Introducción

EL SECRETO DEL ÉXITO

Al ser una estrella del ajedrez juvenil en un país loco por el ajedrez como es la Unión Soviética, me acostumbré desde muy joven a las entrevistas y a hablar en público. Aparte de preguntas ocasionales sobre aficiones y chicas, aquellas primeras entrevistas se centraban exclusivamente en mi profesión de ajedrecista. En 1985 me proclamé campeón del mundo a la edad de veintidós años, y a partir de ese momento las preguntas que me hacían cambiaron radicalmente. En vez de interesarse por las partidas y los torneos, la gente quería saber cómo había conseguido aquel éxito sin precedentes. ¿Cómo había conseguido esforzarme tanto? ¿Cuántas jugadas planeaba de antemano? ¿En qué pensaba durante una partida? ¿Tenía memoria fotográfica? ¿Qué comía? ¿Qué hacía por las noches antes de acostarme? En resumen, ¿cuáles eran los secretos de mi éxito?

No tardé mucho en darme cuenta de que mis respuestas decepcionaban al público. Me había esforzado mucho porque mi madre me enseñó a hacerlo. Los movimientos que planeaba de antemano dependían de la posición. Durante una partida intentaba recordar los entrenamientos y calculaba las variables. Mi memoria era buena, pero no fotográfica. Solía hacer una comida abundante a base de salmón ahumado, bistec y agua tónica antes de cada partida. (Lamentablemente, por orden de mi preparador físico, aquella dieta se convirtió en un asunto del pasado.) Todas las noches antes de acostarme me cepillaba los dientes. Nada demasiado sugerente.

Aparentemente, todo el mundo esperaba un método concreto, una receta universal que se pudiera aplicar para obtener siempre grandes resultados. A los escritores famosos se les pregunta qué tipo de papel y bolígrafo utilizan, como si los instrumentos tuvieran algo que ver con la escritura. Es evidente que todas esas preguntas pasan por alto el hecho de que todos somos distintos, el resultado de millones de elementos y transformaciones, que van desde nuestro ADN hasta esta misma tarde. Cada uno de nosotros crea su propio sistema para tomar decisiones. Nuestro objetivo es conseguir lo mejor de ese sistema, identificarlo, calibrar su rendimiento y encontrar fórmulas para mejorarlo.

Este libro describe cómo desarrollé mi propio sistema, cómo viví ese proceso en el pasado y cómo lo veo ahora con la perspectiva del tiempo. A lo largo de dicho proceso volveré la vista atrás para recordar a las personas que contribuyeron a ese desarrollo, directa e indirectamente. Las inspiradoras partidas de Alexander Alekhine, mi primer ídolo del ajedrez, que comparte esa condición con Winston Churchill, a cuyas palabras y libros sigo acudiendo con frecuencia.

Espero que esos y otros ejemplos les ayuden a comprender mejor su propia evolución como seres que deciden y les animen a seguir creciendo. Para ello será necesario que se valoren con total honestidad a sí mismos y valoren hasta qué punto han respondido a su potencial. Las soluciones rápidas no existen y este no es un libro de consejos y trucos. Es un libro sobre el conocimiento de uno mismo y el desafío, sobre cómo desafiarnos a nosotros mismos y a los demás, de forma que aprendamos a tomar las mejores decisiones posibles.

La idea de este libro surgió cuando me di cuenta de que en lugar de buscar respuestas inteligentes para las eternas preguntas como «¿Qué pasa por su cabeza?», era más interesante averiguarlo por mi cuenta. Pero la vida de un ajedrecista profesional, con su riguroso calendario de viajes, competiciones y entrenamientos, no me dejó mucho tiempo para la introspección filosófica, entendida como opuesta a la práctica. Cuando me retiré del ajedrez profesional en marzo de 2005, finalmente conseguí el tiempo y la perspectiva para rememorar mis experiencias e intentar compartirlas para que resultaran útiles.

Este libro sería diferente si lo hubiera terminado antes de mi espectacular giro del ajedrez a la política. Primero, necesité tiempo para asimilar las lecciones aprendidas en mi vida como ajedrecista. Segundo, mis nuevas experiencias me obligan a preguntarme quién soy y de qué soy capaz. No basta con ser un apasionado defensor de la democracia. Organizar coaliciones y organizar conferencias, me obliga a aplicar de forma totalmente nueva mi visión estratégica y demás habilidades como ajedrecista. Tras pasar veinticinco años en una cómoda posición de experto, debo analizar mi habilidad para construir y reconstruirme a mí mismo de cara a esos nuevos desafíos.

UN MAPA DEL CEREBRO

El día que cumplía seis años me desperté y me encontré con el mejor regalo que nunca había tenido. Junto a mi cama había un globo terráqueo enorme. ¡Tuve que frotarme los ojos para convencerme de que era real! Siempre me han fascinado los mapas y la geografía, y mis historias infantiles favoritas eran los relatos de mi padre sobre los viajes de Marco Polo, Colón y Magallanes. Todo empezó cuando mi padre me leyó fragmentos del libro de Stefan Zweig, Magallanes: el hombre y su gesta; seguir el rastro de los viajes de esos grandes exploradores se convirtió en nuestro pasatiempo favorito.

