Prólogo

–Espere –le dijo Jasmine al taxista–. ¿Puede, por favor, llevarme primero a la calle de las Vírgenes del Paraíso?

–Sí, señorita –contestó el taxista árabe, mirando a su pasajera a través del espejo retrovisor y clavando los ojos por un instante en su dorado cabello.

La propia Jasmine se sorprendió. Durante el trayecto desde el Aeropuerto Internacional de El Cairo y, antes, durante el largo vuelo sin escalas desde Los Ángeles, se había prometido a sí misma no acercarse para nada a la calle de las Vírgenes del Paraíso, ir directamente al Nile Hilton, averiguar quién y por qué la había mandado volver a El Cairo, resolver el asunto que hubiera que resolver y tomar a continuación el primer vuelo de regreso a California. Consternada por su irreflexión, hubiera querido decirle al taxista que la condujera directamente al hotel, que había cambiado de idea. Pero no pudo. Aunque temiera ir a la calle de las Vírgenes del Paraíso, más miedo le daba no ir.

–Bonita calle, señorita, calle preciosa –dijo el taxista, tocando el claxon para abrirse camino entre el intenso tráfico del centro de la ciudad vieja.

Jasmine vio en su rostro una expresión de curiosidad y una mirada de extrañeza, pues los turistas raras veces visitaban la calle de las Vírgenes del Paraíso. Permaneció sentada, escuchando los petardeos del pequeño vehículo adornado con vistosas borlas, flores de papel y un ejemplar del Corán colocado sobre el tablero de instrumentos tapizado en terciopelo, mientras clavaba ansiosamente las uñas en el tejido de sus vaqueros azules. Prefería los vaqueros a cualquier otra prenda e incluso los llevaba en la clínica pediátrica y cuando efectuaba la ronda de visitas a los enfermos en el hospital...

–Eso es absolutamente impropio de una médica, doctora Van Kerk –le había dicho en broma el jefe de cirugía en cierta ocasión.

Mientras el taxi rodeaba lentamente la plaza de la Liberación, Jasmine observó a los viandantes que abarrotaban las aceras. Vio muy pocos vaqueros azules entre los jóvenes vestidos con anticuados pantalones de pata de elefante y ajustadas camisas de nailon. Algunas mujeres lucían peinados ahuecados y modernas faldas y blusas, y muchos hombres llevaban las tradicionales galabeyas; también había muchas jóvenes con túnica larga y la cabeza cubierta con un velo, el «atuendo islámico» del nuevo integrismo, y campesinas con las nalgas envueltas en una ajustada y modesta capa negra que contribuía a realzar los encantos que pretendía ocultar. Entre aquella muchedumbre, Jasmine trató de distinguir a la niña que antaño fuera, una chiquilla de pálida piel y rubio cabello caminando feliz y despreocupada con sus compañeros de morena tez, ajena al turbulento futuro que se estaba acercando a ella a pasos agigantados. Se inclinó hacia la ventana en la certeza de que la niña estaba todavía allí. Si la viera, saltaría del taxi, la tomaría de la mano y le diría: «Ven conmigo. Te llevaré lejos de aquí, lejos del peligro y la traición que te aguardan».

Pero el taxi avanzó tosiendo y traqueteando por delante de los peatones y Jasmine no pudo encontrar entre ellos a su propio yo infantil. De pronto, el taxi enfiló una calle tan conocida que, por un instante, el asombro la dejó sin respiración.

El taxista aminoró la marcha mientras Jasmine contemplaba los árboles de los jardines largo tiempo olvidados, pero recordados de repente con una irresistible claridad, como si hubiera abandonado Egipto justo la víspera.

Súbitamente pensó que ojalá no se hubiera trasladado a El Cairo y hubiera arrojado a la papelera la inesperada carta que había recibido en su despacho de Los Ángeles unos días atrás con aquel críptico mensaje: «Doctora Jasmine Van Kerk, ¿puede usted venir a El Cairo inmediatamente? Es urgente. Hay un asunto de su herencia que debemos discutir». Se la había enviado un abogado de un prestigioso bufete situado en una de las mejores zonas de El Cairo. Le recordaba de su infancia, cuando vivía en aquella calle llamada de las Vírgenes del Paraíso. Era el abogado de la familia y, al parecer, lo seguía siendo.

–Debes ir –le había dicho su mejor amiga Rachel, médica como ella–. Nunca podrás vivir tranquila hasta que te reconcilies con tu pasado. Tú finges ser feliz, Jas, pero yo sé que por dentro siempre estás triste. Puede que ésta sea una buena señal, una ocasión para liberarte de tus demonios.

Jasmine telefoneó al abogado para pedirle más detalles, pero éste sólo le dio una vaga respuesta:

–Lo siento, doctora Van Kerk, pero esto es demasiado complicado para discutirlo por teléfono. Por favor, ¿puede trasladarse a El Cairo? Es de la máxima importancia.

Jasmine hubiera deseado preguntarle quién había muerto, pero se contuvo porque no quería que la tragedia enturbiara su nueva vida en California. Si fuera la temida noticia de la muerte de su padre o de Amira, prefería recibirla en El Cairo, asimilarla en aquella ciudad y dejarla allí para poder regresar a los Estados Unidos y a su futuro.

–Pare aquí, por favor –le dijo al taxista, y el vehículo se detuvo bajo un dosel de viejos álamos que asomaban por encima de un impresionante muro de piedra.

Detrás del muro, apenas visible, se levantaba una enorme casa rodeada por un tranquilo jardín, un espectáculo más bien insólito en la congestionada y superpoblada ciudad de El Cairo. Mientras contemplaba la mansión de color de rosa de tres pisos, con sus ornamentados balcones y sus ventanas con celosías de madera, Jasmine experimentó una repentina oleada de emoción y pensó: «Éste es el lugar donde yo nací. Aquí exhalé mi primer respiro, derramé mi primera lágrima, reí por primera vez».

«Y aquí fui maldecida, desterrada de la familia y sentenciada a muerte.»

Contempló la casa, un monumento de piedra y argamasa al esplendoroso y decandente pasado de Egipto, y le pareció un ser viviente, momentáneamente dormido, pero peligroso cuando se despertara. Aquellas ventanas cerradas se abrirían cual si fueran ojos y en ellas aparecerían conocidos rostros que antaño ella había querido y apreciado o temido y odiado... unos rostros pertenecientes a varias generaciones de la poderosa y aristocrática familia de los Rashid, de riqueza incalculable, amiga de reyes y bajás, hermosa y mimada por la fortuna; pero, bajo la superficie, agobiada por secretos de locura, adulterio e incluso asesinato. Varias preguntas se agolparon en su mente: ¿vive la familia todavía aquí? ¿He sido llamada para asistir a un funeral? ¿De quién? ¿Mi padre? ¿Amira? «Que no sea Amira. Que ésta perdure eternamente, por lo menos en mi recuerdo.»

Empezó a recordar palabras de otros tiempos. Amira diciéndole: «Una mujer puede tener más de un marido a lo largo de su vida, puede tener muchos hermanos y muchos hijos, pero sólo puede tener un padre».

–Chófer –dijo bruscamente, apartando de su mente el recuerdo de su padre y del último y terrible día que había pasado a su lado–, lléveme al Hilton, por favor.

Mientras el taxi circulaba por una bulliciosa calle, Jasmine se dio cuenta de que estaba contemplando las escenas callejeras a través de las lágrimas. En el aeropuerto, al descender del avión, se había preparado para resistir el sobresalto del regreso y había levantado unas defensas tan firmes que no experimentó la menor emoción ni el menor sentimiento; fue como si se encontrara en cualquier aeropuerto del mundo. Pero ahora, tras haber recorrido la ciudad de su infancia y haber vuelto a ver la casa, notaba que las barreras estaban empezando a desmoronarse.

El Cairo... ¡después de tantos años! A través de las lágrimas, Jasmine observó unos cambios que la sorprendieron. Muchas de las antiguas y aristocráticas mansiones, como la de la calle de las Vírgenes del Paraíso, habían sido vendidas a grandes empresas y ahora en sus elegantes fachadas campeaban unos chillones rótulos de neón; se estaban levantando rascacielos, se veían por todas partes edificios en construcción y se oía el constante rumor de los martillos neumáticos. Cual si una guerra hubiera asolado manzanas enteras de la ciudad, éstas aparecían ahora rodeadas por vallas metálicas, mientras las perforadoras reventaban la tierra.

Aun así, Jasmine sintió que aquélla seguía siendo su amada ciudad de El Cairo, la descarada, llamativa y audaz urbe que había resistido diez siglos de invasiones, ocupaciones extranjeras, guerras, plagas y excéntricos gobernantes. El taxi rodeó traqueteando la plaza Tahrir, semejante a la pista central de un circo y destripada ahora para la construcción de una nueva línea de metro, mientras los cairotas, acostumbrados desde siempre a adaptarse a los cambios, iban a lo suyo como si tal cosa, caminando imperturbablemente serenos con sus trajes de calle o sus velos islámicos o bien sentados en las terrazas de los cafés, preguntándose a qué venía tanto afán por el progreso. Cuando vio finalmente el Nile Hilton, ya no tan fabulosamente moderno como a ella le había parecido en otros tiempos, Jasmine recordó su propia boda celebrada allí y se preguntó si el busto de bronce de Gamal Abdel Nasser todavía seguiría dominando el vestíbulo. Allí mismo, justo al lado de las oficinas de la American Express, estaba el puesto de venta de helados al que ella y Camelia, Tahia y Zacarías solían acudir de niños, un minúsculo establecimiento donde podías elegir cualquier sabor que quisieras con tal de que fuera de vainilla. Y allí estaban también los vendedores de jazmines, tan cargados de guirnaldas que no se les podía ver ni la cara, y las fellahin sentadas en cuclillas en las aceras, asando mazorcas de maíz, el signo anual de la llegada del verano.

Jasmine se apartó de la ventanilla. No tenía que dejarse seducir por El Cairo. Tiempo atrás había jurado no regresar jamás y tenía intención de cumplir su juramento... Aunque ahora se encontrara allí en carne y hueso para ver al abogado señor Abdel Rahman y resolver los asuntos de su herencia, no permitiría que su alma y su corazón la acompañaran. Los había dejado a salvo en California.

Cuando el taxi se detuvo frente a la entrada del hotel y el portero corrió a abrir la portezuela diciendo: «Bienvenida a El Cairo», Jasmine observó que éste contemplaba su rubio cabello con la misma expresión con que antes lo hicieran el taxista, los agentes de la aduana y los mozos del aeropuerto. Tomó mentalmente nota de que debería comprarse un pañuelo para cubrirse la cabeza, de la misma manera que, antes de bajar del avión, había recordado ponerse un jersey para cubrirse los brazos desnudos en aquel país islámico.

Se acercó un botones para hacerse cargo de su equipaje, pero Jasmine sólo llevaba una pequeña maleta, pues no pensaba quedarse mucho tiempo. Sólo un día, si podía. Y, por supuesto, no pensaba regresar a la calle de las Vírgenes del Paraíso.

Al entrar en el vestíbulo oyó música y vítores. En seguida apareció un cortejo nupcial precedido por bailarines y músicos mientras los amigos y parientes seguían a la pareja de recién casados, arrojándoles monedas para desearles suerte. Jasmine se detuvo para ver pasar a la joven novia vestida con un blanco traje cuya larga cola sostenían dos niñas. Evocó los dulces recuerdos de la noche en que su propio cortejo nupcial cruzó aquel mismo vestíbulo del recién inaugurado hotel y ella se sentía inmensamente feliz. Abrió el bolso, sacó unas cuantas monedas de diez centavos y de cuarto de dólar y se las arrojó a la pareja, musitando:

–Buena suerte. Mabruk.

Deseaba sinceramente que los novios encontraran juntos la felicidad.

En el mostrador de recepción, fue saludada cordialmente con el habitual «Bienvenida a El Cairo».

–¿Hay algún mensaje para mí? –le preguntó al apuesto recepcionista, que inmediatamente le dedicó la halagadora mirada de ojos oscuros y la sonrisa en las cuales son expertos los hombres egipcios.

El recepcionista miró detrás del mostrador y contestó:

–Lo siento, doctora Van Kerk, no hay ningún mensaje.

–¿Está seguro?

Había comunicado al señor Abdel Rahman la fecha de su llegada y le había dicho que tenía reservada habitación en el Hilton. En realidad, esperaba que acudiera a recibirla al aeropuerto y, al ver que no estaba allí, pensó que le encontraría en el hotel. Pero ni siquiera le había dejado un recado.

Aunque sólo llevaba una pequeña maleta, el botones la acompañó a la habitación («que mire al Nilo», había pedido al hacer la reserva) y, al entregarle ella una libra de propina, vio por su sonrisa que le había dado demasiado.

Cuando finalmente se quedó sola en la habitación, Jasmine corrió las cortinas turquesa y oro que el joven había descorrido, para no ver el río. Quería que la habitación diera al río porque no deseaba contemplar la ciudad, pero ahora sentía la atracción del viejo río cuyas aguas centelleaban bajo el sol matinal. Amira llamaba al Nilo «la Madre de todos los Ríos, la madre de todos nosotros».

Aunque estaba hambrienta y cansada, pues apenas había comido y dormido durante el vuelo, Jasmine se acercó primero al teléfono de su mesita de noche. Llamaría a Los Ángeles para decirles a todos que había llegado sin novedad y después llamaría al señor Abdel Rahman y se reuniría con él lo antes posible. Sin embargo, justo en el momento en que su mano rozaba el aparato, oyó una suave llamada a la puerta.

Pensando que sería alguien con un recado del señor Abdel Rahman o tal vez el propio abogado en persona, Jasmine abrió y dio un paso atrás, presa de un repentino sobresalto.

Vio a una mujer vestida con las prendas tradicionales de una peregrina que ha ido a La Meca, una larga túnica blanca y un velo blanco en la cabeza, cubriéndole la mitad inferior del rostro. Llevaba una bolsa de cuero en una mano y se apoyaba en un bastón con la otra. Cuando vio aquellos ojos oscuros mirándola por encima del velo, Jasmine se sintió dominada por dos emociones contrarias. ¡Amira! ¡Viva, gracias a Dios! Y después, cólera al recordar la última vez que había visto a aquella mujer.

–La paz y la misericordia de Alá sean contigo –le dijo Amira en árabe.

Jasmine recordó súbitamente las fragancias de la madera de sándalo y de las lilas, la música y la vieja fuente del jardín de la casa de la calle de las Vírgenes del Paraíso y el sabor celestial de los albaricoques con azúcar en las calurosas tardes. Bellos y felices recuerdos que ella había reprimido junto con los dolorosos.

–Y contigo –contestó con incredulidad, como si estuviera hablando con una aparición–, la paz y la misericordia de Alá y todas sus bendiciones. Pasa, por favor.

Mientras Amira entraba en la estancia y sus blancos velos exhalaban una fragancia de almendras, Jasmine se sorprendió de que los años pudieran borrarse con tanta facilidad, cerrando la brecha creada por su ausencia. También se sorprendió de que pudiera recuperar con tanta lucidez el uso del árabe y de lo delicioso que le resultaba volver a hablarlo.

Amira esperó a que Jasmine la invitara a sentarse y, cuando se acomodó en un sillón, lo hizo con la gracia de una mujer acostumbrada a conceder audiencias. Sin embargo, Jasmine observó ahora que sus movimientos eran un poco rígidos. A fin de cuentas, Amira tenía ochenta y tantos años.

–¿Cómo estás? –preguntó Jasmine, sentándose en el borde de la cama mientras se le llenaban los ojos con aquella extraordinaria visión.

O sea que Amira había hecho finalmente su peregrinación a La Meca. Jasmine se alegró.

–Muy bien, gracias a Dios –contestó la mujer, quitándose el velo y dejando al descubierto la inmaculada blancura de su cabello.

–¿Cómo supiste que estaba aquí? ¿Te lo dijo el señor Abdel Rahman?

