Agradecimientos

Cualquiera que conozca mínimamente las investigaciones académicas sobre la Mafia siciliana realizadas más o menos en los últimos quince años, reconocerá en estas páginas la gran deuda que he contraído con los más destacados expertos italianos en este ámbito. Espero que comprendan que si he decidido no mencionarles en el texto, ha sido solo para evitar sobrecargar al lector no italiano con más nombres de los estrictamente necesarios para narrar la historia. Lo que primero despertó en mí la ambición de escribir el presente volumen fue el deseo de reproducir la emoción intelectual que yo mismo había sentido al leer las obras de Alessandra Dino, Giovanna Fiume, Diego Gambetta, Rosario Mangiameli, Francesco Renda, Paolo Pezzino, Umberto Santino y especialmente Salvatore Lupo, cuya Storia della mafia representa en muchos aspectos la inspiración más importante de lo que he escrito aquí. También me he beneficiado sobremanera de la posibilidad de haber podido discutir este proyecto personalmente en varias ocasiones con Salvatore Lupo y Giovanna Fiume. Tengo la ilusionada esperanza de que juzguen que los resultados de mi trabajo merecen la pena.

Reunirme con los jueces antimafia Antonio Ingroia, Guido Lo Forte, Gaetano Paci y Roberto Scarpinato ha dejado una impresión en mí y en el libro muchísimo mayor de lo que se manifiesta explícitamente en el texto. Francesco Petruzzella y Margherita Pellerano, del Palacio de Justicia de Palermo, se mostraron indefectiblemente considerados cuando les pedí ayuda.

Nino Blando merece mi especial gratitud, ya que me proporcionó excelente compañía, ideas fundamentales y una guía indispensable en el recorrido sobre el terreno que hicimos en enero de 2003. También debo dar las gracias a los padres de Nino por una maravillosa jornada en Gangi, a Ina y Tullio por la acogida que me dispensaron en Brancaccio, y a Pippo Cipriani por disponer de una parte de su tiempo mucho mayor de la que yo tenía derecho a esperar en Corleone, donde Rosanna Rizzo también tuvo la amabilidad de compartir conmigo el fruto de sus investigaciones y de su experiencia. Y sencillamente no habría sido posible escribir este libro sin la hospitalidad de varios otros amigos en Italia: Marina y Lorenzo en Milán; Hugo, Stefania y Savina en Roma, e Igor y Alessandro en Palermo. Debo asimismo mi agradecimiento a Nick Dines y Antonio Orlando por su ayuda de última hora con algunas ilustraciones, así como a Alessandro Fucarini, de la agencia Labruzzo, cuyas soberbias fotografías merecen una exposición de mucha mayor envergadura.

Muchos de mis amigos leyeron partes del libro en diferentes etapas, y al hacerlo me ayudaron a emprender un difícil viaje tratando de alejarme de las convenciones de los trabajos académicos para acercarme a un estilo más legible. Los aquí mencionados ya no necesitarán jamás demostrar su paciencia de ninguna otra manera: Prue, Lucy, Clara, Rob, Rebecca, Doug, Emma, Nick, Sham, Claire, Dad, Sarah M., Dave, Jackie, Tommo, Jay, Claire H., Sam, Andrew H., Caz, Cat, tío John, Andy, Sarah, Charles, Irina, Rosie, Rosa y Naomi. Tanto con Radoyka Miljevic como con Robert Gordon tengo una deuda especial por haber tenido que leer un borrador definitivo completo con muy poca antelación. Sarah Penny examinó las pruebas con ojo astuto. Asimismo tuve la suerte de poder contar con la pericia de Mark Donovan, Christopher Duggan, Lucy Riall, Melvyn Stokes y Michael Woodiwiss. Gaia Servadio, Pino Adriano y David Critchley también me proporcionaron información valiosa.

Ombretta Ingrascì realizó un fantástico trabajo localizando las ilustraciones. Su consejo y sus críticas durante el proceso de redacción también han resultado inestimables. Recomiendo al lector que esté atento a la aparición de su fascinante trabajo sobre las mujeres y la Mafia.

Desde que me senté por primera vez a trabajar en esta obra he mantenido conversaciones casi constantes con John Foot. Cualesquiera que sean sus defectos, el libro es mucho mejor de lo que habría sido sin su contribución y su apoyo.

El departamento de italiano del University College de Londres y el consejo de redacción de Modern Italy merecen también mi gratitud por haberme permitido disponer de tiempo para escribir. El personal amable y profesional del Departamento de Humanidades 2 de la British Library merece un gran aumento de sueldo.

Ha sido un verdadero placer trabajar con mis editores en Hodder: Roland Philipps, Helen Garnons-Williams y Rupert Lancaster. Helen merece un especial agradecimiento por algunas perspicaces intervenciones en una fase crucial del desarrollo de la obra. Todos los miembros del equipo de Hodder han sido un modelo de agradable profesionalidad. Catherine Clarke, mi alquímica agente de Felicity Bryan, me ha ayudado a hacer que todo el proceso resulte divertido.

Todas las traducciones son mías a menos que se afirme otra cosa.

Va por Oscar y Beth.

Se han hecho todos los esfuerzos razonables para mencionar la propiedad del material protegido por derechos de autor incluido en el presente volumen. Cualquier error que se haya podido producir es involuntario y se corregirá en posteriores ediciones si se notifica de él al autor.

Quisiera dar las gracias a las siguientes personas e instituciones por autorizarme a reproducir fragmentos de diversas obras publicadas: Rubbettino Editore, por Commissione parlamentare d’inchiesta sul fenomeno della mafia e sulle altre associazioni criminali similari, Mafia, politica, pentiti; Enrico Deaglio, por la entrevista con Andrea Camilleri en Diario; R.C.S. Libri S.p.A., por Giovanni Falcone y Marcelle Padovani, Cose di Cosa Nostra, y por Saverio Lodato, Venti anni di Mafia; Tullio Pironti Editore S.r.l., por Lucio Galluzzo, Franco Nicastro y Vincenzo Vasile, Obiettivo Falcone; Edizioni La Zisa S.r.l., por Alessandra Dino, Mutazioni. Etnografia del mondo di Cosa Nostra, y por Dino Paternostro, L’antimafia sconosciuta. Corleone 1893-1993; finalmente, Editori Ruiniti, por Corrado Stajano, Mafia. L’atto d’accusa dei giudici di Palermo.

Nota del autor

Nota del autor

Como enseguida se pondrá de manifiesto, es inevitable que estas páginas aludan a graves acusaciones relacionadas con ciertos individuos. Por consiguiente, es fundamental que nadie lea el libro sin tener en cuenta las consideraciones siguientes.

Las familias de la Mafia y las familias de sangre son entidades distintas. El hecho de que uno o varios miembros de cualquier familia de sangre mencionada en este libro se hayan iniciado en la Mafia no implica de ningún modo que sus parientes por nacimiento o por matrimonio estén también afiliados a dicha organización, trabajen en favor de sus intereses o sepan siquiera que sus parientes están o han estado afiliados. De hecho, dado que la Cosa Nostra es una organización secreta, una de sus normas es la de que sus miembros no deben contarles a sus parientes consanguíneos nada sobre los asuntos que se traen entre manos. Por la misma razón, tampoco debe inferirse a fortiori que cualesquiera descendientes de personas actualmente fallecidas sobre las que en este libro se plantean sospechas de complicidad con la Mafia sean de forma alguna cómplices ellos mismos.

A lo largo de toda su historia, tanto la Mafia siciliana como la estadounidense han establecido relaciones con determinadas personas concretas, hombres de negocios, políticos y miembros de organizaciones sindicales. Igualmente, la Mafia siciliana y la estadounidense han establecido relaciones con empresas, sindicatos, partidos políticos o distintos grupos dentro de dichos partidos. Las evidencias históricas de las que disponemos sugieren firmemente que una de las principales características de dichas relaciones es su diversidad. Por ejemplo, en los casos en que se paga a la Mafia dinero a cambio de protección, las organizaciones e individuos involucrados pueden ser víctimas de extorsión completamente inocentes, o bien colaboradores conscientes con el crimen organizado. Los comentarios sobre tales organizaciones e individuos realizados en este libro no pretenden en modo alguno prejuzgar la naturaleza específica de ningún caso concreto en este sentido. Tampoco debe inferirse que las organizaciones e individuos que en un momento dado han tenido una relación con la Mafia sigan teniéndola en la actualidad. Por otra parte, lo escrito en estas páginas tampoco debe llevar a ninguna conclusión sobre organizaciones o individuos cuyos nombres, por mera coincidencia, resulten ser iguales a los mencionados aquí.

Este libro, como muchos otros estudios sobre la Mafia, identifica una pauta histórica generalizada según la cual los miembros de la Mafia han tendido a escapar a la justicia con mayor frecuencia de la que cabría esperar. Dentro de esta pauta general, los distintos casos individuales presentan características muy diversas, y de ningún modo existen siempre fundamentos que permitan sospechar un comportamiento delictivo o incompetente por parte de los miembros de las fuerzas del orden, la judicatura, los testigos o los jurados. En consecuencia, no debe inferirse tal comportamiento delictivo o incompetente a menos que se afirme de manera explícita.

