Recordando a Iris

Voy a contar cómo empecé a leer a Iris Murdoch. Confío en que este sencillo relato que refiere mi experiencia personal, como lector, de las novelas de Iris Murdoch sea útil al lector español que comience ahora a leer a esta autora, y, para quienes ya la conozcan, sean estas páginas una invitación a seguir leyendo. Acababa yo de llegar a Londres con veintiséis años. Mi primera salida al extranjero con la excepción de un corto viaje a Bayona y San Juan de Luz en automóvil con mis padres cuando tenía dieciséis. Creo que llevaba año y medio —dos como máximo— en Londres. Aún vivía en una buhardilla, cerca de Brent Station, en Golders Green, un importante barrio judío del norte de Londres, lleno por aquel entonces de toda la vitalidad y el gusto por la vida de las clases acomodadas de la judería anglosajona. Hacia 1968 había yo pasado la fase de los Cambridge Certificates y los exámenes de lengua y literatura inglesa. Estaba ya en condiciones de seguir con facilidad las películas, leer un periódico al día, entender todos los headlines, los titulares de los periódicos de la tarde, participar en conversaciones propiamente dichas, redactar textos en inglés. Me matriculé casi gratis en una organización muy de inspiración laborista —que era el partido político entonces en el poder, con Harold Wilson de primer ministro—. Se llamaba City Litterary Institute, familiarmente conocido con la abreviatura de Citylitt. Allí hice un curso sobre tres novelas inglesas del momento, a saber: El señor de las moscas, de Golding; La plenitud de la señorita Brodie, de Muriel Spark, y La campana, de Iris Murdoch. Aún sigo considerando La campana una novela muy importante en la narrativa de Iris Murdoch. Se ha dicho —por ejemplo A. S. Byatt en su estudio sobre Iris Murdoch— que nuestra autora es capaz de combinar la seriedad con una dimensión genuinamente popular. Y esto explica el enorme éxito de ventas y de lectores que tuvo desde un principio. La frase inglesa que resume quizá su tirón popular es It makes compulsive reading. Solo con Patricia Highsmith he experimentado yo análogo tirón, que impide dejar cualquiera de las novelas de estas autoras una vez empezadas y a su vez nos impulsa a adquirir una tras otra todas las obras que publican año tras año. Por supuesto se trata de dos escritoras muy distintas, que estoy comparando solo por razón de su arrastre narrativo. Pero volviendo a La campana: me pareció fascinante su tratamiento de la homosexualidad masculina y también sus descripciones de la vida rural inglesa en una pequeña comunidad anglicana. Ahora, tantos años después, casi treinta y cinco, temo no ser capaz de desglosar los elementos de la integral sentimental que aquella novela, que leí muchísimas veces seguidas, tuvo en mi conciencia. Me pareció que Michael Meade y la abadesa y todas las discusiones sobre la homosexualidad y la actitud de los cristianos de aquel momento respecto de este asunto eran, definitivamente, lo más verdadero y lo más profundo que yo había leído sobre el asunto hasta la fecha. También sigo considerando que el tratamiento del amor homosexual de una pareja, de la vida en pareja, que aparece en otra novela de Iris Murdoch titulada Una derrota bastante honrosa, es válido y auténtico hoy día. Pero con esto no se agota, ni mucho menos, la fascinación que sentí leyendo una tras otra sus novelas. En una nota sobre la autora publicada en Diario 16 el 6 de mayo de 1989, escribí: «Iris Murdoch cumple setenta años este año y yo llevo veinte leyendo sus novelas. Se dice pronto. Desearía explicar este sentimiento de familiaridad —tan antiguo y tan desde un principio— con una autora a la que he conocido personalmente tan solo hace unos pocos meses. Familiarizarse con un autor es un proceso semiconsciente. Lo más característico de esa familiaridad es un doble sentimiento —confirmado invariablemente con cada nueva novela— de sentirse adivinado y, a la vez, en condiciones de adivinar todo lo que piensa ese autor. Esta segunda parte del sentimiento es quizá ilusoria, aunque yo no creo que lo sea. Es un sentimiento de intimidad con un autor que funciona como una relación personal (que en mi caso particular no requirió nunca ir en busca del autor de carne y hueso), y sin embargo se trata de una relación personal que arrastra lo puramente literario más allá de sí mismo».

