El mito
A HISTORIA DE LOS ATENIENSES comienza con un mito. Hicieron falta muchos siglos para que naciera un Tucídides que se encargara de dictar las reglas con las que se escribe la historia. Antes, la gente de Atenas, al igual que la de todo el mundo y de todo tiempo, contaba sobre sus propios orígenes historias bastante semejantes a las fábulas; pero no se trataba de historias inventadas ex novo: eran el reflejo de verdades parciales, deformadas y remotas, de hecho irrecuperables, transmitidas de viva voz de generación en generación, casi con toda seguridad mediante cantos y baladas. Y en estas historias el origen de todo era una diosa, que posteriormente pasaba a formar un todo con la ciudad puesto que tenía prácticamente el mismo nombre: Atenea. Es un nombre muy antiguo, no griego, como indica la sílaba final -na, un sufijo que encontramos, por ejemplo, en los nombres etruscos (Vipina, Rasenna, Fufluna) y en los nombres más arcaicos de los centros pregriegos como Mykenai, Micenas, la mítica capital de Perseo, Atreo y Agamenón.
La diosa nació sin necesidad de un útero materno, fruto de una rarísima paternidad virginal. Surgió, armada hasta los dientes, de la cabeza de Zeus, como puede verse en determinadas pinturas de vasijas: figurilla rígida y extraña, tras haber provocado a su pa
Akropolis dre una larga e insoportable jaqueca resuelta finalmente por Hefesto, el dios herrero que había partido la crisma a Zeus de un gran mazazo. Hefesto, sin embargo, reclamó muy pronto una compensación por su intervención de «cirugía craneal», y pidió tomar a Atenea por esposa.
Zeus aceptó, pero como Hefesto era poco agraciado, cojo y desventurado, otorgó a su hija el poder defenderse y, si era capaz, rechazar las agresiones. Es éste un detalle interesante porque constituye una especie de reconocimiento de libre elección para una hija hembra en materia matrimonial. Hefesto, pues, se tumbó sobre la muchacha, y lo que hubiera tenido que ser una cópula amorosa se transformó en un forcejeo. Tal era la excitación del dios, que eyaculó por el simple contacto físico con la muchacha y su semen cayó al suelo. Pero puesto que el semen de un dios, como dice Homero, no deja de ser nunca fecundo, la tierra incubó una criatura y dio a luz al cumplirse el tiempo justo.
Atenea se hizo cargo del niño y lo ocultó en un cofre que confió a las hijas de Cécrope, primer rey de Atenas, ordenándoles que no lo abrieran bajo ningún concepto; pero las muchachas no pudieron resistir la tentación y apenas la diosa se hubo alejado desobedecieron sus órdenes y se encontraron ante una criatura quimérica: un niño con cola de serpiente. Según una versión distinta del mito, en cambio, en la caja había una enorme serpiente que custodiaba al niño y que se arrojó sobre las malaventuradas. En cualquier caso, fue tal el terror y el espanto, que las muchachas se precipitaron desde la roca de la Acrópolis y perecieron.
El niño se llamó Erictonio y un día había de convertirse en rey de Atenas. El nombre de Erictonio contiene las ideas de «discordia» y de «tierra» y puede ser que de él naciera la idea del dios Hefesto, que luchando con Atenea derramó su propio semen sobre la tierra. También la serpiente, además, es un animal ctónico, es decir, subterráneo, porque se creía que pasaba el invierno bajo tierra. En el templo del Erecteion, que se alzaba en la Acrópolis y que conservaba las reliquias de los orígenes más remotos de la ciudad, se guardaba una serpiente a la que se entregaban ofrendas votivas.
El mito
Los pueblos antiguos, y en particular los griegos, no tenían una teología rígida ni dogmas de fe: las historias relativas a su religión estaban en continua evolución y mutación, adaptándose a los cambios de la sociedad y a las necesidades de la política y de la economía.
La fábula de Erictonio, en cualquier caso, es una de las más clásicas; su significado más profundo, presente en la Biblia, en la Epopeya de Gilgamesh y en otras mil historias de todo tiempo y cultura, es que el hombre no puede posar su mirada en los misterios de los dioses, so pena de muerte o de terribles castigos como la ceguera o de espantosas metamorfosis.
Y, sin embargo, también en estas aterradoras prohibiciones existían las excepciones, aquellas que se referían a los iniciados en determinados cultos secretos, llamados justamente «misterios»; no es sin duda una casualidad que en muchas escenas de los antiguos misterios que han llegado hasta nosotros aparezca a menudo una cesta tapada o un cofre cerrado que los iniciados se disponen a destapar o a abrir.
Con la presencia de un niño que era moralmente, aunque no carnalmente, su hijo, Atenea, pues, se hallaba íntimamente ligada a su ciudad; pero el lazo se volvió mucho más profundo cuando, bajo el reinado de Erictonio (según otros de Erecteo, aunque los dos reyes a menudo se confunden), la diosa se batió con Poseidón, hermano de Zeus y señor del mar, para conseguir el patronazgo sobre el Ática. El vencedor sería aquel que hiciera a los habitantes el regalo más hermoso. Entonces Poseidón golpeó el suelo con su tridente e hizo brotar al caballo, un animal maravilloso, invencible en la carrera y poderoso en la batalla. Pero Atenea aún lo hizo mejor: golpeó el suelo con su lanza e hizo germinar una pequeña planta de hojas plateadas que no tardó en producir unas pequeñas y aparentemente insignificantes bayas oscuras.
