá debería marcharme.
—No —dijo ella—. No, no. No puedes hacerme eso.
—No me encuentro…
—Ni hablar —insistió ella. Se arrimó más a él, y sus cuerpos quedaron en contacto—. Debes quedarte un rato.
—¿No tendrías que avisar a la policía?
—Mais non. La policía no intervendrá. Una discusión entre amantes. En Francia no hacemos eso, no llamamos a la policía.
—Pero han entrado por la fuerza.
—Ya se han ido —dijo ella, susurrándole al oído. Marshall sintió su aliento—. Estamos solo nosotros. Solo nosotros, Jonathan. —Deslizando su cuerpo moreno sobre el de él, descendió por su pecho.
Pasaban ya de las doce de la noche cuando, por fin vestido, contempló Notre-Dame desde la ventana. Las calles seguían concurridas.
—¿Por qué no te quedas? —preguntó ella con un precioso mohín—. Quiero que te quedes. ¿No deseas complacerme?
—Lo siento —dijo él—. Tengo que irme. No me encuentro muy bien.
—Yo haré que te sientas mejor.
Marshall negó con la cabeza. La verdad era que no se encontraba bien. A rachas lo asaltaba una sensación de aturdimiento y le flojeaban las piernas. Allí agarrado a la barandilla del balcón, le temblaban las manos.
—Lo siento —repitió—. Tengo que irme.
—Muy bien, pero entonces te llevaré yo.
Como él sabía, Marisa tenía el coche aparcado en la otra orilla del Sena. Se le antojó demasiado lejos para ir a pie. Pero, en su embotamiento, se limitó a asentir.
—De acuerdo —dijo.
Ella no tenía prisa. Pasearon cogidos del brazo por la orilla del río, como amantes. Dejaron atrás los restaurantes flotantes amarrados al muelle, vivamente iluminados, todavía llenos de gente. Por encima de ellos, al otro lado del río, se alzaba Notre-Dame, envuelta en luz. Durante un rato, ese lento paseo, con la cabeza de Marisa apoyada en el hombro y las tiernas palabras que le susurraba, le sentó bien y empezó a encontrarse mejor.
Pero no tardó en tropezar, invadido por una sensación de debilidad y torpeza. Tenía la boca seca. Se notaba la mandíbula agarrotada. Le costaba hablar.
Ella no pareció darse cuenta. Ya habían quedado atrás las intensas luces, y bajo uno de los puentes Marshall volvió a tropezar. Esta vez cayó en la orilla de piedra.
—Cariño —dijo ella, preocupada y solícita, y lo ayudó a ponerse en pie.
—Creo… creo… —dijo él.
—Cariño, ¿te encuentras bien? —Marisa lo ayudó a llegar a un banco apartado del río—. Siéntate aquí un momento. Enseguida estarás mejor.
Pero su estado no mejoró. Intentó protestar, pero era incapaz de articular palabra. Aterrorizado, se dio cuenta de que ni siquiera podía mover la cabeza. Le pasaba algo grave. Todo su cuerpo se debilitaba por momentos de una manera asombrosa. Trató de levantarse del banco, pero los miembros no le respondieron. La miró, sentada a su lado.
—Jonathan, ¿qué te pasa? ¿Necesitas un médico?
«Sí, necesito un médico», pensó.
—Jonathan, no estás bien…
Marshall sentía opresión en el pecho. Respiraba con dificultad. Desvió la mirada y la fijó al frente. Presa del pánico, pensó: «Estoy paralizado».
Intentó mirarla. Pero ya ni siquiera era capaz de mover los ojos. Solo podía mantener la vista al frente. Tenía la respiración poco profunda.
—¿Jonathan?
«Necesito un médico.»
—Jonathan, ¿puedes mirarme? ¿Puedes? ¿No? ¿No puedes volver la cabeza?
Por alguna razón la voz de ella no reflejaba preocupación. Parecía objetiva, clínica. Quizá Marshall tenía también afectada la capacidad auditiva. En sus oídos resonaba un rumor tempestuoso. Cada vez le costaba más respirar.
—Muy bien, Jonathan, marchémonos de aquí.
Marisa metió la cabeza bajo su brazo y, con sorprendente fuerza, lo puso en pie. Su cuerpo colgó flácido y desmadejado junto a ella. Era incapaz de controlar la dirección de su mirada. Oyó acercarse unas pisadas y pensó: «Gracias a Dios». Un hombre dijo en francés:
—Mademoiselle, ¿necesita ayuda?
—No, gracias —contestó Marisa—. Es solo que ha bebido demasiado.
—¿Seguro?
—Le pasa continuamente.
—¿Sí?
—Ya me las arreglo sola.
—Ah. Entonces le deseo una bonne nuit.
—Bonne nuit.
Marisa siguió su camino con él a rastras. Su paso se volvió menos firme. De pronto se detuvo y se volvió a mirar en todas direcciones. Y acto seguido… se dirigió hacia el río.
—Pesas más de lo que pensaba —dijo con toda naturalidad.
Marshall experimentó un hondo terror. Estaba paralizado por completo. No podía hacer nada. Sus pies se arrastraban por la piedra.
Hacia el río.
—Lo siento —dijo ella, y lo tiró al agua.
A la breve caída siguió una pasmosa sensación de frío. Se sumergió, rodeado de burbujas y verde, y después de negrura. Ni siquiera en el agua podía moverse. No podía creer que estuviese ocurriéndole aquello, que fuese a morir de esa manera.
Lentamente, sintió subir su cuerpo. Otra vez agua verde, y a continuación asomó a la superficie, cara arriba, girando poco a poco.
