PRÓLOGO

Estas son las memorias de Myrdin Emreis, druida del bosque sagrado de Gleva a quien los romanos llamaron Meridio Ambrosino, escritas a fin de que la posteridad no olvide los avatares de los que soy el último testigo.

He franqueado desde hace ya tiempo el umbral de la extrema vejez y no encuentro explicación para que mi vida siga prolongándose más allá de los límites que normalmente la naturaleza asigna a los seres humanos. Tal vez el ángel de la muerte se ha olvidado de mí, o quizá quiera dejarme este último lapso para que haga penitencia por mis pecados, que son muchos y graves. Sobre todo de presunción. Porque mucho he presumido de la inteligencia que Dios me diera y por vanidad he dejado que se difundieran entre la gente leyendas sobre mi clarividencia o incluso sobre unos poderes que solo pueden ser atribuidos al Creador Supremo y a la intercesión de los santos. Oh, sí, me he dedicado también a las artes prohibidas, las escritas por los antiguos sacerdotes paganos de esta tierra en la corteza de los árboles, sin considerar sin embargo que haya obrado mal. En efecto, nada puede haber de malo en escuchar las voces de nuestra antigua madre, de la naturaleza soberana, las voces del viento entre las copas, del murmullo de las fuentes en primavera y del susurrar de las hojas en otoño, cuando las colinas y las llanuras se recubren de un manto de colores rutilantes en las calmas puestas de sol que anticipan el invierno.

Nieva. Grandes copos blancos danzan en el aire y un manto blanco cubre las colinas que coronan este valle silencioso, esta torre solitaria. ¿Será así el país de la paz eterna? ¿Es esta la imagen que veremos para siempre con los ojos del alma? Si así fuera sería dulce la muerte, grato el tránsito a la última morada.

¡Cuánto tiempo ha pasado! Cuánto tiempo desde los días tumultuosos de sangre y de odio, de los enfrentamientos, de las convulsiones de un mundo agonizante que he visto hundirse y que creía inmortal y eterno. Y ahora, mientras estoy a punto de dar el último paso, siento el deber de transmitir la historia de ese mundo moribundo y de cómo la última flor de ese árbol seco era trasplantada por el destino a esta tierra remota para echar raíces en ella y dar origen a una nueva era.

No sé si el ángel de la muerte me dejará el tiempo para ello y tampoco si este viejo corazón mío aguantará al revivir sentimientos tan fuertes que casi lo rompieron cuando era mucho más joven. No dejaré que me venza el desaliento por lo ingente de la empresa. Siento que la ola de los recuerdos asciende como la marea entre las escolleras de Carvetia, siento que retornan visiones lejanas que creía desvanecidas, como un antiguo fresco desvaído por el tiempo.

Creía que tomar la pluma y ponerse a trazar signos sobre este ejemplar de piel intonso sería suficiente para recrear la historia, para hacer que discurriera como un río entre los prados, cuando la nieve se disuelve en primavera, pero estaba equivocado. Demasiada es la urgencia de los recuerdos, demasiado fuerte el nudo que me aprieta la garganta, y la mano cae impotente sobre la página en blanco. Tendré primero que evocar esas imágenes, volver a avivar esos colores, esa vida y esas voces debilitadas por los años y por la lejanía. Recrear también lo que personalmente no vi, como hace el dramaturgo que representa en sus tragedias escenas que no ha vivido nunca.

Nieva en las colinas de Carvetia. Todo está blanco y silencioso y la última luz del día se apaga lentamente.

pars prima CIVITAS RAVENNA

PARS PRIMA

CIVITAS RAVENNA

Capitulo 1

1

Dertona, campamento de la Legión Nova Invicta, Anno Domini 476, ab Urbe condita 1229.

La luz comenzó a filtrarse por entre la nube que cubría el valle, y los cipreses se irguieron de pronto cual centinelas sobre la cresta de las colinas. Una sombra encorvada bajo un haz de ramas secas apareció en el lindero de una rastrojera y acto seguido se disipó como un sueño. El canto de un gallo resonó en aquel momento desde un caserío lejano anunciando un día gris y pálido, luego se apagó como si la niebla se lo hubiera tragado. Solo unas voces de hombres atravesaban la bruma.

—Hace frío.

—Y esta humedad cala hasta los huesos.

—Es la niebla. En toda mi vida no he visto nunca una niebla tan espesa.

—Ya. Y el rancho todavía sin llegar.

—Tal vez no ha quedado ya nada de comer.

—Y ni siquiera un poco de vino para entrar en calor.

—Y no recibimos la paga desde hace tres meses.

—Yo no puedo más, no aguanto ya esta situación. Emperadores que cambian casi cada año, los bárbaros en todos los puestos de mando y ahora la cosa más absurda de todas: ¡un mocoso en el trono de los césares, Rómulo Augusto! Un chiquillo de trece años que ni siquiera tiene fuerzas para sostener el cetro habrá de regir los destinos del mundo, al menos de Occidente. No, de veras, yo voy a acabar con esto, me voy. A la primera oportunidad dejo el ejército y me marcho a cualquier isla a pastar cabras y a cultivar un trozo de tierra. No sé tú, pero yo lo he decidido.

Un soplo de viento, una brisa suave, abrió un resquicio entre la neblina y dejó ver a un grupo de soldados reunidos en torno a un brasero. Rufio Vatreno, hispano de Sagunto, veterano de muchas batallas, comandante del cuerpo de guardia, se dirigió a su compañero, el único que no había dicho aún una palabra:

—¿Tú qué dices, Aurelio? ¿Piensas como yo?

Aurelio hurgó con la punta de la espada dentro del brasero, reavivó la llama que subió crepitando y liberando un torbellino de chispas en la neblina lechosa.

—Yo siempre he sido soldado, siempre he servido en la legión. ¿Qué otra cosa podría hacer?

Hubo un largo silencio: los hombres se miraron a la cara unos a otros, presa de un sentimiento de extravío y de inexpresable angustia.

—Déjalo estar —dijo Antonino, un suboficial entrado en años—, no va a dejar nunca el ejército, siempre ha formado parte de él. Pero si ni siquiera recuerda qué hacía antes de alistarse, simplemente no recuerda haber conocido otra cosa. ¿No es así, Aurelio?

El interpelado no respondió, pero la reverberación de las brasas ahora mortecinas reveló por un instante en su mirada una sombra de melancolía.

—Aurelio está pensando en lo que nos espera —comentó Vatreno—. La situación está de nuevo fuera de control. Por lo que yo sé, las tropas bárbaras de Odoacro se rebelaron y atacaron Pavía, donde estaba atrincherado Orestes, el padre del emperador. Ahora Orestes se ha replegado hacia Piacenza y cuenta con nosotros para hacer volver a los bárbaros a la razón y apuntalar el tambaleante trono de su pequeño Rómulo Augusto. Pero no sé si bastará. Es más, no lo creo, si queréis saber mi parecer. Ellos son el triple que nosotros y…

—¿Lo habéis oído también vosotros? —le interrumpió uno de los soldados que en aquel preciso momento estaba más cerca de la empalizada.

—Viene del campamento —respondió Vatreno volviendo la mirada para inspeccionar el campamento semidesierto, las tiendas cubiertas de escarcha—. El turno de guardia ha terminado: debe de ser el piquete de vigilancia de día.

—¡No! —dijo Aurelio—. Viene de afuera. Es un galope.

—Caballería —añadió Canidio, un legionario de Arelate.

—Bárbaros —apostilló Antonino—. Esto no me gusta nada.

En aquel momento los jinetes salieron de la niebla por el angosto camino blanco que desde las colinas llegaba al campamento, imponentes sobre sus robustos corceles sármatas cubiertos de chapas metálicas. Llevaban yelmos cónicos tachonados de hierro y erizados de cimeras, largas espadas pendían de sus costados y las largas cabelleras rubias o pelirrojas flotaban en el aire neblinoso. Llevaban capas negras y calzones de igual lana burda y oscura. La neblina y la distancia los hacían parecer demonios escapados de los infiernos.

Aurelio se asomó por la empalizada para observar el destacamento que se acercaba cada vez más.

—Son auxiliares hérulos y esciros del ejército imperial —dijo—, gente de Odoacro, maldición. Esto no me huele nada bien. ¿Qué hacen a estas horas sin que nadie nos haya avisado? Voy a informar al comandante.

Se precipitó escaleras abajo y atravesó a la carrera el campamento hacia el pretorio. El comandante Manilio Claudiano, un veterano de casi sesenta años que de joven había combatido con Aecio contra Atila, estaba ya en pie y cuando Aurelio entró en su tienda estaba atándose la vaina de la espada al cinto.

