Introducción

Usted no puede beberse la palabra «agua». La fórmula H20 no puede mantener un barco a flote. La palabra «lluvia» no puede mojarle. Usted debe experimentar el agua o la lluvia para saber lo que esas palabras significan verdaderamente. Las palabras por sí solas le alejan de la experiencia.

Y así ocurre con todas las cosas sobre las que escribo en este libro. Las palabras aquí utilizadas pretenden conducirle a la experiencia directa. Si las palabras que empleo le inspiran confianza, es muy probable que usted recoja las ideas que expresan y las convierta en experiencia. Yo creo en estos principios y compruebo que funcionan en todo momento. Ahora me dispongo a compartir mi experiencia con ellos.

También ustedes, en su propia vida, ven esencialmente aquello en lo que creen. Por ejemplo, si usted cree firmemente en la escasez, piensa en ella con asiduidad y la convierte en el tema de sus conversaciones, estoy convencido de que acabará viéndola en su vida. Por otro lado, si usted cree en la felicidad y la abundancia, piensa únicamente en ellas, comenta el tema con los demás y actúa en consecuencia, es muy probable que también acabe viéndola.

Oliver Wendell Holmes dijo en una ocasión: «Cuando la mente del hombre se abre a una nueva idea, nunca vuelve a su dimensión anterior». Los principios sobre los que escribo en este libro quizá le exijan abrirse a nuevas ideas. Si usted decide aceptarlas y aplicarlas a su vida, sentirá las marcas dejadas por la apertura en su mente y nunca más volverá a ser el que había sido antes.

El pronombre «lo» aparece dos veces en el título de este libro[1] y se refiere a lo que podría denominarse «transformación personal». Dicha transformación viene dada por el conocimiento profundo de que el ser humano representa mucho más que un cuerpo físico, y de que su esencia incluye la capacidad de pensar y sentir, de poseer una conciencia superior y de saber que existe una inteligencia que llena todas las formas del universo. Usted tiene capacidad para encontrar su parte invisible, usar su mente a su antojo y reconocer aquello que conforma su naturaleza humana. Su dimensión humana no se refiere a una forma o un cuerpo, sino a algo mucho más trascendental, guiado por unas fuerzas del universo que están siempre en funcionamiento.

Los principios expuestos en este libro parten de una premisa: usted es un alma acompañada de un cuerpo, en vez de un cuerpo dotado de alma. Es decir, usted no es un ser humano con una experiencia espiritual, sino un ser espiritual con una experiencia humana. He ilustrado estos principios con ejemplos que forman parte de mi propia trayectoria de transformación personal. Estos principios actúan en el universo incluso mientras usted se halla sentado leyendo estas palabras. Funcionan a pesar de la opinión que usted pueda tener sobre ellos. Es algo comparable a los procesos digestivos y circulatorios que siguen su curso sin contar con su colaboración consciente. El hecho de creer o no creer en estos principios carece de importancia porque ellos continuarán ejecutando su tarea sin solicitarle su aprobación. Pero si usted se decide en su favor, puede encontrarse viviendo en un estrato totalmente nuevo y disfrutando de una clase de conocimiento superior, un despertar, por llamarle de alguna manera.

Su resistencia no le traerá ningún beneficio. Con esta afirmación quiero decir que usted continuará con sus viejas ideas y vivirá según la consabida frase de «Si no lo veo no lo creo». Y trabajará con mucho más ahínco, si cabe, para amasar más dinero. Seguirá considerando las apariencias más importantes que la calidad. Se guiará por las reglas antes que por la ética. Si usted pertenece al grupo de los indecisos, le recomiendo que se mantenga junto a aquello con lo que esté familiarizado. Cuando ya no pueda resistir más inicie su trayectoria de transformación personal, algo así como un «despertar», estará usted en un viaje sin retorno. Desarrollará un conocimiento tan profundo que llegará a preguntarse cómo pudo haber vivido anteriormente de otro modo. El despertar a la nueva vida comienza a guiarle, y entonces usted sencillamente sabe en su interior que va por buen camino, y ni siquiera es consciente de las protestas de quienes han elegido otra senda.

