1

Marie-Ange Hawkins estaba tumbada entre la alta hierba, bajo un viejo y enorme árbol, escuchando los pájaros y contemplando las algodonosas nubes blancas que cruzaban el cielo de aquella soleada mañana de agosto. Le encantaba estar allí oyendo el zumbar de las abejas, oliendo las flores y comiendo una manzana cogida del huerto. Vivía en un mundo seguro y protegido, rodeada de personas que la querían. Y le encantaba corretear a su antojo durante el verano. Había vivido en el château de Marmouton durante los once años que tenía y había vagado por sus bosques y colinas como una joven corza, vadeando con el agua hasta los tobillos el riachuelo que atravesaba la propiedad. En los terrenos de la vieja granja, había caballos y vacas en un auténtico establo. Los hombres que trabajaban la tierra siempre le sonreían y la saludaban cuando la veían. Era una niña risueña y feliz y un espíritu libre. La mayor parte del tiempo, cuando vagaba entre la alta hierba o cogía manzanas y melocotones en el huerto, iba descalza.

—¡Pareces una gitanilla! —la regañaba su madre, pero siempre sonreía al decirlo.

Françoise Hawkins adoraba a sus dos hijos. Su hijo Robert nació poco después de la guerra, a los once meses de su matrimonio con John Hawkins. John inició su negocio de exportación de vinos por la misma época y, al cabo de cinco años, había amasado una inmensa fortuna. Compraron el château de Marmouton cuando MarieAnge nació, y allí había crecido esta. Asistía a la escuela del pueblo, la misma a la que había ido Robert, que ahora, un mes más tarde, se marchaba a la Sorbona, en París. Iba a estudiar economía y, con el tiempo, trabajaría en el negocio de su padre. La empresa había crecido a pasos agigantados y el propio John estaba sorprendido por lo próspera que era y lo desahogadamente que vivían gracias a ella. Françoise estaba muy orgullosa de él. Siempre lo había estado. La suya era una historia romántica y extraordinaria.

Un día de los últimos meses de la guerra, John, como soldado americano, se lanzó en paracaídas sobre Francia y se rompió una pierna al caer sobre un árbol en la pequeña granja de los padres de Françoise. Ella y su madre estaban allí solas; su padre era miembro de la Resistencia y se encontraba fuera, en una de las reuniones secretas a las que asistía casi cada noche. Escondieron a John en la buhardilla. Françoise tenía dieciséis años en aquel entonces y se sintió más que un poco deslumbrada por lo guapo, alto y atractivo que era John, con aquel aire del Medio Oeste. Él también se había criado en una granja y era solo cuatro años mayor que ella. Su madre los vigilaba de cerca, temiendo que Françoise se enamorara de él e hiciera alguna tontería. Pero John se mostró siempre respetuoso y acabó tan enamorado como ella. En sus conversaciones susurradas por la noche, en la absoluta oscuridad del desván, Françoise le enseñaba francés y él a ella, inglés. Nunca se atrevieron a encender ni siquiera una vela, por miedo a que los alemanes la vieran. Él permaneció con ellos cuatro meses, y cuando se marchó, a Françoise se le partió el corazón. Su padre y algunos de sus amigos de la Resistencia lo llevaron de vuelta, como por arte de magia, con los estadounidenses y acabó tomando parte en la liberación de París. Pero le había prometido a Françoise que volvería a buscarla y ella sabía, sin sombra de duda, que lo haría.

Sus padres murieron pocos días antes de la liberación y Françoise se trasladó a París a vivir con unos primos. No tenía medio de ponerse en contacto con John. Su dirección se había perdido en medio del caos y no sabía que él estuviera en París. Mucho tiempo después, descubrieron que la mayor parte del tiempo habían estado a poco más de tres kilómetros uno del otro, ya que ella vivía junto al bulevar Saint-Germain.

