Una oleada de calor se extendía sobre Baltimore como un sudario. Cien mil aspersores refrescaban con su rocío el césped que alfombraba los exuberantes barrios residenciales, pero los vecinos ricachones permanecían dentro de sus casas con el aire acondicionado al máximo de su potencia refrigeradora. En la avenida del Norte, alicaídas busconas no se movían de la sombra y sudaban bajo los postizos y pelucas, mientras en las esquinas los mozalbetes trapicheaban la droga que extraían de los bolsillos de sus holgados pantalones cortos. Septiembre estaba en las últimas, pero el otoño parecía encontrarse muy lejos.
Un oxidado Datsun de color blanco, con el cristal de uno de los faros sujeto con dos tiras cruzadas de cinta aislante, atravesó el barrio de trabajadores blancos situado al norte del centro urbano. El coche carecía de aire acondicionado y el conductor llevaba bajado el cristal de las ventanillas. Era un individuo bien parecido, de veintidós años, ataviado con pantalones vaqueros, camiseta blanca de manga corta y una gorra roja de béisbol en cuya parte frontal figuraba la palabra SEGURIDAD en letras blancas. A causa del sudor, la tapicería de plástico resbalaba bajo sus muslos, pero el hombre no estaba dispuesto a permitir que eso le jorobase. Estaba de buen humor. La radio del automóvil sintonizaba la 92Q, «¡Veinte improvisaciones seguidas!». En el asiento del copiloto había una carpeta abierta. El hombre la echaba un vistazo de vez en cuando para aprenderse de memoria, con vistas a la prueba del día siguiente, las voces técnicas de una página mecanografiada. Le resultaba fácil aprender, en cuestión de minutos habría asimilado aquel material.
En un semáforo, una rubia al volante de un Porsche se detuvo junto a él. El conductor del Datsun le dedicó una sonrisa y ponderó:
—¡Bonito coche!
La dama desvió la vista, sin decir palabra, pero el hombre creyó vislumbrar un conato de sonrisa en la comisura de la boca femenina. Era harto probable que tras las enormes gafas de sol la señora le doblase la edad: ocurría así con la mayor parte de las mujeres que circulaban en Porsche.
—Le echo una carrera hasta el próximo semáforo —desafió el hombre. La mujer dejó oír el musical cascabeleo de una risa matizada de coquetería un segundo antes de poner la primera con una mano fina y elegante y arrancar como un cohete.
El conductor del Datsun se encogió de hombros. Sólo estaba probando suerte.
Rodó hacia las proximidades del arbolado campus de la Universidad Jones Fall, un colegio mayor miembro de la Ivy League, la liga intercolegial de equipos deportivos universitarios, mucho más pijo y fastuoso que el colegio al que había asistido él. Al pasar por delante de la imponente puerta de acceso, se cruzó con un grupo de ocho o diez muchachas que trotaban a paso ligero, vestidas con prendas de ejercicio: pantalones cortos muy ceñidos, zapatillas Nike, sudadas camisetas de manga corta y un peto sobre ellas. Supuso que se trataba de un equipo de hockey sobre hierba en pleno entrenamiento y la imponente moza que iba al frente era sin duda la capitana, que las ponía en forma para la temporada.
Entraron en el campus y, de súbito, el hombre se sintió agobiado, hundido en la ciénaga de una fantasía tan impetuosa y emocionante que apenas le quedó capacidad visual para conducir. Se las imaginó en el vestuario —la regordeta enjabonándose en la ducha, la pelirroja secándose con la toalla la larga cabellera color cobre, la negra calzándose unas braguitas de encaje blanco, el marimacho de la capitana mariposeando por allí en cueros vivos, exhibiendo su musculatura— en el preciso instante en que sucedía algo que las aterrorizaba. El pánico se apoderó repentinamente de ellas, desorbitaron los ojos y prorrumpieron en histéricos sollozos y chillidos, al borde del ataque de nervios. La gordita fue a parar al suelo y allí se quedó, sumida en desconsolado llanto, mientras las demás la pisaban, desentendidas de su apuro, con un único y desesperado propósito: ocultarse, encontrar la puerta de salida, huir de lo que las empavorecía.