Así nació el olivo: la planta más noble de cuantas crecen en las riberas del Mediterráneo. Frugal y paciente, resistente a la sequía, capaz de germinar mil veces después de haber sido destruida por el
Akropolis fuego, pero, sobre todo, generosa. Su madera es fuerte y dura como el hierro. Tanto es así que originariamente se tallaban en ella las efigies de los dioses (los misteriosos xoana), y de sus frutos se extrae uno de los productos de la tierra más estimables: el aceite de oliva, que los antiguos empleaban como alimento altamente nutritivo, como robustecedor de los músculos de los atletas y de los guerreros y como combustible para iluminar las casas de los hombres y los templos de los dioses.
En opinión unánime de los habitantes, salió triunfadora Atenea, y desde entonces su santuario se alza sobre la roca más alta de la ciudad, aquella que los antiguos micénicos llamaban asty y los griegos de la época posterior akropolis. Fue ella quien la hizo inexpugnable a fuerza de amontonar, uno sobre otro, enormes pedruscos (uno de ellos, además, se le cayó por el camino y formó el Licabeto). Por ese lado ya no la amenazaría nadie. En virtud de aquel don, el hombre ateniense, siempre que condimentaba sus comidas con aceite o se ungía los miembros en vísperas de enfrentarse a una dura prueba, sentía que entraba en cierto modo en comunión con la diosa, que adquiría su fuerza y su prudencia.
¿Qué se esconde detrás de unas leyendas tan elaboradas y complejas? La clave del enigma se halla probablemente en ese período en gran parte oscuro que se extiende desde finales de la era micénica hasta comienzos del período clásico. No está claro todavía qué pudo provocar, hacia el siglo XII a.C., el hundimiento de las poderosas fortalezas de Micenas, Tirinto, Argos, Pilos, Gla y Orcómeno. Los griegos guardaban una vaga memoria de una invasión mítica de los dorios, pueblo de lengua griega que a continuación había de dominar el Peloponeso, pero no es que en la actualidad estemos muy seguros de ello. Son muchos quienes piensan que no hubo ninguna invasión, porque no se ha encontrado rastro alguno de ella, aunque los palacios fueran quemados, las ciudadelas desmanteladas y una civilización entera desapareciera.
Sin embargo, no en todas partes fueron así las cosas: parece que Atenas en particular no sufrió episodios traumáticos y que
El mito hubo una cierta continuidad con el pasado. Otro tanto parece que puede decirse por lo que se refiere a determinadas localidades de la isla de Eubea y a zonas periféricas, como Chipre. No obstante, hubo cambios radicales, y las acrópolis, las ciudadelas-fortaleza, se convirtieron precisamente en símbolo de dicho cambio: mientras que en la época micénica eran la sede del palacio real, en época posterior pasaron a ser sede de la morada de los dioses, de los templos y de los santuarios. Cécrope, Erictonio, Erecteo y luego Egeo y Teseo, protagonista de la saga cretense del Minotauro, fueron probablemente los reyes micénicos que reinaron en un palacio cuyos vestigios han sido encontrados en la Acrópolis de Atenas y que se remontan a la Edad del Bronce. Es posible que la diosa posteriormente llamada Atenea fuera su protectora, y probablemente su imagen se veneraba en una capilla del interior del palacio real. Una vez desaparecidos los reyes y tras ellos el palacio micénico, quedó la divinidad tutelar, que se identificó en un primer momento con la fortaleza y posteriormente con la ciudad.
Hemos hecho referencia a Egeo y a Teseo, que son (Teseo, sobre todo) los reyes atenienses más célebres del período más arcaico. De hecho, Teseo fue el héroe nacional del pueblo de Atenas, así como del Ática, y protagonista de un riquísimo ciclo épico, sólo inferior en cuanto a fama y prestigio al de los doce trabajos de Hércules. La versión más extendida de la leyenda cuenta que su padre, Egeo, de vuelta de Delfos, quiso pasar por Trecén, una pequeña ciudad situada no lejos de Atenas, en las costas del golfo Sarónico, con el fin de pedir consejo a Piteo, que reinaba en la ciudad; éste ordenó embriagarlo y a continuación lo metió en el lecho de su hija Etra. Al día siguiente Egeo volvió a partir, pero dejó a Etra su espada y sus sandalias, escondidas debajo de un enorme pedrusco. Si ella le daba un hijo, lo reconocería un día por la espada y las sandalias.
Nació el hijo y recibió el nombre de Teseo; desde niño dio prueba de su audacia. Cuando, en efecto, Hércules fue a visitar a Piteo y se despojó de la piel de león dejándola sobre una banqueta,
Akropolis el muchacho cogió un hacha y se lanzó sobre ella con el propósito de cortar la cabeza a la fiera. Con sólo dieciséis años encontró, por indicación de la madre, el pedrusco, lo levantó y, tras coger la espada y las sandalias de su padre, emprendió viaje hacia Atenas. El viaje estuvo plagado de toda suerte de peligros, y Teseo tuvo que enfrentarse y dar muerte a animales feroces como la cerda de Cromión, a asesinos y depredadores sanguinarios como Procusto y Pitiocantos y, por último, capturar vivo al formidable toro de Creta, que devastaba la región de Maratón, para sacrificarlo a Apolo. Cuando por fin llegó a Atenas fue recibido por el pueblo con grandes honores; la reina Medea, sin embargo, envidiosa al haber descubierto su identidad, convenció a Egeo para que la invitara a palacio, con el propósito de envenenarle. Pero, precisamente cuando Teseo estaba acercando la copa con el veneno a sus labios, Egeo reconoció su espada y sus sandalias y de un golpe hizo caer la copa al suelo gritando: «¡No bebas, hijo!».
