bían perdido por uno o dos disparos; luego se pusieron de acuerdo para recoger las ganancias de la apuesta. Las horas de guardia pasarían de los ganadores a los perdedores, y generosas raciones circularían de un lado a otro entre las naves.

La misma operación se había repetido ya casi treinta veces. Pero en aquella ocasión, mientras las dos partes enfrentadas se acercaban, Vor tenía un as en la manga.

La flota de la Yihad permaneció en perfecta formación, con una disciplina digna de las máquinas.

—Allá vamos. —Vor se volvió hacia los hombres del puente—. Preparados para el encuentro. Escudos a máxima potencia. Ya sabéis qué hay que hacer. Lo hemos ensayado muchas veces.

Una intensa vibración se extendió por la cubierta, debida a las capas de fuerza protectora alimentada por grandes generadores acoplados a los motores. Cada comandante se encargaría de controlar cuidadosamente que no se produjera un sobrecalentamiento en los escudos, porque provocaría un fallo generalizado del sistema. Pero, de momento, las máquinas no sospechaban nada.

Vor vio cómo la ballesta de vanguardia se desplazaba por la ruta orbital.

—Vergyl, ¿estás preparado?
—Hace días que lo estoy, señor. ¡Vamos allá!

Vor consultó con sus especialistas en destrucción y táctica, dirigidos por uno de los mercenarios de Ginaz, Zon Noret.

—Señor Noret, imagino que ya habrás desplegado todas tus… ratoneras.

La señal fue la respuesta.
—Todos en posición, primero. He enviado las coordenadas exactas a cada una de las naves para que podamos evitarlas. La pregunta es: ¿se darán cuenta las máquinas?

—¡Yo las distraeré, Vor! —dijo Vergyl.

Las naves enemigas se acercaban al punto de encuentro. Aunque las máquinas pensantes no tenían sentido de la estética, con sus cálculos y sus eficientes diseños de ingeniería resultaban unas naves de curvas precisas y cascos impecablemente lisos.

Vor sonrió.
—¡Adelante!

Mientras el grupo de Omnius avanzaba como un banco de peces imperturbables y amenazadores, de pronto la ballesta de Vergyl salió disparada a gran velocidad, lanzando misiles gracias a un nuevo sistema que permitía activar y desactivar los escudos de la proa en una secuencia de milisegundos, coordinada con gran precisión para que los proyectiles cinéticos salieran sin obstáculos.

Cohetes de alta intensidad impactaron contra la nave enemiga más próxima y Vergyl se desvió; cambió el rumbo y arremetió contra el grueso de las naves robóticas como un toro salusano en estampida.

Vor dio la orden de dispersarse y el resto de naves rompieron la formación y se dispersaron. Para quitarse de en medio.

Las máquinas, en un intento por responder a aquella situación inesperada, poco pudieron hacer aparte de abrir fuego contra las naves de la Yihad protegidas por los escudos.

Vergyl volvió a arremeter con su ballesta de vanguardia. Tenía orden de vaciar las baterías de su nave en un ataque suicida. Uno tras otro, los misiles detonaron contra las naves robóticas; provocaron daños significativos, pero sin llegar a destruirlas. Por los comunicadores no dejaban de oírse vítores.

Pero la táctica de Vergyl no era más que una maniobra de distracción. El grueso de las fuerzas de Omnius seguía la ruta fijada… directos hacia al campo de minas espacial que el mercenario Zon Noret y sus hombres habían puesto en órbita.

Las gigantes minas de proximidad estaban revestidas por unas películas que las hacían prácticamente invisibles a los sensores. Unas naves de reconocimiento y unos escáneres muy precisos habrían permitido detectarlas, pero el ataque furioso e inesperado de Vergyl había desviado la atención de las máquinas hacia otro lado.

Las dos naves de vanguardia estallaron al chocar contra una hilera de potentes minas. Las detonaciones abrieron boquetes en las proas, los cascos y las cámaras inferiores de los motores. Las naves afectadas perdieron el rumbo envueltas en llamas; una de ellas chocó contra otra mina.

Sin acabar de entender todavía qué pasaba, otras tres naves colisionaron contra minas espaciales invisibles. Entonces el grupo de combate robótico se reorganizó. Haciendo caso omiso de los ataques de Vergyl, las naves restantes se dispersaron y desplegaron sensores para detectar la posición de las minas, que retiraron con disparos precisos.

—Vergyl… sal de ahí —transmitió Vor—. Las demás ballestas, reagrupaos. Ya nos hemos divertido un poco. —Se recostó en su asiento de mando con un suspiro de satisfacción—. Que cuatro kindjal de reconocimiento salgan a comprobar la magnitud de los daños que hemos causado.

Abrió una línea de comunicación privada, y la imagen del mercenario de Ginaz apareció en pantalla.

—Noret, tú y tus hombres recibiréis una medalla por esto. —Cuando no llevaban ropa de camuflaje para colocar minas o realizar otras operaciones clandestinas, los mercenarios vestían uniformes diseñados por ellos mismos, de color oro y carmesí. El oro simbolizaba las sustanciosas sumas de dinero que recibían; el carmesí, la sangre que derramaban.

A sus espaldas, el dañado grupo de Omnius seguía con su patrulla orbital, impertérrita, como tiburones buscando comida. Numerosos robots habían salido de las naves y se arrastraban como piojos por la parte exterior de los cascos efectuando reparaciones.

—No parece que les hayamos hecho mucho daño —dijo Vergyl cuando su ballesta se reunió con el grupo de la Yihad. Parecía decepcionado; luego añadió—: Pero no nos quitarán Anbus IV.

—¡Desde luego que no! En los últimos años hemos dejado que se quedaran demasiadas cosas. Ya va siendo hora de que le demos la vuelta a esta guerra.

Vor no acababa de entender por qué en aquella ocasión las fuerzas robóticas esperaban tanto para provocar una escalada en el conflicto. No era lo habitual. Como hijo del titán Agamenón, él —más que ningún otro humano en la Yihad— sabía muy bien cómo funciona la mente de los ordenadores. Cuanto más lo pensaba, más inquieto se sentía.

