

El rey se puso de nuevo en marcha a través del desierto a finales de primavera, por otra vía que desde el oasis de Amón llegaba directamente a las riberas del Nilo en las cercanías de Menfis.
Cabalgaba durante horas y horas a lomos de su bayo sármata, mientras Bucéfalo galopaba a su lado sin arreos ni riendas. Desde que Alejandro había caído en la cuenta de lo largo que era el camino que iba a tener que recorrer, trataba de ahorrarle a su caballo todo esfuerzo inútil, como si quisiera prolongarle lo más posible el vigor de la edad juvenil.
Se requirieron tres semanas de marcha bajo un sol abrasador y fue necesario afrontar aún durísimas privaciones antes de ver la fina línea verde que anunciaba las fértiles riberas del Nilo, pero el rey parecía no sentir ni cansancio, ni hambre, ni sed, absorto como estaba en sus pensamientos y recuerdos.
Los compañeros no le molestaban en su recogimiento porque se daban cuenta de que quería permanecer solo en aquellas interminables extensiones desérticas con su sensación de infinito, con su ansia de inmortalidad, con las pasiones de su espíritu. Sólo por la noche era posible hablar con él, y a veces alguno de los amigos entraba en su tienda y le hacía compañía mientras Leptina le daba un baño.
Un día Tolomeo le sorprendió con una pregunta que se había guardado dentro durante demasiado tiempo:
—¿Qué te dijo el dios Amón?
—Me llamó «hijo» —repuso Alejandro.
Tolomeo recogió la esponja que había caído al suelo de la mano de Leptina y se la dio.
—¿Y tú qué le respondiste?
—Le pregunté si todos los asesinos de mi padre estaban muertos o si había sobrevivido alguno.
Tolomeo no dijo nada. Esperó a que el rey saliera de la tina, le puso sobre los hombros un paño de lino limpio y luego comenzó a friccionarle. Cuando Alejandro se volvió hacia él, le escrutó hasta el fondo del alma y le preguntó:
—Así pues, ¿aún quieres a tu padre Filipo, ahora que te has convertido en un dios?
Alejandro dejó escapar un suspiro.
—Si no fueras tú quien me hace esta pregunta, diría que son palabras de Calístenes o de Clito El Negro... Dame tu espada.
Tolomeo le miró sorprendido, pero no se atrevió a replicar. Desenvainó el arma y se la alargó. Él la cogió y se hizo una incisión con la punta en la piel del brazo, haciendo brotar un hilillo bermejo.
—¿Qué es esto, no es acaso sangre?
—Lo es, en efecto.
—¿Es sangre, no es cierto? No es «icor, que dicen corre por las venas de los bienaventurados» —prosiguió citando un verso de Homero—. Así pues, amigo mío, trata de comprenderme y no herirme inútilmente, si de verdad sientes afecto por mí.
Tolomeo comprendió y se excusó por haberle dirigido la palabra de aquel modo, mientras Leptina lavaba el brazo del rey con vino y lo vendaba.
Alejandro le vio disgustado y le invitó a quedarse a cenar, aunque no es que hubiera mucho que comer: pan seco, dátiles y vino de palma de ácido sabor.
—¿Qué haremos ahora? —le preguntó Tolomeo.
—Volveremos a Tiro.
—¿Y luego?
—No lo sé. Creo que una vez allí Antípatro me dirá lo que está sucediendo en Grecia y tendremos suficientes noticias por nuestros informadores de lo que Darío está planeando. En ese momento tomaremos una decisión.
—Sé que Eumenes te ha contado la suerte que ha tenido tu cuñado Alejandro de Epiro.
—Sí, por desgracia. Mi hermana Cleopatra estará destrozada, y también mi madre, que le quería muchísimo.
—Pero yo creo que eres tú quien ha debido de sentir el dolor más grande. ¿O me equivoco?
—Creo que tienes razón.
—¿Qué os unía tan íntimamente, aparte del doble parentesco?
—Un gran sueño. Ahora todo el peso de ese sueño recae sobre mis espaldas. Un día pasaremos a Italia, Tolomeo, y aniquilaremos a los bárbaros que le han dado muerte.
Escanció un poco de vino de palma al amigo, y luego dijo:
—¿Te gustaría escuchar unos versos? He invitado a Tésalo para que nos haga compañía.
—Con mucho gusto. ¿Qué versos has elegido?
—Versos que hablan del mar, de diversos poetas. Este paisaje de arenas infinitas me recuerda la extensión marina, y al propio tiempo el ardor abrasador de estos lugares me hace desearlo.
Apenas Leptina hubo retirado las dos pequeñas mesas, entró el actor. Vestía un traje de escena y llevaba el rostro cubierto de afeites: los ojos perfilados con bistre, la boca retocada con minio para hacerle un rictus amargo, como el de las máscaras trágicas. Tocó la cítara arrancando algunos acordes quedos y comenzó:
Brisa marina, brisa marina
que impulsas las naves veloces
sobre el dorso de las olas,
¿adónde me llevarás, desdichado de mí?*
Alejandro le escuchaba encantado en medio del profundo silencio de la noche, escuchaba aquella voz capaz de cualquier entonación, capaz de vibrar por medio de todos los sentimientos y de todas las pasiones humanas, de imitar el suspiro del viento y el estampido del trueno.
