El mensajero aceleró su carrera por la ruta pavimentada, mientras el temor sacudía violentamente su corazón. Le sangraban los pies, pero no se atrevía a detenerse. Miró hacia atrás. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos por efecto del terror. Tropezó, luchó para recuperar el equilibrio y siguió adelante. Tenía que prevenir al clan.
Se acercaba un Señor de la Noche.
Hoshi’tiwa se hallaba sentada al sol al pie del acantilado, ocupada en hilar algodón para su vestido de novia. Tenía las piernas cruzadas y movía un huso de madera subiéndolo y bajándolo por su muslo para tomar hábilmente fibras limpias de un cesto lleno de algodón cardado y sumarlas al hilo que iba creciendo poco a poco y que sería luego teñido y tejido para formar finalmente una cinta para sus cabellos.
A su alrededor, todo el clan estaba ocupado en las tareas de la vida diaria: los granjeros en plantar maíz, las mujeres en mantener los fuegos para cocinar y en cuidar a los niños, y los alfareros en hacer las tinajas para agua de lluvia por las que era celebrado su clan, aunque algunos de ellos habían sido apartados de sus tareas para ayudar en la siembra. Porque el año anterior, en efecto, cuando habían acudido al Lugar del Centro a entregar su tributo anual de grano, al Pueblo del Sol se le había dicho que aquel año la cantidad debía doblarse. Aquello suponía un esfuerzo para el clan, pero todos cooperaban y estaban seguros de poder alcanzar la cuota.
Mientras Hoshi’tiwa hilaba su algodón, no sabía que, en el otro extremo del mundo, un pueblo de extraña raza había llamado a este mismo ciclo del sol el Año de Nuestro Señor de 1150. No sabía que aquellas gentes viajaban montadas a lomos de animales, algo que su propio pueblo no hacía, ni que empleaban una herramienta llamada rueda para transportar cosas. Hoshi’tiwa no sabía nada de catedrales y pólvora, de café ni relojes, y no podía imaginar que aquella gente llevara su rareza al extremo de dar nombres a sus cañones, ríos y montañas.
El poblado de Hoshi’tiwa no tenía nombre. Ni lo tenían el cercano río o las montañas que se alzaban sobre sus cabezas. Muchos años después, en el futuro, otra raza vendría a ese lugar y daría nombres a todo cuanto vieran y recorrieran. A trescientos veinte kilómetros al sudeste de donde ahora sentía Hoshi’tiwa el calor del sol en los brazos, surgiría una ciudad a la que llamarían Albuquerque. Y los trescientos mil kilómetros cuadrados de tierra circundante se conocerían con el nombre de Nuevo México. La muchacha no podía saber que durante siglos a partir de entonces los extranjeros recorrerían las tierras situadas al norte de su asentamiento y les darían el nombre de Colorado.
Solo había un lugar que Hoshi’tiwa conociera por un nombre: el Lugar del Centro, llamado así porque era el centro del comercio y de comunicación para su pueblo, además de un importante centro religioso. Aun así, siglos más adelante el nombre de Lugar del Centro sería reemplazado por el de Chaco Canyon, y unos hombres y mujeres llamados antropólogos visitarían sus ruinas y especularían, discutirían, debatirían y teorizarían acerca de lo que llamaban el Abandono. Aquellas personas de un futuro lejano se preguntarían por qué Hoshi’tiwa y su gente, a la que los antropólogos llamarían incorrectamente «anasazi», se habían desvanecido de súbito, sin dejar ningún rastro.
Hoshi’tiwa ignoraba el hecho de que algún día sería parte de un antiguo misterio. De haberlo sabido, hubiera dicho que no había nada misterioso en su vida. Su clan había vivido durante generaciones al pie de aquella escarpadura, en el recodo de un riachuelo, y a lo largo de todos aquellos siglos casi nada había cambiado. Si acaso, sus casas eran ahora mayores, un poco más complejas, y su cerámica había evolucionado hacia diseños más ingeniosos. Aparte de eso, cada generación era como la que la había precedido.
Hoshi’tiwa era la hija de un sencillo artesano, una muchacha que se sentía agradecida por lo poco que tenía a su alcance, pero que vivía segura con la convicción de que su mañana sería igual que el ayer.
El mensajero dio un traspié y cayó al suelo: sintió un agudo dolor en la rodilla derecha. Mientras luchaba por incorporarse, notó en las piedras que pavimentaban la amplia carretera las vibraciones atronadoras de los pasos de un ejército enemigo en pleno avance. Tragó saliva aterrorizado.
Se acercaban los caníbales.
Hoshi’tiwa miró al apuesto Ahoté, que se hallaba ante el Muro de la Memoria, con su vigoroso cuerpo resplandeciente bajo el sol pues solo lo cubría con un taparrabos. Bajo la tutela de su padre, el joven Ahoté estaba recitando la historia del clan, empleando como guía los pictogramas pintados en el muro. Cada símbolo representaba un hecho importante del pasado del clan. El padre de Ahoté le señalaba ahora la figura conocida como Kokopilau, el Flautista, con la espalda encorvada por el peso de su gran saco repleto de regalos y bendiciones. Los kokopilau eran una hermandad secreta de hombres conocidos por su carácter caprichoso y sus buenas acciones. Nadie conocía el origen de la hermandad, ni a qué se habían juramentado sus miembros ni a qué dioses servían, pero los kokopilau recorrían el campo y eran bien recibidos en todos los hogares. Una visita de un kokopilau era siempre un tiempo para celebrar, porque traía buena suerte y creciente fertilidad. La ocasión conmemorada en el Muro de la Memoria celebraba la vez en que un kokopilau había permanecido siete días con el clan, en una visita que había dado lugar a un aumento de la cosecha de maíz y de los embarazos entre las esposas.
Había muchos otros símbolos en el Muro de la Memoria —espirales, animales, personas, rayos…—, demasiados para que el clan los recordara: esta era la tarea de un hombre del clan, El Que Une a la Gente. No tenía más trabajo que este: ni siquiera se le pedía que ayudara en las tareas de la cosecha, cuando colaboraban todos los miembros del clan, incluidos los niños, porque El Que Une a la Gente tenía que visitar el muro todos los días y recitar para sí mismo la larga historia que se recordaba en él.
El corazón de Hoshi’tiwa rebosaba de esperanza y amor. La vida era buena. Por todas partes despuntaban flores. Las aguas del riachuelo eran frescas y estaban llenas de peces. El clan era saludable y próspero. Y, a sus dieciocho años, Hoshi’tiwa veía ya próximo el día de su boda.
Era consciente de que debía sentirse afortunada por poder casarse con un muchacho de su propio clan. Eso significaba que no tendría que trasladarse a otra aldea y vivir separada de su familia. Las reglas del compromiso matrimonial eran complejas y los tabúes se observaban estrictamente. Solo por una circunstancia accidental de su linaje a Ahoté, al que Hoshi’tiwa amaba desde que eran niños, se le permitía casarse dentro del clan y no estar obligado a buscar esposa entre las jóvenes de los asentamientos distantes.
Antes del compromiso, los linajes eran investigados implacablemente, y los ancianos del clan examinaban a fondo la intrincada red de tíos, tías y primos de la línea materna, así como los tíos, tías y primos de la línea paterna, cada uno de los cuales mantenía una relación especial con respecto a la futura novia o novio. El estudio de estas líneas de parentesco requería días…, días de mucho discutir, recordar y devanarse la mollera, pues sobre el clan caería un desastre si se formara accidentalmente una unión prohibida por algún tabú.
Pero el padre de Ahoté, El Que Une a la Gente, no estaba emparentado con los padres de Hoshi’tiwa, ni siquiera como primo lejano. El abuelo de Ahoté se había unido al clan cuando se casó con la hija de un conjurador de espíritus, y él mismo se habría convertido también en un conjurador de espíritus de no ser porque El Que Une a la Gente de entonces perdió a su único hijo a consecuencia de una misteriosa hemorragia. Aquello había estremecido de pánico a todo el clan: sin nadie capaz de leer el Muro de la Memoria, perderían su pasado y todo vínculo con sus ancestros. Los ancianos habían buscado un sustituto y habían llegado a la conclusión de que el yerno del conjurador de espíritus poseía una mente despierta y destacaba recordando cosas. Por eso, dos generaciones más tarde, su nieto Ahoté era libre para casarse con Hoshi’tiwa.
Ahoté miraba ahora a la encantadora Hoshi’tiwa, sentada al sol con su vestido de brillante y cálido color rojo amapola. Su cuerpo de muchacho se agitaba con deseos de hombre al pensar en sus futuras noches como marido. Un pellizco en el brazo lo devolvió a su lección, y recitó: «Y entonces el pueblo conoció la Primavera de la Caza Abundante, cuando el uapití bajó de la meseta para ofrecerse a nosotros como comida». El símbolo representado en el muro era un venado con flechas en el cuerpo.
El último símbolo pintado en el muro era un círculo con seis líneas arrancando de él, que señalaba el avistamiento de un cometa surcando el firmamento el verano anterior. Ningún nuevo símbolo se había añadido desde entonces, porque no había ocurrido ningún acontecimiento significativo. Mientras se lo recitaba a su padre, Ahoté se preguntó cuál sería el nuevo símbolo que continuaría la larga historia de su clan.
El mensajero cayó de nuevo, marcando con su sangre la piedra arenisca del camino; tenía las rodillas rasguñadas y sangrantes, y todos los huesos le chirriaban de dolor. Sabía que podía salvarse con solo que se saliera de la carretera y se desviara hacia la izquierda para meterse por un estrecho barranco que lo ocultaría a la vista del ejército que se aproximaba. Pero las personas que vivían en el asentamiento eran su propia gente. Confiaban en él como vigía para prevenirlos en caso de peligro.
La madre de Hoshi’tiwa hizo una pausa en su trabajo con la piedra de moler que transformaba el grano en harina y levantó la vista al firmamento. El mundo parecía estar bien, pero no era esa la sensación que daba. Paseó la vista por la pequeña plaza. Allí cerca estaba la joven Maya, sentada en el interior de su casa de adobe, ocupada en amamantar a su bisabuelo. Su pequeño lloraba en el cesto con que lo llevaba a su espalda, pero tendría que esperar a que se alimentara el anciano. Al hombre se le habían caído hacía mucho los dientes, y ahora le costaba incluso tragar las gachas. Por eso, siguiendo la antigua costumbre de mantener las valiosas vidas de los ancianos —por ser los únicos que conservaban el recuerdo de lo que había ocurrido— su bisnieta lo alimentaba con su propia leche.
Por la puerta entreabierta de la construcción de adobe que se alzaba al lado salían gritos de dolor. La madre de Hoshi’tiwa podía distinguir, en la penumbra, a su amiga Lakshi, que estaba de rodillas, con los brazos por encima de la cabeza y las muñecas atadas a una soga suspendida del techo. Arrodilladas la una frente a Lakshi y la otra a su espalda, dos parteras la ayudaban a dar a luz a su bebé.
Todo normal, nada fuera de lo ordinario. Pero había algo que desentonaba. El aire estaba demasiado inmóvil; los sonidos, demasiado apagados; la luz del sol era demasiado dorada. ¿Sería este el día?, se preguntó Sihu’mana, ¿el día con el que había soñado, en una turbada pesadilla, mucho tiempo atrás? ¿Habría llegado por fin? ¿O serían solo los nervios de una madre ante la próxima boda de su hija?
Porque ninguna madre podía descansar tranquilamente de noche mientras su hija existía en el frágil estado intermedio entre la niñez y el matrimonio. Una vez que Hoshi’tiwa estuviera bajo la protección de un esposo, Sihu’mana, como todas las madres desde el comienzo de los tiempos, respiraría más tranquila.
Había dos cosas que los que contraían matrimonio aportaban a su unión: el hombre, su valor, y la mujer, su honor. Preservar la virginidad de su hija no había sido tarea fácil porque Hoshi’tiwa había sido bendecida —o maldecida, depende de cómo se mirara— con el don de la belleza. Todos recordaban aún, aunque nadie hablaba de ello, a aquella pobre chica, Kowka, que, pocos días antes de su boda, había ido con sus hermanas a buscar huevos de pinzón, se había extraviado río arriba, y una pandilla de merodeadores del norte la habían atacado al encontrarla sola y sin protección. La muchacha había sobrevivido al ataque, pero ningún hombre estaba dispuesto a casarse con ella a causa de las complejas reglas del clan y los tabúes relativos al sexo. Todos tenían prohibido mantener relaciones sexuales con un miembro de otra tribu; las bodas solo podían concertarse con personas del Pueblo del Sol, cuyos clanes eran tan numerosos que podían ofrecer múltiples elecciones. Una mujer no podía yacer con su hermano, tíos o primos varones. Y una virgen no podía unirse a un hombre con anterioridad a la celebración del matrimonio. Atendiendo a que los violadores de Kowka pertenecían a una tribu del norte que veneraba a diferentes dioses y tenía distintas creencias, y a la virginidad de la muchacha, los ancianos la habían declarado makaiyó…, impura. Y a pesar de las súplicas de su madre para que se mostraran indulgentes, habían conducido a Kowka fuera del poblado y jamás se había vuelto a saber nada de ella.
La súbita aparición de Kowka en sus pensamientos alarmó a Sihu’mana, por lo que se apresuró a murmurar unas palabras de buen augurio y trazó un signo protector en el aire. Hacía años que no pensaba en la desgraciada muchacha. ¿Se trataría ahora de un presagio?
Lo cierto es que los temores de Sihu’mana retornaron con toda su fuerza. El sueño profético…
Por espacio de dieciséis años había mantenido aquel secreto en su corazón, sin descubrírselo ni siquiera a su hija Hoshi’tiwa, a quien se refería. Por espacio de dieciséis años Sihu’mana había rezado a los dioses, les había ofrendado más grano del debido con la esperanza de poder convencerlos de que no era justo arrebatarle a una mujer su única hija. El fértil seno de Sihu’mana había engendrado ocho hijos. Dos nacieron muertos, dos no sobrevivieron al primer año, otros dos murieron antes de haber cumplido los cinco, y el hijo que hubiera sido el hermano mayor de Hoshi’tiwa murió al alcanzar la mayoría de edad, cuando, obedeciendo a su visión, marchó a las montañas sin más armas que una simple lanza. Allí consiguió dar muerte a un puma… pero después de que la bestia hubiera abierto de un zarpazo al abdomen del joven, que había podido regresar a casa conteniendo sus intestinos con la mano, aunque cayó muerto a los pies de su madre.
No habían venido más hijos después, ya que el flujo menstrual de Sihu’mana había cesado; por eso, durante dieciséis veranos, había amado a Hoshi’tiwa y la había protegido, le había enseñado a caminar y a hablar, a ser amable y paciente, a ser educada y modesta, y la había instruido en las tradiciones del clan y en sus muchos tabúes para asegurarse de que la niña no quebrantara accidentalmente una ley y causara con ello un desastre para la familia. Pero, sobre todo, Sihu’mana había enseñado a su hija a «hablar» a la arcilla con sus hábiles dedos, a elaborar las tinajas para agua de lluvia más hermosas que el clan hubiera visto a lo largo de generaciones. Durante dieciséis años, Sihu’mana se había tragado sus miedos junto con sus tortillas, esperando que aquellos sueños suyos hubieran sido solo el resultado de haberles puesto demasiadas especias, demasiado chile, o meramente la travesura de mal gusto de un espíritu burlón.
