Agradecimientos

Me gustaría dar las gracias a Sophie Green y Jacquie Bounsall, quienes, a pesar de no parecerse a mis personajes principales, me sirvieron en cambio de inspiración para escribir El bazar de los sueños, así como la tienda de Sophie: la Radiante y Alocada Sophie Green; sin olvidarme de todos aquellos clientes cuyas historias individuales, cotilleos, escándalos y chistes contribuyeron a dar forma a este libro. Todavía me asombra lo que es capaz de contarte la gente si te quedas tras una caja registradora el tiempo suficiente…

Mis más sentidas gracias a todos los que trabajan en Hodder and Stoughton por su incansable apoyo y entusiasmo, y sobre todo a Carolyn Mays, Jamie Hodder-Williams, Emma Longhurst, Alex Bonham y Hazel Orme.

Gracias a Sheila Crowley y Jo Frank, cuya impagable pericia como agentes me ayudó a finalizar el libro, y también a Vicky Longley y Linda Shaughnessy, de AP Watt. Mi agradecimiento para Brian Sanders, por sus amplísimos conocimientos sobre el mundo de la pesca, y a Cathy Runciman, por conocer Argentina tan a fondo. A Jill y John Armstrong les quiero agradecer que me proporcionaran un espacio para escribir bien lejos de mi rebosante cesto de la ropa sucia, y a James y Di Potter darles mi más sentido reconocimiento por haberme iluminado en temas como la agricultura y la cría de animales. Gracias asimismo a Julia Carmichael y al personal de Harts, de Saffron Walden, por su apoyo, y a Hannah Collins por ponerme en contacto con Ben, quien sabe mejor que nadie cómo sacarse el trabajo de encima.

Mis tardías gracias a Grant McKee y Jill Turton, que fueron los primeros en editar mis libros: siento haber vendido vuestro coche.

Mis disculpas y también mi agradecimiento para Saskia y Harry, quienes ahora ya comprenden que cuando mamá habla sola, y de vez en cuando se olvida de preparar la cena, no es que manifieste síntomas precoces de locura, sino que, en realidad, está pagando la hipoteca.

Mis más sentidas gracias sobre todo a Charles, que me soporta cada día, enamorándose de mis personajes masculinos, y que ahora ya sabe tanto del proceso de escribir una novela que muy bien podría publicar una de su propia cosecha. Por todo eso, muchísimos besos.

Primera parte

Primera parte

Capítulo 1

1

Buenos Aires, 2001:

El día que asistí al parto de mi primer bebé

Era la tercera vez esa semana que el aire acondicionado se había estropeado en el Hospital de Clínicas, y el calor era tan intenso que las enfermeras habían dispuesto unos ventiladores de plástico de esos que funcionan con pilas para intentar mantener frescos a los enfermos de cuidados intensivos. Habían llegado trescientos aparatos en una caja, obsequio de un agradecido y genuino superviviente del negocio de importación y exportación, uno de los pocos usuarios del hospital público que todavía se consideraba lo bastante rico en dólares para hacer regalos.

Los ventiladores de plástico azul, sin embargo, resultaron ser casi tan fiables como las promesas de aquel paciente, el cual se había comprometido a conseguir más medicamentos y equipamiento médico, y mientras el hospital se sumía en el ruidoso calor estival de Buenos Aires, se oía por todas partes algún que otro repentino «¡Hijo de puta!» de las enfermeras (incluso las más devotas) al verse obligadas estas últimas a tener que aporrearlos para ponerlos en marcha.

Yo no me percataba del calor. Temblaba con un miedo gélido, propio de la comadrona recién titulada a quien le acaban de comunicar que asistirá a su primer parto. Beatriz, la veterana que había supervisado mi formación, me lo anunció con aparente naturalidad, propinándome un fuerte golpe en el hombro con su mano gordezuela y morena antes de marcharse para ver si podía robar un poco de comida de la sala geriátrica con la que alimentar a una de sus madres primerizas.

—Están en la dos —me dijo, señalando la sala de partos—. Multigrávida, con tres hijos, aunque este no quiere salir. No seré yo quien le culpe precisamente. —Se rió sin ganas y me empujó hasta la puerta—. Volveré dentro de unos minutos. —Al verme titubear frente a la puerta, prestando atención a los ahogados quejidos de dolor que procedían del interior, la comadrona me azuzó—. Vamos, Turco, solo puede salir por un sitio el niño, ¿sabés?

Entré en la sala de partos con el sonido de la risa de las demás comadronas todavía tintineando en mis oídos.

Tenía pensado presentarme investido de una cierta autoridad, para darme valor a mí mismo, así como a mis pacientes, pero la mujer estaba arrodillada en el suelo, empujando el rostro de su marido con sus blancos nudillos y mugiendo como una vaca, así que pensé que un apretón de manos no era lo más apropiado para la situación.

—Necesita medicamentos, por favor, doctor —me dijo el padre como pudo a través de la palma que tenía aferrada a la mejilla. Su voz, advertí, acusaba la deferencia con la cual yo me dirigía a mis superiores del hospital.

—¡Dios mío de mi vida! ¿Por qué durará tanto? —La mujer lloraba para sus adentros, balanceándose hacia delante y hacia atrás, en cuclillas. Tenía la camiseta empapada de sudor y el pelo, peinado hacia atrás en una cola de caballo, estaba tan mojado que dejaba entrever las pálidas estrías de cuero cabelludo.

—Los dos últimos vinieron muy rápidos —me explicó el padre, acariciándole el pelo—. No entiendo por qué este no sale.

Cogí el historial que colgaba de los pies de la cama. La mujer llevaba casi dieciocho horas de parto: mucho tiempo para un primerizo, por no hablar de un cuarto bebé. Luché contra el impulso de llamar a gritos a Beatriz y me quedé contemplando las notas fijamente, intentando aparentar experiencia mientras recitaba mentalmente los pasos a seguir del protocolo médico en función del sonido de los lamentos de la mujer. Abajo, en la calle, alguien había subido muchísimo el volumen de la música procedente de la radio de un coche: el golpeteo sintetizado e insistente de la cumbia. Se me ocurrió que podría cerrar las ventanas pero la idea de que esa habitacioncilla oscura se caldeara todavía más me resultó insoportable.

—¿Puede ayudarme a subirla a la cama? —le pregunté al marido cuando ya había agotado mi tiempo contemplando las notas.

El hombre se puso en pie de un salto, contento, creo, de que alguien fuera a actuar. Tras levantar a la mujer le tomé la presión arterial y, sin que ella me soltara el pelo, cronometré las contracciones y le palpé el estómago. Tenía la piel ardiente y resbaladiza. La cabeza del bebé estaba completamente encajada. Le pregunté al marido por su historial previo pero no hallé ningún indicio en su relato. Miré a la puerta y deseé que por ella apareciera Beatriz.

—No hay que preocuparse de nada —le dije, secándome la cara y deseando que mis palabras fueran ciertas.

Fue en ese momento cuando vi a la otra pareja, de pie y casi sin moverse en el otro extremo de la habitación, cerca de la ventana. No tenían el aspecto de quienes visitan habitualmente los hospitales públicos: quedarían mejor, con su ropa cara y de colores vistosos, en el hospital suizo situado al otro lado de la plaza. El pelo de la mujer, teñido en una peluquería buena, iba recogido hacia atrás, en un moño elegante, a pesar de que el maquillaje no había sobrevivido al sofocante calor que superaba los cuarenta grados y se le había cuarteado junto a los ojos en líneas y conglomerados que le chorreaban confiriendo brillos a su rostro. Asía a su marido por el brazo y miraba de hito en hito la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

—¿Necesita medicinas? —preguntó, volviéndose hacia mí—. Eric podría conseguirle medicinas.

«¿La madre?», pensé con aire ausente. Algo me decía que esa mujer era demasiado joven.

—Ya es demasiado tarde para las medicinas —le dije, intentando que mi voz sonara confiada.

Todos me miraban con aire expectante. No había señal alguna de Beatriz.

—Voy a examinarla —dije. Dado que a juzgar por las apariencias nadie iba a detenerme, no me quedó otra alternativa que someterla a un breve examen.