—General, se está aproximando una escuadra de auxiliares hérulos y esciros. Nadie nos ha avisado de su llegada y la cosa me preocupa.

—También a mí me preocupa —coincidió el oficial—. Manda formar a la guardia y abrir la puerta, oigamos qué quieren.

Aurelio corrió a la empalizada y pidió a Vatreno que apostara una unidad de arqueros, luego bajó al puesto de guardia y mandó formar a la fuerza disponible. Entretanto el mismo Vatreno hacía despertar a la tropa con una voz de alarma, hombre tras hombre, sin ruido y sin toques de trompa. El comandante salió completamente armado y cubierto con el yelmo, signo evidente de que se consideraba en zona de guerra. A su derecha e izquierda estaba formada la guardia en la que destacaba, sacándoles una cabeza y los hombros, Cornelio Batiato, un gigante etíope negro como un tizón que no le dejaba nunca ni a sol ni a sombra. Embrazaba un escudo ovalado hecho a su medida por el maestro armero para cubrir su descomunal cuerpo. De los hombros le colgaban a la izquierda la espada romana, y a la derecha una segur bárbara de doble filo.

El destacamento de los bárbaros a caballo estaba ya a unas pocas docenas de pasos y el hombre que los mandaba levantó el brazo para dar el alto. Tenía una espesa melena de cabellos rojizos anudados en largas trenzas que le caían a los lados de la cabeza, una capa orlada de piel de zorro le cubría los hombros y su yelmo estaba decorado con una corona de pequeñas calaveras de plata. Debía de ser un personaje de cierto relieve. Se dirigió al comandante Claudiano sin apearse de su caballo, en un latín tosco y gutural:

—El noble Odoacro, jefe del ejército imperial, te ordena que me transmitas los poderes. A partir de hoy asumo el mando de esta unidad. —Arrojó a sus pies un pergamino atado con un lazo de cuero y añadió—: Aquí tienes tu orden de licenciamiento y tu pase a la reserva.

Aurelio hizo ademán de inclinarse para recogerlo, pero el comandante le detuvo con un gesto perentorio. Claudiano era de una antigua familia aristocrática que podía enorgullecerse de descender directamente de un héroe de la época republicana y el gesto del bárbaro tenía para él el significado de un insulto gravísimo. Respondió, sin inmutarse:

—No sé quién eres y no me interesa saberlo. Yo solo recibo órdenes del noble Flavio Orestes, comandante supremo del ejército imperial.

El bárbaro se dirigió hacia los suyos y gritó:

—¡Arrestadle!

Estos obedecieron, espolearon a sus caballos y se lanzaron hacia delante con las espadas desenvainadas: era evidente que la orden era matarlos a todos. La guardia reaccionó; al mismo tiempo, de los glacis del campamento asomó una unidad de arqueros con las flechas ya empulgadas, que a una señal de Vatreno dispararon con precisión mortífera. Los jinetes de la primera fila fueron casi todos asaeteados, pero esto no detuvo a los demás, que saltaron a tierra para presentar menos blanco y embistieron en masa a la guardia de Claudiano. Batiato se arrojó a su vez en la refriega, cargando como un toro y lanzando mandobles de inaguantable potencia. Muchos de aquellos bárbaros no habían visto nunca un negro y al verlo retrocedían aterrados. El gigante etíope cizallaba espadas, hundía escudos, hacía volar cabezas y brazos mientras hacía voltear la destral y gritaba:

—¡Soy el hombre negro! ¡Odio a estos cerdos pecosos!

Pero en el ardor del asalto se había lanzado demasiado hacia delante y Claudiano se había quedado con el flanco izquierdo descubierto. Aurelio, que había captado con el rabillo del ojo el movimiento de un guerrero enemigo, se liberó de un adversario para cubrir al comandante, pero su escudo no llegó a tiempo de proteger el blanco y la pica del bárbaro se clavó en la espalda de Claudiano. Aurelio gritó:

—¡El comandante está herido, el comandante está herido!

Pero mientras tanto las puertas del campamento se habían abierto de par en par y la infantería pesada cargó compacta en perfecta formación de combate. Los bárbaros fueron repelidos y los pocos supervivientes, tras saltar de sus caballos, se dieron a la fuga precipitadamente. Poco después, superada la línea de las colinas, se presentaban ante su comandante, un esciro llamado Mledo, quien los miró con desdén y desprecio. Tenían un aspecto lastimoso: las armas rotas, las ropas hechas jirones, sucias de sangre y de barro. El que los mandaba dijo cabizbajo:

—Se han negado. Han dicho que no.

Mledo lanzó un juramento, luego llamó a su ordenanza y dio órdenes de convocar una reunión: en breve el sonido de los cuernos se alzó a través de la capa de niebla que aún cubría el paisaje como un sudario.

Tendieron con cautela al comandante Claudiano sobre la vieja mesa de la enfermería y un cirujano se aprestó a arrancarle la pica que tenía clavada en la espalda. El asta había sido ya cortada para limitar los daños de las oscilaciones, pero el hierro se había incrustado enseguida debajo de la clavícula y existía el peligro de que hubiera lesionado el pulmón. A un lado, un ayudante encandecía sobre las brasas un hierro para cauterizar la herida.

Entretanto, desde los glacis, resonaban llamadas y gritos de alarma. Aurelio abandonó la enfermería y corrió escaleras arriba hasta encontrarse con Vatreno, que contemplaba con la mirada fija el horizonte. Toda la línea visible de las colinas que tenían enfrente negreaba de guerreros.

—Por todos los dioses —murmuró Aurelio—, son miles.

—Vuelve a donde el comandante a informarle de lo que está sucediendo. No creo que tengamos mucha elección sobre lo que conviene hacer, pero dile de todos modos que esperamos órdenes.

Aurelio regresó a la enfermería justo en el momento en que el cirujano estaba arrancando la punta de la pica de la espalda del caudillo herido, y vio su rostro de antiguo patricio contraerse en una mueca de dolor. Se acercó.

—General, los bárbaros nos atacan: son miles y se disponen a rodear nuestro campamento. ¿Cuáles son tus órdenes?

La sangre de la herida salpicaba copiosamente las manos y la cara del cirujano y a sus ayudantes que se desvivían por taponarla, mientras otro se acercaba sujetando en la mano el hierro candente. El cirujano lo sumergió en la herida y el comandante Claudiano soltó un mugido apretando los dientes para no gritar. Un acre olor a carne quemada saturó el pequeño ambiente, y un espeso humo se alzó del hierro candente que seguía chirriando en la herida.

Aurelio dijo de nuevo:

—Comandante…

Claudiano tendió hacia él la mano que tenía libre:

—Escucha… Odoacro quiere exterminarnos porque representamos un obstáculo que debe apartar de su camino al precio que sea. Nuestra legión es una antigualla del pasado, pero aún infunde miedo: está compuesta solo de romanos, itálicos y de provincias, y él sabe que jamás le obedecerá. Por esto nos quiere a todos muertos. Vamos, ve corriendo a casa de Orestes, y adviértele que estamos rodeados, que necesitamos desesperadamente ayuda…

—Manda a otro, por favor —respondió Aurelio—. Yo quisiera quedarme: tengo aquí a todos mis amigos.

—No, obedece. Solo tú puedes conseguirlo. Vamos, corre, mientras tengamos aún el control del puente sobre el Olubria:* será sin duda su primer objetivo para cortarnos el paso hacia Piacenza. Vamos, antes de que el círculo se cierre, y no te detengas por nada. Orestes está en su villa de extramuros de la ciudad con su hijo el emperador. Nosotros trataremos de resistir.

—Volveré —respondió Aurelio—. Resistid todo lo que podáis.

Se volvió. Detrás de él Batiato miraba fijamente en silencio a su comandante herido y mortalmente pálido tendido sobre la vieja mesa tinta enteramente en sangre. No tuvo valor de decirle nada. Corrió afuera y alcanzó a Vatreno en la galería cubierta:

—Me ha ordenado que vaya a buscar refuerzos: volveré tan pronto como me sea posible. Resistid, resistid, podemos conseguirlo.

Vatreno asintió con un cabeceo sin proferir palabra. Se veía a las claras que en su mirada no había esperanza y que únicamente se preparaba para morir como un soldado.

