un vuelo? La sensación de haber perdido la llave, aunque la conservase en la guantera del automóvil entre papeles manchados de aceite y tubos de comprimidos para dormir, lo hizo experimentar la angustia sin amarras de la soledad absoluta: algo que desconocía y le entorpecía los gestos, le impedía marcar el número que seguía a su nombre en la guía telefónica y pedir socorro a la mujer que amaba y que lo amaba. La crueldad de esa impotencia le subió a los ojos en medio de una neblina de ácido difícil de reprimir como la turbulencia de un eructo. Los dedos de la enfermera llegaron a rozarle levemente el codo:
–Tal vez –dijo ella– haya bumeranes que no regresan. aun así logran mantenerse a flote.
Y al psiquiatra le pareció que acababa de recibir una especie de extremaunción definitiva.
Al bajar las escaleras hacia el Banco distinguió a lo lejos, cerca de la penumbra de sacristía que olía a esmalte de uñas del despacho de las asistentes sociales, criaturas feas y tristes necesitadas ellas mismas de asistencia urgente, un grupo de agentes de propaganda médica estratégicamente ocultos en las jambas de las puertas vecinas, dispuestos a asaltar con torrentes verbosos y a veces letales a los esculapios desprevenidos a su alcance, víctimas inocentes de su simpatía imperativa. El psiquiatra se asemejaba a los vendedores de automóviles en su locuacidad demasiado delicada y bien vestida, hermanos bastardos que se habían desviado, como consecuencia de un oscuro accidente cromosómico de circulación, del linaje de los faros de yodo a las pomadas contra el reumatismo, sin perder, no obstante, la incansable vivacidad solícita original. Le asombraba que aquellos seres mercantes, siempre fieles a la buena educación, dueños de carpetas obesas que llevaban dentro el secreto capaz de transformar a jorobados raquíticos en campeones de triple salto, le dedicasen en abundancia atenciones de Reyes Magos portadores de preciosas ofertas lendarios de plástico a favor de los preservativos antisífilis Donald, el enemigo público número uno del crecimiento demográfico, suave al tacto y con una corona de pelitos afrodisíacos en la base, de juegos de ajedrez en cartulina elogiando discretamente en todas las casas los méritos del jarabe para la memoria Einstein (tres sabores: fresa, piña y filete de lomo), y de pastillas efervescentes que frenaban las diarreas pero soltaban las riendas de la acidez, obligando a los enfermos de los intestinos a preocuparse por los ardores de estómago, manioneral bebidas a pequeños sorbos terapéuticos en las barras de las cafeterías. Los doctores se desprendían de sus encerronas feroces tambaleando bajo el peso de prospectos y de muestras, ebrios de discursos erizados de fórmulas químicas, de posologías y de efectos secundarios, y varios caían exhaustos después de avanzar treinta o cuarenta metros, desparramando a su alrededor los perdigones de píldoras del último suspiro. Un criado indiferente barría sus restos clínicos hacia la fosa común de un cubo de basura abollado, farfullando baladas fúnebres de sepulturero.
Aprovechando la protección de dos policías que escoltaban a un viejo digno con cara de ayudante de notario envuelto en las lonas confusas de una camisa de fuerza, el médico atravesó a salvo la bandada amenazadora de los propagandistas alentándola con el canto de sirena de las sonrisas unísonas, desplegadas como acordeones en las mejillas obsequiosas: una mañana de estas, pensó, me ahogan en un frasco de suspensión antibiótica Amigdal, del mismo modo que mi padre tenía, nunca entendí por qué, guardado en el armario de la estantería, el trofeo de caza del cadáver de una escolopendra en un tubo de alcohol, y me venderán a la facultad, engurruñado como un aborto, para figurar en el muestrario de horrores del Instituto de Anatomía, mitad carnicería científica y mitad Castillo Fantasma, con esqueletos colgados de hierros verticales a la manera de claveles marchitos apoyando su desánimo en pedazos de caña, mirándose los unos a los otros con órbitas vacías de militares en la reserva.
