Al acercarse a los cuarenta años, Ernest Hemingway se había transformado en una peculiar figura pública, un experto en caza mayor, un consumidor récord de whisky, un aficionado a los deportes sanguinarios que sólo escribía cuando una tarde de lluvia le impedía ir a los toros. Esta imagen algo caricaturesca era alimentada por el propio autor. Enemigo del intelectualismo, participaba muy poco en la vida literaria. En parte para evitar un terreno en el que se sentía autodidacta y en parte por genuino repudio al esnobismo, Hemingway luchó para ser visto como alguien que acaba de descender de un helicóptero de combate o de un empapado esquife.
El robusto hombre que se acercaba a la cuarentena había recibido las enseñanzas de Gertrude Stein, James Joyce y Ezra Pound en el París de los años veinte, pero prefería ser recordado por sus esforzadas proezas al aire libre. En 1937 su reputación dependía en buena medida del periodismo y las fotos de sus safaris. Desde 1929, cuando publicó Adiós a las armas, no había tenido un auténtico éxito de librerías, algo insoportable en su competitivo código de vida. Además, pasaba por una severa crisis sentimental; seguía casado con Pauline Pfeiffer, su segunda esposa, pero había iniciado una apasionada relación con Martha Gellhorn. En cierta forma, las mujeres (por lo general mayores que él) lo guiaban a sus temas literarios. La protectora y campechana Hadley fue la compañía ideal cuando escribió los cuentos de Nick Adams, situados en parajes silvestres; la sofisticada Pauline, que usaba el pelo al estilo garçon y escribía divertidos artículos para Vogue, fue la acompañante perfecta para el París de la era del jazz que aparecería en Fiesta en 1926; por su parte, Martha representaba un insólito complemento del aventurero politizado: se parecía a Marlene Dietrich y trabajaba de corresponsal de guerra. Si Hemingway hubiera descrito a alguien como Martha en una novela, la crítica habría pensado en una idealización femenina del propio autor. Asombrosamente, eso y más fue Martha Gellhorn. Inteligente, alegre, informada, dueña de un sagaz estilo periodístico, compartió cada uno de los peculiares gustos de Hemingway. Cuando la revista Life dedicó un reportaje a la publicación de Por quién doblan las campanas, lo singular no eran las fotos de cacería, sino un pie de foto que informaba que la bolsa de cuero que el autor llevaba al hombro había sido comprada en Finlandia por Martha Gellhorn mientras cubría la guerra finorrusa. Ernest no estaba en condiciones de prescindir de una rubia que escribía estupenda prosa de combate mientras encontraba alforjas de cacería. En 1937, el gran tema de Martha era la guerra de España, y en buena medida a ella se debe que el escritor se involucrara tanto en la contienda.
Hemingway llegó a la guerra civil con el corazón dividido por sus amoríos, el afán casi desesperado de encontrar un tema literario y el temor de que sus facultades empezaran a mermar. Nada de esto se transparentaba en su apariencia. El novelista se presentó en el frente como si posara para la metralla de luces de Robert Capa, el joven fotógrafo húngaro que ganaría celebridad en la contienda y consideraría a Hemingway como a un segundo padre.
En su abrigo de campaña, el escritor llevaba cebollas a modo de golosina; y en sus ratos libres, visitaba a los heridos con una sonrisa solidaria. Esta mezcla de aventurero duro y testigo conmovido consolidó su leyenda y acentuó algunas enemistades. Desde Estados Unidos, Sinclair Lewis le pidió que dejara de salvar a España y tratara de salvarse a sí mismo.
Abundan los testimonios que acreditan el valor y la entereza de Hemingway en el frente de guerra. En su autobiografía, Slightly Out of Focus, Capa habla del aplomo con que el novelista cruzó el Ebro en un bote que alquiló por unos cigarrillos cuando todos los puentes habían sido volados.
Cada acto de Hemingway fue una mezcla de folclore y seriedad; de acuerdo con el historiador Hugh Thomas, «desempeñó un papel activo en la guerra, en el bando republicano, excediendo los deberes de un simple corresponsal: por ejemplo, instruyó a jóvenes españoles en el manejo del fusil. La primera visita de Hemingway a la 12.ª Brigada Internacional fue un acontecimiento: el general húngaro Lukacs envió una invitación al pueblo vecino para que las muchachas asistieran al banquete».
Admirador de las habilidades prácticas (desde el método para desmontar un motor hasta el dominio de un idioma), Hemingway sólo podía escribir de aquello que conocía a fondo. A diferencia de quien imagina emociones que no ha experimentado y busca explorarse a sí mismo en la página, el autor de Adiós a las armas prefería la mirada del testigo de cargo, que narra la guerra con la mano torcida por las esquirlas de un mortero. En Hemingway en España, Edward F. Stanton ha relatado los obsesivos procedimientos del escritor para trasladar a su literatura el clima, la geografía, las intrigas y las escaramuzas de la guerra civil. Hemingway proclamó de tal forma su pasión por los datos, que ha creado el subgénero de los críticos que recorren sus paisajes, calculan el número de bombas que aparecen en sus páginas y concluyen, como Stanton, que aunque la trama sería igual de buena si fuese imaginaria, se encuentra maniáticamente documentada.
Mucho antes de la guerra civil, España ya representaba para Hemingway una tierra de elección. Los encierros de Pamplona determinaron los ritos de supervivencia de Fiesta, su primera gran novela; algunos de sus mejores cuentos fueron escritos en pensiones madrileñas, y su afición al toreo lo llevó al testimonio de Muerte en la tarde. En 1937 estaba mucho más al tanto de la política y la cultura de España que del mundo norteamericano. Animado por Martha Gellhorn, corrigió a toda prisa las pruebas de imprenta de Tener y no tener y se alistó como corresponsal para la agencia NANA, que le publicaría treinta y un despachos sobre la guerra civil.
El descarriado teatro de las batallas fue un estímulo central para Hemingway. En una carta a Francis Scott Fitzgerald, con quien libraría una larga contienda fratricida, escribió: «La guerra es el mejor tema: ofrece el máximo de material en combinación con el máximo de acción. Todo se acelera allí, y el escritor que ha participado unos días en combate obtiene una masa de experiencia que no conseguirá en toda una vida». Conviene tomar en cuenta que esta épica fanfarria iba dirigida a un romántico que sólo atesoraba las oportunidades perdidas. El autor de Adiós a las armas sin duda exageró los méritos literarios de las batallas para desafiar a Fitzgerald, que sólo combatía contra sí mismo.
La guerra no fue el mejor ni el único tema literario de Hemingway, pero le brindó estímulos para una desigual cosecha literaria. El saldo de su aventura española fue la obra de teatro La quinta columna, la narración para el documental La tierra española, dirigido por Joris Ivens, y la novela Por quién doblan las campanas.
De modo elocuente, Lionel Trilling escribió en 1939 a propósito de Hemingway: «La conciencia de haber construido una moda y haberse transformado en una leyenda debe de representar una gratificación, pero también una carga pesada y deprimente». Antes de llegar a los cuarenta, Hemingway debía luchar contra su propio mito. En febrero de ese año, revisó sus notas sobre la guerra civil y comenzó Por quién doblan las campanas. Diecisiete meses después el libro le brindaría otro tipo de problema. Para los temperamentos competitivos el sabor de la victoria va acompañado de la ansiedad de que ése sea el fin de una racha. Con una sinceridad a veces conmovedora y a veces pueril, Hemingway se veía a sí mismo como un héroe de las canchas obligado a romper un nuevo récord. Hasta 1952, cuando publicó El viejo y el mar, viviría bajo la sombra de Por quién doblan las campanas, la novela que le dio lo mejor y lo peor que puede recibir alguien con mentalidad de atleta: un triunfo insuperable.
Por quién doblan las campanas narra tres días en mayo de 1937. En ese tiempo Hemingway estaba en Nueva York, pero conocía bien el terreno. El protagonista, Robert Jordan, se basa en el profesor norteamericano Robert Merriman, que no sobrevivió a la guerra y a quien Ernest y su compañera conocieron en Valencia. Martha Gellhorn escribió que Merriman les habló del frente de Aragón ante un mapa extendido en el suelo «como si impartiera una clase de economía en la Universidad de California». Otros rasgos del protagonista provienen del propio Hemingway: Jordan ha escrito un libro sobre España, busca en la guerra una forma menos inútil de la muerte y está obsesionado con el suicidio de su padre (desde 1928, Hemingway trataba de explicarse la decisión de su padre de morir sin luchar y, una y otra vez, llegaba a la neurótica conclusión de que su madre tenía la culpa).
En su biografía de Hemingway, Michael Reynolds se ocupa con agudeza del abundante material que el novelista descartó en Por quién doblan las campanas. Pocas veces dispuso de tanta información sobre un tema. Su reto decisivo consistía en ceñirse a unos cuantos días y lograr que un puñado de personajes resumieran los intrincados dilemas de la gesta.
Novela circular, Por quién doblan las campanas comienza y termina con Robert Jordan pecho a tierra, sintiendo en su cuerpo las agujas de pino del bosque español. En forma paralela, Hemingway reconstruye el amplio mural de la guerra civil.
La anécdota básica depende de una restringida tensión: Jordan debe volar un puente en la sierra de Guadarrama y en la víspera convive con un grupo de gitanos y guerrilleros. Si Adiós a las armas traza el movimiento panorámico de los ejércitos en la Primera Guerra Mundial, Por quién doblan las campanas se ocupa de los afanes individuales de los guerrilleros. «¿Le gusta a usted la palabra partizan?», pregunta un general a Jordan. «Suena a aire libre», responde el experto en dinamita. El guerrillero tiene algo de cazador furtivo; la naturaleza puede darle cobijo o vencerlo con peligros más próximos que la guerra. El héroe típico de Hemingway, que prueba su valor al margen de la sociedad, encarna a la perfección el guerrillero que muestra el compromiso con su época desde la agreste lejanía del monte.
Robert Jordan cae en un grupo de irregulares metidos a combatientes, una cuadrilla de forajidos pintada por Velázquez. Pablo, el líder, ha perdido el respeto de los suyos; fue valiente pero la guerra ha minado sus nervios y su afición a la bebida lo convierte en un borracho de alto riesgo. Su mujer, Pilar, ex amante de «tres de los toreros peor pagados del mundo», especialista en el insulto y la blasfemia, es la verdadera dirigente del ruinoso comando. A través de esta inolvidable mujer de pésimo carácter, el novelista trata de reproducir en inglés la rica capacidad de injuria que sólo había encontrado entre los españoles.
Un sombrío presagio rodea la empresa de volar el puente. Jordan llega para sustituir a un dinamitero que cayó en combate; Pilar lee las líneas de su mano y se niega a decirle su fortuna. En la sierra de Guadarrama, el puente vincula dos tiempos, el pasado que cobró la vida de un hombre y el futuro que amenaza a su sucesor.
Por quién doblan las campanas está narrada por un fervoroso simpatizante de la causa republicana, pero evade la simpleza de la novela militante y brinda uno de los primeros documentos sobre las traiciones y la inoperancia que liquidaron a quienes defendían al gobierno legítimo de España. Edmund Wilson, que había acusado a Hemingway de ser esquemático en sus análisis históricos, celebró la complejidad ideológica de Por quién doblan las campanas. Rodeado del bosque, Jordan se transforma, de un comunista puro y duro, en un escéptico que atestigua dobleces y confusiones. En octubre de 1940, apenas publicada la novela, Wilson escribió con voz tronante: «El deportista de caza mayor, el superman marino, el estalinista del hotel Florida, el hombre de posturas limitadas y febriles se ha evaporado como las fantasías del alcohol. Hemingway, el artista, ha regresado, algo que equivale a recuperar a un viejo amigo».
Las ideas de Jordan estallan antes que sus cargas de dinamita: «¿Hubo jamás un pueblo como éste, cuyos dirigentes hubieran sido hasta tal punto sus propios enemigos?», se pregunta. En el prefacio a La gran cruzada, del escritor alemán Gustav Regler, quien también siguió apasionadamente la contienda, Hemingway escribió: «La guerra civil española fue la etapa más feliz de nuestras vidas. Éramos enteramente felices porque cuando la gente moría parecía que su muerte tenía importancia y justificación». Por quién doblan las campanas registra la época en que los ideales estaban intactos y el doloroso atardecer en que fueron acribillados.