–He sido yo quien te ha mandado llamar, Yasmina.

–¿Cómo me localizaste?

–Escribí a Itzak Misrahi en California y él conocía tu dirección. Te veo muy bien, Yasmina –dijo Amira con un leve temblor en la voz–. Ahora eres médica, ¿verdad? Eso está muy bien. Es una gran responsabilidad –añadió extendiendo los brazos–. ¿No me vas a abrazar?

Pero Jasmine tenía miedo. Aquella mujer era la comadrona que la había traído al mundo; aquellas manos perfumadas con almendras habían sido su primer contacto humano. Sabía que Amira la había besado, como besaba a todos los niños que traía al mundo. Sin embargo, al contemplar aquellos oscuros ojos rasgados que parecían arder con el mismo fuego que ella había visto una vez en el corazón de un negro ópalo, Jasmine sintió que no podía arrojarse en sus brazos. Aquella mujer tenía los fuertes rasgos propios de los beduinos del desierto y la barbilla orgullosamente levantada, características ambas de todas las mujeres Rashid... unos rasgos que también poseía Jasmine Van Kerk, pues su verdadero nombre era Yasmina y aquella mujer era su abuela.

–No debemos ser enemigas, Yasmina –dijo Amira–. Tú eres la nieta de mi corazón y yo te quiero.

–Perdóname, abuela, pero estoy recordando la última vez que te vi.

–Sí, un día muy triste para todos nosotros. Yasmina, mi niña querida, algo me ocurrió cuando era pequeña y lloré tanto que pensé que me vaciaría de lágrimas como una botella se vacía de agua y entonces me moriría. Sobreviví, pero me quedó el recuerdo de aquella profunda angustia y juré que jamás permitiría que ninguno de mis hijos sufriera un dolor semejante. Sin embargo, aunque Ibrahim era mi hijo y tu padre, no pude intervenir. Según la ley, un hombre puede hacer lo que se le antoje con sus hijos porque es el amo de la familia. Pero sufrí mucho por ti, Yasmina. Y ahora has regresado.

–Dime, por favor, abuela, ¿por qué le has dicho al señor Abdel Rahman que me haga venir? ¿Es por mi padre? ¿Acaso ha muerto?

–No, Yasmina. Tu padre todavía vive. Pero es por él por quien he querido que volvieras a casa. Está muy enfermo, Yasmina. Se va a morir. Te necesita.

–Y ha pedido que me mandes llamar.

Amira sacudió la cabeza.

–Tu padre no sabe que estás aquí. Temía que, si le dijera que te había escrito y tú no vinieras, le destrozaría por completo.

Jasmine trató de reprimir las lágrimas.

–¿De qué se muere? ¿Qué enfermedad padece?

–No es una enfermedad del cuerpo, Yasmina, sino del espíritu. Su alma se muere, ha perdido la voluntad de vivir.

–¿Y cómo puedo yo salvarle?

–Porque se muere por tu causa. El día que te fuiste de Egipto, tu padre perdió la fe. Se convenció de que Alá lo había abandonado y, en su lecho de muerte, lo sigue creyendo. Escúchame, Yasmina, no puedes permitir que tu padre muera sin fe porque entonces Alá le abandonaría de verdad y mi hijo no podría morar en el Paraíso.

–Él tiene la culpa... –dijo Jasmine con la voz quebrada por la emoción.

–Oh, Yasmina, ¿acaso crees saberlo todo? ¿Crees saber por qué razón tu padre hizo lo que hizo? ¿Conoces todas las historias de nuestra familia? Por el Profeta, la paz sea con él, te aseguro que tú no conoces los secretos que configuran nuestra familia y te han configurado a ti. Pero ha llegado el momento de que conozcas esos secretos –Amira se colocó la bolsa de cuero sobre el regazo y sacó un hermoso estuche de madera con incrustaciones de marfil en cuya tapa figuraba escrito en árabe Alá, el Misericordioso–. Recordarás a la familia Misrahi, la que vivía en la casa de al lado en la calle de las Vírgenes del Paraíso. Abandonaron Egipto porque eran judíos. Maryam Misrahi era mi mejor amiga y ambas nos contábamos secretos. Ahora te voy a contar nuestros secretos porque eres la nieta de mi corazón y porque quiero que sane la herida entre tú y tu padre. Te contaré incluso el gran secreto de Maryam; ella ha muerto y ya no importa. Después te revelaré mi terrible secreto personal, que ni siquiera tu padre conoce. Pero no sin que antes hayas escuchado todo lo que hay que escuchar.

Jasmine contempló el estuche fascinada. Las cortinas que había corrido sobre las vidrieras correderas del balcón se movían ahora agitadas por la brisa matinal que llevaba consigo los rumores del tráfico de la orilla del río. Un extraño pensamiento cruzó por la cabeza de Jasmine; recordó de repente que, en otros tiempos, la carretera que bordeaba el río no existía y tampoco aquel hotel, porque el lugar estaba ocupado por unos cuarteles del ejército británico. Mientras su abuela abría el estuche que contenía los recuerdos de varias generaciones de una orgullosa familia, Jasmine comprendió que ella y Amira estaban a punto de embarcarse en un viaje a través del túnel del tiempo.

–Ahora te voy a contar todos los secretos, Yasmina –dijo Amira en un susurro–. Y tú me contarás los tuyos –los sabios y almendrados ojos de ónice miraron a Jasmine–. Tú también tienes secretos –añadió Amira, lanzando un suspiro–. Sí, tienes secretos. Nos los intercambiaremos y, cuando Alá oiga tu historia, rezo para que en su misericordia te otorgue la sabiduría necesaria para saber lo que tienes que hacer. El primer secreto, Yasmina, corresponde al año anterior a tu nacimiento, cuando acababa de terminar la guerra en Europa y el mundo festejaba la paz. Ocurrió una cálida y perfumada noche llena de esperanzas y promesas. Fue la noche que marcó el comienzo de la decadencia de nuestra familia...

Primera parte. 1945

Primera parte

1945

1

–¡Mira, princesa, allá en el cielo! ¿Ves el caballo alado galopando por el firmamento?

La chiquilla escudriñó el cielo nocturno, pero sólo vio el gran océano de las estrellas. Sacudió la cabeza y recibió un cariñoso abrazo. Mientras contemplaba el cielo, tratando de ver el caballo alado entre las estrellas, oyó en la distancia un rumor semejante a un trueno.

De pronto, se oyó un grito y la mujer que la abrazaba exclamó:

–¡Que Alá se apiade de nosotros!

Inmediatamente, unas negras sombras descendieron de la oscuridad; eran unos gigantescos caballos montados por jinetes vestidos de negro. Creyendo que habían bajado del cielo, la niña trató de distinguir sus grandes alas cubiertas de plumas.

Después, mujeres y niños corrieron a esconderse mientras las espadas brillaban bajo la luz de las hogueras del campamento y los gritos se elevaban hacia las frías e impasibles estrellas.

La niña se aferró a la mujer detrás de un enorme baúl.

–No te muevas, princesa –dijo la mujer–. No hagas ruido.

Miedo. Terror. Y después... La niña fue arrancada violentamente de los brazos protectores y lanzó un grito.

Amira se despertó. La habitación estaba a oscuras, pero ella vio que la luna primaveral había extendido su manto plateado sobre la cama. Se incorporó, encendió la lámpara de la mesita de noche y, cuando la luz se derramó consoladoramente por todos los rincones de la estancia, se comprimió una mano contra el pecho como si con ello pudiera calmar los fuertes latidos de su corazón mientras pensaba: «Ya empiezan otra vez los sueños».

Amira no se había despertado descansada porque las inquietantes pesadillas turbaban su sueño... Tal vez fueran recuerdos, aunque ella no sabía muy bien si eran acontecimientos reales o imaginarios. Sin embargo, cuando volvían los sueños, como había ocurrido en aquellos momentos, sabía que la perseguirían a lo largo de todo el día, obligándola a vivir el pasado en el presente, en caso de que fueran efectivamente recuerdos del pasado, como si se desarrollaran simultáneamente dos vidas, una de ellas perteneciente a una chiquilla asustada y la otra a la mujer que trataba de comprender racionalmente un mundo imprevisible.

Eso le ocurría porque estaba a punto de nacer una criatura, se dijo Amira mientras se incorporaba y trataba de calcular cuánto rato había dormido. La casa estaba extrañamente silenciosa.

Cada vez que se producía un nacimiento en la gran mansión de la calle de las Vírgenes del Paraíso, las visiones volvían a poblar sus sueños, como presagios de acontecimientos venideros o tal vez recuerdos de un lejano pasado. Procurando serenarse, Amira se dirigió al lujoso cuarto de baño de mármol que antaño compartiera con su marido, Alí Rashid, el cual llevaba cinco años enterrado, y abrió el grifo de oro del agua fría. Se detuvo para mirarse al espejo y vio que la luz de la luna le había decolorado el rostro. Aunque ella no se consideraba una belleza, la gente así lo creía y lo comentaba.

–Prométeme que te volverás a casar –le había dicho Alí en su lecho de muerte poco antes de que estallara la guerra en Europa–. Aún eres joven, Amira, y estás llena de vida. Cásate con Skouras, sé que estás enamorada de él.

Se lavó el rostro con agua fría y se lo secó con una toalla de lino.

¡Andreas Skouras! ¿Cómo había averiguado Alí que estaba enamorada de él? Amira creía haber ocultado cuidadosamente sus sentimientos, hasta el punto de que ni siquiera su mejor amiga hubiera podido adivinar el vuelco que le daba el corazón cada vez que el apuesto Skouras visitaba la casa. «Cásate con Skouras.» ¿Tan sencillo era todo? Pero ¿cuáles eran los sentimientos del ministro de Cultura del Rey con respecto a ella?

Alisándose el cabello y la ropa, pues se había tendido a echar una breve siesta antes del parto de su nuera previsto para aquella noche, Amira cruzó la estancia para dirigirse a la puerta. Pero la luz de la luna estaba iluminando una fotografía de su mesita de noche y el apuesto hombre del marco de plata parecía llamarla en silencio.

Tomó la fotografía de Alí y se consoló contemplándola, tal como siempre le ocurría cuando estaba preocupada.

–¿Qué significan los sueños, esposo de mi corazón? –preguntó en un susurro. La noche era tranquila y sosegada y la enorme casa, normalmente animada con el bullicio y los sonidos de las generaciones que habitaban dentro de sus muros, estaba en silencio a aquella hora tan tardía de la noche. Los únicos signos de vida, pensó, procederían de las estancias de abajo, donde vivía su nuera y donde la joven estaba a punto de traer al mundo a su primer hijo–. Dime –añadió sin apartar los ojos de la fotografía del hombre de impresionantes bigotes y nariz aguileña... Alí Rashid, rico y poderoso, el último vástago de una generación ya desaparecida–. ¿Por qué tengo estos sueños siempre que está a punto de nacer un niño? ¿Son acasos presagios o son fruto de mi propio temor? Oh, esposo mío, ¿qué me debió de ocurrir en mi infancia para que experimente semejante temor cada vez que surge una nueva vida en nuestra familia? –Amira soñaba a veces con una niña que sollozaba desesperada, pero no sabía quién era–. ¿Soy yo acaso? –le preguntó a la fotografía–. Sólo tú conoces el secreto de mi pasado, esposo de mi corazón. Tal vez sabías algo más, pero nunca me lo dijiste. Tú eras un hombre y yo era sólo una niña cuando me trajiste a esta casa. ¿Qué secretos dejamos a nuestra espalda cuando me sacaste del harén de la calle de las Tres Perlas? ¿Y por qué no puedo recordar nada de mi vida antes de los ocho años?

Sólo escuchó el susurro de las ramas de los álamos del jardín mientras una brisa primaveral soplaba sobre la dormida ciudad de El Cairo cuando dejó de nuevo la fotografía sobre la mesita. Las respuestas que pudiera tener Alí se habían ido a la tumba con él. Y, de este modo, Amira Rashid se quedó con toda una serie de preguntas sin respuesta sobre su familia, su origen y su verdadero nombre. Un secreto que ni siquiera los suyos conocían; cuando sus hijos eran pequeños y le hacían preguntas sobre su rama de la familia, contestaba evasivamente:

–Mi vida comenzó cuando me casé con vuestro padre y su familia se convirtió en la mía.

No guardaba ningún recuerdo de su propia infancia que pudiera compartir con sus hijos.

Pero soñaba...

–¿Ama? –dijo una voz desde la puerta.

Amira se volvió a mirar a la criada, una anciana que llevaba al servicio de la familia desde antes de que ella naciera.

–¿Ya es la hora? –preguntó.

–La señora está casi a punto, ama.

Dejando sus sueños y los recuerdos de Andreas Skouras a su espalda, Amira avanzó presurosa por el largo pasillo, pisando con sus chinelas las mullidas y lujosas alfombras mientras los jarrones de cristal y los relucientes candelabros de oro reflejaban su imagen y en la noche primaveral se aspiraban los perfumes de la cera y el aceite de limón.

En el dormitorio de su nuera, Amira encontró a la joven asistida por las tías y las primas que vivían en la casa y trataban de confortarla, tranquilizándola en susurros y rezando oraciones. Como siempre, la anciana astróloga Qettah ocupaba un oscuro rincón de la estancia con sus misteriosas tablas e instrumentos, disponiéndose a registrar el momento exacto del nacimiento de la criatura.

Mientras se acercaba a la cama para comprobar en qué fase del parto se encontraba la muchacha, Amira no pudo sacudirse de encima los efectos del reciente sueño. Había sido algo más que un sueño, tenía la sensación de haber estado en un campamento del desierto contemplando las estrellas y de haber sido brutalmente arrebatada de los brazos de alguien que trataba de protegerla. ¿Quién era la mujer de su recurrente sueño? ¿Pertenecían aquellos amorosos brazos a su madre? Amira no recordaba a su madre, en su sueño sólo veía una extraña noche cuajada de estrellas hasta el punto de que a veces creía no haber nacido de una mujer sino directamente de las refulgentes y lejanas estrellas.

Sin embargo, si mi sueño es efectivamente el fragmento de un recuerdo, pensó mientras tomaba un paño frío para aplicarlo sobre la frente de su nuera, ¿qué sucedió después de que me arrancaran de aquellos amorosos brazos? ¿Mataron a la mujer? ¿Fui yo testigo de su muerte? ¿Por eso sólo puedo recordar el pasado en sueños?

–¿Cómo estás, hija de mi corazón? –le preguntó a la joven esposa que estaba luchando por dar a luz un hijo; la pobrecilla sufría los dolores del parto desde las primeras horas de aquel día. Amira preparó un té de hierbas según una antigua receta que, al parecer, la madre del profeta Moisés había bebido para aliviar los dolores del alumbramiento de su hijo, y mientras animaba a su nuera a beberlo, examinó el dilatado abdomen bajo la colcha de raso y se alarmó repentinamente: algo fallaba.

–Madre... –musitó la joven apartando el rostro del té mientras sus febriles ojos brillaban como negras perlas–. ¿Dónde está Ibrahim? ¿Dónde está mi esposo?

–Ibrahim está con el Rey y no puede venir. Ahora bébete el té que tiene el poder de la bendición de Dios.

Se produjo otra contracción y la joven se mordió el labio para no gritar.

–Quiero a Ibrahim –dijo en un susurro.