El hombre frenó al borde de la carretera y puso el automóvil en punto muerto. Respiraba entrecortadamente y percibió el martilleo de los latidos del corazón. Aquella era la mejor visión que había tenido jamás. Pero le faltaba un detalle. ¿Qué era lo que asustaba a las chicas? El hombre efectuó un minucioso reconocimiento por los reinos de su fértil imaginación y se le hizo la boca agua de deseo al dar con lo que buscaba: fuego. Se había declarado un incendio y las llamas aterraban a las mozas. Tosían y se asfixiaban en medio de la humareda, iban de un lado para otro, medio desnudas y frenéticas.
—¡Dios mío! —susurró el hombre, con la mirada perdida al frente, mientras veía la escena como una película que se proyectase sobre el parabrisas del Datsun.
Se calmó al cabo de un rato. La fiebre del deseo continuaba alta, pero la fantasía ya no resultaba suficiente: era como la idea de una cerveza cuando la sed le volvía loco. Se levantó los faldones de la camiseta y se secó el sudor de la frente. Se daba perfecta cuenta de que debía olvidarse de aquella quimera y reanudar la marcha; pero era demasiado maravillosa. Llevaba implícita un peligro terrible —le condenarían a varios años de cárcel en el caso de que le cogieran—, pero el peligro nunca le impidió hacer lo que se le antojaba en la vida. Trató de resistir la tentación, aunque sólo durante un segundo.
—Quiero intentarlo —murmuró. Hizo dar media vuelta al coche, franqueó la gran puerta y entró en el campus.
Había estado allí antes. El recinto de la universidad se extendía sobre una superficie de cuarenta hectáreas de espacio de césped, jardines y florestas. La mayoría de sus edificios eran de ladrillo rojo, con algunas construcciones de hormigón y cristal, todos ellos conectados entre sí mediante una maraña de estrechas carreteras flanqueadas por numerosos parquímetros.
El equipo de hockey había desaparecido, pero el automovilista encontró el gimnasio sin dificultad: era un edificio bajo, situado a continuación de una pista de atletismo, y tenía frente a la fachada la estatua de un discóbolo. Detuvo el coche ante un contador de aparcamiento, pero no introdujo ninguna moneda; nunca echaba monedas en los parquímetros. De pie en la escalinata del gimnasio, la musculosa capitana del equipo de hockey hablaba con un tipo con una sudadera desgarrada. El intruso subió las escaleras con paso rápido, dedicó a la capitana una sonrisa al pasar junto a la pareja y atravesó la entrada del edificio.
Hormigueaban por el vestíbulo multitud de jóvenes de ambos sexos, que iban de aquí para allá en pantalón corto, con cinta en la cabeza, la raqueta en la mano, algunos, y la bolsa de deportes colgada del hombro, prácticamente todos. Era indudable que la mayor parte de los equipos de la universidad se entrenaban el domingo. En medio del vestíbulo, un guardia de seguridad comprobaba desde detrás de su escritorio las tarjetas de los estudiantes; pero en aquel momento un nutrido grupo de corredores pasó por delante del vigilante, unos agitaron la tarjeta, otros se olvidaron de hacerlo y el guardia de seguridad se encogió de hombros y continuó su lectura de La zona muerta.
El extraño dio media vuelta y disimuló contemplando la colección de copas de plata expuestas en una vitrina, trofeos ganados por los atletas de la Jones Falls. Instantes después irrumpía en el vestíbulo un equipo de fútbol, diez hombres y una mujer fornida, calzados con botas de tacos, y el intruso se apresuró a mezclarse con el grupo. Cruzó la pieza como si formara parte del conjunto y descendió con ellos por la amplia escalera que llevaba al sótano. Los futbolistas iban tan entusiasmados discutiendo los lances del partido, celebrando con risotadas un gol de suerte y manifestando su indignación por una falta que les pitaron injustamente, que no repararon en el entrometido.
Éste caminaba con andar despreocupado, pero los ojos no perdían deta lle. Al pie de la escalera había un pequeño zaguán con una máquina de Coca Cola y un teléfono público bajo una cubierta acústica. La mujer del equipo de fútbol se alejó por el largo pasillo, presumiblemente hacia el vestuario femenino, que con toda probabilidad lo habría añadido al final un arquitecto al que, allá por las fechas en las que el término «educación mixta» debía representar un concepto escabroso, ni por asomo se le pasaría por la cabeza la idea de que pululasen muchas jóvenes por la Jones Falls.