La guerra de España confirmó a Hemingway en su postura antifascista, pero también le sirvió de revulsivo contra las certezas ideológicas: «Me gustan los comunistas como soldados pero no como sacerdotes», le dijo a Joseph North. Por quién doblan las campanas indaga las muchas causas de una derrota. Los hombres de Pablo desean matar a su líder o, de preferencia, que alguien lo mate por ellos; casi siempre actúan movidos por la ignorancia o un primario afán vengativo; además, son víctimas de las reyertas de los políticos, la impericia de los generales, un ambiente de desorden y descalabro moral donde la intriga prospera mejor que la lealtad. El diagnóstico de Jordan es progresivamente amargo: «En aquella guerra, no había visto un solo genio militar». De acuerdo con su primer gran biógrafo, Carlos Baker, Hemingway repudió «el carnaval de traición y podredumbre de ambos bandos». Una decisión esencial del novelista consistió en situar la escena más salvaje del libro en el bando republicano, al que él apoyaba. Con una mirada adiestrada en los encierros de toros en Pamplona y los hospitales de la primera guerra, Hemingway crea en el capítulo 10 una escena goyesca donde los enemigos de los rojos son asesinados con instrumentos de labranza. Stanton y Thomas consideran que el suceso se basa en una masacre ocurrida en Ronda. Al borde de un peñasco, los vecinos matan a gente que conocen de toda la vida, con una crueldad enfatizada por la falta de armas (unos mueren a palos, otros son despeñados). Pablo es quien ordena la matanza y no sobrevive a los efectos psicológicos de su crueldad. En esa plaza cayeron el Don Juan del pueblo que siempre llevaba un peine en el bolsillo y el comerciante que vendía los bieldos improvisados como armas; cada cuerpo tenía una historia conocida. Al recrear la secuencia bárbara, Pilar define el horror de esta manera: lo peor de la guerra es «lo que nosotros hemos hecho. No lo que han hecho los otros». Ahí se cifra la ética de la novela; lo más dañino de esos actos es que son propios. Hemingway, que tantas veces cedió al primitivismo del héroe viril, logró en el capítulo 10 un devastador alegato contra la violencia, incluso la de quienes tienen razones para luchar.
Horrorizado ante las manipulaciones políticas, el novelista descubrió que «cuanto más cerca se está del frente, mejores son las personas». Lejos de los hoteles madrileños que fungen como pervertidos recintos del poder, está el sitio donde hay pocas posibilidades de sobrevivir pero donde aún es posible salvarse como hombre. Educados por el miedo, los combatientes entregan su mejor faceta y son capaces de una solidaridad última y definitiva. Pilar, que ha vivido con toreros, conoce el cortejo de la muerte y se siente autorizada a describir el aroma de la muerte: el más allá huele a tierra húmeda, flores marchitas y semen, como el Jardín Botánico donde copulan las prostitutas callejeras de Madrid. La vida y la descomposición se trenzan en una ronda animada por la misma energía.
En España y los españoles, Juan Goytisolo comenta que Hemingway destaca el fundamento místico del toreo sin asociar su «frenesí esencial» con el sexo. A diferencia de Bataille, el autor de Muerte en la tarde no relaciona la destrucción de la vida con una forma de la posesión. En Fiesta, los matadores cautivan a las mujeres por su valentía y su apostura, no por la sexualidad implícita en los lances.
No fue en la fiesta brava donde Hemingway encontró un pacto de sangre entre el sexo y la muerte sino en la guerra. Ahí, el amor es una intensidad amenazada. Los encuentros eróticos de Robert y María semejan un ritual pánico; al entregar sus cuerpos, sienten que la tierra tiembla; se integran a la convulsa naturaleza en un anticipo de su destino final.
Por quién doblan las campanas se convirtió en el éxito rotundo que Hemingway anhelaba desde hacía casi una década. En un año vendió casi un millón de ejemplares y la crítica le dedicó elogios que aspiraban a agotar los superlativos: «El mejor libro que ha escrito Hemingway; el más completo, el más profundo, el más auténtico», exclamó el New York Times.
El 21 de diciembre de 1940, mientras la república de las letras comentaba este retorno triunfal, el antiguo amigo y mentor de Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, murió de un infarto en Hollywood. En su mesa de noche tenía un ejemplar de Por quién doblan las campanas, dedicado por el autor «con afecto y estima».
A través de amigos comunes, Ernest y Scott se seguían la pista con un interés no desprovisto de morbo. El épico Hemingway competía para ganar y el melancólico Fitzgerald, para perder. Ambos fueron fieles a su estrella, pero no dejaron de comparar sus trayectorias ni de mezclar la envidia con la creencia de que el otro había equivocado el camino. En lo que toca a Por quién doblan las campanas, los comentarios públicos de Fitzgerald fueron tan cuidadosos como los que dirigió al autor («Te envidio en forma endiablada y lo digo sin ironía»); sin embargo, en su cuaderno de notas escribió que se trataba de «un libro absolutamente superficial, con toda la profundidad de Rebeca». En una llamada telefónica al escritor Budd Schulberg, Fitzgerald dedicó cuarenta y cinco minutos a criticar el personaje de María.
Hemingway no asistió al funeral del colega que le consiguió su primer editor de importancia y sugirió cambios decisivos en Fiesta. La relación se había quebrado muchos años antes. Ernest boxeaba con la sombra de Scott para cerciorarse de sus méritos y Scott requería del ultraje para cerciorarse de que sólo podía hablar en nombre de los caídos, con «la autoridad del fracaso».
A pesar de la perdurable vitalidad de Por quién doblan las campanas, el lector contemporáneo puede compartir algunos reparos de Fitzgerald, el lector más sagaz que tuvo Hemingway. Una de las piezas endebles de la novela es el personaje de María. Jordan se enamora de una chica ultrajada y primitiva, una especie de Carmen de la montaña a la que debe proteger. El protagonista padece otro tipo de simplificación; sus virtudes son tantas que se acumulan en su contra; el autor pierde la oportunidad de enriquecerlo con debilidades o defectos. Edward F. Stanton, autor de Hemingway en España, escribe con acierto que Jordan es el único personaje de la vasta nómina de Hemingway que sabe más que su autor. El dinamitero revela «su conocimiento impecable de la táctica militar, los explosivos, las armas, España, el español, el francés, los caballos, los vinos y otras bebidas … el amor, la puntería, la historia antigua, americana y española, la política y los toros». Esta perfección lastra los monólogos interiores en los que Jordan se instruye con obvia pedagogía: «Estoy cansado y quizá no tenga la cabeza despejada; pero mi misión es el puente y para llevar a cabo esta misión no debo correr riesgos inútiles». A pesar de su admiración por Joyce, Hemingway rara vez fue capaz de mostrar el desorden de la conciencia. Curiosamente, el desafío de interiorizar los mismos hechos representó un notable estímulo para otro novelista. Por esos años, Malcolm Lowry escribía la enésima versión de Bajo el volcán, obra maestra del monólogo interior y los abismos de la mente, cuya acción (o inacción) ocurre lejos de España, pero donde la guerra civil aparece como el fragmentario espíritu de la época que rasga el inconsciente.
El color local otorga una misteriosa ilusión de realidad y suele mantener una inestable relación con el tiempo. Que Jordan fume cigarros rusos por ser republicano confiere verosimilitud al mundo de la novela; en cambio, la estampa arquetípica del torero Finito, el papel de Pilar como Celestina, el hecho de que un personaje goyesco lleve el apodo del Sordo, los toques de gitanería y los mismos nombres de Pilar y María pueden parecer brotes folclóricos para el lector de hoy, incluido el norteamericano.
Hemingway se arriesgó a explorar las grandes contiendas de su tiempo. En este sentido, su legado depende no sólo de su excepcional técnica narrativa, sino de la percepción que tenemos de la historia. Conviene recordar que en 1940 Por quién doblan las campanas contribuyó de manera decisiva a crear un clima en contra del fascismo. Amigos cercanos de Hemingway, como el poeta Archibald Mac Leish, habían criticado Adiós a las armas por demeritar la voluntad de resistencia al concentrarse en los horrores de la guerra. En cambio, Por quién doblan las campanas tuvo un impacto movilizador en la lucha antifascista. Obviamente, la novela carece hoy de la reveladora fuerza testimonial con que actuó en las conciencias de 1940. Como las catedrales lastimadas por el tiempo y las palomas, algunos grandes libros tienen rincones poco vistosos. Por quién doblan las campanas ya no opera como insólita denuncia, y algunos pasajes, entonces raros, hoy son turísticos. De cualquier forma, el eterno combatiente que fue Hemingway sigue en pie.
En la sierra de Guadarrama un puñado de resistentes ve pasar los cuervos y los aviones como presagios ominosos. Hombres abandonados que deben luchar por los otros hasta el fin. Un pasaje cancelado de la novela decía: «Uno no es como acaba sino como es en el mejor momento de su vida». Para Jordan esta oportunidad llega en el desenlace del libro. Resulta difícil pensar en otra escena de Hemingway que refleje con tal fuerza el sentido moral de la destreza práctica: contra la adversidad, un hombre se juega su destino en hacer bien una cosa. Herido y maltrecho, Robert Jordan apunta con cuidado en el último párrafo del libro. Su paso por el mundo depende de un disparo que el narrador omite con maestría. La novela representa ese estallido.
JUAN VILLORO
Dedico este libro a Martha Gellhorn
Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, al igual que si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.
JOHN DONNE
Estaba tumbado boca abajo, sobre una capa de agujas de pino de color castaño, con la barbilla apoyada en los brazos cruzados, mientras el viento, en lo alto, soplaba entre las copas. La ladera de la montaña hacía un suave declive por aquella parte, pero más abajo se convertía en una pendiente escarpada, de modo que desde donde se hallaba tumbado podía ver la cinta oscura de la carretera embreada serpenteando en torno al puerto. Había un arroyo que corría junto a la carretera y, más abajo, a orillas del arroyo, se veía un aserradero y la cascada que se derramaba de la represa, blanca a la luz del sol veraniego.
—¿Es ése el aserradero? —preguntó.
—Ése es.
—No lo recuerdo.
—Se hizo después de marcharse usted. El aserradero viejo está abajo, mucho más abajo del puerto.
Sobre las agujas de pino desplegó la copia fotográfica de un mapa militar y lo estudió cuidadosamente. El viejo observaba por encima de su hombro. Era un tipo pequeño y robusto que llevaba una blusa negra al estilo de los campesinos, pantalones grises de pana y alpargatas de suela de cáñamo. Resollaba con fuerza a causa de la escalada y tenía la mano apoyada en uno de los pesados bultos que habían subido hasta allí.
—Entonces desde aquí no se ve el puente.
—No —dijo el viejo—. Ésta es la parte más abierta del puerto, donde el arroyo corre más despacio. Más abajo, por donde la carretera se pierde entre los árboles, se hace más pendiente y forma una estrecha garganta…
—Lo recuerdo.
—El puente atraviesa esa garganta.
—¿Y dónde tienen los puestos de guardia?
—Hay un puesto en el aserradero que ve usted ahí.
El joven que estaba estudiando el terreno sacó unos gemelos del bolsillo de su camisa, una camisa de lanilla de color indeciso, limpió los cristales con un pañuelo y ajustó las roscas hasta que los tablones del aserradero aparecieron netamente dibujados, hasta el punto que pudo distinguir el banco de madera que había junto a la puerta, la pila de serrín junto al cobertizo, donde estaba la sierra circular, y la pista por donde los troncos bajaban deslizándose por la pendiente de la montaña, al otro lado del arroyo. El arroyo aparecía claro y límpido en los gemelos y, bajo la cabellera de agua de la cascada, el viento hacía volar la espuma.
—No hay ningún centinela.
—Se ve humo que sale del aserradero —dijo el viejo—. Y hay ropa tendida en una cuerda.
—Lo veo, pero no veo ningún centinela.
—Quizá quede en la sombra —observó el viejo—. Hace calor a estas horas. Debe de estar a la sombra, al otro lado, donde no alcanzamos a ver.
—Es probable. ¿Dónde está el otro puesto?
—Más allá del puente. Está en la casilla del peón caminero, a cinco kilómetros de la cumbre del puerto.
—¿Cuántos hombres hay allí? —preguntó el joven, señalando hacia el aserradero.
—Quizá haya cuatro y un cabo.
—¿Y más abajo?
—Más. Ya me enteraré.
—¿Y en el puente?
—Hay siempre dos, uno a cada extremo.
