Prólogo

Un día de la primavera de 1921, cuando Franz Kafka se encontraba paseando por el Graben de Praga con Gustav Janouch, hijo de un colega suyo en la compañía de seguros en la que el escritor trabajó entre 1908 y 1922, pasaron los dos frente a una sala de exposiciones en la que tenía lugar una muestra de pinturas de Picasso. El joven dijo, refiriéndose al artista: «Es un deliberado deformador». «No lo creo», dijo Kafka, «Picasso únicamente registra las deformaciones que todavía no han penetrado en nuestra conciencia». Y añadió: «El arte es un espejo que “adelanta” como un reloj... a veces».

La anécdota, que Janouch dejó por escrito en un libro –Conversaciones con Kafka– imprescindible para conocer las opiniones del escritor sobre asuntos muy diversos, desde los más íntimos a los que remiten a su obra literaria, nos ilustra perfectamente acerca de lo que el escritor pensaba no solo del arte en general, sino también sobre el modo en que entendía su propia literatura. El carácter «adelantado» o «anticipador» que atribuimos a la literatura de Kafka –quizá nosotros más que él mismo– puede explicarse de maneras muy distintas. Hay quien opina que Kafka es hijo de su tiempo, es decir, que está inmerso en las determinaciones históricas que se derivan del complejo entramado político, cultural, religioso y lingüístico del Imperio de Austria-Hungría (en esta misma encrucijada se situaría la obra de Robert Walser, por ejemplo, a quien Kafka siempre admiró, y que presenta más de un punto en común con la de nuestro escritor). Otros dicen que Kafka no es más que un autor realista (al fin y al cabo sus modelos más admirados, según su propia confesión, fueron autores como Kleist, Dickens, Flaubert o Chéjov), un autor realista que no lo parece por el mero hecho de que incorpora a su literatura unas extrañas figuraciones, convencido, posiblemente, de que esas rarezas se adecuan a la «realidad» de su tiempo, y también convencido, se diría, de que la propia «realidad» ha vivido siempre en una frontera situada entre lo real y lo fantástico. Otros apelan, como parece sugerir el impacto inicial que siempre genera la lectura de sus libros, a la categoría del genio, que lo explica todo sin que sea necesario analizar nada.

Algunos, como muchos de sus contemporáneos en Praga, sugieren que el mundo literario de Kafka tiene que ver con su condición de judío, y el lector verá justificada esta suposición tanto en el apólogo titulado «Ante la Ley», que se encuentra al final de El proceso, como, sobre todo, en la exégesis o interpretación de este apólogo que Kafka desarrolla a continuación. A ese respecto, su amigo Max Brod –que fue quien editó, a título póstumo, las tres novelas de Kafka afirmó con un énfasis que primero fue rebatido y luego aceptado en su justa medida, que Kafka tenía algo de profético: su carácter «anticipador» habría consistido en la transposición al elemento literario de una visión de la realidad anticipada al modo como los profetas se adelantan a los hechos que vendrán, o que, más tarde en el decurso histórico, todo el mundo asumirá como algo obvio. En este sentido, como sea que profetas los ha habido en muchas religiones, en muchos momentos de la historia y disfrazados con ropajes de lo más diverso, digamos que si la literatura de Kafka puede ser llamada «profética» es porque vislumbró algunas de las condiciones de vida más inescrutables de los hombres y de las sociedades de los tiempos contemporáneos. No todos vivían aún, en la época de Kafka, en el mundo que percibió y narró el autor de Praga, pero este es precisamente el mundo en el que todos aceptamos vivir hoy, de peor o de mejor gana. Este carácter precoz de la literatura de Kafka, su capacidad para diagnosticar unas formas de cultura que han acabado poseyendo valor universal, es algo que vale tanto para la mayoría de sus relatos como para las tres novelas que escribió y jamás publicó en vida: El desaparecido (escrita en 1912), El proceso (empezada en 1914) y El castillo (de 1922).

El proceso cuenta una historia en apariencia muy simple: un empleado llamado Josef K. es detenido en su habitación, una mañana cualquiera, sin previo aviso, acusado no se sabe exactamente de qué, por unos individuos que el lector no entenderá exactamente a qué instancia representan: «¿Qué gente era aquella? ¿De qué hablaban? ¿A qué administración pertenecían?». No es necesario añadir gran cosa para definir lo esencial del universo narrativo de El proceso, ni lo haremos en este prólogo para no mermar la expectativa del lector. La secuencia inicial es por sí misma tan rara o tan absurda, que cualquier lector quedará en suspenso, no tanto esperando ver en qué acaba una situación tan engorrosa, cuanto esperando descubrir, en las páginas siguientes, si hay alguna lógica, por lo menos interna, que justifique los acontecimientos que se van desarrollando.