Yo nunca había imaginado que necesitaría un cambio. No me había trazado ningún plan para modificar mi forma de hacer, ni me había marcado ideales que pudieran mejorar mi vida. Estaba seguro de que había llevado la vida que había deseado. Había obtenido un considerable éxito profesional, y nada parecía faltarme. Sin embargo, he experimentado una gran transformación que ha realzado de un modo especial cada uno de mis días, y que no hubiera creído posible hace unos años.

Nací en 1940, y me convertí en el benjamín de una familia que ya contaba con dos hijos menores de cuatro años. Mi padre, a quien nunca conocí, nos abandonó cuando yo tenía dos años. Según las historias que han llegado a mis oídos, era un hombre problemático, holgazán y bebedor empedernido, que abusó de mi madre, tuvo sus más y sus menos con la ley y pasó algún tiempo en la cárcel. Mi madre vendía caramelos en una tienda de mala muerte situada en el lado este de Detroit, y los diecisiete dólares semanales que percibía sólo le servían para cubrir los gastos del tranvía y del sueldo de quien nos cuidaba cuando ella se ausentaba. No recibíamos ninguna ayuda de la beneficencia.

Pasé buena parte de mis primeros años en hogares adoptivos, que mi madre visitaba cuando le era posible. Todo lo que llegué a saber de mi padre me lo contaron mis dos hermanos. Me imaginaba a una persona violenta y despiadada, a la que ninguno de nosotros le importaba lo más mínimo. Cuanto más sabía de él, más le aborrecía, y cuanto más le aborrecía, más me enfurecía. Finalmente mi cólera se convirtió en curiosidad y empecé a soñar con la posibilidad de conocerle y enfrentarme con él cara a cara. El odio y el deseo de conocer a ese hombre para poder obtener sus respuestas me obsesionaban.

En 1949 mi madre se volvió a casar y nos reunió a todos de nuevo. A partir de ese momento ninguno de mis hermanos volvió a mencionar a mi padre, y mis indagaciones siempre se vieron censuradas por una mirada que significaba: «No es un hombre bueno. ¿Por qué te empeñas en descubrir más cosas sobre él?». Pero mi curiosidad y mis pesadillas persistieron. A menudo me despertaba sudando y llorando por culpa de algún sueño sobre mi padre que me había resultado demasiado intenso.

A medida que me iba convirtiendo en adulto, mi deseo de conocer a ese hombre se volvió más impetuoso. Me obsesioné con la idea de dar con él. Los miembros de su familia le protegían porque temían que mi madre le demandara por la falta de manutención de aquellos años. Sin embargo, yo seguía haciendo preguntas, efectuando llamadas telefónicas a parientes que ni siquiera conocía y viajando a ciudades lejanas para charlar con sus ex esposas sobre él. Como de costumbre, mi búsqueda acababa en frustración. Me quedaba sin dinero para seguir las pistas, o tenía que asumir mis responsabilidades incorporándome al ejército, yendo a la universidad o formando mi propia familia.

En 1970 recibí una llamada de un primo al que nunca llegué a conocer, el cual había oído el rumor de que mi padre había fallecido en Nueva Orleans. Pero en ese momento yo no estaba en condiciones de ponerme a investigar sobre el caso. Estaba finalizando mis estudios de doctorado y a punto de trasladarme a Nueva York para aceptar un puesto de profesor adjunto en St. John’s University, pasando por un angustioso divorcio y atascado a la hora de escribir.

En los años siguientes colaboré en la preparación de varios manuales sobre asesoramiento y psicoterapia. No deseaba continuar escribiendo para un público estrictamente profesional, pero no me quedaba otra alternativa. Estaba atrapado a nivel personal (mi divorcio), físico (mi sobrepeso y pésima forma física) y espiritual (mi pragmatismo puro, carente de todo pensamiento metafísico). Mis sueños sobre mi padre cobraron fuerza. A veces me despertaba sobresaltado, furioso porque había soñado que daba una paliza a mi padre mientras él me sonreía. Fue entonces cuando llegué al momento crucial de mi vida.

