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Era una tarde de mayo templada y apacible en la costa Este, donde la primavera acababa de desembarcar con su irresistible encanto. La temperatura era perfecta, el invierno se había esfumado de la noche al día, los pájaros cantaban, el sol brillaba y en el jardín de los Armstrong las flores brotaban por doquier. Llevaban toda la semana gozando de esa clase de tiempo que hace que todo el mundo se mueva más despacio, incluso en Nueva York. Las parejas salían a pasear, la hora del almuerzo se alargaba, la gente sonreía. Y aquella noche, en su casa de Greenwich, Paris Armstrong decidió servir la cena fuera, en la terraza aledaña a la piscina cuyas baldosas de barro acababan de mandar reparar. Peter y ella tenían invitados para cenar el viernes por la noche, lo que no era habitual en ellos. Por lo general, limitaban su vida social a los sábados, para que Peter no tuviera que volver corriendo de Nueva York al salir del trabajo el viernes por la tarde. Pero daba la casualidad de que la empresa de catering con la que solía trabajar solo estaba disponible el viernes. Tenían todos los sábados hasta finales de julio reservados para bodas. Peter era el principal perjudicado, pero se lo había tomado muy bien cuando ella le había comentado el plan del viernes por la noche. La verdad era que Peter solía consentirle todos los caprichos. Siempre lo había hecho. Se esforzaba por facilitarle la vida, y esa era una de las muchas cosas que le encantaban de él. Acababan de celebrar su vigésimo cuarto aniversario de bodas, en marzo. A veces le resultaba difícil creer que hubieran pasado tantos años, y que hubieran sido tan maravillosos. Megan, la hija mayor de ambos, se había licenciado en la Universidad de Vassar el año anterior, y a sus veintitrés años acababa de empezar a trabajar en Los Ángeles. Le interesaban todos los aspectos de la industria cinematográfica, y había logrado entrar como ayudante de producción en un estudio de Hollywood. Era poco más que una chica de los recados, como ella misma reconocía, pero le chiflaba el mero hecho de trabajar en un lugar así, y aspiraba a convertirse en productora. William, el pequeño, acababa de cumplir dieciocho años y en junio terminaría la secundaria. Después del verano, empezaría en la Universidad de Berkeley. A Paris le costaba creer que sus hijos se hubieran hecho mayores tan deprisa. Le parecía que había sido ayer cuando les cambiaba los pañales y acompañaba a Meg a clase de ballet, o a Wim al entrenamiento de hockey. Y pensar que en tres meses su niño se habría marchado de casa… Lo esperaban en Berkeley la última semana de agosto.

Paris se aseguró de que no faltara nada en la mesa. La empresa de catering era de fiar y tenía buen gusto, por no decir que conocía su cocina como la palma de la mano. Peter y ella disfrutaban recibiendo a los amigos, por lo que Paris recurría a sus servicios con cierta frecuencia. Les gustaba hacer vida social, y a lo largo de los años habían ido reuniendo a su alrededor un grupo de amistades tan variopintas como interesantes. Paris colocó sobre la mesa el ramo de flores que ella misma había preparado con abundantes peonías multicolores cogidas de su jardín. El mantel estaba inmaculado y la cristalería reluciente, al igual que los cubiertos. Seguramente Peter no se daría cuenta, sobre todo si venía cansado, pero más que ver percibía la calidad del hogar que ella había creado para él. Paris era insuperable en el cuidado de los detalles. Sabía cómo crear un ambiente acogedor y elegante que tenía la virtud de sacar lo mejor de cada persona. Lo hacía no solo para agasajarlo a él y a los amigos de ambos, sino también por sí misma.

Peter tampoco escatimaba esfuerzos para complacerla. Siempre se había mostrado generoso, tanto con Paris como con los niños, y compartía con ellos el gran éxito profesional que había ido consolidando a lo largo de los años. Era socio de un lucrativo bufete de abogados especializado en contabilidad empresarial, y a sus cincuenta y un años se había convertido en socio director. La casa que había comprado para su familia diez años atrás era grande y magnífica. La fachada de piedra le daba un aspecto señorial, y se encontraba en uno de los barrios más selectos de Greenwich, Connecticut. Habían barajado la posibilidad de contratar a un decorador profesional, pero al final Paris había decidido hacerlo por su cuenta, y se lo había pasado en grande amueblando la casa. Peter, por su parte, estaba encantado con el resultado. También tenían uno de los jardines más hermosos de Greenwich. Paris había hecho un trabajo tan excepcional con la casa que Peter le decía en broma que debía dedicarse profesionalmente a la decoración, y la mayoría de las personas que habían visto la casa por dentro estaban de acuerdo con él. Pero aunque tuviera una poderosa faceta creativa, los intereses profesionales de Paris siempre habían sido más afines a los de Peter.

Sentía un profundo respeto por el mundo de los negocios, que conocía bien. Se había casado con Peter nada más salir de la facultad, con una licenciatura y un máster en dirección y administración de empresas. En sus años de estudiante había soñado con montar un pequeño negocio propio, pero se quedó embarazada de Meg y decidió renunciar a sus planes profesionales para quedarse en casa cuidando a los niños. Nunca se había arrepentido de esa decisión, para la que había contado con todo el apoyo de Peter. No había necesidad de que Paris trabajara, y a lo largo de veinticuatro años se había sentido completamente realizada dedicándose en cuerpo y alma a Peter y a los hijos de ambos. Hacía pasteles, organizaba las fiestas del colegio y la subasta anual, en Halloween confeccionaba los disfraces, pasaba horas sin fin con los niños en la consulta del ortodoncista y, por lo general, hacía lo que muchas otras esposas y madres solían hacer. No necesitaba un máster en dirección y administración de empresas para desempeñar todas estas funciones, pero su vasto conocimiento del mundo de la empresa y el interés que sentía por todo lo relacionado con el tema le permitían comentar con Peter los casos en los que estaba trabajando cuando charlaban por la noche, antes de acostarse. Era algo que, lejos de distanciarlos, los unía más aún. Paris era, y siempre había sido, la esposa perfecta a los ojos de Peter, que sentía un profundo respeto por la forma en la que ella había criado a sus hijos. Paris había resultado ser todo lo que él esperaba que fuera, y ella sentía lo mismo respecto a él.

Seguían riendo como dos tortolitos los domingos por la mañana, cuando se acurrucaban bajo las mantas durante media hora más en los fríos días de invierno. Y Paris seguía levantándose al alba con él de lunes a viernes. Lo llevaba en coche hasta la estación del tren y luego volvía para acompañar a los niños al colegio, hasta que se hicieron lo bastante mayores para conducir sus propios vehículos, lo que en su opinión había ocurrido demasiado deprisa. La única incertidumbre que tenía en aquel momento era la de no saber exactamente cómo llenaría sus días cuando Wim se fuera a Berkeley en agosto. No podía imaginar la vida sin dos adolescentes chapoteando en la piscina en verano, o poniendo la casa patas arriba durante los fines de semana, cuando la habitación de los juguetes se les quedaba pequeña. Durante veintitrés de los veinticuatro años que llevaba casada, su vida había girado única y exclusivamente alrededor de sus hijos, y le apenaba saber que aquellos tiempos estaban a punto de desvanecerse para siempre.

