

Desde lo alto de la colina, Alejandro se volvió para mirar la playa, para contemplar un espectáculo que se repetía casi idéntico a distancia de mil años: cientos de naves alineadas en la orilla del mar, miles y miles de guerreros, pero la ciudad a sus espaldas, Ilión, heredera de la antigua Troya, no se preparaba ahora para un sitio de diez años, sino que más bien le abría las puertas para acogerle, a él, descendiente tanto de Aquiles como de Príamo.
Vio a sus compañeros que montaban a caballo para darle alcance y espoleó a Bucéfalo hacia la fortaleza. Quería ser el primero en entrar y hacerlo solo en el antiquísimo santuario de Atenea Ilíaca. Confió el semental a un siervo y entró en el templo.
En su interior, inmersos en la penumbra, relucían unas formas inciertas, objetos de contornos indefinidos, y tuvo que habituar su mirada que hasta un momento antes estaba deslumbrada por el cielo resplandeciente de la Tróade, por el sol de mediodía que caía a plomo.
El antiguo edificio estaba atestado de reliquias, de armas que recordaban la guerra de Homero, la epopeya del cerco de diez años a las murallas construidas por los dioses. En cada uno de aquellos recuerdos cubiertos por la niebla del tiempo había una dedicatoria, una inscripción: la cítara de Paris, las armas de Aquiles con el gran escudo historiado.
Miró a su alrededor, posando los ojos en aquellas reliquias que unas manos invisibles habían mantenido resplandecientes para la piedad y curiosidad de los fieles a través de los siglos. Colgaban de las columnas, de las vigas del techo, de las paredes de la cella: pero ¿cuánto había de verdad en todo ello? ¿Cuánto era fruto de la astucia de los sacerdotes, de su deseo de sacar algún provecho?
Sentía en aquel momento que la única cosa sincera en medio de aquella confusa acumulación, que recordaba el hacinamiento de objetos en un mercado más que la decoración de un santuario, era su pasión por el antiguo poeta ciego, su infinita admiración por unos héroes reducidos a cenizas por el tiempo y por los innumerables acontecimientos que habían tenido lugar entre ambas orillas de los Estrechos.
Se había presentado de repente, como un día lo hiciera su padre Filipo en el templo de Apolo de Delfos, y nadie le esperaba. Oyó un paso ligero y se escondió detrás de una columna próxima a la estatua de culto, una imagen impresionante de Atenea esculpida en la roca, pintada de colores, con armas de verdadero metal: era un simulacro rígido y primitivo, obtenido de un único bloque de piedra oscura, y los ojos de madreperla resaltaban de modo impresionante en aquel rostro ennegrecido por los años y por el humo de las lámparas votivas.
Una muchacha vestida con un peplo blanco, de cabellos recogidos en una cofia de idéntico color, se acercó a la estatua sosteniendo un pequeño cubo en una mano y una esponja en la otra.
Se subió sobre el pedestal y se puso a pasar la esponja por la superficie de la escultura, difundiendo bajo los altos armazones un intenso y penetrante perfume de áloe y de nardo. Alejandro, se acercó a ella sin hacer ruido y le preguntó:
—¿Quién eres?
La muchacha se sobresaltó y dejó caer el cubo, que rebotó en el pavimento y rodó lejos hasta detenerse contra una columna.
—No temas —la tranquilizó el soberano—. No soy más que un peregrino que desea honrar a la diosa. ¿Y tú quién eres, cómo te llamas?
—Mi nombre es Daunia y soy una esclava sagrada —repuso la joven, intimidada por el aspecto de Alejandro, que no era ciertamente el de un simple peregrino.
Bajo el manto se veían relucir una coraza y unas grebas y, cuando se movía, se oía el ruido de la correa de malla metálica que cruzaba su pectoral.
—¿Una esclava sagrada? Nadie lo diría. Tienes unas bonitas facciones, aristocráticas, y una mirada muy orgullosa.
—Acaso estés habituado a ver a las esclavas sagradas de Afrodita. Ellas son simplemente esclavas, antes de ser sagradas, esclavas de la lujuria de los varones.
—¿Y tú, en cambio, no? —preguntó Alejandro recogiéndole del suelo el pequeño cubo.
—Yo soy virgen. Como la diosa. ¿Has oído hablar alguna vez de la ciudad de las mujeres? Pues yo provengo de allí.
Su acento era muy especial y el soberano no lo había oído nunca.
—Ni siquiera sabía que existiese una ciudad de las mujeres. ¿Dónde se encuentra?
—En Italia. Se llama Locria, y tiene una aristocracia formada solamente por mujeres. Fue fundada por cien familias, todas ellas descendientes de mujeres huidas de Lócrida, su patria de origen. Se habían quedado viudas y se dice que se unieron a sus esclavos.
—¿Y por qué te encuentras tú aquí, en un país tan lejano?
—Para expiar una culpa.
—¿Una culpa? ¿Qué culpa puede haber cometido una muchacha tan joven?
—No yo. Hace mil años Áyax, hijo de Oileo, nuestro héroe nacional, la noche de la caída de Troya forzó a la princesa Casandra, hija de Príamo, precisamente aquí, en el pedestal que sostenía el sagrado Paladio, la milagrosa imagen de Atenea caída del cielo. Desde entonces los locrios pagan este sacrilegio con el presente de dos muchachas de la mejor nobleza, que sirven durante un año entero en el santuario de la diosa.
Alejandro sacudió la cabeza como si no creyera lo que estaba oyendo. Miró a su alrededor, mientras que afuera, en el empedrado del templo, resonaba el piafar de numerosos caballos: habían llegado sus compañeros.
Entró en aquel momento un sacerdote, que se dio inmediatamente cuenta de quién tenía delante e hizo una profunda reverencia.
—Bienvenido, poderoso señor. Siento que no nos hayas avisado, pues hubieras tenido acogida muy distinta.
E hizo una señal a la muchacha de que se fuera. Pero Alejandro la retuvo.
—Yo prefiero que se quede —afirmó—. Esta muchacha me ha contado una historia extraordinaria, que nunca hubiera podido ni imaginarme. He oído decir que en este templo se conservan las reliquias de la guerra de Troya. ¿Es eso cierto?
—Sin duda. Y esta imagen que ves es un Paladio. Reproduce las facciones de una antigua estatua de Atenea caída del cielo, que volvía invencible a la ciudad a la que pertenecía.
En aquel momento hicieron su entrada Hefestión, Tolomeo, Pérdicas y Seleuco.
—¿Y la estatua original dónde está? —preguntó Hefestión acercándose.
—Según algunos la habría cogido el héroe Diomedes para llevársela a Argos; otros dicen que Odiseo fue a Italia y se la regaló al rey Latino; no faltan tampoco quienes afirman que Eneas la puso en un templo no lejos de Roma, donde se encontraría aún. Sea como fuere, son muchas las ciudades que se enorgullecen de poseer el verdadero.
—Lo creo —observó Seleuco—. Una convicción semejante confiere valor.
—Por supuesto —asintió Tolomeo—. Aristóteles diría que la convicción, o la profecía, produce el acontecimiento.
—Pero ¿qué distingue al verdadero Paladio de las demás estatuas? —preguntó Alejandro.
—El verdadero —declaró el sacerdote en tono solemne— puede cerrar los ojos y sacudir la lanza.
—Eso no es difícil —observó Tolomeo—. Cualquiera de nuestros ingenieros militares sería capaz de construir un juguete de ese tipo.
El sacerdote le fulminó con una mirada y también el soberano sacudió la cabeza.
—¿Hay algo en lo que creas, Tolomeo?
—Sí, sin duda —repuso el joven apoyando una mano en la guarnición de la espada—. En ésta. —Y luego, apoyando la otra en el hombro de Alejandro, agregó—: Y en la amistad.
—Y sin embargo —insistió el sacerdote— los objetos que veis son venerados entre estas sagradas paredes desde tiempos inmemoriales, y los túmulos a lo largo de la orilla recubren desde siempre los huesos de Aquiles, Patroclo y Áyax.
Se oyó un ruido de pasos: Calístenes se había juntado con ellos para visitar el famoso santuario.
