El señor estaba un poco loco; se había pasado un montón de años leyendo libros en el extranjero, hablaba solo en su despacho, no siempre devolvía el saludo y llevaba el pelo demasiado largo. La tía de Ugwu se lo confesó en voz baja mientras avanzaban por el camino.
–Pero es buena persona –añadió–. Si trabajas bien, comerás bien; incluso comerás carne a diario.
Se detuvo para escupir. Arrojó el salivazo haciendo ruido y este fue a parar sobre la hierba.
Ugwu no podía creer que alguien, ni siquiera aquel señor con quien iba a vivir, comiera carne a diario. No obstante, no le llevó la contraria a su tía porque se encontraba demasiado concentrado en su expectación, demasiado ocupado imaginando su nueva vida lejos de la ciudad. Llevaban un rato caminando después de haberse bajado del camión en el parque móvil y el sol de la tarde le quemaba la nuca; pero no le importaba. Estaba dispuesto a caminar durante horas bajo un sol aún más abrasador. Nunca hasta entonces había visto algo parecido a las calles que se abrieron ante ellos una vez que hubieron cruzado la puerta del recinto de la universidad, unas calles cuyo pavimento liso y alquitranado lo incitaba a posar sobre él la mejilla. No sería capaz de describirle a su hermana Anulika las casas de una planta que allí estaban pintadas del color del cielo y se alineaban una junto a otra como hombres educados y bien vestidos, ni los setos que las delimitaban, podados tan rectos que parecían mesas tapizadas de hojas.
Su tía apresuró el paso; el ruido de sus zapatillas resonaba en glés no muy larga. Notó un olor dulce, embriagador, al entrar en un recinto; estaba seguro de que procedía de las flores blancas que sobresalían agrupadas por encima de los arbustos de la entrada. Estos habían sido podados en forma de esbeltas colinas. El césped resplandecía y las mariposas revoloteaban por encima de él.
–Le dije al señor que lo aprenderías todo muy deprisa, osiso –lo alabó su tía.
Ugwu asintió con consideración aunque ya le había contado aquello muchas veces, tantas como la historia acerca de la ocasión que había hecho cambiar su suerte: la semana anterior se encontraba barriendo el pasillo del departamento de matemáticas cuando oyó al señor comentar que le hacía falta un criado que se encargara de la limpieza de su casa; y ella se apresuró a hacerle saber que podía ayudarle, antes de que el mecanógrafo o el mensajero de la oficina se ofrecieran a mandarle a otra persona.
–Aprenderé pronto, tía –la tranquilizó Ugwu.
Se quedó mirando el coche del garaje; una tira metálica adornaba la carrocería azul como un collar.
–Recuerda que lo que tienes que contestar siempre que te llame es «¡Sí, sah!».
–¡Sí, sah! –repitió Ugwu.
Se encontraban de pie frente a la puerta acristalada.
Ugwu contuvo las ganas de extender el brazo para alcanzar la pared de cemento y notar la diferencia de tacto con respecto a las paredes de barro de la choza de su madre en las que aún se percibían las leves huellas de los dedos que las habían modelado. Por un instante, le habría gustado encontrarse allí, en la choza de su madre, bajo el oscuro frescor del techo de paja, o en la de su tía, la única de todo el pueblo con cubierta de chapa ondulada.
Su tía dio unos golpecitos en el cristal. Ugwu entrevió las cortinas blancas al otro lado de la puerta. Una voz dijo en inglés:
–¿Sí? Adelante.
Ugwu y su tía se descalzaron antes de entrar. El chico no haparecía muy espaciosa. El señor se encontraba sentado en un sillón, en camiseta de tirantes y pantalones cortos. No mantenía la espalda erguida sino que estaba recostado y un libro le cubría el rostro; parecía ajeno por completo al hecho de que acabara de conceder permiso a alguien para entrar.
–Buenas tardes, sah. Este es el chico –lo presentó la tía.
El señor alzó la vista. Tenía la tez hosca, del color de la corteza de un árbol viejo, y el vello que le cubría el pecho y las piernas era abundante y de un tono más oscuro. Se quitó las gafas.
–¿El chico?
–El criado, sah.
–Ah, claro, me ha traído al criado. I kpotago ya.
Las palabras en igbo del señor fluían livianas a oídos de Ugwu. La entonación quedaba suavizada por la influencia del efecto ligado de la lengua inglesa, el acento en igbo de alguien que hablaba inglés a menudo.
–Trabajará mucho –le aseguró la tía–. Es muy buen chico. Solo tiene que decirle lo que quiere que haga. ¡Gracias, sah!
El señor emitió un gruñido por respuesta mientras observaba a Ugwu y a su tía con expresión algo aturdida, como si su presencia le dificultara el recordar algo importante. La tía le dio a Ugwu unas palmadas en el hombro mientras musitaba que se portara bien, y a continuación se volvió hacia la puerta. En cuanto se hubo marchado, el señor se colocó de nuevo las gafas, dirigió la mirada hacia el libro y se reclinó para adoptar una postura aún más cómoda, con las piernas estiradas. Incluso al volver las páginas mantenía la mirada fija en el libro.
Ugwu se quedó esperando junto a la puerta. Los rayos de sol penetraban por la ventana y, de vez en cuando, una ligera brisa levantaba las cortinas. La sala permanecía en completo silencio a excepción del crujido del papel al volver las páginas. Ugwu se quedó así unos instantes y a continuación se fue acercando a la estantería, cada vez un poco más, como si quisiera esconderse detrás. Luego, al cabo de un rato, se dejó caer al suelo, con su bolescrutó lo que le rodeaba para convencerse de que todo aquello era real, de que él iba a sentarse en aquellos sofás, pulir el pavimento liso y resbaladizo, lavar las cortinas vaporosas.
–Kedu afa gi? ¿Cómo te llamas? –le preguntó el señor sobresaltándolo.
Ugwu se puso en pie.
–¿Cómo te llamas? –volvió a preguntarle el señor, y se incorporó en el asiento.
Ocupaba todo el sillón, el pelo hirsuto formaba un halo por encima de su cabeza, y tenía los brazos musculosos y las espaldas anchas; Ugwu se había imaginado a alguien más mayor, más frágil, y de prontó sintió miedo de no satisfacer a aquel señor de aspecto tan vital y juvenil que no parecía necesitar nada de nadie.
–Ugwu, sah.
–Ugwu. Y vienes de Obukpa, ¿verdad?
–De Opi, sah.
–Podrías tener cualquier edad entre los doce y los treinta años.
–El señor aguzó la vista–. Es probable que tengas trece. –Dijo la
cifra en inglés: «thirteen».
–Sí, sah.
El señor volvió a su lectura. Ugwu permaneció inmóvil. Después de pasar deprisa unas cuantas hojas, levantó la vista de nuevo.
