ANTECEDENTES

Los cuatro magos subían a paso lento los senderos que conducían a la cumbre de la Montaña de la Luz: llegaban de los cuatro puntos cardinales trayendo cada uno una alforja con las maderas perfumadas destinadas al rito del fuego.

El Mago de la Aurora llevaba un manto de seda rosa con matices de azul y calzaba sandalias de piel de ciervo. El Mago del Crepúsculo llevaba una sobrevesta carmesí jaspeada de oro, y de los hombros le colgaba una larga estola de biso recamada con idénticos colores.

El Mago del Mediodía vestía una túnica de púrpura adamascada con espigas de oro y calzaba unas babuchas de piel de serpiente. El último de ellos, el Mago de la Noche, iba ataviado con lana negra, tejida con el vellón de corderos nonatos, constelada de estrellas de plata.

Caminaban como si el ritmo de su andadura fuese marcado por una música que sólo ellos podían oír y se acercaban al templo con paso acompasado, recorriendo distancias iguales, aunque uno subía un repecho pedregoso, el otro andaba por un sendero llano y los últimos avanzaban por el lecho arenoso de ríos ya secos.

Se encontraron ante las cuatro puertas de entrada de la torre de piedra en el mismo instante, justo en el momento en que el alba vestía de una luz perlina el inmenso territorio desierto de la planicie.

Se inclinaron mirándose al rostro a través de los cuatro arcos de entrada y acto seguido se acercaron al altar. El primero en dar comienzo al ritual fue el Mago de la Aurora, que colocó en cuadrado unas ramas de madera de sándalo; le siguió el Mago del Mediodía que añadió, en sentido oblicuo, unas ramitas de acacia formando pequeños haces. El Mago del Crepúsculo amontonó sobre aquella base maderas descortezadas de cedro, recogidas en el bosque del monte Líbano. Por último, el Mago de la Noche puso encima unas ramas peladas y secas de encina del Cáucaso, madera castigada por el rayo, secada por el sol de las alturas. Acto seguido los cuatro extrajeron de las alforjas los sílices sagrados e hicieron saltar al mismo tiempo azuladas chispas en la base de la pequeña pirámide hasta que el fuego comenzó a arder, primero débil, tímidamente, pero luego cada vez más intenso y brioso; las lenguas rojas se tornaron azules y casi blancas, hasta que finalmente fueron semejantes en todo al Fuego del cielo, al aliento divino de Ahura Mazda, dios de verdad y de gloria, señor del tiempo y de la vida.

Sólo la voz pura del fuego murmuraba su arcana poesía dentro de la gran torre de piedra; ni siquiera se oía el respirar de los cuatro hombres inmóviles en el centro de su inmensa patria. Contemplaban arrobados cómo la sagrada llama tomaba su forma de la simple arquitectura de las ramas colocadas artísticamente sobre el altar de piedra, tenían su mirada fija en aquella luz purísima, en aquella danza maravillosa de luz, elevando su plegaria por el pueblo y por el Rey. El Gran Rey, el Rey de Reyes que se sentaba lejos, en la resplandeciente sala de su palacio, la inmortal Persépolis, en medio de un bosque de columnas pintadas de púrpura y de oro, custodiado por toros alados y leones rampantes.

El aire a aquellas horas de la mañana, en aquel lugar mágico y solitario, estaba calmado, tal como debía ser a fin de que el Fuego celeste tomara las formas y los movimientos de su naturaleza divina, que siempre lo empuja hacia lo alto para unirse con el Empíreo, su fuente originaria.

Pero de golpe sopló una fuerza poderosa sobre las llamas y las apagó. Ante la mirada estupefacta de los magos, también las brasas quedaron convertidas en negro carbón.

No hubo ninguna otra señal ni sonido, salvo el fuerte chillido del halcón que ascendía por el vacío cielo, ni hubo tampoco ninguna palabra. Los cuatro hombres se quedaron estupefactos junto al altar, afectados por un triste presagio, derramando lágrimas en silencio.

En aquel mismo instante, muy lejos, en un remoto país de Occidente, una muchacha se acercaba, temblando, a las encinas de un antiguo santuario con el fin de solicitar una bendición para el hijo que sentía moverse por primera vez en su seno. El nombre de la muchacha era Olimpia. El nombre del niño lo reveló el viento que soplaba impetuoso entre las ramas milenarias y agitaba las hojas muertas a los pies de los gigantescos troncos. El nombre era:

ALÉXANDROS

1

Olimpia se había dirigido al santuario de Dodona por una extraña inspiración, por un presagio que la había visitado en sueños mientras dormía al lado de su marido, Filipo, rey de los macedonios, ahíto de vino y de comida.

Soñó que una serpiente reptaba lentamente a lo largo del corredor y que luego entraba silenciosamente en el aposento. Aunque ella la veía, no podía moverse, así como tampoco gritar ni escapar. Los anillos del gran reptil deslizábanse por el suelo de piedra y las escamas relucían con reflejos cobrizos y broncíneos bajo los rayos de la luna que entraban por la ventana.

Por un momento había deseado que Filipo se despertase y la tomase entre sus brazos, le diese calor contra el pecho fuerte y musculoso, la acariciase con sus grandes manos de guerrero, pero su mirada enseguida volvió a posarse sobre el drakon, sobre aquel animal portentoso que se movía como un fantasma, como una criatura mágica, una de ésas que los dioses despiertan por simple placer de las entrañas de la tierra.

Extrañamente, ya no le producía miedo ni sentía ninguna repugnancia; es más, se sentía cada vez más atraída y casi fascinada por aquellos movimientos sinuosos, por aquella potencia silenciosa y llena de gracia.

La serpiente se introdujo bajo las mantas, se deslizó entre sus piernas y sus pechos y ella sintió que la había poseído, ligera y fríamente, sin causarle el menor daño, sin ninguna violencia.

Soñó que su semen se mezclaba con el que el marido había expelido ya dentro de ella con la fuerza de un toro, con la fogosidad de un verraco, antes de caer vencido por el sueño y el vino.

Al día siguiente el rey se puso la armadura, comió carne de jabalí y queso de oveja en compañía de sus generales y partió para la guerra. Una guerra contra un pueblo más bárbaro que sus macedonios: los tribalos, que se vestían con pieles de oso, se cubrían la cabeza con gorras de piel de zorro y vivían a orillas del río Istro, el más grande de Europa.

Se había limitado a decirle:

—Recuerda ofrecer sacrificios a los dioses mientras yo esté ausente y concibe un hijo varón, un heredero que se parezca a mí.

Luego montó sobre su caballo bayo y se lanzó al galope con sus generales, haciendo retumbar el patio bajo los cascos de los caballos de batalla, haciéndolo resonar con el fragor de las armas.

Tras su partida, Olimpia tomó un baño caliente y, mientras sus doncellas le daban masaje en la espalda con esponjas empapadas en esencias de jazmín y de rosas de Pieria, mandó llamar a Artemisia, su nodriza, una anciana de buena familia, de enormes pechos y estrecho talle, que se había traído de Epiro al venir para unirse en matrimonio con Filipo.

Le contó el sueño y le preguntó:

—Mi querida Artemisia, ¿qué significa?

—Hija mía, los sueños son siempre mensajes de los dioses, pero pocos son los que saben interpretarlos. Creo que deberías dirigirte al más antiguo de nuestros santuarios; consulta al oráculo de Dodona, en nuestra patria, Epiro. Allí los sacerdotes se transmiten desde tiempos inmemoriales cómo leer la voz del gran Zeus, el padre de los dioses y de los hombres, que se manifiesta cuando el viento pasa a través de las ramas de las milenarias encinas del santuario, o bien cuando hace susurrar sus hojas en primavera o en verano, o las agita ya secas en torno a los raigones durante el otoño o el invierno.