Aurelio no consiguió decir nada más. Se metió dos dedos en la boca y dio un silbido. Respondió un relincho y acto seguido un caballo bayo ya ensillado corrió al trote hacia los glacis. Aurelio saltó sobre su grupa y lo espoleó hacia una puerta secundaria. Vatreno dio orden de quitar las trancas a los batientes, que se abrieron solo para dejar salir al jinete ya lanzado al galope y volvieron a cerrarse enseguida a sus espaldas. Vatreno le siguió con la mirada mientras se iba empequeñeciendo a lo lejos, en dirección a la cabeza del puente sobre el Olubria. El pelotón de guardia del paso se percató enseguida de lo que estaba sucediendo, en parte porque un nutrido grupo de jinetes bárbaros se había destacado del grueso del ejército y corría a rienda suelta hacia ellos.

—¿Lo logrará? —preguntó Canidio escrutando por los glacis.

—¿Te refieres a si volverá? Sí, tal vez —respondió Vatreno—. Aurelio es el mejor que tenemos.

Pero el tono y la expresión de su voz no eran tan optimistas.

Volvió de nuevo la mirada para observar a Aurelio que recorría a uña de caballo el espacio aún libre entre el campamento y el puente y vio que otro destacamento de jinetes bárbaros asomaba ahora por la izquierda, coordinando su movimiento para convergir con los que venían por la derecha y cortar el camino al fugitivo. Pero Aurelio era raudo como el viento y su caballo devoraba el terreno que se volvía llano entre el campamento y el río. Iba echado hacia delante, casi plano sobre el lomo para no exponerse en exceso a los dardos que pronto comenzarían a llover sobre él.

—Corre, corre —mascullaba Vatreno entre dientes—. Corre, vamos, así, así…

Pero se dio cuenta en ese mismo instante de que los atacantes eran demasiado numerosos y que pronto se harían con la cabeza de puente. Había que dar al compañero más ventaja. Gritó:

—¡Catapultas! —Y los armeros, que habían ya comprendido, apuntaron sus ingenios hacia la caballería bárbara que convergía por la derecha y por la izquierda hacia el puente.

—¡Disparad! —gritó de nuevo Vatreno; dieciséis catapultas soltaron sus dardos hacia la cabeza de los dos escuadrones y dieron en el grueso. Los primeros perseguidores cayeron muertos a tierra y los que venían inmediatamente detrás se vieron implicados en la aparatosa caída. Algunos fueron aplastados por el peso de los caballos y otros, a los lados, cayeron bajo los disparos de los hombres armados que defendían el puente. Primero se abatió sobre ellos una nube de flechas disparadas en sentido horizontal a la altura del hombre, y luego un denso lanzamiento de venablos en parábola. Muchos cayeron traspasados, mientras los caballos tropezaban y rodaban arrastrando y moliendo con su peso los huesos de los jinetes; sus compañeros se espaciaron para ofrecer menos blanco y continuaron su carrera gritando furiosos por la afrenta sufrida.

Aurelio estaba ahora ya al alcance de la voz de sus compañeros formados en el puente. Reconoció a Vibio Cuadrato, un compañero de tienda, y gritó:

—¡Cubridme! ¡Voy en busca de ayuda, volveré!

—¡Lo sé! —gritó Cuadrato y alzó el brazo haciendo una indicación para que abrieran paso a Aurelio. El jinete cruzó como una exhalación entre los compañeros y el puente osciló bajo los cascos del potente corcel lanzado en desenfrenada carrera. El pelotón se volvió a cerrar inmediatamente detrás de él, los escudos se apretaron entre sí con un impulso metálico automático. Los primeros hombres de rodillas, los segundos de pie, dejaban asomar únicamente las puntas de las lanzas apuntando las astas al suelo. Los jinetes bárbaros se arrojaron sobre el valeroso manípulo, su furia se abatió como una ola de tempestad contra aquel último baluarte de romana disciplina: obligados a apretarse los unos contra los otros por lo angosto del puente, algunos de los atacantes chocaron violentamente dando con sus huesos en tierra, otros prosiguieron hacia el centro abalanzándose con espantosa violencia contra la pequeña defensa que retrocedió bajo el impacto, pero resistió. Muchos caballos se hirieron con las picas; otros, encabritados, se encorvaron y catapultaron hacia delante a sus jinetes, haciendo que se ensartaran en las puntas herradas. A continuación el combate se convirtió en un feroz enfrentamiento, hombre contra hombre, espada contra espada. Los defensores sabían que cada instante ganado por el jinete que se alejaba podía significar la salvación para toda la unidad, y también sabían qué horribles torturas les esperaban si eran apresados vivos. Se batían, así pues, con todas sus fuerzas incitándose unos a otros con grandes voces.

Mientras tanto Aurelio, que ya había llegado al extremo de la llanura, se volvió hacia atrás antes de internarse en la espesura de un bosque de encinas que se alzaba delante, y lo último que vio fue a sus compañeros ya arrollados por el ímpetu insostenible de los enemigos.

—¡Lo ha conseguido! —exclamó exultante Antonino desde la galería cubierta del campamento—. Está en el bosque, ya no le cogerán. ¡Aún nos queda una esperanza!

—Es cierto —respondió Vatreno—. Nuestros compañeros del puente han sido aniquilados por intentar cubrirle la retirada.

En aquel momento llegó Batiato de la enfermería.

—¿Cómo está el comandante? —preguntó Vatreno.

—El cirujano le ha cauterizado, pero dice que la pica le ha perforado el pulmón. Escupe sangre y la fiebre le está subiendo.—Apretó sus puños ciclópeos y contrajo las mandíbulas—: Al primero que se me ponga delante, juro que le machaco, le hago trizas, le como el hígado…

Los compañeros le miraron con una especie de admirado asombro: sabían muy bien que no eran solo palabras.

Vatreno cambió de conversación:

—¿Qué día es hoy?

—Las nonas de noviembre —respondió Canidio—. ¿Cambia acaso esto algo?

—Hace tres meses, a esta misma hora, Orestes se disponía a presentar a su hijo al Senado y ahora ya debe defenderle del ataque de Odoacro. Si Aurelio tiene suerte, podría llegar entrada la noche. Los refuerzos podrían partir al amanecer y estar aquí dentro de dos días. Siempre y cuando Odoacro no haya hecho ya tomar todos los pasos y los puentes, y que Orestes disponga aún de tropas leales que poner en camino, y…

Sus palabras fueron interrumpidas por las voces de alarma procedentes de las torres de guardia y por los gritos de los escoltas:

—¡Nos atacan!

Vatreno reaccionó como a un latigazo. Llamó al portaestandarte:

—¡Mostrad la insignia! ¡Todos los hombres a sus puestos de combate! ¡Máquinas en posición de disparo! ¡Arqueros a la empalizada! Legionarios de la Nova Invicta, este campamento es un trozo de Roma, tierra sagrada de nuestros antepasados. ¡Defendámoslo a toda costa! ¡Demostradles a esas fieras que el honor romano no ha muerto!

Empuñó un venablo y fue a su puesto en los glacis. En ese mismo instante, en las colinas, estalló el grito de la marea bárbara y miles y miles de jinetes hicieron retemblar la tierra con su carga furibunda. Arrastraban carros y cureñas sobre ruedas con palos aguzados para arrojarse contra las defensas del campamento romano. Los defensores se pegaron a la empalizada; tensaron las cuerdas de los arcos; apretaron espasmódicamente los venablos en el puño. Pálidos de tensión, las frentes bañadas de niebla y de frío sudor.

Capitulo 2

2

Orestes recibió personalmente a los huéspedes en la entrada de su villa sobre la colina: notables de la ciudad, senadores, altos oficiales del ejército acompañados por sus familias. Las lámparas estaban encendidas, la cena a punto de ser servida: todo estaba listo para festejar el trigésimo natalicio de su hijo y el aniversario del tercer mes de su subida al trono. Había dudado mucho si posponer el banquete, dada la dramática situación que se había creado a causa de la rebelión de Odoacro y de sus auxiliares hérulos y esciros, pero al final se había decidido a mantener sin cambios el programa para no extender el pánico. Su unidad más aguerrida, la Nova Invicta, adiestrada a la manera de las antiguas legiones, se acercaba a marchas forzadas, su hermano Paulo avanzaba desde Rávena a la cabeza de otras tropas escogidas y la rebelión pronto quedaría limitada.

Pero su mujer Flavia Serena parecía preocupada y de pésimo humor. Orestes había tratado de esconderle hasta ese momento el desastre de la caída de Pavía, pero comenzaba a temer que ella supiera mucho más de lo que daba a entender.

Ceñuda y melancólica, se mantenía aparte cerca de la puerta del tablinum y su actitud daba la impresión de un duro reproche hacia Orestes: Flavia se había mostrado siempre contraria a la subida al trono de Rómulo y la fiesta le fastidiaba sobremanera. Orestes se acercó a ella tratando de disimular su drama interior y su contrariedad.

