Los copos de nieve caían en grandes grumos blancos, apiñados como un dibujo en un cuento de hadas, igual que en las ilustraciones de los libros que Sarah solía leer a los chicos. Ella estaba sentada ante la máquina de escribir, mirando por la ventana, contemplando la nieve que iba cubriendo el prado, colgando de los árboles como encajes, y se olvidó por completo de la historia que había estado persiguiendo en su cabeza desde primeras horas de la mañana. Era todo tan pintoresco, tan bonito. Allí todo era hermoso. Era como la vida de un guión cinematográfico, en una ciudad de ensueño, y la gente que la rodeaba parecía extraída de una película. Era exactamente lo que ella nunca había querido ser, y ahora, sin embargo, se había convertido en uno de ellos; lo era desde hacía varios años, y probablemente lo seguiría siendo. Sarah MacCormick, la rebelde, la que fuera ayudante del editor de la revista Crimson, la joven que se había graduado en la Universidad de Radcliffe en 1969, que ocupó el primer puesto de la clase y siempre supo que ella era diferente, se había convertido ahora en uno de ellos. Casi de la noche a la mañana. En realidad, habían transcurrido casi veinte años. Y ahora ella era Sarah Watson, la señora de Oliver Wendell Watson. Vivía en Purchase (Nueva York), en una hermosa casa que ya casi era suya, después de catorce años de esfuerzos por pagar la hipoteca. Tenía tres hijos y un perro, y el último hámster había muerto el año anterior. Y tenía un esposo al que amaba. El querido y dulce Ollie. Él se había graduado en la facultad de económicas de Harvard al mismo tiempo que ella terminaba sus estudios en Radcliffe, y ambos habían estado enamorados desde el primer año que ella pasara en la universidad. Pero él era ahora exactamente lo que ella no era. Él un hombre conservador y ella una mujer mucho menos convencional; él había creído en lo que el país había intentado hacer en Vietnam y, durante algún tiempo, ella lo odió por eso. Incluso dejó de verlo durante un tiempo después de graduarse, insistiendo en que eran demasiado diferentes. Se fue a vivir al SoHo, en la zona sur de Manhattan, donde se dedicó a escribir hasta conseguir que las cosas le fueran bastante bien. En dos ocasiones le publicaron narraciones, una en The Atlantic Monthly, el sanctasantórum, y la otra en The New Yorker. Era bastante buena, y ella lo sabía. Mientras tanto, Oliver vivía en la parte alta de la ciudad, en un apartamento que compartía con otros dos amigos, en la calle Setenta y nueve Este, y con su título de máster en administración no tardó en conseguir un trabajo en una agencia de publicidad de la avenida Madison. Ella habría querido odiarle por eso, por haberse conformado, pero no lo hizo. Incluso entonces se dio cuenta de lo mucho que lo amaba.
Oliver hablaba de cosas como vivir en el campo, tener un setter irlandés, cuatro hijos y una esposa que no se dedicara a trabajar fuera de casa, y ella se burlaba de él. Pero entonces él sonreía, con aquella increíble sonrisa de muchacho que a ella le aceleraba los latidos del corazón, aun cuando intentaba autoconvencerse de que deseaba a un hombre con el pelo más largo, un pintor, un escultor, un escritor, alguien «creativo». Oliver era creativo, y también muy inteligente. Se había graduado en Harvard con las mejores calificaciones, y las tendencias de los años sesenta jamás hicieron mella en él. Cuando ella participaba en las manifestaciones, él se encargaba de sacarla de la cárcel; cuando ella discutía con él, incluso insultándolo, él le explicaba tranquila y racionalmente aquello en lo que creía. Y era una persona tan condenadamente decente, de un corazón tan bueno, que seguía siendo su mejor amigo incluso cuando la hacía enfadar. Se encontraban de vez en cuando en el Village, o en alguna parte de la zona residencial de la ciudad para tomar café o una copa, o para almorzar, y él le hablaba de lo que estaba haciendo, y le preguntaba por lo último que ella estaba escribiendo. Oliver también sabía que ella era buena, pero no comprendía por qué no podía ser «creativa» y estar casada al mismo tiempo.
«... El matrimonio es para aquellas mujeres que buscan a alguien que las mantenga. Yo quiero cuidar de mí misma, Oliver Watson.» Y era perfectamente capaz de ello, o lo había sido entonces en cierta medida. Había trabajado a media jornada en una galería de arte del SoHo, y como escritora independiente. Y a veces incluso había logrado ganar dinero. Pero ahora también, a veces, se preguntaba si aún sería capaz de cuidar de sí misma, de mantenerse por sí sola, de rellenar su propia declaración de Hacienda, y no permitir que se le pasara por alto el pago de su cuota a la Seguridad Social. Había terminado por depender totalmente de él durante los dieciocho años que llevaban casados. Él se hacía cargo de todos los pequeños problemas de su vida, e incluso de la mayoría de los grandes problemas. Era como vivir en un mundo herméticamente cerrado en el que siempre estaba Ollie, dispuesto a protegerla.
Contaba con él para todo, y eso era algo que casi siempre la asustaba. ¿Y si a él le sucediera algo? ¿Sabría ella arreglárselas? ¿Sería capaz de llevar la casa adelante, de mantenerse a sí misma y a los chicos? En varias ocasiones intentó hablar con él al respecto, pero Oliver se limitaba a echarse a reír, diciéndole que jamás tendría de qué preocuparse. No es que él hubiera ganado una fortuna, pero las cosas le «habían ido bien y era un hombre responsable». Había suscrito varios seguros de vida. La avenida Madison se había portado bien con él, y ahora, a los cuarenta y cuatro años, ya era el tercer hombre por orden de importancia en la empresa Hinkley, Burrows y Dawson, una de las mayores agencias de publicidad del país. Había aportado las cuentas de sus cuatro clientes principales, y era considerado como un elemento valioso para la empresa, y muy respetado entre sus colegas. Había sido uno de los vicepresidentes más jóvenes del negocio, y ella se sentía orgullosa de él. Pero seguía estando asustada. ¿Qué estaba haciendo allí, en la pequeña y bonita Purchase, contemplando la nieve que caía y esperando a que los chicos regresaran a casa, mientras simulaba escribir un cuento? Un cuento que jamás escribiría, que nunca terminaría, que no enviaría a ninguna parte, tal y como había sucedido con todos los demás que había intentado escribir durante los dos últimos años. Había decidido volver a escribir la víspera de su trigesimonoveno cumpleaños. Aquella fue una decisión importante para ella. En realidad, cumplir los treinta y nueve años fue mucho peor que pasar la cuarentena. A los cuarenta ya se había resignado al «inminente ocaso», como ella lo denominaba con tristeza. Al cumplir los cuarenta años, Oliver la llevó a Europa, viaje que duró todo un mes. Dos de los chicos se quedaron en el campo, y su suegra se hizo cargo de Sam, que entonces solo tenía siete años. Era la primera vez que lo dejaba. Para ella, llegar a París fue como si se le abrieran las puertas del cielo: no tenía que ocuparse de los niños, ni de llevarlos al colegio, ni de los animales domésticos, las reuniones de la Asociación de Padres y Maestros, las cenas de beneficencia para la escuela o para los hospitales locales..., nada, no tenía que ocuparse de nada, excepto de ellos dos y de cuatro inolvidables semanas pasadas en París, en Roma, viajando por la Toscana, con una breve parada en la Riviera italiana, y después unos cuantos días en un barco que él alquiló, navegando entre Cannes y Saint-Tropez, desembarcando en Eze y en Saint-Paul-deVence y cenando en el Colombe d’Or, para terminar con unos pocos y ajetreados días finales en Londres. Durante todo el viaje se dedicó a garabatear constantemente y llenó siete libretas de notas. Pero cuando regresó a casa..., nada, no quedó nada. De todo aquello que había visto, nada lograba quedar entretejido en historias, cuentos, artículos o incluso poemas. Se limitaba a quedarse sentada allí, contemplando fijamente las libretas de notas, con una hoja en blanco metida en la máquina de escribir que nunca parecía ser capaz de rellenar. Y un año y medio más tarde seguía exactamente igual. A los cuarenta y un años se sentía como si ya hubiera dejado atrás toda su vida. Y cuando se lo comentaba a Oliver, este siempre se echaba a reír.
—Santo Dios, Sarrie, no has cambiado lo más mínimo desde que te conocí.