–Ngwa, ve a la cocina. Encontrarás algo de comer en la nevera.
–Sí, sah.
Ugwu entró en la cocina con cautela, poniendo despacio un
pie delante del otro. Cuando vio aquello de color blanco, casi
tan alto como él, dedujo que se trataba de la nevera. Su tía le había hablado de ello. Una especie de fresquera donde no se estropeaba la comida, según le había explicado. Ugwu lo abr
dio un grito ahogado al notar la ráfaga de aire frío en el rostro.
Naranjas, pan, cerveza, refrescos: muchas cosas empaquetadas y el pollo y se chupó el dedo antes de arrancar el muslo restante y
comérselo hasta que solo le quedaron en la mano trocitos de
hueso chupados. A continuación partió un poco de pan, una
porción que le habría entusiasmado compartir con sus hermanos
si algún pariente de visita se la hubiera ofrecido como obsequio.
Comió deprisa, sin dar tiempo a que el señor pudiera aparecer y
haber cambiado de opinión. Ya había terminado y se encontraba de pie junto al fregadero, tratando de recordar lo que su tía
le había explicado acerca de abrirlo para que el agua brotara a
chorro como de una fuente, cuando entró. Se había puesto una
camisa estampada y unos pantalones. Los dedos de sus pies, que
asomaban por las zapatillas de piel, tenían un aspecto femenino,
tal vez por lo impolutos; saltaba a la vista que siempre llevaba –¿Qué ocurre? –le preguntó.
–Sah? –Ugwu señaló el fregadero.
El señor se acercó y giró la palomilla metálica del grifo. –Será mejor que eches un vistazo a la casa y dejes tu bolsa en la primera habitación que encontrarás yendo por el pasillo. Voy a dar un paseo para despejar la cabeza, i nugo?
–Sí, sah.
Lo observó mientras salía por la puerta de atrás. No era alto pero tenía el andar brioso, enérgico, y se parecía a Ezeagu, el hombre que ostentaba el título de mejor luchador en el pueblo de Ugwu.
Ugwu cerró el grifo, y volvió a abrirlo y a cerrarlo. Y de nuevo lo abrió y lo cerró; una y otra vez, hasta que la maravilla del agua corriente y la agradable sensación de tener el estómago lleno de pollo y pan hicieron que se echara a reír. Atravesó la sala y salió al pasillo. Había libros apilados en las estanterías y en las mesas de los tres dormitorios, y también encima del lavabo y de los armarios del cuarto de baño; en el estudio las pilas de libros llegaban hasta el techo, y en la despensa viejas publicaciones se acumulaban junto a cajas de Coca-Cola y envases de car
Métodos no paramétricos, Un estudio africano, La gran cadena de los seres vivos, El impacto normando en Inglaterra. Fue de habitación en habitacion de puntillas porque creía tener los pies sucios, y a medida que avanzaba se sentía cada vez más decidido a complacer al señor, a alojarse en aquella casa en la que se comía carne y el suelo estaba fresco. Examinó el retrete; justo cuando pasaba la mano por la tapa de plástico negro, oyó la voz del señor.
–¿Dónde estás, amigo mío? –Dijo «amigo mío» en inglés.
Ugwu se dirigió a la sala a toda prisa.
–¡Sí, sah!
–Recuérdame tu nombre.
–Ugwu, sah.
–Claro, Ugwu. Fíjate en esto, nee anya. ¿Sabes qué es?
El señor apuntó con el dedo y Ugwu se quedó mirando la caja metálica llena de botones de aspecto peligroso.
–No, sah –respondió.
–Es una radiogramola. Es nueva y funciona muy bien. No
tiene nada que ver con esos gramófonos viejos a los que hay que
dar vueltas y más vueltas. Debes tener mucho cuidado con el
aparato; mucho. No puede caerle agua.
–Sí, sah.
–Me voy a jugar al tenis y luego me quedaré un rato en el
centro de profesores. –El señor cogió algunos libros de la mesa–.
Puede que vuelva tarde, así que instálate y descansa.
–Sí, sah.
Después de observar cómo el señor salía en coche del recinto, Ugwu se acercó hasta la radiogramola y examinó el aparato con cautela, sin tocarlo. Luego, dio vueltas por la casa, de aquí para allá, palpó los libros, las cortinas, los muebles y la vajilla. Cuando oscureció, encendió la luz y se quedó maravillado ante el resplandor que desprendía la bombilla colgada del techo, y que no proyectaba sombras alargadas en la pared como las lámparas de aceite de palma de su casa. A aquellas horas su madre debía de estar preparando la cena, machacando akpu con la mano ciéndose burlas y persiguiéndose entre ellos bajo el árbol del pan. Tal vez Anulika los estuviera vigilando. Ahora era la mayor de todos los hijos que vivían con la familia y, por tanto, mientras se sentaban juntos a comer alrededor del fuego, tendría que encargarse de poner fin a las disputas de los más pequeños por los tropezones de pescado seco de la sopa. Esperaría a que se terminaran el akpu y luego repartiría el pescado de tal manera que a cada niño le tocara un trozo, y se guardaría para ella el más grande, como él había hecho siempre.
Ugwu abrió el frigorífico y comió un poco más de pan y de pollo. Se embutió la comida en la boca mientras el corazón le latía como si hubiera estado corriendo; luego arrancó unos cuantos trozos más de la pechuga y las alas. Se metió la comida en los bolsillos de los pantalones cortos y se dirigió al dormitorio. Pensaba guardarla hasta que su tía fuera a verlo y pedirle que se la diera a Anulika. Tal vez pudiera llevarle también un poco a Nnesinachi; así acabaría fijándose en él. No tenía muy claro cuál era el parentesco que los unía; lo único que sabía era que pertenecían a la misma umunna y, por tanto, no podrían casarse nunca. Aun así, habría agradecido que su madre no se refiriera a la chica como su hermana y dejara de decirle cosas como: «Por favor, llévale este aceite de palma a mama Nnesinachi, y si no está, dáselo a tu hermana».
Nnesinachi siempre le hablaba en un tono distraído, sin fijar la mirada en él, como si su presencia no la afectara en lo más mínimo. A veces lo llamaba Chiejina, que era el nombre de un primo al cual no se parecía en nada, y cuando Ugwu le hacía ver que no se trataba de él, la chica se disculpaba diciéndole: «Perdóname, Ugwu, hermano mío», en un tono formal y distante que daba a entender que no tenía ganas de alargar la conversación. En cambio a él le gustaba que lo mandaran con recados a su casa. Siempre representaban una oportunidad de encontrarla agachada, bien avivando el fuego, bien cortando hojas de ugu para el caldo que hacía su madre, o sentada al aire libre vigilande que Anulika dejara de tener el pecho tan plano –de hecho, se preguntaba por qué a su hermana tardaban tanto en crecerle los senos, puesto que tenía aproximadamente la misma edad que Nnesinachi–, para así poder palpárselos. Claro que Anulika le apartaría la mano de golpe, eso si no le propinaba además una bofetada, pero él lo haría muy deprisa, le daría un apretoncito y echaría a correr, y por lo menos se formaría una idea de qué podía esperar cuando por fin tocara los senos de Nnesinachi.