—Necesitaremos cierto número de hombres —dijo el joven—. ¿Cuántos podría conseguirme?
—Puedo proporcionarle los que quiera —dijo el viejo—. Hay ahora muchos en estas montañas.
—¿Cuántos exactamente?
—Más de un centenar, aunque están desperdigados en pequeñas bandas. ¿Cuántos hombres necesitará?
—Se lo diré cuando hayamos estudiado el puente.
—¿Quiere usted estudiarlo ahora?
—No. Ahora quisiera ir a donde pudiéramos esconder estos explosivos hasta que llegue el momento. Querría esconderlos en un lugar muy seguro y a una distancia no mayor de una media hora del puente, si es posible.
—Es posible —contestó el viejo—. Desde el sitio hacia donde vamos, será todo cuesta abajo hasta el puente. Pero tenemos que trepar un poco para llegar allí. ¿Tiene usted hambre?
—Sí —dijo el joven—; pero comeremos luego. ¿Cómo se llama usted? Lo he olvidado. —Era una mala señal, a su juicio, el haberlo olvidado.
—Anselmo —contestó el viejo—. Me llamo Anselmo y soy de El Barco de Ávila. Déjeme que le ayude a llevar ese bulto.
El joven, que era alto y esbelto, con mechones de pelo rubio, clareado por el sol, y una cara curtida por la intemperie, llevaba, además de la camisa de lana descolorida, pantalones de campesino y alpargatas. Se inclinó hacia el suelo, pasó el brazo bajo una de las correas que sujetaban el fardo y lo levantó sobre su espalda. Pasó luego el brazo bajo la otra correa y se colocó el fardo a la altura de los hombros. Llevaba la camisa mojada por la parte donde el fardo había estado poco antes.
—Ya lo tengo —dijo—. ¿Nos vamos?
—Tenemos que trepar —dijo Anselmo.
Inclinados bajo el peso de los bultos, sudando y resollando, treparon por el pinar que cubría el flanco de la montaña. No había ningún camino que el joven pudiera distinguir, pero se abrieron paso zigzagueando. Atravesaron un pequeño riachuelo y el viejo siguió montaña arriba, bordeando el lecho rocoso del arroyuelo. El camino era cada vez más escarpado y dificultoso, hasta que llegaron finalmente a un lugar donde de una arista de granito limpia se veía brotar el torrente. El viejo se detuvo al pie de la arista para dar tiempo al joven a que llegase hasta allí.
—¿Qué tal va la cosa?
—Muy bien —contestó el joven. Sudaba por todos sus poros y le dolían los músculos por lo empinado de la subida.
—Espere aquí un momento hasta que yo vuelva. Voy a adelantarme para avisarles. No querrá usted que le peguen un tiro llevando encima esa mercancía.
—Ni en broma —contestó el joven—. ¿Está muy lejos?
—Está muy cerca. Dígame cómo se llama.
—Roberto —contestó el joven. Había dejado escurrir el bulto, depositándolo suavemente entre dos grandes guijarros, junto al lecho del riachuelo.
—Espere aquí, Roberto; enseguida vuelvo a buscarle.
—Está bien —dijo el joven—. Pero ¿tiene la intención de bajar al puente por este camino?
—No, cuando vayamos al puente será por otro camino. Mucho más corto y más fácil.
—No quisiera guardar todo este material lejos del puente.
—Ya lo verá. Si no le gusta el sitio elegido, buscaremos otro.
—Ya veremos —respondió el joven.
Se sentó junto a los bultos y miró al viejo trepando por las rocas. Lo hacía con facilidad, y por la manera de encontrar los puntos de apoyo, sin vacilaciones, el joven dedujo que lo habría hecho otras muchas veces. No obstante, cualquiera que fuese el que estuviera arriba, había tenido mucho cuidado para no dejar ninguna huella.
El joven, cuyo nombre era Robert Jordan, se sentía extremadamente hambriento e inquieto. Tenía hambre con frecuencia, pero habitualmente no se notaba preocupado, porque no le daba importancia a lo que pudiera ocurrirle a él mismo y conocía por experiencia lo fácil que era moverse detrás de las líneas del enemigo en toda aquella región. Era tan fácil moverse detrás de las líneas del enemigo como cruzarlas, si se contaba con un buen guía. Sólo el dar importancia a lo que pudiera sucederle a uno, si era atrapado, era lo que hacía la cosa arriesgada; eso y el saber en quién confiar. Había que confiar enteramente en la gente con la cual se trabajaba o no confiar para nada, y era preciso saber por uno mismo en quién se podía confiar. No le preocupaba nada de eso. Pero había otras cosas que sí le preocupaban.
Aquel Anselmo había sido un buen guía y era un montañero considerable. Robert Jordan también se las arreglaba bien y se había dado cuenta desde que salieron aquella mañana, antes del alba, de que el viejo le aventajaba. Hasta ahora Robert Jordan confiaba mucho en el viejo, en todo salvo en su juicio: no había tenido ocasión de saber lo que pensaba, y, en todo caso, el averiguar si se podía o no tener confianza en él era de su incumbencia. No, no se sentía inquieto por Anselmo, y el asunto del puente no era más difícil que cualquier otro. Sabía cómo hacer volar cualquier clase de puente que hubiera sobre la faz de la tierra, y había volado puentes de todos los tipos y de todos los tamaños. Tenía suficientes explosivos y equipo repartidos entre las dos mochilas como para volar el puente de manera apropiada, incluso aunque fuera dos veces mayor de lo que Anselmo le había dicho; tan grande como él recordaba que era cuando lo cruzó yendo a La Granja en una excursión a pie el año de 1933, tan grande como Golz se lo había descrito aquella noche, dos días antes, en el cuarto de arriba de la casa de los alrededores de El Escorial.
—Volar el puente no es nada —había dicho Golz, señalando con un lápiz sobre el gran mapa, con la cabeza inclinada; su cabeza afeitada, repleta de cicatrices, brillando bajo la lámpara—. ¿Comprende usted?
—Sí, lo comprendo.
—Absolutamente ninguna. Limitarse a hacerlo saltar sería un fracaso.
—Sí, camarada general.
—Lo que importa es volar el puente a una hora determinada, señalada, cuando se desencadene la ofensiva. Eso es lo importante. Y eso es lo que tiene usted que hacer con absoluta limpieza y en el momento justo. ¿Se da usted cuenta?
Golz contempló pensativo la punta del lápiz y luego se golpeó con él, suavemente, en los dientes.
Robert Jordan no dijo nada.
—Es usted el que tiene que saber cuándo ha llegado el momento de hacerlo —insistió Golz, levantando la vista hacia él y haciéndole una indicación con la cabeza. Golpeó en el mapa con el lápiz—. Es usted quien tiene que decidirlo. Nosotros no podemos hacerlo.
—¿Por qué, camarada general?
—¿Por qué? —preguntó Golz iracundo—. ¿Cuántas ofensivas ha visto usted? ¿Y todavía me pregunta por qué? ¿Quién me garantiza que mis órdenes no serán cambiadas? ¿Quién me garantiza que la ofensiva no será anulada? ¿Quién me garantiza que la ofensiva no va a ser retrasada? ¿Quién me garantiza que la ofensiva no empezará seis horas después del momento fijado? ¿Se ha hecho alguna vez una sola ofensiva como estaba previsto?
—Empezará en el momento previsto si la ofensiva es su ofensiva —dijo Jordan.
—Nunca son mis ofensivas —dijo Golz—. Yo las preparo. Pero nunca son mías. La artillería no es mía. Tengo que contentarme con lo que me dan. Nunca me dan lo que pido, ni siquiera cuando pueden dármelo. Y eso no es todo. Hay otras cosas. Usted sabe cómo es esta gente. No hace falta que se lo diga. Siempre ocurre algo. Siempre hay alguien que interfiere. Asegúrese, pues, de haberlo comprendido.
—¿Cuándo ha de volar el puente? —preguntó Jordan.
—En cuanto empiece la ofensiva. Tan pronto como la ofensiva haya comenzado, pero no antes. Es preciso que no les lleguen refuerzos por esa carretera. —Señaló un punto con su lápiz—. Tengo que estar seguro de que no puede llegar nada por esta carretera.
—¿Y cuándo es la ofensiva?
—Se lo diré. Pero utilice usted la fecha y la hora sólo como una indicación de probabilidad. Tiene usted que estar listo para ese momento. Volará usted el puente después de que la ofensiva haya empezado. ¿Se da usted cuenta? —Y volvió a señalar con el lápiz—. Ésta es la única carretera por la que pueden llegarles refuerzos. Ésta es la única carretera por la que pueden llegarles tanques o artillería, o sencillamente un simple camión hasta el puerto que yo ataco. Tengo que saber que el puente ha volado. Pero no antes, porque podrían repararlo si la ofensiva se retrasa. No. Tiene que volar cuando haya empezado la ofensiva, y tengo que saber que ha volado. Hay sólo dos centinelas. El hombre que va a acompañarle acaba de llegar de allí. Es hombre de confianza, según dicen ellos. Usted verá si lo es. Tienen gente en las montañas. Hágase con todos los hombres que necesite. Utilice los menos que pueda, pero utilícelos. No tengo necesidad de explicarle estas cosas.
—¿Y cómo sabré yo que ha comenzado la ofensiva?
—La ofensiva se hará con una división completa. Habrá un bombardeo como medida de preparación. No es usted sordo, ¿no?
—Entonces, ¿podré deducir, cuando los aviones comiencen a descargar bombas, que el ataque ha comenzado?
—No puede decirse siempre eso —comentó Golz, negando con la cabeza—; pero en este caso puede hacerlo. Es mi ofensiva.
—Comprendo —dijo Jordan—; pero no puedo decir que la cosa me guste demasiado.
—Tampoco me gusta a mí. Si no quiere encargarse de este cometido, dígalo ahora. Si cree que no puede hacerlo, dígalo ahora mismo.
—Lo haré —contestó Jordan—. Lo haré como es debido.
—Eso es todo lo que quiero saber —concluyó Golz—. Quiero saber que nada puede pasar por ese puente. Absolutamente nada.
—Entendido.
—No me gusta pedir a la gente que haga estas cosas en semejantes condiciones —prosiguió Golz—. No puedo ordenárselo a usted. Comprendo que puede usted verse obligado a ciertas cosas dadas estas condiciones. Por eso tengo interés en explicárselo todo en detalle, para que se haga cargo de todas las dificultades y de la importancia del trabajo.
—¿Y cómo avanzará usted hacia La Granja, cuando el puente haya volado?
—Estamos preparados para repararlo en cuanto hayamos ocupado el puerto. Es una operación complicada y bonita. Tan complicada y tan bonita como siempre. El plan ha sido preparado en Madrid. Es otro de los planes de Vicente Rojo, el profesor que no tiene suerte con sus obras maestras. Soy yo quien tiene que llevar a cabo la ofensiva y quien tiene que llevarla a cabo, como siempre, con fuerzas insuficientes. A pesar de todo, es una operación con muchas probabilidades. Me siento más optimista de lo que suelo sentirme. Puede tener éxito, si se elimina el puente. Podemos tomar Segovia. Mire, le explicaré cómo se han preparado las cosas. ¿Ve usted este punto? No es por la parte más alta del puerto por donde atacaremos. Ya está dominado. Mucho más abajo. Mire. Por aquí…
—Prefiero no saberlo —repuso Jordan.
—Como quiera —accedió Golz—. Así tiene usted menos equipaje que llevar al otro lado.
—Prefiero no enterarme. De ese modo, ocurra lo que ocurra, no fui yo quien habló.
—Es mejor no saber nada —asintió Golz, acariciándose la frente con el lápiz—. A veces querría no saberlo yo mismo. Pero ¿se ha enterado usted de lo que tiene que enterarse respecto al puente?
—Sí, estoy enterado.
—Lo creo —dijo Golz—. Y no quiero soltarle un discurso. Vamos a tomar una copa. El hablar tanto me deja la boca seca, camarada Hordan. ¿Sabe que su nombre es muy cómico en español, camarada Hordown?
—¿Cómo se pronuncia Golz en español, camarada general?
—Jotze —dijo Golz, riendo y pronunciando el sonido con una voz gutural, como si tuviese enfriamiento—. Jotze —aulló—, camarada general Jotze. De haber sabido cómo pronunciaban Golz en español, me hubiera buscado otro nombre antes de venir a hacer la guerra aquí. Cuando pienso que vine a mandar una división y que pude haber elegido el nombre que me hubiese gustado y que elegí Jotze… General Jotze. Ahora es demasiado tarde para cambiarlo. ¿Le gusta a usted la palabra partizan?