El intruso descolgó el teléfono y simuló buscarse en el bolsillo una moneda. Los futbolistas masculinos entraron en su vestuario. El hombre observó que la mujer empujaba una puerta y desaparecía. Seguramente aquel era el vestuario de las mujeres. Allí estarían todas, pensó el individuo, excitado, desnudas, duchándose, frotándose con la toalla. Tenerlas tan al alcance de la mano le provocó un calentón. Se enjugó la frente con el borde inferior de la camiseta. Lo único que tenía que hacer para rematar su fantasía era darles un susto de muerte, aterrorizarlas.
Hizo un esfuerzo para tranquilizarse. No era cosa de estropearlo todo dejándose llevar por la precipitación. Necesitaba unos minutos para planearlo todo bien.
Una vez se perdieron de vista los miembros masculinos del equipo de fútbol, el invasor echó a andar por el pasillo, en pos de la mujer. Había tres puertas en el corredor, una a cada lado y otra en la pared del fondo. La mujer había entrado por la de la derecha. Al probar la del fondo descubrió que daba a una habitación de grandes proporciones, polvorienta y llena de máquinas voluminosas; supuso que se trataba de calderas y filtros para la piscina. Entró en el cuarto y cerró tras de sí. Un zumbido eléctrico, leve y uniforme, ronroneaba en el aire. Se imaginó a una de aquellas mozas delirante de pavor, en ropa íntima —nada más que el sujetador y las bragas con estampado de flores—, tendida en el suelo, mirándole con ojos aterrados mientras él se desabrochaba el cinturón. Saboreó la imagen durante unos segundos, mientras sonreía para sus adentros. Tenía a aquel pimpollo apenas a unos metros. En aquel momento, la chica puede que estuviera pensando en cómo iba a pasar la velada: quizás había quedado con el novio y tenía intención de dejarle llegar a todo aquella noche; o acaso fuese una estudiante novata de primer año, tímida y solitaria, sin otra cosa que hacer la noche del domingo más que mirar el episodio de Columbo; o tal vez tuviera que entregar al día siguiente un ejercicio y proyectaba pasarse la noche dándole a su redacción hasta acabarlo. Nada de eso, muñeca. Ha sonado la hora de la pesadilla.
No era la primera vez que hacía esa clase de cosas, aunque nunca a tal escala. Que recordara, siempre le había encantado asustar a las chicas. En el instituto nada le gustaba más que encontrarse a solas con una muchachita, aislarla en un rincón más bien apartado y aterrorizarla hasta que rompía a llorar e imploraba clemencia. Ese era el motivo por el que se veía obligado a cambiar de colegio continuamente. A veces salía con alguna moza, sólo para ser como los demás alumnos y tener a alguien con quien entrar en el bar cogido del brazo. Si le parecía que la chavala en cuestión esperaba que se propasara, la complacía, pero eso siempre le pareció algo más bien inútil.
Todo el mundo tenía un capricho especial, se figuraba: a algunos hombres les gustaba vestir a las mujeres, otros disfrutaban obligando a la compañera a vestirse de cuero y a que les pisara con tacones de aguja. Conoció a un fulano que opinaba que la parte más sensual de una mujer eran los pies: para que se le empinara no tenía más que situarse estratégicamente en la sección de zapatería de unos grandes almacenes y dedicarse a observarlas cuando se ponían y quitaban piezas de calzado.
El miedo era su capricho, su aberración. Lo que hacía temblar de pánico a una mujer. Sin miedo, no había excitación.
Al examinar metódicamente el lugar observó que fija en la pared había una escala que ascendía hasta una trampilla de hierro que se cerraba por dentro. Trepó rápidamente por la escala, descorrió los pestillos del cerrojo y levantó la trampilla. Sus ojos tropezaron con los neumáticos de un Chrysler New Yorker estacionado en un aparcamiento. Se orientó: sin duda estaba en la parte de atrás del edificio. Cerró de nuevo la trampilla y bajó.
Abandonó el cuarto de máquinas de la piscina. Cuando marchaba por el pasillo, una mujer que iba en dirección contraria le dirigió una mirada hostil. Una angustia momentánea se apoderó de él: la mujer podía preguntarle qué diablos estaba haciendo por las proximidades del vestuario femenino. Ponerse a discutir no entraba en el guión. Aquel punto podía tirar por tierra todo su plan. Pero los ojos de la mujer subieron hasta la gorra, tropezaron con la palabra SEGURIDAD y desviaron la mirada. La mujer, por fin, entró en el vestuario.