Paris tenía muy claro que cuando Wim se fuera a la facultad lo que hasta entonces había sido su vida cambiaría por completo. Su hijo volvería a casa algún que otro fin de semana y durante las vacaciones, tal como había hecho Meg mientras estudiaba en Vassar, aunque con menos frecuencia porque estaría más lejos, en la costa Oeste. Desde que Meg había terminado sus estudios, apenas la veían. Se había ido a Nueva York durante seis meses, donde había compartido piso con tres amigos y luego se había marchado a California tan pronto como había encontrado el trabajo que quería en Los Ángeles. En adelante, solo la verían el día de Acción de Gracias y en Navidad, con un poco de suerte, y Paris no quería ni pensar en lo que pasaría cuando se casara, aunque el matrimonio no parecía entrar en sus planes de momento. En definitiva, Paris sabía de sobra que en agosto, cuando Wim se marchara, su vida cambiaría para siempre.

Tras veinticuatro años alejada del mercado laboral, no podía liarse la manta a la cabeza y presentarse en Nueva York en busca de trabajo. Llevaba demasiado tiempo haciendo pasteles y llevando a los niños al cole. Lo único que se le había ocurrido hasta el momento era ofrecerse como voluntaria en Stamford para ayudar a niños maltratados o participar en una campaña de alfabetización que una amiga suya había emprendido en los institutos públicos para ayudar a los estudiantes de secundaria menos favorecidos que se las habían arreglado para ir pasando de curso sin apenas saber leer. Aparte de eso, no tenía ni la más remota idea de lo que iba a hacer con su vida. Años atrás, Peter le había dicho que, cuando los chicos se fueran de casa, se dedicarían a viajar juntos y hacer las cosas que nunca habían podido hacer hasta entonces. Pero desde hacía un año trabajaba día y noche, tanto que Paris no creía que pudiera permitirse ni una breve escapada. Últimamente apenas si llegaba a casa a tiempo para cenar con ella. Así pues, al menos por el momento, tanto sus hijos como su esposo tenían vidas ajetreadas y productivas, a diferencia de ella. Y sabía que debía hacer algo al respecto sin demora. La perspectiva inminente de tener todo el tiempo del mundo para sí misma empezaba a producirle cierta desazón. Se lo había comentado a Peter en varias ocasiones, pero él no le había aportado ninguna sugerencia útil. Siempre decía que antes o después se le ocurriría algo, y en el fondo Paris sabía que tenía razón. A sus cuarenta y seis años, era lo bastante joven para iniciar una carrera profesional. El problema era que no sabía qué quería hacer. Le gustaba su vida tal como había sido hasta entonces. Cuidar a los niños y a su esposo, y mimarlos durante el fin de semana, sobre todo a Peter. A diferencia de algunas de sus amigas, cuyos matrimonios se habían ido deteriorando a lo largo de los años —si es que no se habían roto en pedazos—, Paris seguía enamorada de su esposo. Peter era ahora más tierno y considerado, más sofisticado e interesante, e incluso más atractivo, que cuando se habían casado. Y él siempre decía lo mismo de ella.

Paris tenía una complexión delgada, ágil y atlética. Cuando los niños se habían hecho un poco mayores y ella había pasado a tener más tiempo libre, había empezado a jugar al tenis casi a diario, y estaba en muy buena forma. Tenía el pelo liso, rubio, y lo llevaba largo, casi siempre recogido en una trenza. Poseía la elegancia atemporal de Grace Kelly, hermosos ojos verdes, una silueta que no pasaba inadvertida y la risa fácil, expresión de un chispeante sentido del humor que salía a relucir a la menor oportunidad, para delicia de sus amigos. Era muy dada a las chanzas y bromas, que nunca fallaban a la hora de entretener a los niños. Peter era bastante más reservado, siempre lo había sido. Las más de las veces, cuando llegaba a casa ya bien entrada la noche, tras una larga jornada laboral y el trayecto en tren, estaba demasiado cansado para hacer algo más que escucharla y emitir algún que otro comentario. Durante los fines de semana se animaba un poco, pero incluso entonces era una persona tranquila y algo introvertida, y a lo largo del último año apenas había hecho algo más que trabajar. De hecho, aquella era la primera cena que daban en tres meses. Peter trabajaba hasta tarde los viernes, y algunos sábados volvía a la ciudad para adelantar trabajo o reunirse con algún cliente, pero Paris siempre se había mostrado muy comprensiva con él. Le exigía pocas cosas, y sentía un profundo respeto por la profesionalidad de Peter. Por eso era tan bueno en lo que hacía, y tan admirado en el mundo de los negocios y las leyes. Paris no podía reprocharle el que fuera tan escrupuloso con su trabajo, aunque le hubiera gustado pasar más tiempo con él. Sobre todo ahora que Meg llevaba seis meses fuera y Wim vivía absorbido por sus propios asuntos y sus amigos en las semanas finales de su último curso en el instituto. El hecho de que Peter se hubiera volcado tanto en el trabajo a lo largo de los últimos meses le recordó una vez más que debía encontrar algo en lo que ocupar su tiempo para cuando llegara septiembre. Había sopesado incluso la posibilidad de invertir en un vivero de plantas, teniendo en cuenta lo mucho que disfrutaba cuidando su jardín, o montar un negocio de catering. Pero sabía que esto acabaría por robarle tiempo los fines de semana, y quería aprovechar las pocas horas que Peter pasaba en casa para estar con él.

Tras haber comprobado que la mesa estaba en perfecto estado de revista y haber dado una vuelta por la cocina para ver qué tal lo llevaban los camareros se dio una ducha y se vistió. Todo estaba en orden. Aquella noche invitaban a cenar a cinco parejas de buenos amigos. Le hacía ilusión recibirlos, y esperaba que Peter llegara a tiempo de relajarse un poco antes de que llegaran los invitados. Estaba pensando en él mientras se vestía cuando Wim asomó la cabeza por la puerta de su dormitorio. Quería contarle sus planes para aquella noche, cumpliendo una regla sagrada que su madre seguía imponiendo a rajatabla aunque él estuviera a punto de ingresar en la universidad. Quería saber dónde estaban sus hijos en todo momento, y con quién. Paris era el paradigma de la madre responsable y la esposa perfecta. Todo en su vida estaba pulcramente ordenado y más o menos bajo control.

—Voy a ir con Matt a la casa de los Jonson —anunció Wim mientras Paris se subía la cremallera lateral de una falda de encaje blanco. Ya se había puesto un top sin tirantes a juego y sandalias plateadas de tacón.