Es posible que tal lógica no exista, y es seguro que resulta preferible no pretender encontrarla: el secreto de la obra kafkiana reside en que obliga al lector a darse de bruces ante una situación inverosímil, pero también en conseguir que esta inverosimilitud, sin aclararse nunca, se convierta en el alma y la legitimación de toda una «poética». Lo singular o lo chocante en la narrativa de Kafka no llega a diluirse nunca, como suele suceder con la literatura fantástica, sino que permanece en el aire –es la viciada atmósfera de los espacios kafkianos–, se incrusta en nuestra experiencia cotidiana y sigue generando por mucho tiempo extrañeza, perplejidad o ansia de conocimiento de la verdad. Cada vez que nos preguntamos por el sentido de uno u otro pasaje de El proceso, topamos con una pregunta de un alcance tan monstruoso, tan elevado y situado tan lejos de nuestra contingencia, que no nos queda otro remedio que mantener la pregunta, sin descanso, en todo su vigor: ¿por qué Josef K. debe ponerse el día de su arresto un traje forzosamente negro?, ¿qué significa que un pintor llamado Titorelli le venda tres cuadros a Josef K., uno tras otro, y que los tres sean «paisajes de las landas» absolutamente idénticos?, ¿qué sentido tendrá que los miembros del tribunal que juzga al protagonista no tengan encima de su mesa los gruesos volúmenes de jurisprudencia que cabría esperar, sino publicaciones de revistas pornográficas?, ¿qué sentido hay que otorgar al hecho de que la condena de Josef K. corra a cargo de dos individuos con levita y sombreros de copa, burdamente maquillados y «con enormes sotabarbas»?

Sin pretender invalidar las vías de interpretación abiertas, aquí es donde hay que ver el mérito literario de Kafka: en este lugar de engarce entre las categorías de lo real y de lo inverosímil; en el punto en el que la ficción literaria se funde con nuestra experiencia, sin que nuestra experiencia haya pasado jamás por situaciones como las que Kafka describe. Su modo de hacer literatura es tan sumamente prodigioso e inédito, que leyendo a Kafka acabamos reconociéndonos con un mundo que no creímos que fuéramos a conocer jamás, pero que, una vez conocido, nos resulta poco menos que familiar. Lo siniestro, si es que puede usarse esta categoría psicológica, se convierte entonces en algo doméstico (en este sentido, ahí queda el ejemplo magnífico de La transformación, que es ante todo una historia familiar y casera); con la particularidad de que esta anexión de lo siniestro por parte del lector no choca con violencia contra su más o menos acomodada existencia; al contrario, la abraza casi para ofrecerle consuelo. No para redimir al lector, ni para darle esperanza, pues no existe redención ni esperanza en la obra de Kafka –¿porque iba a necesitarlas alguien como Josef K., que en el capítulo séptimo de la novela manifiesta con pleno convencimiento: «soy completamente inocente»?–, sino simplemente para despertar la reconfortante impresión de que algunas de nuestras experiencias más incómodas, secretas y acendradas son solo una versión particular de algo que puede presentarse en un formato, por así decir, tan universal y tan general como una mitología.

Este es quizás el mayor mérito de Kafka, sobre todo si se lo sitúa en el contexto de las literaturas europeas de la modernidad: es cierto que Baudelaire o Rimbaud, por ejemplo, incorporaron a los anales de la literatura el topos de la ciudad, con un realce y una intensidad no conocidos hasta entonces; es cierto, también, que Proust escudriñó en la memoria propia –y en los mecanismos de la memoria de todo ser humano– para sacar de ella una nueva «narración» de lo vivido y de la existencia misma; es cierto que Joyce, para señalar otro de los grandes innovadores del periodo de la contemporaneidad literaria, diseccionó el lenguaje hasta convertirlo en protagonista de su novela principal, explorador y artífice de la realidad gracias a ser el lenguaje mismo realidad inmediata. Pero con ser encomiables, ninguna de estas iniciativas es comparable con lo que Kafka consiguió, posiblemente sin pretenderlo: urdir un entramado simbólico tan ambiguo como enmarañado que equivale a una completa mitología para los tiempos modernos, es decir, para uno de los momentos históricos más enrevesados, caóticos y desconcertantes que se conocen.

Tal como Kafka deja entrever en un pasaje de la Carta al padre, de 1919, Josef K. y Franz K. son una y la misma persona: la primera –y quién sabe si también la segunda–, pasada por el tamiz de la imaginación literaria. Así, del mismo modo que a Josef K. le parece, al final de El proceso, «como si la vergüenza debiera sobrevivirlo», así mismo Kafka parece ofrecer esta novela a la posteridad cargado de un sentimiento vergonzoso: el sentimiento de haber ofrecido a su tiempo un diagnóstico, pero ninguna cura; un embrollo, y ninguna guía; un laberinto cuya salida, si es que existe, resulta siempre postergada. Nosotros, los lectores de Kafka, perderemos a la fuerza buena parte de nuestro orgullo al entrar en sus libros, pues aventurarse en ellos obliga a aceptar que la vacilación y la incertidumbre son el emblema de nuestro destino.

Jordi Llovet

El proceso

El proceso

El signo ° remite al apartado Notas de Jordi Llovet.