No obstante, le preocupaba que esa oportunidad no llegara nunca, ahora que el tío de la chica le había pedido que se fuera con él a Kano para aprender un oficio. Partiría hacia el norte al final del año, cuando el más pequeño de sus hermanos, de quien su madre estaba encinta, empezara a andar. A Ugwu le habría gustado sentirse tan contento y agradecido como el resto de la familia. A fin de cuentas, en el norte se podía hacer fortuna; tenía conocidos que se habían marchado allí a comerciar y al volver habían derribado sus antiguas cabañas y habían construido casas cubiertas con chapa ondulada. Pero él temía que alguno de aquellos negociantes barrigudos del norte le echara el ojo a la chica y lo siguiente que supiera de ella fuera que alguien le había ofrecido vino de palma a su padre y que nunca llegaría a tocarle los pechos. Era la imagen de aquellos pechos la que reservaba para el final de cada una de las frecuentes noches de tocamientos, suaves al principio y luego más enérgicos, hasta que acababa emitiendo un gemido quedo. Siempre empezaba f rándose el rostro de la chica, las mejillas plenas y los dientes de color marfil; luego se imaginaba que ella lo rodeaba con sus brazos, que pegaba el cuerpo al de él. Finalmente, sus pechos cobraban forma; a veces su tacto era prieto y lo incitaban a mordisquearlos; otras, resultaban tan suaves que temía que su roce imaginario les causara dolor.
Se planteó durante unos momentos pensar en ella aquella noche, pero al final decidió no hacerlo. Era la primera que paencima o si retirar la ropa y deshacer la cama antes de acostarse. inal, se subió y se acostó sobre las mantas con el cuerpo hecho un ovillo.
Soñó que el señor lo llamaba: «¡Ugwu, amigo mío!», y cuando se despertó el hombre lo contemplaba desde la puerta. Tal vez no hubiera sido un sueño. Se levantó apresuradamente y se quedó mirando las ventanas con las cortinas recogidas, confuso. ¿Era tarde? ¿Se habría quedado dormido por culpa de la cama mullida? Solía despertarse con los primeros cantos del gallo.
–¡Buenos días, sah!
–Aquí huele mucho a pollo asado.
–Lo siento, sah.
–¿Dónde está el pollo?
Ugwu hurgó en los bolsillos de sus pantalones cortos y sacó los trozos de pollo.
–¿En tu familia coméis mientras dormís? –le preguntó el
La prenda que llevaba puesta parecía un abrigo de mujer, y con gesto distraído retorcía la cuerda atada a modo de cinturón.
–¿Cómo, sah?
–¿Pensabas comerte el pollo en la cama?
–No, sah.
–Solo se come en el comedor o en la cocina.
–Sí, sah.
–Hoy te toca limpiar la cocina y el baño.
–Sí, sah.
El señor dio media vuelta y se marchó. Ugwu se quedó temblando en la habitación, sosteniendo aún en su mano extendida los trozos de pollo. Al final, volvió a guardárselos en los bolsillos, respiró hondo y salió del dormitorio. El señor estaba sentado a la mesa, con una taza de té frente a él sobre una pila de libros.
–¿Sabes quiénes mataron realmente a Lumumba? –dijo el señor, alzando la mirada de una revista–. Los americanos y los belgas. Katanga no tuvo nada que ver.
–Eres mi criado –dijo el señor–. Si te ordeno que salgas y golpees con un palo a una mujer que pasa por la calle y tú le pegas y le haces sangre en la pierna, ¿quién es el responsable de esa herida, tú o yo?
Ugwu se quedó mirando al señor mientras negaba con la cabeza. Se preguntaba si se trataría de algún rodeo para referirse a los trozos de pollo.
–Lumumba era el primer ministro del Congo. ¿Sabes dónde está el Congo? –le preguntó.
–No, sah.
El señor se levantó deprisa y entró en el estudio. El miedo debido al desconcierto hizo que a Ugwu le empezaran a temblar los párpados. ¿Lo enviaría el señor de vuelta a casa por no hablar bien inglés, por haberse guardado trozos de pollo en los bolsillos durante la noche o por no conocer los sitios raros a los que se refería? El señor volvió con una gran hoja de papel que desdobló y extendió sobre la mesa del comedor tras apartar los libros y las revistas. Luego señaló con el bolígrafo.
–Este es nuestro mundo, aunque las personas que trazaron el mapa decidieran situar su tierra por encima de la nuestra. Ya ves que aquí no hay parte superior ni inferior. –El señor cogió la hoja y la dobló de manera que los cantos se tocaran y el centro quedara hueco–. El mundo es redondo, no tiene final. anya, todo esto es agua, los mares y los océanos, aquí está Europa y este es nuestro continente, África, y el Congo está en el centro. Más arriba se encuentra Nigeria y aquí, Nsukka, en el sudeste. Aquí es donde estamos nosotros. –Tamborileó sobre ese punto con el bolígrafo.
–Sí, sah.
–¿Has ido a la escuela?
–Hasta el segundo curso, sah. Pero aprendo deprisa.
–¿Hasta segundo? ¿Cuánto tiempo hace que no vas a clase?
–Muchos años, sah. Pero aprendo muy deprisa.
–¿Por qué dejaste los estudios?
–¿Qué, sah?
–¡Tu padre debería haber pedido ayuda! –El señor dio un
chasquido y luego exclamó en inglés–: ¡La educación es prioritaria! ¿Cómo podemos enfrentarnos a la explotación si no contamos con medios para comprenderla?
–¡Sí, sah! –asintió Ugwu con energía.
Estaba decidido a prestar tanta atención como le fuera posible, y reaccionó a la intensidad del brillo que observó en los ojos del señor.
–Te matricularé en la escuela primaria para los hijos del personal docente –resolvió el hombre mientras seguía repiqueteando sobre la hoja con el bolígrafo.
La tía de Ugwu le había dicho que si hacía bien su trabajo durante unos años el señor lo enviaría a la escuela mercantil, donde aprendería mecanografía y taquigrafía. Había mencionado la escuela primaria de la universidad pero solo para explicarle que estaba reservada para los hijos de los profesores, que llevaban uniforme azul y unos calcetines blancos tan adornados de puntillas que uno llegaba a preguntarse por qué alguien había malgastado tanto tiempo para hacer unos simples calcetines.
–Sí, sah –dijo–. Gracias, sah.
–Supongo que serás el mayor de la clase, al empezar tercero
a tu edad –le dijo–. Y solo conseguirás ganarte el respeto de los
demás si eres el mejor. ¿Lo entiendes?