Me encontraba muy aislado en Londres en 1968. En comparación con otros novelistas españoles contemporáneos míos, como Javier Marías o Vicente Molina Foix, y no obstante haber obtenido yo un título de licenciado en filosofía por la Universidad de Londres, no acabé nunca de romper el aislamiento de mis años londinenses. Siempre he considerado que yo fui el único culpable de mi aislamiento y relativa incomunicación. Hay pocos grupos humanos tan amigables, ingeniosos, inteligentes y divertidos como la clase universitaria inglesa que yo he conocido. Tuve muchas oportunidades de relacionarme con todos ellos, que solo aproveché en parte debido a mi absurdo solipsismo sentimental y timidez de aquellos años. Así que las novelas de Iris Murdoch fueron mi manera más directa —dentro de lo indirecto— de entrar a formar parte, al menos como lector, de la vida inglesa. Quizá el lector de esta introducción se vea forzado a sonreír en este punto. Lo que de hecho estoy diciendo es, lo reconozco, un tanto absurdo: estoy diciendo que mi conocimiento de la Inglaterra real de aquel momento se produjo, en gran medida, a través de y por analogía con la lectura de la obra de ficción de Iris Murdoch. Supongo que como heredera de lo que Leavis denominó The Great Tradition de la narrativa inglesa (que es una tradición realista), Iris Murdoch fue capaz de combinar en sus relatos, en sus personajes, una precisa tipología social junto con una considerable dosis de individualización. Supongo que el talento para mezclar ambas cosas es, solo en parte, consciente. El trazado de caracteres —que a mí me parece una de las grandes tareas del novelista— tiene que combinar con gran finura lo identificable, lo tipificado, con lo singular de esa imitación de los universales concretos que somos los seres humanos individualmente considerados. Dentro de esta misma línea, uno de los aspectos que más me interesaron de Iris Murdoch en aquellos años londinenses fue una especie de familiaridad temática. Andaba yo brujuleando en mis poemas y en mis cartas y diarios en un asunto que luego recogería sistemáticamente en Relatos sobre la falta de sustancia: esta misma idea de la falta de sustancia la formula Iris Murdoch de muy diversas maneras, pero dentro de una misma línea platonizante, diciendo que los seres humanos somos esencialmente buscadores y encontradores de sustitutos, noción que yo ponía directamente en conexión con un célebre pasaje de los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, donde se dice que «el género humano no puede soportar demasiada realidad». Es la idea platónica de que los seres humanos vivimos en cuevas de espaldas al sol, al bien, a la verdad, y que percibimos solo sombras de sombras de sombras de los verdaderos objetos reales. Lo que a su vez implica que no somos del todo reales ni verdaderos nunca, sino irrealidades raras veces integradas, unificadas, sustancializadas por el amor: una idea también muy murdochiana que aparece con claridad una vez más en T. S. Eliot, a través de una cita de Dante en la dedicatoria de Pruforck y otras observaciones de 1917: «Or puoi la quantitate / comprender de l’amor ch’a te mi scalda, / quand’io dismento nostra vanitate, / trattando l’ombre come cosa salda» («Se puede comprender la cantidad de amor que me abrasa por ti al ver cómo desmiento nuestra vanidad y trato las sombras como cosas sólidas»). Y toda esta cadena de relaciones: Platón, el mito de la caverna, el purgatorio dantesco, T. S. Eliot —sobre todo el primer T. S. Eliot—, casi todo el grupo de Bloomsbury —especialmente Lytton Strachey y Virginia Woolf— más Iris Murdoch, más la versión que Iris Murdoch hace de Sartre como un racionalista romántico, más yo mismo, tanto en mi primera fase de los Relatos sobre la falta de sustancia como en mi segunda fase, de búsqueda de la integridad y la integración del mundo a través de la subjetividad de mis personajes de ficción, constituye un cordón umbilical, nutricio, que con, como es natural, considerables variaciones de tonos y estilos, nos sitúa a todos en una cierta visión existencial, dialéctica, ética y últimamente también religiosa (con una religiosidad que incluiría por supuesto al ateo Jean-Paul Sartre). Estoy tratando de explicitar con la mayor claridad posible algo que desde un principio he caracterizado como una integral sentimental-intelectual presente desde un principio en mi experiencia lectora de Iris Murdoch. Confío, vuelvo a repetir, en que el lector que inicia ahora la lectura de Iris Murdoch vea en este rápido boceto, tan deliberadamente subjetivo, las posibilidades hermenéuticas y existenciales que la lectura de esta autora tendrá para él mismo.

Siguiendo pues esta metodología un tanto rapsódica de exponer mis primeras vivencias de las narraciones de Iris Murdoch, trataré ahora de un asunto que considero particularmente interesante para aquellos lectores que, además de lectores, sean ya o deseen ser en el futuro escritores, ellos también, de novelas. Me refiero al indispensable equilibrio que es preciso obtener en toda gran novela entre escritura, estilo, verbalización y contenido temático y dramático. La inmensa accesibilidad de la gran novela inglesa del siglo XIX que hemos heredado todos los entusiastas novelistas del XX depende de un equilibrio perfectamente explicitado en Iris Murdoch entre lo acabado y lo inacabado de la representación narrativa. Me explico: cualquier lector de una novela de Iris Murdoch descubre que la verosimilitud del relato choca, en ocasiones muy bruscamente, con la inverosimilitud de sus perfectos acabados. Las vidas humanas se acaban con la muerte —el hombre es un ser para la muerte—, pero la muerte no es para cada vida individual humana su acabado, es decir, su perfección, su forma perfecta, sino, al contrario, su más absoluta imperfección, su inacabamiento más radical, su difuminación y disolución en la nada pura y simple. Luego, un narrador que quisiera apurar el concepto de verosimilitud y de mímesis narrativa tendría que dejar sus novelas inacabadas como la muerte deja inacabada la vida. El acabado es un concepto que no procede de la vida humana, sino de las obras artísticas. Ahí sí: en las obras artísticas podemos concebir la noción de acabado a la perfección, de forma absolutamente lograda. El concepto de perfección es un concepto estético. Una prueba de lo sospechosos que resultan los buenos acabados narrativos, que, sin embargo, me parecen a mí indispensables para una novela bien hecha y en los cuales Iris Murdoch fue maestra, es que, cuando una vida humana se nos presenta como muy bien acabada, de inmediato pensamos que se trata de un truco, una presentación emocional ad extra, un arreglo o una cirugía que pudiera muy bien no coincidir del todo con el ser verdadero. Que Ana Karenina se tire de cabeza al tren nos encanta, es un acabado perfecto, un acabado perfectamente artificiado. Y todos los suicidios, en la medida en que son acabados forzados, artificiados, sobre todo cuando suceden en las novelas, nos producen una sensación de relajación, de forma lograda. Sabemos, sin embargo, que en la vida real el porcentaje de suicidios y de acabados perfectamente artificiados es mínimo. La característica esencial del arte contemporáneo, como sostiene Theodor Adorno, es la disonancia. Y la disonancia es el hiato perfectamente visible en la factura de una obra novelesca. De aquí que para algunos lectores, y también para mí en este momento de mi vida, al escribir este prólogo, los relatos de Iris Murdoch puedan parecernos demasiado bien acabados y por lo tanto poco realistas e insuficientemente disonantes.