—¿Y que dices tú de todo esto, Calístenes? —preguntó Tolomeo yendo a su encuentro y cogiéndole del brazo—. ¿De veras crees que ésa es la armadura de Aquiles? ¿Y que ésta que cuelga de la columna es la cítara de Paris?
Acarició las cuerdas, de las que extrajo un acorde opaco y desentonado.
Alejandro parecía no escuchar ya: miraba fijamente a la joven locria que ahora estaba poniendo aceite perfumado a los velones, miraba sus formas perfectas, en la transparencia del ligero peplo atravesado por un rayo de luz, observaba el misterio que relampagueaba en sus ojos de mirada huidiza y sumisa.
—Todo esto no tiene ninguna importancia, lo sabéis muy bien —replicó Calístenes—. En Esparta, en el templo de los Dioscuros, muestran el huevo del que nacieron los dos gemelos, hermanos de Helena, pero yo creo más bien que se trata de un huevo de avestruz, un pájaro líbico de la altura de un caballo. Nuestros santuarios están llenos de semejantes reliquias. Lo importante es lo que la gente quiere creer, y la gente tiene necesidad de creer, así como también de soñar.
Mientras hablaba, se volvió hacia Alejandro.
El rey se acercó a la gran panoplia de bronce, adornada de estaño y plata, y con los dedos rozó el escudo esculpido a franjas repujadas, con escenas descritas por Homero, y el yelmo adornado con una triple cimera.
—¿Y cómo habría llegado hasta aquí esta armadura? —le preguntó al sacerdote.
—Odiseo la devolvió, presa de los remordimientos por habérsela usurpado a Áyax, y la depositó delante de su tumba como presente votivo, implorando su regreso a Ítaca. Desde entonces fue guardada y conservada en este santuario.
Alejandro se acercó al sacerdote.
—¿Sabes quién soy?
—Sí. Eres Alejandro, el rey de los macedonios.
—Así es. Y soy el descendiente directo, por parte de madre, de Pirro, hijo de Aquiles, fundador de la dinastía de Epiro, y por tanto heredero de Aquiles. Por tanto esta armadura me pertenece, y la quiero.
El sacerdote palideció.
—Señor...
—¡Pero cómo! —exclamó con una sonrisa maliciosa Tolomeo—. Nosotros hemos de creer que ésta es la cítara de Paris, que éstas son las armas de Aquiles construidas por el mismísimo dios Hefesto en persona, ¿y tú no crees que nuestro rey es descendiente directo del pélida Aquiles?
—Oh, no —balbuceó el sacerdote—. El hecho es que se trata de objetos sagrados que no pueden...
—Cuentos —intervino Pérdicas—. Ya mandarás hacer otras armas idénticas. Nadie se dará cuenta de la diferencia. Como puedes ver, a nuestro soberano le son de utilidad y puesto que pertenecían a su antepasado...
Abrió los brazos como queriendo decir: «Una herencia es una herencia».
—Haced que las lleven al campamento. Serán izadas ante el ejército como un estandarte antes de cada batalla —ordenó Alejandro—. Y ahora regresemos, pues la visita ha terminado.
Salieron en pequeños grupos, deteniéndose todavía a mirar a su alrededor, para observar la increíble acumulación de objetos colgados de las columnas y de las paredes.
El sacerdote observó que Alejandro no le quitaba ojo a la muchacha mientras salía del templo por una puertecilla lateral.
—Todas las noches, tras la puesta del sol, se baña en el mar cerca de la desembocadura del Escamandro —le susurró al oído.
El rey no dijo nada y se fue. Poco después el sacerdote, en el umbral del templo, le vio saltar sobre el caballo y alejarse en dirección al campamento a orillas del mar, que hervía de vida como un gigantesco hormiguero.
Alejandro la vio llegar con paso rápido y seguro en la oscuridad, siguiendo la orilla izquierda del río, y detenerse donde las aguas del Escamandro se mezclaban con las olas del mar.
Hacía una noche tranquila y serena, y la luna comenzaba en aquel momento a surgir del mar trazando una larga estela plateada desde el horizonte hasta la orilla. La muchacha se despojó de sus ropas, se soltó los cabellos a la luz de la luna y entró en el agua. Su cuerpo, acariciado por las olas, relucía, semejante al mármol pulimentado.
—Estás hermosa como una diosa, Daunia —murmuró Alejandro surgiendo de la sombra.
La muchacha se sumergió hasta la barbilla y retrocedió.
—No me hagas nada malo. Estoy consagrada.
—¿Para expiar una antigua violación?
—Para expiar cualquier violación. Las mujeres se ven siempre obligadas a sufrir.
El soberano se desnudó y se metió en el agua, mientras ella cruzaba los brazos sobre su pecho para taparse los senos.
—Dicen que la Afrodita de Cnido, esculpida por el divino Praxíteles, se cubre el pecho así, como lo estás haciendo tú. También Afrodita es púdica... No temas nada. Ven.
La muchacha se acercó lentamente, caminando sobre la arena del fondo; a medida que se acercaba, su cuerpo divino emergía goteante del agua, y la superficie del mar descendía para ceñirle los costados y luego el vientre.
—Llévame a nado hasta el túmulo de Aquiles. No quiero que nadie nos vea.
—Sígueme —dijo Daunia—. Espero que seas un buen nadador. —Se volvió hacia un lado, deslizándose sobre las olas como una nereida, una ninfa de los abismos.
La costa formaba una amplia ensenada, iluminada ya por los fuegos del campamento, y terminaba en un promontorio en cuyo extremo se alzaba un túmulo de tierra.
—Lo soy —repuso Alejandro nadando a su lado.
La muchacha se dirigió mar adentro atajando por el medio del golfo, directamente hacia el promontorio. Nadaba con un bracear elegante, ligero y sostenido, casi sin hacer ruido, surcando las aguas como una criatura marina.
—Eres una excelente nadadora —observó Alejandro sin resuello.
—Nací a orillas del mar. ¿Sigues pensando en llegar hasta el promontorio Sigeo?
Alejandro no respondió y siguió nadando hasta que dejó de ver hervir la espuma a lo largo de la playa a la luz de la luna o las olas dilatarse, hasta que éstas lamieron la base del gran túmulo.
Salieron del agua cogidos de la mano, y el rey se acercó a la mole oscura de la tumba de Aquiles. Sentía, o creía sentir, que el espíritu del héroe penetraba en él y le pareció ver a Briseida, la de sonrosadas mejillas, cuando se volvió hacia su compañera, que ahora estaba de pie delante de él en medio de la luz argéntea y buscaba su mirada en la oscuridad.
—Sólo a los dioses le son concedidos momentos como éste —le susurró Alejandro volviéndose para sentir el soplo de la tibia brisa que llegaba del mar—. Aquí se sentó Aquiles a llorar la muerte de Patroclo. Aquí la madre oceánida rindió sus armas, forjadas por un dios.
—Así pues, ¿lo crees? —le preguntó la muchacha.
—Sí.
—Pero, entonces, por qué en el templo...
—Aquí es distinto. Es de noche, y las voces lejanas, ahora ya apagadas, pueden aún oírse. Y tú resplandeces sin velos delante de mí.
—¿De veras eres un rey?
—Mírame. ¿Quién crees que soy?
—Eres el joven que a veces se me aparecía en sueños mientras dormía con mis compañeras, en el santuario de la diosa. El joven al que me gustaría amar.
Se acercó y apoyó la cabeza contra su pecho.
—Mañana partiré, y dentro de unos pocos días tendré que librar una dura batalla. Tal vez venza, o muera.
—Entonces, si quieres, goza de mí, en esta arena tibia aún, y deja que yo te estreche entre mis brazos, aunque luego tengamos que lamentarlo. —Le besó largamente, acariciándole los cabellos—. Momentos como éstos únicamente les son concedidos a los dioses. Y nosotros seremos dioses, mientras dure la noche.


Alejandro se despojó de sus ropas hasta quedar desnudo delante del ejército formado y corrió tres veces alrededor de la tumba de Aquiles, según la antigua usanza, y Hefestión hizo lo propio en torno a la tumba de Patroclo.
A cada vuelta, más de cuarenta mil hombres gritaban:
Alalalài!
—¡Qué actor extraordinario! —exclamó Calístenes, en un extremo del campo.
—¿Tú crees? —replicó Tolomeo.
