Con el deseo de venganza en el corazón, Macu salió en busca de la joven que había humillado a su hermano.
Fingiendo que le interesaba como posible esposa, preguntó por Tonina en la aldea. Le dijeron que la encontraría en la orilla de la laguna occidental, donde las buscadoras de perlas estarían sacando su captura de ostras del día.
El hermano de Macu, que en aquellos momentos estaba en el otro lado de la isla con su canoa, le había suplicado que no fuera. Ya era bastante malo que una simple jovencita le hubiera superado en una carrera a nado; la venganza de su hermano solo empeoraría las cosas.
—Ella es mejor nadadora —había dicho Awak—. No puedes ganar, hermano.
Pero a sus veintidós años, Macu, de la cercana isla de la Media Luna, era orgulloso y vanidoso y detestaba a las jóvenes que se creían mejores que los hombres.
La isla de la Perla era un punto diminuto y verde en medio de un mar turquesa en el extremo occidental de la extensión de tierra que un día se conocería como Cuba, y solo podía accederse a ella por dos lugares: la laguna occidental y una ensenada en el extremo norte, que Macu y sus amigos habían logrado cruzar con su canoa entre bancos de arena pedregosos hasta tocar tierra finalmente en una minúscula playa. Desde allí, un sendero discurría por un tupido bosque y llevaba a un poblado animado y bullicioso donde los niños jugaban, las mujeres removían sus guisos en los cazos y los hombres trabajaban en los cobertizos donde secaban el tabaco.
Macu avanzó por el asentamiento y enfiló en dirección a la playa seguido por un bullicioso grupo de personas. Pero no hacía caso de sus parloteos; él se limitaba a apretar los puños y a jurar para sus adentros que tendría su venganza. Caminó con determinación por las arenas blancas y calientes, espantando a su paso a garcetas y pelícanos; los hombres, que estaban ocupados reparando canoas y redes, levantaban la vista sorprendidos. Los niños desnudos que extraían almejas de las aguas tranquilas y templadas de la laguna seguían con curiosidad el paso de aquel extraño.
Macu era de piel tostada, robusto, musculoso, y su cuerpo estaba cubierto de cicatrices, de símbolos y tatuajes. Sus largos cabellos negros estaban sueltos, lo que significaba que no estaba casado, y, aparte del taparrabos de fibra de palma entretejida, llevaba numerosos collares y amuletos para protegerse. El tatuaje de su clan que lucía en la frente lo delataba como extranjero. El grupo que le seguía bajo el cálido sol tropical, dando traspiés por la amplia franja de arenas que separaba la laguna verdosa de la exuberante jungla del interior, estaba formado por los jóvenes que le habían acompañado desde la isla de la Media Luna y por unos pocos lugareños que habían abandonado sus tareas porque intuían que aquella tarde habría diversión.
¡Un hombre mostraba interés por la pobre y sencilla Tonina!
Las buscadoras de perlas estaban concentradas en el extremo de la playa, donde un acantilado se alzaba frente al mar. Sus edades iban de los doce a los veintitrés años, y sus cuerpos oscuros relucían por el agua de mar. Estaban descargando las redes de ostras de sus canoas entre risas y bromas, y echaban las conchas sobre la arena, a la sombra de los cocoteros. Aunque Macu nunca había visto a la joven a la que quería desafiar, enseguida supo quién era.
—No es guapa —le había dicho su hermano—. En realidad, es bastante fea. —Y luego la describió, de modo que en aquel instante los ojos de Macu fueron directos a la joven con falda de hierba llamada Tonina.
Su hermano tenía razón. Aunque Tonina llevaba los cabellos sueltos y decorados con numerosas conchas, y aunque en su rostro y sus brazos llevaba pintados una miríada de símbolos y dibujos blancos, no era atractiva. Con razón no se había casado. En ella todo estaba mal. Tenía la piel demasiado clara, las caderas demasiado estrechas, la cintura demasiado fina y, por todos los dioses, Awak tenía razón, era alta. De no ser por sus pechos, dorados y húmedos aún, habría pensado que era un hombre.
Macu saludó cordialmente con una mano y dijo:
—¡Hola!
Las jóvenes se volvieron y, al ver a aquel mozo tan atractivo, adoptaron enseguida una actitud coqueta.
Al principio, Tonina no prestó atención —los hombres nunca la miraban—, hasta que comprobó con sorpresa que aquella sonrisa encantadora iba dirigida a ella. Se preguntó por qué le sonreía; ella no sabía que aquel era el hermano del joven al que había superado en una carrera a nado hacía unos días.
Mientras observaba a aquella joven sencilla y alta, Macu pensó en su astuto plan para desquitarse por lo que le había hecho a Awak. Su plan incluía el fantasma de un viejo monstruo marino.
Todas las islas cercanas conocían la leyenda de la bestia que dormía en una zona prohibida de la laguna de la isla de la Perla, cerca de donde la barrera de arrecife se abría y las aguas tranquilas se encontraban con un mar agitado. Se decía que el esqueleto de un enorme monstruo marino yacía en el fondo marino y que su fantasma rondaba por aquellas aguas.
Nadie nadaba allí, nunca.
Macu no había crecido en la isla y por eso no temía al espíritu del monstruo. Sin embargo, sabía que Tonina se había pasado la vida oyendo hablar del fantasma y que le aterraría la idea de nadar cerca. Bajo el cálido sol de la tarde, mientras los vientos alisios susurraban entre las palmeras y las gaviotas volaban en círculos en lo alto, Macu interpretó su papel a la perfección.
—¿Eres la que llaman Tonina? —preguntó.
Tonina sonrió con timidez, porque no estaba acostumbrada a recibir las atenciones de los hombres. A los chicos no les gustaban las jóvenes más altas que ellos, pero Macu tenía su misma estatura, así que quizá no le importaba.
Mientras las buscadoras de perlas los rodeaban con curiosidad, Macu se presentó y alardeó de su habilidad y pericia en la pesca con arpón, como era costumbre al iniciar el cortejo. Exageró sus proezas, preparando con tiento su trampa. En el ritual de cortejo de las islas cada miembro de una potencial pareja debía demostrar sus habilidades.
Satisfecho por su inteligencia, Macu clavó sus ojos en Tonina y dijo:
—¿Te atreverías a nadar conmigo hasta el lugar encantado y traer uno de los huesos del monstruo?
—¡Guama! ¡Hay un mozo de la isla de la Media Luna que está interesado en Tonina!
La abuela de Tonina, que estaba en la choza del tabaco, liando hojas para hacer puros, levantó la vista, sobresaltada.
—¿Qué? ¿Un mozo? ¿Estás seguro?
—Están en la laguna. ¡Y la ha desafiado a una carrera!
Guama pestañeó. ¿Un mozo interesado en su nieta? Tonina tenía veintiún años y aún no se había casado. Cada primavera, cuando los jóvenes y los hombres de las otras islas iban a la isla de la Perla a buscar mujer, pasaban por alto a Tonina. ¿Quién era ese joven de la isla de la Media Luna que de pronto demostraba interés? ¿Había sucedido por fin lo imposible?
Guama rezó para que así fuera. La joven debía casarse, de otro modo ¿qué tipo de vida le esperaba? Sin hijos que criar, sin un marido para quien cocinar, ¿qué sentido tenía la vida de una mujer? Tonina era una excelente buscadora de perlas, de las mejores, pero las buscadoras de perlas no duraban mucho.
Mientras seguía al pequeño hasta la playa, Guama recordó la competición a nado de hacía unos días, cuando Tonina superó a todos los chicos, aunque Guama siempre le decía que había que dejarles ganar. Por desgracia, Tonina había sido maldecida con una sinceridad inflexible que no le permitía hacer trampas.
—¿Qué tipo de carrera? —preguntó Guama con recelo.
—Nadar hasta los huesos del monstruo del mar.
—¡Guay! —exclamó la anciana, expresando su disgusto con una palabra que, en la lengua de los isleños, transmitía dolor, sorpresa o inquietud. Y corrió, tan rápido como le permitieron sus viejas piernas.
Para sorpresa de Macu, Tonina aceptó el desafío.
Los curiosos se inquietaron. Celebraban competiciones de profundidad y resistencia a diario; las aguas profundas, la violencia del oleaje y la resaca no asustaban a los isleños, pero nadar en aguas encantadas era otra cosa. Macu esperaba que Tonina rechazara el desafío y le diera de ese modo la victoria.
Pero lo que Macu no sabía era que Tonina no temía a los monstruos marinos ni sus fantasmas. En el mar, nada la asustaba. Macu no sabía qué hacer. Todos los ojos estaban puestos en él; debía tomar una decisión. Él había planteado el desafío, no podía echarse atrás, así que no le quedó más remedio que seguir adelante con aquella competición en la que no esperaba participar.
Su ira volvió a encenderse, pero sonrió y disimuló.
—¡Muy bien! —dijo.
Tonina llevaba la falda de hierbas que las nativas utilizaban cuando empezaban a menstruar. Se la quitó y se quedó vestida únicamente con el sencillo delantal, sujeto por una cuerda en torno a su cintura. Mientras seguía a Macu hasta el agua, la multitud observaba inquieta. Nadie se había acercado nunca a los huesos del monstruo. ¿Volverían Macu y Tonina con vida?
Guama llegó demasiado tarde. Impotente, se quedó en la playa, viendo cómo los dos se zambullían y nadaban hacia el arrecife.
Los cabellos blancos de Guama estaban recogidos en un intrincado moño, anudados con cuerda de fibra de palma, pero unos largos mechones se habían soltado y, movidos por la brisa tropical, azotaban su rostro. La mujer se apartó los cabellos sin quitar los ojos de los nadadores, temiendo que aquella fuera la señal fatal. La señal que llevaba seis días esperando, desde que los delfines habían llegado. Por eso se preguntó, y no por primera vez, si el hecho de que Tonina siguiera soltera no sería un mensaje de los dioses; si nunca estuvo destinada a quedarse en la isla.
¿Por eso los dioses habían sido tan crueles con ella? ¿Por eso la habían creado de forma que resultara desagradable a los ojos de los hombres? Aunque Tonina era pronta a la risa y tenía un espíritu afable y confiado, su piel tenía un desafortunado tono dorado, sus extremidades eran largas y las caderas estrechas. A lo largo de los años, Guama había intentado adaptar a su nieta de adopción a los cánones de belleza de la isla: había frotado su piel con jugo de tabaco para oscurecerla, la había engordado con raíz de yuca para que fuera más rolliza. Pero el moreno del tabaco se iba, y la grasa enseguida desaparecía. Cada año, en el barbicu que celebraban para escoger esposa, ningún hombre miraba a Tonina, y por eso seguía llevando el cinturón de conchas de cauri de las doncellas. En las más jóvenes aquello era un símbolo de honor que no debía quitarse hasta la noche de bodas… pero al llegar a cierta edad, el cinturón de la pureza se convertía en símbolo de vergüenza, porque era como cantar a los cuatro vientos que a los veintiuno seguía siendo virgen, que ningún hombre la quería.