Y lo decía muy en serio. Sus palabras eran casi ciertas, pero no del todo. Ella, y todos aquellos capaces de ser críticos, conocían cuál era la diferencia. El radiante cabello pelirrojo oscuro, que antes le caía en abundantes mechones de un brillo cobrizo, había adquirido ahora un desvaído tono marrón rojizo. Lo llevaba hasta los hombros y en él aparecían algo más que unas cuantas canas plateadas, que preocupaban a los niños mucho más que a la propia Sarah. Los relucientes ojos azules eran los mismos, con un azul oscuro y vibrante, y la piel cremosa seguía siendo en buena parte la misma y aún no habían aparecido muchas arrugas, pero aquí y allá surgían diminutos trazos indicativos del paso del tiempo, aunque Oliver aseguraba que eso daba una mayor fuerza a la expresión de su rostro. Era una mujer hermosa, y también había sido hermosa de joven, alta y erguida, con una buena figura y unas manos gráciles, y un sentido del humor que se le veía bailotear en los ojos. Fue precisamente eso lo que a él le gustó más desde el principio. Su risa, y su fuego, y su valor, y la ávida determinación por mantenerse fiel a aquello en lo que creía. Hubo quienes la consideraban una mujer difícil cuando era joven, pero no Ollie. Ollie nunca lo había creído. A él le encantaba su forma de pensar, las cosas que decía y la manera que tenía de decirlas. Mantenían una relación basada en el respeto y el cuidado mutuos, y habían pasado momentos muy buenos en la cama. Siempre había sido así, y aún lo era. En ocasiones, él pensaba que incluso era mejor después de aquellos veinte años. Y en cierto sentido era verdad. Ambos se conocían perfectamente, eran como madera de suavidad satinada por las caricias que habían recorrido los cuerpos miles de veces, con manos amorosas y la ternura de la verdadera pertenencia mutua.
Había tardado exactamente dos años en convencerla para que se casara con él, después del período pasado en el SoHo, de modo que, a los veintitrés años, se convirtió en la señora de Oliver Watson. Sin dejar de burlarse, y adoptando una actitud que no dejó de ser típica, se negó a pasar por una boda tradicional. Se casaron en el jardín del hogar de los padres de él, en Pound Ridge, y los padres de ella y su hermana más joven acudieron desde Chicago. Sarah se puso un deslumbrante vestido rojo y una gran pamela, y parecía más una jovencita de un cuadro que una novia, pero ambos fueron felices. Pasaron la luna de miel en las Bermudas, y el tiempo se mostró horrible, pero ninguno de los dos se dio cuenta. Reían y jugaban, y se quedaban en la cama hasta las primeras horas de la tarde; salían solo para hacer una breve incursión por el formal comedor del hotel, para regresar apresuradamente a su habitación, jugando y riendo como niños.
Pero tres semanas después Sarah empezó a sentirse menos divertida. Se instalaron en un pequeño apartamento de la Segunda Avenida, en un edificio lleno de azafatas y jóvenes ejecutivos, y «solteros» que parecían convertir todo el edificio en una fiesta constante.
Él regresaba a casa del trabajo y ella lo miraba como si su mejor amigo hubiera muerto. Pero no se trataba de ningún amigo, sino solo «del conejo». A ella le había extrañado la ausencia de su período desde que regresaron a casa, pero había utilizado escrupulosamente el diafragma y sabía que no podía estar embarazada. Lo había llevado prácticamente noche y día desde que se casaron hasta que se instalaron en casa, una vez terminada la luna de miel, pero, de algún modo, algo salió mal y estaba, en efecto, embarazada. Y quería abortar. A Oliver le horrorizó incluso que lo pensara. Pero a Sarah aún la horrorizaba más la idea de tener hijos tan pronto.
—Todavía no podemos formar una familia. Yo quiero volver a trabajar, hacer algo.
En esa ocasión, había pensado conseguir un puesto de trabajo como redactora en una revista literaria, pero las historias que escribía no se habían vendido muy bien y presentó una solicitud para ingresar en la Universidad de Columbia, con la idea de trabajar y así poder obtener el máster. En cuanto se casó con Ollie, dejó el trabajo parcial en la galería de arte, ya que no habría sido conveniente desplazarse al SoHo cada día.
—¡Siempre podrás conseguir un trabajo más adelante! —le dijo él.
La consoló, la halagó, hizo todo lo que estuvo en su mano por conseguir que se sintiera mejor. Pero ella se mostraba inconsolable, y cada tarde, cuando regresaba a casa, él se sentía agobiado por una oleada de terror. ¿Y si ella lo hacía? ¿Y si acudía a ver a alguien, mientras él estaba trabajando, y se sometía a un aborto? Pero ella no lo hizo. En cierto modo, se sentía demasiado enferma, demasiado agotada y deprimida para intentarlo siquiera, y de lo único que tenía conciencia era de pasarse el tiempo dando vueltas por el apartamento, preguntándose cómo podría permitir que sucediera. Pero Oliver estaba asustado. Siempre había dicho que quería tener cuatro hijos y, aun cuando en aquellos momentos tuviera que estirar el presupuesto, estaba dispuesto a afrontar la situación. Las cosas empezaban a salirle bien, ascendía con rapidez en la empresa, y aunque se hubieran estado muriendo de hambre no le habría permitido abortar. Simplemente, no podía hacerlo. Se trataba del hijo de ambos, y él ya lo amaba antes de haber nacido.
Benjamin Watson llegó con un deslumbrante cabello pelirrojo y una mirada de asombro en sus luminosos ojos exactamente nueve meses y tres días después de la boda de sus padres. Miró ávido por descubrir el mundo, lloró mucho, y su aspecto era casi exacto al de su madre, lo que encantó sobre todo a Oliver, emocionado por tener un hijo que además se pareciera tanto a Sarah. Tenía la misma determinación que ella, su tozudez, su mismo y fiero temperamento. Y hubo días en que ella hasta se creyó capaz de estrangular al bebé, antes de que Oliver regresara a casa para tranquilizarlos a ambos. Pocos minutos después de la llegada de su padre, el bebé ya estaba siendo arrullado, reía y jugaba al escondite con Oliver, quien iba de un lado a otro de la casa, llevándolo en brazos, mientras Sarah se desmoronaba en un sillón, lanzando un suspiro de alivio, y tomaba una copa de vino, preguntándose cómo iba a poder sobrevivir a todo aquello. Definitivamente, la maternidad no estaba hecha para ella, el apartamento era demasiado pequeño y aquella situación la estaba volviendo loca. Cuando el tiempo era malo, como sucedió con tanta frecuencia aquel año, no podían salir, y el llanto del bebé parecía retumbar contra las paredes y ella tenía la impresión de estar enloqueciendo. Oliver habría querido que se trasladaran a otro sitio, fuera de la ciudad, en una casa propia, pero aún parecía faltar mucho tiempo para que ese sueño se cumpliera, puesto que de momento no podían permitírselo. Sarah se ofreció para buscar un trabajo, pero cada vez que ambos intentaban imaginárselo, parecía inútil, pues todo aquello que ella hubiera podido ganar lo habrían tenido que gastar para pagar a una niñera, con lo que no les quedaría mucho más dinero que antes. La única ventaja que reportaría sería permitirle a ella salir de la casa, y aunque esa idea entusiasmaba a Sarah, Oliver pensaba que era muy importante para ella permanecer junto al bebé.
—Hablas como un machista, Ol. ¿Qué esperas que haga? ¿Quedarme aquí sentada todo el día, hablando conmigo misma y oyéndole llorar?
Hubo días en que creyó que ya no podría resistirlo más. Y la perspectiva de tener los cuatro hijos que él deseaba la hacía pensar en el suicidio.
Los padres de Sarah no eran de ninguna ayuda, puesto que vivían en Chicago, y los de Oliver tampoco, a pesar de todas sus buenas intenciones. Oliver era hijo único, y su madre parecía haber olvidado cómo se las arregló para cuidarlo. Tener que hacerse cargo de Benjamin la ponía nerviosa, aunque, desde luego, no tanto como a Sarah.
Finalmente, el bebé se tranquilizó, y cuando empezó a caminar, a Sarah la situación le pareció algo menos terrorífica. Terminaron por abandonar la ciudad. Alquilaron una casa en Long Island para pasar el verano, y al cabo de un año ella podría enviar a Ben al jardín de infancia. Un año más y estaría casi libre, y entonces podría volver a escribir. Ya había abandonado la idea de conseguir un trabajo. Ahora quería escribir una novela. Todo empezaba a enderezarse poco a poco, y fue entonces cuando enfermó de gripe. Parecía una gripe capaz de terminar con todas las gripes, y un mes más tarde ella estaba convencida de que iba a morir. Jamás se había sentido tan enferma en toda su vida. Tenía un catarro que se negaba a desaparecer, una tos que sonaba como si estuviera tuberculosa, y sentía náuseas de tanto toser, desde la mañana hasta la noche. Después de cuatro semanas de intentar combatir aquella gripe tan persistente, decidió gastarse el dinero y acudir al médico. Tenía una gripe muy fuerte, claro, pero también había algo más. Estaba esperando otro bebé. En esta ocasión no hubo cólera, ni enfados, ni explosiones de furia. Solo hubo desesperación y lo que a Oliver le parecieron horas y horas de llanto. Ella no se sentía capaz de afrontarlo, de volver a pasar por lo mismo. No se veía capaz de manejar a otro niño. Apenas había terminado de ocuparse de los pañales de Benjamin cuando ya había otro bebé en camino. Fue la única vez en que también vio deprimido a Oliver. No sabía qué hacer para animarla. Pero, al igual que sucediera la primera vez, él se sintió emocionado ante aquella perspectiva. Al comunicárselo, ella no pudo evitar llorar con más fuerza.