El intruso sonrió. Había comprado la gorra en una tienda de recuerdos; pagó por ella ocho dólares y noventa y nueve centavos. La gente estaba acostumbrada a ver guardias de seguridad vestidos con vaqueros en conciertos de rock, detectives que parecían criminales hasta que sacaban a relucir su placa, policías de aeropuerto embutidos en suéter; era demasiada pejiguera solicitar la credencial a todo capullo que le daba por presentarse como guardia de seguridad.
Probó la puerta situada enfrente de la del vestuario de mujeres. Daba a un almacenillo. El hombre accionó el interruptor de la luz y cerró la puerta a su espalda. En los estantes se amontonaban piezas de equipos de gimnasia anticuados y ajados: enormes balones medicinales de color negro, raídas colchonetas de goma, mazas de gimnasia, mohosos guantes de boxeo y sillas plegables de madera astillada. También había un potro con el tapizado reventado y una pata rota. El cuarto apestaba a cerrado. Una gran tubería plateada cruzaba el techo y el hombre supuso que proporcionaría ventilación al vestuario del otro lado del pasillo.
Alzó la mano y probó las tuercas que fijaban la tubería a lo que parecía ser un ventilador. No pudo hacerlas girar con los dedos, pero en el Datsun llevaba una llave inglesa. Si lograba separar la tubería, el ventilador tomaría e impulsaría aire del almacenillo en vez del exterior del edificio.
Encendería su fogata justo debajo del ventilador. Se agenciaría una lata de gasolina, echaría un poco de combustible en una botella de Perrier vacía y volvería con ella, con la llave inglesa, unos cuantos fósforos y varios periódicos que utilizaría a guisa de astillas para encender la lumbre.
El fuego prendería con rapidez y originaría gran cantidad de humo. Él se cubriría boca y nariz con un trapo húmedo y aguardaría hasta que la humareda llenase el almacenillo. Entonces separaría el tubo del ventilador. El conducto atraería el humo y lo llevaría al vestuario de mujeres. Al principio, nadie lo notaría. Después, una o dos olfatearía el aire y preguntaría: «¿Alguien está fumando?». Él abriría la puerta del almacenillo y dejaría que el corredor se llenase de humo. Cuando las chicas comprendiesen que algo grave ocurría, abrirían la puerta del vestuario, pensarían que todo el edificio estaba en llamas y cundiría el pánico general.
Entonces él entraría en el vestuario. Habría allí un mar de sostenes y bragas, senos, nalgas y vello púbico al aire. Algunas saldrían corriendo de las duchas, desnudas y empapadas, tantearían en busca de toallas; otras intentarían recuperar sus ropas; la mayor parte de ellas tratarían de ganar la puerta, medio cegadas por el humo. Chillidos, sollozos y gritos de miedo sonarían por doquier. Él continuaría fingiendo ser un guardia de seguridad y les ordenaría a voces: «¡No perdáis tiempo en vestiros! ¡Es una emergencia! ¡Fuera! ¡Todo el edificio está ardiendo! ¡Rápido! ¡Rápido!». Les daría cachetes en las posaderas, las empujaría de un lado a otro, les quitaría la ropa de las manos, las magrearía a placer. Las chicas comprenderían que algo no encajaba, pero casi todas estarían demasiado nerviosas para discernir qué podía ser. Si la fortachona de la capitana del equipo de hockey andaba todavía por allí era posible que tuviese suficiente presencia de ánimo para plantarle cara a él, pero entonces se la quitaría de en medio con un puñetazo bien dado.
Se daría una vuelta por el vestuario y elegiría a su víctima principal. Sería una chica preciosa y con aspecto vulnerable. La agarraría por un brazo, al tiempo que le diría: «Por aquí, haz el favor. Soy de seguridad». La sacaría al pasillo, para conducirla luego en la dirección equivocada: hacia la sala de máquinas de la piscina. Una vez allí dentro, cuando la chavala creyera estar a salvo, él la abofetearía, le sacudiría un directo en el estómago y la arrojaría contra el suelo de cemento. La contemplaría mientras la chica rodaba sobre sí misma, se sentaba, jadeando, sollozando y mirándole con los ojos saturados de terror.
Entonces él sonreiría y se desabrocharía el cinturón.
2
La señora Ferrami dijo:
—Quiero irme a casa.
—No te preocupes, mamá —le tranquilizó su hija Jeannie—, vamos a
sacarte de aquí antes de lo que crees.