Medea se quitó la vida y Teseo se reunió con su padre, pero otra prueba le aguardaba: zarpar rumbo a Creta con las velas negras símbolo de luto, juntamente con diez mancebos y diez doncellas destinados a ser pasto del Minotauro, monstruo antropófago de cabeza bovina y cuerpo humano, como tributo anual que Atenas debía pagar por haber mandado Egeo dar muerte al hijo de Minos, rey de Creta.
Aquella espantosa criatura era la consecuencia de la venganza de Poseidón, dios del mar, contra Minos, que le había ofendido. El dios había hecho perder la cordura a la reina Pasifae haciendo que se enamorase de un toro. La pasión de la mujer llegó hasta el extremo de pedir al gran arquitecto ateniense Dédalo que le construyera una vaca semejante en todo a un animal vivo, para esconderse en su interior y sufrir así la monta del toro. De aquella unión perversa nació el Minotauro y, puesto que Dédalo con su arte había sido cómplice de aquel amor monstruoso, debía poner remedio a sus consecuencias. Así fue como construyó el laberinto en el que fue encerrado el Minotauro. Al llegar Teseo a Creta, cautivó con sus encantos a la princesa Ariadna, que le entregó el famoso
El mito hilo con el que era posible encontrar el camino de salida después de haber dado muerte al Minotauro.
Todos éstos son elementos típicos de la narrativa popular: la princesa que se enamora de un joven guerrero enemigo de su padre, el ogro antropófago, la argucia para dar con el camino de salida en una situación imposible, se encuentran en todas las fábulas de nuestra infancia. Y, sin embargo, el episodio nos retrotrae a un período, recordado a continuación por Tucídides, en el que Creta dominaba el mar y, probablemente, la Atenas micénica se hallaba en una situación de vasallaje, obligada a proporcionar rehenes al rey de una isla donde los ritos religiosos basados en el toro como animal totémico, tal vez símbolo de fertilidad, dejaron, por una parte, testimonios arqueológicos impresionantes y, por otra, dieron origen a historias aterradoras dignas de la más desenfrenada de las fantasías.
Es casi imposible para un hombre de la moderna civilización occidental, profundamente marcada por la religión judeocristiana, comprender una religión que era capaz de atribuir a la divinidad las acciones más vergonzosas, como privar a una mujer de la luz de la razón para empujarla a unirse carnalmente con un toro. Pero hay que tener presente que la religión antigua estaba dominada sobre todo por la obsesión reproductora y que cualquier forma de pérdida de control, tanto en la sexualidad orgiástica como en la ebriedad, era atribuida a los dioses. En algunas ceremonias religiosas se llevaban en procesión enormes falos de madera igual que nosotros llevamos las imágenes de la Virgen o de los santos, y en Atenas, como en cualquier otra ciudad griega, puede decirse que en cada esquina se veían efigies de Dioniso, llamadas hermas, constituidas por un busto de dios sobre una pequeña pilastra de la que asomaba un falo erecto, sin que ello fuera motivo de escándalo para nadie.
Pero volvamos al mito del Minotauro, especialmente interesante porque incluye a otros dos atenienses entre sus personajes principales: el héroe Teseo, hijo de Egeo, y Dédalo, el formidable arquitecto. Se atribuían a éste numerosas invenciones, entre ellas
Akropolis la de verdaderos «robots»: estatuas capaces de caminar y de moverse. Él fue quien construyó el laberinto para ser luego encerrado dentro de él con su hijo Ícaro a fin de que no pudiera revelar a nadie el secreto. Pero Dédalo construyó con plumas de pájaro y cera dos pares de alas para sí y para su hijo, y emprendió con ellas el vuelo. Lo que sucedió es bien conocido: Ícaro voló demasiado alto, desobedeciendo las órdenes de su padre, y el calor del sol derritió la cera que mantenía unidas sus alas y se precipitó en el mar.
Menos conocida es la continuación de esta peripecia, cuyas últimas consecuencias tienen por escenario Italia. Según una versión, Dédalo aterrizó en la acrópolis de Cumas, cerca del cabo Miseno, y dedicó allí sus alas en el templo de Apolo. Intentó en varias ocasiones reproducir en el friso de oro del santuario la tragedia de su hijo, pero cada vez su mano cayó impotente. Según otra versión, en cambio, Dédalo aterrizó en Sicilia en las proximidades de una ciudad llamada Camico, habitada por el pueblo de los sicanos y en la que reinaba el buen rey Cócalo. Éste le acogió ofreciéndole su hospitalidad y Dédalo, para pagarle la deuda contraída con él, le construyó una fortaleza inconquistable. Minos no aceptó el desaire y, tras enterarse de dónde se había refugiado, reunió una flota que le desembarcó en Sicilia donde puso sitio a Camico. Cócalo, sin embargo, jugó con astucia: fingiendo querer buscar un acuerdo, invitó a Minos a su residencia real y lo confió a los sabios cuidados de sus hijas, que le despojaron de sus ropas, le sumergieron en un baño de agua perfumada y acto seguido le asesinaron con toda comodidad.