Todas estas consideraciones que podría prolongar indefinidamente hacen de la lectura de Iris Murdoch un extraordinario placer intelectual. Deseo subrayar esto expresamente: leer a esa mujer es entrar en contacto con un mundo intelectual de preocupaciones teóricas y prácticas, narrativas y éticas, que resulta extraordinariamente seductor. Me atrevo a recomendar al lector español que se apunte con entusiasmo a la lectura de las obras de Murdoch que la editorial Lumen se dispone a ir publicando. Les hablo de una de las narradoras anglosajonas menos conocidas entre nosotros: es hora ya de acabar con esta ignorancia.

ÁLVARO POMBO

Para Scott Dunbar

Capítulo 1

1

Bruno despertó. La habitación parecía estar a oscuras. Contuvo el aliento, indagando la naturaleza de la oscuridad, preguntándose si era de noche o de día, si era por la mañana o por la tarde. La noche era lo peor, podía llegar a ser terrible. También la tarde podía serlo si despertaba demasiado pronto. El drama del dormir y el despertar se había convertido en algo inquietante y aterrador, ahora que su propia conciencia podía significar una carga tan pesada. Había que ser hábil. Nunca se permitía adormilarse por la mañana, por miedo a no ser capaz de conciliar el sueño después de comer. La televisión se había desvanecido con su falsa tristeza y sus imágenes de guerra. Quizá se había quedado dormido leyendo. Había tenido de nuevo aquel sueño, el de Janie y Maureen y el prendedor. Tomó conciencia de sí mismo y comenzó a incorporarse ligeramente sobre las almohadas, moviendo los pies cubiertos con los calcetines dentro del armazón que los separaba de las mantas. La ropa de cama apretada suele provocar trastornos en los pies; aunque en realidad poco importaban ya los pies de Bruno.

Gracias a Dios, no era de noche. Su mente y su cuerpo aletargado se agitaron, descubriéndose a sí mismos a un tiempo. Recordó, o supo de algún modo, que era por la tarde. Las cortinas estaban echadas, pero por sus bordes se filtraba una claridad fría y rojiza. El sol debía de brillar fuera, el helado sol de primavera, arrojando una luz desvaída sobre el pecaminoso Londres y el fluyente Támesis y las tiznadas torres de la central eléctrica de Lots Road, que sería visible desde la ventana cuando Adelaide llegase a las cinco para descorrer las cortinas. Buscó sus gafas, alzó su reloj hacia el tupido cortinaje y logró ver que eran las cuatro y cuarto. Se preguntó si debía llamar a Adelaide, pero decidió que era mejor no hacerlo. Podía arreglárselas tres cuartos de hora sin los honores. Además, Adelaide era una doncella más bien irritable a la que desagradaba mucho que la llamaran antes de tiempo. O quizá se había vuelto irritable el último año. ¿Habría roto los mejores platos a propósito? Siempre había migas en la bandeja. Él era tan viejo ya y su enfermedad se había prolongado tanto…

No había cartas aquel día, ni habría ninguna en el correo de la tarde. Pero cuando llegaran las cinco sería un momento agradable del día, el mejor, en verdad, con té y bollos y sándwiches de anchoas y una nueva compota y el Evening Standard y después Danby volviendo a casa de la imprenta. Era más agradable en invierno, cuando había fuego en su habitación y estaba oscuro fuera. Aquel lúcido sol de primavera era su enemigo y los interminables atardeceres del verano eran una tortura. En ese momento le hubiese gustado tener un fuego de carbón, solo eso le satisfaría; pero ni siquiera a Nigel, que pensaba en casi todo, se le había ocurrido tal cosa. Bruno tomaría el té, lo prolongaría todo lo posible, leería después el Evening Standard, empezando por los chistes, escucharía las noticias de las seis por la radio, luego hablaría una media hora con Danby, no sobre los negocios, por supuesto, sino sobre las cosas divertidas que le habían sucedido a este, pues todos los días le ocurría algo divertido. A continuación quizá hablaría por teléfono o miraría los sellos; entonces serían ya las siete y podría empezar a beber champán, y leería algún libro sobre las arañas o una novela policíaca; después Nigel le llevaría la cena, y hablaría con él y le prepararía la cama para la noche. El delicado Nigel con sus dedos de ángel. Danby decía que Nigel no era de fiar y en una ocasión amenazó con echarlo. Danby no debía de saber que Nigel había roto la copa de Simla. Bruno tenía que acordarse de decir que la había roto él mismo.

Pero, por supuesto, Danby no echaría a Nigel si Bruno no quería. Nigel no era en realidad un enfermero titulado; había sido auxiliar o algo parecido, pero sabía colocarle muy bien las almohadas y arreglarle la cama, era muy amable. Danby era un buen yerno para Bruno. No lo enviaría jamás a una residencia de ancianos, Bruno lo sabía. Hacía ya años que Danby había insistido con firmeza en que Bruno fuese a vivir con él y quedase a su cuidado. Danby era bueno, aunque sin duda todo era cuestión de temperamento y de buena salud y de tener siempre apetito y estar siempre dispuesto a tomar un trago. Danby era el tipo de hombre que, aunque la civilización estuviese derrumbándose ante él, gritaría de alegría si alguien le ofreciera una ginebra. Solo Dios sabía lo que la hija de Bruno había visto en Danby; Gwen, una muchacha tan seria y tan íntegra, y Danby, un aficionado a los bares. Las mujeres son impredecibles. Sin embargo, parecían estar enamorados. Lo recordaba muy bien, aunque la pobre Gwen había muerto hacía ya mucho tiempo.