Poco después sabía el nombre de las capitales de todos los países del mundo, sus habitantes y todo lo que era capaz de averiguar. Aquellos relatos de aventuras reales me fascinaban más que cualquier cuento de hadas. Aunque no nos fijábamos especialmente en las descripciones de las terribles travesías por los mares del mundo, yo sabía que era necesario un valor increíble para ser el primero en emprender ese tipo de viajes. Aquellas historias alentaban mi propio espíritu de pionero. Deseaba abrir nuevos caminos, aunque en aquella etapa de mi vida eso se reducía simplemente a volver a casa por un camino nuevo. Así, a lo largo de mi carrera de ajedrecista busqué nuevos desafíos, cosas nuevas que nadie hubiera hecho antes.

La época de los grandes exploradores y emperadores ya ha pasado, pero siguen quedando algunos territorios por descubrir. Podemos explorar nuestros propios límites y los límites de nuestras vidas. También podemos ayudar a los demás a hacerlo, y quizá darle un globo terráqueo a un niño, o el equivalente en nuestra era digital, para su cumpleaños.

Disponer de un mapa personalizado es esencial, y con este libro podremos trazar aproximadamente las fases de observación y análisis que nos llevarán a dibujar ese mapa. Exagerando solo un poco, podemos decir que el mínimo común denominador nos sirve de muy poco. No obtendremos ninguna ventaja, ni ninguna mejora de lo que es obvio o idéntico para todos. Debemos mirar más alto y cavar más hondo, ir más allá de lo básico y universal. En teoría, cualquiera puede aprender a jugar al ajedrez en media hora y las reglas son, por supuesto, iguales para todos los hombres, mujeres y niños. Si damos el primer paso más allá de las reglas, sin embargo, si abandonamos el nivel inicial en el que solo nos preocupa movernos según las normas, empezamos a crear patrones que nos distinguen de todos aquellos que han desplazado un peón alguna vez en su vida.

Adquirir patrones y la lógica para emplearlos, se suma a nuestras cualidades inherentes para crear un sujeto que toma decisiones. La experiencia y el conocimiento se enfocan a través del prisma del talento, que en sí mismo puede ser desplazado, modificado y educado. En esa combinación está el origen de la intuición, un instrumento absolutamente único para cada uno de nosotros. Ahí empezamos a ver la influencia de la psicología individual y cómo nuestras decisiones expresan nuestra estructura emocional, lo que llamamos el estilo de un jugador de ajedrez. El ajedrez es un instrumento ideal para examinar esas influencias, porque para destacar en la partida, nos vemos obligados a analizar las decisiones que tomamos y cómo hemos llegado a esas decisiones. Autoanálisis, eso es lo que necesitaban saber quienes me preguntaban, en lugar de datos triviales sobre mis hábitos.

No podemos seleccionar y elegir qué estilo nos gustaría tener. No se trata de un software genérico que descargamos e instalamos. Lo que debemos hacer, al contrario, es detectar qué es lo que nos funciona mejor, y luego, a base de retos y dificultades, desarrollar nuestro propio método. ¿De qué carezco? ¿Cuáles son mis puntos fuertes? ¿Qué clase de desafíos tengo tendencia a evitar y por qué? El método del éxito es un secreto, porque solo se puede descubrir analizando nuestras propias decisiones. No se puede enseñar a tomar mejores decisiones, pero se puede aprender de uno mismo.

Hay algo que en un principio parece contradictorio con lo que acabo de decir. Debemos hacernos conscientes de nuestro sistema de toma de decisiones, que, a base de práctica, mejorará nuestro comportamiento intuitivo, inconsciente. Ese comportamiento antinatural es necesario porque, como adultos, tenemos patrones adquiridos, buenos y malos. Para corregir los malos y mejorar los buenos, debemos tomar un papel activo en el proceso de mayor concienciación.

Este libro pretende utilizar las anécdotas y el análisis para abrir las puertas a esa conciencia. La primera parte trata de los factores fundamentales, las habilidades y cualidades esenciales que actúan al tomar una decisión. La estrategia, el cálculo, la preparación; debemos entender esos fundamentos y descubrirlos en nosotros. La segunda parte es la fase de evaluación y análisis. ¿Qué cambios son necesarios y por qué? Trataremos los métodos y beneficios de nuestro autoanálisis. La tercera parte examina sutiles métodos para combinar todas esas cosas y mejorar nuestra actuación. La psicología y la intuición afectan todos y cada uno de los aspectos de nuestras decisiones y sus resultados. Debemos desarrollar nuestra habilidad para ver el panorama completo y para manejar y aprender de las crisis.