Guama miró hacia el acantilado que se elevaba por encima de la laguna y vio a su marido en lo alto, buscando señales en el viento, el cielo y el mar, buscando indicios de la llegada de huracanes. Era un anciano barrigón, con su taparrabos de fibra de palma y el cuerpo color marrón nuez cubierto con los símbolos de su oficio sagrado; era el hombre más importante de la isla, más incluso que el jefe.
Era imposible saber cuándo se acercaba un huracán, imposible prepararse, esconderse; por ello estos vendavales habían hecho desaparecer tribus enteras. Pero la isla de la Perla había sido bendecida con un hombre que descendía de un largo linaje de guardianes de tormentas, hombres con la habilidad de intuir la llegada de un huracán más allá del horizonte, de saber lo fuerte que sería y cuándo tocaría tierra.
Sin embargo, Guama vio que la atención de su marido no se centraba en el horizonte, sino en los jóvenes de abajo. Y cuando vio la persistencia con que miraba, supo que era por los delfines.
Desde entonces, los habían visto jugueteando al otro lado del arrecife; Guama y Huracán habían estado buscando señales y portentos que les ayudaran a entender la voluntad de los dioses. ¿Querían recuperar a Tonina? ¿Su estancia en la isla era solo temporal? Y, se preguntó Guama con un temor repentino, ¿estaban a punto de arrebatársela ahora que nadaba hacia las aguas tabú?
La laguna era profunda y cálida, con suaves corrientes y un agua cristalina que dejaba ver el fondo arenoso, donde habitaban erizos y estrellas de mar. Tonina y Macu nadaron el uno al lado del otro sin decir palabra. La playa quedaba atrás, el arrecife de coral estaba cada vez más cerca. La acción de las olas era más fuerte, y habían aparecido lechos de algas. Espoleado por la ira, Macu se adelantó, buscando en su cabeza la forma de humillar a aquella joven que se consideraba mejor que los hombres. Se sumergió bajo las algas y reapareció enseguida por el otro lado.
Tonina dejó de nadar y se mantuvo a flote agitando las piernas mientras lo observaba. Estaba recordando las numerosas ocasiones en que Guama le había aconsejado que dejara ganar a los jóvenes en las competiciones. Esta vez decidió hacerle caso. Le gustaba la sonrisa de Macu y las atenciones inesperadas de aquel hermoso desconocido despertaban nuevas emociones en su corazón. Quizá, si le dejaba ganar, volvería a la isla de la Perla y la cortejaría hasta que se casaran.
Entonces sería como los demás y por fin la aceptarían.
Finalmente, se sumergió y desapareció de la vista. Pero en vez de pasar bajo el lecho de algas para seguir en dirección a las aguas encantadas, nadó hacia una zona iluminada por el sol en el arrecife lleno de vida.
Allí, Tonina nadó con alegría, acompañando a los bancos de peces de colores que se movían veloces aquí y allá. Flotó ociosamente sobre corales y lechos de esponjas, y sonrió a un pez dorado que pasaba por allí. De pronto, se sentía feliz. ¡Macu la había mirado, la había elegido! Y ella, que había sido una marginada toda su vida y se avergonzaba de su escaso atractivo, conocía por fin la felicidad de recibir las atenciones de un hombre.
Se puso boca arriba en las plácidas aguas y miró hacia la superficie, donde los rayos del sol jugaban y relucían. Dejaría pasar otro instante, luego nadaría al otro lado del lecho de algas y saldría ante Macu, y le dejaría ganar.
Macu había llenado sus pulmones de aire antes de sumergirse. Ahora, ante sus ojos, veía un mundo maravilloso. El coral vivo bailaba y se ondulaba bajo un sol tamizado y veía pasar veloces a los peces de colores. Ante él vio el inmenso esqueleto, levemente iluminado por la luz que se filtraba en el agua, y sintió un apretón en los intestinos. El monstruo existía de verdad. ¡Y era enorme! Se acercó nadando con cautela. La columna del gigante yacía en el fondo arenoso y sus costillas se curvaban hacia arriba adoptando extrañas formas. Curiosamente, los huesos eran marrones.
El miedo de Macu se convirtió en curiosidad y le hizo acercarse. Colocó las manos sobre una costilla. ¡Era de madera!
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Aquello no era una criatura marina, sino una canoa de dimensiones increíbles. Pero no era una canoa ahuecada como la de los isleños. Aquella estaba hecha con piezas de madera independientes que luego se habían unido, como había visto en algunas canoas de guerra. Sin embargo, aquella no se parecía a ninguna de otras islas que él conociera. ¿Quién la había hecho? ¿Cuándo se había estrellado contra el arrecife?
Vio un destello en la arena. Parecía una medusa, y sin embargo tenía una extraña forma y estaba cubierta de cicatrices de un intenso verde y azul. Macu la cogió y descubrió que era dura como la roca, pero transparente.
Empezó a sentir una fuerte presión en los pulmones. Había llegado la hora de volver a la superficie. Una corriente lo envolvió y Macu dejó que llevara su cuerpo hacia el costado de la embarcación. Cuando vio aquella temible cabeza que se alzaba sobre él al final de un cuello largo y arqueado, con las fauces abiertas, mostrando sus dientes afilados, comprendió que en realidad sí estaba ante un monstruo marino.
Invadido por una repentina sensación de pánico, trató de huir. Sujetando aún el objeto que había recogido del fondo arenoso, nadó ciegamente al interior del lecho de algas. Agitó brazos y piernas, tratando de respirar y con un intenso dolor en el pecho, pero quedó atrapado en la densa maraña de algas.
Guama observaba desde la playa, tensa y nerviosa. Qué necedad que el joven hubiera desafiado a Tonina a nadar por las aguas tabú. Y qué ingenuo por parte de Tonina haber aceptado. Guama sabía que su nieta no tenía miedo del mar y, si bien era cierto que estaba bajo la protección de los delfines, todo tenía un límite.
Cuando vio que Tonina salía a la superficie en el extremo del lecho de algas, suspiró con alivio. Pero Macu aún no había salido. El tiempo pasaba, y de pronto Tonina volvió a sumergirse.
Tonina encontró a Macu enredado entre las algas, inconsciente, flotando con los ojos abiertos y fijos, el pelo ondeando suavemente con las aguas. Tonina lo liberó de las hojas y los zarcillos que lo atrapaban y lo arrastró a la superficie; luego nadó de vuelta a la orilla, llevándolo consigo.
Guama estaba esperando; era una experta en ahogamientos. En cuanto arrastraron a Macu hasta la arena, ella se arrodilló y apoyó las manos en su pecho. No respiraba, pero el corazón aún latía. Lo empujó para que quedara de costado y le golpeó la espalda con el puño. Luego le abrió la boca, le echó el mentón hacia abajo y volvió a golpearle en la espalda. Gritó los nombres de varios dioses, invocando su misericordia y su poder, mientras todos esperaban en un angustioso silencio.
El tercer golpe en la espalda le hizo toser. El cuarto hizo que expulsara agua por la boca y tosiera, tratando de respirar.
Cuando sus amigos le ayudaron a levantarse, todos se apartaron para dejarles pasar; luego, miraron en silencio cómo se alejaban por la playa dando traspiés. Entonces los jóvenes isleños se volvieron para mirar a Tonina, que también respiraba con dificultad y chorreaba agua de mar.
Lentamente, empezaron a retroceder. Tonina había nadado por las aguas tabú. El monstruo marino había tratado de reclamar a Macu pero Tonina le había desafiado.
Guama vio con pesar que su gente se apartaba de Tonina haciendo signos de protección en el aire, y supo que aquella era la señal que había estado esperando, que había llegado el momento de que la joven dejara la isla. Aquella preciosa niña que había llevado la alegría a su casa.
Mientras todos volvían al poblado, Tonina, como había hecho tantas veces desde hacía años, desapareció en la jungla para estar sola. El sol se estaba poniendo y en la playa empezaba a refrescar. Guama ya se iba cuando los dedos de su pie notaron algo duro en la arena. Bajó la vista y vio una medusa muerta, encogida. Frunció el ceño. No, no era una medusa. La recogió y le limpió la arena.
El objeto aún estaba mojado. Seguramente habría llegado a la playa con Macu y las algas. No sabía qué podía ser. Era duro, pero no era ni de piedra ni de arcilla. Era transparente, con intensos colores que lo surcaban, de tal manera que parecía una burbuja de agua petrificada con una planta aprisionada en el interior. Y sin embargo sus formas le resultaban familiares, porque el objeto reposaba en su mano como un mate.
Guama no sabía que aquel asombroso material transparente se llamaba cristal, ni que había sido soplado y hecho a mano en el otro extremo del mundo, en una tierra con un clima frío llamada Alemania. No imaginaba que la copa había pasado de un amo a otro hasta convertirse en la preciada posesión de un explorador de barba roja que lo llevó consigo en su barco (con un mascarón en forma de dragón) a un nuevo hogar llamado Vineland.
Guama no sabía nada de todo esto, ella solo sabía que Macu apretaba en su mano aquel extraño recipiente cuando Tonina lo llevó a la orilla. Y, puesto que todo sucede por alguna razón —Guama estaba convencida de ello—, intuyó que el objeto estaba ligado de algún modo al destino de Tonina. Por eso decidió conservarlo y entregárselo a su nieta.
Pero, cuando echó a andar hacia el poblado, Guama suspiró con tristeza y por enésima vez se recordó a sí misma que en realidad Tonina no era su nieta. No era la nieta de nadie.
Tonina ni siquiera era humana.
Aquel era el lugar favorito de Tonina cuando quería estar sola, una zona rocosa cubierta de mangles. Pocos eran los que visitaban aquel remoto lugar, porque no tenía playa, y con los años había acabado por convertirse en su refugio.
Allí era donde, hacía veintiún años, había empezado su vida en la isla de la Perla.
El esposo de Guama, Huracán, había avistado un par de delfines que parecían estar jugando con algo. Un pequeño objeto marrón se mecía entre ellos, mientras saltaban y volvían a caer en el agua, gritando y chillando, como si trataran de llamar la atención del avistador de tormentas. Bajó precipitadamente a la orilla lóbrega y vio que los delfines guiaban el objeto hacia tierra; entonces, como si hubieran decidido que la corriente podía hacer el resto, dieron un último salto en perfecta sincronía y se alejaron mar adentro.
Cuando el objeto estuvo más cerca y quedó atrapado entre las raíces nudosas de los mangles a Huracán le pareció oír llorar a un animal. Se metió en el agua y vio que el objeto que se mecía en ella era una canasta impermeable con una tapa; la criatura que había dentro gimoteaba. No acababa de fiarse, pero la curiosidad hizo que siguiera acercándose, hasta que reconoció el llanto de un bebé.
Levantó con cuidado la cubierta de la canasta, miró y vio que una criatura, envuelta en una tela bordada, berreaba, con el rostro enrojecido y arrugado. Huracán volvió corriendo al poblado con su precioso descubrimiento y lo llevó directamente a Guama. Ella sabría qué hacer. Había parido seis hijos, y había sobrevivido a los seis. Desde que la última hija que les quedaba había muerto, Guama solo quería dormir y no volver a despertar. Entonces le pusieron a aquella criatura llorona en los brazos y fue como si volviera a la vida.