Pero ahora su sangre y sus huesos le estaban gritando otra cosa. Hasta el mundo con sus árboles y rocas, con sus pájaros, parecía gritarlo. Y cuando vio pasar a la vieja Wuki, cargada con una cesta de cebollas que acababa de extraer de su huerto, Sihu’mana lo supo también. El temido día finalmente había llegado.
Pero… ¿por qué? ¿Qué era exactamente lo que le estaban gritando su carne y sus huesos? ¿De qué servía una premonición que prescindía de detalles? Alzando de nuevo la mirada al cielo, y manteniéndola fija en el claro y profundo azul, Sihu’mana recordó las ominosas circunstancias que rodearon el nacimiento de Hoshi’tiwa y se preguntó si la premonición tenía algo que ver con la lluvia.
Los dioses siempre habían mirado con ojos benévolos el asentamiento de Sihu’mana. En el invierno, la nieve caía copiosamente sobre las ramas de cedros y pinos; en verano, las lluvias bendecían los campos de maíz repletos de mazorcas. Su pueblo siempre gozaba de una abundante cosecha en otoño. Y aunque una gran parte del grano era enviado al Lugar del Centro, exigido por los Señores de la Noche desde los tiempos más lejanos a que se remontaba la memoria del clan, siempre quedaba lo suficiente para los granjeros y sus familias. E incluso este año, en que los señores exigían más porque, según se rumoreaba, en las tierras situadas al sur del Lugar del Centro los campos de maíz se agostaban porque las nubes les negaban la bendición de la lluvia, el clan de Sihu’mana no se inquietaba. Ellos siempre tendrían lluvia porque sus alfareros fabricaban las mejores tinajas del mundo para el agua de lluvia.
Todos sabían que, si la lluvia no tenía dónde caer, no caería. Y que cuanto más exquisito fuera el recipiente, más lluvia atraería. Consiguientemente, había cientos de tinajas moteando el paisaje al pie de la escarpada pendiente, delante de las puertas, alrededor de la kiva, a lo largo de las paredes y en los alféizares de las ventanas, llenándose del precioso líquido que alimentaba las cosechas de maíz, los frijoles y los zapallos. Y el cazo o cantimplora para beber los sedientos. Las tinajas para agua de lluvia del clan eran tan apreciadas por los habitantes de aldeas y granjas lejanas, que los comerciantes y viajeros se detenían allí con frecuencia a intercambiar «piedras del cielo», carne y mantas de plumas por tan exquisita cerámica.
El turbado corazón de Sihu’mana la impedía concentrarse por entero en moler el maíz. Sus ojos recorrían continuamente la plaza, las casas de adobe, los campos y el río, hasta que por último se detuvieron en su hija, que seguía hilando algodón. Allí estaba la raíz de su intranquilidad. Hoshi’tiwa era una joven bella, callada y modesta. Sin embargo… Sihu’mana se preguntaba a veces si no habría una pizca de orgullo acechando tras aquella sonrisa tímida. Y el orgullo, como todos sabían, era el primer paso hacia una caída.
Deseaba yacer tendido allí, al calor de las piedras del pavimento. El mensajero estaba tan agotado, que dudaba de sí podría levantarse para recorrer el último trecho hasta el asentamiento.
Pero allí estaba su familia. Su abuela Wuki y su hermana Lakshi. No podía permitir que los caníbales las hicieran cautivas.
Y, por eso, con un esfuerzo final, y una desesperada y muda plegaria a los dioses, el corredor se alzó sobre sus pies sangrantes y se precipitó en busca de los acantilados de donde lo llamaba el río familiar de su hogar.
Hoshi’tiwa procuraba no sentirse orgullosa, pero siempre se daba cuenta de que sus tinajas para agua y las que elaboraba su madre eran las primeras que elegían los comerciantes. La madre la advertía a menudo:
—No te envanezcas de tu don, hija mía. Recuerda que los dioses se lo negaron a algún otro que pudiera haberlo tenido. Por eso el orgullo desagrada a los dioses.
Aun así, todo el mundo afirmaba que Hoshi’tiwa tenía un don sagrado. ¿Cómo podía dejar de sentirse orgullosa, sobre todo ahora, que estaba prometida a Ahoté, quien se preparaba, a su vez, para ser uno de los hombres más importantes del clan?
Añadió al hilo más fibras de algodón, cuidando de mantenerlo fino y uniforme. A Hoshi’tiwa no le gustaba hilar, como a algunas de las otras muchachas, porque lo suyo era la cerámica. Pero le correspondía por derecho propio confeccionar su traje nupcial, y por eso la habían relevado de sus tareas de alfarería hasta después de que se celebrara la boda.
Una nube pasó por delante del sol, y sumió en una breve oscuridad el asentamiento y los campos de maíz. Pero aquello no preocupó a Hoshi’tiwa, porque era primavera y el tiempo se mostraba caprichoso. No se le pasó por la imaginación que pudiera ser un presagio, una señal de que se acercaba otro tipo de nubarrón.
Hoshi’tiwa deseaba que le hubiera sido posible confeccionar con algodón todo su ajuar de novia, pero el algodón era un bien muy valioso, su clan no lo cultivaba y, por ese motivo, tenían que comprarlo lejos. El que había podido conseguir solo bastaba para tejer cintas para el pelo. Su vestido y capa de novia estarían hechos con fibras de maguey, lo mismo que la falda y la blusa que llevaba en esos momentos. Aunque estas prendas habían sido tejidas en otra aldea y adquiridas a cambio de tinajas para agua de lluvia, el pueblo de Hoshi’tiwa tenía sus propios vestidos, lo que la permitía lucir frecuentemente su color favorito: el rojo. Y las cintas de su pelo, que sujetaban con firmeza el trenzado de los complicados rodetes que indicaban su condición de doncella, habían sido tejidas con fibra de yuca y teñidas de rojo a juego con las ropas.
Pero seguramente —se decía ahora, sentada con las piernas cruzadas frente al umbral de su casa de adobe— para su vestido de novia haría falta un color distinto… Tal vez un azul vivo…
—¡Auxilio!
Hoshi’tiwa levantó bruscamente la cabeza. En el recodo del río había aparecido un hombre con evidentes señales de agotamiento y el cuerpo brillante por el sudor.
—¡Peligro! —gritó agitando los brazos a medida que se acercaba al poblado. Una vez allí, cayó de rodillas y añadió mientras indicaba con las manos el cielo—: ¡Corred al refugio! ¡Se acerca un Señor de la Noche!
Hoshi’tiwa dejó caer el huso y se puso de pie inmediatamente. Los que faenaban en los campos, las madres y los niños en sus hogares, los alfareros que trabajaban en sus hornos… todos abandonaron sus tareas y se dirigieron corriendo al pie del despeñadero, contra cuya pared había dispuestas siempre unas escalas de madera para poder acceder rápidamente por ellas al reducto fortificado que se abría a media ladera. Los primeros en llegar arriba arrojaron sogas para permitir que fueran más los que treparan a toda prisa por la pared de roca en busca del refugio.
—¡Daos prisa! —gritaba el mensajero, que había acudido corriendo desde una distante atalaya, donde había podido ver a lo lejos el ejército que se aproximaba.
Dos hombres lo levantaron del suelo y lo condujeron hasta una de las escalas.
Las dos parteras se acercaron también cargando con una gimoteante Lakshi, que llevaba sobre el vientre a su bebé recién nacido, unido todavía a ella por el sangrante cordón umbilical. Ahoté y su padre llegaron corriendo del Muro de la Memoria, y se apresuraron a alzar otras escalas que aún quedaban amontonadas al pie del despeñadero. Todo el pueblo comenzó a trepar alocadamente, ayudándose unos a otros, llamando a gritos a sus seres queridos para que se dieran prisa, con el temor reflejado en sus rostros.
Se acercaba un Señor de la Noche.
Hoshi’tiwa y su familia sentían terror de los señores del Lugar del Centro. Habían oído historias de torturas y sacrificios humanos. Años atrás, frente al hogar, el Abuelo habló de prácticas nefandas:
—Los señores no son de nuestro pueblo, sino extranjeros llegados del sur que vinieron a esclavizar al Pueblo del Sol. Nos sometieron por el terror. Nuestros antepasados fueron obligados a construir para ellos casas en el Lugar del Centro y a abrir sus anchas carreteras. Si nos oponíamos, venían y causaban una gran mortandad entre nosotros: nos hacían sufrir largas y espantosas agonías, y, por último, cocinaban nuestros cuerpos y los devoraban.
A Hoshi’tiwa le había parecido siempre que aquellas historias eran simples cuentos inventados para espantar a los niños e inducirlos a obedecer, pero ahora, mientras se hallaba de pie en el elevado refugio abrazada firmemente a Ahoté, observó con horror el ejército que se aproximaba por el este, con las pisadas de los jaguares atronando sobre las piedras del pavimento a medida que los soldados llenaban todo el valle con el estruendo de sus mazas de guerra al chocar contra los escudos. En mitad de aquel mar de humanidad salvaje, el Señor de la Noche avanzaba en lo más alto de su trono, portado sobre las espaldas de cuarenta esclavos. Arriba, en el refugio del despeñadero, las ancianas empezaban a gemir, los niños lloraban y los hombres disputaban entre sí.
¿Para qué venía el ejército del Señor de la Noche? ¿Qué querrían?
—¡Van a devorarnos!
—¡Tenemos que huir!
—¡Por el túnel!
—¡Nos encontrarán!
—¡Hervirán nuestros huesos y devorarán nuestra carne!
La aterradora masa humana, vestidos todos con pieles de animales y armados con mazas, lanzas y escudos, se detuvo al pie del despeñadero. La gente refugiada arriba se apiñó en un asustado silencio.
Nadie del clan de Hoshi’tiwa había visto antes a un Señor de la Noche, pero el hermano de su padre, un buhonero que llevaba piezas de cerámica a los poblados próximos para intercambiarlas por sandalias y mantas, le había contado a la familia que el suyo no era el único desfiladero fortificado. Les había hablado de otras cavernas como la suya, con cámaras de piedra, escaleras y terrazas excavadas en la pared de roca, a las que solo se podía acceder con escalas y cuerdas.
En uno de aquellos poblados había hallado muertos a todos sus habitantes. Hombres, mujeres y niños yacían donde habían caído, porque no había quedado nadie vivo para enterrarlos. Los cadáveres tenían aún hachas clavadas en los cráneos y cuchillos hundidos en sus pechos. Pero les habían cortado brazos y piernas, y el tío de Hoshi’tiwa había dicho que había encontrado los correspondientes huesos descarnados y hervidos hasta sacarles brillo como los de un venado después de un festín. Así fue como supieron que los Señores de la Noche habían estado allí y se habían dado un banquete con sus habitantes para honrar a sus violentos dioses.
Ahoté y los demás hombres habían levantado hasta la caverna las escalas y sogas. No había acceso al refugio de la ladera. Estaban a salvo. Contemplaban desde arriba a aquellos temibles soldados llamados jaguares. Ninguno del clan había visto jamás un jaguar, pero conocían por la leyenda que el jaguar era un felino moteado que vivía en unas tierras situadas muy al sur. Los soldados del Señor de la Noche se vestían con las pieles de aquel gran gato manchado, y llevaban sobre sus cabezas la cabeza de aquel animal. También llevaban temibles lanzas y mazas, y escudos de madera en los que aparecían pintados atrevidos emblemas. En mitad de aquel formidable ejército, el Señor de la Noche era portado en su espléndido trono, aunque los habitantes del poblado no podían verlo desde arriba, puesto que su persona quedaba bajo un dosel de vivos colores.
El viento soplaba a través de las abandonadas casas del poblado, mientras sus habitantes esperaban arriba sumidos en un aterrado silencio, las mujeres abrazadas a los maridos, las madres sujetando a sus hijos.
Un contingente de jaguares salió del grupo principal y empezó a registrar las pequeñas construcciones de adobe apiñadas en el llano. Mientras ellos miraban en el interior de cada una, apartando pavos a patadas y pasando por encima de los perros dormidos, un hombre de extraordinario aspecto se adelantó a todos. Los ojos de Hoshi’tiwa se abrieron como platos al verlo, porque jamás había visto a nadie con un atuendo tan espectacular. Llevaba una capa de color escarlata atada a la garganta y una túnica de vivísimo tono naranja que sin duda estaría hecha de algodón; lucía en la cabeza un hermoso tocado de plumas y en la mano derecha tenía una alta vara de madera rematada con un cráneo humano decorado con turquesa y jade.
Lo acompañaban dos hombres igualmente sorprendentes, que llevaban el cuerpo completamente pintado de azul, desde sus afeitadas cabezas hasta las sandalias azules. Vestidos con ropajes azules también, tocaban flautas hechas de tibias humanas y, mientras las hacían sonar, el que llevaba el tocado de plumas se dirigió en voz alta al pueblo, en la propia lengua de este, gritando hasta hacerse oír en el refugio de la ladera:
—¡Soy Moquihix, de la Tierra de los Juncos, portador de la Copa de Sangre, intérprete oficial de los tlatoani! ¡No temáis! ¡Hemos venido en busca de uno de vosotros! ¡De uno de vosotros tan solo! ¡Los demás podéis volver a vuestra siembra como os han ordenado los dioses!
Los apiñados en el reducto se miraron unos a otros mientras su miedo se transformaba en extrañeza.
—¿Que solo quieren a uno de nosotros? ¿Para qué necesitan a uno de nosotros? Y… ¿a quién?
La voz de Moquihix se elevó por encima del llano, se sobrepuso al ruido de la corriente y ascendió por la pared del despeñadero:
—¡Enviadnos a la muchacha llamada Hoshi’tiwa!
A todos se les hizo un nudo en la garganta. Se estremecieron, se apiñaron aún más unos a otros y susurraron con miedo. ¿Habrían oído bien? ¿De verdad reclamaban a Hoshi’tiwa?
—¡No! —gritó Ahoté, atrayéndola hacia sí con mayor fuerza.
Pero la voz profunda y resonante insistió:
—El espíritu de los tlatoani del Lugar del Centro, el Señor Chacal de la Tierra de los Juncos, Guardián de la Sagrada Pluma, Vigía del Cielo, está aquejado de mil penas. El sol no luce en el corazón de nuestro señor. Entregadnos a la joven Hoshi’tiwa, la elegida para alegrar el corazón de nuestro señor, y partiremos.
El temor se reflejó en el rostro de Hoshi’tiwa.
—¿Qué quiere decir, madre?
La sangre huyó de las mejillas de la madre y sus ojos se llenaron de horror y tristeza.
—Hija —respondió con voz tensa—, el Señor de la Noche te ha elegido para él.
—El túnel —dijo alguien, aludiendo a la galería que conducía desde allí al otro lado de la meseta—. Llévatela lejos, Ahoté. Los jaguares no os encontrarán nunca.
Pero entonces vieron que los jaguares sacaban a un viejo de una de las casas. La familia prorrumpió en un grito al ver que un jaguar lo agarraba por los cabellos, lo obligaba a doblar la rodilla y le acercaba un hacha a la garganta.
