Doble juego
Nota histórica
Agradecimientos
Primera parte
5 horas
6 horas
1941
6.30 horas
7 horas
7.30 horas
8 horas
1941
8.30 horas
Segunda parte
9 horas
10 horas
11 horas
12 horas
1941
13 horas
13.30 horas
14 horas
14.30 horas
15 horas
15.30 horas
15.45 horas
Tercera parte
16.15 horas
16.45 horas
17 horas
18 horas
1943
18.30 horas
19.30 horas
20 horas
20.30 horas
21.30 horas
22.30 horas
23 horas
0 horas
Cuarta parte
1 horas
1945
2.30 horas
3 horas
4.30 horas
6.30 horas
1954
7 horas
8 horas
Quinta parte
10.45 horas
11 horas
12 horas
13 horas
15 horas
15.45 horas
16 horas
16.30 horas
19.30 horas
21.30 horas
22.29 horas
23 horas
0 horas
1.30 horas
Sexta parte
8.30 horas
16 horas
20.30 horas
21.30 horas
22.48 horas
Epílogo
1969
Notas
Biografía
Créditos
«...desde su creación en 1947, la Agencia Central de Inteligencia... ha invertido millones de dólares en un importante programa de investigación para obtener drogas y otros métodos reservados que permitieran someter a ciudadanos de a pie, con o contra su voluntad, a un control absoluto; que los indujeran a actuar, hablar, revelar los más preciados secretos, a olvidar incluso, cuando así se les ordenara».
THOMAS POWERS
en la introducción a The Search for the «Manchurian Candidate»: The CIA and Mind Control, 1979
El lanzamiento del Explorer I, primer satélite espacial norteamericano, estaba programado inicialmente para el miércoles 29 de enero de 1958. A últimas horas de esa tarde, se suspendió hasta el día siguiente. El motivo aducido fueron las condiciones meteorológicas. Los observadores invitados a Cabo Cañaveral estaban perplejos: en Florida, el día había sido espléndido y soleado. No obstante, el ejército declaró que un viento de gran altitud conocido como «corriente de chorro» soplaba desfavorablemente.
La noche del día siguiente se produjo un nuevo aplazamiento, para el que se alegó idéntico motivo.
El lanzamiento se intentó finalmente el viernes 31 de enero.
Hay muchas personas que han aportado generosamente su tiempo y sus esfuerzos para ayudarme a reunir los detalles ambientales apropiados a esta historia. La mayoría me fueron proporcionados por Dan Starer, de Research for Writers, de Nueva York, que ha colaborado conmigo en todos mis libros desde El hombre de San Petersburgo, de 1981. Estoy especialmente agradecido a las siguientes personas:
En Cambridge, Massachusetts: Ruth Helman, Isabelle Yardley, Fran Mesher, Peg Dyer, Sharon Holt y los alumnos de Pforzheimer House; y Kay Stratton.
En el Hotel St Regis, antiguo Carlton, en Washington, D.C.: Louis Alexander, portero; José Muzo, botones; Peter Walterspiel, director; y Pat Gibson, ayudante del señor Walterspiel.
En la Universidad de Georgetown: Jon Reynolds, archivero; Edward J. Finn, catedrático de Física jubilado; y Val Klump, del Club de Astronomía.
En Florida: Henry Magill, Ray Clark, Henry Paul y Ike Rigell, que participaron en los inicios del programa espacial; y Henri Landwirth, antiguo director del Motel Starlite.
En Huntsville, Alabama: Tom Carney, Cathey Carney y Jackie Gray, de la revista Old Huntsville; Roger Schwerman, del Arsenal Redstone; Michael Baker, historiador oficial del Mando de Aviación y Misiles del ejército de Estados Unidos; David Alberg, conservador del Centro Espacial y de Cohetes de Estados Unidos; y el doctor Ernst Stuhlinger.
Varios miembros de mi familia leyeron los borradores y me ayudaron con sus críticas, entre ellos mi mujer, Barbara Follett, mis hijastras, Jann y Kim Turner, y mi primo, John Evans. Estoy en deuda con los editores Phyllis Grann, Neil Nyren y Suzanne Baboneau; y con los agentes Amy Berkower, Simon Lipskar y, muy especialmente, con Al Zuckerman.
El misil Júpiter C se yergue sobre la plataforma de lanzamiento del Complejo 26 de Cabo Cañaveral. Por mor del secreto, está envuelto en enormes fundas de lona que lo ocultan por completo a excepción de la cola, idéntica a la del conocido Redstone ICBM del ejército. Bajo su impenetrable capa, sin embargo, el resto del misil es único...
Se despertó asustado.
Peor: aterrorizado. El corazón le latía con fuerza, respiraba con dificultad y tenía todo el cuerpo en tensión. Era como una pesadilla, salvo por el hecho de que despertar no le produjo el menor alivio. Tenía la sensación de que había ocurrido algo horrible, pero no sabía qué.
Abrió los ojos. Una luz tenue procedente de otro cuarto iluminaba apenas el lugar, en el que distinguió formas vagas, familiares pero siniestras. En algún punto de la penumbra, el agua llenaba una cisterna.
Intentó tranquilizarse. Tragó saliva, acompasó la respiración y procuró pensar con calma. Yacía en un suelo liso. Sentía frío, le dolía todo el cuerpo y tenía una especie de resaca: dolor de cabeza, la boca seca y el estómago revuelto.
Se incorporó temblando de miedo. Le llegaba un desagradable olor a suelos recién fregados con un potente desinfectante. Distinguió las siluetas de una hilera de lavabos.
Estaba en los servicios de algún lugar público.
Sintió asco. Había dormido en el suelo de un aseo de caballeros. ¿Qué demonios le había pasado? Se concentró. Estaba completamente vestido, llevaba una especie de gabardina y botas gruesas, pero tenía la sensación de que aquella no era su ropa. Aunque ya no sentía el mismo pánico, le atenazaba un miedo profundo, menos histérico pero más racional. Fuera lo que fuese, le había ocurrido algo terrible.
Necesitaba luz.
Se puso en pie. Miró a su alrededor, escrutó la penumbra y creyó localizar la puerta. Estirando los brazos ante sí en previsión de obstáculos invisibles, avanzó hasta una pared. A continuación, caminó de lado tanteando con las manos. Tocó una superficie fría y lisa, que supuso sería un espejo; luego, un toallero; más allá, una caja metálica que podría ser una máquina tragaperras. Las yemas de sus dedos dieron al fin con un interruptor, que accionó.
La brillante luz inundó las paredes de azulejos blancos, el suelo de hormigón y una hilera de retretes con las puertas abiertas. En un rincón había un montón de ropa vieja. Seguía sin comprender cómo había ido a parar allí. Se concentró con todas sus fuerzas. ¿Qué había pasado la noche anterior? No consiguió recordarlo.
Volvió a sentir un miedo irracional al comprender que no recordaba absolutamente nada.
Apretó los dientes para no gritar. Ayer... anteayer... Nada. ¿Cómo se llamaba? No lo sabía.
Volvió a la hilera de lavabos. Sobre ellos pendía un largo espejo. En el cristal, vio a un pordiosero inmundo vestido con harapos, con el pelo enmarañado, la cara tiznada y ojos saltones y extraviados. Se quedó mirando al mendigo un segundo, y de pronto tuvo una terrible revelación. Dio un paso atrás sofocando un grito, y el individuo del espejo lo imitó. Eran la misma persona.
Ya no pudo contener el embate del pánico. Abrió la boca y, con la voz sacudida por el terror, gritó:
—¿Quién soy?
El montón de ropa vieja rebulló. Cambió de postura, enseñó la cara y murmuró:
—Eres un mendigo, Luke, deja de escandalizar.