–Sí, sah.
–Siéntate, amigo mío.
Ugwu escogió la silla más alejada del señor, tomando asiento torpemente con los pies muy juntos. Prefería permanecer –Hay dos respuestas posibles a las cosas que te enseñarán sobre nuestro país: la verdadera y la que tienes que saber para aprobar. Debes leer y aprender ambas. Yo te proporcionaré libros, unos libros excelentes. –El señor se detuvo para dar un sorbo de té–. Te enseñarán que un hombre blanco llamado Mungo Park desno hubiera ofendido tanto al señor.
–¿Es lo único que sabes decir?
–¿Sah?
–Cántame una canción.
–¿Qué, sah?
–Que me cantes una canción. ¿Cuáles te sabes? ¡Canta! –El
señor se quitó las gafas. Fruncía el entrecejo con semblante serio.
Ugwu entonó una vieja canción que había aprendido en la granja de su padre. El corazón le palpitaba con fuerza en el pecho.
–Nzogbo nzogbu enyimba, enyi…
Empezó en voz baja, pero el señor golpeteó en la mesa con el bolígrafo y exclamó:
–¡Más alto!
Así que alzó el volumen, y el señor repitió:
–¡Más alto!
Hasta que acabó a grito pelado. Cuando hubo repetido la tonada unas cuantas veces, el señor le pidió que parara.
–Bien, bien –dijo–. ¿Sabes hacer té?
–No, sah. Pero aprendo rápido –insistió Ugwu.
Al cantar había eliminado la tensión; ahora respiraba con facilidad y el corazón le latía con menos fuerza. Y estaba convencido de que al señor le faltaba algún tornillo.
–Casi siempre como en el centro de profesores. Ahora que tú estás en casa, supongo que tendré que comprar más comida.
–Sah, yo sé cocinar.
–¿Sabes cocinar?
Ugwu asintió. Había pasado muchas noches observando a su madre mientras cocinaba. Él encendía el fuego o atizaba las ascuas cuando empezaban a apagarse. Pelaba y machacaba los ñames y las mandiocas, ablentaba el arroz, separaba los gorgojos de las judías, pelaba las cebollas y molía la pimienta. Con frecuencia se descubría deseando cocinar en lugar de Anulika cuando su madre enfermaba de toses. Nunca se lo había confesado a nadie,
Haz una lista de todo lo que necesitas.
–Sí, sah.
–No sabes por dónde se va al mercado, ¿verdad? Le pediré a
Jomo que te enseñe el camino.
–¿Jomo, sah?
–Jomo se ocupa de cuidar la finca. Viene tres veces por semana. Es muy gracioso, alguna vez lo he sorprendido hablándoal crotón. –El señor hizo una pausa–. En fin, mañana tiene que
Más tarde, Ugwu escribió una lista de productos y se la entregó al señor. Este leyó con detenimiento durante unos instantes.
–¡Vaya mezcolanza! –exclamó en inglés–. Supongo que en la escuela te enseñarán a utilizar más vocales.
A Ugwu le disgustó la expresión divertida del señor.
–Necesitamos madera, sah –añadió.
–¿Madera?
–Para sus libros, sah. Para poder ordenarlos.
–Ah, claro. Te refieres a los estantes. Supongo que encontraremos dónde colocar algunos más, tal vez en el pasillo. Se lo comentaré mañana a alguien del departamento de mantenimiento.
–Sí, sah.
–Odenigbo. Llámame Odenigbo.
Ugwu lo miró muy poco convencido.
–¿Sah?
–No me llamo sah. Llámame Odenigbo.
–Sí, sah.
–Siempre responderé al nombre de Odenigbo. Lo de «señor»
es arbitrario. Mañana el señor podrías ser tú.
–Sí, sah… Odenigbo.
En realidad, Ugwu prefería sah por el vigor conciso que evocaba aquel término; así, cuando al cabo de unos días se presentaron dos personas del departamento de mantenimiento para montar estantes en el pasillo, Ugwu les dijo que tendrían que esperar al sah, que él no podía firmar aquel papel escrito a máseándole a él y a toda su prole un ataque de diarrea perpetuo. Más tarde, mientras ordenaba los libros del señor, se prometió a sí mismo casi en voz alta que algún día aprendería a f impresos.
Durante las semanas siguientes, tiempo que dedicó a examinar todos y cada uno de los rincones de la casa y durante el cual descubrió que en el anacardo había una colmena y que las mariposas acudían al jardín de la entrada cuando el sol más brillaba, procuró prestar atención a los hábitos y ritmos del señor. Todas las mañanas recogía el Daily Times y la revista Renaissance repartidor había dejado en la entrada y los colocaba doblados en la mesa junto con el té y el pan para el señor. Mientras este desayunaba Ugwu lavaba el Opel, y después de volver del trabajo, mientras se echaba la siesta, el chico le quitaba el polvo antes de que se marchara a las pistas de tenis. El chico se movía por la casa de manera silenciosa durante los días en que el señor se encerraba en el estudio durante horas, y cuando lo oía andar por el pasillo hablando en voz alta, se aseguraba de tener a punto el agua caliente para el té. Fregaba el suelo a diario, frotaba las persianas hasta que refulgían bajo el sol de la tarde, trataba con cuidado las pequeñas grietas de la bañera y sacaba lustre a las bandejas en las que servía nuez de cola a los amigos del señor. A diario recibía por lo menos a dos visitas en el salón, con la radiogramola reproduciendo una extraña música de flauta a un volumen lo bastante bajo como para que Ugwu alcanzara a oír las conversaciones, las risas y los brindis desde la cocina o desde el pasillo mientras planchaba la ropa del señor.
Quería hacer más cosas, deseaba darle buenos motivos al señor para que le permitiera quedarse con él, y por eso una mañana se dispuso a plancharle los calcetines. El canalé negro no se veía muy arrugado, pero Ugwu creyó que si lo alisaba aún tendría mejor aspecto. Sin embargo la suela caliente siseó y, al levantarla, la mitad de la prenda se había quedado pegada a ella. A Ugwu se le heló la sangre. El señor estaba sentado a la mesa, cajón a por otro par de calcetines, pero las piernas no le respondían. Permaneció allí plantado, con el calcetín chamuscado en la mano y la certeza de que el señor lo soprendería de aquella –Me has planchado los calcetines, ¿verdad? –le preguntó el señor–. Estúpido analfabeto. –Las palabras «estúpido analfabeto» brotaron con musicalidad.
–¡Lo siento, sah! ¡Lo siento, sah!
–Te tengo dicho que no me llames «señor». –Cogió una carpeta de la estantería–. Se me hace tarde.
–¿Sah? ¿Le traigo otro par? –preguntó Ugwu.