—¿Os quedaréis allí o después iréis a otro sitio? —preguntó con una sonrisa. Wim era un adolescente apuesto, y se parecía a su padre. A los quince años ya medía metro noventa, y desde entonces había crecido otro par de centímetros. Tenía el pelo oscuro y los ojos de Peter, de un azul cristalino. Devolvió la sonrisa a su madre mientras la contemplaba. Opinaba que estaba muy guapa mientras se arreglaba, y se la quedó observando mientras Paris recogía su larga melena rubia en lo alto de la cabeza. Siempre había pensado que su madre tenía una elegancia natural y estaba tan orgulloso de ella como ella de él. Motivos no le faltaban: Wim no solo era un buen estudiante, sino que también había destacado como atleta en el instituto.

—Vais a ir a una fiesta, ¿a que sí? —preguntó Paris. Desde hacía un mes, o incluso dos, los estudiantes de último curso del instituto esperaban con impaciencia el final de las clases, y Wim siempre estaba en el centro de lo que se cocía en las aulas. Volvía locas a las chicas, que se sentían atraídas por él como abejas a la miel, aunque desde Navidad salía con la misma, una muchacha que caía muy bien a Paris. Era buena chica y pertenecía a una familia irreprochable de Greenwich. La madre era maestra, y el padre médico.

—Sí, puede que vayamos a una fiesta más tarde —contestó ligeramente avergonzado. Paris lo conocía como la palma de su mano, y supo que no tenía intención de contárselo. Siempre hacía demasiadas preguntas. Tanto él como su hermana se quejaban de sus interrogatorios, pero en cierto sentido los apreciaban. Nunca habían tenido que preguntarle cuánto los quería.

—¿En casa de quién? —insistió mientras terminaba de peinarse y se ponía un poco de colorete y pintalabios.

—De los Stein —contestó Wim con una sonrisa. Paris siempre preguntaba lo mismo. Siempre. Y, antes de que su madre formulara la siguiente pregunta, él ya sabía cuál era.

—¿Van a estar sus padres? —Aunque Wim tuviera dieciocho años, su madre no le dejaba acudir a fiestas en las que no hubiera ningún adulto presente. Las veía como una invitación al exceso, y cuando los chicos eran más jóvenes solía incluso llamar a los padres para comprobar que, en efecto, fueran a estar en la fiesta de turno. El año anterior había dado su brazo a torcer, por fin, y desde entonces se conformaba con la palabra de su hijo, pero seguía pegándole algún que otro tirón de orejas cada vez que él intentaba embaucarla. Como solía decir, era el deber de Wim intentar embaucarla, y era su deber de madre intuirlo e impedírselo. Se le daba bastante bien, pero además Wim solía decir la verdad, y Paris no se preocupaba demasiado por los sitios a los que iba.

—Sí, sus padres estarán allí —confesó Wim poniendo los ojos en blanco.

—Más vale que así sea. —Paris le echó una mirada fulminante, y luego soltó una carcajada—. Como me mientas, William Armstrong, te rajo los neumáticos y meto las llaves de tu coche en el triturador de basura.

—Sí, sí… lo sé, mamá. Pero te digo que van a estar.
—Vale. ¿A qué hora piensas volver?

Por más que Wim hubiera alcanzado la mayoría de edad, en casa de los Armstrong seguía habiendo toque de queda. Según Paris, hasta que se fuera a la universidad debía respetar sus reglas, y Peter estaba de acuerdo con ella. Siempre había apoyado sin reservas las restricciones que Paris imponía a sus hijos. En eso, como en todo lo demás, formaban un equipo unido. Nunca habían tenido que discutir sobre el modo más adecuado de educar a los chicos. De hecho, apenas si habían discutido por nada a lo largo de todos aquellos años. La suya había sido hasta la fecha una convivencia relativamente idílica, con la salvedad de algún pequeño roce ocasional, casi siempre motivado por alguna tontería sin importancia, como dejar la puerta del garaje abierta, olvidarse de poner gasolina en el coche o no haber mandado una camisa a la tintorería a tiempo para una cena. Pero también era verdad que Paris rara vez cometía esa clase de despistes, y era ordenada en extremo. Peter confiaba ciegamente en ella.

—¿A las tres…? —aventuró Wim, poniendo a prueba la tolerancia de su madre, que reaccionó al instante moviendo la cabeza en señal de negación.

—Ni hablar. Que no es la fiesta de graduación, Wim, sino una noche de viernes normal y corriente. —Paris sabía que si le dejaba volver a las tres un día cualquiera, Wim querría quedarse hasta las cuatro o las cinco de la mañana cuando empezaran las celebraciones de fin de curso, y eso sí que sería demasiado. No quería que su hijo se pusiera al volante a esas horas—. A las dos. Como muy tarde. ¡Y porque soy buena, así que ni se te ocurra rechistar! —le advirtió, y Wim asintió con la cabeza. Parecía resignado. Concluidas las negociaciones, se dispuso a abandonar la habitación, pero Paris avanzó hacia él con expresión resuelta—. No tan deprisa… quiero un abrazo.

Wim esbozó una sonrisa, y en aquel instante parecía más un niño grande que el hombre adulto en el que estaba a punto de convertirse. Su madre se puso de puntillas para darle un beso, y él la abrazó.

—Que te diviertas. Y, por favor, conduce con cuidado.

Wim era un buen conductor y un chico responsable, pero aun así Paris no podía evitar preocuparse, y eso que él nunca había dado positivo en un control de alcoholemia, y las pocas veces que había bebido un poco de más en alguna fiesta, había tenido la sensatez de dejar el coche donde estaba y volver a casa con algún amigo. También sabía que, si la cosa se le iba de las manos, siempre podía llamar a sus padres. Así lo habían acordado años atrás. Si alguna vez se emborrachaba, podía llamarles con la tranquilidad de saber que no habría represalias, pero bajo ninguna circunstancia querían que cogiera el coche bajo los efectos del alcohol.

Paris oyó a Wim saliendo por la puerta principal instantes después de haberle dado un abrazo. Ella también estaba a punto de bajar las escaleras cuando entró Peter con el maletín en la mano. Parecía exhausto. Al verlo, Paris se dio cuenta de lo mucho que se parecían Wim y él. Era como observar a la misma persona treinta y tres años después, y esta constatación le hizo sonreír con ternura.

—Hola, cariño —saludó, avanzando hacia él. Lo rodeó con los brazos y le dio un beso, pero Peter estaba tan cansado que apenas respondió al saludo. Paris se abstuvo de comentar lo agotado que parecía, pues no quería hacer que se sintiera peor todavía. Sabía que, desde el mes anterior, estaba trabajando en una fusión que lo traía por la calle de la amargura. Las negociaciones no favorecían a sus clientes, por lo menos hasta la fecha, y él se afanaba en dar la vuelta a la situación—. ¿Qué tal tu día? —preguntó mientras le cogía el maletín de la mano y lo dejaba sobre la silla del vestíbulo. De pronto, lamentó haber planeado la cena justo para aquella noche. Al fijar la fecha no tenía manera de saber lo agobiado que estaría Peter para entonces. Había reservado los servicios de la empresa de catering con dos meses de antelación porque sabía que no podría contar con ellos más adelante.