Y así, pocos días después, Olimpia emprendió viaje camino del santuario erigido en un lugar de imponente grandiosidad, en un valle verdeante enclavado entre boscosos montes.

Decíase de aquel templo que era uno de los más antiguos de la tierra: dos palomas habían emprendido el vuelo de la mano de Zeus cuando hubo conquistado el poder tras expulsar del cielo al padre Cronos. Una había ido a posarse sobre una encina de Dodona, la otra sobre una palmera del oasis de Siwa, entre las ardientes arenas de Libia. En aquellos dos lugares, desde entonces, podía oírse la voz del padre de los dioses.

—¿Qué significa el sueño que he tenido? —preguntó Olimpia a los sacerdotes del santuario.

Éstos se hallaban sentados en círculo en unos asientos de piedra, en medio de un verdísimo prado florido de margaritas y ranúnculos, y estaban escuchando soplar el viento que agitaba las hojas de las encinas. Hubiérase dicho que totalmente arrobados.

Uno de ellos dijo por fin:

—Significa que el hijo que nazca de ti descenderá de la estirpe de Zeus y de un mortal. Significa que en tu seno la sangre de un dios se ha mezclado con la sangre de un hombre.

»El hijo que des a luz resplandecerá con una energía maravillosa, pero lo mismo que las llamas que arden con luz más intensa queman las paredes del candil y consumen más deprisa el aceite que las alimenta, así también su alma podría quemar el pecho que la alberga.

»Recuerda, reina, la historia de Aquiles, antepasado de tu gloriosa familia: le fue concedido elegir entre una vida breve y gloriosa y otra larga pero oscura. Eligió la primera: sacrificó la vida a cambio de un instante de luz cegadora.

—¿Es éste un destino ya escrito? —preguntó Olimpia temblando toda ella.

—Es un destino posible —repuso otro sacerdote—. Los caminos que un hombre puede recorrer son muchos, pero algunos hombres nacen dotados de una fuerza distinta, que proviene de los dioses y que trata de retornar a ellos. Guarda este secreto en tu corazón hasta que llegue el momento en que la naturaleza de tu hijo se manifieste en su plenitud. Entonces prepárate para todo, incluso para perderle, porque hagas lo que hagas no conseguirás impedir que se cumpla su destino, que su fama se extienda hasta el último confín del mundo.

No había terminado aún de hablar cuando la brisa que soplaba entre el ramaje de las encinas se transformó de repente en un fuerte y cálido viento del Sur: en poco rato alcanzó una fuerza tal que dobló las copas de los árboles y obligó a los sacerdotes a cubrirse la cabeza con sus mantos.

El viento trajo consigo una densa calina rojiza que oscureció enteramente el valle; también Olimpia se arrebujó el cuerpo y la cabeza con el manto, quedándose inmóvil en medio del torbellino, como la estatua de una divinidad sin rostro.

La ventolera pasó tal como había llegado y, cuando la calina se aclaró, las estatuas, las estrellas y los altares que adornaban el recinto sagrado aparecieron cubiertos de una fina capa de polvo rojo.

El último sacerdote que había hablado la rozó con la punta de un dedo y se la acercó a los labios.

—Este polvo lo ha traído el soplo del viento líbico, aliento de Zeus Amón que tiene su oráculo entre las palmeras de Siwa. Es un prodigio extraordinario, una señal portentosa, porque los dos oráculos más antiguos de la tierra, separados por una enorme distancia, han hecho oír sus voces al mismo tiempo. Tu hijo ha oído llamadas que llegan de lejos y tal vez no haya oído el mensaje. Un día lo oirá de nuevo dentro de un gran santuario rodeado por las arenas del desierto.

Tras haber escuchado estas palabras, la reina volvió a Pella, la capital de los caminos polvorientos en verano y fangosos en invierno, esperando con temor y ansiedad el día en que naciera su hijo.

Los dolores del parto comenzaron un atardecer de primavera, tras la puesta del Sol. Las mujeres encendieron los velones y su nodriza, Artemisia, mandó llamar a la partera y al médico Nicómaco, que había atendido ya al viejo rey Amintas y había estado a cargo del nacimiento de no pocos vástagos reales, tanto legítimos como bastardos.

Nicómaco estaba preparado, sabedor de que ella había salido de cuenta. Se ciñó el mandil, hizo calentar agua y mandó traer otros candeleros para que no faltase luz.

Pero dejó que fuese la partera la primera en acercarse a la reina, porque una mujer prefiere ser tocada por otra mujer en el momento de traer al mundo a su hijo: sólo una mujer comprende el dolor y la soledad en que se alumbra una nueva vida.

En aquellos momentos, el rey Filipo se encontraba poniendo cerco a la ciudad de Potidea y por nada del mundo habría abandonado a sus tropas.

Fue un largo y difícil parto porque Olimpia era estrecha de caderas y de complexión delicada.

La nodriza le secaba el sudor repitiendo:

—¡Aprieta fuerte, niña, empuja! El ver a tu hijo te consolará de todo el dolor que debes de estar pasando en estos momentos.

Le mojaba los labios con agua de manantial, que las doncellas cambiaban de continuo en la copa de plata.

Pero cuando el dolor aumentó hasta hacerle perder casi el sentido, intervino Nicómaco, guió las manos de la partera y mandó a Artemisia que empujara sobre el vientre de la reina porque a ella le fallaban ya las fuerzas y el niño padecía.

Apoyó el oído sobre la ingle de Olimpia y pudo escuchar cómo iba disminuyendo la palpitación del corazoncito.

—Empuja todo lo fuerte que puedas —ordenó a la nodriza—. El niño tiene que nacer enseguida.

Artemisia se apoyó con todo su peso sobre la reina que, lanzando un grito más fuerte, parió.

Nicómaco ató el cordón umbilical con un hilo de lino, lo cortó inmediatamente con unas tijeras de bronce y desinfectó la herida con vino puro.

El niño se puso a llorar y él se lo entregó a las mujeres para que le lavasen y vistiesen. Artemisia le miró la carita y se quedó completamente extasiada.

—¿No es una maravilla? —preguntó mientras le pasaba por el semblante un copo de lana empapado en aceite.

La partera le levantó la cabeza y al secársela no pudo reprimir un ademán de estupor.

—Tiene la pelambrera de un niño de seis meses con unos bonitos reflejos dorados. Se diría un pequeño Eros.

Entretanto, Artemisia le vestía con una minúscula túnica de lino porque Nicómaco no quería que los niños fuesen fajados prietamente tal como se acostumbraba a hacer en la mayor parte de las familias.

—Según tú, ¿de qué color tiene los ojos? —preguntó a la partera.

La mujer acercó un velón y los ojos del niño se encendieron con un reflejo iridiscente.

—No sé, es difícil decirlo. Unas veces parecen azules, otras oscuros, casi negros. Tal vez sea la naturaleza tan distinta de sus progenitores...

Mientras tanto, Nicómaco se ocupaba de la reina que, como ocurre a menudo con las primerizas, perdía sangre. Previendo que esto pasase, había hecho recoger nieve en las pendientes del monte Bermión.

Hizo con ella varias compresas y las aplicó sobre el vientre de Olimpia. La reina se estremeció, fatigada y exhausta como estaba, pero el médico no se dejó enternecer y siguió aplicándole las compresas heladas hasta que vio cortarse del todo el flujo de sangre.

Luego, mientras se quitaba el mandil y se lavaba las manos, la confió al cuidado de las mujeres. Dio permiso para que le cambiasen las sábanas, le limpiasen el sudor con esponjas suaves empapadas en agua de rosas, le pusiesen una camisa limpia, que cogieron de su arcón, y le diesen de beber.

Fue Nicómaco quien le presentó al pequeño:

—Aquí tienes al hijo de Filipo, reina. Has dado a luz un niño guapísimo.