Las otras mujeres de la estancia que estaban rezando en silencio por su prima, llevaban la cabeza cubierta con velos de seda, se habían rociado el cuerpo con costosos perfumes y vestían prendas muy caras, pues vivían en la casa de un hombre muy rico. En el ala reservada a las mujeres de la mansión Rashid, residían veintitrés mujeres y niños, cuyas edades oscilaban entre el mes y los ochenta y seis años. Todas estaban emparentadas y pertenecían a la familia Rashid, el fundador del clan; también estaban las viudas de sus hijos, sobrinos y primos. Los únicos varones que había en aquellos aposentos eran los niños de menos de diez años, edad a partir de la cual, según la costumbre islámica, éstos debían apartarse de sus madres y trasladarse al ala de los hombres, situada en el otro extremo de la mansión. Amira reinaba en los aposentos de las mujeres, antaño llamados el harén, donde el espíritu de Alí Rashid seguía presente desde un gran retrato que colgaba sobre la cabecera de la cama y en el cual se le veía rodeado de esposas, concubinas y numerosos hijos. Todas las mujeres se cubrían con velos y adornaban sus manos con gruesas sortijas de oro... Alí Rashid Bajá, sentado en un sillón semejante a un trono, un hombre corpulento y poderoso, vestido con túnicas y tocado con un fez, parecía un potentado del siglo pasado, cuyo nombre seguía siendo invocado cinco años después de su muerte. Amira había sido su última esposa; tenía trece años cuando se casó con él y Alí cincuenta y tres.

La boca de su nuera se abrió en un silencioso grito, pero no se oyó el menor sonido, pues el hecho de que una mujer diera muestras de debilidad durante el parto se consideraba una deshonra para la familia. Amira cambió la almohada empapada por otra seca y enjugó el sudor de la frente de la muchacha.

Bismillah! ¡En nombre de Alá! –exclamó en voz baja una joven que estaba antendiendo a la parturienta con el rostro tan blanco como las flores de almendro dispuestas en todos los rincones de la estancia–. ¿Qué le sucede?

Amira retiró la colcha de raso y observó consternada que la criatura ya no se encontraba situada en la posición normal del alumbramiento sino en sentido transversal. Recordó otra noche de hacía casi treinta años en que ella, recién casada, acababa de llegar a la mansión. Una de las esposas de su flamante marido estaba de parto y el niño se presentaba al través.

Amira recordó ahora que madre e hijo habían muerto.

Para disimular su inquietud, dirigió unas tranquilizadoras palabras a su nuera y llamó por señas a una de las mujeres que estaban quemando incienso para alejar a los yinns y otros malos espíritus del lecho del parto. Después le explicó a su nuera en voz baja que tendrían que mover a la criatura para colocarla en la posición normal cabeza abajo. Se acercaba el momento del parto: si la criatura se quedara atascada en el canal del alumbramiento, madre e hijo podrían morir.

Como todas las mujeres de la casa, la prima tenía mucha experiencia en cuestión de partos, tanto por los suyos propios como por los de otras mujeres a quienes había asistido. Sin embargo, al contemplar el deformado vientre, se quedó petrificada: ¿en cuál de los dos extremos se encontraba la cabeza de la criatura y en cuál los pies?

Amira tomó el amuleto que previamente había colocado entre los instrumentos del parto. Era un objeto de extraordinario poder, pues había sido «estrellado», es decir, dejado durante siete noches en una azotea para que absorbiera la luz y la fuerza de las estrellas; lo comprimió con sus manos para extraerle la magia mientras una voz en la radio, sintonizada con la lectura nocturna del Corán, entonaba:

–«Está escrito que nada nos ocurrirá que Alá no haya decretado. Él es nuestro Guardián. Que los fieles depositen su confianza en Alá.»

Con un delicado movimiento, Amira consiguió dar la vuelta a la criatura y colocarla en la debida posición, pero, en cuanto retiró las manos, observó que el vientre volvía a cambiar lentamente de forma al colocarse la criatura nuevamente de lado en el canal del parto.

–¡Rezad por nosotras! –murmuró una de las mujeres.

Al ver la expresión atemorizada de las demás mujeres, Amira dijo serenamente:

–Alá es nuestro guía. Deberemos sujetar a la criatura en la debida posición hasta que nazca.

–Pero ¿esto es la cabeza? ¿Y si la estamos colocando con los pies hacia abajo?

Amira trató de sujetar a la criatura en la debida posición, pero, a cada contracción, ésta volvía a colocarse obstinadamente de lado.

Al final, comprendió lo que se tenía que hacer.

–Preparad el hachís –dijo.

Mientras un nuevo y penetrante aroma llenaba la estancia, mezclándose con el perfume de las flores de albaricoquero y los efluvios del incienso, Amira recitó un versículo del Corán y se frotó las manos y los brazos, secándoselos a continuación con una toalla limpia. Estaba utilizando los conocimientos adquiridos a través de su suegra, la madre de Alí Rashid, una sanadora que había transmitido sus artes secretas a la joven esposa de su hijo. Sin embargo, algunos de sus conocimientos se remontaban a una época anterior, al período de su estancia en el harén de la calle de las Tres Perlas.

Su nuera dio unas chupadas a la pipa de hachís hasta que se le nublaron los ojos. Después, guiando suavemente a la criatura con una mano, Amira trató de sujetarla con la otra.

–Dadle otra vez la pipa –dijo en voz baja, intentando visualizar la posición de la criatura.

La joven trató de aspirar el humo del hachís, pero el dolor le estaba resultando insoportable; apartó la cabeza y, sin poderlo evitar, emitió un grito desgarrador.

Al final, Amira se volvió hacia una de las mujeres y dijo serenamente:

–Telefonead a Palacio. Decidles que Ibrahim tiene que regresar a casa inmediatamente.

–¡Bravo! –exclamó el rey Faruk.

Como acababa de ganar un cheval, sus ganancias serían de diecisiete a uno, por cuyo motivo sus acompañantes se congregaban alrededor de la ruleta y estallaron en vítores.

Sin embargo, Ibrahim Rashid, el hombre que había aplaudido la victoria del Rey y le había dicho: «Os podéis arriesgar, Majestad. ¡La suerte está de vuestra parte esta noche!», no estaba de humor para las diversiones de aquella velada. Se estaba haciendo tarde y hubiera deseado telefonear a casa para preguntar cómo estaba su esposa. Pero Ibrahim no era libre de abandonar la mesa, pues formaba parte del séquito real y, en su calidad de médico personal del Rey, estaba obligado a permanecer al lado de Faruk.

Ibrahim se había pasado toda la noche bebiendo champán, un hábito al que no estaba acostumbrado, pero al que aquella noche había recurrido para calmar su inquietud. Su joven esposa iba a dar a luz su primer hijo y jamás, en sus veintiocho años de vida, recordaba haber estado tan nervioso como en aquellos momentos.

Sin embargo, en lugar de levantarle el ánimo tal como él esperaba, el champán estaba ejerciendo el efecto contrario. Cuanto más bebía y cuanto más gritaban los hombres congregados alrededor de la mesa de la ruleta, tanto más deprimido se sentía y tanto más se preguntaba qué estaba haciendo allí y por qué perdía el tiempo con diversiones que no lo divertían. Contempló a los acompañantes del Rey y vio todo un regimiento de jóvenes exactamente iguales que él. Somos como abejas obreras todas idénticas, pensó mientras aceptaba la copa que le ofrecía un camarero. Todo el mundo sabía que Faruk elegía a sus cortesanos basándose en su refinado aspecto y su elegancia, jóvenes de piel aceitunada como Ibrahim Rashid, de hermosos ojos castaños y negro cabello, todos de veintitantos o treinta y tantos años, ricos y ociosos, vestidos con esmóquines confeccionados por Savile Row de Londres, y todos hablando un afectado inglés aprendido en las escuelas inglesas en las que solían matricularse casi todos los hijos de la aristocracia cairota. Y, sin embargo, observó Ibrahim con un cinismo impropio de él, todos se tocaban con el rojo fez, el símbolo celosamente guardado de las clases altas de Egipto. Algunos lo llevaban ladeado y tan encasquetado sobre la frente que casi les rozaba las cejas. Unos árabes que procuraban no serlo, pensó con amargura Ibrahim, unos egipcios que se las daban de caballeros ingleses y no hablaban ni una sola palabra de su lengua natal, pues el árabe sólo servía para dar órdenes a los criados. Aunque Ibrahim ocupaba una posición envidiable, a veces se sentía deprimido en su fuero interno. No podía enorgullecerse de ser el médico personal del Rey, dado que el puesto se lo había conseguido su poderoso padre.

En realidad, ser el médico personal de Faruk tenía muchos inconvenientes; uno de ellos consistía en tener que pasarse las noches perdiendo el tiempo bajo unas arañas brillantemente iluminadas, escuchando las rumbas que interpretaba una orquesta mientras unas mujeres sucintamente vestidas bailaban con hombres vestidos de esmoquin. Siendo el médico del Rey, Ibrahim tenía que permanecer constantemente al lado del regio personaje o, por lo menos, estar disponible en todo momento, por cuyo motivo un teléfono de su dormitorio de la casa de la calle de las Vírgenes del Paraíso estaba directamente conectado con Palacio. Llevaba cinco años ocupando aquel privilegiado puesto, desde la muerte de su padre acaecida poco antes del estallido de la guerra, y, durante aquel tiempo, había tenido ocasión de conocer a Faruk mejor que nadie, incluida la reina Farida. A pesar de los rumores que circulaban, según los cuales Faruk tenía un pene muy pequeño y una colección pornográfica muy grande, Ibrahim sabía que sólo uno de ellos era cierto y también sabía que, a sus veinticinco años, Faruk era en el fondo un chiquillo. Le encantaban los helados, las bromas pesadas y las historietas de Uncle Scrooge, que importaba regularmente de los Estados Unidos. Entre sus demás aficiones figuraban las películas de Katharine Hepburn, los juegos de azar y las vírgenes, como la muchacha de diecisiete años y lechosa piel que aquella noche se aferraba al regio brazo.

El número de los que rodeaban la mesa de ruleta iba aumentando por momentos, pues todo el mundo quería codearse con el esplendor real... banqueros egipcios, hombres de negocios turcos, oficiales británicos impecablemente uniformados y varios representantes de la nobleza europea que habían huido ante los ejércitos de Hitler. Tras haberse preparado para la marcha de Rommel sobre El Cairo, la ciudad se había entregado a un frenesí de festejos; no había espacio en aquella ruidosa sala de fiestas para el rencor, ni siquiera hacia los ingleses, los cuales iban a retirar de Egipto sus fuerzas de ocupación ahora que la guerra había terminado.

Voisins! –gritó el Rey, colocando sus fichas en el 26 y el 32.

Ibrahim aprovechó para echar otro furtivo vistazo a su reloj de pulsera. Su mujer entraría en los dolores del parto de un momento a otro y él quería estar a su lado para confortarla. Sin embargo, su inquietud obedecía a otra razón más vergonzosa, por lo menos, para él. Necesitaba saber si había cumplido la obligación contraída con su padre de engendrar un varón.

–Me lo debes a mí y a tus antepasados –le había dicho Alí Rashid la noche de su muerte–. Tú eres mi único hijo varón y la responsabilidad recae en ti.

El hombre que no engendraba hijos, decía Alí, no era un verdadero hombre. Las hijas no contaban para nada, tal como demostraba el viejo dicho: «Lo que hay bajo un velo sólo causa quebrantos». Ibrahim recordó ahora con qué ansia esperaba Faruk que la reina Farida le diera un hijo, hasta el extremo de haberle pedido consejo sobre brebajes de la fertilidad y afrodisíacos. Ibrahim jamás olvidaría las salvas el día en que nació el primer fruto del matrimonio de Faruk; toda la ciudad de El Cairo las escuchó conteniendo la respiración y todo el mundo sufrió una amarga decepción cuando los cañonazos se detuvieron al llegar al número cuarenta y uno sin llegar al ciento uno que hubiera significado el nacimiento de un varón.

Pero, por encima de todo, Ibrahim quería estar con su esposa, la niña-mujer tal como él llamaba a su pequeña mariposa.

El Rey se apuntó otro triunfo, los presentes lanzaron vítores e Ibrahim contempló su copa de champán, recordando el día en que la había visto por primera vez. Fue en el transcurso de una fiesta en uno de los palacios reales y ella era una de las encantadoras jóvenes que acompañaban a la Reina. Le llamó la atención por su fragilidad y su belleza, pero el momento preciso del flechazo se produjo cuando una mariposa se posó en su nariz y ella lanzó un grito. Mientras todas las muchachas se apretujaban a su alrededor, Ibrahim se abrió paso con un frasco de sales y, tras romper el cerco femenino y encontrarla a ella en el centro, creyó verla llorar. Al darse cuenta de que se reía, pensó para sus adentros: «Algún día esta mariposita será mía».

Ibrahim consultó nuevamente su reloj y, mientras trataba de inventarse alguna excusa para retirarse de la presencia del Rey, se le acercó un camarero portando una bandeja de oro.

–Disculpe, doctor Rashid –dijo el camarero–, se acaba de recibir este mensaje para usted desde Palacio.

Ibrahim leyó la breve nota. Tras intercambiar unas palabras en privado con el Rey, que era muy comprensivo en semejantes cosas, Ibrahim abandonó corriendo el club casi sin acordarse de recoger el abrigo en el guardarropa mientras se envolvía apresuradamente la bufanda de seda alrededor del cuello. Cuando se sentó al volante de su Mercedes, pensó de pronto que ojalá no hubiera bebido tanto champán.

Enfilando la calzada particular de la calle de las Vírgenes del Paraíso, Ibrahim apagó el motor y contempló la fachada de la mansión de tres pisos construida en el siglo XIX. Prestó atención un instante y, al reconocer el extraño sonido procedente del interior, cruzó a toda prisa el jardín, subió la gran escalinata, avanzó por un ancho pasillo y entró en el ala de la casa ocupada por las mujeres; los llantos y gemidos eran tan desgarradores que toda la calle los hubiera podido oír.

Se detuvo al ver una cuna de mimbre vacía al pie de la cama de cuatro pilares con un abalorio azul suspendido por encima de él para alejar el mal de ojo. Su hermana se acercó y le arrojó los brazos al cuello, diciéndole entre lágrimas:

–¡Se ha ido! ¡Nuestra hermana se ha ido!

Apartándola suavemente, Ibrahim se aproximó a la cama donde su madre se hallaba sentada sosteniendo en sus brazos a una criatura recién nacida. En sus oscuros ojos brillaban las lágrimas.

–¿Qué ha pasado? –preguntó, pensando que ojalá tuviera la mente más clara.

–Alá ha liberado a tu esposa de la prueba –contestó Amira, apartando la manta que cubría el rostro de la criatura–. Pero te ha concedido este hermoso regalo. Oh, Ibrahim, hijo de mi corazón...

–¿Ya estaba de parto? –preguntó Ibrahim, aturdido.

–Le empezaron los dolores poco después de que tú te fueras a Palacio esta mañana.

–¿Y ha muerto?

Las mujeres que llenaban la estancia estaban lanzando lastimeros gritos de duelo.

–Hace unos momentos –contestó Amira–. Telefoneé a Palacio, pero ya era demasiado tarde.

Al final, Ibrahim contempló la cama. Los ojos de su joven esposa estaban cerrados y su pálido rostro marfileño aparecía tan sereno como si estuviera dormida. La colcha de raso le llegaba hasta la barbilla, ocultando las pruebas del combate a vida o muerte que había librado. Ibrahim cayó de hinojos, hundió su rostro en el raso y musitó:

–En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso. No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta.

Amira apoyó una mano en la cabeza de su hijo diciendo:

–Ha sido la voluntad de Alá. Ella está ahora en el Paraíso.

Hablaba en árabe, la lengua de la casa Rashid.

–¿Cómo podré resistirlo, madre? –dijo Ibrahim en un susurro–. Me ha dejado y yo ni siquiera lo sabía –levantó el rostro surcado por las lágrimas–. Hubiera tenido que estar aquí. Tal vez la hubiera salvado.

–Sólo Alá puede salvar, ensalzado sea. Consuélate, hijo mío, pensando que tu esposa era una mujer muy piadosa y el Corán promete a los devotos que, al morir, alcanzarán la suprema recompensa de contemplar el rostro de Alá. Ven a ver a tu hija. Su estrella natal es Vega, en la octava casa lunar... una buena señal según me ha asegurado la astróloga.

–¿Una hija? –murmuró Ibrahim–. ¿He sido doblemente maldecido por Alá?