Llamaron a la pequeña Tonina, que en la lengua de las islas significaba «delfín» y, como su piel no era oscura como la de los demás isleños sino del color de la arena dorada, para sus adentros Huracán y Guama creyeron que era la hija de un dios marino. También creían que los dioses, en su misericordia, les habían enviado a la pequeña para que les brindara consuelo en su vejez.
Sin embargo, cuando la niña empezó a crecer, su extraña apariencia hizo que la gente se hiciera preguntas, y no tardaron en convertirla en una marginada. Los niños le gastaban bromas crueles, le decían que su familia la había tirado al mar porque no querían una niña tan fea.
El misterio siempre había formado parte de su vida. Por ejemplo, ¿cuál era el significado del amuleto que llevaba alrededor del cuello cuando Huracán la encontró? ¿Quién se lo había puesto, a qué gentes la vinculaba? Tiempo atrás, Guama había tejido una pequeña funda de fibra de palma para cubrir el amuleto, de modo que nadie lo había visto, aparte de ella y Huracán. Ni siquiera Tonina, aunque le habían dicho que la piedra mágica era de un intenso rosa, translúcido si lo mirabas a la luz del sol, con símbolos mágicos. Guama le había dicho que no debía sacarlo de su funda hasta que no sintiera que había llegado el momento. Y ella había tenido la tentación de mirar muchas veces, pero se había contenido. Aquel talismán de un «extraño material y misteriosos grabados» solo habría servido para aislarla más de los demás.
También estaba la curiosa tela que cubría el cuerpo del bebé, de delicioso algodón, un material raro en las islas. Otra conexión con gente desconocida.
Pensó en Macu. Tonina no se había enamorado tanto de él como de lo que representaba: la posibilidad de pertenecer por fin a un lugar, como siempre había soñado. Si se casaba con Macu tendría un sitio en la tribu, se relacionaría con otra gente, no volvería a estar sola.
Cuando se puso en pie, su mano rozó la cuerda de fibra que colgaba de su cintura, con conchas de cauri ensartadas, símbolo de su virginidad. Le colocaron el cinturón cuando empezó a menstruar, y se quedaría allí hasta la noche de su boda, cuando el marido ejerciera el privilegio de retirarlo.
Tonina levantó la cuerda de cauríes a la escasa luz y se preguntó con pesar si algún día alguien se lo quitaría.
En el otro lado de la isla, un grupo de jóvenes estaban sentados en silencio en torno a una hoguera, de mal humor. Las llamas iluminaban sus rostros chatos y morenos, mientras intentaban no pensar en la oscuridad.
Un suceso místico había tenido lugar, un suceso relacionado con monstruos marinos y casi una muerte, y cada uno de ellos, en su simplicidad, trataba de encontrarle un sentido. Macu se había ahogado, Tonina lo había llevado a la orilla. Y la anciana lo había devuelto a la vida. ¿Había intentado el fantasma del monstruo marino robar el alma de Macu? Ante aquel misterio insondable, los jóvenes no tenían palabras.
En cambio, a Macu no le interesaba el sentido místico de haber estado a punto de morir y haber vuelto a la vida. Él había ido a la isla para dar una lección a aquella muchacha, pero también había acabado humillado.
Sus pensamientos eran negros. Durante toda la velada, mientras cocinaban y comían el pescado, con cada amargo bocado los malignos pensamientos de Macu habían ido en la misma dirección: tenía que castigar a Tonina.
Guama cogió la pequeña canasta, que estaba sujeta al techado de la choza, en el mismo sitio donde había estado durante veintiún años, y la dejó con delicadeza en el suelo.
Había llegado el momento de decir adiós.
El problema era: ¿cómo lograr que Tonina abandonara la isla de la Perla?
Guama sabía que podía ordenarle que se fuera, pero eso sería tan triste como la muerte. Y cuánta desdicha para la joven…, tener que abandonar su hogar, expulsada sin saber muy bien por qué, por mucho que ella le explicara que esa era la voluntad de los espíritus de los delfines.
Tenía que inventar una excusa, algo que mitigara el dolor de Tonina por tener que partir.
Miró la pequeña canasta que había surcado los mares, la tela doblada del interior, y tuvo una idea. Un engaño…
La anciana se estremeció. Sabía que la isla de la Perla no era el límite del mundo, ni siquiera el centro del mundo. Por el norte, el este y el sur, cientos de islas salpicaban el mar. Muchos de los suyos habían partido hacia estas islas, donde la gente vivía de forma muy parecida, con pocas variaciones en la vestimenta, la lengua y la religión. Sin embargo, hacia el oeste…
Volvió a estremecerse y rezó en silencio a Lokono, el espíritu de todas las cosas.
Hacia el oeste estaba lo que llamaban la Costa Firme. La gente decía que no era una isla, sino una extensión de tierra que no tenía fin. Otros decían que en aquel lado oculto había otro mundo, en el que la gente vivía en los árboles, caminaba cabeza abajo o paría por la boca.
Si bien era cierto que los dioses del mar habían llevado a Tonina hasta ella, y aunque su parte supersticiosa y religiosa quería creer que la niña era hija de los dioses, su práctica mentalidad de mujer le decía que Tonina había nacido de una mujer. El amuleto y la tela que la envolvían lo demostraban. Pero ¿por qué esa madre había dejado al bebé al cuidado de los dioses del mar? Aquello era un misterio que no lograba entender. ¿La pequeña era un sacrificio? Y, de ser así, ¿qué le sucedería a Tonina si regresaba?
¿La sacrificarían una segunda vez?
Guama cerró los ojos y rezó en silencio. «Gran Lokono, guíame.»
—Guama —dijo una voz suave.
A la mujer el corazón le dio un vuelco, porque pensó que era un dios quien le hablaba. Pero cuando abrió los ojos, vio a Tonina en la entrada.
—¡Estás aquí! Ya sabes que no debes salir sola por la noche, niña —le dijo.
Nadie se aventuraba a salir cuando oscurecía, porque los espíritus y los fantasmas rondaban por doquier.
Las facciones de Tonina estaban recién pintadas, como las del resto de isleños, con símbolos y hermosos dibujos. Pero las pinturas no podían ocultar su fealdad. Sí, pensó Guama con resignación, sin duda los dioses la habían hecho así a propósito, para que no atrajera la mirada de ningún hombre. Por eso aún estaba sola y era libre de volver al mar.
Era el momento de decir su mentira.
—Tonina, tu abuelo está enfermo. Muy enfermo, aunque lo oculta a los demás.
Tonina miró a su alrededor en la amplia choza y a la luz de una antorcha vio a su abuelo dormitando en su hamac. Los ojos de Tonina se abrieron por el miedo.
—¿Se está muriendo?
Guama bajó la voz.
—No ahora, no hoy. Gozará de buena salud hasta que un día sus ojos no vuelvan a abrirse.
—¿No puedes curarle?
Guama era famosa por su conocimiento de las hierbas curativas y los amuletos.
—No tenemos en la isla la medicina que necesita. Pero he oído hablar de una planta… una flor roja con los pétalos así. —Formó una flor con las manos, uniendo las muñecas y curvando los dedos hacia dentro. La flor miraba hacia el suelo—. La flor no crece hacia arriba, hacia el sol —dijo Guama—, sino hacia abajo, hacia la tierra, como el platanillo que crece en nuestra isla.
—Quizá crece en un árbol —aventuró Tonina.
Guama sintió que la garganta se le secaba, porque aquel deseo de Tonina de ayudar la conmovió. En el exterior de la choza, la vida del poblado seguía como siempre, las familias se reunían en torno a las hogueras, los niños correteaban y jugaban, el grueso disco de la luna se desplazaba por el cielo.
—Dicen que sus pétalos contienen poderosos espíritus capaces de curar cualquier mal, de hacer desaparecer cualquier pesar.
—¿Y dónde se encuentra esa flor?
—En la Costa Firme.
Tonina calló. La Costa Firme era algo de lo que solo oían hablar en mitos y en historias temibles.
—¿Cómo la conseguiremos? —preguntó, y se imaginó al jefe de la tribu eligiendo un grupo de fuertes remeros y enviándolos en sus canoas más resistentes.
Guama cogió a Tonina de las manos.
—¿Has visto los delfines que jugaban en el agua, más allá del arrecife?
Tonina sonrió. Había nadado hacia ellos, para hablarles y nadar a su lado.
—No están aquí por azar, Tonina. Traen un mensaje: que tú partas hacia la Costa Firme, que encuentres la flor mágica y la traigas contigo.
Tonina la miró perpleja.
—¿Yo, abuela? ¿Estás segura?
—El mensaje es muy claro.
Guama clavó sus ojos cansados en aquella joven que le sacaba una cabeza y a quien los demás consideraban fea, aunque a ella le parecía hermosa.
—Cuando regreses, todos te querrán por lo que has hecho. Salvar la vida de Huracán significa salvar a la gente de la isla —dijo en voz baja—. Se hablará de esta hazaña durante años. Tu nombre será elogiado en torno a cada fuego. Este año se conocerá como el año en el que Tonina salvó la isla de la Perla.
Este año se conocerá como el año que Tonina regresó al mar.
Guama estiró el brazo para tocar el rostro de aquella joven a la que quería más que a su vida, aquella niña que tantas alegrías le había dado cuando era una madre con el corazón destrozado.
—Y entonces los hombres te mirarán y te dirán que eres hermosa.
Tonina trató de no demostrar miedo. ¡La Costa Firme! Le aterraba la idea de marcharse de la isla, viajar por el ancho mar y poner pie en aquella tierra desconocida. Pero su abuelo la necesitaba.
—Iré —dijo.
Aunque Guama ya sabía que Tonina aceptaría el desafío, su corazón se partió en pedazos. Por siempre más, aquella noche quedaría en su memoria como la peor de su vida.
—Como bien sabes, las grandes tormentas descansan entre el solsticio de invierno y el de verano. Es entonces cuando debes volver, Tonina. Cuando celebremos el equinoccio de primavera esperaremos tu regreso, antes de que se inicien las grandes tormentas.
Faltaba solo un mes para el solsticio de invierno y Tonina supo que el tiempo apremiaba. Apretando las manos viejas de su abuela, dijo con apasionamiento:
—Te prometo que regresaré con la flor curativa. Rezaré para que los espíritus de los delfines me ayuden.
—¡Hermano! —exclamó Awak, que llegó corriendo al campamento de la pequeña ensenada y despertó a sus amigos—. Ha pasado algo.
Todos se restregaron los ojos y escucharon mientras Awak hablaba de la flor roja mágica y de la misión de Tonina.
—Se están congregando en torno a la laguna; la gran canoa partirá pronto.
Macu vio enseguida su oportunidad. Demostraría a todos que él era superior. Él regresaría con la flor mágica. Y su humillación en la laguna quedaría olvidada.
Y Tonina. Porque ella no regresaría.