Ahora podía ver en la semioscuridad de la habitación el bulto de las mantas sobre sus pies, la gran caja de madera que contenía la colección de sellos encima de la mesa, la botella de champán sobre la repisa de mármol de la librería, y junto a ella, apoyada en la pared y protegida por un marco cuadrado, la fotografía de su esposa, Janie. Había muerto veinte años antes que Gwen, pero ahora le parecían igualmente lejanas. La foto de Gwen estaba en el piso de abajo, sobre el piano. No se sentía capaz de pedir que se la llevaran a su habitación. Hacía tres semanas había oído a Adelaide decirle a Nigel: «No bajará nunca más al piso de abajo». Había experimentado una intensa sensación de injusticia y un estremecimiento de terror. ¿Cómo podía aceptar aquel «nunca más»? Hacía más de un mes que no bajaba, pero eso no significaba «nunca más». Aún podía ir al lavabo con facilidad. Pero ¿por qué le hablaba ahora constantemente Nigel de cuñas? ¿Por qué le explicaba lo cómodas que eran y le decía que quizá estuviese demasiado cansado para ir al lavabo? ¿Estaba preparándolo, tal vez? Bueno, aún no se sentía tan mal. Estaba seguro de ello, aunque ya no deseaba saber de qué hablaban Danby y el idiota del médico cuando se quedaban cuchicheando en el pasillo. El imbécil del médico había dicho que podría vivir años. «¡Nos enterrará a todos!», había comentado mientras sonreía y echaba una ojeada a su reloj. «Años» podía significar cualquier cosa. De todos modos, debía vivir tres años, tenía que hacerlo para poder burlar a Hacienda; vivir tres años era una exigencia estatutaria.

«Cuando debería estar pensando en la muerte, no hago más que pensar en los deberes que la acompañan», meditaba Bruno. En realidad, no era altruismo. Se trataba más bien de una patética incapacidad para despojarse, incluso entonces, de su instinto de propiedad. Todo resultaba muy confuso. Se sentía muy embotado aquel día; eran aquellas pastillas, aunque desde luego el dolor desaparecía. O quizá aquellos somníferos de bromuro estaban envenenándole con lentitud. A veces se quedaba como alelado, con un desconcertado sentimiento completamente distinto de la euforia del champán, y se oía a sí mismo hablar en voz alta sin saber lo que estaba diciendo. Una vez, Danby le había contado que a partir de los veinticinco años cada día se destruye un millón de células cerebrales; lo había leído en el periódico del domingo. A aquel ritmo, ¿podían quedar células cuando se llegaba a los ochenta? Algunos días todo era más claro. Sentía ya mucho menos dolor. La ciencia puede obrar maravillas.

Tenía que pensar en donar la colección de sellos sin que interviniera Hacienda. Debía de valer unas veinte mil libras, impuestos aparte. ¡Con qué pesar se la había entregado su padre al final de sus días! Podía ver aún con claridad, como un pequeño cuadro coloreado en la superficie de su mente, la mano flaca y blanca empujando la caja hacia él sobre la mesa de caoba, y a su padre agonizante diciéndole con amargura: «La venderás, Bruno; eres un imbécil y te estafarán». Bueno, no la había vendido, incluso la había aumentado un poco, y hasta había llegado a amarla algo, aunque nunca había llegado a ser un filatélico serio como su padre. La había reservado para un día lluvioso, y ahora su vida estaba acabándose y no había días lluviosos. Podría haber dado la vuelta al mundo. O comprado grandes obras de arte y gozado de ellas. Podría haber comido ostras y caviar todos los días. O bien podría habérsela regalado a Oxfam. Tenía que enterarse de lo de la donación, de cómo funcionaba, pero no quería preguntárselo a Danby. Era muy bueno, pero era ante todo un hombre mundano. Danby debía de estar preguntándose quién lograría quedarse con los sellos. También Bruno se lo preguntaba. ¿Su yerno Danby o su hijo Miles? Pero hacía años que no veía a Miles. Miles le había rechazado hacía mucho tiempo.

Desde luego, todos le causaban dolor, continuamente, no podían evitarlo. Él lograba adivinar sus suposiciones, sus pensamientos, que no se detenían en él, sino que pasaban de largo y se dirigían al tiempo inconcebible en que él ya no existiría. Para ellos se había transformado en un monstruo. «Un anciano encantador», había oído decir a alguien hacía años, más años de los que le gustaría recordar. ¿Qué era él ahora? En su propia conciencia apenas se sentía viejo. Podía ver que sus manos habían envejecido; se daba cuenta de ello con asombro, mientras recorría con la mirada aquellos dos objetos pesados y retorcidos que descansaban sobre la colcha. Ya no se contemplaba en el espejo, aunque a veces podía sentir, como una máscara, el fantasma de su rostro juvenil. Solo podía verse en los esquivos ojos de Danby y de Adelaide, en aquella desdeñosa repugnancia que no conseguían ocultar. No era solo el olor, era el aspecto. Sabía que se había convertido en un monstruo con cabeza de animal, con cabeza de toro, un cautivo minotauro. Ahora tenía un rostro semejante al de sus arañas, al de la Xysticus, quizá, o la Oxyptila, que tenían rostros como sapos. Bajo la enorme cabeza se extendía su cuerpo flaco, la dudosa y contingente forma humana, sin fuerzas, flácida, exangüe, hedionda. Vivía como en un frasco, como la Atypus; se había convertido en una especie de tubo. Soma sema. Su cuerpo era en verdad una tumba, una grotesca tumba sin belleza. Qué distinta le parecía ahora la muerte de lo que le había parecido incluso tres años atrás, cuando aún conservaba su blanco cabello. La muerte real nada tenía que ver con obeliscos y ángeles. No era extraño que todos desviaran la mirada.