A lo largo de la historia muchas personas han negado la existencia de la Mafia o han tratado de minimizar su influencia. Muchísimas de ellas hablaban y actuaban totalmente de buena fe. Del mismo modo, son muchas las personas que han expresado dudas sinceras, razonables y a veces completamente justificadas sobre la fiabilidad de las evidencias proporcionadas por determinados pentiti («arrepentidos») concretos de la Mafia, o por todos los pentiti en general. Salvo que se afirme explícitamente lo contrario en estas páginas, no debe inferirse en absoluto la complicidad de una persona con la Mafia basándose meramente en el hecho de que se sepa que niega o minimiza la existencia de la organización o expresa dudas como las mencionadas sobre los pentiti.

En los casos, como los citados en estas páginas, en que los miembros de la Mafia se han reunido en hoteles, restaurantes, tiendas u otros lugares públicos, no debe concluirse en absoluto que los propietarios, la dirección o el personal de los establecimientos mencionados sean en modo alguno cómplices de la Mafia, o conscientes de la reunión, del carácter criminal de los participantes en ella o de la naturaleza delictiva de los negocios allí tratados.

Por razones prácticas no ha sido posible entrevistar a todas las personas que todavía viven y cuyas palabras se citan aquí reproduciéndolas de diversas fuentes escritas tales como entrevistas publicadas en libros y periódicos. En cada uno de estos casos el autor ha dado por supuesto que los textos publicados en tales libros y periódicos se habían transcrito con exactitud y buena fe.

* * *

El 11 de abril de 2006, justo cuando entraba en la imprenta la edición española de este libro, Bernardo «el Tractor» Provenzano, el capo di tutti i capi, caía finalmente en manos de la policía en las afueras de Corleone, su localidad natal, tras más de cuarenta años huido de la justicia. Unas diez semanas después, el 20 de junio, Piero Grasso, fiscal general antimafia, anunciaba la detención de cincuenta y dos personas y el descabezamiento de trece familias mafiosas. Que esto abra un capítulo totalmente nuevo en la larga y sangrienta historia de Cosa Nostra o que solo suponga otro obstáculo que podrá superar es una cuestión que está por ver.

Prólogo

Prólogo

Dos historias, dos días de mayo, separadas por un siglo de distancia. Cada una de ellas —la primera, una ficción melodramática; la segunda, una trágica realidad— revela algo importante sobre la Mafia siciliana, y acerca de por qué ahora puede escribirse por fin la historia de la Mafia.

La primera historia se presentó al mundo en el Teatro Costanzi de Roma el 17 de mayo de 1890, en lo que muchas personas consideran el estreno operístico de mayor éxito de todos los tiempos. La Cavalleria rusticana («Caballerosidad rústica») de Pietro Mascagni ponía una resonante melodía al servicio de una sencilla historia de celos, honor y venganza entre los campesinos de Sicilia. Fue recibida con desbordante entusiasmo; hubo treinta llamadas a escena, la reina de Italia estuvo presente y al parecer aplaudió durante toda la velada. La Cavalleria se convirtió rápidamente en un éxito internacional. Unos meses después de aquella noche en Roma, Mascagni escribía a un amigo diciéndole que su ópera en un acto le había hecho, a sus veintiséis años, rico para toda la vida.

Todo el mundo conoce al menos algún fragmento de la música de la Cavalleria rusticana, y todos identificamos su relación con Sicilia. Su intermezzo constituye la banda sonora de la famosa cabecera a cámara lenta de Toro salvaje, la disección realizada por Martin Scorsese del machismo, el orgullo y los celos del mundo italoamericano. La ópera también hace acto de presencia en el filme de Francis Ford Coppola El padrino, parte III. En su escena culminante, un asesino de la Mafia disfrazado de sacerdote acecha furtivamente a su víctima en el suntuoso Teatro Massimo de Palermo mientras la Cavalleria se representa en escena. El hijo de don Michael Corleone actúa como tenor en el papel de Turiddu. Al final de la película, el intermezzo reaparece de nuevo acompañando la solitaria muerte del anciano padrino interpretado por Al Pacino.

Pero lo que no resulta tan conocido de la Cavalleria es que su historia constituye la forma más pura y anodina de un mito sobre Sicilia y la Mafia, un mito que durante casi un siglo y medio fue algo así como la ideología oficial de la Mafia siciliana. Se creía que la Mafia no era una organización, sino un desafiante sentimiento de orgullo y honor, profundamente arraigado en la identidad de todo siciliano. La noción de la «caballerosidad rústica» se oponía firmemente a la idea de que la Mafia pudiera tener una historia digna de tal nombre. Hoy resulta imposible contar la historia de la Mafia sin reconocer el poder de ese mismo mito.

La segunda historia nos lleva a una colina situada junto a la carretera que conduce a Palermo desde el aeropuerto de la ciudad. Son casi las seis de la tarde del 23 de mayo de 1992, y Giovanni Brusca, un barbudo hombre de honor joven, bajo y fornido, vigila un corto tramo de autopista situado justo antes del desvío que lleva a la pequeña población de Capaci. En ese punto, sus hombres, utilizando un monopatín, han llenado una tubería de desagüe con trece pequeños barriles cargados con casi cuatrocientos kilos de explosivos.

Unos metros detrás de Brusca, otro mafioso de más edad fuma y habla por su teléfono móvil. De repente se calla y se inclina hacia delante para observar la carretera por un telescopio instalado sobre un taburete. Al ver un convoy de tres automóviles acercarse al punto en cuestión, susurra «Vai!» («¡Adelante!»). Pero no ocurre nada. «Vai!», insta de nuevo.

Brusca ha notado que el convoy viaja más despacio de lo esperado. Aguarda durante unos segundos que parecen interminables, permitiendo incluso que los automóviles dejen atrás una vieja nevera que él había puesto en la cuneta como señal. Solo cuando oye tras él un tercer «Vai!», casi aterrorizado, acciona el interruptor.

Se produce una profunda y rápida sucesión de detonaciones. Una explosión colosal revienta el asfalto, lanzando por los aires al primer automóvil, que aterriza a sesenta o setenta metros de distancia, en un olivar. El segundo automóvil es un Fiat Croma blindado de color blanco; el motor explota, y el vehículo, destrozado, se hunde en el profundo cráter. El tercero sufre daños, pero se mantiene de una pieza.

Las víctimas de la explosión eran el juez Giovanni Falcone —célebre por su labor de investigación antimafia— y su esposa (en el Fiat Croma blanco), junto a tres miembros de su escolta (en el primer automóvil). Al asesinar a Falcone, la Mafia siciliana se libraba de su enemigo más peligroso, auténtico símbolo de la lucha contra la organización.

La bomba de Capaci llevó a Italia a un punto muerto. La mayoría de los italianos recuerdan exactamente dónde estaban cuando oyeron la noticia, e inmediatamente después de saberse varios personajes públicos declararon que sentían vergüenza de ser italianos. Para algunos la tragedia de Capaci constituyó la suprema demostración de la arrogancia y el poder de la Mafia. Pero el atentado marcó también la muerte del mito cristalizado en la Cavalleria rusticana: la ideología oficial de la Mafia estaba ahora en bancarrota. No es casualidad que la primera historia creíble de la Mafia escrita en italiano se publicara solo después de Capaci.

El pequeño relato sobre un triángulo amoroso que configura la Cavalleria rusticana alcanza su punto culminante en la plaza de un pueblo siciliano cuando el curtido carretero Alfio rechaza la bebida que le ofrece el joven soldado Turiddu. No se formula ninguna acusación explícita, pero los dos hombres saben que ese pequeño desaire tendrá consecuencias mortales, puesto que a Alfio le han dicho que Turiddu alberga intenciones deshonestas con respecto a su esposa. En ese breve encuentro está comprimido todo un sistema de valores primitivo. Ambos hombres saben que se ha ofendido su honor, que tienen derecho a la vendetta y que un duelo es la única manera de saldar la deuda. Como dicta la costumbre, los dos se abrazan y Turiddu aprieta la oreja derecha de Alfio entre sus dientes como señal de que ha aceptado el desafío. Con lágrimas en los ojos, Turiddu le da un beso de despedida a su madre y abandona la escena para ir al encuentro de Alfio en un huerto cercano. Luego se escucha a lo lejos el grito de una mujer: «¡Han matado a Turiddu!». Y cae el telón entre los consternados lamentos de los campesinos.

Mascagni, que era de la Toscana, todavía no había estado nunca en Sicilia cuando puso música a la historia de la Cavalleria. En los ensayos, el tenor cambió el texto de su aria inicial porque los libretistas, ambos de la aldea natal de Mascagni, no habían logrado hacer que sonara lo bastante siciliano. Pero eso importaba poco. En 1890 Sicilia —o al menos cierta imagen de ella— estaba de moda. Lo que el público del Teatro Costanzi esperaba —y lo que se le dio— era la pintoresca isla exactamente tal como se la presentaban las revistas ilustradas: una tierra exótica de sol y pasión, habitada por amenazadores campesinos de tez oscura.