—¿Por qué te mantienes aparte? Eres la anfitriona y la madre del emperador, deberías ser el centro de atención y de la fiesta.

Flavia Serena miró a su marido como si hubiera dicho unas frases carentes de sentido, y le respondió con dureza:

—Has querido hacer realidad tus ambiciones exponiendo a un niño inocente a un peligro mortal.

—No es ningún niño: es casi ya un muchacho y ha sido criado del mejor modo para ser un gran soberano. De esto hemos discutido ya muchas veces y esperaba que al menos hoy me ahorrarías tu mal humor. Mira: nuestro hijo es feliz. También su preceptor Ambrosino está satisfecho: es un hombre prudente en quien también tú has confiado siempre.

—Desbarras, Orestes: lo que tú creaste se está cayendo a pedazos. Las tropas bárbaras de Odoacro, que hubieran tenido que sostener tu poder, se han rebelado y están sembrando la muerte y la destrucción por todas partes.

—Obligaré a Odoacro a negociar y a estipular un nuevo acuerdo. No es la primera vez que suceden estas cosas. Tampoco a ellos les conviene provocar el colapso del imperio del que reciben tierras y estipendios.

Flavia Serena suspiró y bajó la mirada durante unos instantes, luego preguntó mirando fijamente a su esposo:

—¿Es cierto eso que va diciendo Odoacro? ¿Es cierto que le habías prometido como recompensa un tercio de Italia y que luego has faltado a tu palabra?

—Es falso. Él… él interpretó equivocadamente mi afirmación…

—Esto no cambia mucho la situación: si es él el que se impone, ¿cómo piensas que podrías proteger a nuestro hijo?

Orestes le tomó las manos entre las suyas. El bullicio de la fiesta parecía amortiguado como si todo estuviera lejos, atenuado por la angustia que no hacía sino crecer entre ellos como una pesadilla nocturna. Un perro ladró a lo lejos y Orestes notó que un estremecimiento recorría las manos de su esposa.

—Quédate tranquila —le dijo—. No tenemos nada que temer, y para que veas que puedes confiar en mí te diré algo que no te había dicho nunca antes: en estos años he constituido en secreto una unidad especial, una unidad de combate leal y cohesionada, formada solamente por hombres itálicos y de provincias, adiestrada como las legiones de antaño. La he puesto a las órdenes de Manilio Claudiano, un oficial de la vieja aristocracia, un hombre que daría su vida antes de faltar a su palabra. Estos soldados han dado muestras de increíble valor en varios puntos de nuestra frontera y ahora, por orden mía, se están acercando a marchas forzadas. Podrían estar aquí dentro de dos o tres días. También mi hermano Paulo está marchando desde Rávena a la cabeza de otro contingente. Y ahora te ruego que vengas, reunámonos con nuestros huéspedes.

Flavia Serena pareció convencerse por un momento de que aquellas palabras respondían a la verdad porque, en su corazón, no quería sino creerle, pero, mientras trataba de reencontrar la sonrisa para tomar parte en el banquete, el ladrar de los perros resonó más fuerte y a este respondió casi enseguida un coro de ladridos. Los presentes se miraron los unos a los otros; y en aquel instante de silencio un grito de alarma llegó del patio y a continuación el largo sonar de los cuernos llamó a reunión a la guardia. Inmediatamente después un oficial irrumpió en la sala y se acercó corriendo a Orestes.

—¡Nos atacan, señor! ¡Son centenares, al mando de Wulfila, el lugarteniente de Odoacro!

Orestes cogió una espada de una panoplia que colgaba de la pared y gritó:

—¡Rápido, a armarse todo el mundo, nos atacan! Ambrosino, toma al muchacho y a su madre y escóndelos en la leñera. No os mováis de allí por ninguna razón hasta que vaya yo a buscaros. ¡Rápido, rápido!

Ya se oían grandes golpes en el portón, ruidosos golpes de ariete que hacían retemblar todo el recinto amurallado de la villa. Los defensores corrieron a la galería cubierta para repeler el asalto, pero decenas de escalas se apoyaban en aquel momento contra el parapeto y cientos de guerreros entraban y se desparramaban por todas partes, lanzando salvajes gritos. El portón cedió de repente ante los golpes del ariete y un jinete gigantesco se lanzó al interior con un salto acrobático de su cabalgadura. Orestes le reconoció y se abalanzó sobre él blandiendo la espada y gritando:

—¡Wulfila, maldito infame!

Entretanto Ambrosino había alcanzado el escondite llevándose con él al muchacho trastornado y aterrorizado, pero con la confusión y las prisas no había advertido que Flavia Serena no le había seguido. Por una rendija de la puerta Rómulo asistió al desenlace del drama, vio cómo segaban la vida a los huéspedes uno tras otro y cómo caían al suelo en medio de su propia sangre, vio a su padre herido enfrentarse a aquel gigante híspido con la fuerza de la desesperación, le vio caer de rodillas, incorporarse, blandir de nuevo la espada, batirse denodadamente hasta el último resto de energía y luego desplomarse atravesado, de parte a parte. El movimiento convulso de sus párpados descomponía cada movimiento de aquella tragedia, lo fragmentaba en mil esquirlas aguzadas que se le clavaban en la memoria. Oyó a su madre gritar: «¡Malditos! ¡Sois unos malditos!», y vio a Ambrosino precipitarse afuera para protegerla mientras ella gritaba de nuevo presa del horror, mesándose los cabellos, arañándose el rostro, postrada de rodillas al lado del marido moribundo. También él entonces se lanzó al exterior, decidido a morir con sus padres antes que quedarse solo en aquel mundo terrible. Vio al gigantesco guerrero bañar su mano en la sangre de su padre y teñirse la frente con una franja bermeja y echó a correr hacia el punto en que había caído la espada de Orestes para blandirla valerosamente contra el enemigo, pero Ambrosino fue a su encuentro, ligero y casi imperceptiblemente por entre la lluvia de dardos, entre los combatientes enzarzados en un feroz cuerpo a cuerpo, y se detuvo entre él y la espada de un bárbaro que irrumpía en aquel momento. La hoja los habría matado a ambos de no haber parado Wulfila el golpe.

—Idiota —gruñó dirigiéndose al guerrero—,¿no ves quién es?

El otro bajó la espada, confuso.

—Coge a los tres —le ordenó Wulfila—. Nos los llevamos. A Rávena.

La batalla había terminado, los defensores habían sido vencidos y pasados por el filo de la espada hasta el último hombre. De los huéspedes, algunos se habían salvado huyendo por las ventanas a los oscuros campos, otros se habían escondido en las dependencias de los siervos, debajo de las camas o en los almacenes, en medio de los trastos. La vida de muchos, en medio del ardor del primer ataque, había sido segada sin piedad. También los músicos, que habían animado la fiesta con sus melodías, yacían muertos con los ojos desorbitados manteniendo aún entre las manos los instrumentos. Las mujeres eran violadas repetidamente y sometidas a todas las ignominias imaginables; los hombres eran forzados a asistir al ultraje perpetrado a sus esposas o a sus hijas antes de ser a su vez arrojados al suelo y degollados como corderos.

En el jardín interior las estatuas eran derribadas de sus pedestales, los setos y los arbustos habían sido arrancados, las fuentes estaban llenas de sangre; había sangre por todas partes, en el suelo y en las paredes decoradas con frescos. Ahora los bárbaros terminaban su obra saqueando todo cuanto había de valioso en la suntuosa residencia: candelabros, objetos de adorno, vajillas. Otros, que no habían podido echar mano a ningún objeto de valor, por desprecio mutilaban y destrozaban los cadáveres o bien se orinaban y defecaban sobre los magníficos suelos de mosaico. Por todas partes se oía, junto con los gritos descompuestos de aquellos salvajes ebrios de destrucción, el crepitar del fuego que comenzaba a devorar la desventurada morada.

Arrastraron a los tres prisioneros al exterior y los pusieron dentro de un carro tirado por un par de mulos. Wulfila gritó:

—¡Vámonos, vámonos he dicho, nos queda mucho camino que hacer!