Veía el puente, y el cielo negro, y a Marisa, de pie en la orilla. Encendió un cigarrillo y lo miró. Tenía una mano en la cadera y una pierna un paso por delante de la otra, una pose de modelo. Exhaló y el humo se elevó en la noche.
Marshall volvió a hundirse bajo la superficie, y sintió que el frío y la negrura lo envolvían.
A las tres de la madrugada se encendieron las luces del Laboratoire Ondulatoire del Instituto de la Marina francés en Vissy. El panel de control cobró vida. La máquina empezó a generar olas que recorrían el depósito una tras otra y embestían la costa artificial. Los monitores mostraban imágenes tridimensionales y columnas de datos. Los datos se transmitían a un lugar desconocido en alguna zona de Francia.
A las cuatro se apagaron el panel de control y las luces y en los discos duros se borró todo registro de lo ocurrido.
La tortuosa carretera discurría a la sombra bajo la enramada de la selva tropical malaya. Aunque pavimentada, era muy estrecha, y el Land Cruiser tomaba a toda velocidad las curvas en medio de chirridos de neumáticos. En el asiento del acompañante, un hombre barbudo de unos cuarenta años consultó su reloj.
—¿Cuánto falta?
—Solo unos minutos —contestó el conductor sin aflojar la marcha—. Casi hemos llegado.
El conductor era chino, pero hablaba con acento inglés. Se llamaba Charles Ling y había llegado a Kuala Lumpur procedente de Hong Kong la noche anterior. Había conocido a su acompañante en el aeropuerto esa mañana, y desde entonces habían viajado a todo gas.
El acompañante había entregado a Ling una tarjeta donde se leía: «Allan Peterson, Servicios Sísmicos, Calgary». Ling no se lo había creído. Sabía de sobra que en Alberta existía una empresa, ELS Engineering, que vendía esa clase de equipo. No era necesario viajar hasta Malaisia.
Además, Ling había comprobado la lista de pasajeros del vuelo de llegada, y no constaba ningún Allan Peterson. Así que aquel tipo había entrado en el país con un nombre distinto.
Por otra parte, dijo a Ling que era un geólogo independiente que asesoraba a compañías energéticas de Canadá, básicamente evaluando posibles yacimientos petrolíferos. Pero Ling tampoco se lo creyó. A los ingenieros del petróleo se los distinguía a una hora lejos, y aquel hombre no lo era.
Así pues, Ling no sabía quién era. Pero le traía sin cuidado. El señor Peterson llevaba una tarjeta de crédito válida, lo demás no era asunto de Ling. Ese día le interesaba solo una cosa: vender cavitadores. Y esa parecía una buena venta: Peterson hablaba de tres unidades, más de un millón de dólares en total.
Se desvió de la carretera con un brusco giro y tomó por un camino embarrado. Dando tumbos, avanzaron por la selva bajo árboles enormes y de pronto salieron a un amplio claro bañado por el sol. En el terreno se abría una inmensa brecha semicircular que dejaba a la vista la pared de tierra gris de un precipicio. Abajo se extendía un lago verde.
—¿Qué es esto? —preguntó Peterson torciendo el gesto.
—Fue una mina a cielo abierto, ahora abandonada. Caolín.
—¿Y eso es…?
«Este no es geólogo», pensó Ling. Explicó que el caolín era un mineral presente en la arcilla.
—Se utiliza en la fabricación de papel y cerámica. Hoy día se produce mucha cerámica industrial. Hacen cuchillos de cerámica con un filo increíble. Pronto habrá también motores de automóvil de cerámica. Pero aquí la calidad era muy baja, y por eso abandonaron la mina hace cuatro años.
Peterson asintió con la cabeza.
—¿Y dónde está el cavitador?
Ling señaló un camión grande estacionado al borde del precipicio.
—Allí.
Se dirigieron hacia él en el Land Cruiser.
—¿Es de fabricación rusa?
—El vehículo y el bastidor de matriz de carbono, sí. La parte electrónica viene de Taiwan. Del montaje nos ocupamos nosotros, aquí en Kuala Lumpur.
—¿Y este es el modelo más grande?
—No, este es el intermedio. No tenemos ninguno de los grandes para enseñarle.
Se detuvieron junto al camión. Era del tamaño de una excavadora grande; el techo del Land Cruiser apenas llegaba a lo alto de las enormes ruedas. En el centro, suspendido sobre la tierra, había un generador de cavitación rectangular, una masa cuadrilonga de tubos y cables semejante a un descomunal generador diésel. La placa curva de cavitación colgaba debajo, a algo más de un metro por encima del suelo.
Se apearon del todoterreno y salieron al sofocante calor. A Ling se le empañaron las gafas. Se las limpió con la camisa. Peterson circundó el camión.
—¿Puedo comprar la unidad sin el camión?
—Sí, fabricamos unidades transportables, con contenedores para flete. Pero normalmente los clientes las prefieren montadas en vehículos.
—Yo solo quiero las unidades —aclaró Peterson—. ¿Va a hacerme una demostración?
—Enseguida —dijo Ling. Hizo una seña al operario, instalado en la alta cabina—. Quizá deberíamos apartarnos.
—Espere un momento —lo interrumpió Peterson, de pronto alarmado—. Pensaba que estaríamos solos. ¿Quién es ese?
—Mi hermano —respondió Ling tranquilamente—. Es de toda confianza.
—Bueno…
—Apartémonos —insistió Ling—. Veremos mejor a cierta distancia.
El generador de cavitación se encendió con un estruendoso tableteo. Pronto el ruido se mezcló con otro sonido, un zumbido grave que a Ling siempre le parecía sentirlo en el pecho, en los huesos.