«¿Soy yo quien se ha vuelto demasiado predecible? ¿Y si los robots solo quieren hacerme creer que no van a cambiar de táctica?»

Con el ceño fruncido, abrió la línea de comunicación con la ballesta de vanguardia.

—¿Vergyl? Tengo un mal presentimiento. Envía unas naves de reconocimiento para que comprueben la superficie del planeta y levanten un mapa. Creo que las máquinas están tramando algo.

Vergyl no cuestionó la intuición de Vor.
—Estaremos atentos, primero. Si han movido aunque sea una roca, lo descubriremos.

—Sospecho que será mucho más que eso. Están tratando de hacer trampa… a su manera. —Vor echó un vistazo al cronómetro, consciente de que hasta dentro de unas horas no tendría que preocuparse del siguiente encuentro orbital. Se sentía inquieto—. Entretanto, Vergyl, estás al mando. Yo bajaré a la superficie para ver si tu hermano ha conseguido hacer entrar en razón a nuestros amigos zenshiíes.

Para comprender el sentido de la victoria, primero debes definir quiénes son tus enemigos… y tus aliados.

Primero Xavier Harkonnen, lecciones de estrategia

Desde el éxodo de las sectas budislámicas de la Liga de Nobles siglos atrás, Anbus IV se había convertido en el centro de la civilización zenshií. Darits, su ciudad principal, era el centro religioso de aquella secta aislada e independiente, normalmente menospreciada por los extranjeros, que consideraban poco valiosos los escasos recursos del planeta y a aquellos fanáticos religiosos.

Las masas de tierra de Anbus IV estaban surcadas por mares inmensos y poco profundos, algunos de ellos de agua dulce, otros muy salados. Las mareas provocadas por las lunas cercanas hacían que los mares se desplazaran sobre el paisaje, arrastrando a su paso las capas superiores de tierra entre los abruptos cañones, erosionando la arenisca y creando con ella cavernas y anfiteatros. Los zenshiíes habían construido sus ciudades al amparo de los profundos salientes de roca.

Los ríos se desplazaban de un mar poco profundo a otro, impulsados por las mareas. Los habitantes de aquel lugar habían desarrollado de forma excepcional las matemáticas, la astronomía y la ingeniería para predecir las subidas y bajadas de estas mareas. Los mineros del cieno conseguían una gran riqueza mineral cribando las aguas fangosas que discurrían entre los cañones. La parte baja de los ríos proporcionaba grandes extensiones de tierra fértil; solo había que saber plantar y cosechar en el momento adecuado.

En Darits, los zenshiíes habían construido una enorme presa en una garganta situada entre cañones de roca roja; un gesto desafiante para demostrar que su fe e ingenuidad bastaban para contener el poderoso curso del río. Detrás de la presa se había formado un enorme pantano de aguas azules. Allí, los pescadores zenshiíes utilizaban delicados esquifes y grandes redes para complementar con la pesca el grano y las verduras que se cultivaban en la llanura aluvial.

La presa de Darits no era una simple pared, estaba adornada con dos inmensas estatuas de piedra, talladas por artesanos diestros y leales. Aquellos monolitos gemelos, de cientos de metros de altura, representaban las formas idealizadas de Buda y Mahoma, con las facciones desdibujadas por el tiempo y un concepto idealista del respeto.

Los fieles habían instalado voluminosas turbinas hidroeléctricas, a las que impulsaba la fuerza de la corriente. Junto con las numerosas placas solares que cubrían las mesetas, la presa de Darits generaba energía suficiente para abastecer a todas las ciudades de Anbus IV, que no eran grandes según los estándares de otros mundos. En todo el planeta tan solo había setenta y nueve millones de habitantes. Y a pesar de ello, la infraestructura tecnológica que permitía conectar los diferentes asentamientos a las líneas de comunicación y la red energética hacía de aquel el más evolucionado de los refugios budislámicos.

Ese era justamente el motivo por el que las máquinas pensantes lo querían. Con un esfuerzo mínimo, Omnius podía convertir Anbus IV en una avanzadilla y desde allí prepararse para lanzar ataques a mucha mayor escala contra los mundos de la Liga.

La Yihad de Serena Butler llevaba más de dos décadas en pleno apogeo. En los veintitrés años que habían pasado desde la destrucción atómica de la Tierra, las mareas de la batalla habían pasado muchas veces de la victoria a la derrota para ambos bandos.

Pero, hacía siete años, las máquinas pensantes habían puesto sus miras en los Planetas No Aliados, más fáciles de conquistar que los mundos de la Liga, tan bien defendidos y densamente poblados. En los vulnerables Planetas No Aliados, los comerciantes dispersos, los mineros, los granjeros y los refugiados budislámicos rara vez eran capaces de reunir las fuerzas suficientes para oponerse a Omnius. En los primeros tres años, cinco de dichos planetas fueron doblegados por las máquinas.

En Salusa Secundus, el Consejo de la Yihad no supo entender por qué Omnius se molestaba en conquistar lugares tan insignificantes… hasta que Vorian vio que seguían un patrón: dirigidas por los cálculos y proyecciones de la supermente electrónica, las máquinas pensantes estaban rodeando los mundos de la Liga como una red, acercándose más y más, preparando el golpe de gracia que darían contra la capital.

Poco después de que Vorian Atreides —con el apoyo de Xavier— exigiera que la Yihad dedicara su potencia militar a defender los Planetas No Aliados, un contraataque masivo e inesperado de la Yihad consiguió arrebatar Tyndall de manos de las máquinas. Cualquier victoria era bienvenida.