–Alá no te maldice –dijo Amira, acariciando el rostro de Ibrahim mientras recordaba cómo ambos habían crecido juntos... ella, una niña de trece años, y él, una criatura en su vientre–. ¿Acaso Alá, el Glorioso, el Todopoderoso, no ha creado a tu esposa? ¿Acaso no tiene derecho a llamarla junto a sí cuando lo desee? Alá no hace nada que no sea acertado, hijo mío. Proclama la unidad de Alá.

Ibrahim inclinó la cabeza y dijo con emoción:

–Declaro que Alá es único. Aminti billah. Mi confianza está en Alá –añadió.

Se levantó, miró aturdido a su alrededor y, después, tras dirigir una última y afligida mirada a la cama, abandonó apresuradamente la estancia.

Minutos más tarde, al volante de su Mercedes, se dirigió a toda velocidad al Nilo y cruzó a continuación el puente para adentrarse finalmente por los caminos que discurrían entre las plantaciones de caña de azúcar. Apenas se daba cuenta de la enorme luna primaveral que parecía burlarse de él ni del cálido viento que azotaba la arena arrojándola contra su vehículo. Conducía ciego de rabia y de dolor.

De pronto, perdió el control del volante y el automóvil empezó a dar vueltas, yendo a estrellarse contra las cañas.

Descendió tambaleándose. La cabeza le daba vueltas por efecto del champán. Avanzó unos cuantos metros a trompicones sin prestar atención al paisaje que lo rodeaba ni a la aldea situada a escasa distancia, y permaneció inmóvil un instante contemplando el cielo nocturno. Al final, emitió un amargo sollozo, levantó el puño hacia el cielo y, con voz de trueno, maldijo varias veces a Alá.

2

Cuando rompió la pálida aurora, Ibrahim abrió los ojos y vio el sol envuelto por la bruma cual una mujer cubierta por un velo. Sin moverse, trató de recordar dónde estaba; le dolía todo el cuerpo, le latía la cabeza y experimentaba una sed espantosa. Al intentar incorporarse, descubrió que se encontraba en el interior de su automóvil y que éste se hallaba inclinado en ángulo en medio de un bosque de altas y verdes cañas de azúcar.

¿Qué había ocurrido? ¿Cómo había terminado allí? ¿Y dónde estaba exactamente?

Súbitamente lo recordó: la llamada al casino, su apresurado regreso a casa donde había encontrado a su esposa muerta, su desesperada carrera a través de la noche, la pérdida de control del vehículo y...

Ibrahim lanzó un gemido. Alá, pensó. He maldecido a Alá.

Empujó la portezuela y estuvo a punto de caer sobre la mojada tierra. No podía recordar nada de lo ocurrido tras haber pronunciado aquellas encolerizadas palabras contra Alá. Se habría sentado en el asiento frontal y allí se habría quedado dormido. El champán, demasiado champán...

Y ahora estaba mareado y tan sediento que se hubiera podido beber toda el agua del Nilo.

Mientras se apoyaba en el automóvil y vomitaba, observó consternado que aún llevaba el esmoquin y la blanca bufanda de seda alrededor del cuello, como si acabara de salir del casino para aspirar una bocanada de aire fresco. Había deshonrado a su difunta esposa, a su madre y a su padre.

Cuando la bruma matinal empezó a desvanecerse lentamente, Ibrahim tuvo la sensación de que el inmenso cielo azul se abría en lo alto y su padre, el poderoso Alí Rashid, le contemplaba frunciendo las pobladas cejas con expresión de reproche. Ibrahim sabía que su padre había tomado bebidas alcohólicas algunas veces, aunque Alí jamás hubiera sido tan débil como para vomitar después. A lo largo de sus veintiocho años, Ibrahim habría tratado de complacer a su padre y de cumplir las altas esperanzas que éste había depositado en él.

–Estudiarás en Inglaterra –le había dicho Alí a su hijo, e Ibrahim se había ido a Oxford.

–Serás médico –le había ordenado su padre, y él había obedecido la orden.

–Aceptarás un puesto en la corte del Rey –había decretado Alí, el ministro de Sanidad, e Ibrahim se había incorporado al círculo de Faruk.

–Seguirás la honrosa tradición de nuestra familia –le había dicho finalmente su padre–, y me darás muchos nietos.

Ahora, todos sus esfuerzos por ganarse la aprobación de su padre, parecían haberse esfumado de golpe por culpa de aquel vergonzoso momento.

Ibrahim cayó de rodillas sobre la fértil tierra e intentó con todo su corazón pedirle perdón a Alá por haber escapado del lado de su madre, no haber rezado sobre el cuerpo de su esposa y haberse dirigido a aquel desolado lugar para maldecir con tanta arrogancia al Todopoderoso. Pero no lograba encontrar en su alma la humildad. Cuando trataba de rezar, surgía en su mente el implacable rostro de su padre, dejándole totalmente confuso. ¿Acaso todos los hijos identificaban el rostro de sus progenitores con el de Alá?, se preguntó.

Mientras miraba a su alrededor, buscando la situación del Nilo, pues necesitaba desesperadamente lavarse la cara y apagar su sed, oyó la voz de su padre retumbando entre las altas cañas de azúcar: «¡Una hija! ¡Ni siquiera has sido capaz de hacer lo que hace el más simple de los campesinos!». ¿Acaso no intenté engendrar un hijo?, hubiera querido gritar Ibrahim hacia el cielo. ¿Acaso no exulté cuando mi bella y pequeña mariposa me dijo que estaba encinta?

¿Y acaso mi primer pensamiento no fue: «Eso es algo que no me ha dado mi padre sino que yo mismo he creado por mi cuenta»?

Experimentó de nuevo una sensación de mareo, se agarró al guardabarros y vació repetidamente el estómago hasta casi expulsar las entrañas.

Mientras se incorporaba respirando afanosamente, la cabeza se le empezó a despejar y, con una sola y sorprendente revelación, vio la raíz de todas sus angustias. Y lo que vio lo dejó totalmente anonadado: «¡No es la muerte de mi esposa lo que me empuja a la locura sino el hecho de no haber podido demostrarle a mi padre lo que valgo!».

Pensó que ojalá pudiera llorar pero, como la petición de perdón, las lágrimas se negaban a obedecer sus deseos.

Mientras se apoyaba en el automóvil, tratando de calcular hasta qué extremo se hallaba hundido en el barro y cómo iba a salir de allí y si había alguna cercana aldea o algún pozo, vio de pronto una figura observándole a escasa distancia. Hubiera podido jurar que no estaba allí un momento antes; iba decalza y era tan morena como la tierra que pisaba, llevaba un largo y sucio vestido y sostenía en equilibrio sobre la cabeza una alta jarra de barro como si ella también hubiera sido creada del barro en aquel instante.

Ibrahim la contempló y vio que era una fellaha, una niña campesina de unos doce años todo lo más. Le miraba con unos grandes ojos más llenos de inocente curiosidad que de temor o recelo. Los ojos de Ibrahim se posaron en la jarra.

–La paz y la misericordia de Alá sean contigo –le dijo con una reseca voz que apenas pudo oír a causa de los latidos que le martilleaban la cabeza–. ¿Quieres ofrecerle un poco de agua a un forastero necesitado?

Para su asombro, la niña se adelantó, tomó la jarra que sostenía en la cabeza y la inclinó. Mientras extendía las manos para recibir la fresca agua del río, Ibrahim recordó las pocas veces que había visitado sus inmensas plantaciones de algodón en el delta del Nilo, lo tímidos que eran los campesinos que trabajaban para él y cómo las muchachas huían corriendo cuando veían acercarse al amo.

¡El agua le supo a gloria! Ahuecó las manos y bebió con avidez. Después se arrojó agua sobre la cabeza y el rostro y volvió a beber.

–He bebido el vino más caro del mundo –dijo mientras se pasaba las manos por el mojado cabello– y no se puede comparar con la dulzura de esta agua. En verdad, niña, que me has salvado la vida.

Al ver la perpleja expresión del rostro de la niña, comprendió que le había hablado en inglés. Esbozó una sonrisa, experimentó una gozosa sensación y, a pesar de su dolor, no pudo resistir el impulso de seguir hablando.

–Mis amigos me dicen que soy afortunado –añadió en inglés mientras se lavaba de nuevo las manos y se arrojaba agua fresca a la cara–. Como no tengo hermanos, he heredado toda la fortuna de mi padre, lo cual me convierte en un hombre muy rico. Bueno, tenía hermanos porque mi padre había tenido varias esposas antes de casarse con Amira, mi madre. Aquellas esposas le dieron tres hijos y cuatro hijas. Pero una epidemia de gripe se llevó a dos hijos y a una hija antes de que yo naciera. El hermano menor murió en la guerra, una de las hermanas murió de cáncer y mis dos hermanas mayores viven ahora en mi casa de la calle de las Vírgenes del Paraíso porque no están casadas. Por consiguiente, soy el único hijo varón de mi padre y eso es una gran responsabilidad.

Ibrahim levantó los ojos al cielo, preguntándose si podría ver el rostro de Alí Rashid en aquella interminable inmensidad azul mientras aspiraba el fresco aire de la mañana y sentía que el corazón se le encogía como un puño en el pecho y las lágrimas le subían por la garganta. Ella había muerto. Su pequeña mariposa había muerto. Extendió las manos y la niña le echó más agua; se frotó los irritados ojos y volvió a pasarse los mojados dedos por el cabello.

Contempló un instante a la fellaha y le pareció bonita, pero sabía que la dura existencia de los campesinos del Nilo la convertiría en una vieja antes de cumplir los treinta años.

–O sea que ahora tengo una hijita –añadió, reprimiendo el dolor que lo cercaba cual las olas de un océano–. Mi padre lo consideraría un fracaso. Él creía que las hijas son un insulto a la virilidad de un hombre. No prestó la menor atención a mis hermanas durante nuestra infancia... y no me refiero a las hijas de sus anteriores esposas, sino a las dos hijas que le dio Amira. Ahora una de ellas vive en mi casa y es una joven viuda con dos hijos pequeños. No creo que jamás le diera un abrazo. Sin embargo, yo creo que las hijas son un encanto. Las chiquillas son como sus madres... –la voz se le quebró a causa de la emoción–. Tú no sabes lo que digo –dijo, dirigiéndose a la niña–. Aunque te hablara en árabe, no lo entenderías. Tu vida es muy sencilla y ya la tienes organizada. Te casarás con el hombre que elijan tus padres, irás creciendo y, a lo mejor, vivirás lo bastante como para ser venerada en tu aldea.

Ibrahim se cubrió el rostro con las manos y rompió en sollozos. La niña esperó pacientemente, sujetando la jarra vacía con el brazo.

Al final, Ibrahim recuperó la compostura y examinó la situación. Tal vez con la ayuda de la niña podría sacar el automóvil del barro. Hablándole en árabe, le explicó cómo debería empujar la cubierta del motor cuando él se lo indicara.

Cuando el automóvil ya estaba situado de nuevo en el camino con el motor ronroneando suavemente como si le invitara a regresar a casa, Ibrahim miró con una triste sonrisa a la niña y le dijo:

–Alá te recompensará tu buena acción. Pero yo también quisiera darte algo.

Sin embargo, al rebuscar en su bolsillo, descubrió que no llevaba dinero. Viendo que la niña contemplaba con admiración la bufanda blanca de seda que todavía le cubría los hombros, se la quitó y se la entregó.

–Que Alá te conceda una larga vida, un buen marido y muchos hijos –le dijo con lágrimas en los ojos.

Cuando el vehículo se perdió por el camino, la pequeña Sahra de trece años dio media vuelta y corrió a la aldea; había olvidado que la jarra de agua estaba vacía y tan sólo podía pensar en el trofeo que sostenía en sus morenas manos, un trozo de tela tan pura y tan blanca como la pechuga de una oca y tan suave como la sensación del agua en los dedos. Estaba deseando ir en busca de Abdu para contarle la historia de su encuentro con el forastero y mostrarle la bufanda. Después se lo contaría a su madre y a toda la aldea. Pero primero a Abdu, porque lo más curioso de aquel desconocido era... ¡que se parecía como una gota de agua a su querido Abdu!

Mientras recorría las angostas callejuelas de la aldea donde el penetrante humo de las hogueras encendidas para preparar la comida ya llenaba el aire matinal, Sahra pensó en la suerte que había tenido. La mayoría de las niñas no sabía con qué clase de marido se iba a casar; el novio y la novia no llegaban a conocerse hasta el día de la boda. Y muchas jóvenes llevaban una existencia desdichada que soportaban en silencio, pues una esposa que se quejara era una deshonra para la familia. En cambio, Sahra sabía que no sería desdichada cuando se casara con Abdu. Su maravilloso Abdu sabía reírse con gracia, escribía poemas y le provocaba un estremecimiento interior cada vez que la miraba con aquellos ojos tan verdes como el Nilo. Abdu le llevaba cuatro años y ella le conocía desde pequeña, pero sólo a partir de la última cosecha lo había empezado a mirar de otra manera y Abdu le había empezado a prestar otro tipo de atención. Toda la aldea daba por sentado que Abdu y Sahra se iban a casar. Al fin y al cabo, eran primos hermanos.

Al llegar a la pequeña plaza de la aldea donde los campesinos exponían sus productos para la venta, la niña miró a su alrededor en busca de Abdu, el cual ayudaba a veces a alguien a transportar su cosecha. Unas mujeres entraron en la plaza, riendo y chismorreando; como estaban casadas, lucían unos holgados caftanes negros por encima de los vestidos. Sahra se sorprendió al ver a su hermana entre ellas.

Sahra observó cómo su hermana examinaba unas cebollas y se dio cuenta de que había cambiado. La víspera era una niña como ella, pero aquella mañana ya era una mujer. Sahra pensó que el cambio se debería a que su hermana se había casado la víspera y recordó cómo ésta se había sometido a la prueba de la virginidad.

–El momento más importante en la vida de una mujer –había dicho la madre de Sahra.

Tan importante que se había celebrado una gran fiesta en la que había participado toda la aldea. Pero ¿por qué razón la pérdida de la virginidad originaba tales cambios en una muchacha?, se preguntó Sahra, asombrándose de lo distinta que parecía su hermana aquella mañana. Cuando las mujeres tendieron a la novia en la cama y le levantaron la falda dejando al descubierto sus piernas, Sahra recordó una noche en que las mujeres le hicieron a ella una cosa parecida. Pero entonces ella sólo tenía seis años y estaba durmiendo sobre su estera en un rincón cuando, sin previo aviso, dos tías la despertaron y le levantaron la galabeya mientras su madre la sujetaba por detrás. Antes de que pudiera emitir el menor sonido, apareció la comadrona de la aldea con una navaja en la mano. Un rápido movimiento de la hoja y Sahra sintió que un agudo dolor le recorría todo el cuerpo. Más tarde, tendida sobre la estera con las piernas atadas para que no pudiera separarlas y con la terminante prohibición de moverse o tan siquiera de orinar, Sahra se enteró de que la acababan de someter a la circuncisión, un corte que les hacían a todas las niñas. Se lo habría hecho a su madre y a la madre de su madre y a todas las mujeres desde Eva. Su madre le explicó dulcemente que le habían cortado una parte impura del cuerpo para moderar su pasión sexual y para que pudiera ser fiel a su marido, añadiendo que, sin aquella operación, ninguna muchacha hubiera podido encontrar a un hombre dispuesto a casarse con ella.

Sin embargo, la víspera, en la prueba de la virginidad y honestidad de su hermana, la comadrona no estaba presente y tampoco hubo ninguna navaja. El flamante esposo de la joven novia había cumplido su deber envolviéndose el dedo con un pañuelo blanco delante de toda la familia y los invitados a la boda. La novia lanzó un grito y el joven esposo se incorporó, mostrando el ensagrentado pañuelo. Todo el mundo estalló en vítores y las mujeres empezaron a emitir el ensordecedor zagharit, moviendo vertiginosamente la lengua en el interior de la boca en una jubilosa muestra de alegría y exultación. La novia era virgen; el honor de la familia estaba a salvo.