Se llamaba Luke.
Se sintió ridículamente agradecido por la información. Un nombre no era gran cosa, pero le proporcionaba un punto de partida. Miró a su compañero. Llevaba un abrigo de tweed hecho jirones y un trozo de cuerda a guisa de cinturón. Su rostro, joven bajo la mugre, tenía una expresión astuta. El individuo se restregó los párpados y farfulló:
—Qué dolor de cabeza...
—¿Quién eres? —preguntó Luke.
—¿Es que no lo ves? Soy Pete, cabeza hueca.
—No consigo... —Luke tragó saliva intentando dominar el pánico—. ¡He perdido la memoria!
—No me extraña. Ayer te bebiste casi una botella tú solo. Lo raro es que no hayas perdido la chaveta. —Pete se relamió—. Si me descuido, no pruebo el maldito bourbon.
El bourbon explicaría lo de la resaca, pensó Luke.
—¿Por qué iba a beberme toda una botella?
Pete rió entre dientes.
—Es la pregunta más idiota que me han hecho en la vida. ¡Pues para emborracharte, joder!
Luke sintió asco de sí mismo. Era un vagabundo borracho que dormía en urinarios públicos.
Se moría de sed. Se inclinó sobre una pila, abrió el grifo del agua fría y bebió a caño. Se sintió mejor. Tras secarse la boca, se obligó a mirarse de nuevo en el espejo.
Tenía el rostro más tranquilo. La mirada fija y maníaca había dado paso a una expresión de desconcierto y congoja. El reflejo mostraba a un hombre próximo a los cuarenta, de pelo negro y ojos azules. No llevaba barba ni bigote, pero una pilosidad recia y cerrada le cubría la mandíbula.
—Luke, ¿qué? —preguntó volviéndose hacia el otro—. ¿Cómo me apellido?
—Luke... no sé qué. ¿Cómo coño voy a saberlo?
—¿Cómo he llegado a esto? ¿Cuánto tiempo llevo así? ¿Qué me ha pasado?
Pete se levantó.
—Necesito desayunar algo —dijo.
Luke se dio cuenta de que estaba hambriento. ¿Tendría dinero? Se rebuscó en los bolsillos: en la gabardina, en la chaqueta, en los pantalones... Nada. No llevaba dinero, ni cartera, ni un mísero pañuelo. Sin pertenencias, sin pistas...
—Me parece que estoy sin blanca —dijo.
—No jodas —se burló Pete—. Vamos —dijo, y salió arrastrando los pies.
Luke lo siguió.
Apenas salió a la luz, sufrió otra conmoción. Estaba en un templo inmenso, vacío y sobrecogedoramente silencioso. Sobre el suelo de mármol se alineaban hileras de bancos de caoba que parecían aguardar a una feligresía fantasmal. Alrededor del vasto espacio, sobre un alto dintel de piedra sostenido por una sucesión de pilares, fantasmagóricos guerreros de piedra con yelmos y escudos montaban la guardia del sagrado lugar. Muy por encima de sus cabezas, la bóveda ostentaba una profusión de octógonos dorados. Una idea demencial atravesó la mente de Luke, que temió haber sido la víctima propiciatoria de un extraño rito que le hubiera arrebatado la memoria.
—¿Qué sitio es este? —preguntó sobrecogido.
—La estación Union de Washington, D.C. —respondió Pete.
Como si un relé se hubiera cerrado en su cabeza, todo empezó a cobrar sentido. Vio con alivio la suciedad de las paredes, los chicles pegados al mármol del suelo, los envoltorios de caramelos y los paquetes de tabaco tirados por los rincones, y se sintió ridículo. Estaba en una enorme estación ferroviaria a primeras horas de la mañana, antes de que se llenara de viajeros. Se había asustado tontamente, como un niño que imagina monstruos en la oscuridad de un dormitorio.
Pete se encaminó hacia un arco triunfal presidido por el rótulo «Salida», y Luke se apresuró a seguirlo.
—¡Eh! ¡Eh, vosotros! —gritó una voz destemplada.
—Oh-oh —murmuró Pete, y apretó el paso.
Un individuo corpulento embutido en su uniforme ferroviario les salió al encuentro lleno de santa indignación.
—¿De dónde salís vosotros, par de desechos?
—Ya nos vamos, ya nos vamos... —dijo Pete con voz lastimera.
Luke se sintió humillado al verse expulsado de una estación por un empleado seboso.
Pero al hombre no le bastaba con echarlos.
—Habéis dormido aquí, ¿verdad? —vociferó pisándoles los talones ruidosamente—. ¿Es que no sabéis que está prohibido?
Era indignante que lo trataran como a un colegial, pensó Luke, por más que seguramente lo merecía. Después de todo, había dormido en los dichosos urinarios. Así, se mordió la lengua y apretó el paso.
—Esto no es una fonda —siguió diciendo el energúmeno—. ¡Malditos vagabundos, largo de una vez! —Y empujó a Luke en el hombro.
Luke se volvió como un rayo y le plantó cara.
—No me toque —le advirtió. El tono de su propia voz, amenazante pero tranquilo, lo dejó sorprendido. El hombre se quedó petrificado—. Ya nos vamos, así que no hace falta que haga o diga nada más, ¿entendido?
El empleado dio un largo paso atrás con el miedo pintado en el rostro.
—Vámonos —dijo Pete cogiendo del brazo a Luke.
Luke se sintió avergonzado. Aquel sujeto era un don nadie rastrero, pero como ferroviario estaba en su derecho de echar de la estación a un par de vagabundos. Luke no tenía por qué intimidarlo.
Pasaron bajo el majestuoso arco. Fuera aún era de noche. Había un puñado de coches aparcados en la rotonda de enfrente de la estación, pero las calles estaban vacías. Luke se arrebujó en sus harapos para resguardarse del cortante frío. Era invierno, quizá enero o febrero, y aquella madrugada había helado en Washington.
Se preguntó qué año sería.
Pete torció a la izquierda, seguro al parecer de adónde se dirigía. Luke lo siguió.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—Conozco un albergue evangelista en la calle H donde nos darán el desayuno gratis... siempre que no te importe cantar un par de himnos.
—Me muero de hambre. Si hace falta, cantaré un oratorio.
Pete siguió una ruta en zigzag por el vecindario de viviendas protegidas sin una sola vacilación. La ciudad seguía durmiendo. Las casas estaban a oscuras y las persianas de los comercios, bajadas; los bares de mala muerte y los puestos de prensa, aún cerrados. Al mirar a una ventana cubierta con cortinas baratas, Luke imaginó un dormitorio con un hombre profundamente dormido bajo una pila de mantas, acurrucado al calor de su mujer. Sintió una punzada de envidia. Al parecer, su sitio estaba allí fuera, entre la comunidad madrugadora de hombres y mujeres que se echaban a las calles mientras la gente normal seguía en la cama: el individuo con ropa de faena que se apresuraba hacia su mañanero lugar de trabajo; el joven ciclista con bufanda y guantes; la mujer solitaria que fumaba en el deslumbrante interior de un autobús.
En su mente bullía un enjambre de acuciantes preguntas. ¿Cuánto hacía que era un borracho? ¿Había intentado dejarlo alguna vez? ¿Tenía familia a la que recurrir? ¿Dónde había conocido a Pete? ¿De dónde habían sacado la bebida? ¿Dónde se la habían bebido? Pero Pete parecía no tener ganas de conversación, de modo que Luke contuvo su impaciencia confiando en que su compañero se sintiera más comunicativo en cuanto se echara algo entre pecho y espalda.
