UNO

—¿Cuánto tiempo durará la magia?

Al principio, nadie respondió la pregunta de Roland y por eso volvió a hacerla, esta vez dirigiendo la mirada al otro lado del comedor de la rectoría, donde Henchick de los mannis estaba sentado con Cantab, quien había contraído matrimonio con una de las muchas nietas de Henchick. Los dos hombres estaban cogidos de la mano, como era costumbre entre los mannis. El hombre de más edad había perdido a una nieta ese día, aunque si lloraba su pérdida, las emociones no afloraban en su rostro pétreo y sereno.

Junto a Roland, sin coger la mano de nadie, callado y espantosamente pálido, se encontraba sentado Eddie Dean. A su lado, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, estaba Jake Chambers. Se había puesto a Acho en el regazo, un gesto que Roland no había visto antes y que no habría creído que el bilibrambo permitiera. Tanto Eddie como Jake estaban salpicados de sangre. La de la camisa de Jake pertenecía a su amigo Benny Slightman. La de la camisa de Eddie era de Margaret Eisenhart, otrora Margaret Sendarroja, la nieta perdida del anciano patriarca. Tanto Eddie como Jake parecían tan cansados como se sentía Roland, aunque este último estaba seguro de que esa noche no habría descanso para ellos. Desde la distancia, desde el pueblo, llegaban el rumor de los fuegos de artificio, los cantos y las celebraciones.

Allí no había nada que celebrar. Benny y Margaret estaban muertos, y Susannah había desaparecido.

—Henchick, decidme, os lo ruego: ¿cuánto durará la magia?

El anciano se mesó la barba de forma distraída.

—Pistolero, Roland, no sabría deciros. La magia de la puerta de esa cueva está fuera de mi alcance. Como vos sabréis.

—Decidme lo que opináis. Basándoos en lo que sí sabéis.

Eddie levantó las manos. Estaban sucias, tenía sangre bajo las uñas y le temblaban.

—Decid, Henchick —sugirió Eddie, hablando con una voz acallada y extraviada que Roland jamás había oído—. Hablad, os lo ruego.

Rosalita, la mujer para todo al servicio del padre Callahan, entró con una bandeja. Llevaba unas tazas y jarra con café humeante. Al menos ella había encontrado tiempo para cambiarse los tejanos y la camisa ensangrentados y polvorientos y ponerse un vestido de andar por casa, aunque todavía tenía la mirada horrorizada. Los ojos se le salían del rostro como animalillos asomando por sus madrigueras. Sirvió el café y pasó las tazas sin mediar palabra. Ella tampoco se había limpiado toda la sangre, Roland se dio cuenta cuando tomó una de las tazas. Tenía una mancha en el dorso de la mano derecha. ¿Era sangre de Margaret o de Benny? Roland no lo sabía; ni le importaba mucho. Los lobos habían sido derrotados. Podían o no volver a Calla Bryn Sturgis; eso era asunto del ka. Ellos se tenían que encargar de Susannah Dean, quien había desaparecido en el momento posterior a la batalla, llevando la Trece Negra consigo.

Henchick dijo:

—¿Preguntáis por el kaven?

—Sea, padre —admitió Roland—. Por la persistencia de la magia.

El padre Callahan cogió una taza de café con un gesto de asentimiento y una sonrisa distraída, pero sin una palabra de agradecimiento. Había hablado poco desde que habían regresado de la cueva. En el regazo tenía un libro titulado El misterio de Salem’s Lot, escrito por un hombre del que nunca había oído hablar. Se suponía que era una obra de ficción, pero él, Donald Callahan, aparecía en el libro. Había vivido en el pueblo del que se hablaba en sus páginas, había participado en los acontecimientos que narraba. Había mirado la contracubierta y la solapa trasera en busca de la foto del autor con la extraña certeza de que contemplaría una versión de su rostro devolviéndole la mirada (seguramente con el aspecto que tenía en 1975, cuando esos acontecimientos habían tenido lugar), pero no había foto alguna, tan solo una nota sobre el autor que contaba muy poca cosa. Vivía en el estado de Maine. Estaba casado. Había escrito un libro con anterioridad, con muy buenas críticas a juzgar por las citas que aparecían en la contracubierta.

—Cuanto mayor es la magia, más persiste —respondió Cantab y a continuación miró a Henchick con gesto interrogante.

—Sea —admitió Henchick—. La magia y la atracción son la misma cosa, y se despliegan desde atrás —hizo una pausa—, desde el pasado, a vos os consta.

—Esta puerta se abrió en muchos lugares y en muchas épocas en el mundo del que provienen mis amigos —comentó Roland—. Yo la abriría otra vez, pero solo en los dos últimos mundos. Los dos más recientes. ¿Eso puede hacerse?