En 1974, una colega de la universidad me ofreció un puesto en el Sur. Ella coordinaba un programa financiado por el Gobierno que intentaba comprobar el grado de adecuación de las universidades del Sur a la legislación de los derechos civiles de los años sesenta. Quería que yo visitara la Universidad Estatal para Mujeres de Columbus (Misisipí). Cuando decidí aceptarlo, llamé primero a la enfermería en la que según mi primo había estado mi padre. Allí me comunicaron que Melvin Lyle Dyer había muerto de cirrosis hepática y otras complicaciones hacía diez años, y que su cadáver había sido trasladado a Biloxi (Misisipí). Columbus está a unos trescientos veinte kilómetros de Biloxi. Fue entonces cuando me di cuenta de que todo había acabado. Decidí que al finalizar mi visita a la universidad completaría mi viaje y haría todo lo necesario para poner punto final a ese capítulo de mi vida.

Todavía tenía esperanzas de encontrar alguna respuesta a este asunto sin resolver. Sentía curiosidad por saber si mi padre había dicho a los responsables del hospital que tenía tres hijos, y si nuestros nombres figuraban en el certificado de defunción. Pretendía hablar con sus amigos en Biloxi para descubrir si él nos había nombrado alguna vez. ¿Habría intentado averiguar en secreto cómo les iba la vida a su ex esposa y a sus hijos? ¿Le importaba algo? ¿Habría tenido una capacidad de amar que tal vez había ocultado? Lo que más me interesaba era saber cómo se las había arreglado para dar la espalda a su familia durante toda una vida. Buscaba constantemente una muestra de afecto que pudiera haber dejado, y sin embargo, mi odio con respecto a su comportamiento de aquellos años seguía obsesionándome. A mis treinta y cuatro años, me sentía controlado por un hombre que había muerto hacía una década.

Alquilé un coche nuevo, quiero decir flamante, para dirigirme a Biloxi. El cuentakilómetros sólo marcaba un número: doce. Cuando me disponía a sentarme al volante y a colocarme el cinturón advertí que faltaba el cinturón del acompañante. Salí del coche, desmonté el asiento y de pronto apareció, pegado al suelo del coche con cinta aislante, con la hebilla cubierta de plástico y una goma. Desprendí la cinta y el plástico, y encontré una tarjeta comercial metida en la hebilla. Decía: «Hostal Candlelight... Biloxi, Misisipí», y contenía unas flechas que indicaban el camino. Aquello me resultó extraño, pues el coche no había sido utilizado por nadie antes de que yo lo alquilara. De todas formas, me guardé la tarjeta en el bolsillo de la camisa.

Llegué a los alrededores de Biloxi a las 4.50 de la tarde de un viernes y estacioné en la primera gasolinera que vi, para telefonear desde allí a todos los cementerios de Biloxi. En la guía aparecían tres. En el primero comunicaban y en el segundo no contestaban, así que marqué el tercer número, que era el menos singular de la lista. En respuesta a mi pregunta, una voz de hombre ya mayor me dijo que iba a comprobar si mi padre estaba sepultado allí. Tardó unos diez minutos, y cuando ya me disponía a tirar la toalla, colgar y esperar hasta el lunes por la mañana para proseguir mis averiguaciones, el hombre regresó y pronunció las palabras que ponían fin al viaje de toda una vida:

—Sí —dijo—. Su padre fue enterrado aquí.

Y me dio la fecha de su inhumación.

El corazón me latía con fuerza por la emoción. Le pregunté si me sería posible visitar la tumba esa misma tarde.

—Por supuesto, si cuando se marche es tan amable de volver a colocar la cadena de la entrada, puede venir cuando guste —me contestó. Y antes de que pudiera preguntarle cómo llegar al cementerio, añadió—: Su padre está enterrado junto a las tierras del hostal Candlelight. Cualquiera en la gasolinera podrá indicarle cómo llegar a él.

Temblando, alargué la mano hacia el bolsillo de la camisa y eché una ojeada a la tarjeta y a las flechas. Me hallaba a tres manzanas del cementerio.

Cuando finalmente me encontré delante de su lápida leyendo MELVIN LYLE DYER, me quedé paralizado. Estuve dos horas y media conversando con mi padre por primera vez. Grité sin pensar en si había alguien a mi alrededor. Y hablé en voz alta, exigiendo respuestas a una tumba. A medida que el tiempo transcurría, empecé a experimentar una profunda sensación de alivio y me tranquilicé. La calma reinante era tan sobrecogedora que llegué a pensar que mi padre estaba a mi lado. No le hablaba a una lápida. De alguna manera me hallaba en presencia de algo que no podía, ni puedo, explicar.