Pero el señor ya se había puesto los zapatos sin calcetines y salía a toda prisa. Ugwu lo oyó cerrar de golpe la puerta del coche y alejarse. Notaba una opresión en el pecho; no se explicaba por qué se le había ocurrido planchar los calcetines, por qué no se había limitado a poner a punto el traje de safari. Todo era por culpa de los malos espíritus, estaba clarísimo. Ellos lo habían impulsado a hacerlo. Al fin y al cabo, merodeaban por todas partes, siempre al acecho. Siempre que tenía fiebre alta, o aquella vez que se cayó de un árbol, su madre le frotaba el cuerpo con okwusin dejar de murmurar: «Tenemos que derrotarlos, no van a
Salió al jardín delantero y cruzó la hilera de piedras que bordeaban el pulcro césped. Los malos espíritus no podrían con él. No pensaba permitirles que se salieran con la suya. En medio del prado destacaba un pequeño claro, como una isla en medio de un mar verde, y en él se erguía una delgada palmera. Ugwu no había visto nunca ninguna tan baja, ninguna cuyas hojas se abrieran formando una copa tan perfecta. No parecía lo bastante fuerte para llegar a dar frutos, se diría que no servía para nada, como la mayoría de las plantas que crecían allí. Cogió una piedra y la lanzó lejos. Cuánto espacio desaprovechado. En su aldea la gente cultivaba la menor porción de terreno delante de su casa y plantaba verduras y hierbas aromáticas. Su abuela no tenía neasí que, según le confesó a Ugwu, cada vez que quería pedirle algo a su marido preparaba gachas de ñame condimentadas con especias y arigbe. Aquello siempre le había dado resultado. Tal vez también funcionara con el señor.
Ugwu buscó arigbe por los alrededores. Miró entre las f rosadas y al pie del anacardo de cuya rama colgaba la esponjosa colmena; también buscó junto al limonero con su tronco cubierto de pequeñas hormigas negras que desfilaban arriba y abajo, y debajo de las papayas cuyos frutos maduros habían sido agujereados por el picoteo de los pájaros. Pero la tierra estaba limpia, no había hierbas silvestres. Jomo se encargaba de desherbar a conciencia y con esmero; no permitía que creciera nada que no debiera crecer allí.
La primera vez que se vieron, Ugwu saludó a Jomo y este asintió con la cabeza y continuó con su trabajo sin pronunciar palabra. Era un hombre bajito de complexión recia y piel apergaminada. A Ugwu le pareció que el agua le hacía más falta a él que a las plantas que regaba con su cubo metálico. Por fin, Jomo alzó la mirada hacia Ugwu.
–Afa m bu Jomo –dijo, como si Ugwu no conociera su nombre–. Algunos me llaman Keniata, por el prohombre de Kenia. Soy cazador.
Ugwu no sabía qué contestar porque Jomo lo estaba mirando directamente a los ojos, como si esperara oír algo importante que el chico hubiera hecho.
–¿Qué tipo de animales cazas? –preguntó Ugwu.
En el rostro de Jomo se dibujó una sonrisa radiante, como si aquella fuera exactamente la pregunta que esperaba. Ugwu se sentó en la escalera que conducía al patio trasero y se dispuso a escuchar. Ya desde el primer día no se tragó ninguna de sus historias, lo de que se había enfrentado desarmado a un leopardo y que había matado a dos babuinos de un solo tiro; aun así, las escuchaba con gusto, y por eso decidió reservarse la tarea de lavar las prendas del señor para aquellos días en los que Jomo acutenemos buena carne», y a continuación se acercaba hasta la bolsa de piel de cabra atada al portaequipajes de su bicicleta y hurgaba en busca del tirachinas. Una vez derribó a una paloma del anacardo lanzándole una piedra pequeña, luego la envolvió con unas hojas y la metió en la bolsa.
–No te acerques a esa bolsa si no estoy yo por aquí –le advirtió a Ugwu–. Podrías encontrarte una cabeza humana.
Ugwu se echó a reír, pero no se lo tomó del todo a broma. Le habría gustado que aquel día Jomo hubiera ido a trabajar. Era la persona ideal para hacerle preguntas sobre el arigbe; de hecho, para pedirle consejo sobre la mejor manera de aplacar al señor.
Salió del recinto y buscó entre las plantas que bordeaban la carretera hasta que descubrió las hojas rizadas junto a la raíz de un pino sibilante. Nunca había notado nada parecido al intenso aroma del arigbe en los insípidos guisos preparados que el señor compraba en el centro de profesores. Ugwu pensaba cocinar un buen estofado con aquella hierba aromática y ofrecérselo al señor acompañado de un poco de arroz, y después le pediría excusas. «Por favor, no me mande a casa, sah. Trabajaré más horas para compensarle por haber quemado el calcetín. Ganaré dinero y le compraré otro.» No sabía muy bien cómo iba a arreglárselas para ahorrar suficiente dinero, pero se lo diría de todas maneras.
Si el arigbe ablandaba el corazón del señor, tal vez pudiera plantar un poco junto con otras hierbas aromáticas en el patio trasero. Le propondría ocuparse él mismo de cuidarlas hasta que empezara la escuela, pues la directora había dicho que no podía incorporarse a mitad de curso. Aunque tal vez albergara demasiadas esperanzas. ¿De qué iba a servirle un jardín de hierbas aromáticas si el señor lo echaba, si no lo perdonaba por haberle quemado el calcetín? Entró deprisa en la cocina, colocó el sobre la encimera y midió unas raciones de arroz.
Unas horas más tarde, sintió cómo se le encogía el estómago cuando oyó el coche del señor: el crujido de la grava y el ruido nidad de servirle la comida? ¿Cómo iba a explicárselo a su familia?
–Buenas tardes, sah… ¡Odenigbo! –lo saludó aun antes de que entrara en la cocina.
–Sí, sí –le respondió el señor.
Con una mano sostenía unos cuantos libros contra el pecho y en la otra llevaba la cartera. Ugwu acudió enseguida a ayudarle con los libros.
–Sah, ¿le apetece comer? –le preguntó en inglés.
–¿Comer qué?
Ugwu sintió que las contracciones del estómago se agudizaban. Al inclinarse para dejar los libros en la mesa, temió que se le escapara algo por culpa de la tensión.
–Estofado, sah.
–¿Estofado?
–Sí, sah. Muy bueno.
–Entonces lo probaré.
–¡Sí, sah!
–¡Llámame Odenigbo! –le espetó el señor antes de ir a darse
su baño de la tarde.
Tras servirle la comida, Ugwu se quedó en la puerta de la cocina contemplando cómo el hombre se llevaba a la boca la primera cucharada de estofado con arroz, y luego la segunda. Al momento exclamó:
–Excelente, amigo mío.
Ugwu asomó la cabeza por la puerta.
–¿Sah? Puedo plantar estas hierbas en un pequeño huerto.
Para preparar más platos como este.