Patty, la hermana menor de Jeannie disparó a ésta una mirada que significaba: «¿Cómo rayos supones que vamos a hacer tal cosa?».
La Residencia Bella Vista del Ocaso era lo máximo que podía sufragar el seguro sanitario y en ella todo era pura fachada. La habitación contenía dos camas de hospital, otros tantos armarios, un sofá y un televisor. Las paredes estaban pintadas de color seta turbia y el suelo era de baldosas de plástico, de un tono crema surcado por vetas anaranjadas. La ventana tenía reja, pero no cortinas, y daba a una gasolinera. Había una jofaina en un rincón y los aseos estaban en el pasillo.
—Quiero irme a casa —repitió la madre.
—Pero, mamá —dijo Patty—, siempre te estás olvidando de las cosas, ya
no puedes cuidar de ti misma.
—Claro que puedo, no te atrevas a hablarme de ese modo.
Jeannie se mordió el labio. Contempló la ruina humana en que había degenerado su madre y le entraron ganas de llorar. La señora tenía facciones enérgicas: negras cejas, ojos oscuros, nariz recta, boca amplia y sólido mentón. Los mismos rasgos se repetían en Jeannie y Patty, aunque la madre era de constitución menuda y ellas altas como el padre. Las tres tenían un carácter resuelto, tal como sugería su apariencia: «formidable» era la palabra con la que se solía calificar a las mujeres Ferrami. Pero la madre ya no volvería a ser formidable. Padecía el mal de Alzheimer.
No contaba aún sesenta años. Jeannie, que tenía veintinueve, y Patty, que andaba por los veintiséis, confiaron en que hubiera podido cuidar de sí misma durante algunos años más, pero esa esperanza saltó hecha añicos aquella misma madrugada, a las cinco, cuando un agente de policía de Washington telefoneó para notificar que había encontrado a su madre en la calle
Dieciocho. La mujer vagaba sin rumbo, sólo cubría su cuerpo un camisón sucio, lloriqueaba y decía que no se acordaba de dónde vivía.
Jeannie se puso al volante de su automóvil y, en aquella tranquila mañana de domingo, se dirigió a Washington, distante una hora de Baltimore. Recogió a su madre en la comisaría, la llevó a casa, la bañó, la vistió y luego llamó a Patty. Juntas, las dos hermanas tramitaron el ingreso de la señora Ferrami en el asilo de Bella Vista. La institución estaba en la ciudad de Columbia, entre Washington y Baltimore. Tía Rosa había pasado allí sus años de decadencia. Tía Rosa tenía la misma póliza de seguro sanitario que la madre.
—No me gusta este sitio —dijo la señora Ferrami.
—A nosotras tampoco —manifestó Jeannie—, pero en estos momentos
es todo lo que podemos permitirnos.
Intentó que su voz sonara natural y razonable, pero lo cierto es que le salió un tono áspero.
Patty le disparó una mirada de reproche.
—Vamos, mamá, hemos vivido en sitios peores —puso vaselina.
Era verdad. Cuando su padre fue a la cárcel por segunda vez, la madre y las dos jóvenes vivieron en una habitación, con un hornillo encima del aparador y el grifo del agua en el pasillo. Fueron los años en que la asistencia social les ayudó a sobrevivir. Pero la madre fue una leona en la adversidad. En cuanto Jeannie y Patty empezaron a ir a la escuela, encontró una mujer de edad a la que no le importaba echar un vistazo a las chicas cuando volvían a casa, se buscó un empleo —había sido peluquera, y aún se mantenía en buena forma, aunque su estilo resultase algo pasado de moda— y no tardó en trasladarse con las chicas a un pisito de dos habitaciones situado en AdamsMorgan, que entonces era un respetable barrio de clase obrera.
Les preparaba tostadas para desayunar, enviaba a Jeannie y a Patty al colegio impecables con su vestidito limpio y después se peinaba y maquillaba —trabajando en un salón de belleza, una tenía que ir presentable— y siempre dejaba la cocina como los chorros del oro, con una bandeja de galletas encima de la mesa para cuando las niñas volviesen de la escuela. Los domingos hacían la colada y limpiaban a fondo el pisito entre las tres. Mamá siempre había sido tan capaz, tan segura, tan infatigable que a una le destrozaba el corazón ver en la cama a aquella mujer olvidadiza y quejumbrosa.