Le coloqué los talones contra las nalgas y esperé a que relajara las rodillas. Aguardé hasta la siguiente contracción y, con toda la suavidad que pude, palpé el borde del cérvix, maniobra dolorosa cuando el parto ya está avanzado, pero la mujer estaba tan cansada por aquel entonces que apenas gimió. Me quedé en pie durante un minuto, intentando interpretar lo que veía. A pesar de estar absolutamente dilatada, yo no podía notar la cabeza del niño… Me pregunté, durante unos segundos, si aquello no se trataría de otra broma que me gastaban las comadronas, como la muñeca que me pidieron que mantuviera calentita en la incubadora. De repente, noté un leve sobresalto de excitación. Les dediqué una sonrisa tranquilizadora y me dirigí al armarito del instrumental, esperando que aquello que yo buscaba no lo hubiera afanado ya otro departamento. Allí estaba; igual que una aguja curva de hacer ganchillo: mi varita mágica. La sostuve en la palma de la mano, sintiendo una especie de euforia por lo que iba a ocurrir: por lo que yo, en persona, iba a hacer que ocurriera.

El aire se estremeció con otro quejido de la mujer que yacía en la cama. Estaba un poco asustado por tener que actuar sin supervisión, pero sabía que era injusto esperar más; por otro lado, ahora que ya no funcionaba el monitor que controlaba el latido cardíaco fetal, no tenía modo alguno de saber si el bebé corría peligro.

—Aguántela para que se esté quieta, por favor —le dije al marido y, cronometrando con muchísima atención entre contracción y contracción, introduje el gancho y perforé un diminuto agujerito en el volumen de aguas que advertí bloqueaba el avance de la criatura. A pesar de los lamentos de la mujer y del tráfico exterior, oí el hermoso y minúsculo sonido explosivo de la membrana que se rendía ante mí y, de repente, salió un borbotón de fluido y la mujer se incorporó y me dijo, algo sorprendida y no sin cierta premura:

—Necesito empujar.

En ese momento llegó Beatriz. Advirtió la herramienta en mi mano, la renovada determinación en el rostro de la mujer y, ayudando al marido a sostenerla, me hizo una señal para que prosiguiera.

Después de eso me flaquea la memoria. Sí que recuerdo, no obstante, haber visto una mata suave y sorprendente de pelo oscuro, haber cogido la mano de la parturienta hasta situarla sobre la cabecita y así darle ánimos para afrontar la situación. Me acuerdo de que le ordené que empujara y que jadeara, y que al empezar a salir el bebé, yo gritaba tan fuerte como cuando iba a un partido de fútbol con mi padre, con alivio, emoción y alegría. Recuerdo la visión de esa hermosa niña mientras se deslizaba entre mis manos, el azul marmóreo de la piel volviéndose rápidamente rosáceo, como un camaleón, antes de que la criatura dejara escapar un lozano grito de rabia y bienvenida por su tardío ingreso al mundo.

Para mi vergüenza, recuerdo que tuve que volver la cabeza porque, mientras cortaba el cordón y depositaba a la criatura sobre el pecho de su madre, me di cuenta de que había empezado a llorar y no quería que Beatriz les diera a las otras comadronas más motivos para que se rieran de mí.

Sin embargo, mi supervisora se había situado a mi espalda y, tras secarse la frente, me hizo un gesto para que la siguiera.

—Cuando hayas acabado, me escaparé arriba a ver si puedo encontrar al doctor Cárdenas —me dijo con voz queda—. Esa mujer ha perdido mucha sangre y no quiero que se mueva hasta que él la haya examinado.

La escuchaba apenas, y ella lo sabía. Me dio entonces una patadita en el tobillo.

—No está nada mal, Ale —me dijo, sonriendo. Era la primera vez que me llamaba por mi verdadero nombre—. Durante la próxima, de todos modos, iría bien que te acordaras de pesar al bebé.

Iba a responderle en consecuencia, notando que la euforia me daba alas, al fin, para hacer oír mi voz, cuando fui consciente, al empezar a hablar, de que la atmósfera de la habitación había cambiado. Beatriz también lo advirtió y se detuvo en seco. En lugar de presenciar las manifestaciones de cariño de la nueva madre, el murmullo suave de los familiares rendidos de admiración, solo se percibía un quedo ruego:

—Diego, no, no, Diego, por favor…

La pareja bien vestida se había situado junto a la cama. La mujer rubia, según pude ver, temblaba, con una vaga y peculiar sonrisa pintada en el rostro, levantando la mano en un gesto tímido hacia el bebé.

La madre agarraba a la criatura, que tenía ceñida al pecho, con los ojos cerrados, y le murmuraba a su marido:

—Diego, no, no. No puedo hacerlo.

El marido le acariciaba el rostro.

—Luisa, nos comprometimos. Sabés que nos comprometimos. No podemos permitirnos alimentar a nuestros hijos y aún menos a uno recién nacido.

La parturienta no abría los ojos y sus manos huesudas retorcían la talla desgastada del hospital.

—Las cosas irán mejor, Diego. Tendrás más trabajo. Por favor, amor, por favor, no…

Diego torció el gesto. Se inclinó y empezó a desprender los dedos de su esposa del bebé, despacio, uno a uno. Ella gimoteaba:

—¡No, no! Diego, por favor…

La alegría del nacimiento se había esfumado, y me entraron náuseas cuando me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Quise intervenir pero Beatriz, con una expresión inusual semejante a una mueca, me detuvo con un imperceptible movimiento de la cabeza.

—Es el tercero en lo que va de año —murmuró.

Diego había logrado hacerse con el bebé. Lo sostenía contra sí, sin mirarlo, y entonces, con los ojos cerrados, hizo el gesto de entregarlo. La rubia había dado unos pasos hacia él.

—La amaremos muchísimo —le dijo con su atiplado acento de clase alta, quebrado por las lágrimas—. Hemos esperado tanto tiempo…

La madre se puso entonces como una furia, intentó salir de la cama y Beatriz dio un salto para sostenerla.

—No debe moverse —dijo, y su voz sonó dura por parecer cómplice—. Es muy importante que no le deje moverse hasta que el facultativo llegue.

Diego abrazó a su esposa. Costaba decir si con el objeto de consolarla o aprisionarla más bien.

—Se lo darán todo, Luisa, y el dinero nos ayudará a alimentar a nuestros hijos. Tenés que pensar en ellos, en Paola, en Salvador… Pensá en cómo nos fueron las cosas…

—¡Mi bebé! —chillaba la madre, sin oír nada, clavando las uñas en el rostro de su marido, impotente contra el peso arrepentido de Beatriz—. No se la pueden llevar.

Las uñas de sus dedos le dejaron un verdugón ensangrentado, pero no creo que él se diera cuenta. Me quedé junto al lavabo mientras la pareja se retiraba hacia la puerta, en mis oídos resonando el rauco quejido de un dolor que jamás he olvidado, incapaz ya de mirar siquiera a la niña a la cual me había dado tanta alegría asistir en su nacimiento.

Hasta el día de hoy no puedo recordar belleza alguna en aquel primer bebé que traje al mundo. Solo recuerdo los gritos de esa madre, la expresión de dolor grabada en su rostro, un dolor que yo sabía, a pesar de mi falta de experiencia, que nunca dejaría de pesarle; y recuerdo a aquella mujer rubia, traumatizada, aunque decidida, marchándose con sigilo, como un ladrón, y diciendo en voz baja:

—La querremos mucho. —Debió de decirlo unas cien veces, aunque nadie la escuchaba—. La querremos muchísimo.

Capítulo 2

2

1963: Framlington Hall, Norfolk

El tren había efectuado seis paradas no previstas entre Norwich y Framlington, y el infinito azul glacial del cielo se iba oscureciendo, aunque ni siquiera era la hora del té. Hacía ya rato que Vivi contemplaba a los guardas saltar con las palas para despejar otro ventisquero que se había formado en las vías y notaba una cierta impaciencia ante el retraso, camuflada por una satisfacción perversa.