Era la palabra rusa para designar las guerrillas que actuaban al otro lado de las líneas.
—Me gusta mucho —dijo Jordan. Y se echó a reír—. Suena saludable, a aire libre.
—A mí también me gustaba cuando tenía su edad —dijo Golz—. Me dicen que vuela usted puentes a la perfección. De una manera muy científica. Es lo que se dice. Pero nunca le he visto hacerlo a usted. Quizá, en el fondo, no ocurra nada. ¿Consigue volarlos realmente? —Se veía que bromeaba—. Beba esto —añadió, tendiéndole una copa de coñac—. ¿Consigue volarlos realmente?
—Algunas veces.
—Más le vale que no sea «algunas veces» con éste. Bueno, no hablemos más de ese maldito puente. Ya sabe usted todo lo que tiene que saber. Nosotros somos gente seria, y por eso tenemos ganas de bromear. ¿Qué, tiene usted muchas chicas al otro lado de las líneas?
—No, no tengo tiempo para chicas.
—No lo creo; cuanto más irregular es el servicio, más irregular es la vida. Tiene usted un servicio muy irregular. También necesita usted un corte de pelo.
—Voy a la peluquería cuando me hace falta —contestó Jordan. Estaría bonito que me dejase pelar como Golz, pensó—. Bastante tengo en que pensar como para ocuparme de chicas —dijo con acento duro, como si quisiera cortar la conversación—. ¿Qué clase de uniforme tengo que llevar? —preguntó.
—Ninguno —dijo Golz—. Su corte de pelo es perfecto. Sólo quería gastarle una broma. Es usted muy diferente de nosotros —dijo Golz, y volvió a llenarle la copa—. Usted no piensa en las chicas. Yo tampoco. Nunca pienso en nada de nada. ¿Cree usted que podría? Soy un général soviétique. Nunca pienso. No intente hacerme pensar.
Alguien de su equipo, que se encontraba sentado en una silla próxima, trabajando sobre un mapa en un tablero, murmuró algo que Jordan no logró entender.
—Cierra el pico —dijo Golz en inglés—. Bromeo cuando quiero. Soy tan serio, que puedo bromear. Vamos, bébase esto y lárguese. Ha comprendido, ¿no?
—Sí —dijo Jordan—; lo he comprendido.
Se estrecharon las manos, se saludaron y Jordan salió hacia el coche, donde le aguardaba el viejo dormido. En aquel mismo coche llegaron a Guadarrama, con el viejo siempre dormido, y subieron por la carretera de Navacerrada hasta el club Alpino, donde Jordan descansó tres horas antes de proseguir la marcha.
Ésa era la última vez que había visto a Golz, con su extraña cara blanquecina que nunca se bronceaba, con sus ojos de lechuza, con su enorme nariz y sus finos labios, con su cabeza afeitada, surcada de cicatrices y arrugas. Al día siguiente por la noche estarían todos preparados, en los alrededores de El Escorial, a lo largo de la oscura carretera: las largas líneas de camiones cargando a los soldados en la oscuridad; los hombres, pesadamente cargados, subiendo a los camiones; las secciones de ametralladoras izando sus máquinas hasta los camiones; los tanques trepando por las rampas a los alargados camiones; toda una división se lanzaría aquella noche al frente para atacar el puerto. Pero no quería pensar en eso. No era asunto suyo. Era de la incumbencia de Golz. Él sólo tenía una cosa que hacer, y en eso tenía que pensar. Y tenía que pensar en ello claramente, aceptar las cosas según venían y no inquietarse. Inquietarse era tan malo como tener miedo. Hacía las cosas más difíciles.
Se sentó junto al arroyo, contemplando el agua clara que se deslizaba entre las rocas, y descubrió al otro lado del riachuelo una mata espesa de berros. Saltó sobre el agua, cogió todo lo que podía coger con las manos, lavó en la corriente las enlodadas raíces y volvió a sentarse junto a su mochila, para devorar las frescas y limpias hojas y los pequeños tallos enhiestos y ligeramente picantes. Luego se arrodilló junto al agua, y haciendo correr el cinturón al que estaba sujeta la pistola, de modo que no se mojase, se inclinó, sujetándose con una y otra mano sobre los pedruscos del borde y bebió a morro. El agua estaba tan fría, que hacía daño.
Se irguió, volvió la cabeza al oír pasos y vio al viejo que bajaba por los peñascos. Con él iba otro hombre, vestido también con la blusa negra de campesino y con los pantalones grises de pana, que eran casi un uniforme en aquella provincia; iba calzado con alpargatas y con una carabina cargada al hombro. Llevaba la cabeza descubierta. Los dos hombres bajaban saltando por las rocas como cabras.
Cuando llegaron hasta él, Robert Jordan se puso de pie.
—¡Salud, camarada! [1] —dijo al hombre de la carabina, sonriendo.
—¡Salud! —dijo el otro, de mala gana. Robert Jordan estudió el rostro burdo, cubierto por un principio de barba, del recién llegado. Era una faz casi redonda; la cabeza era también redonda, y parecía salir directamente de los hombros. Tenía los ojos pequeños y muy separados, y las orejas eran también pequeñas y muy pegadas a la cabeza. Era un hombre recio, de cerca de un metro ochenta de estatura, con las manos y los pies muy grandes. Tenía la nariz rota y los labios hendidos en una de las comisuras; una cicatriz le cruzaba el labio de arriba hasta la mandíbula, abriéndose paso entre las barbas mal rasuradas.
El viejo señaló con la cabeza a su acompañante y sonrió.
—Es el jefe aquí —dijo satisfecho, y con un ademán hinchó los músculos mientras miraba al hombre de la carabina con una admiración un tanto irrespetuosa—. Un hombre muy fuerte.
—Ya lo veo —dijo Robert Jordan, sonriendo otra vez.
No le gustó la manera que tenía el hombre de mirar, y por dentro no sonreía.
—¿Qué tiene usted para justificar su identidad? —preguntó el hombre de la carabina.
Robert Jordan abrió el imperdible que cerraba el bolsillo de su camisa y sacó un papel doblado que entregó al hombre; éste lo abrió, lo miró con aire de duda y le dio varias vueltas entre las manos.
De manera que no sabe leer, advirtió Jordan.
—Mire el sello —dijo en voz alta.
El viejo señaló el sello y el hombre de la carabina lo estudió, dando vueltas de nuevo al papel entre sus manos.
—¿Qué sello es éste?
—¿No lo ha visto usted nunca?
—No.
—Hay dos sellos —dijo Robert Jordan—: uno es del SIM, el Servicio de Información Militar. El otro es del Estado Mayor.
—He visto ese sello otras veces. Pero aquí no manda nadie más que yo —dijo el hombre de la carabina, muy hosco—. ¿Qué es lo que lleva en esos bultos?
—Dinamita —dijo el viejo orgullosamente—. Esta noche hemos cruzado las líneas en medio de la oscuridad y hemos subido estos bultos montaña arriba.
—Dinamita —dijo el hombre de la carabina—. Está bien. Me sirve. —Tendió el papel a Robert Jordan y le miró a la cara—. Me sirve; ¿cuánta me han traído?
—Yo no le he traído a usted dinamita —dijo Robert Jordan, hablando tranquilamente—. La dinamita es para otro objetivo. ¿Cómo se llama usted?
—¿Y a usted qué le importa?
—Se llama Pablo —dijo el viejo. El hombre de la carabina miró a los dos ceñudamente.
—Bueno, he oído hablar muy bien de usted —dijo Robert Jordan.
—¿Qué es lo que ha oído usted de mí? —preguntó Pablo.
—He oído decir que es usted un guerrillero excelente, que es usted leal a la República y que prueba su lealtad con sus actos. He oído decir que es usted un hombre serio y valiente. Le traigo saludos del Estado Mayor.
—¿Dónde ha oído usted todo eso? —preguntó Pablo.
Jordan se percató de que no se había tragado ni una sola palabra de sus lisonjas.
—Lo he oído decir desde Buitrago hasta El Escorial —respondió, nombrando todos los lugares de una región al otro lado de las líneas.
—No conozco a nadie en Buitrago ni en El Escorial —dijo Pablo.
—Hay muchas gentes al otro lado de los montes que no estaban antes allí. ¿De dónde es usted?
—De Ávila. ¿Qué es lo que va a hacer con la dinamita?
—Volar un puente.
—¿Qué puente?
—Eso es asunto mío.
—Si es en esta región, es asunto mío. No se permite volar puentes cerca de donde uno vive. Hay que vivir en un sitio y operar en otro. Conozco el trabajo. Uno que sigue vivo, como yo, después de un año, es porque conoce su trabajo.
—Eso es asunto mío —insistió Jordan—. Pero podemos discutirlo más tarde. ¿Quiere ayudarnos a llevar los bultos?
—No —dijo Pablo, negando con la cabeza.
El viejo se volvió hacia él de repente, y empezó a hablarle con gran rapidez y en tono furioso, de manera que Jordan apenas podía seguirle. Le parecía que era como si leyese a Quevedo. Anselmo hablaba un castellano viejo, y le decía algo como esto: «Eres un bruto, ¿no? Eres una bestia, ¿no? No tienes seso. Ni pizca. Venimos nosotros para un asunto de mucha importancia, y tú, con el cuento de que te dejen tranquilo, pones tu zorrería por encima de los intereses de la humanidad. Por encima de los intereses de tu pueblo. Me cago en esto y en lo otro y en tu padre y en toda tu familia. Coge ese bulto».
Pablo miraba al suelo.
—Cada cual tiene que hacer lo que puede —dijo—. Yo vivo aquí y opero más allá de Segovia. Si busca uno jaleo aquí, nos echarán de estas montañas. Sólo quedándonos aquí quietos podremos vivir en estas montañas. Es lo que hacen los zorros.
—Sí —dijo Anselmo con acritud—, es lo que hacen los zorros; pero nosotros necesitamos lobos.
—Tengo más de lobo que tú —dijo Pablo. Pero Jordan se dio cuenta de que acabaría por coger el bulto.
—¡Ja, ja! —dijo Anselmo, mirándole—; eres más lobo que yo. Eres más lobo que yo, pero yo tengo sesenta y ocho años.
Escupió en el suelo, meneando la cabeza.
—¿Tiene usted tantos años? —preguntó Jordan, dándose cuenta de que, por el momento, las cosas volverían a ir bien y tratando de facilitarlas.
—Sesenta y ocho, en el mes de julio.
—Si llegamos a ver el mes de julio —dijo Pablo—. Deje que le ayude con el bulto —dijo, dirigiéndose a Jordan—. Deje el otro al viejo. —Hablaba sin hostilidad, pero con tristeza—. Es un viejo con mucha fuerza.
—Yo llevaré el bulto —dijo Jordan.
—No —contestó el viejo—. Deje eso a este hombretón.
—Yo lo llevaré —dijo Pablo, y su hostilidad se había convertido en una tristeza que conturbó a Jordan. Sabía lo que era esa tristeza y el descubrirla le preocupaba.
—Deme entonces la carabina —dijo.
Y cuando Pablo se la alargó, se la colgó del hombro y se unió a los dos hombres que trepaban delante de él, y agarrándose y trepando dificultosamente por la pared de granito llegaron hasta el borde superior, donde había un claro de hierba en medio del bosque.
Bordearon un pequeño prado y Jordan, que se movía con agilidad sin ningún lastre, llevando con gusto la carabina enhiesta sobre su hombro, después del pesado fardo que le había hecho sudar, vio que la hierba estaba segada en varios lugares y que en otros había huellas de que se habían clavado estacas en el suelo. Vio el rastro en la hierba del paso de los caballos hasta el arroyo, adonde los habían conducido a abrevar, y había excrementos frescos de varios de ellos. Sin duda los traían aquí de noche a que pastasen y durante el día los ocultaban entre los árboles. ¿Cuántos caballos tendría Pablo?
Se acordaba de haberse fijado, sin reparar mucho, en que los pantalones de Pablo estaban gastados y lustrosos entre las rodillas y los muslos. Se preguntó si tendría botas de montar o montaría con alpargatas. Debe de tener todo un equipo, se dijo. Pero no me gusta esa tristeza. Esa tristeza es mala cosa, pensó. Es el sentimiento que se adueña de los hombres cuando están a punto de abandonar o de traicionar; es el sentimiento que precede a la capitulación.