Sin que pudiera volver a verla, John fue embarcado para regresar a Estados Unidos. En Iowa tenía sus propias preocupaciones familiares: su padre había caído en Guam y él debía atender la granja de la familia, junto con su madre, hermanas y hermanos. En cuanto llegó a casa, escribió a Françoise, pero nadie contestó a sus cartas ni tampoco le fueron devueltas. Nunca llegaron a manos de Françoise. Pasaron otros dos años antes de que él pudiera ahorrar suficiente dinero para volver a Francia y tratar de encontrarla. Estaba obsesionado por ella desde que se fue. Pero cuando llegó a la granja donde se habían conocido, descubrió que la habían vendido y que en ella vivían ahora unos desconocidos. Todos los vecinos sabían que los padres de Françoise habían muerto y que ella se había ido a París.

Allí fue también él; utilizó todos los recursos que se le ocurrieron para dar con ella: la policía, la Cruz Roja, la secretaría de la Sorbona y todas las facultades que pudo visitar. El día antes de marcharse, mientras estaba sentado en un pequeño café en la Rive Gauche, la vio, como si fuera una aparición, andando por la calle, bajo la lluvia, con la cabeza baja. Al principio pensó que era una desconocida que se parecía a Françoise, pero luego la miró con más atención y echó a correr tras ella, sintiéndose imprudente aunque sabiendo que tenía que intentarlo por última vez. En cuanto lo vio ella rompió a llorar y se echó en sus brazos.

Pasaron la noche juntos, en casa de los primos de Françoise, y él se marchó a Estados Unidos a la mañana siguiente. Se escribieron durante un año y luego él volvió de nuevo a París, esta vez para quedarse. Ella tenía diecinueve años y él veintitrés. Se casaron dos semanas después de su regreso. En los años que siguieron, diecinueve en total, no se separaron ni un solo momento. Abandonaron París al nacer Robert. John acabó diciendo que se sentía más en su casa en Francia que cuando vivía en Iowa con sus padres. Estaba escrito, decían siempre, y se sonreían cada vez que contaban su historia. MarieAnge había oído el relato miles de veces y todo el mundo decía que era muy romántico.

Marie-Ange no conocía a la familia de su padre. Sus abuelos paternos murieron antes de que ella naciera, igual que los dos hermanos de su padre. Una hermana había fallecido hacía pocos años y la otra murió en un accidente cuando Marie-Ange era muy pequeña. El único pariente vivo de su padre era una tía, pero MarieAnge sabía, por la forma en que él hablaba de ella, que no le caía bien. Ninguno de sus parientes había venido nunca a Francia y él había dicho más de una vez que todos pensaban que estaba loco cuando volvió a París para casarse con su madre. Los primos de Françoise murieron en un accidente, cuando Marie-Ange tenía tres años. Ella no tenía abuelos y su madre no tenía hermanos. La única familia de Marie-Ange era su hermano Robert, sus padres y una tía abuela, que vivía en algún lugar de Iowa y a quien su padre detestaba. Una vez le explicó a MarieAnge que era «mezquina de espíritu y estrecha de mente», aunque ella no sabía muy bien qué quería decir aquello. Ya ni siquiera se escribían. Pero la verdad es que Marie-Ange no lamentaba la falta de parientes. Tenía una vida plena y las personas que había en ella la trataban como si fuera una bendición y una alegría; incluso su nombre decía que era un ángel. Todos pensaban en ella de esa manera, incluyendo a su hermano Robert, al que le encantaba tomarle el pelo.

Iba a echarlo en falta cuando se fuera, pero Françoise le había prometido que la llevaría a menudo a París para verlo. John tenía negocios allí y tanto a él como a Françoise les gustaba mucho ir a pasar un par de noches a la ciudad. Por lo general, cuando lo hacían, dejaban a Marie-Ange con Sophie, la anciana ama de llaves que estaba con ellos desde que Robert era un bebé. Los acompañó cuando se fueron al château y vivía en una casita dentro de la misma finca. A Marie-Ange le encantaba ir a verla y tomar el té y comer las galletas que Sophie hacía expresamente para ella.

La vida de la niña era perfecta desde cualquier punto de vista.