Esperaron a que Henchick y Cantab lo pensaran. Los mannis eran grandes viajeros. Si había alguien que supiera si se podía hacer, si había alguien que supiera hacer lo que Roland quería, lo que todos ellos querían, eran esos tipos.

Cantab se inclinó con gesto reverente en dirección al anciano, el dinh del Calla Sendarroja. Le susurró algo. Henchick escuchó con el rostro impertérrito, hizo girar la cabeza de Cantab con una mano avejentada y llena de nudos, y le susurró la respuesta.

Eddie se movió y Roland tuvo la sensación de que estaba a punto de dejarse llevar, tal vez de empezar a gritar. Posó una mano de contención sobre el hombro de Eddie y el muchacho se calmó. Al menos por el momento.

La consulta susurrada continuó durante al menos cinco minutos mientras los demás esperaban. A Roland le resultaba difícil soportar el rumor de la celebración en la lontananza; sabe Dios cómo estarían haciendo sentirse a Eddie.

Al final, Henchick le dio una palmadita a Cantab en la mejilla y se volvió en dirección a Roland.

—Creemos que se puede hacer —anunció.

—Gracias a Dios —musitó Eddie. A continuación dijo en voz más alta—: ¡Gracias a Dios! Vámonos de aquí. Podemos reunirnos con ustedes en el Camino del Este…

Los dos barbudos sacudieron la cabeza, Henchick con una suerte de profunda pena, Cantab con ojos casi horrorizados.

—No iremos a la Cueva de las Voces en la oscuridad —advirtió Henchick.

—¡Tenemos que ir! —soltó Eddie—. ¡No lo entiende! No se trata simplemente de cuánto tiempo durará o dejará de durar la magia, se trata del tiempo en el otro lado. Allí transcurre más deprisa, y en cuanto se acabe, ¡se acabó! Por Dios santo, Susannah podría estar teniendo al bebé ahora mismo, y si es una especie de caníbal…

—Escuchadme, joven amigo —lo interrumpió Henchick—, y escuchadme bien, os lo ruego. El día está próximo a su fin.

Eso era cierto. Jamás en toda su experiencia, Roland había vivido un día que se le escapase con tanta rapidez entre los dedos. Se había producido la batalla contra los lobos a primera hora, poco después del alba; luego habían empezado las celebraciones en el camino por la victoria y el duelo por las bajas (que habían sido increíblemente pocas, teniendo en cuenta cómo habían ido las cosas). Después se habían dado cuenta de que Susannah había desaparecido; la caminata hasta la cueva y lo que habían descubierto allí. Cuando habían vuelto del campo de batalla en el Camino del Este, ya era pasado el mediodía. La mayoría de los habitantes del pueblo se habían marchado, llevando a sus hijos salvados con aire triunfante. Henchick había accedido de buen grado a garlar, pero cuando habían regresado a la rectoría, el sol estaba situado en el lado que no tocaba del cielo.

«Al final vamos a echar un sueñecito», pensó Roland y no sabía si sentirse contento o decepcionado. Aunque sí sabía que no le vendría mal dormir.

—Escucho y oigo —dijo Eddie, pero Roland seguía con la mano apoyada en su hombro, y sentía cómo temblaba el joven.

—Aunque quisiéramos hacerlo, no podríamos convencer a un número suficiente de personas que accedieran a acompañarnos —explicó Henchick.

—Vos sois su dinh…

—Sea, así lo llamáis, y eso supongo que soy, aunque no es esa la palabra que usamos, os consta. En la mayoría de las cosas me han seguido, saben la deuda que tienen con vuestro ka-tet por este día de trabajo y os dirán gracias de todas las formas posibles. Pero no ascenderían por esa senda ni entrarían a ese lugar encantado una vez caída la noche. —Henchick sacudía la cabeza lentamente y con gran seguridad—. No, eso no lo harán.

»Escuchadme, joven. Cantab y yo podemos volver al Kra-ten de Sendarroja mucho antes de que sea noche cerrada. Allí convocaremos a nuestros semejantes al Tempa, que es para nosotros lo que la Sala de Reuniones para el desmemoriado. —Miró por un instante a Callahan—. Os pido perdón, padre, si os he ofendido al llamaros así.

Callahan hizo un gesto de asentimiento con la cabeza sin levantar la mirada del libro, al que no paraba de dar vueltas y más vueltas en las manos. Lo habían protegido con un forro de plástico, como suele ocurrir con las primeras ediciones de gran valor. El precio escrito a lápiz con pulso débil era 950 dólares. Se trataba de la segunda novela escrita por un joven. Callahan se preguntó qué lo hacía tan valioso. Si se hubieran topado con el propietario del libro, un hombre llamado Calvin Torre, seguramente se lo habría preguntado. Y ese no sería más que el principio de su interrogatorio.