—No puedo, no puedo, Ollie. Por favor, no me hagas... Volvieron a discutir sobre la posibilidad del aborto, y hubo un momento en que ella estuvo a punto de convencerlo, por temor a que, en caso contrario, pudiera volverse loca. Pero él terminó por quitárselo de la cabeza. Cuando ella ya estaba a medio embarazo, Oliver pidió un préstamo y se lo gastó todo en contratar a una mujer para que la ayudara tres tardes por semana. Se trataba de una joven irlandesa procedente de una familia con trece hijos, y era precisamente lo que Sarah necesitaba. De pronto, se encontró con la posibilidad de salir de casa, de ir a las bibliotecas, a las galerías de arte y a los museos, de encontrarse con viejos amigos. Su actitud mejoró de modo notable. Incluso empezó a disfrutar de Benjamin, y en una o dos ocasiones se lo llevó consigo a un museo. Y Oliver sabía que, aunque no lo admitiera, ella ya empezaba a contemplar con ilusión la perspectiva de tener su segundo bebé.
Melissa nació cuando Benjamin tenía dos años, y Oliver se planteó seriamente la posibilidad de que la familia se marchara a vivir al campo. Casi todos los fines de semana se dedicaban a ver casas en Connecticut, y finalmente llegaron a la conclusión de que no podían permitírselo. Lo intentaron en Long Island y Westchester, y parecía como si cada fin de semana salieran a buscar casa. Después continuaron con Pound Ridge, Rye, Bronxville, Katonah, y por fin, tras casi un año de búsqueda, encontraron justo lo que necesitaban en Purchase. Se trataba de una antigua casa de campo en la que no había vivido nadie desde hacía veinte años, y que requería una enorme cantidad de reformas. La casa pertenecía a una amplia propiedad, y la consiguieron bastante barata porque formaba parte de una herencia. A pesar de todo, tuvieron que hacer un enorme esfuerzo, pero restregando, ahorrando y haciendo ellos mismos la mayor parte del trabajo, lograron convertirla en un lugar muy bonito al cabo de un año, y ambos se sintieron orgullosos de lo que habían conseguido hacer.
—¡Pero eso no significa que vaya a tener más hijos, Oliver Watson!
Por lo que a ella se refería, ya le parecía más que suficiente el sacrificio de tener que vivir en las afueras. Desde que se prometieron, se había jurado a sí misma que jamás haría tal cosa. No obstante, hasta ella tuvo que admitir que tenía mucho más sentido vivir allí. El apartamento de la Segunda Avenida había sido imposible de manejar, y todo lo que encontraron en la ciudad les pareció diminuto y ridículamente caro. Allí, al menos, los niños disponían de habitaciones propias.
Tenían un salón enorme pero muy acogedor, con una chimenea, una biblioteca que llenaron de libros, una cocina muy cómoda, con dos paredes cubiertas de ladrillos, pesadas vigas de madera sosteniendo el techo y una estufa antigua que Sarah insistió en restaurar y mantener. Tenía grandes ventanas saledizas que daban a lo que, mágicamente, ella convirtió en un jardín, de modo que podía vigilar a los niños que jugaban en el exterior mientras cocinaba. Al trasladarse al campo, Sarah perdió la ayuda de la joven irlandesa, pero eso le pareció bien porque, por el momento, no podían permitírselo.
De todos modos, Benjamin ya tenía tres años y todas las mañanas lo llevaba a la escuela. Dos años más tarde, Melissa también empezó a ir a la escuela, y Sarah se dijo que volvería a escribir. Pero, de algún modo, ya no le quedaba tiempo para nada. Siempre tenía cosas que hacer. Realizaba trabajos voluntarios en el hospital local, trabajaba un día a la semana en la escuela infantil, hacía recados, se encargaba de recoger a otros niños para llevarlos a la escuela, mantenía la casa limpia, planchaba las camisas de Oliver y trabajaba en el jardín. Era un cambio increíble para quien en otro tiempo había sido ayudante de editor en la revista Crimson. Pero lo extraño del caso es que a ella ya no le importaba.
Una vez que hubieron abandonado Nueva York, fue como si una parte de ella se hubiera quedado atrás, esa parte que aún había luchado contra las ataduras del matrimonio y de la maternidad. De pronto, pareció convertirse en un componente más del pacífico y pequeño mundo que la rodeaba. Conoció a otras mujeres que tenían hijos de la misma edad que los suyos, a otras parejas con las que jugaban al tenis y al bridge durante los fines de semana. Su trabajo como voluntaria le exigía cada vez más atención, y las quejas y luchas que había planteado quedaron olvidadas. Y con todo ello desaparecieron también sus ganas de escribir. Entonces ni siquiera lo echaba de menos. Todo lo que deseaba era lo que ya tenía, una pequeña vida feliz y ocupada, en compañía de su esposo y de sus hijos.
La lloriqueante infancia de Benjamin empezó a desvanecerse en el distante recuerdo, y el pequeño se convirtió en un niño dulce y bronceado por el sol, que no solo disponía de los libros de su madre, sino que también compartía con ella sus mismos intereses, pasiones y valores. Era como una pequeña esponja que todo lo absorbía, y en muchos sentidos era como un espejo de la propia Sarah. Oliver lo veía y se echaba a reír, y aunque Sarah raras veces lo admitía, en el fondo se sentía halagada y desconcertada. ¡El niño se parecía tanto a ella! Melissa también era una niña muy dulce; su infancia fue más fácil que la de Benjamin, y se parecía más a su padre. Tenía la sonrisa fácil y adoptaba una actitud entusiasta ante la vida. Además, no parecía necesitar mucho de ninguno de los dos. Se sentía feliz siguiendo a Sarah a todas partes, con un libro, una muñeca o un rompecabezas. A veces, Sarah hasta se olvidaba de que la niña se encontraba en la habitación de al lado. Era una niña que apenas planteaba exigencias, tenía el mismo cabello rubio y los mismos ojos verdes de Oliver y, sin embargo, en el fondo no se le parecía tanto. En realidad, su aspecto era más bien el de la propia Sarah, algo que, cuando era comentado por los parientes más cercanos, no dejaba de extrañar a su madre.
Ella y su suegra nunca llegaron a ser buenas amigas. La señora Watson no había tenido pelos en la lengua y, ya desde un principio, dijo a su único hijo lo que pensaba de Sarah, antes de que ambos se casaran. Creía que ella era una joven impetuosa y difícil, que deseaba seguir su propio camino a cualquier precio, y siempre había temido que algún día pudiera hacer mucho daño a Oliver. Después, cuando Sarah resultó ser una buena esposa para él, tuvo que admitirlo así ante su esposo cuando este salió en defensa de la joven, aunque lo hizo de mala gana. Sarah siempre tenía la sensación de que su suegra la vigilaba, como si esperara que cometiera un desliz, un faux pas, un terrible error que demostrara, en último término, que ella tenía razón. La única alegría que compartían ambas mujeres eran los dos niños, que encantaban a la señora Watson, y que Sarah amaba ahora como si los hubiera querido tener desde el principio, aunque la señora Watson seguía recordando que no había sido así. Oliver jamás había contado nada a su madre, pero esta se había dado cuenta de lo que sucedía sin necesidad de que nadie se lo dijera. Era una mujer inteligente, dotada de una gran capacidad de percepción, y sabía muy bien que Sarah no se había sentido nada feliz al quedarse embarazada y que no disfrutó de Benjamin durante los primeros tiempos, aunque, por otra parte, ella misma admitía que no había sido un bebé fácil de criar. A ella también le había puesto nerviosa su constante lloriqueo. Pero luego todo eso quedó olvidado a medida que los chicos se fueron haciendo mayores, y Sarah y Oliver prosperaban, los dos ocupados y felices, arreglándoselas muy bien. Finalmente, Sarah pareció abandonar todas sus aspiraciones literarias, que a la señora Watson siempre le habían parecido un tanto excesivas.
—Es una buena chica, Phyllis. No seas tan dura con ella. Era muy joven cuando ambos se casaron. Y hace muy feliz a Oliver.
Su esposo siempre se había tomado la vida de un modo mucho más filosófico que ella.
—Lo sé, pero siempre tengo la sensación de que ella desea algo más, algo situado fuera del alcance..., y que le costará mucho a Oliver.
Fue un comentario astuto, más incluso de lo que ella se imaginaba. Pero George Watson sacudió la cabeza con una sonrisa indulgente.
—Ollie puede manejarla.