Tenía la clase de niñez que soñaba la mayoría de la gente. Tenía libertad, amor y seguridad; vivía en un viejo y hermoso château como si fuera una princesita. Y cuando su madre la vestía con los bonitos vestidos que le compraba en París, incluso parecía que realmente lo fuera. Por lo menos, eso le decía su padre. Pero cuando corría descalza por los campos, con el vestido roto por subirse a los árboles, le gustaba decir que parecía una huérfana.

—Bueno, pequeñaja, ¿en qué líos te has metido hoy? —le preguntó su hermano cuando fue a buscarla para almorzar.

Sophie era demasiado vieja para andar corriendo tras ella y su madre había enviado a Robert a buscarla, como solía hacer. Él conocía todos sus lugares y escondrijos favoritos.

—En ninguno —respondió sonriéndole.

Tenía la cara sucia de melocotón y los bolsillos llenos de huesos. Robert era alto y rubio, como su padre, igual que Marie-Ange, que tenía el pelo rizado, los ojos azules y una cara angelical. Solo Françoise tenía el pelo oscuro y unos grandes y aterciopelados ojos castaños. Su marido decía con frecuencia que le gustaría tener otro niño que fuera igual que ella. Pero había mucho del espíritu travieso y juguetón de Françoise en Marie-Ange.

—Mamá dice que es hora de que vayas a almorzar —dijo Robert tirando de ella como si fuera un potrillo.

No quería admitirlo, pero iba a echarla mucho en falta cuando se fuera a París. Desde que aprendió a caminar, era su sombra.

—No tengo hambre —dijo la niña sonriéndole. —Claro que no, no paras de comer fruta todo el día. No entiendo cómo no te da dolor de barriga.

—Sophie dice que es buena para mí.
—También lo es el almuerzo. Venga, vamos, papá llegará en cualquier momento. Tienes que ir a lavarte la cara y ponerte unos zapatos.

La cogió de la mano y ella lo siguió de vuelta a casa, bromeando, jugando y correteando a su alrededor como si fuera un cachorrillo.

Cuando su madre la vio, gimió ante el aspecto que tenía.

—Marie-Ange —le dijo en francés. Solo John hablaba a Marie-Ange en inglés y, sorprendentemente, ella lo dominaba, aunque tenía acento—. Era un vestido nuevo cuando te lo pusiste esta mañana. Ahora solo son andrajos.

Françoise alzó los ojos al cielo, pero nunca parecía enfadada. La mayoría de las veces le divertían las travesuras de su hija.

—No, mamá, solo se ha roto el delantal. Al vestido no le pasa nada —la tranquilizó Marie-Ange sonriendo avergonzada.

—Demos gracias al cielo por ese pequeño favor. Ve a lavarte la cara y las manos y ponte zapatos. Sophie te ayudará.

La anciana del gastado delantal negro siguió a MarieAnge. Salieron de la cocina y llegaron a su dormitorio, en la última planta del château. Ya no le resultaba fácil moverse de un lado para otro, pero hubiera ido al fin del mundo por su «pequeña». Había cuidado a Robert desde que nació y se había sentido desbordante de alegría cuando llegó Marie-Ange, por sorpresa, siete años después. Adoraba a toda la familia Hawkins como si fueran sus propios hijos. Tenía una hija, pero vivía en Normandía y apenas se veían. Sophie nunca lo hubiera admitido, pero estaba mucho más unida a los hijos de los Hawkins de lo que nunca lo había estado a su propia hija. Y, al igual que Marie-Ange, sentía mucho que Robert los dejara y se fuera a estudiar a París. Pero sabía que era bueno para él y que lo vería cuando volviera a casa en las fiestas y para las vacaciones.

Durante un tiempo, John había hablado de enviar a su hijo un año a estudiar a Estados Unidos, pero a Françoise no le gustaba la idea y el mismo Robert acabó admitiendo que no quería irse tan lejos. Era una familia muy unida y, además, él tenía un sinnúmero de amigos en la región. En su opinión, París ya estaba bastante lejos, y al igual que su madre y su hermana era profundamente francés a pesar de tener un padre norteamericano.