La imprenta debía de ser una especie de monumento, pero aún pensaba en ella como creación de su padre. Gater and Greensleave. Greensleave and Odell debería llamarse ahora, con Danby al cargo, pero Danby se había negado al cambio de nombre, aunque el viejo Gater había muerto hacía ya cuarenta años. Hubo un mal momento después de la guerra, cuando era tan difícil conseguir piezas de recambio para las prensas estadounidenses, pero las cosas se habían arreglado. ¿Se debía a Danby? El secreto era la variedad y no considerar ningún pedido demasiado humilde: programas, catálogos, carteles, octavillas, revistas de estudiantes, papel timbrado. Bruno se había esforzado todo lo posible. Había nacido para aquella empresa, por ella, prácticamente en ella, con el repiqueteo de las máquinas de monotipia en sus oídos infantiles. Pero nunca se había sentido identificado con los impresores, y su lenguaje tan particular a menudo le había parecido una lengua extranjera. Siempre le había dado un poco de miedo todo aquello, el mismo miedo que le daban los caballos que su padre le obligaba a montar de niño. Era distinto para Danby, que no tenía ningún lazo natural ni talento creador, y ni siquiera era un intelectual; se había introducido en aquel mundo al casarse con Gwen, como la cosa más natural. A Bruno, que nunca había dejado de considerar a Danby un idiota, siempre le había molestado aquella tranquilidad. Sin embargo, fue Danby quien se convirtió en el hombre clave del negocio.

Bruno había querido estudiar zoología en lugar de dedicarse a la imprenta. Su padre le había hecho estudiar letras y asumir un cargo en la empresa. ¿Cómo lo había logrado? Bruno no podía recordarlo. Solo a través del negocio, solo a través del dinero, había conseguido comunicarse realmente con su padre. Debido a ciertos castigos a que lo sometió lo había olvidado casi todo de él, pero continuaba presente en su vida como una fuente de energía negativa, un manantial de irritación y resentimiento, un agujero en el que las cosas desaparecían. Aún se encolerizaba al pensar en su padre, y el antiguo odio todavía acudía a él oscuro y fresco, sin imágenes. Sin embargo, podía evocar a su madre muy claramente, y ver aquella tensa sonrisa en su rostro cuando intentaba persuadir a su marido; el tono de su voz llegaba a él con toda nitidez salvando un intervalo de ochenta años: «George, deberías ser más amable con el muchacho».

«Yo debería haber sido ermitaño —pensaba Bruno—, vivir en el campo como un clérigo del siglo XVIII con mis libros de teología y mis arañas». La clase de vida que le habría hecho feliz, lo que había perdido por completo acudía a su mente siempre relacionado con su madre y con recuerdos de noches de verano de cuando tenía dieciséis años; en ellos, a la luz de su linterna eléctrica, veía el delicado ritual de la puesta de huevos de la hermosa y enorme araña Dolomedes. Oh, arañas, arañas, arañas, las aristócratas de un mundo hormigueante y serpenteante. Nunca había dejado de amarlas, pero en cierto modo las había traicionado desde el principio. Jamás había encontrado una Eresus niger, aunque cuando era un muchacho la seguridad que tenía de hallar una le había parecido directamente infundida por Dios. Su proyectado libro sobre La mecánica de la tela de araña se había transformado en un artículo. Su libro más ambicioso, Las arañas del Battersea Park, se había quedado en un par de artículos. Su monografía sobre la vida y la obra de C. A. Clerck jamás llegó a publicarse. Su libro sobre Las grandes arañas cazadoras no pasó nunca de un esquema. Mantuvo correspondencia durante varios años con Vladimir Pook, el eminente entomólogo ruso, y la gran obra en dos volúmenes de Pook, Arañas soviéticas, dedicada a «B. Greensleave, un amigo inglés y un verdadero amante de las arañas», se contaba entre sus tesoros más preciados. Pero nunca había aceptado la invitación de Pook a visitar Rusia, y fue este quien escribió la última carta.

Se preguntaba qué le había sucedido y qué significaba aquello y qué importancia podía tener ahora que todo estaba a punto de acabar. «Todo es un sueño —pensaba—, uno recorre la vida en un sueño, todo es demasiado duro. La muerte refuta la inducción. No hay ningún objetivo hacia el que dirigirse. Solo hay un sueño, su textura, su esencia, y al final subsistimos solo en el sueño de otro, una sombra sobre otra sombra, desvaneciéndose, desvaneciéndose, desvaneciéndose.» Resultaba extraño pensar que Janie y Gwen y su madre y quizá Maureen existían ahora con más intensidad, de modo más real, allí en su mente que en el mundo. «Son una parte del sueño de mi vida —pensaba—, están inmersas en mi conciencia como especímenes en formol. Mujeres eternamente jóvenes mientras yo envejezco como Titonio. Pronto tendrán mucha menos realidad.» Ese sueño, ese sueño tan intensamente suyo, concluiría en cualquier momento y se disiparía, y nadie sabría cómo había sido en realidad. Todos los esfuerzos que había realizado para mejorarse a sí mismo ahora le parecían vanidad, ahora que no existían ya objetivos. Había trabajado mucho, había aprendido alemán e italiano. Ahora le parecía que no había sido más que vanidad, un deseo fugaz que jamás se satisfizo, el anhelo de impresionar a alguien, de triunfar, de ser admirado. Janie hablaba un italiano tan hermoso...