Sus hombres abandonaron de mala gana la villa ahora ya reducida a ruinas y se pusieron en columna uno tras otro al trote detrás del pequeño convoy. En el carruaje, Rómulo lloraba en silencio, en la oscuridad, abrazado a su madre. En menos de una hora había pasado de los fastos de la dignidad imperial a la condición más miserable. Su padre había sido aniquilado ante sus propios ojos y él era prisionero de aquellas bestias; estaba totalmente en su poder. Ambrosino, sentado detrás de ellos, permanecía mudo y como aturdido por el dolor, se volvía de vez en cuando para contemplar la gran villa campestre presa de las llamas, las volutas de humo y las pavesas que se alzaban hacia el cielo y expandían en el horizonte un siniestro resplandor. Había salvado solo la alforja con la que había llegado a Italia muchos años atrás y uno solo de los mil libros que contenía la biblioteca: la Eneida espléndidamente ilustrada que los senadores le habían regalado a Rómulo. De vez en cuando pasaba la mano por la cubierta de piel del volumen y casi tenía la impresión de que el destino no había sido del todo cruel si le había dejado la compañía, tal vez profética, de los versos de Virgilio.

Aurelio se encontró varias veces el camino cerrado en su cabalgada nocturna. Odoacro había situado guarniciones en los puentes y pasos, y escuadrones de soldados bárbaros del ejército imperial patrullaban las vías consulares de modo que el jinete tuvo que desviarse varias veces de su camino, cruzar vados que se habían vuelto una vorágine por las lluvias otoñales o seguir senderos inaccesibles en las montañas. Cuando volvió a descender hacia la llanura reparó en que su caballo no lo lograría, que el generoso animal reventaría si lo lanzaba de nuevo al galope. Echaba espumarajos y estaba cubierto de sudor, tenía el resuello entrecortado y los ojos vidriosos por el tremendo esfuerzo. Entonces el destino vino en su ayuda, columbró en lontananza unas luces y a continuación un edificio de aspecto familiar: una casa de postas en la vía Postumia, milagrosamente intacta y aparentemente en funcionamiento. Cuando estuvo en sus proximidades oyó chirriar un letrero que pendía de una barra de hierro fijada en la pared exterior. Estaba medio herrumbrado, pero se distinguía aún la figura de una sandalia y un escrito en bonitas letras cursivas: «Mansio ad sandalum Herculis». Delante del edificio una piedra miliar ostentaba la inscripción m.p. XXII: veintidós millas a la casa de postas siguiente, admitiendo que existiera aún.

Aurelio saltó del caballo y entró jadeando: en su interior había un empleado del servicio de postas que dormitaba en una silla mientras algunos clientes, tumbados sobre sus capas en el suelo, dormían profundamente. Aurelio le sacudió.

—Servicio imperial —dijo—, máxima urgencia y prioridad absoluta: es una cuestión de vida o muerte para muchas personas. Fuera está mi caballo, reventado: necesito un caballo de refresco, enseguida.

El empleado se sacudió, abrió los ojos y se dio cuenta al punto, apenas hubo enfocado al hombre que tenía delante, que aquellas palabras debían ser ciertas. El rostro de Aurelio estaba deformado por la fatiga, los rasgos trastornados por la tensión y el esfuerzo.

—Ven conmigo —le dijo y, precediéndole, tomó de un aparador un pedazo de pan y un frasco de vino y se los alargó para que pudiera dar un trago y comer un bocado mientras recorrían el pasillo y bajaban la escalera hacia las caballerizas: era evidente que no se detendría ni siquiera un instante para recobrar fuerzas. Los puestos del establo estaban en gran parte vacíos, pero en la penumbra, apenas distinguibles, había tres o cuatro caballos. El encargado de la casa de postas levantó la linterna para iluminarse.

—Coge ese —dijo señalando un caballo negro de buenas trazas y pelaje liso y reluciente—, es un animal magnífico. Se llama Juba. Pertenecía a un alto oficial que no ha vuelto para recuperarlo.

Aurelio dio un último mordisco a la hogaza, tomó otro sorbo de vino, luego saltó sobre la grupa del animal y lo espoleó rampa arriba gritando:

—¡Arre! ¡Arre, Juba!

Se echó al aire libre con un gran brinco, como un condenado que saliera de los infiernos, y se lanzó a galope tendido. Atravesó la vía consular y tomó un sendero que blanqueaba entre los campos a la incierta claridad de la luna. También el encargado salió al exterior, con un registro y un estilo en una mano y la linterna en la otra, gritando:

—¡El recibo!

Pero Aurelio estaba ya lejos y el galope de Juba se perdía en la campiña.

El hombre repitió en voz baja, como si hablase para sí:

—Tiene que firmarme el recibo.

Le hizo volver a la realidad un relincho apagado y reparó en el bayo de Aurelio, humeante de sudor. Lo cogió de las bridas y lo condujo hacia el establo.

—Ven, hermoso, o te dará algo. Estás todo sudado, y debes de tener hambre, y apuesto a que no habrás comido nada, como tu amo.

Apenas comenzaba a extenderse por el horizonte una pálida claridad, cuando Aurelio tuvo a la vista la villa de Flavio Orestes. Al instante se dio cuenta de que había llegado demasiado tarde: una densa columna de humo negro se alzaba del edificio medio en ruinas y por todas partes, alrededor, había señales de una salvaje devastación. Tras atar su caballo a un árbol, se acercó con cautela a resguardo de un pequeño muro de protección hasta encontrarse en las inmediaciones de la entrada principal. Vio los batientes del portón en el suelo, arrancados de sus goznes y quemados, y en el patio de entrada docenas de cadáveres cubiertos de sangre coagulada. Muchos eran soldados de la guardia imperial, pero no eran pocos los guerreros bárbaros caídos en los feroces cuerpo a cuerpo. La lucha debía de haber sido de una espantosa violencia y cada uno yacía allí donde la muerte le había sorprendido, con la expresión todavía en el rostro que el horror y el último espasmo de agonía les habían impreso.

No se oía ningún sonido más que el crepitar de las llamas y de vez en cuando el seco ruido de una viga que se venía abajo o de unas tejas que caían del techo consumido por el fuego y que se hacían trizas contra el suelo. Aurelio avanzó en medio de aquella desolación mirando a su alrededor, extraviado e incrédulo; a medida que la tragedia se desplegaba ante él en toda su espantosa realidad, la angustia le inundaba el ánimo ahogándole con el tormento de una insoportable opresión. La fetidez de la muerte y de los excrementos apestaba las estancias interiores que no habían sido devoradas aún por el fuego; los cadáveres de las mujeres desnudas y violadas, los de las chiquillas aún impúberes, yacían con las piernas obscenamente abiertas al lado de los cuerpos de sus padres y maridos degollados. Había sangre por doquier: en los suelos de mármol embutido, en las paredes cubiertas de finos frescos, en los atrios, en los baños, en el triclinio, en las mesas y en los restos de comida, empapaba los cortinajes, las alfombras, los manteles.

Aurelio se dejó caer de rodillas soltando un grito de furor impotente y de desesperación. Permaneció largo rato en aquella posición, con la frente que casi le tocaba las rodillas, hasta que de repente le hizo volver a la realidad el sonido de un gemido. ¿Era posible? ¿Era posible que hubiera aún alguien vivo en medio de aquella atroz carnicería? Se levantó de golpe, se enjugó deprisa las lágrimas que bañaban su rostro y se dirigió hacia el lugar de donde procedía aquel lamento. Era del patio, de un hombre tendido boca abajo en medio de un gran charco de sangre. Se arrodilló a su lado y le dio la vuelta lentamente, de modo que pudiera verle de cara. El hombre, aunque a las puertas de la muerte, reconoció las insignias y el uniforme. Murmuró:

—Legionario…

Aurelio se acercó un poco más.

—¿Quién eres? —le preguntó.

El hombre jadeaba penosamente, cada respiro debía de costarle terribles sufrimientos. Respondió:

—Soy Flavio… Orestes.

Aurelio se estremeció.

—Comandante —dijo—. Oh, dioses… Comandante, soy de la Nova Invicta.

Y ese nombre le sonó como una burla del destino.

Orestes temblaba, los dientes le castañeteaban por el frío intenso de la muerte que invadía su cuerpo. Aurelio se despojó de la capa, le recubrió con ella, y aquel gesto de piedad pareció por un instante reanimarle, devolverle un destello de energía.

—Mi mujer, mi hijo —dijo—. Se han llevado al emperador. Te ruego que avises a la legión. Debéis… liberarlos.

—La legión ha sido atacada por fuerzas muy superiores en número —respondió Aurelio—. Venía a pedir refuerzos.

En el rostro de Orestes se pintó una expresión de profundo espanto; no obstante, mientras le miraba fijamente con los ojos llenos de lágrimas, en su voz tembló de nuevo un poco de esperanza.

—Sálvalos —le dijo—, te lo imploro.