–¿Un huerto? –El señor se detuvo para tomar un sorbo de agua y volvió la página de la revista–. No, no, no. La parte de fuera es cosa de Jomo, y la de dentro es responsabilidad tuya. El trabajo tiene que estar bien repartido, amigo mío. Si nos hacen falta hierbas aromáticas, le pediremos a Jomo que las plante.
A Ugwu le encantó el sonido de las palabras en inglés: «El
No podía dejar su cuidado en manos de Jomo, así que él mismo se ocuparía cuando el señor saliera de casa. De esa forma, siempre dispondría de arigbe, la hierba del perdón. No se apercibió hasta bastante más tarde de que el señor debía de haber olvidado la cuestión del calcetín quemado mucho antes de volver
Ugwu empezó a darse cuenta de más cosas. Él no era un criado cualquiera; el chico que servía en casa del doctor Okeke, el vecino de al lado, no tenía cama ni habitación propia sino que dormía en el suelo de la cocina. El que estaba empleado en la casa del final de la calle, con quien Ugwu iba al mercado, no decidía lo que iba a cocinar, se lo ordenaban. Y ninguno de ellos tenía la suerte de contar con un señor o una señora que les prestara libros y les dijera: «Este es excelente; excelente de
Ugwu no entendía la mayor parte de las frases de los libros, ingía que los leía. Tampoco llegaba a comprender del todo las conversaciones que el señor mantenía con sus amigos, pero aun así las escuchaba y aprendía que el mundo tenía que mostrar un mayor compromiso en relación con la población negra asesinada en Sharpeville, que el avión espía que había sido derribado en Rusia estaba al servicio de la derecha estadounidense, que De Gaulle estaba actuando de forma muy desafortunada en Argelia, que las Naciones Unidas no conseguirían expulsar a Tshombe de Katanga. De vez en cuando, el señor se ponía en pie y alzaba el vaso y la voz:
–¡Por el valiente americano negro que ingresó en la Universidad de Mississippi! ¡Por Ceilán y por la primera mujer del mundo que fue nombrada primer ministro! ¡Por Cuba, por haber derrotado a los americanos con sus propias armas!
Y Ugwu disfrutaba al oír entrechocar las botellas de cerveza con los vasos, las botellas con las botellas, los vasos con los vasos.
Durante los fines de semana acudían más amigos y a veces, cuando Ugwu les servía las bebidas, el señor lo presentaba; en orgullo lo invadía de la cabeza a los pies. Lo que más le gustaba era que lo presentara a los extranjeros, como el señor Johnson, que procedía del Caribe y tartamudeaba, o el profesor Lehman, el estadounidense blanco y gangoso cuyos ojos eran del verde intenso de las hojas frescas. Ugwu sintió un ligero temor al verlo por primera vez, porque siempre había creído que solo los espíritus malignos tenían los ojos del color de la hierba.
Pronto aprendió a reconocer a los invitados habituales y les servía la bebida antes de que el señor se lo pidiera. Entre ellos se contaba el doctor Patel, el indio que bebía cerveza Golden Guinea mezclada con Coca-Cola. El señor lo llamaba «Doc». Cada vez que Ugwu sacaba la nuez de cola, el señor bromeaba: «Doc, ya sabes que la nuez de cola no entiende el inglés» antes de proceder a bendecirla en igbo. El doctor Patel siempre se reía con gran regocijo, recostándose en el sofá y levantando sus cortas piernas como si fuera la primera vez que oía aquel chiste. Cuando el señor abría el bote y pasaba la bandeja, el doctor Patel siempre cogía un fruto y se lo metía en el bolsillo de la camisa; Ugwu nunca lo había visto comérselo.
También estaba el alto y escuálido profesor Ezeka, cuya voz resultaba tan ronca y áspera que parecía que hablara en susurros. Siempre cogía el vaso y lo escrutaba al trasluz para asegurarse de que Ugwu lo había lavado bien. A veces llevaba su propia botella de ginebra. En otras ocasiones, pedía que le sirviera té y se acercaba a examinar el azucarero y la lechera mientras mascullaba: «El poder de las bacterias es extraordinario».
Okeoma era el que acudía más a menudo y se quedaba más tiempo. Aparentaba menos años que el resto, siempre llevaba pantalones cortos, iba peinado con la raya al lado y su cabellera hirsuta abultaba más que la del señor. Pero a diferencia de esta, la de Okeoma tenía un aspecto descuidado, como si no le gustara peinarse. Okeoma bebía Fanta. Durante algunas veladas leía sus poemas en voz alta sosteniendo un pliego en la mano, y Ugwu veía por la rendija de la puerta de la cocina cómo todos de forma tajante: «¡Ya está bien!».
Y también estaba la señorita Adebayo, que bebía coñac como el señor y no se parecía en nada a la idea que Ugwu se había forjado de una profesora universitaria. Su tía le había hablado un poco sobre las mujeres de la universidad. Las conocía bien porque durante el día trabajaba limpiando en la facultad de ciencias y por la noche como camarera en el centro de profesores. A veces la contrataban para que les limpiara la casa. Ella le había contado que las profesoras universitarias tenían en sus estanterías fotografías enmarcadas de la época en que eran alumnas en Ibadan, y también en el Reino Unido y en América. Para desayunar tomaban huevos no muy hechos de manera que la yema se esparcía por el plato, y llevaban pelucas lisas y abundantes y vestidos hasta los tobillos. Una vez le contó una historia sobre una pareja ocurrida durante un cóctel celebrado en el centro. Los dos llegaron montados en un bonito Peugeot 404, el hombre con un traje muy elegante de color crema y la mujer con un vestido verde. Todo el mundo se volvió a mirarlos. Caminaban cogidos de la mano y, de pronto, el viento hizo volar la peluca de la mujer. Estaba calva. La tía de Ugwu le explicó que las mujeres utilizaban una plancha caliente para alisarse el pelo porque querían imitar a las blancas, pero al final solo conseguían quemárselo y se les acababa cayendo.
Ugwu se había imaginado a la mujer calva: hermosa, con la
nariz respingona y no ancha y chata como las que él estaba acostumbrado a ver. Se imaginó su delicadeza, su exquisitez, una de
aquellas mujeres cuyos estornudos, cuya risa y cuya voz resultan
tan suaves como el plumón que crece sobre la piel de un pollo.
Sin embargo, las mujeres que iban de visita a casa del señor, al
igual que aquellas con las que se cruzaba en el supermercado o
por la calle, eran de otro tipo. La mayoría también llevaba peluca (unas pocas se trenzaban el pelo y, a veces, se lo adornaban
con hilo), pero no eran delicadas como una brizna de hierba.