—No me cabe la menor duda. No cree en los mitos ni en las leyendas más de lo que podamos creer tú y yo, pero se comporta como si fueran más verdaderos que la propia realidad. De este modo demuestra a sus hombres que los sueños son posibles.
—Parece que le conozcas muy a fondo —dijo Tolomeo en tono sarcástico.
—He aprendido a observar a los hombres, además de la naturaleza.
—Entonces deberías saber que nadie puede afirmar que conoce a Alejandro. Sus acciones están a la vista de todos, es cierto, pero no son previsibles, ni es siempre posible comprender su significado profundo. Él cree y no cree al mismo tiempo, es capaz de arrebatos amorosos y de arranques irrefrenables de cólera, es...
—¿Qué?
—Distinto. Yo le conocí cuando tenía seis años, y no puedo decir aún que le conozca de verdad.
—Tal vez tengas razón. Pero ahora todos sus hombres creen que él es Aquiles redivivo y que Hefestión es Patroclo.
—En estos momentos incluso se lo creen ellos dos. Por lo demás, ¿no has sido tú quien ha establecido, sobre la base de tus cálculos astronómicos, que nuestra invasión se ha producido el mismo mes en que comenzó la guerra de Troya, exactamente hace mil años?
Alejandro, mientras tanto, se había vuelto a vestir y puesto la armadura, imitado en esto por Hefestión. Ambos montaron a caballo. El general Parmenión ordenó hacer sonar las trompas y Tolomeo, a su vez, saltó sobre la silla.
—He de reunirme con mi sección. Alejandro se dispone a pasar revista al ejército.
Las trompas resonaron una vez más, repetidamente, y el ejército se colocó a la largo de la orilla del mar, cada sección con sus estandartes e insignias.
La infantería contaba con treinta y dos mil hombres en total. En el lado izquierdo había tres mil «portadores de escudo» y siete mil aliados griegos, apenas una décima parte de los que, ciento cincuenta años antes, habían luchado en Platea contra los persas. Llevaban la tradicional armadura pesada de la infantería griega de línea y macizos yelmos corintios que les protegían totalmente el rostro hasta la base del cuello, dejando al descubierto sólo los ojos y la boca.
En el centro estaban los seis batallones de la falange, los pezetairoi: cerca de diez mil hombres. En el lado izquierdo, en cambio, las tropas auxiliares bárbaras del Norte: cinco mil tracios y tribalos que habían aceptado la invitación de Alejandro, atraídos por la soldada y la perspectiva del pillaje. Eran valerosísimos, capaces de las gestas más temerarias, infatigables, y sabían soportar el frío, el hambre y las penalidades. Horribles de aspecto, tenían el pelo rojizo e hirsuto, las barbas luengas, la piel clara y pecosa y el cuerpo cubierto de tatuajes.
Entre estos bárbaros, los más salvajes y primitivos eran los agrianos de las montañas ilirias: no comprendían en absoluto el griego y era necesario utilizar con ellos un intérprete, pero eran de una habilidad sin par a la hora de escalar cualquier pared rocosa utilizando cuerdas de fibras vegetales, ganchos y garfios. Todos los tracios y el resto de las tropas auxiliares del Norte estaban armados con yelmos y coseletes de cuero, pequeños escudos en forma de media luna y largos sables que golpeaban tanto de punta como con el filo. En la batalla se comportaban como fieras, y en el cuerpo a cuerpo se excitaban hasta el punto de arrancar a dentelladas las carnes de sus adversarios. Por último, como para sofrenarlos, venían otros siete mil mercenarios griegos, de infantería pesada y ligera.
En las alas, separada de la infantería, estaba formada la caballería pesada de los hetairoi, dos mil ochocientos en total, a los que se añadían otros tantos jinetes tesalios y cerca de cuatro mil auxiliares, más los quinientos jinetes escogidos de La Punta, el escuadrón de Alejandro.
El rey, montado en Bucéfalo, pasó revista al ejército sección por sección, seguido por sus compañeros. Con él estaba también Eumenes, armado hasta los dientes, incómodo dentro de la coraza ateniense de lino prensado, decorada y con refuerzos de chapas de bronce reluciente como un espejo. Sus pensamientos, a medida que pasaba por delante de aquella multitud, eran más bien prosaicos: mentalmente hacía el recuento de cuánto trigo, cuántas legumbres, cuánto pescado en salazón, cuánta carne ahumada y cuánto vino serían necesarios para dar de comer y de beber a toda aquella gente, y cuánto dinero tendría que gastar a diario para comprar en los mercados todos aquellos víveres; luego valoraba cuánto tiempo durarían las reservas con que contaba.
No obstante, no perdía la esperanza de hacerle al rey, aquella misma noche, unas buenas sugerencias para el éxito de su expedición.
Cuando hubieron alcanzado la cabeza de la formación, Alejandro hizo una señal a Parmenión y el general dio la orden de partida. La larga columna se puso en marcha: la caballería en los flancos, en doble fila, y la infantería en el medio. Tomaron dirección al norte, a lo largo de la orilla del mar.
El ejército se desanudaba como una larga serpiente y el yelmo de Alejandro, rematado por dos largas plumas blancas, se distinguía de lejos.
Daunia se asomó en aquel momento al umbral del santuario de Atenea y se detuvo en lo alto de la escalinata. El joven que la había amado a orillas del mar, en aquella noche perfumada de primavera, parecía ahora un niño, resplandeciente al sol en su armadura en exceso bruñida, demasiado reluciente. No era ya él, no existía ya.
Sintió en su interior un gran vacío al verle alejarse hacia el horizonte. Cuando desapareció del todo, se secó los ojos con un rápido gesto de la mano, volvió a entrar en el templo y cerró la puerta tras de sí.
Entretanto, Eumenes había hecho partir a dos estafetas con escolta, uno dirigido a Lámpsaco y otro a Cícico, dos poderosas ciudades griegas a lo largo de los Estrechos: la primera se alzaba en la costa, la segunda, en cambio, en una isla. Se les volvía a hacer, de parte de Alejandro, el ofrecimiento de la libertad y de un tratado de alianza.
El rey estaba encantado con el paisaje y a cada recodo del camino se volvía hacia Hefestión.
—Mira aquel pueblo, mira aquel árbol, mira aquella estatua...
Todo era nuevo para él, todo le maravillaba, desde los blancos pueblos de las colinas, los santuarios de las divinidades griegas y bárbaras, inmersos en la campiña, hasta el perfume de los manzanos en flor y el verde brillante de los granados.
Aparte de su destierro entre las montañas nevadas de Iliria, aquel era su primer viaje fuera de Grecia.
Detrás de él cabalgaban Tolomeo y Pérdicas, mientras que los demás compañeros estaban con sus soldados. Lisímaco y Leonato cerraban la larga fila, al mando de dos secciones de retaguardia un tanto distantes.
—¿Por qué nos dirigimos hacia el Norte? —preguntó Leonato.
—Alejandro quiere asegurarse el control de la orilla asiática del Estrecho. De este modo nadie podrá entrar o salir del Ponto sin nuestra autorización, y Atenas, que depende de las importaciones de trigo que pasan por aquí, tendrá excelentes razones para seguir siendo amiga nuestra. Además, dejaremos aisladas a todas las provincias persas que se asoman al Mar Negro. Es una jugada inteligente.
—Es cierto.
Prosiguieron al paso, bajo el sol que comenzaba a ascender alto en el cielo. Luego Leonato continuó diciendo:
—Hay una cosa que no entiendo.
—No se puede entender todo en la vida —ironizó Lisímaco.
—Será así, pero explícame tú el por qué de toda esta calma. Hemos desembarcado con cuarenta mil hombres en pleno día, Alejandro ha visitado el templo de Ilión, ha hecho su danza alrededor del túmulo de Aquiles, y nadie nos esperaba. Quiero decir, ningún persa. ¿No lo encuentras extraño?
—En absoluto.
—¿Por qué no?
Lisímaco se volvió hacia atrás.
—¿Ves a esos dos de allí? —preguntó indicando las siluetas de un par de jinetes que seguían la cresta de los montes de la Tróade—. Pues desde el amanecer los tenemos detrás de nosotros, y seguramente no nos perdieron de vista durante todo el día de ayer y tenemos a otros alrededor.
—Avisemos entonces a Alejandro de que...