«Cuando uno se hace viejo —pensaba Bruno—, se vuelve menos moral, hay menos tiempo, uno se molesta menos, se vuelve despreocupado. ¿Es que importa realmente, ahora al final, si hay o no algo fuera del sueño?» Nunca se había preocupado por la religión, era algo que había dejado para las mujeres, y su idea del bien no estaba ligada a Dios, sino a su madre. Su abuela rezaba todas las noches con los criados. Su madre iba a la iglesia todos los domingos. Janie iba en Navidad y en Pascua. Gwen era racionalista. Él las había acompañado y había pasado con una conciencia indiferente a través de la vida y la muerte de Dios. ¿Tenía algún sentido empezar a pensar ahora en todo aquello, plantearse el propósito de ser bueno ahora, y arrepentirse o algo así? A veces le habría gustado rezar, pero ¿cómo iba a rezar si no había nadie allí? ¡Si pudiese creer en el arrepentimiento y la salvación instantánea en el lecho de muerte! Incluso la idea del purgatorio era infinitamente consoladora: sobrevivir y sufrir en el eterno abrazo de un amor totalmente justo. Incluso la idea de un juicio, un juicio por su crueldad con su mujer, por su crueldad con su hijo... Aunque las maldiciones de Janie en su agonía lo arrastrasen al infierno.

Debía de hacer ya diez años que no veía a Miles, y la última vez había sido para tratar de las escrituras de la casa de Kensington, que había quedado abandonada y que Miles quería vender. La casa estaba a nombre de Janie, había sido comprada con dinero de Janie, y, claro está, ella se lo había dejado todo a sus hijos. Antes se había encontrado con Miles en el funeral de Janie, y luego en el funeral de Gwen, y hubo uno o dos encuentros más por cuestiones de dinero. Miles, tan frío, tan implacable, escribía aquellas cartas rutinarias y metódicas por Navidad y por su cumpleaños: «Siempre te recuerdo con afecto y respeto». No podía ser verdad. Siempre había pensado que su hijo era una persona excepcional. Lo había admirado por negarse a entrar en la empresa, quizá lo había envidiado. Sin embargo, Miles no había hecho gran cosa en su vida. Qué difícil resultaba creer que tuviese más de cincuenta años. Era un funcionario capaz, le decían a Bruno, pero se hallaba lejos de las alturas. Y estaba aquel absurdo de la poesía, que no lo llevaba a ninguna parte.

Si no se hubiesen dicho algunas cosas... A veces se dicen cosas precipitadamente, sin querer decirlas, sin pensar en ellas, incluso sin entenderlas. Esas afirmaciones precipitadas deberían disculparse. Era muy injusto verse obligado a soportar la carga moral de unas palabras dichas con despreocupación, llevar aquello encima años y años, hasta convertirse en una parte de sí mismo monstruosa y no deseada. Él no quería que Miles se casara con una muchacha india. ¡Pero qué pronto habría olvidado sus teorías si le hubieran presentado a la muchacha real! Si se hubiesen limitado a ignorar sus comentarios, nada más con que le hubiesen presentado a Parvati, con que le hubiesen dejado conocerla, en lugar de huir y transformar su ofensa en una barrera permanente. Si hubieran sido amables con él, si hubiesen razonado con él, en lugar de adoptar aquella postura airada y arrogante. Todo sucedió muy deprisa, y después se le había asignado su papel y se le había condenado por él. Miles le atribuía todas aquellas palabras que él estaba seguro de no haber dicho nunca. Hubo tantos malentendidos... Gwen hizo una débil tentativa de arreglar las cosas. Pero ni siquiera ella tuvo tacto suficiente para discutir con él de modo adecuado, y Parvati murió al poco tiempo de haberse casado. Y solo mucho después pudo ver por primera vez una fotografía, una instantánea de ella y de Gwen en Hyde Park, ambas enlazadas por la cintura. Gwen se había cubierto un hombro con el largo cabello oscuro de Parvati. Estaban riendo. Incluso con solo aquella foto podrían haberle hecho cambiar de parecer.

Miles no había olvidado nada. Quizá fue la muerte de ella lo que le ancló en aquel eterno resentimiento. Aquel comentario tantas veces repetido sobre «nietos color café». Bueno, no había sido más que un comentario. Bruno no tenía nietos. Gwen y Danby, sin hijos; Miles y Parvati, sin hijos; Miles y —Bruno no recordaba el nombre de la segunda esposa de Miles, no había llegado a conocerla… Ah, sí, Diana—. Miles y Diana, sin hijos. ¿Tenía algún interés intentar todavía reconciliarse, significara lo que significase? Es una convención, después de todo, que debamos tener buenas relaciones con nuestros hijos y con nuestros padres. Padres e hijos son individuos y merecen que se les trate como tales. ¡Por qué no habían de tener el privilegio, que poseen otras personas sin vínculos de sangre, de alejarse unos de otros sin que la separación sea dolorosa? Así se lo había dicho a Danby hacía varios años, cuando este le preguntó por su relación con Miles. Danby pensaba probablemente en los sellos.