Llegaron a una pequeña iglesia que se erguía desafiante entre un cine y un estanco. Entraron por una puerta lateral y bajaron el tramo de escaleras que conducía al sótano. Luke entró en una larga sala de techo bajo, que supuso sería la cripta. En un extremo vio un piano vertical y un pequeño púlpito; en el otro, una cocina económica. En medio se extendían tres hileras de mesas de caballete flanqueadas por bancos. Tres mendigos, sentados en cada una de las hileras, miraban al vacío pacientemente. En la cocina, una mujer rolliza agitaba con un cazo el contenido de una olla enorme. A su lado, un hombre con alzacuello y barba gris apartó la vista de una gran cafetera y les sonrió.
—Pasen, pasen —les animó, jovial—. Entren y caliéntense.
Luke lo miró con desconfianza preguntándose si aquella aparición era real.
El sitio, más que caliente, estaba caldeado, hasta el punto de resultar casi sofocante viniendo del gélido exterior. Luke se desabotonó la mugrienta gabardina.
—Buenos días, pastor Lonegan —saludó Pete.
—¿Han estado aquí antes? —les preguntó el sacerdote—. He olvidado sus nombres.
—Me llamo Pete y él, Luke.
—¡Dos discípulos! —Su afabilidad parecía sincera—. Aún falta un rato para el desayuno, pero hay café recién hecho.
Luke se preguntó cómo conservaba Lonegan el buen humor teniendo que darse semejantes madrugones para servir desayunos a una sala abarrotada de gandules catatónicos.
El pastor llenó de café dos tazas grandes.
—¿Leche y azúcar?
Luke no sabía cómo le gustaba el café.
—Sí, gracias —dijo, por probar.
Aceptó la taza y le dio un sorbo. El café estaba dulce y cremoso hasta el empalago. Supuso que solía tomarlo solo. Sin embargo, al notar que le mataba el hambre, lo apuró sin rechistar.
—Nos recogeremos en oración dentro de unos minutos —les anunció el sacerdote—. Cuando acabemos, seguro que las famosas gachas de avena de la señora Lonegan estarán en su punto.
Luke comprendió que sus sospechas eran infundadas. El pastor Lonegan era lo que parecía, un tipo risueño al que le gustaba ayudar al prójimo.
Tomaron asiento ante uno de los tableros de madera basta, y Luke pudo observar a su compañero. Hasta entonces sólo había visto la suciedad de su cara y sus andrajos. En ese momento, advirtió que Pete carecía de los estigmas del borracho empedernido: ni rastro de venillas rotas, escamas de piel seca en las mejillas, cortes o cardenales. Tal vez era demasiado joven; unos veinticinco, le echaba Luke. Pero distaba de tener un rostro perfecto. Un antojo granate le bajaba desde la oreja derecha hasta el borde del maxilar inferior. Tenía los dientes desiguales y amarillentos. Puede que el negro mostacho debiera su existencia al deseo de ocultarlos, en los lejanos tiempos en que al chico le importaba su aspecto. Luke percibía en él una rabia contenida. Supuso que Pete responsabilizaba al mundo, fuera por haberlo hecho feo o por otro motivo. Probablemente sostenía la teoría de que el país se estaba yendo al garete por culpa de algún grupo al que odiaba: inmigrantes chinos, negros buscapleitos o una misteriosa sociedad de diez millonarios que movía los hilos del mercado de valores desde la sombra.
—¿Qué estás mirando? —le espetó Pete.
Luke se limitó a encogerse de hombros. Sobre la mesa había un periódico doblado por la página del crucigrama y lo que quedaba de un lápiz. Aburrido, Luke se quedó mirando las casillas, cogió el lápiz y empezó a escribir respuestas.
Los vagabundos iban haciendo acto de presencia. La señora Lonegan sacó una pila de enormes cuencos y un montón de cucharas. Luke respondió todas las preguntas menos una, «Famoso danés concebido en Inglaterra», seis letras. El pastor Lonegan echó un vistazo al crucigrama por encima del hombro de Luke, enarcó las cejas sorprendido y susurró a su mujer:
—«¡Oh, ver la mengua de tan noble mente!»
Luke cayó en la cuenta de inmediato y escribió la última respuesta, HAMLET. «¿Cómo lo sé?», se preguntó.
Desdobló el periódico y buscó la fecha en la portada. Era el miércoles 29 de enero de 1958. Uno de los titulares le llamó la atención: «LA LUNA ESTADOUNIDENSE SIGUE EN TIERRA». Leyó:
Cabo Cañaveral, martes: hoy, la marina de Estados Unidos ha desistido de su segundo intento de lanzar el cohete espacial Vanguard debido a múltiples problemas técnicos.
La decisión se produce dos meses después de que el primer lanzamiento de un Vanguard finalizara en un humillante desastre, al explotar el cohete dos minutos después de la ignición.
Las esperanzas norteamericanas de poner en órbita un satélite espacial capaz de rivalizar con el Sputnik soviético descansan ahora en el misil Júpiter del ejército.
El piano emitió un acorde estridente, y Luke levantó la vista. La señora Lonegan tocaba las notas introductorias de un conocido himno. Ella y su marido empezaron a cantar Qué buen amigo es Jesús y Luke se les unió, contento de recordar la letra.
El bourbon producía extraños efectos, pensó. Le permitía hacer un crucigrama y cantar un himno de carrerilla, pero le impedía recordar el nombre de su madre. Tal vez llevaba años bebiendo y al final se le había estropeado el cerebro. ¿Cómo había dejado que ocurriera tal cosa?
Concluido el himno, el pastor Lonegan leyó unos versículos de la Biblia, a los que puso punto final asegurando que todos los presentes podían salvarse. He aquí un rebaño necesitado de que lo salven, pensó Luke. Con todo, no se sentía tentado a depositar su fe en Jesús. Antes tenía que averiguar quién era.
El pastor improvisó una plegaria, los mendigos dieron gracias a Dios y, a continuación, formaron una fila, y la señora Lonegan les sirvió gachas calientes con jarabe. Luke devoró tres raciones. Después se sintió mucho mejor. La resaca cedía rápidamente.
Impaciente por proseguir su investigación, se acercó al pastor.
—Padre, ¿me había visto antes por aquí? He sufrido una pérdida de memoria.
Lonegan lo miró con atención.
—La verdad, creo que no. Pero por aquí pasan centenares de personas todas las semanas, así que puedo estar equivocado. ¿Qué edad tiene?
—No lo sé —respondió Luke, sintiéndose como un idiota.
—Cerca de los cuarenta, diría yo. No lleva mucho tiempo viviendo a salto de mata. Eso pasa factura. Usted anda con paso firme, tiene la piel tersa bajo la suciedad y sigue lo bastante despierto como para hacer un crucigrama. Deje de beber ahora, y podrá volver a llevar una vida normal.
Luke se preguntó cuántas veces habría dicho lo mismo aquel buen hombre.
—Lo intentaré —prometió.
—Si necesita ayuda, no dude en pedirla.
Un joven con aspecto de retrasado llevaba un rato dándole golpecitos en el brazo a Lonegan, que al fin se volvió hacia él con una sonrisa paciente.
Luke se reunió con Pete.
—¿Cuánto hace que me conoces?
—No lo sé, llevas una temporada por aquí.
—¿Dónde estuvimos anteanoche?
—Tranqui, ¿vale? Tarde o temprano recuperarás la memoria.
—Tengo que averiguar de dónde soy.
Pete titubeó.
—Lo que necesitamos es una cerveza —dijo—. Nos ayudará a pensar en condiciones —añadió, y se volvió hacia la puerta.
Luke lo agarró por el brazo.