A cubierto de las damas de honor del ayudante de notario, cuyos bigotes temblaban con timidez autoritaria, el psiquiatra salió ileso de un internado alcohólico a causa de sus relaciones que todas las mañanas insistía en contarle en detalle interminables disputas conyugales en las que sustituían a los argumentos animadísimas batallas campales de cacerolas («Mierda, le di con una platija en la cabeza a la piojosa, doctorcito, que gaducha de la secretaría que vivía con el pánico del esperma de su marido y solía interrogarlo ansiosamente acerca de la eficacia comparativa de doscientos veintisiete anticonceptivos diferentes, y de un paciente de barbas bíblicas de Neptuno de lago que alimentaba por él una admiración entusiasta hecha de panegíricos vociferantes, todos mantenidos a respetuosa distancia por las responsables de la camisa de fuerza, comunicándose uno al otro, al oído peludo, sus respectivos alientos de ajo. Pasó el despacho del dentista despoblador de encías luchando entre gemidos contra una muela tenaz, y se creía ya milagrosamente intacto en Urgencias, puerta de cristal traslúcido que le hacía señas como la bandera de tela de la llegada de una carrera de bicicletas, cuando un dedo perverso le tocó imperioso entre los omóplatos, huesos salientes triangulares que atestiguaban por la forma su pasado de ángel oculto bajo la tela de la chaqueta con un modesto pudor de orígenes divinos, como los bien nacidos eructan al final del almuerzo por benévola concesión social a un mundo de zarzas.
–Estimado amigo –preguntó una voz a sus espaldas–, ¿qué me dice de la conspiración de los comunistas?
Los policías, ocupados en transportar al ayudante de notario con un cuidado de mozos de cordel cargando un piano extraño que tocaba sin cesar la sonatina repleta de notas erradas de su delirio de grandeza, abandonaron vilmente al médico junto al archivo donde se encontraba una dama miope, con gafas del grosor de un pisapapeles, que aumentaban sus ojos hasta las proporciones de hirsutos insectos gigantescos rodeados de enormes patas de pestañas, a merced de un compañero bajito a la deriva en el lago de cheviot del abrigo, con un sombrero tirolés calado en la cabeza a la manera de un tapón en un gollete en el intento de impedir en vano la tempestuosa fuga de burbujas gasificadas de sus ideas. El compañero trajo a la superficie el gancho de su mano, y en vez de hacer impaciente abrazado por error a una serpiente de agua azul con pintas blancas que se le deshacía en el puño con una inercia blanda de cordón. El psiquiatra pensó que ese día toda la gente lo quería separar de uno de los últimos regalos que su mujer le había hecho con el deseo inútil de mejorar su apariencia de novio de provincias congelado en una postura rígida de fotografía de feria: desde la adolescencia llevaba consigo, pegada a la asimetría de las facciones, la expresión postiza y triste de los muertos de familia en los álbumes de retratos, con las sonrisas diluidas por el yodo del tiempo. Mi amor, se dijo para sus adentros palpándose la corbata, sé que esto no alivia ni ayuda, pero de nosotros dos fui yo el que no supo luy le vinieron a la memoria largas noches en la playa deshecha de las sábanas, su lengua dibujando despacio contornos de senos iluminados con una red de venas por la primera luz de la aurora, el poeta Robert Desnos agonizante de tifus en un campo de prisioneros alemán murmurando «Es mi mañana más matinal», la voz de John Cage repitiendo «Every something is an echo of nothing», y la forma en que el cuerpo de ella se abría en concha para recibirlo, vibrando como las hojas de los ápices de los pinos agitados por un viento invisible y tranquilo. El compañero pequeñito, con la pluma del sombrero tirolés oscilando a la manera de la aguja de un contador Geiger que encontrase mineral, lo obligó a encallar en un ángulo de pared, cangrejo enfermo atrapado por la insistencia de una camaronera tenaz. Los miembros saltaban en el abrigo mientos brownianos sin objetivo definido de moscas en la mancha de sol de un sótano, las mangas se multiplicaban en gestos consternados de orador sacro:
–Avanzan esos tipos, los comunistas, ¿eh?