En aquel momento, la anciana frunció las cejas, como si algo la desorientara, y dijo:
—¿Por qué llevas ese aro en la nariz, Jeannie?
Jeannie se llevó los dedos a la fina banda de plata y esbozó una triste sonrisa.
—Mamá, me perforé la ventana de la nariz cuando era niña. ¿No te acuerdas de que te pusiste como una furia? Creí que ibas a echarme a la calle.
—Se me olvidan las cosas —reconoció la mujer.
—Pues yo sí que me acuerdo —intervino Patty—. Pensé que aquello tuyo era la mayor hazaña de todos los tiempos. Claro que yo tenía once años y tú catorce; para mí, todo lo que hacías era audaz, elegante e inteligente.
—Quizá lo fuese —dijo Jeannie con burlona jactancia.
Patty rió entre dientes.
—Lo de la chaqueta naranja seguro que no lo fue.
—¡Oh, Dios santo, aquella chaqueta! Mamá acabó quemándola después
de que durmiese con ella puesta en un edificio abandonado y se me llenara de
pulgas.
—De eso me acuerdo —terció la madre de pronto—. ¡Pulgas! ¡Una hija mía!
Se mostraba indignadísima aún, quince años después.
De repente, la atmósfera se tornó más desenfadada. Aquellas reminiscencias llevaron a la memoria de las tres el recuerdo de lo unidas que habían estado. Era un buen momento para despedirse.
—Será mejor que me retire —dijo Jeannie, al tiempo que se ponía en pie. —Yo también tengo que marcharme —se sumó Patty—. He de hacer la cena.
Sin embargo, ninguna de las dos hizo el menor intento de dirigirse a la puerta. Jeannie tuvo la sensación de que abandonaba a su madre, de que la dejaba desamparada en un momento de necesidad. Allí, nadie la apreciaba. Debería contar con una familia que la atendiese. Jeannie y Patty deberían quedarse a su lado, cocinar para ella, plancharle el camisón y ponerle en la tele su programa favorito.
—¿Cuándo volveréis a visitarme? —quiso saber la madre.
Jeannie titubeó. Deseaba decir: «Mañana te traeré el desayuno y estaré contigo todo el día». Pero eso era imposible: la esperaba una semana tremenda de trabajo. El sentimiento de culpa la anegó. «¿Cómo puedo ser tan cruel?»
Patty la rescató, le echó el cable de:
—Yo vendré mañana y traeré a los críos para que te vean, eso te gustará.
Pero la madre no estaba dispuesta a dejar que Jeannie se marchase tan de
rositas.
—¿Vendrás tú también, Jeannie?
Jeannie apenas podía hablar.
—Tan pronto como pueda. —Sofocada por la pena que la asfixiaba, se
inclinó sobre la cama y besó a su madre—. Te quiero, mamá. Procura tenerlo presente.
En el momento en que estuvieron en el lado exterior de la puerta, Patty rompió a llorar.
Jeannie también estuvo a punto de estallar en lágrimas, pero era la hermana mayor y hacía mucho tiempo que había adoptado la costumbre de dominar sus emociones mientras cuidaba de Patty. Pasó un brazo alrededor de los hombros de su hermana en tanto avanzaban por el aséptico pasillo. Patty no era débil, pero se sometía más a las circunstancias que Jeannie, la cual era combativa, tenaz y lanzada. La madre siempre criticaba a Jeannie y comentaba que, en carácter, debería parecerse más a Patty.
—Me gustaría tenerla en casa conmigo, pero no puedo —se lamentó Patty, apesadumbrada.
Jeannie asintió. Patty estaba casada con un carpintero llamado Zip. Vivían en una casita adosada de dos habitaciones. El segundo dormitorio lo compartían los tres chicos. Davey contaba seis años, Mel cuatro y Tom dos. No había sitio para la abuela.
Jeannie era soltera. Como profesora auxiliar en la Universidad Jones Falls ganaba treinta mil dólares al año —suponía que una barbaridad menos que el marido de Patty— y acababa de firmar la primera hipoteca sobre un piso de dos habitaciones recién adquirido y amueblado a crédito. Una de las habitaciones era sala de estar con cocina incorporada en un rincón, la otra era el dormitorio, con armario empotrado y baño minúsculo. Si le cedía la cama a su madre, ella tendría que dormir todas las noches en el sofá; y en casa no quedaría nadie para cuidar durante el día a una mujer con la enfermedad de Alzheimer.