—No quiero una cerveza —dijo con firmeza. Al parecer, Pete no quería que escarbara en su pasado. Tal vez temía perder a un compañero. Bueno, mala suerte. Luke tenía cosas más importantes que hacerle compañía—. En realidad —añadió—, creo que me gustaría estar solo un rato.
—¿Quién te has creído que eres: Greta Garbo?
—Lo digo en serio.
—Me necesitas a tu lado. No sabes apañártelas solo. Joder, si ni siquiera sabes cuántos años tienes.
Los ojos de Pete reflejaban desesperación, pero Luke no se dejó convencer.
—Te agradezco el interés, pero no me estás ayudando a descubrir quién soy.
Tras un instante de duda, Pete se encogió de hombros.
—Tú verás. —Se volvió de nuevo hacia la puerta—. Puede que nos veamos por ahí.
—Puede.
Pete salió. Luke tendió la mano al pastor Lonegan.
—Gracias por todo —le dijo.
—Espero que encuentre lo que busca —le deseó el sacerdote.
Luke subió las escaleras y salió a la calle. Pete estaba en la manzana siguiente, hablando con un individuo vestido con gabardina verde y sombrero a juego; pidiéndole dinero para una cerveza, supuso Luke. Caminó en sentido contrario y dobló en la primera esquina.
Aún estaba oscuro. Sintió frío en los pies y cayó en la cuenta de que no llevaba calcetines bajo las botas. Mientras avanzaba con paso vivo empezó a caer una ligera nevisca. Al cabo de unos minutos, aflojó el paso. No tenía prisa. Era igual que caminara deprisa o despacio. Se paró y buscó cobijo en el hueco de una puerta.
No tenía adónde ir.
La estructura de servicio que rodea las dos terceras partes del cohete lo sujeta con brazos de acero. En realidad, es una torre de perforación petrolífera modificada, montada sobre dos juegos de ruedas que se desplazan por raíles de vía ancha. El conjunto de la estructura de servicio, mayor que una finca urbana, deberá retroceder cien metros antes del lanzamiento.
Elspeth se despertó preocupada por Luke.
Siguió en la cama unos minutos, con el corazón embargado de angustia por el hombre que amaba. Al cabo, encendió la lámpara de la mesilla y se incorporó.
La decoración del cuarto del motel se inspiraba en el programa espacial. La lámpara del techo tenía forma de cohete y los cuadros de las paredes representaban planetas, medias lunas y trayectorias orbitales en un cielo nocturno delirantemente irreal. El Starlite era uno más de los muchos moteles nuevos surgidos de las dunas de Cocoa Beach, Florida, a trece kilómetros al sur de Cabo Cañaveral, para aprovechar la afluencia de visitantes. Era evidente que al decorador el tema espacial le había venido al pelo, pero Elspeth se sentía como si hubiera pasado la noche en el dormitorio de un crío de diez años.
Levantó el auricular del teléfono de la mesilla y marcó el número del despacho de Anthony Carroll en Washington, D.C. Al otro extremo del hilo, el timbre sonó en vano. Llamó a casa de Anthony con el mismo resultado. ¿Andaría algo mal? El miedo le revolvía el estómago. Se dijo que Anthony debía de ir camino de la oficina. Volvería a llamar al cabo de media hora. Anthony no podía tardar más de treinta minutos en llegar al trabajo.
Mientras se duchaba, recordó la época en que empezó a tratar a Luke y Anthony. Ellos estudiaban en Harvard y ella, en Radcliffe, antes de la guerra. Los chicos pertenecían al Orfeón de Harvard: Luke tenía una buena voz de barítono y Anthony era un tenor fantástico. Elspeth, que dirigía la Sociedad Coral de Radcliffe, había organizado un concierto conjunto.
Amigos íntimos, Luke y Anthony formaban una extraña pareja. Ambos eran altos y atléticos, pero ahí acababa su parecido. Las chicas de Radcliffe les pusieron el Bello y la Bestia. Luke, con su ondulado pelo negro y su elegante ropa, era el Bello. Anthony, narigudo y prognato, distaba de ser guapo y siempre daba la impresión de llevar un traje ajeno, pero las chicas se sentían atraídas por su energía y su entusiasmo.
Elspeth se duchó en un visto y no visto. Envuelta en un albornoz, se sentó ante el tocador para maquillarse. Puso el reloj de pulsera junto al lápiz de ojos para saber cuándo transcurrían los treinta minutos.
La primera vez que habló con Luke estaba sentada ante un tocador, en albornoz. Fue durante una «requisa de bragas». Un anochecer, un grupo de alumnos de Harvard, algunos muy borrachos, se había colado en el edificio de los dormitorios a través de una ventana de la planta baja. Ahora, casi veinte años después, le parecía increíble que ni ella ni las otras chicas hubieran temido perder algo más que la ropa interior. ¿Acaso entonces el mundo era mucho más inocente?
Luke había entrado en su cuarto por casualidad. Estudiaba Matemáticas, como ella. Aunque llevaba máscara, lo reconoció por la ropa, una chaqueta de tweed irlandés gris claro con un pañuelo de lunares rojos en el bolsillo de la pechera. Una vez solos, Luke parecía apurado, como si acabara de darse cuenta de que aquello era una chiquillada. Ella le sonrió, señaló la cómoda y dijo: «El cajón de arriba». Él cogió unas bragas preciosas con ribetes de encaje, y Elspeth lo sintió en el alma: le habían costado un ojo de la cara. Pero al día siguiente, Luke le pidió una cita.
Intentó concentrarse en el maquillaje. Esa mañana tenía más faena que de costumbre, porque había dormido mal. La base le suavizó las mejillas y el lápiz de labios rosa salmón le avivó la boca. Era licenciada en Matemáticas por Radcliffe, pero en el trabajo seguían esperando que pareciera un maniquí.
Se cepilló el pelo. Era rojo oscuro y lo llevaba cortado a la moda: hasta la altura de la barbilla y hueco en la nuca. Se puso a toda prisa un vestido camisero de algodón sin mangas, de rayas verdes y marrones, y un cinturón ancho de charol marrón oscuro.
Habían pasado veintinueve minutos desde su anterior intento de localizar a Anthony.
Para ocupar el minuto restante, se puso a pensar en el número veintinueve. Era primo —no podía dividirse por ningún otro número que no fuera el uno—, pero carecía de mayor interés. Su única particularidad consistía en que 29 más 2x2 era un número primo para cualquier valor de x hasta 28. Calculó la serie mentalmente: 29, 31, 37, 47, 61, 79, 101, 127...
Levantó el auricular y volvió a marcar el número del despacho de Anthony.
No hubo respuesta.
Elspeth Twomey se enamoró de Luke la primera vez que la besó.
La mayoría de los chicos de Harvard no sabían besar. O te dejaban los labios señalados con un chupetón brutal, o abrían tanto la boca que te hacían sentir como si fueras una dentista. Cuando Luke la besó entre las sombras del patio interior de la residencia de Radcliffe, cinco minutos antes de medianoche, fue apasionado pero tierno. Su boca no paraba de acariciarla, no sólo en los labios, sino en las mejillas, los párpados y la garganta. Cuando le introdujo suavemente la punta de la lengua entre los labios, como pidiendo permiso educadamente para entrar, ella ni siquiera fingió dudar. Más tarde, sentada en la habitación, Elspeth se miró al espejo y dijo a su imagen: «Creo que me he enamorado».
Aquello había ocurrido hacía seis meses, durante los cuales sus sentimientos hacia Luke no habían dejado de crecer. Lo veía casi a diario. Ambos cursaban el último año. Los días que no quedaban para comer, lo hacían para estudiar juntos un par de horas. Los fines de semana apenas se separaban.