I. Detención

Detención

Alguien debía de haber calumniado a Josef K.,º porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana. La cocinera de la señora Grubach, su patrona, que todos los días le llevaba el desayuno hacia las ocho, no vino aquella vez. Eso no había ocurrido nunca. K. aguardó todavía un rato, mirando desde la almohada a la anciana que vivía enfrente y que lo observaba con una curiosidad totalmente inusitada en ella, pero luego, extrañado y hambriento a un tiempo, tocó la campanilla. Inmediatamente llamaron a la puerta y entró un hombre que nunca había visto en aquella casa. Era delgado pero de complexión robusta, y llevaba un traje negro ajustado que, como las prendas de viaje, estaba provisto de diversos pliegues, bolsillos, hebillas y botones, y de un cinturón, y en consecuencia, sin que se supiera muy bien para qué servía, parecía muy práctico. «¿Quién es usted?», preguntó K., incorporándose a medias en el lecho. El hombre, sin embargo, hizo caso omiso de la pregunta, como si fuera inevitable aceptar su presencia, y se limitó a preguntar a su vez: «¿Ha llamado?». «Que Anna me traiga el desayuno», dijo K., y trató de averiguar, en un principio en silencio, atenta y reflexivamente, quién era en realidad aquel hombre. El hombre, sin embargo, no permaneció mucho tiempo a su vista, sino que se volvió hacia la puerta, que entreabrió un poco para decir a alguien, que evidentemente estaba detrás: «Quiere que Anna le traiga el desayuno». Siguió una breve carcajada en la habitación de al lado: no era seguro, a juzgar por el sonido, que no hubieran participado en ella varias personas. Aunque era imposible que el desconocido hubiera sabido de esa forma más de lo que ya sabía, dijo a K., como si estuviera notificándole algo: «Eso es imposible». «Pues sería una novedad», dijo K., saltando de la cama y poniéndose aprisa los pantalones. «Quiero ver quién está en la habitación de al lado y cómo me responde la señora Grubach de estas molestias.» Se le ocurrió enseguida que no hubiera debido decir aquello en voz alta ya que, hasta cierto punto, reconocía así al desconocido un derecho a vigilarle, pero eso no le pareció importante entonces. En cualquier caso, así lo entendió el desconocido, porque dijo: «¿No prefiere quedarse aquí?». «No quiero quedarme aquí, ni que usted me dirija la palabra mientras no me haya sido presentado.» «Mi intención era buena», dijo el desconocido, abriendo espontáneamente la puerta. En la habitación contigua, en la que K. entró más despacio de lo que hubiera querido, todo parecía a primera vista casi igual que la noche anterior. Era el cuarto de estar de la señora Grubach y, en aquella habitación repleta de muebles,º tapetes, porcelanas y fotografías, tal vez había aquel día algo más de espacio que normalmente; no se notaba enseguida, y menos aún porque el cambio principal consistía en la presencia de un hombre sentado junto a la ventana abierta, con un libro del que, en aquel momento, levantó la vista. «¡Hubiera debido quedarse en su cuarto! ¿No se lo ha dicho Franz?» «Sí, pero ¿qué quiere usted?», dijo K., apartando los ojos de su nuevo conocido para mirar al llamado Franz, que había permanecido de pie en la puerta, y volviendo luego a mirar al primero. Por la ventana abierta vio otra vez a la anciana, que, con curiosidad verdaderamente senil, se había acercado a la ventana que ahora quedaba enfrente, para seguir viéndolo todo. «Quiero ver a la señora Grubach», dijo K., haciendo ademán de librarse de aquellos dos hombres, que sin embargo estaban lejos, y marcharse. «No», dijo el hombre de la ventana, arrojando el libro sobre la mesita y poniéndose en pie. «No puede irse; está detenido.»º «Así parece», dijo K. «¿Y por qué?», preguntó. «No se nos ha encargado que se lo digamos. Vaya a su cuarto y aguarde. Se ha iniciado un procedimiento y en su momento lo sabrá todo. Estoy excediéndome en mi cometido al hablarle tan amigablemente. Sin embargo, confío en que no lo oirá más que Franz, y él mismo se ha mostrado amigable con usted en contra de todos los reglamentos. Si sigue teniendo tanta suerte como con la designación de sus guardianes, podrá tener motivos para confiar.» K. quiso sentarse, pero entonces se dio cuenta de que en toda la habitación no había donde hacerlo, salvo la silla de la ventana. «Más adelante comprenderá lo cierto que es todo esto», dijo Franz, dirigiéndose tanto a él como al otro hombre. Este último, sobre todo, era considerablemente más alto que K., al que dio unas palmaditas en el hombro. Los dos hombres estudiaron el camisón que llevaba K. y dijeron que ahora tendría que ponerse otro mucho peor, pero que se lo guardarían, lo mismo que el resto de su ropa blanca y, si su asunto se resolvía favorablemente, se lo devolverían. «Será mejor que nos entregue esas prendas a nosotros que al depósito», dijeron, «porque en el depósito se producen con frecuencia fraudes y, además, al cabo de cierto tiempo venden todas las prendas, sin preocuparse de si ha concluido o no el proceso de que se trate. ¡Y cuánto duran esos procesos, especialmente en los últimos tiempos! De todas formas, acabaría usted por recibir del depósito el producto de la venta, pero, en primer lugar, ese producto es muy escaso, porque lo decisivo en la venta no es la cuantía de la oferta sino la del soborno, y en segundo lugar, según la experiencia, el producto de esas ventas va disminuyendo al pasar de mano en mano y de año en año.» K. no prestaba apenas atención a esas palabras; no le importaba demasiado el derecho que pudiera tener aún a disponer de sus propias cosas y le resultaba mucho más importante comprender con claridad su situación; sin embargo, en presencia de aquella gente no podía pensar siquiera; una y otra vez el segundo guardián –solo podían ser guardianes– le daba con la barriga de una forma casi amistosa, pero si levantaba la vista veía un rostro seco y huesudo –que no concordaba con aquel cuerpo grueso– y de nariz fuerte y torcida, un rostro que, por encima de su cabeza, se entendía con el del otro guardián. ¿Qué gente era aquella? ¿De qué hablaban? ¿A qué administración pertenecían? K. vivía sin embargo en un Estado de Derecho, por todas partes reinaba la paz y se respetaban las leyes, ¿quién se atrevía a asaltarlo en su propia vivienda? Siempre solía tomarse las cosas del mejor modo posible, sin creer en lo peor más que cuando lo peor se producía, y sin adoptar precauciones para el futuro aunque todo le pareciera amenazador. Sin embargo, en aquel caso eso no parecía lo acertado; verdad era que se podía considerar todo como una broma, una broma pesada que, por razones desconocidas, quizá porque ese día cumplía los treinta años,º habían organizado sus compañeros del banco; naturalmente era posible; quizá bastaría que se riera de cierto modo a la cara de sus guardianes para que ellos se rieran con él; tal vez eran solo mozos de cuerda de la calle, la verdad era que lo parecían, pero estaba decidido ya, desde el momento en que vio al guardián Franz, a no renunciar a la menor ventaja que pudiera tener frente a aquella gente. K. veía muy poco riesgo de que luego dijeran que no había sabido entender una broma, pero –sin que normalmente tuviera por costumbre aprender de la experiencia recordaba algunos casos, en sí mismos sin importancia, en que, a diferencia de sus amigos, se había comportado deliberadamente de forma imprudente, sin preocuparse lo más mínimo de las posibles consecuencias, y se había visto castigado por ellas. Eso no debía ocurrir de nuevo, por lo menos aquella vez y, si se trataba de una comedia, quería desempeñar también su papel.