Xavier se alegraba de que el ejército de la Yihad hubiera llegado a Anbus IV a tiempo, gracias al aviso de un comerciante de esclavos de Tlulax llamado Rekur Van. El comerciante había estado saqueando aquel mundo junto con sus hombres, secuestrando zenshiíes para venderlos después en los mercados de esclavos de Zanbar y Poritrin. Cuando ya había terminado, el esclavista topó con una patrulla de robots que estaban levantando mapas y analizando la superficie del planeta, el paso previo para que las máquinas se lanzaran a una conquista. Rekur Van volvió a toda prisa a Salusa Secundus y comunicó la mala noticia al Consejo de la Yihad.

Para hacer frente a la amenaza, el Gran Patriarca Iblis Ginjo preparó inmediatamente aquella precipitada pero efectiva campaña militar.

—No podemos permitir que otro mundo caiga en manos de esas demoníacas máquinas pensantes —gritó Iblis durante la ceremonia de despedida, entre entusiastas y desafiantes vítores y flores naranjas—. Ya hemos perdido Ellram, la colonia Peridot, Bellos y otros. Pero con Anbus IV, el ejército de la Yihad va a poner un punto y aparte.

Aunque Xavier había subestimado el número de efectivos que Omnius enviaría a aquel mundo remoto y no conseguían expulsarlos, hasta el momento sus fuerzas habían logrado frenar la invasión.

Durante una de las pausas en las conversaciones con los zenshiíes, Xavier se puso a maldecir por lo bajo. La gente a la que estaban intentando salvar no tenía ningún interés en que les ayudaran y se negaba a luchar contra las máquinas pensantes.

En aquella ciudad situada entre cañones rojos se conservaban reliquias, y las leyes originales escritas a mano de la interpretación zenshií del budislam. Los sabios conservaban los manuscritos originales de los sutras coránicos en el interior de cuevas abovedadas y rezaban cinco veces al día cuando oían las llamadas a la oración desde el minarete erigido al borde del cañón. Desde Darits los ancianos comentaban las escrituras para guiar a los fieles a través del esoterismo.

Xavier Harkonnen se sentía profundamente desconcertado. Él era un hombre de armas, acostumbrado a dirigir batallas, a mandar a sus tropas y ser obedecido. Simplemente, no supo qué hacer cuando aquellos busdislámicos pacifistas dijeron… que no.

En su hogar, entre los mundos de la Liga, el movimiento de oposición a la Yihad era cada vez más importante. Después de más de dos décadas de derramamiento de sangre, la gente estaba cansada. Algunos hasta se habían presentado ante los altares del niño asesinado, Manion el Inocente, con pancartas donde suplicaban «Paz a cualquier precio».

Sí, Xavier comprendía aquella desidia y desesperación, porque había visto morir a muchos seres queridos a manos de las máquinas pensantes. Pero aquellas gentes aisladas no habían movido ni un dedo para resistirse, lo que ponía de manifiesto lo absurdo de la no violencia radical.

El objetivo de las máquinas estaba claro, y evidentemente Omnius no tendría ninguna consideración por las preferencias de unos fanáticos religiosos. Xavier tenía una misión vital que llevar a cabo en aquel lugar, en el nombre de la Yihad, pero esa misión exigía un poco de sentido común y cooperación por parte de la población autóctona. No esperaba tener tantos problemas para hacer ver a aquella gente el riesgo que estaban corriendo por ellos.

Los ancianos zenshiíes volvieron a la sala de reuniones, un recinto adornado con objetos antiguos de oro y piedras preciosas.

Al igual que había hecho él durante horas, el líder religioso Rhengalid lo miraba con ojos fríos y una implacable expresión de rechazo. Tenía una cabeza grande, afeitada y reluciente a causa de los aceites exóticos que se aplicaba; y cejas pobladas que había peinado y oscurecido artificialmente. Su mentón estaba cubierto por una barba canosa y espesa, cortada con forma cuadrada y que él llevaba como señal de orgullo. Sus ojos claros, de color gris verdoso, contrastaban fuertemente con su piel morena. A pesar de la siniestra flota de máquinas pensantes que había allá arriba, o del impresionante despliegue armamentístico del ejército de la Yihad, aquel hombre no parecía ni impresionado ni intimidado. Era como si aquello no fuera con él.

Haciendo un gran esfuerzo, Xavier mantuvo un tono sereno. —Estamos tratando de proteger vuestro mundo, anciano Rhengalid. Si no hubiéramos venido, si nuestras naves no contuvieran a las máquinas pensantes como lo hacen un día tras otro, tú y toda tu gente seríais esclavos de Omnius.

Se sentó erguido en el banco que había frente al líder zenshií. Rhengalid ni siquiera le había ofrecido un refrigerio, aunque Xavier tenía la sospecha de que los ancianos se servían generosamente cuando los soldados salían de la sala.

—¿Esclavos? Si tanto te preocupa nuestro bienestar, primero Harkonnen, ¿dónde estaban tus naves hace unos meses cuando los comerciantes de carne de Tlulax se llevaron a jóvenes hombres y a mujeres fértiles de nuestros asentamientos de granjeros?

Xavier trató de no manifestar su inquietud. Nunca había querido ser diplomático, ni tenía paciencia para ello. Servía a la causa de la Yihad con todo su empeño y lealtad. El carmesí de su uniforme simbolizaba la sangre vertida por la humanidad, y su hijo inocente, con apenas once meses de edad, había sido el primero de los nuevos mártires.

—Anciano, ¿qué hiciste tú para defender a tu pueblo cuando vinieron los intrusos? No sabía nada de ese incidente hasta que lo has mencionado, y no puedo ayudarte en algo que sucedió en el pasado. Lo que sí puedo asegurar es que la vida bajo el dominio de las máquinas pensantes será mucho peor.

—Eso es lo que tú dices, pero no puedes negar la hipocresía de vuestra sociedad. ¿Por qué habríamos de dar más crédito a la palabra de un esclavista que a la de otro?

Las aletas de la nariz de Xavier se hincharon. «¡No tengo tiempo para esto!» —Ya que insistes en recordar el pasado, quizá deberías recordar que la negativa de vuestra gente a luchar contra las máquinas desde el principio ha costado la libertad a millones de seres humanos, además de incontables muertes. Son muchos los que creen que estáis en deuda con vuestra raza.