Esos momentos decisivos son auténticas encrucijadas: cuando escogemos un ramal del camino sabiendo que no podremos volver atrás. Vivimos para esos momentos que, a su vez, definen nuestras vidas. Aprendemos quiénes somos y lo que realmente nos importa. Luego, el «secreto» será perseguir esos retos en lugar de evitarlos. Esa es la única forma de descubrir y explotar todos nuestros talentos. Desarrollar nuestra propia impronta personal permite que tomemos decisiones mejores, que tengamos confianza en nuestros instintos, y que sepamos que, sea cual sea el resultado, nos habremos fortalecido. Ese, para cada uno de nosotros, es nuestro personal secreto del éxito

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PRIMERA PARTE

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La lección

LECCIONES PERSONALES DEL CAMPEONATO DEL MUNDO

Cuando participé por primera vez en el campeonato del mundo de ajedrez en 1984, representaba al joven aspirante enfrentado a un campeón que poseía el título desde hacía casi diez años. Yo tenía veintiuno y había llegado a la cima del ajedrez mundial tan aprisa, que no podía imaginarme que aquel último obstáculo bloquearía mi camino. De manera que para mí supuso un impacto terrible perder cuatro rondas, sin ganar un solo punto, y estar solo a dos derrotas de una aniquilación humillante.

Si hubo alguna ocasión para cambiar de estrategia, fue esa. En lugar de dejarme llevar por sentimientos de desesperación, me obligué a mí mismo a prepararme para una larga guerra de desgaste. Opté por la guerra de guerrillas, y partida tras partida, esquivé el peligro, esperando mi oportunidad. Mi oponente, el camarada soviético Anatoli Karpov, tenía motivos personales para aceptar mi plan. Quería darle al advenedizo una lección, consiguiendo un tanteo neto de 6 puntos a 0; así que él también optó por la prudencia, en lugar de aprovecharse de su ventaja y atacar a muerte.

A Karpov también le inspiraba la sombra de su predecesor en el título, Bobby Fischer. Durante la contienda en la lucha por obtener el título que consiguió en 1972, el norteamericano consiguió dos puntuaciones perfectas de 6 a 0, contra oponentes de calidad mundial, sin ceder ni siquiera un empate en ninguno de los dos casos. Karpov tenía pensado repetir en cierta forma aquella gesta legendaria, cuando alteró su estrategia contra mí. Pero sumar el fantasma de Fischer a su plan de defensa fue un craso error.

Increíblemente se sucedieron diecisiete partidas sin ningún resultado definitivo. Aquellas tablas le daban cierta ventaja, pero aparentemente mi nueva estrategia funcionaba. El campeonato se prolongó mes tras mes, y batió todos los récords de duración de un torneo por el campeonato mundial. Mi equipo y yo pasamos tanto tiempo pensando en la forma de juego de Karpov y en qué estrategias emplearía, que, por sorprendente que parezca, yo me sentía como si me estuviera convirtiendo en Karpov.

Durante cientos de horas de juego y preparación, yo también analicé muy a fondo mi propio juego y mi propia mente. Hasta aquel momento de mi carrera, todo me había resultado muy fácil; ganar se había convertido simplemente en algo natural. En aquel momento debía centrarme en saber cómo había tomado mis propias decisiones para enmendar cualquier error. Mi estrategia funcionaba, pero cuando perdí la partida 27 por 0 a 5 tuve la impresión de que no aprendía lo suficientemente rápido como para salvar el torneo. Una derrota más y tendría que esperar tres años antes de concebir siquiera esperanzas de optar al título.

Cuando el torneo entró en el tercer mes, yo seguía agazapado y a la defensiva. El cambio de estilo había dificultado mucho las cosas para Karpov. Sentí que me acercaba a la solución del rompecabezas, al mismo tiempo que mi oponente se sentía cada vez más frustrado y cansado.

Finalmente, el dique se rompió. Tras sobrevivir a la partida 31, en la que Karpov no consiguió lanzar un envite definitivo, gané la partida 32 y pasé a la ofensiva. Hubo cinco semanas más de tablas, pero la diferencia era que yo estaba creando en aquel momento más posibilidades de vencer que mi oponente. Entretanto, el mundo empezaba a preguntarse si el torneo se acabaría algún día. Ningún campeonato del mundo había durado más de tres meses y nosotros entrábamos ya en el quinto. Karpov parecía exhausto y yo empecé a presionarle aún más. Después de casi conseguir la partida 46, gané la 47 con un estilo apabullante. ¿Era posible el milagro? Exactamente en aquel momento, los organizadores decidieron que los jugadores necesitaban un descanso y aplazaron varios días la siguiente partida. Pese a aquella decisión sin precedentes, también gané aquella partida. De pronto estábamos 3 a 5, y yo llevaba la iniciativa.