Todavía estaba libre. «Permítanme», dijo, y entró rápidamente en su habitación, pasando entre los guardianes. «Parece razonable», oyó decir a sus espaldas. En su habitación, abrió bruscamente los cajones de su escritorio; todo estaba muy ordenado, pero con la excitación no pudo encontrar enseguida los documentos de identidad que buscaba. Finalmente encontró la licencia de su bicicleta y estuvo a punto de llevársela a los guardianes, pero luego aquel documento le pareció demasiado insignificante y siguió buscando hasta encontrar su partida de nacimiento. Cuando volvía a la habitación contigua, se abrió precisamente la puerta opuesta y la señora Grubach se dispuso a entrar. Solo la vio un instante porque, apenas la reconoció K., ella se turbó visiblemente, pidió perdón y desapareció, cerrando la puerta con el máximo cuidado. «Entre», era lo único que había podido decir K. Ahora estaba con sus documentos en medio de la habitación, seguía mirando a la puerta, que no volvió a abrirse, y solo lo sobresaltó un grito de los guardianes, que estaban sentados a la mesa que había junto a la ventana abierta y, como K. pudo ver entonces, devoraban el desayuno de este. «¿Por qué no ha entrado?», preguntó. «No debe», dijo el guardián alto. «Está usted detenido.» «¿Cómo puedo estar detenido? ¿Y mucho menos de esta forma?» «Ya vuelve a empezar», dijo el guardián, untando de miel un pan con mantequilla. «No respondemos a esas preguntas.» «Pues tendrán que responder», dijo K. «Aquí están mis documentos de identidad; muéstrenme los suyos y sobre todo la orden de detención.» «¡Santo cielo!», dijo el guardián. «Que no sepa usted aceptar su situación y parezca empeñado en irritarnos inútilmente, a nosotros, que somos probablemente los que estamos más próximos a usted de todos los que le rodean.» «Así es, créanos», dijo Franz, sin llevarse a los labios la taza de café que tenía en la mano y dirigiendo a K. una mirada larga y probablemente significativa, aunque incomprensible. K., sin quererlo, se dejó arrastrar a un cruce de miradas con Franz, pero luego desplegó sus documentos diciendo: «Aquí están mis documentos de identidad». «¿Qué nos importan?», exclamó el guardián más alto. «Se porta peor que un niño. ¿Qué pretende? ¿Quiere terminar rápidamente su importante y maldito proceso discutiendo con nosotros, sus guardianes, sobre documentos de identidad y órdenes de detención? Nosotros somos humildes empleados que apenas podemos entender un documento de identidad, y no tenemos otra cosa que ver con su asunto que la obligación de montar guardia en su casa diez horas diarias, recibiendo a cambio nuestra paga. Eso es todo lo que somos, pero podemos comprender que las altas autoridades a cuyo servicio estamos, antes de ordenar una detención así se informen muy bien sobre los motivos de la detención y la persona del detenido. En eso no hay error. Nuestras autoridades, por lo que yo sé, y yo solo sé de los niveles inferiores, no buscan la culpa entre la población sino que, como dice la Ley, es la culpa la que las atrae, y tienen que enviarnos a nosotros, los guardianes. Esa es la Ley. ¿Cómo podría haber un error?» «Esa Ley no la conozco», dijo K. «Tanto peor para usted», dijo el guardián. «Y probablemente solo existe en su cabeza», dijo K.; de algún modo quería introducirse en el pensamiento de aquellos guardianes y ponerlos de su parte o instalarse allí. Sin embargo, el guardián se limitó a decir desalentadoramente: «Ya la sentirá». Franz intervino, diciendo: «Ya ves, Willem, admite que no conoce la Ley, y al mismo tiempo afirma que es inocente». «Tienes toda la razón, pero no se le puede hacer comprender nada», dijo el otro. K. no respondió ya. «¿Debo dejarme confundir más aún», pensó, «por la cháchara de estos ínfimos subalternos? Ellos mismos reconocen que lo son. En cualquier caso, hablan de cosas que no entienden. Su aplomo solo es posible por su propia estupidez. Unas palabras con alguien de mi nivel harán que todo resulte incomparablemente más claro que en la más larga conversación con esta gente.» Anduvo unas cuantas veces de un lado a otro por el espacio libre de la habitación; enfrente vio a la anciana, que había arrastrado hasta la ventana a un hombre más anciano aún, al que tenía enlazado por la cintura. K. decidió poner fin al espectáculo: «Llévenme a su superior jerárquico», dijo. «Cuando él quiera, antes no», dijo el guardián llamado Willem. «Y ahora le aconsejo», añadió, «que vaya a su cuarto, se esté tranquilo y aguarde lo que se decida sobre usted. Le aconsejamos que no se distraiga con pensamientos inútiles sino que se concentre: se le va a exigir mucho. Usted no nos ha tratado como hubieran merecido nuestras concesiones, se ha olvidado de que, seamos lo que seamos, al menos somos hombres libres en comparación con usted, lo que no es poca ventaja. Sin embargo, si tiene dinero, estamos dispuestos a traerle un pequeño desayuno del café de enfrente».