—No estoy muy segura de que quiera hacerlo. Creo que
le permitirá tener lo que ella desee, sin que a él le importe lo
que cueste. Es de esa clase de hombres. —Sonrió con suavidad a su esposo, a quien había amado durante casi cuarenta
años, demasiado preciosos para contarlos. Desde entonces
habían quedado entrelazados como un solo cuerpo y una sola
alma. Ella ni siquiera recordaba un período de su vida en que
hubiera estado sin él—. Es como su padre. Demasiado bueno. A veces, eso puede ser peligroso en manos de una mujer
inadecuada.
Siempre andaba preocupada por su hijo, y ahora, incluso después de todos aquellos años, seguía mostrándose un tanto desconfiada con respecto a Sarah.
Pero el halago no le había pasado inadvertido a su esposo, quien le sonrió con aquella mirada que aún la hacía estremecer.
—Ten un poco de fe en esa chica, Phyllis. No le ha hecho ningún daño a nuestro muchacho, y le ha dado, a él y a nosotros, dos hermosos niños.
Eran hermosos, en efecto, y aunque ninguno de ellos se parecía en exceso a su padre, ambos mostraban algo de su buen aspecto clásico. Oliver era alto, ágil y atlético, con una espesa mata de cabello rubio que había sido la envidia de todas las madres cuando era pequeño, y de todas las jovencitas a partir del instituto. Y aunque Sarah raras veces lo admitía, porque no quería hincharle el ego más de lo que él mismo pudiera soportar, lo cierto es que más de una vez había oído decir que Oliver Watson era el hombre más atractivo de Purchase.
Conservaba un profundo bronceado durante seis meses al año, y sus ojos verdes parecían bailotear con una expresión de malicia y risa. Y, sin embargo, él no era consciente de ser tan atractivo, lo que aún le hacía parecerlo más.
—¿Crees que tendrán más hijos, George? —preguntaba a menudo Phyllis, aunque nunca se hubiera atrevido a preguntárselo a su hijo, y mucho menos a Sarah.
—No lo sé, querida. Creo que su vida ya es muy completa tal y como la viven ahora. Pero en estos tiempos uno nunca puede estar seguro de lo que va a suceder. Oliver trabaja en un negocio algo inseguro. La publicidad no es como la banca cuando yo era joven. Ahora ya no se puede contar con nada seguro. Probablemente, para ellos es mucho más sensato no tener más hijos.
George Watson había estado hablando así durante el último año. Había vivido lo suficiente para ver cómo sus inversiones, antes tan fructíferas, empezaban a encogerse y desaparecer. El coste de la vida era asombrosamente elevado, y tanto él como Phyllis debían tener cuidado. Tenían una bonita y pequeña casa en Westchester, comprada hacía unos quince años, cuando Oliver empezó a ir a la universidad. Sabían que su hijo ya no regresaría a casa durante un largo período de tiempo, y les pareció una tontería seguir apegados a su destartalada y vieja casa de New London. Pero ahora George se sentía constantemente preocupado por sus finanzas, no porque ambos hubieran quedado desamparados, sino porque debía hacer lo posible para que sus ahorros duraran por lo menos otros veinticinco años, un período de tiempo que ambos podían esperar vivir, puesto que solo tenían sesenta y dos y cincuenta y nueve años. George acababa de jubilarse de su trabajo en el banco y recibía una pensión decente. Cierto que había hecho numerosas y prudentes inversiones a lo largo de los años, pero, aun así, nunca se podía ser lo bastante prudente. Eso era lo que siempre le decía a Oliver cada vez que lo veía. Había visto muchas cosas a lo largo de su vida. Había sido testigo de una gran guerra y de varias guerras menores. Había combatido en Guadalcanal, y tuvo la suerte de sobrevivir. Tenía doce años cuando se produjo la hecatombe bursátil del año veintinueve; sabía perfectamente lo brutal que había sido la Depresión subsiguiente, y a lo largo de los años había visto cómo la economía florecía y se hundía. Deseaba que su hijo tuviera cuidado.
—No veo por qué van a querer tener más hijos.
Y Sarah estaba completamente de acuerdo con él. Aquel era uno de los pocos temas en que ella y George Watson estaban del todo de acuerdo. Cada vez que se planteaba la cuestión con Oliver, en alguna que otra ocasión al acostarse, o durante un tranquilo paseo por uno de los bosques que rodeaban Purchase, ella siempre le decía que era una tontería hasta el simple hecho de pensarlo.
—¿Por qué vamos a querer tener más hijos ahora, Ollie? Melissa y Benjamin están creciendo. Son niños fáciles de criar, y empiezan a llevar sus propias vidas. Dentro de pocos años podremos hacer todo lo que queramos. ¿Por qué volver a quedar atrapados con todos esos dolores de cabeza? —preguntó, estremeciéndose con solo pensarlo.
—En esta ocasión no sería lo mismo. Ahora podemos permitirnos contratar a alguien para que nos ayude. No sé..., pero creo que sería muy bonito. Es posible que algún día lamentemos no haber tenido más hijos.
La miró con una expresión de ternura en aquellos ojos que hacían suspirar a las mujeres que asistían a las reuniones de la Asociación de Padres y Maestros, pero Sarah aparentó no haberse dado cuenta.
—No creo que a los chicos les gustara la idea a estas alturas. Benjamin ya tiene siete años y Melissa cinco. La presencia de un bebé les parecería una intrusión. Tenemos que pensar en eso. También les debemos algo a ellos.
Sus palabras parecían tan firmes, tan seguras, que él sonrió y le tomó una mano mientras regresaban caminando hacia donde habían dejado el coche aparcado. Oliver acababa de comprar su primer Mercedes y, aunque ella no lo sabía aún, se disponía a regalarle para Navidad su primer abrigo de pieles. Acababa de escogerlo en Bergdorf Goodman y había pedido que le bordaran las iniciales de su esposa.
—Pareces muy segura de ti misma —comentó un tanto desilusionado, como siempre.
—Lo estoy.
Y, en efecto, lo estaba. No habría forma de que él la convenciera de tener otro hijo. Ella tenía ahora treinta y un años, y le gustaba la vida que llevaba. Se pasaba la mayor parte del tiempo enfrascada en trabajos para el comité, llevando y recogiendo a los niños de la escuela, acudiendo a las reuniones de scouts y a la clase de ballet de Melissa. Todo aquello ya era más que suficiente. Él la había domesticado todo lo que podía domesticarla. Tenían los dos niños, la casa en el campo, y el año anterior hasta habían comprado un setter irlandés. Sarah no estaba dispuesta a dar más de sí, ni siquiera por Ollie.
—¿Qué te parece si después de Navidades llevamos a los niños a esquiar? —preguntó a su esposa mientras subían al coche.
Le gustaba quedarse en casa durante las Navidades porque le parecía mucho más divertido, y también creía que resultaba más agradable para sus padres. En cuanto a los padres de Sarah, tenían a su hermana y a sus otros nietos, que acudían a Chicago durante las Navidades, pero él, en cambio, era hijo único. De todos modos, a Sarah tampoco le entusiasmaba la idea de pasar las Navidades con sus propios padres. Lo habían hecho en una ocasión, y ella se pasó tres años quejándose por ello. Su hermana la fastidiaba, y Sarah nunca se había llevado muy bien con su madre, de modo que la situación era perfecta tal y como estaba.
—Sería divertido. ¿Adónde iremos? ¿A Vermont? —¿Qué te parece algo un poco más interesante para este año? ¿Qué me dices de Aspen?
—¿Hablas en serio? Me da la impresión de que la semana pasada conseguiste algo más que una buena prima.
Y así era, en efecto. La semana anterior había logrado aportar a la empresa el mayor cliente que esta había tenido nunca. Aún no había comentado a su esposa la magnitud de la prima, y ambos habían estado tan ocupados durante toda la semana anterior que ella no le preguntó al respecto.
—Lo bastante grande para gastar un poco si así lo quieres. O, si lo prefieres, podríamos quedarnos por aquí y marcharnos nosotros dos solos una vez que los niños vuelvan a la escuela. Mi madre podría venir y quedarse con ellos. —Ya lo habían hecho antes, y ahora que los niños ya eran algo mayores las cosas funcionaban mejor—. ¿Qué te parece?
—¡Me parece magnífico! —exclamó ella dándole un abrazo.
Terminaron haciéndose caricias en el coche recién estrenado, que olía a colonia masculina y a cuero nuevo.