Peterson debió de sentirlo también, porque se apresuró a retroceder.
—Estos generadores de cavitación son hipersónicos —explicó Ling— y producen un campo de cavitación radialmente simétrico que puede ajustarse a un punto focal, más o menos como una lente óptica, salvo por el hecho de que utilizamos sonido. Dicho en otras palabras, podemos focalizar el haz sonoro y controlar la profundidad de cavitación.
Hizo una seña al operario, que asintió con la cabeza. La placa de cavitación descendió hasta quedar a ras de tierra. El sonido cambió, pasando a ser más grave y mucho menos intenso. La tierra vibró ligeramente donde ellos estaban.
—¡Dios santo! —exclamó Peterson, y volvió a retroceder.
—No se preocupe —dijo Ling—. Esto es solo un reflejo de baja graduación. El principal vector de energía es ortogonal, de trayectoria recta y perpendicular al suelo.
A unos doce metros por debajo del camión, las paredes del precipicio parecieron desdibujarse súbitamente. Pequeñas nubes de humo gris oscurecieron la superficie por un momento y a continuación toda una sección del precipicio cedió y se desmoronó en el lago como un alud gris. Se levantó una gran polvareda alrededor. Cuando el aire empezó a despejarse, Ling dijo:
—Ahora le enseñaremos cómo se dirige el haz.
El retumbo empezó otra vez, y en esta ocasión el precipicio se desdibujó mucho más abajo, a unos sesenta metros o más. Nuevamente la arena gris cedió y esta vez se deslizó sin gran estruendo hacia el lago.
—¿Y puede dirigirse también lateralmente? —preguntó Peterson.
Ling asintió. A unos cien metros al norte del camión, una porción de pared se desprendió y se precipitó.
—Podemos enfocarlo en cualquier dirección y a cualquier profundidad.
—¿A cualquier profundidad?
—Nuestra unidad grande focaliza a unos mil metros. Aunque ningún cliente encuentra utilidad a esas profundidades.
—No, no —dijo Peterson—. No necesitamos nada así. Pero queremos potencia de haz. —Se enjugó las manos en el pantalón—. Ya he visto suficiente.
—¿Sí? Tenemos otras cuantas técnicas que demos… —Quiero regresar ya. —Detrás de las gafas de sol, su mirada era inescrutable. —Muy bien —dijo Ling—. Si tan seguro está… —Lo estoy.
En el viaje de regreso, Peterson preguntó:
—¿Lo envían desde Kuala Lumpur o desde Hong Kong?
—Desde Kuala Lumpur.
—¿Con qué restricciones?
—¿A qué se refiere? —dijo Ling.
—En Estados Unidos, la tecnología de cavitación hipersónica es de uso restringido. No puede exportarse sin licencia.
—Como ya le he dicho, utilizamos componentes electrónicos taiwaneses.
—¿Son tan fiables como la tecnología estadounidense?
—Prácticamente idénticos —contestó Ling. Si Peterson conocía su oficio, debía de saber que Estados Unidos había perdido hacía mucho tiempo la capacidad de manufacturar juegos de chips tan avanzados. Los chips estadounidenses se fabricaban en Taiwan—. ¿Por qué lo pregunta? ¿Planea exportar a Estados Unidos?
—No.
—Entonces no hay problema.
—¿Cuáles son sus plazos de entrega? —quiso saber Peterson.
—Necesitamos siete meses.
—Yo estaba pensando en cinco.
—Es posible. Pero habrá un recargo. ¿Cuántas unidades?
—Tres —contestó Peterson.
Ling se preguntó para qué necesitaba alguien tres unidades de cavitación. Ninguna empresa de prospección geológica del mundo tenía más de una.
—Cursaré el pedido en cuanto cobre la fianza —aseguró Ling.
—La tendrá por transferencia mañana.
—¿Y adónde lo enviamos? ¿A Canadá?
—Ya recibirá instrucciones para el flete —respondió Peterson—, dentro de cinco meses.
Enfrente de ellos se elevaban hacia el cielo los arcos del ultramoderno aeropuerto diseñado por Kurokawa. Peterson se había sumido en el silencio. Mientras subían por la rampa, Ling dijo:
—Confío en que llegue a tiempo para tomar su avión.
—¿Cómo? Ah, sí. Vamos bien.
—¿Vuelve a Canadá?
—Sí.
Ling se detuvo a la entrada de la terminal de vuelos internacionales, salió y estrechó la mano a Peterson. Este se cargó al hombro el bolso de mano. No llevaba más equipaje que ese.
—Bien —dijo Peterson—, mejor será que me vaya.
—Buen viaje.
—Gracias. Lo mismo digo. ¿Regresa ya a Hong Kong?
—No —contestó Ling—. Tengo que ir a la fábrica para asegurarme de que empiezan a trabajar.
—¿Está cerca de aquí?
—Sí, en Pudu Raya. Solo a unos kilómetros.
—De acuerdo, pues.
Peterson entró en la terminal después de dirigirle un último gesto de despedida. Ling volvió al coche y se alejó. Pero mientras descendía por la rampa, vio que Peterson se había dejado el móvil en el asiento. Se detuvo en el arcén y echó un vistazo por encima del hombro. Peterson ya había desaparecido. Y el teléfono que Ling sostenía en la mano era muy ligero, de plástico barato, uno de esos aparatos desechables con tarjeta de prepago. No podía ser el principal teléfono de Peterson.
Se le ocurrió que quizá cierto amigo suyo pudiese seguir el rastro al teléfono y la tarjeta para averiguar más sobre el comprador. Y a Ling le apetecía saber más. Así que se metió el teléfono en el bolsillo y enfiló rumbo al norte, hacia la fábrica.