La semana anterior el médico lo había visto buscar en cuclillas micrófonos de la KGB ocultos bajo el tablero del escritorio, dispuestos a transmitir a Moscú los decisivos mensajes de sus diagnósticos.
la inquietud–. Y esta ralea, el ejército, el pueblo llano, la iglesia, nadie se mueve, se cagan de miedo, colaboran, consienten. Por mí (y mi esposa lo sabe), el que entre en casa se llevará un tiro en la cabeza. Sanseacabó. ¿Ya ha leído las pancartas que pusieron en el pasillo con el retrato de Marx, el niño bonito de la economía, echándonos encima sus patillas? –Y acercándose más, confidencial–: Se me ocurre que usted les anda cerca si ya no se ha alineado con ese movimiento, pero por lo menos se lava, es correcto, su padre es profesor de la facultad. Dígame: ¿usted se ve comiendo en la misma mesa que un carpintero?
En mi infancia, pensó el psiquiatra, las personas se escalonaban en tres categorías imposibles de mezclar y rigurosamente delimitadas: la de las criadas, los jardineros y los chóferes, que almorzaban en la cocina y se levantaban a su paso; la de las costureras y las señoras asistentas, con derecho a mesa aparte y a la consideración de una servilleta de papel; y la de la Familia, que ocupaba el comedor y velaba cristianamente por su servidumbre («personal», la llamaba la abuela) regalándoles ropa usada, uniformes y un interés distraído por la salud de sus hijos. Había también una cuarta especie, la de las «otras», que abarcaba a peluqueras, manicuras, mecanógrafas e hijastras de sargentos, las cuales rondaban a los hombres de la tribu tejiendo a su vez una pecaminosa tela de miradas magnetizadoras de soslayo. Las «otras» no se «casaban»: «se registraban», no iban a misa, no se preocupaban por el ingente problema de la conversión de Rusia: consagraban sus existencias demoníacas a placeres que yo apenas entendía en terceras plantas sin ascensor de donde volvían mis tíos a hurtadillas risueños por la juventud recuperada, mientras que las hembras del clan, en la iglesia, iban a tomar la comunión con los ojos cerrados y la lengua fuera, camaleones dispuestos a devorar los mosquitos de las hostias con una gula mística. De vez en cuando, en medio de la comida, si el psiquiatra, entonces un el mantel, el abuelo lo señalaba con su índice definitivo y profetizaba cavernosamente: «Acabarás en las manos de la cocinera como el pavo».
Y el tremendo silencio que seguía avalaba con su sello blanco la inminencia de esa catástrofe.
–Responda –ordenó el compañero–. ¿Se ve comiendo en la misma mesa que un carpintero?
El médico se volvió hacia él con el esfuerzo de quien ajusta la imagen de un microscopio desenfocado: desde lo alto de una pirámide de prejuicios, cuarenta generaciones burguesas lo contemplaban.
–¿Por qué no? –dijo él desafiando a los caballeros con perilla y a las damas de busto abundante redondeado al torno que se habían cruzado trabajosamente entre sí, en un ganchillo complejo, trabados por los tirantes y las ballenas del corpiño, para producir, al cabo de un siglo de deberes conyugales, un descendiente capaz de revueltas tan impensables como la de una dentadura postiza que saltase del vaso de agua en el que sonreía por la noche para morder a su propio dueño.
El compañero retrocedió dos pasos, perplejo:
–¿Por qué no? ¿Por qué no? Hombre, usted es un anarquista, un marginal, usted pacta con el Este, usted aprueba la entrega de ultramar a los negros.