—Espero que quien venga a recogernos lleve cadenas en el coche —dijo, empañando el cristal de la ventanilla del vagón con su aliento hasta que tuvo que trazar un agujero para ver con su dedo enguantado—. No me apetece nada empujar con la que está cayendo.

—¡Como si tuvieras que empujar tú! —exclamó Douglas, oculto tras el periódico—. Ya se encargarán los hombres.

—Debe de resbalar muchísimo.

—Con las botas que llevas, sí.

Vivi contempló su nuevo calzado de Courrèges con la muda satisfacción de constatar que él se había dado cuenta. «Absolutamente inapropiadas para llevar con este tiempo —le había dicho su madre. Luego se dirigió a su padre con tristeza—. No hay modo de que le entre en la cabeza.» Vivi, que, por lo general, era acomodaticia en todo, se había mostrado extrañamente decidida en su negativa a calzarse las botas de agua. Era el primer baile al que asistía sin carabina y no iba a llegar con el aspecto de una doceañera. No había sido su única batalla, sin embargo: con aquel pelo, una elaborada confección de rizos perfectos como burbujas y recogidos en lo alto de la coronilla, no le cabía un sombrero de lana, y su madre sufrió una verdadera agonía al tener que decidir si su arduo trabajo valía tanto la pena como para correr el riesgo de que su única hija se aventurara a salir bajo las peores condiciones climáticas de invierno de que se tenía constancia con un solo pañuelo anudado a la cabeza.

—Iré bien así —mintió Vivi—. Calentita, calentita…

La chica dio gracias al cielo de que Douglas no pudiera adivinar que llevaba calzoncillos largos bajo la falda.

Llevaban casi dos horas en el tren, y una sin calefacción: el guarda les dijo que la calefacción del vagón donde viajaban había pasado a mejor vida incluso antes de aquella racha de frío. Tenían pensado viajar en el coche de la madre de Federica Marshall, pero la muchacha había sucumbido a unas anginas («que no por nada», en palabras de la madre de Vivi, «las llamaban “enfermedad del beso”»). Por esa razón, y sin ocultar su reticencia, los padres de Vivi le habían permitido ir sola en tren, advirtiéndole repetidas veces y con toda seriedad que era muy importante que Douglas «cuidara de ella». A lo largo de los años Douglas había recibido muchas veces el encargo de cuidar de Vivi; pero la perspectiva de que Vivi fuera sola a uno de los acontecimientos sociales del año parecía haberle conferido a ese gesto una importancia desmesurada.

—¿Te importa viajar conmigo, D? —preguntó Vivi con un deje de coquetería.

—No seas boba. —Douglas todavía no le había perdonado a su padre que se hubiera negado a dejarle prestado su Vauxhall Victor.

—Es que no entiendo que mis padres no me dejen viajar sola. Son tan anticuados…

«Irá muy bien con Douglas —había dicho su padre con seguridad—. Es como un hermano mayor.» Vivi, con el corazón en un puño, sabía que tenía razón.

La chica colocó uno de los pies sobre el asiento que había junto a Douglas, sin quitarse las botas. Su amigo llevaba un grueso abrigo de lana, y sus zapatos, como la mayoría del calzado masculino, mostraban un pálido cerco de nieve fangosa.

—Esta noche vendrá gente importante, según me han dicho —comentó Vivi—. Muchos no han podido conseguir invitación.

—Les podría haber regalado la mía.

—Parece ser que esa chica, Athene Forster, irá también. La que fue grosera con el duque de Edimburgo. ¿La has visto en alguno de los bailes a los que asistes?

—No.

—Me parece terrible. Mamá leyó algo sobre ella en los ecos de sociedad y empezó a decir que el dinero no compra la educación y cosas por el estilo. —Vivi se detuvo para frotarse la nariz—. La madre de Federica cree que pronto ya no habrá bailes de temporada. Dice que las chicas como Athene están acabando con eso, y que por eso la llaman la Última Debutante.

Douglas, riendo con sorna, no levantó los ojos del periódico.

—La Última Debutante. Menuda burrada. Lo que es absurdo es un baile de temporada. Lo es desde que la reina dejó de celebrar recepciones en la Corte.

—Pero sigue siendo un modo muy agradable de conocer a gente.

—Un modo muy agradable de que chicos y chicas correctos se entremezclen con el material más apto para concertar bodorrios. —Douglas cerró el periódico y lo dejó en el asiento de al lado. Se reclinó y cruzó las manos a la altura de la nuca—. Las cosas están cambiando, Vee. Dentro de diez años no habrá bailes de sociedad como estos. No existirán estos vestidos de etiqueta tan pijos.

Vivi no acababa de estar convencida pero pensó que esas palabras debían de atribuirse a la obsesión de Douglas por lo que él llamaba «la reforma social», que parecía englobar desde la educación de las clases trabajadoras de George Cadbury hasta el comunismo ruso. Vía música popular.

—Ya; y ¿qué hará la gente para conocerse?

—Serán libres para verse con quienes quieran, sea cual sea su formación. Habrá una sociedad sin división de clases.

A juzgar por su tono de voz era difícil decir si el chico pensaba que eso era algo positivo o se había pronunciado a modo de advertencia. Por consiguiente, Vivi, que muy raramente leía el periódico y confesaba no tener opinión propia al respecto, emitió un ruidito de asentimiento y volvió a mirar por la ventanilla. Deseó, una vez más, que el peinado le durara toda la noche. «No te pasará nada con el quickstep y el Gay Gordons —le había dicho su madre—, pero tendrás que procurar mostrarte más comedida con el Dashing White Sergeant.»

—Douglas, ¿me harás un favor?

—¿Cuál?

—Ya sé que en el fondo no querías venir…

—No me importa.

—Y sé que odias bailar, pero si después de unas cuantas canciones, nadie me saca, ¿me prometes un baile? No creo que pueda soportar quedarme plantada toda la noche. —Vivi alejó las manos un momento del calor relativo de los bolsillos. Un esmalte Escarcha Perlada cubría uniformemente sus uñas. Brillaba, opalescente, reverberando el velo cristalino que se formaba ya en la ventanilla del vagón—. He practicado muchísimo. No te decepcionaré.

Douglas sonreía y, a pesar del frío invasivo del vagón, Vivi notó un calorcillo interior.

—No te quedarás plantada —dijo él, colocando los pies sobre el asiento que había junto a su amiga.

—Pues claro que sí, tonto. Ya lo verás.

Framlington Hall no era una de las joyas del patrimonio arquitectónico de Inglaterra. La primera impresión de antigüedad resultaba decepcionante: cualquiera con el más mínimo conocimiento de arquitectura podía deducir con rapidez que las torrecillas góticas no encajaban a la perfección con los pilares paladianos, que las ventanas estrechas y emplomadas rozaban con mal tino el tejado a dos aguas del enorme salón de baile y que el clamoroso rojo de los ladrillos no lo había deslucido el paso del tiempo, el cual se reducía a poco menos que unas cuantas décadas. Era, en resumidas cuentas, un mestizo estructural, un híbrido de los peores anhelos nostálgicos por un tiempo pasado y mítico, cuyo sentido de la propia importancia imponía una cierta presencia en el paraje llano de los alrededores.

Los jardines, cuando no se encontraban enterrados bajo varios metros de nieve, eran de una rigidez formal; el denso césped, como el pelo de una alfombra cara, estaba primorosamente recortado y el rosal iba dispuesto no en una suave maraña de plantas silvestres, sino en rígidas hileras que conformaban unos arbustos brutalmente podados, imitando el mismo tamaño y forma. En cuanto al color, no habían elegido un rosa o un melocotón difuminado, sino un rojo sangre, meticulosamente cultivado o injertado en laboratorios de Holanda o Francia. A cada lado había hileras de leylandii de un verde uniforme, preparándose, aun en su extrema juventud, para circundar la casa y el terreno y protegerlo del mundo exterior. Como un día observó un visitante, aquello no era tanto un jardín como una especie de campo de concentración horticultural.