—Ha sido largo —contestó él con una media sonrisa—. Y la semana, más larga todavía. Estoy hecho polvo. ¿A qué hora llegan? —Eran casi las siete de la tarde.

—Dentro de una hora, más o menos. ¿Por qué no te acuestas un ratito? Hay tiempo.

—No, da igual. Si me duermo ahora, puede que no me vuelva a despertar.

Sin necesidad de preguntar nada, Paris se fue a la cocina, sirvió a Peter una copa de vino blanco y se lo ofreció. Eso pareció animarlo. No solía beber demasiado, pero en momentos como aquel, sabiendo que lo esperaba una velada larga, una copita lo ayudaba a olvidar las tensiones del día. Había sido una semana dura, y se notaba.

—Gracias —dijo, cogiendo la copa de su mano y dándole un pequeño sorbo antes de encaminar sus pasos hacia la sala de estar, donde se sentó. Todo a su alrededor se veía impecable y en perfecto orden. La estancia estaba repleta de espléndidas antigüedades inglesas que habían comprado juntos a lo largo de los años, en Londres y Nueva York. Ambos habían perdido a sus padres siendo jóvenes, y Paris había utilizado parte de su modesta herencia para comprar algunas cosas para la casa. Peter también había aportado su granito de arena. Tenían algunas piezas magníficas que eran la envidia de sus amigos. La suya era una casa especialmente grata para recibir invitados. Tenía un comedor espacioso y cómodo, una gran sala de estar, un pequeño estudio y una biblioteca que Peter utilizaba como despacho durante los fines de semana. En la planta de arriba había cuatro grandes dormitorios, uno de los cuales hacía las veces de habitación de invitados, aunque durante mucho tiempo habían pensado destinarlo a un tercer hijo que nunca llegó. Paris no había vuelto a quedarse embarazada después de tener a sus dos primeros hijos, y aunque lo habían hablado, ninguno de los dos quería someterse al suplicio de un tratamiento de fertilidad, así que se habían resignado con los dos hijos que tenían. El destino les había concedido una familia hecha a medida para ellos.

Paris se sentó en el sofá y se acurrucó a su lado. Pero aquella noche Peter estaba demasiado cansado para responder a sus caricias. Por lo general, ponía un brazo alrededor de sus hombros, y al mirarlo Paris se dio cuenta de que su rostro acusaba los efectos de una gran presión. Sabía que se acercaba la fecha de su chequeo médico, y pensaba recordárselo tan pronto como hubiera pasado lo peor de la fusión. Habían perdido varios amigos en los últimos tiempos a causa de repentinos ataques al corazón. A sus cincuenta y un años, Peter gozaba de buena salud y nada hacía suponer que pudiera pasarle algo así, pero no estaba de más prevenir, y Paris pensaba hacer cuanto estuviera en su mano para cuidarlo. Tenía intención de seguir compartiendo con él otros cuarenta o cincuenta años de vida. Los últimos veinticuatro habían sido muy buenos para ambos.

—¿La fusión te está causando quebraderos de cabeza? —preguntó, tratando de ponerse en su piel. Sentada junto a él, notaba lo tenso que estaba. Peter asintió mientras daba otro sorbo a su copa de vino, y por una vez no quiso entrar en detalles. Estaba demasiado agotado para discutir el tema con ella, o eso dio Paris por sentado. No se le ocurrió preguntarle si tenía algún otro motivo de preocupación, porque le parecía obvio que la fusión era la culpable de todos sus males. Solo esperaba que, durante la cena, una vez se viera rodeado de amigos, lo olvidara todo y se relajara. Siempre lo hacía. Aunque nunca tomaba la iniciativa en lo tocante a su vida social, Peter disfrutaba con los planes que ella hacía para ambos y con la gente que invitaba a casa. Ya ni siquiera lo consultaba al respecto. No necesitaba preguntárselo para saber quién le caía bien y quién no, y elegía a sus invitados en consecuencia. Quería que él también pasara un buen rato, y sabía que no le gustaba tener que decidir qué harían con sus momentos de ocio. A Paris, en cambio, se le daba muy bien ser la «relaciones públicas de la casa», como él solía decir.

Peter se quedó sentado en el sofá unos minutos, inmóvil y en silencio, y ella se limitó a estar junto a él, feliz por tenerlo en casa. Se preguntó si tendría que trabajar aquel fin de semana, o volver a la ciudad para reunirse con los clientes, como llevaba haciendo desde hacía varios meses, pero prefirió no preguntarlo. Si, en efecto, Peter tenía que volver a la oficina, ya encontraría algo con lo que mantenerse ocupada. Peter tenía mejor aspecto cuando al fin se levantó, le dedicó una sonrisa y se encaminó lentamente a la planta de arriba. Ella lo siguió.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó mientras él se estiraba en su cama de matrimonio tras dejar la copa sobre la mesilla de noche. Estaba tan agotado que al final había decidido acostarse un rato antes de cenar.

—Perfectamente —contestó, y cerró los ojos. Paris lo dejó a solas para que descansara unos minutos y volvió abajo para comprobar qué tal iban los preparativos en la cocina. Todo parecía bajo control, y Paris salió a la terraza, donde se sentó por unos instantes, sonriendo para sus adentros. Adoraba a su marido, sus hijos, su casa, sus amigos. Adoraba su vida tal como era, y no la cambiaría ni un ápice. Era sencillamente perfecta.

Cuando volvió arriba media hora más tarde para despertar a Peter, lo encontró en la ducha. Se sentó en la habitación y esperó a que saliera. Los invitados empezarían a llegar en veinte minutos. Oyó el timbre de la puerta mientras Peter se afeitaba y lo tranquilizó. No hacía falta que se diera prisa. Nadie iba a irse a ninguna parte, tenía tiempo de sobra. Ante todo, quería que se relajara y disfrutara de la velada. Cuando dijo a Peter que se iba abajo a recibir a sus amigos, él la miró en el espejo y asintió en silencio, el rostro cubierto de espuma de afeitar.

—Ahora mismo bajo —prometió, y ella volvió a decirle que se lo tomara con calma. No quería verlo agobiado.