Sin responder al ofrecimiento, K. permaneció un segundo en silencio. Tal vez, si abriera la puerta de la habitación contigua o incluso la del vestíbulo, aquellos dos no se atreverían a impedírselo; tal vez aquella fuera la solución mejor: llevar la situación al extremo. Sin embargo, quizá lo agarrasen a pesar de todo y, si llegaban a tirarlo al suelo, perdería toda la superioridad que en cierto sentido conservaba. Por eso prefirió la seguridad de la solución que tendría que traer el curso natural de los acontecimientos y volvió a su cuarto, sin que por su parte ni por la de los guardianes se pronunciara una palabra más.

Se echó en la cama y cogió de la mesilla de noche una hermosa manzana, que se había preparado la noche anterior para desayunar. Ahora era su único desayuno y en cualquier caso, como pudo comprobar al primer bocado, mucho mejor que el que hubiera podido obtener del sucio café nocturno por clemencia de los guardianes. Se sentía bien y confiado; en el banco, era cierto, no prestaría sus servicios aquella mañana, pero se le disculparía fácilmente, dado el puesto relativamente alto que ocupaba. ¿Debía de aducir su verdadera excusa? Pensó en hacerlo. Si no le creían, lo que era comprensible en aquel caso, podría tomar por testigo a la señora Grubach o incluso a los dos ancianos de enfrente, que sin duda se dirigían ahora hacia la ventana opuesta a la suya. A K. lo asombraba, al menos lo asombraba desde el punto de vista de los guardianes, que lo hubieran inducido a ir allí y lo hubieran dejado solo en donde tenía diez veces más posibilidades de suicidarse. Al mismo tiempo, sin embargo, se preguntaba, desde su punto de vista, qué motivo podía tener para hacerlo. ¿Porque aquellos dos estaban allí al lado y se habían apoderado de su desayuno? Habría sido tan absurdo suicidarse que, aunque hubiera querido hacerlo, no habría sido capaz, precisamente por lo absurdo que era. Si las limitaciones intelectuales de los guardianes no hubieran sido tan evidentes, se habría podido suponer que también ellos, por ese mismo convencimiento, no habían visto peligro alguno en dejarlo solo. Ahora podrían ver, si querían, cómo iba hacia un armarito de la pared, en donde guardaba un buen aguardiente, y cómo vaciaba primero un vasito para sustituir al desayuno y destinaba luego un segundo a darse valor, este último solo por precaución ante el caso improbable de que resultase necesario.