Por supuesto estas consideraciones no preocupaban ni lo más mínimo al flujo constante de invitados que, bolsas de viaje en mano, empezaban a llenar el gracioso caminito que se curvaba frente a la casa. Algunos eran invitados personales de los Bloomberg, los cuales habían diseñado la mansión (y a los cuales acababan de aconsejar que no compraran un título a juego), otros habían sido invitados por mediación de las amistades mejor situadas de los Bloomberg, con el permiso de los anfitriones, para crear la atmósfera adecuada. Hubo también quien simplemente se dejó caer en el lugar, esperando, con astucia, que en el orden general de las cosas unos cuantos extras con los rostros y los acentos adecuados no molestaran a nadie. Los Bloomberg, con su recién estrenada fortuna bancaria y la determinación de mantener viva la tradición de las puestas de largo para sus gemelas, tenían reputación de anfitriones generosos. Los tiempos, por otro lado, eran más tranquilos: nadie iba a despachar a los intrusos lanzándolos contra la nieve. Sobre todo cuando había un interior recién decorado del cual presumir.

Vivi pensaba en eso mientras se acomodaba en su dormitorio (toallas, artículos para el baño y secador de dos velocidades como complemento), situado a dos pasillos de distancia del de Douglas. Había sido una de las afortunadas, gracias a la relación comercial del padre de Douglas con David Bloomberg. La mayoría de las chicas se hospedaban en un hotel a unos kilómetros de distancia pero ella se quedaría en una habitación casi tres veces más grande que la suya propia, y el doble de lujosa.

Lena Bloomberg, una mujer alta y elegante que respiraba el aire hastiado de alguien que ya hace mucho que sabe que el único atractivo real de su marido es el económico, arqueó las cejas ante la bienvenida extravagante con que les recibió el señor de la casa y les dijo que había té y sopa en la salita para los que quisieran tomar algo caliente, y que si Vivi necesitaba cualquier cosa, fuera lo que fuese, no dudara en llamar (aunque no a la señora Bloomberg, se suponía). La anfitriona le dio entonces órdenes a un criado para que le indicara cuál era su habitación (los hombres ocupaban un ala separada) y Vivi, después de haber probado cada uno de los tarros de crema y olido todas las botellitas de champú, se quedó sentada durante un rato antes de cambiarse, deleitándose con aquella libertad inesperada y preguntándose qué se debía de sentir al vivir así cada día.

Mientras se embutía en el vestido (cuerpo ajustado y falda larga y lila, que le había cosido su madre a partir de un patrón de Butterick), y se cambiaba las botas por unos zapatos, podía oír un murmullo distante de voces a medida que la gente iba desfilando por su puerta, como si de las paredes emanara una atmósfera de promesas. Podía oír los sonidos discordantes de la banda ensayando en la planta baja, el paso anónimo y apresurado del servicio preparando los dormitorios y las exclamaciones de los conocidos que se saludaban en las escaleras. Vivi llevaba semanas deseando que llegara el día del baile; y ahora que finalmente era ese día, le embargaba esa misma especie de terror sordo que solía sentir cuando iba al dentista. No solo porque la única persona a la que conocía era a Douglas o porque, a pesar de haberse sentido absolutamente liberada y sofisticada en el tren, ahora se viera jovencísima, sino porque, comparada con las demás chicas, que habían llegado, resplandecientes y con piernas como palillos, con sus vestidos de noche, ella parecía de repente desarraigada y fuera de lugar, sin lograr conservar siquiera la pátina que le daban las botas nuevas. Todo porque el glamour no era algo connatural a Veronica Newton. A pesar de los accesorios femeninos de los rulos para el pelo y las prendas de corsetería, la muchacha se sentía obligada a admitir que solo llegaría a ser una chica normal y corriente. Ella era curvilínea en una época en que la belleza se medía en términos de delgadez. Tenía un saludable color rubicundo cuando debería haber sido pálida y de ojos grandes. Todavía llevaba faldas con peto y vestidos camiseros cuando la moda marcaba una modernísima figura en A. Incluso su pelo, rubio natural, era indomable, ondulado y pajizo, y se negaba a caer en rectas líneas geométricas como las que lucían las modelos de Honey o Petticoat en lugar de flotar en mechones junto a su rostro. Ese día, soldado en unos rizos artificiales, su cabello parecía rígido y rebelde en lugar de emular la creación melosa que ella había pretendido. Para acabar de complicar las cosas, sus padres, por algún atípico alarde de imaginación, la habían apodado Vivi, lo cual implicaba que la gente tendía a mostrarse decepcionada cuando la conocían, como si ese nombre sugiriera un exotismo del que ella carecía.

—No todas las muchachas han nacido para ser la bella del baile —le decía su madre con la intención de infundirle confianza—. Serás una esposa encantadora para tu marido.

«Yo no quiero ser una esposa encantadora para mi marido —pensó Vivi, observando su reflejo y sintiendo la familiar punzada de la insatisfacción—. Solo quiero convertirme en la pasión de Douglas.» Se permitió revivir por unos instantes su fantasía, tan manoseada ya como las páginas de un libro predilecto: aquella en la que Douglas, con un gesto de incredulidad ante la belleza inesperada de la chica con su vestido de baile, la llevaba en volandas a la pista y bailaba el vals hasta que ella se mareaba, con su fuerte mano colocada con firmeza en sus riñones y las mejillas tocándose… (Había que admitir que la imagen estaba terriblemente en deuda con La Cenicienta, de Walt Disney. Algo lógico, por otro lado, ya que todo solía volverse un tanto confuso después del beso.) Desde que habían llegado a la mansión ese sueño no había cesado de verse interrumpido por sucedáneos delgaditos y enigmáticos de Jean Shrimpton, que lo tentaban y miraban de alejarlo de ella con sonrisas astutas y cigarrillos Sobranie; por eso Vivi iniciaba una nueva ensoñación según la cual, al terminar la velada, Douglas la acompañaba a su enorme dormitorio, esperaba anhelante ante la puerta abierta y, finalmente, con ternura, la guiaba hasta la ventana, contemplaba su rostro iluminado por la luna y…

—¿Vee? ¿Estás visible? —Vivi se sobresaltó, culpable, mientras Douglas daba unos golpes secos contra la puerta—. He pensado que podríamos ir a picar algo abajo ahora mismo. Me he tropezado con un antiguo amigo de la escuela y me ha dicho que nos guarda un par de copas de champán. ¿Te falta mucho para terminar?

El placer de oír a Douglas llamándola luchaba por vencer a la desilusión de saber que él ya había encontrado a otra persona con quien hablar.

—Dos segunditos —le dijo, alzando la voz mientras se ponía rímel y rezaba para que esa noche fuera la ocasión en que él se viera obligado a mirarla de un modo distinto—. Ahora termino.

Le quedaba perfecto el traje de etiqueta, por supuesto. A diferencia del padre de Vivi, cuyo estómago empujaba con incomodidad el fajín como una vela hinchada por el viento, Douglas sencillamente parecía más alto y tieso, con aquellos hombros cuadrados bajo la tela oscura y recién planchada de la chaqueta, y la piel, de una viveza excitante contra el tono monocromo y liso de la camisa. Vivi pensó que quizá él ya sabía lo apuesto que se le veía; cuando se lo comentó, en son de broma, para ocultar la intensidad del deseo que le había provocado la aparición del muchacho, él se rió con brusquedad y confesó sentirse como un tonto atado de pies y manos. A continuación, azorado por haberlo olvidado, le dedicó a ella un cumplido.

—Pues tú te has arreglado a conciencia, muchachita —le dijo, rodeándola con un brazo y dándole un apretujón amigable.

No era exactamente lo que habría hecho el Príncipe Azul, pero la había tocado. Vivi todavía sentía su roce, radiactivo en su piel desnuda.

—¿Sabías que ya es oficial que estamos atrapados por la nieve?

Alexander, el pálido y pecoso amigo de la escuela de Douglas, le traía otra copa. Era su tercera copa de champán, y la parálisis que Vivi había sentido al principio, enfrentada al océano de caras glamurosas que se abría ante ella, se había evaporado.

—¿Qué?

El muchacho se inclinó hacia delante para que ella le oyera a pesar del ruido de la banda.