—Descuida. Alejandro lo sabe muy bien, y sabe también que en alguna parte los persas nos dispensarán un digno recibimiento.
La marcha prosiguió sin problemas durante toda la mañana, hasta el descanso de mediodía. Veíase nada más que labriegos en los campos, ocupados en sus labores, o grupos de niños que corrían a lo largo del camino, gritando y tratando de llamar la atención.
A eso del atardecer acamparon no lejos de Abidos; Parmenión hizo poner centinelas alrededor, a una cierta distancia, y envió por los campos a escuadrones de caballería ligera para evitar ataques por sorpresa.
Apenas hubo sido levantada la tienda de campaña de Alejandro, la trompa llamó a reunión al Consejo y todos los generales se congregaron en torno a una mesa, mientras era servida la cena. Estaba también Calístenes, pero faltaba Eumenes, que había mandado aviso de que se empezara sin él.
—¡Muchachos, aquí se está mucho mejor que en Tracia! —exclamó Hefestión—. El clima es estupendo, la gente parece hospitalaria, he visto lindas muchachas y los persas no incordian. Me parece estar en Mieza, cuando Aristóteles nos llevaba a recoger insectos al bosque.
—No te hagas ilusiones —replicó Leonato—. Lisímaco y yo hemos descubierto a dos jinetes que nos han estado siguiendo durante todo el santo día y seguramente deben de estar merodeando por ahí.
Parmenión, con su estilo de general de la vieja guardia, pidió respetuosamente la palabra.
—No hay necesidad de pedir permiso para intervenir, Parmenión —le respondió Alejandro—. Eres aquí el hombre que cuenta con más experiencia y todos nosotros hemos de aprender de ti.
—Te lo agradezco —dijo el anciano general—. Sólo quería saber cuáles eran tus intenciones para mañana y para el futuro próximo.
—Seguir hacia el interior, hacia el territorio directamente controlado por los persas. Una vez allí no tendrán elección. Habrán de enfrentarse a nosotros en campo abierto y nosotros les batiremos.
Parmenión se quedó en silencio.
—¿No estás de acuerdo?
—Hasta cierto punto. Me enfrenté con los persas durante mi primera campaña y puedo garantizarte que son unos adversarios temibles. Además, pueden contar con un jefe formidable, Memnón de Rodas.
—¡Un griego renegado!
—No. Un soldado de oficio. Un mercenario.
—¿Acaso no es lo mismo?
—No es lo mismo, Hefestión. Hay hombres que han luchado en muchas guerras y se encuentran al final carentes de cualquier convicción e ideal, pero llenos de habilidad y experiencia. Es entonces cuando venden su espada al mejor postor, pero si son hombres de honor, y Memnón lo es, se mantienen fieles a lo pactado, a toda costa. Su patria no es otra que la palabra dada, y a ella se atienen con absoluto rigor.
»Memnón representa para nosotros un peligro, tanto más cuanto que tiene con él a sus tropas. De diez a quince mil mercenarios, todos ellos griegos, todos bien armados y bastante temibles en campo abierto.
—Derrotamos al Batallón Sagrado de los tebanos —observó Seleuco.
—Eso no cuenta —rebatió Parmenión—. Éstos son soldados de oficio, que no hacen otra cosa que combatir, y que cuando no combaten se adiestran para la lucha.
—Parmenión tiene razón —aprobó Alejandro—. Memnón es peligroso y su tropa mercenaria no lo es menos, sobre todo si cuenta con el apoyo de la caballería persa.
Entró en ese momento Eumenes.
—Te sienta bien la armadura —dijo con guasa Crátero—. Pareces todo un general. Lástima que tengas las piernas torcidas y secas y...
Estallaron todos a reír, pero Eumenes se puso a declamar:
No me gusta un general de gallardo porte,
orgulloso de sus bucles y esmerados afeites,
sino uno que sea feo y torcido de piernas,
que se mantenga firme y con un corazón de león.*
—¡Magnífico! —exclamó Calístenes—. Arquíloco es uno de mis poetas favoritos.
—Deja que hable —le hizo callar Alejandro—. Eumenes nos trae noticias que espero sean buenas.
—Buenas y malas, amigo mío. Decide tú por cuál debo empezar.
Alejandro disimuló a duras penas su contrariedad.
—Comienza por las malas. A las buenas uno se acostumbra siempre. Dadle un asiento.
Eumenes se acomodó, quedando no obstante incómodo a causa de la coraza, que le impedía doblarse.
—Los habitantes de Lámpsaco han respondido que se sienten ya lo suficientemente libres y que no necesitan para nada nuestra ayuda. En resumidas cuentas, vienen a decirnos que nos las apañemos solos.
El rostro de Alejandro se había puesto sombrío y se intuía que estaba a punto de estallar en un ataque de cólera. Eumenes prosiguió enseguida:
—Buenas noticias, en cambio, de Cícico. La ciudad se muestra favorable y acepta unirse a nosotros. Y es de veras una buena noticia porque la soldada de todos los mercenarios al servicio de los persas se pagan en moneda de Cícico. Estáteros de plata, para ser más exactos. Como éste.
Y arrojó una reluciente moneda encima de la mesa. La moneda rebotó y se puso a rodar luego sobre sí misma como una peonza hasta que la velluda mano de Clito El Negro cayó para aplastarla con un seco golpe.
—¿Y entonces? —preguntó el general dándole la vuelta entre los dedos.
—Si Cícico bloquea la emisión de moneda hacia las provincias persas —explicó Eumenes—, los gobernadores no tardarán en encontrarse en dificultades. Tendrán que imponer tributos, o bien buscar otras formas de pago nada gratas para los mercenarios. Y lo mismo puede decirse que ocurrirá con sus víveres, con la paga de las tripulaciones de la flota y todo lo demás.
—Pero ¿cómo lo has hecho? —preguntó Crátero.
—Lo cierto es que no he esperado a nuestro desembarco en Asia para moverme —repuso el secretario—. Hace ya un tiempo que estoy en tratos con la ciudad. Desde los tiempos en que vivía aún —bajó la cabeza— el rey Filipo.
Dentro de la tienda se hizo el silencio ante aquellas palabras, como si el espíritu del gran soberano caído bajo el puñal de un asesino en la cima de su gloria aletease entre los presentes.
—Bien —concluyó Alejandro—. Esto de todos modos no cambia nuestros planes. Mañana nos desplazaremos hacia el interior. Iremos a sacar al león de su escondite.
En todo el orbe conocido, nadie contaba con mapas tan precisos y bien hechos como los de Memnón de Rodas. Decíase que eran fruto de la milenaria experiencia de los marinos de su isla y de la destreza de un cartógrafo cuya identidad era guardada en secreto.
El mercenario griego desplegó el mapa sobre la mesa, fijó sus extremos con cuadro candelabros, tomó una ficha de una cajita de juego y la apoyó en un punto entre Dardania y Frigia.
—Alejandro, en estos momentos, se encuentra más o menos aquí.
Los miembros del alto mando persa estaban todos de pie en torno a la mesa, todos en uniforme de combate, con pantalones y botas: Arsamenes, gobernador de Panfilia, y Arsites, de Frigia; luego Reomitres, comandante de la caballería bactriana, Rosaques y el comandante supremo, el sátrapa de Lidia y de Jonia, Espitrídates, un iranio gigantesco de piel aceitunada y ojos negros y profundos, que presidía la reunión.
—¿Qué sugieres? —preguntó este último en griego.
Memnón levantó la mirada del mapa: próximo a la cuarentena, tenía las sienes canosas, los brazos musculosos y una barba muy cuidada, modelada por la navaja barbera, que le confería el aspecto de uno de los personajes representados por los artistas griegos en los bajorrelieves o en las decoraciones de sus vasos.
—¿Qué noticias tenemos de Susa? —preguntó.
—Por ahora ninguna. Pero no conviene esperar refuerzos de importancia antes de un par de meses. Las distancias son enormes y el tiempo que se requiere para el reclutamiento, largo.
—Por tanto hemos de contar únicamente con nuestras propias fuerzas.
—Básicamente sí —confirmó Espitrídates.
—Somos inferiores en número.
—Pero no mucho.