Entonces, una voz de la habitación contigua lo asustó tanto que dio con los dientes en el vaso. «Lo llama el inspector», decía. Fue solo el grito lo que lo asustó, aquel grito breve, cortado y militar del que no hubiera creído capaz al guardián Franz. La orden en sí la acogió bien: «Por fin», gritó a su vez, cerró el armarito y se apresuró a pasar a la habitación de al lado. Allí estaban los dos guardianes que, como si fuera algo evidente, lo volvieron a enviar a su habitación. «¿Qué se imagina?», exclamaron. «¿Quiere presentarse ante el inspector en camisón? ¡Lo haría azotar, y a nosotros también!» «Déjenme en paz, maldita sea», exclamó K., que había sido ya empujado hasta su armario ropero. «Si me asaltan en la cama, no pueden esperar encontrarme en traje de gala.» «No hay nada que hacer», dijeron los guardianes, que siempre que K. gritaba se quedaban muy tranquilos, casi tristes, confundiéndolo así o haciendo que, en cierto modo, recuperase la compostura. «¡Formalidades ridículas!», gruñó K. todavía, pero cogió su traje de una silla y lo levantó un momento con ambas manos, como si lo sometiera al criterio de los guardianes. Ellos movieron negativamente la cabeza. «Tiene que ser un traje negro», dijeron. K. tiró entonces el traje al suelo y dijo, sin saber él mismo en qué sentido: «Al fin y al cabo no se trata del juicio». Los guardianes sonrieron, pero insistieron en su: «Tiene que ser un traje negro». «Si de esa forma acelero el asunto, me parece bien», dijo K., abrió el armario ropero, buscó largo rato entre sus muchos trajes, eligió su mejor traje negro, un traje de vestir que, por su corte, casi había causado sensación entre sus conocidos, sacó también otra camisa y comenzó a vestirse cuidadosamente. En secreto creía haber logrado acelerarlo todo, porque los guardianes habían olvidado obligarlo a tomar un baño. Los observó, por si acaso lo recordaban aún, pero naturalmente no se les ocurrió; en cambio, Willem no se olvidó de enviar a Franz al inspector para informarle de que K. se estaba vistiendo.

Cuando estuvo completamente vestido, tuvo que atravesar, seguido de cerca por Willem, la vacía habitación contigua, cuya puerta de dos hojas estaba ya abierta de par en par. Esa habitación, como K. sabía muy bien, estaba ocupada desde hacía poco tiempo por cierta señorita Bürstner, mecanógrafa, que solía ir a trabajar muy temprano y volvía tarde a casa, y con la que K. no había intercambiado más que saludos. Ahora, la mesilla de noche situada junto a la cama había sido llevada al centro de la habitación, como mesa para el proceso, y el inspector estaba sentado detrás de ella. Había cruzado las piernas y pasado el brazo por el respaldo de la silla. En un rincón del cuarto había tres jóvenes que miraban las fotografías de la señorita Bürstner, prendidas en una esterilla en la pared. De la falleba de la ventana abierta colgaba una blusa blanca. En la ventana de enfrente estaban otra vez los dos ancianos, pero su grupo había aumentado, porque detrás de ellos había un hombre mucho más alto con el pecho de la camisa abierto, que se mesaba y retorcía la barba rojiza.

«¿Josef K.?», preguntó el inspector, tal vez únicamente para atraer la mirada distraída de K. K. asintió. «Sin duda estará sorprendido por los acontecimientos de esta mañana», dijo el inspector, reordenando las cosas que había sobre la mesilla de noche, la vela y las cerillas, un libro y un acerico, como si fueran objetos que necesitara para el proceso. «Sin duda», dijo K., y lo invadió la satisfacción de estar por fin ante una persona razonable y poder hablar con ella de su caso, «sin duda estoy sorprendido, pero de ningún modo muy sorprendido.» «¿No muy sorprendido?», preguntó el inspector, colocando la vela en el centro de la mesilla y agrupando las demás cosas a su alrededor. «Tal vez me entiende mal», se apresuró a observar K., «quiero decir...» Entonces se interrumpió y miró en torno buscando una silla. «¿No puedo sentarme?», preguntó. «No es habitual», respondió el inspector. «Quiero decir», dijo entonces K. sin más pausas, «que estoy desde luego muy sorprendido, pero cuando se lleva treinta años en este mundo y ha habido que abrirse paso solo, como ha sido mi destino, se curte uno contra las sorpresas y no se las toma muy a pecho. Sobre todo no las de hoy.» «¿Por qué sobre todo no las de hoy?» «No pretendo decir que considere todo esto como una broma, porque para eso los preparativos me parecen demasiado complicados. Tendría que haber participado todo el personal de la pensión, además de ustedes, y ello rebasaría los límites de una broma. De modo que no pretendo decir que se trate de una broma.» «Muy acertado», dijo el inspector, mirando cuántas cerillas de madera había en la cajita. «Sin embargo, por otra parte», continuó K., volviéndose hacia todos, le hubiera gustado dirigirse incluso a los tres que había junto a las fotografías, «por otra parte el asunto tampoco puede ser muy importante. Lo deduzco del hecho de que estoy acusado, pero no puedo encontrar la menor falta de la que se me pueda acusar. Pero también eso es accesorio, la cuestión principal es: ¿quién me acusa? ¿Qué órgano instruye el procedimiento? ¿Son ustedes funcionarios? Ninguno lleva uniforme, a menos que se quiera llamar uniforme», se volvió hacia Franz, «a eso, pero se trata más bien de un atuendo de viaje. Pido que se me aclaren esas cuestiones y estoy seguro de que, después de esa aclaración, podremos despedirnos en los términos más cordiales.» El inspector golpeó con la cajita de cerillas en la mesa. «Está usted en un grave error. Estos señores y yo somos totalmente secundarios en ese asunto suyo, de hecho no sabemos casi nada de él. Podríamos llevar los uniformes más reglamentarios y no por ello su caso empeoraría. No puedo decirle en absoluto de qué se le acusa o, mejor dicho, no sé si se le acusa. Está usted detenido, es verdad, pero no sé nada más. Tal vez los guardianes le hayan contado otra cosa, pero en ese caso se trata solo de cuentos. Ahora bien, aunque no pueda responder a sus preguntas, aconsejarle al menos puedo: que no piense tanto en nosotros y en lo que le va a pasar, y piense más en usted. Y no arme tanto jaleo con su sentimiento de inocencia: eso estropea la impresión, no precisamente mala, que da usted en otros aspectos. Y, en general, debería ser más comedido en su forma de hablar: casi todo lo que ha dicho antes se podría haber deducido de su comportamiento, aunque solo hubiera dicho unas palabras, y además no resulta excesivamente favorable para usted.»