Entonces se produjo una deriva extraña: el 15 de febrero de 1985, en Moscú, Florencio Campomanes, presidente de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE), cedió a las presiones de las autoridades deportivas soviéticas y convocó una conferencia para anunciar la suspensión del torneo. Después de cinco meses, cuarenta y ocho partidas y miles de horas de juego y estudio, el torneo había acabado sin un ganador. Debíamos regresar seis meses después para batirnos de nuevo, y la próxima vez habría un límite de 24 partidas. Apartaron a Karpov del peligro inminente y así pudo darse la satisfacción de retener su título un poco más. El comunicado oficial de prensa decía que Karpov «aceptó» la decisión y Kasparov la «soportó». Una distinción semántica curiosa pero cierta. (El Hotel Sport, donde se celebró esa notoria conferencia de prensa, ha sido demolido. Su estilo totalitario, sin embargo, sigue vivo en mi memoria y de forma creciente, en la ciudad de Moscú.)

Aparte de una amarga imagen sobre la Unión Soviética y su política ajedrecista, aprendí muchísimo durante aquel torneo. El campeón del mundo fue mi preparador personal durante cinco duros meses. No solamente aprendí su forma de juego, también tomé conciencia de mi propio sistema. Era mucho más capaz de identificar mis errores y por qué los cometía, y había aprendido el mejor modo de evitarlos, como mejorar el propio proceso de toma de decisiones. Aquella fue mi primera experiencia real, en la que me cuestioné a mí mismo en lugar de fiarme únicamente de mis instintos.

Cuando empezó el segundo torneo en Moscú, no tuve que esperar meses para mi primera victoria; gané la primera partida. El torneo siguió siendo una batalla muy dura, yo fui por detrás durante casi toda la primera parte, pero ahora ya no era aquel joven ingenuo de veintiún años. Había remendado los agujeros que Karpov explotó con tanta eficacia al principio del primer torneo. Ya era un avezado veterano de veintidós años, que se convirtió en el campeón del mundo, y conservé el título durante quince años. Cuando me retiré en 2005, seguía siendo el jugador mejor valorado del mundo; pero un ajedrecista de cuarenta y uno es demasiado viejo para mantenerse en la cumbre, cuando muchos aspirantes tienen menos de veinte años.

TOMAR CONCIENCIA DEL PROCESO

Para mí hubiera sido imposible permanecer en la cumbre durante tanto tiempo, sin aquellas lecciones que recibí de Karpov sobre mi propio juego y mis propias debilidades. No solo me hizo ver mis fallos, sino la importancia de averiguarlos por mí mismo. En aquel momento no era consciente del todo, pero aquel famoso «torneo maratoniano» me dio la llave del éxito. No basta con tener talento. No basta con trabajar duro y estudiar hasta altas horas de la noche. Hay que ser, además, profundamente consciente de los métodos que te llevan a la toma de decisiones.

Conocerse a uno mismo es esencial para combinar tu sabiduría, experiencia y talento con un mayor rendimiento. Pocas personas tienen la oportunidad de llevar a cabo este tipo de análisis. Cada decisión es fruto de un proceso interno, ya sea en el tablero, en la Casa Blanca, en una sala de reuniones o en la mesa de la cocina. El tema de esas decisiones puede ser distinto, pero el proceso puede ser muy similar.

Siendo el ajedrez el centro de mi vida desde tan joven, no es de extrañar que tendiera a ver al resto del mundo en términos ajedrecísticos. Creo que el juego suele ir acorde con el excesivo o deficiente respeto de los que contemplan desde el exterior ese universo de sesenta y cuatro escaques. Ni es un entretenimiento trivial, ni un ejercicio reservado para genios o superordenadores. Para que comprendamos mejor los principales temas del siguiente capítulo, primero echaremos un vistazo a algunos conceptos y equívocos sobre este «Juego de Reyes».

Anatoli Yevguenievich Karpov, URSS/Rusia (1951)

El adversario que determinó mi vida

El duodécimo campeón del mundo de ajedrez (1975-1985) nació en Zlatoúst, URSS. Después de superar rápidamente todas las categorías para optar al título, Karpov recibió la corona de campeón mundial en 1975, cuando el campeón norteamericano Bobby Fischer perdió el cetro, tras prolongadas negociaciones con la federación internacional de ajedrez. Después de acceder al título de ese modo, Karpov sintió la necesidad de probar su valía y venció torneo tras torneo. Sigue siendo el jugador que posee el récord de torneos más impresionante.

Defendió con éxito el título en 1978 y 1981, ambos frente a Viktor Korchnoi. Karpov y yo disputamos cinco campeonatos del mundo consecutivos: 1984, 1985, 1986, 1987, 1990, un total de 144 partidas. Después de aquel maratón, el tanteo estaba insólitamente equilibrado: ¡21 victorias para mí, 19 para Karpov y 104 tablas! Esos torneos K/K están considerados como uno de los enfrentamientos «uno contra uno» más intensos de la historia del deporte.

Debido a la opinión general de que era necesario recuperar el título del norteamericano Fischer, Karpov gozaba de un enorme apoyo en la Unión Soviética. Estaba estrechamente vinculado a la estructura del poder soviético y, por carácter, siempre tendió a aliarse con el poder. Nuestros estilos ajedrecísticos eran opuestos, como el fuego y el hielo, el reflejo de nuestra fama de «colaborador contra rebelde» fuera de los tableros.