John estaba sentado a la mesa de la cocina cuando Marie-Ange bajó. Françoise acababa de servirle una copa de vino a él y otra más pequeña a Robert. Tomaban vino en todas las comidas y, a veces, le daban a Marie Ange unas gotas mezcladas con agua. John se había adaptado bien y fácilmente a las costumbres francesas. Llevaba sus negocios en francés desde hacía años, pero hablaba con sus hijos en inglés para que lo aprendieran. Robert lo hablaba con mucha más soltura que su hermana.

Durante el almuerzo, la conversación fue tan animada como de costumbre. John y Robert hablaron de negocios y Françoise comentó curiosidades de algunas noticias locales mientras vigilaba que Marie-Ange comiera como es debido. Aunque se le permitía vagabundear por los campos, su educación era esmerada y tenía unos modales extremadamente exquisitos, cuando decidía usarlos.

—Y tú, pequeña, ¿qué has hecho hoy? —le preguntó su padre, alborotándole los bucles con la mano mientras Françoise le servía una taza de café fuerte y humeante.

—Ha estado saqueando tus huertos, papá —dijo Robert riéndose mientras Marie-Ange miraba a uno y a otro, divertida.

—Robert dice que comer demasiados melocotones me dará dolor de barriga, pero no es verdad —dijo orgullosamente—. Voy a ir a la granja después —anunció como una joven reina que planea visitar a sus súbditos.

Marie-Ange no había conocido nunca a nadie a quien no le gustara ni tampoco a nadie que no la encontrara encantadora. Era la niña mimada de todos y Robert, especialmente, la adoraba. Debido a la diferencia de siete años que los separaba, nunca había habido celos entre ellos.

—Pronto tendrás que volver a la escuela —le recordó su padre a la niña—. Ya casi se han acabado las vacaciones.

Ese recordatorio hizo que Marie-Ange frunciera el ceño. Sabía que eso quería decir que Robert se marcharía, y cuando llegara el momento, sería duro para ella y también para él, aunque le entusiasmaba la aventura de vivir en París.

Le habían encontrado un pequeño apartamento en la orilla izquierda y su madre iba a ayudarlo a instalarse antes de dejarlo solo con sus estudios. Ya había enviado varios muebles y baúles por delante, que le estaban esperando en París.

Cuando por fin llegó el gran día en que Robert tenía que marcharse, Marie-Ange se levantó al amanecer; estaba escondida en el huerto cuando Robert fue a buscarla antes del desayuno.

—¿No vas a desayunar conmigo antes de que me vaya? —preguntó.

Ella lo miró solemnemente y negó con la cabeza. Se notaba que había estado llorando.

—No quiero.

—No puedes quedarte aquí sentada todo el día. Anda, ven a tomarte un café con leche conmigo.

Aunque a ella se lo tenían prohibido, él siempre le dejaba beber un largo sorbo del suyo. Lo que más le gustaba a ella eran los canards que él le dejaba hacer, sumergiendo terrones de azúcar en su café hasta que quedaban empapados. Se los metía en la boca con cara de éxtasis, antes de que Sophie la viera.

—No quiero que te vayas a París —dijo Marie-Ange con los ojos llenos de lágrimas otra vez, mientras él la cogía suavemente de la mano y la llevaba de vuelta al château, donde sus padres les esperaban.

—No estaré fuera mucho tiempo. Volveré para un fin de semana largo, para Todos los Santos. —Era la primera fiesta que había en el programa que le había enviado la Sorbona y, aunque solo faltaban dos meses, a su hermanita le parecía una eternidad—. Ni siquiera me echarás en falta. Estarás demasiado ocupada torturando a papá y mamá, y tendrás a todos tus amigos de la escuela para jugar.

—Pero ¿por qué tienes que ir a esa estúpida Sorbona? —se quejó ella secándose los ojos con unas manos todavía cubiertas del polvo del huerto.

Robert se echó a reír cuando la miró. Tenía la cara tan sucia que parecía una mendiga. La mimaban, la querían y la protegían mucho. La verdad es que era su niñita.

