RITA HAYWORTH Y LA REDENCIÓN DE SHAWSHANK

Supongo que en todas las prisiones federales y estatales de Estados Unidos hay gente como yo. Soy el tipo que lo consigue todo. Cigarrillos de encargo, una bolsita de yerba si es eso lo que te gusta, una botella de coñac para celebrar que tu hijo o hija han terminado el bachillerato, prácticamente cualquier cosa… bueno dentro de lo razonable. No siempre fue así.

Cuando llegué a Shawshank tenía sólo veinte años, y soy una de las pocas personas de nuestra pequeña y feliz familia que no duda en cantar de plano lo que hizo. Cometí un homicidio. Le hice un buen seguro de vida a mi mujer, que me llevaba tres años, y luego preparé los frenos del cupé Chevrolet que su padre nos había ofrecido como regalo de boda. Y todo salió a pedir de boca, sólo que yo no había previsto que se parara a recoger a la mujer del vecino y al niño pequeño de la mujer del vecino de paso hacia Castle Hill y el pueblo. Los frenos fallaron, claro, y el coche irrumpió con estruendo entre los arbustos del linde del terreno comunal a velocidad creciente. Los transeúntes declararon que debía ir a unos setenta y cinco o más cuando chocó con el pedestal del monumento de la guerra de Secesión y se incendió.

Tampoco figuraba en mis planes que me atraparan pero lo hicieron. Y me regalaron un abono de temporada para este lugar. En el estado de Maine no hay pena de muerte, pero ya se encargó el fiscal del distrito de que se me juzgara por las tres muertes y de que me condenaran a tres cadenas perpetuas a cumplir una después de otra. Lo cual dejaba fuera de mi alcance cualquier posibilidad de conseguir la libertad condicional durante mucho, muchísimo tiempo. El juez calificó lo que hice de «crimen espantoso y nefando»; y lo era, aunque también pertenece ya al pasado. Puedes buscarlo en los archivos amarillentos de Call en Castle Rock y verás que los grandes titulares que proclamaban mi condena resultan un tanto ridículos y anticuados comparados con las noticias sobre Hitler y Mussolini y las «ensaladas de siglas»* del presidente Roosevelt.

¿Qué dices, que si me he rehabilitado? Bueno, ni siquiera sé lo que significa esa palabra, al menos en lo tocante a cárceles y reformatorios. Creo que es una palabra de político. Tal vez tenga algún otro significado y puede que yo tenga ocasión de averiguarlo; pero eso queda en el futuro, que es algo en lo que los presidiarios aprendemos a no pensar. Yo era joven, bien parecido y del distrito pobre de la ciudad, y dejé embarazada a una linda chica testaruda y de mal genio que vivía en una de esas bellas casas antiguas de la calle Carbine. Su padre se avino a nuestro matrimonio con la condición de que yo aceptara un trabajo en la empresa de óptica de su propiedad y «me abriera camino». Descubrí que lo que realmente se proponía era tenerme en su casa bien amarradito como a un animalito doméstico que no acaba de aprender a comportarse y que puede morder. Así que se fue acumulando el odio hasta ser suficiente para impulsarme a hacer lo que

* Referencia a las iniciales –empezando por FDR: Franklin Delano Roosevelt– de los organismos federales que este presidente creó en el marco de su política del New Deal, como la AAA (Agencia de Compensación Agrícola), el CCC (Cuerpo Civil de Conservación), la NRA (Agencia de Recuperación Nacional), la TVA (Administración del Valle del Tennessee) y la WPA (Administración para el Fomento de Obras Públicas). (N. de los T.)

hice. Si tuviera otra oportunidad no volvería a hacerlo, pero no estoy seguro de que eso signifique que estoy rehabilitado.

De cualquier forma, no es de mí de quien quiero hablar, sino de un individuo que se llama Andy Dufresne. Claro que para poder hablar de Andy tengo que explicar algunas cosas más de mí mismo. No me llevará mucho.