—Explicaremos qué es lo que queréis y pediremos voluntarios. De los sesenta y ocho hombres del Kra-ten de Sendarroja, creo que todos a excepción de cuatro o cinco accederán a colaborar, a unir sus fuerzas. Se formará un khef poderoso. ¿Así es como lo llamáis? ¿Khef? ¿Lo de compartir?

—Sí —respondió Roland—. Lo llamamos compartir el agua.

—Ese número de hombres no cabe en la entrada de la cueva —observó Jake—. Ni aunque la mitad de ellos se subieran a hombros de la otra mitad.

—No es necesario —advirtió Henchick—. Llevaremos a los más fuertes al interior, a los que llamamos remitentes. Los demás puede alinearse en el camino, cogidos de la mano, plomada con plomada. Llegarán antes de que el sol acabe de asomar por encima del tejado mañana. De eso doy fe con mi sello.

—De todas formas necesitaremos esta noche para reunir nuestros imanes y plomadas —dijo Cantab.

Buscó con la mirada a Eddie como pidiendo perdón y con algo de miedo. El joven sentía un tremendo dolor, de eso no había duda. Y era un pistolero. Un pistolero podía actuar por cuenta propia, y cuando lo hacía, jamás era a ciegas.

—Podría ser demasiado tarde —comentó Eddie en voz baja. Miró a Roland con sus ojos color avellana. En ese momento estaban inyectados en sangre y apagados por el agotamiento—. Mañana podría ser demasiado tarde aunque la magia todavía no haya desaparecido.

Roland abrió la boca y Eddie levantó un dedo.

—No digas ka, Roland. Si vuelves a decir ka, te juro que me explotará la cabeza.

Roland cerró la boca.

Eddie se volvió hacia los dos hombres barbudos con capas oscuras de estilo cuáquero.

—Y no podéis asegurar que la magia permanecerá, ¿verdad? Lo que esta noche podría estar abierto, mañana podría estar cerrado a cal y canto para siempre. Y ni todos los imanes ni las plomadas de los mannis podrían abrirla.

—Sea —respondió Henchick—. Pero vuestra mujer se llevó la bola mágica, y sin importar lo que vos creáis, Mundo Medio y las Tierras Fronterizas están mucho mejor sin esta.

—Vendería mi alma por recuperarla, por tenerla en mis manos —sentenció Eddie con claridad.

Todos parecieron sorprendidos al escucharlo, incluso Jake, y Roland sintió una profunda urgencia de decirle a Eddie que debía retirar lo dicho, que debió callárselo. Existían fuerzas poderosas que obraban en contra de la búsqueda de la Torre, fuerzas oscuras, y la Trece Negra era su más claro sigul. A lo que se podía dar un buen uso, también se le podía dar uno contrario y las curvaturas del arco iris poseían su propia atracción maléfica, sobre todo la Trece Negra. Tal vez fuera la suma de todas. Aunque la hubieran poseído, Roland habría luchado para que no llegase a las manos de Eddie Dean. En su estado de afligido desconsuelo, la bola o bien lo destruiría o bien lo convertiría en su esclavo en cuestión de minutos.

—Una piedra podría beber si tuviera boca —declaró Rosa con sequedad, sobresaltándolos a todos—. Eddie, dejando la magia a un lado, piensa en el camino que sube hasta allí. Luego piensa en cinco docenas de hombres, muchos de ellos casi tan ancianos como Henchick, uno o dos ciegos como murciélagos, intentando llegar hasta allí ya caída la noche.

—La roca —dijo Jake—. ¿Recuerdas la roca por la que tuviste que deslizarte, con los pies colgando por el precipicio?

Eddie asintió a regañadientes. Roland notó cómo intentaba aceptar lo que no podía cambiar. Buscaba a tientas la sensatez.

—Además, Susannah Dean es una pistolera —recordó Roland—. Puede cuidarse sola durante un tiempo.

—No creo que Susannah siga teniendo el control —replicó Eddie—, ni tú tampoco. Al fin y al cabo es el bebé de Mia y será ella quien esté al mando de todo hasta que el bebé… el chaval llegue.

En ese momento, Roland tuvo un presentimiento y, como muchos de los presentimientos que había tenido con el paso de los años, resultó ser cierto.

—Puede que estuviera al mando cuando se marcharon, pero puede que no haya logrado mantener el control.

Callahan habló por fin, levantando la vista del libro que lo tenía ensimismado.

—¿Por qué no?

—Porque no es su mundo —aclaró Roland—. Es el mundo de Susannah. Si no encuentran una forma de colaborar, puede que mueran juntas.