—¿Quién de vosotros olvidó sacar de casa al viejo tío para subirlo al refugio? —susurró Sihu’mana, furiosa.
—¡Enviadnos a la muchacha —gritó de nuevo Moquihix mientras las altas plumas con que adornaba su cabeza se estremecían al viento— o, si no, mataremos a este viejo!
Las mujeres comenzaron a gemir, porque se trataba de su tío, Espíritu Que Danza, sin cuyos conjuros al llegar el solsticio de invierno el sol se detendría en el firmamento y no proseguiría su viaje de regreso al verano.
—¡No vayas, Hoshi’tiwa! —le suplicó Ahoté—. Ven conmigo y huyamos por la galería. Para cuando los jaguares encuentren un medio para subir hasta aquí, nos habremos ido muy lejos y ellos no podrán encontrarte nunca.
—Pero… ¿por qué me quieren precisamente a mí? Tiene que haber miles de doncellas en el Lugar del Centro. ¡Y yo no soy nadie!
El temor abrió desmesuradamente sus ojos al ver a su tío abajo, de rodillas, temblando bajo el hacha. Miró al Señor de la Noche oculto bajo el toldo. Su trono se levantaba sobre una alfombra de plumas tejidas del azul más intenso del cielo, que a su vez cubría la plataforma de madera que llevaban a cuestas los esclavos. Bajo el borde del dosel distinguió un antebrazo de piel atezada, decorado con brazaletes de un metal que solo había visto una vez en su vida, al que llamaban oro. Pero al señor no consiguió verlo.
Sihu’mana habló con voz ronca:
—Porque los dioses te han favorecido, hija, y de alguna manera la noticia de tu bendición ha llegado a los oídos del Señor de la Noche.
Fue entonces cuando Sihu’mana vio el pavor en el rostro de su marido.
—Lo siento muchísimo —balbuceó el padre de Hoshi’tiwa—. Estaba orgulloso de ti, y me envanecí.
El aire se estancó en los pulmones de Sihu’mana. Apenas encontró aliento para decir:
—¡Marido…!
Pero no pudo proseguir, sabiendo lo que vendría después: la terrible confesión que el hombre estaba a punto de hacer.
Las palabras salieron atropelladamente de su boca: cómo se había jactado de su hija el año anterior, en un asentamiento río abajo adonde había ido a intercambiar por sal tinajas para agua de lluvia. Le habían contado los rumores que circulaban acerca de una sequía en el sur, donde había dejado de llover, aun cuando, según ellos, en la región de donde venía llovía en abundancia. «¿Cuál es el secreto de vuestras tinajas para la lluvia?», le habían preguntado. Y él, entonces, no había podido resistirse a la tentación de presumir acerca de su hija, diciendo que había traído consigo la lluvia la noche en que nació y que, desde entonces, siempre tenían llenas sus tinajas de agua de lluvia.
Todos los que se hallaban en el refugio del despeñadero se miraron con caras de preocupación. Era obvio que la historia de la hija de Sihu’mana había viajado por la vasta red de rutas comerciales hasta llegar al Lugar del Centro, donde hacía varias estaciones que no habían visto la lluvia. Pero… ¿qué tenía que ver todo esto con el señor?
Sihu’mana, con el alma llena de temor y la sangre helándole las venas, lo sabía ya. Pero, a pesar de todo, murmuró:
—¿De qué más te envaneciste, marido?
El hombre agachó la cabeza.
—No pude resistirme. Les dije que mi hija es más hermosa que el sol.
Sihu’mana tragó penosamente saliva y vio, en un instante, cuál iba a ser el nuevo rumbo de su vida. No tendría nietos, no tendría una hija amante que cuidaría de ella en su vejez. Hoshi’tiwa iba a dejarlos, y ya nada podría ser como antes.
Se volvió hacia la muchacha y dijo con voz ronca por el temor y la tristeza:
—Esta es la razón de que hayan venido en tu busca, hija mía. El señor te desea para su placer.
Un murmullo de horror se extendió entre los refugiados en la gruta del acantilado, y después los rostros de todos se crisparon con una mueca de repugnancia y miedo a medida que se apartaban lentamente de la muchacha objeto de aquella maldición.
Sihu’mana era consciente de que en los años venideros nadie mencionaría ya el nombre de su hija. Por eso prosiguió:
—Él unirá su cuerpo con tu cuerpo, bendecido por el favor de los dioses, para compartir esa bendición tuya.
Sihu’mana cerró los ojos. Volvía una vez más a su memoria aquel antiguo sueño suyo en el que su hija recién nacida aparecía ya como mujer, de pie en una extraña plaza ante una multitud congregada, y desnuda ante todos salvo por la sangre que resbalaba entre sus pechos. Ahora Sihu’mana entendió su significado.
Hoshi’tiwa no podía moverse. Miraba al jaguar que amenazaba con el hacha el cuello de su tío. Pero el pueblo necesitaba a aquel hombre para que trajera al sol de su viaje invernal. Sin el sol del verano, el maíz no crecería. Pero luego Hoshi’tiwa pensó en el Señor de la Noche oculto bajo el dosel de vivos colores y el pensamiento de lo que tendría que hacer con él la hizo sentir un nudo en la garganta. Cayó de rodillas y se abrazó a las piernas de su madre.
—Mamá —dijo—. ¡Déjame ir con Ahoté! ¡Deja que nos marchemos de aquí!
—Sí —suplicó asimismo Ahoté, con el rostro rojo por la ira. ¿Cómo se atrevía otro hombre a robarle a su prometida? Por muy Señor de la Noche que fuera, no se debía consentir que aquel príncipe conducido en andas tocara a Hoshi’tiwa—. Deja que me la lleve. No nos encontrarán nunca.
Abajo, el oficial llamado Moquihix gritó:
—¡Estás tardando demasiado! ¡Tu señor ha ordenado que bajes!
Ante los ojos aterrados de todos, el jaguar blandió el hacha y cercenó el cuello del tío, separando la cabeza del cuerpo.
Un terrible silencio cayó sobre la familia que observaba la escena desde arriba. La madre de Hoshi’tiwa la miró y musitó muy quedo:
—¿Qué has hecho, hija mía?
—No ha sido culpa mía, mamá…
—¡Mirad! —gritó Ahoté, indicando un movimiento allí abajo.
Varios jaguares habían salido del grupo principal y corrían hacia un lejano extremo del acantilado.
—Acabarán encontrando un lugar por el que trepar —se dijeron—. Conseguirán llegar hasta nosotros y nos matarán a todos.
—Tenemos que huir, entonces…, ahora mismo —dijo Hoshi’tiwa—. ¡Escapemos todos!
Pero la madre alzó del suelo a la muchacha para ponerla en pie y la miró con tristeza al rostro.
—Tienes que ir. Todos debemos pagar el tributo a los señores, ya sea en grano o en hijas.
Cuando los sollozos de Hoshi’tiwa se tornaron ásperos y amargos, Sihu’mana se tragó sus propias lágrimas y, recordando su antiguo sueño profético, le dijo:
—Escúchame, hija… Tengo algo que decirte. Naciste con algún propósito especial. Ignoro cuál pueda ser ese propósito, pero lo que sí sé es que no puedes volverte de espaldas a él. Puedes ser muy valiente. Me consta. —La prueba del valor de la muchacha se expresaba en las tres rayas verticales de color azul que lucía en el centro de su frente. Hoshi’tiwa las había recibido durante los ritos de pubertad, cuando se les tatuaban a las niñas en la frente como marca identificativa de su clan. El tatuaje era también una prueba de su valor, porque la operación era dolorosa y el hecho de que una niña gritara al marcarla así era una vergüenza para su familia: se practicaban unas incisiones en la delicada piel de la frente con un cuchillo de hueso muy afilado, y después se restregaba sobre la herida una mezcla de carbón y arcilla azul. A continuación, para evitar la infección, se aplicaba una especie de emplasto a base de hojas de álamo maceradas en nequhtli, un alcohol muy fuerte. Hoshi’tiwa no había torcido el gesto ni se le había escapado una sola queja—. Tienes que ir ahora, hija.
—¿Cómo puedes hacerme esto, mamá? —gimió la muchacha.
Sihu’mana tomó entre las manos el rostro de su hija y le dijo:
—Tu vida aquí ha acabado, hija mía. Ahora está en las manos de los dioses. Espero que volveremos a verte.
Pero Sihu’mana sabía que eso no sería posible. Muchos años atrás, la hermana de su propia madre, durante una peregrinación a los sagrados templos del Lugar del Centro, había atraído las miradas de uno de los pipiltin, los nobles gobernantes. La habían retenido allí y ya nunca más se había vuelto a saber nada de ella.
—¡No! —gritó la muchacha…
Prefería la muerte a unirse a aquel Señor de la Noche que aguardaba bajo su dosel. Pero entonces vio también las miradas de súplica de quienes esperaban que los librara de morir a manos de los jaguares, y creyó advertir asimismo la expresión con que habían mirado a la pobre Kowka cuando se recuperaba de las heridas que le habían causado sus violadores. Para quienes la miraban así, Hoshi’tiwa era ya una makai-yó, palabra que tenía muchos significados. En términos rituales significaba impura, tabú: en su calendario estelar había días nefastos considerados makai-yó. A algunos alimentos prohibidos, como la carne de la tortuga del desierto —que era el espíritu totémico del clan—, se les atribuía el carácter de makai-yó. Y era makai-yó asimismo la doncella que había visto comprometida su virginidad. Lo que significaba que ya no tenía padre ni madre, hermanos ni hermanas, ni parientes de ningún tipo…, que no tenía amigos ni nadie que le profesara afecto, la alimentara, le prestara ayuda.
Cuando oyó resonar en la vasta caverna la voz del hechicero que surgía de entre el humo de su pipa para salmodiar las palabras de tabú y purificación, Hoshi’tiwa exclamó:
—¡Aún no ha sucedido nada de eso!
Pero se dio cuenta de que algunos de los presentes desviaban sus miradas de ella, porque los dioses habían decretado ya su maldición y la impureza estaba empezando a contaminarla.
Con un nudo de miedo en la garganta, la boca reseca y el corazón palpitándole con fuerza, Hoshi’tiwa abrazó a su madre y a su padre, y besó a su amado Ahoté. Pero cuando fue a besar a sus tías y tíos, estos retiraron sus rostros.
Mareada por el temor y la vergüenza, Hoshi’tiwa lanzó la soga por la pared de roca y bajó por ella. Ya al pie del acantilado, se detuvo un instante a mirar los rostros de quienes la observaban desde lo alto, pero enseguida una mano brutal la agarró, le ató las muñecas, la llevó a rastras a donde se hallaba Moquihix y la obligó a arrodillarse ante él. Hoshi’tiwa permaneció allí de rodillas, temblando, mientras el alto oficial se erguía sobre ella.
—¿Eres tú la muchacha llamada Hoshi’tiwa?
Ella asintió en silencio.
—Aunque no seas más que un escarabajo pelotero a los pies de mi señor, una mota de polvo en los rayos de sol que complacen los ojos de mi señor, has sido elegida por los dioses para alegrar el corazón de mi señor el tlatoani del Lugar del Centro, del Chacal de la Tierra de los Juncos, Guardián de la Sagrada Pluma, Vigía del Cielo.
La voz de Moquihix se alzó para que la oyeran los que estaban en el reducto del acantilado.
—No eres más que polvo bajo los pies de los esclavos, muchacha, pero alegrarás el corazón de mi Señor Chacal o, al llegar el próximo solsticio, tú y todo tu clan seréis sacrificados a los dioses en el altar sangriento.
Petrificada por el pavor, Hoshi’tiwa caminaba con el ejército del Señor de la Noche, cojeando porque sus pies descalzos no estaban acostumbrados a la aspereza de las piedras que lo pavimentaban. Poco a poco fue desapareciendo el pequeño llano en que se alzaba su poblado y no llegaban ya hasta sus oídos los llantos y gemidos de su familia en la gruta del acantilado. Tenía frente a sí la amplia carretera empedrada que los Señores de la Noche habían construido, recta como una flecha a través de los valles y entre las mesetas que había a los lados, dejando atrás despeñaderos habitados, casas y granjas: una carretera que conducía al Lugar del Centro y al incierto destino de Hoshi’tiwa.
En cabeza de la columna iba el Señor de la Noche, llevado en su magnífico trono sobre los hombros de cuarenta esclavos, todos ellos engalanados. Hoshi’tiwa solo podía ver el respaldo del trono en el que se sentaba el señor y, sobresaliendo por encima de él, las largas plumas verdes de su tocado. El alto oficial, Moquihix, viajaba también en una litera, pero más pequeña, portada solo por seis esclavos. Detrás seguían los jaguares, vestidos todos con pieles moteadas de animales: hombres orgullosos y violentos armados con lanzas de punta de sílex y escudos para defenderse. Cerraban la columna los esclavos, cargados con alimentos y enseres dentro de unos sacos que llevaban a sus espaldas y sujetaban con cintas ceñidas a la frente. Los objetos más pesados eran trasladados en pértigas que cargaban entre dos hombres.
Cuando la comitiva pasaba por las granjas y los poblados, hombres y mujeres dejaban lo que estuvieran haciendo y se postraban contra el suelo, tapándose las cabezas por miedo. La única excepción fue un kokopilau, que los siguió caminando por el borde de la carretera, con la cabeza inclinada bajo un pesado saco y llenando el aire con las notas alegres de su flauta. Tan importantes se consideraban el buen augurio del kokopilau y sus bendiciones, que era el único hombre que no tenía que inclinarse ante el gran señor.
Pero Hoshi’tiwa no se fijó en esto porque en sus ojos llevaba aún clavada la imagen de las lágrimas de Ahoté, del cuerpo decapitado de su tío, y del dolor que había visto en el rostro de su madre cuando Hoshi’tiwa se había negado a bajar por el despeñadero. Su corazón rebosaba emociones que no conocía: confusión, asombro, temor, tristeza… ¿Cómo podía haberla obligado su madre a hacer aquello?
Y una acción tan horrible… ¿ocurriría esa misma noche? El mero hecho de pensarlo la repugnaba. Se prometió a sí misma que se limitaría a tenderse en el lecho, inmóvil. A dejarle que él obrara a su antojo.
Pero con eso no le daría placer.
¿Qué podía hacer una mujer para asegurarse de complacer a un señor? ¿Qué se suponía que tenía que hacer? Aunque virgen, Hoshi’tiwa sabía cómo hacían los hombres y las mujeres para fundirse en el amor y el deseo. Pero… ¿acaso no eran distintos los señores? ¿Se comportarían siquiera como personas normales? Había oído rumores que afirmaban que eran, en parte, bestias… Sí, pero… ¿en qué parte? Un sudor frío empapaba su cuerpo y la hacía temblar de miedo y repugnancia.
Al llegar el crepúsculo, el ejército hizo un alto y Hoshi’tiwa se sorprendió al ver, al lado de la carretera, un amplio campamento lleno de personas de todas las edades, atadas juntas, que lloraban o protestaban: cautivas como ellas. Los jaguares se retiraron al lado más distante del campamento y el Señor de la Noche fue conducido a un tipo de refugio que Hoshi’tiwa no había visto nunca antes: de telas de vivos colores tendidas sobre unos postes y fijadas al suelo mediante estacas, con un orificio de entrada cortado en la tela. El Señor de la Noche desapareció en el interior de aquella espléndida tienda, y la tensión de la espera hizo que Hoshi’tiwa se pusiera rígida.