Gritaban mucho. La voz que más resonaba era la de la señorita dido que las esperara para acompañarlo de vuelta al campus,
pero él se disculpó y le dijo que cogería un taxi porque todavía
le quedaba mucho que comprar, aunque la verdad era que ya
había terminado. No quería subirse a su coche; no le gustaba
cómo su voz se alzaba hasta ahogar la del señor cuando estaban
juntos en la sala y ella disentía y polemizaba. A menudo le entraban ganas de ponerse a gritar él también desde detrás de la
puerta de la cocina y obligarla a callarse, en especial cuando llamaba «sofista» al señor. No sabía lo que significaba aquella palabra,
pero no le gustaba en absoluto que la utilizara para referirse a
él. Tampoco le hacía ninguna gracia la forma en que lo miraba.
Incluso cuando otra persona estaba hablando y se suponía que
debía centrar su atención en esta, sus ojos permanecían f
el señor. Un sábado por la noche, a Okeoma se le cayó un vaso
y Ugwu entró en la sala a recoger los cristales del suelo. Se tomó
su tiempo para hacerlo, pues la conversación se oía mucho mejor
desde allí y le resultaba mucho más fácil entender el discurso del
profesor Ezeka. Desde la cocina resultaba casi imposible captar la
voz del hombre.
–Está claro que los sucesos de América del Sur requieren una respuesta panafricanista más contundente –decía el profesor Ezeka.
El señor lo atajó.
–Ya sabes que el panafricanismo es un concepto acuñado por
los europeos.
–Te estás apartando del tema –dijo el profesor Ezeka, y sacudió la cabeza con su habitual gesto de superioridad.
–Tal vez sea cierto que se trata de un concepto europeo –intervino la señorita Adebayo–, pero en términos generales todos pertenecemos a la misma raza.
–¿Qué términos generales? –preguntó el señor–. ¡La generalización es cosa de los blancos! ¿Es que no os dais cuenta de que solo somos iguales a sus ojos?
Ugwu notó que el señor alzaba la voz a la más mínima y, se visualizó a sí mismo dirigiéndose en un inglés f luido a sus extasiados invitados imaginarios y pronunciando palabras como «descolonizar» y «panafricanismo» mientras imitaba la voz del señor y, poco a poco, se iba echando hacia delante hasta acabar él también sentado en el borde de la silla.
–Claro que tenemos cosas en común: la opresión a que nos someten los blancos –le espetó la señorita Adebayo en tono seco–. El panafricanismo es simplemente la reacción más sensata.
–Ya, ya, pero lo que quiero decir es que la única identidad auténtica para los africanos es la de la tribu –dijo el señor–. Yo soy nigeriano porque los blancos delimitaron Nigeria y me incluyeron en ese país. Soy negro porque los blancos crearon ese concepto por contraposición al color de su piel. Pero antes de que ellos llegaran yo era igbo.
El profesor Ezeka soltó un bufido y negó con la cabeza, con sus delgadas piernas cruzadas.
–Sin embargo, tomaste conciencia de que eras igbo gracias a los blancos. La idea de «comunidad igbo» surgió a raíz del dominio de los blancos. Habrás de convenir que el concepto que tenemos hoy de tribu es un producto tan colonial como el nacional y el de raza.
Dicho esto, el profesor Ezeka descruzó y volvió a cruzar las piernas en sentido inverso.
–¡La idea de «comunidad igbo» existía mucho antes de que llegaran los blancos! –gritó el señor–. Ve y pregúntales a los ancianos de tu aldea por tu propia historia.
–El problema es que Odenigbo es un tribalista incorregible, tenemos que conseguir que se esté calladito –dijo la señorita Adebayo.
Y entonces hizo algo que sobresaltó a Ugwu: se acercó riendo al señor y le selló los labios con un suave pellizco. Permaneció así durante lo que pareció mucho rato, con la mano en su
Ugwu se imaginó cómo la saliva del hombre diluida en coñac le humedecía los dedos. Se notaba tenso mientras recogía amenaza. Cada vez le recordaba más a un murciélago frugívoro, con su rostro demacrado de tez opaca y sus ropajes estampados que ondeaban a su paso como si fueran alas. Ugwu sirvió su bebida en último lugar y dedicó un buen rato a secarse las manos con un paño antes de abrirle la puerta. Temía que acabara casándose con el señor y que se instalara en la casa junto con su criada yoruba, y malograra su huerto de hierbas aromáticas y quisiera controlar lo que cocinaba. Hasta que oyó una conversación entre el señor y Okeoma.
–Hoy no parecía tener ningunas ganas de marcharse a su casa –observó Okeoma–. Nwoke m, ¿estás seguro de que no piensas hacer nada con ella?
–No digas tonterías.
–Si lo hicieras, nadie en Londres lo sabría.
–Oye, oye…
–Ya sé que no te interesa en ese sentido, pero lo que todavía
no entiendo es lo que todas esas mujeres ven en ti.
Okeoma se echó a reír y Ugwu se sintió aliviado. No quería que la señorita Adebayo –ni ninguna otra mujer– irrumpiera en sus vidas y perturbara la cotidianidad. Algunas noches, cuando las visitas se marchaban temprano, se sentaba en el suelo de la sala y escuchaba al señor. Casi siempre hablaba de cosas que Ugwu no comprendía, como si el coñac le hubiera hecho olvidar que no se dirigía a uno de sus invitados. Pero al muchacho no le importaba; lo que necesitaba era oír aquella voz profunda, deleitarse con la dicción en igbo modulada por el inglés, observar el destello de los gruesos cristales de sus gafas.
Llevaba cuatro meses en casa del señor cuando un día le dijo: –Este fin de semana vendrá una mujer especial, muy especial. Asegúrate de que la casa esté bien limpia. Pediré que nos traigan comida del centro de profesores.
–Pero, sah, yo puedo cocinar –dijo Ugwu con un triste premarcharse.
–Claro que puedo, sah –se apresuró a afirmar Ugwu, aunque en realidad no tenía ni idea de lo que era el arroz frito–. Yo prepararé el arroz, usted encargue el pollo en el centro.
–Bien pensado –respondió el señor en inglés–. Muy bien, entonces tú preparas el arroz.
–Sí, sah –dijo Ugwu.
Más tarde, limpió las habitaciones y fregó el baño a conciencia, como hacía siempre, pero el señor echó un vistazo y concluyó que no estaba bien limpio, así que salió a comprar otro bote de polvos Vim y le preguntó al chico con dureza por qué no había frotado las juntas de los azulejos. El muchacho las repasó. Restregó hasta que las gotas de sudor le resbalaban por las mejillas y el brazo empezó a dolerle. Y el sábado, mientras cocinaba, se sentía molesto. Nunca hasta entonces el señor se había quejado de su trabajo. Todo era por culpa de aquella mujer a la que consideraba tan especial que ni siquiera permitía que Ugwu le preparara la comida. Recién llegada de Londres.