DOS

Henchick y Cantab regresaron al clan Sendarroja, primero para hablar con los ancianos congregados (todos hombres) sobre la misión realizada ese día y para contarles, a continuación, cuál era el pago requerido a cambio. Roland se fue con Rosa a su cabaña. Se divisaba en la colina, por encima del retrete antaño impecable que ahora estaba prácticamente en ruinas. En el interior de ese retrete, inútil centinela erguido, se encontraban los restos de Andy el Robot Mensajero (muchas otras funciones). Rosalita desnudó a Roland lentamente y por completo. Cuando el hombre estuvo tal como había llegado al mundo, Rosalita se tendió junto a él sobre su cama y le dio un masaje con sus aceites especiales: aceite de gato para sus dolores, una mezcla más untuosa y ligeramente perfumada para sus partes más sensibles. Hicieron el amor. Se corrieron juntos (la clase de casualidad física que los tontos dan por sentada), mientras escuchaban el estallido de los petardos que llegaba desde la calle mayor del Calla y los escandalosos gritos de las yentes, la mayoría de ellas algo más que achispadas, a juzgar por la bulla.

—Duerme —le sugirió ella—. Mañana no volveré a verte. Ni yo, ni Eisenhart, ni Overholser, ni nadie del Calla.

—Entonces, ¿tienes el don de la visión? —preguntó Roland.

Parecía relajado, incluso de buen humor, pero incluso cuando había estado dentro de ella, envuelto en su calor, empujando sin parar, el tormento por Susannah no había abandonado ni un momento su pensamiento: un miembro de su ka-tet, y perdido. Aunque solo se hubiera tratado de eso, habría sido suficiente para impedir que descansara o se relajara de verdad.

—No —respondió Rosa—, pero de vez en cuando tengo presentimientos, como cualquier mujer, sobre todo cuando su hombre se está preparando para partir.

—¿Eso soy para ti? ¿Tu hombre?

La mirada de Rosa fue tímida y firme.

—Sea, durante el breve tiempo que has estado aquí, me gusta verlo así. ¿Creéis que ando errada, Roland?

Roland sacudió la cabeza sin demora. Estaba bien volver a ser el hombre de una mujer, aunque solo fuera por un breve período de tiempo.

Ella se dio cuenta de que su respuesta era sincera, y la expresión de su rostro se dulcificó. Le dio una palmadita en la mejilla.

—Nos bien hallamos, Roland, ¿verdad? Bien hallados en el Calla.

—Ea, señora.

Ella le tocó lo que quedaba de la mano derecha de Roland, luego la cadera derecha.

—¿Cómo van esos dolores?

A ella no le iba a mentir.

—Me están matando.

Rosa asintió con la cabeza, luego lo cogió de la mano izquierda, la que Roland había conseguido mantener alejada de las langostruosidades.

—¿Y esta?

—Bien —respondió, aunque sentía un profundo dolor. Un dolor acechador, que esperaba el momento de aflorar. Lo que Rosalita llamaba el chasquido seco.

—¡Roland! —exclamó ella.

—¿Sí?

Los ojos de Rosa lo miraron con calma. Ella seguía cogiéndole la mano izquierda, tocándosela, escudriñando sus secretos.

—Acaba lo que tienes entre manos en cuanto puedas.

—¿Es ese tu consejo?

—Sea, corazón. Antes de que lo que tienes entre manos acabe contigo.

TRES

Eddie estaba sentado en el porche trasero de la rectoría cuando llegó la medianoche y lo que ese pueblo llamaría por siempre jamás el Día de la Batalla del Camino del Este pasó a la historia (después de lo cual pasaría a convertirse en leyenda… suponiendo siempre que el mundo se mantuviera de una pieza el tiempo suficiente para que esto ocurriera). En el pueblo, el bullicio de la celebración había ido subiendo de volumen hasta tornarse febril, hasta que Eddie empezó a preguntarse en serio si no le habrían prendido fuego a toda la calle mayor. ¿Es que acaso le hubiera importado? Ni una pizca, diría gracias y, además, que os vaya bien. Mientras Roland, Susannah, Jake, Eddie y tres mujeres —que se hacían llamar hermanas de Oriza— hicieron frente a los lobos, los demás miembros del Calla habían permanecido o bien agazapados en el pueblo por el miedo o en el campo de arroz junto a la ribera. Con todo, en cuanto pasaran diez años, ¡incluso cinco!, se contarían unos a otros cómo un día de otoño se les acabó la paciencia y lucharon codo con codo con los pistoleros.