Richard Mallory, sentado tras su escritorio, levantó la vista y dijo:
—¿Sí?
En el umbral de la puerta había un hombre de tez pálida, cabello rubio y corto, complexión delgada y aspecto americano. Tenía una actitud despreocupada y una indumentaria anodina: zapatillas Adidas sucias y chándal azul marino descolorido. Daba la impresión de que hubiese salido a correr y hubiese pasado un momento por la oficina.
Y puesto que aquello era Design/Quest, una empresa puntera de diseño gráfico situada en Butler’s Wharf, un barrio londinense de almacenes rehabilitados que se extendía por debajo del Puente de la Torre, la mayoría de los empleados vestían de manera informal. Mallory era la excepción. Como era el jefe, llevaba un pantalón de sport y una camisa blanca. Y unos zapatos de puntera estrecha que le hacían daño. Pero eran la última moda.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó Mallory.
—He venido a por el paquete —respondió el americano.
—¿Qué paquete? —dijo Mallory—. Lo siento, pero si viene a recoger los envíos de DHL, los tiene la secretaria en recepción.
El americano pareció enojarse.
—¿No cree que exagera un poco? Deme el puto paquete, y acabemos ya.
—De acuerdo, está bien —contestó Mallory, y salió de detrás del escritorio.
Al parecer, el americano consideró que se había excedido, porque con un tono más sosegado dijo:
—Unos carteles muy bonitos. —Señaló la pared detrás de Mallory—. ¿Los hace usted?
—Nosotros —respondió Mallory—. Nuestra empresa.
En la pared colgaban dos carteles, uno al lado del otro, ambos de un globo terráqueo suspendido en el espacio sobre un fondo negro, sin más diferencia que la frase. Uno rezaba: SALVAD LA TIERRA, y debajo: ES EL ÚNICO HOGAR QUE TENEMOS. En el otro se leía: SALVAD LA TIERRA, y debajo: NO HAY OTRO SITIO ADONDE IR.
A un lado se veía un marco con una fotografía de una modelo rubia en camiseta: SALVAD LA TIERRA, y el lema era: Y PONEOS GUAPOS AL HACERLO.
—Esa fue nuestra campaña «Salvad la Tierra» —explicó Mallory—. Pero no la aceptaron.
—¿Quién no la aceptó?
—El Fondo Internacional para la Conservación.
Pasó junto al americano y se encaminó hacia la escalera de atrás, que llevaba al garaje. El hombre lo siguió.
—¿Por qué no? ¿No les gustó?
—Sí, sí les gustó —afirmó Mallory—. Pero consiguieron a Leo como portavoz y prefirieron utilizarlo a él. La campaña se basó en una serie de spots.
Al pie de la escalera, Mallory pasó su tarjeta por el lector de banda magnética y la puerta se abrió con un chasquido. Entraron en el pequeño garaje situado en el sótano del edificio. Estaba a oscuras salvo por el resplandor de la luz del día procedente de la rampa que daba a la calle. Molesto, advirtió que una camioneta obstruía parcialmente la salida de la rampa. Siempre tenían problemas con las camionetas de reparto aparcadas allí.
Se volvió hacia el americano.
—¿Tiene coche?
—Sí. Una camioneta. —Señaló hacia fuera.
—Ah, bueno, así que es suya. ¿Y lo ayuda alguien?
—No. Estoy solo. ¿Por qué?
—Pesa mucho —dijo Mallory—. Quizá solo sea cable, pero hay ciento cincuenta mil metros. Pesa más de trescientos kilos.
—Me las arreglaré.
Mallory se acercó a su Rover y abrió el maletero. El americano silbó, y la camioneta descendió por la rampa. La conducía una mujer de aspecto duro con maquillaje oscuro y el pelo de punta.
—Pensaba que estaba solo —comentó Mallory.
—Ella no sabe nada —aseguró el americano—. Olvídela. Ha traído la camioneta. Solo conduce.
Mallory se volvió hacia el maletero abierto. Contenía pilas de cajas blancas con el rótulo CABLE ETHERNET (NO BLINDADO) y especificaciones impresas.
—Veamos una —propuso el americano.
Mallory abrió una caja. Contenía un revoltijo de bobinas de cable muy fino del tamaño de un puño, cada una envuelta en plástico.
—Como ve, es cable guía —dijo—. Para misiles antitanque.
—¿Eso es?
—Eso me dijeron. Por eso viene envuelto así. Una bobina por cada misil.
—Yo no sé nada —contestó el americano—. Solo soy el repartidor. —Fue a abrir la parte de atrás de la camioneta e inició el traslado de las cajas, una por una. Mallory lo ayudó—. ¿Le dijo alguna otra cosa, ese tipo?
—Pues la verdad es que sí —contestó Mallory—. Me contó que alguien compró quinientos misiles de los excedentes del Pacto de Varsovia. Se llamaban Hotfire o Hotwire o algo así. No ojivas ni nada por el estilo. Solo las carcasas de los misiles. Por lo visto, los vendieron con el cable guía defectuoso.
—No estaba enterado.
—Eso me dijo. Los misiles se compraron en Suecia. Concretamente en Gotemburgo, creo. Los mandaron desde allí.
—Lo veo muy preocupado.
—No estoy preocupado —dijo Mallory.
—Como si temiese haberse involucrado en algo.
—Yo no.
—¿Seguro? —insistió el americano.
—Sí, segurísimo.
Ya habían trasladado la mayor parte de las cajas a la camioneta. Mallory empezó a sudar. El americano parecía mirarlo de reojo, sin ocultar su escepticismo.
—Y dígame, ¿cómo era ese tipo?