Un caballo relinchó detrás de los árboles y un poco de sol que se filtraba por entre las altas copas que casi se unían en la cima permitió a Jordan distinguir entre los oscuros troncos de los pinos el cercado hecho con cuerdas atadas a los árboles. Los caballos levantaron la cabeza al acercarse los hombres. Fuera del cercado, al pie de un árbol, había varias sillas de montar apiladas bajo una lona encerada.
Los dos hombres que llevaban los fardos se detuvieron y Robert Jordan comprendió que lo habían hecho a propósito, para que admirase los caballos.
—Sí —dijo—, son muy hermosos. —Y se volvió hacia Pablo—: Tiene usted hasta caballería propia.
Había cinco caballos en el cercado: tres bayos, una yegua alazana y un caballo castaño. Después de haberlos observado en conjunto, Robert Jordan los examinó uno a uno. Pablo y Anselmo sabían que eran buenos caballos, y mientras Pablo se crecía, orgulloso y menos triste, mirando a los caballos con amor, el viejo se comportaba como si se tratara de una sorpresa que acabase él mismo de inventar.
—¿Qué le parecen? —preguntó a Jordan.
—Todos ésos los he cogido yo —dijo Pablo, y Robert Jordan experimentó cierto placer oyéndole hablar de esa manera.
—Ése —dijo Jordan, señalando a uno de los bayos, un gran semental con una mancha blanca en la frente y otra en una pata— es mucho caballo.
Era en efecto un caballo magnífico, que parecía surgido de un cuadro de Velázquez.
—Todos son buenos —dijo Pablo—. ¿Entiende de caballos?
—Entiendo.
—Tanto mejor —dijo Pablo—. ¿Ve algún defecto en alguno de ellos?
Robert Jordan comprendió que en aquellos momentos el hombre que no sabía leer estaba examinando sus credenciales.
Los caballos estaban tranquilos, y habían levantado la cabeza para mirarlos. Robert Jordan se deslizó entre las dobles cuerdas del cercado y golpeó en el anca al caballo castaño. Se apoyó luego en las cuerdas y vio dar vueltas a los caballos en el cercado; siguió estudiándolos al quedarse quietos y luego se agachó, volviendo a salirse del cercado.
—La yegua alazana cojea de la pata trasera —dijo a Pablo, sin mirarle—. La herradura está rota. Eso no tiene importancia, si se la hierra convenientemente; pero puede caerse si se la hace andar mucho por un suelo duro.
—La herradura estaba así cuando la cogimos —dijo Pablo.
—El mejor de esos caballos, el semental de la mancha blanca, tiene en lo alto del garrón una inflamación que no me gusta nada.
—No es nada —dijo Pablo—; se dio un golpe hace tres días. Si fuese grave, ya se habría visto.
Tiró de la lona y le enseñó las sillas de montar. Había tres sillas de estilo vaquero, dos sencillas y una muy lujosa, de cuero trabajado a mano y estribos gruesos; también había dos sillas militares de cuero negro.
—Matamos un par de guardias civiles —dijo Pablo, señalándolas.
—Vaya, eso es caza mayor.
—Se habían bajado de los caballos en la carretera, entre Segovia y Santa María del Real. Habían desmontado para pedir los papeles a un carretero. Conseguimos matarlos sin lastimar a los caballos.
—¿Ha matado usted a muchos guardias civiles? —preguntó Jordan.
—A varios —contestó Pablo—; pero sólo a esos dos sin herir a los caballos.
—Fue Pablo quien voló el tren de Arévalo —explicó Anselmo—. Fue Pablo el que lo hizo.
—Había un forastero con nosotros que fue quien preparó la explosión —dijo Pablo—. ¿Le conoce usted?
—¿Cómo se llamaba?
—No me acuerdo. Era un nombre muy raro.
—¿Cómo era?
—Era rubio, como usted; pero no tan alto, con las manos grandes y la nariz rota.
—Kashkin —dijo Jordan—. Debía de ser Kashkin.
—Sí —respondió Pablo—; era un nombre muy raro. Algo parecido. ¿Qué ha sido de él?
—Murió en abril.
—Eso es lo que le sucede a todo el mundo —sentenció Pablo sombríamente—. Así acabaremos todos.
—Así acaban todos los hombres —dijo Anselmo—. Así han acabado siempre todos los hombres de este mundo. ¿Qué es lo que te pasa, hombre? ¿Qué les pasa a tus tripas?
—Ellos son muy fuertes —dijo Pablo. Hablaba como si se hablara a sí mismo. Miró a los caballos con tristeza—. Usted no sabe lo fuertes que son. Son cada vez más fuertes, y están cada vez mejor armados. Tienen cada vez más material. Y yo, aquí, con caballos como éstos. ¿Y qué es lo me que espera? Que me cacen y me maten. Nada más.
—Tú también cazas —le dijo Anselmo.
—No —contestó Pablo—. Ya no cazo. Y si nos vamos de estas montañas, ¿adónde podemos ir? Contéstame: ¿adónde iremos?
—En España hay muchas montañas. Está la sierra de Gredos, si hay que irse de aquí.
—Yo no —respondió Pablo—. Estoy harto de que me den caza. Aquí estamos bien. Pero si usted hace volar el puente, nos darán caza. Si saben que estamos aquí, nos darán caza con aviones, y nos encontrarán. Nos enviarán a los moros para darnos caza, y nos encontrarán y tendremos que irnos. Estoy cansado de todo esto, ¿me has oído? —Y se volvió hacia Jordan—: ¿Qué derecho tiene usted, que es forastero, para venir a mí a decirme lo que tengo que hacer?
—Yo no le he dicho a usted lo que tiene que hacer —le respondió Jordan.
—Ya me lo dirá —concluyó Pablo—. Eso, eso es lo malo.
Señaló hacia los dos pesados fardos que habían dejado en el suelo mientras miraban los caballos. La visión de los caballos parecía que hubiese traído todo aquello a su imaginación, y al comprender que Robert Jordan entendía de caballos se le había soltado la lengua. Los tres hombres se quedaron pegados a las cuerdas mirando cómo el resplandor del sol proyectaba manchas en la piel del semental bayo. Pablo miró a Jordan y, golpeando con el pie contra el pesado bulto, insistió:
—Eso es lo malo.
—He venido solamente a cumplir con mi deber —dijo Jordan—. He venido con órdenes de los que dirigen esta guerra. Si le pido a usted que me ayude y usted se niega, puedo encontrar a otros que me ayudarán. Pero ni siquiera le he pedido ayuda. Haré lo que se me ha mandado y puedo asegurarle que es asunto de importancia. El que yo sea extranjero no es culpa mía. Hubiera preferido nacer aquí.
—Para mí, lo más importante ahora es que no se nos moleste —dijo Pablo—. Para mí, la obligación ahora consiste en conservar a los que están conmigo y a mí mismo.
—A ti mismo, sí —terció Anselmo—. Te preocupas mucho de ti mismo desde hace algún tiempo. De ti y de tus caballos. Mientras no tuviste caballos, estabas con nosotros. Pero ahora eres un capitalista, como los demás.
—No es verdad —contestó Pablo—. Me ocupo de los caballos por la causa.
—Muy pocas veces —respondió Anselmo secamente—. Muy pocas veces, a mi juicio. Robar te gusta. Comer bien te gusta. Asesinar te gusta. Combatir, no.
—Eres un viejo que va a buscarse un disgusto por hablar demasiado.
—Soy un viejo que no tiene miedo a nadie —replicó Anselmo—. Soy un viejo que no tiene caballos.
—Eres un viejo que no va a vivir mucho tiempo.
—Soy un viejo que vivirá hasta que se muera —concluyó Anselmo—. Y no me dan miedo los zorros.
Pablo no añadió nada, pero cogió otra vez el bulto.
—Ni los lobos tampoco —siguió Anselmo, cogiendo su fardo—, en el caso de que fueras un lobo.
—Cierra el pico —ordenó Pablo—. Eres un viejo que habla demasiado.
—Y que hará lo que dice que va a hacer —repuso Anselmo, inclinado bajo el peso—. Y que ahora está muerto de hambre. Y de sed. Vamos, jefe de cara triste, llévanos a algún sitio donde nos den de comer.
La cosa ha empezado bastante mal, pensó Robert Jordan. Pero Anselmo es un hombre. Esta gente es maravillosa cuando es buena. No hay gente como ésta cuando es buena, y cuando es mala no hay gente peor en el mundo. Anselmo debía de saber lo que hacía cuando me trajo aquí. Pero no me gusta este asunto. No me gusta nada de nada, pensó.
El único aspecto bueno de la cosa era que Pablo seguía llevando el bulto y que le había dado a él la carabina. Quizá se comporte siempre así, siguió pensando Robert Jordan. Quizá sea simplemente uno de esos tipos hoscos como hay muchos.
No, se dijo enseguida. No te engañes. No sabes cómo era antes; pero sabes que este hombre está echándose a perder rápidamente y que no se molesta en disimularlo. Cuando empiece a disimularlo será porque ha tomado una decisión. Acuérdate de esto, pensó. El primer gesto amistoso que tenga contigo querrá decir que ya ha tomado una decisión. Los caballos son estupendos; son caballos preciosos. Me pregunto si esos caballos podrían hacerme sentir a mí lo que hacen sentir a Pablo. El viejo tiene razón. Los caballos le hacen sentirse rico, y en cuanto uno se siente rico quiere disfrutar de la vida. Pronto se sentirá desgraciado por no poder inscribirse en el club Jockey. Pauvre Pablo. Il a manqué son Jockey.
Esta idea le hizo sentirse mejor. Sonrió viendo las dos figuras inclinadas y los grandes bultos que se movían delante de él entre los árboles. No se había gastado a sí mismo ninguna broma en todo el día, y ahora que bromeaba se sentía aliviado. Estás empezando a ser como los demás, se dijo. Estás empezando a ponerte sombrío, muchacho. Se había mostrado sombrío y protocolario con Golz. La misión le había abrumado un poco. Un poco, pensó; le había abrumado un poco. O, más bien, le había abrumado mucho. Golz se mostró alegre y quiso que él se mostrase también alegre antes de despedirse, pero no lo había conseguido.
La gente buena, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre gente alegre. Era mejor mostrarse alegre, y ello era una buena señal. Algo así como hacerse inmortal mientras uno está vivo todavía. Era una idea un poco complicada. Lo malo era que ya no quedaban con vida muchos de buen humor. Quedaban condenadamente pocos. Y si sigues pensando así, muchacho, acabarás por largarte tú también, se dijo. Cambia de disco, muchacho; cambia de disco, camarada. Ahora eres tú el que va a volar el puente. Un dinamitero, no un pensador. Muchacho, tengo hambre, pensó. Espero que Pablo nos dé bien de comer.
Habían llegado a través de la espesa arboleda hasta la parte alta en que acababa el valle, un valle en forma de cubeta, y Jordan supuso que el campamento tenía que estar al otro lado de la pared rocosa que se levantaba detrás de los árboles.
Allí estaba efectivamente el campamento, y era de primera. No se podía ver hasta que no estaba uno encima, y desde el aire no podía ser localizado. Desde arriba no podía verse nada. Estaba tan bien escondido como una cueva de oso. Y, más o menos, igual de poco guardado. Jordan lo observó cuidadosamente a medida que se iban acercando.
Había una gran cueva en la pared rocosa y, al pie de la entrada de la cueva, un hombre sentado con la espalda apoyada contra la roca y las piernas extendidas en el suelo. El hombre había dejado la carabina apoyada en la pared y estaba tallando un palo con un cuchillo. Al verlos llegar se quedó mirándolos un momento y luego prosiguió con su trabajo.
—¡Hola! —dijo—. ¿Quién viene?
—El viejo y un dinamitero —dijo Pablo, depositando su bulto junto a la entrada de la cueva.
Anselmo se quitó el peso de las espaldas y Jordan se descolgó la carabina y la dejó apoyada contra la roca.
—No dejen eso tan cerca de la cueva —dijo el hombre que estaba tallando el palo. Era un gitano de buena presencia, de rostro aceitunado y ojos azules que formaban vivo contraste en aquella cara oscura—. Hay fuego dentro.
—Levántate y colócalos tú mismo —dijo Pablo—. Ponlos ahí, al pie de ese árbol.
El gitano no se movió; pero dijo algo que no puede escribirse, y añadió:
—Déjalos donde están, y así revientes; con eso se curarán todos tus males.