—No simpatizamos con ninguno de los bandos enfrentados en este conflicto —repuso el hombre de la barba gris—. Mi gente no quiere participar en vuestra guerra absurda y sangrienta.

Xavier se calló unas palabras hirientes y en vez de eso dijo: —Sea como sea, estáis atrapados entre dos fuegos y tenéis que elegir.

—¿Acaso es mejor un tirano humano que uno que sea una máquina? ¿Quién sabe? Lo único que puedo decir es que esta no es nuestra lucha, nunca lo ha sido.

En el interior de la presa de Darits, los operarios abrieron las compuertas y dejaron que el agua cayera formando dos espectaculares cascadas desde las palmas extendidas de las colosales estatuas de Buda y Mahoma. Al oír aquel repentino estrépito, Xavier alzó la vista y vio con sorpresa al primero Vorian Atreides avanzando a grandes zancadas por la pasarela de piedra que salía de la pista donde había aterrizado con su lanzadera en el tosco puerto espacial. El hombre de cabellos oscuros se acercó sonriendo, con el mismo aspecto joven y viril de cuando lo conoció hacía años, después de escapar de la Tierra.

—Puedes tratar de convencerlos todo lo que quieras, Xavier, pero los zenshiíes hablan un lenguaje distinto… en más de un sentido.

El anciano de Darits pareció indignado.
—Vuestra civilización atea nos ha perseguido. Los soldados yihadíes no son bienvenidos… especialmente en Darits, nuestra ciudad santa.

Xavier le mantuvo la mirada.
—Anciano, no permitiré que las máquinas pensantes tomen este planeta, tanto si nos ayudáis como si no. La caída de Anbus IV sería otra avanzadilla que acercaría al enemigo un poco más a los mundos de la Liga.

—Este es nuestro planeta, primero Harkonnen. No tenéis nada que hacer aquí.

—¡Las máquinas pensantes tampoco! —El rostro de Xavier enrojeció.

Vorian lo cogió del brazo. Visiblemente divertido, dijo: —Veo que has descubierto nuevas técnicas de diplomacia.

—Nunca he dicho que fuera un buen negociador.

Vor asintió, sonriendo.
—Si esta gente obedeciera tus órdenes, nos facilitaría mucho las cosas, ¿verdad?

—No pienso abandonar este planeta, Vor.

El comunicador chisporroteó y a continuación llegó un mensaje. La voz de Vergyl Tantor sonaba exaltada, jadeante.

—Primero Atreides, ¡tus sospechas eran acertadas! Nuestros escáneres han descubierto un campamento secreto de máquinas pensantes sobre una meseta. Parece una avanzadilla, con maquinaria industrial, armamento pesado y robots de combate.

—Buen trabajo, Vergyl —dijo Vor—. Ahora empieza la diversión.

Xavier miró por encima del hombro a Rhengalid, que estaba absorto y parecía no querer ver nunca más a ningún yihadí.

—Aquí ya hemos terminado. Volvamos al buque insignia. Tenemos trabajo que hacer.

No existe lo que se conoce como El futuro. La humanidad se enfrenta a muchos posibles futuros, muchos de los cuales dependen de sucesos aparentemente insustanciales.

Crónicas Muadru

Zimia era una ciudad sorprendente, el máximo exponente cultural de la humanidad libre. Tres avenidas bordeadas de árboles se extendían como los radios de una rueda a partir del complejo de edificios gubernamentales y de una inmensa plaza conmemorativa. Hombres ataviados con jubones y damas con trajes ceremoniales oficiales caminaban apresuradamente de un lado a otro.

Con gesto hosco, Iblis Ginjo se dirigía hacia el majestuoso edificio del Parlamento. La imagen ordenada de aquel entorno podía producir una ilusión de seguridad, de que aquello no cambiaría.

«Pero nada permanece. Nada es seguro.»

Ginjo se dedicaba a inspirar a la gente, a despertarlos a la acción convenciéndoles de que las malvadas máquinas podían atacar cualquier mundo en cualquier momento, y de que había siniestros espías humanos que secretamente servían a Omnius incluso allí, en el corazón de la Liga.

A veces Iblis tenía que adornar la realidad por el bien de la lucha. Iblis era un hombre de hombros anchos, con un rostro cuadrado y el pelo liso y castaño oscuro, y llevaba puesta una chaqueta negra y holgada con puntadas doradas y relucientes ajorcas. Varios pasos por detrás iba media docena de policías de la Yihad —la Yipol—, siempre atentos, siempre listos para sacar sus armas a la menor señal. Podía haber renegados o asesinos fieles a las máquinas acechando en cualquier parte.

Veinte años atrás, Iblis se había concedido a sí mismo el título de «Gran Patriarca de la Yihad de Serena Butler», y la multitud le recibía con los brazos abiertos cada vez que aparecía en público. Él hablaba en su nombre, los convocaba, les decía qué tenían que pensar y cómo reaccionar. Al igual que Vorian Atreides, en otro tiempo Iblis había sido un humano de confianza de las máquinas pensantes en la Tierra. Ahora era un orador y hombre de Estado del más alto orden: rey, político, líder religioso y mando militar en uno, y todo ello rodeado de un halo de carisma. Él se había labrado su propio camino, un camino sin precedentes que le permitía moverse entre la élite de los círculos de liderazgo de los humanos. Conocía la historia, y veía su sitio en ella con total claridad.

Cuando subió los anchos escalones del edificio del Parlamento y entró en el vestíbulo de techos altos y cubierto de frescos, representantes y funcionarios guardaron silencio. A Iblis le encantaba ver que en su presencia la gente se sonrojaba y tartamudeaba.

Con la debida reverencia se detuvo ante el altar dedicado al hijo asesinado de Serena Butler, Manion, una escultura angelical con los brazos abiertos para recibir diariamente su ramo de flores frescas, caléndulas de un suave color anaranjado que parecían pequeñas y brillantes supernovas. La caléndula se había convertido en la «flor de Manion».