Mallory sabía que no le convenía contestar. Se encogió de hombros.
—Un tipo corriente.
—¿Americano?
—No lo sé.
—¿No sabe si era americano o no?
—No le distinguí el acento.
—¿Y eso? —preguntó el americano.
—Quizá fuese canadiense.
—¿Iba solo?
—Sí.
—Porque he oído hablar de una mujer imponente. Una mujer muy sexy con zapatos de tacón y falda ajustada.
—Me habría fijado en una mujer así —dijo Mallory.
—¿No estará… omitiéndola? —Otra mirada escéptica—. ¿Guardándosela para usted solo?
Mallory advirtió un bulto en la cadera del americano. ¿Era una pistola? Podía ser.
—No. Ese hombre estaba solo.
—Quienquiera que fuese.
—Sí.
—Si quiere saber mi opinión —continuó el americano—, yo sentiría curiosidad, ya de entrada, por cualquiera que necesitase ciento cincuenta mil metros de cable para misiles antitanque. O sea, ¿para qué?
—No entró en explicaciones —contestó Mallory.
—¿Y usted simplemente dijo: «Vale, amigo, ciento cincuenta mil metros de cable, déjemelos», sin una sola pregunta?
—Me parece que es usted quien hace todas las preguntas —repuso Mallory, todavía sudando.
—Y tengo mis razones —repuso el americano, adoptando un tono amenazador—. Debo decirle que no me gusta nada lo que estoy oyendo.
Las últimas cajas estaban ya apiladas en la camioneta. Mallory retrocedió. El americano cerró bruscamente la primera puerta y luego la segunda. Al cerrarse la segunda, Mallory vio allí a la conductora, la mujer. Había permanecido oculta detrás de la puerta.
—Tampoco a mí me gusta —declaró ella. Llevaba un traje de faena, un excedente del ejército. Pantalones anchos y botas con cordones de media caña. Una voluminosa cazadora verde. Gruesos guantes, gafas de sol.
—Eh, un momento —protestó el americano.
—Deme su teléfono móvil —dijo la mujer, y tendió la mano. Tenía la otra mano detrás de la espalda. Como si escondiese un arma.
—¿Por qué?
—Démelo.
—¿Por qué?
—Quiero verlo, solo por eso.
—No tiene nada fuera de lo normal…
—Démelo.
El americano sacó el móvil del bolsillo y se lo entregó a la mujer.
En lugar de coger el móvil, ella lo agarró de la muñeca y tiró de él. El teléfono cayó al suelo. La mujer sacó la otra mano de detrás de la espalda y, con un rápido movimiento, sujetó al americano por el cuello. De inmediato le rodeó el cuello con ambas manos como si fuese a estrangularlo.
El americano quedó atónito por un momento; luego empezó a forcejear.
—¿Qué carajo hace? —dijo él—. ¡Qué carajo…! ¡Eh! —De un golpe, la obligó a apartar las manos y retrocedió de un salto, como si se hubiese quemado—. ¿Qué era eso? ¿Qué ha hecho?
El americano se llevó la mano al cuello. Le corría un hilillo de sangre, apenas unas gotas. Las yemas de los dedos se le mancharon de rojo. Casi nada.
—¿Qué ha hecho? —repitió.
—Nada —contestó ella, quitándose los guantes.
Mallory advirtió que lo hacía con cuidado, como si contuviesen algo. Algo que no deseaba tocar.
—¿Nada? —dijo el americano—. ¿Nada? ¡Hija de puta! —De pronto se dio media vuelta y echó a correr rampa arriba hacia la calle.
Tranquilamente, ella lo observó alejarse. A continuación se agachó, cogió el teléfono móvil y se lo guardó en el bolsillo. Luego miró a Mallory.
—Vuelva a la oficina.
Él vaciló.
—Ha hecho un buen trabajo. Yo nunca lo he visto. Usted nunca me ha visto a mí. Ahora váyase.
Mallory se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta de la escalera posterior del edificio. A sus espaldas, oyó a la mujer cerrar la puerta de la camioneta, y cuando echó un vistazo atrás, vio la camioneta ascender rápidamente por la rampa hacia el resplandor de la calle. Dobló a la derecha y desapareció.
Ya en la oficina, su ayudante, Elizabeth, entró en su despacho con una maqueta de los anuncios del nuevo ordenador ultraligero de Toshiba. La filmación estaba prevista para el día siguiente. Aquellas eran las pruebas finales. Mallory hojeó las láminas apresuradamente; le costaba concentrarse.
—¿No te gustan? —preguntó Elizabeth.
—Sí, sí, están bien.
—Se te ve un poco pálido.
—Es solo, esto… el estómago.
—Un té de jengibre —dijo ella—. Es lo mejor. ¿Te preparo uno?
Mallory asintió con la cabeza para hacerla salir del despacho. Miró por la ventana. Tenía una vista espectacular del Támesis, con el Puente de la Torre a la izquierda. El puente había sido repintado de azul pastel y blanco (¿era una tradición o simplemente una mala idea?), pero verlo siempre le proporcionaba satisfacción. En cierto modo seguridad.
Se acercó a la ventana y se quedó allí, contemplando el puente. Pensó que cuando su mejor amigo le preguntó si estaba dispuesto a echar una mano por una causa ecologista radical, se le antojó divertido. Un poco de clandestinidad, un poco de acción y heroísmo. Le prometió que no implicaba ningún tipo de violencia. Mallory en ningún momento imaginó que pasaría miedo.