—¿Qué está usted haciendo? —preguntó Jordan, sentándose al lado del gitano, que se lo mostró. Era una trampa en forma de rectángulo y estaba tallando el travesaño.
—Es para los zorros —dijo—. Este palo los mata. Les rompe el espinazo. —Hizo un guiño a Jordan—. Mire usted; así. —Hizo funcionar la trampa de manera que el palo se hundiera; luego movió la cabeza y abrió los brazos para advertir cómo quedaba el zorro con el espinazo roto—. Muy práctico —aseguró.
—Lo único que caza son conejos —dijo Anselmo—. Es gitano. Si caza conejos, dice que son zorros. Si cazara un zorro por casualidad, diría que era un elefante.
—¿Y si cazara un elefante? —preguntó el gitano y, enseñando otra vez su blanca dentadura, hizo un guiño a Jordan.
—Dirías que era un tanque —dijo Anselmo.
—Ya me haré con el tanque —replicó el gitano—; me haré con el tanque, y podrá usted darle el nombre que le guste.
—Los gitanos hablan mucho y matan poco —le dijo Anselmo.
El gitano guiñó el ojo a Jordan y siguió tallando su palo.
Pablo había desaparecido dentro de la cueva y Jordan confió en que habría ido por comida. Sentado en el suelo, junto al gitano, dejaba que el sol de la tarde, colándose a través de las copas de los árboles, le calentara las piernas, que tenía extendidas. De la cueva llegaba olor a comida, olor a cebolla y a aceite y a carne frita, y su estómago se estremecía de necesidad.
—Podemos atrapar un tanque —dijo Jordan al gitano—. No es muy difícil.
—¿Con eso? —preguntó el gitano, señalando los dos bultos.
—Sí —contestó Jordan—. Yo se lo enseñaré. Hay que hacer una trampa, pero no es muy difícil.
—¿Usted y yo?
—Claro —dijo Jordan—. ¿Por qué no?
—¡Eh! —dijo el gitano a Anselmo—. Pon esos dos sacos donde estén a buen recaudo, haz el favor. Tienen mucho valor.
Anselmo rezongó:
—Voy a buscar vino.
Jordan se levantó, apartó los bultos de la entrada de la cueva, dejándolos uno a cada lado del tronco de un árbol. Sabía lo que había en ellos y no le gustaba que estuvieran demasiado juntos.
—Trae un jarro para mí —dijo el gitano.
—¿Hay vino? —preguntó Jordan, sentándose otra vez al lado del gitano.
—¿Vino? Que si hay. Un pellejo lleno. Medio pellejo por lo menos.
—¿Y hay algo de comer?
—Todo lo que quieras, hombre —contestó el gitano—. Aquí comemos como generales.
—¿Y qué hacen los gitanos en tiempo de guerra? —le preguntó Jordan.
—Siguen siendo gitanos.
—No es mal trabajo.
—El mejor de todos —dijo el gitano—. ¿Cómo te llamas?
—Roberto. ¿Y tú?
—Rafael. Eso que dices del tanque, ¿es en serio?
—Naturalmente que es en serio. ¿Por qué no iba a serlo?
Anselmo salió de la cueva con un recipiente de piedra lleno hasta arriba de vino tinto, llevando con una sola mano tres tazas sujetas por las asas.
—Aquí está —dijo—; tienen tazas y todo.
Pablo salió detrás de él.
—Enseguida viene la comida —anunció—. ¿Tiene usted tabaco?
Jordan se levantó, se fue hacia los sacos y, abriendo uno de ellos, palpó con la mano hasta llegar a un bolsillo interior, de donde sacó una de las cajas metálicas de cigarrillos que los rusos le habían regalado en el cuartel general de Golz. Hizo correr la uña del pulgar por el borde de la tapa y, abriendo la caja, le ofreció a Pablo, que cogió media docena de cigarrillos. Sosteniendo los cigarrillos en la palma de una de sus enormes manos, Pablo levantó uno al aire y lo miró a contraluz. Eran cigarrillos largos y delgados, con boquilla de cartón.
—Mucho aire y poco tabaco —dijo—. Los conozco. El otro, el del nombre raro, también los tenía.
—Kashkin —precisó Jordan, y ofreció cigarrillos al gitano y a Anselmo, que tomaron uno cada uno—. Cojan más —les dijo, y cogieron otro. Jordan dio cuatro más a cada uno y entonces ellos, con los cigarrillos en la mano, hicieron un saludo, dando las gracias como si esgrimieran un sable.
—Sí —dijo Pablo—, era un nombre muy raro.
—Aquí está el vino —recordó Anselmo.
Metió una de las tazas en el recipiente y se la tendió a Jordan. Luego llenó otra para el gitano y otra más para sí.
—¿No hay vino para mí? —preguntó Pablo. Estaban sentados uno junto al otro, a la entrada de la cueva.
Anselmo le ofreció su taza y fue a la cueva a buscar otra para él. Al volver se inclinó sobre el recipiente, llenó su taza y brindaron todos entonces entrechocando los bordes.
El vino era bueno; sabía ligeramente a resina, a causa de la piel del odre, pero era fresco y excelente al paladar. Jordan bebió despacio, paladeándolo y notando cómo corría por todo su cuerpo, aligerando su cansancio.
—La comida viene enseguida —insistió Pablo—. Y aquel extranjero de nombre tan raro, ¿cómo murió?
—Le atraparon y se suicidó.
—¿Cómo ocurrió eso?
—Fue herido y no quiso que le hicieran prisionero.
—Pero ¿cómo fueron los detalles?
—No lo sé —dijo Jordan, mintiendo. Conocía perfectamente los detalles, pero sabía que en ese momento no haría ningún bien hablar de ello.
—Nos pidió que le prometiéramos matarle en caso de que fuera herido, cuando lo del tren, y no pudiese escapar —dijo Pablo—. Hablaba de una manera muy extraña.
Debía de estar por entonces muy agitado, pensó Jordan. ¡Pobre Kashkin!
—Tenía no sé qué escrúpulo de suicidarse —explicó Pablo—. Me lo dijo así. Tenía también mucho miedo de que le torturasen.
—¿Le dijo a usted eso? —preguntó Jordan.
—Sí —confirmó el gitano—. Hablaba de eso con todos nosotros.
—¿Estuviste también tú en lo del tren?
—Sí, todos nosotros estuvimos en lo del tren.
—Hablaba de una manera muy rara —insistió Pablo—. Pero era muy valiente.
¡Pobre Kashkin!, pensó Jordan. Debió de hacer más daño que otra cosa por aquí. Ojalá hubiera sabido entonces que estaba tan nervioso. Debieron haberle sacado de aquí. No se puede consentir a la gente que hace esta clase de trabajos que hable así. No se debe hablar así. Aunque lleve a cabo su misión, esta clase de gente hace más daño que otra cosa hablando de ese modo.
—Era un poco extraño —confesó Jordan—. Creo que estaba algo chiflado.
—Pero era muy diestro armando explosiones —dijo el gitano—. Y muy valiente.
—Pero algo chiflado —dijo Jordan—. En este asunto hay que tener mucha cabeza y nervios de acero. No se debe hablar así, como lo hacía él.
—Y usted —dijo Pablo—, si cayera usted herido en lo del puente, ¿querría que le dejásemos atrás?
—Oiga —dijo Robert Jordan, inclinándose hacia él, mientras metía la taza en el recipiente para servirse otra vez vino—. Oiga, si tengo que pedir alguna vez un favor a alguien, se lo pediré cuando llegue el momento.
—¡Olé! —dijo el gitano—. Así es como hablan los buenos. ¡Ah! Aquí está la comida.
—Tú ya has comido —dijo Pablo.
—Pero podría comer otras dos veces más —dijo el gitano—. Mira quién la trae.
La muchacha se detuvo al salir de la cueva. Llevaba en la mano una cazuela plana de hierro con dos asas y Robert Jordan vio que volvía la cara, como si se avergonzase de algo, y enseguida comprendió lo que le ocurría. La chica sonrió y dijo: «Hola, camarada», y Jordan contestó: «Salud», y puso cuidado en no mirarla con fijeza ni tampoco apartar de ella su vista. La muchacha dejó en el suelo la paellera de hierro, frente a él, y Jordan vio que tenía bonitas manos de piel bronceada. Entonces ella le miró a la cara y sonrió. Tenía los dientes blancos, que contrastaban con su tez oscura, y la piel y los ojos eran del mismo color castaño dorado. Tenía pómulos salientes, ojos alegres y una boca llena, no muy dibujada. Su pelo era del mismo castaño dorado que un campo de trigo quemado por el sol del verano, pero lo llevaba tan corto, que hacía pensar en el pelaje de un castor. La muchacha sonrió, mirando a Jordan, y levantó su mano morena para pasársela por la cabeza, intentando alisar los cabellos, que se volvieron a erguir enseguida. Tiene una cara bonita, pensó Jordan, y sería muy guapa si no la hubieran rapado.
—Así es como me peino —dijo la chica a Jordan, y se echó a reír—. Bueno, coman ustedes. No se queden mirando. Me cortaron el pelo en Valladolid. Ahora ya me ha crecido.
Se sentó frente a él y se quedó mirándole. Él la miró también. Ella sonrió y cruzó sus manos sobre las rodillas. Sus piernas aparecían largas y limpias, sobresaliendo del pantalón de hombre que llevaba, y, mientras ella permanecía así, con las manos cruzadas sobre las rodillas, Jordan vio la forma de sus pequeños senos torneados, bajo su camisa gris. Cada vez que Jordan la miraba sentía que una especie de bola se le formaba en la garganta.
—No tenemos platos —dijo Anselmo—; emplee el cuchillo. —La muchacha había dejado cuatro tenedores, con las púas hacia abajo, en el reborde de la paellera de hierro.
Comieron todos del mismo plato, sin hablar, según es costumbre en España. La comida consistía en conejo, aderezado con mucha cebolla y pimientos verdes, y había garbanzos en la salsa, oscura, hecha con vino tinto. Estaba muy bien guisado; la carne se desprendía sola de los huesos y la salsa era deliciosa. Jordan se bebió otra taza de vino con la comida. La muchacha no le quitaba el ojo de encima. Todos los demás estaban atentos a su comida.
Jordan rebañó con un trozo de pan la salsa restante, amontonó cuidadosamente a un lado los huesos del conejo, aprovechó el jugo que quedaba en ese espacio, limpió el tenedor con otro pedazo de pan, limpió también su cuchillo y lo guardó, y se comió luego el pan que le había servido para limpiarlo todo. Echándose hacia delante, se llenó una nueva taza mientras la muchacha seguía observándole.
Jordan se bebió la mitad de la taza, pero vio que seguía teniendo la bola en la garganta cuando quiso hablar a la muchacha.
—¿Cómo te llamas? —preguntó. Pablo volvió inmediatamente la cara hacia él al oír aquel tono de voz. Enseguida se levantó y se fue.
—María, ¿y tú?
—Roberto. ¿Hace mucho tiempo que estás por aquí?
—Tres meses.
—¿Tres meses? —preguntó Jordan, mirando su cabeza, el cabello espeso y corto que ella trataba de aplastar, pasando y repasando su mano, cosa que hacía ahora con cierta vergüenza y sin conseguirlo, porque inmediatamente volvía a erguirse el cabello como un campo de trigo azotado por el viento en la ladera de una colina.
—Me lo afeitaron —explicó—; me afeitaban la cabeza de cuando en cuando en la cárcel de Valladolid. Me ha costado tres meses que me creciera como ahora. Yo estaba en el tren. Me llevaban para el sur. A muchos de los detenidos que íbamos en el tren que voló los atraparon después de la explosión; pero a mí no. Yo me vine con éstos.
—Me la encontré escondida entre las rocas —explicó el gitano—. Estaba allí cuando íbamos a marcharnos. Chico, ¡qué fea era! Nos la trajimos con nosotros, pero en el camino pensé varias veces que íbamos a tener que abandonarla.
—¿Y el otro que estuvo en lo del tren con ellos? —preguntó María—. El otro, el rubio, el extranjero. ¿Dónde está?
—Murió —dijo Jordan—. Murió en abril.
—¿En abril? Lo del tren fue en abril.
—Sí —dijo Jordan—; murió diez días después de lo del tren.
—Pobre —dijo la muchacha—; era muy valiente. ¿Y tú haces el mismo trabajo?
—Sí.
—¿Has volado trenes también?