La gran sala estaba llena, cada silla estaba ocupada por un noble o un representante planetario. Incluso los pasillos estaban abarrotados de distinguidos invitados que se habían sentado en el nuevo modelo de sillas suspensoras portátiles, que flotaban en los espacios disponibles.

Un monje con una túnica de color amarillo estaba sentado ante la asamblea, vigilando un recipiente pesado y translúcido en cuyo interior se conservaba un cerebro vivo en un baño de electrolíquido azulado. Iblis miró a la venerada pensadora y sintió una oleada de verdadero placer, porque aquello le hizo pensar en el antiguo cerebro filósofo llamado Eklo, que había compartido sus conocimientos con él cuando no era más que un capataz de esclavos en la tierra. Oh, qué tiempos…, había tantas posibilidades entonces…

Esta pensadora, conocida como Kwyna, parecía más reacia a ofrecerle consejo. A pesar de ello, Iblis acudía con frecuencia a la tranquila Ciudad de la Introspección y se sentaba junto al recipiente que contenía el cerebro de Kwyna con la esperanza de aprender. Solo había conocido a dos pensadores en su vida, pero aquellas magníficas unidades pensantes orgánicas nunca dejaban de impresionarle.

Eran tan superiores a Omnius, tan refinadas y tan infinitamente humanas, a pesar de sus evidentes limitaciones físicas…

El Parlamento llevaba horas reunido, pero nada importante podía suceder hasta que él llegara. Todo había sido preparado. La misión de los discretos aliados que tenía entre los representantes de la Liga era bloquear los asuntos del gobierno con la ayuda de trabas burocráticas para que cuando él interviniera pareciera mucho más eficiente.

En el podio, el representante planetario de Hagal, Hosten Fru, estaba hablando de un problema comercial sin importancia, una disputa entre VenKee Enterprises y el gobierno de Poritrin en relación con unas patentes y los derechos de distribución de los globos de luz, cada vez más populares.

—La idea original se basa en el trabajo realizado por un ayudante del savant Tio Holtzman, pero VenKee Enterprises ha puesto la tecnología en el mercado sin ofrecer ninguna compensación a Poritrin —decía Hosten Fru—. Propongo que nombremos un comité que estudie la cuestión y le dedique la atención que merece…

Iblis sonrió para sus adentros. «Sí, un comité aseguraría la imposibilidad de resolver el asunto.» Aparentemente, Hosten Fru era un político incompetente que entorpecía los asuntos de la Liga con problemas fútiles, con lo que el gobierno parecía tan ineficaz como en tiempos del Imperio Antiguo. Lo que nadie sabía es que el representante de Hagal era uno de los aliados secretos de Iblis. Era perfecto para sus propósitos: cuantas más personas vieran que la Asamblea de la Liga era incapaz de resolver los problemas más simples, sobre todo en momentos de crisis, más decisiones se delegarían al Consejo de la Yihad, que él controlaba…

Iblis Ginjo hizo su entrada triunfal, radiante, lleno de confianza. Como representante de la mismísima Serena Butler, él era portavoz de la humanidad y de su guerra santa contra las máquinas pensantes.

Diez violentos años después de la destrucción atómica de la Tierra, el viejo Manion Butler dejó su cargo de virrey de la Liga y solicitó que su hija Serena ocupara el cargo. Serena fue elegida por aclamación popular, pero insistió en que únicamente se la considerara virreina interina hasta el final de la guerra. Encantado, Iblis se convirtió en su consejero personal, escribió sus discursos y aumentó el fervor de la gente por la cruzada contra las máquinas pensantes.

Con la cabeza muy alta, Iblis avanzó por el pasillo enmoquetado hasta la parte delantera de la sala. Unas cámaras proyectaban sus facciones a un tamaño descomunal a los lados del recinto. Hosten Fru, en un gesto inmediato de deferencia, dio por terminada su intervención, hizo una reverencia y bajó del podio.

—Cedo la palabra al Gran Patriarca.

Iblis avanzó por el estrado, cruzó las manos ante el cuerpo e hizo un gesto de asentimiento, mostrando su gratitud hacia el representante de Hagal, que se alejó apresuradamente de la zona de comparecencias. Sin embargo, antes de que Iblis pudiera ordenar sus pensamientos, alguien le interrumpió.

—¡Hay un punto pendiente! —Enseguida reconoció a la mujer: era Muñoza Chen, la combativa representante del lejano mundo de Pincknon.

Iblis se volvió hacia ella y se obligó a adoptar una expresión paciente mientras la mujer se ponía en pie para hablar.

—Hoy mismo —dijo— he cuestionado que se hayan transferido ciertas responsabilidades del Parlamento al Consejo de la Yihad sin el debido procedimiento. El asunto ha quedado pospuesto hasta que un miembro autorizado del Consejo pueda dirigirse a esta asamblea. —Cruzó los brazos sobre su pequeño pecho—. Y creo que el Gran Patriarca Ginjo tiene autoridad para hablar en nombre del Consejo.

Iblis le sonrió con frialdad.
—No es ese el motivo por el que acudo hoy ante la Asamblea, señora Chen.

Aquella molesta mujer se negaba a sentarse.
—Hay un asunto pendiente sobre la mesa, señor. El procedimiento exige que tratemos de resolverlo antes de pasar a otras cuestiones.

Iblis intuyó la impaciencia de la multitud y supo aprovecharla para sus propósitos. Aquella gente estaba allí para oírle a él, no para presenciar tediosos debates acerca de una moción irrelevante.

—Me acaba de proporcionar usted un excelente ejemplo del motivo por el que se creó el Consejo de la Yihad: tomar decisiones rápidas y necesarias sin tanta burocracia absurda.