K. miró fijamente al inspector. ¿Iba a recibir lecciones como un escolar de un hombre quizá más joven que él? ¿Se le castigaba con una reprimenda por su franqueza? ¿Y no iba a saber nada de su detención ni de quien la había ordenado? Le entró cierta agitación, fue de un lado a otro, lo que nadie le impidió, se recogió las mangas, se tocó el pecho, se atusó el pelo, pasó junto a los tres señores, diciendo: «Es absurdo», lo que hizo que ellos se volvieran y lo mirasen atenta pero gravemente, y se detuvo por fin ante la mesa del inspector. «El fiscal Hasterer es buen amigo mío», dijo, «¿puedo telefonearle?» «Claro», dijo el inspector, «pero no sé qué sentido tiene, a menos que tenga que hablar con él de algún asunto privado.» «¿Qué sentido?», exclamó K., más perplejo que irritado. «Pero ¿quién es usted? ¿Me pregunta qué sentido tiene y actúa de la forma más sin sentido que puede haber? ¿No es como para poner el grito en el cielo? Esos señores me asaltan primero y ahora están ahí, sentados o de pie, obligándome a hacer ante usted ejercicios de alta escuela. ¿Qué sentido tendría telefonear a un fiscal cuando, al parecer, estoy detenido? Está bien, no le telefonearé.» «Claro que sí», dijo el inspector, extendiendo la mano hacia el vestíbulo, en donde estaba el teléfono, «telefonee, por favor.» «No, no quiero ya», dijo K., y se dirigió a la ventana. En la ventana de enfrente seguía el mismo grupo, y quizá por el hecho de que K. se hubiera acercado a la suya, parecían un tanto turbados en la serenidad de su contemplación. Los ancianos quisieron levantarse, pero el hombre de detrás los tranquilizó. «Ahí hay también espectadores», gritó K. muy alto al inspector, señalando con el índice hacia afuera. «Quítense de ahí», gritó luego al otro lado. Los tres retrocedieron enseguida unos pasos, y los dos ancianos se situaron incluso detrás del hombre, que los cubría con su ancho cuerpo y, a juzgar por el movimiento de sus labios, les decía algo, incomprensible a distancia. Sin embargo, no desaparecieron del todo, sino que parecieron esperar la oportunidad de volver a acercarse a la ventana sin ser notados. «¡Gente impertinente, desconsiderada!», dijo K., volviéndose hacia el cuarto. Posiblemente el inspector estaba de acuerdo, como creyó percibir K. con una mirada de soslayo. Pero era igualmente posible que no hubiese escuchado en absoluto, porque apretaba firmemente una mano contra la mesa y parecía comparar la longitud de sus dedos. Los dos guardianes estaban sentados en un baúl cubierto con un tapete bordado, frotándose las rodillas. Los tres jóvenes, con las manos en las caderas, miraban a su alrededor sin objeto. Todo estaba tranquilo, como en alguna oficina olvidada. «Bien, señores», exclamó K., por un instante le pareció como si los llevara a todos sobre sus espaldas. «A juzgar por su aspecto, mi asunto debe de haber terminado. Estimo que lo mejor sería dejar de pensar en la justificación o falta de justificación de su comportamiento y dar al asunto una conclusión conciliadora mediante un apretón de manos. Si son de la misma opinión...», y se adelantó hacia la mesa del inspector, tendiéndole la mano.º El inspector levantó la vista, se mordió los labios y miró la mano extendida de K.; K. creyó aún que el inspector se la iba a estrechar. Este, sin embargo, se puso en pie, cogió un sombrero redondo y rígido que había sobre la cama de la señorita Bürstner y se lo puso cuidadosamente con ambas manos, como se hace al probarse un sombrero nuevo. «¡Qué sencillo le parece todo!», dijo mientras tanto a K. «¿Cree que deberíamos dar al asunto una conclusión conciliadora? No, realmente no puede ser. Con lo que, por otra parte, no quiero decir en absoluto que tenga usted que desesperar. No, ¿por qué? Solo está detenido, nada más. Eso es lo que tenía que comunicarle, lo he hecho y he visto también cómo se lo tomaba usted. Con eso basta por hoy y podemos despedirnos, aunque solo provisionalmente. ¿Sin duda querrá ir ahora al banco?» «¿Al banco?», preguntó K. «Creía que estaba detenido.» K. preguntaba con cierto desafío, porque aunque su apretón de manos no había sido aceptado, se sentía, sobre todo desde que el inspector se había levantado, cada vez más independiente de toda aquella gente. Jugaba con ellos. En el caso de que se fueran, tenía la intención de correr detrás hasta la puerta de la casa y ofrecerles que lo detuvieran. Por eso repitió: «¿Cómo voy a ir al banco si estoy detenido?». «Ah», dijo el inspector que