—En la presente situación, quiere decir mucho. Los macedonios tienen una estructura de combate formidable, la mejor sin discusión. Han derrotado en campo abierto a ejércitos de todo tipo y nación.
—¿Así pues?
—Alejandro está tratando de provocarnos, pero yo creo que sería mejor evitar un enfrentamiento frontal. Mi plan es el siguiente. Deberíamos mandar por delante a un gran número de exploradores a caballo que nos tengan constantemente informados de sus movimientos, infiltrar a espías que nos mantengan al corriente de sus intenciones, y a continuación desaparecer de su presencia poniendo tierra quemada de por medio, sin dejar un solo grano de trigo o sorbo de agua potable.
»Escuadrones de caballería ligera tendrían que efectuar continuas incursiones contra los destacamentos que él mande en busca de víveres o forraje para los animales. Cuando el enemigo se halle extenuado por el hambre y el cansancio, atacaremos nosotros con todas nuestras fuerzas, mientras un cuerpo expedicionario naval desembarca en territorio macedonio.
Espitrídates observó largo rato en silencio el mapa de Memnón, se pasó una mano por la poblada barba ensortijada, se dio la vuelta y se fue hacia un balcón que daba a la campiña.
El valle de Zelea era maravilloso: desde el jardín que rodeaba su palacio subía el perfume amarguillo del espino albar en flor y el más dulce y delicado de los jazmines y de los lirios; las blancas copas de los cerezos y de los melocotorenos florecidos, plantas dignas de los dioses, que crecían únicamente en su paridaeza, resplandecían al sol primaveral.
Miró los bosques que cubrían las montañas y los palacios y los jardines de los otros nobles persas reunidos a sus espaldas en torno a la mesa, e imaginó todas aquellas maravillas quemadas por el fuego de Memnón, aquel mar de esmeralda reducido a una extensión de carbones y de cenizas humeantes. Se volvió de golpe y dijo:
—¡No!
—Pero, señor... —objetó Memnón acercándose a él—. ¿Has valorado como es debido las características de mi plan? Yo considero que...
—No es posible, comandante —cortó el sátrapa—. No podemos destruir nuestros jardines, los campos y palacios, y huir. En primer lugar, ello no nos pertenece, y luego sería un crimen infligirle a nuestro propio territorio unos daños peores que los que podría causarles el enemigo. No. Nos enfrentaremos a él y le rechazaremos. Ese Alejandro no es más que un muchacho presuntuoso que se merece que se le dé una dura lección.
—Te ruego que tengas en cuenta —insistió Memnón— que en esta zona están también mi casa y mi hacienda y que estoy dispuesto a sacrificarlo todo en aras de la victoria.
—Tu honestidad no está en duda —replicó Espitrídates—. Lo único que digo es que tu plan es irrealizable. Repito, lucharemos y rechazaremos a los macedonios. —Se volvió hacia los demás generales—. A partir de este momento, todas las tropas estarán en estado de alerta y vosotros tendréis que llamar de la reserva hasta el último hombre en condiciones de luchar bajo nuestras banderas. No nos queda mucho tiempo.
Memnón sacudió la cabeza.
—Es un error, y ya os daréis cuenta de ello. Mucho me temo que sea entonces demasiado tarde.
—No seas tan pesimista —dijo el persa—. Trataremos de hacerles frente desde una posición ventajosa.
—¿Es decir?
Espitrídates se inclinó sobre la mesa, apoyándose en el brazo izquierdo, y comenzó a explorar el mapa con la punta del índice de la mano derecha. Se detuvo en una línea serpenteante azul, para indicar un río que corría hacia el norte, en el mar interior de la Propóntide.
—Yo diría que aquí.
—¿En el Gránico?
Espitrídates asintió.
—¿Conoces la zona, comandante?
—Bastante.
—Yo la conozco bien porque fui allí de caza en varias ocasiones. El río, en este punto, tiene unas orillas escarpadas y arcillosas. Difíciles, por no decir imposibles, para la caballería; más bien impracticables para la infantería pesada. Les haremos retroceder, y esa misma noche estáis todos invitados a un banquete aquí, en mi palacio de Zelea, para festejar nuestra victoria.


Memnón regresó entrada la noche a su palacio: una magnífica construcción de estilo oriental en la cima de la colina, rodeada de un parque con animales salvajes de todo tipo y de una vasta posesión con casas, ganado, campos de cultivo de trigo, viñedos, olivos y árboles frutales.
Desde hacía años vivía con los persas igual que un persa, y había tomado por esposa a una noble persa, Barsine, hija del sátrapa Artabazo, una mujer de increíble belleza, de piel oscura, con unos larguísimos cabellos negros y formas sinuosas, agraciadas, de gacela de la meseta.
Sus hijos, dos varones, el uno de quince y el otro de once años, hablaban con gran soltura tanto la lengua de su padre como la de su madre y habían sido educados en ambas culturas. Como muchachos persas estaban acostumbrados a no mentir jamás, por ningún motivo, y a practicar el tiro con arco y la equitación; como muchachos griegos tenían el culto al valor y al honor en el combate, conocían los poemas homéricos, las tragedias de Sófocles y de Eurípides, así como las teorías de los filósofos jónicos. Tenían la piel aceitunada y el pelo negro de la madre, el cuerpo musculoso y los ojos verdes del padre. El primero, Eteocles, tenía un nombre griego; el segundo, Fraates, un nombre persa.
La casa de campo se alzaba en el centro de un jardín iranio cultivado y cuidado por jardineros persas, con plantas y animales exóticos, incluidos los maravillosos pavos reales de Palimbotra, una ciudad casi legendaria a riberas del río Ganges. En su interior había esculturas persas y babilonias, antiguos bajorrelieves hititas que Memnón había hecho recoger en una ciudad abandonada de la meseta, espléndidos servicios de mesa de cerámica ática de festín, bronces de Corinto y de la lejana Etruria, esculturas de mármol de Paros pintadas de vivos colores.
En las paredes había cuadros de los más variados pintores de la época: Apeles, Zeuxis, Parrasio, con escenas de caza y de batalla, pero asimismo representaciones mitológicas de las aventuras de los héroes hechos famosos por la tradición.
Todo, en aquella casa, era una mezcla de culturas diversas; no obstante, la impresión que tenía el visitante era de una singular y casi incomprensible armonía.
Dos siervos salieron al encuentro de su señor, le ayudaron a despojarse de la armadura y le condujeron a la estancia del baño para que pudiera resfrescarse antes de la cena. Barsine le alcanzó llevándole una copa de vino fresco y se sentó para hacerle compañía.
—¿Qué noticias hay de la invasión? —le preguntó.
—Alejandro marcha en estos momentos hacia el interior, probablemente con el propósito de provocarnos a un choque frontal.
—No quisieron hacerte caso, y ahora tenemos al enemigo a las puertas de nuestras casas.
—Nadie creía que ese muchacho se atrevería a tanto. Creíamos que la guerra en Grecia iba a tenerle ocupado durante largos años desgastando sus fuerzas. Una previsión completamente errónea.
—¿Qué clase de hombres es? —preguntó Barsine.
—Parece que resulta difícil definir su carácter. Es muy joven y apuesto, impetuoso y pasional, pero, según se dice, en presencia del peligro se vuelve frío como un témpano de hielo, capaz de valorar con increíble distanciamiento las situaciones más delicadas e intrincadas.
—¿Y no tiene ningún punto flaco?
—Le gusta el vino, le encantan las mujeres, pero al parecer no tiene más que un sólo afecto estable, su amigo Hefestión, que probablemente es para él más que un amigo. Se dice que son amantes.
—¿Está casado?
—No. Partió sin dejar herederos al trono de Macedonia. Antes de irse, dicen que se despojó de todas sus propiedades en favor de sus íntimos.
Barsine hizo una señal a sus doncellas para que se alejaran y se ocupó personalmente del marido que salía del baño. Tomó un paño de suave lino jónico y lo envolvió en torno a sus hombros para secarle la espalda. Memnón seguía contando cosas de su enemigo:
—Se cuenta que uno de estos íntimos le preguntó: «¿Para ti qué es importante?». «La esperanza», fue la respuesta de Alejandro. Es difícil creerlo, pero lo que resulta evidente es que el joven soberano es ya una leyenda. Y esto es un problema, pues siempre resulta arduo luchar contra un mito.