¿Qué sabe este tipo de África, se preguntó el psiquiatra mientras que el otro, héroe de Aljubarrota del patriotismo a la Legión, se alejaba con grititos indignados, prometiendo reservarle una farola de la avenida, qué sabe este paleto de cincuenta años de la guerra de África donde no murió ni vio morir a nadie, qué sabe este imbécil de los delegados portugueses que enterraban cubitos de hielo en el ano de los negros que les disgustaban, qué sabe este tonto de la angustia de tener que elegir entre el exilio sin país y la absurda estupidez de los tiros sin razón, qué sabe este animal de las bombas de napalm, de las muchachas encinta maltratadas por la PIDE
hongos de fuego, de la añoranza, del miedo, de la rabia, de la soledad, de la desesperación? Como siempre que se acordaba de Angola, un tropel de recuerdos en desorden le subía de las tripas a la cabeza con la vehemencia de las lágrimas contenidas: el nacimiento de la hija mayor silabeado por la radio para el destacamento donde se encontraba, primera manzanita de oro de su esperma, largas vigilias en la enfermería improvisada inclinado sobre la agonía de los heridos, salir exhausto a la puerta dejando que el furriel acabe de coser los tejidos y encontrar fuera una repentina amplitud de estrellas desconocidas, con su voz repitiéndole dentro Este no es mi país, este no es mi país, este no es mi país, la llegada los miércoles del avión del correo y de la comida fresca, la sutil e infinitamente sabia paciencia de los de Luchazes, el sudor del paludismo vistiendo los riñones con cinturones de humedad pegajosa, la mujer llegada de Lisboa con el bebé de sorprendentes iris verdes para viajar con él al bosque, su boca casi mulata sonriendo comestible en la almohada. Nombres mágicos: Quito-Quanavale, Zemza do Itombe, Narriquinha, Baixa do Cassanje cubierta por las altas pestañas de los girasoles en mañanas limpias como huesos de luz, bailundos empujados a puntapiés hacia las haciendas del norte, São Paulo de Luanda imitando al Arriero apoyado en la valva de la bahía. ¿Qué sabe este panoli de África, se preguntó el psiquiatra, más allá de los cínicos e imbéciles argumentos obstinados de la Acción Nacional Popular y de los discursos de seminario de las botas mentales de Salazar, virgen sin útero disfrazada de hombre, hijo de dos canónigos me explicó en una ocasión una paciente, qué sé yo que durante veintisiete meses viví en la angustia del alambre de espinos por cuenta de las multinacionales, vi a mi mujer casi morirse del falciparum, presencié el despacioso fluir del Dondo, hice una hija en la Malanje de los diamantes, rodeé las colinas desnudas de Dala-Samba pobladas en la cima por matas de palmeras de las tumbas de los reyes jingas, partí y qué sé yo de África? La imagen de la mujer a su espera entre los mangos de Marimba plagados de murciélagos aguardando el crepúsculo se le apareció en una punzada de añoranza violentamente física como una víscera que estalla. Te amo tanto que no sé amarte, amo tanto tu cuerpo y lo que en ti no es tu cuerpo que no comprendo por qué nos perdemos si a cada paso te encuentro, si siempre al besarte besé más que la carne de la que estás hecha, si nuestro matrimonio se consumió de juventud como otros de vejez, si después de ti mi soledad se acrecienta con tu olor, con el entusiasmo de tus proyectos y con la redondez de tus nalgas, si me sofoco con la ternura de la que no logro hablar, aquí en este momento, amor, me despido y te llamo sabiendo que no vendrás y deseando que vengas del mismo modo que, como dice Molero, un ciego espera los ojos que encargó por correo.
Se diría que en Urgencias los internos con pijama f
en la claridad de las ventanas como viajeros submarinos entre
dos aguas, con gestos ralentizados por el peso de toneladas de
las medicinas. Una vieja en camisón, parecido a los autorretratos finales de Rembrandt, se cernía diez centímetros encima de su asiento, idéntica a un pájaro vacilante que fuese
perdiendo la espuma de viento de los huesos. Borrachos soñolientos que el aguardiente había transformado en serafines
rotos tropezaban en el aire: todas las noches la policía, los
bomberos o la indignación de la familia iban a abandonar allí,
como en un muladar postrero, a los que intentaban en vano
trabar los engranajes del mundo rascando el revoque
bitación, descubriendo extraños bichos invisibles adheridos a
las paredes, amenazando a los vecinos con el cuchillo del pan
u oyendo el imperceptible silbido de los marcianos que poco
a poco se visten de compañeros de oficina para revelar a las
restantes galaxias la llegada inminente del Anticr
ban también los que se presentaban solos, opacos de hambre,