Al final hicieron ambas cosas. Fueron a Aspen con los chicos y pasaron allí los días intermedios entre la Navidad y el Año Nuevo. Un mes más tarde, Oliver se llevó a Sarah a pasar una romántica semana en Round Hill, en Jamaica, donde se alojaron en su propia villa, desde la que se divisaba la bahía Montego. Rieron al recordar la luna de miel pasada en las Bermudas, donde apenas habían salido de la habitación y se las arreglaban para permanecer en el comedor el tiempo estrictamente necesario para cenar. Estas otras vacaciones no fueron muy diferentes. Jugaron al tenis, nadaron y se tumbaron al sol en la playa, pero a primeras horas de la tarde hacían el amor apasionadamente en la intimidad de la villa que ocupaban. Y cuatro de las seis noches que pasaron allí solicitaron el servicio especial de cena en la habitación. Fue el viaje más romántico que habían hecho hasta entonces, y ambos se sintieron renacidos cuando abandonaron Jamaica. A Sarah no dejaba de extrañarle cuán apasionadamente lo amaba. Lo conocía desde hacía doce años, llevaba ocho años casada con él y a veces sentía que estaba enamorada como el primer día. En cuanto a Oliver, era evidente que experimentaba lo mismo. La devoraba con la energía de un muchacho de dieciocho años y, lo más importante, le encantaba hablar con ella durante largas horas. Las relaciones sexuales que compartían habían sido siempre muy gratificantes, pero con los años surgieron nuevas vistas, nuevas ideas y horizontes, y sus ideas ya no eran tan diversas ni tan agudamente polarizadas como lo habían sido anteriormente. Con el transcurso del tiempo se habían ido acercando lentamente el uno al otro, y él se burlaba cariñosamente de ella al considerar que se había hecho más conservadora, mientras que él mismo se había ido haciendo, poco a poco, un tanto más liberal. Pero Oliver tenía la impresión de que con el paso del tiempo se habían convertido en una sola persona, una sola mente y un solo corazón que seguía una única dirección.
Regresaron de Jamaica envueltos en una especie de halo, acaramelados y habiendo aminorado su ritmo habitual de actividad. A la mañana siguiente después del regreso, Oliver, sentado ante el desayuno, admitió que no le gustaba nada la idea de dejarla para acudir a su trabajo. Intercambiaron una mirada cómplice por encima de las cabezas de los niños. A ella se le quemó el pan tostado, dejó la crema de trigo con grumos del tamaño de huevos y el beicon que les sirvió estaba casi crudo.
—¡Ha sido un desayuno magnífico, mamá! —se burló Benjamin—. Debes de haber pasado unas vacaciones tan buenas que hasta se te ha olvidado cocinar.
Se echó a reír ante su propia broma, y Melissa también rió a hurtadillas. La niña seguía siendo mucho más tímida que Benjamin, y a sus cinco años adoraba a su hermano mayor, su primer y único héroe después de su padre.
Los niños se marcharon a la escuela cuando vinieron a recogerlos, y poco después Oliver también se marchó para tomar el tren con dirección a la ciudad. Aquel día a Sarah le fue imposible organizarse; tenía la sensación de no poder hacer nada a derechas. Al llegar la hora de la cena aún no había salido de casa, y sin embargo no había logrado hacer nada. Supuso que era el precio que tenía que pagar por haber pasado unas vacaciones tan agradables.
Pero su estado persistió a lo largo de varias semanas. Apenas si lograba pasar los días, y la simple tarea de llevar a los niños al colegio parecía agotarle toda la energía que le quedaba. A las diez de la noche ya se había acostado y dormitaba plácidamente.
—Deben de ser los efectos de la edad —le comentó a Oliver un sábado por la mañana, al tiempo que intentaba organizar una serie de facturas, sin poder impedir que aquella simple tarea la dejara exhausta e inquieta.
—Quizá estés anémica.
Eso era algo que le había sucedido en una o dos ocasiones anteriores, y pareció una explicación muy sencilla para lo que ya empezaba a ser un problema muy molesto. Llevaba ya casi un mes sin hacer nada, y tenía que organizar dos fiestas benéficas para la primavera, algo que a esas alturas le parecía que le planteaba excesivos problemas.
Un lunes por la mañana decidió acudir al médico para someterse a una revisión y hacerse un análisis de sangre. Aquella misma tarde, sin que supiera por qué extraña razón, empezó a sentirse mejor cuando fue a recoger a los niños.
—Creo que lo que me pasa es puramente psicológico —le comentó a Oliver cuando este la llamó para decirle que aquella noche se quedaría a trabajar hasta tarde y no llegaría a tiempo para la cena—. Hoy he ido al médico para hacerme una revisión y creo que ya me siento mejor.
—¿Qué te ha dicho el médico?
—No mucho, por el momento.
No le dijo que el médico le había preguntado si se sentía deprimida, o desgraciada, o si ella y Ollie tenían problemas. Al parecer, una de las primeras señales de la depresión era un estado de agotamiento crónico. Fuera lo que fuese, no se trataba de nada serio, de eso estaba segura. Hasta el propio médico le dijo que parecía hallarse en buen estado de salud; había engordado casi dos kilos en apenas tres semanas desde que regresara de Jamaica. Eso no le extrañó mucho, ya que se pasaba buena parte del día durmiendo. Empezó a descuidar sus lecturas y tampoco volvió a jugar una vez a la semana al tenis, como solía hacer. Sin embargo, se prometió hacerlo al día siguiente, y ya se dirigía hacia la puerta, sintiéndose cansada pero con la raqueta en la mano, cuando el médico la llamó por teléfono.
—Todo está bien, Sarah. —Él la llamaba personalmente y eso la preocupó al principio, pero llegó a la conclusión de que solo era una muestra de amabilidad después de todos los años que la conocía—. Tienes muy buena salud. No hay señales de anemia ni existe ningún problema grave.
Ella se lo imaginó sonriendo al otro lado de la línea, y se sintió tan cansada que eso casi la molestó.
—Entonces ¿por qué me siento siempre tan cansada? Apenas si soy capaz de poner un pie delante del otro.
—Tengo la impresión de que te está fallando la memoria, querida.
—Eso es terrible. ¿Acaso me estoy volviendo senil? ¡Fabuloso! Precisamente la clase de noticia que esperaba escuchar a las nueve y cuarto de la mañana.
—¿Qué te parece entonces si te doy una buena noticia?
—¿Como cuál?
—Como tener un bebé.
Lo dijo como si acabara de anunciarle que le había tocado un premio de un millón de dólares. Ella, en cambio, se sintió como si estuviera a punto de desmayarse en medio de la cocina, sin dejar de sostener la raqueta de tenis.
—¿Estás bromeando? Eso no es ningún chiste en esta casa. Mis hijos ya están prácticamente crecidos. No..., no puedo..., ¡mierda!
Se sentó pesadamente en una silla, luchando por contener las lágrimas. Aquello no podía ser cierto. Pero, en el fondo de sí misma, sabía que sí lo era. Y, de pronto, se dio cuenta de que no había querido afrontar lo evidente. Su negativa interior le había impedido cobrar conciencia de la verdad. No se le había retrasado la regla porque estuviera anémica o porque hubiera trabajado demasiado. Lo cierto es que estaba embarazada. Ni siquiera se lo había dicho a Ollie. Se había dicho a sí misma que no era nada importante. Pero ahora ya no le cabía la menor duda de lo que haría. Estaban en 1979. Sus hijos ya tenían una edad razonable. Ella contaba con treinta y un años de edad y el aborto era legal. En esta ocasión no iba a permitir que Oliver la convenciera. No iba a tener a aquel bebé.
—¿De cuánto tiempo estoy? —preguntó.
Pero lo sabía. Tuvo que haber sido..., tuvo que haber sucedido en Jamaica, del mismo modo que había sido en las Bermudas donde concibiera a Benjamin, durante su luna de miel. Condenadas vacaciones.
—¿Cuándo tuviste la última regla?
Ella lo calculó rápidamente y se lo dijo. Al parecer, estaba embarazada de seis semanas, lo que significaba que aún disponía de bastante tiempo para someterse a un aborto. Por un momento, se preguntó si no sería mejor hacerlo sin decirle nada a Ollie. Pero eso no se lo iba a comentar al médico. Llamaría a su ginecólogo y acordaría una cita para visitarse.
—Enhorabuena, Sarah. Eres una mujer afortunada. Espero que Ollie también se sienta feliz.
—Estoy segura de que así será —replicó, notando su voz como si fuera plomo en la garganta.
Dio las gracias al médico y colgó. Después, con dedos temblorosos, marcó el número del ginecólogo y acordó una visita para la mañana siguiente. A continuación, llena de pánico, recordó que en las pistas del Club de Campo de Westchester la esperaban para jugar al tenis. Habría preferido no ir, pero eso no habría sido justo para los demás, de modo que salió apresuradamente de casa y puso en marcha el coche. Al hacerlo, captó la expresión de su rostro reflejada en el espejo retrovisor. Aquello no podía estar sucediéndole a ella. No podía ser. No era justo. Había querido ser escritora... cuando..., si..., o quizá no. Quizá no quiso ser en el fondo más que una sencilla ama de casa. Aquello que jamás había querido ser y en lo que, sin embargo, se había convertido. Porque ella solo era eso, ¿no? Un ama de casa. Lo dijo en voz alta dentro del coche, como si se tratara de una obscenidad... Un bebé, santo Dios, ¡un bebé! ¿Y qué importaba que en aquella ocasión todo fuera diferente, que pudieran permitirse contratar a alguien para ayudarla, que la casa fuera lo bastante grande para acomodarlos a todos? El bebé no dejaría por ello de llorar todas las noches, tendría que ocuparse de bañarlo, alimentarlo, vestirlo y cuidarlo, y algún día tendría que llevarlo al dentista. De ese modo jamás tendría una sola oportunidad de llegar a ser lo que deseaba ser. Nunca. Sintió que el simple hecho de conocer la existencia de ese ser que todavía no había nacido representaba una amenaza para su propia vida. Y eso era algo que no estaba dispuesta a permitir.