No era raro que una alumna de Radcliffe se comprometiera durante su último curso con un alumno de Harvard o un profesor joven. Se casaban en verano, hacían un largo viaje de novios y, a la vuelta, se mudaban a un apartamento. Empezaban a trabajar y, al cabo de un año o poco más, tenían su primer hijo.
Pero Luke no había mencionado la palabra matrimonio.
Elspeth lo observaba en un reservado al fondo del bar de Flanagan, mientras discutía con Bern Rothsten, un licenciado alto de enmarañado bigote y mirada retadora. A Luke, el negro flequillo le caía continuamente sobre los ojos, y él se lo apartaba con la mano izquierda, en un gesto muy suyo. Cuando fuera mayor y tuviera un cargo de responsabilidad, se pondría gomina para mantenerlo en su sitio, y entonces seguro que perdería parte de su atractivo, pensó Elspeth.
Bern era comunista, como muchos estudiantes y profesores de Harvard.
—Tu padre es banquero —le espetó a Luke con desdén—. Y tú serás banquero. Claro, el capitalismo te parece la monda.
Elspeth advirtió el rubor en la garganta de Luke. Su padre figuraba en un reciente artículo de la revista Time como uno de los diez hombres que se habían hecho millonarios después de la Depresión. No obstante, la chica dio por sentado que se sonrojaba, no por ser un niño rico, sino porque quería a su familia y le dolía la crítica implícita a su padre. Sin poder reprimir su irritación, salió en su defensa, indignada:
—¡No puedes juzgar a la gente por sus padres, Bern!
—En cualquier caso —dijo Luke—, la banca es un oficio tan digno como cualquier otro. Los banqueros ayudan a la gente a emprender negocios y crean puestos de trabajo.
—Sí, como en 1929.
—Se equivocaron. A veces ayudan a quien no deben. También los soldados cometen errores: disparan a inocentes. Sin embargo, yo no te acuso de ser un asesino.
Esa vez fue Bern quien puso cara de ofendido. Había luchado en la guerra civil española —les llevaba tres o cuatro años—, y Elspeth supuso que estaría reviviendo algún error fatal.
—Además —prosiguió Luke—, no tengo intención de convertirme en banquero.
Peg, la desastrada amiga de Bern, se inclinó hacia delante con interés. Era tan firme en sus convicciones como Bern, pero carecía de su capacidad para el sarcasmo.
—Entonces, ¿en qué? —preguntó.
—En científico.
—¿De qué tipo?
Luke señaló el techo.
—Quiero explorar el espacio exterior.
Bern soltó una carcajada.
—¡Cohetes espaciales! Qué fantasía más pueril...
Elspeth volvió a saltar en defensa de Luke:
—Corta el rollo, Bern, porque no tienes ni idea de lo que estás diciendo.
Bern se había especializado en Literatura francesa.
Contra lo que cabía esperar, la pulla no parecía haber hecho mella en Luke. Tal vez estaba acostumbrado a que se rieran de su sueño.
—La cosa no tiene vuelta de hoja —aseguró—. Y te diré más. Estoy convencido de que en un futuro no muy lejano la ciencia hará más por la gente corriente que el comunismo.
Elspeth no pudo evitar una mueca. Quería a Luke, pero le parecía ingenuo en lo tocante a la política.
—Eso es demasiado simplista —opinó—. Los avances de la ciencia sólo benefician a una minoría privilegiada.
—No estoy de acuerdo —replicó Luke—. La navegación a vapor ha mejorado las condiciones de vida de los marineros tanto como las de los pasajeros de los transatlánticos.
—¿Has estado alguna vez en la sala de máquinas de un transatlántico? —le preguntó Bern.
—Sí, y no he visto a nadie muriéndose de escorbuto.
Una sombra alargada cayó sobre la mesa.
—¡Eh!, mocosos, ¿ya tenéis edad para beber alcohol en un lugar público?
Era Anthony Carroll, vestido con un traje de sarga azul que parecía haberle servido de pijama. Lo acompañaba alguien tan llamativo que Elspeth no pudo reprimir un murmullo de sorpresa. Era una muchachita menuda vestida a la última, con chaqueta roja corta, falda negra amplia y un pequeño sombrero rojo acabado en pico del que escapaban los rizos de su pelo negro.
—Os presento a Billie Josephson —dijo Anthony.
—¿Eres judía? —le espetó Bern Rothsten.
La chica se quedó sorprendida ante una pregunta tan directa.
—Sí.
—Entonces, podrás casarte con Anthony, pero no hacerte socia de su club de campo.
—No soy de ningún club de campo —protestó Anthony.
—Lo serás, Anthony, lo serás.
Al erguirse para estrechar la mano de la chica, Luke empujó la mesa con los muslos e hizo caer un vaso. No era nada patoso, por lo que Elspeth, fastidiada, comprendió que la señorita Josephson lo había deslumbrado a la primera de cambio.
—Estoy sorprendido —afirmó Luke—. Cuando Anthony me dijo que salía con una tal Billie, me imaginé a una chica de dos metros de altura con espaldas de luchador.
Billie rió de buena gana, se deslizó entre la mesa y el banco y tomó asiento al lado de Luke.
—Me llamo Bilhah —explicó—. Es de la Biblia. Era una esclava de Jacob y madre de Dan. Pero crecí en Dallas, donde me llamaban Billie-Jo.
Anthony se sentó junto a Elspeth y le susurró:
—¿A que es guapa?
Billie no era exactamente guapa, pensó Elspeth. Tenía la cara alargada, la nariz afilada y ojos castaño oscuro, grandes y de mirada intensa. Era el conjunto lo que resultaba tan atractivo: los labios pintados de rojo, la inclinación del sombrero, el acento texano y, sobre todo, su animación. Mientras hablaba con Luke, al que estaba contando historias sobre los texanos actuales, sonreía, fruncía el ceño y traducía a gestos toda la gama de las emociones.
—Tiene un algo —respondió Elspeth—. No me explico cómo no me había fijado en ella hasta ahora.
—Trabaja mucho, acude a pocas fiestas.
—Entonces, ¿cómo la has conocido?
—Me llamó la atención en el museo Fogg. Llevaba un abrigo verde con botones de latón y boina. Pensé que parecía un soldadito de plomo recién sacado de su caja.
Billie no era ningún juguete, pensó Elspeth. Era bastante más peligrosa. Soltó una carcajada ante alguna gracia de Luke y le palmeó el brazo en un gesto de fingida reconvención. Era la monería de una coqueta, pensó Elspeth. Irritada, los interrumpió dirigiéndose a Billie:
—¿Piensas saltarte el toque de queda?
Las chicas de Radcliffe tenían que estar en sus dormitorios a las diez en punto. Podían obtener permiso para llegar más tarde, pero a costa de escribir su nombre en un registro, especificando adónde pensaban ir y a qué hora volverían; y esto último se comprobaba. No obstante, como mujeres inteligentes que eran, tan complejas reglas sólo servían para inspirarles ingeniosas artimañas.
—Se supone que pasaré la noche con una tía que ha venido a verme y ha reservado una suite en el Ritz. ¿Qué has contado tú?
—Nada, me apañaré con una ventana de la primera planta que estará abierta toda la noche.
Billie bajó la voz.
—En realidad, me quedaré en casa de unos amigos de Anthony, en Fenway.
Anthony parecía apurado.
—Son unos amigos de mi madre que tienen un piso enorme —explicó a Elspeth—. No me mires así, son la mar de respetables.
—Eso espero —repuso Elspeth haciéndose la mojigata, y tuvo la satisfacción de ver sonrojarse a Billie. Volviéndose hacia Luke, le preguntó—: Cariño, ¿a qué hora es la película?