Como dije, yo soy el tipo que puede conseguir de todo aquí en Shawshank desde hace casi cuarenta malditos años. Y eso no significa sólo conseguir cosas como cigarrillos especiales o alcohol, aunque esos productos encabezan siempre la lista. He conseguido otras muchísimas cosas para los presidiarios de Shawshank, algunas completamente legales aunque difíciles de conseguir en un lugar al que se supone que te han traído para castigarte. Había un individuo que estaba aquí por haber violado a una niñita y haberse exhibido delante de otras muchas; pues le conseguí tres piezas de mármol rosado de Vermont, que convirtió en tres preciosas esculturas: un niño pequeño, un chico de unos doce años y un joven con barba. Las tituló Las tres edades de Jesús y las tres están ahora en el salón de un tipo que fue gobernador de este mismo Estado.

He aquí un nombre que tal vez recuerdes si te criaste al norte de Massachusetts: Robert Alan Cote. En 1951 intentó robar el First Mercantile Bank de Mecanic Falls y el asalto acabó en una matanza: seis muertos en total, dos de ellos miembros de la banda de atracadores, tres rehenes y un joven agente que alzó la cabeza cuando no debía y le pegaron un balazo en el ojo. Cote tenía una colección de monedas. Lógicamente no iban a permitirle que las trajera a la cárcel, pero con un poco de ayuda de su madre y del conductor de una furgoneta de la lavandería, pude conseguírselo. Le dije: «Bobby, tienes que estar loco para querer tener una colección de monedas en un hotel de piedra lleno de ladrones». Me miró, sonrió y dijo: «Estarán bien seguras, no te preocupes». Y tenía razón. Bobby

Cote murió en 1967 de un tumor cerebral, pero la colección de monedas no apareció nunca.

Conseguí bombones para el día de San Valentín; y tres batidos de leche verde de esos de McDonald’s; conseguí incluso un pase de medianoche de Garganta profunda y El diablo burlado para un grupo de veinte hombres que habían reunido todos sus fondos para alquilar las películas… aunque aquella aventurilla me costó una semana de solitaria. Es a lo que te arriesgas por ser el tipo que puede conseguirlo todo, ya se sabe. He conseguido libros de consulta, libros porno, baratijas para gastar bromas, como petardos y polvos pica pica y en más de una ocasión he visto a presos con condenas largas recibir un par de bragas de su esposa o de su novia… ya te imaginarás lo que hace aquí dentro un tipo con esas prendas durante las noches interminables en que el tiempo te atenaza y te obsesiona. No proporciono todas esas cosas gratis y, en algunos casos, el precio es alto. Pero no lo hago sólo por dinero. ¿Para qué me sirve el dinero? Jamás tendré un Cadillac ni iré a Jamaica a pasar dos semanas en febrero. Lo hago por lo mismo que un buen carnicero te vende sólo carne fresca; tengo una reputación y quiero conservarla. Las dos únicas cosas que me niego a conseguirle a la gente son armas y drogas duras. No ayudaré a nadie que quiera suicidarse o matar a alguien. Ya tengo en la cabeza asesinato suficiente para toda la vida.

Así que soy una especie de gran tienda. Y por eso, cuando en 1949 Andy Dufresne vino y me preguntó si podía conseguirle a Rita Hayworth, le dije que no habría ningún problema. Y no lo hubo.

Cuando llegó a Shawshank en 1948, Andy tenía treinta años. Era un hombrecillo pulcro, bajito, de cabello pajizo y manos diestras. Usaba gafas de montura dorada. Llevaba siempre las uñas bien cortadas y limpias. Aunque resulte raro que eso sea lo que se recuerda de un hombre, a mí me parece que es lo que mejor resume a Andy. Tenía siempre aspecto de llevar corbata. En el mundo exterior, había sido vicepresidente del departamento de créditos de un importante banco de Portland. Excelente trabajo para un hombre tan joven como él, y más aún si consideramos lo conservadores que son la mayoría de los bancos… conservadurismo que habrá que multiplicar por diez en el caso de Nueva Inglaterra, donde la gente no confía a un individuo su dinero a menos que sea calvo, cojo y ande siempre tirándose de los pantalones para colocarse bien el braguero. Andy estaba en la cárcel por asesinar al amante de su esposa y a su esposa.