—Sí, tres trenes.
—¿Aquí?
—En Extremadura —dijo Jordan—. He estado en Extremadura antes de venir aquí. Hemos hecho mucho en Extremadura. Tenemos mucha gente trabajando en Extremadura.
—¿Y por qué has venido ahora a estas sierras?
—Vengo a sustituir al otro, al rubio. Además, conozco esta región de antes del Movimiento.
—¿La conoces bien?
—No, no muy bien. Pero aprendo enseguida. Tengo un mapa muy bueno y un buen guía.
—Ah, el viejo —afirmó ella, asintiendo con la cabeza—; el viejo es muy bueno.
—Gracias —dijo Anselmo, y Jordan se dio cuenta de repente de que la muchacha y él no estaban solos, y se dio también cuenta de que le resultaba difícil mirarla, porque enseguida cambiaba el tono de su voz. Estaba violando el segundo mandamiento de los dos que rigen cuando se trata con españoles: hay que dar tabaco a los hombres y dejar tranquilas a las mujeres. Pero también vio que no le importaba nada. Había muchas cosas que le tenían sin cuidado; ¿por qué iba a preocuparse de aquélla?
—Eres muy bonita —dijo a María—. Me hubiera gustado tener la suerte de ver cómo eras antes de que te cortasen el pelo.
—El pelo crecerá —dijo ella—. Dentro de seis meses ya lo tendré largo.
—Tenía usted que haberla visto cuando la trajimos. Era tan fea, que revolvía las tripas.
—¿De quién eres mujer? —preguntó Jordan, queriendo dar a su voz un tono normal—. ¿De Pablo?
La muchacha le miró a los ojos y se echó a reír. Luego le dio un golpe en la rodilla.
—¿De Pablo? ¿Has visto a Pablo?
—Bueno, entonces quizá de Rafael. He visto a Rafael.
—Tampoco de Rafael.
—No es de nadie —aclaró el gitano—. Es una mujer muy extraña. No es de nadie. Pero guisa bien.
—¿De nadie? —preguntó Jordan.
—De nadie. De nadie. Ni en broma ni en serio. Ni de ti tampoco.
—¿No? —preguntó Jordan, y vio que la bola se le hacía de nuevo en la garganta—. Bueno, yo no tengo tiempo para mujeres. Ésa es la verdad.
—¿Ni siquiera quince minutos? —le preguntó el gitano irónicamente—. ¿Ni siquiera un cuarto de hora?
Jordan no contestó. Miró a la muchacha, a María, y notó que tenía la garganta demasiado oprimida para tratar de aventurarse a hablar.
María le miró y rompió a reír. Luego enrojeció de repente, pero siguió mirándole.
—Te has puesto colorada —dijo Jordan—. ¿Te pones colorada con frecuencia?
—Nunca.
—Pues ahora estás colorada.
—Bueno, me iré a la cueva.
—Quédate aquí, María.
—No —dijo ella, y no volvió a sonreírle—. Me voy ahora mismo a la cueva.
Cogió la paellera de hierro en que habían comido y los cuatro tenedores. Se movía con torpeza, como un potro recién nacido, pero con toda la gracia de un animal joven.
—¿Os quedáis con las tazas? —preguntó. Jordan seguía mirándola y ella enrojeció otra vez—. No me mires —dijo ella—; no me gusta que me mires así.
—Deja las tazas —dijo el gitano—. Déjalas aquí.
Metió en el barreño una taza y se la ofreció a Jordan, que vio cómo la muchacha bajaba la cabeza para entrar en la cueva, llevando en las manos la paellera de hierro.
—Gracias —dijo Jordan. Su voz había recuperado el tono normal desde el momento en que ella había desaparecido—. Es la última. Ya hemos bebido bastante.
—Vamos a acabar con el barreño —dijo el gitano—; hay más de medio pellejo. Lo trajimos en uno de los caballos.
—Fue el último trabajo de Pablo —dijo Anselmo—. Desde entonces no ha hecho nada.
—¿Cuántos son ustedes? —preguntó Jordan.
—Somos siete y dos mujeres.
—¿Dos?
—Sí, la muchacha y la mujer de Pablo.
—¿Dónde está la mujer de Pablo?
—En la cueva. La muchacha sabe guisar un poco. Dije que guisaba bien para halagarla. Pero lo único que hace es ayudar a la mujer de Pablo.
—¿Y cómo es esa mujer, la mujer de Pablo?
—Algo bárbaro —dijo el gitano sonriendo—. Verdaderamente bárbaro. Si crees que Pablo es feo, tendrías que ver a su mujer. Pero muy valiente. Mucho más valiente que Pablo. Algo bárbaro.
—Pablo era valiente al principio —dijo Anselmo—. Pablo antes era muy valiente.
—Ha matado más gente que el cólera —dijo el gitano—. Al principio del Movimiento, Pablo mató más gente que el tifus.
—Pero desde hace tiempo está muy flojo —explicó Anselmo—. Muy flojo. Tiene mucho miedo a morir.
—Será porque ha matado a tanta gente al principio —dijo el gitano filosóficamente—. Pablo ha matado más que la peste.
—Por eso y porque es rico —dijo Anselmo—. Además, bebe mucho. Ahora querría retirarse, como un matador de toros. Pero no se puede retirar.
—Si se va al otro lado de las líneas, le quitarán los caballos y le harán entrar en el ejército —dijo el gitano—. A mí no me gustaría entrar en el ejército.
—A ningún gitano le gusta —dijo Anselmo.
—¿Y para qué iba a gustarnos? —preguntó el gitano—. ¿Quién es el que quiere estar en el ejército? ¿Hacemos la revolución para entrar en filas? Me gusta hacer la guerra, pero no en el ejército.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Jordan. Se sentía a gusto y con ganas de dormir gracias al vino. Se había tumbado boca arriba, en el suelo, y contemplaba a través de las copas de los árboles las nubes de la tarde moviéndose lentamente en el alto cielo de España.
—Hay dos que están durmiendo en la cueva —dijo el gitano—. Otros dos están de guardia arriba, donde tenemos la máquina. Uno está de guardia abajo; probablemente están todos dormidos.
Jordan se tumbó de lado.
—¿Qué clase de máquina es ésa?
—Tiene un nombre muy raro —dijo el gitano—; se me ha ido de la memoria hace un ratito. Es como una ametralladora.
Debe de ser un fusil ametrallador, pensó Jordan.
—¿Cuánto pesa? —preguntó.
—Un hombre puede llevarla, pero es pesada. Tiene tres pies que se pliegan. La cogimos en la última expedición seria; la última, antes de la del vino.
—¿Cuántos cartuchos tenéis?
—Una infinidad —contestó el gitano—. Una caja entera, que pesa lo suyo.
Deben de ser unos quinientos, pensó Jordan.
—¿Cómo la cargáis, con cinta o con platos?
—Con unos tachos redondos de hierro que se meten por la boca de la máquina.
Diablos, es una Lewis, pensó Jordan.
—¿Sabe usted mucho de ametralladoras? —preguntó al viejo.
—Nada —contestó Anselmo—. Nada.
—¿Y tú? —preguntó al gitano.
—Sé que disparan con mucha rapidez y que se ponen tan calientes que el cañón quema las manos si se toca —respondió el gitano orgullosamente.
—Eso lo sabe todo el mundo —dijo Anselmo con desprecio.
—Quizá lo sepa —dijo el gitano—. Pero me preguntó si sabía algo de la máquina y se lo he dicho. —Luego añadió—: Además, en contra de lo que hacen los fusiles corrientes, siguen disparando mientras se aprieta el gatillo.
—A menos que se encasquillen, que les falten municiones o que se pongan tan calientes que se fundan —dijo Jordan, en inglés.
—¿Qué es lo que dice usted? —preguntó Anselmo.
—Nada —contestó Jordan—. Estaba mirando al futuro en inglés.
—Eso sí que es raro —dijo el gitano—. Mirando al futuro en inglés. ¿Sabes leer en la palma de la mano?
—No —dijo Robert, y se sirvió otra taza de vino—. Pero si tú sabes, me gustaría que me leyeras la palma de la mano y me dijeses lo que va a pasar dentro de tres días.
—La mujer de Pablo sabe leer la palma de la mano —dijo el gitano—. Pero tiene un genio tan malo y es tan salvaje, que no sé si querrá hacerlo.
Robert Jordan se sentó y tomó un sorbo de vino.
—Vamos a ver cómo es esa mujer de Pablo —dijo—; si es tan mala como dices, vale más que la conozca cuanto antes.
—Yo no me atrevo a molestarla —dijo Rafael—; me odia a muerte.
—¿Por qué?
—Dice que soy un holgazán.
—¡Qué injusticia! —se burló Anselmo.
—No le gustan los gitanos.
—Es un error —dijo Anselmo.
—Tiene sangre gitana —dijo Rafael—; sabe bien de lo que habla —añadió sonriendo—. Pero tiene una lengua que escuece como un látigo. Con la lengua es capaz de sacarte la piel a tiras. Es una salvaje increíble.
—¿Cómo se lleva con la chica, con María? —preguntó Jordan.
—Bien. Quiere a la chica. Pero no deja que nadie se le acerque en serio. —Meneó la cabeza y chascó la lengua.
—Es muy buena con la muchacha —medió Anselmo—. Cuida mucho de ella.
—Cuando cogimos a la chica, cuando lo del tren, era muy extraña —dijo Rafael—. No quería hablar, estaba llorando siempre y, si se la tocaba, se ponía a temblar como un perro mojado. Solamente más tarde empezó a marchar mejor. Ahora marcha muy bien. Hace un rato, cuando hablaba contigo, se ha portado muy bien. Por nosotros, la hubiéramos dejado cuando lo del tren. No valía la pena perder tiempo por una cosa tan fea y tan triste que no valía nada. Pero la vieja le ató una cuerda alrededor del cuerpo, y cuando la chica decía que no, que no podía andar, la vieja le golpeaba con un extremo de la cuerda para obligarla a seguir adelante. Luego, cuando la muchacha no pudo de veras andar por su pie, la vieja se la cargó a la espalda. Cuando la vieja no pudo seguir llevándola, fui yo quien tuvo que cargar con ella. Trepábamos por esta montaña entre zarzas y malezas hasta el pecho. Y cuando yo no pude llevarla más, Pablo me reemplazó. ¡Pero las cosas que tuvo que llamarnos la vieja para que hiciéramos eso! —Movió la cabeza, acordándose—. Es verdad que la muchacha no pesa, no tiene más que piernas. Es muy ligera de huesos y no pesa gran cosa. Pero pesaba lo suyo cuando había que llevarla sobre las espaldas, detenerse para disparar y volvérsela luego a cargar, y la vieja que golpeaba a Pablo con la cuerda y le llevaba su fusil, y se lo ponía en la mano cuando quería dejar caer a la muchacha, y le obligaba a cogerla otra vez, y le cargaba el fusil y le daba unas voces que le volvían loco… Ella le sacaba los cartuchos de los bolsillos y cargaba el fusil y seguía gritándole. Se hizo de noche, y con la oscuridad todo se arregló. Pero fue una suerte que no tuvieran caballería.
—Debió de ser muy duro lo del tren —dijo Anselmo—. Yo no estuve con ellos —explicó a Jordan—. Estaban la banda de Pablo, la del Sordo, al que veremos esta noche, y dos bandas más de estas montañas. Yo me encontraba al otro lado de las líneas.
—Y además, estaba el rubio del nombre raro —dijo el gitano.
—Kashkin.