La audiencia mostró su acuerdo. La sonrisa de Iblis se amplió. Durante los primeros trece años después de que Serena Butler anunciara su Yihad, el Parlamento de la Liga se ocupó de urgentes problemas de guerra con la misma lentitud que había demostrado durante los siglos anteriores de inquietante paz. Pero tras los desastres de Ellram y la colonia Peridot, cuando los políticos perdieron tanto tiempo regateando que protectorados enteros fueron aniquilados antes de que pudieran llegar las misiones de rescate, Serena se había dirigido al Parlamento para expresar su indignación y (peor aún) su decepción porque habían antepuesto sus estúpidas disputas a un enemigo real.

Iblis Ginjo, que estaba junto a ella, tomó la iniciativa y propuso la formación de un «consejo» que supervisara todos los asuntos que afectaran directamente a la Yihad, mientras que las cuestiones de ámbito comercial, social o doméstico, menos urgentes, podrían debatirse sin prisas en las sesiones del Parlamento. Los asuntos relacionados con la guerra requerían una acción rápida y decisiva que las mil voces del Parlamento solo podían entorpecer.

O al menos eso es lo que Iblis les hizo creer: su propuesta fue aprobada por una abrumadora mayoría.

A pesar de ello, una década más tarde, las antiguas costumbres políticas seguían entorpeciendo el progreso. Iblis, satisfecho por el murmullo de aprobación que recorrió la sala, miró a la representante de Pincknon con infinita paciencia.

—¿Cuál es su pregunta?

Muñoza Chen no pareció reparar en los murmullos que se levantaban a su alrededor.

—Vuestro Consejo no deja de encontrar áreas y más áreas que quedan bajo su jurisdicción. En un primer momento, vuestro ámbito de acción se limitaba a supervisar las operaciones militares del ejército de la Yihad, así como asuntos de seguridad interna, de los que se encarga la Yipol. Actualmente el Consejo se ocupa de los refugiados, de la distribución de suministros, impone nuevas tarifas e impuestos. ¿Dónde terminará este inquietante aumento de la autoridad?

Iblis tomó nota mentalmente para que su comandante de policía, Yorek Thurr, investigara discretamente el pasado de aquella mujer. Quizá sería necesario que alguien «encontrara» pruebas abrumadoras que demostraran que Chen estaba «conchabada» con las máquinas pensantes. Yorek Thurr tenía mucha mano para estas cosas. O sufriría alguna enfermedad que acabaría en una muerte «desafortunada».

Iblis contestó muy tranquilo.
—Evidentemente, ayudar a los supervivientes y a los refugiados en zonas de guerra entra dentro de las competencias del Consejo, así como la preparación de médicos de campaña y la distribución del material médico y los cargamentos de comida. Cuando reconquistamos Tyndall de manos de las máquinas el año pasado, el Consejo de la Yihad dispuso inmediatamente una serie de operaciones de ayuda. Tras aprobar con carácter urgente ciertos impuestos y apropiarnos de algunos suministros de los acomodados mundos de la Liga pudimos dar a aquella pobre gente cobijo, medicinas, esperanza. De haber dejado el asunto en manos del Parlamento, señora Chen, aún lo estarían debatiendo en una sesión abierta. —Se volvió hacia el podio y entonces, como si lo hubiera pensado mejor, añadió—: Y no he oído que la población de Tyndall se queje.

—Pero que el Consejo amplíe sus competencias sin el voto de… Iblis profirió un sonido de impaciencia.
—Puedo pasar horas discutiendo este asunto con usted, pero ¿es eso realmente lo que quiere toda esta gente? —Levantó las manos con gesto inquisitivo y los gritos y abucheos resonaron en las gradas; algunos silbidos venían de su gente, por supuesto, pero muchos eran espontáneos—. Si he venido hoy aquí es para compartir con esta Asamblea ciertos conocimientos revelados recientemente por unas antiguas inscripciones muadru.

En sus fuertes manos cogió un importante fragmento de la historia, una antigua placa de piedra protegida entre dos láminas irrompibles de plaz. La apoyó sobre el podio.

—Estas runas fueron desenterradas hace dos siglos en un mundo vacío, pero no se había logrado descifrar su significado hasta ahora.

La audiencia guardó silencio, intrigada. Muñoza Chen, a quien ya nadie hacía caso, vaciló un momento y luego se sentó con torpeza, sin retirar oficialmente su pregunta.

—Estos símbolos fueron escritos hace mucho tiempo por un profeta en un idioma conocido como muadru; quedaron grabados para siempre en la piedra. Se cree que estas palabras del pasado proceden de la Tierra, el mundo madre de la humanidad. —Se volvió a mirar al subordinado con la túnica amarilla, que estaba junto al antiguo cerebro, en su contenedor cerebral—. Tras ayudarme a traducir estos antiguos símbolos rúnicos, la pensadora Kwyna me ha permitido entender. Kwyna, ¿puedes ofrecernos tu guía en este momento?

Algo vacilante, el monje subordinado se levantó y llevó el contenedor cerebral ornamentado hasta la mesa dorada que había junto al podio. A Iblis le entusiasmaba poder estar junto a aquella mente prodigiosa. El hombre de la túnica amarilla esperó.

Fortalecido por la proximidad de Kwyna, Iblis siguió las intrincadas runas con el dedo. Cuando empezó a leer, pronunciando aquellos marcados chasquidos linguales y las sílabas fluidas, la audiencia permaneció en silencio, totalmente absorta. Aquellos sonidos extraños e incomprensibles resonaban por el gran salón de comparecencias y hechizaban a la concurrencia.

Cuando Iblis hizo una pausa, el ayudante de la pensadora apoyó la mano en el recipiente curvo donde estaba el cerebro vivo de Kwyna; luego metió lentamente los dedos en el líquido azul. Mediante esta conexión, tradujo las palabras en muadru con voz distante, como si hablara desde épocas pasadas.