El alto oficial, Moquihix, hizo una señal con la mano a uno de sus hombres para que le trajera a Hoshi’tiwa. Pero, en lugar de conducirla a la tienda del señor, fue llevada hasta una hoguera a cuyo alrededor había otros cautivos atados juntos, que protestaban y pedían ser puestos en libertad. El oficial se dirigió entonces a un esclavo que atizaba las brasas del fuego.
—Vigila que esta no se escape —le dijo.
—Obedezco —dijo el esclavo, y Moquihix se alejó de allí.
Una vez se hubo ido el oficial, el esclavo, un hombre panzudo que llevaba un taparrabos de tela blanca lleno de manchas y una sucia capa, que también debió de ser blanca, atada al cuello, irguió el cuerpo e hizo un ademán grosero en dirección a Moquihix, antes de mirar luego con ojos soñolientos a la recién llegada. Hoshi’tiwa no pudo evitar fijarse en el rostro de aquel hombre. Jamás había visto a ninguno con una nariz como aquella.
El otro observó la expresión de su rostro: la había visto muchas veces antes.
—Me la cortaron hace años por haber estornudado en presencia de un señor —explicó.
Sacó entonces una cuerda de fibras de yuca, se la ató alrededor del tobillo y sujetó luego el otro extremo a una estaca de madera clavada en el suelo, dejando una longitud suficiente para que Hoshi’tiwa pudiera dar unos pocos pasos.
—¿Es esto…? —comenzó la muchacha, mirando a su alrededor con ojos asustados. Por el oeste se ponía el sol, proyectando largas sombras sobre llanos y valles—. ¿Es esto el Lugar del Centro?
El esclavo sin nariz la miró como dándole a entender que su pregunta le parecía absurda y volvió a ocuparse del fuego.
Llegó entonces un hombre con tortillas de maíz, que arrojó al suelo. Los cautivos se abalanzaron enseguida sobre ellas. Para cuando Hoshi’tiwa consiguió abrirse paso, no quedaba ninguna tortilla. El hombre había traído también un cántaro con agua para que se lo pasaran unos a otros, pero cuando llegó hasta ella, estaba vacío.
—Tienes que darte prisa, si quieres llegar viva al Lugar del Centro —le dijo el Desnarigado, quien, por ser también él un capataz (aunque de inferior rango), mascaba una torta de maíz y bebía agua de su propio odre, sin ofrecer ni una gota a la muchacha.
Ahogando sus lágrimas, Hoshi’tiwa deseó replicar: «No pretendo llegar al Lugar del Centro, así que no me importa que me den comida o no». Pero no dijo nada y se ensimismó para pensar en su desventura.
Cayó la noche, aparecieron las estrellas y la llanura se encendió con las luces de las hogueras. Los gemidos de los cautivos subían al aire para mezclarse con los cantos de los jaguares, que habían prendido una enorme hoguera cuyas centellas volaban como luciérnagas hacia el firmamento. Hoshi’tiwa jamás había oído tanto alboroto.
Mientras sus compañeros de cautividad disputaban por conseguir un lugar cerca del fuego —en su mayoría se cubrían solo con taparrabos, y se acercaba una fría noche de primavera—, Hoshi’tiwa no podía dejar de llorar. El Desnarigado, como lo llamaban, la conminó a guardar silencio. Estaba bebiendo nequhtli, un licor espumoso y embriagador hecho de la savia fermentada de la planta del maguey. Lo sorbió ruidosamente, se pasó la mano por la boca para enjugarse los labios y le dijo a la muchacha que debía sentirse honrada.
—Los señores a los que servimos no pertenecen al humilde Pueblo del Sol. Son toltecas, y se llaman así porque provienen de una lejana ciudad del sur llamada Tollán. Tu nuevo señor es un tolteca y, por lo mismo, superior a ti en todos los aspectos.
Mientras el hombre hablaba, Hoshi’tiwa estaba ya arañando a escondidas la cuerda de su tobillo. En cuanto todos se hubieran dormido, trataría de huir.
Desnarigado se rascó la barriga y se envaneció:
—Yo mismo tengo sangre tolteca en mis venas, pues desciendo de un antiguo linaje de pochtecas, honorables e hábiles mercaderes que comerciaban entre lugares muy distantes. Mi tatarabuelo era propietario de sus tierras, y se nos respetaba por eso. Trabajaba como espía para los tlatoani de Tollán, y conocía los secretos de su gobierno. —Desnarigado suspiró; volvió a llenar su copa y bebió más—. Mi antepasado viajó hasta el Lugar del Centro en busca de la piedra del cielo. Lo que encontró allí fue a un pueblo sencillo, que cultivaba maíz y vivía en casas modestas y que estaba deseoso de servir. Le pareció haber dado con un paraíso. Así fue como se corrió la voz desde su hogar hasta el sur, a través de Tollán y Aztlán, y aún más al sur, hasta Chichén, de que fueran todos al norte, donde la gente era dócil como ovejas, cultivarían maíz para ellos, les darían piedra del cielo y podrían vivir como reyes.
Un sanguinario alarido surgió de pronto de entre los jaguares que estaban en el otro lado del campamento. Desnarigado echó un rápido vistazo hacia allí y después apartó su mirada y tomó otro trago. A Hoshi’tiwa le pareció vilumbrar un destello de terror en sus ojos.
—Llevo dentro de mí la sangre de tu pueblo —dijo el hombre, con aire taciturno—, y por eso me ocupo de los esclavos, porque hablo vuestra lengua y sé cómo pensáis. —Su voz adoptó un falso tono de bravata—: ¡Pero soy más tolteca, porque la sangre tolteca predomina en mí! —Se señaló con el pulgar su torso desnudo—. Mientras los del Pueblo del Sol excavabais hoyos en la tierra, mis antepasados levantaban pirámides en dirección al cielo.
Volvió a llenar su copa y miró con nerviosismo otra vez hacia el lugar donde alborotaban los jaguares, y siguió:
—Fueron los éxitos de mi tatarabuelo y de otros valientes pochtecas como él los que hicieron que el rey enviara un tlatoani para gobernarnos. Desde entonces hemos tenido tlatoanis aquí.
Su mirada congestionada recorrió el campamento y fue a parar a la tienda de vivos colores, que brillaba ahora con el resplandor de la luz salida de dentro.
Hoshi’tiwa no podía imaginar qué estaría haciendo el Señor de la Noche en el interior de su magnífica tienda, pero todos sabían que los Señores de la Noche cortaban carne humana y la comían con maíz. Devoraban aquel grano humano, como lo llamaban, para apaciguar a sus sanguinarios dioses. Hoshi’tiwa estaba decidida a huir antes de que el señor pudiera acudir a devorarla.
Finalmente, Desnarigado se quedó dormido, como los demás cautivos, y hasta los jaguares se fueron sumiendo en el silencio a medida que refrescaba la noche. Hoshi’tiwa se acurrucó sobre sí misma y lloró hasta adormecerse soñando con su hogar y con su amado Ahoté.
La despertó de pronto una mano ruda que le tapaba la boca y apretaba con tanta fuerza que no la dejaba respirar. Otras manos igualmente rudas tiraban de sus muslos y hacían fuerza para obligarla a separar las piernas. ¿Era así como lo hacía el Señor de la Noche?
Pero entonces distinguió el feo rostro del animal que la sujetaba: era uno de los guardias que vigilaban. Los gruñidos de los otros dos hombres quedaron apagados por sus jadeos en el intento de dominarla. Notó el aire frío en sus piernas cuando le levantaron brutalmente la falda.
«¡No!», gritó su espíritu aterrorizado. Aquello era mucho peor que el estar a merced del Señor de la Noche.
En su esfuerzo por respirar y liberar sus brazos aprisionados, abrió la boca y la cerró con fuerza contra la mano que se la tapaba, clavando los dientes en la correosa palma hasta arrancarle sangre. El guardia soltó un alarido y una maldición y, en el breve instante en que Hoshi’tiwa tuvo la boca libre, gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
—¡Calla! —le susurró su atacante, pero la muchacha notó que las manos soltaban de inmediato sus piernas y oyó unas fuertes pisadas alejándose.
Al momento siguiente, el tercero de sus atacantes se incorporaba de pronto con una expresión de sorpresa en el rostro y caía hacia un lado con la lanza de un jaguar sobresaliendo, sangrienta, de su pecho.
Hoshi’tiwa se apartó tanto como se lo permitió la cuerda que la ataba por el tobillo, se bajó frenéticamente la falda y se sentó con las rodillas apretadas contra su pecho. Vio a través de las lágrimas que Moquihix cruzaba a grandes zancadas el campamento y le oyó gritar una orden a otros dos guardias, que se acercaron y se llevaron el cadáver de allí. Luego tuvo una breve y airada conversación con Desnarigado, quien miró hacia donde se encontraba Hoshi’tiwa y respondió mansurronamente:
—Sí, mi señor.
Antes de volver a su lugar junto al fuego, Desnarigado se acercó a la muchacha y le dijo en tono amargo:
—Por lo visto, mi trabajo va a ser mucho más difícil puesto que, además de mis otras tareas, voy a tener que proteger ahora la preciosa flor que llevas entre las piernas…
En esto estaban de acuerdo Hoshi’tiwa y el repulsivo esclavo. Pero la muchacha tenía otras razones para proteger su virtud. En cuanto el Señor de la Noche hubiera dispuesto de ella a su placer, ningún hombre la querría ya…, ni siquiera Ahoté. No casarse significaría también no tener hijos, y le valdría a Hoshi’tiwa el desprecio y la lástima de todos cuantos la rodearan. No solo tenía que protegerse de todos los hombres violentos que marchaban en aquel ejército, sino que también tenía que discurrir una forma para librarse del codicioso deseo del príncipe. Quizá buscando alguna forma de conseguir que no la deseara…
Pero… ¿no irritaría eso a los dioses?
¿A qué dioses? Esta era una pregunta para la que Hoshi’tiwa no tenía respuesta. Sabía que, con anterioridad a la llegada de los señores, el Pueblo del Sol vivía bajo la tutela de unos seres benevolentes invisibles que traían la lluvia, hacían crecer las cosechas y mantenían el equilibrio del mundo. De hecho, el pueblo de Hoshi’tiwa se preocupaba menos de rendir culto a esos espíritus que de evitar ofenderlos. Si la naturaleza abandonaba aquel estado de equilibrio y se producía una inundación catastrófica, un desastre en las cosechas o una enfermedad que aniquilara a una tribu, todo eso sucedía porque los espíritus del equilibrio se sentían enojados y era menester apaciguarlos.
Pero desde la llegada de los señores, mucho antes de que hubiera nacido Hoshi’tiwa, en el mundo de lo invisible se habían introducido nuevos dioses, traídos del sur por los invasores: unos dioses que adoptaban forma humana y que tenían nombres, como Tlaloc, el dios de la lluvia, a la vez que iras y apetitos. Algunos de estos seres superiores formaban incluso familias. Había oído a los hombres de su clan comentar en voz baja durante la noche que los espíritus del Pueblo del Sol estaban siendo ahuyentados por aquellas divinidades celestes más fuertes, que poseían nombres, forma humana y armas, con lo que algún día el mundo se saldría de quicio y permanecería así para siempre.
¿A qué dioses, pues, debería apaciguar si se entregaba al Señor de la Noche? ¿Qué invisibles espíritus velaban por la doncella Hoshi’tiwa y le exigían tanto? Lejos de su pueblo y de la prudencia de los ancianos, Hoshi’tiwa no tenía a quién volverse, y nada más que su joven e inexperto corazón para pedirle respuestas.
Pero a renglón seguido pensaba en su familia y en la vergüenza que atraería sobre ella si rehuyera una prueba de valor y firmeza. Sabía lo que se esperaba de ella: que se sacrificara por el honor de su clan.
Una vez que el señor hubiera acabado con ella, se esperaba que Hoshi’tiwa se diera muerte a sí misma.
Tales eran los tristes pensamientos que daban vueltas una y otra vez en su cabeza como un pobre animal atado, sin llegar a ninguna conclusión.
Al despertar a la mañana siguiente vio que Desnarigado cortaba las ataduras de tres cautivos que habían muerto durante la noche.
Los capataces iban de un lado para otro por el gran campamento lanzando a los cautivos tortillas de maíz y pasándoles odres de agua. Hoshi’tiwa tuvo que ver de nuevo cómo se quedaba sin nada que comer ni agua para beber. Se consoló con el pensamiento de que tal vez al señor no le gustaría acostarse con una mujer toda pellejo y huesos.
Desnarigado estaba de pésimo humor y se quejaba de que los demonios gritaban dentro de su cabeza. Mientras alineaba a sus prisioneros y volvía a atarles los tobillos para la jornada de marcha, Hoshi’tiwa advirtió que dirigía frecuentes miradas a los jaguares que formaban con sus lanzas y escudos. Una vez más le pareció ver el miedo en sus ojos.
Moquihix, el alto oficial, trepó a un peñasco y reclamó desde allí la atención de los hombres; su manto de color escarlata y su túnica de resplandeciente color azul refulgían bajo el sol, mientras el viento agitaba las plumas de su tocado. Todos los congregados guardaron silencio. Y cuando Moquihix anunció la presencia del Señor de la Noche, se arrodillaron todos, se tendieron de bruces contra el suelo y se taparon las cabezas con los brazos. En realidad, los llamaban Señores de la Noche porque el pueblo ignoraba qué aspecto tenían, ya que estaba prohibido alzar los ojos y mirarlos. Solo los muertos habían visto a los Señores de la Noche. Pero cuando los cautivos se prosternaron ante la figura que viajaba en el gran trono, Hoshi’tiwa no pudo resistir el impulso de levantar la cabeza para ver pasar al Señor de la Noche, el hombre que había decretado su infortunio.
Miró, pues. Su figura no evocaba la noche, pues vestía con un lujo tan espléndido que los tonos escarlatas y vivos amarillos de su atuendo, junto con los deslumbrantes azules, casi hacían daño a la vista. En realidad, casi no vio al hombre, pues era todo él plumas y flores, resplandeciente como un dios.
Pero entonces sintió un fuerte dolor en el cráneo, oyó un golpe seco y vio estrellas y planetas antes de sumirse en la oscuridad.
Cuando volvió en sí, el sol estaba ya alto y ella caminaba por la carretera entre dos esclavas que la sostenían por los brazos. La cabeza le daba dolorosas punzadas, y no tardó en comprender que debía de haberla golpeado algún capataz por haber tenido la osadía de mirar a un Señor de la Noche. Tenía hambre y sed, y sus pies descalzos estaban llenos de ampollas. Pero aquella marea humana en movimiento no se detenía. Al rato recorrieron las líneas unos capataces con tortillas y agua, y esta vez Hoshi’tiwa recibió su parte.