El chico miró su reloj.
—Tenemos que irnos —anunció.
Luke había pedido prestado un coche para el fin de semana. Era un Ford deportivo modelo A de dos plazas fabricado hacía diez años, cuya rechoncha forma resultaba anticuada al lado de los aerodinámicos automóviles de principios de los cuarenta.
Luke, que disfrutaba a ojos vista conduciéndolo, manejaba el viejo coche con habilidad. Fueron a Boston. Elspeth se preguntó si no se habría comportado como una bruja con Billie. Puede que un poco, concluyó, pero no pensaba echarse a llorar.
Fueron a ver Sospecha, la última película de Alfred Hitchcock, en el Loew’s State Theatre. En la oscuridad, Luke la rodeó con el brazo y ella recostó la cabeza en el hombro del chico. Pensó que era una lástima haber elegido una película sobre un matrimonio desastroso.
Volvieron a Cambridge hacia media noche, dejaron el paseo Memorial y aparcaron frente al río Charles, junto al cobertizo de los botes. El coche no tenía calefacción, así que Elspeth se levantó el cuello de piel del abrigo y se acurrucó contra Luke.
Hablaron de la película. Elspeth opinaba que en la vida real el personaje de Joan Fontaine, una chica reprimida educada por padres chapados a la antigua, nunca se hubiera sentido atraída por un tarambana como el que interpretaba Cary Grant.
—Por eso se enamora de él —replicó Luke—. Porque es peligroso.
—¿La gente peligrosa es atractiva?
—Claro.
Elspeth se enderezó en el asiento y se quedó mirando el reflejo de la luna en la movediza superficie del agua. Billie Josephson era peligrosa, pensó.
Luke percibió su malestar y cambió de tema.
—Esta tarde el profesor Davies me ha dicho que puedo hacer el curso de posgrado en Harvard.
—¿Y eso?
—Cuando he mencionado que quería ir a Columbia, ha dicho: «¿Y para qué? ¡Quédate aquí!». Le he explicado que mi familia vive en Nueva York, y entonces ha soltado: «Conque la familia...». O algo por el estilo. Como si uno no pudiera ser un matemático serio y tener ganas de ver a su hermana pequeña.
Luke era el mayor de cuatro hermanos. Su madre era francesa. Su padre la había conocido en París al final de la Primera Guerra Mundial. Elspeth sabía que Luke se llevaba estupendamente con sus dos hermanos adolescentes y quería con locura a su hermana de once años.
—Davies es un solterón —dijo Elspeth—. Sólo vive para su trabajo.
—¿Has pensado en hacer el posgrado?
Elspeth sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Debería? —¿Le estaba pidiendo que lo acompañara a Columbia?
—Eres mejor matemática que la mayoría de los alumnos de Harvard.
—Siempre he querido trabajar en el Departamento de Estado.
—Tendrías que vivir en Washington.
Elspeth estaba segura de que Luke no había planeado aquella conversación. Se había limitado a pensar en voz alta. Era típicamente masculino: sacar a relucir cosas que afectaban profundamente a sus vidas sin un momento de reflexión. Pero la idea de vivir en distintas ciudades parecía contrariarlo. La solución al dilema debía de ser tan obvia para él como lo era para ella, pensó entonces, alborozada.
—¿Has estado enamorada alguna vez? —le espetó Luke. Comprendiendo que la pregunta era muy brusca, añadió—: Es una pregunta muy personal, no tengo ningún derecho a hacértela.
—No, no me importa —le tranquilizó Elspeth. Si quería hablar de amor aquí y ahora, por ella, estupendo—. La verdad es que sí, he estado enamorada. —Observó el rostro del hombre a la luz de la luna, y se sintió recompensada al percibir la fugaz sombra de decepción que alteró sus facciones—. Cuando tenía diecisiete años, hubo conflictos en los altos hornos en Chicago. En aquella época estaba muy metida en política. Fui a ofrecer mi ayuda, como voluntaria, para llevar mensajes y hacer café. Trabajé para un joven sindicalista que se llamaba Jack Largo, y me enamoré de él.
—¿Y él de ti?
—No, gracias a Dios. Tenía veinticinco años, me veía como a una niña. Fue amable, incluso encantador, pero lo era con todo el mundo. —Vaciló un instante—. Aunque un día... me besó. —Se preguntó si hacía bien contándole aquello a Luke, pero sentía la necesidad de sincerarse—. Estábamos solos en el cuarto trastero, metiendo octavillas en cajas, y dije algo que le hizo reír, ya no recuerdo qué. «Eres una joya, Ellie», me dijo. Era una de esas personas que acortan el nombre a todo el mundo, seguro que a ti te hubiera llamado Lou. Entonces me besó, justo en los labios. Casi me muero de alegría. Pero él siguió empaquetando octavillas como si nada hubiera cambiado.
—Me parece que se enamoró de ti.
—Tal vez.
—¿Sigues en contacto con él?
Elspeth sacudió la cabeza.
—Murió. —Tuvo que reprimir unas repentinas ganas de llorar. Lo último que quería era que Luke pensara que seguía enamorada del recuerdo de Jack—. Dos policías fuera de servicio que cobraban de la siderúrgica lo acorralaron en un callejón y lo golpearon con barras de hierro hasta matarlo.
—¡Dios mío! —musitó Luke mirándola de hito en hito.
—En la ciudad todo el mundo sabía quién lo había hecho, pero ni siquiera hubo detenciones.
Luke le cogió la mano.
—Había leído cosas parecidas en los periódicos, pero nunca me habían parecido reales.
—Son reales. La rueda tiene que seguir girando. A cualquiera que se interponga en su camino lo acabarán quitando de en medio.
—Hablas como si la industria fuera igual que el crimen organizado.
—No veo muchas diferencias. Pero ahora prefiero mantenerme al margen. Bastante tuve con aquello. —Luke había empezado a hablar de amor, y ella había sido tan estúpida como para permitir que la conversación derivara hacia la política. Decidió echar marcha atrás—. ¿Qué me dices de ti? —le preguntó—. ¿Has estado enamorado alguna vez?
—No estoy seguro —dijo, vacilante—. Creo que no sé lo que es el amor.
Típica respuesta masculina. Pero en ese momento Luke la besó, y ella se dejó llevar.
Le gustaba acariciarlo con las yemas de los dedos mientras se besaban, deslizarlas por sus orejas y recorrerle la línea de la barbilla, hundirlas en su cabello y rozarle la nuca. De vez en cuando, Luke se apartaba para mirarla, y su forma de escrutarle el rostro insinuando una sonrisa le hacía pensar en Ofelia cuando dice de Hamlet: «Dio en escrutarme el rostro con tal ansia, como si fuera a dibujarme». Al poco, volvía a besarla. Lo que la hacía sentirse tan bien era comprobar lo mucho que le gustaba al él.
Al cabo de un rato, Luke se separó de ella y soltó un profundo suspiro.
—No entiendo cómo pueden aburrirse los matrimonios —dijo—. Ellos no tienen que parar.
A Elspeth no le desagradó que sacara a relucir el matrimonio.
—Supongo que siempre los interrumpen los niños —dijo, y se echó a reír.
—¿Te gustaría tener hijos, más adelante?
Elspeth sintió que se le aceleraba la respiración. ¿Qué le estaba preguntando?
—Por supuesto.
—A mí me gustaría tener cuatro.
Igual que sus padres.
—¿Chicos o chicas?
—De todo un poco. —Se produjo una pausa. Elspeth no se atrevía a hablar. El silencio se prolongaba. Al fin, Luke se volvió hacia ella con expresión seria—. ¿Y a ti? ¿Te gustaría tener cuatro hijos?