—¿De veras no tiene una mujer? —preguntó Barsine.
Una doncella se llevó el paño húmedo y otra ayudó a Memnón a ponerse las vestiduras para la cena: un quitón largo hasta los pies, azul, recamado en plata en los bordes.
—¿Cómo es que tienes tanto interés?
—Porque las mujeres son siempre el punto flaco de un hombre.
Memnón tomó del brazo a su esposa y fue hasta el comedor, donde estaban puestas las mesas a la manera griega ante los lechos de convite.
Tomó asiento y una doncella le escanció un poco de vino fresco y ligero, sacado de una magnífica crátera corintia de doscientos años de antigüedad, que descansaba sobre la mesa central.
Memnón señaló un cuadro de Apeles que colgaba de la pared precisamente delante de él y que reproducía una escena de amor muy atrevida entre Ares y Afrodita.
—¿Te acuerdas de cuando Apeles vino aquí para pintar ese cuadro?
—Sí, me acuerdo muy bien —repuso Barsine, que se recostaba siempre de espaldas a aquella obra, al no haberse podido acostumbrar nunca al descaro de los griegos y a su modo de representar la desnudez.
—¿Y te acuerdas de la modelo que posaba para él como Afrodita?
—Por supuesto. Era estupenda, una de las mujeres más espléndidas que haya visto yo jamás, digna de personificar a la diosa del amor y de la belleza.
—Pues era la amante griega de Alejandro.
—¿Hablas en serio?
—Así es. Se llama Kampaspe, y cuando se desnudó ante Alejandro por vez primera, él se quedó tan fascinado que mandó llamar a Apeles para que la pintara desnuda. Pero luego se dio cuenta de que el pintor se había enamorado perdidamente de ella. Cosas que pasan entre un artista y su modelo. ¿Y sabes qué hizo? Pues se la regaló, pero, eso sí, a cambio quiso el cuadro. Alejandro no se deja subyugar por nada, ni siquiera por el amor, me temo. Es peligroso, te digo.
Barsine le miró a los ojos.
—¿Y tú? ¿Te dejas vencer por el amor?
Memnón le devolvió la mirada.
—Es el único adversario por el que acepto ser derrotado.
Se presentaron los hijos para despedirse antes de irse a la cama y besaron tanto al padre como a la madre.
—¿Cuándo nos llevarás contigo a la batalla, papá? —preguntó el mayor de ellos.
—Aún falta —repuso Memnón—. Tenéis que crecer. —Y luego, cuando se hubieron alejado, añadió, bajando la cabeza sobre el pecho—: Y decidir de qué bando queréis estar.
Barsine permaneció en silencio unos momentos.
—¿En qué piensas? —le preguntó el marido.
—En la próxima batalla, en los peligros que deberás arrostrar, en la angustia con que aguardaré desde la torre ver aparecer un mensajero para anunciarme si estás vivo o muerto.
—Es mi vida, Barsine. Soy un soldado de oficio.
—Lo sé, pero saberlo no me es de gran ayuda. ¿Cuándo tendrá lugar?
—¿El enfrentamiento con Alejandro? Pues pronto, aunque yo no esté de acuerdo. Muy pronto.
Terminaron de cenar con un vino dulce de Chipre; luego Memnón levantó la mirada hacia el cuadro de Apeles que tenía enfrente. El dios Ares estaba representado en él despojado de sus armas, que descansaban en el suelo sobre la hierba, y la diosa Afrodita estaba sentada a su lado, desnuda, con la cabeza apoyada contra el vientre de él y las manos en sus muslos.
Se volvió hacia Barsine y la tomó de la mano.
—Vamos a la cama —dijo.


Tolomeo volvió de su ronda de inspección a lo largo de la empalizada del campamento y se dirigió hacia el cuerpo de guardia principal, a fin de asegurarse del cumplimiento de los turnos siguientes.
Vio que había aún luz en la tienda de campaña de Alejandro y se acercó. Peritas dormitaba en su cubil y no se dignó siquiera dirigirle una mirada. Pasó por entre los guardianes y asomó la cabeza.
—¿Hay un vaso de vino para un viejo soldado fatigado y sediento?
—He adivinado que eras tú apenas he visto asomar la nariz —bromeó Alejandro—. Ven, sírvete. He mandado a Leptina a la cama.
Tolomeo se llenó una copa de vino de una jarra y se la echó al coleto de un trago.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó echando un vistazo a hurtadillas por encima del hombro del rey.
—Jenofonte, La expedición de los diez mil.
—Ah, ese Jenofonte. Consiguió hacer de una simple expedición una empresa más gloriosa que la guerra de Troya...
Alejandro garrapateó una nota en una hoja, apoyó su puñal sobre él rollo a modo de punto y levantó la cabeza.
—En cambio, se trata de un libro extraordinariamente interesante. Escucha esto:
Ahora es ya tarde avanzada, la hora en que generalmente los bárbaros se retiran, pues tienen en efecto la costumbre de acampar a no menos de sesenta estadios, por temor a que, cuando caen las tinieblas, los griegos les asalten. De noche, en efecto, el ejército persa no vale gran cosa. Acostumbran atar los caballos y, por lo general, los dejan pastando para que no se escapen si se desataran. Por eso, si se produce algún ataque nocturno, el persa tiene que soltar el caballo, ponerle el bocado y las bridas, equiparse con la armadura y montar en la silla, operaciones todas ellas dificultosas en medio de la oscuridad de la noche y del tumulto de un ataque...*
Tolomeo asintió.
—¿Y crees que responde a la verdad?
—¿Por qué no? Cada ejército tiene sus costumbres y siente apego por ellas.
—¿En qué estás pensando?
—Los exploradores me han contado que los persas salieron de Zelea hacia occidente. Lo cual significa que vienen a nuestro encuentro para interceptarnos el paso.
—Todo hace pensar que así es.
—En efecto... Ahora escucha. Si tú fueses su jefe, ¿qué lugar elegirías para bloquear nuestro avance?
Tolomeo se acercó a la mesa en la que había desplegado un mapa de Anatolia, tomó un velón y lo pasó por delante y por detrás de la línea de la costa hacia el interior. Luego se detuvo.
—Aquí debería estar ese río. ¿Cómo se llama?
—Se llama Gránico —respondió Alejandro—. Y es muy probable que nos esperen allí.
—Y tú estás planeando pasar el río en plena oscuridad y atacarles en la otra orilla antes de la salida del sol. ¿Lo he adivinado?
Alejandro volvió a hojear a Jenofonte.
—Ya te lo he dicho, ésta es una obra muy interesante. Deberías conseguirte una copia.
Tolomeo sacudió la cabeza.
—¿Qué es lo que no marcha?
—Oh, no, el plan es excelente. Sólo que...
—¿El qué?
—Bueno, no sé. Tras tu danza alrededor del túmulo de Aquiles y después de haber cogido sus armas del templo de Atenea Ilíaca, yo me imaginaba una batalla en campo abierto, a la luz del sol, frente a frente. Una batalla... homérica, si puede decirse así.
—Lo será —replicó Alejandro—. ¿Por qué crees que me he traído a Calístenes? Pero por ahora no arriesgaré inútilmente la vida de un solo hombre, si no me veo obligado a hacerlo. Y lo mismo debes hacer tú.
—Descuida.
Tolomeo se sentó y se quedó mirando a su rey, que seguía tomando apuntes del rollo que tenía delante.
—Ese Memnón es un hueso duro de roer —prosiguió al cabo de un poco.
—Lo sé. Parmenión me ha contado cosas de él.
—¿Y la caballería persa?
—Tenemos lanzas más largas y astas más recias.
—Esperemos que basten.
—El resto lo harán la sorpresa y nuestra voluntad de vencer. Llegados a este punto, hemos de derrotarles a toda costa. Ahora, si quieres un consejo, vete a descansar. Las trompas sonarán antes del alba y marcharemos durante todo el día.
—Quieres estar en posición mañana por la noche, ¿no es así?
—Exacto. Tendremos el Consejo de guerra a orillas del Gránico.
—¿Y tú? ¿No vas a dormir?
—Ya habrá tiempo de dormir... Que los dioses te concedan una noche tranquila, Tolomeo.
—Y a ti también, Alejandro.