La muchacha caminaba entre sollozos y traspiés, sintiéndose traicionada por su madre, por su clan. Se sentía la criatura más desgraciada de la tierra hasta el momento en que la columna se cruzó con un contingente de esclavos que se dirigían a las minas de piedra del cielo del norte: porque entonces vio a otros mucho más desgraciados que ella. Aquellos pobres hombres avanzaban a fuerza de implacables latigazos y pocos de entre ellos se molestaron en inclinar la cabeza al paso del señor, porque, siendo como eran los hombres más desdichados, su suerte era ya la peor que podía caberle a un ser humano y, por lo mismo, no temían a ningún hombre ni a ninguna ley. La gente decía que era preferible la ejecución a la suerte de un condenado a extraer piedra del cielo, porque ninguno sobrevivía al trabajo en las minas. Olvidando su propia desgracia, el corazón de Hoshi’tiwa se compadeció de aquellos pobres hombres, porque sin duda no podía haber crimen tan horrible que mereciera un destino tan cruel.
Cuando aquel río humano comenzó a dirigirse hacia el este, las cordilleras montañosas dieron paso a largas líneas de mesetas separadas por cañones que tenían a uno y otro lado despeñaderos de arenisca de color rojo o dorado. De cuando en cuando surgía un islote de bosque de montaña, pero cada vez eran menos y se encontraban a mayor distancia, del mismo modo que cada vez se hacía más difícil encontrar lagos y riachuelos.
Al anochecer, la expedición hizo un alto y los jaguares rompieron filas y comenzaron a golpear sus escudos con las lanzas, atronando el valle con el ruido. Después se pusieron a alzar su hoguera nocturna e iniciaron sus juegos y danzas al resplandor del fuego. Desde el lugar que ocupaba en el enorme campamento Hoshi’tiwa no podía verlos, pero oía sus cánticos alrededor de la hoguera y el griterío que suscitaban sus animados juegos a la luz de las antorchas. Sus risotadas de placer helaban a cualquiera hasta el tuétano.
La muchacha había supuesto que esa noche la llevarían a la tienda del Señor de la Noche, pero una vez más se vio atada a una estaca clavada en el suelo a la hora de repartirse entre los esclavos el agua y las tortillas de maíz. Apenas comió por la repugnancia que la inspiraba la perspectiva de su noche con el señor. ¿Qué era lo que estaba esperando?
Cuando Desnarigado se puso a consumir su brebaje y a hablar de tiempos mejores, Hoshi’tiwa empezó a repartir su tiempo entre llorar y preguntarse cómo escaparía; pero al final la rindió el sueño.
La despertaron durante la noche unos alaridos de agonía humana, y tuvo que taparse los oídos con las manos para conseguir silenciarlos. Al día siguiente se fijó en que las puntas de lanza de sílex de las armas de los jaguares goteaban sangre.
La tercera noche en el campamento, cuando los gritos y los tañidos de los soldados rivalizaban por subir hasta las estrellas, Hoshi’tiwa le preguntó a Desnarigado qué era lo que ocurría.
El hombre la miró con perplejidad, como si lo pillara de sorpresa la ignorancia de algo tan sumamente obvio.
—Son los Ocho Días —dijo.
—¿Ocho días?
Las cejas del hombre descendieron sobre los dos orificios que le servían de ventanas nasales.
—Un tiempo crítico para el Señor de la Noche y los jaguares. Un tiempo en el que… —añadió él, mirando por encima del hombro— puede ocurrir cualquier cosa.
Su tono hizo que Hoshi’tiwa sintiera un hormigueo de temor en la garganta.
—¿Qué sucede al llegar el octavo día? —preguntó. Cuando él no respondió, la muchacha paseó su vista por los centenares de hombres, mujeres y niños que se apiñaban alrededor de las hogueras—. ¿Para qué han sido apresadas todas estas personas?
—Para servir a los señores —dijo Desnarigado. Y se encogió de hombros.
Pero una creciente sensación de miedo hizo pensar a Hoshi’tiwa que el motivo de haberlas reunido era otro.
Cada noche, en efecto, los jaguares se mostraban más violentos con sus cánticos y griterío, y durante el día Hoshi’tiwa notaba su agitación en la forma como avanzaban, como si apenas obedecieran a ningún control. A la sexta noche, cuando Moquihix hacía su ronda por los pequeños grupos reunidos en torno a las fogatas, notó que tenía el cuerpo tenso y los ojos recelosos y alerta. Mientras tanto, Desnarigado bebía como si tuviera miedo de algo, hasta que el nequhtli le hacía perder el conocimiento.
Hoshi’tiwa, en cambio, no pudo dormir: se pasó la noche tiritando bajo las estrellas y preguntándose una y otra vez qué sucedería al octavo día.
Llegaron a un lugar donde la amplia carretera confluía con otra, y la columna se dirigió hacia el sur. Desde allí el camino se empinaba sin interrupción hasta elevarse sobre el llano. Esa noche acamparon al pie de una pequeña meseta.
Hoshi’tiwa supo de inmediato que algo iba terriblemente mal.
Los jaguares estaban callados.
Un extraño silencio parecía haber descendido sobre el gran campamento, a pesar del gentío, a pesar de las brillantes hogueras. No se escuchaban las notas de las flautas ni el sonido de los juegos de azar, ni conversaciones, ni siquiera el omnipresente murmullo de quejidos y súplicas.
Hoshi’tiwa estaba sentada con el cuerpo doblado y la cabeza apoyada en las rodillas, balanceándose temerosamente atrás y adelante. Estaba lejos de su hogar, de todo cuanto le resultaba familiar. Llevaba desgarradas las ropas y destrenzados sus rodetes de doncella. Se las había arreglado para envolver con hojas de plantas sus pies lastimados, pero el agua y las tortillas de maíz repartidas periódicamente no conseguían calmar el dolor y el vacío que sentía en su estómago.
«El señor quiere unir su cuerpo con el tuyo.»
Hoshi’tiwa se había dormido con las mejillas llenas de lágrimas y ahora despertaba de pronto del sueño justo a tiempo para ver la sombra de alguien embozado, que salía sigilosamente de la tienda del Señor de la Noche y desaparecía luego entre los pinos piñoneros alineados al borde de la carretera.
Permaneció despierta y, al amanecer, vio la misma figura embozada que volvía y entraba en la tienda. Aquel día la columna no se movió, sino que permanecieron todos acampados al pie de la meseta.
Los temores de Hoshi’tiwa crecieron en intensidad. Se acercaba el momento. Pronto algún sacerdote o un jaguar, posiblemente el propio Moquihix, se erguiría delante de ella y le pediría que lo siguiera. Después, la gran tienda de vistosos colores la devoraría como una bestia hambrienta y ya no habría más Hoshi’tiwa.
A mediodía, mientras comían sus tortillas, Hoshi’tiwa le preguntó a Desnarigado quién era el que había visto salir y entrar de la tienda del señor, y el otro le respondió secamente:
—¡Ni se te ocurra hablar de estas cosas!
La muchacha supo así que debía de tratarse del propio Señor de la Noche, puesto que estaba prohibido incluso hablar de él.
Cuando cayó la tarde, y se hizo después una clara noche de luna, la tensión se palpaba en el aire. Los jaguares no prendieron ninguna hoguera. Ni se pusieron a comer o cantar: permanecían observando las estrellas en un silencio que helaba la sangre en las venas. Nadie pudo dormir aquella noche, ni siquiera los cautivos que, como Hoshi’tiwa, ignoraban qué era lo que estaba ocurriendo, pero percibían la inquietud en sus vigilantes.
Pasada ya la medianoche, Hoshi’tiwa volvió a ver la negra figura que abandonaba subrepticiamente la tienda del señor y desaparecía en el cercano bosquecillo de pinos.
¿Adónde iría cada noche?
Transcurrió el día siguiente en una inquieta espera, con los vigilantes crispados y todos con los nervios a flor de piel. Hoshi’tiwa empezó a preguntarse si ella y aquella pobre gente vivirían para ver el Lugar del Centro. De niña había oído, durante las veladas alrededor del hogar, historias acerca de sacrificios humanos en masa practicados por los señores. Entonces las había creído otro cuento para atemorizar a los niños. Pero ahora se preguntaba si habría en ellas algo de verdad.
Y se preguntaba también si podría huir sin que nadie la viera.
Se puso el sol y aparecieron de nuevo las estrellas. Desnarigado bebía más que de costumbre y sus habituales ruidos al tragar sonaban más exasperantes en mitad de aquel silencio reverencial, como si estuviera tragándose su miedo. Hoshi’tiwa no hacía más que preguntarse si aquella era ya la octava noche.
El nequhtli acabó soltando por fin la lengua del viejo esclavo, de manera que no tardó en ponerse a lloriquear y añorar tiempos pasados. En determinado momento alzó su copa hacia la tienda del Señor de la Noche y exclamó en voz alta:
—¡El Señor Chacal es más que un tlatoani: es el más noble de los tlatoanis, porque su linaje se remonta a los gloriosos días de Teotihuacán, y no puede haber mayor gloria que esa! —Bebió un trago de su licor y miró a Hoshi’tiwa con ojos extraviados—. Pero el Señor Chacal ha sufrido una gran desgracia. Hace tres años su esposa murió al dar a luz, y desde entonces ninguna mujer ha alegrado el corazón de mi señor.
A Hoshi’tiwa le dio un vuelco el corazón. Si quedaba algún jirón de duda acerca de su destino, cualquier resquicio de esperanza de que tal vez la aguardara otro futuro, todo se vino abajo en un instante: estaba destinada a satisfacer los deseos privados del señor.
—Pero hay otras razones por las que mi señor está triste y melancólico —siguió Desnarigado—. Aunque vive en el Lugar del Centro, su corazón está en el lugar donde nació. En estos últimos años, con todo, los mensajeros han traído noticias de una guerra civil en la hermosa ciudad de Tollán, donde nació el Señor Chacal, y donde nacieron también mis antepasados pochtecas. Había ya desavenencias antes de llegar él aquí, porque siempre hay desasosiego en los corazones de los hombres y nadie vive contento bajo el gobierno de otro. Pero hace un año llegó un hombre con noticias de que la ciudad estaba siendo atacada por unos invasores llamados aztecas (por su origen en la ciudad de Aztlán), aunque ahora se dan a sí mismos el nombre de mexicas. El Señor Chacal quiere volver a casa y defender su tierra natal, pero debe quedarse y gobernar el Lugar del Centro.
Desnarigado soltó un fuerte sollozo y se enjugó las lágrimas que surcaban sus mejillas. Cuando se disponía a alzar su copa otra vez para beber un nuevo trago, Moquihix y dos jaguares se materializaron de pronto como surgidos de la oscuridad. Sin decir palabra, los soldados agarraron al sorprendido hombre por los brazos y se lo llevaron a rastras, mientras Hoshi’tiwa observaba, aterrada y sin poder decir palabra, cómo desaparecía en la noche el infeliz Desnarigado.
A la mañana siguiente, antes de que los vigilantes repartieran tortillas y agua, Moquihix se subió al tocón de un árbol y anunció a todo el mundo que alguien estaba recibiendo un castigo por haber quebrantado la norma de no pronunciar el nombre de su tlatoani.
—¡Que esto os sirva de lección a todos!
Se volvió e indicó un árbol próximo, y entonces vieron todos lo que las primeras luces del alba aún no habían hecho visible: un hombre atado al tronco de un pino, con la cara ensangrentada, negra por el enjambre de moscas que se pegaban a ella ya que, por lo visto, le habían cortado la lengua. Estaba vivo aún, y gemía.
Hoshi’tiwa vio con horror que se trataba de Desnarigado, y de inmediato encorvó el cuerpo porque su estómago vacío sintió un súbito deseo de vomitar. Cayó de rodillas; un sudor frío bañó todos sus miembros. El mundo parecía dar vueltas a su alrededor. ¡Qué monstruo tenía que ser el Señor de la Noche para imponer a un hombre semejante castigo! ¡Y la única culpa de Desnarigado había sido enorgullecerse de su señor!
Desnarigado murió al ponerse el sol, pero su cuerpo fue dejado en el árbol como recordatorio de las estrictas leyes de los Señores de la Noche. Unos jaguares montaron guardia junto a él para alejar a los coyotes y los buitres.
De nuevo el campamento nocturno se sumió en un silencio gélido, sin que los soldados hicieran una fogata, pues aguardaban en la oscuridad. Tras todo un día de arañar la soga que ataba su tobillo, Hoshi’tiwa había conseguido aflojarla. Era libre para huir. Pero cuando llegó la medianoche y pasó ese momento, algo la detuvo. Nadie la vería escapar, nadie la echaría de menos. Y, sin embargo, esperó.
Cuando la figura embozada salió de la tienda del Señor de la Noche y desapareció entre los pinos piñoneros, Hoshi’tiwa supo entonces por qué no había escapado. No podía evitarlo; necesitaba conocerlo. Una vez que hubiera visto los rasgos del monstruo que había destrozado su vida y que había robado la esperanza de su pueblo, echaría a correr sin ni siquiera mirar atrás.
Sacó su pie de la atadura, caminó entre los cautivos dormidos y siguió hacia el bosquecillo de pinos.
Mientras caminaba sigilosamente por el estrecho sendero, a bastante distancia del Señor de la Noche, se recordó a sí misma que al Desnarigado lo habían ajusticiado por el mero hecho de haber hablado del Señor de la Noche… ¡Cuánto más cruel sería el castigo por atreverse a mirarlo! Aun así, aunque Hoshi’tiwa sintiera como un hormigueo de temor en la garganta la sensación premonitoria de una espada de jaguar atravesándola, no podía volverse atrás.
El sendero desembocaba en lo alto de una meseta desde la que se dominaba el mundo en sombras que se extendía hasta el horizonte. La única luz provenía de las estrellas y de una luna ya menguante. Soplaba un viento frío. Ningún sonido llegaba del campamento dormido al pie. A Hoshi’tiwa la invadió la sensación de que ella y el Señor de la Noche eran las dos únicas personas que había en la tierra.
Siguió calladamente su camino alrededor del borde del pequeño llano, hasta esconderse tras un alto matojo de savia. Contuvo la respiración al ver que el Señor de la Noche se acercaba al borde del risco y dejaba caer su manto para extenderlo en el suelo.
La sorprendió ver que se cubría con un simple paño atado a la cintura, de forma que la luz de la luna marcaba colinas y valles en sus musculosos brazos y piernas. Tenía el cuerpo tenso cuando se irguió con los brazos extendidos como para acoger el alba en un abrazo de amante. Su tocado era más sencillo que el que lucía durante el día, aunque a Hoshi’tiwa le pareció más elegante por su sencillez, por las largas plumas que, cuando las movía la brisa, destellaban con reflejos de un verde brillante a la luz de la luna.
Hoshi’tiwa no había visto nunca un hombre como él. Los hombres de su tribu eran bajos y fornidos. Pero este era alto, con miembros largos, cráneo alargado y nariz aguileña. De perfil, y con las plumas que adornaban su cabeza agitándose al viento, evocaba la imagen de un ave en pleno vuelo. Sus cabellos negros como la tinta eran largos y le caían sobre los hombros y la espalda, a diferencia de los de los hermanos y tíos de Hoshi’tiwa, que los llevaban cortos.
La muchacha se sentía confusa. El Señor de la Noche no tenía el aspecto de un monstruo. En realidad… era bello.