Pero ahora tenía miedo. Le temblaban las manos. Se las metió en los bolsillos mientras miraba por la ventana. ¿Quinientos misiles?, pensó. Quinientos misiles. ¿En qué se había metido? Gradualmente, tomó conciencia de que oía sirenas y por encima de los pretiles del puente destellaban luces rojas.
Se había producido un accidente en el puente. Y a juzgar por la afluencia de policía y vehículos de emergencia era un accidente serio.
Un accidente en el que había muerto alguien.
No pudo contenerse. Movido por una sensación de pánico, abandonó la oficina, salió al muelle y, con el corazón en un puño, se encaminó apresuradamente hacia el puente.
Desde la plataforma superior del autobús rojo de dos pisos, los turistas miraban hacia abajo tapándose la boca horrorizados. Mallory se abrió paso a empujones a través de la multitud apiñada delante del autobús. Se acercó lo suficiente para ver a media docena de auxiliares médicos y agentes de policía agachados en torno a un cuerpo que yacía en la calle. Junto a ellos, de pie, se encontraba el robusto conductor del autobús, llorando. Decía que no había podido hacer nada por evitarlo, que el hombre había cruzado por delante del autobús en el último momento. Debía de estar borracho —añadió el conductor— porque se tambaleaba. Casi parecía que se había caído del bordillo.
Mallory no veía el cuerpo; se lo impedían los policías. La multitud estaba casi en silencio, observando. En ese momento se irguió uno de los policías con un pasaporte rojo en las manos, un pasaporte alemán. Gracias a Dios, pensó Mallory, sintiendo una oleada de alivio que duró un momento, hasta que uno de los auxiliares médicos se apartó y Mallory vio una pierna de la víctima: un chándal azul marino y unas Adidas sucias, ahora empapadas en sangre.
Sintió náuseas y se dio media vuelta para abrirse paso otra vez entre la muchedumbre. La gente, impasible o molesta, miraba más allá de Mallory. Pero nadie se fijaba en él. Todos tenían puesta la atención en el cadáver.
Todos excepto un hombre vestido como un ejecutivo, con traje oscuro y corbata. Este sí observaba a Mallory, que cruzó una mirada con él. El hombre movió la cabeza en un ligero gesto de asentimiento. Mallory no respondió. Se limitó a pasar entre las últimas filas de la multitud y huyó. Bajó apresuradamente por la escalera hacia su oficina y supo que, de un modo que no alcanzaba a comprender, su vida había cambiado para siempre.
El IDEC, Consorcio Internacional de Datos Medioambientales, tenía su sede en un pequeño edificio de obra vista contiguo al campus de la Universidad de Keio Mita. Para un observador ajeno, el IDEC formaba parte de la universidad e incluso exhibía su escudo de armas («Calamus gladio fortior»), pero de hecho era una institución independiente. El centro del edificio se componía de una reducida sala de reuniones con un estrado y dos filas de cinco sillas de cara a una pantalla situada al frente.
A las diez de la mañana el director del IDEC, Akira Hitomi, subió al estrado y observó al americano entrar y tomar asiento. Este era un hombre corpulento, no muy alto pero de hombros y pecho robustos, como un atleta. Para su tamaño, se movía con una soltura y un sigilo considerables. El oficial nepalí, alerta, de tez oscura, entró después. Ocupó un asiento detrás del americano y a un lado. En el estrado, Hitomi los saludó con la cabeza sin decir nada.
La sala, revestida de paneles de madera, se oscureció lentamente para permitir que la vista se acostumbrase al cambio de luz. En todas las paredes, los paneles de madera se deslizaron silenciosamente, dejando a la vista enormes pantallas planas. Algunas de las pantallas se desplazaron hasta quedar separadas de las paredes.
Al final, la puerta principal se cerró y el pestillo se corrió con un chasquido. Hitomi no habló hasta ese momento.
—Buenos días, Kenner-san. —En la pantalla principal se leía «Hitomi Akira» en inglés y japonés—. Buenos días, Thapa-san. —Hitomi abrió un ordenador portátil plateado muy pequeño y delgado—. Hoy les presentaré los datos de los últimos veintiún días, exactamente hasta hace veinte minutos. Son los hallazgos de nuestro proyecto conjunto, el Árbol de Akamai.
Los dos visitantes asintieron con la cabeza. Kenner sonrió con expectación. Y no era raro, pensó Hitomi. En ningún lugar del mundo vería una presentación como aquella, ya que la agencia de Hitomi era la líder mundial en acumulación y manipulación de datos electrónicos. En las pantallas se sucedió una imagen tras otra. Mostraron lo que parecía el logotipo de una empresa: un árbol verde sobre fondo blanco y el rótulo SOLUCIONES DE RED DIGITAL ÁRBOL DE AKAMAI. El nombre y la imagen se habían elegido por su similitud con los logos y los nombres de empresas auténticas que operaban en internet. Durante los dos últimos años, la red de servidores de Árbol de Akamai se componía en realidad de trampas cuidadosamente proyectadas. Incorporaban redes trampa multinivel de cuádruple verificación constituidas tanto en dominios empresariales como académicos. Ello les permitía seguir el rastro desde los servidores hasta el usuario con un índice de acierto del ochenta y siete por ciento. Venían cebando la red desde hacía un año, primero con carnaza corriente y luego con bocados cada vez más suculentos.
—Nuestros sitios duplicaron webs establecidas de geología, física aplicada, ecología, ingeniería civil y biogeografía —explicó Hitomi—. Para atraer buceadores, los datos típicos incluían información sobre el uso de explosivos en registros sísmicos, ensayos de estabilidad de estructuras ante la vibración y daños provocados por terremotos, y en nuestros sitios oceanográficos datos sobre huracanes, olas gigantes, tsunamis y demás. Ya están ustedes familiarizados con todo esto.