Cuando sonó el timbre, Ugwu masculló entre dientes una maldición para que sufriera inflamación de estómago por comer heces. Oyó la voz sonora del señor que mostraba su entusiasmo y su ilusión pueril, seguida de un largo silencio durante el cual Ugwu se imaginó cómo se abrazaban, el feo cuerpo fachoso de ella apretado contra el del señor. Entonces oyó su voz y se quedó inmóvil. Siempre había pensado que el acento inglés del señor no tenía parangón con el de nadie, ni con el del profesor Ezeka, cuyo inglés apenas era audible, ni con el de Okeoma, quien lo entonaba igual que el igbo, con las mismas cadencias y pausas, ni con el de Patel, que carecía de musicalidad. Ni siquiera el del profesor Lehman, blanco y con su forzada nasalización, resultaba tan elegante como el del señor. El señor hablaba un inglés melodioso, pero el que en aquel momento Ugwu oyó brotar de los labios de aquella mujer sonaba mágico. Se trataba de una pronunciación excelsa, un lenguaje luminoso, como
Ugwu se dirigió a la sala. La mujer olía a coco. La saludó con un «Buenas tardes» apenas perceptible sin levantar la vista del suelo.
–Kedu? –le preguntó ella.
–Estoy bien, mah.
Seguía sin mirarla. Mientras destapaba la botella, la mujer se rió de algo que había dicho el señor. Ugwu estaba a punto de verter la cola fría en el vaso cuando ella le dio una palmada en la mano y le dijo:
–Rapuba, no te molestes.
Tenía la mano ligeramente húmeda.
–Sí, mah.
–Tu señor me ha contado lo bien que lo cuidas, Ugwu –dijo.
Sus palabras en igbo sonaron aún más dulces que en inglés, y
le fastidió que las pronunciara con aquella facilidad. Esperaba
que se le trabara la lengua; no creía que aquel inglés impecable
pudiera dar paso a un acento igbo de igual perfección.
–Sí, mah –musitó. Su mirada permanecía fija en el suelo. –¿Qué nos has preparado para comer, amigo mío? –le preguntó el señor como si no lo supiera. Su voz denotaba una alegría irritante.
–Ahora mismo les serviré, sah –dijo Ugwu en inglés, y enseguida pensó que debería haber dicho «Ahora mismo les sirvo» porque sonaba mejor y la habría impresionado más.
Al poner la mesa se contuvo para no volver la vista hacia la sala, aunque oía la risa de la mujer y la voz del señor con aquel nuevo tono tan molesto.
Al final se volvió a mirarla mientras ella y el señor se sentaban a la mesa. Tenía el cutis terso como una cáscara de huevo, del color voluptuoso de la tierra empapada de lluvia, y sus ojos eran grandes y almendrados, y por su aspecto se diría que no andaba y hablaba como el resto de los mortales; debería ser expuesta en una urna de cristal como la que había en el estudio del señor para que todo el mundo admirara su cuerpo de curvas sensuales del tiempo mientras la contemplaba, hasta que oyó al señor co–Normalmente Ugwu cocina mejor. Hace un estofado bue–Está un poco desabrido, claro que peor sería que tuviera mal sabor –observó, y le dedicó una sonrisa al señor antes de volverse hacia Ugwu–. Yo te enseñaré a cocinar bien el arroz, Ugwu, sin echarle tanto aceite.
–Sí, mah –dijo Ugwu.
Se había inventado lo que imaginaba que sería el arroz frito, friéndolo en aceite de cacahuete, con la vaga esperanza de que aquello los hiciera salir corriendo a ambos al lavabo. No obstanahora quería preparar un plato perfecto, un sabrosísimo arroz o su especialidad, el estofado con arigbe, para demostrarle lo bien que cocinaba. Se demoró en fregar los platos para que el ruido del agua del grifo no le impidiera oír su voz. Al servir el té, se tomó su tiempo para disponer las galletas en la bandeja y así poder escucharla. Al fin el señor dijo:
–Ya está bien, amigo mío.
El nombre de la mujer era Olanna, pero el señor solo lo pronunció una vez. Casi siempre la llamaba nkem, «mía». Hablaron del altercado entre el sardauna y el presidente de la región oeste, y luego el señor comentó algo sobre esperar a que ella se trasladara a Nsukka ya que, a fin de cuentas, solo faltaban unas semanas. Ugwu contuvo la respiración para asegurarse de haberlo oído bien. Ahora el señor se reía mientras le decía:
–Viviremos aquí los dos juntos, nkem, y también puedes quedarte con el piso de Elias Avenue.
Ella iba a trasladarse a Nsukka. Viviría en aquella casa. Ugwu se alejó de la puerta y se quedó mirando la cazuela sobre el fogón. Su vida iba a cambiar. Tendría que aprender a cocinar arroz frito y a echar menos aceite en la comida y a recibir órdenes ella. Se sentía triste, aunque su tristeza no era completa; también se sentía expectante, y no acababa de entender aquella servándolo. Al principio no tuvo ninguna duda de que veía visiones, pues era frecuente que aquellas personas en las que más pensaba se le aparecieran. A todas horas mantenía conversaciones imaginarias con Anulika y, por la noche, después de toquetearse, Nnesinachi se le aparecía fugazmente esbozando una sonrisa llena de misterio. Pero Olanna sí que estaba en el vano de la puerta. Ahora atravesaba el patio hacia donde él se encontraba. Se cubría tan solo con una túnica anudada sobre el pecho y, al caminar, le hacía pensar a Ugwu en un anacardo amarillo, maduro y de hermosa forma.
–Mah, ¿desea algo? –le preguntó.
Tenía la certeza de que si extendía el brazo el tacto de su cara le recordaría al de la mantequilla que el señor untaba en el pan tras quitar el envoltorio de papel.
–Deja que te ayude –dijo señalando la sábana que Ugwu enjuagaba, y él la sacó del agua despacio. La mujer cogió un extremo y retrocedió–. Retuércela así –le enseñó.
Ugwu retorció la sábana hacia su derecha mientras ella hacía lo propio hacia la suya, y ambos observaron cómo escurría el agua. La prenda le resbalaba entre las manos.
–Gracias, mah –dijo.
Ella le sonrió y aquel gesto hizo que Ugwu se sintiera importante.
–Mira, esas papayas ya están maduras. Lotekwa, no te olvides de recogerlas.
Había algo de refinado en su voz, en su persona. Era como una de esas piedras que está debajo del chorro de un manantial, desgastada por el agua que lleva brotando años y años, y mirarla era como encontrar una de aquellas piedras, sabiendo que había muy pocas como ella. La observó mientras volvía a entrar en la casa.
Ugwu no deseaba compartir con nadie el cuidado del señor, no quería que nada rompiera el equilibrio de su vida junto a él, y aun así, de repente le resultaba insoportable pensar en no volbuen rato, hasta que los gemidos cesaron, y luego volvió a su habitación.