Fue entonces cuando lo entendió: aquel no era el Señor de la Noche.
Él empezó a cantar, un canto triste, de notas agudas como el trino de un pájaro, que hacían vibrar todos los músculos de su cuerpo ágil y vigoroso. Hoshi’tiwa miró en la dirección que tenía delante, a lo lejos y por encima de la llanura en sombras. Contuvo el aliento. Entonces la vio: una centella en el oscuro horizonte, próxima al punto por donde pronto surgiría el sol.
El canto cambió. Ahora sonaba como un canto triunfal, de veneración y de júbilo. Hoshi’tiwa se dio cuenta de que aquellos hombres no adoraban al sol, como su propio pueblo hacía, sino que su dios era más bien el Lucero del Alba.
Entonces, de repente, dejó de cantar.
Hoshi’tiwa se puso rígida. ¿Habría advertido su presencia?
Volvió sus ojos agudos y de pobladas pestañas escudriñando la oscuridad. Cuando la descubrió y las miradas de los dos se encontraron, el corazón de Hoshi’tiwa dio un vuelco, pero no de temor, sino por algo que ella, de momento, no pudo entender. Para sorpresa de la muchacha, él no reaccionó como si se sintiera víctima de un ultraje: siguió allí de pie bajo el cielo nocturno, silencioso e inmóvil, con los párpados entrecerrados, hasta que Hoshi’tiwa reunió finalmente el valor necesario para retroceder despacio hacia los árboles y desandar apresuradamente el sendero. Estaba decidida a seguir corriendo sin parar hasta encontrar a su familia al final de la carretera.
Pero cuando llegó al punto donde finalizaba el sendero, se topó con Moquihix y dos jaguares, que de inmediato la agarraron, la ataron de brazos y muñecas y la alejaron de allí.
Hoshi’tiwa se sentía muerta de miedo, y pensaba que nunca llegaría el amanecer. Los jaguares la habían dejado atada detrás de la tienda algo menor que la del Señor de la Noche, en la que se alojaba Moquihix. Mientras esperaba que vinieran para atarla a un árbol y hacerle sufrir la misma horrible muerte que había tenido Desnarigado, se estremecía solo de pensarlo. Al viejo esclavo le habían cortado la lengua por haber hablado neciamente de más; sin duda a ella le arrancarían los ojos por haberse atrevido a mirar al señor.
Sin embargo, cuando el alba rompió sobre la meseta y el valle más abajo, lo que oyó fue solo un gran griterío que provenía de los jaguares, un rugido tremendo y unánime que unía todas las gargantas en una sola y en el que podía reconocer una inequívoca nota de júbilo…, porque su propio pueblo gritaba con el mismo alborozo en los ritos que celebraban los solsticios y los equinoccios. Sin duda habían estado aguardando el primer destello del Lucero del Alba, la aparición de la Estrella de la Mañana.
Hoshi’tiwa comprendió entonces por qué no la habían ejecutado. Había acertado al suponer que el hombre al que espiaba no era el Señor de la Noche; un sacerdote, tal vez. Un vidente o un chamán cuya misión era conjurar al Lucero del Alba para que reapareciera tras sus ocho días de ocultamiento. Y comprendió algo más; que si aún no había sido reclamada al lecho del Señor de la Noche era solo porque los ocho días anteriores formaban una semana santa, en la que el señor no querría contaminarse tocando a una mujer. Hoshi’tiwa estaba segura ahora de que el terrible hecho ocurriría en el Lugar del Centro.
La comitiva reanudó la marcha, pero ahora ya con mejor ánimo, una vez disipados todo nerviosismo y tensión. El día era cálido, lucía el sol en el firmamento y Hoshi’tiwa volvió a ser atada junto con los demás cautivos.
Pronto escasearon los árboles y la vegetación se tornó más dispersa. La carretera principal continuaba hacia el sur y seguía el borde de un profundo cañón. En el fondo, muy lejos, Hoshi’tiwa veía una sucesión de granjas alineadas a lo largo de un pequeño curso de agua, demasiado angosto para ser un río, pero más ancho que un arroyo. Desde el borde de la meseta, con el profundo tajo que se desplomaba hasta el valle, Hoshi’tiwa distinguía asentamientos y viviendas hasta donde alcanzaba su vista. Había gente acampada en la llanura desde el pie de donde se encontraban hasta los despeñaderos del otro lado del enorme cañón, personas que vivían en refugios con cubierta de ramaje y de fronda o en cuclillas alrededor de hogueras. E inmediatamente debajo, casi en la misma base de aquel tajo, se hallaba el corazón del Lugar del Centro: un enorme conjunto de viviendas, plazas, escalinatas y kivas, construido en forma de curva, como un gran arco iris de piedra y ladrillo, poblado por un hervidero de gente, en un número superior al que Hoshi’tiwa hubiera imaginado jamás que existiera. Hombres encaramados en andamios reparaban con ladrillo y mortero los inmensos muros, mientras que otros los revocaban con nuevas capas de yeso, de manera que las altas murallas relucían al sol. Las terrazas estaban llenas de personas que trabajaban, cocinaban o conversaban. Un centenar de hogares arrojaban al cielo penachos de humo. Y un bullicioso mercado se desarrollaba en la explanada principal. El conjunto evocaba la imagen de una colmena.
Según El Que Une a la Gente, el padre de Ahoté, el pueblo del Sol había sido el primero en trabajar en el Lugar del Centro muchas generaciones atrás, pero después llegaron los toltecas y extendieron sus asentamientos a uno y otro lado por todo el cañón, a la vez que enseñaron a la gente a cortar sillares de piedra y a disponerlos de forma que sus muros se alzaran más altos y fuertes, así como a emplear miles de troncos de árboles para crear distintos niveles y hacer que sus viviendas tuvieran hasta cinco pisos. Crearon también kivas más grandes y abrieron amplias carreteras con pavimento de adobe. Para poder ocuparse en estos trabajos, necesitaban disponer de más alimentos que los que eran capaces de producir y por eso exigían a las granjas de los alrededores que se los proporcionaran en forma de tributos anuales. Quienes no les enviaban la cuota exigida, recibían una rápida y violenta visita de los jaguares.
Una fina corriente de agua serpenteaba a lo largo del valle. Desde su lugar de observación a vista de pájaro, Hoshi’tiwa podía distinguir el perfil del antiguo cauce de un río más ancho, que debía de llenarse anualmente con la aportación abundante de las aguas de la nieve fundida. Pero, aunque entonces estaban en primavera, era muy escasa el agua que recorría su curso. Los granjeros se ocupaban en recoger en odres y tinajas la que podían, para rociar después con el precioso líquido los cultivos recién plantados.
¿Cuál había sido la causa de que los dioses de la lluvia hubieran vuelto la espalda a aquel lugar?
Cuando la fatigada expedición bajó por la ladera y se detuvo ante el formidable asentamiento, los jaguares se dispersaron para ir a sus barracones de madera y acudieron altos dignatarios luciendo espléndidas ropas y vistosos tocados para recibir al Señor Chacal y acompañarlo desde su sitial llevado en andas hasta el edificio principal del Centro. Hoshi’tiwa trató de vislumbrar, por encima de las cabezas de la multitud, al apuesto sacerdote del Lucero del Alba, pero había demasiada gente para poder ver nada.
Los capataces pasaron entre los cautivos y fueron seleccionando a los artesanos para enviarlos a sus correspondientes gremios, a los labradores para que cultivaran las plantaciones próximas al Lugar del Centro y a los que destinaban al servicio de los señores. Los restantes marcharían al sur, donde se ocuparían de recoger leña, heno y excrementos de animales para abastecer de combustible los muchos fuegos domésticos de las casas del Lugar del Centro, puesto que era cada vez más escaso el que podía encontrarse en las mesetas de los alrededores. Todos decían que sería un largo y penoso viaje, y que muchos morirían por el camino.
Mientras miraba a su alrededor con ojos asombrados, Hoshi’tiwa recordó que su abuelo había estado allí de joven y que le encantaba narrar cómo había estado de pie en la gran plaza a mediodía del equinoccio y comprobado que la sombra que proyectaba su cuerpo en el suelo ¡señalaba exactamente el norte! Decía que aquello era como si el sol asegurara al pueblo que los ciclos cósmicos se mantendrían siempre inmutables, que el mundo estaba en orden y que la armonía de la naturaleza duraría eternamente.
Liberada de sus ataduras, Hoshi’tiwa enderezó el cuerpo y sacudió los hombros. Ahora la llevarían ante el señor.
Pero cuando Moquihix y los dos sacerdotes de piel pintada de azul, con sus flautas hechas de tibias humanas, la sacaron de la plaza principal a través de la muchedumbre que se abría para dejar paso a los que la conducían, rodearon el extremo sur del enorme edificio de piedra y se detuvieron ante un taller de alfarería, Hoshi’tiwa miró a su alrededor con cara de perplejidad. En una serie de bulliciosas y abarrotadas dependencias, mujeres y niñas se ocupaban de diversas tareas: amasar la arcilla, enrollarla, darle forma, pulirla, pintarla o alimentar el horno. Cuando las trabajadoras vieron a Moquihix y los sacerdotes, interrumpieron al punto sus trabajos y se postraron de rodillas, con las frentes tocando el suelo.
Hoshi’tiwa lo miró a los ojos.
—¿Por qué estoy aquí, mi señor? —preguntó.
—¿Acaso no eres una alfarera hábil, de una familia de artesanos que hace tinajas para agua de lluvia?
La muchacha puso cara de asombro.
—¿Me han traído aquí para hacer vasijas?
El otro soltó un bufido de impaciencia.
—¿Para qué otra cosa, si no, íbamos a haberte traído al Lugar del Centro?
Los ojos de Hoshi’tiwa miraron un instante en dirección al edificio principal, parpadeando, y Moquihix comprendió lo que aquello quería decir. Dijo algo por encima del hombro, en su lengua nativa, el náhuatl, a los dos jaguares que lo acompañaban, y a los dos se les escapó una risa burlona. Hoshi’tiwa se sonrojó, preguntándose cómo había podido ocurrir semejante malentendido. Moquihix había dicho claramente, para que todo el clan lo oyera, que se la llevaban para «dar placer al señor». No había hablado para nada de alfarería. Pero cuando ahora volvió a fijar sus amenazadores ojos en ella, la hizo concebir una idea sorprendente: había mentido a propósito.
Parecía extraño. Estaba también en el mismo sentido la orden de proteger su virginidad que le había dado al Desnarigado. Y, sin embargo, al momento siguiente se dio cuenta de que aquella orden no había sido dada en atención al Señor de la Noche, sino para que ella pudiera transmitir su pureza virginal a la arcilla, puesto que todo el mundo sabía que el trabajo de las doncellas era más puro, ritualmente hablando, que el de las mujeres que se habían acostado con hombres.
—… para crear una vasija que atraiga la lluvia al Lugar del Centro —estaba diciendo el oficial—. Cuando llegue la lluvia, se alegrará el corazón de nuestro noble tlatoani, el Chacal de la Tierra de los Juncos, Guardián de la Sagrada Pluma, Vigía del Cielo, Señor de los Dos Ríos y las Cinco Montañas.
Hoshi’tiwa escrutaba aquel rostro vulgar e inexpresivo, pero entonces vio en sus ojos algo que heló sus huesos hasta el tuétano: la expresión de un poder absoluto.
El corazón le dio un vuelco al pensar que durante ocho días había vivido en la vergüenza, sintiéndose makai-yó sin ningún motivo. Y ahora ya no podía hacer nada para evitarlo.
No era justo.
Moquihix golpeó con su vara rematada por un cráneo el suelo de piedra, y dijo en tono solemne:
—Y tú, muchacha del poblado del norte, tú que eres polvo bajo las sandalias de tu señor…, tú atraerás el agua para el próximo solsticio, o tú y todo tu clan seréis sacrificados a los dioses en el altar de la sangre.
Tal era el destino preanunciado por el mismo nombre de Hoshi’tiwa, porque, en la lengua del Pueblo del Sol, hoshi’tiwa significaba La Doncella que Trae la Lluvia. La misma noche que llegó al mundo, los cielos se desbordaron con una gran tormenta y los granjeros y sus familias se regocijaron con la lluvia. Por este motivo decían todos que sus vasijas para agua de lluvia eran especiales, porque jamás fallaban a la hora de atraer la lluvia.
Lo vio marchar, con el corazón hecho una piedra en su pecho, y después echó un vistazo a su nuevo hogar. En el polvoriento suelo del taller se amontonaban rascadores, recortadores y piedras para pulimentar. La cerámica característica del Lugar del Centro —blanca, con figuras negras— se amontonaba en todas partes: ollas, jarras, cántaros, tazas, cuencos y figurillas. Tupa, una mujerona de elevada estatura que vestía una túnica polvorienta con la insignia de capataz bordada sobre el pecho, para indicar que era quien mandaba sobre los mejores artesanos del gremio de alfareros, inspeccionó a la recién llegada. Arrugó la nariz al ver a Hoshi’tiwa y la olisqueó con desdén.
—Mugrienta —sentenció, e hizo una señal a un mujer joven que llevaba una pluma verde en el pelo.
La joven condujo a Hoshi’tiwa al patio trasero del taller, le dijo que se quitara su blusa y falda rojas, y le dio un vestido blanco, de manga corta, ajustado al cuerpo. Iba bordado alrededor del cuello y sobre el bordillo con el característico dibujo en hilo negro del gremio de alfareros, que indicaba que el rango de Hoshi’tiwa era el de aprendiza. Era una muchacha amable, y le dijo que sentía mucho que Hoshi’tiwa no pudiera bañarse por la escasez de agua, pero las mujeres habían llenado un cuenco de piedra con arena gruesa y la habían mezclado con agujas de pino machacadas. Refrotarse con aquella arena aromatizada limpiaba y refrescaba el cuerpo.
Le explicó que su nombre era Pluma Verde, y que por eso lucía aquel adorno en su pelo.
—Bien es verdad que aún no he podido hacerme con una auténtica pluma de papagayo: habría tenido que dar muchas vasijas a cambio, y solo nos está permitido conservar unas pocas de las que hacemos para cambiarlas por lo que necesitamos. Aun así, si no la miras muy de cerca, no podrás ver que se trata de una pluma de pavo teñida de verde —añadió con orgullo.
El bordado azul de Pluma Verde indicaba que tenía una categoría intermedia en su oficio, mientras que un tatuaje en la mejilla la identificaba como perteneciente al clan de la Lechuza.
Hoshi’tiwa fue siguiendo las indicaciones de Pluma Verde sin decir nada. Estaba aún entumecida por el asombro y dolida en su corazón. No era makai-yó después de todo. Aunque… sí lo era. Su familia la consideraba así; y, por lo mismo, tenía que serlo.
No podía ni imaginar por lo que estarían pasando. Si Moquihix les hubiera dicho la verdad, que se llevaban a su hija al Lugar del Centro para tener el honor de conjurar la lluvia, estarían celebrándolo ahora. Disfrutando de un festín y recordando el hecho en el Muro de la Memoria. El corazón de Ahoté se sentiría henchido de orgullo. Y, aunque Hoshi’tiwa pudiera no regresar nunca, su clan se regocijaría sabiendo que los dioses la habían elegido para una función sagrada. Más aún: cuando la noticia de aquello se extendiera a otros pueblos, acudirían en masa a su aldea para comprar las tinajas para agua de lluvia bendecidas por los dioses.