Eddie creía que no era justo, parte de él sabía que no lo era, pero en toda la vida se había sentido tan desamparado, tan perdido y, en consecuencia, tan miserable. Se obligó a no pensar en Susannah, a no preguntarse dónde estaba ni si su niño diabólico ya habría nacido, aunque se descubrió pensando en ella de todas formas. Susannah se había ido a Nueva York, de eso estaba seguro. Pero ¿a qué cuándo? ¿La gente se trasladaba en coche de caballos iluminada por la luz de las lámparas de gas o iba volando por ahí en taxis antigravitatorios conducidos por robots de North Central Positronics?

«¿Seguirá viva?»

Habría desestimado esa idea de haber sido posible, pero la mente puede ser muy cruel. No paraba de verla en alguna zona de los bajos fondos de Alphabet City, con una esvástica grabada en la frente y un cartel que dijera «Recuerdos de tus amigos de Oxford Town», colgado del cuello.

La puerta de la cocina de la rectoría se abrió a sus espaldas. Oyó la suave pisada de unos pies descalzos (tenía el oído muy fino, entrenado como los demás miembros de su equipo de asesinos), y el chasquido de unas pezuñas. Jake y Acho.

El muchacho se sentó junto a su lado en la mecedora de Callahan. Todavía estaba vestido y llevaba su agarradera. Dentro de ella se encontraba la Ruger que Jake le había robado a su padre al escaparse de casa. Y ahora había hecho correr ríos de… bueno, no de sangre. Todavía no. ¿De aceite? Eddie sonrió con timidez. No tenía ninguna gracia.

—¿No puedes dormir, Jake?

—Ake —repitió Acho, y cayó sobre los pies de Jake con el hocico posado sobre las membranas que tenía entre las zarpas.

—No —respondió Jake—. No dejo de pensar en Susannah. —Hizo una pausa y a continuación añadió—: y en Benny.

Eddie sabía que eso era normal, el chico había visto con sus propios ojos cómo su amigo saltaba en pedazos, por supuesto que estaba pensando en él. Pese a todo, Eddie sintió una pequeña punzada de celos, como si toda la preocupación de Jake debiera haberse reservado para la esposa de Eddie Dean.

—Ese niñato de los Tavery —comentó Jake—. Fue culpa suya. Le entró miedo, echó a correr y se rompió el tobillo. De no haber sido por él, Benny seguiría vivo. —Y con una voz muy grave que habría helado el corazón del chico en cuestión si este lo hubiera escuchado (Eddie no lo dudó ni por un momento), Jake añadió—: El puto… Frank… Tavery.

Eddie estiró una mano, que no pretendía ser un consuelo aunque eso fue, y le tocó la cabeza al muchacho. Tenía el pelo largo. Necesitaba un buen lavado. ¡Por Dios! Necesitaba un corte. Necesitaba una madre que velase porque lo llevara aseado. Aunque no había ninguna madre en ese momento, no para Jake. Entonces se produjo un pequeño milagro: el hecho de prestar consuelo hizo que Eddie se sintiera mejor. No mucho mejor, pero sí un poco.

—Olvídalo —le aconsejó—. Lo hecho, hecho está.

—Ka —añadió Jake con amargura.

—Ka-lla, ka —dijo Acho sin levantar el hocico.

—Amén —concluyó Jake, y se rió. La risa resultó perturbadora por su frialdad. Jake cogió la Ruger de su agarradera hecha en casa y la miró—. Esta pasará, porque viene del otro lado. Eso es lo que dice Roland. Las demás también podrán pasar, porque no vamos a entrar en exotránsito. Si no pasan, Henchick las guardará para su uso futuro en la cueva y tal vez podamos volver a buscarlas.

—Si acabamos en Nueva York —empezó a decir Eddie— allí habrá un montón de armas. Y las encontraremos.

—No como las de Roland. De verdad espero que pasen. No queda ningún arma como esta en ningún mundo. Eso es lo que creo —dijo Jake.

También era lo que creía Eddie, pero no se molestó en decirlo. Desde el pueblo llegó el estruendo de una traca de petardos, luego se hizo el silencio. Se estaban calmando las cosas por allí abajo, por fin se calmaban. Al día siguiente sin duda se celebraría una fiesta en la dula de veinticuatro horas, una continuación del festejo del día de hoy, pero con un poco menos de borracheras y un poco más de sentido común. Esperarían a Roland y a su ka-tet como invitados de honor, aunque si los dioses de la creación eran buenos y la puerta se abría, se habrían marchado. Para ir en busca de Susannah, para encontrarla. Olvida lo de buscarla, para encontrarla y punto.

Como si Jake le hubiera leído el pensamiento (y podía hacerlo, se le daba muy bien lo del toque), dijo:

—Sigue viva.

—¿Cómo lo sabes?

—Si hubiera desaparecido, lo hubiéramos sentido.

—Jake, ¿puedes tocarla?