En 1890 la Mafia era ya una sofisticada organización criminal con poderosas conexiones políticas y alcance internacional. En la capital siciliana, Palermo, los políticos locales participaban en fraudes bancarios y bursátiles, además de robar los fondos asignados al gobierno municipal; entre ellos había mafiosos. Pero la imagen predominante de la Mafia era muy distinta. El público de Mascagni veía a Turiddu, y especialmente al carretero Alfio —pese a todo el patetismo rural del relato—, no solo como dos sicilianos típicos, sino también como dos típicos mafiosos, ya que en general se consideraba que el término mafia no hacía referencia a una organización, sino a la mezcla de pasión violenta y orgullo «árabe» que supuestamente dictaba el comportamiento de los sicilianos. Para muchos, mafia aludía a una primitiva concepción del honor, a un rudimentario código de caballerosidad al que obedecían los atrasados habitantes del campo siciliano.

Pero no se trataba únicamente de un malentendido propagado por los arrogantes italianos del norte. Siete años después del asombroso éxito de la ópera de Mascagni, un precoz sociólogo siciliano, Alfredo Niceforo, escribía L’Italia barbara contemporanea, un estudio de las «atrasadas razas» del sur de Italia. Niceforo daba un matiz peyorativo a algunos lugares comunes sobre la mente siciliana característicos del más puro estilo de la Cavalleria: «el hombre siciliano ... lleva eternamente en su sangre la rebelión y la pasión ilimitada de su propio ego; en una palabra, al mafioso». Niceforo, la Cavalleria rusticana y una gran parte de la cultura italiana de la época confunden sistemáticamente a los sicilianos con la Mafia. Desde entonces, varias generaciones de observadores, sean sicilianos, italianos o extranjeros, han cometido el mismo error, difuminando cualquier distinción clara entre la Mafia y lo que un escritor y viajero inglés de la década de 1960 denominara la «mentalidad primaria» del «inconsciente siciliano».

La cultura siciliana se confundió durante demasiado tiempo con la mafiosità («mafiosidad») y esa confusión sirvió a los intereses del crimen organizado. No hace falta decir que resultó de gran ayuda para la organización ilegal conocida como la Mafia que la gente creyera que no existía. «No hay ninguna sociedad criminal secreta —se razonaba—; esa no es más que una teoría de conspiración soñada por gente que no entiende el modo de pensar de los sicilianos.» Innumerables escritores han retomado el mismo argumento erróneo: que varios siglos de invasiones habían hecho que los sicilianos recelaran de los forasteros y, en consecuencia, prefirieran resolver sus disputas entre ellos antes de involucrar a la policía o a los tribunales.

El hecho de difuminar la distinción entre la Mafia y los sicilianos también podía hacer que las acciones legales contra la organización parecieran inútiles. Si la culpa era de la supuestamente primitiva mentalidad siciliana, ¿cómo podía perseguirse judicialmente a la Mafia sin sentar en el banquillo a la isla entera? Como dice el refrán italiano: Tutti colpevoli, nessuno colpevole; si todo el mundo es culpable, entonces nadie lo es.

Durante un siglo y medio la Mafia tuvo un gran éxito a la hora de vender toda esta serie de falsedades, cuyo efecto más insidioso era simplemente crear confusión y sembrar la duda. Como resultado, la existencia de la Mafia siguió sin ser nada más que una sospecha, una teoría, un punto de vista; lo cual se dio hasta una fecha sorprendentemente reciente. Y la idea de escribir una historia de la «mentalidad mafiosa» a menudo parecía vana, apenas más útil que escribir una historia de la elegancia gala o de la flema británica.

Debemos a Falcone y sus colegas que hoy el mito de la «caballerosidad rústica» por fin se haya disipado. La historia de la bomba de Capaci empezó a principios de la década de 1980, cuando en casi dos años murieron asesinadas nada menos que mil personas: hombres de honor, parientes y amigos, policías y transeúntes inocentes. Se les tiroteó en la calle o se les llevó a escondites secretos para estrangularles; sus cuerpos se disolvieron en ácido, se enterraron en hormigón, se tiraron al mar o se cortaron en pedazos y se echaron a los cerdos. Fue el conflicto mafioso más sangriento de la historia, pero no era una guerra, era una campaña de exterminio. Los responsables fueron una alianza de mafiosos agrupados en torno a los líderes de la Mafia de Corleone, que utilizaron a escuadrones de la muerte clandestinos para dar caza a sus enemigos y establecer un poder poco menos que dictatorial en toda la Mafia siciliana.

Entre las víctimas de la matanza estaban dos hijos, un hermano, un sobrino, un cuñado y un yerno de un hombre de honor muy bien relacionado, Tommaso Buscetta. Los periódicos le calificaban de «capo de dos mundos» debido a que tenía intereses en ambos lados del Atlántico. Cuando los corleonesi lanzaron su ataque, ninguno de sus mundos siguió siendo ya seguro para él. Buscetta fue detenido en Brasil. Tras ser extraditado a Italia, intentó suicidarse ingiriendo la estricnina que siempre llevaba consigo. Pero sencillamente sobrevivió. Después de recuperarse, Buscetta decidió que iba a contar todo lo que sabía de la organización secreta en la que se había iniciado cuando tan solo contaba con diecisiete años. Y era con Giovanni Falcone, y solo con él, con quien quería hablar.

Falcone era el brillante hijo de una familia de clase media de la entonces decadente área de la Kalsa, en la zona central de Palermo. En una ocasión dijo que había respirado el «olor a Mafia» desde que era un muchacho. En el club juvenil católico local había jugado al tenis de mesa con Tommaso Spadaro, quien posteriormente se convertiría en un notorio mafioso y traficante de heroína. Pero la familia de Falcone lo aisló de aquellas influencias, educándole según un código basado en el deber, la Iglesia y el patriotismo.

Los primeros pasos de Falcone como juez de instrucción tuvieron lugar en el tribunal de quiebras, donde desarrolló sus habilidades siguiendo la pista de oscuros historiales financieros. Dichas habilidades se convertirían en el primer ingrediente de lo que pasaría a conocerse como el «método Falcone» de investigación sobre la Mafia. Este se aplicó inicialmente a un importante caso de tráfico de heroína producido en 1980, después de que Falcone fuera trasladado a la oficina de investigación criminal de Palermo. En 1982 Falcone obtuvo 74 condenas en dicho caso, un éxito prodigioso en una isla donde los diversos métodos empleados para aterrorizar a testigos, jueces y jurados habían hecho fracasar innumerables procesos anteriores.

Buscetta permitió a Falcone acceder por primera vez a la Mafia siciliana desde dentro. «Para nosotros fue como un profesor de idiomas que te permite ir a Turquía sin tener que comunicarte con gestos», explicaría Falcone.1 A través de muchas horas de entrevistas con Buscetta, Falcone y su equipo adquirieron amplios conocimientos sobre la organización, y fueron estableciendo con paciencia las conexiones entre rostros, nombres y crímenes. Obtuvieron así un cuadro completamente nuevo de su estructura de mando, sus métodos y su mentalidad.

Resulta difícil comprender hoy cuánto era lo que no se sabía de la Mafia antes de que Tommaso Buscetta se sentara frente a Giovanni Falcone. La primera revelación fue el nombre que daban a la organización sus propios miembros: la Cosa Nostra. Hasta entonces, incluso los pocos investigadores y policías que se habían tomado en serio ese nombre habían dado por supuesto que solo se aplicaba a la Mafia estadounidense.

Buscetta también le habló a Falcone de la estructura de mando piramidal de la Cosa Nostra. Los soldados, que configuran el nivel más bajo, se hallan bajo la supervisión, en grupos más o menos de diez, de un capodecina («jefe de decena»). Cada capodecina es responsable ante el jefe electo de una banda o «familia» local, al que asisten un lugarteniente y uno o más consiglieri («asesores»). Tres «familias» con territorios colindantes se agrupan en un mandamento («distrito»). El jefe de cada mandamento es un miembro de la comisión, el «parlamento» o «consejo de dirección» de la Cosa Nostra para la provincia de Palermo. En teoría, por encima de este nivel provincial existe un organismo regional compuesto por jefes mafiosos de toda Sicilia. Pero en la práctica Palermo domina la Mafia siciliana; casi el 50 por ciento de las aproximadamente cien familias de Sicilia tienen su territorio en Palermo y su provincia, mientras que el jefe de la comisión de Palermo ejerce el liderazgo de la Mafia siciliana en su conjunto.

En la época de las revelaciones de Buscetta, unos cinco mil hombres de honor eran miembros de una misma organización criminal. Los asesinatos más significativos —de policías, de políticos o de otros mafiosos— tenían que ser aprobados y planificados en el más alto nivel para asegurarse de que eran compatibles con la estrategia global de la organización. Con el fin de crear estabilidad, la comisión también establecía las normas que regían las disputas dentro de las «familias» y mandamenti sobre los que presidía. Este nivel de disciplina interna asombró a los investigadores.