Creo haber dicho ya que en la cárcel todo el mundo es inocente. Oh, sí, te sueltan su cuento de la inocencia con grandes aspavientos. Los pobrecitos son víctimas de jueces de corazón de piedra y bolas haciendo juego, o de abogados incompetentes, o de conjuras policiales o de la mala suerte. Te sueltan esas monsergas de la inocencia, pero lo que ves claramente en sus caras es otro cantar. La mayoría de los presidiarios son gente de mala ralea, no son buenos, ni para ellos ni para nadie, y en realidad lo peor que pudo pasarles, ya para empezar, fue que su madre los trajera al mundo.

En todos los años que llevo en Shawshank, no llegan ni a diez los hombres a los que creí cuando me dijeron que eran inocentes. Andy Dufresne era uno de éstos, aunque no llegué a estar convencido de su inocencia hasta que pasaron unos diez años. Si yo hubiera formado parte del jurado que le juzgó en el Tribunal Superior de Portland en un juicio que duró tres borrascosas semanas en 1947 y 1948, también habría votado culpable.

Fue un caso endiablado, desde luego; uno de esos casos que cuentan con todos los elementos necesarios. Había una mujer hermosa con relaciones sociales (muerta), un personaje local del deporte (muerto también) y un destacado hombre de negocios (en el banquillo). Y a esto hay que añadir toda la leña que los periódicos pudieron echar al fuego. Para el fiscal, el caso era clarísimo. El juicio duró lo que duró sólo porque el fiscal del distrito quería presentarse a las elecciones al Congreso y que la plebe tuviera tiempo sobrado de fijarse en él. Fue un número excelente de circo legal, el público haciendo cola a las cuatro de la madrugada, pese a temperaturas bajo cero, para asegurarse asiento en la sala.

Los hechos que expuso el acusador y que Andy no desmintió fueron los siguientes: que él tenía una esposa, Linda Collins Dufresne; que en junio de 1947 ella había expresado su interés en aprender a jugar al golf en el club de campo Falmouth Hills; que tomó lecciones durante cuatro meses; que su instructor era el entrenador profesional de golf del Falmouth Hills, Glenn Quentin; que a finales de agosto de 1947 Andy se enteró de que Quentin y su esposa eran amantes; que el diez de septiembre de 1947, por la tarde, Andy y Linda discutieron acaloradamente y que la infidelidad de ella fue el tema y el motivo de la discusión.

Andy declaró que Linda había confesado que se alegraba de que él lo supiera; pues el tener que andar escondiéndose, dijo, era muy desagradable. Le dijo que quería divorciarse en Reno. Y Andy replicó que antes la vería en el infierno que en Reno. Ella se fue a pasar la noche con Quentin en la casita que éste tenía alquilada cerca del campo de golf. Y, a la mañana siguiente, la mujer de la limpieza los encontró a los dos muertos en la cama. Les habían pegado cuatro tiros a cada uno.

Esto último fue lo que perjudicó más a Andy. Aquel fiscal con ambiciones políticas hizo gran hincapié en este detalle, tanto en la exposición inicial como en el resumen final. El caso de Andrew Dufresne, dijo, no era el de un marido furioso que en un arrebato se venga de la esposa infiel; eso, dijo el fiscal, sería comprensible aunque censurable. Pero la venganza de Andy había sido algo mucho más frío. ¡Fíjense bien!, atronó el fiscal dirigiéndose al jurado. ¡Cuatro y cuatro! Nada de seis disparos… ¡ocho! ¡Había descargado ya el arma y se paró a cargarla para volver a disparar sobre ambos! CUATRO PARA ÉL Y CUATRO PARA ELLA, proclamaba el Sun de Portland. El Register de Boston le motejaba «El asesino equitativo».