Era el pie que estaba esperando. Le sonrió, radiante.
—Si fueran tuyos, me encantaría.
Él volvió a besarla.
No tardó en refrescar demasiado para seguir allí, y por tanto emprendieron de mala gana el camino de regreso a los dormitorios de Radcliffe.
Cuando atravesaban Harvard Square, una figura les hizo señas con la mano desde el bordillo de la acera.
—¿No es Anthony? —preguntó Luke con una nota de incredulidad en la voz.
Lo era, confirmó Elspeth. Y Billie estaba con él.
Luke frenó y Anthony se acercó a su ventanilla.
—No sabéis cómo me alegro de veros —dijo a modo de saludo—. Necesito que me hagáis un favor.
Billie se había quedado detrás de Anthony, temblando en el gélido aire nocturno y con cara de pocos amigos.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Elspeth a Anthony.
—Ha habido un malentendido. Mis amigos de Fenway pasarán fuera todo el fin de semana... Se ve que han confundido las fechas. Billie no tiene adónde ir.
Billie había mentido con respecto adónde iba a pasar la noche, recordó Elspeth. Ya no podía volver a Radcliffe sin ponerse en evidencia.
—La he llevado a la casa. —Se refería a Cambridge House, donde compartía habitación con Luke. Las residencias masculinas de Harvard recibían el nombre de «casas»—. Se me ocurrió que podría dormir en nuestro cuarto, mientras Luke y yo pasábamos la noche en la biblioteca.
—Tú estás loco —dijo Elspeth.
—Eso no sería ninguna novedad —intervino Luke—. Así que, ¿cuál es el problema?
—Nos han visto.
—¡No! —exclamó Elspeth.
Que encontraran a una chica en la habitación de un estudiante era una falta grave, especialmente si ocurría por la noche. Ambos podían ser expulsados de la universidad.
—¿Quién? —preguntó Luke.
—Geoff Pidgeon y un montón de tíos.
—Bah, por Geoff no te preocupes. ¿Quiénes eran los demás?
—No estoy seguro. Estaba oscuro y ellos no iban muy finos. Les hablaré por la mañana.
Luke asintió.
—Y ahora, ¿qué vais a hacer?
—Billie tiene un primo en Newport, Rhode Island —explicó Anthony—. ¿Por qué no la llevas allí?
—¿Qué? —saltó Elspeth—. ¡Pero si está a ochenta kilómetros!
—Sólo serán una o dos horas —dijo Anthony como si la cosa no tuviera importancia—. ¿Qué dices, Luke?
—Cómo no —respondió Luke.
Elspeth sabía que accedería. Para Luke, ayudar a un amigo era una cuestión de honor, por inconvenientes que presentara la cosa. Pero no por ello se sintió menos furiosa.
—Oye, Luke... gracias —se limitó a decir Anthony.
—Sin problemas —dijo Luke—. Bueno, sí que hay un problema. Este coche es un dos plazas.
Elspeth abrió la puerta y se apeó.
—Solucionado —murmuró de mal aire.
Apenas lo había dicho, se sintió avergonzada de su mal genio. Luke hacía bien ayudando a un amigo en apuros. Pero la ponía enferma pensar que iba a pasar dos horas en aquella lata de sardinas con una comehombres como Billie Josephson.
Consciente de su disgusto, Luke trató de apaciguarla:
—Vuelve a entrar en el coche, Elspeth. Primero te llevaré a Radcliffe.
Elspeth intentó mostrarse cortés.
—No hace falta —aseguró—. Anthony me acompañará. Billie está muerta de frío.
—Bueno, pero sólo si estás segura —dijo Luke.
Elspeth deseó no haber sido tan generosa.
Billie se acercó y le estampó un beso en la mejilla.
—No sé cómo darte las gracias —dijo y, metiéndose en el coche, cerró la puerta sin despedirse de Anthony.
Luke saludó con la mano, y el coche empezó a alejarse.
Anthony y Elspeth se quedaron plantados en la acera mirando el vehículo hasta que desapareció en la oscuridad.
—Mierda —rezongó Elspeth.
El cohete blanco ostenta en su costado la designación «UE» estarcida en enormes letras negras. Se trata de un viejo código...

...de acuerdo con el cual UE es el misil número 29. La finalidad del código es evitar dar pistas sobre la cantidad de misiles fabricados.
La luz se colaba de rondón en la ciudad helada. Hombres y mujeres salían de las casas entrecerrando los ojos y frunciendo los labios frente al cortante viento, y apretaban el paso por las calles grises hacia el calor y las brillantes luces de las oficinas y tiendas, los hoteles y restaurantes donde trabajaban.
Luke caminaba sin rumbo fijo: una calle era tan buena como cualquier otra cuando ninguna significaba nada. Puede, pensó, que doblara la siguiente esquina y supiera, en una súbita revelación, que pisaba terreno conocido... la calle en que se había criado, o un edificio en el que había trabajado. Pero cada esquina era una nueva decepción.
A medida que aumentaba la luz, empezó a estudiar los rostros de la gente con que se cruzaba. Una de aquellas personas podía ser su padre, su hermana, incluso su hijo. No perdía la esperanza de que alguien captara su mirada, se detuviera y, echándole los brazos al cuello, dijera: «Luke, ¿qué te ha pasado? Acompáñame a casa, déjame ayudarte». Aunque cabía la posibilidad de que sus parientes le volvieran la cara y pasaran de largo. Puede que hubiera ofendido a su familia. O tal vez vivieran en otra ciudad.
Empezaba a temer que no tendría suerte. Ningún transeúnte lo abrazaría prorrumpiendo en gritos de júbilo, ni reconocería de buenas a primeras la calle en la que vivía. Limitarse a vagabundear de aquí para allá fantaseando sobre un golpe de fortuna no era ninguna estrategia. Necesitaba un plan. Tenía que haber algún modo de averiguar su identidad.
Se preguntó si sería una persona desaparecida. Existía una lista, estaba seguro, de gente en esa situación, con las correspondientes descripciones. ¿Quién la llevaba? Tenía que ser la policía.
Creyó recordar que había pasado ante una comisaría minutos antes. Decidido a volver sobre sus pasos, giró en redondo con brusquedad. Al hacerlo, se dio de bruces con un joven enfundado en una gabardina verde oliva con sombrero a juego. Tuvo la vaga sensación de que lo había visto con anterioridad. Sus miradas se encontraron y, por un instante esperanzador, Luke pensó que el hombre lo había reconocido; pero el otro desvió la vista apurado y siguió su camino.
Procurando olvidar el desengaño, Luke se concentró en desandar lo andado. Era difícil, porque había doblado esquinas y cruzado calles más o menos al tuntún. Aun así, tarde o temprano daría con una comisaría.
Mientras caminaba, intentó deducir alguna información sobre sí mismo. Observó a un individuo alto tocado con un sombrero de fieltro gris que encendía un cigarrillo y le daba una larga y placentera calada, pero no sintió deseos de fumar. Supuso que no era fumador. Mirando los coches, supo que los de diseño aerodinámico y carrocería baja, que tanto le llamaban la atención, eran nuevos. Comprendió que le gustaban los coches rápidos, y no le cupo duda de que sabía conducir. También sabía la marca y el modelo de la mayoría. Esa era la clase de conocimientos que no había olvidado, junto con hablar inglés.
Un fugaz vistazo al escaparate de una tienda le devolvió la imagen de un vagabundo de edad indefinida. Pero cuando miraba a los viandantes se sentía capaz de echarles veintitantos, treinta y tantos, cuarenta y tantos o más. También se dio cuenta de que automáticamente clasificaba a la gente como más joven o más vieja que él. Pensando en ello, comprendió que los veinteañeros le parecían jóvenes y los cuarentones, mayores; luego debía de estar a medio camino entre unos y otros.