Guama y Huracán mantuvieron su engaño en secreto, pensando que, si su mentira provocaba la ira de los dioses, el castigo recaería únicamente sobre ellos.
Al amanecer, toda la tribu se reunió para presenciar un acontecimiento que se recordaría durante generaciones. Los veinte hombres elegidos para remar en la gran canoa parecían entusiasmados por aquella aventura. No iban hacia una simple isla, sino ¡a la Costa Firme!
Veintiún años atrás, cuando sacó la canasta de los bajíos, Huracán estudió los vientos y las corrientes y llegó a la conclusión de que la pequeña canasta había sido arrojada al mar desde la costa sur de la Costa Firme, quizá desde una tierra que se llamaba Quatemalán. De ahí era de donde Tonina venía, allí era donde encontraría a su gente. Y por tanto, allí era donde habían dicho que crecía la flor.
Mientras esperaban en la concurrida playa, bajo las primeras luces del alba, y las mujeres colocaban las provisiones en la gran canoa, Guama observó a la jovencita que el mar les había entregado un milagroso día. Y desde entonces, pensó la mujer, Tonina nunca se había alejado del agua, nunca había dejado de ver el mar. Lo llevaba en las venas. ¿Cómo sobreviviría en una tierra que no tenía fin?
Las mismas preguntas atemorizadoras se le habían ocurrido a Tonina. Pero ¿ir a un lugar desde donde no podría ver el mar? No, no debía pensar en ello, tenía que concentrarse solo en la misión sagrada para la que la habían escogido.
Mientras supervisaba cómo cargaban agua y comida en la canoa, Huracán también estudió a su nieta. Allí en pie, entre los isleños, ya no parecía una de ellos sino una extraña, como si la transformación ya hubiera empezado.
Era por la ropa.
Mientras trataba de pensar alguna forma de proteger a Tonina una vez llegara a la Costa Firme, Huracán recordó a un comerciante taíno que visitaba la isla con regularidad para cambiar algodón por perlas. El hombre le había hablado de las extrañas costumbres de la Costa Firme. «Llevan mucha ropa —había dicho—, sobre todo las mujeres. Son criaturas recatadas. Y es tabú que muestren los pechos.»
A Huracán esto le preocupaba, porque aquella diferencia en el atuendo enseguida delataría a Tonina, y quién sabía lo que aquellos salvajes harían a los forasteros. Así que explicó el problema a Guama, y esta lo solucionó con las hamacs de fibra de palma que los isleños utilizaban para dormir. Con ayuda de unas conchas afiladas, cortó y cosió dos hamacs de forma que consiguió una blusa amplia que colgaba por encima de una falda hecha también con una hamac. A espaldas de Tonina, las otras mujeres se reían. Decían que parecía un pez gigante atrapado en una red.
Mientras observaba a los hombres que cargaban pez salado y secado al sol, carne curada de tortuga y dulces elaborados con pasta de yuca, recordó otras historias que el comerciante le había contado. «Los salvajes que viven en la Costa Firme no son como nosotros. Los hombres se mutilan los genitales como muestra de valentía. Atraviesan sus miembros con pinchos y fibras para que con los años adquieran un aspecto granuloso y deformado.»
Huracán apartó de su mente aquellas ideas impensables y se aseguró de que los hombres estuvieran preparados para defenderse. Los habitantes de la isla de la Perla no eran guerreros y sus armas eran unas sencillas lanzas de madera y cuchillos de piedra. Huracán se aseguró de que a estos añadieran varas y unos pocos arcos y flechas.
Finalmente, llegó el momento de partir. Guama entonó unas plegarias a Lokono mientras pintaba en los brazos y el rostro de Tonina signos que la protegieran. Luego le entregó el recipiente hecho de transparencia.
Cuando cerró los dedos de Tonina en torno al frío cristal, Guama sintió el extraño poder de aquel objeto. No podía saber que en aquel importante día en el que Tonina dejaba la isla de la Perla, en el país de donde procedía el vaso aquel ciclo estacional se conocía como año del Señor de 1323. No sabía que, en ese país, al otro lado del mar del este, los hombres de piel clara cubrían su cuerpo con cotas de malla y armaduras, y las mujeres con apretados corpiños y pesados vestidos. Guama nada sabía de reyes y ejércitos que luchaban con ballestas y caballos de batalla y que solo adoraban a un dios; no sabía que, dentro de doscientos años, esas mismas personas de piel clara llegarían a la isla de la Perla y, en nombre de su único dios, cambiarían la vida de los isleños para siempre.
Lo único que Guama fue capaz de decir en ese importante día, junto a la laguna, bajo el disco solar, fue:
—Este recipiente proviene del monstruo marino. Contiene un gran poder. Llévalo contigo, nieta amada, y él hará que vuelvas con nosotros.
La voz de Guama se quebró al decir la mentira, y sintió un agudo dolor en el pecho, pues vio la terrible soledad que sufriría en los días venideros.
Huracán puso una pequeña bolsita de perlas en la mano de Tonina y la miró con intensidad a los ojos.
—En la Costa Firme verás cosas asombrosas —le dijo—. Altas colinas llamadas montañas, corrientes que caen desde lo alto y se llaman cascadas. Cuando vuelvas —dijo con voz tensa—, nos hablarás de todas las cosas asombrosas que veas.
—Lo haré, abuelo —dijo Tonina, emocionada, asustada, preguntándose por qué Macu no había ido a despedirla.
Abrazó a la adorable pareja de ancianos, cuyas cabezas canosas apenas le llegaban a los hombros.
Antes de subir a la canoa. Tonina se inclinó, cogió un puñado de arena y lo metió en la bolsita medicinal, donde llevaba también un pequeño caracol de mar azul y el diente de un delfín, poderosos talismanes que la mantendrían unida a aquel lugar.
—Hoy y aquí te hago una promesa, abuelo querido, encontraré la flor y volveré para que puedas vivir muchos años y proteger de las tormentas a la gente de estas islas. Lo prometo por el espíritu de mi delfín tótem.
Miró a la gente que la rodeaba y vio la expresión de admiración de sus rostros. Por una vez, Tonina se sintió parte de aquella gente. Cuando volviera con la flor curativa, sería por fin aceptada.
Mientras su nieta se despedía abrazando a unos y a otros, Huracán se llevó a un aparte a Yúo, el jefe de los remeros.
—Debo decirte algo en secreto, sobrino —le dijo en voz baja—. Cuando lleguéis a la Costa Firme, acamparéis en la playa la primera noche. Cuando Tonina duerma, tú y tus hombres echaréis la canoa al mar y volveréis enseguida.
Por un momento Yúo pareció sorprendido, pero de pronto, al mirar a los ojos de su tío, comprendió.
—¿Encontrará a su gente? —preguntó, pensando qué extraño destino la esperaría.
Huracán meneó la cabeza.
—No lo sé. Yo he cumplido con mi deber. Ahora está en manos de los dioses. Su tiempo entre nosotros se ha acabado.
Cuando la canoa se alejó por la abertura del arrecife con sus veinte remeros y salió a mar abierto, con Tonina de rodillas en la proa, con el rostro al viento, Huracán se volvió a mirar al este y lanzó una exclamación de sorpresa.
Había estado tan pendiente de la partida de Tonina que había descuidado sus deberes como guardián de las tormentas. Una tormenta se estaba formando. Una gran tormenta. Una terrible tormenta.
Volvió a mirar hacia la pequeña y precaria canoa, con su frágil cargamento, y comprendió horrorizado que no tenía forma de hacerles volver, que no podía advertir a Tonina y a los hombres.
Se acercaba un huracán.
La isla de la Perla desapareció en el horizonte y la larga canoa, con sus veinte remeros, un capitán y una pasajera se quedó sola en alta mar. Las gaviotas ya habían dejado de seguirles, ya no oían el sonido de las olas contra las rocas. El eterno silencio de mar abierto los envolvía, interrumpido únicamente por el rítmico sonido de los remos. Tonina estaba arrodillada en la proa, con el rostro hacia el temible oeste, y miraba con los ojos entrecerrados a causa del reflejo del sol sobre las aguas agitadas.
El sol caía sobre las espaldas de los remeros; la espuma salada les salpicaba el rostro. Yúo y sus hombres, remeros natos, no conocían placer mayor que el de impulsar una embarcación a mar abierto. Sin embargo, mientras marcaba el ritmo con el tambor, Yúo se sentía lleno de pesar. Porque solo él sabía que la misión era un engaño, que debían abandonar a la nieta de adopción de su tío en la Costa Firme.
La gran canoa, cubierta de símbolos mágicos y bendecida por Lokono, el espíritu de todas las cosas, surcaba unas aguas que no tenían nombre pero que algún día se conocerían como canal del Yucatán. El viento venía del norte, la corriente del sur, y el mar se estaba encrespando. Pero Yúo y sus hombres eran fuertes y capaces, y remaron con destreza entre el oleaje. La embarcación, hecha con el tronco de un poderoso árbol que habían ahuecado con ayuda de las hachas y el fuego, era sólida y estaba preparada para recorrer grandes distancias. Pero en aquellas aguas eran frecuentes las tormentas repentinas, formadas por nubes oscuras que llegaban de pronto acompañadas de vientos huracanados que requerían toda la atención de los remeros. Así que Yúo estaba atento, y escrutaba el mar, toda la línea del horizonte.
De pronto lo vio…
Sus ojos se abrieron. Otra embarcación.
—¡Guay! —exclamó, asustado.
Los veinte remeros miraron al sur con nerviosismo. ¿Sería una canoa de guerra de la Costa Firme? Todos tenían en la cabeza los relatos sobre los feroces guerreros mayas que rondaban aquellas aguas, y remaron con todas sus fuerzas sin apartar los ojos de la canoa que se acercaba.
Entonces vieron con asombro que venía de la dirección de la isla de la Perla.
Cuando Tonina vio al capitán de la canoa, más pequeña que la suya, de pie en la proa y saludando, el corazón le dio un vuelco. ¡Macu!
Las islas de la Perla y de la Media Luna hacía tantos años que eran amigas que intercambiaban bienes y esposas, y Macu sabía que los hombres de la canoa de Tonina no esperarían un ataque. Macu saludó con gesto amistoso a la otra embarcación, mientras su hermano Awak y sus amigos permanecían ocultos en el vientre de la canoa, dejando a la vista solo a cuatro remeros. Estudió el viento y la corriente, y la velocidad de su canoa frente a la de la otra. Antes de colisionar, daría la señal para que sus hombres se levantaran y arrojaran sus flechas y lanzas.
Macu sonrió. Era un plan perfecto. Los veinte remeros de Tonina estarían muertos antes de que les diera tiempo a reaccionar. Y Macu asestaría personalmente el golpe fatal a la joven. Después, se adueñarían de las provisiones de la otra canoa, la hundirían y pondrían rumbo hacia la Costa Firme, donde la flor mágica les esperaba.
Yúo, que reconoció al joven de la canoa que se acercaba a gran velocidad, también saludó. A Tonina el corazón se le aceleró. ¿Qué hacía Macu allí? ¿Iba a escoltarla a la Costa Firme?