El «capo de dos mundos» también conocía muy bien la Cosa Nostra estadounidense. Le explicó a Falcone que la Mafia siciliana y la Mafia norteamericana, a la que la primera había dado origen, tenían una estructura similar. Pero eran organizaciones distintas; ser miembro de la organización en Sicilia no significaba que uno también pasara a serlo en Estados Unidos. Los vínculos más fuertes entre ambas eran los lazos de sangre y las relaciones comerciales, antes que los derivados estrictamente de las propias organizaciones.

Otros hombres de honor siguieron el ejemplo de Buscetta, acudiendo al Estado en busca de protección frente a los corleonesi y sus escuadrones de la muerte. Junto con su estrecho colaborador, Paolo Borsellino, Falcone verificó meticulosamente sus testimonios y reunió 8.607 páginas de evidencias que integrarían el alegato fiscal del famoso «macrojuicio» celebrado en un palacio de justicia especialmente construido en Palermo, una especie de búnker a prueba de bombas.

El 16 de diciembre de 1987, después de un proceso que duró veintidós meses, el juez del macrojuicio declaró culpables a 342 mafiosos, a los que condenó a un total de 2.665 años de cárcel. Casi igualmente importante resulta el hecho de que lo que los escépticos habían tildado desdeñosamente de «teorema de Buscetta» sobre la estructura de la Cosa Nostra resistiera un estricto examen judicial.

No obstante, la confirmación legal definitiva del teorema de Buscetta habría de esperar hasta enero de 1992, cuando, contrariamente a las esperanzas y expectativas de la Cosa Nostra, el Tribunal de Casación —el tribunal supremo italiano— confirmó los veredictos iniciales. Fue la peor derrota jurídica que había sufrido jamás la Mafia siciliana. En respuesta, los corleonesi lanzaron a sus escuadrones de la muerte tras los jueces de instrucción. Falcone fue asesinado al cabo de unos meses de pronunciarse el veredicto. Menos de dos meses después de la muerte de Falcone, la incredulidad y la indignación recorrieron una vez más toda Italia cuando Paolo Borsellino y cinco miembros de su escolta fueron asesinados mediante una enorme explosión provocada por un coche bomba frente a la casa de su madre.

Las trágicas muertes de Falcone y Borsellino tuvieron profundos efectos cuyas consecuencias se dejan sentir todavía hoy. El primero de ellos fue sencillamente reforzar el hecho de que los magistrados antimafia habían obtenido una victoria trascendental: la existencia de una organización denominada la Cosa Nostra había dejado de ser solo una teoría.

Si la Cosa Nostra existe, entonces también ha de tener una historia; y si tiene una historia —como solía decir Falcone—, ello significa que tuvo un principio y que también tendrá un fin. Gracias al trabajo de Falcone, Borsellino y sus colegas, así como al desmoronamiento de todo el conjunto de falsedades inherentes al concepto de la «caballerosidad rústica», los historiadores pueden hoy investigar sobre la historia de la Mafia con mayor confianza y perspectiva que nunca.

Cuando la realidad de la Cosa Nostra emergió a través del testimonio de Buscetta y del macrojuicio, algunos historiadores, la mayoría de ellos sicilianos, siguieron el ejemplo de los jueces de instrucción; empezaron a rebuscar en archivos olvidados y a desenterrar nuevas evidencias. Poco a poco fue abriéndose todo un nuevo ámbito de estudio. Luego, en 1992, cuando el veredicto del Tribunal de Casación confirmó el «teorema de Buscetta» —y al hacerlo desencadenó los asesinatos de Falcone y de Borsellino—, escribir la historia de la Mafia se convirtió rápidamente en mucho más que un objetivo meramente académico; ahora formaba parte del urgente imperativo de conocer aquella amenaza mortal para la sociedad y de demostrar a los restantes jueces antimafia que no estaban solos en su lucha.

Al año siguiente se publicó en Italia la primera historia de la Mafia siciliana. En 1996 fue actualizada, y desde entonces aún se han hecho nuevos descubrimientos. El impulso de contar la historia de la Mafia ha progresado paralelamente al deseo de combatir a la Cosa Nostra a raíz de las atrocidades de 1992. En Sicilia esa historia ha servido.

También es posible que sirva para algo contar la historia de la Mafia al resto del mundo fuera de Italia. Este libro constituye la primera historia de la Mafia siciliana, desde sus orígenes hasta nuestros días, escrita inicialmente en un lenguaje distinto del italiano. Presenta los descubrimientos de las más recientes investigaciones, y relata la historia de la Mafia tal como lo hacen actualmente los especialistas italianos en el tema. Asimismo contiene algunos hallazgos completamente nuevos. La novedad surgida en estos últimos años ha sido una descripción histórica de la Mafia siciliana mucho más completa de lo que se juzgaba posible aun en épocas recientes. El retrato que solía dibujarse utilizando los difusos trazos de la jerga sociológica —«mentalidades», «funciones paraestatales», «mediadores violentos»— hoy alude a personas, lugares y fechas reales, y a crímenes también reales. Y cuanto más claro se hace este retrato, más perturbadoras resultan sus consecuencias: una sociedad secreta, que ha hecho del asesinato su auténtica razón de ser, y que ha tenido un papel fundamental en el modo en que Italia se ha gobernado desde mediados del siglo XIX.

Introducción

Introducción

El término mafia es hoy uno más de una larga lista de vocablos —como pizza, espagueti, ópera y casino— que el italiano ha dado a muchas otras lenguas de todo el mundo. Se aplica normalmente a criminales de ámbitos geográficos totalmente alejados de Sicilia y de Estados Unidos, que son los lugares donde está establecida la Mafia en sentido estricto. Mafia se ha convertido en una especie de etiqueta común que define a toda una panoplia de bandas —china, japonesa, rusa, chechena, albanesa, turca, etc.— que tienen poco o nada que ver con la organización siciliana originaria.

Existen otras organizaciones criminales establecidas en otras regiones del sur de Italia, y a todas ellas se les atribuye en ocasiones el calificativo de mafia: la Sacra Corona Unita, en Puglia (el talón de la «bota» italiana); la ’Ndrangheta, en Calabria (el dedo), y la Camorra, en la ciudad de Nápoles y sus alrededores (la espinilla). Todas estas otras organizaciones cuentan con su propia y fascinante historia —una de ellas, la Camorra, es incluso un poco más antigua que la Mafia—, pero aquí solo aludiremos a ellas cuando resulte pertinente para la historia de la Cosa Nostra siciliana. La razón es sencillamente que ninguna otra sociedad ilegal italiana resulta ni de lejos tan poderosa y tan bien organizada, o ha llegado a tener el éxito de la Mafia. No es casualidad que haya sido este término siciliano el que se haya convertido en el más ampliamente utilizado.

Este libro sigue un enfoque selectivo en cuanto que abarca estrictamente la historia de la Mafia de Sicilia. Algunos de los más famosos mafiosos estadounidenses —hombres como Lucky Luciano y Al Capone— aparecerán también en estas páginas, ya que no es posible contar la historia de la Mafia siciliana sin relatar al mismo tiempo la historia de la Mafia norteamericana a la que aquella dio origen. Estados Unidos ha resultado un entorno próspero para la delincuencia organizada durante los últimos dos siglos, pero solo una fracción del crimen organizado estadounidense ha formado parte de la Mafia. En consecuencia, la Mafia norteamericana se sitúa aquí en su correcta y más reveladora perspectiva. Solo cuando se contempla desde la costa de la pequeña isla triangular del Mediterráneo empieza a tener sentido la historia de la Mafia en Estados Unidos, al menos en sus primeras etapas.

La Mafia de Sicilia busca el poder y el dinero cultivando el arte de matar gente y salir impune, y organizándose de una forma única que combina los atributos de un Estado paralelo, un negocio ilegal y una sociedad secreta sometida a juramento como la francmasonería.

La Cosa Nostra es como un Estado ya que aspira a controlar un territorio. Con el acuerdo de la Mafia en su conjunto, cada «familia» mafiosa (el término italiano utilizado a lo largo de gran parte de la historia de la Mafia es el de cosca) ejerce un gobierno paralelo sobre los habitantes de su territorio. La extorsión es para una familia mafiosa lo que los impuestos para un gobierno legítimo. Aunque hay una diferencia: que la Mafia trata de «gravar» toda actividad económica, sea legal o ilegal, y tenderos y ladrones pagan al alimón lo que se conoce como el pizzo. Un mafioso puede muy bien acabar protegiendo tanto al propietario de un concesionario de automóviles como a la banda de ladrones de coches que viven a su costa. Así, el único grupo que está absolutamente garantizado que se beneficia de cualquier acuerdo de protección es la propia Mafia. Como un Estado, la Mafia también se arroga el poder sobre la vida y la muerte de sus súbditos. Pero la organización no es un gobierno alternativo; su existencia se basa en infiltrarse en el Estado legítimo y distorsionarlo para sus propios fines.