Tan insignificantes victorias sobre su amnesia le proporcionaron una absurda sensación de triunfo.
Por desgracia, había acabado perdiendo su propio rastro. Estaba en una calle espantosa llena de tenduchos, comprobó con disgusto. Tiendas de ropa con los escaparates rebosantes de gangas, almacenes de muebles usados, casas de empeños y ultramarinos que aceptaban cupones de comida. Se paró en seco y miró a sus espaldas, dudando qué partido tomar. Treinta metros más atrás vio al hombre de la gabardina y el sombrero verdes, que miraba los televisores encendidos de un escaparate.
Luke frunció el entrecejo. ¿Me está siguiendo?, se preguntó.
Quien se convierte en la sombra de otro va siempre solo, rara vez lleva un maletín o una bolsa de la compra, e inevitablemente da la impresión de estar remoloneando más que de caminar con un propósito determinado. El hombre del sombrero oliva cumplía todos los requisitos.
Nada más fácil que salir de dudas.
Luke avanzó hasta el final de la manzana, cruzó al otro lado de la calle y volvió atrás por la acera contraria. Cuando llegó a la esquina, se acercó al bordillo y miró a ambos lados. La gabardina verde estaba treinta metros más atrás. Luke volvió a cruzar. Para no levantar sospechas, fue mirando las puertas a medida que pasaba junto a ellas, como si estuviera buscando un número. Recorrió todo el camino de vuelta hasta el punto de partida.
La gabardina lo siguió.
Luke estaba perplejo, pero el corazón le daba brincos de alegría. Quienquiera que lo siguiese tenía que saber algo sobre él, puede que incluso su identidad.
Para cerciorarse de que lo seguían, tenía que subirse a un vehículo, lo que obligaría a su sombra a hacer otro tanto.
A pesar de su agitación, un frío observador alojado en el fondo de su mente le preguntó: ¿Cómo es posible que sepas la manera exacta de comprobar si te están siguiendo? Había puesto el método en práctica de forma espontánea. ¿Llevaba a cabo trabajos clandestinos antes de convertirse en vagabundo?
Pensaría en ello más tarde. Ahora lo que necesitaba era dinero para el autobús. Los bolsillos de sus harapos estaban vacíos; debía de haberse gastado hasta el último centavo en alcohol. Pero eso era lo de menos. El dinero abundaba en todas partes: en los bolsillos de la gente, en las tiendas, en los taxis, en las casas...
Empezó a mirarlo todo con otros ojos. Vio quioscos de prensa esperando que los robaran, bolsos pidiendo el tirón, bolsillos expectantes... Le llamó la atención una cafetería donde un hombre atendía la barra y una camarera servía las mesas. Era un sitio tan bueno como cualquier otro. Entró.
Paseó la mirada por las mesas en busca de propinas, pero la cosa no iba a ser tan fácil. Se acercó a la barra. La radio emitía noticias. «Expertos en cohetes aseguran que Estados Unidos dispone de una última oportunidad para alcanzar a los soviéticos en la carrera por dominar el espacio exterior.» El camarero estaba haciendo café exprés; la reluciente máquina dejó escapar un chorro de vapor, y un aroma delicioso hizo aletear las fosas nasales de Luke.
¿Qué hubiera dicho un vagabundo?
—¿Tiene algún donut rancio? —preguntó.
—Ahueca el ala —gruñó el hombre—. Y no vuelvas a asomar las narices por aquí.
Luke consideró la posibilidad de saltar por encima de la barra y abrir la caja registradora, pero parecía una medida extrema cuando sólo quería dinero para el autobús. En ese momento, vio lo que necesitaba. Junto a la caja, al alcance de la mano, había un bote con una ranura en la parte superior. La etiqueta mostraba el dibujo de un niño y la leyenda: «Acuérdate de los que no pueden ver». Luke se desplazó para ocultar el bote con el cuerpo a los clientes y la camarera. Ya sólo tenía que distraer al sujeto de la barra.
—Deme diez centavos —gimoteó Luke.
—De acuerdo, tú lo has querido. Lo que te voy a dar es puerta.
El hombre plantó en el mostrador la jarra que sostenía y se secó las manos en el delantal. Tuvo que agacharse para salir por la portezuela de la barra, y por un segundo perdió de vista a Luke.
Ni corto ni perezoso, Luke se apoderó del bote de la colecta y se lo metió a toda prisa debajo del abrigo. Por desgracia, apenas pesaba; pero produjo un ligero tintineo, de modo que no estaba vacío.
El camarero agarró a Luke por las solapas y lo llevó a rastras por la cafetería. Luke no ofreció resistencia hasta que, en la puerta, el hombre le propinó una fuerte patada en el trasero. Olvidando que acababa de cometer un hurto, Luke giró en redondo, dispuesto a devolver el golpe. El camarero puso cara de susto y retrocedió al interior del establecimiento.
¿A santo de qué se ponía hecho una furia? Había entrado en la cafetería a pedir y desoyó la recomendación de que se marchara. De acuerdo, la patada era innecesaria, pero se la merecía. ¿Acaso no había robado la hucha de los niños ciegos?
Aun así, le costó Dios y ayuda tragarse el orgullo, dar media vuelta y escabullirse como un perro con el rabo entre las piernas.
Se metió en una calleja, buscó una piedra aguda y pagó su cólera con el bote. No tardó en reventarlo. El contenido, casi todo en centavos, ascendía a dos o tres dólares, calculó. Se los guardó en un bolsillo del abrigo y volvió a la calle principal. Dio gracias al Cielo por la caridad e hizo voto mudo de dar tres pavos a los ciegos si salía de aquella.
Vale —pensó—, treinta pavos.
El individuo de la gabardina verde oliva estaba junto a un puesto de periódicos, leyendo un diario.
En ese momento, un autobús paró a pocos metros de allí. Luke no tenía la menor idea de cuál era su recorrido, pero no le importaba. Subió a él. El conductor lo miró con cara de pocos amigos, pero no lo echó.
—Voy a la tercera parada —dijo Luke.
—Da igual adónde vaya, el billete son diecisiete centavos, a menos que tenga bono.
Pagó con el producto del robo.
Quizá no lo seguían. Mientras avanzaba hacia el fondo del vehículo, miró ansiosamente por las ventanillas. El hombre de la gabardina había echado a andar en dirección contraria con el periódico bajo el brazo. Luke frunció el ceño. El sujeto debería haber intentado parar un taxi. Puede que no fuera su sombra, después de todo. Luke se sentía decepcionado.
El autobús se puso en movimiento y Luke tomó asiento.
Volvió a preguntarse cómo sabía tanto de aquellos menesteres. Tal vez había recibido entrenamiento para hacer trabajos en la sombra. Pero, ¿con qué fin? ¿Era poli? Puede que la explicación fuera la guerra. Sabía que había habido una guerra. Estados Unidos había luchado contra los alemanes en Europa y contra los japoneses en el Pacífico. Pero no podía recordar si había participado en ella personalmente.
En la tercera parada, se apeó del autobús con un puñado de pasajeros. Miró a derecha e izquierda de la calle. No había taxis a la vista, ni rastro del hombre de la gabardina verde. Mientras dudaba qué hacer, advirtió que uno de los pasajeros que acababan de bajar del autobús se había parado ante la puerta de una tienda y se rebuscaba en los bolsillos. A la vista de Luke, encendió un cigarrillo y le dio una larga y placentera calada.
Era un individuo alto, tocado con un sombrero de fieltro gris.
Luke supo que lo había visto con anterioridad.