Un dependiente de la casa de empeños Wise de Lewiston declaró que había vendido un Police Special treinta y ocho de seis tiros a Andrew Dufresne justo dos días antes del doble asesinato. Un camarero del bar del club de campo declaró que Andy había aparecido por allí hacia las siete de la tarde del diez de septiembre y que se había bebido tres whiskies en veinte minutos… y que cuando se levantó del taburete de la barra le dijo al camarero que iba a ir hasta la casa de Glenn Quentin, y que él, el camarero, «ya se enteraría del final de la historia por los periódicos». Otro dependiente, éste de la tienda Handy-Pik, a kilómetro y medio más o menos de la casa de Quentin, declaró en el juicio que Dufresne se había presentado en el local a eso de las nueve menos cuarto aquella misma noche. Que compró cigarrillos, tres cervezas de cuarto y paños de cocina. El médico forense del distrito declaró que Quentin y la mujer de Dufresne habían sido asesinados entre las once de la noche y las dos de la madrugada la noche del diez al once de septiembre. El detective de la oficina del fiscal general encargado del caso declaró que había un desvío a menos de setenta metros de la casa de Quentin, y que habían aparecido allí tres pruebas. Primera prueba: dos botellas de cuarto vacías de cerveza Narragansett (en las que se habían encontrado las huellas dactilares del acusado); segunda prueba: doce colillas de cigarrillos (Kool todos, la marca que fumaba el acusado); y tercera prueba: el molde en escayola de unas huellas de neumáticos (idénticas a las de los neumáticos del Plymouth del 47 del acusado).

En la sala de estar de la casita de Quentin, sobre el sofá, se habían encontrado cuatro paños de cocina. Todos ellos tenían agujeros de bala y quemaduras de pólvora. El detective afirmó (con débiles objeciones del abogado de Andy) que el asesino había puesto los paños de cocina tapando el orificio del arma homicida para amortiguar el ruido de los disparos.

Andy Dufresne subió al estrado de los testigos en su propia defensa y contó la historia en tono sosegado, frío y desapasionado. Contó que había empezado a oír desagradables rumores sobre su esposa y Glenn Quentin hacia la última semana de julio. A finales de agosto, estaba ya lo bastante preocupado como para investigar un poco. Una tarde que Linda había dicho que iría a Portland de compras después de la clase de golf, Andy les siguió a ella y a Quentin hasta la casita de una sola planta que tenía alquilada Quentin (denominada inevitablemente «nido de amor» en los periódicos). Andy esperó en el coche, aparcado en el desvío, hasta que unas tres horas después salieron y Quentin la volvió a llevar al club de campo, donde ella tenía aparcado el coche.

–¿Pretende usted decirle al tribunal que siguió a su esposa en su flamante sedán Plymouth? –le preguntó el fiscal del distrito en el interrogatorio.

–Había cambiado el coche con un amigo –dijo Andy; y el admitir tan tranquilamente lo bien que había planeado su investigación no le favoreció nada ante el jurado, desde luego.

Tras devolver el coche a su amigo y recoger el suyo, se había ido a casa. Linda estaba ya en la cama, leyendo un libro. Le preguntó cómo le había ido el viaje a Portland. Ella le contestó que bien, aunque en realidad no había visto nada que mereciera la pena comprar. «Eso confirmó mis sospechas», dijo Andy a un público sobrecogido; pronunció estas palabras con la misma voz remota y fría que había empleado prácticamente durante toda su declaración.

–¿Cuál era su estado de ánimo durante los diecisiete días que mediaron entre éste y el día en que su esposa fue asesinada? –le preguntó su abogado.