Cuando la pequeña canoa casi les había alcanzado, Yúo dio orden a sus hombres de que levantaran los remos. Macu sonrió, y dio la señal secreta para que los suyos se prepararan.
—¡Venimos a desearos buena suerte! —gritó Macu cada vez más cerca.
—Gracias —contestó Yúo, enseñando unos dientes blanquísimos en un rostro marrón oscuro—. Que los dioses nos bendigan a todos en este viaje.
Los dos grupos de hombres dejaron de remar y el día quedó en silencio. Solo se oían las olas que lamían los costados de las canoas. Cuando su embarcación se estaba alineando con la otra y estuvo lo bastante cerca para saltar, Macu se volvió para dar la orden de atacar. Pero, cuando abrió la boca, sintió un golpe en el muslo.
Bajó la vista sorprendido. Una flecha de fuego estaba clavada en su pierna.
En cuestión de segundos, una lluvia de flechas incendiarias cayó sobre la pequeña canoa. Los hombres de Macu se incorporaron, y contestaron con sus propias flechas y lanzas.
Tonina observaba la escena, desconcertada.
No sabía que su abuela había mantenido una conversación en secreto con Yúo antes de que partieran.
—No confío en ese joven que se llama Macu. Cuando Tonina le salvó la vida y sus amigos se lo llevaron de la playa, vi que miraba atrás. Sus ojos estaban llenos de maldad.
—Estaremos preparados —le había asegurado Yúo.
Sí, ya sabía lo que había que hacer. Tonina, que iría en la proa oteando la orilla occidental, no se daría cuenta de que en la popa de la larga embarcación los hombres de Yúo estaban preparados para defenderse con flechas incendiarias. Las flechas estaban empapadas en savia inflamable, y las encenderían con las ascuas que llevaban para acampar en la Costa Firme. Una vez cayeran en la otra canoa, sería difícil apagarlas.
Cuando la canoa de Macu se acercaba, Yúo había estudiado la postura del joven, los rostros nerviosos de sus remeros, y vio que solo había cuatro, aunque era una embarcación para doce. Entonces vio a los hombres que se escondían; por eso pudo atacar primero.
Mientras en la canoa de Macu no dejaban de encenderse pequeños fuegos y algunos de sus hombres trataban de apagarlos con agua del mar, otros saltaron a la canoa de Tonina con cuchillos y hachas. De pronto los hombres luchaban cuerpo a cuerpo, gritando, golpeando, apuñalando. La canoa se tambaleaba peligrosamente. Tonina se aferró a los lados y sintió que un grito le desgarraba la garganta.
La corriente arrastró la pequeña canoa humeante, mientras los hombres que estaban atrapados trataban desesperadamente de apagar el fuego.
A través del humo Tonina vio el rostro de Macu, crispado por la ira, mientras golpeaba la cabeza de Yúo con un palo y le partía el cráneo. El sobrino de Huracán cayó y Macu pasó por encima, con la vara en alto, listo para golpear la cabeza de otro isleño.
Llena de horror, Tonina vio que la refriega era cada vez más furiosa y brutal, y el aire se llenaba de gritos de dolor. Había cuerpos flotando en la corriente, y la sangre se esparcía en todas direcciones.
La canoa de Tonina empezó a balancearse peligrosamente bajo los pies de tantos hombres que luchaban. Y entonces ocurrió lo impensable: la embarcación osciló peligrosamente y volcó, y Tonina y los hombres cayeron al agua.
Aunque Tonina se sujetó a la canoa, los demás nadaron frenéticamente hacia la otra canoa. Ya habían sofocado el fuego, y todos trataban de subirse. Olvidando el combate, los hombres ayudaban a subir a sus compañeros y a sus enemigos.
Mientras la corriente arrastraba la canoa de la isla de la Media Luna y los gritos de ayuda llenaban el aire, Tonina permaneció junto a la canoa volcada, agitando las piernas desesperadamente, tratando de ver si podía salvar a alguien. Era una buena nadadora y se sentía como pez en el agua, pero jamás había nadado cargando tanto peso. Aunque el fardo que llevaba a la espalda flotaba, las fibras de su ropa de hamac se habían hinchado y pesaban tanto que apenas podía mover las piernas. Se sujetó a la canoa con una mano y con la otra deshizo el nudo de la cintura; la pesada falda se soltó.
Primero nadó hacia un hombre de la isla de la Perla y lo llevó hacia la canoa. Pero cuando quiso poner su mano sobre el casco se dio cuenta de que estaba muerto. La mano cayó con flacidez y la corriente lo arrastró, con el rostro hundido en el agua.
Tonina nadó hacia otro hombre, y vio que, aunque aún estaba vivo, había perdido un brazo en la refriega. Mientras trataba de ayudarle a llegar a la canoa volcada, oyó gritos de pánico y, al volverse, vio que la canoa más pequeña se estaba hundiendo. Había demasiados hombres encima; gritaban, trepaban los unos encima de los otros. Tonina agitó los brazos tratando de llamar su atención. Su canoa era más grande y fuerte. Si lograban ponerla del derecho…
Entonces vio a los tiburones.
Oyó más gritos de los hombres que trataban de llegar a la canoa de Tonina, y gritos de terror, cuando las aletas empezaron a moverse entre ellos. El día estaba tomando un cariz terrorífico, los hombres agitaban brazos y piernas desesperados, chillaban, las aguas se teñían de rojo.
Cuando Tonina vio a Macu flotando inconsciente sobre la espalda, lo cogió y tiró de él. Con gran esfuerzo logró salir del agua y encaramarse a la canoa. Y subió a Macu con ella. Se quedó sentada, temblando, pendiente del casco inestable, abrazando con fuerza a Macu.
La canoa quedó entonces atrapada entre dos corrientes que la alejaron de los tiburones, y de la muerte. Llena de incredulidad, Tonina vio cómo la escena de la carnicería se alejaba y los supervivientes no podían llegar a ella. De treinta y un hombres, solo Tonina y Macu estaban sobre el casco de la canoa, a la deriva.
Tonina empezó a sollozar. Seguía sujetando a Macu, que estaba inconsciente, y los brazos le dolían. ¿Qué había pasado? ¿Por qué Macu y sus amigos les habían atacado? ¿Por qué, una vez más, tenía la vida de Macu en sus manos? Pegó el rostro contra el pelo frío y mojado del joven y lloró. No sabía si podría seguir aganrrándolo mucho más. Las fuerzas empezaban a fallarle. Se notaba los músculos muy doloridos. Escrutaba las aguas por si aparecían tiburones.
Y entonces apareció uno. Uno pequeño. Joven. Se acercaba con rapidez. Con un movimiento, sus mandíbulas se abrieron desmesuradamente y arrancó la pierna de Macu por debajo de la rodilla. El agua se tiñó de rojo. Tonina gritó. Mientras trataba de mantener las piernas fuera del agua, luchaba con todas sus fuerzas para subir a Macu más arriba.
Vio que la aleta giraba, que regresaba. Tonina sujetó a Macu con fuerza, pero en vez de pasar junto a la canoa, el tiburón se lanzó contra ella. El golpe hizo que Tonina se soltara. Macu cayó al agua y Tonina vio con horror que su cabeza se hundía en el agua y el tiburón lo cogía y se lo llevaba, dejando una estela de sangre.
Tonina se quedó mirando, aturdida. Estaba sola en el inmenso mar, bajo un cielo azul sin nubes, sin tierra a la vista, sin tan siquiera los cuerpos de los otros hombres. Sintió que sus músculos se relajaban; luego, la oscuridad cayó sobre ella.
Tonina soñó que cabalgaba a lomos de una bestia inmensa y gris.
Era el monstruo de la laguna, misteriosamente vivo, con sus gigantescos huesos cubiertos de carne y piel. Había ido a llevársela, y ahora viajaba a lomos de la bestia, agarrándose a su aleta dorsal mientras surcaban los mares.
Pero cuando despertó, se encontró en una playa desierta y se preguntó si en realidad no era un sueño y los espíritus guardianes de los delfines la habían protegido una vez más.
Se quedó tumbada, escuchando el oleaje, el viento en las palmeras, y mirando al cielo azul. Bajo su cuerpo notaba la arena seca y tibia. Pero sentía las piernas raras. Se incorporó sobre los codos, se limpió la arena y las algas de la cara y se miró.
Tenía las piernas desnudas. Entonces recordó que había abandonado la falda de hamac en el mar. Le resultaba extraño llevar las piernas descubiertas y la parte superior del cuerpo tapada, porque para ella lo normal era lo contrario: cubrirse las piernas y llevar los pechos desnudos. Era como si todo estuviera al revés, y se preguntó si no habría ido a parar a un mundo al revés.
Miró a derecha e izquierda, pero en la playa no vio otros supervivientes de la breve batalla que había acabado en tragedia. Tampoco había señal de la canoa ni de las provisiones. Pero aún llevaba a la espalda su fardo impermeable, y dio las gracias a los dioses por ello.
Se puso de pie con dificultad y giró sobre sí misma para contemplar aquel paisaje desconocido. No había ninguna laguna que separara la playa del mar, así que las olas rompían con violencia en la orilla. A su espalda, un bosque denso y verde se alzaba como un muro. Comprendió con desazón que no estaba donde debía. Según le había descrito su abuelo, en el lugar donde crecía la flor curativa había grandes acantilados escarpados y peligrosas cuevas de roca. Pero a su alrededor solo veía una playa extensa de arena blanca con palmeras. ¿Estaría al menos en la Costa Firme?
Se quitó el fardo de la espalda, lo abrió y examinó el contenido que Guama había preparado con tanto amor: pescado en salazón, coco y bayas secas, medicinas… y todo ello bien seco y conservado.
El recuerdo de su casa le hizo pensar en su tío Yúo y en su terrible muerte. La traición de Macu y los intentos desesperados de Tonina por salvarle. Se puso a llorar, pero enseguida se recompuso. No había tiempo para lamentos, ni para compadecerse de sí misma. Tras estudiar la posición del sol, decidió que el sur estaba a su derecha. Si seguía la línea de la costa, llegaría a la zona oriental, donde esperaba que creciera la flor roja.
Entre sus provisiones había un pequeño cuenco de coco que contenía la pintura blanca que los isleños utilizaban para cubrir sus rostros y sus brazos con símbolos de protección. Dedicó unos instantes a este menester, porque sabía que el mar habría borrado los que llevaba al salir de la isla y eso la hacía vulnerable a los malos espíritus y a la mala suerte.
Trazó líneas y círculos, puntos y líneas en zigzag en su frente, mejillas, nariz y barbilla, hasta que su rostro volvió a estar cuidadosamente protegido.
Luego se echó el fardo a la espalda y, tras rezar una plegaria por los hombres perdidos en el mar y otra en señal de agradecimiento a Lokono y a sus guardianes los delfines, echó a andar por la playa.
No había avanzado mucho cuando un manglar le cerró el paso. Unos árboles inmensos con gruesos troncos que se elevaban como gigantes no la dejaban pasar. Pero Tonina insistió; trepó y trepó entre las raíces retorcidas que salían del agua y avanzó por el terreno pantanoso, hasta que las piernas empezaron a pesarle. A su alrededor oía zumbar nubes de mosquitos, y estaba atenta por si aparecían serpientes venenosas.