—La nieve. Está empezando a nevar otra vez. Parece ser que nadie va a poder salir por ese caminito de entrada hasta mañana, cuando traigan más sal. —Como la mayoría de los hombres, Alexander llevaba un chaquetón rojo («Rosa», le corrigió él) y una loción de afeitado fortísima, como si hubiera dudado a la hora de ponerse la cantidad adecuada.

—¿Dónde vas a pasar la noche? —De repente a Vivi la asaltó la visión de un millar de cuerpos acampados en la pista de baile.

—Ah, yo no tengo problema. Me hospedo en la casa, como tú. No sé qué harán los demás. Supongo que quedarse despiertos toda la noche. Alguno de esos tíos pensaba hacerlo de todos modos.

A diferencia de lo que le sucedía a Vivi, la mayoría de invitados en los que se fijó tenían todo el aspecto de querer seguir despiertos hasta la madrugada, como si eso fuera algo natural. Parecían tranquilos y seguros, nada intimidados por el magnífico entorno. Las poses y la charla sugerían que no sentían nada especial por el hecho de hallarse en aquella casa solariega, a pesar de la existencia de una flota de subalternos cuyo único deseo era servirles comida y bebidas, y de que fueran a librarse de las carabinas en una noche en la que, con toda probabilidad, chicos y chicas iban a quedarse en la misma casa. Las chicas lucían sus vestidos con gracia, con la despreocupación de aquellos para quienes los maravillosos vestidos de noche resultaban tan familiares como una gabardina.

No parecían extras de una película de Disney. Entre las tiaras y las perlas se veían ojos intensamente perfilados, cigarrillos y, de tanto en tanto, una faldita Pucci. A pesar de la elegancia incongruente de ese salón de baile que más parecía un pastel de bodas, y de los numerosos vestidos de baile y vestidos de noche girando, no tardaron mucho en persuadir a la banda para que abandonara el repertorio de bailes tradicionales y se embarcara en algo un poco más moderno: una versión instrumental de «I Wanna Hold Your Hand» se encargó de hacer saltar a las chicas a la pista de baile, quienes se pusieron a gritar y sacudir sus elaborados peinados, agitando las caderas, mientras las matronas que lo observaban todo desde los extremos no podían evitar un gesto de desaprobación perpleja y Vivi se veía obligada a aceptar, con tristeza, que era muy poco probable que bailara ese vals con Douglas.

Tampoco estaba segura de que él recordara su promesa. Desde que habían entrado en el salón de baile, parecía distraído, como si olfateara algo que ella no comprendía. De hecho, Douglas no actuaba con normalidad. Al contrario, fumaba cigarros con sus amigos e intercambiaba chistes que ella no cazaba. Además estaba bastante segura de que él no hablaba de la destrucción inminente del sistema de clases: más bien parecía identificarse con el traje de etiqueta y los chaquetones de caza de una manera inquietante. Vivi intentó hacerle algún comentario en privado en diversas ocasiones, decirle unas palabras que los retrotrajeran a sus vivencias compartidas y sirvieran para recuperar la intimidad. En un momento dado se atrevió a bromear con el hecho de que fumara un cigarro, pero él no pareció especialmente interesado en el chiste (la escuchó, como diría su madre, «como quien oye llover».) Luego, con sumo tacto, se había vuelto a incorporar a la otra conversación.

Empezaba a sentirse tonta y por eso casi se deshizo en agradecimientos cuando Alexander le prestó atención.

—¿Te apetece bailar un twist? —le preguntó, y ella tuvo que confesarle que solo había aprendido pasos de bailes de salón—. Es fácil —la conminó el chico, guiándola de la mano a la pista—. Apaga un cigarrillo con la punta del pie y frótate la espalda con una toalla. ¿Vale?

Tenía un aspecto tan cómico que Vivi se puso a reír a carcajadas y luego echó un vistazo atrás para ver si Douglas se había dado cuenta. Sin embargo, Douglas, en lo que sería una de tantas veces durante esa noche, había desaparecido.

A las ocho el maestro de ceremonias anunció que el bufet estaba preparado, y Vivi, un poco más trastornada que cuando llegó, se unió a la larga cola de gente que esperaba tomar lenguado Véronique o buey à la bourguignon, preguntándose cómo paliar su hambre canina visto que ninguna de las chicas que había junto a ella comía más que unas tiritas de zanahoria demasiado cocidas.

Casi por accidente se vio inmersa en un grupo de amigas de Alexander. El chico la presentó con un cierto deje posesivo, y Vivi se encontró incrustada contra los cuerpos de ellas, consciente de que mostraba un generoso y ruborizado escote.

—¿Has ido al local de Ronnie Scott? —le preguntó una de ellas, inclinándose tanto que Vivi tuvo que apartar el plato.

—No lo conozco. Lo siento.

—Es un club de jazz. En la calle Gerrard. Deberías pedirle a Xander que te lleve. Conoce a Stan Tracy.

—La verdad, no sé… —Vivi dio un paso atrás y se disculpó al verter una bebida ajena.

—¡Dios, qué hambre! Fui a la fiesta de los Atwood la semana pasada y lo único que sirvieron fue savarín de salmón y consomé. Tuve que pagarles a las chicas para que me dieran el de ellas. Creí que iba a desmayarme de hambre.

—No hay nada más rácano que un bufet rácano.

—Estoy totalmente de acuerdo, Xander. ¿Irás a esquiar este año?

—A Verbier. Mis padres le han alquilado la casa a Alfie Baddow. ¿Recordáis a Alfie?

—Pronto necesitaremos un buen par de esquíes para salir de esta casa.

Vivi vio que iba desplazándose hacia los extremos, esquivando diversas conversaciones que se desarrollaban junto a ella. Empezaba a sentirse desconcertada por el modo en que la mano de Xander le rozó el trasero «por accidente» en varias ocasiones.

—¿Alguien ha visto a Douglas?

—Estaba hablando con una rubia en la galería de retratos. Le he dado un susto de muerte al pasar junto a él, y bien mojadito, además. —Otro de los muchachos hizo como si se lamiera el dedo y lo metiera en la oreja del vecino.

—¿Bailamos otra vez, Vivi? —preguntó Alexander, tendiéndole la mano y obligándola a seguirlo a la pista de baile.

—Yo… Creo que no bailaré esta pieza. —Vivi se llevó la mano al pelo y advirtió, con desespero, que ya no notaba los rizos suaves y redondeados, sino que el peinado se le había desmoronado en placas tiesas.

—Pues entonces probemos en las mesas —le dijo, ofreciéndole el brazo—. Serás mi encantadora pareja.

—¿No podríamos encontrarnos allí? La verdad es que necesito… empolvarme la nariz.

Una cola de gente charlando serpenteaba junto al lavabo de la planta baja, y Vivi, de pie y sola mientras la conversación y el ruido fluía como una marea envolvente, descubrió que cuando había alcanzado el primer puesto, ya le habían venido las ganas. Se quedó muy confusa, sin embargo, cuando, de repente, con un «¡Vivi! ¡Querida! Soy Isabel. ¿No te acuerdas de Izzy? De la señora de Monfort ¡Estás estupenda!», el escaso espacio que la separaba de la puerta del lavabo aumentó de distancia.

La chica, a quien Vivi tan solo recordaba vagamente (aunque quizá se debiera a la cantidad de champán que había bebido tanto como al hecho de que, en el fondo, no la reconociera), dio una vuelta frente a ella, levantando con muy poca elegancia la larga falda rosa con una mano y plantándole un beso justo tras la oreja.

—Querida, ¿no podría pasar delante de ti? La verdad es que me estoy muriendo. Voy a mancharme toda si no… ¡Fantástico!

La puerta se abrió de golpe delante de ellas e Isabel desapareció mientras Vivi se quedaba fuera, cruzándose de piernas, con la sensación de que el malestar de la vejiga pasaba de ser una vaga punzada a convertirse en una imperiosa necesidad.

—Marrana —dijo una voz a su espalda. Vivi se ruborizó porque se sentía culpable e imaginaba que las palabras iban dirigidas a ella—. Ella y esa chica de los Forster han estado monopolizando completamente a Toby Duckworth y la Guardia Montada durante toda la noche. Margaret B-W está ofendidísima.