Su dominio de un estilo de maniobra prudente dio como resultado la introducción del adjetivo «karpoviano» en el vocabulario del ajedrez. Define una estrategia de estrangulación del adversario metódica y silenciosa, como la de una pitón.

Acerca de Karpov: «Los adversarios de Karpov comprenden sus intenciones solo cuando la salvación ya no es posible» (Mijail Tal).

Según sus propias palabras: «Digamos que una partida puede continuar de dos maneras: una de ellas con un golpe estratégico precioso, que provoca variaciones para las que no sirve la precisión en el cálculo; la otra con una presión posicional evidente, que conduce a un final de partida con microscópicas posibilidades de victoria. Yo escogería la segunda sin pensarlo dos veces».

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La vida imita al ajedrez

EL AJEDREZ EN HOLLYWOOD

Es difícil encontrar un par de imágenes más contradictorias que la idea general sobre el ajedrez como juego y la del jugador de ajedrez. El ajedrez está universalmente considerado como el símbolo del intelecto y la complejidad, la sofisticación y la astucia. Y, sin embargo, persiste la imagen del jugador consagrado al ajedrez como la de un excéntrico, quizá incluso psicótico.

En muchas naciones occidentales, el estereotipo del jugador de ajedrez es a menudo sinónimo de un enclenque desnutrido o un empollón inteligente aunque misántropo. Esa opinión sobre el jugador se mantiene, pese a la imagen positiva sobre el ajedrez que utiliza con regularidad Hollywood y Madison Avenue.

¿Quién puede olvidar la secuencia inicial de la película de James Bond Desde Rusia con amor, en la que el villano Kronsteen pasa directamente de vencer en un torneo de partidas de ajedrez a planear el caos mundial? El autor de Bond, Ian Fleming y el director, describen al detalle la partida entre Kronsteen y su adversario «McAdams», basándose en una partida real entre dos grandes jugadores soviéticos, el diez veces campeón del mundo Boris Spassky y David Bronstein, aspirante al título en una ocasión. En la historia, el ajedrez tiene una clara intención metafórica, cuando uno de los colaboradores de Bond le advierte: «Estos rusos son grandes jugadores de ajedrez. Cuando pretenden ejecutar un plan, lo hacen con brillantez. La partida está planeada al minuto, tienen previstos los gambitos del adversario».

En decenas de películas más, se ha usado el ajedrez de modo parecido, para demostrar el talento y el razonamiento estratégico del protagonista. En la película de 1995 Asesinos, Sylvester Stallone y Antonio Banderas son dos asesinos profesionales que durante el día intentan matarse el uno al otro, y de noche se enfrentan en una partida de ajedrez online. En la película de Stanley Kubrick de 1968, 2001, el ordenador HAL 9000 derrota al personaje Frank Poole al ajedrez, anticipando el hecho de que la máquina acabará matándole.

El estereotipo de los jugadores de ajedrez también sugiere que somos criaturas introvertidas, casi obsesivas, incluso autistas. Vladimir Nabokov era un entusiasta del ajedrez, pero le hizo un triste favor al juego en su novela de 1930 La defensa (posteriormente titulada La defensa Luzhin). El personaje principal es un gran maestro anciano y erudito, que no está preparado para vivir en una sociedad de hombres, salvo por su talento para jugar al ajedrez. La versión cinematográfica del año 2000 intentó dibujar una versión más amable, convirtiéndola en una especie de historia romántica.

El austríaco Stefan Zweig también pobló su universo ajedrecístico con personajes excéntricos y deteriorados. Su Novela de ajedrez, publicada póstumamente, es un análisis psicológico y político del nazismo basado en dos partidas entre un campeón mundial de ajedrez que apenas sabe leer ni escribir y un médico enloquecido por haber jugado al ajedrez contra sí mismo cuando fue prisionero de la Gestapo. En el libro, Zweig proporciona esta deslumbrante descripción de la partida:

Pero ¿no es una descripción insuficiente hasta lo ofensivo llamar juego al ajedrez? No es también una ciencia, una técnica, un arte; algo que fluctúa entre esas categorías, como el ataúd de Mahoma fluctúa entre el cielo y la tierra; algo que aúna todos los conceptos contradictorios: antiquísimo y eternamente joven; mecánico en la ejecución y, sin embargo, eficaz solo gracias a la imaginación; limitado en un espacio geométrico y a la vez ilimitado en sus combinaciones… como prueba la evidencia, el ajedrez existe y ha perdurado más que todos los libros y las hazañas; es el único juego que pertenece a todas las personas y a todas las épocas; y del que nadie sabe qué divinidad lo legó a la tierra para matar el hastío, agudizar los sentidos y excitar el espíritu … la simplicidad de sus reglas está al alcance de los niños, los más burdos sucumben a su encanto, y, sin embargo, en el interior de ese cuadrado de límites inmutables, se desarrolla una especie peculiar de maestros, que no tiene comparación con ninguna otra, hombres con un talento exclusivo para el ajedrez, genios específicos cuya visión, paciencia y técnica operan con un patrón tan preciso como el de los matemáticos, los poetas y compositores, aunque armonizado en un nivel distinto.