Y ahora, a la mañana siguiente, la hermana de Sahra se había transformado milagrosamente en una mujer.

Sahra se dirigió corriendo al café de la aldea y miró hacia el interior del establecimiento esperando ver a Abdu, el cual ayudaba a menudo al jeque Hamid a abrir el local.

Los viejos de la aldea ya estaban allí, dando chupadas a sus narguiles y contemplando sus vasos de oscuro té. Mientras buscaba al joven, Sahra oyó la cascada voz del jeque Hamid comentando el tema de la guerra y la forma en que los ricos de El Cairo estaban celebrando la paz. Sin embargo, la suerte de los campesinos no había cambiado, dijo en tono de queja el viejo jeque, ellos no tenían nada que celebrar. El jeque bajó la voz para referirse a un tema peligroso... el de los Hermanos Musulmanes, un grupo secreto de más de un millón de hombres dispuestos a acabar con la aristocrática clase de los bajás, cuyo número, señaló Hamid, apenas alcanzaba los quinientos.

–Somos el país más rico del mundo árabe –dijo Hamid, el cual, por el hecho de saber leer y escribir y ser el dueño del único aparato de radio de la aldea, era objeto de un enorme respeto y estaba unánimemente considerado una fuente de noticias–. Pero ¿cómo se distribuye la riqueza? –gritó–. ¡Los bajás constituyen apenas el uno por ciento de todos los terratenientes y, sin embargo, son propietarios de un tercio de todas las tierras!

A Sahra no le gustaba el jeque Hamid porque, aparte de ser muy viejo, iba siempre muy sucio y desaseado. Aunque fuera un hombre culto y se hubiera ganado gracias a ello el honroso título de jeque, su galabeya estaba hecha un asco, su larga barba blanca estaba enredada y manchada de café y tabaco y tenía unas costumbres repugnantes. Se había casado cuatro veces y había enviudado otras tantas porque, según murmuraban las mujeres de la aldea, agotaba literalmente a sus esposas hasta matarlas. A Sahra no le gustaba su manera de mirarle el pecho cada vez que ella entraba en su local.

De pronto, recordando la bufanda que le había regalado el ricacho, la niña la ocultó en un pliegue de su vestido. Seguramente era un bajá, un señor como aquellos contra los cuales estaba despotricando el jeque Hamid.

Al final, Sahra vio a Abdu. Al oír sus risas y contemplar la anchura de su espalda bajo la galabeya a rayas, trató de imaginar cómo sería la noche de bodas y se preguntó si le dolería, recordando el grito de su hermana cuando el esposo la sometió a la prueba de la virginidad. Sahra sabía que la prueba se tenía que llevar a cabo, pues de otro modo la familia no hubiera podido demostrar su honor, el cual dependía de la castidad de la muchacha. Pensó en la pobre chica de una cercana aldea que había sido encontrada muerta en un campo. La había violado un muchacho de la aldea y la familia había quedado deshonrada. Su padre y sus tíos la habían matado, como legalmente estaban autorizados a hacer, porque, como rezaba un dicho: «Sólo la sangre puede lavar la deshonra».

Sahra hizo una seña a Abdu y se alejó a toda prisa antes de que los hombres la vieran. Se dirigió al establo situado en la parte posterior de la casa que compartía con sus padres y entró en el cobertizo, cuyas cuatro paredes y techumbre estaban hechas de cañas entrelazadas con ramas de palmera y mazorcas de maíz revocadas con barro. Cuando hacía mucho calor, la búfala de la familia se tendía allí rumiando incesantemente y Sahra se sentaba a su lado. Era su lugar preferido y allí se había dirigido ahora para evocar su encuentro con el forastero y para sacarse la bufanda de entre los pliegues de la galabeya y acariciarla con los dedos.

Mientras se sentaba sobre la paja y contemplaba el ascenso del sol en el cielo iluminando con sus rayos el nuevo día, recordó que tenía que ir al río a llenar la jarra de agua, pero ahora necesitaba estar sola aunque fuera un momento para disfrutar de aquel maravilloso recuerdo. ¡El rico le había deseado la bendición de Alá! Rezaba para que Abdu la hubiera visto desde el café y la hubiera seguido hasta allí. Se moría de ganas de contarle su aventura. Desde que él había empezado a trabajar en el campo con su padre y ella se había visto obligada a permanecer confinada en la casa, una vez superada la infancia, ambos apenas se veían, pues ahora se habían incorporado a los grupos separados de los hombres y las mujeres. Cuando eran pequeños, jugaban a la orilla del río, solían montar juntos en un burro y Sahra rodeaba con sus bracitos a Abdu. Pero la adolescencia había puesto fin a su libertad. El comienzo del período la había obligado a ponerse un vestido largo y un pañuelo en la cabeza para ocultar el cabello; ahora tenía que observar en todo momento una conducta recatada. Ya no podía correr ni gritar, ya no le estaba permitido mostrar tan siquiera los tobillos. Tras disfrutar durante varios años de libertad, aquellas súbitas prohibiciones le resultaban casi insoportables, sobre todo cuando ella y Abdu asistían a reuniones familiares y tenían que permanecer separados.

¿Por qué los padres temían tanto por sus hijas?, se preguntó. ¿Por qué su madre la vigilaba constantemente y controlaba en todo momento lo que hacía? ¿Por qué ya no le permitía ir sola a la panadería ni al pescadero? ¿Por qué su padre había empezado a mirarla con el ceño fruncido cada noche cuando se sentaban a comer pan con judías, y la observaba con aquella expresión de furia que tanto la asustaba? ¿Qué tenía de malo hablar con Abdu o sentarse con él a la orilla del río, como hacían cuando eran pequeños?

¿Acaso tenía algo que ver con las extrañas sensaciones que ella experimentaba desde hacía algún tiempo? ¿Aquella especie de ansia indefinible que le producía una curiosa desazón y un deseo de soñar? A veces, cuando lavaba la ropa en la acequia, fregaba los cacharros o ponía a secar el estiércol en el tejado para usarlo posteriormente como combustible, se olvidaba de lo que estaba haciendo y empezaba a soñar con Abdu. Por regla general, su madre la regañaba, aunque algunas veces no se enfadaba y se limitaba a lanzar un suspiro y sacudir la cabeza.

Al final, Abdu entró en el establo y Sahra se levantó de un salto, experimentando el súbito impulso de arrojarle los brazos al cuello. Pero se contuvo y él también permaneció tímidamente apartado. Los chicos y las chicas no podían tocarse; ni siquiera era correcto que se dirigieran la palabra, excepto en las reuniones familiares. El recato había sustituido a los despreocupados juegos, y la obediencia a la libertad. Sin embargo, el anhelo seguía existiendo, por más que las normas dijeran lo contrario. Sahra permaneció de pie bajo los rayos del sol que se filtraban al interior del cobertizo a través de las grietas de la pared mientras escuchaba el zumbido de las moscas y el ocasional mugido de la búfala. Contemplando los verdes ojos de Abdu, pensó: «Hace apenas dos días me perseguía y me tiraba de las trenzas». Ahora sus trenzas estaban ocultas bajo un pañuelo y Abdu se mostraba tan circunspecto como un desconocido.

–He compuesto un nuevo poema –le dijo–. ¿Te gustaría escucharlo?

Puesto que Sahra era analfabeta como todos los demás habitantes de la aldea, Abdu jamás escribía sus poesías. Se sabía de memoria varias docenas de composiciones poéticas, a las cuales había añadido ahora la más reciente:

Mi alma ansía beber de tu copa

Mi corazón anhela saborear tu trébol

Lejos de tu pecho que me alimenta, me marchito y me muero,

Como la gacela perdida en el desierto.

En la creencia de que el poema se refería a ella, Sahra se emocionó tanto que ni siquiera pudo hablar y tanto menos decir: «¡Oh, Abdu, eres tan guapo que pareces un rico!». Sin embargo, cuando ambos bajaron al Nilo para llenar la jarra de agua, le habló a su amigo del forastero con quien se había tropezado en la acequia y le mostró la bufanda tan blanca como las nubes que éste le había regalado.

Curiosamente, Abdu no pareció sentir demasiado interés. Tenía muchas cosas en la cabeza, pero no podía compartirlas con Sahra porque sabía que ella no las hubiera comprendido. Pensaba que su poema la ayudaría a descubrir los sentimientos de su corazón y el profundo amor que sentía por Egipto, pero, a juzgar por la cara de Sahra, ésta había interpretado erróneamente el significado de la composición. Abdu se sentía presa de una extraña inquietud desde el día en que un hombre se había presentado en la aldea para hablar de los Hermanos Musulmanes. Abdu y sus amigos había escuchado el apasionado discurso del forastero sobre la necesidad de conducir de nuevo a Egipto al islam y a los puros caminos de Alá, y sus almas se habían encendido de entusiasmo. Después, estuvieron hablando hasta bien entrada la noche, preguntándose cómo podían seguir trabajando la tierra de los ricos como si fueran unos burros y cómo podían postrarse sumisamente bajo el talón de los amos británicos.

–¿Acaso por el hecho de ser fellahin no somos hombres? ¿Acaso no tenemos alma? ¿No estamos hechos a imagen y semejanza de Alá?

De pronto, habían contemplado una visión que se extendía más allá de la aldea y de su pequeño tramo de río; Abdu comprendió que había sido creado para fines más altos.

Pero se reservaba sus nuevos pensamientos y, al final, acompañó a Sahra a la casa de sus padres. De pie en la soleada callejuela, le habló en silencio con la mirada. El amor que sentía por ella le estaba obligando a librar una batalla con un dilema interior: casarse con Sahra y vivir y envejecer a su lado o bien responder a la llamada de los Hermanos Musulmanes y servir a Dios y a Egipto. Sin embargo, Sahra estaba encantadora bajo el sol, su redondo rostro y su graciosa barbilla parecían invitarle a darle un beso y su cuerpo estaba madurando con tal rapidez que a través de la galabeya ya empezaban a adivinarse las redondeces de sus caderas.

Tuvo que vencer el impulso de besarla.

Allah ma’aki –murmuró–. Que Alá te acompañe.

Y allí la dejó, bajo la dorada luz del sol.

Sahra entró corriendo en la casa, ansiosa de contarle a su madre su encuentro con el desconocido y de enseñarle la bufanda que éste le había regalado. Ya había decidido regalársela sabiendo que jamás en su vida había tenido ninguna cosa bonita, a pesar de que ella la había sorprendido a menudo contemplando con anhelo los hermosos tejidos que a veces vendían en el mercado. Temiendo por un instante que su madre la regañara por haber tardado tanto en regresar del río con el agua, se inventó inmediatamente la excusa de haber tenido que ir en busca de una cebra perdida. Para su asombro, su madre la acogió con una alegría desbordante.

–¡Tengo una maravillosa noticia! –le dijo–. ¡Dentro de un mes te vas a casar, demos gracias a Alá! ¡Tu boda superará incluso la de tu hermana, que, según nuestros vecinos, ha sido la mejor boda celebrada en la aldea en muchos años!

Sahra contuvo el aliento y entrelazó las manos. ¡Su madre había hablado con los padres de Abdu! ¡Al final, había accedido a la boda!

–Alabado sea Alá, es el jeque Hamid quien te ha pedido en matrimonio –añadió su madre–. Qué suerte has tenido, hija mía.

La preciosa bufanda de seda le resbaló de los dedos.

3

–¿Qué te ocurre, Amira? –preguntó Maryam mientras su amiga arrancaba hojas de romero y las guardaba en un cesto.

Amira enderezó la espalda y se quitó el velo de la cabeza, dejando al descubierto la sedosa negrura de su cabello bajo el sol. Aunque estaba en el huerto recogiendo hierbas, iba vestida para recibir a sus invitados y lucía una costosa blusa de seda y una falda negra, por respeto no sólo a su difunto marido muerto poco antes de que estallara la guerra sino también a su nuera recientemente fallecida. Pero, como siempre, iba a la última moda, pues sus modistas importaban los patrones de Londres y París. Y, como de costumbre, había dedicado algún tiempo a maquillarse... cejas depiladas y pintadas con alcohol a la usanza egipcia para resaltar los ojos, y carmín de labios rojo oscuro. Llevaba, además, un velo negro sobre los hombros por si recibiera la visita de algún varón, en cuyo caso se cubriría la parte inferior del rostro y se envolvería la mano derecha en una esquina del velo antes de estrechar la del visitante.

–Estoy preocupada por mi hijo –dijo Amira finalmente, añadiendo unas flores a su cesto–. Se comporta de una manera muy rara desde el día del entierro.

–Ibrahim llora la muerte de su esposa –dijo Maryam–. Era joven y encantadora. Y él estaba muy enamorado. Han transcurrido sólo dos semanas desde su muerte, necesita tiempo.

–Sí –convino Amira–, puede que tengas razón.

Se encontraban en el huerto privado de Amira donde ésta cultivaba las hierbas medicinales que utilizaba en la elaboración de sus productos curativos. Lo había creado tiempo atrás la madre de Alí Rashid, según el modelo del huerto del rey Salomón de la Biblia, plantando alcanfor, estoraque y azafrán, ácoro y canela, mirra y áloes. Por su parte, Amira había añadido plantas medicinales importadas: casia, hinojo, consulea y manzanilla con las cuales preparaba sus cocimientos, jarabes, elixires y ungüentos.

Era la hora de la siesta, en que todas las tiendas y comercios de El Cairo estaban cerrados, la hora en que Amira recibía a sus visitas y en que Maryam Misrahi, que vivía en la gran mansión de al lado, solía acudir también a visitarla. Maryam, más alta que la morena Amira, no ocultaba su precioso cabello pelirrojo bajo un velo y lucía un llamativo vestido amarillo cuyo color había atraído la atención de un gracioso colibrí.

–Ibrahim lo superará –dijo–. Con la ayuda de Dios –esto último lo dijo en hebreo porque Maryam, cuyo apellido significaba «egipcio» en árabe, era judía–. Pero hay otra cosa que te preocupa, Amira. Te conozco desde hace demasiado tiempo como para no adivinar cuándo hay algo que te inquieta.

Amira se apartó una abeja del rostro con un gesto de la mano.

–No quería agobiarte con esta carga, Maryam.

–¿Desde cuándo no lo compartimos todo, las alegrías y las penas e incluso la tragedia? Nos ayudamos mutuamente a traer al mundo a nuestros hijos, Amira, somos hermanas.

Amira recogió el cesto lleno de olorosas hierbas y especias y contempló la puerta del muro del jardín; estaba abierta para que pudieran entrar los visitantes. Amira jamás salía de casa, no había puesto los pies en la calle desde que Alí la condujera a la mansión tras casarse con ella, por cuyo motivo cualquier persona que quisiera verla tenía que acudir a la casa de la calle de las Vírgenes del Paraíso. Las visitas solían ser muy numerosas. Tiempo atrás, compadeciéndose de la joven esposa cuyo marido la mantenía secuestrada, Maryam le había presentado a sus propios amigos y, a lo largo de los años, las amistades se habían multiplicado, al igual que la fama de Amira como experta conocedora de antiguos productos curativos. Raras veces pasaba una tarde sin que recibiera visitas.

–¡No te puedo ocultar ningún secreto! –dijo Amira, esbozando una sonrisa mientras ella y Maryam regresaban por el camino embaldosado. Sonreía para disimular su mentira. Maryam conocía todos sus secretos menos uno: no sabía nada sobre el harén de la calle de las Tres Perlas–. No consigo dormir bien a causa de unas pesadillas que me turban.

–¿Las pesadillas sobre el campamento del desierto y los hombres a caballo? Cada vez que nace alguna criatura en esta casa sueñas lo mismo, Amira.

–No –Amira sacudió la cabeza–. Me refiero a unos nuevos sueños que jamás había tenido, Maryam. Sueño con Andreas Skouras, el ministro de Cultura.