Reanudando aquel monólogo, dije: «Siento como si de algún modo me hubieran traído aquí hoy, e intuyo que usted ha tenido relación con ello. Desconozco su papel, si es que lo tiene, pero estoy convencido de que ha llegado el momento de dejar a un lado la rabia y el odio que tanto me han hecho sufrir durante estos años. Quiero que sepa que a partir de este momento, todo ello se ha desvanecido. Le perdono. No sé qué le impulsó a llevar su vida como lo hizo. Estoy seguro de que habrá pasado por momentos de desesperación, sabiendo que tenía tres hijos a los que nunca volvería a ver. Sea lo que fuere lo que ocurría en su interior, quiero que sepa que ya no le odiaré. Cuando piense en usted, lo haré con amor y compasión. Me estoy desprendiendo de todo ese desorden que existe en mí. En el fondo, sé que sólo hizo lo que podía hacer según las circunstancias de la vida en ese momento. A pesar de que no recuerdo haberle visto nunca y de que mi deseo más ferviente era conocerle en persona y escuchar sus propias palabras, no permitiré que esos pensamientos me impidan sentir el amor que ahora tengo por usted». Aquel día, delante de la solitaria lápida al sur de Misisipí, pronuncié palabras que nunca he olvidado, porque marcaron mi forma de vivir a partir de entonces: «Le envío mi amor... Le envío mi amor... De todo corazón le envío todo mi amor».

En un momento de pureza y honestidad experimenté el sentimiento de perdón por el hombre que había sido mi padre y por el niño que yo había sido y que tanto había deseado conocerlo y amarlo. Me invadió una sensación de paz y purificación totalmente nueva para mí. Aunque en ese instante no era consciente de lo que me estaba sucediendo, aquel sencillo acto de perdón iba a significar el comienzo de una nueva dimensión en mi vida. Estaba en el umbral de una etapa de mi vida en la que iba a verme rodeado de unos mundos que nunca hubiera imaginado en aquellos días.

Cuando regresé a Nueva York empezaron a producirse una serie de milagros. Escribí Tus zonas erróneas con cierta facilidad. Un agente literario apareció en mi vida en el momento justo y bajo unas «extrañas» circunstancias. Tuve una entrevista con un directivo de la editorial T. Y. Crowell, y al cabo de unos días me comunicaron que iban a publicar mi libro.

Cada paso a lo largo del camino hacia Tus zonas erróneas parecía un milagro. Con una frecuencia que me resultaba encantadora, ocurrían hechos extraños y a la vez maravillosos. La persona «adecuada» estaba allí cuando la necesitaba. El hecho de haber realizado el contacto perfecto constituía una de las circunstancias más extrañas. Mi programa como orador se amplió y mis conferencias ante el público se me hacían cada vez más fáciles. Acabé hablando sin ningún tipo de apunte, aunque los seminarios durasen seis u ocho horas. Posteriormente mis charlas se convirtieron en una serie de cintas grabadas que gozaron de mucho éxito. Mi propia vida personal mejoró casi de inmediato, y empecé a tomar decisiones sobre asuntos que había meditado durante años. En un abrir y cerrar de ojos había conseguido lo que todo autor anhela. Mi libro era el más vendido de los Estados Unidos y me hallaba en la cumbre de mi carrera, apareciendo en programas radiofónicos de gran audiencia. En los años siguientes mi actividad como escritor me llevó hacia otros derroteros. Pasé de escribir sobre «cómo» utilizar ciertas estrategias para conocerse uno mismo a escribir sobre «cómo» llegar a ser una persona más positiva. Pasé de contar a la gente cómo hacer alguna cosa a escribir sobre la importancia de acceder a niveles transcendentales como seres humanos.

Hoy estoy convencido de que mi experiencia del perdón, aunque fue emocionalmente agotadora, supuso el inicio de mi transformación. Significó mi primer encuentro con el poder de mi propia mente para traspasar lo que yo consideraba previamente como las barreras del mundo físico y de mi cuerpo físico.