PERSONAJES REALES DEL AJEDREZ

Varios prominentes jugadores del pasado padecieron realmente profundos conflictos psiquiátricos durante o al final de sus carreras. El maestro alemán Curt von Bardeleben se suicidó en 1924 arrojándose por una ventana, el mismo método que utiliza Luzhin en el libro de Nabokov. El primer campeón del mundo oficial, Wilhelm Steinitz, pasó sus últimos años luchando contra la enfermedad mental. Uno de los jugadores de mayor éxito del primer cuarto del siglo XX, Akiba Rubinstein, poco a poco fue víctima de una timidez patológica. Tras realizar un movimiento, se escondía en un rincón de la sala a esperar la réplica de su adversario.

Los dos mejores jugadores de la historia de Estados Unidos abandonaron el juego en el cenit de sus carreras y padecieron sendos ataques de inestabilidad psíquica. Paul Morphy, de Nueva Orleans, pulverizó a los mejores jugadores del mundo en su gira europea de 1858-1859, y pocos años después abandonó el juego para batirse en el mundo de la abogacía. Nunca volvió a jugar seriamente al ajedrez y en sus últimos años, el primer ídolo ajedrecístico de América tuvo episodios de locura, que la prensa atribuyó a sus prodigiosas hazañas mentales.

En 1972, Robert (Bobby) Fischer arrebató el título de campeón del mundo a Boris Spassky y a la Unión Soviética, en un torneo legendario celebrado en Reykiavik, Islandia. Después dejó el juego durante veinte años, se negó a defender su título en 1975 y literalmente desapareció durante más de una década. Cuando convencieron a Fischer para que jugara la llamada «revancha» del campeonato en Yugoslavia, que en 1992 sufría una sanción de la Unión Europea, su ajedrez, previsiblemente oxidado, fue acompañado de una vociferante paranoia antisemita. Pero esos casos excepcionales tanto en la ficción como en la realidad propician que se ignore a una inmensa mayoría de ajedrecistas absolutamente normales, aparte de su capacidad para jugar bien al ajedrez.

EL PEDIGRÍ DEL JUEGO DE REYES

Si el único ajedrez que uno conoce es el pasatiempo del periódico matinal, quizá le sorprenda saber que existe una extensa literatura sobre el juego, que se remonta a centenares de años de historia, incluso miles, si incluimos las variantes míticas del juego, que según los relatos más populares son originarias de la India. Uno de los primeros libros editados por Caxton en el siglo XV fue The Game and Playe of the Chesse. Quinientos años después, algunas de las primeras comunicaciones de lo que más adelante se convertiría en internet contienen los movimientos de una partida de ajedrez entre los científicos del laboratorio de pruebas.

La técnica de reproducir las partidas de ajedrez con símbolos (escritura ajedrecística) permite una detallada historia del ajedrez, y hace posible que millones de jugadores de todas las épocas disfruten y aprendan con las partidas de los legendarios jugadores del pasado.

Si vemos los cambios en la historia del ajedrez como si observáramos un simple trozo de tela, comprobaremos la constante evolución del juego. No me refiero a las normas, que en gran medida son las mismas desde finales del siglo XVIII. Las normas han permanecido invariables, pero el estilo y las ideas principales del juego han cambiado radicalmente en los últimos ciento cincuenta años, aunque a base de pequeños cambios evolutivos.

Tras escribir una serie de breves artículos en la prensa sobre los campeones mundiales que me precedieron, me obsesionaba la idea de analizar con detenimiento los cambios del juego a través de las décadas, y cómo las grandes figuras activaron dicha evolución. Tenía en mente una biografía del ajedrez, descrita a través del detallado análisis de las mejores y más trascendentes partidas. Ese proyecto, al cual he dedicado muchísimo tiempo durante los últimos tres años, se materializó en una serie de libros titulados Mis geniales predecesores.

En este momento hemos llegado a la Parte 6 de la redacción del texto, y durante todo el proceso he aprendido muchísimo sobre los grandes jugadores del pasado. Cada campeón mundial tenía sus dotes personales, que contribuyeron en gran medida a la evolución del juego. Al estudiar a los doce campeones mundiales que me precedieron y a sus rivales más importantes, me pregunté qué fue lo que hizo triunfar a esos «doce genios». ¿Qué era lo que tenían los campeones, de lo que los aspirantes carecían?

Es natural que los ajedrecistas piensen que la aptitud para el ajedrez es sinónimo de gran inteligencia, e incluso de genialidad. Pero, desgraciadamente, hay pocas pruebas que avalen esa teoría. Tampoco es del todo cierta la percepción generalizada entre el gran público, que considera a los jugadores de ajedrez de élite como computadoras humanas, capaces de memorizar megabytes de información, y calcular de antemano decenas de movimientos.