Los cretenses, enfurecidos por el asesinato de su rey, prepararon otra expedición y pusieron sitio a Camico, pero la inexpugnable fortaleza proyectada por Dédalo resistió todos los asaltos. Entonces ellos, presa del desánimo, abandonaron la empresa y, tras retirarse a un lugar resguardado de la costa, fundaron en él una ciudad a la que pusieron por nombre Heraclea Minoa.
Esta historia tan colorista se presenta como el típico ejemplo de reciclaje de un mito antiquísimo en época posterior con fines propagandísticos, una práctica bastante habitual, por ejemplo, en
El mito la Atenas del siglo VI y sobre todo del V a.C. El mecanismo era el siguiente: cuando la ciudad quería establecer relaciones políticas y económicas con una comunidad no helénica, difundía la versión de uno de sus ciclos épicos más importantes en el que esa comunidad se hallaba de alguna forma implicada. Ello agradaba a la etnia autóctona, que se sentía de este modo parte del patrimonio cultural de una civilización mucho más prestigiosa, favorecía los contactos entre griegos e indígenas y sentaba las bases para la eventual creación de santuarios suburbanos (como el de Segesta, por ejemplo, o el de Hera en la desembocadura del Sele), que se convertían en lugares de encuentro y de intercambio entre los mercaderes atenienses y las poblaciones locales.
Sin embargo, en el caso que nos ocupa las cosas son un poco distintas: en los años treinta el gran arqueólogo Paolo Orsi comenzó a explorar las faldas de una montaña al noreste de Agrigento, en el valle del Platani (el antiguo río Halykos), un aislado macizo yesoso coronado por un pueblecillo de dos mil almas: Sant’Angelo Muxaro. Desde hacía mucho tiempo, en el mercado agrigentino se comerciaba con antigüedades de origen clandestino —cuya procedencia resultaba ser precisamente Sant’Angelo— y era preciso poner fin a la hemorragia de preciosos datos testimoniales que se dispersaban. Orsi inició una excavación sistemática en las faldas de la montaña e hizo un descubrimiento espectacular: una necrópolis con tumbas principescas excavadas en la roca con la típica forma de tholos, es decir, de cúpula ojival, que puede verse en las tumbas reales más famosas de Micenas.
También los corredores, de gran riqueza, remitían en cierto modo a la civilización micénica. En una de las tumbas se hallaron cuatro tazas de oro macizo decoradas con figuras repujadas de animales, y los trabajos agrícolas realizados en las cercanías sacaron a la luz dos anillos de casi medio hectogramo cada uno. Algunas de estas tumbas fueron fechadas entre los siglos XIII y
XII a.C., es decir, contemporáneas de la civilización micénica; las restantes eran más recientes, pero los temas iconográficos que figuraban tanto en las tazas como en los anillos remitían sin
Akropolis duda alguna a motivos estilísticos del mundo micénico, si bien se remontaban a los siglos VIII y VII. Es evidente que se trataba de rémoras culturales típicas de las áreas periféricas de una determinada cultura, pero eran en cualquier caso el signo de una raíz lejana y muy profunda que vinculaba aquel lugar con el mundo egeo. Sin embargo, en este punto los métodos interpretativos más avanzados en materia de mitos se hallan ante una constatación impresionante, cabría decir que casi ante una confirmación directa, pero mucho más remota, que obliga a situar mucho antes en el tiempo todo el mecanismo interpretativo.
¿Cómo nació, entonces, esta historia? ¿Qué hay detrás de una narración tan compleja y ramificada? Responder de modo claro y sobre todo convincente sigue siendo una empresa difícil, si no temeraria, pero cabría reconocer tal vez un cierto itinerario ideológico.
El mito del Minotauro proviene muy probablemente del conjunto de cultos y rituales de la isla de Creta y de la religión minoica que se basaban en el toro. Todos recordamos los maravillosos frescos de Cnossos en los que se ve a unos jóvenes y muchachas semidesnudos haciendo acrobacias sobre unos poderosos toros de grandes cuernos y de pelaje matizado que embisten con furia: un tipo de «corrida» y un tipo de contacto físico entre hombre (¡y mujer!) y toro que pudo dar pie a leyendas como la de la saga del Minotauro. Del mismo modo la palabra «laberinto», de origen preindoeuropeo, interpretada normalmente como «palacio de la labrys», es decir, del hacha de dos filos, por un lado derivaría del recuerdo de las grandes construcciones palaciegas minoicas y por otro daría origen a la idea de una estructura tan misteriosa e increíblemente compleja que quien se aventurase por ella no encontraría ya el camino de salida. Un topos fantástico de increíble éxito que atraviesa treinta y cinco siglos de historia hasta recalar en la horripilante parábola de Stephen King, traducida a imágenes por Stanley Kubrick en El resplandor.
«Dédalo» significa «artífice» y probablemente es la personificación de la extraordinaria capacidad creativa de los artesanos y
El mito de los técnicos atenienses: es difícil pensar en un personaje que haya existido realmente y que con posterioridad hubiera sido transformado en leyenda, justamente porque el nombre indica la función y esto es típico de una construcción mítica integral. Sería como si el autor de la Ilíada se llamara «El Rapsoda», o como si el artífice del vaso del Dipylon se llamara «El Alfarero».