Pero, en cambio, la familia de Hoshi’tiwa lloraría bajo una nube de vergüenza. Su madre moriría con el corazón roto. Y el de Ahoté no conocería más sabor que el de la humillación. La noticia de la desgracia de Hoshi’tiwa se extendería a otros poblados y, cuando se enteraran de que era makai-yó, evitarían visitar su pueblo y no querrían tratos con él…, con lo que desaparecerían el comercio de tinajas para agua de lluvia y el propio pueblo.
Creía que estos pensamientos la harían llorar, pero no fue así. Era como si su corazón se hubiera sumido en una densa bruma fluvial que ahogaba en él todas las sensaciones, toda emoción.
Regresó al taller, donde la imponente Tupa la miró de arriba abajo con el ceño fruncido.
—¿Sabes lijar las piezas? —inquirió.
—Sé hacer bien todos los trabajos de la cerámica…
La vara de mimbre la golpeó antes de que la viera venir, dejando un trazo rojo en el brazo desnudo de Hoshi’tiwa.
—¡No es eso lo que te he preguntado, muchacha insolente!
—Sí —respondió Hoshi’tiwa esforzándose en contener las lágrimas—. Sé lijar.
Lijar cerámica era una tarea sucia, molesta y tediosa, que envolvía a quien la realizaba en una fina nube de polvo y la hacía toser y estornudar repetidamente. En su pueblo, se turnaban todas las muchachas en aquella tarea, de manera que no recayera siempre en una sola persona; pero aquí se encargó por entero a Hoshi’tiwa, la nueva, que se pasó todo aquel primer día lijando con mazorcas de maíz secas y puliendo las ollas, cuencos y jarras sin cocer que estaban apiladas junto a ella. Era un trabajo delicado, pues se corría el riesgo de perforar las delgadas paredes de la cerámica no cocida y porque los bordes eran particularmente frágiles. Cuando, al finalizar el día, con las manos ya cansadas, Hoshi’tiwa rompió algunas piezas, sintió de inmediato en la espalda la dolorosa vara de mimbre de Tupa.
No lloraría. Se tragó la rabia y el dolor y miró el cielo sin nubes que se tendía sobre el Lugar del Centro. No había ni el más leve indicio de nube. Parecía imposible hacer que lloviera de allí al día del solsticio de verano.
Pero ella lo conseguiría.
Hoshi’tiwa sintió que algo nuevo rebullía en ella. Como una nueva vida que se debate en las aguas someras de un arroyo, tratando de definirse a sí misma, de encontrar su lugar en el orden complejo de la naturaleza. En el espíritu de Hoshi’tiwa, cuyos pensamientos estaban confusos y las emociones destrozadas, aquella nueva vida alentaba, crecía y extendía sus nuevas alas. Cuando reconoció a aquella criatura extraña dentro de ella, su primer sentimiento fue de sorpresa: porque lo que despuntaba en su corazón era un reto.
Y un súbito deseo de venganza.
«Traeré tanta lluvia, que anegará este valle. Que arrastrará vuestras cosechas, vuestras casas, vuestros sueños. Desearéis no haberme traído nunca aquí.»
No era una determinación fría. Hoshi’tiwa era joven aún y desconocía estas sensaciones intensas. Su nueva bravata no se fundaba en la confianza en sí misma. Más bien se sentía insegura, llena de dudas acerca de sí misma; espantada, en realidad, de sus propios pensamientos. Era como si la muchacha que había sido durante dieciséis años se hubiera visto dividida en dos mientras se hallaba en la terraza del refugio del acantilado contemplando desde arriba el ejército de los jaguares: la primera Hoshi’tiwa estaba allí, abrazada a su querido Ahoté, pero al instante siguiente se partía por la mitad como una vasija y surgía una nueva Hoshi’tiwa. Era esta, la segunda, la que descendía por la soga hasta el fondo del valle y a la que se llevaban consigo los jaguares. La nueva Hoshi’tiwa no se parecía en nada a la anterior, que había estado segura de sí, segura de su sitio en el mundo, conocedora de su futuro.
La nueva Hoshi’tiwa solo estaba segura de una cosa: de que no dejaría que los caciques se libraran de ser castigados.
Anocheció, y las familias que estaban en el llano y en las terrazas se reunieron para la cena. Se oían las voces de los sacerdotes que recorrían la explanada salmodiando sus cánticos sagrados y haciendo sonar sus flautas rituales, mientras el jefe astrónomo subía los escalones que conducían a la meseta para leer señales y presagios en el cielo estrellado. Las personas se visitaban unas a otras, charlaban y se entretenían con juegos hasta que llegaba el momento de conciliar el sueño. Al igual que ocurría en su propia familia, que tenía una pequeña kiva, los hombres iban a las kivas del Lugar del Centro, en tanto que las mujeres y los niños dormían fuera o en las habitaciones pequeñas.
Las componentes del gremio de alfareros compartieron una cena a base de frijoles guisados con chile, servidos en tortillas de maíz calientes. Después las mujeres se divirtieron cantando y contándose historias mientras se peinaban los cabellos unas a otras; Tupa, la capataz, tras haber dado cuenta de cuatro cuencos llenos de frijoles, se contentaba con beber unos sorbos de nequthli y se embriagaba tan profundamente con él como le había ocurrido a Desnarigado. Hoshi’tiwa comió en silencio, sin tomar parte en los peinados ni en los cantos. Cuando las alfareras se retiraron a dormir en su lugar habitual detrás del taller, bajo un techo de ramas de mimbre tendido entre cuatro postes, Hoshi’tiwa vio un lugar libre entre las otras, se acurrucó en él y se quedó dormida.
Despertó antes del alba y salió sigilosamente a aliviarse. Las estrellas aún lucían en el firmamento, pero ya comenzaba a clarear por el este. Se quedó en la esquina del muro meridional, contemplando la imponente construcción de piedra que se alzaba en niveles superpuestos, silenciosa porque los hombres todavía no habían salido de las kivas. Y mientras sus ojos observaban en el nivel de las viviendas las desiertas terrazas, la explanada vacía y las silenciosas kivas, sintió un viento frío en la cara que le hizo pensar en los ojos helados de Moquihix. Las nuevas emociones que sentía dentro cobraron fuerza del acerbo viento, y esta vez no intentó combatirlas.
Imaginó al alto funcionario con su imponente atuendo, como si hubiera conjurado su presencia ante ella, y, a continuación, le espetó calladamente al imaginario tolteca:
—Te arrepentirás de lo que has hecho.
Estaba a punto de volver al taller cuando oyó un canto y, al reconocerlo, miró hacia el norte y vio allí, de pie en un promontorio que se elevaba sobre el Lugar del Centro, una figura con los brazos abiertos al firmamento. Era el sacerdote del Lucero del Alba, que saludaba a la estrella con un canto sagrado.
La belleza de aquel canto era tanta que Hoshi’tiwa sintió de pronto que su corazón se llenaba de esperanza. Pero luego se fijó en quienes se encontraban allí asistiéndolo: los sacerdotes con sus túnicas y Moquihix de pie a su lado, que sostenía entre sus manos un espléndido tocado de plumas; luego, algo más allá, el trono conducido en andas… ahora vacío. Entonces comprendió con estupefacción que el hombre al que había creído un sacerdote del Lucero del Alba era, en realidad, el Señor Chacal.
Otro engaño más. Otro hombre malvado al que debía odiar.
Después de un desayuno de gachas de maíz, a Hoshi’tiwa le encargaron de nuevo lijar las piezas que otras habían creado. Y mientras soportaba la nube de arena y sus cansadas manos pulían las creaciones de otras mujeres, observaba a sus compañeras con ojos de envidia viéndolas con las manos cubiertas de arcilla húmeda, escuchando sus risas que ascendían hacia el techo de mimbre mientras charlaban, añadían nuevos cordones de arcilla y alisaban el perfil de las nuevas vasijas, en tanto que Hoshi’tiwa, como si se hubiera vuelto invisible para todos, se veía obligada a realizar las tareas que ninguna quería hacer.
Se animaba a sí misma con fantasías acerca de cómo conseguiría provocar un diluvio en el que se ahogarían todos los toltecas. En su imaginación, el Pueblo del Sol sería respetado por las aguas, pero el malvado señor y sus dignatarios y nobles, junto con todos los jaguares, perecerían en la colosal inundación que Hoshi’tiwa atraería sobre el cañón y sus cuerpos serían arrastrados por la violenta ola como astillas a merced de un río impetuoso. «Lo lamentaréis. Me suplicaréis que haga cesar la lluvia.»
Aquella noche, después de la cena, una mujer mayor, cuyos cabellos no eran aún completamente grises pero tenía en su rostro las arrugas de la madurez, le preguntó amablemente a Hoshi’tiwa por qué estaba tan enfadada.
Hoshi’tiwa miró su rostro bondadoso y sincero. Aunque la mujer llevaba en la barbilla el tatuaje azul del clan del Puma, a Hoshi’tiwa le pareció encontrar en ella cierto parecido con su propia madre, y le respondió:
—Soy makai-yó.
La mujer, que se llamaba Yani, fue a emitir una exclamación de sorpresa, pero enseguida se llevó la mano a la boca. Susurró entre los dedos un conjuro mágico y trazó después en el aire un signo de buen augurio. A continuación miró a Tupa, que seguía en su rincón trasegando sorbos de nequthli mientras pensaba con nostalgia en los tres maridos a los que había sobrevivido. Una persona makai-yó traía mala suerte a cuantos estaban a su alrededor. El makai-yó agriaba la leche de los pechos y podía hacer que el agua hirviera sin fuego. Eran muchos los que veían a estas personas como individuos marginales, relacionados con prácticas malignas y de brujería.
Yani sabía que eso no era cierto. En toda su vida solo había conocido a una persona declarada makai-yó, una muchacha que había sido sorprendida en una relación sexual con un sacerdote. La habían conducido a rastras a la plaza principal, ante todo el pueblo; la habían desnudado, declarado makai-yó y atado en el altar de piedra donde, todavía viva y consciente, le habían arrancado el corazón del pecho, palpitante aún, para que todo el mundo lo viera.
Al amante de la muchacha, en cambio —recordaba Yani entre lágrimas— se habían limitado a devolverlo a su ciudad natal, en el sur.
Vio con alivio que Tupa no había oído la confesión de Hoshi’tiwa. De haberlo hecho, hubieran tenido que poner el taller patas arriba para purificar ritualmente mediante el fuego todo lo contenido en él. Y a la persona así maldecida…
Yani se estremeció pensando en la terrible suerte que hubiera podido corresponderle a Hoshi’tiwa si su condición de tabú hubiera llegado a oídos de la muy supersticiosa Tupa.
—¿Qué te ha ocurrido, niña? —le preguntó Yani, con el corazón movido a compasión, porque aquella muchacha inocente del pasado había sido hija suya.
Hoshi’tiwa le contó su historia, y concluyó:
—Y ahora soy makai-yó por culpa del engaño de Moquihix. Dijo una mentira para que yo no pudiera escapar y volver a mi clan. Ahora soy una prisionera, aunque no esté atada por cuerdas ni haya guardias que me vigilen. Pero no quiero permanecer en este horrible lugar.
—¿Horrible? —dijo Yani—. No es horrible, niña. Es un lugar maravilloso. Aquí viene gente de los lugares más alejados de la tierra para hablar con los dioses, para obtener medicinas y ropas, para relacionarse con parientes lejanos. El Lugar del Centro es el corazón de nuestro pueblo, Hoshi’tiwa.
—Pero está gobernado por los toltecas.
—No ha sido así siempre, y… —añadió Yani bajando la voz— tal vez tampoco será siempre igual. A mí me encanta el Lugar del Centro. Nací aquí. Mi madre me enseñó su oficio en este mismo taller, y su madre se lo enseñó a ella. Pero yo estoy en el final de la línea, porque no tengo hijos. Aun así, estoy contenta. Mis cuencos y mis jarras son mis hijos.
Sus palabras horrorizaron a Hoshi’tiwa, que se prometió a sí misma que jamás llegaría a la vejez con solo cuencos y jarras a su alrededor en lugar de hijos.
Pero al momento siguiente, para su sorpresa —porque ¿qué tenía eso que ver con el pensamiento de unos hijos…?—, le vino de repente a su espíritu el recuerdo del Señor Chacal en la primera aparición del Lucero del Alba, cuando lo había tomado por un sacerdote.
Su rostro… ¡Había leído tantas cosas en él: tristeza, añoranza, soledad…! Hoshi’tiwa recordó que Desnarigado le había dicho que el Señor Chacal se sentía triste y melancólico porque deseaba ir a su hogar y, sin embargo, tenía que permanecer aquí. Cuando empezaba a sentir que su corazón se compadecía de él, se recordó a sí misma que el Chacal era un devorador de maíz humano, que era un caníbal.
Y rendía culto al Lucero del Alba. Eso decía ya algo acerca de sus captores. Mientras que su propio pueblo adoraba al sol y regía sus vidas en consonancia con el predecible y benevolente ciclo solar, los toltecas se guiaban por una estrella que se movía en el firmamento ora en una dirección ora en la opuesta, que desaparecía durante determinados períodos: ¡una estrella de cuya reaparición nadie podía estar absolutamente seguro! Esto explicaba su comportamiento artero y poco de fiar.
Hoshi’tiwa odiaba al Señor Chacal. Era el mal. Cuando fantaseaba acerca de su inundación, era su cuerpo el que primero veía arrebatado por el remolino de las aguas enfurecidas.
«Pero su cántico al Lucero del Alba era tan hermoso…»
De la misma manera que pensaba que ahora había dos Hoshi’tiwa, se preguntaba si no habría también dos Chacales: el malvado señor del Lugar del Centro y el hombre que cantaba a su dios de una forma tan bella.
Lo alejó de su mente.
—Traeré la lluvia que destruirá a los señores, y después volveré orgullosa a mi clan para contarles la gran hazaña que he realizado, y ya no seré makai-yó.
Mientras se decía que en toda su vida jamás había oído hablar de un makai-yó al que se le levantara su condena, Yani vio que la mandíbula de la joven se tensaba, rechinaba los dientes y se dio cuenta de lo que estaba pensando.
—Escúchame bien, niña… Refrena tu ira, porque no hay nada que puedas hacer para conseguir que tu vida vuelva a ser como antes y con eso solo vas a conseguir ponerte en peligro. Si los señores se dan cuenta de tu ira, te señalarán como peligrosa y te sacrificarán en el altar de la sangre.
—Iré con cuidado —asintió Hoshi’tiwa, aunque negándose a apagar el fuego de su furia.
Porque ella, la hija amante y obediente, tampoco había ido al Lugar del Centro. Otra Hoshi’tiwa ocupaba su sitio.
Pero Yani sabía que la amenaza de la muchacha era infantil, que estaba hecha de palabras hueras y que carecía de confianza en sí misma. Que aquella bravata de la joven era falsa y que, en lugar de expresar confianza en sí misma, nunca se había sentido tan impotente.