Finalmente salió al corredor donde aguardaba un jinete de la guardia real en traje de viaje.

—Vamos, corre al encuentro del rey y dile que ha tenido un hijo. Dile que es un varón hermoso, sano y fuerte.

El jinete se echó el manto sobre los hombros, se puso en bandolera la alforja y salió a todo correr. Antes de desaparecer en el fondo del corredor, Nicómaco gritó detrás de él:

—Dile también que la reina se encuentra bien.

El hombre ni siquiera se detuvo y poco después se oyó un relincho en el patio, al que siguió un galope que se perdió por las calles de la ciudad sumida en el sueño.

2

Artemisia tomó al niño y lo puso sobre la cama al lado de la reina. Olimpia se incorporó ligeramente sobre los codos, apoyando la espalda en los almohadones, y le miró.

Era guapísimo. Tenía unos labios carnosos y la carita sonrosada y delicada. El cabello, de un color castaño claro, relucía de reflejos dorados y justo en el centro de la frente tenía lo que las parteras llamaban «la lamedura del becerro»: un mechoncito de pelos de punta y separados en dos.

Los ojos le parecían azules, pero el izquierdo tenía en el fondo una especie de sombra que le hacía semejar más oscuro con el cambio de la luz.

Olimpia le levantó, le estrechó contra ella y comenzó a acunarle hasta que dejó de llorar. Luego desnudó su pecho para darle de mamar, pero Artemisia se acercó y le dijo:

—Niña, para esto está la nodriza. No estropees tu pecho. El rey no tardará en volver de la guerra y tendrás que estar más hermosa y deseable que nunca.

Extendió los brazos para coger al niño, pero la reina no se lo dio, le acostó en su regazo y le dio su leche hasta que se durmió tranquilo.

Mientras tanto, el mensajero corría a rienda suelta en la oscuridad a fin de presentarse ante el rey lo más pronto posible. Llegó a medianoche a orillas del río Axios y espoleó a su caballo por el puente de barcas que unía ambas orillas. Cambió el caballo de batalla en Therma, que estaba aún a oscuras, y se adentró por la Calcídica.

El amanecer le sorprendió en el mar y el vasto golfo se incendió en el momento de aparecer el sol como un espejo delante del fuego. Trepó por el macizo montañoso del Calauro, en medio de un paisaje cada vez más áspero y agreste, entre inaccesibles riscos que a trechos caían a pico sobre el mar, orlados al fondo por el furioso rebullir de la espuma.

El rey estrechaba el cerco a la antigua ciudad de Potidea, que desde hacía medio siglo se hallaba bajo control de los atenienses, no porque quisiera enfrentarse con Atenas, sino porque la consideraba territorio macedonio y era su intención consolidar su propio dominio en toda la región que se extendía entre el golfo de Therma y el estrecho del Bósforo. En aquel momento, encerrado con sus guerreros en el interior de una torre de asalto, Filipo, armado, cubierto de polvo, sangre y sudor, se disponía a lanzar el asalto definitivo.

—¡Hombres! —gritó—, ¡si os tenéis en algo, éste es el momento de demostrarlo! Regalaré el más hermoso corcel de mis caballerizas al primero que tenga redaños de lanzarse conmigo sobre los muros enemigos, pero, por Zeus, si veo temblar a uno solo de vosotros en el momento decisivo, juro que la emprenderé con él a vergajos hasta dejarle sin pellejo. Y seré yo quien lo haga personalmente. ¿Me habéis oído bien?

—¡Te hemos oído, rey!

—¡Entonces vamos! —ordenó Filipo e hizo señal a los servidores de que quitaran el seguro a las árganas.

El puente se abatió sobre las murallas ya desmochadas y a medio demoler por las embestidas de los arietes y el rey se abalanzó dando gritos y grandes mandobles, tan rápido que resultaba difícil seguirle. Pero sus soldados sabían perfectamente que el soberano mantenía siempre sus promesas y se lanzaron en masa, empujándose unos a otros con los escudos, al tiempo que derribaban a los flancos y almenas abajo a los defensores ya extenuados por el esfuerzo, por la vigilia y el largo cansancio de meses y meses de continuos enfrentamientos. Detrás de Filipo y de su guardia se esparció el resto del ejército, entablando un durísimo combate con los últimos defensores que bloqueaban los caminos y las mismas entradas de las casas.

A la caída del sol Potidea, de rodillas, pedía una tregua.

El mensajero llegó cuando era casi de noche, tras haber reventado otros dos caballos. Al asomarse por las colinas que dominaban la ciudad vio un hormiguero de fuegos alrededor de las murallas y pudo oír el vocerío de los soldados macedonios que estaban de francachela.

Dio un espolazo a su caballo y en poco rato llegó al campamento. Pidió ser llevado a la tienda del rey.

—¿Qué te trae? —le preguntó el oficial de guardia, uno del norte a juzgar por su acento—. El rey se halla ocupado. La ciudad ha caído y hay una embajada del gobierno que está negociando.

—Ha nacido el príncipe —repuso el mensajero.

El oficial se estremeció.

—Sígueme.

El soberano, con armadura de combate, estaba sentado en su tienda, rodeado de sus generales. Detrás de él se hallaba su lugarteniente Antípatro. Alrededor, los representantes de Potidea, más que negociar, escuchaban a Filipo, que dictaba sus condiciones.

El oficial, sabedor de que su intrusión no iba a ser tolerada, pero que un retraso por su parte en anunciar tan importante noticia habría sido aún menos tolerado, dijo de un tirón:

—¡Rey, traigo una noticia de palacio: has tenido un hijo!

Los delegados de Potidea, pálidos y demacrados, se miraron a la cara y se hicieron a un lado levantándose de los escabeles en que les habían hecho sentarse. Antípatro se puso en pie con los brazos cruzados sobre el pecho como quien espera la orden o la palabra del soberano.

Filipo se quedó con la palabra en la boca:

—Vuestra ciudad tendrá que proporcionar un... —y concluyó, con voz totalmente demudada—: ... hijo.

Los delegados, que no habían comprendido, se miraron de nuevo turbados, pero Filipo había derribado su asiento, tras empujar a un lado al oficial y coger por el hombro al mensajero.

Las llamas de los candeleros esculpían su rostro de luces y sombras cortantes, encendían su mirada.

—Dime cómo es —ordenó con el mismo tono con que ordenaba a sus guerreros que se dirigieran a la muerte por la grandeza de Macedonia.

El mensajero se sintió absolutamente incapaz de dar satisfacción a aquella pregunta, al darse cuenta de que no tenía más que cuatro palabras que referirle. Se rascó el gaznate y anunció con voz estentórea:

—¡Rey, tu hijo es un varón hermoso, sano y fuerte!

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso le has visto?

—Nunca hubiera osado, señor. Yo me encontraba en el corredor, tal como me habían ordenado, con el manto, la alforja en bandolera y las armas. Salió Nicómaco y dijo... dijo exactamente lo siguiente: «Ve corriendo al encuentro del rey y hazle saber que ha nacido un hijo suyo. Dile que es un varón hermoso, sano y fuerte».

—¿Te ha dicho si se me parece?

El hombre dudó, luego repuso:

—No me lo ha dicho, pero estoy seguro de que se te parece.

Filipo se volvió hacia Antípatro que se acercó a él para abrazarle y en aquel momento el mensajero recordó haber oído también otras palabras mientras bajaba corriendo la escalinata.

—El médico ha dicho también que...

Filipo se volvió de golpe.

—¿Qué?

—Que la reina se encuentra bien —concluyó el mensajero de un tirón.

—¿Cuándo ha ocurrido eso?

—La pasada noche, poco después de la puesta del Sol. Yo me lancé escaleras abajo y me puse en camino. No he parado un solo instante, no he comido nada, sólo he bebido de mi cantimplora, no me he bajado del caballo más que para cambiar de cabalgadura... No veía la hora de darte la noticia.