Maryam la miró sorprendida y, soltando una carcajada, tomó del brazo a su amiga mientras ambas caminaban bajo la sombra de los viejos árboles.

Alí Rashid Bajá había plantado tiempo atrás en su jardín muchos limoneros, limeros, naranjos y mandarinos, y también plumosas casuarinas, umbrosos sicómoros y autóctonas higueras, olivos y granados. Una fuente turca dominaba el florido jardín en medio de los lirios, las amapolas y los papiros; un ornamentado reloj de sol llevaba grabado un verso de Omar Jayyam sobre la fugacidad del tiempo; y unas parras engalanaban los muros.

–¡El señor Andreas Skouras! –exclamó Maryam entusiasmada–. Si no estuviera casada, ¡yo también soñaría con él! ¿Y eso por qué te preocupa, Amira? Llevas demasiado tiempo viuda. Eres joven y puedes tener más hijos. ¡El señor Skouras! Qué agradable perspectiva.

Amira no lograba explicar con palabras por qué razón los sueños sobre el apuesto ministro turbaban su espíritu. Si le hubieran preguntado, hubiera contestado que no esperaba que un hombre pudiera casarse con una mujer que no conocía su verdadera familia y no sabía dónde había nacido ni cuáles eran sus antepasados y su linaje. Sin embargo, analizando con más detalle sus sentimientos, Amira descubría una razón más oscura para explicar el temor que le inspiraban los sueños sobre el señor Skouras... la sombra del remordimiento era la culpable de su inquietud, un remordimiento causado por el hecho de haberse enamorado de Andreas Skouras en vida de Alí.

–¿Qué siente él por ti?

–Maryam, él no siente nada por mí. Soy simplemente la viuda de su mejor amigo. Desde que murió Alí, quiera Alá que more en su Paraíso, sólo he visto al señor Skouras cuatro veces. La última vez fue hace cuatro semanas cuando asistió al funeral. Antes le vi en la boda de Ibrahim y anteriormente en la de Nefissa. Y antes en el funeral de Alí. Cuatro veces en cinco años, Maryam. No se puede decir que me haya prestado una especial atención.

–Lo que ocurre es que respeta tu viudez y honra tu reputación. Sí, le vi aquí hace un par de semanas y me pareció que te dedicaba una especial atención, Amira.

–Porque acababa de perder a mi nuera.

–Alá le conceda la paz. Pero los ojos de Skouras te seguían por todas partes.

Amira se emocionó, pero experimentó al mismo tiempo una punzada de remordimiento. ¿Cómo podía pensar en semejantes cosas cuando su joven nuera acababa de morir y su hijo estaba tan afligido y la recién nacida se había quedado sin madre? Amira se avergonzó de pensar en un idilio. Recordó el día en que había conocido a Skouras, cuando Alí lo trajo a la casa. Amira le estrechó la mano con la suya envuelta en una esquina del velo tal como exigían las normas, pero aun así sintió el calor de su piel y le pareció que sus ojos se detenían más de lo debido en su rostro, ¿o acaso habían sido figuraciones suyas? Comprendió en aquel instante que había traicionado a su esposo, aunque sólo de pensamiento. Ahora, mientras cruzaba el soberbio jardín de Alí en compañía de su mejor amiga, pensó que estaba traicionando a sus hijos. Tenía que quitarse a Skouras de la cabeza. Tenía que encontrar la manera de acabar con aquellos turbadores sueños.

Unas palomas levantaron súbitamente el vuelo desde la azotea como si algo las hubiera asustado y se posaron ruidosamente en las ramas de los álamos que bordeaban la calle de las Vírgenes del Paraíso. Usando la mano como visera para protegerse del sol, Amira levantó los ojos y vio la silueta de alguien en la azotea de la casa, recortándose contra el sol.

–Es Nefissa –dijo Maryam levantando también la mirada–. ¿Qué está haciendo tu hija en la azotea?

No era la primera vez que Amira veía a su hija de veinte años allá arriba entre el emparrado y el blanco palomar.

–A lo mejor –añadió Maryam con una sonrisa–, la hija se halla bajo la influencia del mismo hechizo que la madre. ¿No te parece que Nefissa se comporta últimamente como si estuviera enamorada? ¡Qué románticas son las mujeres Rashid! –dijo riéndose–. Y qué bien recuerdo yo los amores juveniles.

Cabía la posibilidad de que su hija se hubiera enamorado, reconoció Amira, pero ¿de quién? Viuda desde que su joven esposo muriera trágicamente en un accidente sufrido durante una carrera automovilística, Nefissa vivía prácticamente recluida, según la costumbre. ¿A quién podía haber conocido?, se preguntó Amira. ¿Qué ocasiones había tenido de hacer amistad con un hombre? Puede que sea un amigo de la princesa, alguien a quien Nefissa ha conocido en la corte, concluyó Amira, consolándose al pensar en la imagen de un hombre acaudalado perteneciente a alguna antigua y respetada familia de la nobleza. Un hombre como Andreas Skouras...

–¿Sabes lo que tú necesitas? –dijo Maryam mientras ambas se acercaban a la glorieta donde Amira recibía a sus amistades–. Necesitas salir de la casa y distraerte. Recuerdo cuando nos conocimos; Suleiman y yo llevábamos un mes casados cuando él me trajo a esta casa de la calle de las Vírgenes del Paraíso. Tu Ibrahim tenía cinco años y mi Itzak aún no había nacido. Me invitaste a tomar el té y yo me quedé de piedra al enterarme de que jamás habías puesto los pies fuera de tu jardín. Por supuesto que muchas esposas vivían así por aquel entonces, pero, Amira, hermana mía, eso fue hace más de veinte años, ¡los tiempos están cambiando! El harén ha pasado de moda, ahora las mujeres salen a la calle y van solas a todas partes. Ven conmigo y Suleiman, nos iremos de vacaciones a Alejandría. El aire del mar te sentará bien.

Pero Amira ya había estado una vez en Alejandría cuando Alí Rashid se llevó a su familia a pasar el verano en una villa al borde del Mediterráneo. El traslado desde el calor de El Cairo al fresco clima marítimo de la costa norte había sido un gran acontecimiento. Los preparativos habían durado varios días y los criados habían hecho las maletas en medio de una atmósfera de gran nerviosismo. Al final, las mujeres, bien protegidas por los velos, habían sido conducidas directamente de la casa a un automóvil y, al llegar a su destino, habían pasado a toda prisa del automóvil a la villa sin quitarse los velos. Alejandría no le había gustado. Desde el balcón de su casa de veraneo había visto en el puerto los navíos de guerra británicos y los transatlánticos norteamericanos que tal vez llevaran peligrosas costumbres a Egipto.

–La casa y todo lo que hay en ella –prosiguió diciendo Maryamse las arreglarán muy bien en tu ausencia.

Amira sonrió y agradeció la invitación, tal como había hecho otras veces. Cada año, Maryam trataba por todos los medios de convencerla y aducía nuevas razones para que Amira se liberara de la antigua tradición según la cual las esposas debían permanecer confinadas en la casa, y cada año Amira le decía lo mismo que le estaba diciendo ahora:

–Sólo hay dos motivos en la vida de una mujer para que ésta salga de su casa: cuando abandona la casa de su padre para trasladarse a la de su marido y cuando abandona la casa de su marido en un ataúd.

–¡No hables de ataúdes! –dijo Maryam–. Eres joven, Amira, y hay un mundo maravilloso más allá de estos muros. Tu marido ya no puede mantenerte prisionera en tu casa, eres una mujer libre.

Sin embargo, no era Alí Rashid quien había convertido a su esposa en una prisionera. Amira recordó el día en que Alí le dijo:

–Amira, esposa mía, vivimos unos tiempos de cambios muy rápidos y yo soy un hombre progresista. En todo Egipto las mujeres se están quitando el velo y salen de sus hogares. Te doy permiso para que salgas de casa siempre que lo desees y sin el velo, con tal de que te acompañe alguien.

Amira le dio las gracias, pero se negó a emanciparse. Alí se sorprendió, tal como ahora se estaba sorprendiendo Maryam, de que una mujer como Amira Rashid, en la flor de la edad y con toda la fuerza y el vigor de la juventud, aceptara voluntariamente las severas limitaciones por cuya abolición llevaban tantos años luchando las egipcias liberales.

Amira sabía que su negativa a liberarse hundía sus raíces en los oscuros años de su infancia y en aquel vago temor que no podía identificar. En los perdidos recuerdos de la época anterior a su octavo cumpleaños se encontraba la causa de su zozobra. Hasta que consiguiera recuperar aquellos recuerdos perdidos y descubrir la razón de sus temores, permanecería encerrada en la seguridad de los muros de la calle de las Vírgenes del Paraíso.

–Tienes una visita –dijo Maryam al ver que alguien cruzaba la puerta.

Desde su atalaya de la azotea donde las abejas zumbaban entre las parras y las palomas arrullaban bajo los aleros, Nefissa contempló las doradas cúpulas y los alminares de El Cairo y, mientras sus ojos se posaban en las aguas del Nilo centelleando bajo el sol, pensó: «Esta vez, cuando venga, bajaré y le hablaré».

Desde la azotea de la mansión Rashid se podía ver toda la ciudad, desde el río hasta la Ciudadela y, en las claras noches de luna, se divisaban incluso las pirámides cual una espectral sucesión de triángulos en el lejano desierto. Sin embargo, esta tarde, en las somnolientas horas de la siesta, Nefissa concentró su interés en la calle situada al otro lado de los altos muros que rodeaban la casa y los jardines. Cada vez que pasaba un carruaje y los cascos de los caballos resonaban sobre los adoquines, se inclinaba sobre el parapeto y se preguntaba: ¿Será él? Y cada vez que un vehículo militar enfilaba la calle de las Vírgenes del Paraíso, sentía que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Nunca sabía cuándo pasaría por allí ni si lo haría a pie o en automóvil.

Al ver a su madre y a Maryam Misrahi en el jardín de abajo, se apartó inmediatamente para que no la vieran. ¡Estaba segura de que no aprobarían su comportamiento!

Se había quedado viuda unos meses atrás, estando embarazada de su segundo hijo. La tradición la obligaba a llevar una vida casta y recatada. Pero ¿cómo podría hacerlo si apenas tenía veinte años y su marido era un hombre al que apenas conocía, un playboy amante de las salas de fiestas y el jolgorio que se había matado al volante de un bólido en el transcurso de una carrera automovilística? Nefissa se había casado con un desconocido con quien había convivido tres años y al que había dado dos hijos, y ahora tendría que pasarse un año de luto.

Pero no podía. Le era imposible. No le cabía la menor duda de que se estaba enamorando.

Había visto al desconocido por primera vez hacía algo más de un mes cuando estaba contemplando la calle a través de una pequeña abertura de la antigua celosía de madera que cubría la ventana de su habitación. Un oficial británico bajó por la acera y se detuvo junto a una farola para encender un cigarrillo. El oficial levantó la vista y los ojos de ambos se cruzaron. Fue una pura casualidad, por supuesto, pero, cuando él levantó la vista por segunda vez, Nefissa comprendió que aquello ya no había sido una casualidad. Permaneció inmóvil sosteniéndose el velo sobre el rostro para que sólo se le vieran los ojos. Y él se quedó de pie junto a la farola más tiempo del necesario, mirando a su alrededor con expresión intrigada.

Desde entonces, Nefissa vigilaba la calle en la esperanza de verle. Pasaba a distintas horas, se detenía junto a la farola, encendía un cigarrillo y la miraba durante unos prohibidos momentos a través del humo. Antes de que él reanudara la marcha, Nefissa tenía ocasión de contemplar por un instante su bello rostro... Era rubio y de tez clara, y más apuesto que ningún hombre que ella jamás hubiera visto.

¿Dónde vivía? ¿Adónde se dirigía cuando pasaba por delante de su casa y de dónde venía? ¿Qué tarea desempeñaba en el ejército británico? ¿Cómo se llamaba y qué pensaba cuando levantaba la vista hacia la ventana y veía los ojos de Nefissa enmarcados por el velo?

Si pasara aquella tarde, no la vería en la ventana, pensó Nefissa, experimentando un estremecimiento de emoción. Hoy le iba a dar una sorpresa.

Mientras le esperaba, forjando en su mente un atrevido plan, Nefissa se preguntó qué pensaría él. ¿Estaría tan sorprendido como ella de que finalmente hubiera terminado la guerra en Europa? ¿Esperaban él y sus compañeros de armas británicos que los combates se prolongaran veinte años, como se esperaba en El Cairo? Nefissa no podía creer que hubieran terminado las alarmas y los bombardeos y que ya no tuvieran que levantarse a toda prisa de la cama en mitad de la noche para correr al refugio antiaéreo que Ibrahim había mandado construir dentro de los muros de su propiedad, pues hubiera sido inconcebible que las mujeres de su familia hubieran tenido que esconderse en un refugio antiaéreo público. ¿Ocultaban aquellos seductores ojos británicos el temor de que, una vez terminada la guerra, los sentimientos antibritánicos se agudizaran en El Cairo y los egipcios exigieran la retirada de los ingleses que ocupaban Egipto desde hacía tanto tiempo?

Nefissa no quería pensar ni en la guerra ni en la política. No quería imaginar la expulsión de Egipto de su apuesto oficial. Quería saber quién era, hablar con él, e incluso... hacer el amor con él. Pero tendría que tomar muchas precauciones. Como alguien descubriera su secreto idilio, el castigo podría ser muy grave. ¿Acaso Fátima, su hermana mayor, no había sido desterrada de la familia por culpa de un terrible pecado?

Pero ella no quería preocuparse por las consecuencias, sólo le interesaban los riesgos. Hoy no permanecería sentada junto a la ventana con el rostro cubierto por un velo; hoy daría un paso más audaz.

Mientras contemplaba la calle, Nefissa se sintió invadida por una inmensa sensación de alborozo. Al final, había conseguido averiguar algo sobre su oficial.

La víspera había salido de compras con la hermana del rey Faruk, que era amiga suya, y, tras haber visitado los comercios más lujosos de El Cairo, acompañadas por el habitual séquito y los guardaespaldas de la princesa, ambas habían decidido ir a tomar el té al Groppi. La dirección del establecimiento solicitó a todos los clientes que se retiraran para que la regia comitiva pudiera disfrutar de intimidad. Mientras tomaban un té con pastas, Nefissa miró casualmente hacia la calle y vio pasar a dos oficiales británicos, vestidos con el mismo uniforme que su oficial.

–¿Qué clase de oficiales son? –preguntó a sus acompañantes con aire distraído.

Le indicaron la graduación. No era mucho, porque ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero ya sabía algo más que la víspera.

Era un teniente, el teniente Fulano de Tal, y sus hombres le debían llamar «señor».

Contempló la calle, mirando por encima de las copas de los tamarindos y las casuarinas que crecían en el jardín de abajo y rezando para que él pasara por allí. ¡El día era espléndido y sin duda le apetecería salir a dar un paseo! Las mansiones vecinas, ocultas tras los altos muros y los frondosos árboles floridos, aparecían bañadas por el cálido sol, y la brisa del Nilo llevaba el perfume de las flores de azahar. Sólo los gorjeos de los pájaros y el rumor de las fuentes turbaban el silencio de la tarde. Soñando con su idilio, a Nefissa le pareció muy curioso que la calle donde ella vivía tuviera una leyenda fundada en el amor.