—Tengo que ir para educarme, para poder ayudar a papá a llevar su negocio. Y uno de estos días, tú también irás, a menos que pienses dedicarte a trepar a los árboles por siempre jamás. Supongo que eso te gustaría, ¿eh?

Ella le sonrió a través de las lágrimas y se sentó a su lado a la mesa del desayuno.

Françoise vestía un elegante traje azul marino que había comprado en París el año anterior y su marido llevaba pantalones y chaqueta grises, con una corbata azul oscuro de Hermès que Françoise le había regalado. Formaban una pareja muy atractiva. Ella tenía treinta y ocho años y parecía diez años más joven, como mínimo, con una figura juvenil, la cara tersa y los mismos rasgos delicados que John recordaba del día en que la conoció. Él era tan apuesto y tan rubio como el día en que había caído en paracaídas en la granja de los padres de ella.

—Tienes que prometerme que harás caso a Sophie mientras estemos fuera —advirtió Françoise a MarieAnge mientras Robert le pasaba un canard empapado de café por debajo de la mesa y ella se lo metía en la boca dedicándole una mirada agradecida—. No te vayas a dar vueltas por ahí donde ella no pueda encontrarte. —También Marie-Ange iba a empezar la escuela dos días después y su madre confiaba que eso haría que no pensara tanto en su hermano—. Papá y yo volveremos a casa el fin de semana.

Pero volverían sin Robert. A la pequeña eso le parecía una tragedia.

—Te llamaré desde París —le prometió él. —¿Cada día? —preguntó Marie-Ange mirándolo con aquellos enormes ojos azules que tan parecidos eran a los suyos y a los de su padre.

—Tan a menudo como pueda. Tendré mucho trabajo con mis clases, pero te llamaré.

Al marcharse, le dio un fuerte abrazo y un apretujón y la besó en las dos mejillas. Luego subió al coche con sus padres. Cada uno llevaba una pequeña maleta de fin de semana y, justo antes de cerrar la puerta, Robert le dejó un pequeño paquete en la mano y le dijo que se lo pusiera. Marie-Ange seguía sujetándolo mientras el coche se alejaba y ella y Sophie se quedaban de pie, una al lado de la otra, llorando y diciendo adiós con la mano.

En cuanto volvieron a entrar en la cocina, MarieAnge abrió el regalo y encontró un diminuto guardapelo de oro con una foto de Robert dentro. Él estaba sonriendo, y recordó que era una fotografía de la Navidad anterior. En la otra mitad del guardapelo, había una foto diminuta de sus padres tomada el mismo día. Era muy bonito. Sophie la ayudó a ponérselo y a cerrar el broche de la fina cadena de oro de la que colgaba.

—¡Qué regalo tan bonito te ha hecho Robert! —dijo la anciana secándose los ojos y recogiendo los platos del desayuno, mientras Marie-Ange iba a admirar el guardapelo en el espejo del recibidor.

Mirarlo le hizo sonreír; volvió a sentir una punzada de soledad al ver el rostro de su hermano y a sus padres en las fotos. Su madre le había dado dos enormes besos antes de marcharse y su padre la abrazó y le revolvió los bucles, como siempre hacía, y le prometió ir a recogerla a la escuela el sábado, cuando regresaran de París. Pero la casa parecía vacía sin ellos. Fue arriba y pasó frente al dormitorio de Robert; luego siguió hasta el suyo y se sentó en la cama durante un rato, pensando en él.

Todavía estaba allí sentada, con aspecto de sentirse perdida, cuando Sophie subió a buscarla al cabo de media hora.

—¿Quieres venir a la granja conmigo? Tengo que ir a buscar huevos y prometí llevarle unas galletas a madame Fournier.

Pero Marie-Ange se limitó a mover la cabeza tristemente con un gesto negativo. Ni siquiera los encantos de la granja la seducían esta mañana. Ya estaba echando en falta a su hermano. Iba a ser un invierno muy largo y solitario en Marmouton sin él. Sophie se resignó a ir a la granja sola.