Filipo retrocedió y le golpeó con una mano en el hombro.

—Dad de comer y de beber a este buen amigo. Lo que quiera. Y dejadle dormir en una buena yacija porque me ha traído la mejor de las noticias.

Los embajadores se congratularon a su vez con el soberano y trataron de aprovechar el momento favorable para cerrar las negociaciones con un resultado más ventajoso, tras haber mejorado con mucho el humor de Filipo, pero el rey afirmó:

—Ahora no.

Y salió seguido de su ayuda de campo.

Hizo llamar inmediatamente a todos los comandantes de la unidades territoriales de su ejército, hizo traer vino y quiso que todos bebieran con él. Luego ordenó:

—Que las trompas llamen a reunión. Quiero a mi ejército formado en perfecto orden, tanto a la infantería como a la caballería. Quiero convocarlo para la asamblea.

En el campamento se oyó el resonar de las trompas y los hombres, en parte ya ebrios o semidesnudos, acompañados de prostitutas en sus tiendas, se volvieron a poner en pie, se equiparon con la armadura, empuñaron la lanza y fueron, lo más deprisa posible, a formar filas porque el toque de las trompas era como la voz del rey que gritaba en medio de la noche.

Filipo estaba ya en pie sobre un podio, rodeado de sus oficiales, y cuando las filas estuvieron formadas el soldado más veterano, como era costumbre, gritó:

—¿Para qué nos has llamado, rey? ¿Qué quieres de tus soldados?

Filipo se adelantó. Lucía la armadura de gala de hierro y oro así como un manto de color blanco; sus piernas estaban enfundadas en unas botas de media caña de plata repujada.

El silencio fue roto por el bufido de los caballos y la llamada de los animales nocturnos atraídos por los fuegos del campamento. Los generales que estaban al lado del soberano podían ver que éste tenía el rostro enrojecido, como cuando se sentaba en el vivaque, y los ojos relucientes.

—¡Hombres de Macedonia! —gritó—. En mi palacio de Pella la reina me ha dado un hijo. Yo declaro en presencia vuestra que él es mi legítimo heredero y os lo confío. ¡Su nombre es

ALÉXANDROS!

Los oficiales ordenaron presentar armas: la infantería levantó las sarisas, enormes lanzas de combate de unos diez pies de largo, y la caballería alzó hacia el cielo un verdadero bosque de jabalinas, mientras los caballos piafaban y relinchaban mordiendo el freno.

A continuación comenzaron todos a cantar rítmicamente el nombre del príncipe: ¡Aléxandros! ¡Aléxandros! ¡Aléxandros! mientras golpeaban las empuñaduras de las lanzas contra los escudos haciendo ascender su fragor hasta las estrellas.

Pensaban que así también la gloria del hijo de Filipo ascendería, como sus voces, como el estruendo de sus armas, hasta las moradas de los dioses, entre las constelaciones del firmamento.

Una vez disuelta la asamblea, el soberano volvió con Antípatro y sus ayudas de campo a la tienda donde los delegados de Potidea le esperaban aún, pacientes y tranquilos. Filipo confesó:

—Siento enormemente que Parmenio no se encuentre aquí con nosotros para disfrutar de este momento.

El general Parmenio, en efecto, se hallaba en aquel momento acampado con su ejército en los montes de Iliria, no lejos del lago de Lychnitis, a fin de asegurar también en aquella parte las fronteras de Macedonia. Más adelante hubo quien dijo que, el mismo día en que había sido anunciado el nacimiento de su hijo, Filipo se había apoderado de la ciudad de Potidea y había tenido noticia de otras dos victorias: la de Parmenio contra los ilirios y la de su tiro de cuatro caballos en la carrera de carros en Olimpia. Por eso los adivinos afirmaron que aquel niño, nacido en un día de tres victorias, sería invencible.

En realidad, Parmenio derrotó a los ilirios a comienzos del verano y poco después se celebraron los Juegos Olímpicos y las carreras de carros, pero puede decirse, de todos modos, que Alejandro nació en un año de maravillosos auspicios y que todo hacía presagiar que le aguardaba un futuro más semejante al de un dios que al de un simple mortal.

Los delegados de Potidea trataron de reanudar su discurso en el punto en que lo habían dejado, pero Filipo indicó a su lugarteniente:

—El general Antípatro conoce perfectamente lo que yo pienso, hablad con él.

—Pero, señor —intervino Antípatro—, es absolutamente necesario que el rey...

No le dio tiempo a acabar la frase cuando ya Filipo se había echado el manto sobre los hombros y con un silbido había llamado a su caballo. Antípatro fue tras él.

—Señor, se han requerido meses de asedio y arduos combates para llegar a este momento y no puedes...

—¡Claro que puedo! —exclamó el rey saltando sobre su caballo y dando un espolazo.

Antípatro sacudió la cabeza y se disponía a volver al pabellón real cuando la voz de Filipo le llamó.

—¡Toma! —dijo sacándose el anillo del dedo y arrojándoselo—. Esto te servirá. ¡Firma un buen tratado, Antípatro, pues esta guerra ha costado un ojo de la cara!

El general cogió al vuelo el anillo real con el sello y se quedó durante unos instantes mirando a su rey, que se iba volando a través del campamento y salía por la puerta sur. Gritó a los hombres de la guardia:

—¡Seguidle, idiotas! ¿Le dejáis irse solo? ¡Moveos, demonios!

Y mientras aquéllos se lanzaban al galope en su persecución logró ver aún durante un momento el blanco del manto de Filipo al lado de la montaña bajo la luz lunar y luego ya nada. Volvió a entrar en la tienda, hizo sentarse a los delegados de Potidea, cada vez más perplejos, y preguntó, sentándose a su vez:

—Bien, ¿dónde nos habíamos quedado?

Filipo cabalgó toda la noche y todo el día siguiente deteniéndose tan sólo para cambiar de caballo y para beber, al tiempo que lo hacía su animal, en los torrentes o en las fuentes. Llegó a la vista de Pella tras el crepúsculo, cuando las últimas luces del Sol teñían ya de púrpura las cúspides lejanas del monte Bermión, cubiertas todavía de nieve. En el llano galopaban rebaños de caballos cual oleadas marinas y millares de pájaros bajaban a dormir sobre las plácidas aguas del lago Borboros.

La estrella vespertina comenzaba a brillar tan fúlgida como para rivalizar en esplendor con la Luna que descendía lentamente hacia la superficie del mar. Era aquélla la estrella de los Argéadas, la dinastía reinante desde los tiempos de Heracles en aquellas tierras, estrella inmortal, más hermosa que cualquier otra en el firmamento.

Filipo detuvo el caballo para contemplarla e invocarla.

—Asiste a mi hijo —le dijo de corazón—, hazle reinar después de mí y haz reinar después de él a sus hijos y a los hijos de sus hijos.

Luego subió al palacio real, donde no le esperaban, extenuado y bañado en sudor. Le recibió un alboroto, un susurro de vestidos de mujeres ajetreadas por los corredores, un tintineo de armas que resonaban en los cuerpos de guardia.

Cuando se asomó a la puerta del aposento, la reina se hallaba sentada sobre un escaño, el cuerpo desnudo apenas velado por una enagua jónica fruncida en mil finísimos plieguecillos; la estancia estaba perfumada con rosas de Pieria y la nodriza Artemisia sostenía en sus brazos al niño.

Dos ayudantes le liberaron de la coraza y le desciñeron la espada para que el rey pudiese sentir el contacto con la piel del niño. Le tomó en brazos y le sostuvo a lo largo de su espalda, con la cabeza apoyada entre el cuello y el húmero. Sentía los labios del pequeño apoyados contra la cicatriz que le ponía algo rígido el hombro, sentía el calor y el perfume de su piel de lirio.