—No, pero…

Antes de que pudiera terminar la frase, se oyó un poderoso estruendo procedente del suelo. De pronto, el porche empezó a ascender y a caer como un barco en mar gruesa. Las tablas comenzaron a crujir. De la cocina llegó el traqueteo de la porcelana como si se tratara de unos dientes castañeteando. Acho levantó la cabeza y gimió. Su carita de zorro adquirió una cómica expresión de sorpresa con las orejas echadas hacia atrás. En la sala de Callahan, algo se cayó y se hizo añicos.

Lo primero que pensó Eddie, de forma ilógica pero firme, fue que Jake había matado a Suze por el simple hecho de declarar que seguía viva.

Durante un instante el temblor se intensificó. Una ventana se hizo añicos pues el marco se salió de su sitio. Se escuchó una explosión en la oscuridad. Eddie supuso, y no se equivocaba, que había sido el retrete en ruinas, que se había desplomado por fin. Eddie se había levantado sin darse cuenta. Jake estaba de pie a su lado, cogiéndole de la muñeca. Eddie había desenfundado la pistola de Roland y en ese momento ambos estaban listos, como si fueran a empezar a disparar.

Se produjo un estruendo final procedente de las profundidades de la tierra, y, a continuación, el porche enmudeció bajo sus pies. En determinados puntos clave a lo largo del Haz, la gente se estaba despertando y mirando a su alrededor, aturdida. En las calles de uno de los cuándos de Nueva York, se habían disparado unas cuantas alarmas de coches. Los periódicos del día siguiente informarían de un terremoto de poca intensidad: ventanas rotas, pero ninguna víctima mortal. Tan solo una pequeña sacudida del fundamentalmente sólido lecho rocoso.

Jake estaba mirando a Eddie, con los ojos abiertos como platos. Lo sabía.

La puerta se abrió a sus espaldas y Callahan salió al porche vestido con un finísimo calzoncillo blanco que le llegaba a las rodillas. Salvo aquello, lo único que llevaba puesto era el crucifijo de oro colgado del cuello.

—Ha sido un terremoto, ¿no? —preguntó—. Una vez sentí uno en el norte de California, pero no había vuelto a experimentarlo desde que llegué al Calla.

—Ha sido mucho más que un puñetero terremoto —respondió Eddie y señaló con el dedo.

El porche cerrado estaba orientado al este donde el horizonte se iluminaba por una artillería silenciosa que lanzaba ráfagas de rayos verdes. En la colina, por debajo de la rectoría, la puerta de la pequeña habitación de Rosalita se abrió con un crujido y luego se cerró de golpe. Roland y ella subieron juntos la colina. Ella llevaba un vestido camisero y el pistolero un par de tejanos, ambos caminaban descalzos sobre el rocío.

Eddie, Jake y Callahan descendieron hasta donde se encontraba la pareja. Roland estaba mirando fijamente los ya debilitados parpadeos de los rayos en el este, donde los esperaba la tierra de Tronido y la Corte del Rey Carmesí y, en los confines del Mundo Final, la mismísima Torre Oscura.

«Si… —pensó Eddie—… si todavía se mantiene en pie.»

—Jake acababa de decir que si Susannah hubiera muerto, lo sabríamos —comentó Eddie—. Que se produciría lo que llamáis un sigul. Y luego ha ocurrido esto. —Señaló con el dedo la parcela de jardín del padre donde había surgido un nuevo montículo y se había abierto una grieta en el suelo de unos tres metros que dejaba al descubierto los labios marrones y fruncidos de la tierra. En el pueblo ladraba una coral de perros, pero no se oía a las yentes, al menos de momento; Eddie supuso que muchos de ellos debían de dormir durante lo ocurrido. El sueño de los victoriosos borrachos.

—Pero esto no ha tenido nada que ver con Suze, ¿no?

—No de forma directa, no.

—Ni ha sido el nuestro —añadió Jake— o el daño hubiera sido mucho mayor. ¿No creéis?

Roland asintió con la cabeza.

Rosa miró a Jake con una mezcla de desconcierto y pavor.

—¿No ha sido nuestro qué, chico? ¿De qué estás hablando? ¡Un terremoto no ha sido, eso seguro!

—No —reconoció Roland—, ha sido un hazremoto. Uno de los Haces que sostiene la Torre, que lo sostiene todo, ha cedido. Se ha partido.

Incluso bajo la tenue luz de los cuatro fogariles parpadeantes colocados en el porche, Eddie vio que el rostro de Rosalita Muñoz quedaba exangüe. Se santiguó.

—¿Un haz? ¿Uno de los Haces? ¡Di que no! ¡Di que no es verdad!