—Volveré a tiempo para el almuerzo, Marie-Ange. Quédate en el jardín. No quiero tener que buscarte por todo el bosque. ¿Me lo prometes?

Oui, Sophie —dijo con prontitud.

No tenía ganas de ir a ningún sitio, pero cuando Sophie se marchó, salió al jardín y no encontró nada que hacer allí. Entonces decidió ir hasta los huertos a coger manzanas. Sabía que Sophie haría una tarte tatin con ellas, si le traía las suficientes en el delantal.

Pero tampoco Sophie se encontraba muy bien cuando volvió a mediodía, y preparó sopa y un croque madame para Marie-Ange. Normalmente era su almuerzo favorito, pero ahora solo lo picoteó. Ninguna de las dos estaba muy animada. Marie-Ange volvió al huerto a jugar y, durante un rato, se quedó cerca, tumbada en la hierba mirando al cielo, como siempre hacía, y pensando en su hermano. Estuvo allí echada mucho rato; era ya bien entrada la tarde cuando volvió lentamente hacia la casa, descalza como de costumbre y con el mismo aire desaliñado que tenía siempre a aquellas horas. Observó que el coche de la gendarmería estaba aparcado en el patio. Ni siquiera eso despertó su interés. La policía del pueblo se dejaba caer por allí de vez en cuando para saludar o tomar una taza de té con Sophie y ver qué tal iba todo. Se preguntó si sabían que sus padres se habían ido a París. Cuando entró en la cocina, vio que un policía estaba sentado junto a Sophie y que esta estaba llorando. Marie-Ange supuso que le estaba contando al policía que Robert se había marchado a París. El pensarlo hizo que Marie-Ange se llevará la mano al guardapelo.

Durante toda la tarde, lo había tocado con frecuencia; quería asegurarse de no haberlo perdido en el huerto. Cuando se adentró más en la cocina, tanto el policía como Sophie dejaron de hablar. La anciana la miró con tanta desolación en los ojos que Marie-Ange se preguntó qué había pasado. Podía sentir que era algo más que la marcha de Robert. De repente, se preguntó si le habría pasado algo a la hija de Sophie. Ninguno de los dos adultos dijo una palabra, solo siguieron con la mirada clavada en la niña y Marie-Ange notó que una extraña oleada de temor la recorría de arriba abajo.

Hubo una pausa interminable, mientras Sophie miraba al gendarme y luego a la niña. Después le abrió los brazos.

—Ven, siéntate aquí, tesoro.

Se dio unas palmaditas en la falda, algo que no había hecho desde hacía mucho tiempo, porque ahora MarieAnge era casi tan alta como ella. Y en cuanto Marie-Ange se sentó encima de sus rodillas, notó cómo la rodeaban aquellos frágiles y viejos brazos. No había manera de que Sophie consiguiera pronunciar las palabras necesarias para decirle a la niña lo que ella acababa de saber. El gendarme comprendió que tendría que ser él quien lo hiciera.

—Marie-Ange —dijo solemnemente; la niña notó que Sophie temblaba detrás de ella. De repente, lo único que quería era taparse los oídos con las manos y echar a correr. No quería oír nada de lo que él iba a decirle. Pero no podía detenerlo.

—Ha habido un accidente en la carretera de París. Notó que se quedaba sin respiración, que se le desbocaba el corazón. ¿Qué accidente? No podía haber habido ninguno. Pero alguien debía de haber resultado herido para que él estuviera allí y lo único que podía hacer era rezar para que no hubiera sido Robert.

—Un accidente horrible —continuó el policía pausadamente mientras Marie-Ange sentía que el terror crecía en su interior como un maremoto—. Tus padres y tu hermano —empezó a decir mientras la niña se levantaba de un salto de las rodillas de Sophie y trataba de huir corriendo de la cocina, pero él la cogió, sujetándola con firmeza por el brazo. Por mucho que le doliera hacerlo, sabía que tenía que decírselo—. Murieron los tres, hace una hora. El coche chocó contra un camión que había perdido el control y murieron los tres de forma instantánea. La policía de la autopista acaba de llamarnos.