Pablo Picasso dijo en una ocasión: «Cuando trabajo dejo mi cuerpo al otro lado de la puerta, al igual que los musulmanes? hacen con sus zapatos antes de entrar en las mezquitas». Esto es lo que hice cuando escribí este libro. Dejé mi cuerpo al otro lado de la puerta. Con ello quiero decir que el mundo de los dolores y las intrusiones se quedó fuera, y que a mis dominios de escritor sólo entró mi mente. En el mundo del pensamiento puro no existen límites. ¿Cuál es el límite de su imaginación? Esta parte de mí constituida por mis pensamientos es energía pura que permite que las ideas se plasmen en palabras y luego tomen forma en mi máquina de escribir. No hay excusas, ni cansancio, ni temores, ni angustia, simplemente energía que de algún modo fluye de mí hacia usted sin limitación alguna. A medida que voy creando me doy cuenta de que estas palabras e ideas no son sólo para mí, de que yo soy la vía por la que ellas fluyen y de que, cuando me abro, soy libre y dejo mi cuerpo al otro lado de mi puerta como Picasso, entonces formo parte de un proceso creativo que está relacionado con un despertar. Este libro trata precisamente de este proceso del despertar y de las recompensas inherentes a todo proceso transformador.

Para iniciar este proceso del despertar usted debe familiarizarse con el concepto de paradoja. ¿Por qué? Porque usted es una gran paradoja que camina, habla y respira en cada momento de su vida. El Bhagavad Gita, uno de los libros espirituales más antiguos de nuestro planeta, resume la paradoja en los siguientes términos:

Por la pasión hacia las «parejas de opuestos»,

por aquellas dicotomías de gusto y aversión, príncipe,

todas las criaturas viven confundidas, salvo algunas

que, libres de pecado, santas en acto, cultas,

se liberan de los «opuestos» y llevadas por la fe

se abren paso hacia mí.

Y usted continuará confundido a no ser que se familiarice con opuestos como los siguientes. Usted existe a la vez en la forma, con todas las reglas y leyes aplicables a la forma, y en la no-forma, con un conjunto de reglas y leyes totalmente opuesto. Usted es, en su mismo cuerpo, tímido y agresivo. Es perezoso y trabajador. Consigue una mayor aceptación cuando menos interesado se muestra. Cuanto más aprieta el agua menos líquido tiene en sus manos. Las cosas que nos preocupan en los otros son lecciones que debemos aprender por nosotros mismos. Usted no puede examinar únicamente el polo norte de un imán; por muy delgado que usted lo corte, siempre habrá un polo sur que deberá tenerse en consideración. La dualidad siempre está presente. Antes de que abandone esta idea según le dicte la circunvolución cerebral izquierda, recuerde que usted posee al mismo tiempo un lado intuitivo en la parte derecha del cerebro que permite que los opuestos coexistan en perfecta armonía. Siempre me ha fascinado la descripción de Ram Dass sobre la paradoja en No te vayas:

La paradoja más exquisita... tan pronto lo deja todo, todo puede ser suyo... Cuando ansia el poder no puede tenerlo. En cuanto no lo desea, puede poseer más del que nunca llegó a imaginar.

Hasta que no consiga familiarizarse con este concepto y se enfrente con su propia situación de existir como una persona llena de forma e informe (es decir, «falta de forma») a la vez, usted se verá luchando con esta paradoja.

Después de escuchar mis cintas sobre la transformación, una mujer me escribió, diciéndome: «Caramba, esto sí que funciona cuando le permites la entrada». Yo no podría explicarlo mejor. Pero William James, en un escrito de 1926, lo define de esta manera:

Los límites más distantes de nuestro ser se sitúan, en mi opinión, en otra dimensión de la existencia, diferente del mundo visible. Llámese región mística, o región sobrenatural, como usted prefiera..., nosotros seguiremos perteneciendo a un mundo mucho más visible. Cuando comulgamos con él, el trabajo es de hecho realizado por nuestra limitada personalidad, puesto que nosotros nos hemos convertido en nuevos hombres.

Hay una cosa de la que estoy seguro: comulgando con todos estos principios universales, escribiendo sobre ellos, viviéndolos día a día, me he transformado en un hombre nuevo, un hombre más feliz, más resuelto, más vivo de lo que me hubiera imaginado jamás capaz. Ahora espero que mis esfuerzos y mi energía se reflejen en este libro y que también contribuyan a marcar grandes cambios en su vida.

Desde el amor y la luz,

WAYNE W. DYER

1989