La Cosa Nostra es un negocio porque trata de obtener beneficios, aunque sea por medio de la intimidación. Pero raramente obtiene grandes márgenes de sus actividades «gubernamentales». La mayoría de los ingresos procedentes de la extorsión tienden a reinvertirse para mantener su capacidad homicida, comprando a abogados, jueces, policías, periodistas, políticos y trabajadores eventuales, y apoyando a los mafiosos que han tenido la mala suerte de ir a la cárcel. La Cosa Nostra asume esos costes fijos con el fin de construir lo que algunos «mafiólogos» denominan su peculiar «marca» de intimidación. Esta marca mafiosa puede materializarse en toda clase de mercados, como el del fraude en la construcción o el del contrabando de tabaco. Por regla general, cuanto más traicionero, violento y provechoso sea un mercado —el caso más evidente es el del tráfico y venta de narcóticos—, más se beneficiarán los mafiosos que entren en dicho mercado de contar con el respaldo de una marca mundialmente conocida y absolutamente fiable de atroz intimidación.

La Cosa Nostra es una exclusiva sociedad secreta porque necesita seleccionar con gran cuidado a sus afiliados e imponer restricciones a su conducta a cambio de los beneficios que les reporta su afiliación. La principal exigencia que la Cosa Nostra plantea a sus miembros es la de que sean discretos, obedientes y despiadadamente violentos.

La historia de esta organización resulta fascinante en sí misma. Pero su historia no puede tratar únicamente de la Mafia, de los actos de los hombres de honor. Antes que Falcone y Borsellino, hubo muchas otras personas que murieron luchando contra la Mafia. Algunas de ellas son personajes del drama que aquí se relata, puesto que una parte fundamental de la historia de la Mafia es el relato de la lucha de la organización contra los sicilianos y otros que se opusieron a ella desde el principio. La historia de la Mafia abarca también a las personas que, por toda una serie de motivos que van desde el temor racional hasta la complicidad deliberada, pasando por el cinismo político, han favorecido la causa de la organización.

Pero incluso una historia de la Mafia que incluyera todas estas cosas dejaría todavía muchas preguntas sin responder. Dado que todo el mundo fuera de Italia sabe qué es la Mafia, o al menos cree que lo sabe, parece incomprensible que hubiera que esperar a 1992 para que se viera confirmada toda la verdad sobre la Mafia siciliana. ¿Cómo es posible que una organización ilegal fuera tan poderosa y resultara tan difícil de conocer durante tanto tiempo? Parte de la explicación reside en la falta de evidencias. La Mafia sobrevivió y prosperó intimidando a los testigos, y confundiendo y corrompiendo a la policía y los tribunales. Con demasiada frecuencia, en el pasado las autoridades —y, siguiendo su ejemplo, los historiadores— hubieron de limitarse a contar los cadáveres y a preguntarse qué extraña lógica subyacía a todo aquel derramamiento de sangre.

El problema tenía raíces muy profundas; de hecho, llegaba hasta el mismo corazón del sistema de gobierno italiano. Cuando menos, durante el último siglo —e incluso más— el Estado italiano se ha mostrado extremadamente pasivo en lo relativo a la Mafia siciliana. En las escasas ocasiones en que la información sobre la Mafia llegó a penetrar en las instituciones del gobierno, de inmediato fue olvidada de nuevo. Pero incluso cuando se recordó durante algún tiempo, tampoco se le supo dar un buen uso. Italia perdió una y otra vez la oportunidad de averiguar algunas de las verdades que los jueces Falcone y Borsellino revelaron finalmente a costa de su vida. La Mafia era un secreto a voces. Por esa razón, el repetido fracaso de Italia a la hora de comprender la Mafia ha propiciado una historia mucho más rica de lo que hubiera sido el caso si todo se hubiera reducido a una conspiración de capa y espada protagonizada por unos cuantos individuos empeñados en mantener la verdad oculta. Y también por esa razón, este libro, además de ser una historia de la Mafia, es asimismo una historia del fracaso de Italia a la hora de comprender y combatir algo que en todo momento fue visible.

Hay un montón de ejemplos contemporáneos que sugieren que el profundamente arraigado problema de la Mafia en Italia sigue vivo todavía hoy. En el momento de redactar estas líneas, Giulio Andreotti, siete veces primer ministro italiano y senador vitalicio, acaba de ser condenado por hacer que la Mafia matara a un periodista que le estaba haciendo chantaje (el soplón Tommaso Buscetta, el antiguo «capo de dos mundos», ha sido un testigo clave en el juicio). Andreotti ha apelado al Tribunal de Casación. Otro célebre caso relacionado con la Mafia es el que afecta al ejecutivo publicitario que en 1993 fundó Forza Italia, el partido político del actual primer ministro y magnate mediático Silvio Berlusconi. Un reciente desertor de la Mafia ha declarado que hubo reuniones de alto nivel con el fin de establecer un pacto entre la Cosa Nostra y Forza Italia. Sin embargo, dichas acusaciones han sido rotundamente desmentidas, y no conviene sacar conclusiones precipitadas sobre estos juicios concretos, ninguno de los cuales ha alcanzado todavía un veredicto definitivo. Pero aparte de hacernos fruncir el entrecejo, también plantean preguntas históricas acerca de cómo se las arregló Italia para verse en esa situación.

Los historiadores que primero trataron de responder a esas preguntas a raíz de las evidencias presentadas por Buscetta no tardaron en hacer un extraordinario descubrimiento que no hizo sino hacer más profundo el misterio de por qué Italia no había sido capaz de comprender antes a la Mafia. En realidad Buscetta no era ni mucho menos el primer hombre de honor que quebrantaba el famoso código de silencio de la Mafia conocido como la omertà; ni siquiera era el primero a cuyo testimonio se había dado credibilidad. Ha habido soplones de la Mafia casi desde que hay mafiosos. Además, desde el primer momento existía un diálogo furtivo, y a menudo íntimo, entre los hombres de honor y quienes ostentaban el poder: policía, magistrados, políticos, etc. Los historiadores pueden ahora escuchar a escondidas algunos pasajes de ese diálogo; eso lo hace fascinante e incómodo de oír, puesto que revela el alcance de la complicidad del Estado italiano con los asesinos.

Aun después del descubrimiento de aquellos primeros desertores de la Mafia seguía existiendo el profundo problema de cómo interpretar lo que habían dicho; policías y jueces habían estado luchando con ese problema desde los comienzos de la historia de la Mafia y hasta el mismo macrojuicio de Falcone y Borsellino. ¿Por qué iba a creer nadie a unos profesionales del crimen que tenían un montón de razones para mentir? Las evidencias proporcionadas por los soplones de la Mafia a menudo se descartaban considerándolas sencillamente demasiado poco fiables para poder ser utilizadas en los tribunales; o, para el caso, en un libro de historia. Los testimonios de los hombres de honor, aunque sean pentiti, resultan siempre difíciles de interpretar. De hecho, incluso el propio término pentito (ya referido en la página 16) resulta engañoso; el verdadero arrepentimiento en un hombre de honor constituye un fenómeno relativamente raro. A lo largo de toda la historia de la organización, los miembros de la Mafia generalmente han dado sus testimonios al Estado como un modo de vengarse de otros mafiosos que les han traicionado y que les han derrotado en una guerra. Las confesiones se producen cuando a los perdedores no les queda otra arma. Buscetta era uno de esos perdedores, y en consecuencia, al igual que en el caso de otros pentiti, su testimonio resulta parcial.

Hay sin embargo otro aspecto que se debe tener en cuenta en las evidencias de Buscetta, algo que hacía de ellas algo más que una versión subjetiva de los acontecimientos, convirtiéndolas, en cambio, en una auténtica piedra de Rosetta de los testimonios mafiosos. Buscetta explicó exactamente cómo piensan los hombres de honor, puesto que reveló tanto las extrañas reglas que siguen como las razones por las que suelen quebrantarlas. El propio «capo de dos mundos» sentía todavía el poder de tales reglas, y negó siempre que hubiera dejado de ser un hombre de honor para convertirse en un pentito. La gran lección de Buscetta tanto para los jueces como para los historiadores es que hay que tomarse en serio las reglas de la Mafia, lo que en absoluto significa dar por supuesto que siempre se obedecen.

Tommaso Buscetta nunca dejó de subrayar la importancia de una regla concreta dentro de la Cosa Nostra. Es la relativa a la verdad. Gracias a él hoy sabemos que para los mafiosos la verdad constituye un bien especialmente precioso y peligroso. Cuando un hombre de honor es iniciado en la Mafia siciliana, una de las cosas que jura es no mentir jamás a otros mafiosos, sean o no de su misma «familia». En consecuencia, cualquier hombre de honor que mienta puede encontrarse fácilmente con que tiene todos los números para acabar en un baño con ácido. Pero al mismo tiempo, una mentira bien disfrazada puede ser un arma muy poderosa en la permanente lucha por el poder dentro de la Cosa Nostra. El resultado es evidente: una aguda paranoia. Como explicaba el propio Buscetta: «Un mafioso vive aterrado ante la posibilidad de ser juzgado, no por las leyes de los hombres, sino por las maliciosas habladurías internas de la Cosa Nostra. El temor a que alguien pueda hablar mal de él es constante».1

En tales circunstancias no resulta sorprendente descubrir que todos los hombres de honor se muestran prodigiosamente hábiles a la hora de mantener la boca cerrada. Antes de convertirse en testigo del Estado, Buscetta había compartido tres años la misma celda con un hombre de honor que recientemente había cumplido la orden de matar a un tercer mafioso, un amigo íntimo de Buscetta. Durante aquellos tres años los dos enemigos no intercambiaron una sola palabra hostil, e incluso compartieron la cena de Navidad. Buscetta sabía que su compañero de celda había sido ya condenado a muerte por la Cosa Nostra, aunque se ignora si este era también consciente de que se había ordenado su ejecución. Tras su liberación, fue «debidamente» asesinado.