Desde luego, el resentimiento de Miles se había iniciado mucho antes, con el asunto de Maureen. ¿Les había hablado Janie de ello, o lo habían adivinado los propios niños? Le gustaría saberlo. Los dos, tan guapos, con sus ojos oscuros, censurándolo, murmurando, mirándolo ceñudos. Gwen había vuelto a él más tarde, pero Miles no lo había hecho jamás, y aquella vieja amargura se había sumado a lo que sucedió después, de modo que los dos delitos parecían estar hermanados. Nadie había comprendido lo de Maureen, y ahora era demasiado tarde para intentar explicarlo, y, además, ¿a quién podría explicárselo? No a Danby, desde luego. Danby no haría más que reírse, como se reía de todo, de la vida, incluso de la muerte. Decía que encontraba la muerte de Gwen cómica, que encontraba cómica la muerte de su propia esposa. Fue años después, por supuesto, mucho después de aquel terrible y absurdo salto desde el puente. ¿Podía explicarle lo de Maureen a Miles? ¿Le escucharía Miles? Él era el único ser en el mundo a quien aún le preocupaba aquello. ¿Podría obligar a Miles a verlo tal como realmente era? ¿Podría Miles perdonarlo en nombre de los demás, o no habría en él más que frialdad y saña y un incremento final del horror?

Janie había llamado a Maureen «pobre sinvergüenza». Pero qué remotas las palabras, sobre todo si son palabras airadas; qué remotas quedan de la cosa real a la que aluden. Por supuesto, Maureen le había sacado mucho dinero, y Janie le había obligado a reconocer cuánto. Pero el dinero no había intervenido en su auténtica relación con Maureen, y esta no había sido solo acostarse juntos, sino cierta alegría. Maureen había sido dulzura, inocencia, amabilidad, alegría y paz. Él le compró sábanas, cortinas nuevas, copas y fuentes. Jugando a construir un hogar con Maureen experimentó un placer que jamás había sentido al montar su casa con Janie, pues entonces hubo discusiones sobre muebles antiguos con la madre de Janie. Esta había equipado la casa sola, sin pensar que a él le pudiera interesar. Maureen cantando con su vocecita de irlandesa de Liverpool «Hold that tiger, hold that tiger». Maureen presumiendo con sus nuevas faldas cortas. Maureen, vestida solo con una gargantilla azul, bailando el charlestón. El pequeño piso, lleno de mercancía de su negocio de sombreros, era como un exótico nido de pájaro. En una ocasión en que volvió a casa con plumas adheridas a la ropa, cuando Janie se lo hizo observar, le dijo que había estado en el zoo. Janie le creyó. Maureen estuvo horas riéndose.

Bueno, quizá no fuera inocencia. ¿Cómo vivía ella? Nunca tuvo la impresión de que vendiera ninguno de aquellos sombreros. Ella decía que a veces trabajaba como acomodadora; de hecho, le había parecido una especie de ninfa de la era del cine, una sibila de la caverna del amor ilusorio. Pero tenía demasiada ropa y un piso bonito. En una ocasión encontró un pañuelo de hombre. Ella dijo que era de su hermano. Sin embargo, incluso los celos se convertían con ella en una convención, una especie de juego, un dulce juego personal, como el gran tablero de ajedrez en el que él la había visto disponiendo las fichas en un café, aquellas piezas hermosas, rojas y blancas. Fue la primera vez que la vio. Después supo que no sabía jugar al ajedrez. Era simplemente un instrumento de seducción. Este descubrimiento hechizó por completo a Bruno. Le dijo que tenía dieciocho años y que él era su primer hombre. Pero incluso estas mentiras eran dulces cuando las saboreaba mezcladas con el carmín de sus labios en largos, lentos y apretados besos. «Oh Dios», pensaba Bruno, y todo volvía a él, podía llegar aún ahora con un cálido impulso hasta el centro de aquel armazón seco y escuálido. El deseo físico todavía le aguijoneaba, todavía le punzaba, en ocasiones vago y fantástico, otras veces con recuerdos de Maureen, otras con imágenes de muchachas de color a las que había seguido en la calle y a las que había abrazado con impotente excitación en lúgubres habitaciones de Kilburn y Notting Hill, después, mucho después de que Janie hubiese muerto.

Qué selectiva es la culpabilidad, pensaba Bruno. Son los pecados los que ligan significativamente toda nuestra vida cuando recordamos y lamentamos. La gente a la que solo hemos golpeado de pasada pronto se pierde en la memoria. Sin embargo, sus heridas deben ser asimismo grandes. Solo lamentamos las flaquezas a que nos ha llevado nuestra propia forma de vida. Antes de lo de Harrods, que había alterado todo su mundo, en realidad nunca se había sentido culpable. A partir de entonces, después de la espantosa escena de Janie con Maureen, después de oír a Maureen llorando tras aquella puerta cerrada, él había sentido el peso y el horror de aquello, la fealdad y el escándalo. ¿Por qué se habría casado Janie con él? La elegante Janie Devlin. Él debió transformarse fugazmente, en virtud del amor y de la ambición, en el ingenioso y audaz joven que ella deseaba. La desilusión había sido irónica y brusca.

Sus imágenes de Janie parecían pertenecer todas a antes de la Primera Guerra Mundial, a la época de su noviazgo y de su matrimonio. La guerra en sí había dejado en realidad pocos recuerdos. Él no había ido a luchar, pasaba ya de los treinta, y, además, tenía una úlcera de estómago. La guerra casi no tuvo importancia para él. Su padre había muerto y él dirigía la empresa, que marchaba bien gracias a los encargos del Gobierno. Su madre, que se había ido a Norfolk debido a los ataques de los zepelines, murió en 1916. Esto le afectó más que todo el holocausto. Las imágenes de Janie eran más claras y, sin embargo, más remotas. Janie jugando al tenis una larga tarde de verano con un vestido blanco de tupido lino cuyo dobladillo se había teñido del verde de la hierba. Janie hablando italiano en una fiesta del cuerpo diplomático, mientras sus luminosos y audaces ojos jugaban con los hombres. Janie haciendo girar su sombrilla rodeada de admiradores en Broad Walk. Janie en el Saint James’s Theatre la noche en que él le propuso matrimonio. Qué alegre, qué dulce y qué infinitamente lejano le parecía ahora todo aquello. La alegría de Maureen era más febril. Pertenecía a un mundo posterior, más hosco. «Al separarnos, te llevas todos mis días felices y me dejas las noches de soledad.»