Kenner asintió con la cabeza.
—Sabíamos que teníamos un enemigo disperso —continuó Hitomi— e inteligente. Los usuarios a menudo actúan desde detrás de programas con filtros de contenido para navegación infantil o utilizan cuentas AOL con clasificación de adolescente, para inducirnos a pensar que son bromistas o scripters aficionados menores de edad. Sin embargo, no lo son, ni mucho menos. Están bien organizados, tienen mucha paciencia y son implacables. En las últimas semanas hemos empezado a comprenderlos mejor.
En la pantalla apareció una lista.
—En una mezcla de sitios y foros de discusión, nuestros programadores de sistemas descubrieron que los buceadores se agrupaban en las siguientes categorías:
Aarhus, Dinamarca
Argón/oxígeno, transmisores
Aislantes de alto voltaje
Cavitación (sólida)
Centro Nacional de Información Sísmica (NEIC)
Demolición controlada
Diarios misioneros del Pacífico
Diques de cajón hidráulico
Encriptación celular
Encriptación de datos en red
Explosivos modelados (temporizados)
Fondo Nacional de Recursos Medioambientales (NERF)
Fundación para las Enfermedades en las Selvas Tropicales (RFDF)
Hidróxido de potasio
Hilo, Hawai
Historia militar australiana
Mitigación de inundaciones
Prescott, Arizona
Propergol sólido para misiles
Proyectiles guiados por cable
Red de repetidores marinos
Shinkai 2000
Signaturas sísmicas, geológico
Toxinas y neurotoxinas
—Una lista impresionante, aunque misteriosa —dijo Hitomi—. Sin embargo, tenemos filtros para identificar a expertos y clientes de gran rendimiento. Estos son individuos que atacan los cortafuegos, plantan troyanos, robots y demás. Muchos de ellos buscan listas de tarjetas de crédito. Pero no todos. —Tecleó en su pequeño ordenador y las imágenes cambiaron—. Añadimos cada uno de estos temas a la red trampa con creciente pegajosidad e incluimos finalmente indicios de inminentes datos de investigación, que presentamos como cruces de mensajes por correo electrónico entre científicos de Australia, Alemania, Canadá y Rusia. Atrajimos una multitud y observamos el tráfico. Al final, aislamos un nódulo complejo en Norteamérica (Toronto, Chicago, Ann Arbor, Montreal) con ramificaciones en las dos costas de Estados Unidos, así como en Inglaterra, Francia y Alemania. Se trata de un importante grupo extremista Alfa. Es posible que hayan matado ya a un investigador en París. Esperamos datos. Pero las autoridades francesas pueden ser… lentas.
Kenner habló por primera vez.
—¿Y cuál es el actual incremento celular?
—El tráfico celular se está acelerando. Los mensajes de correo electrónico están considerablemente encriptados. El índice de transferencia va en aumento. Es evidente que hay un proyecto en marcha, de alcance mundial, sumamente complicado, en extremo caro.
—Pero no sabemos de qué se trata.
—Todavía no.
—Entonces mejor será que sigan el rastro del dinero.
—En eso estamos. En todas partes. —Hitomi esbozó una sombría sonrisa—. Es solo cuestión de tiempo que uno de esos peces muerda el anzuelo.
Nat Damon firmó el papel con un gesto afectado.
—Nunca me habían pedido que firmase un acuerdo de confidencialidad.
—Me sorprende —dijo el hombre del traje reluciente a la vez que cogía el papel—. Pensaba que era el procedimiento de rigor. No queremos que nuestra información interna salga a la luz. —Era abogado y acompañaba a su cliente, un hombre barbudo con gafas que vestía vaqueros y camisa de trabajo. Este se presentó como geólogo especializado en petróleo, y Damon lo creyó. Desde luego, se parecía a los otros geólogos petroleros con los que había tratado.
La compañía de Damon se llamaba Canada Marine RS Technologies; desde una reducida oficina de las afueras de Vancouver, Damon alquilaba submarinos de investigación y sumergibles de control remoto a clientes de todo el mundo. Damon no era el dueño de esos submarinos; simplemente los alquilaba. Los aparatos se encontraban distribuidos por todo el mundo: Yokohama, Dubai, Melbourne, San Diego. Abarcaban desde sumergibles de quince metros plenamente equipados con una tripulación de seis hombres capaces de dar la vuelta al globo, hasta pequeñas máquinas de inmersión para un solo hombre, e incluso vehículos robotizados, aún menores, que se manejaban por control remoto desde una gabarra en la superficie.
Los clientes de Damon eran compañías mineras y energéticas que utilizaban los sumergibles para realizar prospecciones submarinas o para comprobar el estado de torres de prospección y plataformas petrolíferas mar adentro. Era un negocio especializado y su pequeña oficina, al fondo de un taller de carenado, no recibía muchos visitantes.
Sin embargo, esos dos hombres habían entrado por su puerta poco antes de la hora de cierre. Solo había hablado el abogado; el cliente se había limitado a entregar a Damon una tarjeta de visita donde se leía «Servicios Sísmicos», con una dirección de Calgary. Tenía lógica; Calgary era uno de los principales centros para las compañías de hidrocarburos. Allí tenían sede Petro-Canada, Shell, Suncor y muchas más, razón por la cual habían surgido docenas de pequeñas empresas privadas de consultoría que ofrecían prospecciones e investigación.
Damon cogió una pequeña maqueta del estante situado a sus espaldas. Era un diminuto submarino de morro chato y blanco con cabina de cristal. Lo colocó en la mesa frente a los dos hombres.