Para cuando Peter se presentó en la planta baja, dos de las parejas invitadas ya habían llegado, mientras que la tercera acababa de entrar y se dirigía a la terraza. Hacía una noche estupenda. El sol acababa de ponerse, y una cálida brisa nocturna prestaba al ambiente una nota tropical que se diría más propia de México o Hawai. Era realmente una noche perfecta para una cena al aire libre, y todos estaban de buen humor. A la cita habían acudido, entre otros, las dos mejores amigas de Paris con sus respectivos maridos, uno de los cuales era abogado y trabajaba en el bufete de Peter, donde se habían conocido quince años atrás. Él y su mujer eran los padres de un chico de la edad de Wim que iba al mismo instituto y que se graduaría con él en junio. La otra mujer tenía una hija de la edad de Meg y dos gemelos un año mayores. Durante mucho tiempo, las tres mujeres habían coincidido en los mismos colegios y competiciones deportivas, y Natalie se había turnado con Paris durante tres años para llevar a sus hijas a clase de ballet. De hecho, su hija se había tomado la danza bastante más en serio que Meg, y trabajaba en Cleveland como bailarina profesional. Las tres estaban llegando al final de su etapa como madres a tiempo entero, muy a su pesar, y ese era justamente el tema de la conversación que mantenían cuando llegó Peter. Natalie le susurró a Paris que parecía agotado, y Virginia, la madre del chico que se graduaría con Wim, le dio la razón.

—Tiene una fusión entre manos que lo trae de cabeza —dijo Paris a modo de excusa, y Virginia asintió. Su marido también trabajaba en el mismo caso, pero parecía bastante más relajado que Peter. Claro que tampoco era el socio director del bufete, lo que en el caso de Peter era una carga adicional. Hacía años que no lo veían tan desmejorado.

El resto de los invitados llegó minutos después de que lo hiciera Peter y, para cuando se sentaron a cenar, todo el mundo parecía pasarlo bien. La mesa estaba preciosa, con velas por todas partes. Iluminado por el suave fulgor de las llamas, hasta Peter tenía mejor aspecto, o eso le pareció a Paris cuando lo vio presidiendo la mesa y charlando con la mujer que había sentado a su lado. Peter los conocía bien, a ella y a su marido, y disfrutaba de su compañía, aunque a Paris le pareció que estaba más silencioso de lo habitual. De pronto, lo vio más abatido que cansado.

Cuando al fin los invitados se marcharon, alrededor de la medianoche, Peter se quitó la americana y se aflojó el nudo de la corbata. Parecía aliviado.

—¿Te lo has pasado bien, cariño? —preguntó Paris, preocupada. La mesa apenas era lo bastante grande para doce comensales, y con tantas personas sentadas entre ambos, Paris no había podido enterarse de lo que se comentaba en la otra punta. Le había gustado hablar de negocios con los hombres que tenía al lado, como hacía a menudo. Sus amigos del sexo opuesto apreciaban esa cualidad suya. Era inteligente, se mantenía informada y disfrutaba hablando de algo más que de sus hijos, a diferencia de algunas de las mujeres a las que conocían, aunque no era el caso de Virginia ni de Natalie. Esta última tenía inquietudes artísticas, y recientemente se había volcado en la escultura. Virginia, por su parte, había trabajado como abogada antes de renunciar a su carrera profesional para tener hijos y quedarse en casa con ellos. Estaba tan nerviosa como Paris por no saber cómo iba a ocupar el tiempo cuando su único hijo se graduara en junio. Este había logrado entrar en Princeton, así que por lo menos estaría más cerca de casa que Wim. Pero, lo miraran como lo mirasen, un capítulo de sus vidas estaba a punto de concluir, dejándolas a las tres con un aguijón de ansiedad e inseguridad.

—Esta noche apenas has abierto la boca —comentó Paris mientras subían lentamente las escaleras. Lo bueno de contratar un servicio de catering era que se encargaban de recogerlo todo y dejaban la casa como una patena. Durante la cena, Paris había mirado a Peter varias veces, y aunque parecía disfrutar de la compañía de sus vecinos de mesa, escuchaba más de lo que intervenía, lo que no era muy habitual, ni siquiera en él.

—Solo estoy cansado —repuso con aire absorto mientras pasaban por delante de la habitación de Wim, que seguía fuera, supuestamente en casa de los Stein, y no volvería hasta que faltara un minuto para la hora a la que debía estar de vuelta, las dos de la mañana.

—¿Te encuentras bien? —insistió Paris, inquieta. Peter había tenido grandes negocios entre manos en otras ocasiones, pero nunca había dejado que lo afectaran de aquella manera. Se preguntó si el acuerdo estaría a punto de irse al garete.

—Estoy… —empezó—, estoy bien —le aseguró, y luego la miró a los ojos y negó con la cabeza. Mientras entraban juntos en la habitación, Paris pensó que parecía estar todo menos bien. Peter no había querido sentarse a hablar con ella aquella noche. Tenía previsto hacerlo a la mañana siguiente. No quería estropearle la velada, y nunca le había gustado hablar de temas serios antes de irse a dormir. Pero tampoco podía mentirle. No quería seguir haciéndolo. No era justo. La quería. Y no había una manera fácil de hacer lo que se disponía a hacer, ni un momento adecuado, ni un día perfecto. Y la perspectiva de acostarse a su lado y seguir dándole vueltas en silencio toda la noche se le antojaba insoportable.

—¿Pasa algo? —Paris sintió que se le encogía el corazón, aunque no podía imaginar por qué. Dio por sentado que algo no iba bien en el bufete, y deseó con todas sus fuerzas que no fuera un problema de salud, como les había pasado a unos amigos suyos el año anterior. Al marido de una de sus amigas le habían diagnosticado un tumor cerebral y al cabo de cuatro meses lo estaban enterrando. Su muerte había sido un golpe muy fuerte para todos. Empezaban a llegar a una edad en la que los amigos podían desaparecer de repente. Lo único que Paris atinó a hacer fue rezar para que Peter no se dispusiera a compartir con ella ninguna noticia de ese tipo. Pero lo cierto es que estaba muy serio cuando se sentó en una de las cómodas butacas del dormitorio en las que les gustaba sentarse a leer de vez en cuando y señaló la butaca de enfrente sin molestarse en tranquilizarla primero.

—Ven, siéntate.
—Pero ¿estás bien? —preguntó Paris de nuevo mientras se sentaba frente a él y le cogía las manos. Peter se recostó en la butaca y cerró los ojos un momento antes de empezar. Cuando los abrió, Paris supo con certeza que nunca había visto tanto sufrimiento en su mirada.

—No sé cómo decirte esto… ni por dónde empezar, ni cómo empezar siquiera… —¿Cómo se suelta una bomba contra una persona a la que hemos querido durante veinticinco años? ¿Dónde se suelta, y cuándo? Peter sabía que estaba a punto de prender una mecha que haría saltar sus vidas por los aires. No solo la de Paris, sino también la suya—. Verás, Paris… el año pasado cometí una locura… bueno, no estoy seguro de que fuera una locura, pero sí algo que nunca me habría imaginado haciendo. No fue intencionado. Ni siquiera sé muy bien cómo ocurrió. Solo sé que se me presentó la oportunidad y la aproveché, y sé que no debería haberlo hecho, pero lo hice…

Peter no podía mirarla a la cara mientras hablaba, y Paris no abrió la boca. Se limitó a escucharlo, con la abrumadora sensación de que algo terrible estaba a punto de ocurrir, de ocurrirles a ambos. Todas las alarmas se encendieron en su mente, y el corazón le latía como si fuera a saltársele del pecho mientras esperaba a que prosiguiera. De pronto se dio cuenta de que aquello no tenía nada que ver con la fusión. Tenía que ver con ellos.