Las runas habían quedado dañadas tras un cataclismo que dejó quemaduras y profundos huecos, explicó. Aunque en algunas de las frases faltaban palabras, el resto hablaba de una trágica guerra en la que muchas personas tuvieron una terrible muerte. Finalmente dijo:

—En palabras del profeta sin nombre, «Un milenio de tribulaciones debe pasar antes de que nuestro pueblo encuentre el camino al paraíso».

Iblis, que esperaba aquel momento, sonrió radiante y exclamó: —¿No está claro? El hombre libre ha sufrido durante mil años bajo el dominio de los cimek y sus amos, las máquinas. ¿No lo veis? El tiempo de sufrir ha terminado… si nosotros queremos.

El electrolíquido del interior del contenedor cerebral de la pensadora se agitó, y el subordinado transmitió el mensaje de Kwyna a la asamblea.

—Esta tabla de piedra no contiene toda la profecía. El mensaje está incompleto.

Iblis insistió.
—Debemos afrontar el peligro y la esperanza de lo desconocido. Uno de nuestros grupos de combate ha ido a defender Anbus IV de la última incursión robótica… pero no es suficiente. Como humanos libres, debemos tratar de reconquistar todos los Planetas Sincronizados y liberar a las poblaciones humanas esclavizadas. Solo de esta forma terminarán nuestros sufrimientos, como proclama la profecía. Como se predijo, han pasado mil años. Ahora debemos seguir el camino que lleva al paraíso y dejar a un lado a las máquinas demoníacas. Yo abogo por una expansión de las fuerzas de la Yihad, un mayor número de naves de guerra y efectivos militares, y más ofensivas contra Omnius.

La turbulencia era cada vez más acusada en el fluido del interior del contenedor.

—Y más muertes —tradujo el subordinado.
—¡Y más héroes! —Iblis alzó la voz, con el rostro encendido por el entusiasmo—. Como dice la sabia Kwyna, lo único que tenemos es un fragmento de estas runas. Y, como seres humanos, debemos elegir la mejor interpretación. ¿Tendremos el valor de pagar el precio necesario para que la profecía se haga realidad?

De pronto, antes de que Kwyna pudiera replicar a sus palabras, el Gran Patriarca dio las gracias a la pensadora y a su ayudante. A pesar del respeto que Iblis sentía por Kwyna, lamentablemente la filósofa pasaba demasiado tiempo entregada a pensamientos contradictorios y a la contemplación, y no entendía la realidad de la Yihad.

En cambio, él tenía objetivos muy concretos. A su entusiasmada audiencia poco le interesaban las sutilezas filosóficas.

La voz del Gran Patriarca resonaba, elevándose y bajando de forma calculada, siempre en el momento adecuado.

—Nuestra victoria se paga con vidas humanas. El pequeño hijo de Serena Butler ya pagó con su vida, al igual que lo han hecho millones de valientes soldados de la Yihad. La victoria última no solo merece esa pérdida, la exige. Una derrota es impensable. Nuestra existencia está en juego.

En la sala las cabezas asentían, e Iblis sonrió para sus adentros con satisfacción. Aunque el monje subordinado permaneció en silencio junto al contenedor cerebral de plaz, el Gran Patriarca intuyó que hasta la mismísima Kwyna estaría de acuerdo. Nadie podía resistirse a sus palabras, a su apasionamiento. Unas lágrimas de agradecimiento destellaron en los ojos de Iblis, lo justo para que todos vieran cuánto le importaba la humanidad.

Se podría comparar esta nueva Yihad al necesario proceso de corrección. Nos deshacemos de aquello que nos está destruyendo como humanos.

Pensadora Kwyna archivos
de la Ciudad de la Introspección

El niño yacía en un ataúd de perfecto cristal, pacífico, prístino. Igual que una chispa encerrada en una concha de cristal, Manion Butler estaba aislado de todo cuanto se había forjado en su nombre. Y Serena permanecía recluida junto a él, en el interior de los muros de la Ciudad de la Introspección.

Ella estaba arrodillada sobre una plataforma de piedra, ante el altar, como hacía con frecuencia, con aspecto beatífico y a la vez sombrío. Los devotos que guardaban un retiro contemplativo hacía ya mucho que habían dejado de pedir que se instalara un banco donde ella pudiera sentarse para rezar junto a su hijo. Desde hacía veinticuatro años, Serena afrontaba sus pensamientos, sus recuerdos, sus pesadillas de aquella forma, arrodillada ante la jaula cristalina.

Manion parecía tan sereno, tan protegido… El delicado rostro del niño y sus frágiles huesos quedaron destrozados cuando el monstruoso robot Erasmo lo dejó caer desde un balcón, pero Iblis Ginjo se encargó de que los expertos forenses le devolvieran su forma y sus facciones. Su hijo se conservaba exactamente como Serena quería recordarlo. Sí, su fiel Iblis se había ocupado de todo.

De haber vivido, Manion ya se habría convertido en un noble adulto; lo bastante para estar casado y tener sus propios hijos. Mientras contemplaba el bello rostro de Manion, Serena pensó en las cosas que podía haber logrado de no ser por aquellas horribles máquinas.

En cambio, su bebé inocente había dado vida a una Yihad que se extendía por los sistemas estelares, fomentando la rebelión en los Planetas Sincronizados y el ataque a las naves robóticas y a todas las encarnaciones de Omnius. Millones de personas habían muerto ya por la causa santa. Seguramente Erasmo también había muerto durante el ataque atómico que aniquiló a las máquinas pensantes en la Tierra, pero la supermente informática seguía controlando el resto de sus dominios, y los humanos no podían confiarse.

El dolor no desaparecía. El asesinato de su hijo le había destrozado el alma. Meditar en su presencia le daba la inspiración que necesitaba para seguir encabezando la Yihad. Aquel altar, donde se conservaba el cuerpo de Manion, estaba reservado solo para ella y para unos pocos devotos escogidos.