Los hombres de honor prefieren no decir nada a nadie que no sepa ya previamente de qué están hablando; se comunican a través de códigos, señales, fragmentos de frases, miradas imperturbables y significativos silencios. En la Cosa Nostra nadie pregunta ni dice nada más de lo absolutamente necesario; nadie se hace jamás preguntas en voz alta. El juez Falcone observaba que «la interpretación de signos, gestos, mensajes y silencios constituye una de las principales actividades de un hombre de honor».2 Buscetta se mostró particularmente elocuente a la hora de explicar qué se siente al vivir en ese mundo:

En la Cosa Nostra hay obligación de decir la verdad, pero también existe una gran reserva. Y esta reserva, lo que no se dice, actúa como una maldición irrevocable sobre todos los hombres de honor. Hace todas las relaciones profundamente falsas y absurdas.3

Por la misma razón por la que se muestran tan renuentes a hablar abiertamente, cuando los hombres de honor se cuentan cosas, lo que dicen nunca es palabrería. Si, por ejemplo, el mafioso A le dice al mafioso B que él ha matado al empresario X o que el político Y está a sueldo de la Cosa Nostra, probablemente es cierto, y cuando no lo es, se trata de una mentira táctica que a su modo resulta tan significativa como la propia verdad. Así pues, desde Buscetta se ha dejado de ver a los mafiosos como testigos inherentemente poco fiables. Interpretar los testimonios de los mafiosos, sean o no «arrepentidos», se considera ahora que facilita la posibilidad de establecer una pauta que diferencie las verdades de las mentiras tácticas, y de encontrar otras evidencias que corroboren dicha pauta. Esto tiene importantes consecuencias para la historia de la Mafia. Dicha historia se basa en todas las fuentes habituales: archivos policiales, investigaciones gubernamentales, noticias de prensa, memorias, confesiones, etc. Pero como una especie de filigrana grabada con sangre en muchos de esos documentos, tanto si reproducen directamente las palabras de hombres de honor como si solo contienen sus desdibujadas huellas, están presentes los signos del mortífero juego de la verdad que es la vida en el seno de la Mafia.

Dado que resulta inevitable que en cualquier historia persista siempre un elemento de incertidumbre, y no digamos en una historia que se aventura en el intrincado mundo de la Mafia siciliana, este libro no puede decir la última palabra sobre la culpabilidad o la inocencia de los personajes cuyos avatares aparecen en él; la historia de la Mafia no es un juicio retrospectivo. Pero tampoco es un conjunto de meras conjeturas. Aunque sería a la vez equivocado y fútil tratar de encerrar en una cárcel imaginaria a personajes históricos muertos hace mucho tiempo, lo que sí podemos hacer es percibir el acre «olor a Mafia» —como reza la expresión italiana— que todavía desprenden.

La historia de la Mafia cuenta, pues, con muchos personajes y numerosos estratos. En consecuencia, los distintos capítulos de este libro narrarán distintas clases de historias. Se moverán entre los soldados y los capos, pero también penetrarán en los márgenes de la Mafia para hablar de sus víctimas, sus enemigos y sus amigos, desde los más pobres hasta los más poderosos de la sociedad. En uno o dos de los capítulos, y debido a la falta de evidencias históricas, la Mafia aparecerá como lo que a menudo parecía ser en aquel momento: una maléfica presencia espectral.

Antes de hablar de la génesis de la Mafia, esta historia nos da una idea de cómo es actualmente la vida en el seno de la Cosa Nostra, con el código de honor que obedecen los hombres que son miembros de la organización. Varios desertores recientes nos han proporcionado una buena perspectiva acerca de cómo piensan y sienten hoy los mafiosos, lo que sencillamente no resulta posible para períodos anteriores; y obviamente sería simplista utilizar lo que sabemos sobre cosas tales como el actual código de honor para llenar las inevitables lagunas de la historia de la Mafia. En cualquier caso, a medida que se avanza en dicha historia, lo que se va haciendo cada vez más evidente es que la famosa organización criminal siciliana ha cambiado sorprendentemente poco desde sus comienzos, hace unos ciento cuarenta años. Nunca hubo una Mafia buena que en un momento determinado se volviera corrupta y violenta. Jamás hubo una Mafia tradicional que luego se hiciera moderna y organizada, y adoptara una mentalidad empresarial. El mundo ha cambiado, pero la Mafia siciliana se ha limitado a adaptarse, y hoy en día es lo mismo que ha sido siempre desde su nacimiento: una sociedad secreta sometida a juramento, que busca el poder y el dinero cultivando el arte de matar gente y salir impune.

Hombres de honor

Hombres de honor

Innumerables películas y novelas han contribuido a prestar un siniestro glamour a la Mafia. Esas historias mafiosas resultan tan irresistibles porque dramatizan lo cotidiano, añadiéndole la escalofriante emoción que surge cuando se mezcla el peligro con la astucia carente de escrúpulos. El mundo de la Mafia cinematográfica es un mundo en el que los conflictos que todos tenemos —entre los intereses enfrentados de la ambición, la responsabilidad y la familia— se convierten en cuestión de vida o muerte.

Resultaría hipócrita, además de erróneo, decir que la Mafia presentada en la ficción es sencillamente falsa; no es solo eso, también es idealizada. Y a los mafiosos, como a todos los demás, les gusta ver la tele e ir al cine para contemplar esa versión idealizada de sus propios dramas cotidianos representada en la pantalla. Tommaso Buscetta era fan de El padrino, si bien consideraba que la escena del final en la que los otros mafiosos besan la mano de Michael Corleone resultaba poco realista. Las exigencias enfrentadas que subyacen tras las motivaciones de un personaje de ficción como el Michael Corleone interpretado por Al Pacino —ambición, responsabilidad, familia— son de hecho las mismas que constituyen el eje fundamental de la vida de los mafiosos reales.

Pero lo que evidentemente es distinto es que nada del glamour del cine puede sobrevivir a un encuentro con la horripilante realidad de la Cosa Nostra. Otra diferencia menos obvia, aunque en última instancia más importante, es que mientras que la historia de Michael Corleone trata de los peligros morales de un poder que no tiene restricción alguna, los auténticos mafiosos sicilianos sienten verdadera obsesión por las reglas del honor que limitan sus acciones. Un hombre de honor puede eludir, manipular y reescribir tales reglas, pero siempre es consciente de que estas configuran el modo en que sus colegas le perciben. Eso no significa que los valores del honor mafioso tengan mucho que ver con lo que convencionalmente se considera «honorable». En la Cosa Nostra el honor tiene un significado concreto que informa incluso las acciones más execrables de sus miembros, tal como viene a demostrar el inquietante caso de Giovanni Brusca, el hombre que apretó el detonador de la bomba de Capaci.

Brusca era conocido en los círculos de la Cosa Nostra como lo Scannacristiani («el matacristianos»). En Sicilia, cristiano significa sencillamente «ser humano»; en la Mafia equivale a «hombre de honor». Brusca formaba parte de un escuadrón de la muerte que actuaba bajo las órdenes directas del capo de capos, el líder de los corleonesi, Totò el Corto Riina. Tras el atentado de Capaci, Giovanni Brusca no se mantuvo ocioso. Mató al jefe de la «familia» Alcamo, que había empezado a cuestionar la autoridad de Riina. Unos días después, varios miembros del grupo de Brusca estrangularon a la compañera embarazada del mismo hombre. Luego Brusca mató a un empresario y hombre de honor espectacularmente rico que no había utilizado sus contactos políticos para proteger a la Mafia del macrojuicio.

Pero lo que vendría a continuación aún sería peor. Lo Scannacristiani era amigo de otro hombre de honor, Santino Di Matteo, cuyo hijo pequeño, Giuseppe, solía jugar con Brusca en el jardín familiar. Así era al menos antes de que Santino Di Matteo decidiera revelar al Estado diversos secretos de la Cosa Nostra; fue el primer mafioso que explicó a las autoridades cómo se había llevado a cabo el asesinato de Falcone. La respuesta de Brusca fue secuestrar al pequeño Giuseppe Di Mateo en una gincana y mantenerlo cautivo en un sótano durante veintiséis meses. Finalmente, en enero de 1996, cuando Giuseppe tenía catorce años, Brusca ordenó que le estrangularan y que disolvieran su cuerpo en ácido.

Lo Scannacristiani fue capturado el 20 de mayo de 1996 en el campo, cerca de Agrigento. Cuatrocientos policías rodearon la casa rectangular de dos pisos donde se ocultaba. Alrededor de las nueve de la noche, un grupo de treinta agentes irrumpieron en la vivienda rompiendo las puertas y las ventanas. Encontraron a Brusca y su familia sentados a la mesa viendo un programa de televisión sobre Giovanni Falcone (hacía solo dos días que se había cumplido el cuarto aniversario de su muerte). En el dormitorio la policía encontró un armario lleno de ropa de Versace y Armani, además de una gran bolsa roja que contenía unos quince mil dólares en moneda italiana y estadounidense, dos teléfonos móviles y varias joyas, entre las que se incluían relojes Cartier. Sobre la mesa del comedor hallaron una pistola de cañón corto; era de plástico y pertenecía al hijo pequeño de Brusca, Davide.