Aurelio no consiguió aguantar la intensidad angustiada de aquella mirada y dijo bajando los ojos:

—Yo… me he quedado solo, comandante.

Orestes pareció ignorar por completo sus palabras. Con las últimas fuerzas que le quedaban trató de levantarse, se agarró con las manos al borde de su coraza.

—Te lo suplico, legionario —dijo con un estertor—, salva a mi hijo, salva a la emperatriz. Si él muere, Roma morirá. Si Roma muere, todo estará perdido.

Su mano resbaló al suelo, inerte, y los ojos perdieron toda expresión, en la atónita fijeza de la muerte.

Aurelio le pasó los dedos por los párpados, para cerrarlos, luego recuperó su capa y salió mientras el sol, ya en el horizonte, iluminaba detrás de él, en todo su horror, la escena de la matanza. Llegó hasta donde estaba Juba, que pacía tranquilo la hierba del prado, lo desató, montó en la silla y lo espoleó hacia el norte, tras las huellas del enemigo.

Capitulo 3

3

La columna al mando de Wulfila avanzó durante tres días en un viaje penoso a través de los desfiladeros de los Apeninos cubiertos de nieve y luego por la llanura neblinosa. La fatiga y el insomnio ponían duramente a prueba a los prisioneros, al límite de su resistencia. Ninguno de ellos había tenido una sola noche de descanso: solo algunas horas de sopor interrumpido por las pesadillas de la matanza. Flavia Serena trataba de conservar el valor, ya fuera por la educación severa que había recibido de su familia, o para sostener con su propio comportamiento a su hijo Rómulo. De vez en cuando el muchacho apoyaba la cabeza en su regazo y cerraba los ojos, pero apenas cedía al sueño la visión de la matanza volvía a aparecer en su mente trastornada y la madre sentía cómo sus miembros se contraían dolorosamente, casi podía ver el horror de las imágenes que cruzaban por debajo de sus párpados. Luego, de golpe, el muchacho se despertaba con un grito, con la frente perlada de frío sudor, con la mirada aterrada.

Ambrosino le tocaba la espalda con la mano y trataba de transmitirle un poco de calor.

—Ánimo —le decía—, ánimo, muchacho, el destino te ha impuesto la prueba más dura y cruel, pero yo sé que saldrás de esta.

En una ocasión, mientras Rómulo se había abandonado al sueño, se le acercó y le bisbiseó algo al oído, y por unos momentos la respiración del muchacho se hizo más larga y regular, la expresión del rostro más relajada.

—¿Qué le has dicho? —le preguntó Flavia Serena.

—Le he hablado con la voz de su padre —respondió, enigmático, Ambrosino—. Era lo que él quería oír y lo que necesitaba.

Flavia no dijo nada y volvió a mirar fijamente el camino que bordeaba ahora la vasta laguna costera, las aguas orladas de pálidas espumas, bajo un cielo plúmbeo. Llegaron a las cercanías de Rávena la noche del quinto día, mientras se hacía la oscuridad. La columna recorría uno de los muchos diques de contención que atravesaban la laguna hasta el grupo de islas en las que se había levantado antiguamente la ciudad, ahora unidas a una larga duna costera. A aquellas horas la niebla se levantaba y se arrastraba sobre la superficie de las aguas hasta alcanzar la orilla, para extenderse a continuación por la tierra firme lamiendo los árboles esqueléticos, las cabañas aisladas de los pescadores y de los campesinos. De vez en cuando se oía la voz de algún animal nocturno y el ladrido solitario de un perro de un caserío lejano. El frío y la humedad calaban hasta los huesos, el cansancio se sumaba, casi insoportable, a la aguda incomodidad.

Las torres de Rávena se irguieron de improviso delante de ellos como gigantes en la oscuridad. Wulfila gritó algo en su lengua gutural: la puerta se abrió y los jinetes entraron al paso en la ciudad desierta y neblinosa. Los habitantes parecían haber desaparecido; todas las puertas estaban cerradas a cal y canto, todas las ventanas cerradas. Solo se oía el chapaleo de las aguas en los canales si una barca avanzaba, como un fantasma, empujada por un lento remar. Se detuvieron a la entrada del palacio imperial de ladrillo rojo, adornado, en la fachada, con unas columnas de piedra de Istria. Wulfila ordenó que la madre fuera separada de su hijo y el muchacho fuera conducido a su aposento.

—Deja que vaya con él —pidió al punto Ambrosino—. Está aterrorizado, extenuado: necesita de alguien que le haga compañía. Soy su preceptor y sé cómo ayudarle: te lo suplico, poderoso señor.

Wulfila, halagado por aquel apelativo al que no estaba habituado, asintió con un sonido inarticulado y Ambrosino pudo seguir a su discípulo mientras se lo llevaban. Rómulo se volvió gritando:

—¡Madre! ¡Madre!

Flavia Serena lanzó una mirada afligida y doliente pero llena de dignidad, una muda exhortación a no abandonarse a la desesperación, luego se alejó entre dos soldados de la guardia por un pasillo con paso firme, erguida de hombros, los brazos cruzados sobre el pecho para cubrir lo que las desgarradas vestiduras dejaban sin velos.

Odoacro había sido avisado y la esperaba sentado en el trono de marfil de los últimos césares; bastó una indicación suya para hacer comprender a Wulfila y a los soldados de la guardia que quería permanecer a solas con la mujer. Había una silla preparada a los pies del trono y Odoacro la invitó a tomar asiento, pero Flavia Serena permaneció de pie, con la espalda erguida y los ojos fijos en el vacío. Aunque con las ropas desgarradas, los cabellos pegoteados, las manchas de sangre que aún ensuciaban su túnica, a pesar de tener la frente ennegrecida de hollín y las mejillas marcadas de arañazos, lograba irradiar la fascinación de una feminidad indómita y orgullosa, mostrar una belleza ofendida y mancillada, pero aún intacta en los rasgos soberbios y delicados a un tiempo, en la blancura del cuello, en la perfección de los hombros y del pecho que las manos recogidas en él no conseguían esconder del todo. Sentía sobre sí la mirada del bárbaro, aunque no le viera, y se sentía encender de desdén y de rabia impotente. Solo la palidez del cansancio, del ayuno y del insomnio escondía como un sudario sus emociones.

—Sé que me desprecias —dijo Odoacro—. Bárbaros, nos llamáis, como si vosotros fuerais mejores, cuando sois una raza acabada por siglos de vicio, de poder y de corrupción. He hecho matar a tu marido porque se lo merecía, porque me traicionó cuando faltó a su palabra. Debía dar un escarmiento ejemplar para que todos comprendan que no se puede engañar impunemente a Odoacro, y el escarmiento ejemplar debía ser tan tremendo que provocara espanto a cualquiera. Y sin contar a tu cuñado Paulo: mis tropas le han rodeado y aniquilado. Pero ahora basta ya de sangre: no es mi intención ensañarme con este país. Quiero que renazca, que vuelvan a florecer las obras, el trabajo en los campos y en el comercio. Esta tierra se merece algo mejor que Flavio Orestes y su emperador niño. Se merece un verdadero soberano que la guíe y la proteja como un marido guía y protege a su mujer. Ese soberano seré yo y quiero que tú seas mi reina.

Flavia, que había permanecido inmóvil y silenciosa hasta aquel momento, reaccionó finalmente; su voz era cortante como una hoja.

—No sabes lo que dices. Yo desciendo de aquellos que durante siglos combatieron contra vosotros y os expulsaron a las selvas para vivir como bestias a las que os asemejáis en todo. Me repugna vuestro hedor, vuestra ignorancia, vuestra condición salvaje; me repugna vuestra lengua y el sonido de vuestra voz, más parecido al ladrar de los perros que a una expresión humana; me da asco vuestra piel que no soporta la luz del sol, vuestros cabellos de estopa y vuestros bigotes siempre sucios de restos de comida. ¿Es este el vínculo conyugal que deseas? ¿Este el intercambio de sentimientos? Puedes matarme también ahora, pues no me importa. ¡Nunca me casaré contigo!