—Además a Athene Forster ni siquiera le gusta Toby Duckworth. Solo tontea porque sabe que tiene debilidad por ella.

—Él y la mitad de los malditos cuarteles de Kensington.

—Parece increíble que no sepan ver cómo es esa chica por dentro.

—Pues mira, de eso, seguro que entienden bastante.

Se oyó un estallido de risas a lo largo de la cola y Vivi reunió fuerzas para echar un vistazo a sus espaldas.

—Sus padres apenas le dirigen la palabra, según me han dicho.

—¿Y eso te sorprende? Está cogiendo una fama que…

—Corren rumores de que…

Las voces de detrás se convirtieron en un murmullo, y Vivi se volvió hacia la puerta para que no creyeran que estaba escuchando a hurtadillas. Intentó, sin éxito, no pensar en su vejiga; y luego procuró, todavía con más triste resultado, olvidarse de dónde podría hallarse Douglas. Le preocupaba que sacara falsas conclusiones de su relación con Alexander. Además, estaba desilusionada porque el baile resultaba mucho menos divertido de lo que esperaba. Apenas había visto a Douglas y cuando estuvo con él, le pareció que era un extraño inalcanzable que en nada se parecía al Douglas de siempre.

—¿Vas a entrar? —le preguntó la chica de atrás, señalando la puerta abierta. Isabel debía de haber salido del baño sin dirigirle la palabra. Sintiéndose contrariada y estúpida, Vivi entró en el lavabo y maldijo cuando el dobladillo de la falda se oscureció debido a aquel líquido desconocido que volvía resbaladizo el suelo de mármol.

Hizo pis, se ajustó la ropa, molesta con su pelo, se dio unos toques de polvos compactos para matizar la sudorosa pátina de la piel e intentó añadir rímel sólido a sus pestañas, ya de por sí arácnidas, con muy poca maestría. Pensó que su aspecto ya no recordaba en nada al de los cuentos de hadas. A menos que se pudiera incluir a las hermanastras de Cenicienta en la ecuación.

Los golpes impacientes que resonaban en la puerta se habían vuelto demasiado insistentes para ignorarlos; y Vivi salió al pasillo, presurosa por disculparse de su larga estancia en el baño. Sin embargo, nadie la estaba mirando.

La hilera de chicas escrutaba a lo lejos, hacia el salón de caza, donde un estruendo había cambiado la atmósfera del ambiente. Vivi tardó un par de segundos en comprender, y entonces, junto con el resto de las muchachas, siguió despacio el sonido del trajín de vajillas y de exclamaciones esporádicas, notando que el aire, de repente, se iba helando. Se oyó la llamada de un cuerno estrangulado, y Vivi pensó que la competición de cuernos de caza, de la cual le había hablado Xander, debía de haber empezado. Sin embargo, ese cuerno no sonaba con delicadeza alguna; expelía el aire a borbotones, como si alguien perdiera el resuello, o bien se riera.

Vivi se detuvo en la entrada del salón de caza, tras un grupo de hombres, y observó a su alrededor. En el extremo opuesto del enorme salón alguien había abierto el balcón que daba al césped delantero y unos copos de nieve dispersos se colaban en el interior en ángulo agudo. Se protegió del frío con los brazos, notando que se le ponía la carne de gallina. Advirtió que le había pisado el pie a alguien y se hizo a un lado, mirando con aire culpable el rostro del chico, pronta la disculpa. No obstante, aquel muchacho ni siquiera llegó a darse cuenta. Estaba mirando fijamente hacia delante, con la boca parcialmente abierta, como si, en su confusión etílica, no alcanzara a convencerse de lo que veía.

En el salón, entre la ruleta y las mesas de blackjack, había un inmenso caballo gris, con las narinas dilatadas y los ojos desorbitados, pateando nervioso hacia delante y hacia atrás, con los cascos todavía cubiertos de nieve y rodeado de un océano de rostros jocosamente atónitos. A su lomo iba la chica más pálida que Vivi hubiera visto jamás, con el vestido levantado hasta revelar unas largas piernas de alabastro y los pies calzados con unas bailarinas de lentejuelas, el pelo largo y oscuro flotando al viento y un brazo desnudo levantado para guiar al animal, sirviéndose con maestría del collar de sujeción y la cadena para sortear las mesas, mientras con el otro se llevaba a los labios un cuerno de bronce. Vivi se percató con aire ausente de que, a diferencia de las manchas que decoraban sus brazos, las extremidades de la muchacha no acusaban la más remota impresión de tener frío.

—¡Hale, hale! —Uno de los jóvenes con chaquetón rosa que estaba en la esquina soplaba su propio cuerno. Dos más se habían subido a las mesas para disfrutar del espectáculo.

—¡No me lo puedo creer!

—¡Subamos a las mesas de la ruleta! ¡Juntémoslas todas!

Vivi vio a Alexander en la esquina, riendo y alzando la copa a modo de saludo burlón. Junto a él, varias carabinas y matronas conferenciaban angustiadas, gesticulando hacia el centro del salón.

—¿Puedo ser el zorro? Dejaré que me cojáis…

—¡Qué asco! ¡Por el amor de Dios! Esa chica haría cualquier cosa para llamar la atención.

Era Athene Forster. Vivi reconoció el tono despreciativo de la joven que hacía cola para entrar en el lavabo; pero, al igual que los demás, ella también se sentía cautivada por la increíble visión que se desplegaba ante sus ojos. Athene tiró del caballo para que se detuviera y se agachó sobre el cuello del animal, suplicándoles a unos chicos en tono serio y grave:

—¿Podría alguien ir a buscarme una copa, guapísimos?

Su voz emanaba una especie de sabiduría, algo más triste y extraño de lo que jamás podría imaginarse. Un quejido de dolor que debía de ser audible incluso en los momentos más felices. Un mar de copas avanzó hacia ella, brillando bajo el resplandor de mil vatios que proyectaban las arañas de cristal. La muchacha dejó caer el cuerno, levantó la copa y vació el contenido de un solo trago para el regocijo general.

—Veamos, ¿quién de estos maravillosos hombres va a encenderme un cigarrillo? He perdido el mío al saltar el rosal.

—Athene, guapísima, ¿no te apetecería regalarnos con una representación de Lady Godiva?

Se oyó un conato de risas, que terminó en seco. La banda se quedó en silencio y Vivi miró hacia atrás, siguiendo el sonido de las exclamaciones ahogadas.

—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —Lena Bloomberg aparecía en ese preciso instante en el salón y se situaba en el centro de la estancia, con el vestido esmeralda rozando su figura enhiesta, frente al caballo, que no dejaba de dar vueltas, y con las manos, blancas por la tensión, ciñendo su cadera. Su cara se había ruborizado a consecuencia de la rabia contenida, y sus ojos resplandecían con la misma intensidad que los pedruscos esculturales que llevaba al cuello. Vivi notó un nudo en el estómago por lo que se avecinaba.

—¿Me has oído?

Athene Forster no parecía ni remotamente acobardada.

—Es un baile de caza. El viejo Forester, aquí presente, se sentía un poco abandonado.

Hubo otro conato de risas.

—¡No tienes ningún derecho…!

—Por lo que veo, él tiene más derecho que usted a estar aquí, señora Bloomberg. Su esposo me ha dicho que usted ni siquiera caza.

El hombre que había junto a Vivi lanzó un taco aprobatorio entre dientes.

La señora Bloomberg abrió la boca como si fuera a hablar, pero Athene la despachó con un gesto de la mano.

—Oh, procure que no le dé un ataque. Forester y yo pensábamos que podríamos contribuir a darle a todo esto un toque más… auténtico. —Athene se agachó para aceptar otra copa de champán y la vació con una parsimonia mortal; luego añadió, tan bajito que solo los que se encontraban más cerca de ella pudieron oírlo—: Cualidad de la que carece esta casa.