estaba ya en la puerta, «me ha entendido mal. Está usted detenido, desde luego, pero eso no debe impedirle ejercer su profesión. Tampoco debe verse estorbado para hacer su vida habitual.» «Entonces estar detenido no es muy grave», dijo K., acercándose al inspector. «Nunca he dicho otra cosa», dijo él. «Pero en ese caso no parece haber sido muy necesario comunicar esta detención», dijo K., acercándose más aún. También los demás se habían acercado. Todos estaban ahora agrupados en un estrecho espacio junto a la puerta. «Era mi deber», dijo el inspector. «Un deber estúpido», dijo K. inflexible. «Puede ser», respondió el inspector, «pero no perdamos tiempo en estas conversaciones. Supuse que quería usted ir al banco. Y para facilitárselo y hacer que su llegada al banco sea lo más discreta posible, he puesto aquí a su disposición a estos tres compañeros suyos.» «¿Qué?», exclamó K., mirándolos asombrado. Aquellos jóvenes tan insignificantes y anémicos, que solo recordaba en grupo junto a las fotografías, eran efectivamente empleados de su banco; no compañeros, eso era decir demasiado e indicaba una laguna en la omnisciencia del inspector, pero sí, al menos, empleados subalternos del banco. ¿Cómo no se había dado cuenta K.? Qué absorto debía de haber estado en el inspector y los guardianes para no haber reconocido a aquellos tres. El tenso Rabensteiner, que agitaba continuamente las manos, el rubio Kullich de ojos hundidos,º y Kaminer, con una sonrisa insoportable causada por una contracción muscular crónica. «¡Buenos días!», dijo K. al cabo de un momento, tendiendo la mano a aquellos señores, que se inclinaron cortésmente. «No los había reconocido. Entonces, nos vamos a trabajar, ¿no?» Los tres señores asintieron, riéndose solícitos, como si hubieran estado esperando aquello todo el tiempo; solo cuando K. echó en falta su sombrero, que se había quedado en la habitación, corrieron todos a buscarlo, uno tras otro, lo que indicaba al fin y al cabo cierto embarazo. K. se quedó inmóvil, siguiéndolos con los ojos a través de las dos puertas abiertas; el último era, naturalmente, el indiferente Rabensteiner, que se había limitado a iniciar un trotecillo elegante. Kaminer fue quien le dio el sombrero, y K. tuvo que decirse expresamente, como tenía que hacer también en el banco con frecuencia, que la sonrisa de Kaminer no era deliberada, que no podía sonreír con deliberación. En el vestíbulo, la señora Grubach, que no parecía sentirse muy culpable, abrió la puerta de la calle a todo el mundo, y K., como casi siempre, bajó la vista a la cinta de su delantal, que se hundía de forma inútilmente profunda en aquel cuerpo imponente. Abajo, K., con el reloj en la mano, decidió tomar un automóvil para no aumentar sin necesidad el retraso, que era ya de media hora. Kaminer corrió a la esquina para buscar el coche, y los otros dos trataron evidentemente de distraer a K., cuando de pronto Kullich señaló hacia la puerta de la casa de enfrente, en la que el hombre de la perilla rubia acababa de aparecer y, con cierto embarazo en el primer momento, al mostrarse en toda su altura, retrocedió hasta la pared y se apoyó en ella. Los ancianos, sin duda, estaban todavía en la escalera. K. se irritó con Kullich, por haber llamado su atención sobre aquel hombre, al que él mismo había visto ya antes e incluso había esperado. «No miren hacia allá», dijo apresuradamente, sin darse cuenta de lo extraña que era aquella forma de hablar con personas adultas. Pero tampoco fue necesario explicar nada, porque precisamente entonces llegó el coche, se sentaron y se fueron. Entonces recordó K. que no había visto la partida del inspector y los guardianes: el inspector le había ocultado a los tres empleados y luego, a su vez, los empleados le habían ocultado al inspector. Aquello no indicaba mucha lucidez y K. se propuso ser más observador al respecto. Sin embargo, se volvió aún, involuntariamente, asomándose por la parte trasera del coche, para ver quizá todavía al inspector y a los guardianes. Pero enseguida se dio la vuelta de nuevo sin haber intentado siquiera localizar a ninguno y se reclinó cómodamente en su rincón del coche. Aunque no lo pareciera, precisamente entonces hubiera necesitado cualquier consuelo, pero los señores parecían cansados: Rabensteiner miraba por el costado derecho del coche, Kullych por el izquierdo, y solo Kaminer estaba disponible con su mueca, sobre la que, por desgracia, razones de humanidad impedían gastar bromas.