—Todo pasó cuando fui a Boston y estuve allí tres semanas para cerrar el acuerdo en el que estaba trabajando entonces. —Paris sabía a qué acuerdo se refería, y asintió en silencio. Peter la miró con gesto atormentado, y sintió el impulso de tocarla, pero no lo hizo. Quería amortiguarle el golpe, pero era lo bastante sincero consigo mismo como para reconocer que no podía hacerlo de ninguna manera—. No tiene sentido que entre ahora en detalles sobre el cómo, el porqué o el cuándo. Me enamoré de alguien. No quería hacerlo. No creía que fuera a pasar. Ni siquiera estoy seguro de lo que pensaba en aquel momento, a no ser que estaba aburrido, y ella era interesante, inteligente y joven, y estando con ella me sentí más vivo y joven de lo que me había sentido en años. Supongo que fue como si hubiera retrasado el reloj unos minutos, pero el problema es que las manecillas se quedaron atascadas y, una vez que retrocedí en el tiempo, descubrí que no quería volver al presente. Lo he pensado a fondo, y he sufrido mucho, y he intentado dejarlo varias veces, pero… sencillamente no puedo… no quiero… lo que quiero es estar con ella. Te quiero. Siempre te he querido, nunca he dejado de quererte, ni siquiera ahora, pero no puedo seguir viviendo así, entre dos vidas. Me estoy volviendo loco. No sé cómo decirte esto, y ni siquiera puedo imaginar lo que debes de estar sintiendo en este momento, y… Dios, lo siento tanto, Paris… de verdad que lo siento… —Peter tenía los ojos rebosantes de lágrimas, y Paris se tapó la boca con ambas manos, como si estuviera a punto de producirse un accidente ante sus ojos, o como si un coche estuviera a punto de empotrarse contra un muro y matar a todos sus ocupantes. Por primera vez en su vida, sintió que estaba a punto de morir—. Paris, no sé cómo decirte esto —prosiguió Peter, mientras las lágrimas rodaban por su rostro—. Por el bien de ambos… por el bien de todos… quiero el divorcio.

Había prometido a Rachel que lo haría aquel fin de semana, y sabía que tenía que hacerlo antes de que la doble vida que llevaba los volviera locos a ambos. Pero el hecho de decirlo, de vivirlo, y de observar el rostro de Paris mientras lo hacía era más duro de lo que habría podido imaginar. Al ver cómo lo miraba, deseó con todas sus fuerzas que hubiera otra salida, pero sabía que no la había. La había querido durante todos aquellos años, pero ya no estaba enamorado de ella, sino de otra mujer, y deseaba poner fin a su relación. Con Paris se sentía enterrado en vida. Y ahora que tenía a Rachel se daba cuenta de todo lo que se estaba perdiendo. Con Rachel se sentía como si Dios le hubiera dado una segunda oportunidad. Y, fuera o no cosa de Dios, era lo que él quería y necesitaba conseguir a toda costa. Por mucho que le importara Paris, que lo lamentara por ella, y por muchos remordimientos que le causara lo que estaba a punto de hacer, sabía que su vida, su alma, todo su ser y su futuro solo tenían sentido junto a Rachel. Paris era el pasado.

Ella se quedó muda durante una eternidad, mirándolo fijamente, incapaz de dar crédito a lo que acababa de oír, y al mismo tiempo sin atreverse a dudar de ello. En los ojos de Peter veía que hablaba muy en serio.

—No lo entiendo —dijo, mientras las lágrimas le arrasaban los ojos y empezaban a rodar por sus mejillas. Aquello no podía estar pasándole a ella. Era algo que solo les pasaba a otros, a gente que se había casado con la persona equivocada, o que se pasaba el día discutiendo, gente que nunca se había querido como se querían Peter y ella. Pero le estaba pasando. Ni una sola vez, en veinticuatro años de matrimonio, se le había ocurrido siquiera por un instante que él pudiera querer dejarla algún día. Solo había imaginado que podía llegar a perderlo si él se moría antes que ella. Y sin embargo, en aquel momento sintió que lo había perdido—. ¿Qué ha pasado…? ¿Por qué nos haces esto…? ¿Por qué? ¿Por qué no te olvidas de esa mujer?

En aquel momento ni siquiera se le ocurrió preguntarle quién era. Eso no le importaba. Lo único que importaba era que él quería el divorcio.

—Lo he intentado, Paris —le aseguró Peter, desolado. Detestaba el poso de destrucción que adivinaba en los ojos de Paris, pero debía asumir las consecuencias de sus palabras. Y en cierto sentido, pese a toda la amargura, se alegró de habérselo dicho al fin. Sabía que, por mucho que aquello les costara emocionalmente a ambos, tenía que recobrar su libertad—. No puedo olvidarla. Sencillamente no puedo. Sé que eso me convierte en un canalla, pero estar con ella es lo que deseo por encima de todo. Has sido una buena esposa, y eres una persona maravillosa. Has sido una madre estupenda para nuestros hijos, y sé que siempre lo serás, pero ahora mismo yo quiero más que esto… me siento vivo cuando estoy con ella. La vida es emocionante, y me ilusiona el futuro. Me he sentido como un anciano durante años. Paris, todavía es muy pronto para que lo entiendas, pero quizá esto sea lo mejor que nos podía pasar. Estábamos atrapados en un callejón sin salida.

Sus palabras hirieron a Paris como cuchillos que se clavaran en sus carnes.

—¿Lo mejor que nos podía pasar? ¿Y dices que esto es lo mejor que nos podía pasar? —De pronto, su voz sonaba estridente. Parecía estar al borde de la histeria, y Peter temió que así fuera. Había sido un golpe tremendo, como descubrir la súbita muerte de un ser querido—. Esto es lo peor, no lo mejor, que podía pasarnos. ¿Cómo puedes ponerle los cuernos a tu mujer, dejar tirada a tu familia, pedir el divorcio y encima decir que es lo mejor que nos podía pasar? ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo se te ha podido ocurrir algo así? ¿Quién es esa mujer, qué clase de venda te ha puesto en los ojos?

Por fin se le había ocurrido preguntarlo, aunque ya no tenía mucha importancia. La otra mujer era un enemigo sin rostro que había ganado la batalla antes incluso de que Paris supiera que se había declarado la guerra. Lo había perdido todo sin haber tenido el menor indicio de que su vida y su matrimonio estaban a punto de estallar en pedazos. Mientras miraba a Peter, sintió que todo su mundo se venía abajo. Él se pasó una mano por el pelo. No quería decirle quién era la otra mujer, temeroso de que Paris cometiera alguna locura en un ataque de celos, pero confiaba demasiado en ella para ocultárselo, y sabía que acabaría descubriéndolo de todos modos, cuando sus hijos la conocieran, si no antes. Además, tenía intención de casarse con ella, aunque por el momento no pensaba decírselo a Paris. Lo del divorcio era bastante para una noche.