Salió marcha atrás a la calle y diez minutos más tarde se encontraba en las pistas de tenis. Ahora, sabiendo lo que sabía, se sentía enferma y su aspecto era demacrado.
Se las arregló para mantener un simulacro de conversación, y aquella noche se sintió agradecida por que Ollie tuviera que quedarse a trabajar en el despacho hasta tarde, preparando la presentación de una campaña de publicidad para un nuevo cliente. Se trataba de un gran cliente. Pero ¿qué le importaba a ella lo grandes que fueran los clientes? En la mente de Sarah, su propia vida había pasado. Se sentía acabada.
Estaba dormida cuando Oliver llegó a casa aquella misma noche, y a la mañana siguiente se las arregló para asistir al desayuno sin decir nada. Oliver le preguntó si se sentía preocupada por algo, pero ella le contestó que le dolía mucho la cabeza.
—¿Sabes algo de esas pruebas que te han hecho? Apostaría a que estás realmente anémica.
La miró, con una verdadera expresión de preocupación, y ella, en lugar de amarle más por eso, lo odió al pensar lo que le había implantado en su seno.
—Todavía no. Aún no me han llamado.
Se volvió para colocar los platos en el lavavajillas, para que él no pudiera leer la mentira en sus ojos. Oliver se marchó pocos minutos después, y los niños ya habían sido recogidos para ir al colegio. Una hora más tarde se encontró sentada en la consulta del ginecólogo, hablándole de su deseo de abortar. Pero el médico la miró de hito en hito y le preguntó qué pensaba Ollie de lo que ella pretendía hacer.
—Yo... El caso es que él... —No podía mentir al médico. El hombre la conocía demasiado bien y, además, a ella le gustaba como médico. Lo miró con franqueza, con una extraña luz en sus ojos, y se atrevió silenciosamente a que él la desafiara, al decirle—: No se lo he dicho aún.
—¿Sobre el aborto, o sobre el bebé? —preguntó el ginecólogo, mirándola asombrado.
Siempre le había parecido que aquella pareja formaba un matrimonio feliz, que eran la clase de personas que confiaban con facilidad y franqueza el uno en el otro.
—Ninguna de las dos cosas. Y no quiero decírselo.
El rostro del hombre se contrajo al escuchar sus palabras, y sacudió lentamente la cabeza en un gesto de desaprobación.
—Creo que estás cometiendo un error, Sarah. Él tiene el derecho de saberlo. También se trata de su hijo. —Y entonces se le ocurrió un pensamiento incómodo. Quizá hubiera entre los dos cosas que él desconocía por completo. Cualquier cosa era posible—. Porque es de él..., ¿verdad?
—Pues claro que sí —contestó ella con una sonrisa—. Lo que sucede es que yo no quiero tenerlo.
Le explicó todas sus razones, y él no hizo el menor comentario, pero cuando hubo terminado volvió a decirle que, en su opinión, era mejor que ella lo discutiera con su esposo. La urgió a que se lo pensara y le dijo que volvería a verla después de que lo hubiera hecho, pero no antes.
—Todavía eres una mujer joven. Desde luego, no tienes tantos años para no tener ese bebé.
—Quiero mi libertad. Dentro de once años mi hijo irá a la universidad, y mi hija lo hará dos años más tarde. Pero si tengo este bebé volveré a estar atada durante otros veinte años. No estoy preparada para aceptar esa clase de compromiso.
Aquellas palabras sonaron como algo increíblemente egoísta, incluso ante sus propios oídos, pero ella no pudo hacer nada por evitarlo. Así era como se sentía. Y nadie iba a cambiar eso.
—¿Y Oliver también se siente así?
Permaneció en silencio durante un largo rato, sin contestar. No quería decirle que Ollie siempre había querido tener más hijos.
—No lo he discutido con él.
—Pues bien, creo que deberías hablarle. Llámame dentro
de unos días, Sarah. Dispones de tiempo para tomar la decisión que consideres correcta.
—El tiempo no me hará cambiar de opinión.
Se sintió desafiante y furiosa cuando abandonó la consulta. Había pensado que él era la persona más indicada para solucionarle el problema, y ahora resultaba que no.
Regresó a casa y se echó a llorar, y cuando Oliver volvió a las once de la noche, ella fingió otro dolor de cabeza. Los niños ya hacía tiempo que se habían quedado dormidos, y había dejado la televisión encendida en el dormitorio mientras esperaba a que él regresara, pero sabiendo que no se lo diría.
—¿Cómo te han ido hoy las cosas? Pareces cansado —dijo mirándole con una expresión triste cuando entró en el dormitorio.
—Todo ha ido bien —dijo, sentándose en el borde de la cama, sonriéndole y aflojándose el nudo de la corbata.
El pelo rubio aparecía enmarañado por el viento y tenía aspecto de sentirse verdaderamente cansado, aunque a pesar de ello resultaba insoportablemente atractivo. ¿Cómo podía tener aquel aspecto? La vida era tan sencilla para él... Todo lo que tenía que hacer era acudir cada día al despacho y enfrentarse con personas reales en un mundo real. A él le correspondía toda la diversión, mientras que a ella le tocaba pasarse la mayor parte del tiempo en compañía de otras mujeres y de niños. En la vida había cosas que no eran justas, y aquella era, desde su punto de vista, una de ellas. Había momentos en que habría deseado ser un hombre, o haber vivido su vida de un modo diferente, o haber buscado y encontrado un trabajo varios años antes, en lugar de hacer lo que había hecho. Pero eso era muy fácil de pensar. Lo cierto era que había elegido el camino más fácil. Había tenido dos hijos, se había trasladado a vivir a las afueras, y había terminado por abandonar sus sueños. Y ahora iba a tener otro bebé, pero no, se dijo con rapidez, no, se sometería a un aborto.
—¿Qué te ocurre, Sarrie? —le preguntó él, mirándola preocupado e inclinándose para besarla.
La conocía demasiado bien y observó la angustia que había en sus ojos, una angustia que no procedía de un sentido de la culpabilidad por lo que pretendía hacer, sino de la cólera por lo que había sucedido.
—Nada. Yo también estoy cansada.
—¿Se han portado mal los niños?
—No..., han sido muy buenos.
—Entonces ¿qué te ocurre? —insistió.
—Nada —mintió ella.
—Tonterías. —Se quitó la chaqueta, se desabrochó la camisa y se tumbó junto a ella, en la cama—. No trates de engañarme. Te sientes tremendamente preocupada por algo.
Y entonces, una repentina oleada de terror lo sacudió. Le había sucedido a un tipo que conoció en el despacho hacía seis meses. Descubrieron que su esposa tenía cáncer y cuatro meses más tarde había muerto, dejándole desolado y solo con tres niños. Oliver sabía que no podría soportar perder a Sarah. La amaba desde hacía mucho tiempo. Ella lo era todo para él.
—¿Conoces ya los resultados de los análisis? ¿Hay algo que yo debería saber?
Por un instante, ella pensó en lo que le había dicho el médico: «Deberías decírselo, Sarah... Tiene derecho a saberlo. También es su hijo...». «¡Pero yo no quiero!», le gritó una voz en su interior.
—Los análisis estaban bien —contestó, y luego, presionada por la honestidad que siempre habían mantenido entre ambos, se vio impulsada a decirle algo que inmediatamente supo lamentaría más tarde—: Más o menos.
El dolor de la preocupación se reflejó en el rostro de Oliver como si de un cuchillo se tratara. Le tomó una mano con suavidad y preguntó:
—¿Qué significa eso? —Apenas si podía hablar y no apartaba la vista de sus ojos—. ¿Qué te han dicho?
Ella se dio cuenta enseguida de cuál era el curso de sus pensamientos, y supo que no podía seguir causándole más preocupaciones. No quería tener un hijo, pero lo seguía amando.
—No es nada de lo que tú piensas. No te asustes.
Se inclinó hacia él y lo besó, y cuando él la abrazó, ella pudo sentir su temblor.
—¿De qué se trata entonces?
Cuando ella volvió a hablar lo hizo en un susurro procedente de un abismo de desesperación y después levantó la mirada hacia sus ojos, y deseó no habérselo dicho:
—Estoy embarazada.
Por un instante, ninguno de ellos se movió, dejando que las palabras se fueran introduciendo en la mente de Oliver, y de pronto desapareció toda la tensión que había enervado su cuerpo cuando Sarah empezó a hablar.