En cuanto a Teseo, auténtico héroe nacional de los atenienses, la cosa cambia: aquí no se trata ya sólo de mito, sino de épica, una forma de expresión distinta y más compleja que coincide a menudo con la manera en que los pueblos, en las fases arcaicas de su cultura, escriben su propia historia. No se trata de decir lo que en realidad sucedió, sino de proponer unos modelos de comportamiento para las clases dirigentes y construir una imagen de prestigio con la que presentarse al mundo.
Los desarrollos posteriores del mito cretense en los que Dédalo se refugia en Sicilia o en Cumas pertenecen sin duda a épocas más recientes y muy probablemente son contemporáneos de las primeras fases de la colonización griega en el área mediterránea. En aquel período, entre los siglos VIII y VII a.C., muchos jóvenes de diversas regiones de Grecia dejaron su ciudad para buscar fortuna en Occidente —en Sicilia, Italia, África, Córcega, Galia e Hispania— donde fundaron ciudades destinadas a perdurar milenios. Estos emigrantes, abandonando todo lo más querido para ellos, la patria, la familia, sus pertenencias, se llevaron con ellos, sin embargo, además de los recuerdos, sus mitos y tradiciones, y los aclimataron en las nuevas tierras volviéndolas de este modo más familiares, menos bárbaras y aisladas. Tal vez fue por dicha razón por lo que precisamente en este período fueron puestos por escrito los poemas homéricos, que hasta la fecha habían ido transmitiéndose sólo de manera oral en infinitas y diferentes versiones, según el talento y la inspiración de los poetas y los rapsodas.
Es cierto que si Camico es, como muchos creen, Sant’Angelo Muxaro, debió de haberse producido en aquel lugar una especie de fusión entre los mitos de la época más arcaica y los de épocas más recientes, pero, curiosamente, la matriz no es más ateniense
Akropolis que dórica. En sus inmediaciones se encuentra Agrigento, subcolonia de Gela, colonia a su vez rodio-cretense. He aquí, por lo tanto, explicado el vector de la exportación de un mito cretense como es el de Minos.
Quedan todavía algunos interrogantes: ¿por qué los colonos difundieron entre los indígenas una historia que les presentaba como perdedores y burlados? ¿Y por qué precisamente en aquel lugar? Tal vez el epílogo de la historia en un primer momento fuera distinto y fue precisamente la presencia ateniense en Sicilia a fines del siglo V la encargada de imprimirle un giro. En aquel tiempo, como veremos más adelante, la metrópolis ática centraba su máximo esfuerzo bélico contra la dórica Siracusa y buscaba una alianza con los pueblos indígenas de Sicilia, como los sicanos y los elimos. Nada tiene de extraño que el nuevo final de la historia contentara a los indígenas que vivían en la fortaleza de Camico. También los mitos podían servir para ganar una guerra u obtener una paz.
¿Y las tumbas en forma de tholos? ¿Y las tazas y los anillos de oro de origen micénico? Es más difícil pronunciarse sobre esto, pero cabe aventurar una posible interpretación: cuando los colonos dóricos se asentaron en aquel lugar, y concretamente en la zona agrigentina, tuvieron que entrar en contacto muy pronto con la fortaleza sicana que dominaba las tierras del interior y el acceso al valle del río Platani-Halykos para establecer con los habitantes relaciones de buena vecindad, y de ahí el injerto de un mito en el que la fortaleza sicana es obra nada menos que del mismo arquitecto que proyectó la más compleja y atrevida construcción de todos los tiempos: el laberinto de Creta. Sólo en una segunda fase, durante la invasión ateniense de Sicilia, sufriría el mito una evolución, para adoptar un final al gusto de los indígenas y que decretaba la derrota y muerte del invasor cretense.
El gran ciclo épico ateniense sigue siendo, pues, el de Teseo, el vencedor del Minotauro y de tantos otros monstruos, encarnaciones de las fuerzas más violentas de la naturaleza. A Teseo, al igual que a Hércules, se le atribuían muchos amores, entre ellos el de
El mito una amazona llamada Antíope. La conquistó durante una empresa que llevó a cabo en el Ponte Euxino, o, según otra tradición, la invitó a subir a bordo de su nave y a continuación zarpó. Las amazonas, entonces, prepararon una expedición, atravesaron el Bósforo Cimerio helado y cayeron por el norte sobre Atenas, entablando una furibunda batalla, pero tras una serie de avatares fueron obligadas a emprender la retirada. Todavía en época dórica se mostraban extramuros de la ciudad las tumbas de los caídos en aquel épico enfrentamiento. De Antíope (según otros, de otra amazona de nombre Hipólita), Teseo tuvo un hijo al que puso por nombre Hipólito y, a la muerte de Antíope, contrajo nuevas nupcias con una joven llamada Fedra, hermana de Ariadna, mucho más joven que él.