—Es una abogada del bufete. La conociste en la fiesta de Navidad, aunque sé que procuró evitarte, por respeto. Se llama Rachel Norman, y fue mi ayudante en el caso de Boston. Es una buena persona, está divorciada y tiene dos hijos. —Peter trataba de hacerla respetable a los ojos de Paris, lo que era inútil, y lo sabía, pero sentía que se lo debía a Rachel, para que Paris no pensara que era una zorra sin escrúpulos, aunque sospechaba que lo pensaría de todos modos. Paris lo miraba fijamente mientras las lágrimas rodaban una tras otra hasta su barbilla y se precipitaban sobre el regazo de la falda. Parecía rota, reducida a una sombra de lo que hasta entonces había sido, y Peter supo que tardaría mucho tiempo en perdonarse a sí mismo lo que acababa de hacer. Pero no había otra salida. Tenía que hacerlo, por el bien de todos. Se lo había prometido a Rachel, que había esperado un año entero antes de darle un ultimátum. No estaba dispuesto a perderla, costara lo que costase.

—¿Qué edad tiene? —preguntó Paris con sequedad. —Treinta y uno —contestó él a media voz.
—Por el amor de Dios… tiene veinte años menos que tú. ¿Vas a casarte con ella? —Paris sintió un nuevo nudo en la garganta. Mientras no se casara con ella, seguiría habiendo esperanza.

—No lo sé. Primero tenemos que superar todo esto, que no será fácil. —El mero hecho de hablar con Paris le hacía sentirse mil años más viejo, pero en cuanto pensaba en Rachel volvía a sentirse joven. Ella representaba para él la fuente de la juventud y la esperanza. No se había dado cuenta de lo mucho que faltaba en su vida hasta que se enamoró de ella. Con Rachel todo era emocionante, y algo tan sencillo como cenar con ella le hacía volver a sentirse como un niño, por no hablar de los momentos que pasaban en la cama, cuando creía que iba a enloquecer. Nunca se había sentido así con ninguna mujer en toda su vida, ni siquiera con Paris. Su vida sexual había sido satisfactoria y placentera, y Peter no la había descuidado en todos los años que había pasado junto a ella, pero lo que compartía con Rachel era una pasión arrolladora que nunca había creído que pudiese existir. Ahora sabía que sí existía. Rachel era pura magia.

—Tiene quince años menos que yo —dijo Paris, rompiendo a sollozar incontrolablemente, hasta que al fin levantó los ojos para mirarlo fijamente, deseando conocer hasta el último detalle de aquella relación, como si quisiera torturarse a sí misma—. ¿Qué edad tienen sus hijos?

—Cinco y siete, son unos críos. Se casó mientras estaba en la facultad y crió a sus hijos sin dejar los estudios, ni siquiera después de que su marido la abandonara. No lo ha tenido nada fácil. —Peter la quería con locura, y deseaba ayudarla en todo lo posible. Incluso había llevado a los niños al parque varias veces los sábados por la tarde, cuando le decía a Paris que volvía a la ciudad para entrevistarse con algún cliente. Sentía la necesidad compulsiva de estar con ella, de compartir su vida con ella, y el sentimiento era mutuo. Rachel había sufrido mucho tratando de decidir si debía o no embarcarse en aquella relación, y preguntándose si Peter dejaría a su mujer algún día. No creía que fuera a hacerlo, habida cuenta de lo mucho que le importaba su familia. Siempre hablaba de lo buena que era Paris, y de lo mucho que le costaría hacerle daño. Pero después de la última espantada de Rachel, Peter se había decidido al fin, y le había pedido que se casara con él. Y ahora no le quedaba más remedio que divorciarse de su mujer. Divorciarse de Paris era el precio que debía pagar para poder empezar a vivir la vida que deseaba. Y era lo único que le importaba en aquel momento, por elevado que fuera el precio. Tenía que sacrificar a Paris para tener a Rachel, y estaba dispuesto a asumir esa pérdida.

—¿Querrás venir conmigo a un psicólogo familiar? —preguntó Paris con un hilo de voz, y Peter vaciló. No quería engañarla, ni darle falsas esperanzas. En su corazón no había lugar para la duda.

—Sí —contestó al fin—, si crees que te ayudará a aceptarlo. Pero quiero que comprendas que no voy a cambiar de idea. He tardado mucho tiempo en tomar esta decisión, y nada me hará volver atrás.

—¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no me has dado al menos una oportunidad? ¿Cómo he podido no darme cuenta? —se preguntó Paris, desolada. Se sentía estúpida, inútil, pequeña y abandonada antes incluso de que él se hubiera marchado.

—Paris, apenas he pisado esta casa en los últimos nueve meses. Llego a casa muy tarde cada noche, y no pasa un fin de semana sin que vuelva a la ciudad. Siempre he pensado que acabarías oliéndote algo. No puedo creer que no sospecharas nada.

—Confiaba en ti —le espetó ella, y por primera vez sonaba furiosa—. Creía que tenías mucho trabajo. Jamás se me ocurrió pensar que harías algo así.

Llegados a este punto, Paris rompió de nuevo a llorar. Peter sintió el impulso de estrecharla entre sus brazos y consolarla, pero creía que no debía hacerlo, así que se levantó, se asomó a la ventana y miró hacia el jardín, preguntándose qué iba a ser de Paris.

Seguía siendo joven y hermosa, sin duda encontraría a alguien. Pero no podía evitar sufrir por ella, después de todo lo que habían compartido. Llevaba meses preocupado por Paris, pero no lo bastante como para compartir el resto de su vida con ella y dejar de ver a Rachel. Por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en su mujer ni en su familia, sino tan solo en sí mismo.

—¿Qué les diremos a los chicos? —preguntó Paris, levantando al fin la mirada. Se le acababa de ocurrir. En el fondo, aquello era como la muerte de un ser querido, y de pronto se dio cuenta de que tenía que pensar cómo iba a sobrevivir a la tragedia, cómo se lo iba a contar a la gente, qué les diría a los chicos. Y lo más irónico del caso era que no solo estaba a punto de quedarse en el paro como madre, sino que también acababan de destituirla del puesto de esposa. No tenía ni la más remota idea de lo que iba a hacer con el resto de su vida, y en aquel momento ni siquiera podía pensar en eso.

—No sé qué les vamos a decir a los chicos —contestó Peter en voz baja—. La verdad, supongo. Sigo queriéndolos como siempre. Esto no cambia nada. Ya no son niños, y en cuanto Wim se vaya a Berkeley ninguno de los dos seguirá viviendo en casa, así que tampoco lo notarán tanto —añadió ingenuamente, y Paris movió la cabeza en señal de negación al oír semejante disparate. Peter no tenía ni la menor idea de cómo se lo tomarían sus hijos. Seguramente se sentirían tan traicionados como ella, o casi.