Finalmente, se apoyó en un tronco para recuperar el aliento y escudriñó aquel tupido bosque acuático que no tenía fin. No serviría de nada. Debía ir hacia el interior y encontrar tierra firme antes de seguir su camino hacia el sur. Pero el miedo la atenazaba. Ir hacia el interior significaba dar la espalda a la presencia tranquilizadora del mar.
Aun así lo hizo, y a media tarde ya había salido de la marisma, ya no oía los gritos de las limícolas, no veía cómo amigos como las tortugas marinas ponían sus huevos en el limo. Estaba en medio de un tupido bosque, seco, sin una sola orilla a la vista. El corazón le latía con violencia. La isla de la Perla era tan pequeña que podías recorrerla en menos de un día. Colinas bajas, diversas corrientes de agua, un denso bosque en su parte central…, una breve excursión y volvías a ver el reconfortante mar ante ti.
Pero aquel lugar era distinto.
«Esto tiene que ser la Costa Firme», pensaba Tonina, y con frecuencia se detenía a olfatear el aire y comprobar la posición del sol. A menos que fuera una isla muy grande. Pero si era la Costa Firme, no era tan distinta de la isla de la Perla, porque los árboles le resultaban familiares, y veía los mismos frutos y bayas que habían sido el sustento de su gente desde hacía generaciones. Las flores también le resultaban conocidas, al igual que las pequeñas criaturas que se cruzaban veloces en su camino. Por los relatos que había oído en torno a las hogueras, Tonina siempre había pensado que la Costa Firme sería un lugar tan fantástico que no reconocería nada de lo que viera.
Estaba a punto de girar hacia el sur y dirigirse hacia la costa cuando olió a humo.
¿Una hoguera? Pensando en la posibilidad de que alguien la ayudara a encontrar la flor, se guió con cautela por el humo y llegó a un claro donde había unos hombres sentados en torno a un fuego, hablando y fumando en pipa. Los ojos de Tonina se abrieron con sorpresa. No parecían diferentes de los hombres de la isla de la Perla. Excepto por las líneas marrones y negras que decoraban sus cuerpos, podían haber pasado perfectamente por miembros de su tribu.
Entonces vio las jaulas.
Estaban hechas con palos y zarcillos, como las trampas para capturar langostas, solo que eran mucho más grandes y, para su sorpresa, vio que dentro había águilas.
Tonina abrió la boca con sorpresa. En la isla de la Perla cazar águilas era tabú. Pero había oído decir que había hombres que no respetaban a los dioses y que se consideraban más poderosos que los espíritus de la naturaleza. No, no serían amables, así que mejor volvía atrás y seguía su camino.
Sin embargo, algo la detuvo. En la jaula más alejada vio otro tipo de cautivo… un joven que solo llevaba un taparrabos; tenía atadas las manos y los pies, y parecía aterrado.
Tonina se acercó con sigilo entre la densa maleza y, cuando ya estaba ante la jaula, como si intuyera su presencia, el joven se dio la vuelta y Tonina se encontró mirando con sorpresa unos ojos ambarinos. Contuvo el aliento e hizo un gesto de protección en el aire. Nunca había visto ojos dorados.
El corazón le latía con violencia. Sintió ganas de correr, pero la expresión suplicante del joven la detuvo. Entonces vio la herida que tenía en la frente, el hilo de sangre que le caía por el lado de la cara.
Sin perder de vista a los hombres del campamento, Tonina se acercó un poco más e inspeccionó el cierre. Solo había que cortar los zarcillos. Sacó el cuchillo de su fardo y los cortó; luego, entró en la jaula y cortó las ataduras de las manos y los pies.
Sin decir una palabra, el joven salió a gatas y corrió hacia los árboles. Cuando se detuvo para mirar atrás, tenso, agazapado, listo para correr, Tonina pensó por un momento que parecía una criatura salvaje. Se llevó un dedo a los labios y señaló a los cazadores.
—No hagas ruido —susurró.
Los ojos ambarinos la miraron confusos.
Tonina señaló al suelo, que estaba cubierto de ramitas y restos de la fabricación de las jaulas.
—Vigila donde pisas. No debemos hacer ruido.
Él miró al suelo con el ceño fruncido y entonces sus ojos se clavaron en las piernas desnudas de Tonina.
Tonina se miró y recordó que su abuelo había dicho que en la Costa Firme a la gente no le gustaba ver la piel desnuda de las mujeres. Escudriñó el campamento, vio la comida en un montón, junto con los pellejos de agua y las armas. Al otro lado del claro, vio varios mantos blancos de algodón echados sobre las grandes frondas de unos helechos, como si los hubieran puesto a secar. Volvió a llevarse el dedo a los labios e indicó al joven que la siguiera. Juntos rodearon el campamento, arrastrándose, y cuando estuvieron cerca de los helechos, Tonina quiso coger el manto más grande. En su poblado había visto que cambiaban algodón por perlas, por eso decidió dejar tres perlas perfectas a cambio del manto.
Pero cuando cogió el manto, de pronto el aire se llenó de sonidos.
Demasiado tarde, Tonina vio que estaba sujeto a una cuerda, que llevaba a otra que a su vez estaba atada a las ramas de un árbol. Un tirón y una lluvia de piedras, cocos y conchas cayó al suelo con gran estrépito.
Los cazadores se incorporaron al instante y buscaron sus armas.
—¡Guay! —susurró Tonina, y se volvió para huir al bosque, con el joven de ojos ambarinos pegado a sus talones.
Corrieron entre los árboles y los arbustos, saltaron sobre troncos caídos, rodearon arbustos espinosos; se movieron veloces por aquel terreno seco y cubierto de ramitas. Tonina miró atrás y al ver que sus perseguidores seguían allí dijo:
—¡Deprisa! ¡Tenemos que subir!
Treparon por el tronco de un árbol con un denso follaje, lo bastante alto para que las ramas los ocultaran y al mismo tiempo les permitieran ver a sus perseguidores. Conteniendo la respiración, completamente inmóviles, Tonina y el joven vieron que los hombres pasaban corriendo y desaparecían en el bosque. Cuando a su alrededor todo estuvo callado y solo el canto de los pájaros y el sonido de las pequeñas criaturas que se movían entre el sotobosque rompía el silencio, bajaron con cautela.
Tonina se masajeó las articulaciones doloridas y tomó una decisión. Sus perseguidores habían ido hacia el sur, su campamento estaba hacia el este, y yendo hacia el norte solo conseguiría alejarse más de su destino. Solo quedaba el oeste. No tenía elección. De momento, seguir con vida era más importante que encontrar la flor.
Miró al joven. La cabeza ya no le sangraba, y tenía sangre seca por un lado de la cara. Cuando estiró el brazo para tocar la herida, él hizo una mueca de dolor.
—¿Estás bien? —susurró Tonina.
Él se quedó mirándole los labios y, cuando Tonina repitió la pregunta, asintió.
—Tenemos que encontrar agua y limpiarte la herida. ¿Conoces este sitio?
Él miró a su alrededor, absorbiendo con sus ojos ambarinos la maraña de árboles, muchos de ellos sin hojas, la vegetación amarillenta y marchita. Estaban en otoño, y en las tierras bajas el bosque empezaba a aletargarse. Meneó la cabeza.
Tonina se dio cuenta de que aún llevaba el manto que había robado, así que lo sacudió y se lo ató a la cintura, a modo de sarong, hasta media pantorrilla.
—Por ahí —dijo, y echaron a andar entre las figuras cada vez más oscuras de los árboles, bajo la luz menguante del día.
Mientras avanzaban por aquella zona seca, entre espinos y pinchos dando traspiés por el suelo del bosque cubierto de hojas muertas, buscando agua y un lugar recogido donde pasar la noche, pendientes de los cazadores, Tonina no dejó de pensar con curiosidad en su extraño acompañante.
Tenía el rostro ovalado, no redondeado como los de su tribu, y casi era más alto que ella… la primera persona que conocía con ese aspecto. Su pelo largo y negro colgaba a diferentes alturas, enmarañado, como si nunca lo hubiera peinado. Debía de tener su misma edad, pero no había en él nada que indicara de qué tribu o clan procedía. Salvo por el taparrabos, no llevaba nada encima, y en su piel no había ninguna marca. Tonina nunca había conocido a nadie que no estuviera cubierto de tatuajes y perforaciones. Parecía extrañamente desnudo y vulnerable, como un recién nacido.
Siguieron caminando en el crepúsculo hasta que llegaron a un pequeño claro y se encontraron ante una estructura que les llenó de asombro.
Ante ellos, excavado en la roca, cubierto de enredaderas y plantas rastreras, se alzaba un mono gigante. Estaba acuclillado sobre una plataforma de piedra de la que el moho y los líquenes se habían apoderado hacía tiempo, y las raíces de los árboles habían fragmentado las losas grises. Las manos de piedra del mono estaban colocadas sobre su vientre y en ellas habían anidado pájaros de diferentes especies.
—¡Guay! —susurró Tonina, asustada, haciendo un gesto de protección en el aire—. ¿Qué es?
Su mudo compañero meneó la cabeza con expresión reverente.
Tonina vio que la boca del mono estaba abierta, como si bostezara en silencio. Parecía lo bastante grande para que dos personas se escondieran en el interior. Aunque supuso que aquel altar lo habían construido unos gigantes, era evidente que no pasaban por allí desde hacía años, así que probablemente sería seguro. Treparon por la estatua, ayudándose mutuamente, hasta que lograron entrar en la boca abierta, desde donde podrían vigilar si los cazadores de águilas pasaban por allí.
Arropados por la seguridad de aquella cueva, Tonina se sentó con las piernas cruzadas en el suelo de piedra y se quitó el fardo de viaje de la espalda. Del interior sacó una bolsita donde guardaba los ungüentos curativos de Guama.
—Ojalá tuviéramos agua para lavarte la herida… —dijo mientras hundía los dedos en aquella pasta verde y la aplicaba con cuidado sobre la herida—. ¿Por qué te tenían prisionero esos hombres?
Cuando vio que no respondía, preguntó:
—¿Entiendes lo que digo? —Su abuelo había dicho que en la Costa Firme la gente hablaba en diferentes lenguas—. ¿Al menos me oyes? —dijo pensando en voz alta, mientras se limpiaba los dedos en el sarong y devolvía la bolsita al fardo.
El joven frunció sus finas cejas negras, y entonces su rostro se distendió, porque la había entendido. Al ver que asentía, Tonina dijo:
—Si has entendido la pregunta entonces es que hablas mi idioma. ¿Cómo es eso? No pareces de las islas. ¿Cuál es tu nombre?
Él le miraba los labios.
—Tu nombre —repitió Tonina. Y entonces se dio unos toques en el pecho y dijo—: Yo soy Tonina. ¿Tú quién eres?
Él movió los labios, tratando de formar una palabra. Pero de su boca no brotó ningún sonido.