Pero Fedra se enamoró muy pronto de Hipólito, casi coetáneo suyo, tras haberle espiado en varias ocasiones mientras se ejercitaba, desnudo, en la palestra, y le hizo llegar mensajes de significado inequívoco. Mas Hipólito, insensible a la llamada del sexo, prefería cultivar artes marciales como la caza y la carrera en carro, y se sentía horrorizado por la idea de traicionar a su padre con su propia madrastra. Rechazada, Fedra se dejó dominar por el remordimiento y la vergüenza y, no pudiendo soportar la idea de que Hipólito revelara eventualmente sus insinuaciones, desesperada, se colgó en sus habitaciones, si bien escribió un mensaje en el que decía que se había suicidado porque no soportaba la vergüenza de haber sido violada por Hipólito. Teseo, enfurecido, maldijo a su hijo, le expulsó de casa, sordo a todas sus protestas de inocencia, y, dirigiéndose a Poseidón, lanzó sobre él una maldición. El dios del mar, que según otras versiones del mito era el verdadero padre de Teseo, le había concedido expresar tres deseos y aquél era el último. Teseo no reflexionó sobre las consecuencias de su furia: en ese momento no quería más que vengar su honor herido de soberano, esposo y padre; quería que fuera castigada la más vergonzosa de las traiciones.
Hipólito huyó en su carro tirado por fogosos corceles; huía desesperado, bañado en lágrimas, a la orilla del mar cuando, de
Akropolis pronto, surgido de las profundidades abisales, apareció de entre las olas un monstruo espantoso. Aterrados, los caballos se encabritaron y se lanzaron a una loca carrera. El carro dio un barquinazo y una de sus ruedas al golpear contra una roca quedó reducida a pedazos, por lo que el carro volcó. Hipólito, atado a las bridas, fue arrastrado un largo trecho sobre las aguzadas piedras por los enloquecidos caballos; cuando por fin éstos se detuvieron exhaustos, su cuerpo estaba despedazado y su sangre esparcida por todas partes. Teseo conoció por fin la verdad, pero era ya demasiado tarde: la némesis le castigaría dejándole sin herederos.
Las últimas aventuras de su vida no son sino locas o absurdas empresas: ya quincuagenario se enamoró de Helena, que no era más que una niña, y decidió raptarla. Hizo un pacto con su amigo Pirítoo, príncipe de los lapitas, estirpe guerrera de los tesalios, cuyo territorio limitaba con el de los centauros. Juntos intentarían raptar a Helena, se la jugarían a continuación a suertes y el ganador la tomaría por esposa. Sin embargo, el perdedor debía ayudar a su amigo a conquistar una esposa no inferior a ella en belleza. Y del pacto se pasó a los hechos: los dos guerreros raptaron a la muchacha, que le tocó en suerte a Teseo, el cual la escondió en Afidna, un pueblecito del Ática. Pero inmediatamente después Pirítoo exigió a su amigo que respetara lo acordado y le reveló quien era la mujer a la que quería raptar, una mujer cuyo sólo nombre helaba la sangre en las venas: Perséfone, esposa de Hades y reina del tenebroso mundo de los muertos.
Llegaron los dos a la desembocadura del Aqueronte, a las turbias aguas de la laguna Estigia, y de allí descendieron a los infiernos. Pero su osadía había sido excesiva: Pirítoo fue muerto por el can Cerbero, Teseo fue encerrado en prisión y encadenado a una roca. En su ausencia un jefe ateniense, Menesteo, incitó al pueblo a la rebelión y se hizo proclamar rey tras haber restituido a Helena a sus hermanos Cástor y Pólux, que habían llegado encabezando un ejército para reclamarla. ¡Atenas había corrido el riesgo de ser la primera en sufrir el destino de Troya! No obstante, a Me
El mito nesteo le bastó con ver a Helena apenas un momento para caer perdidamente enamorado de ella: cuando le llegara el momento de ser entregada como esposa a un príncipe de los aqueos, también él se presentaría entre los pretendientes.
Fue Hércules el encargado de liberar a Teseo, pero entretanto había pasado mucho tiempo y el héroe ateniense se retiró en un melancólico exilio a la isla de Esciros, gobernada por el rey Licomedes. Se contaba que un día, mientras paseaba por un promontorio cortado formando un acantilado sobre el mar, dio un traspiés, se precipitó por él y se estrelló contra las rocas. La misma muerte que su hijo Hipólito. Otros, en cambio, afirman que pidió ayuda al rey Licomedes para regresar a Atenas, y que éste, que no quería tener problemas con Menesteo, le dio un empujón que hizo que se precipitara por los escollos.
Nadie se acordaba ya de él en Atenas, porque la gente tiene flaca la memoria, pero muchos siglos después, cuando los atenienses se enfrentaban en Maratón al ejército de los invasores persas, se dijo que su fantasma se apareció de noche a los guerreros para incitarles a la lucha. Diecisiete años después, como veremos más adelante, un oráculo de Delfos ordenó trasladar sus huesos a Atenas, y el comandante de la flota, Cimón, héroe de la guerra contra los persas, desembarcó en Esciros, una isla habitada por los dolopes, un pueblo primitivo y arrogante, que se negaron a brindar alguna forma de colaboración. Cimón tomó la isla por la fuerza y sometió a los dolopes; luego, inició las pesquisas, hasta que un buen día vio a un águila rascando con sus garras el suelo de una colina. Pensando que era una señal de los dioses, dio orden de excavar en aquel preciso punto: salió así a la luz la sepultura de un guerrero de gigantesca talla armado de una lanza y de una espada de bronce. Los huesos del guerrero, identificados sin ningún género de dudas como los de Teseo, fueron exhumados, llevados a bordo de la nave capitana y conducidos con gran pompa a Atenas, donde recibieron sepultura en un santuario dedicado al héroe, que pasó a llamarse Teseion.