—No estés tan seguro de que no lo van a notar. Yo creo que se quedarán destrozados. Les va a costar encajarlo, y no es para menos. Toda su familia acaba de saltar por los aires. ¿No crees?

—Todo depende de cómo se lo expliquemos. Y desde luego, el modo en que tú te lo tomes puede cambiar mucho las cosas. —Paris se enfureció al darse cuenta de que Peter esperaba que ella hiciera el trabajo sucio por él. No pensaba dejar que se fuera de rositas. Sus obligaciones de esposa se habían acabado. En un abrir y cerrar de ojos, Peter la había excluido de su vida, y las responsabilidades que hasta entonces la mantenían atada a él habían perdido su razón de ser. A partir de aquel instante, la única persona por la que tendría que preocuparse era ella misma, y ni siquiera sabía cómo hacerlo. Había pasado más de la mitad de su vida cuidándolo a él, y a los hijos de ambos—. Quiero que te quedes con la casa —dijo él de pronto. Lo había decidido después de haber pedido a Rachel que se casara con él. Iban a comprar un piso para ambos en Nueva York, y ya habían visitado varios juntos.

—¿Dónde vas a vivir? —preguntó, sonando tan desesperada como se sentía.

—Todavía no lo sé —contestó Peter, evitando de nuevo la mirada de Paris—. Lo decidiremos más adelante. Mañana me iré a un hotel —añadió a media voz, y de pronto Paris cayó en la cuenta de que aquello no solo estaba ocurriendo, sino que era ya una realidad, y no el mal augurio de un futuro lejano. Peter pensaba marcharse de casa al día siguiente—. Esta noche dormiré en la habitación de invitados —dijo, encaminándose al cuarto de baño para recoger sus cosas. Instintivamente, Paris lo cogió del brazo.

—No quiero que hagas eso —dijo, elevando la voz—. No quiero que Wim te vea y descubra lo que está pasando.

Pero había algo más. Quería tenerlo junto a ella esa última noche. Nunca se le habría pasado por la cabeza, mientras se arreglaba para recibir a los amigos de ambos, que aquella iba a ser la última noche de su matrimonio. Se preguntó si Peter sabía desde el primer momento que se lo iba a decir aquella noche. Se sintió como una estúpida al recordar lo mucho que se había preocupado por él cuando lo había visto llegar con aire agotado. Ahora comprendía que no era la fusión, sino aquello, lo que lo estaba consumiendo.

—¿Seguro que no te importa que duerma aquí? —Peter se preguntó si Paris cometería alguna locura, como intentar poner fin a su vida o a la de él, pero le bastó mirarla a los ojos para convencerse de lo contrario. Estaba destrozada, pero no desequilibrada—. Puedo volver a la ciudad, si lo prefieres.

Podía volver con Rachel. Con su nueva vida. Alejarse de ella para siempre. Eso era lo último que Paris quería. Lo miró a los ojos y negó con la cabeza.

—Quiero que te quedes.
«Para siempre —se dijo para sus adentros—. En lo mejor y en lo peor, hasta que la muerte nos separe, tal como juraste hace veinticuatro años.» Por más que lo intentara, Paris no entendía cómo podía Peter echar por la borda toda su vida en común y olvidar los votos que había hecho. Era como si todos los años que había compartido con ella se hubieran desvanecido en un abrir y cerrar de ojos.

Peter asintió y fue a ponerse el pijama mientras ella seguía sentada en la butaca, mirando al vacío. Luego volvió a la habitación, se metió en la cama y se quedó unos instantes inmóvil y tenso antes de apagar la luz de su mesilla. Al cabo de un buen rato, volvió a hablar, sin mirarla ni tan solo volverse hacia ella. Paris se estaba sonando la nariz y apenas oyó sus palabras.

—Lo siento, Paris. Nunca pensé que esto pasaría… haré todo lo que esté en mi mano para ponértelo más fácil. Sencillamente no sabía qué otra cosa hacer. —Sonaba triste y desamparado, ocupando por última vez la que había sido la cama de ambos.

—Todavía estás a tiempo de dejarla. ¿Te lo pensarás, al menos? —preguntó ella. Lo quería tanto que no temía suplicarle. Su única esperanza era que Rachel desapareciera de sus vidas.

Hubo un largo silencio al otro lado de la cama, hasta que al fin Peter contestó:

—No, no puedo. Es demasiado tarde para eso. Ya no hay vuelta atrás.

—¿No la habrás dejado embarazada? —preguntó Paris de pronto, horrorizada ante esa posibilidad. No se le había ocurrido hasta entonces, pero incluso si la respuesta era afirmativa, preferiría mil veces sufrir la humillación de saber que Peter tenía un hijo de otra mujer a perderlo para siempre. Les había pasado a otros hombres, hombres cuyos matrimonios habían salido adelante pese a todo. Si Peter quisiera, el suyo también podría salir adelante. Pero él no quería salvar su matrimonio, hasta ahí Paris lo había entendido.

—No, no está embarazada. Sencillamente creo que estoy haciendo lo mejor para mí, y quizá también para ti. Te quiero, Paris, pero nuestra relación ya no me llena. Te mereces algo mejor. Tienes que encontrar a alguien que te quiera como yo te quise una vez.

—Vaya, justo lo que necesitaba oír. ¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Poner un anuncio en el periódico? Me dejas tirada como a un perro y encima pretendes que me busque a otro. Eso te iría de perlas, claro. Llevo más de media vida casada contigo. Te quiero. Me habría quedado junto a ti hasta el último día de mi vida. ¿Qué se supone que debo hacer?

Solo de pensar en lo que Peter estaba a punto de hacer notaba cómo el pánico y la desesperación se apoderaban de ella. Jamás se había sentido tan asustada. Su vida, tal como la conocía, había tocado a su fin, y el futuro se le presentaba plagado de miedo, inseguridad y sufrimiento. Lo último en lo que pensaba era en encontrar a otro hombre. Solo lo quería a él. Estaban casados. Para ella, eso era sagrado. No así para él, al parecer.

—Eres una mujer preciosa e inteligente, además de buena persona. Eres una mujer maravillosa, Paris, y una gran esposa. El hombre que te encuentre será muy afortunado. Yo no puedo seguir contigo. Algo se ha roto… no sé qué es, ni por qué… pero sé que es así. No puedo seguir contigo.

Paris se incorporó y se lo quedó mirando fijamente. Luego se levantó despacio, se acercó a su lado de la cama y, sollozando en silencio, cayó de rodillas ante él, apoyando la cabeza en las sábanas. Peter siguió acostado, sin apartar los ojos del techo, sin atreverse a mirarla mientras las lágrimas le resbalaban por las comisuras de los ojos hacia la almohada y acariciaba suavemente el pelo de Paris. Ambos sabían que aquel momento, con toda su carga de ternura y sufrimiento, con la oleada de sentimientos arraigados que despertaba en ambos, era el último de aquella clase que compartirían.