Tolomeo se llegó a su tienda, que había sido plantada sobre una pequeña elevación del terreno cerca de la empalizada oriental del campamento, se lavó, se cambió y se preparó para la noche. Echó un último vistazo afuera antes de acostarse y vio que seguía habiendo luz únicamente en dos tiendas: en la de Alejandro y en la, mucho más distante, de Parmenión.
Las trompas sonaron antes del amanecer, tal como Alejandro había ordenado, pero los cocineros estaban ya en pie desde hacía rato y habían preparado el desayuno: pequeñas ollas humeantes de maza, las gachas semilíquidas de cebada enriquecida con queso. Para los oficiales había, en cambio, tortillas de trigo, queso de oveja y leche de vaca.
Al segundo toque, el soberano montó a caballo y se puso a la cabeza del ejército, cerca de la puerta de poniente del campamento, acompañado por su guardia personal y por Pérdicas, Crátero y Lisímaco. Detrás de él se puso en marcha la falange de los pezetairoi, precedida por los escuadrones de caballería ligera, seguida por la infantería pesada griega y por las tropas auxiliares tracias, tribalas y agrianas, y flanqueada por dos líneas de caballería pesada.
El cielo se teñía de rosa hacia levante y el aire se llenaba del gorjeo de los gorriones y del canto de los mirlos. Bandadas de palomas torcaces se alzaban de los bosques cercanos a medida que el rumor cadencioso de la marcha y el tintinear de las armas las despertaban del entumecimiento nocturno.
Frigia se extendía ante los ojos de Alejandro con un paisaje de colinas cubiertas de abetos, de pequeños valles recorridos por torrentes cristalinos, a lo largo de los cuales se alzaban ringleras de álamos plateados y sauces de brillante follaje. Los rebaños y las manadas salían a pastar, guiados por sus pastores y vigilados por los perros; la vida parecía seguir tranquilamente su curso como si el sonido amenazante del ejército en marcha pudiera confundirse sin ningún contraste con el balido de los corderos y el mugido de los terneros.
A derecha e izquierda del ejército, en los valles paralelos a la dirección de la marcha, avanzaban grupos de exploradores sin enseñas ni armadura, camuflados, con la misión de mantener alejados a eventuales espías de los persas. Pero era una precaución inútil, puesto que cualquier pastor o campesino podía ser un espía enemigo.
Al final de la columna, escoltado por una media docena de jinetes tesalios, avanzaba Calístenes, junto con Filotas y un mulo con dos alforjas llenas de rollos de papiro. De vez en cuando, en los momentos de descanso, el historiador apoyaba en tierra un escabel, tomaba de una de las alforjas una tablilla de madera y un rollo y comenzaba a escribir ante la mirada llena de curiosidad de los soldados.
No había tardado en correr la noticia de que sería aquel joven huesudo y de aire resabiado el encargado de narrar la historia de la expedición y cada cual esperaba en su corazón poder, antes o después, ser inmortalizado en aquellas páginas. Ninguno, en cambio, se interesaba por las secas relaciones diarias que eran redactadas por Eumenes y por los restantes oficiales encargados de llevar el diario de marcha y de planear las etapas.
Hicieron un alto para la comida mediada la jornada y a continuación, ya cerca del Gránico, se detuvieron de nuevo por orden de Alejandro, al resguardo de una baja cadena de colinas, a esperar que cayera la noche.
Poco antes de la puesta del sol el rey convocó al Consejo de guerra en su tienda de campaña y expuso el plan de batalla. Estaban presentes Crátero, que estaba al mando de una sección de la caballería pesada, Parmenión, que tenía la responsabilidad del mando de la falange de los pezetairoi, y Clito El Negro. Se encontraban allí además todos los compañeros de Alejandro, que componían su guardia personal y militaban en la caballería: Tolomeo, Lisímaco, Seleuco, Hefestión, Leonato, Pérdicas, y también Eumenes, quien seguía presentándose en la reuniones con atavíos militares: coraza, polainas y cinto; parecía haberle tomado gusto.
—Tan pronto como oscurezca —comenzó diciendo el rey— una unidad de asalto de la caballería ligera y de las tropas auxiliares pasarán el río y se acercarán lo más posible al campamento persa para tenerlo bajo observación. Que alguno regrese inmediatamente para informarnos de la distancia a que se encuentra del río; si en el curso de la noche los bárbaros se movieran por alguna razón, serán enviados otros exploradores para que traigan noticias.
»No encenderemos fuegos y mañana por la mañana los jefes de batallón y los de los escuadrones llamarán a diana sin toques de trompa poco antes de que salga de guardia el cuarto turno. Si el camino está despejado, la caballería será la primera en cruzar el río, formará en la otra orilla y, cuando la infantería se haya reunido con ella, se pondrá en marcha.
»Ése será el momento crucial de toda la jornada —observó dirigiendo a su alrededor la mirada—. Si mis cálculos son exactos, los persas estarán aún en sus tiendas, o en cualquier caso no formados. En ese momento, tras calcular nuestra distancia del frente enemigo, desencadenaremos el ataque con una carga de caballería que tratará de crear la confusión entre las filas de los bárbaros. Acto seguido, la falange asestará el golpe de gracia. Las tropas auxiliares y las unidades de asalto se encargarán del resto.
—¿Quién mandará la caballería? —preguntó Parmenión, que había permanecido en silencio hasta aquel momento.
—Yo —repuso Alejandro.
—Lo desaconsejo, señor. Es demasiado peligroso. Deja que lo haga Crátero. Estaba conmigo en la primera expedición a Asia y es persona muy experta.
—El general Parmenión tiene razón —intervino Seleuco—. Es nuestro primer enfrentamiento con los persas, ¿para qué correr el riesgo de comprometerlo?
El soberano levantó la mano para poner fin a la discusión.
—Me visteis combatir en Queronea contra el Batallón Sagrado y en el río Istro contra los tracios y tribalos. ¿Cómo podéis pensar que me comportaré ahora de distinto modo? Mandaré personalmente La Punta y seré el primer macedonio en entrar en contacto con el enemigo. Mis hombres deben saber que arrostro los mismos peligros que arrostran ellos y que en esta batalla nos lo jugamos todo, incluso la vida. No tengo otra cosa que deciros por ahora. Os espero a todos a cenar.
Nadie tuvo el valor de replicarle, pero Eumenes, sentado al lado de Parmenión, le susurró al oído:
—Yo pondría cerca de él a alguien con especial experiencia, alguien que haya luchado contra los persas y conozca su técnica.
—Ya he pensado en ello —le tranquilizó el general—. Estará El Negro al lado del rey. Ya verás que todo sale bien.
El Consejo fue disuelto. Salieron todos y se reunieron con sus unidades para impartir las últimas órdenes. Eumenes se quedó atrás y se acercó a Alejandro.
—Quería decirte que tu plan es excelente, pero queda una incógnita, y de consideración.
—Los mercenarios de Memnón.
—Por supuesto. Si se cierran en cuadro, será duro incluso para la caballería.
—Lo sé. Nuestra falange podría encontrarse en dificultades, quizá podría verse obligada a hacer uso de las armas cortas, la espada y el hacha. Pero hay otra cosa...
Eumenes se sentó y se echó el manto sobre las rodillas. Aquella actitud le recordó a Alejandro a su padre Filipo, cuando éste se sentaba después de un exabrupto. Pero en el caso de Eumenes era otro el motivo: de noche hacía fresco, y él no estaba acostumbrado a ir dando vueltas con el corto quitón militar, por lo que se le ponía la piel de gallina en las piernas.
El soberano tomó un rollo de papiro de su famosa cajita, la que contenía la edición de Homero regalo de Aristóteles, y lo abrió sobre la mesa.
—¿Verdad que conoces La expedición de los diez mil?
—¡Ya lo creo, ahora se lee en todas las escuelas! Es una prosa que fluye muy bien y los muchachos tampoco la encuentran difícil.
—Bien, pues entonces escucha. Estamos en el campo de batalla de Cunaxa, hace unos setenta años, y Ciro el Joven le habla al comandante Clearco:
Le ordenó conducir sus tropas contra el centro enemigo porque estaba el rey. «Si le damos muerte a él —afirmó—, el resto está hecho.»
—Así pues, querrías dar muerte al jefe enemigo con tus propias manos —dijo Eumenes en un tono de absoluta desaprobación.