Hoshi’tiwa, por su parte, comprendía la sabiduría que encerraban las palabras de Yani, aunque no era capaz de afrontarlas. El desafío y la sed de venganza eran como una enfermedad que se hubiera apoderado de su cuerpo, y para la que no existían remedios: unas poderosas emociones que Hoshi’tiwa no sabía cómo controlar. La aterraba hasta la misma idea de alzarse contra un hombre tan encumbrado y poderoso como Moquihix. Y, sin embargo, por mucho que intentara acallar este pensamiento, solo conseguía hacer que creciera, como si su temor y su desesperación quisieran conquistar aquellas nuevas sensaciones solo para alimentarlas y hacerlas más fuertes.
Yani vio en los ojos de la muchacha el conflicto en que se debatía. Apoyó la mano en el brazo de Hoshi’tiwa como pidiéndola precaución, y dijo en voz baja:
—Un consejo más. No dejes que estas otras se enteren de que has sido declarada makai-yó. —Miró por encima del hombro a las mujeres y jóvenes que charlaban y se entretenían arreglándose los cabellos, y bajó la voz—. Si se enteraran, las cosas podrían ir mucho peor para ti.
Un grito sacudió el aire.
Hoshi’tiwa se volvió, sobresaltada, y vio a la enorme y amenazadora Tupa con la vara de mimbre alzada por encima de la cabeza.
—¡Mujer estúpida! —chilló.
Las otras alfareras se echaron para atrás, y entonces Hoshi’tiwa vio el objeto de la cólera de Tupa: era Yani, que enseguida se había puesto de rodillas, tratando de proteger su cabeza contra los golpes.
—¿Llamas tú a esto una jarra? —preguntó la mujer a gritos, con el rostro desencajado y congestionado por la ira.
Blandía lo que a Hoshi’tiwa le pareció una hermosa pieza. Para sorpresa de Hoshi’tiwa, Tupa la arrojó el suelo y la pisoteó bajo sus pies. Una y otra vez la flexible vara cayó sobre la pobre mujer, mientras las demás observaban la escena en medroso silencio, hasta que concluyó el arrebato y Tupa se fue.
Tras un rato de atónito silencio, las otras mujeres se tranquilizaron y volvieron al trabajo, pasando por encima del cuerpo de la pobre azotada, que permanecía encogida en el suelo. Cuando Hoshi’tiwa hizo ademán de ir a ayudarla, Pluma Verde le puso la mano en el hombro y le dijo en tono suave:
—No la ayudes. Si Tupa se enterara, tu castigo sería severo.
Hoshi’tiwa observó a la muchacha y a las demás que habían vuelto ya a la tarea de amasar arcilla, enrollar cordones de ella, templarla con la adición de diversos materiales, y después se fijó en la mujer cuyos brazos y piernas estaban ahora surcados por verdugones en carne viva.
El trabajo de hacer cerámica no estaba exento de riesgos, debido a los agudos cuchillos empleados para marcar incisiones y a las ampollas que podía provocar un horno caliente; por eso Hoshi’tiwa sabía que en el taller debía de haber algunos remedios. Los encontró, pero las otras se apresuraron a advertirla:
—Tupa es la única que puede dispensar medicinas.
Pero una mujer anciana, cuyos cabellos eran ya completamente blancos y que había perdido todos los dientes y hasta el tatuaje del clan en su rostro, borrado ya casi por las arrugas, declaró:
—Pues, entonces, no se lo diremos a Tupa.
Mientras Hoshi’tiwa aplicaba en las heridas de Yani jugo de áloe y un ungüento a base de hierbas y de grasa animal, le preguntó:
—¿Por qué te ha hecho esto Tupa?
La mujer lastimada estaba demasiado avergonzada para responder, así que fue Pluma Verde quien habló por ella:
—Tupa lleva meses pegándola.
Y Hoshi’tiwa vio ahora en los brazos y piernas de Yani cicatrices de anteriores heridas.
—Pero… ¿por qué? —inquirió.
—Porque las vasijas de Yani son las más hermosas —dijo otra mujer, que miró con nerviosismo en dirección a la plaza, donde era visible el corpachón de Tupa abriéndose paso entre la muchedumbre.
—Yani es la mejor de nosotras —dijo Pluma Verde—. Y Tupa está celosa.
Yani se incorporó. Murmuró un «Gracias» y volvió a su estera, donde habían dejado los primeros cordones de un cuenco.
Tupa regresó a primera hora de la tarde con un nuevo odre de nequthli, no hizo caso de las trabajadoras y se instaló en una estera delante de la puerta para seguir bebiendo a su antojo.
Aquella noche, tras una cena de tamales rellenos de calabaza con especias, las mujeres estaban menos animadas y se expresaban con tono cohibido. Cuando Tupa comenzó a roncar, Hoshi’tiwa le preguntó a Yani:
—¿Por qué te pega? ¿Seguro que los celos son la única causa?
Yani era una mujer de voz suave y rasgos agradables. Llevaba los cabellos divididos en dos trenzas que se juntaban sobre su cabeza formando una especie de gorro. A Hoshi’tiwa le recordaba a su madre.
—Es por esto —dijo.
Sacó de la bolsita de cuero que llevaban colgada de su cinturón todas las alfareras una piedra de pulir tan bella y perfectamente formada que Hoshi’tiwa no pudo reprimir una exclamación de asombro. Aquel era el secreto de las hermosas vasijas de Yani.
Pulir las piezas de cerámica era una tarea difícil, que requería paciencia y ojos adiestrados. Pero también tenía mucha importancia la herramienta. Los ceramistas podían pasar años buscando la piedra perfecta que se adaptara a su mano, que «hablara» a la arcilla seca y supiera cómo deslizarse por las curvas modeladas para revelar el brillo oculto en la materia.
—Esta piedra ha pasado de madre a hija en mi familia a lo largo de generaciones. Tupa la codicia. Comienza a fallarle su habilidad, y piensa que mi piedra para pulir hará que destaquen de nuevo sus piezas. Pero yo no se la daré. Y tampoco puede robármela porque, si lo hiciera, la piedra no trabajaría para ella. Ya sabes…, tiene que ser entregada libremente.
Hoshi’tiwa entendía bien esto. En su propio clan, cuando moría un artesano, sus herramientas eran enterradas con él, porque se pensaba que no trabajarían para otro. Las legadas a algún otro solo servirían si el espíritu de la herramienta sabía que había sido entregada libremente. La misma Hoshi’tiwa aún no había encontrado una herramienta que sería suya toda la vida y que podría legar algún día a su propia hija.
—Tupa ha atraído la desgracia sobre nuestro gremio —dijo Yani, y las demás asintieron.
Pluma Verde, que estaba peinando los cabellos de una compañera, prendiéndolos con fibras de yuca tejidas, añadió:
—Nos ha convertido en el hazmerreír de todos —dijo, y le explicó a Hoshi’tiwa que mantenían una amistosa rivalidad con el gremio de los cesteros, que también agrupaba a mujeres y muchachas—. Danzamos en todos los festivales, compitiendo por premios. Pero ahora ni siquiera se esfuerzan, porque saben que perderemos. Tupa nos ha robado los ánimos.
La mujer de cabellos blancos, desdentada, dijo en su susurro:
—Se suponía que Yani iba a ser la siguiente encargada del gremio de alfareros, pero Tupa dio un generoso soborno al jefe de los gremios. Estar al frente de un gremio es una tarea muy respetada, y el pueblo honra a quien dirige el trabajo de los artesanos. Pero, como nadie respeta a Tupa, nuestro gremio ha perdido su orgullo. Somos una profesión honorable, una hermandad respetada. Pero Tupa ha traído sobre nosotros la deshonra.
Hoshi’tiwa pudo ver varios días más tarde hasta dónde había llegado el deshonor de Tupa.
Era una expedición para ir a recoger arcilla, a la que se pidió a todas que ayudaran. Tupa les dijo que llevaran ofrendas de alimentos, que las mujeres compraron en el mercado a cambio de piezas de cerámica hechas por ellas.
Como los yacimientos próximos de arcilla habían sido explotados ya anteriormente, les llevó un día de viaje llegar hasta el siguiente. Las mujeres realizaron todo el camino entonando cánticos sagrados, pues la arcilla estaba considerada un don sagrado de la Madre Tierra. Mientras el grupo de mujeres y jóvenes recorría un estrecho barranco, Hoshi’tiwa se preguntaba si podría recoger de inmediato su pequeña provisión de arcilla para ponerse a urdir su plan de venganza contra los toltecas.
Las alfareras hicieron una hoguera y guisaron frijoles para rellenar sus tortillas. Después estuvieron contándose historias mientras se peinaban unas a otras y, finalmente, se durmieron bajo las estrellas confiando en que al día siguiente recogerían una buena cantidad de arcilla puesto que a continuación su cometido iba a ser realizar las sagradas tinajas para agua de lluvia previstas para el festival del solsticio.
Al alba cavaron en la tierra cantando y rezando. Y, mientras sus cestos se llenaban de terrones de densa arcilla, tras haber solicitado las mujeres permiso a la Madre Tierra para tomar una parte de su cuerpo y emplearla para las necesidades de sus hijos, se marcharon dejando allí sus ofrendas de maíz, frijoles y calabazas. Finalmente, con los pesados cestos encima de sus cabezas, las mujeres y muchachas emprendieron el camino de vuelta por el barranco hacia el Lugar del Centro, donde se celebraría su sagrado rito para propiciar la llegada de la lluvia.
Habían recorrido un pequeño trecho cuando Tupa declaró que se había dejado atrás su bolsa de cuero. Ordenó a las alfareras que siguieran por el barranco, dio media vuelta y retrocedió bufando hasta el lugar de partida. La curiosidad impulsó a Hoshi’tiwa a seguir sigilosamente a la encargada, a cierta distancia, para no ser vista, y así pudo ver que la codiciosa mujer recogía todas las ofrendas y las metía dentro de su bolsa de cuero. Hoshi’tiwa se quedó asombrada. Tupa no era una de las malvadas toltecas: pertenecía al Pueblo del Sol. Y, sin embargo, cuando se ató la bolsa a la cintura, le dio unas palmaditas y chasqueó los labios como relamiéndose ya del festín que iba a darse.
Hoshi’tiwa pasó despierta toda esa noche, sin pensar por primera vez en su propia desgracia, sino reflexionando sobre la sorprendente transgresión de Tupa y en el efecto que esta podría tener sobre las tinajas para agua de lluvia del gremio. La arcilla era un don de la Madre Tierra y, por consiguiente, sagrada. Hoshi’tiwa recordaba lo que les había oído comentar a las mujeres cierta noche en la cena: que los dioses estaban airados con el pueblo del Lugar del Centro y que ese era el motivo de que no enviaran la lluvia. Murmuraban que habían pasado muchas estaciones desde que un kokopilau con alegre flauta y su morral lleno de buena suerte a la espalda había visitado el cañón. La gente había empezado a abandonarlo en busca de tierras mejores, y por ese motivo el Señor de la Noche había enviado a sus jaguares en busca de cautivos.
A pesar de las dimensiones del Lugar del Centro, del imponente complejo de piedra y ladrillo y de los miles de personas que entraban y salían del cañón, la vida allí no era muy distinta de la que llevaban en el pequeño asentamiento de Hoshi’tiwa. Dioses, fantasmas y espíritus acechaban en todas partes y por lo mismo todo el mundo tenía que poner mucho cuidado en lo que decía, temiendo que sus palabras pudieran ser consideradas ofensivas o blasfemas. La buena y la mala suerte los rodeaban en todos sus actos. Y, si bien las personas no podían controlar la suerte o la desgracia, por lo menos podían intentar predecirlas, de manera que cada mañana, al levantarse de la estera en que habían descansado o salir de las kivas, todos, desde el tlatoani, el Señor Chacal, hasta el campesino que arrancaba las malas hierbas de su parcela, consultaban los augurios, y cada noche el astrónomo jefe observaba el cielo estrellado en busca de señales.
Los dioses presidían todas las actividades: dioses patronos que velaban por los ceramistas y los cesteros, los que trabajaban las plumas y hacían las lanzas, los cocineros y criados, los jaguares y los niños pequeños que daban sus primeros pasos por todas partes. Había incluso un dios que velaba por los juegos de dados —Macuilxóchitl—, al que invocaban los jugadores antes de comenzar una partida. Los días estaban consagrados a dioses concretos, y todos cuantos vivían en el Lugar del Centro respetaban cuidadosamente el calendario anual de festivales, fiestas y sacrificios.
Por eso mismo, a Hoshi’tiwa la sorprendió muchísimo descubrir que pudiera haber gente que no respetara las leyes. ¿Habría más personas como Tupa, cuya corrupción y actos tabú estuvieran provocando la ruina del Lugar del Centro?
Estos turbados pensamientos ocupaban el espíritu de Hoshi’tiwa mientras lijaba una de las hermosas jarras de dos asas de Yani que, una vez pintada por esta, se tornaría blanca en el horno, con sus dibujos negros destacando en un bello relieve. Cuando, de pronto, se cernió una sombra sobre el lugar en que trabajaba, levantó un momento la vista confiando en que se tratara de una nube que cruzara por delante del disco solar, pero lo que vio fue la silueta de un hombre que tenía tras él un cielo radiante.
Vio con sorpresa que se trataba de Moquihix, vestido con su túnica blanca y una capa de color azul intenso y tocado con las plumas de su dignidad sobre los grises cabellos. Mientras se prosternaban y apretaban sus frentes contra el suelo, Hoshi’tiwa permaneció sin moverse, desafiante, por efecto de la ira que bullía en su interior.
Moquihix pasó a su lado y cruzó el umbral del taller de las alfareras, acompañado por los dos hombres pintados de azul que, como ahora sabía Hoshi’tiwa, eran sacerdotes de Tlaloc, el dios de la lluvia. Estos tenían la costumbre de inspeccionar periódicamente, sin previo aviso, los progresos de las alfareras con las tinajas. Aun así, las mujeres intercambiaron nerviosos murmullos mientras se arrodillaban con los rostros pegados al suelo, porque nunca había sucedido antes que el alto oficial en persona acompañara a los sacerdotes.
Moquihix se paseó por el polvoriento taller, estudiando con el ceño fruncido las hileras de jarras, cuencos y figurillas, y después se volvió hacia Tupa, que permanecía de pie pero con los ojos entornados en señal de respeto, y pidió ver las vasijas que había hecho su nueva operaria.
La mujer desplazó de un pie a otro el peso de su cuerpo, que era una carga demasiado pesada para estar mucho tiempo sin repartirla.
—La muchacha no ha hecho vasijas, señor. Aún no está preparada para ese trabajo —dijo.
La orden de Moquihix fue tajante. La muchacha tenía que hacer tinajas para agua de lluvia.
El corazón de Hoshi’tiwa dio un salto de satisfacción. Con aquella orden, Moquihix había sellado su suerte.
Una vez se hubo ido Moquihix, el trabajo se reanudó como antes y nadie mencionó la sorpresa de la visita del alto dignatario. Y, sin embargo, todo el mundo podía notar un cambio en la atmósfera del taller, presente en el espíritu de cada una de las trabajadoras: a Tupa no le gustaba aquel tratamiento especial para la nueva.