En realidad, según he podido observar, hay muy pocas pruebas de que los maestros ajedrecistas posean cualidades más allá de las obvias para jugar al ajedrez. Ello ha llevado a generaciones de investigadores a intentar averiguar por qué algunas personas juegan bien al ajedrez y otras no. No existe el gen del ajedrez, no hay ningún patrón de infancia común, y, sin embargo, igual que en las matemáticas y la música, en el ajedrez hay auténticos prodigios. Niños que se convierten en estrellas a los cuatro años, que aprenden a jugar simplemente observando a sus mayores y que a los pocos meses derrotan a los adultos.

De manera que sabemos que existe algo llamado el talento del ajedrez, pero en sí mismo eso no nos sirve de mucho. Aunque uno haya sido bendecido con ese don, puede que nunca se materialice, si no se dan otros muchos factores, y para rentabilizarlos es mejor centrarse en esos factores, conservarlos e influir en ellos.

¿DEPORTE, ARTE O CIENCIA? DEPORTE, ARTE Y CIENCIA

Si le preguntamos a un gran maestro, a un artista y a un experto en informática qué tiene un buen jugador de ajedrez, nos daremos cuenta de que la partida es un laboratorio ideal para el proceso de toma de decisiones. El jugador profesional probablemente coincidirá con el segundo campeón del mundo alemán, Emanuel Lasker, que dijo: «El ajedrez es por encima de todo una batalla». Según Lasker, no importa cómo lo definas, la cuestión es vencer.

El artista Marcel Duchamp era un ajedrecista enérgico y entregado. En un momento dado, incluso abandonó el arte por el ajedrez, afirmando que el juego «poseía toda la belleza del arte, y mucha más». Duchamp confirmó este aspecto del juego cuando dijo: «Personalmente, he llegado a la conclusión de que mientras los artistas no son jugadores de ajedrez, todos los jugadores son artistas». Y es cierto que no podemos ignorar el elemento creativo, pese a que debemos analizarlo en contraposición al objetivo primordial de ganar la partida.

Luego está el aspecto científico, algo que quienes no son jugadores de ajedrez tienden a enfatizar en demasía. La memorización, la precisión en el cálculo y la aplicación de la lógica son esenciales. Cuando los ordenadores que juegan al ajedrez aparecieron en escena en la década de 1950, muchos científicos dieron por supuesto que esos monstruos de acero no tardarían en pulverizar a cualquier adversario humano. Y, sin embargo, cincuenta años después, la batalla por la supremacía entre el hombre y la máquina sigue librándose.

Mijail Botvinnik, seis veces campeón del mundo y mi gran maestro, dedicó los últimos treinta años de su vida a crear un ordenador que jugara al ajedrez. Es decir, no una computadora capaz de jugar, cosa relativamente sencilla y bastante corriente ya en aquella época, sino un programa que generara movimientos en la forma en la que lo hacen los humanos, un auténtico jugador artificial.

Botvinnik era ingeniero y debatió sus ideas con muchos científicos, incluido el legendario matemático norteamericano Claude Shannon, que en su tiempo libre esbozó el diseño de una máquina de ajedrez. La mayoría de los programas de ajedrez básicamente «cuentan bolitas», aunque sean capaces de hacerlo muy rápidamente. Emplean la fuerza bruta para analizar todos los movimientos posibles, y luego escogen el movimiento con la puntuación más alta. Botvinnik quería ir más allá, y diseñar un programa que empleara la lógica para seleccionar los movimientos, en lugar de calcularlos basándose en la fuerza bruta.

En resumen, su proyecto fue un fracaso. Años de dedicación a posiciones sobre el papel y modelos teóricos nunca dieron como resultado un programa capaz de jugar mejor que un principiante humano. (Los programas que se basan en la fuerza bruta alcanzaron cierto nivel de competencia en el juego ya en los años setenta.) ¿Cómo podría un ordenador emular la creatividad y la intuición humanas? Incluso hoy día, treinta años después, cuando los ordenadores juegan en el ámbito del campeonato mundial, recurren básicamente a sistemas de fuerza bruta.

Sin embargo, los programadores de ajedrez están empezando a alcanzar los límites de dichos métodos. Para mejorar sus creaciones se ven obligados a examinar algunas de las ideas de Botvinnik. Su propio proyecto fracasó, pero contenía muchas ideas valiosas y que se anticiparon a su época. Hoy nos damos cuenta de que la fuerza bruta no puede derrotar al antiguo juego, y empezamos a recuperar la visión de Botvinnik, que enseñaba a los programas de ajedrez a pensar más como humanos.

MÁS QUE UNA METÁFORA

Sabemos que los ordenadores calculan mejor que nosotros. Entonces, ¿cuál es la razón de nuestra supremacía? La respuesta es la síntesis, la habilidad de combinar la creatividad y el cálculo, el arte y la ciencia, en un todo que es mucho más que la suma de sus partes. El ajedrez es un nexo cognitivo único, un lugar donde el arte y la ciencia se unen en la mente humana, y son depurados y mejorados por la experiencia.