—Baja de ahí… ¡Baja inmediatamente del caballo de mi marido! ¿Cómo te atreves a abusar de nuestra hospitalidad de esta manera? —Lena Bloomberg debía de haber tenido un porte impresionante en sus buenos tiempos; la altura y el aire de autoridad que le otorgaba su inmensa fortuna sin duda le habían hecho olvidar lo que era sentirse desafiada. A pesar de no haberse movido desde que empezara a hablar, la sospecha de su furia reprimida había anulado la alegría que reinara en el salón. La gente se lanzaba miradas de angustia, preguntándose quién de las dos combatientes caería primero.

Siguió un silencio doloroso.

Parecía que iba a ser Athene. La muchacha se quedó mirando fijamente a la señora Bloomberg durante unos momentos que parecieron una eternidad, luego se echó hacia atrás y ordenó al caballo que girara despacio y se abriera paso entre las mesas, deteniéndose solo para aceptar un cigarrillo.

La voz de la mujer madura cortó el ambiente de la paralizada habitación.

—Me advirtieron que no debía invitarte, pero tus padres me aseguraron que habías madurado un poco. Es obvio que estaban completamente equivocados, y te prometo que cuando esto termine, se lo haré saber sin mostrar ninguna ambigüedad al respecto.

—Pobre Forester —canturreó Athene, tendiéndose sobre el cuello del animal—. Él, que tanto deseaba echar unas partiditas de póquer.

—Por ahora, no quiero verte en lo que queda de velada. Piensa que tienes suerte de que este tiempo no me permita echarte de aquí con un buen tirón de orejas, jovencita. —El tono glacial de la señora Bloomberg siguió a Athene mientras la muchacha se encaminaba a lomos del caballo hacia el balcón.

—Oh, no se preocupe por mí, señora Bloomberg —dijo la chica, volviendo la cabeza con una sonrisa despreocupada y encantadora—. Me han echado de sitios mucho más elegantes que este. —Entonces, azuzando al animal con sus zapatillas de lentejuelas, caballo y chica saltaron por encima de los pequeños escalones de piedra y salieron a medio galope, casi en silencio, para adentrarse en la oscuridad nevada.

Un silencio espeso como la niebla siguió a su marcha, y entonces, siguiendo las instrucciones de la rígida anfitriona, la banda atacó de nuevo con una melodía. Los invitados empezaron a exclamarse en corritos, señalando las huellas nevadas de cascos que había sobre el suelo pulimentado mientras el baile retornaba lentamente a la normalidad. El maestro de ceremonias anunció que el concurso de cuernos de caza comenzaría dentro de cinco minutos y se celebraría en el Gran Salón, y que, para los que estaban hambrientos, la cena todavía se servía en el comedor. En unos pocos minutos, lo único que quedó de la aparición de Athene fue una huella fantasmal, que caló en la imaginación de los que la habían visto (sus contornos ya difusos ante la perspectiva del próximo número de entretenimiento), y unos charcos de nieve derretida en el suelo.

Vivi seguía mirando fijamente a Douglas. De pie, junto a la inmensa chimenea, los ojos de su amigo no se habían apartado del balcón ahora ya cerrado, así como tampoco habían dejado de seguir a Athene Forster mientras la amazona cabalgaba a lomos del imponente caballo, a unos metros de él. Mientras el resto de la gente se había mostrado atónita, o bien conmocionada, y profería risitas nerviosas, en la expresión de Douglas Fairley-Hulme había algo más. Una inmovilidad embelesada. Un sentimiento que atemorizó a Vivi.

—¿Douglas? —lo llamó, dirigiéndose hacia él mientras intentaba no resbalar con el suelo mojado.

El muchacho parecía no oírla.

—¡Douglas! Prometiste que bailarías conmigo.

Su amigo tardó unos segundos en percatarse de su presencia.

—¿Qué? Ah, Vee. Sí, sí, claro. —Su mirada no cesaba de clavarse en aquellas puertas—. Yo… Es que… Necesito beber algo primero. Te traeré una copa. Ahora mismo vuelvo.

En ese momento fue cuando Vivi, y de eso se dio cuenta más tarde, se vio obligada a admitir que esa noche no iba a concluir con un final digno de cuento de hadas. Douglas no volvió con las bebidas, y ella se quedó junto a la chimenea durante casi cuarenta minutos, con una sonrisa vaga y frágil dibujada en el rostro, intentando parecer resuelta, procurando no parecer una chica a quien han dado un plantón de padre y muy señor mío. Al principio no quiso moverse porque había tantísima gente, y la casa era tan grande, que no estaba segura de que Douglas fuera capaz de volver a encontrarla, en el caso de que el chico se acordara de que le aguardaban. Sin embargo, cuando ella comprendió que el grupo que se había reunido junto a los adornos florales se estaba dando cuenta de su solitaria espera y el mismo camarero había pasado tres veces, dos para ofrecerle bebidas y la tercera para preguntarle si todo estaba bien, aceptó la segunda oferta de Alexander para bailar.

A medianoche propusieron un brindis y un juego extraño y oficioso que consistía en que un joven se ataba una cola de zorro a la chaqueta y salía disparado por toda la casa, perseguido con encono por varios de sus amigos, con chaquetones rosados y cuernos de caza. Uno de ellos resbaló y cayó estrepitosamente contra el suelo encerado, hasta el punto de que el golpe lo dejó inconsciente, junto a la escalera principal. Sin embargo, otro de sus compañeros le vertió el contenido de una copa del estribo en la boca, y el muchacho volvió en sí, escupiendo y dando arcadas, se incorporó y siguió con la persecución como si nada hubiera ocurrido. A la una en punto Vivi, que estaba deseando regresar a su dormitorio, le dijo a Alexander que lo acompañaría a la mesa de blackjack, donde, de un modo inesperado, el chico ganó siete puntos. En un arranque de exaltación, Alexander le ofreció todas las ganancias. El modo en que habló de ella diciendo que era su «encantadora pareja» le hizo sentir una vaga repugnancia; eso y la cantidad de champán que había bebido. A la una y media vio a la señora Bloomberg manteniendo una charla muy animada con su marido en lo que parecía ser su despacho privado. Eran también visibles un par de piernas femeninas postradas, con unas medias ostra brillante. Vivi las reconoció como pertenecientes a una pelirroja que había visto antes vomitando por una ventana.

A las dos en punto, mientras un reloj de campanario invisible confirmaba la hora, Vivi se vio obligada a reconocer que Douglas no iba a mantener su promesa, que ella no terminaría rodeada con cariño entre sus brazos y que no habría ningún ansiadísimo beso al final de la velada. Mezclada entre el caos general, con las jóvenes chillando, el rostro ruborizado y corrido el maquillaje a aquellas altas horas de la madrugada, los chicos borrachos y despatarrados por los sofás o, en algún caso, armando camorra chapuceramente, lo único que Vivi deseaba era estar sola en su dormitorio y llorar sin preocuparse de lo que pensaran los demás.

—Xander, creo que me voy a mi cuarto.

El joven le rodeaba el talle con la mano, con naturalidad, mientras hablaba con uno de sus amigos. Al oírla, se volvió sorprendido.

—¿Cómo?

—La verdad es que estoy muy cansada. Espero que no te importe. Lo he pasado estupendamente. Muchísimas gracias.

—Pero ahora no puedes irte a la cama… —protestó Alexander, echándose hacia atrás con aire melodramático—. La fiesta acaba de empezar.

Vivi observó que el muchacho tenía las orejas escarlata y los párpados medio cerrados.

—Lo siento. Has sido de lo más amable. Si tropiezas con él, ¿te importaría decirle a Douglas que… que me retiro a mi dormitorio?

Una voz surgida de las espaldas de Alexander les espetó:

—¿Douglas? No creo que a Douglas le apetezca mucho que lo molesten.

Algunos de los hombres intercambiaron miradas de inteligencia y dejaron escapar una risotada breve. Algo en su expresión le quitó las ganas a Vivi de seguir preguntando; o bien quizá se debía al hecho de que, como llevaba sintiéndose la primita ingenua y ramplona durante toda la noche, no tenía ninguna intención de reforzar esa imagen de sí misma. Salió, por consiguiente, de la sala de juegos, con los brazos cruzados y con semblante desgraciado, sin importarle ya el aspecto que ofrecía ante los demás. A fin de cuentas, la gente con quien se iba cruzando al paso estaba demasiado borracha para prestarle atención. La banda se tomaba un descanso, sentada y comiendo una bandeja de canapés, con los instrumentos reclinados contra las sillas, mientras Dusty Springfield cantaba por los altavoces, una melodía melancólica que le obligó a reprimir el llanto.