—Santo Dios, ¿por qué no me lo dijiste antes?
Se incorporó en la cama y sonrió ampliamente, y su sonrisa se desvaneció enseguida en cuanto comprendió lo que decía la mirada de los ojos de su esposa. Parecía como si hubiera preferido estar enferma de cáncer.
—No lo supe hasta ayer. Supongo que ha sido algo estúpido. Supongo que ocurrió en Jamaica.
Él no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción y, por un instante, ella hubiera deseado golpearle.
—Que me condenen. Jamás se me habría ocurrido pensar en eso. Creo que ya ha pasado cierto tiempo desde la última vez, y mi memoria se está atrofiando.
El tono de voz y la mirada de Oliver eran suaves, acariciadores, pero Sarah retiró la mano de entre las suyas y se recostó sobre las almohadas como para alejarse de él todo lo que pudiera. Todo había sido por su culpa.
—Quiero abortar.
—¡Oh! ¿Cuándo lo has decidido?
—Apenas treinta segundos después de conocer la noticia.
Ollie, no puedo pasar por eso.
—¿Algo no va bien?
Ella sacudió la cabeza con lentitud, negando, cobrando una repentina conciencia de la amarga lucha que se iba a entablar entre ambos. Pero en esta ocasión estaba decidida a no perder la partida. No quería tener aquel bebé.
—Soy ya demasiado mayor. Y ni siquiera es justo para los niños.
—Eso es una tontería, y tú lo sabes. Probablemente se sentirán encantados en cuanto se lo digamos.
—Pues no vamos a hacerlo. Todo esto habrá terminado dentro de unos días.
—¿Te parece bien? —preguntó, levantándose y comenzando a pasear por el dormitorio—. ¿Así de sencillo? Pero
¿qué te sucede? Cada vez que te quedas embarazada tenemos que volver a pasar por esta estúpida discusión sobre el aborto.
—No es ninguna estupidez. Se trata de mi propia salud mental. No quiero tener otro bebé. Tú te marchas todos los días al despacho, tienes tu propia vida. Yo, en cambio, me siento atada aquí, llevando a los niños al colegio, asistiendo a las reuniones, y no estoy dispuesta a seguir así durante otros veinte años. Ya llevo diez y, tal y como yo lo veo, me encuentro ahora a medio camino, de modo que no voy a permitir que eso lo cambie.
—Y después ¿qué? ¿Qué vale tanto la pena para matar a ese bebé? ¿Vas a convertirte quizá en una famosa neurocirujana? Por el amor de Dios, aquí estás haciendo cosas muy importantes, estás criando a nuestros hijos. ¿Te parece eso un sacrificio demasiado grande? Sé que antes te gustaba la idea de vivir en el SoHo, con aquellos desharrapados, dedicada a escribir poemas y la gran novela estadounidense. Personalmente, creo que lo que haces aquí tiene mucho más mérito que todo eso, y pensaba que a estas alturas tú misma habías llegado a esa conclusión. Por el amor de Dios, Sarah, madura ya de una vez.
—Ya he madurado, maldita sea. He madurado, me he desgastado y me he hecho vieja, y no estoy dispuesta a seguir dilapidando mi vida por nadie más. Dame una oportunidad a mí, por el amor de Dios. ¿Qué me dices de mí? En este mundo hay otras muchas cosas, además de niños, ¿o es que no te habías dado cuenta de eso, Oliver?
—Yo solo me he dado cuenta de que aquí has llevado una vida muy cómoda. Mientras yo trabajo hasta quemarme las cejas en Nueva York, tú juegas al tenis con tus amigas, preparas pasteles con Melissa, y eso es precisamente lo que debes seguir haciendo. Pero no me hables de lo duro que te resulta eso, Sarah, porque no me lo trago. Y la presencia de un bebé no va a cambiar nada de eso.
—¡Mierda!
La discusión duró hasta las dos de la madrugada, y sucedió lo mismo a la noche siguiente, y a la otra, y a la otra. Continuó durante el fin de semana y durante la otra semana; hubo lágrimas por ambas partes, y portazos, y duras acusaciones mutuas. Finalmente, Oliver se agotó de tanto rogarle que tuviera aquel bebé, levantó las manos hacia el techo en un gesto de impotencia y le espetó que hiciera lo que le diese la gana.
Ella preparó el aborto en dos ocasiones, e incluso cometió el grave error de llamar a su hermana, que vivía en Grosse Pointe, lo que se convirtió en otra fuerte discusión cuando esta le dijo que era una indecente, una inmoral y que estaba loca.
La situación continuó así durante varias semanas más, y al final ambos estaban exhaustos, heridos, desilusionados, pero, de algún modo, se las arreglaron para recomponer los trozos y Sarah no se sometió al aborto. Pero Oliver estuvo de acuerdo en que después del parto ella se sometiera a una ligadura de trompas. Para él se trataba de una elección desafortunada, pero también se daba cuenta de que su convivencia no sobreviviría a otro ataque como el que habían sufrido, dirigido contra los propios fundamentos de su matrimonio. Por su parte, Sarah le aseguró que bajo ninguna circunstancia se permitiría tener otro bebé por sorpresa cuando tuviera casi cuarenta años.
El día del parto, Oliver estuvo a su lado, intentando animarla mientras que ella le decía lo mucho que lo odiaba cada vez que experimentaba una contracción, del mismo modo que le había asegurado constantemente, a lo largo de los últimos ocho meses, lo poco que le iba a importar aquel nuevo bebé. Oliver le replicaba que él lo amaría por los dos. En cuanto a los niños, se sintieron entusiasmados ante la perspectiva. Benjamin ya tenía ocho años cuando nació su hermano, y se sentía intrigado y entusiasmado por toda la situación. Para Melissa, que tenía seis, era como disponer de un muñeco vivo con quien jugar. Solo Sarah siguió mostrándose desganada en relación con la inminente llegada. Y cuando apareció la cabeza del pequeño, Oliver contempló maravillado cómo Samuel Watson se abría camino hacia el mundo, lanzaba un fuerte grito y dirigía una mirada de extrañeza a su padre. Le entregaron el recién nacido primero a Oliver, y este se lo entregó suavemente a Sarah, quien yacía tendida y exhausta, con las lágrimas corriéndole por las mejillas, recordando todas las cosas feas que había dicho sobre aquel bebé. Tenía el pelo negro y los mismos ojos verdes de Ollie, una piel cremosa y una mirada en sus ojos que, de algún modo, permitían predecir una gran sabiduría y un gran humor por su parte. Se trataba de la clase de bebé de la que una se enamora en cuanto lo ve, y a pesar de lo mucho que se había resistido a él, Sarah se enamoró perdidamente del pequeño en cuanto lo sostuvo en sus brazos por primera vez. Fue «su» bebé desde el principio, y no lo consideró ni gritón ni llorón, sino un bebé fácil, pacífico y feliz. Aquel niño se convirtió en la gran pasión de su vida, y por la noche le contaba a Oliver los logros y el genio desplegado por Sam. Fue un bebé delicioso desde que nació, y todo el mundo se volvió loco con él: Ollie, Sarah, su hermano y su hermana, sus abuelos. Fue algo inaudito y su propia existencia demostró que Ollie había tenido razón, aunque él se mostró lo bastante comprensivo para no decirlo nunca, a pesar de que eso fue algo que ambos supieron desde el principio. Ollie había tenido razón, y ahora los dos se sentían contentos de que Sarah lo hubiera tenido. Todo lo que rodeaba al pequeño Sam era fácil, encantador y divertido, y jamás fue la carga en que Sarah había temido que se convirtiera.
Para facilitar aún más las cosas, Ollie contrató a una sirvienta para que ayudara a Sarah. Se trataba de una mujer de la localidad, que había trabajado para un obispo desde hacía quince años, y que ahora deseaba encontrar un hogar donde hubiera algo más de vida y movimiento. Quedó encantada con Melissa y Benjamin y, como les sucedía a todos, también se enamoró de Sam en cuanto lo vio. El pequeño tenía unas mejillas redondas y sonrosadas, como un querubín, que siempre estaban sonriendo, unos bracitos gruesos y unas piernas que invitaban a cualquiera a sostenerlo en brazos, acariciarlo y besarlo. Y en más de una ocasión, Agnes, su benevolente guardiana, y Sarah, la madre que lo adoraba, se encontraron cada una besándole una mejilla, con las tres narices juntas, y Sam emitiendo pequeños gritos de placer. Agnes era exactamente lo que Sarah necesitaba, y solo deseó haberla podido encontrar en aquella otra época en que el continuo llanto de Benjamin amenazaba con desmoronar las paredes del apartamento de la Segunda Avenida, solo que en aquellos otros tiempos ellos no habrían podido permitírselo. Ahora, todo era diferente. Y todo resultaba sorprendentemente fácil, tal y como le había predicho Ollie.