Ese es el camino para mejorar cualquier aspecto de nuestra vida que implique al pensamiento, es decir, todas las cosas. Un consejero delegado debe combinar el análisis y la investigación con el pensamiento creativo para dirigir su compañía con eficacia. Un general del ejército debe aplicar sus conocimientos sobre la naturaleza humana para predecir y contrarrestar las estrategias del enemigo.

También ayuda poseer un vocabulario común con el que trabajar. Si casualmente oímos una conversación sobre «fase de apertura», «plan estratégico» y «ejecución táctica», deduciremos la presencia de una fusión corporativa en el horizonte. Pero también puede tratarse de un torneo de ajedrez cualquiera de fin de semana.

Por supuesto, el mundo de los negocios y el terreno militar son ilimitados, si los comparamos con los sesenta y cuatro escaques del tablero de ajedrez. Pero debido a su reducido ámbito, el ajedrez proporciona un modelo muy versátil acerca de la toma de decisiones. En el ajedrez, el éxito y el fracaso se miden con patrones muy estrictos. Si te equivocas en las decisiones, tu posición se debilita y el péndulo oscila hacia la derrota; si aciertas, se mueve hacia la victoria. Cada uno de los movimientos es el reflejo de una decisión, y, con el tiempo suficiente, podría analizarse con perfección científica si esa decisión fue la más eficaz o no.

Esa objetividad nos proporciona una perspectiva detallada de la calidad del proceso de toma de decisiones. El mercado de valores y el campo de batalla no están tan reglamentados, pero el triunfo en esas áreas también depende de la calidad de las decisiones, sujetas a métodos de análisis comparables.

¿Qué hace mejor a un gerente, a un escritor o a un jugador de ajedrez? Visto que es indudable que no todo el mundo responde al mismo nivel, ni tiene la capacidad para hacerlo, es esencial que encontremos nuestro propio camino para alcanzar nuestra cima, desarrollar nuestros talentos, mejorar nuestras habilidades y buscar y superar los retos que nos catapulten al nivel más alto. Y para hacer todo eso, lo primero que necesitamos es un plan.

Mijail Moiseyevich Botvinnik, URSS/ Rusia (1911-1995)

El patriarca inflexible

El sexto campeón del mundo (1948-1957, 1958-1960, 1961-1963) nació en Kuokkala, Rusia. Cuando Alexander Alekhine murió en 1946, el título de campeón mundial seguía en su poder y hubo que organizar un torneo entre los mejores jugadores del mundo para nombrar a un nuevo campeón. Botvinnik dominó aquel evento de 1948, y de ese modo se convirtió en el primero de una larga serie de campeones del mundo soviéticos. Botvinnik era también ingeniero en ejercicio, pero el ajedrez fue siempre su prioridad.

Aparte de ser considerado «el patriarca del ajedrez soviético», Botvinnik podía llamarse también el rey de la revancha. Le derrotaron dos veces en torneos del campeonato del mundo, y las dos veces regresó al año siguiente para pulverizar al campeón. Su habilidad para investigar a fondo y prepararse específicamente para las peculiaridades de sus oponentes, le llevó a establecer un nuevo grado de rigor y profesionalidad en el ajedrez. La habilidad de volver y vencer en aquellas revanchas exigía algo más que tenacidad. Botvinnik era capaz de analizar objetivamente su propio plan, así como rectificar las debilidades que habían beneficiado a sus oponentes en la ocasión anterior.

Mantuvo ese carácter inflexible hasta el final de su vida. En 1994, le pedimos que nos honrara con su presencia en un torneo de ajedrez rápido en Moscú. Botvinnik, de ochenta y tres años, declinó la petición diciendo: «El ajedrez rápido no es serio». Le dijimos que el ajedrez rápido era la última moda y que todo el mundo participaba en aquel torneo, incluso su viejo rival Vasili Smyslov. Él respondió: «Suelo pensar con mi propio cerebro; aunque un centenar de personas piensen de otra forma, ¡no me importa!».

Botvinnik dejó el ajedrez profesional en 1970 para dedicarse a entrenar y al nuevo mundo del ajedrez por ordenador. La escuela de Botvinnik invitaba a figuras del ajedrez juvenil de todo el país dos o tres veces al año, y continuó haciéndolo con varias generaciones de campeones. El primer ejemplo, a principios de la década de 1960, fue el joven Anatoli Karpov. En 1973, uno de sus estudiantes era Garry Kasparov, de diez años. Cuando llegó el joven Vladimir Kramnik en 1987, la escuela se había convertido en Botvinnik-Kasparov, y poseía un récord de campeones bastante impresionante.

Acerca de Botvinnik: «Cuando los peligros te acechan por todas partes, el más leve despiste puede ser fatal; cuando una posición requiere nervios de acero y profunda concentración, Botvinnik está en su elemento» (Max Euwe, quinto campeón mundial).

Según sus propias palabras: «¡La diferencia entre el hombre y el animal es que el hombre es capaz de establecer prioridades!».