Akropolis
El papel de los atenienses en la epopeya troyana fue escaso, lo que no deja de ser un tanto curioso si se piensa que la primera «edición crítica» de los poemas homéricos se hizo precisamente en Atenas hacia finales del siglo VI a.C. bajo el dominio del tirano Pisístrato, un hombre extraordinario, de gran sabiduría política, civil y militar. En aquella ocasión hubiera resultado fácil insertar en la Ilíada un pasaje en el que se atribuyera a Atenas un papel de mayor relevancia. En cambio, en el poema el contingente ateniense resulta modesto, bajo el mando de Menesteo, hijo de Péteo, que no tiene ningún prestigio especial salvo el de haberse ganado el favor del pueblo mientras Teseo se hallaba lejos, comprometido en la desesperada empresa de raptar a Perséfone. En algunos repertorios se le considera un rey, pero en realidad Homero no le menciona nunca como tal.
No obstante, hay dos detalles interesantes: el primero es que los atenienses están alineados cerca de los guerreros de Salamina bajo el mando de Áyax Telamón. Podría considerarse también el acercamiento como algo natural de por sí, teniendo en cuenta que la isla de Salamina está muy cerca de Atenas, pero es asimismo posible que se trate de un añadido posterior, al menos, obviamente, a la gran batalla del 480 a.C., en la que los atenienses derrotaron a los persas precisamente en las aguas de Salamina después de que en la isla hubieran encontrado refugio como prófugos todos los habitantes de su ciudad. En el mismo pasaje (Ilíada, vv. 546-549) se evoca el mito ligado a los orígenes de la dinastía ateniense y del papel de Atenea como protectora de la ciudad:
Los que habitaban en la bien edificada ciudad de Atenas,
pueblo del altivo Erecteo, a quien crió en otro tiempo Atenea,
hija de Zeus, habíale dado a luz la tierra que regala trigo,
y puso en su rico templo de Atenas.
Menesteo murió en la guerra de Troya, pero sus hijos regresaron y reinaron en Atenas.
El mito
11 de enero de 1999
Por Navidades envié la cinta con mi primer capítulo a Kostas Stavropoulos adjuntándole una nota de felicitación y una cajita de bizcochos saboyardos. Sé que le vuelven loco y es una de las pocas cosas que puede comer sin problemas.
Le volví a ver ayer aprovechando una parada de seis horas en Glifada, mientras esperaba un avión para El Cairo. Le encontré en un estado estacionario, pero con unas décimas de fiebre, quizá algo de gripe. El capítulo, en cualquier caso, le había gustado y sobre todo le había interesado el tema.
—¿Qué pasajes te han gustado más? —le pregunté.
—El del pedrusco que se le cayó a Atenea y que luego formó
el Licabeto.
—Es una historia bastante común —le respondí—. En Italia, en la zona de los Prealpes hay muchos bloques erráticos, arrastrados por los hielos y que luego se quedaron en medio de la llanura a finales de la última glaciación. Recuerdo uno en difícil equilibrio situado en una pendiente, en un monte de los Prealpes vicentinos, que amenaza a un pueblo. Dicen que fue la Virgen quien lo detuvo y enseñan también la huella de su mano. En este caso la divinidad detiene el pedrusco antes de dejarlo caer: el mecanismo es el mismo, pero a la inversa. También en Sicilia, en Aci Trezza, están los farallones, que serían los pedruscos lanzados por Polifemo contra la nave de Odiseo.
—Sí, pero a mí no me interesaba ese aspecto —prosiguió Kostas—. Yo he tratado de imaginarme la escena: la muchacha divina dejando caer un pedrusco de tales dimensiones y nosotros para subir a él tenemos que utilizar el teleférico. Debían de imaginarse a los dioses muy grandes.
—Y pesados. ¿Recuerdas el libro V de la Ilíada? Cuando Atenea sube al carro al lado de Diomedes, el carro empieza a crujir por el enorme peso, «y el eje de encina crujió a causa del peso».
Akropolis
Y Ares es golpeado por la lanza de Diomedes y cae, cubriendo con el cuerpo siete yugadas de terreno, cerca de una hectárea y media. En mi opinión se trataba de lo siguiente: aquélla era su estatura natural, pero si querían pasar inadvertidos adoptaban una dimensión humana, aunque su peso no cambiaba. Ésta es la razón por la que cruje el carro de Diomedes.
—Una imagen poética, Kostas.
—Ya, la poesía. Y el duelo con Poseidón, el regalo del olivo…;
también eso es muy poético.
—Sí, pero el duelo tal vez se produjo de veras. Atenea es probablemente una diosa muy antigua, premicénica. Poseidón es un dios varón, llegado con los indoeuropeos: hubo de combatir para expulsarla de la Acrópolis.
—Y perdió.
—Sí. Los dioses varones siempre pierden, a pesar de todo. Los
santuarios más venerados en la Antigüedad eran los de las divinidades femeninas y también hoy los fieles frecuentan sobre todo
los santuarios consagrados a la Virgen: en Lourdes, Fátima, Mediugorje. ¿Y luego que más?