Sarah ya no tenía que preparar el desayuno, ni la cena, ni ocuparse de la aspiradora, de la limpieza ni la ropa. Ahora disponían de una mujer de la limpieza dos veces por semana, y de la milagrosa Agnes. La mujer se sintió feliz de poder instalarse en una pequeña habitación que le construyeron en lo que había sido un porche situado junto a la habitación de los invitados, y que ahora se había convertido en la habitación del bebé. El pequeño se vio rodeado día y noche por su hermana, que siempre pasaba a ver cómo estaba, de su hermano, que le traía cromos de béisbol y de fútbol, de Sarah, Oliver y Agnes. Y, extrañamente, no se convirtió en un niño mimado, sino en un pequeño notablemente agradable que llegó a ser la alegría de la casa, y que aportó un rayo de luz en las vidas de todos los que lo rodeaban. La pesadilla del niño que destruiría la vida de Sarah nunca se materializó, pero eso mismo no le permitió a ella enarbolar más excusas. El niño no le ocupaba ningún tiempo extra, no produjo ningún problema en la escuela, se sentía tan feliz de jugar con Agnes o con Melissa como con ella misma o, sobre todo, con Benjamin o con su padre, de modo que Sarah ya no tenía más excusas.
Y casi antes de que pudiera darse cuenta, Benjamin cumplió los diecisiete años, disponiéndose ya a pasar su último año en la escuela superior; Melissa tenía quince años y se pasaba casi todo el tiempo colgada del teléfono, que inexplicablemente se llevaba a un pequeño cuarto ropero del piso superior, donde se sentaba acurrucada en el suelo, rodeada de viejos trajes de esquiador, para dedicarse a hablar con muchachos de los que nadie había oído hablar. Sam ya tenía nueve años y se contentaba con jugar en su habitación, ocupado con su propia rutina, sin exigir ninguna atención por parte de su madre, todo lo cual dejaba a Sarah sin la menor excusa para no dedicarse a escribir. Ahora ya no podía echar a los niños la culpa de la página en blanco o del silencio de la máquina de escribir.
Mientras permanecía allí sentada, contemplando la nieve que caía, se preguntó qué le diría a Ollie. Deseaba que él no le preguntara cómo le iba la escritura. Hacia dos años que él mostraba una sincera preocupación por ello, algo que enloquecía a Sarah. No podía decirle que no le salía nada, que así no iba a ninguna parte, que sus peores temores se habían convertido en una dolorosa realidad a los cuarenta y un años. Su vida había pasado. Jamás se había sentido tan pasada de moda, tan vieja y tan cansada, y en esta ocasión sabía que no estaba embarazada. Tal y como prometieron y acordaron, se había sometido a una ligadura de trompas varios años atrás, después de la llegada de Sam. Lo que le sucedía entonces era algo muy diferente. Era la toma de conciencia, lenta y desmoralizante, de que su vida no llevaba a ninguna parte, de que los sueños tenidos a los veinte años se habían disipado ya hacía mucho tiempo y de que probablemente jamás fueron sueños reales. Ahora ya no lograría ser nunca una escritora. Si se hubiera dado cuenta de ello a los treinta y cinco años, se habría sentido destruida; a los treinta y nueve, esa misma conciencia podría haberla matado; pero ahora, a los cuarenta y uno, únicamente la dejaba con una inmensa sensación de tristeza. Ya no le quedaba nada, excepto las cosas ordinarias de la vida, mientras Ollie seguía escalando puestos hacia la grandeza. Era una sensación muy extraña. Incluso sus hijos eran más importantes que ella misma. Todo el mundo parecía tener algo en su vida. Benjamin era un atleta destacado y un estudiante excelente. Melissa poseía unas increíbles dotes artísticas y era sorprendentemente hermosa. A veces hablaba de ser actriz, y tanto ella como Benjamin hablaban de ingresar en Harvard. Sam cantaba en el coro y poseía la voz de un ángel, pero, más aún, tenía el alma de alguien tan cálido y tan querido que todo el mundo le amaba. ¿Y qué tenía ella? A los niños, a Ollie, la casa. El hecho de que hubiera ido a la Universidad de Radcliffe veinte años antes, ¿qué importaba? ¿Quién lo sabía? ¿Quién lo recordaba? Solo le quedaba una única esperanza, y hasta eso no era más que algo muy tenue, como otro fragmento de irrealidad de su pastel de nada. De todos modos, no había forma alguna de que lo consiguiera. ¿Cómo? Ella vivía allí. Ellos la necesitaban. ¿O acaso no era así? Al fin y al cabo, tenían a Agnes. Pero ella no le podía hacer eso a Ollie. Sonrió con tristeza para sí misma al ver que Agnes sacaba el perro, que trotaba y ladraba entre la nieve. Eran todos tan felices... Todos. Hasta la propia Agnes. Pero entonces, ¿por qué ella se sentía tan vacía? ¿Qué había desaparecido? ¿Qué había perdido? ¿Acaso algo que no había tenido nunca? ¿Qué quería hacer ahora? Algo. Todo. Lo deseaba todo: la fama, el éxito, la realización. Todo a lo grande. Y sabía que jamás podría alcanzarlo. Permanecería allí sentada durante el resto de sus días, viendo cómo caía la nieve, mientras la vida pasaba por delante, y viendo a Ollie conseguir nuevos clientes. Ahora, ella disponía de su propio Mercedes y tenía dos abrigos de pieles. Tenía tres hijos maravillosos, gracias a la persistencia de Ollie, y un esposo fantástico, y, sin embargo, nada de ella misma importaba. No había talento, ni había alcanzado logros personales. Todo eso había desaparecido. La muchacha llena de ilusiones que había sido en otro tiempo había desaparecido ya para siempre.
—Ha llegado el correo, señora Watson —dijo Agnes hablando con suavidad, al tiempo que dejaba la correspondencia sobre la mesa, junto a ella.
—Gracias, Agnes. ¿Hay algo que parezca interesante? —La mayoría son facturas. Y creo que hay una carta de la universidad para Benjamin, aunque va dirigida a usted.
Benjamin se dedicaba en aquellos días a rellenar su solicitud para ser admitido en Harvard al año siguiente, pero aún no la había enviado. De modo que nadie de la universidad iba a escribirle, y mucho menos a Sarah para hablar de él. Aquello era algo diferente y ella se dio cuenta enseguida. También sabía cuál iba a ser la respuesta, a pesar de lo cual su mano tembló ligeramente al tomar la carta que le tendía Agnes. Permaneció muy quieta durante un instante, mirando el sobre, recordando otros tiempos en que las cosas eran tan diferentes..., pero todo eso ya había desaparecido. Hizo un esfuerzo por recordarlo, al tiempo que rasgaba el sobre, daba la espalda a Agnes y se dirigía lentamente hacia el salón, donde permaneció de pie, entre las pinturas y los grabados de flores, que ponían una nota veraniega y primaveral en medio del invierno.
Desplegó la carta con lentitud, como si estuviera abriendo su vida, pero eso fue algo que no se permitió pensar. Se sentó en un sillón, sin ver que Agnes la observaba con una mirada de extrañeza en los ojos, mientras Sarah leía lenta, dolorosamente. Y entonces su respiración se contuvo, atónita. No podía ser. Algo estaba equivocado. Debía de haberlo leído mal. Pero no, las palabras estaban allí, claramente escritas. Dios santo..., las palabras estaban allí, y de pronto sintió como si su cuerpo se llenara de luz y de música. Ya no se sentía vacía. Ahora tuvo la clara impresión de que había algo en su interior. Aquello era mejor que tener un bebé. Era ella misma..., y ella estaba allí. Había vuelto de nuevo. Leyó una vez más la carta, y otra vez, y otra.
«Nos sentimos complacidos de informarle que ha sido aceptada para el programa de obtención del máster de la Universidad de Harvard.» Nos sentimos complacidos de informarle... complacidos de informarle... Las palabras bailoteaban ante sus ojos, borrosos por las lágrimas que le rodaban lentamente por las mejillas. Era un sueño, solo un sueño. No había forma alguna de que ella pudiera conseguirlo. No podía abandonarlos a todos. No podía regresar a la universidad. Y, sin embargo, varios meses antes había presentado la solicitud. Lo había hecho en septiembre, cuando los chicos regresaron a la escuela y ella se sintió aburrida y sola. Solo a modo de intento, solo para ver si... Y ahora le decían que la admitían. Pero no podía hacerlo. Y entonces, al levantar la cabeza, vio la nieve que caía en el exterior, escuchó al perro que seguía ladrando, y vio a Agnes que continuaba observándola desde el umbral de la puerta del salón. Y entonces supo que tenía que hacerlo. Ellos lo comprenderían. Tendrían que comprenderlo. Al fin y al cabo no sería por tanto tiempo. Y de ese modo, ella lograría volver a ser una persona. Una persona con su vida propia. Sería alguien real... Sería Sarah.