Las palabras terminaron tan súbitamente como habían empezado y Marie-Ange permaneció inmóvil, paralizada, notando cómo le latía desbocado el corazón y escuchando el tictac del reloj en el silencio de la cocina. Clavó una mirada llena de furia en el policía.

—¡No es verdad! —le gritó—. ¡Es una mentira! ¡Mis padres y Robert no han muerto en un accidente! Están en París.

—No llegaron allí —dijo abrumado mientras Sophie dejaba escapar un sollozo.

En el mismo momento, Marie-Ange empezó a gritar, enloquecida, y a debatirse para librarse de la fuerte mano que la sujetaba. Sin saber qué hacer para no lastimarla, el policía la soltó y, como un torpedo, la niña se lanzó fuera de la casa y echó a correr en dirección al huerto. El hombre no estaba seguro de lo que debía hacer y se volvió hacia Sophie reclamando ayuda. No tenía hijos y aquella no era una tarea que le entusiasmara.

—¿Debo ir a buscarla?

Pero Sophie se limitó a negar con la cabeza y a secarse los ojos con el delantal.

—Déjela por ahora. Yo iré a buscarla dentro de un rato. Necesita algo de tiempo para asimilar todo esto.

Pero lo único que Sophie podía hacer era llorar aquellas muertes y preguntarse qué iba a pasar con ella y con Marie-Ange. Era tan impensable, tan insoportable... aquellas tres personas adorables muertas en un instante. La escena de la carnicería que el gendarme le había descrito era tan horrible que Sophie apenas había podido escucharlo. Su única esperanza era que no hubieran sufrido. Lo único que podía hacer era preocuparse por Marie-Ange y por lo que sería de ella sin sus padres. Cuando se lo preguntó al gendarme, este le dijo que no tenía ni idea y que estaba seguro de que el abogado de la familia se pondría en contacto con ellas para hablar de lo que hubiera dispuesto. No pudo contestar a las preguntas de Sophie.

Estaba ya oscureciendo cuando el policía se marchó y Sophie salió a buscar a Marie-Ange. No le costó encontrarla. La niña estaba sentada junto a un árbol, con la cara entre las rodillas como una bolita angustiada, sollozando. Sophie no le dijo nada, pero se inclinó hasta sentarse en el suelo, a su lado.

—Es la voluntad de Dios, Marie-Ange. Se los ha llevado al cielo —dijo a través de sus propias lágrimas.

—No. No lo ha hecho —insistió la pequeña—. Y si lo ha hecho, lo odio.

—No digas eso. Debemos rezar por ellos.

Mientras lo decía, rodeó a Marie-Ange con sus brazos y permanecieron allí sentadas largo rato, llorando juntas, mientras Sophie mecía a la niña suavemente hacia delante y hacia atrás, abrazándola. Era ya oscuro cuando volvieron por fin a la casa. Sophie seguía rodeándola con el brazo. Marie-Ange parecía aturdida mientras avanzaba a trompicones hacia el château. Entonces, al llegar al patio, levantó la mirada hacia Sophie, aterrada.

—¿Qué nos va a pasar ahora? —preguntó en un susurro cuando sus ojos encontraron los de la anciana—. ¿Nos quedaremos aquí?

—Eso espero, cariño, pero no lo sé —respondió Sophie sinceramente.

No quería hacerle promesas que no pudiera cumplir y no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Sabía que no había abuelos ni parientes; nadie había venido nunca a verlos desde Estados Unidos. Por lo que ella sabía, no había parientes por la parte del padre ni de la madre y Sophie creía, y Marie-Ange sentía, que ahora la niña estaba sola en el mundo. Al contemplar un futuro sin sus padres ni Robert, Marie-Ange notó que una oleada de terror la inundaba y le pareció como si se estuviera ahogando. Peor aún, nunca volvería a ver a sus padres ni a su hermano. La vida protegida, segura y llena de amor que había conocido hasta entonces había acabado tan bruscamente como si ella también hubiera muerto con ellos.