ofreciendo la nalga a la jeringuilla a cambio de una cama
donde dormir, clientes habituales que el portero reenviaba,
con el imperioso brazo extendido a la manera de la estatua
del mariscal Saldanha, hacia los árboles del Campo de Santana que la oscuridad confundía en una niebla de cuerpos abrazados. Aquí, pensó el médico, desagua la última miseria, la
soledad absoluta, lo que no podemos soportar en nosotros
mismos, los más escondidos y vergonzosos de nuestros sentimientos, lo que en los demás llamamos locura que es al final
la nuestra y de la cual nos protegemos etiquetándola, comque siga existiendo, concediéndole permiso de salida el fin
de semana y encaminándola rumbo a una «normalidad» que
probablemente consiste solo en disecarse en vida. Cuando se
dice, consideró él con las manos en los bolsillos observando
a los serafines del aguardiente, que los psiquiatras son unos
pirados, se está rozando sin saber el centro de la verdad: en
ninguna especialidad como en esta se encuentran seres con el
cráneo tan en sacacorchos, tratándose a sí mismos a través de
las curas de sueño impuestas mediante la persuasión o la fuerza a los que los buscan para buscarse y arrastran de consultorio en consultorio la ansiedad de su tristeza, como un cojo
transporta su pierna más corta de curandero en curandero, en
busca de un milagro imposible. Guarnecer a las personas con
diagnósticos, oírlas sin escucharlas, quedarse fuera de ellas
como al borde de un río del que se desconocen las corrientes, los peces y la concavidad de la roca donde nace, presenciar el torbellino de la crecida sin mojarse los pies, recomendar un comprimido después de cada comida y una píldora
por la noche y quedarse saciado con esa hazaña de scout:
¿qué me hace pertenecer a este club siniestro, meditó, y sufrir cotidianamente remordimientos por la debilidad de mis
protestas y por mi inconformismo resignado, y hasta qué
punto la certidumbre de que la revolución se hace desde dentro no funciona en mí como disculpa, autoviático para seguir
cediendo? Se trataba de preguntas a las que no sabía responder
claramente y lo dejaban confuso y afligido consigo mismo,
erizado de interrogantes, de dudas, de escrúpulos: cuando
había entrado allí al comienzo del internado y lo llevaron a
visitar el decrépito edificio atemorizador del hospital del que
solo conocía hasta entonces el patio y la fachada, se había sentido en un caserón de provincias habitado por los fantasmas
de Fellini: apuntalados por muros que rezumaban una humedad pegajosa, débiles mentales casi desnudos se masturbaban
con movimientos de columpio volviendo hacia él el espanto dían al sol, mendigaban o encendían cigarrillos liados cuyos
papeles eran pedazos de periódico oscurecidos por la saliva;
unos viejos se pudrían en colchones podridos, vacíos de palabras, huecos de ideas, vegetales trémulos durando a duras
penas; y estaba el redondel de la octava enfermería y las personas contenidas por los hierros, simios despaciosos moliendo frases inconexas, encallando al azar en los huecos de toril
donde dormían. Y aquí estoy yo, se dijo el médico, colaborando sin colaborar con la continuidad de esto, con la pavorosa máquina enferma de la Salud Mental trituradora de raíz
de los menudos gérmenes de libertad que nacen en nosotros
bajo la forma desgarbada de una protesta inquieta, pactando
mediante mi silencio, el sueldo que recibo, la carrera que me
ofrecen: cómo resistirse desde dentro, casi sin ayuda, a la inercia eficaz y muelle de la psiquiatría institucional, inventora de
la gran línea blanca que separa la «normalidad» de la «locura»
a través de una red compleja y postiza de síntomas, de la psiquiatría como alienación grosera, como venganza de los castrados contra el pene que no tienen, como arma real de la
burguesía a la que pertenezco por nacimiento y de la que se
vuelve tan difícil renegar, vacilando como vacilo entre el inmovilismo cómodo y la rebelión penosa, cuyo precio se paga
caro porque, si no tuviese padres, ¿quién llegará a querer, en
la Rueda, enderezarme? El Partido me propone la sustitución
de una fe por otra fe, de una mitología por otra mitología, y
llegado a este punto me acuerdo siempre de la frase de la made Blondin, «No tengo la Fe, pero tengo tanta Esperanza…»,
y giro en el último instante a la izquierda con la expectativa
ansiosa de encontrar hermanos que me valgan y a quienes
pueda valer, por ellos, por mí y por el resto. Y es el resto,
por pudor no se enumera, lo importante, como una especie de
apuesta, de ganapierde de una probabilidad entre trescientas,
de creer en Blancanieves y que surjan enanitos auténticos
bajo los muebles demostrando que es posible todavía. Posible