Por Salusa Secundus y en otros mundos de la Liga habían aparecido otros altares y elaborados relicarios. Algunos estaban adornados con cuadros o semblanzas del joven divino, el cordero del sacrificio, aunque ninguno de los artistas lo había visto nunca en vida. Supuestamente, algunos relicarios contenían fragmentos de ropa, cabellos o incluso muestras microscópicas de células. Serena dudaba de la autenticidad de estos objetos, pero no pidió que se retiraran. La fe y la devoción de la gente era más importante que la exactitud.

Cuando la Yihad fracasó en su intento de derrotar el planeta sincronizado de Bela Tegeuse y las máquinas pensantes volvieron a atacar Salusa Secundus y fueron expulsadas del planeta, Iblis convenció a Serena para que no diluyera su poder delegando en otras personas ni pusiera en peligro su seguridad por actividades políticas tan insignificantes como acuerdos comerciales o leyes menores. Debía limitar sus apariciones públicas a asuntos de gran importancia. Sin la inspiración de Serena Butler, insistió Iblis, la humanidad no tendría voluntad para luchar. Así que ahora se dedicaba a dar inspiradores discursos, y la gente se lanzaba de cabeza a sacrificar su vida por la causa… por ella.

Sin embargo, a pesar de las precauciones de Iblis, cuando Serena se disponía a hablar ante el Parlamento durante una asamblea, un año después de aceptar el cargo de virreina, estuvo a punto de morir en un atentado. El culpable fue ejecutado y el comandante de la Yipol, Yorek Thurr, encontró una cantidad inusual de tecnología avanzada entre los efectos personales del atacante. Por primera vez, la Liga se encontraba frente a la realidad de los espías de Omnius —los traidores humanos— infiltrados en los mundos de la Liga.

Hubo un gran revuelo, y la gente no acababa de entender qué podía llevar a una persona a jurar voluntariamente lealtad a las amorales máquinas pensantes. Pero Iblis habló ante una gran multitud en la plaza conmemorativa de Zimia: «Yo mismo he visto a esclavos humanos criados en los Planetas Sincronizados. No es ningún secreto que el primero Vorian Atreides y yo fuimos sometidos a un lavado de cerebro para que sirviéramos a Omnius. Es posible que haya personas más egoístas y traicioneras a las que ofrezcan atractivas recompensas: un cuerpo neocimek, o incluso planetas enteros y esclavos. Debemos estar alerta en todo momento».

El miedo a que hubiera espías de las máquinas infiltrados en los planetas libres dio un fuerte impulso a la formación de la Yipol, una fuerza de seguridad que supervisaba las actividades internas buscando comportamientos sospechosos.

Tras el intento de asesinato a Serena, esta fue trasladada inmediatamente a la Ciudad de la Introspección, donde, por motivos de seguridad, se vio obligada a llevar una vida aún más aislada.

Aquel viejo complejo se construyó siglos atrás, a raíz de una idea que en parte surgió del debate acerca del budislam y el posterior exilio de los esclavos zensuníes y zenshiíes, que durante generaciones habían vivido con grandes dificultades en Salusa, antes de su éxodo a planetas no catalogados y que no formaban parte de la Liga. Ahora, los seguidores de las diferentes facciones de estas religiones acudían allí a estudiar los escritos antiguos, obras religiosas y archivos filosóficos. Los eruditos analizaban toda clase de venerables enseñanzas, desde las misteriosas runas muadru que se habían encontrado dispersas en planetas no habitados hasta las indefinidas tradiciones navacristianas de Poritrin y Chusuk, el haiku del Zen hekiganshu de Delta Pavonis III y las interpretaciones alternas de los sutras coránicos de las sectas zensuní y zenshií. Las variaciones eran tan numerosas como las comunidades de humanos repartidas por incontables planetas…

Serena oyó pasos sobre el sendero de gemagrava y al alzar la vista vio que su madre se acercaba. Escoltando a la abadesa hasta su presencia iban tres jóvenes mujeres de ojos brillantes ataviadas con túnicas blancas con adornos carmesí, como si los bordes se hubieran mojado con sangre. Las guardianas eran altas y musculosas, su expresión reflejaba una paz pétrea. Unas capuchas de delicada malla dorada les cubrían la cabeza. Cada una de ellas llevaba el pequeño símbolo de la Yihad pintado sobre la ceja izquierda.

Catorce años atrás, cuando el comandante de la Yipol descubrió por primera vez a los leales a Omnius que secretamente conspiraban contra Serena, Iblis creó un cuadro especial de mujeres para proteger a la sacerdotisa de la Yihad. Las «serafinas» eran como una combinación entre amazona y virgen vestal, ayudantes cuidadosamente seleccionadas por el Gran Patriarca para que atendieran todas las necesidades de Serena.

Livia Butler caminaba lo bastante deprisa para ir por delante de las tres serafinas. Serena se apartó del altar de su hijo, sonrió y besó formalmente a la anciana en la mejilla.

Livia tenía el pelo blanco, muy corto, y vestía una túnica larga y simple de fibras de color crema. Llevaba a sus espaldas una vida llena de tragedias y experiencia. Tras la muerte del hermano de Serena, Fredo, la madre se retiró de la propiedad de la familia para buscar solaz y sabiduría en Dios. A causa de su prolongado matrimonio con el anterior virrey, aquella solemne mujer aún seguía de cerca los acontecimientos políticos y de otra índole, y analizaba las consecuencias que la Yihad tenía para el mundo real, en lugar de limitarse a las cuestiones morales y esotéricas que tanto fascinaban a la pensadora Kwyna.

En aquellos momentos, su rostro reflejaba una gran preocupación.

—Acabo de oír el discurso del Gran Patriarca, Serena. ¿Sabías que está apremiando otra vez al ejército, que está incitando a que haya nuevos y sangrientos ataques?

Livia miró por encima del hombro a las tres esculturales serafinas, que estaban demasiado cerca, sobre la plataforma de piedra que había ante el altar. Con un gesto, Serena les indicó que se apartaran. Ellas así lo hicieron, aunque no fueron muy lejos; permanecieron junto a la plataforma, atentas, desde donde podían oírlo