—Sí, es un nombre que no logro recordar nunca. Nosotros teníamos dos que llevaban ametralladora. Dos que nos había enviado el ejército. No pudieron cargar con la ametralladora al final y se perdió. Seguramente no pesaba más que la muchacha, y si la vieja se hubiera ocupado de ellos, habrían traído la ametralladora. —Movió la cabeza al recordarlo, y prosiguió—: En mi vida vi semejante explosión. El tren venía despacio. Lo vimos llegar de lejos. Yo estaba tan exaltado, que no podría explicarlo. Se vio la humareda y después se oyó el pitido del silbato. Luego se acercó el tren haciendo chu-chu-chu-chu, cada vez más fuerte, y después, en el momento de la explosión, las ruedas delanteras de la máquina se levantaron por los aires y la tierra rugió, y pareció como si se levantase toda en una nube negra, y la locomotora saltó al aire entre la nube negra; las traviesas de madera saltaron por los aires, como por encanto, y luego la máquina quedó tumbada de costado, como un gran animal herido, y hubo una explosión de vapor blanco antes de que el barro de la otra explosión hubiese acabado de caer, entonces la máquina empezó a hacer ta-ta-ta-ta —dijo exaltado el gitano, agitando los puños cerrados, levantándolos y bajándolos, con los pulgares apoyados en una imaginaria ametralladora—. ¡Ta-ta-ta-ta! —gritó entusiasmado—. Nunca había visto nada parecido, con los soldados que saltaban del tren y la máquina que les disparaba a bocajarro, y los hombres cayendo; y fue entonces cuando puse la mano en la máquina, y estaba tan excitado, que no me di cuenta de que quemaba. Y entonces la vieja me dio un bofetón y me dijo: «¡Dispara, idiota! ¡Dispara o te aplasto los sesos!». Entonces yo empecé a disparar, pero me costaba trabajo tener el arma derecha, y los soldados huían a las montañas. Más tarde, cuando bajamos hasta el tren a ver lo que podíamos coger, un oficial, con la pistola en la mano, reunió a la fuerza a sus soldados contra nosotros. El oficial agitaba la pistola y les gritaba que vinieran tras de nosotros, y nosotros disparamos contra él, pero no le alcanzamos. Entonces los soldados se echaron a tierra y empezaron a disparar, y el oficial iba de acá para allá, pero no llegamos a alcanzarle, y la máquina no podía dispararle a causa de la posición del tren. Ese oficial mató a dos de sus hombres, que estaban tumbados en el suelo, y, a pesar de ello, los otros no querían levantarse, y él gritaba y acabó por hacerlos levantarse, y vinieron corriendo hacia nosotros y hacia el tren. Luego volvieron a tumbarse y dispararon. Después escapamos con la máquina, que continuaba disparando por encima de nuestras cabezas. Fue entonces cuando me encontré a la chica, que se había escapado del tren y se había escondido en las rocas, y se vino con nosotros. Y fueron esos mismos soldados quienes nos persiguieron hasta la noche.
—Debió de ser un golpe muy duro —dijo Anselmo—. Pero de mucha emoción.
—Es la única cosa buena que se ha hecho hasta ahora —dijo una voz grave—. ¿Qué estás haciendo, borracho repugnante, hijo de puta gitana? ¿Qué estás haciendo?
Robert Jordan vio a una mujer, como de unos cincuenta años, tan grande como Pablo, casi tan ancha como alta; vestía una falda negra de campesina y una blusa del mismo color, con medias negras de lana sobre sus gruesas piernas; llevaba alpargatas y tenía un rostro bronceado que podía servir de modelo para un monumento de granito. La mujer tenía manos grandes, aunque bien formadas, y un cabello negro y espeso, muy rizado, que se sujetaba sobre la nuca con un moño.
—Vamos, contesta —dijo al gitano, sin darse por enterada de la presencia de los demás—. ¿Qué estás haciendo?
—Estaba hablando con estos camaradas. Este que ves aquí es un dinamitero.
—Ya lo sé —repuso la mujer de Pablo—. Lárgate de aquí y ve a reemplazar a Andrés, que está de guardia arriba.
—Me voy —dijo el gitano. Se volvió hacia Robert Jordan—. Te veré a la hora de la comida.
—Ni lo pienses —dijo la mujer—. Tres veces has comido ya hoy, por la cuenta que llevo. Vete y envíame a Andrés enseguida. ¡Hola! —dijo a Robert Jordan, y le tendió la mano, sonriendo—. ¿Cómo va usted y cómo van las cosas de la República?
—Bien —contestó Jordan, y devolvió el estrecho apretón—. La República y yo vamos bien.
—Me alegro —dijo ella. Le miraba sin rebozo y Jordan observó que la mujer tenía unos bonitos ojos grises—. ¿Ha venido para que volemos otro tren?
—No —contestó Jordan, y al momento vio que podría confiar en ella—. He venido para volar un puente.
—No es nada —dijo ella—; un puente no es nada. ¿Cuándo haremos volar otro tren, ahora que tenemos caballos?
—Más tarde. Este puente es de gran importancia.
—La chica me dijo que su camarada, el que estuvo en el tren con nosotros, ha muerto.
—Así es.
—¡Qué pena! Nunca vi una explosión semejante. Era un hombre de mucho talento. Me gustaba mucho. ¿No sería posible volar ahora otro tren? Tenemos muchos hombres en las montañas, demasiados. Ya resulta difícil encontrar comida para todos. Sería mejor que nos fuéramos. Además, tenemos caballos.
—Hay que volar el puente.
—¿Dónde está ese puente?
—Muy cerca de aquí.
—Mejor que mejor —dijo la mujer de Pablo—. Vamos a volar todos los puentes que haya por aquí, y nos largamos. Estoy harta de este lugar. Hay aquí demasiada gente. No puede salir de aquí nada bueno. Estamos aquí parados, sin hacer nada, y eso es repugnante.
Vio pasar a Pablo por entre los árboles.
—¡Borracho! —gritó—. ¡Borracho, condenado borracho! —Se volvió hacia Jordan jovialmente—: Se ha llevado una bota de vino para beber solo en el bosque —explicó—. Está todo el tiempo bebiendo. Esta vida acaba con él. Joven, me alegro mucho de que haya venido. —Le dio un golpe en el hombro—. Vamos —dijo—, es usted más fuerte de lo que aparenta. —Y le pasó la mano por la espalda, palpándole los músculos bajo la camisa de franela—. Bien, me alegro mucho de que haya venido.
—Lo mismo le digo.
—Vamos a entendernos bien —aseguró ella—. Beba un trago.
—Hemos bebido varios —repuso Jordan—. ¿Quiere usted beber? —preguntó Jordan.
—No —contestó ella—, hasta la hora de la cena. Me da ardor de estómago. —Luego volvió la cabeza y vio otra vez a Pablo—. ¡Borracho! —gritó. Se volvió a Jordan y movió la cabeza—. Era un hombre muy bueno —dijo—, pero ahora está acabado. Y escuche, quiero decirle otra cosa. Sea usted bueno y muy cariñoso con la chica. Con la María. Ha pasado una mala racha. ¿Comprendes? —dijo tuteándole súbitamente.
—Sí, ¿por qué me dice usted eso?
—Porque vi cómo estaba cuando entró en la cueva, después de haberte visto. Vi que te observaba antes de salir.
—Hemos bromeado un poco.
—Lo ha pasado muy mal —dijo la mujer de Pablo—. Ahora está mejor, y sería conveniente llevársela de aquí.
—Desde luego; podemos enviarla al otro lado de las líneas con Anselmo.
—Usted y el Anselmo pueden llevársela cuando acabe esto —dijo dejando momentáneamente el tuteo.
Robert Jordan volvió a sentir la opresión en la garganta y su voz se enronqueció.
—Podríamos hacerlo —dijo.
La mujer de Pablo le miró y movió la cabeza.
—¡Ay, ay! —dijo—. ¿Son todos los hombres como usted?
—No he dicho nada —contestó él—. Es muy bonita, ya lo sabe usted.
—No, no es guapa. Pero empieza a serlo; ¿no es eso lo que quiere decir? —preguntó la mujer de Pablo—. Hombres. Es una vergüenza que nosotras, las mujeres, tengamos que hacerlos. No. En serio. ¿No hay casas sostenidas por la República para cuidar de estas chicas?
—Sí —contestó Jordan—. Hay casas muy buenas. En la costa, cerca de Valencia. Y en otros lugares. Cuidarán de ella y la enseñarán a cuidar de los niños. En esas casas hay niños de los pueblos evacuados. Y la enseñarán cómo tiene que cuidarlos.
—Eso es lo que quiero para ella —dijo la mujer de Pablo—. Pablo se pone malo sólo de verla. Es otra cosa que está acabando con él. Se pone malo en cuanto la ve. Lo mejor será que se vaya.
—Podemos ocuparnos de eso cuando acabemos con lo otro.
—¿Y tendrá usted cuidado de ella si yo se la confío a usted? Le hablo como si le conociera hace mucho tiempo.
—Y es como si fuera así —dijo Jordan—. Cuando la gente se entiende, es como si fuera así.
—Siéntese —dijo la mujer de Pablo—. No le he pedido que me prometa nada, porque lo que tenga que suceder, sucederá. Pero si usted no quiere llevársela, entonces voy a pedirle que me prometa una cosa.
—¿Por qué si no voy a llevármela…?
—No quiero que se vuelva loca cuando usted se marche. La he tenido loca antes y ya he pasado bastante con ella.
—Me la llevaré conmigo después de lo del puente —dijo Jordan—. Si estamos vivos después de lo del puente, me la llevaré conmigo.
—No me gusta oírle hablar de esa manera. Esa manera de hablar no trae suerte.
—Le he hablado así solamente para hacerle una promesa —dijo Jordan—. No soy de los que hablan con pesimismo.
—Déjame ver tu mano —dijo la mujer, volviendo otra vez al tuteo.
Jordan extendió su mano y la mujer se la abrió, la retuvo, le pasó el pulgar por la palma con cuidado y se la volvió a cerrar. Se levantó. Jordan se puso también en pie y vio que ella le miraba sin sonreír.
—¿Qué es lo que ha visto? —preguntó Jordan—. No creo en esas cosas; no va usted a asustarme.
—Nada —dijo ella—; no he visto nada.
—Sí, ha visto usted algo, y tengo curiosidad por saberlo. Aunque no creo en esas cosas.
—¿Qué es en lo que usted cree?
—En muchas cosas, pero no en eso.
—¿En qué?
—En mi trabajo.
—Sí, lo he visto.
—Dígame qué mas ha visto.
—No he visto nada —dijo ella agriamente—. ¿Ha dicho usted que el puente es muy difícil?
—No, yo dije solamente que es muy importante.
—Pero puede resultar difícil.
—Sí. Y ahora voy a tener que ir abajo a estudiarlo. ¿Cuántos hombres tienen aquí?
—Hay cinco que valgan la pena. El gitano no vale para nada, aunque sus intenciones son buenas. Tiene buen corazón. En Pablo ya no confío.
—¿Cuántos hombres tiene el Sordo que valgan la pena?
—Quizá tenga ocho. Veremos esta noche al Sordo. Vendrá por aquí. Es un hombre muy listo. Tiene también algo de dinamita. No mucho. Hablará usted con él.
—¿Ha enviado a buscarle?
—Viene todas las noches. Es vecino nuestro. Es un buen amigo y camarada.
—¿Qué piensa usted de él?
—Es un hombre bueno. Muy listo. En el asunto del tren estuvo enorme.
—¿Y los de las otras bandas?
—Avisándolos con tiempo, podríamos reunir cincuenta fusiles de cierta confianza.
—¿De qué confianza?
—Depende de la gravedad de la situación.
—¿Cuántos cartuchos por cada fusil?
—Unos veinte. Depende de los que quieran traer para el trabajo. Si es que quieren venir para este trabajo. Acuérdese de que en el puente no hay dinero ni botín y que, por la manera como habla usted, es un asunto peligroso, y que después tendremos que irnos de estas montañas. Muchos van a oponerse a lo del puente.
—Lo creo.
—Así es que lo mejor será no hablar de eso más que cuando sea menester.
—Estoy enteramente de acuerdo.
—Cuando hayas estudiado lo del puente —dijo ella rozando de nuevo el tuteo—, hablaremos esta noche con el Sordo.
—Voy a ver el puente con Anselmo.
—Despiértele —dijo—. ¿Quiere una carabina?
—Gracias —contestó Jordan—. No es malo llevarla; pero, de todas maneras, no la usaría. Voy solamente a ver, no a armar alboroto. Gracias por haberme dicho lo que me ha dicho. Me gusta mucho su manera de hablar.
—He querido hablarle francamente.
—Entonces dígame lo que vio en mi mano.
—No —dijo ella, y movió la cabeza—. No he visto nada. Vete ahora a tu puente. Yo cuidaré de tu equipo.
—Tápelo con algo y procure que nadie lo toque. Está mejor ahí que dentro de la cueva.
—Lo taparé, y nadie se atreverá a tocarlo —dijo la mujer de Pablo—. Vete ahora a tu puente.
—Anselmo —dijo Jordan, apoyando una mano en el hombro del viejo, que estaba tumbado, durmiendo, con la cabeza oculta entre los brazos.
El viejo abrió los ojos.
—Sí —dijo—. Por supuesto. Vamos.