La sociedad conspira para hacer que una pareja de recién casados se sienta virtuosa. El matrimonio es un símbolo del bien, pero un símbolo, al fin y al cabo. Janie y él habían gozado de sus virtudes durante mucho tiempo. «¿Es una buena esposa?», le había preguntado al principio su madre, que nunca llegó a simpatizar del todo con Janie. No era una pregunta convencional. Bruno se sintió avergonzado ante ella y no dio con la respuesta. Su relación con Janie había tenido dos etapas. En la primera, antes de lo de Harrods, habían representado sus papeles sociales, habían vestido ropas elegantes, habían sido admirados y envidiados, habían vivido por encima de la posición social y de los medios de Bruno, y habían tenido dos hijos guapos e inteligentes. En la segunda, después de lo de Harrods, habían estado solos, realmente ligados entre sí al fin, en una espantosa y hermética soledad, transformándose en demonios el uno para el otro. Janie se portaba muy mal con él, pensaba, e intentaba por enésima vez estructurar un juicio, pero no era capaz de lograrlo. Agamenón fue asesinado en la primera noche de su regreso de Troya. Pero Agamenón era culpable, sí, culpable. El cáncer de Janie apareció enseguida después de aquello, y ella le hacía responsable a él de la enfermedad.

Su amor por Janie era un recuerdo al que no podía acceder, únicamente sabía de él por las pruebas. Ella las había destruido de manera sistemática durante el período del terror. Y él, pensaba ahora, solo supo con seguridad que la había amado cuando ella crucificó aquel amor ante él. Solo supo que ella había guardado todas sus cartas cuando las rompió y las tiró por el salón; solo supo que había conservado la nota en la que le proponía matrimonio cuando ella la arrojó gritando al fuego. Durante semanas, durante meses, él le dijo cuánto lo sentía, llorando, arrodillándose, comprándole flores que ella arrojaba por la ventana, suplicando que le perdonase. «No sigas enfadada conmigo, Janie, no puedo soportarlo, perdóname, Janie, por favor, perdóname, por amor de Dios.» Él debió de amarla entonces. Maureen se había desvanecido como si no hubiese existido nunca. Jamás volvió a visitarla. Le envió cincuenta libras; ni siquiera se sintió capaz de escribirle una nota. Debió de haber amado a Janie entonces, pero era amor en un infierno: aquella terrible e implacable negativa de perdón. Su madre jamás le hubiera castigado así por ninguna falta. Después él se hizo feroz, violento. Janie decía: «Has destruido mi mundo». Y Bruno gritaba: «¡Tú me rechazaste! Tú rechazaste todo lo que yo soy. Siempre lo has hecho. Nunca me has amado». Comenzaron a pelearse y continuaron haciéndolo incluso cuando Janie cayó enferma, incluso cuando ambos sabían que estaba muriéndose. No debía haber permitido que Janie lo empujara a odiarla. Eso fue lo peor de todo.

El corazón de Bruno latía violentamente. Se incorporó un poco más sobre las almohadas. Aquellos pensamientos rumiados millones de veces aún podían cegarle, hacerle gemir de emoción y absorberle en un total olvido de todo lo demás. ¿Es que no había una forma correcta de enfocar aquellos horrores, de pensar en ellos, que le trajese la resignación y la paz? Janie llevaba muerta casi cuarenta años. Qué bien conocía él ese sonsonete particular de su mente. No, no debía, no debía agitarse tanto, porque si no llegaría otra noche sin sueño y eso era una tortura. No le gustaba llamar durante la noche, le daba miedo su propia voz en la oscuridad. Y aunque llamase a Nigel, este no siempre le oía, no siempre acudía. En una ocasión, en una situación extrema, había gritado tan alto que Nigel tuvo que haberle oído, pero no acudió. Quizá no estaba allí, sino durmiendo en algún otro lugar, abrazado a una muchacha. En realidad, sabía muy poco de Nigel. Después de aquello temía llamar, por miedo a que le oyera Danby y descubriera que Nigel no estaba allí.

Miró su vieja bata roja que colgaba tras la puerta, una gran mortaja en aquella luz difusa. Era la única prenda que se ponía ahora, representaba su única prenda de viaje, su guardarropa se había reducido a aquello. ¿Por qué se había convertido en un símbolo de su muerte? Danby se ofreció a comprarle una nueva, y Bruno se había negado, diciendo: «Ya no merece la pena». Danby aceptó la observación. La vieja bata aún estaría allí cuando volvieran aliviados del funeral y comenzaran a retirar los frascos, y después alguien diría: «Bruno se ha ido, pero ahí está su pobre y vieja bata colgando de la puerta».

¿Cómo sería, habría alguien allí? ¿Una muchacha acaso? Pero no había ninguna muchacha. Si al menos pudiese ser amado por alguien nuevo... Pero era imposible. ¿Quién iba a amarle a él, ahora que se había convertido en un monstruo? Quizá muriese solo, llamando, llamando. Él había dejado a Janie morir sola. No podía soportarlo. La había oído gritar su nombre. Pero no había acudido. Temió que pudiese maldecirle al final. Pero quizá ella deseaba perdonarle, reconciliarse con él. ¿Acaso le había impedido aquella buena obra final? Los gemidos, los gritos habían continuado durante un rato y se habían apagado al fin. Por el rostro de Bruno comenzaron a rodar las lágrimas. Y murmuraba: «Pobre Bruno, pobre Bruno, pobre Bruno…».