—La historia de las amazonas que atraviesan el Bósforo Cimerio sobre el hielo, como Alexandr Nevski contra los caballeros teutónicos… Es fantástico. Puedo verlas: si cierro los ojos puedo verlas. Imagínate qué escena.
—Alguien debió de haberla presenciado. Quien difundió ese mito vio a los caballeros revestidos con sus armaduras avanzar sobre el mar de Azov reducido a una capa de hielo.
—¿Y las amazonas? ¿Tú crees en las amazonas?
—En Asia Central fueron excavadas tumbas de mujeres guerreras… Se cuenta que Alejandro de Macedonia se encontró con
algunas de ellas al este del mar Caspio.
Kostas se quedó en silencio unos instantes, como si escuchara la sirena de una ambulancia:
—¿Sabes una cosa? —preguntó en un determinado momento.
—¿Qué?
—En mi opinión las amazonas representan una especie de
El mito miedo ancestral que los griegos sentían hacia las mujeres. La misma Atenea brota armada de la cabeza rota de Zeus… ¿No te dice nada eso?
—Es probable. Me recuerda a una pintura que vi en una copa del Museo de Munich: Aquiles traspasa a Pentesilea, reina de las amazonas, mientras ella intenta seducirle.
—Las temían. —Se encendió un cigarrillo aspirando profundamente—. Sí, no hay otra explicación.
—¿Y por qué, según tú?
—Porque recordaban el matriarcado, cuando los varones se
batían en un duelo a muerte a fin de que el vencedor se ayuntara
con la diosa Reina Madre, para acto seguido ser sacrificado a su
vez. Lo recordaban a nivel inconsciente, ancestral. Por eso consideraban el amor hacia las mujeres como una especie de enfermedad peligrosa.
No dije nada porque estoy acostumbrado a sus afirmaciones siempre tajantes y no siempre apoyadas en argumentos, pero de todas formas me gustó que diera muestras de estar interesado en la conversación, sobre un asunto cualquiera, fuera el que fuese. También yo cogí un cigarrillo de su paquete y lo encendí con el suyo.
—¿Y luego? —seguí preguntando.
—El descenso de Teseo y Pirítoo a los Infiernos para raptar a
Perséfone.
—La catabasis. ¿No se llama en griego así, precisamente? —Exacto. Y todo el mundo la ha imitado, sobre todo vosotros los italianos: Virgilio, Dante Alighieri; pero quienes la inventamos fuimos nosotros los griegos. Como todo, por lo demás.
—¿Y ese motivo del descenso a los infiernos como lo interpretas tú?
—Nosotros los griegos hemos intentado exorcizar todos los terrores ancestrales, hemos intentado vacunar a los hombres contra los temores que les afligen desde que tomaron conciencia de su propio existir, de haber nacido… y de tener que morir. Y así nuestros antepasados mandaron de avanzadilla al otro mundo a
Akropolis sus héroes: Teseo, Pirítoo, Heracles y Odiseo, que evoca las sombras de los muertos igual que un chamán. Y trataron de describir el infierno. Siempre se tiene menos miedo de algo que se conoce, ¿no crees? Primero los héroes y luego, mucho tiempo después, los filósofos. Pero no fue lo mismo… Es más, fue algo perjudicial… Los filósofos prepararon a los griegos para aceptar el cristianismo.
—¿Y acaso no fue eso algo bueno?
Levantó la cabeza en el típico gesto griego de denegación: —Desesperación existencial. No quedaba ya nada que indagar: habían explorado incluso el inconsciente: las amazonas, precisamente. Edipo, que mata a su padre y se casa con su madre; Medea, que mata a sus hijos para castigar así al esposo infiel. No quedaba nada más que desesperación existencial: la mosca encerrada dentro del vaso, que se golpeaba contra las paredes hasta causarse la muerte. ¿No consiste acaso la fe en apagar la luz? ¿No es tal vez renunciar a la razón?
—No sé. La existencia de Dios puede ser un resultado especulativo racional, ¿no crees? Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, conjuga muy bien la fe con la razón.
—Pura manipulación del pensamiento aristotélico.
—Lo tuyo es nacionalismo intelectual. No es manera de abordar una discusión.
—Sé lo que piensas: que nosotros, los griegos de hoy, los atenienses, no tenemos ya nada que ver con los de entonces. Somos un país pequeño y ni siquiera completamente desarrollado, pero te equivocas. Empezamos antes que todos los demás y hemos llegado antes que nadie. Por eso estamos sentados esperando… desde hace siglos, en los confines de la oscuridad. Esperamos y basta. En cuanto a la tecnología, nada; para la única cosa que sirve es para fabricar juguetes, la mayor parte de ellos peligrosos.
—Y, sin embargo, también los antiguos soñaron con poder crear tecnología. Piensa si no en Dédalo: el vuelo humano, la ingeniería avanzada, la robótica.
El mito —Ya. Y previeron su resultado. Ícaro se acerca demasiado al sol y cae al vacío. Faetón guía el carro del sol y se precipita al vacío. Sus hermanas le lloran desconsoladas y se transforman en álamos; sus lágrimas se convierten en gotas de ámbar.
Se oyó de nuevo la sirena de una ambulancia, pero muy atenuada, como una especie de lejano vagido.
Él se reclinó en la almohada y cerró los ojos. Yo esperé a que se amodorrara y salí sin hacer ruido.