Eddie recordó el lío que se montó durante un partido de béisbol hacía muchos años. Recordó la queja de algún mocoso: «Di que no es verdad, Joe».

—No puedo —replicó Roland—, porque sí lo es.

—¿Cuántos de esos Haces hay? —preguntó Callahan.

Roland miró a Jake e hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza: «Recita la lección, Jake de Nueva York, habla y di la verdad».

—Seis Haces que conectan doce pórticos —informó Jake—. Los doce pórticos que se encuentran en los confines de la tierra. Roland, Eddie y Susannah en realidad empezaron su búsqueda desde el Pórtico del Oso y me recogieron a mí entre ese lugar y Lud.

—Shardik —añadió Eddie. Estaba contemplando los últimos parpadeos de los rayos del este—. Así se llamaba el oso.

—Sí, Shardik —corroboró Jake—. Así que nos encontramos en el Haz del Oso. Todos los Haces confluyen en la Torre Oscura. ¿Nuestro Haz, al otro lado de la Torre…? —Miró a Roland en busca de ayuda. Roland, a su vez, miró a Eddie Dean. Al parecer, incluso a esas alturas, Roland no había acabado con sus enseñanzas del Camino del Eld.

Eddie tampoco vio la mirada o tal vez decidiera ignorarla, pero Roland no iba a dejar que le tomaran el pelo.

—¿Eddie? —masculló entre dientes.

—Nos encontramos en la Senda del Oso, el Camino de la Tortuga —dijo Eddie en tono distraído—. No tengo ni idea de qué importancia tiene eso ahora puesto que no vamos a ir más allá de la Torre, pero al otro lado está la Senda de la Tortuga, el Camino del Oso. —Y recitó lo siguiente:

¡Ved a la tortuga de tremenda grandeza!
Sobre su caparazón sostiene la tierra,

de pensamiento lento, pero con buenas intenciones;
nos tiene a todos en sus cavilaciones.

En ese momento, Rosalita siguió el poema:

Sobre su caparazón sostiene lo verdadero,
allí el amor y el deber se unieron.

Ama la tierra y ama el mar,
y a un niño como yo es capaz de amar.

—No es exactamente así como lo aprendí de pequeño y se lo enseñé a mis amigos —apuntilló Roland—, pero es algo bastante parecido, doy fe con mi sello.

—El nombre de la Gran Tortuga es Maturin —prosiguió Jake, y se encogió de hombros—. Si es que eso importa.

—¿No hay forma de saber qué Haz se ha partido? —preguntó Callahan, estudiando la cara de Roland con atención.

Roland sacudió la cabeza.

—Lo único que sé es que Jake tiene razón… no ha sido el nuestro. Si lo hubiera sido, nada seguiría en pie en cientos de kilómetros a la redonda de Calla Bryn Sturgis. —O tal vez nada a miles de kilómetros… ¿Quién podía asegurarlo?—. Los mismísimos pájaros habrían caído del cielo, desplomados y envueltos en llamas.

—Hablas del Armagedón —dijo Callahan con voz grave y preocupada.

Roland volvió a sacudir la cabeza, pero no para negar lo escuchado.

—No conozco esa palabra, padre, pero hablo de muchas muertes y destrucción, eso sí. Y en algún lugar, tal vez en el Haz que conecta el Pez a la Rata, eso mismo es lo que acaba de suceder.

—¿Estás seguro al cien por cien de que eso es cierto? —preguntó Rosa con un hilo de voz.

Roland asintió en silencio. Ya había pasado antes por esto, cuando Gilead había caído y la civilización, tal como él la entendía entonces, había llegado a su fin. Cuando se había visto abocado a errar junto a Cuthbert, Alain, Jamie y los otros pocos miembros del ka-tet que quedaban. En aquel entonces, uno de los seis Haces se había partido y con casi total seguridad no había sido el primero.

—¿Cuántos Haces quedan que sostengan la Torre? —preguntó Callahan.

Por primera vez, Eddie parecía interesado en algo que no fuera el destino que había corrido su esposa perdida. Estaba mirando a Roland con algo que prácticamente parecía atención. Y ¿por qué no? Al fin y al cabo, esa era una pregunta crucial. «Todas las cosas sirven al Haz», decían, y aunque lo cierto era que todas las cosas servían a la Torre, eran los Haces los que la sostenían. Si se partían…

—Dos —contestó Roland—. Yo diría que, como mínimo, tienen que quedar dos. El que pasa por Calla Bryn Sturgis y otro más. Pero sabe Dios cuánto tiempo aguantarán. Incluso sin que los disgregadores los ataquen, dudo que aguanten mucho más. Debemos darnos prisa.

Eddie se había puesto en tensión.

—Si estás insinuando que sigamos sin Suze…

Roland negó con la cabeza con impaciencia, como diciéndole a Eddie que no fuera un necio.