Tonina se echó hacia atrás. Quizá la herida de la cabeza le había afectado al habla. Entonces tuvo un pensamiento.
—¿Conoces tu nombre?
El joven clavó sus ojos ambarinos en ella como si pensara. Finalmente meneó la cabeza, por lo que Tonina supuso que la herida le había afectado a la memoria.
—¿Recuerdas algo?
De nuevo meneó la cabeza, y Tonina reparó una vez más en la ausencia de tatuajes protectores, perforaciones, plumas, colgantes, amuletos.
—Si no tienes nombre, no estás protegido contra los malos espíritus.
Y se sumió en una profunda meditación. Buscarle un nombre a una persona era un asunto muy serio. Su gente dedicaba días enteros a elegir el nombre de cada niño, porque no solo era una forma de protegerlo frente al mal, el nombre también era el destino. Pensando en la jaula donde lo había encontrado y en las grandes rapaces que había en las demás, Tonina decidió que, mientras no recordara su nombre, lo llamaría Águila Brava.
Cuando se lo dijo, él esbozó una sonrisa tan hermosa que Tonina se quedó perpleja. Sintió el impulso de ofrecerle algo y, al recordar el collar de caracolas de mar que Guama había puesto en su fardo de viaje para darle buena suerte, lo sacó y se lo pasó por la cabeza para que descansara sobre su pecho claro.
—Estas conchas son sagradas para Lokono, el espíritu de todas las cosas —dijo, y añadió—: Ahora estás doblemente protegido. —De nuevo fue recompensada con otra hermosa sonrisa—. Estoy buscando una flor —siguió diciendo Tonina mientras sacaba frutos secos y bayas desecadas del fardo y se las ofrecía a Águila Brava, lamentándose para sus adentros porque no tenían agua—. Tal vez tú la conoces. —Y le describió la forma de los pétalos con ayuda de los dedos, como había hecho su abuela—. Es tan roja como la sangre, y posee un espíritu sanador mágico. ¿La has visto?
Águila Brava se puso a mascar las bayas mientras le miraba las manos. Tras pensar mucho negó con la cabeza.
Comieron en silencio sus modestas raciones, mientras el bosque se sumía en una oscuridad cada vez más densa y se llenaba de vida y de los sonidos propios de la noche.
—Deberíamos dormir —le dijo finalmente Tonina a Águila Brava, cuyos ojos luminosos la hechizaban.
Había algo misterioso en aquel joven. Un aire de vulnerabilidad. La herida de la cabeza y las magulladuras que las cuerdas le habían hecho en las muñecas la conmovían profundamente y le daban ganas de abrazarlo.
Mientras Tonina lo estudiaba, él la estudiaba a ella; desplazaba sus ojos ambarinos de la cabeza a los pies y viceversa, pero no con expresión irrespetuosa como muchos hombres que miran a una mujer, sino con una curiosidad casi inocente. Cuando sus ojos se detuvieron en los numerosos collares que descansaban sobre su pecho, cogió el amuleto que reposaba en una cubierta de fibra de palma.
—Nunca he visto lo que hay dentro —dijo Tonina—. La abuela dice que cuando llegue el momento de abrirlo lo sabré. Pero creo que aún no ha llegado.
El joven dejó el talismán con delicadeza y la miró a los ojos en la oscuridad. La cámara de piedra era pequeña, empezaba a refrescar. Cuando Águila Brava se tumbó de costado, y dobló el brazo bajo la cabeza para apoyarla, Tonina se quitó el sarong, se tendió de cara a él y extendió el sarong sobre los dos.
—¿Por qué no puedes hablar? —musitó rozando con un dedo aquellos labios silenciosos—. Puedes oírme, y me entiendes. Pero no hablas.
Bostezó, y luego se quedó dormida; en cambio él se quedó despierto, y no apartó los ojos de ella.
Hacía frío, y Águila Brava se acercó a la joven colocando un brazo bajo su cuerpo y atrayéndola hacia él. La tuvo abrazada hasta que también él se durmió. Y así fue como durmieron juntos, protegidos en el interior del templo sagrado del dios mono, tan cubierto de enredaderas que nadie habría podido verlos.
Unos chillidos estremecedores desgarraron el silencio del amanecer.
Tonina se incorporó, llevándose las manos a los oídos, y volvió sus ojos asustados hacia la abertura del altar. Aquel aullido profano era ensordecedor. ¡Sonaba como si estuvieran matando a alguien!
Una figura oscura pasó veloz ante la abertura, y entonces el altar tembló, como si algo muy pesado lo hubiera golpeado.
—¡Nos están atacando! —gritó Tonina, y se abrazó a Águila Brava mientras el ataque seguía.
Pero cuando la luz del día penetró en el interior, Tonina vio que sus atacantes no eran humanos, sino enormes monos rojos, y que nadie estaba atacando el altar. Sencillamente, los monos aulladores se habían limitado a dar la bienvenida al nuevo día como siempre hacían, bulliciosos y exaltados; cuando el coro calló, los monos se calmaron y se prepararon para su lucha cotidiana por la supervivencia en los bosques de las tierras bajas.
Tonina rió con nerviosismo. Entonces recordó que ya llevaba un día entero en la Costa Firme y aún no había encontrado la flor.
—Debemos irnos —dijo, echándose el fardo al hombro y rezando una oración de agradecimiento al dios mono por haberlos cobijado.
Tenía el cuerpo dolorido. Hasta entonces, nunca había dormido en una superficie tan dura. Lanzó una mirada a Águila Brava mientras pensaba en la noche pasada, cuando despertó confusa y asustada y se encontró en los brazos cálidos y reconfortantes del joven. El recuerdo hizo que sus mejillas ardieran. Tonina no estaba acostumbrada a sentir el cuerpo de otra persona contra el suyo, porque en la isla dormían en hamacs separadas. Se preguntó si aquel acto no sería como romper el tabú premarital.
Águila Brava se señaló la boca e hizo como si paladeara.
Tonina asintió. Ella también tenía sed.
—Tiene que haber agua por aquí cerca.
Pero cuando empezaron a descolgarse entre las enredaderas, oyeron voces. Tonina las reconoció. Eran los cazadores de águilas. Y se acercaban por el sudeste.
Así que siguieron huyendo, siempre por delante de sus perseguidores, en zigzag, girando, volviendo atrás sobre sus pasos para despistar y seguir en otra dirección, hasta que por fin dejaron de oírlos. Hacia media tarde, llegaron a un pequeño claro donde vieron a unas mujeres que bajaban pellejos a un pozo excavado en la piedra caliza.
Tras indicar a Águila Brava que se ocultara, Tonina se acercó con una sonrisa y saludó con gesto amistoso. Las mujeres le sonrieron también y, al ver su extraño atuendo —un manto de hombre a modo de falda y una blusa muy ancha—, rieron por lo bajo. Tonina vio por fin las ropas que llevaban allí las mujeres: falda hasta el tobillo y una larga túnica de manga corta.
Mediante señas indicó que tenía sed y, tras sacar la hermosa concha de una oreja de mar, la cambió por un pellejo de agua fresca.
—¿Dónde estoy? —preguntó—. ¿Cómo se llama este lugar?
Una de las mujeres le sonrió y dijo:
—Yucatán.
—¿Yucatán?
La mujer asintió.
—¿Estamos cerca de Quatemalán?
La mujer levantó los labios sobre sus encías desdentadas y meneó la cabeza.
—Yucatán —repitió extendiendo los brazos.
Tonina le dio las gracias y volvió con Águila Brava.
—Al menos ahora sabemos dónde estamos —le dijo—. Ahora tenemos que averiguar dónde queremos estar.
Tonina avanzaba entre los árboles y la espesa maleza con dificultad, abriéndose paso con ayuda de un cuchillo; de pronto se detuvo. El bosque cubierto de hojas se acababa, y daba paso a un tipo diferente de terreno.
—¿Qué es esto? —preguntó mientras se inclinaba sobre aquella extraña superficie para inspeccionarla.
Águila Brava se acuclilló y, tras extender la mano con gesto vacilante, tocó el suelo con los dedos. Levantó la vista y meneó la cabeza.
Parecía piedra. Pero era una piedra muy blanca, extrañamente lisa y uniforme. Tonina evaluó las dimensiones de aquel nuevo terreno: su anchura era igual a diez hombres adultos hombro con hombro, y su longitud…
Miró al frente, pero no veía el final de aquella senda recta de piedra. A uno y otro lado, árboles y arbustos parecían apartarse para ceder el paso a la peculiar piedra. Tonina estuvo a punto de poner un pie en la superficie blanca, pero lo retiró enseguida. ¿Y si era un camino reservado a los dioses, y por lo tanto era un tabú?
—Lo rodearemos —le dijo a Águila Brava, y avanzaron por los márgenes del camino hasta que se acabó, lo que les ocupó casi un día de marcha.
Con cada paso que daban hacia el oeste, la ansiedad de Tonina aumentaba. En dos ocasiones habían intentado volver atrás o seguir hacia el sur, pero cada vez descubrían que los cazadores aún los buscaban, y que se habían extendido por el territorio como la red de un pescador. ¿Por qué tendrían tanto interés por recuperar a aquel joven?
Comieron el pescado en salazón de Guama y compartieron el precioso pellejo de agua. Cuando se encontraron con el primer edificio de piedra, Tonina supuso que se trataba de algún tipo de habitáculo, o de un altar a los dioses locales, pero nunca antes había visto un edificio de piedra. Miró dentro y vio que estaba vacío.
Tras una breve caminata, encontraron más estructuras de piedra, algunas intactas; otras en ruinas, cubiertas de enredaderas. Pero todas desiertas. Los huecos ennegrecidos de las fogatas indicaban que en algún momento allí había vivido gente, pero hacía mucho tiempo.
Aun así, era posible que todavía hubiera gente por la zona, y esa perspectiva animó a Tonina. Había examinado las escasas flores que habían encontrado por el camino, pero estaban en otoño, y muy pocas plantas estaban en flor. Se prometió que, si al final de aquel día su búsqueda no había dado fruto, se dirigiría hacia el norte, tan lejos como pudiera, para asegurarse de que estaba fuera del alcance de sus perseguidores; luego giraría hacia el este y al llegar al mar iría siguiendo la orilla hasta llegar a Quatemalán.
El bosque empezó a clarear y la veta de piedra blanca y llana que lo atravesaba se acabó. Tonina y Águila Brava se encontraron ante una estructura que no comprendían: un vasto prado, hecho visiblemente por el hombre, en medio de dos paredes con una inclinación muy marcada. Mientras lo recorrían, preguntándose quién habría construido aquel lugar fantástico, llegaron a una plataforma hecha con cráneos humanos.
Tonina lanzó un grito y rezó una rápida plegaria a Lokono, pero entonces se dio cuenta de que los cráneos estaban hechos de piedra, hilera tras hilera.
En ese momento, Águila Brava vio la pirámide.
Echó a correr y recorrió toda la zona despejada de árboles, donde solo había maleza y hierba, y cuando llegó al pie de los escalones de piedra que se elevaban hacia el cielo, sintió la abrumadora necesidad de subir. Tonina lo llamaba, pero él subía y subía, y cuando llegó arriba, extendió los brazos, echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un alarido espeluznante.