Hoy Brusca está colaborando con la justicia. Según su propia confesión, inquietantemente imprecisa, ha matado «a muchas más de cien, pero menos de doscientas personas». Esto es lo que dice sobre el asesinato de Giuseppe Di Matteo:

Si hubiera tenido un momento para reflexionar, un poco más de calma para pensar, como hice con otros crímenes, quizá habría habido una posibilidad entre mil, entre un millón, de que hoy el chico estuviera vivo. Pero ahora sería inútil tratar de justificarlo. Sencillamente en aquel momento no lo pensé detenidamente.1

Lo terrible de la Mafia siciliana es que los hombres como lo Scannacristiani no son desequilibrados. Ni sus acciones resultan en absoluto incompatibles con el código de honor ni, en realidad, con el hecho de ser esposos y padres a ojos de la Cosa Nostra. Hasta el día en que decidió convertirse en testigo de cargo y contar su historia, nada de lo que hizo Brusca, incluyendo matar a un niño no mucho mayor que su hijo, era considerado intrínsecamente deshonroso por los mafiosos.

Después de la bomba de Capaci hubo más mafiosos que se convirtieron en testigos de cargo, y algunos de esos «arrepentidos» justificaron su decisión diciendo que los asesinos como lo Scannacristiani habían traicionado los valores tradicionales, el código de honor. Tommaso Buscetta había utilizado el mismo razonamiento, argumentando: «no fui yo quien dejó la Cosa Nostra, sino la Cosa Nostra la que me dejó a mí». Pero se trata de una endeble justificación históricamente hablando, ya que en el seno de la Mafia la traición y la brutalidad han sido compatibles con el honor desde el principio. Giovanni Brusca representa un caso más típico de lo que algunos desertores de la Mafia han hecho creer al mundo.

Esta nueva oleada de pentiti posterior a Capaci ha permitido a los investigadores corroborar las evidencias sobre la cultura interna de la Mafia que habían sido proporcionadas por la anterior generación de desertores, incluyendo al propio Buscetta. Lo que hoy resulta evidente es que el código de honor es mucho más que una lista de reglas. Convertirse en hombre de honor equivale a adquirir una identidad completamente nueva, entrar en un universo moral distinto. El honor de un mafioso es la marca de esa nueva identidad, de esa nueva sensibilidad moral.

Tommaso Buscetta le esbozó por primera vez el código de honor de la Cosa Nostra a Falcone ya en 1984. Le habló del rito de iniciación de la organización, en el que el candidato a miembro sostiene una imagen en llamas —normalmente de la Madonna o de la Anunciación— mientras jura lealtad y silencio hasta la muerte. Diversos rumores sobre la existencia de este pintoresco ritual se habían descartado previamente considerándolos mero folclore, y todavía hay partes de las evidencias proporcionadas por Buscetta que parecen ir en contra del sentido común. Sin embargo ha quedado muy claro a partir de los testimonios de Buscetta, de lo Scannacristiani y de otros que los mafiosos se toman estas cosas muy en serio, como cuestiones de honor.

El ritual de iniciación muestra que el honor constituye un estatus que hay que ganarse. Hasta que se convierte en un hombre de honor, el aspirante a mafioso es minuciosamente vigilado, supervisado y sometido a prueba; cometer un asesinato constituye casi siempre un requisito previo para ser admitido. Durante este período de preparación se le recuerda constantemente que hasta que no supere el ritual de afiliación es una nulidad, «un cero a la izquierda». Y cuando llega la iniciación, esta constituye a menudo el momento más importante en la vida de un mafioso. La quema de la imagen sagrada simboliza su muerte como hombre común y corriente, y su renacimiento como hombre de honor.

En la iniciación el nuevo mafioso jura obediencia, el primer pilar del código de honor. Un hombre de honor es siempre obediente a su capo; jamás pregunta por qué. Una manera de entender las consecuencias de esta obligación tiene que ver con algo que también constituye una prueba fundamental para el código de honor en su conjunto: el asesinato de mujeres y niños. Esta ha sido siempre una cuestión delicada para la Mafia siciliana; de hecho, los mafiosos han afirmado con frecuencia que jamás tocan a las mujeres y los niños. Hay que decir que muchos hombres de honor se aferran todo lo que pueden a ese principio. Ciertamente, la Cosa Nostra no va por ahí mandando matar a bebés por las buenas o por las malas, sobre todo porque hacerlo dañaría su imagen y le haría perder a algunos de sus más cercanos partidarios.

Sin embargo Giuseppe Di Matteo no era ni mucho menos el primer niño a cuya vida habían puesto fin deliberadamente los hombres de honor. Eliminar a mujeres y niños solo se considera deshonroso cuando es innecesario, pero puede resultar necesario cuando está en juego la supervivencia de un mafioso; y simplemente por ser miembro de la Cosa Nostra, un mafioso pone a menudo en peligro su vida.

Como casi todos los asesinatos de la Mafia, el de Giuseppe Di Matteo se cometió después de que se decidiera colectivamente que era necesario. La muerte del chico formaba parte de una estrategia adoptada por algunos de los líderes de la Cosa Nostra frente a las familias de los desertores que estaban poniendo en peligro a toda la organización. Una vez tomada tal decisión, se habría considerado deshonroso no ponerla en práctica.

Aquí es donde entra en juego la obediencia. El mafioso que de hecho ejecutó la decisión y estranguló a Giuseppe Di Matteo siguiendo las órdenes de Brusca explicaría posteriormente su manera de pensar ante un tribunal:

Si alguien quiere hacer una buena carrera [en la Cosa Nostra] ha de estar siempre disponible ... Yo quería hacer carrera, y lo acepté desde el primer momento porque me puse muy contento. En aquella época yo era un soldado de la Cosa Nostra, obedecía órdenes, y sabía que estrangulando a un niño podría hacer carrera. Estaba muy contento.2

El honor se acumula a través de la obediencia; a cambio de lo que ellos denominan «disponibilidad», cada mafioso individual puede aumentar sus reservas de honor y, con ello, obtener acceso a más dinero, información y poder. Pertenecer a la Cosa Nostra ofrece las mismas ventajas que la pertenencia a otras organizaciones, incluyendo el cumplimiento de las propias aspiraciones, un eufórico sentimiento de categoría y camaradería, y la posibilidad de delegar la responsabilidad, moral o de otra clase, en los propios jefes. Todas estas cosas son ingredientes del honor mafioso.

El honor implica también la obligación de decir la verdad a los otros hombres de honor y, en consecuencia, el modo de hablar notoriamente elíptico de los mafiosos. Giovanni Brusca relata que cuando visitó a varios mafiosos estadounidenses en New Jersey, se sintió horrorizado al ver lo habladores que se mostraban sus anfitriones en comparación. Se celebró una cena para darle la bienvenida; al llegar al restaurante, Brusca se asombró de ver que todos los mafiosos habían llevado a sus queridas y de que charlaran abiertamente acerca de a qué «familias» pertenecían los diversos gángsteres. «En Sicilia a ninguno de nosotros se le ocurriría hablar así en público. Ni siquiera en privado. Todo el mundo sabe lo que necesita saber.» Brusca afirma que se sintió tan turbado que pidió excusas y se marchó. «Es una mentalidad distinta —concluiría acerca de su experiencia norteamericana—. Viven a la luz del día. Solo cometen asesinatos en circunstancias excepcionales. Jamás llevan a cabo matanzas como las que tenemos en Sicilia.»3

El deber del mafioso de decir la verdad constituye en parte una manera de fomentar la clase de confianza mutua que tanto escasea entre los delincuentes. Esta necesidad de confianza explica también los componentes del honor mafioso relacionados con el sexo y el matrimonio. Los gángsteres recién iniciados juran no ganar dinero con la prostitución, y si se acuestan con la mujer de otro mafioso, se enfrentan a la pena de muerte. Además, si un mafioso apuesta, es mujeriego y hace alarde de su riqueza, es probable que se le considere poco digno de confianza y, por lo tanto, prescindible. Seguir estas reglas constituye una manera importante de demostrar a los demás hombres de honor que pueden confiar en uno. Por la misma razón, el alto mando de la Mafia considera una virtud ensuciarse las manos, y el machismo patriarcal de la vieja escuela constituye una parte fundamental de la cultura de la organización. Así, por ejemplo, hay acontecimientos sociales que normalmente giran en torno a actividades característicamente masculinas, como partidas de caza y banquetes.