Cerró los ojos y se quedó derecho e inmóvil en medio de la habitación silenciosa. Olvidó en aquel momento el fragor de la batalla, el ruido estridente de las máquinas de asedio, el galope furibundo de los caballos. Escuchaba respirar a su hijo.

3

Al año siguiente la reina Olimpia dio a luz una niña a la que pusieron por nombre Cleopatra. Se asemejaba a la madre y era muy graciosa, tanto es así que las doncellas se divertían cambiándola continuamente de vestido como si de una muñeca se tratara.

Alejandro, que andaba desde hacía ya tres meses, fue admitido en su habitación al cabo de varios días de nacer la niña, con un pequeño regalo preparado por la nodriza. Se acercó con circunspección a la cuna y se quedó mirando a su hermanita lleno de curiosidad, con ojos como platos y la cabeza reclinada sobre un hombro. Una doncella se acercó temiendo que el pequeño, celoso de la recién llegada, le hiciese algún desplante, pero él la tomó de la mano y la estrechó contra sí como si comprendiera que aquella criatura estaba unida a él por un profundo lazo y que, durante mucho tiempo, sería su única compañía.

Cleopatra balbuceó algo y Artemisia dijo:

—¿Lo ves? Está contentísima de conocerte. ¿Por qué no le das tu regalo?

Alejandro se desató entonces del cinturón un arito metálico con unos cascabeles de plata y comenzó a agitarlo delante de la pequeña, que alargó enseguida las manitas para cogerlo. Olimpia le miraba emocionada.

—¿No sería hermoso poder detener el tiempo? —observó como si pensara en voz alta.

Durante un largo período después del nacimiento de sus hijos Filipo se vio enfrascado continuamente en sangrientas guerras. Había consolidado las fronteras del norte, donde Parmenio derrotara a los ilirios; al oeste tenía el reino amigo de Epiro en el que reinaba Aribas, el tío de la reina Olimpia; al este había sojuzgado con diversas campañas a las belicosas tribus de los tracios extendiendo su control hasta las orillas del río Istro. A continuación se había apoderado de casi todas las ciudades que los griegos habían fundado en sus costas: Anfípolis, Metona, Potidea, y se había implicado en las guerras intestinas que desgarraban la península helénica.

Parmenio había tratado de ponerle en guardia contra semejante política y un día en que Filipo había convocado al consejo de guerra en la armería del palacio decidió tomar la palabra.

—Has creado un reino poderoso y sólido, señor, y has dado a los macedonios el orgullo de su nación; ¿por qué quieres mezclarte en las luchas internas de los griegos?

—Parmenio tiene razón—intervino Antípatro—. Estas luchas no tienen ningún sentido. Luchan todos contra todos. Los aliados de ayer se peleaban hoy entre sí ferozmente y el que fuera derrotado hace tan sólo dos días se alía con el más odiado de sus enemigos con tal de enfrentarse al vencedor.

—Es cierto —admitió Filipo—, pero los griegos tienen todo lo que a nosotros nos falta: el arte, la filosofía, la poesía, el teatro, la medicina, la música, la arquitectura y sobre todo la ciencia política, el arte del gobierno.

—Tú eres un rey —objetó Parmenio—, no tienes necesidad de ninguna ciencia. Te basta con dar órdenes para que todos te obedezcan.

—Mientras no me fallen las fuerzas —observó Filipo—. Mientras alguien no me clave una daga entre las costillas.

Parmenio no replicó. Recordaba perfectamente que ningún rey de los macedonios había muerto nunca en su lecho. Fue Antípatro quien rompió el silencio, que se había vuelto pesado como un pedrusco.

—Si lo que precisamente quieres es meter la mano dentro de la boca del león no puedo disuadirte, pero te aconsejaría que actuaras del único modo que haga posible contar con una esperanza de éxito.

—¿Es decir?

—En Grecia no hay más que una fuerza superior a todos, una sola voz que puede imponer el silencio...

—El santuario de Apolo en Delfos —dijo el rey.

—O mejor dicho, sus sacerdotes y el consejo que los gobierna.

—Lo sé —se mostró de acuerdo Filipo—. Quien controla el santuario controla una gran parte de la política de los griegos. El consejo se halla ahora en dificultades: ha declarado una guerra sagrada contra los focenses, acusados de haber cultivado terrenos pertenecientes a Apolo, pero los focenses se han apropiado del tesoro del templo con un golpe de mano y con las riquezas han reclutado miles y miles de mercenarios. Macedonia es la única potencia que puede hacer cambiar las tornas del conflicto...

—Y has decidido entrar en guerra —concluyó Parmenio.

—Con una condición: que si venzo, quiero el puesto y el voto de los focenses en el consejo y la presidencia del consejo del santuario.

Antípatro y Parmenio comprendieron que el rey no sólo tenía ya en mente su plan sino que lo llevaría a cabo a cualquier precio y ni siquiera intentaron disuadirle.

Fue un conflicto largo y áspero, con opciones por ambos bandos. Cuando Alejandro contaba tres años, Filipo fue derrotado por primera vez de forma aplastante y se vio obligado a emprender la retirada. Sus enemigos dijeron que había huido, pero él repuso:

—No he huido, sólo me he echado atrás para tomar impulso y volver a embestir como un carnero enfurecido.

Aquel era Filipo. Un hombre de una increíble fuerza de ánimo y determinación, de indomable vitalidad, de espíritu penetrante y entusiasta. Pero los hombres así se quedan cada vez más solos porque pueden dedicarse cada vez menos a aquéllos que les rodean.

Cuando Alejandro comenzó a intuir lo que sucedía en torno a él y a darse cuenta de quiénes eran sus padres, tenía cerca de seis años. Hablaba sin ninguna vacilación y comprendía razonamientos complejos.

Cuando se enteraba de que su padre estaba en palacio, abandonaba las habitaciones de la reina y se iba hasta la sala de reuniones donde Filipo celebraba consejo con sus generales. Encontraba a éstos viejos, llenos de cicatrices por los infinitos combates que habían librado, y sin embargo apenas si superaban los treinta años, a excepción de Parmenio que desde hacía años superaba la cincuentena y tenía el pelo en gran parte cano. Cuando Alejandro le veía, se ponía a tararear una cantinela que había aprendido de Artemisia:

¡El viejo soldado que va a la guerra
cae por tierra, cae por tierra
!

Y luego se arrojaba también él por los suelos entre las risas de los presentes.

Pero por encima de todo observaba a su padre, estudiaba sus actitudes, su modo de mover las manos y de revirar los ojos, el tono y timbre de su voz, la manera en que dominaba a los más fuertes y poderosos hombres del reino con la sola fuerza de la mirada.

Se acercaba a él mientras presidía el consejo, pasito a pasito, y cuando más enfervorizado se hallaba en sus discursos o en sus discusiones trataba de subirse sobre sus rodillas como si pensara que en aquel momento nadie le vería.

Sólo en ese punto parecía reparar Filipo en el hijo y le estrechaba contra su pecho, sin interrumpirse, sin perder el hilo del discurso, pero no por ello dejaba de notar que sus generales cambiaban de actitud, veía sus ojos mirar fijamente al niño y su expresión trocarse en una leve sonrisa, fuera cual fuese el asunto que él estuviera tratando. También Parmenio sonreía pensando en la cantinela y el revolcón de Alejandro.

Luego, tal como había venido, el niño se iba. Unas veces se retiraba a su habitación a esperar a que su padre viniera a verle. Otras, tras larga espera, iba a sentarse a uno de los balcones del palacio, clavaba su mirada en el horizonte y se quedaba así, mudo e inmóvil, encantado de la inmensidad del cielo y de la tierra.

Si entonces se le acercaba ligera su madre, veía ella adensarse lentamente la sombra que le oscurecía el ojo izquierdo, como si una noche misteriosa descendiera sobre el ánimo del principito.