—Por esto pienso mandar yo La Punta. Luego nos ocuparemos de los mercenarios de Memnón.
—Entendido; me voy, ya que no vas a escuchar mis consejos.
—No, señor secretario general. —Alejandro rió—. Pero ello no significa que no sienta aprecio por ti.
—También yo te aprecio, maldito testarudo. Que los dioses te protejan.
—Y también a ti, amigo mío.
Eumenes salió, se acercó a su tienda, se despojó de la armadura, se abrigó y se puso a leer un manual de táctica militar, esperando que fuera la hora de la cena.


El río discurría rápido, crecido a consecuencia del deshielo de las nieves en los montes Pónticos, y un ligero viento, de poniente, agitaba las copas de los álamos que crecían a lo largo de las orillas. Unas orillas escarpadas, arcillosas, empapadas por las recientes lluvias.
Alejandro, Hefestión, Seleuco y Pérdicas estaban apostados en una pequeña elevación desde la cual podían ver tanto el curso del Gránico como un trecho de territorio allende la orilla oriental.
—¿Qué os parece? —preguntó el soberano.
—La arcilla de las orillas está empapada —observó Seleuco—. Si los bárbaros cierran filas a lo largo del río, nos cubrirán de dardos y jabalinas, nos diezmarán antes de que hayamos alcanzado la orilla opuesta y, una vez allí, nuestros caballos se hundirán hasta los corvejones en el fango, muchos de ellos no podrán avanzar y estaremos de nuevo a merced de los enemigos.
—No es una situación fácil —comentó Pérdicas lacónico.
—Es pronto para preocuparse. Esperemos a que regresen los exploradores.
Permanecieron en silencio un rato; el borboteo de las aguas era dominado tan sólo por el croar monótono de las ranas en las cercanas charcas y por el sonido de los grillos que comenzaba a dejarse sentir en la noche serena. En determinado momento, se oyó un reclamo, como el canto de un búho.
—Son ellos —dijo Hefestión.
Advirtieron un ruido de arcilla pisoteada y luego el borbollar del río en torno de dos siluetas oscuras que cruzaban el vado: eran dos exploradores del batallón de «portadores de escudo».
—¿Qué noticias hay? —preguntó Alejandro con impaciencia.
Los dos tenían un aspecto horrible, completamente cubiertos de fango rojo de la cabeza a los pies.
—Rey —anunció el primero—, los bárbaros están a tres o cuatro estadios del Gránico, en una loma que domina la explanada hasta el río. Tienen una doble línea de centinelas y cuatro escuadras de arqueros que patrullan la zona entre el campamento y la orilla del río. Además, alrededor, en los cuerpos de guardia, hay fogatas encendidas y los centinelas proyectan en torno la luz de los fuegos con la concavidad de los escudos bruñidos.
—Bien —dijo Alejandro—. Volved atrás y permaneced en la otra orilla. Al menor movimiento o señal en el campamento enemigo, corred por ese lado y dad la alarma al piquete de caballería que hay detrás de aquellos álamos. Yo lo sabré en pocos instantes y podré moverme como considere más oportuno. Ahora podéis iros, y procurad que no os descubran.
Los dos volvieron a bajar al lecho del río y lo atravesaron de nuevo con el agua hasta la cintura. Alejandro y los compañeros se acercaron a los caballos para regresar al campamento.
—¿Y si nos los encontramos mañana en la orilla del Gránico? —preguntó Pérdicas tomando a su caballo negro por el ronzal.
Alejandro se pasó rápidamente una mano por los cabellos, como hacía siempre que tenía la cabeza llena de pensamientos.
—En ese caso tendrán que formar la infantería cerca del río. ¿Qué sentido tiene emplear la caballería para mantener una posición fija?
—Es cierto —asintió Pérdicas cada vez más lacónico.
—Así pues, ellos formarán la infantería, y nosotros les mandaremos las tropas de asalto tracias, tribalas y agrianas, más los «portadores de escudo», a los que cubrirá un nutrido lanzamiento de flechas y jabalinas a cargo de la infantería ligera. Si los nuestros consiguen desalojar a los bárbaros de la orilla, haremos avanzar a la infantería pesada griega así como a la falange, mientras la caballería les protege los flancos. En cualquier caso, es pronto para tomar decisiones. Volvamos atrás, pues dentro de poco tiene que estar lista la cena.
Regresaron al campamento y Alejandro invitó a los comandantes a su tienda, incluidos los jefes de las tropas auxiliares extranjeras, que se sintieron sumamente honrados.
Comieron armados, tal como exigía la situación. El vino fue servido a la manera griega, con tres partes de agua, de modo que pudiera abordarse la discusión con la necesaria lucidez; además, los agrianos y los tribalos ebrios eran peligrosos.
El soberano les puso al corriente de las últimas noticias de la evolución de la situación y todos dejaron escapar un suspiro de alivio ante la sola idea de que, al menos en aquel momento, los enemigos no defendían directamente la orilla del río.
—Señor —intervino Parmenión—, El Negro solicita el honor de cubrirte mañana el flanco derecho. Combatió en primera línea durante la campaña anterior contra los persas.
—Y le cubrí también el flanco a tu padre el rey Filipo en más de una ocasión —añadió Clito.
—Entonces estarás a mi lado —confirmó Alejandro.
—¿Tienes otras órdenes que dar? —preguntó Parmenión.
—Sí. He observado que tenemos ya un séquito de mujeres y mercaderes. Los quiero a todos fuera del campamento y que no se les pierda de vista hasta que hayamos concluido el ataque. Y quiero en la orilla del Gránico a un destacamento de infantería ligera en orden de batalla durante toda la noche. Naturalmente, estos hombres no combatirán mañana, pues se encontrarán demasiado cansados.
La cena concluyó temprano; los comandantes se retiraron y también Alejandro se preparó para la noche. Leptina le ayudó a despojarse de la armadura y las vestiduras y a darse un baño, que estaba ya preparado en una zona separada de la tienda real.
—¿Es cierto que combatirás, mi señor? —le preguntó mientras le pasaba la esponja por los hombros.
—Esto no es asunto tuyo, Leptina. Y si sigues escuchando detrás de la tienda, haré que te alejen.
La muchacha bajó la mirada y guardó silencio por un momento. Luego, cuando comprendió que Alejandro no estaba encolerizado, prosiguió:
—¿Y por qué no es asunto mío?
—Porque a ti no te sucederá nada malo el día que yo tenga que caer en combate. Obtendrás la libertad, y una renta suficiente para vivir.
Leptina se le quedó mirando con una intensidad que causaba pena. Le temblaba la barbilla y los ojos se le humedecieron: volvió la cabeza para que él no se diera cuenta.
Pero Alejandro advirtió las lágrimas que corrían por sus mejillas.
—¿Por qué lloras? Me imaginaba que te pondrías contenta.
La muchacha se tragó el llanto y dijo apenas le fue posible:
—Yo estoy contenta mientras te veo, mi señor. Si no te veo, para mí no hay luz, ni aliento ni vida.
Los ruidos del campo se atenuaron: únicamente se oían los centinelas que se daban voces en la oscuridad y el ladrar de los perros vagabundos que merodeaban en busca de algo que comer. Alejandro pareció por un momento aguzar el oído; luego se puso en pie y ella se acercó a secarle.
—Dormiré vestido —afirmó el soberano.
Se puso unas ropas limpias y eligió la armadura que debía de llevar al día siguiente: un yelmo de bronce chapado en plata en forma de cabeza de león con las fauces abiertas, adornado con dos largas plumas blancas de garza real, una coraza ateniense de lino prensado con el peto de bronce en forma de gorgona y un par de grebas de chapa de bronce con el rostro de la diosa Atenea en su parte central.
—Se te verá a la legua —observó Leptina con voz trémula.
—Mis hombres deben verme, así como saber que arriesgo mi vida, antes que la de ellos. Y ahora a dormir. Ya no te necesito.
La muchacha salió con paso rápido y ligero; Alejandro apoyó sus armas en el armero que tenía cerca del catre y apagó el velón. En la oscuridad, la panoplia se distinguía igualmente: hubiérase dicho el fantasma de un guerrero que esperase inmóvil la luz del alba para recobrar vida.