El honor también tiene que ver con la lealtad. Ser miembro de lo que los mafiosos solían denominar la «honorable sociedad» comporta nuevas lealtades que resultan más importantes que los vínculos de sangre. El honor implica que un mafioso debe anteponer los intereses de la Cosa Nostra a los de su parentela. Enzo Brusca, hermano de lo Scannacristiani, trabajó para la organización y tomó parte en asesinatos, pero jamás se convirtió en hombre de honor. Tal como convenía, no hacía preguntas. Todo lo que sabía de sus parientes de la Cosa Nostra provenía de rumores y de los medios de comunicación; así, por ejemplo, durante mucho tiempo ignoró que su padre era el jefe del mandamento local. En consecuencia, aunque Enzo Brusca formaba parte del operativo de la Mafia y era miembro de la misma «familia» que los hombres de honor, eso no le daba derecho a estar al corriente de los negocios de dicha «familia».

No sucede lo mismo en el caso contrario, ya que un jefe de la Mafia tiene pleno derecho a controlar la vida personal de sus hombres. Así, por ejemplo, un mafioso necesitará con frecuencia el permiso de su capo para casarse. Es fundamental que cada mafioso en particular se muestre sensato a la hora de elegir a su pareja conyugal y se comporte de manera honorable en su matrimonio. Los mafiosos necesitan aún más que otros maridos ser amables con sus esposas, sencillamente porque una esposa de mafioso enfadada podría causar un gran perjuicio a toda la «familia» si habla con la policía. Los miembros de la Cosa Nostra deben tener especial cuidado a la hora de preservar el prestigio de sus mujeres; una importante razón por la que existe el tabú del proxenetismo es la de asegurarse de que las esposas de los hombres de honor, tal como explicaba el juez Falcone, «no se ven humilladas en su propio entorno social». Los mafiosos suelen casarse con las hermanas e hijas de otros hombres de honor, mujeres que han vivido toda su vida en un entorno mafioso y, en consecuencia, resulta más probable que tengan la clase de discreción o sumisión que la organización requiere de ellas. Las mujeres también pueden respaldar activamente el trabajo de sus hombres, si bien en un papel subordinado, ya que no se las puede admitir oficialmente en la Mafia; el honor constituye exclusivamente una cualidad masculina. No obstante, el honor de un mafioso confiere prestigio a su esposa, y el buen comportamiento de esta redunda en el nivel de honor de él.

El juez Falcone comparó en cierta ocasión el hecho de entrar en la Mafia con una conversión religiosa: «Uno jamás deja de ser sacerdote. Ni tampoco mafioso». Los paralelismos entre la religión y la Mafia no acaban aquí, en gran medida debido a que los hombres de honor son creyentes. El capo de Catania Nitto Santapaola había hecho construir un altar y una pequeña capilla en su finca; según un pentito, eso no impidió que en una ocasión también hiciera agarrotar y echar a un pozo a cuatro muchachos por atracar a su madre. El actual capo de capos, Bernardo el Tractor Provenzano, se comunica desde su escondite mediante pequeñas notas, algunas de las cuales han sido recientemente interceptadas y siempre contienen bendiciones e invocaciones a la protección divina, como «Por voluntad de Dios deseo servir». Un antiguo capo que dirigía un escuadrón de la muerte como lo Scannacristiani solía rezar antes de emprender cualquier acción: «Dios sabe que son ellos quienes desean hacerse matar y que yo no tengo ninguna culpa».

Sentimientos como estos son en parte el resultado de la tolerancia hacia la Mafia mostrada durante mucho tiempo por la Iglesia católica. Los clérigos han tratado a menudo a hombres cuyo poder se basaba en el asesinato rutinario como si fueran pecadores de la misma ralea que todos los demás. Han pasado por alto la mala influencia de la Mafia porque esta parecía compartir los mismos valores de deferencia, humildad, tradición y familia que la Iglesia. Han aceptado donativos procedentes de actividades criminales para sus procesiones y organizaciones benéficas. Se han mostrado satisfechos de ver las cosche (el plural de cosca) disfrazadas de confraternidades religiosas, y de confiar la administración de fondos benéficos a dignatarios que tenían las manos manchadas de sangre. Algunos eclesiásticos incluso han sido asesinos ellos mismos. La historia de las relaciones de la Iglesia con la Mafia está llena de episodios así.

Pero eso no significa, como algunos quisieran afirmar, que la Mafia sea poco más que una rama de la Iglesia católica. La religión de un mafioso no tiene nada que ver con la Iglesia en cuanto institución. De hecho, el secreto de la religión en la Mafia es que esta sirve a los mismos fines que el código de honor; expresa meramente lo mismo en un lenguaje distinto. En la Mafia, la religión genera un sentimiento de pertenencia, de confianza y un conjunto de reglas flexibles con términos prestados del credo católico, exactamente tal como hace el código de honor remedando los términos caballerescos que todavía utilizaba la nobleza en los comienzos de la Mafia.

Al igual que el honor, en la Mafia la religión ayuda a los mafiosos a justificar sus actos ante ellos mismos, ante los demás y ante sus familias. A los mafiosos suele gustarles pensar que matan en nombre de algo superior al dinero y el poder, y los dos términos que normalmente sacan a relucir son los de honor y Dios. De hecho, la religión profesada por los mafiosos y sus familias es como tantas otras cosas en el universo moral del honor mafioso, en cuanto resulta difícil saber dónde termina la auténtica —aunque equivocada— creencia y dónde empieza la cínica falsedad. Comprender cómo piensa la Mafia significa entender que en la mente de todos sus miembros las reglas del honor se confunden con una calculada falsedad y un despiadado salvajismo.

Así, honor se traduce en este contexto como un sentimiento de valía profesional, un sistema de valores y el símbolo de la identidad de grupo de una organización que se considera a sí misma por encima del bien y del mal. Y como tal, nada tiene que ver con las tradiciones sicilianas, la caballerosidad o el catolicismo. Se exprese en términos religiosos o en el lenguaje seudoaristocrático del «honor», el código está ahí para asegurar que todos los aspectos de la vida del mafioso se hallen completamente subordinados a los intereses de «lo nuestro».

Cuando funciona bien, el código produce un orgulloso sentimiento de compañerismo. El mafioso de Catania Antonino Calderone hablaba en nombre de toda la organización cuando decía: «Nosotros somos mafiosos; los demás son solo hombres». Pero por esa misma razón un mafioso sin honor no es nadie; es un hombre muerto. Para un miembro de la Cosa Nostra, ser derrotado en una de las guerras internas de la organización y perder el honor pueden ser exactamente lo mismo.

No resulta sorprendente, pues, que la decisión de quebrantar el código de honor y convertirse en testigo de cargo resulte traumática para algunos mafiosos. Tal decisión significa abandonar tanto una identidad como un denso entramado de amistades y lazos familiares; significa tratar de hallar el modo de aceptar una vida basada en el asesinato; significa incurrir automáticamente en una condena a muerte. Giovanni Brusca sostiene que tuvo que reunir más valor para convertirse en testigo de cargo del que necesitaba para matar.

Nino Gioè era el mafioso que le gritó «Vai!» a Brusca cuando este tenía que accionar el detonador de la bomba de Capaci. Poco después de ser capturado y encerrado en una celda de aislamiento, en el verano de 1993, Gioè empezó a sentir la presión acumulada de los largos años vividos según las reglas de la Cosa Nostra. Sabía que la policía había escuchado algunas de sus conversaciones, y que probablemente había suministrado pruebas que irían en contra de otros hombres de honor; inconscientemente había quebrantado el más sagrado de los principios de la Cosa Nostra. Sentía crecer el recelo entre los mafiosos encerrados en las celdas de la misma ala. A medida que la presión aumentaba, comenzó a hacerse evidente; Gioè se dejó crecer la barba y empezó a descuidar la limpieza de su ropa. Se espera que los hombres de honor mantengan la compostura en la cárcel; por ello, el declive de su aspecto no hizo sino aumentar entre quienes le rodeaban los temores de que estuviera a punto de venirse abajo y contar al Estado todo lo que sabía. Pero lejos de ello, el 28 de julio de 1993, Gioè utilizó los cordones de sus zapatillas de tenis para colgarse en su celda. Aunque es muy raro que los hombres de honor acaben con su propia vida, la nota de suicidio de Gioè puede servir como resumen último de lo que significa vivir y morir bajo el código de honor:

Esta noche encontraré la paz y la serenidad que perdí hará unos diecisiete años [al iniciarse en la Cosa Nostra]. Cuando las perdí, me convertí en un monstruo. He sido un monstruo hasta que mi mano ha cogido el lápiz para escribir estas líneas ... Antes de irme, pido perdón a mi madre y a Dios, puesto que su amor no tiene límites. El resto del mundo jamás podrá perdonarme.4

La cuestión histórica que plantea este retrato de la vida en el seno de la Cosa Nostra es sencilla: ¿ha sido siempre así? La respuesta, igualmente sencilla, es que nadie lo sabrá nunca con certeza. Puede que los pentiti hayan hablado con la policía en numerosas ocasiones, pero cuando lo han hecho, han tendido a hablar sobre crímenes concretos y no acerca de cómo era eso de ser un mafioso. Pero lo que sí sugieren las evidencias es que en todo momento ha existido algo parecido a ese código de honor. Al fin y al cabo, si no hubiera existido, la Mafia no habría sobrevivido durante tanto tiempo; de hecho, puede que incluso ni siquiera hubiera surgido.