—No podemos vencer a la Torre sin ella. Por lo que yo sé, tampoco podemos vencerla sin el chaval de Mia. Está en manos del ka, y en mi tierra se solía decir que «El ka no atiende ni a razones ni a emociones».

—Estoy de acuerdo con ese dicho —comentó Eddie.

—Podría surgirnos otro problema —anunció Jake.

Eddie lo miró con el ceño fruncido.

—No necesitamos otro problema.

—Lo sé, pero… ¿Y si el terremoto ha bloqueado la entrada de la cueva? ¿O si…? —Jake dudó, a continuación dijo a regañadientes lo que de verdad temía—: ¿O si la ha derrumbado?

Eddie se acercó, agarró a Jake por la camisa y la arrugó cerrando el puño.

—No digas eso. Ni lo pienses.

Entonces oyeron las voces procedentes del pueblo. Roland supuso que las yentes debían de haberse reunido una vez más en la dula. Más adelante supuso que ese día, con su noche, sería recordado en Calla Bryn Sturgis durante miles de años. Así sería si la Torre permanecía en pie.

Eddie le soltó la camisa a Jake y le dio una palmadita en el lugar por donde lo había agarrado, como para borrar las arrugas. Intentó esbozar una sonrisa que le dio aspecto de débil y viejo.

Roland se volvió hacia Callahan.

—¿Con todo esto, los mannis se presentarán mañana, padre? Usted conoce a esa panda mejor que yo.

Callahan se encogió de hombros.

—Henchick es un hombre de palabra. Que pueda conseguir que los demás mantengan su palabra después de lo que acaba de ocurrir… eso, Roland, eso sí que no lo sé.

—Será mejor que lo consiga —sentenció Eddie con gravedad—. Será mejor que lo consiga.

Roland de Gilead dijo:

—¿Quién quiere jugar a Miradme?

Eddie lo miró con gesto de incredulidad.

—Nos quedaremos despiertos hasta que despunte el alba —anunció el pistolero—. Hay que matar el tiempo.

Así que jugaron a Miradme, y Rosalita ganó una partida tras otra al tiempo que iba sumando puntos en una pizarra sin sonrisas de triunfalismo… sin expresión alguna que pudiera ser interpretada por Jake. Al menos, no al principio. Jake sintió la tentación de usar el toque, pero había llegado a la conclusión de que utilizarlo para nada que no fuera verdaderamente importante era incorrecto. Utilizarlo para ver más allá de la cara de póquer de Rosa hubiera sido como verla desnuda. O ver cómo Roland y ella hacían el amor.

Con todo, a medida que el juego fue avanzando y el noreste por fin empezó a clarear, Jake supuso que sabía lo que Rosa estaba pensando, porque era lo mismo que estaba pensando él. En cierto modo, todos ellos tenían esos dos últimos Haces en mente, desde ese momento hasta el final.

A la espera de que uno, o los dos, se partiese. Sin importar que estuvieran siguiendo el rastro de Susannah o que Rosa estuviera preparándose la cena, ni siquiera que Ben Slightman estuviera llorando la muerte de su hijo allá en el rancho de Vaughn Eisenhart… todos ellos estaban pensando en ese preciso instante en lo mismo: solo quedaban dos, y los disgregadores trabajaban día y noche para partirlos, corroyéndolos, matándolos.

¿Cuánto quedaba hasta que acabase todo? ¿Y cómo acabaría? ¿Oirían el tremendo estruendo de aquellas enormes piedras color pizarra en el momento en que se desplomaran? ¿Se desgarraría el cielo en dos como un retal de fina tela para escupir las monstruosidades que habitaban la oscuridad del exotránsito? ¿Habría tiempo para gritar? ¿Habría algo después de la vida, o incluso el Cielo y el Infierno quedarían arrasados tras la caída de la Torre Oscura?

Jake miró a Roland y le envió un pensamiento con toda la claridad de la que fue capaz: «Roland, ayúdanos».

Y recibió un pensamiento como respuesta, que le llenó la mente de frío consuelo (¡ah!, pero el consuelo servido frío era mejor que ningún consuelo en absoluto): «Si puedo».

—Miradme —anunció Rosa, y mostró sus cartas. Tenía Varitas Mágicas, la jugada más alta, y la carta que estaba encima era Madame Muerte.

ESTROFA: Commala-ven-ven

Un joven con pistola también.

El joven perdió su miel

cuando ella se fugó sin él.

RESPUESTA: ¡Commala-ven-uno!

¡Ella se la llevó como ninguno!

Y aunque dejó solo al pitufo

Su nene no estaba a punto.

La persistencia de la magia. 2.ª estrofa