—Este es el vehículo que recomiendo para sus necesidades —dijo—. El RS Scorpion, construido en Inglaterra hace solo cuatro años. Lleva una tripulación de dos hombres. Funciona con energía eléctrica y gasoil con transmisión de argón de ciclo cerrado. Sumergido, consume un veinte por ciento de oxígeno y un ochenta por ciento de argón. Una tecnología sólida y probada: aspirador-neutralizador de hidróxido de potasio, componentes eléctricos a doscientos voltios, profundidad operativa de seiscientos metros y tres coma ocho horas de autonomía de inmersión. Es el equivalente al Shinkai 2000 japonés, si ustedes lo conocen, o al DownStar 80, del que hay cuatro unidades en todo el mundo, pero están todas alquiladas a largo plazo. El Scorpion es un submarino excelente.
Los dos hombres asintieron y cruzaron una mirada.
—¿Y qué clase de manipuladores externos lleva? —preguntó el hombre de la barba.
—Eso depende de la profundidad —contestó Damon—. A menor profundidad…
—Digamos a seiscientos metros. ¿De qué manipuladores externos dispone en ese caso?
—¿Desean recoger muestras a seiscientos metros?
—En realidad, colocamos dispositivos de control en el lecho marino.
—Entiendo. ¿Dispositivos radiofónicos? ¿Para enviar datos a la superficie?
—Algo así.
—¿De qué tamaño son esos dispositivos?
El hombre de la barba separó las manos algo más de cincuenta centímetros.
—Así de grandes más o menos.
—¿Y cuánto pesan?
—Ah, no lo sé exactamente. Quizá unos cien kilos.
Damon disimuló su sorpresa. Normalmente los geólogos de la industria petrolera sabían con toda precisión qué iban a colocar. Dimensiones exactas, peso exacto, gravedad específica exacta, todo eso. Aquel tipo hablaba con mucha vaguedad. Pero quizá era simple paranoia por parte de Damon.
—¿Y esos sensores son para trabajos geológicos? —prosiguió.
—En última instancia. En primer lugar necesitamos información sobre corrientes marinas, índices de flujo, temperaturas en el fondo, esas cosas.
Damon pensó: ¿Para qué? ¿Por qué necesitaban conocer las corrientes? Podían estar instalando una torre, desde luego, pero nadie haría eso a seiscientos metros de profundidad.
¿Qué se proponían aquellos tipos?
—Bueno —dijo—, si quieren colocar dispositivos externos, deben fijarlos al exterior del casco antes de la inmersión. Va provisto de repisas laterales a ambos lados con ese fin. —Señaló la maqueta—. Una vez sumergidos, pueden elegir entre dos brazos de control remoto para colocar los dispositivos. ¿Cuántos dispositivos son?
—Bastantes.
—¿Más de ocho?
—Ah, sí. Probablemente.
—Bueno, entonces tendrían que hacer múltiples inmersiones. En cada una pueden transportarse solo ocho o a lo sumo diez dispositivos externos.
Continuó hablando durante un rato, escrutando sus rostros e intentando averiguar qué ocultaban sus afables expresiones. Querían alquilar el submarino durante cuatro meses a partir de agosto de ese año. El submarino y la gabarra debían transportarse a Port Moresby, Nueva Guinea. Lo recogerían allí.
—Según adónde vayan, son necesarias ciertas licencias navales…
—Nos ocuparemos de eso más tarde —lo interrumpió el abogado.
—En cuanto a la tripulación…
—También de eso nos ocuparemos más tarde.
—Forma parte del contrato.
—Entonces inclúyalo. Lo que tenga por norma.
—¿Devolverán la gabarra en Moresby al final del período de arrendamiento?
—Sí.
Damon se sentó frente al ordenador de sobremesa y empezó a rellenar la hoja de presupuesto. En total había que introducir datos en cuarenta y tres casillas, sin contar el seguro.
—Quinientos ochenta y tres mil dólares —dijo cuando obtuvo la cifra final.
Los dos hombres, sin inmutarse, se limitaron a asentir con la cabeza.
—La mitad por adelantado.
Volvieron a asentir.
—El resto en depósito antes de la entrega en Port Moresby. —Eso nunca lo exigía con clientes asiduos, pero por alguna razón estos dos le inquietaban.
—No hay problema —aseguró el abogado.
—Más el veinte por ciento para cubrir cualquier eventualidad, pagadero por adelantado.
Eso era simplemente innecesario. Pero ahora intentaba ahuyentar a aquellos dos individuos. No surtió efecto.
—No hay problema.
—De acuerdo —dijo Damon—. Bueno, si necesitan consultar con la empresa que los ha contratado antes de firmar…
—No. Estamos en situación de hacerlo ya.
Y entonces uno de ellos sacó un sobre y se lo entregó a Damon.
—Dígame si le parece correcto.
Era un cheque por valor de 250.000 dólares. Extendido por Servicios Sísmicos a nombre de Canada Marine. Damon movió la cabeza en un gesto de asentimiento. Dejó el cheque y el sobre en su escritorio, junto a la maqueta del submarino.
—¿Le importa si anoto un par de cosas? —dijo uno de ellos, y cogiendo el sobre, escribió en él.
Y solo cuando ya se habían ido, Damon cayó en la cuenta de que le habían entregado el cheque y se habían llevado el sobre. Así no dejaban huellas.
¿O era paranoia suya? A la mañana siguiente prefirió pensar que era eso. Cuando fue al Scotia Bank a ingresar el cheque, pasó a ver a John Kim, el director del banco, y le pidió que averiguase si la cuenta de Servicios Sísmicos tenía fondos suficientes para cubrir el cheque.
John Kim se comprometió a comprobarlo de inmediato.