Contaba la leyenda que muchos siglos atrás una secta de santos varones había llegado a la región procedente de Arabia, tras haber recorrido los campos y los desiertos. Iban completamente desnudos y, dondequiera que fueran, las mujeres acudían a ellos en tropel porque, según se decía, el hecho de acostarse con ellos o simplemente de tocarlos curaba la esterilidad de las esposas y garantizaba a las doncellas unos maridos viriles. Al parecer, en el siglo XV, uno de aquellos varones se había presentado un día en un palmeral de las afueras de El Cairo donde había bendecido a cientos de mujeres en apenas tres días, transcurridos los cuales murió. Los testigos de la escena declararon que las vírgenes de oscuros ojos de Alá que el Corán promete a los creyentes como recompensa celestial, descendieron del firmamento y se llevaron el cuerpo del santo varón al Paraíso. De este modo, el palmeral pasó a llamarse el lugar de las Vírgenes del Paraíso. Cuatrocientos años más tarde, cuando los británicos que ocupaban Egipto en calidad de protectorado empezaron a construir sus mansiones en un nuevo barrio de El Cairo llamado la Ciudad Jardín, conservaron aquel pedazo de historia local, dando a una pequeña calle en forma de media luna el nombre de la calle de las Vírgenes del Paraíso. Y allí fue donde Alí Rashid construyó su mansión de color de rosa, rodeándola de un lujuriante jardín y de unos altos muros para proteger a sus mujeres, cubriendo las ventanas con celosías de mashrabiya para que sus esposas y hermanas pudieran ver sin ser vistas. Después, llenó la casa de lujosos muebles y objetos de gran valor y, por encima de la puerta principal, mandó colocar una plancha de lustrosa madera labrada que decía: «Oh, Tú Que Entras En Esta Casa, Alaba Al Profeta Elegido». Al morir la víspera del estallido de la Segunda Guerra Mundial, Alí Rashid Bajá dejó una viuda, su última esposa Amira, un hijo, el doctor Ibrahim, las hijas de sus anteriores matrimonios y toda una serie de mujeres de su familia con sus correspondientes hijos. Y Nefissa, su última hija, la que soñaba con el amor.

Nefissa vio que alguien cruzaba la puerta del jardín. Los amigos visitaban a menudo a su madre durante la hora de la siesta, pero también acudían a verla desconocidos, sobre todo mujeres que habían oído hablar de los saberes de Amira y querían pedirle consejo, remedios o amuletos. A Nefissa le encantaban las peticiones... y la gente pedía elixires de amor o afrodisíacos, anticonceptivos y medicinas para los trastornos menstruales, y remedios para favorecer la fertilidad de las mujeres estériles o curar la impotencia de los maridos.

Nefissa se reunía algunas veces con su madre y las visitas, tal como hacían las demás mujeres Rashid y las muchachas y los niños que vivían en la calle de las Vírgenes del Paraíso. Pero aquel día Nefissa no pensaba hacerlo. Si aquel día pasara su teniente, bajaría al jardín y le daría una sorpresa.

Amira y Maryam se sentaron en la glorieta, una exquisita obra de arte en hierro forjado en forma de jaula de pájaros cubierta de filigranas y rematada por una imitación de la cúpula de la mezquita de Muhammad Alí, que cada primavera se volvía a pintar de blanco para que resplandeciera bajo el sol. Sin embargo, la glorieta tenía un defecto: el diseño de la entrada era asimétrico. La imperfección era deliberada, pues los artistas musulmanes siempre dejaban un defecto en su obra, en la creencia de que sólo Alá era capaz de crear una cosa perfecta.

Una criada se acercó a la glorieta diciendo:

–Tienes una visita, mi ama.

Amira vio acercarse a una mujer a la que jamás había visto; iba muy bien vestida con zapatos de cuero a juego con el bolso y un sombrero importado de Europa con un velo que le cubría la cara... estaba claro que era una mujer adinerada.

–Te deseo un día muy próspero, sayyida –dijo la mujer, utilizando el tratamiento de respeto de «señora»–. Soy la señora Safeya Rageb.

Aunque la categoría de una mujer solía establecerse a través de la elegancia de su atuendo, su refinada manera de hablar el árabe, el número de criados de su casa y la posición de su marido, lo más importante era el título que utilizaba, cosa que la visitante de Amira se había apresurado a especificar. «Señora» era el tratamiento de respeto de una mujer casada. Sin embargo, Amira observó que su visitante no se había presentado como Um, es decir, «madre», seguido del nombre del hijo, pues el máximo honor se tributaba siempre a la madre de un varón... de ahí que Um Ibrahim tuviera una consideración más alta que Um Nefissa.

–Te deseo un día próspero y lleno de bendiciones, señora Safeya. Siéntate, por favor –dijo Amira, sirviendo el té.

Después empezó a comentar el tiempo y la excelente cosecha de naranjas que iba a haber aquel año y le ofreció a la señora Rageb un cigarrillo que ésta aceptó siguiendo el ritual, pues el hecho de que un visitante expusiera de inmediato el objeto de su visita constituía una ofensa y el hecho de que una anfitriona le preguntara a su visitante cuál era el objeto de su visita se consideraba una grosería. Amira se fijó en el curioso amuleto hecho con una piedra azul que colgaba de una fina cadena de oro alrededor del cuello de su visitante. Puesto que el azul era el color tradicional para mantener alejado el mal de ojo, Amira pensó: «Tiene miedo».

–Perdóname, sayyida –dijo finalmente Safeya Rageb sin apenas poder disimular su nerviosismo–. He venido a tu casa porque he oído decir que eras una sheija y que tienes una gran sabiduría y unos maravillosos conocimientos. Dicen que puedes curar todas las dolencias.

–Todas las dolencias –dijo Amira con un sonrisa– menos aquella de la cual una persona está destinada a morir.

–Ignoraba tu reciente duelo.

–La necesidad tiene su propias leyes. ¿En qué puedo servirte?

Al ver que Safeya Rageb miraba a Maryam con expresión turbada, Amira se levantó diciendo:

–Maryam, te ruego que nos perdones. Señora Safeya, ¿quieres acompañarme?

Nefissa avanzó pegada al muro del jardín, mirando hacia la glorieta para asegurarse de que nadie la viera. Había dos puertas en el muro: la de los peatones, que estaba abierta, y la gran puerta de doble hoja del otro lado de la calzada, que conducía a la cochera de la parte de atrás. A esta última se estaba dirigiendo Nefissa. Acercándose a la puerta, miró a través de una rendija y contuvo la respiración...

¡Estaba allí!

Había venido y ahora estaba mirando hacia las ventanas de arriba. Nefissa percibió los fuertes latidos de su corazón. Era su oportunidad antes de que él se alejara, pero tenía que procurar que nadie la viera.

En un primer tiempo, había pensado arrojarle una nota, diciéndole su nombre y preguntándole quién era él. Pero en seguida pensó: ¿Y si él no la viera y, en su lugar, la encontrara un vecino? Después se le ocurrió algo de tipo más personal, un guante o tal vez un chal. Pero ¿y si él no pudiera recogerlo y otra persona lo encontrara y adivinara que era suyo? Se había pasado toda la mañana dándole vueltas hasta que, al final, se le había ocurrido una idea y ahora...

De pronto, se quedó petrificada.

¡La voz de su madre! ¡Se estaba acercando! Nefissa se escondió rápidamente detrás de unos arbustos ¿Y si él se marchara? ¿Y si pensara que ella ya había perdido el interés? Oh, madre, ¿qué estás haciendo aquí? ¡Camina más deprisa, madre! ¡Más deprisa!

Vio a su madre en el camino embaldosado en compañía de una mujer a la que ella jamás había visto. Hablaban en voz baja y, al parecer, Amira no se había dado cuenta de que su hija estaba escondida detrás de los arbustos.

Cuando al final pasaron de largo y se perdieron entre los mandarinos, Nefissa se acercó de nuevo a la rendija de la puerta y miró. ¡Todavía estaba allí!

Arrancando rápidamente una escarlata rosa de Siria, la arrojó por encima del muro y contuvo la respiración, mirando a través de la rendija.

¡Él no la había visto!

Pasó un camión militar cuyos enormes y polvorientos neumáticos estuvieron a punto de aplastar la flor. Sin embargo, cuando el camión se perdió calle abajo, Nefissa vio que el oficial bajaba a la calzada y recogía la flor. Después, vio que contemplaba el muro hasta que sus ojos se posaron en la puerta, justo en el lugar donde ella se encontraba. Jamás le había visto tan de cerca; tenía unos ojos del color de los ópalos con unas pestañas muy rubias y un lunar en la mejilla izquierda... ¡qué guapo era! A continuación, el oficial hizo algo asombroso: clavando los ojos en los suyos, se acercó la flor a los labios y la besó.

Nefissa creyó desmayarse.

¡Sentir aquellos labios sobre los suyos y aquellos brazos alrededor de su cuerpo! Sin duda ambos estaban destinados a algo más que unas furtivas miradas por encima de un muro. Nefissa sabía que estaban destinados a encontrarse algún día de la manera que fuera.

Un leve temor le atravesó el cuerpo. ¿Cómo reaccionaría él cuando se enterara de que había estado casada y tenía dos hijos? Las viudas y las repudiadas no eran un trofeo muy codiciado por los varones egipcios, pues las mujeres con experiencia sexual se consideraban poco aptas para un segundo matrimonio. Habiendo conocido el amor de otro hombre, era fácil que lo compararan con el del nuevo esposo. ¿Los ingleses también serían así?, se preguntó. Nefissa apenas sabía nada sobre aquella raza de tez clara que llevaba casi un siglo ocupando Egipto y que presuntamente lo hacía para «proteger» el país, aunque algunos afirmaran que, en realidad, los ingleses eran unos imperialistas. ¿Valorarían la virginidad? ¿La encontraría su apuesto teniente menos atractiva cuando supiera la verdad?

No, pensó. Él no sería así. El encuentro entre ambos sería maravilloso. Presentía que se iban a encontrar.

–¿Nefissa?

La joven se volvió.

–¡Tía Maryam, me has asustado!

–¿No te he visto arrojar una flor por encima del muro? –preguntó Maryam Misrahi esbozando una sonrisa–. Supongo que, al otro lado, debía de haber alguien para recogerla –al ver que Nefissa se ruborizaba, Maryam se rió y le rodeó los hombros con su brazo–. Apuesto a que debía de ser un galán.

Nefissa experimentó una sensación de ahogo en el pecho. Quería estar sola, contemplarlo, estar cerca de él un momento más, tal vez oír su voz. Pero entonces oyó unas pisadas alejándose al otro lado del muro.

Maryam olía ligeramente a jengibre y su cabello brillaba como el fuego bajo el sol. Había ayudado a Nefissa a venir al mundo y, por consiguiente, la quería como a una hija.

–¿Quién es él? –preguntó con una sonrisa–. ¿Le conozco yo?

La joven no se atrevía a contestar. Todo el mundo sabía que Maryam Misrahi odiaba a los británicos porque habían matado a su padre durante la revuelta de 1919. Formaba parte del grupo de intelectuales y políticos ejecutados por el delito de «asesinar» británicos. Maryam contaba por aquel entonces dieciséis años.

–Es un oficial británico –contestó Nefissa al final.

Al ver que Maryam fruncía el ceño, la muchacha se apresuró a añadir:

–Pero no te imaginas lo guapo, elegante y refinado que es, tía. ¡Debe medir un metro ochenta y tiene el cabello del color del trigo! Ya sé que tú no lo apruebas, pero todos no pueden ser malos, ¿no crees? ¡Tengo que conocerle! Todo el mundo dice que los británicos abandonarán Egipto muy pronto. Yo no quiero que se vayan, porque entonces, ¡él también se irá!

Maryam la miró con una nostálgica sonrisa, recordando las épocas en que ella también tenía veinte años y estaba locamente enamorada.

–Por lo que yo he oído decir, querida, los británicos no se van a marchar tan fácilmente.

–En tal caso habrá violencia –dijo tristemente Nefissa–. He oído comentarios. Todo el mundo dice que, si los británicos no se van, habrá disturbios y tal vez incluso una revolución.

Maryam no contestó. Ella también había oído aquellos rumores.

–No te preocupes –dijo mientras ambas se dirigían a la glorieta–. Estoy segura de que a tu oficial no le va a pasar nada.

Nefissa se animó inmediatamente.

–Sé que nos vamos a conocer. Es nuestro destino, tía. ¿Has sentido tú alguna vez algo parecido? ¿Eso de estar predestinada para alguien? ¿Sentiste eso con el tío Suleiman?

–Sí –contestó Maryam en un susurro–. Cuando Suleiman y yo nos conocimos, comprendimos inmediatamente que estábamos hechos el uno para el otro.

–Me guardarás el secreto, ¿verdad, tía? ¿No se lo dirás a mi madre?

–No le diré nada a tu madre. Nos guardaremos mutuamente nuestros secretos –dijo Maryam, pensando en su querido Suleiman y en el secreto que ella le había ocultado a lo largo de todos aquellos años.

–Mi madre no tiene ningún secreto –dijo Nefissa–. Es demasiado honrada para tener algo que ocultar.

Maryam apartó la mirada. El secreto de Amira era el mayor de todos.

–¡Tengo que encontrar la manera de reunirme con él! –dijo Nefissa, acercándose con Maryam a la glorieta donde ahora se habían congregado todas las mujeres Rashid para conversar y tomar el té mientras los niños se entretenían jugando a la pelota–. Mi madre jamás lo permitiría, por supuesto. Pero soy una mujer adulta, tía. Tengo derecho a decidir si quiero llevar el velo o no. Ahora ya casi nadie lo lleva. Mi madre es muy anticuada y se aferra muchos a las antiguas costumbres. ¿Acaso no se da cuenta de que los tiempos están cambiando? ¡Egipto es ahora un país moderno!

–Tu madre se da perfecta cuenta de que los tiempos están cambiando, Nefissa. Tal vez por eso se aferra más que nunca a las antiguas costumbres.

–¿Quién es la mujer que la acompañaba hace un momento? Me pareció que querían hablar en privado.

–Ah, sí –dijo Maryam con una sonrisa–. Más secretos...

–Eso nadie lo sabe, señora Amira –estaba diciendo Safeya Rageb–. Es un peso que soporto yo sola.

Se refería a la razón de su visita: su hija, catorce años, soltera y embarazada. Safeya había oído decir que Amira conocía secretos brebajes y remedios.

De pronto, Amira recordó su infancia en el harén y un té que a veces les administraban a ciertas mujeres que, a su juicio, no estaban enfermas. Sin embargo, tras haberlo bebido, las mujeres se pasaban un rato indispuestas. Las concubinas de mayor edad lo llamaban poleo y más tarde ella averiguó que era un abortivo.

–Señora Safeya –dijo Amira, invitando a su visitante a sentarse en un banco de mármol a la sombra de un olivo–, sé lo que has venido a pedirme y, aunque comprendo tu apurada situación, no puedo dártelo.

La mujer rompió a llorar.

Amira le hizo una seña a una criada que permanecía de pie a una discreta distancia y, momentos después, la criada les sirvió una infusión hecha con la manzanilla que Amira cultivaba en su huerto. Invitando a su visitante a beberla antes de proseguir la conversación, Amira esperó a que la señora Rageb se tranquilizara un poco.

–¿Qué me dices del padre de la muchacha? –preguntó–. ¿No sabe nada?

–Mi marido y yo somos Sai’idi, señora Amira. Procedemos de una aldea del Alto Egipto y nos casamos cuando yo tenía dieciséis años y él diecisiete. Tuve a mi hija un año más tarde. Aún viviríamos allí si mi marido no hubiera oído hablar de la inauguración de una Academia Militar destinada a los hijos de los campesinos. Estudió muy duro y fue aceptado. Ahora ostenta el rango de capitán. Es un hombre orgulloso, señora Amira, y valora el honor por encima de todo. No, él no sabe nada de la deshonra de nuestra hija. Fue trasladado a un puesto del Sudán hace tres meses. Una semana después de su marcha, mi hija fue seducida por un muchacho del barrio cuando se dirigía a la escuela.