–Me sentía muy angustiado –dijo Andy, sereno e imperturbable. Y, en el mismo tono que quien lee una lista de compras, añadió que había pensado en suicidarse, llegando incluso a comprarse una pistola en Lewiston el ocho de septiembre.

Su abogado le invitó entonces a explicar al jurado lo ocurrido después de que su esposa fuera a reunirse con Glenn Quentin la noche de los asesinatos. Andy lo explicó… y causó realmente la peor impresión posible.

Conviví con él casi treinta años y puedo deciros que era el individuo con más temple que he conocido. Cuando estaba contento por algo sólo te daba leves indicios; y cuando algo le preocupaba se lo guardaba todo para él. Nadie podría decir si pasó alguna vez lo que un místico llamó noche oscura del alma. Era el tipo de individuo que si hubiera decidido suicidarse no habría dejado ninguna nota, pero sí todos sus asuntos en orden. Creo que aunque hubiera llorado en el estrado de los testigos o hubiese hablado con voz ronca o irritada, incluso en el caso de que se hubiera puesto a chillarle a aquel fiscal que soñaba con Washington, no habría acabado con la sentencia de cadena perpetua con que acabó. Y aun en caso de haberlo hecho hubiera conseguido la libertad condicional, hacia 1954. Pero explicó su historia como una grabadora, como diciéndole al jurado: «Las cosas son así. Pueden creerme o no». No le creyeron.

Dijo que aquella noche estaba borracho, que llevaba más o menos borracho desde el veinticuatro de agosto y que era una persona a la que no le sentaba bien el alcohol. A cualquier jurado le hubiera resultado bastante difícil tragarse esto. Sencillamente, no podían imaginarse a aquel hombre joven, seguro de sí, con un pulcro traje de lana tres piezas entregado a la bebida por un asuntillo intrascendente de su esposa con un profesor de golf. Yo sí lo creí, porque tuve ocasión de observar una vez a Andy, lo cual no pudieron hacer los seis hombres y las seis mujeres del jurado.

Durante el tiempo que le traté, Andy Dufresne siempre tomó cuatro copas al año. Cada año, más o menos una semana antes de su cumpleaños y luego otra vez unas dos semanas antes de Navidad, se me acercaba en el patio. En ambas ocasiones disponía las cosas para conseguir una botella de Jack Daniel’s. La compraba como suelen comprar las cosas la mayoría de los presos: con el jornal miserable que les pagan aquí y añadiendo algo más de su propio bolsillo. Hasta 1965, la paga era aquí de diez centavos la hora. Aquel año la subieron a veinticinco centavos. Mi comisión por conseguir licor era, y es, el diez por ciento; y si añadimos a esa sobretasa el precio de un buen whisky tendréis una idea de las horas de sudor en la lavandería de la cárcel que le costaban a Andy Dufresne sus cuatro copas anuales.

El día de su cumpleaños por la mañana, el veinte de septiembre, solía pegarse un buen toque y luego otro cuando se apagaban las luces por la noche. Al día siguiente me devolvía la botella y yo la compartía con los demás. En cuanto a la otra botella, él se tomaba un trago el día de Nochebuena y otro el día de Nochevieja… y aquella botella volvía también a mis manos con instrucciones de compartirla con la gente. Cuatro tragos al año… sólo actúa así alguien a quien la bebida le ha pegado muy fuerte… con fuerza suficiente para hacerle sangrar.

Andy explicó al jurado que aquella noche del día diez estaba tan borracho que sólo podía recordar lo ocurrido en fragmentos sueltos. Estaba ya borracho por la tarde («Me armé de una ración doble de valor alcohólico», así lo expresó él) antes de enfrentarse a Linda.