Las armas le fascinaban, y en más de una ocasión las doncellas le habían sorprendido en la armería real tratando de sacar de la vaina una de las pesadas espadas del rey.

Un día, mientras observaba maravillado una gigantesca panoplia de bronce que había pertenecido a su abuelo Amintas III, sintió que le observaban a sus espaldas. Se dio la vuelta y se encontró frente a él a un hombre alto y cenceño con una barbita de chivo y dos ojos hundidos y demoníacos. Le dijo que se llamaba Leónidas y que era su maestro.

—¿Para qué? —preguntó el niño.

El maestro no supo qué responder a aquella primera pregunta de su discípulo.

Desde entonces la vida de Alejandro experimentó un cambio profundo. Cada vez veía menos a su madre y a su hermana y cada vez más al maestro. Leónidas comenzó por enseñarle el alfabeto, y al día siguiente le vio escribir su nombre correctamente con la punta de un palo en las cenizas del hogar.

Le enseñó a leer y a contar, cosa que Alejandro aprendía muy deprisa y fácilmente, aun sin prestar un especial interés. En cambio, cuando Leónidas comenzó a contarle historias de dioses y de hombres, historias del origen del mundo, de las luchas de los gigantes y de los titanes, vio que se le iluminaba el rostro y que le escuchaba arrobado.

Su espíritu se sentía fuertemente inclinado hacia el misterio y la religión. Un día Leónidas le llevó a visitar el templo de Apolo que se alzaba en las cercanías de Therma y le permitió que ofrendara incienso a la estatua del dios. Alejandro lo cogió a manos llenas y lo arrojó dentro del pebetero levantando una gran nube de humo, pero el maestro le reprendió:

—¡El incienso cuesta una fortuna! Podrás malgastarlo de este modo cuando hayas conquistado los países que lo producen.

—¿Y dónde están esos países? —quiso saber el niño, al que le parecía extraño que se pudiera ser avaro con los dioses. Luego preguntó—: ¿Es cierto que mi padre es muy amigo del dios Apolo?

—Tu padre ha ganado la guerra sagrada y ha sido nombrado jefe del consejo del santuario de Delfos donde se halla el oráculo de Apolo.

—¿Es cierto que el oráculo dice a todos lo que deben hacer?

—No exactamente —contestó Leónidas tomando de la mano a Alejandro y llevándole al aire libre—. Mira, la gente, cuando se dispone a hacer algo importante, pide consejo al dios, como diciendo: «¿Tengo que hacerlo o no? Y si lo hago, ¿qué pasará?». Sí, cosas de este tipo. Hay además una sacerdotisa, a la que se llama pitia, por medio de la cual el dios responde, como si empleara su voz. ¿Comprendes? Pero son siempre palabras oscuras, difíciles de interpretar y es por eso por lo que hay sacerdotes: para explicárselas a la gente.

Alejandro se volvió para mirar al dios Apolo que se erguía sobre el pedestal, rígido e inmóvil, con los labios estirados en una extraña sonrisa, y comprendió por qué los dioses tienen necesidad de los hombres para poder hablar.

En otra ocasión en que la familia real se había trasladado a Egas, la vieja capital, para ofrecer sacrificios en las tumbas de los antiguos reyes, Leónidas le hizo ver desde una torre de palacio la cima del monte Olimpo cubierta de nubarrones de temporal, asaeteada por relámpagos enceguecedores.

—¿Ves? —trató de explicarle—, los dioses no son las estatuas que uno admira en los templos: viven allí en lo alto, en una morada invisible. Viven eternamente, se sientan en torno a un banquete, en el que beben néctar y se alimentan de ambrosía. Esos relámpagos no son desencadenados sino por Zeus en persona. Pueden caer sobre cualquier mortal y sobre cualquier cosa en cualquier parte del mundo.

Alejandro miró largo rato, con la boca abierta, la imponente cumbre.

Al día siguiente un oficial de la guardia le encontró por un sendero fuera de la ciudad caminando a toda prisa en dirección a la montaña.

—¿Adónde vas, Alejandro? —le preguntó bajando del caballo.

—Allí —repuso el niño señalando el Olimpo.

El oficial le tomó en brazos y se lo llevó a Leónidas, que estaba demudado del espanto y pensaba ya en los horribles castigos a que le habría sometido la reina de haberle sucedido algo al niño.

Aquel año Filipo tuvo graves problemas de salud causados por las enormes penalidades que tenía que soportar durante las campañas militares y por la vida desordenada a que se entregaba cuando no estaba en la línea de combate.

Alejandro se alegró de ello, porque pudo ver más a menudo a su padre y pasar muchas horas con él. Fue Nicómaco el encargado de ocuparse de la salud del soberano y se trajo de su hospital de Estagira a dos asistentes que le ayudaron a recoger en los bosques y en los prados de las montañas de los alrededores las hierbas y las raíces con que preparar los fármacos.

El rey fue sometido a un régimen estricto y poco menos que privado por completo de vino, a tal punto que se volvió intratable y únicamente Nicómaco se atrevía a acercársele cuando estaba del peor humor.

Uno de los dos asistentes era un chico de quince años que se llamaba asimismo Filipo.

—Quítamelo de en medio —le ordenó el soberano—. Me fastidia tener a otro Filipo a mi alrededor. Mejor dicho, haré lo siguiente: le nombraré médico de mi hijo, bajo tu supervisión, por supuesto.

Nicómaco aceptó, acostumbrado como estaba ya a los caprichos de su soberano.

—¿Qué hace tu hijo Aristóteles? —le preguntó un día Filipo mientras bebía, torciendo el gesto, una poción de diente de león.

—Vive en Atenas y sigue las enseñanzas de Platón —repuso el médico—. Es más, por lo que yo sé, está considerado el mejor de sus discípulos.

—Interesante. ¿Y cuál es el asunto de sus investigaciones?

—Mi hijo es como yo. Le atrae la observación de los fenómenos naturales más que el mundo de la especulación pura.

—¿Y tiene interés por la política?

—Sí, ciertamente, pero también mostrando una especial inclinación por las distintas manifestaciones de la organización política más que por la ciencia política propiamente dicha. Reúne constituciones y las compara unas con otras.

—¿Y qué piensa de la monarquía?

—No creo que sea muy dado a emitir juicios de valor. Para él la monarquía es simplemente una forma de gobierno más típica de ciertas comunidades que de otras. Como ves, señor, creo que mi hijo está más interesado en conocer el mundo tal como es que en establecer principios a los que éste debería adecuarse.

Filipo se echó al coleto el último sorbo de poción ante la mirada vigilante de su médico que parecía decir: «Todo, todo». Luego se limpió la boca con el borde de la clámide y dijo:

—Tenme informado de ese muchacho, Nicómaco, porque me interesa.

—Así lo haré. También me interesa a mí, pues soy su padre.

En aquel período Alejandro frecuentaba a Nicómaco lo más que podía porque era un hombre muy afable y lleno de sorpresas, mientras que Leónidas tenía un carácter descontentadizo y era terriblemente severo.

Un día entró en el lugar de trabajo del médico y le vio mientras auscultaba la espalda de su padre y contaba los latidos del corazón tomándole el pulso.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Controlo los latidos del corazón de tu padre.

—¿Y qué mueve el corazón?

—La energía vital.

—¿Y dónde está la energía vital?

Nicómaco miró al niño a los ojos y leyó en ellos una avidez insaciable de saber, una intensidad maravillosa de sentimientos. Le rozó la cabeza en una caricia mientras Filipo le miraba atento y fascinado.

—Eso nadie lo sabe —dijo.

4

Filipo se restableció completamente en breve tiempo y reapareció en la escena política en plenitud de facultades, desilusionando a aquéllos que le habían dado incluso por muerto.