—Yo tampoco puedo encargarme de ella —dijo.
Patty mostró su rabia a través de las lágrimas.
—¿Entonces por qué le dijiste que la sacaríamos pronto de aquí? ¡No
podemos!
Salieron al tórrido calor de la calle.
—Iré mañana al banco y pediré un crédito. La ingresaremos en una residencia mejor y pagaré la diferencia. Lo que le falte al seguro sanitario.
—¿Y cómo devolverás el préstamo? —Patty fue a lo práctico.
—Me las arreglaré para que me asciendan a profesora adjunta, después
obtendré plaza de catedrática, me encargarán la preparación de un libro de
texto y conseguiré que tres multinacionales me contraten como asesora.
Patty sonrió a través de las lágrimas.
—Yo te creo, ¿pero te creerá el banco?
Patty siempre había tenido una fe ciega en Jeannie. Patty nunca había sido ambiciosa. En el colegio siempre estuvo por debajo del nivel medio, se casó a los diecinueve años y se dispuso alumbrar y criar hijos sin dar señales de lamentarlo. Jeannie era el revés de la moneda. Primera de la clase y gran figura de todos los equipos deportivos, fue campeona de tenis y había cursado todos los estudios gracias a becas deportivas. Fuera lo que fuese lo que dijera que iba a hacer, Patty nunca dudaba de que lo cumpliría.
Pero Patty también tenía razón, el banco no le concedería otro préstamo tan inmediatamente después de haberle financiado la compra del piso. Y Jeannie acababa de estrenarse en el cargo de profesora auxiliar: transcurrirían tres años antes de que consideraran la posibilidad de ascenderla. Cuando llegaban a la zona de aparcamiento, Jeannie dijo, a la desesperada:
—Está bien, venderé el coche.
Adoraba su automóvil. Era un Mercedes 230C de veinte años de antigüedad, un sedán rojo de dos puertas con asientos de cuero negro. Lo había comprado ocho años atrás con los cinco mil dólares que obtuvo al ganar el torneo de tenis del Mayfair Lites College. Cosa que ocurrió antes de que ser dueño de un viejo Mercedes se pusiera de moda y fuese el no va más de la elegancia.
—Probablemente vale ahora el doble de lo que pagué por él —dijo. —Pero tendrás que comprarte otro coche —observó Patty, aún despiadamente realista.
—Tienes razón —suspiró Jeannie—. En fin, siempre me queda el recurso de dar clases particulares. Va contra las reglas de la UJF, pero es muy posible que me gane mis buenos cuarenta dólares a la hora enseñando estadísticas correctivas, en clases individuales, a estudiantes ricos que suspendieron el examen en otras universidades. Tal vez saque trescientos dólares semanales; libres de impuestos si no los declaro. —Miró a los ojos a su hermana—. ¿Tú puedes aportar algo?
Patty desvió la vista.
—No lo sé.
—Zip gana más que yo.
—Me matará por decírtelo, pero podremos contribuir con unos setenta
y cinco u ochenta a la semana. —Patty añadió por último—: Le pincharé un
poco para que pida un aumento de sueldo. Es un poco cobardica a la hora de
hacerlo, pero me consta que se lo merece, y el jefe le aprecia.
Jeannie empezó a sentirse algo más optimista, aunque la perspectiva de pasarse los domingos dando clases a estudiantes que no habían logrado superar el examen de licenciatura le resultaba deprimente.
—Con cuatrocientos dólares semanales extra podremos conseguirle a mamá una habitación con cuarto de baño propio.
—En cuyo caso podría tener cerca algunas de sus cosas, adornos y quizás unos cuantos muebles de su piso.
—Preguntaremos por ahí, a ver si alguien sabe de algún lugar bonito. —De acuerdo. —Patty parecía preocupada—. La enfermedad de mamá es hereditaria, ¿no? Vi algo de eso en la tele.
Jeannie asintió.
—Hay un defecto en el gen AD3, estrechamente relacionado con el inicio del mal de Alzheimer.
Jeannie recordaba que se localizaba en el cromosoma 14q24.3, pero eso sería chino para Patty.
—¿Significa eso que tú y yo acabaremos igual que mamá?
—Significa que existen muchas probabilidades de que sea así.
Permanecieron en silencio durante un momento. La idea de perder las
facultades mentales era algo demasiado funesto para hablar de ello.