Tonina lo siguió hasta arriba y al llegar miró a su alrededor con sorpresa: bosque, bosque y más bosque hasta donde alcanzaba la vista. No había señal del mar. Ahora sabía con seguridad que estaba en la Costa Firme. También experimentó una fuerte sensación de pánico y vértigo ante aquella inmensa extensión de terreno. Se dejó caer de rodillas y trató de bajar, pero Águila Brava la ayudó a levantarse y la abrazó, la tranquilizó.
Era asombrosa, una fantástica construcción que se elevaba piedra a piedra hacia el cielo. Tonina se preguntó qué tipo de gigantes la habrían construido. Pero las malas hierbas crecían por los lados en pendiente, los penachos de hierba se abrían paso entre la piedra y arriba de todo, donde había un extraño edificio de piedra, unos árboles achaparrados habían arraigado. Igual que pasaba con el altar al dios mono, cubierto por las malas hierbas, descuidado, quienquiera que hubiera construido aquello no había vuelto para cuidarlo y evitar que la naturaleza lo reclamara.
Tonina notó que Águila Brava se ponía tenso. Sus ojos estaban clavados en el bosque.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Él señaló y, aunque Tonina no veía nada, sabía que eran los cazadores. Para su horror, vio que Águila Brava señalaba en tres direcciones. Los cazadores se habían dispersado y se acercaban desde el norte, el este y el sur.
—¡Debemos ocultarnos! —dijo.
Bajaron a toda prisa de la pirámide. El descenso les pareció más difícil, porque la pendiente era muy pronunciada y los escalones eran bajos. Iban hacia atrás, a cuatro patas, y miraban con frecuencia por encima del hombro para ver si los cazadores ya habían salido de entre los árboles.
Cuando llegaron abajo, buscaron un sitio donde esconderse.
—¡Ahí! —susurró Tonina, señalando una estructura baja de piedra que parecía medio enterrada.
Examinaron las paredes ruinosas cubiertas de malezas y moho y encontraron una entrada medio derrumbada. Les costó, pero lograron colarse por la estrechísima abertura y se encontraron en un pasaje oscuro y estrecho. Tonina y Águila Brava avanzaron a rastras, con cautela, tratando de ver en la oscuridad. Tenían la sensación de estar bajando, de estar adentrándose en la tierra, porque la pendiente del pasaje era pronunciada, hasta que ante ellos vieron una pequeña cuña de luz.
Llegaron a una cámara de piedra que no tenía ninguna otra entrada o salida, solo una curiosa abertura en el techo, que atravesaba diversas capas de roca y se abría al cielo. Aquella estrecha abertura no sería más ancha que el puño de un hombre, y además de luz también dejaba entrar el aire.
Y sonidos. Los cazadores estaban cerca, y sus familiares gruñidos penetraban por el agujero hasta la cámara subterránea. Tonina y Águila Brava se miraban en aquella sala oscura y misteriosa y rezaron para que los hombres no repararan en la entrada medio derruida. Esperaron, atentos, hasta que las voces se desvanecieron; entonces, ambos dejaron escapar un tembloroso suspiro de alivio.
Pero no podían salir todavía, así que examinaron su nuevo refugio. Tonina estaba asombrada. Nunca había visto pinturas murales, y tardó un instante en comprender lo que veía.
—Hombres —dijo en voz baja, y extendió el brazo para tocar las figuras pintadas—. Son hombres.
La pintura era antigua, se veía desvaída y estaba cubierta de moho. Tonina tuvo la poderosa sensación de que no duraría muchos años y de que lo que había allí representado algún día caería en el olvido.
Las tres paredes parecían contar la historia de un hombre alto de piel blanca, con pelo en la barbilla. En la primera pared, parecía un rey sentado en su trono, contemplando la batalla. En la segunda, el rey se arrojaba al fuego y descendía al más allá, donde las almas de los muertos salían a recibirle. Pero en la última aparecía vivo otra vez y su pueblo se inclinaba ante él. Finalmente, la pintura lo mostraba a lomos de unas serpientes que formaban una embarcación, y surcaba los mares en dirección al sol naciente.
En esta última pintura, Tonina vio un objeto conocido. Lo miró con atención; luego buscó en su fardo de viaje y sacó la copa. Era como la que el rey sostenía en la imagen, y Tonina pensó si el monstruo marino cuyos huesos descansaban en el fondo de la laguna de la isla de la Perla no sería una de aquellas serpientes.
—Nos quedaremos aquí a pasar la noche —dijo, porque intuía que aquella cámara había sido en otro tiempo un templo sagrado y que por tanto allí estarían protegidos, como en el altar al dios mono.
De repente, Tonina estaba cansada, hambrienta y añoraba su hogar. El recuerdo de la muerte de su tío Yúo, la aguda nostalgia de Guama y Huracán, el deseo de volver a su poblado, hizo que se echara a llorar. Águila Brava la abrazó y ella lloró en su hombro. Eran dos desconocidos en una tierra extraña, solo se tenían y dependían el uno del otro. Y ahora él la estaba consolando.
El llanto empezó a remitir y, mientras se dormía por segunda vez en brazos de Águila Brava, Tonina pensó: «Lo llevaré conmigo de vuelta a la isla de la Perla…».
Águila Brava soñó con montañas cubiertas de niebla y bosques de pinos bajo un manto de nieve. Soñó con velocidad, con viento, con libertad. En su sueño, vio la montaña de piedra hecha por el hombre, con escalones que subían al cielo, y al llegar a la cima sintió una vez más que estaba en casa. «Esto son las tierras bajas —pensaba en su sueño—. Mi sitio no está aquí. Los cazadores de águilas me han llevado muy lejos de mi gente.
»Soy del clan del Águila. Mi pueblo es guardián de…»
Se despertó con un sobresalto, pestañeando, con la cabeza hacia el techo, preguntándose en la oscuridad dónde estaba. El sueño se desvaneció. Aunque trató de retenerlo mientras recobraba del todo la conciencia, el sueño se evaporó. Y con él, las respuestas a la pregunta de quién era y de dónde venía.
Se incorporó para mirar a la joven que dormía a su lado, y su corazón se llenó de ternura. Tonina había sido buena con él. Le había cortado las ataduras y le había devuelto la libertad, había compartido con él comida y agua, había aplicado un ungüento a su herida, le había dado calor y seguridad… a pesar del riesgo. Aunque aún no sabía quién era él, sabía quién era ella. Era su salvadora. Y por eso, su agradecimiento no tenía límite. No había nada, decidió en aquel momento, que no hiciera por Tonina.
El alba llegó y cuando salieron arrastrándose de su escondite, vieron que los cazadores habían levantado cuatro pequeños campamentos en el lindero del bosque, orientados hacia los cuatro puntos cardinales, de modo que rodeaban el templo. De nuevo, Tonina se preguntó por qué su mudo compañero era tan valioso para ellos.
La pareja rodeó sigilosamente la pirámide y vio que el campamento del lado occidental todavía no estaba ocupado.
—Debo ir hacia el este, pero esos hombres nos verán —dijo Tonina en voz baja—. Por ahí podremos pasar y quizá si nos alejamos lo suficiente, llegará un momento en el que podremos dirigirnos hacia el sur sin peligro.
Estaban avanzando por el bosque cuando acabaron con el agua del pellejo y comieron las últimas bayas secas y el coco que les quedaban. En tres ocasiones volvieron atrás sobre sus pasos, para dejar un falso rastro a los cazadores. Cuando cayó la noche, encontraron refugio al amparo de una vieja higuera que ya no podía dar fruto, con unas poderosas ramas en forma de uve, lo bastante anchas para que los dos durmieran seguros por encima del suelo.
Luego vino otro día de marcha hacia el oeste, de hambre y sed. Cuando llegaron a un pequeño bosquecillo de aguacates, treparon a los troncos buscando comida, pero los frutos eran pequeños y amargos y aún faltaban meses para que maduraran y pudieran comerse.
El sol bajaba ya hacia el horizonte por el oeste cuando, sedientos, cansados y hambrientos, Tonina y Águila Brava se abrieron paso entre la tupida maleza; de pronto, oyeron gritos y voces ante ellos. No podían ser los cazadores, casi hacía un día que no los oían tras ellos. Aquellas eran otras voces. Otros hombres.
Se quedaron inmóviles, tratando de ver algo entre los árboles. Entonces oyeron un extraño crujido, seguido por un espantoso estrépito.
Tonina y Águila Brava avanzaron un poco más, hasta el lindero del bosque, y ante ellos vieron un inmenso claro. Ya no quedaba más bosque, solo campos salpicados de tocones de árboles y chozas de paja y, rodeándolos, hombres que cortaban más árboles. Trabajaban con hachas de piedra y cuchillos; algunos se encaramaban a los poderosos troncos para atar cuerdas en lo más alto, mientras otros sujetaban el otro extremo de las cuerdas para derribarlos.
Tonina miraba con los ojos muy abiertos. Había cientos de hombres y niños trabajando industriosamente, más de los que había visto en su vida. Llenaban el aire con sus voces y sus gritos, mientras los árboles se ladeaban y caían con gran estrépito al suelo. Otros hombres se movían entre los campos, inclinados sobre unos palos que utilizaban para hacer en la tierra pequeños agujeros donde dejaban caer semillas. En otros campos los cultivos ya habían madurado, y también en estos había hombres que trabajaban, quitando malas hierbas, podando, recolectando.
Cuánta comida, pensó Tonina mientras ella y Águila Brava seguían un camino que muchos pies habían hollado. Suficiente para alimentar a su tribu durante años. ¿Qué iban a hacer aquellos hombres con tanta calabaza y tanto maíz?
Encontraron la respuesta cuando ella y Águila Brava llegaron a una zona con campos más poblados, donde las chozas estaban pegadas las unas a las otras y los niños jugaban entre perros domesticados y pavos. Vieron mujeres que, inclinadas sobre el fuego, removían la comida y ensartaban carne en los espetones. También había mujeres sentadas en telares o hilando algodón mientras amamantaban a sus bebés.
Los campos eran más pequeños y las chozas más numerosas. Cada vez había más gente… Tonina nunca habría pensado que pudiera haber tanta gente ni en el mundo entero.
De repente, los campos se acabaron; las chozas que encontraban estaban separadas tan solo por pequeños huertos en los que unos pocos tallos de maíz trataban de hacerse sitio y donde los pavos escarbaban en la tierra. El humo de tantas hogueras llenaba el aire y ocultaba casi por completo el sol del atardecer.
Finalmente, se encontraron ante una imagen que hizo que Tonina se quedara boquiabierta.
Águila Brava la miraba con expresión inquisitiva mientras ella trataba de recordar lo que su abuelo le había dicho sobre la Costa Firme.
—Creo… creo que eso —empezó Tonina, y señaló las altas paredes de piedra, la parte superior de los edificios que se veían del otro lado, las torres y los guardias, los estandartes que aleteaban con la brisa—. Creo que eso se llama… ciudad.