Alejandro lo sintió porque ya no le vería tan a menudo, pero mostró interés por conocer a otros chicos, algunos de ellos de su misma edad, otros algo mayores, hijos de nobles macedonios que frecuentaban la corte o vivían en palacio por explícito deseo del rey. Era éste un modo de mantener la unidad del reino, de vincular a las familias más poderosas, los jefes de tribu y de clan a la casa del soberano.

Algunos de estos muchachos frecuentaban también junto con él las enseñanzas de Leónidas, como Pérdicas, Lisímaco, Seleuco, Leonato y Filotas, que era el hijo del general Parmenio. Otros, mayores, como Tolomeo y Crátero, tenían ya cargo de pajes y dependían directamente del rey para su educación y adiestramiento.

Seleuco era en aquel tiempo bastante pequeño y endeble, pero gozaba de las simpatías de Leónidas porque era buen estudiante. Estaba especialmente versado en historia y matemáticas y para su edad era sorprendentemente cuerdo y equilibrado. Podía hacer cálculos complicados cada vez en menos tiempo y se divertía compitiendo con sus compañeros, a los que normalmente humillaba.

Los ojos oscuros y hundidos conferían a su mirada una intensidad penetrante y el pelo alborotado subrayaba un carácter fuerte e independiente, pero nunca rebelde. Durante las clases trataba a menudo de hacerse notar por sus observaciones, pero no recurría a zalamerías con el maestro ni hacía nada por agradar a sus superiores o adularlos.

Lisímaco y Leonato eran los más indisciplinados porque provenían de regiones del interior y habían crecido libremente en medio de bosques y prados, apacentando caballos y pasando la mayor parte de su tiempo al aire libre. Vivir entre cuatro paredes les hacía sentirse como en una prisión.

Lisímaco, que era algo mayor, había sido el primero en acostumbrarse al nuevo tipo de vida, pero Leonato, que no contaba más que siete años, hubiérase dicho un lobezno por su aspecto hirsuto, su cabello pelirrojo y sus pecas en la nariz y en torno a los ojos. Si era castigado reaccionaba soltando coces y mordiscos, y Leónidas había tratado de domarle primero privándole de alimento o encerrándole bajo siete llaves cuando los demás jugaban, luego haciendo frecuente uso de su palmeta de sauce. Pero Leonato se vengaba y siempre que veía aparecer al maestro al fondo de un corredor comenzaba a cantar a voz en cuello su cantinela:

Ek korí korí koróne!
Ek korí korí koróne!

«¡He aquí cómo llega, cómo llega la corneja!», y todos los demás se unían a él, incluido Alejandro, hasta que el pobre Leónidas se ponía rojo de ira, montaba en cólera y le perseguía con la palmeta de sauce.

Cuando discutía con sus compañeros, Leonato no quería nunca llevarse la peor parte y se las tenía tiesas también con los mayores, de modo que andaba eternamente lleno de moraduras y rasguños, aparecía impresentable casi siempre en las recepciones públicas o en las ceremonias de la corte. Todo lo contrario que Pérdicas, el más concienzudo del grupo, quien no faltaba nunca ni al aula ni al terreno de juego y adiestramiento. Únicamente tenía un año más que Alejandro y con frecuencia era, junto con Filotas, su compañero de juegos.

—Yo de mayor seré general como tu padre —repetía a Filotas, que, de sus amigos, era el que más se parecía a él.

Tolomeo, que rondaba los catorce años, era más bien robusto y precoz para su edad. Comenzaban a apuntarle las primeras espinillas y algún que otro pelillo en la barba, tenía una cara cómica dominada por una nariz imponente y un cabello siempre alborotado. Los compañeros le tomaban el pelo diciendo que había comenzado a desarrollarse a partir de la nariz y él se ofendía muchísimo. Se levantaba la túnica y se jactaba, enseñándolas, de otras protuberancias que le crecían no menos que la nariz.

Aparte de estas salidas de tono era un buen muchacho, muy apasionado de la lectura y de escribir. Un día permitió a Alejandro que entrara en su habitación y le mostró sus libros. Tenía una veintena por lo menos.

—¡Cuántos! —exclamó el príncipe e hizo ademán de tocarlos.

—¡Quieto! —le paró Tolomeo—. Son objetos muy delicados: el papiro es frágil y puede romperse, hay que saber desenrollarlo y enrollarlo de forma adecuada. Tiene que guardarse en un lugar ventilado y seco y es preciso poner en alguna parte, bien escondida, una ratonera porque a los ratones les gusta mucho el papiro y si llegan hasta él estás perdido. Se te comen dos libros de la Ilíada o una tragedia de Sófocles en menos de una noche. Espera —añadió—, que ya lo cojo yo.

Y desató un rollo que llevaba un cartelito rojo.

—Ya está, ¿ves? Es una comedia de Aristófanes. Se llama Lisístrata y es mi preferida. Cuenta que en cierta ocasión las mujeres de Atenas y de Esparta, cansadas de la guerra que mantenía alejados a sus maridos y teniendo grandes ganas de... —Se interrumpió mirando al niño que le escuchaba con la boca abierta—. Bien, dejémoslo, pues eres demasiado pequeño aún para estas cosas. ¿Te parece que te la cuente en otra ocasión?

—¿Qué es una comedia? —preguntó Alejandro.

—¿Cómo? ¿No has ido nunca al teatro? —se asombró Tolomeo.

—A los niños no nos llevan allí. Pero sé que es como escuchar una historia, sólo que aparecen hombres de verdad que llevan puesta una máscara en la cara y fingen ser Heracles o Teseo. Algunos incluso aparentan ser mujeres.

—Más o menos —replicó Tolomeo—. Dime, ¿qué te enseña tu maestro?

—Sé sumar y restar, conozco las figuras geométricas y distingo en el cielo la Osa Mayor y la Osa Menor y más de veinte constelaciones más. Y además sé leer y escribir y he leído las fábulas de Esopo.

—Mmm... —observó Tolomeo devolviendo a su sitio con delicadeza el rollo—. Cosas de niños.

—Y además conozco toda la lista de mis antepasados, tanto por parte de mi padre como de mi madre. Yo desciendo de Heracles y de Aquiles, ¿lo sabías?

—¿Y quiénes eran Heracles y Aquiles?

—Heracles era el héroe más fuerte del mundo y llevó a cabo doce trabajos. ¿Quieres que te los cuente? El león de Nemea, la cierva de Ceri... Cerinea... —comenzó a enumerar el pequeño.

—Ya sé, ya sé. Está muy bien. Pero si quieres, alguna vez, te leeré cosas hermosísimas que tengo aquí en mi despacho, ¿te parece bien? Y ahora, ¿por qué no vas a jugar? ¿Sabes que ha llegado un amiguito que tiene precisamente tu edad?

A Alejandro se le encendieron los ojos.

—¿Y dónde está?

—Le he visto en el patio dándole patadas a una pelota. Es un tipo robusto.

Alejandro bajó a toda prisa y se detuvo bajo el pórtico para observar al nuevo huésped sin atreverse a dirigirle la palabra.

De repente, un patadón más fuerte mandó la pelota a rodar justo entre sus pies. El niño la recogió y los dos se encontraron frente a frente.

—¿Te gustaría jugar a la pelota conmigo? Con dos se juega mejor. Yo disparo y tú la coges.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Alejandro.

—Yo Hefestión, ¿y tú?

—Alejandro.

—Entonces vamos, ponte allí, junto a la pared. Yo tiraré primero y si atrapas la pelota tendrás un punto, luego tiras tú. En cambio, si no la paras el punto lo habré ganado yo y podré tirar otra vez. ¿Entendido?

Alejandro hizo un gesto de asentimiento y se pusieron a jugar, llenando el patio con sus gritos. Cuando estuvieron agotados de cansancio y chorreando sudor, pararon.

—¿Vives aquí? —preguntó Hefestión al tiempo que se sentaba en el suelo.