Odoacro apretó las mandíbulas: las palabras ultrajantes de Flavia le habían herido y humillado. Sabía que no había fuerza ni poder capaz de vencer ese desprecio, pero dentro de sí advertía fuertemente el sentimiento que le había poseído desde joven, al entrar en el ejército imperial: la admiración por aquellas ciudades antiquísimas, por los foros y las basílicas, las columnas y los monumentos, las calles, los puertos y los acueductos, las insignias y los arcos de triunfo, las solemnes inscripciones de bronce, los baños y las termas, las casas, las villas, tan bellas hasta el punto de parecer residencias de dioses más que de hombres. El imperio era el único mundo en el que valía la pena vivir para un ser humano. La contempló y la encontró más deseable que nunca, como cuando la había visto la primera vez, con poco más de veinte años, el día que la vio convertirse en esposa de Flavio Orestes. Le había parecido entonces lejana, esplendorosa e inalcanzable como la estrella que contemplaba de niño tumbado en el carro nómada de sus padres bajo el cielo nocturno, en la interminable llanura. Ahora ella estaba a su merced y podría poseerla en cualquier momento, incluso en ese mismo instante. Pero no era esto lo que deseaba, aún no. Dijo:

—En cambio harás lo que yo te diga si quieres salvar a tu hijo, si no quieres verle morir ante tus propios ojos. Y ahora vete.

La guardia entró y se la llevó hacia el ala de poniente de palacio. Ambrosino miró por el ojo de la cerradura cuando oyó parlotear a los soldados de la guardia que la escoltaban y llamó a su presencia a Rómulo.

—Mira —dijo—, tu madre.

Al mismo tiempo le hizo una señal de que no rechistara llevándose el dedo a los labios, mientras se apartaba para permitirle mirar a su vez.

El pequeño cortejo salió rápidamente de aquel reducido campo visual, pero Ambrosino apoyó el oído contra la puerta y contó los pasos hasta que oyó el resorte de una cerradura y el ruido de una puerta al cerrarse.

—Veinticuatro. La habitación de tu madre dista veinticuatro pasos de la nuestra y debe de estar del otro lado del pasillo. Probablemente nos encontramos en las dependencias del gineceo imperial. Estuve en una ocasión hará un par de años y también tu madre lo conoce bastante bien. Esto podría ser una ventaja.

Rómulo asintió con un cabeceo, habituado como estaba a seguir las elucubraciones de su maestro incluso cuando no comprendía del todo su finalidad o su significado, pero no mostró ningún interés especial por aquella afirmación. La puerta de su habitación estaba cerrada a cal y canto desde el exterior y montaba guardia en ella un guerrero armado con una segur y una espada: ¿qué posibilidad podía haber de establecer algún tipo de contacto con su madre? Se abandonó sobre el lecho, exhausto por el tumulto de emociones y el excesivo cansancio: ganó la partida la naturaleza y cayó en un profundo sueño. Ambrosino le cubrió con un paño, le hizo una ligera caricia en la cabeza y acto seguido se tumbó también él en la otra cama, para tratar de reposar un poco. No quiso apagar la lucerna porque presentía que las tinieblas despertarían en él imágenes de las que sería difícil defenderse y porque prefería mantenerse, aunque fuera mínimamente, de vigilancia en aquella noche poblada de sombras sangrientas.

No habría sabido decir cuánto tiempo pasó cuando un ruido seguido de una especie de sordo desplome golpeó su oído. Rómulo estaba aún profundamente dormido y no había advertido nada: tan pesado era su sueño que el muchacho estaba exactamente en la misma posición en que se había amodorrado. Ambrosino se levantó y oyó de nuevo otro ruido, esta vez un estallido seco y metálico en contacto directo con su puerta. Se acercó al muchacho y le sacudió enérgicamente:

—Despiértate, rápido, está llegando alguien.

Rómulo volvió a abrir los ojos primero sin darse cuenta de dónde estaba, pero se vio de nuevo dominado por la dolorosa conciencia de su estado no bien hubo vuelto la mirada a las paredes de su prisión. Entretanto la puerta se había abierto chirriando y había aparecido una figura embozada y con el rostro cubierto por una larga capucha. La mirada de Ambrosino cayó inmediatamente sobre la punta de la espada que aquel empuñaba e instintivamente se plantó entre él y el muchacho. Pero el hombre se descubrió el rostro.

—Rápido —dijo—, soy un soldado romano de la Nova Invicta y he venido para salvar al muchacho. Rápido, no hay tiempo que perder.

—Pero ¿yo qué hago?… —comenzó a decir Ambrosino.

—No importa. He prometido salvarle a él, no a ti.

—No te conozco, no sé quién eres y…

—Me llamo Aurelio y acabo de dar muerte al soldado de guardia —dijo mostrando el cadáver detrás de él.

Luego lo aferró por los pies y lo arrastró al interior.

—No voy sin mi madre —dijo de pronto Rómulo.

—Entonces, movámonos, por todos los dioses —replicó Aurelio—. ¿Dónde está?

—Allí al fondo —respondió Ambrosino, y añadió, dando prueba de que también él era indispensable para aquella expedición—: Y sé por dónde podemos ir. Hay un pasadizo hacia el matronio de la basílica imperial.

Se dirigieron hacia la habitación en la que parecía estar encerrada Flavia Serena y Aurelio aplicó la punta de la espada entre la puerta y la jamba, haciendo saltar el cerrojo. Pero en aquel instante se presentó el soldado de guardia para el relevo y se puso a pegar gritos mientras corría hacia ellos con la espada desenvainada. Aurelio hizo frente al bárbaro, le desequilibró con una finta y le golpeó en el costado traspasándole de parte a parte. El hombre se desplomó inerte y el legionario entró en la habitación de Flavia diciendo:

—Rápido, señora, he venido a liberaros, rápido, no hay un instante que perder.

Flavia vio a su muchacho y a Ambrosino y le dio un vuelco el corazón: el destino le brindaba una inesperada ayuda.

—Por allí —dijo Ambrosino— podemos pasar por el corredor al matronio: no creo que los bárbaros lo conozcan.

Y se encaminó deprisa, pero los gritos del soldado de guardia habían alertado a otros hombres del fondo del pasillo. Aurelio vio una reja de hierro y la cerró detrás de sí justo a tiempo, luego siguió corriendo hacia delante con sus compañeros de fuga. Resonaban ahora ya detrás de ellos gritos por todas partes, se veían correr antorchas en la oscuridad del patio y detrás de las ventanas, se oía un ruido de armas y llamadas exasperadas por doquier. Luego, de golpe, cuando ya Ambrosino estaba a punto de abrir la portezuela disimulada que daba al pasillo del matronio, por una escalera lateral, flanqueado por dos compañeros, apareció un guerrero gigantesco: Wulfila. Ambrosino se vio separado de sus compañeros. Presa del miedo, se escondió detrás de la arcada que ocultaba la portezuela del matronio y asistió impotente al ataque. Los tres se abalanzaron sobre Aurelio que se plantó en defensa de Flavia y de Rómulo. Ambrosino cerró los ojos, apretó en la mano izquierda la joya que colgaba de su cuello, una ramita de muérdago de plata, y concentró toda la potencia de su espíritu en el brazo de Aurelio, que cayó de forma fulminante, decapitando a un adversario con un mandoble. La cabeza cayó entre sus piernas y durante un segundo el cuerpo se convulsionó a causa de las últimas contracciones de los músculos, salpicando un largo chorro de sangre del cuello seccionado antes de desplomarse hacia atrás. Aurelio detuvo con el puñal apretado con la izquierda el golpe de Wulfila y se echó a un lado alargando el pie entre las piernas del tercer hombre ya lanzado al ataque; luego, con un nuevo salto feroz, rodó sobre sí mismo y enseguida la hoja de su cuchillo se clavó entre los omóplatos del agresor caído, lo clavó entre estertores de agonía contra el suelo. Entonces Aurelio hizo frente al enemigo más temible: las espadas se cruzaron con un estrépito ensordecedor en una descarga de golpes mortíferos que provocaron una cascada de chispas. Ambos aceros eran de gran temple y la fuerza espantosa del bárbaro se topaba con la destreza y la agilidad del romano.

Se oían los gritos de los soldados de la guardia cada vez más próximos, y Aurelio se dio cuenta de que tenía que liberarse del adversario como fuese, de lo contrario no tardaría en caer en sus manos para sufrir una muerte horrenda. Las espadas se bloquearon la una contra la otra entre los pechos de los dos guerreros, cada uno intentaba cortarle la garganta al otro, cada uno aferrando con la mano libre la muñeca del enemigo. Y en aquel instante, a esa distancia tan próxima, los ojos se clavaron en los ojos, los de Wulfila dilatados por el repentino asombro.

—¿Quién eres? —gritó—. ¡Te he visto ya antes, romano!