Andy recordaba que, cuando ella salió para reunirse con Quentin, había decidido enfrentarse a ellos. De camino hacia la casa de Quentin, aterrizó en el club de campo para un par de tragos rápidos. Dijo que no podía recordar haberle dicho al camarero lo de que «ya se enteraría del resto en los periódicos» y que en realidad no se acordaba de haberle dicho absolutamente nada. Recordaba haber comprado cerveza en el Handy-Pik, pero no haber comprado los paños de cocina. «¿Para qué iba a querer yo paños de cocina?», preguntó, y, según un periódico, tres señoras del jurado se estremecieron.

Después, mucho después, elucubraría conmigo sobre el dependiente que había declarado sobre el asunto de aquellos paños de cocina. Y creo que merece la pena transcribir sus palabras:

–Supongamos que durante la búsqueda de los testigos –me dijo un día en el patio de ejercicios– tropezaron por casualidad con el tipo que me vendió la cerveza aquella noche. Para entonces ya habían transcurrido tres días. Los detalles del caso habían sido ampliamente difundidos en los periódicos. Tal vez asediaran al tipo en grupo, cinco o seis polis, más el detective de la oficina del fiscal general, más el ayudante del fiscal del distrito. La memoria es una cosa extremadamente subjetiva, Red. Pudieron empezar con «¿No compraría quizá cuatro o cinco paños de cocina?», y seguir luego a partir de ahí. El hecho de que haya bastantes personas deseando que uno recuerde algo suele ser extraordinariamente convincente.

Admití que debía serlo.
–Pero hay algo aún más convincente –prosiguió Andy, de aquel modo suyo tan meditativo–. Creo que es posible al menos que se convenciera él mismo. Sería el centro de atención. Periodistas haciéndole preguntas, su fotografía en los diarios, todo coronado, por supuesto, por su actuación estelar en el juicio. No digo que falsificara a propósito su historia ni que cometiera perjurio deliberadamente. Creo que es muy probable que superara con absoluto éxito la prueba del detector de mentiras y que jurara por el sagrado nombre de su madre que compré aquellos paños de cocina. Pero aun así… la memoria es algo extraordinariamente subjetivo.

»Lo sé muy bien: aunque mi propio abogado creía que yo tenía que mentir en parte de mi versión de los hechos, nunca se tragó lo de los paños de cocina. Si se piensa un poco es completamente absurdo. Yo estaba como una cuba, demasiado borracho realmente para que se me ocurriera amortiguar el ruido de los disparos. Si lo hubiera hecho yo, habría dejado que se oyeran.

Fue hasta el desvío y aparcó allí. Bebió cerveza y fumó unos cuantos cigarrillos. Vio que se apagaban las luces de abajo de la casita de Quentin. Se fijó en que se encendía una luz arriba… y quince minutos después se fijó en que aquella luz se apagaba también. Dijo que pudo imaginarse el resto.

–Señor Dufresne, ¿fue usted entonces a la casa de Glenn Quentin y les mató a los dos? –atronó entonces su abogado.

–No, no lo hice –respondió Andy.

Dijo que hacia medianoche se había despejado y estaba empezando a sentir los primeros síntomas de una buena resaca. Decidió irse a casa a dormir y pensar en todo el asunto al día siguiente de forma más razonable y adulta.

–Entonces ya, mientras me dirigía a casa, empecé a pensar que tal vez la vía más sensata fuera sencillamente dejar que se fuera a Reno y obtuviera el divorcio.

–Gracias, señor Dufresne.

Intervino entonces inesperadamente el fiscal.
–Y le concedió usted el divorcio de la forma más rápida que se le ocurrió, ¿verdad? La divorció con un revólver del treinta y ocho envuelto en paños de cocina, ¿verdad?

–No, señor, no hice eso –dijo Andy, con calma.
–Y luego disparó usted también contra su amante. –No, señor.
–¿Quiere decir usted que mató primero a Quentin? –Quiero decir que no maté a ninguno de los dos. Bebí más de dos litros de cerveza y fumé todos los cigarrillos que ha encontrado la policía en el desvío. Y luego me fui a casa y me acosté.