Alejandro se sentó a su lado.

—Claro. Este palacio es mío.

—No me vengas con cuentos. Eres demasiado pequeño para tener un palacio tan grande.

—El palacio es también mío porque es de mi padre, el rey Filipo.

—¡Por Zeus! —exclamó Hefestión agitando la mano derecha en señal de admiración.

—¿Quieres que seamos amigos?

—Por supuesto, pero para hacerse amigos es preciso intercambiarse una prenda.

—¿Qué es una prenda?

—Yo te doy una cosa a ti y tú me das otra a mí a cambio.

Se hurgó en el bolsillo y sacó un pequeño objeto blanco.

—¡Oh, un diente!

—Sí —silbó Hefestión por el hueco que tenía en el lugar de un incisivo—. Se me cayó la otra noche y a punto he estado de tirarlo. Tómalo, tuyo es.

Alejandro lo tomó y se quedó confuso al no saber qué darle a cambio. Rebuscó en los bolsillos, mientras Hefestión permanecía erguido delante de él esperando con la mano abierta.

Alejandro, al no contar con ningún regalo de la misma importancia, dejó escapar un largo suspiro, tragó saliva y a continuación se llevó una mano a la boca y se cogió un diente que le bailaba desde hacía unos días, pero bastante sujeto aún.

Comenzó a sacudirlo con fuerza hacia adelante y hacia atrás, conteniendo las lágrimas de dolor, hasta que se lo arrancó. Escupió un coágulo de sangre, luego lavó el diente bajo la fuente y se lo entregó a Hefestión.

—Aquí tienes —farfulló—. Ahora somos amigos.

—¿Hasta la muerte? —preguntó Hefestión, echándose al bolsillo la prenda.

—Hasta la muerte —replicó Alejandro.

Era ya hacia finales del verano cuando Olimpia le anunció la visita del tío Alejandro de Epiro.

Sabía que tenía un tío, hermano menor de su madre, que se llamaba como él, pero, aunque lo hubiera visto en otras ocasiones, no le recordaba muy bien porque él era entonces demasiado pequeño.

Le vio llegar acompañado de su escolta y de sus tutores una tarde antes de la puesta de sol, a caballo.

Era un muchacho de gran apostura de unos doce años, con el pelo oscuro y los ojos de un azul intenso; ostentaba las enseñas propias de su dignidad: la cinta de oro en torno al pelo, el manto de púrpura y, en la diestra, el cetro de marfil, porque también él era un soberano, aunque joven y de un país formado únicamente por montañas.

—¡Mira! —exclamó Alejandro vuelto hacia Hefestión, que estaba sentado junto a él con las piernas colgando fuera de la galería—. Ése es mi tío Alejandro. Se llama como yo y también es rey, ¿lo sabías?

—¿Rey de qué? —preguntó el amigo balanceando las piernas.

—Rey de los molosos.

Estaba hablando aún cuando los brazos de Artemisia le cogieron por detrás.

—¡Ven! Debes prepararte para ir a ver a tu tío.

Le llevó en volandas, mientras él agitaba las piernas para no dejar a Hefestión, hasta la estancia de baño de su madre; allí le desnudó, le lavó la cara, le hizo ponerse una túnica y una clámide macedonia orlada en oro, le ciñó una cinta plateada alrededor de la cabeza y acto seguido le puso de pie sobre un asiento para mirarle admirativamente.

—Ven, pequeño rey. Tu mamá te espera.

Le condujo a la antecámara real donde la reina Olimpia aguardaba, ya vestida, peinada y perfumada. Estaba magnífica: los ojos negrísimos contrastaban con el pelo llameante, y la larga estola azul recamada con palmetas de oro a lo largo de los bordes cubría un quitón de corte ateniense ligeramente escotado y sujeto en los hombros mediante un cordoncito del mismo color que la estola.

El surco de entre los senos, que el quitón dejaba en parte al descubierto, estaba espléndidamente adornado con una gota de ámbar del tamaño de un huevo de pichón, incrustada en una cápsula de oro a imitación de una bellota de encina: uno de los regalos de boda de Filipo.

Tomó de la mano a Alejandro y fue a sentarse en el trono al lado de su marido, que estaba esperando ya al joven cuñado.

El muchacho entró por el fondo de la sala y se inclinó ante el soberano, tal como exigía el protocolo, y luego ante su hermana la reina.

Filipo, orgulloso de sus éxitos, enriquecido por las minas de oro de las que se había apoderado en el monte Pangeo, consciente de ser el señor más poderoso de la península helénica o tal vez incluso el más poderoso del orbe después del emperador de los persas, se las ingeniaba cada vez mejor para llenar de asombro a sus visitantes, tanto por la riqueza de sus ropajes como por el fasto de los adornos que lucía.

Tras los saludos de rigor, el joven fue acompañado a sus habitaciones a fin de que se preparase para el banquete.

También a Alejandro le hubiera gustado tomar parte de él, pero su madre le dijo que era demasiado pequeño aún y que podría jugar con Hefestión a los soldaditos de cerámica que había mandado hacer para él a un alfarero de Aloros.

Aquella noche, tras la cena, Filipo invitó a su cuñado a una salita privada para hablar de política; Olimpia se sintió muy ofendida por ello, tanto porque era la reina de Macedonia como porque el rey de Epiro era su hermano.

En realidad, Alejandro era rey nominal pero no de hecho, porque Epiro estaba en manos de su tío Aribas que no tenía ninguna intención de abandonar; sólo Filipo, con su poderío, su ejército y su oro, podría mantenerle establemente en el trono.

Hacerlo formaba parte de sus intereses, porque de ese modo ataría a sí al muchacho y frenaría las pretensiones de Olimpia, la cual, viéndose frecuentemente desatendida por su esposo, había encontrado en el ejercicio del poder las satisfacciones que le eran negadas por una vida gris y monótona.

—Debes tener paciencia unos años más —explicó Filipo al joven soberano—. El tiempo que necesito para hacer entrar en razón a todas las ciudades costeras aún independientes y hacer comprender a los atenienses quién es el más fuerte. No es que la tenga tomada con ellos: simplemente no les quiero cerca molestando en Macedonia. Y además quiero conseguir el control de los estrechos entre Tracia y Asia.

—Por mí está bien, mi querido cuñado —replicó Alejandro que se sentía muy halagado al verse tratado como un verdadero hombre y un verdadero rey a su edad—. Me doy cuenta de que hay pocas cosas más importantes que las montañas de Epiro, pero, si un día quisieras brindarme tu ayuda, te estaría agradecido el resto de mis días.

Para ser nada más que un adolescente, el muchacho razonaba más que bien y Filipo sacó una excelente impresión.

—¿Por qué no te quedas con nosotros? —preguntó—. En Epiro te encontrarás en una situación cada vez más peligrosa y yo prefiero saberte a buen recaudo. Aquí está tu hermana, la reina, que te quiere. Tendrás tus habitaciones, tus emolumentos y cuantas consideraciones son propias de tu rango. Cuando llegue el momento, yo mismo haré que ocupes el trono de tus padres.

El joven rey aceptó de buen grado y se quedó en el palacio real de Pella hasta que Filipo hubiera llevado a cabo el programa político y militar que había de hacer de Macedonia el más rico, el más fuerte y el más temible estado de Europa.

La reina Olimpia había regresado despechada a sus aposentos, a esperar a que su hermano viniera a presentarle sus respetos y volver a verla antes de retirarse. Desde la habitación contigua le llegaban las voces de Hefestión y Alejandro que jugaban con los soldaditos y gritaban:

—¡Estás muerto!

—¡No, tú sí que estás muerto!

Luego el alboroto se atenuó hasta casi desaparecer del todo. Las energías de aquellos pequeños guerreros se apagaron muy pronto tras asomar la Luna en el cielo.