Corren tiempos muy peligrosos, pensó Amira, ahora que las niñas van a la escuela y caminan por las calles sin que nadie las acompañe. Había oído hablar de un proyecto de ley que prohibiría a las mujeres casarse antes de los dieciséis años, cosa a la cual ella se oponía firmemente. Una madre sólo tenía un medio de proteger a su hija y dicho medio consistía en colocarla bajo la custodia de un marido tan pronto como le empezara la regla. De este modo, el marido evitaba que se entregara a una vida licenciosa y podía estar seguro de que los hijos que ella tuviera serían suyos. Pero últimamente la gente imitaba a los europeos y las muchachas no se casaban hasta los dieciocho o diecinueve años, con lo cual quedaban desprotegidas durante unos seis o siete años, poniendo en peligro el honor de la familia.

–Los juicios de la sociedad son a veces muy duros y a una madre le corresponde suavizarlos en bien de su familia –dijo con dulzura. Estaba pensando en Fátima, su hija perdida, expulsada de la familia porque ella, su propia madre, no había podido salvarla–. ¿Cuándo regresará tu marido del Sudán?

–Su destino es para un año. Señora Amira, mi marido y yo nos queremos intensamente, en eso he tenido mucha suerte. Pide mi consejo sobre muchas cuestiones y escucha mis sugerencias. Pero, en este caso, creo que mataría a nuestra hija. ¿Tú no puedes ayudarme?

Amira reflexionó un instante.

–¿Cuántos años tienes, Safeya Rageb?

–Treinta y uno.

–¿Has tenido relaciones últimamente con tu marido?

–La víspera de su partida...

–¿No hay ningún lugar adonde pudieras enviar a la niña? ¿Algún pariente de confianza?

–Mi hermana, en Assyut.

–Eso es lo que deberás hacer. Envía a tu hija allí. Diles a tus vecinos que se ha ido a cuidar a un pariente enfermo. Después, ponte una almohada bajo la ropa y aumenta el tamaño cada mes. Dile a todo el mundo que estás embarazada. Cuando tu hija dé a luz, mándala llamar con el niño, quítate la almohada y diles a todos que la criatura es tuya.

Safeya la miró con asombro.

–¿Crees que se puede hacer?

–Con la ayuda de Alá –contestó Amira.

Safeya Rageb le dio las gracias y se retiró. Amira se dirigió a la glorieta, pero de pronto se detuvo en seco bajo un tamarindo en flor al ver que el camino estaba bloqueado.

Contempló al hombre, de pie bajo el sol de la tarde. Andreas Skouras, el hombre que la visitaba en sueños.

Se quedó tan sorprendida de verle allí que olvidó subirse el velo para cubrirse la cabeza o envolverse la mano en una esquina de la seda antes de estrechar la suya. En otra ocasión había sentido vibrar una corriente desde la palma del hombre a la suya; sin embargo, aquella vez la tela se interponía entre ambos mientras que ahora percibía directamente el calor de su piel. Aparte Alí e Ibrahim y algunos parientes varones muy próximos, Amira jamás había tocado a otro hombre y, aunque sólo fueran las manos, el contacto le había hecho experimentar una sorprendente sensación de intimidad.

–Mi querida sayyida –dijo Andreas, utilizando el habitual tratamiento de respeto–. Que las bendiciones y las dádivas de Alá visiten esta casa.

Andreas Skouras, un apreciado miembro del gabinete del rey Faruk, no era un hombre especialmente apuesto, pero Amira se sintió subyugada por la forma en que la sombra y la luz del sol jugueteaban sobre su sonriente rostro y su plateado cabello. Aquel atractivo hombre moreno de ascendencia griega era sólo un poco más alto que ella, pero su vigoroso físico transmitía una impresión de fuerza y poder.

–Bienvenido a mi casa –dijo Amira sin apenas poder creer que él estuviera efectivamente allí.

Sus ojos parecían atravesarla de parte a parte y su presencia le provocaba un estremecimiento de emoción.

Sayyida –dijo Andreas–, honro la amistad y la memoria de tu marido, Alá le conceda morar en el Paraíso. Hoy he venido porque quiero hacerte un regalo y expresarte la gran estimación que siento por ti.

Amira abrió el pequeño estuche y se quedó asombrada al ver una sortija antigua de oro sobre el terciopelo. La piedra era una cornalina y llevaba grabada la imagen de una morera, símbolo del amor eterno y la fidelidad.

Sayyida –dijo Skouras–. Amira –añadió en voz baja–, vengo a pedirte que te cases conmigo.

–¡Casarme! ¡Alá me valga! ¡Skouras, me has pillado por sorpresa!

–Perdóname, mi querida amiga, pero lo llevo planeando desde hace tiempo y he pensado que la mejor manera de decírtelo era yendo directamente al grano. Sea yo maldito si te he ofendido.

–Me siento muy honrada, Skouras –dijo Amira con un hilillo de voz–, más de lo que pueda expresar con palabras. La verdad es que me he quedado sin habla...

–Ya sé que es una sorpresa, mi querida amiga, pues apenas me conoces.

Te conozco en sueños, pensó Amira. Me has hecho el amor, pero tú no lo sabes.

–Te pido tan sólo que pienses en mi proposición. Tengo una gran casa en la isla donde vivo solo, ahora que mis hijas se han casado y mi esposa me dejó hace ocho años, Alá le conceda el descanso. Gozo de buena salud y estoy muy bien situado económicamente. Me encargaría de que no te faltara nada, Amira.

–¿Cómo puedo dejar a mis hijos? –dijo Amira–. ¿Cómo puedo dejar esta casa?

–Mi querida Amira, no puedes pasarte toda la vida en un harén. Vivimos en la era moderna.

Amira se sorprendió. ¿Sabría Andreas que había vivido en un harén en su infancia? ¿Le habría hablado Alí de su pasado?

–Tú no me conoces, no sabes nada de mi vida antes de unirme a Alí.

–Eso no importa, mi querida amiga.

Vaya si importa, hubiera querido decir Amira. No recuerdo cómo era mi existencia antes de vivir en el harén del que Alí me rescató; los únicos recuerdos de mi infancia son los que guardo de aquel terrible lugar. No sé si mi madre era una de las desdichadas prisioneras del harén, hubiera querido gritar, ¡no sé si era una concubina, una mujer sin honor! Hubiera querido decirle a Skouras que una vez había pensado incluso en la posibilidad de regresar a la calle de las Tres Perlas para tratar de averiguar las respuestas sobre su verdadera identidad. Pero le dijeron que la casa había sido derribada hacía mucho tiempo y que las mujeres del harén se habían emancipado y habían escapado como pájaros.

–Mi hijo no tiene esposa, Andreas –dijo finalmente– y mi hija no tiene marido. Mi deber es cuidar de que estén bien atendidos.

–Ibrahim y Nefissa son personas adultas, Amira. Ya no son unos niños.

–Siempre serán mis niños –replicó Amira, evocando de pronto su recurrente pesadilla... El campamento del desierto, los hombres a caballo, la niña arrancada de los brazos de su madre, acudieron a su mente con toda claridad. ¿Es por eso por lo que temo abandonar a mis hijos?, se preguntó. ¿Porque fui arrebatada de mi madre?

Andreas dio un paso más para acercarse a ella y Amira sintió que el aliento se le quedaba paralizado en la garganta. Como la tocara en aquel jardín lleno de flores y frutos, sabía que sucumbiría. Le diría: Sí, quiero casarme contigo. Sin embargo, Skouras se limitó a decirle:

–Eres una mujer muy bella, Amira. Alá me perdone por hablarte con tanta franqueza, pero me sentí atraído por ti en cuanto te vi. Sé que Alí, que nos está viendo desde el Paraíso, me perdonará que te lo diga. Más que amigos, él y yo éramos hermanos.

Las lágrimas asomaron a los ojos de Amira y ésta se avergonzó de que, entre las lágrimas de tristeza, hubiera también algunas lágrimas de alegría. Pensó en todo lo que Alí Rashid había hecho por ella, conduciéndola a aquella mansión y convirtiéndola en su esposa. Y ahora allí estaba ella, en el jardín que él había creado, luciendo los elegantes vestidos y las joyas que él tan generosamente le había regalado, ¡deseando los besos y los abrazos de su mejor amigo!

–Estoy en deuda con mi marido más de lo que tú te imaginas. Me sacó de una existencia desgraciada y me condujo a esta casa que está llena de felicidad.

–Honro su memoria y te honro a ti, Amira. Eres una mujer de conducta irreprochable.

Amira apartó la mirada. O sea que Skouras no conocía toda la historia. No sabía que Alí Rashid no había sido el primer hombre de su vida. Para poder casarse con él, tendría que confesarle la verdad, lo cual equivaldría a deshonrar a su marido. Por eso contestó:

–Mi primera obligación son mis hijos, Skouras. Pero la proposición me honra y me halaga.

–¿No sientes por mí por lo menos un poco de afecto, Amira? ¿Puedo abrigar alguna esperanza?

No es un poco de afecto, Andreas, hubiera querido decir Amira. Lo que siento por ti es amor y lo siento desde el día en que nos conocimos. En su lugar, contestó:

–Por favor, dame tiempo para pensarlo –y, devolviéndole la sortija, añadió–: La aceptaré cuando haya aceptado tu proposición.

Después, le acompañó a la puerta del jardín y le vio subir a una negra limusina que esperaba junto al bordillo. Mientras le veía alejarse, se acercó una criada por el camino desde la casa.

–Ama –dijo la criada–, el amo ha vuelto a casa y pregunta por ti.

Amira esperó hasta que la limusina dobló la esquina de la casa y entonces se apartó de la puerta y le dijo a la criada:

–Gracias.

Al entrar en la casa, se sintió invadida por una sensación de temor. ¡Qué cerca había estado de aceptar la proposición de Andreas Skouras! Qué fácil le hubiera sido abandonar la seguridad de aquella casa e irse a vivir con un extraño por el solo hecho de desearle y de ansiar sus abrazos. Qué frágiles somos las mujeres y con cuánta facilidad nos dejamos arrastrar por nuestras pasiones. Pero Amira sabía que tenía que seguir los impulsos de la mente y no los del corazón, pues aún tenía responsabilidades en su familia. Si ella y Andreas estuvieran destinados a unirse, así sería. Pero, de momento, su principal ocupación eran sus hijos: Nefissa, dominada por unos románticos y peligrosos anhelos muy semejantes a los suyos; e Ibrahim, cuyos ojos estaban llenos de dolor y también de algo más que ella no lograba identificar, pero que la tenía muy preocupada. Pensó finalmente en su otra hija Fátima, nacida después de Ibrahim y antes que Nefissa, a quien Alí había desterrado de la casa, decretando que su nombre jamás volviera a ser pronunciado dentro de aquellos muros.

No perderé a la única hija que me queda, pensó Amira mientras subía por la soberbia escalinata que separaba el ala de los hombres de la de las mujeres. Encontraré el medio de salvarla de las pasiones que la dominan.

Que nos dominan a las dos.

Al entrar en las oscuras y lujosas estancias que antaño fueran de su marido, Amira pensó en los tiempos en que, siendo muy joven, Alí la mandaba llamar. Entonces ella lo atendía, le daba un baño y un masaje, le servía, hacía el amor con él y después se retiraba a sus aposentos hasta que él la volvía a llamar. Dentro de muy pocos años, Omar, el hijo de tres años de Nefissa, abandonaría la parte de la casa destinada a las mujeres y ocuparía un apartamento propio donde recibiría a sus amistades masculinas, tal como ahora hacía Ibrahim y antes hiciera Alí. Una vida separada de las mujeres.

Una vez en el apartamento de su hijo, Amira se sorprendió de lo mucho que había cambiado y adelgazado Ibrahim en sólo dos semanas.

–He decidido irme de casa durante algún tiempo, madre –le dijo Ibrahim en árabe.

Amira tomó sus manos entre las suyas.

–¿Crees que marcharte te va a servir de algo? –le preguntó–. La desesperación nos hace evocar la alegría, hijo. El tiempo desgasta las montañas, ¿no crees que también desgastará tu dolor?

–Sueño con mi esposa como si todavía estuviera viva.

–Escucha, hijo de mi corazón. Recuerda las palabras de Abu Bakr cuando murió el profeta Mahoma, la paz sea con él, y la gente perdió la fe. «Para aquellos de vosotros que habéis venerado a Mahoma, éste ha muerto –dijo Abu Bakr–. Para aquellos de vosotros que adoráis a Alá, está vivo y nunca morirá.» No pierdas la fe en Alá, hijo mío. Él es sabio y compasivo.

–Tengo que irme –dijo Ibrahim.

–¿Adónde irás?

–A la Costa Azul. El Rey ha decidido pasar las vacaciones allí.

Amira sintió que un cuchillo le traspasaba el corazón. Hubiera querido extender los brazos hacia él, su niño, el hijo de su corazón, borrar su dolor y convencerle de que se quedara allí, en el lugar que le correspondía. Sin embargo, se limitó a preguntarle:

–¿Cuánto tiempo estarás ausente?

–No lo sé. Pero mi alma ha perdido la paz y necesito volver a encontrarla.

–Muy bien, pues. Inshallah. Es la voluntad de Dios. Aunque el cuerpo se aleje un codo, al corazón le parece una legua. Que la paz y el amor de Alá te acompañen –dijo Amira, besando a su hijo en la frente en gesto de bendición.

Mientras regresaba a sus aposentos, Amira sintió que su corazón se llenaba de inquietud. Los sueños... Una niña arrancada de unos brazos protectores. ¿Sería un recuerdo o tal vez un presagio de acontecimientos futuros? ¿Por qué la angustiaba tanto la partida de Ibrahim? ¿Por qué estaba experimentando de pronto aquel temor casi irracional de perder en cierto modo a sus hijos? Nefissa estaba inquieta por causa de un amor e Ibrahim se iba a marchar de casa. Tenía que proteger a sus hijos y mantener a la familia unida. Pero ¿cómo? ¿Cómo?

No regresó al jardín; los criados estarían a punto de cerrar la puerta, pues ya eran las cuatro, la hora en que ella siempre daba por finalizada la recepción de las visitas para no perderse la oración de la tarde. Entró en sus aposentos, se encaminó directamente al cuarto de baño y realizó las abluciones rituales que precedían a la oración. Después se dirigió a su dormitorio, donde la joven esposa de Ibrahim había muerto al dar a luz a su hija. Extendió la alfombra de oración, se quitó los zapatos y se situó de cara hacia el este, en dirección a La Meca. Mientras los almuédanos llamaban a los fieles desde los innumerables alminares de El Cairo, Amira apartó de su mente todos los pensamientos terrenales y materiales y se concentró en Alá. Colocando las manos a ambos lados de su rostro, recitó:

Allahu Akbar. Alá es grande.

Después recitó la Fatiha, el pasaje inicial del Corán:

–En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso... –a continuación, en un fluido movimiento que era el resultado de muchos años de rezos cinco veces al día, Amira se inclinó en reverencia, enderezó la espalda, se arrodilló y tocó tres veces el suelo con la frente mientras decía–: Alá es Grande. Ensalzo la perfección de mi Señor, el Altísimo –al final, se levantó y terminó su plegaria diciendo–: No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta.

Amira hallaba consuelo en la oración. Por eso había educado a su familia en la fe y en el poder de la plegaria. Las mujeres de la casa Rashid estaban obligadas a cumplir el ritual cinco veces al día cuando el almuédano llamaba a la oración: poco antes del amanecer, un poco después del mediodía, por la tarde, poco después de la puesta del sol y por la noche. Nunca se rezaba exactamente al amanecer o al mediodía o a la puesta del sol porque ésos eran los momentos en que los paganos solían adorar al sol.

Al terminar, Amira se sintió una vez más espiritualmente reconfortada y animada. El futuro ya no le inspiraba tantos recelos ni tantos temores. Dios proveerá, pensó. Mientras se disponía a bajar a la cocina para dar instrucciones a la cocinera, sintió que Alá le iluminaba súbitamente el entendimiento y comprendió en un instante lo que debería hacer.

Buscarle una esposa a Ibrahim y un marido a Nefissa.

Puede que entonces, con la ayuda de Alá, tomara en consideración la proposición de matrimonio de Andreas Skouras.