Le hubiera bastado inmovilizar a Aurelio de nuevo un instante para que sus compañeros le alcanzaran, pusieran fin al combate y resolvieran ese interrogante, pero Aurelio se liberó golpeándole en el rostro con un formidable cabezazo. Retrocedió para asestar otro golpe, pero se resbaló en la abundante sangre de los enemigos abatidos y cayó al suelo. Wulfila se le arrojó encima para acabar con él, pero Rómulo, que hasta aquel momento se había quedado agarrado a su madre, paralizado por el terror, tras reconocer al asesino de su padre se recuperó de golpe, se desprendió y recogió la espada de uno de los guerreros caídos para lanzarse contra Wulfila. Este intuyó la amenaza con el rabillo del ojo y desenvainó el puñal, pero Flavia se había arrojado ya hacia delante para proteger a su hijo y lo recibió en pleno pecho. Rómulo se puso a gritar presa del horror y Aurelio aprovechó la distracción de su adversario para lanzar un mandoble: Wulfila evitó la muerte echando la cabeza hacia atrás, pero no así un amplio chirlo que le cortó la cara desde el ojo izquierdo hasta la mejilla derecha. Soltó un grito de rabia y de dolor sin dejar de hacer molinetes con la espada, mientras Aurelio arrancaba al muchacho del cadáver de la madre y le arrastraba escaleras abajo, por la que habían aparecido sus agresores.

Ambrosino reaccionó y quiso seguirlos, pero vio llegar un nutrido grupo de soldados de la guardia y de nuevo retrocedió a la sombra del arco para desaparecer detrás de la puerta del matronio. Se encontró en el interior de la larga balconada de mármol que daba acceso a la nave central de la basílica dominada por un gran mosaico absidal con la imagen de un pantocrátor, apenas visible en el pálido reflejo del oro. Bajó con paso rápido hasta la balaustrada, atravesó el presbiterio y las sacristías y tomó por un estrecho pasillo abierto en el espacio vacío del muro exterior de la iglesia: imaginaba por dónde había podido pasar Aurelio y cómo habría intentado huir y temblaba por la suerte del muchacho expuesto a un peligro mortal.

En efecto, a Aurelio no le había quedado más que una vía de escape: la que atravesaba los baños del palacio. Salió a una vasta sala cubierta por una bóveda de cañón a duras penas iluminada por un par de lámparas de aceite. En el pavimento se abría una gran pila llena de agua que la incuria de los nuevos años había dejado enturbiarse, cubierta por una alfombra de algas. Aurelio trató de abrir la puerta que daba a la calle, pero estaba cerrada por fuera. Se dirigió entonces al muchacho:

—¿Sabes nadar?

Rómulo afirmó mientras su mirada se clavaba con desagrado en aquella especie de cloaca maloliente.

—Entonces, ven detrás de mí, tenemos que remontar el conducto de descarga que comunica con el canal exterior. A escasa distancia está mi caballo. El agua se volverá enseguida negra y fría, pero puedes conseguirlo, ya te ayudo yo. Vamos, contén la respiración y andando.

Se dejó caer dentro de la pila y ayudó a Rómulo a descender, luego los dos se sumergieron y Aurelio comenzó a remontar el conducto. Muy pronto tocó con las manos la compuerta que separaba la pila del canal de descarga. Estaba cerrada. Se sintió perdido, pensó que debería intentarlo solo. Unos pocos instantes más y el muchacho se habría ahogado: advertía ya, a través de la negra agua, las vibraciones de su pánico desesperado. Consiguió introducir las manos en la base de la compuerta y se puso a empujarla hacia arriba con todas sus fuerzas hasta que sintió que cedía, un poquito cada vez. Entonces aferró a ciegas al muchacho y lo empujó hacia abajo, del otro lado; acto seguido pasó a su vez y dejó caer la compuerta. Poco después, con los pulmones a punto de estallarle, emergió a la superficie al lado de Rómulo. Al muchacho le castañeteaban los dientes por el frío y debía de estar a punto de desvanecerse, no podía dejarle sumergido en el agua esperando que él volviera con el caballo. Le empujó hacia la orilla, sucio y tembloroso, luego se alzó a su vez y le arrastró rápidamente a un lugar resguardado detrás de la esquina meridional del palacio.

—Se está levantando la niebla —le dijo—, estamos de suerte. Ánimo, podemos conseguirlo: ahora no te muevas.

El muchacho al principio no respondió: parecía no tener ya ningún contacto con la realidad. Luego dijo con voz apenas audible:

—Tenemos que esperar a Ambrosino.

—Él es adulto —replicó Aurelio—, ya sabrá ingeniárselas por sí solo. Ya será mucho si nosotros conseguimos salir de aquí. Los bárbaros ya nos están buscando en el exterior.

Se oía, en efecto, que los perseguidores estaban saliendo a caballo de las caballerizas del ala norte del palacio para patrullar las calles. Aurelio corrió por un callejón hasta encontrar a Juba, atado dentro de un viejo almacén de pescado medio en ruinas.

Lo cogió por las bridas y volvió sobre sus pasos tratando de no hacer el menor ruido, pero cuando estaba ya a escasa distancia oyó un grito en la lengua de los hérulos:

—Ahí está, ahí está. ¡Deteneos! ¡Deteneos!

E inmediatamente después vio a Rómulo salir de su escondite y correr a lo largo del lado oriental del palacio. ¡Le habían descubierto!

Saltó sobre el caballo y se lanzó hacia delante irrumpiendo en la vasta explanada despejada de delante del palacio imperial iluminado por muchas antorchas encendidas, y vio a Rómulo correr a más no poder perseguido por un grupo de guerreros hérulos. Espoleó más aún a su animal y pasó por en medio de los perseguidores; agitando la espada a diestro y siniestro mató a dos de ellos, y antes de que otros se percataran de lo que estaba sucediendo los adelantó. Alcanzó a Rómulo y le pasó una mano por debajo de la axila alzándole del suelo y espoleando a grandes voces a su cabalgadura:

—¡Vamos, Juba! ¡Arre, arre!

Pero, mientras estaba izando al muchacho delante de él en la silla, uno de los perseguidores apuntó su arco, disparó y le clavó una flecha en un hombro.

Aurelio apretó los dientes y trató de resistir, pero la contracción de los músculos le produjo un espasmo desgarrador y tuvo que dejar su presa. Rómulo cayó al suelo, pero Aurelio no se rindió; atenazó con las piernas los ijares del caballo, inclinó el cuerpo hacia atrás y espoleó en sentido contrario para recoger al muchacho con el brazo aún sano. Pero en aquel mismo instante Ambrosino irrumpió en el exterior por una puerta trasera y se arrojó sobre Rómulo echándolo al suelo para hacerle de escudo con su propio cuerpo. Aurelio comprendió que no tenía ya elección y tomó por una estrecha calle lateral, salvó con un salto acrobático un canal que tenía delante y prosiguió a todo correr hacia un punto del recinto amurallado donde una vieja brecha nunca del todo reparada le permitió llegar a lo alto como si subiera una rampa y bajar, no sin gran dificultad, por la otra parte.

Pero un grupo de guerreros bárbaros a caballo, enarbolando antorchas encendidas, salió por una de las puertas para cerrarle el camino de huida. Aurelio consiguió tomar primero por el terraplén que atravesaba la laguna y trató de poner la mayor distancia posible entre él y sus más inmediatos perseguidores, la niebla haría el resto. Pero el dolor desgarrador en el hombro no le permitía ya gobernar a su caballo, que perdía lentamente velocidad. Entrevió en la oscuridad un espeso bosque de árboles y de arbustos, tiró de las riendas, saltó a tierra y trató de esconderse descendiendo por el talud dentro del agua, esperando que los perseguidores pasaran de largo, pero estos intuyeron el movimiento y se detuvieron a su vez. Eran por lo menos media docena: dentro de poco le verían y no tendría ya escapatoria.

Desenvainó la espada y se preparó para morir como un soldado, pero en ese mismo instante un silbido cortó el aire y uno de los bárbaros se desplomó al suelo asaeteado por una flecha. Un segundo recibió otra en el cuello y cayó hacia atrás vomitando sangre. Los otros se dieron cuenta de que, con las antorchas encendidas en la mano, eran los únicos blancos visibles en la oscuridad, y cuando se disponían a arrojarlas al suelo un tercer dardo impactó en el vientre de otro jinete arrancándole un grito de dolor. Los restantes se dieron a la fuga aterrorizados por aquel enemigo invisible oculto en la niebla y en las aguas pantanosas.

Aurelio trató de trepar por el talud y arrastrarse detrás de su caballo, pero resbaló hacia atrás ya sin fuerzas. El dolor se hizo insoportable, la vista se le ofuscó y le pareció que se hundía en la niebla en una caída sin fin. En un breve destello de conciencia creyó ver una figura encapuchada inclinarse sobre él y oír el lento gorgotear del agua batida por un remo. Luego ya nada.