—Vivi, no puedes subir todavía. —Alexander se había colocado tras de ella. La detuvo con una mano en el hombro y le obligó a girarse. El ángulo que la cabeza del chico trazaba con el cuello le dio a entender clarísimamente lo mucho que el joven había bebido.

—Lo siento muchísimo, Alexander. Para ser sincera, debo decirte que me lo he pasado de perlas, pero estoy cansada.

—Ven… Ven a comer algo. No tardarán en preparar kedgeree para desayunar en el comedor —replicó Alexander, cogiéndola por el brazo, con mayor insistencia de la que ella toleraría—. ¿Sabes? Estás preciosa con este… con el vestido. —Fijaba los ojos en sus carnes, y el alcohol había anulado cualquier indicio de reparo en su mirada—. Muy bella. —Por si la chica no lo hubiera entendido, repitió sus palabras—: Muy, muy bella.

Vivi se quedó en pie, angustiada por la indecisión. Darse la vuelta y alejarse de él con brusquedad sería el colmo de la mala educación, teniendo en cuenta que el joven se había esforzado tanto para entretenerla. Sin embargo, el modo en que le miraba el pecho le hacía sentirse incómoda.

—Xander, podríamos quedar para desayunar.

El chico pareció no oírla.

—El problema de las flacuchas… —decía, mirándole directamente a los pechos— …y hay tantas condenadas flacuchas en la actualidad…

—Xander, ¿qué dices?

—… es que no tienen pechos. No se puede decir que tengan un buen pecho —sentenció Alexander, acercando una mano con vacilación que no pretendía asir la de ella precisamente.

—¡Oh, pero serás…! —La educación de Vivi la dejó sin saber cómo reaccionar. Giró en redondo y se marchó apresuradamente de la sala, con una mano situada en el pecho con gesto protector y haciendo caso omiso de los ruegos desganados que oía a sus espaldas.

Tenía que encontrar a Douglas. No sería capaz de dormir hasta que lo encontrara. Necesitaba convencerse de que, por muy inalcanzable que se hubiera mostrado esa noche, una vez que se hubieran marchado de ese lugar, él volvería a ser su Douglas de siempre: el amable y serio Douglas que había arreglado los pinchazos de su primera bicicleta y que, en palabras de su padre, era «un joven muy decente», que la había llevado a ver Tom Jones al cine un par de veces, aunque no se hubieran sentado ni por asomo en la última fila. Deseaba decirle lo horriblemente mal que se comportaban los Xander (y albergaba la secreta esperanza, que empezaba ya a fructificar, de que ese comportamiento ruin significara para él la chispa que le hiciera percatarse de la naturaleza de sus verdaderos sentimientos).

Era más fácil buscar a esas horas, puesto que la multitud se había dispersado y trocado en grupitos reducidos por lo general, sedentarios, corrillos de invitados que se volvían menos amorfos y se consolidaban en hastiados apartes. Los invitados de mayor edad se habían marchado a sus dormitorios, lanzando una ofensiva de protestas que coleaba tras ellos como una estela, y en el exterior se oía por lo menos un tractor que intentaba abrir un sendero hacia la casa. Douglas no estaba en la sala de juegos, el salón de baile principal, el pasillo adyacente, bajo la magnífica escalinata o bebiendo con los chaquetones rosas en el bar Reynard. Nadie se percataba de su presencia, dado que la hora tardía y el consumo de alcohol la habían vuelto invisible. No obstante, también él parecía haberse vuelto invisible; Vivi se había cuestionado varias veces, en su estado de agotamiento, si, al expresar el disgusto que sentía ante esos eventos clasistas y pomposos, no habría terminado marchándose a hurtadillas a casa. La muchacha sollozó, sintiéndose desgraciada, dándose cuenta de que no le había preguntado en ningún momento dónde se encontraba su dormitorio. Había estado tan inmersa en sus propias fantasías, ante la perspectiva de que él la acompañara a su dormitorio, que en ningún momento se le había ocurrido pensar que a lo mejor podría necesitar saber dónde dormiría él. «Lo encontraré —decidió finalmente—. Encontraré a la señora Bloomberg y ella me lo dirá; si no, iré a la otra ala y llamaré puerta por puerta hasta que alguien me diga dónde puedo encontrarlo.»

Pasó junto a la escalera principal, sorteando las parejas sentadas y apoyadas contra los barrotes, escuchando el sonido distante de las chicas que gritaban cuando la banda volvía a arremeter animosamente. Sintiéndose agotada, Vivi pasó ante la hilera de retratos ancestrales, de unas tonalidades que el tiempo no había envejecido y unos marcos dorados sospechosamente brillantes. A sus pies la moqueta roja de pelo largo mostraba marcas de cigarrillos apagados con displicencia y alguna que otra servilleta perdida. En el exterior de la cocina, desde donde ahora emanaba un aroma a pan tierno, se encontró con Isabel, quien reía desencajada, reclinándose en el hombro de un joven atento. No pareció reconocer a Vivi.

A unos metros terminaba el pasillo. Vivi echó un vistazo hacia una pesada puerta de roble, se dio la vuelta, comprobó que nadie pudiera verla y dejó escapar un enorme bostezo. Se agachó para quitarse los zapatos, varias horas después de que hubieran empezado a apretarle. Ya se los volvería a poner cuando encontrara a su amigo.

Fue al levantar la cabeza cuando lo oyó: un sonido como de escarceo, un gruñido extraño, como si alguien hubiera caído borracho y otro intentara ponerlo en pie. Se quedó contemplando fijamente la puerta de donde provenía el ruido y vio que estaba entornada, mientras una rendija de brisa ártica se colaba por el fondo del pasillo. Vivi, descalza, se acercó con sigilo, protegiéndose con el brazo del frío ambiente, sin saber por qué no alzaba la voz para preguntar si esa gente se encontraba bien. Se detuvo, abrió la puerta, en silencio, y atisbó a su alrededor sin moverse de uno de los extremos de la estancia.

Al principio pensó que la mujer debía de haber caído, porque él parecía estar cogiéndola, intentando que ella se enderezara contra la pared. Vivi se preguntó si no debería ofrecerles su ayuda, pero entonces, con los sentidos embotados por el cansancio, o por la impresión, fue entendiendo a fogonazos rápidos y sucesivos que los sonidos rítmicos que había oído procedían de esas personas; que las largas y pálidas piernas de la mujer no estaban inertes, como las extremidades inútiles de los borrachos, sino que se envolvían sinuosas alrededor del hombre, como una especie de serpiente. A medida que los ojos de Vivi se ajustaban a la oscuridad, y a la distancia, reconoció, con un sobresalto, el largo y oscuro pelo de la mujer, cayéndole de un modo caótico por el rostro, y una sola bailarina de lentejuelas, sobre la cual se habían posado unos copos sueltos de nieve.

Vivi sintió repulsión a la par que se quedó paralizada, contemplando durante unos segundos antes de comprender con un rubor avergonzado lo que había estado presenciando. Se quedó de pie, pegada la espalda a la puerta entreabierta, y ese sonido resonando de un modo grotesco en sus oídos, contrastando con los latidos de su corazón.

Su intención fue moverse pero, cuanto más rato permanecía en ese lugar, más paralizada se quedaba, pegada a la superficie rugosa de la puerta, a pesar de que sus brazos se le veteaban con el aire nocturno y los dientes le castañeteaban. En lugar de escapar, Vivi se recostó contra la frialdad de la puerta de roble y notó que las piernas le desaparecían: había comprendido que aunque esas tonalidades jamás las hubiera oído con anterioridad, la voz del hombre no le resultaba desconocida; que la nuca de ese hombre, las orejas teñidas de rubor, el borde afilado donde el pelo iba a reunirse con el cuello de la camisa le resultaban conocidos: tanto como lo fueran doce años antes, cuando se enamoró por primera vez de ellos.