Se quedaron hasta tarde escuchando la voz del gran actor, que cambiaba a cada matiz, que gemía con el llanto de las mujeres o se alzaba soberbia con el grito de los héroes. Cuando Tésalo hubo terminado su representación, Alejandro le abrazó.
—Gracias —le dijo con ojos relucientes—. Has evocado los sueños que visitarán mi noche. Ahora ve a dormir, pues mañana nos espera una larga marcha.
Tolomeo se quedó un rato más tomando vino con él.
—¿Todavía piensas en Pella? —le preguntó de golpe—. ¿Piensas alguna vez en tu madre y en tu padre, cuando éramos muchachos y corríamos a caballo por las colinas de Macedonia? ¿En las aguas de nuestros ríos y de nuestros lagos?
Alejandro pareció reflexionar durante unos instantes; luego respondió:
—Sí, a menudo, pero me parecen imágenes lejanas, como de cosas sucedidas muchos años atrás. Nuestra vida es tan intensa que cada hora vale por un año.
—Esto significa que envejeceremos antes de hora, ¿no es así?
—Tal vez... O tal vez no. El velón que brilla más espléndido en la sala es el destinado a apagarse primero, pero todos los comensales recordarán lo hermosa y grata que era su luz durante la fiesta.
Apartó el faldón de la tienda y acompañó afuera a Tolomeo. El firmamento brillaba sobre el desierto con un número infinito de estrellas y ambos jóvenes levantaron sus ojos para contemplar la resplandeciente bóveda.
—Y acaso éste es también el destino de las estrellas que brillan más fúlgidas en la bóveda celeste. Que tengas una noche tranquila, amigo mío.
—Y también tú, Aléxandre —repuso Tolomeo, y se alejó hacia su tienda en las márgenes del campamento.
Cinco días después llegaron a las riberas del Nilo, en Menfis, donde le esperaban Parmenión y Nearco, y esa misma noche Alejandro volvió a ver a Barsine. Había sido alojada en un suntuoso palacio que perteneciera a un faraón; sus habitaciones habían sido preparadas en la parte alta, expuesta al viento etesio que traía de noche un agradable fresco y hacía volar las cortinas de biso azul, ligeras cual alas de mariposa.
Ella le esperaba, cubierta con una camisola ligera a la manera jonia, sentada en un sillón de brazos adornado de ribetes de oro y esmalte. Los cabellos negros de reflejos violáceos le caían sobre hombros y pecho, y llevaba un ligero afeite a la manera egipcia.
La luz de la luna y la de las lámparas disimuladas tras pantallas de alabastro mezclábanse en una atmósfera perfumada de nardo y de áloe, palpitante de reflejos ambarinos en las pilas de ónice llenas de agua, en las que flotaban flores de loto y pétalos de rosas. De detrás de un bastidor calado en forma de ramas de yedra y de pájaros en pleno vuelo, llegaba una música queda y suave de flautas y arpas. Las paredes estaban llenas de antiguos frescos egipcios con escenas de danza en las que unas doncellas desnudas evolucionaban al son de los laúdes y tamboriles delante de la pareja real sentada en el trono, y en un rincón había un gran lecho con un baldaquín azul sustentado por cuatro columnas de madera sobredorada con los capiteles en forma de flores de loto.
Alejandro entró y dirigió a Barsine una larga mirada ardiente. Tenía aún en los ojos la luz deslumbradora del desierto, en los oídos los sonidos secretos de los oráculos amónicos, todo su cuerpo irradiaba un aura de mágico encanto: desde los cabellos dorados que le acariciaban los hombros hasta el pecho musculoso marcado por cicatrices, pasando por el color cambiante de los ojos y las manos sutiles y nerviosas recorridas por turgentes venas azuladas. Llevaba sobre el cuerpo desnudo únicamente una clámide ligera prendida sobre el hombro izquierdo por medio de una fíbula de plata de antigua factura, herencia secular de su dinastía; una cinta dorada ceñía su frente.
Barsine se levantó y se sintió inmediatamente perdida en la luz de su mirada. Murmuró:
—Aléxandre... —mientras él la estrechaba entre sus brazos, besaba sus labios húmedos y carnosos cual dátiles maduros y la hacia sentarse en el lecho acariciándole las caderas y el pecho tibio y perfumado.
Pero en un abrir y cerrar de ojos el rey sintió la piel de ella helarse, ponerse rígidos sus miembros bajo las manos de él; advirtió una vibración amenazante en el aire, que despertó sus amodorrados sentidos de guerrero. Se volvió de golpe con un rápida torsión de riñones para hacer frente al inminente peligro y se vio embestido de lleno por un cuerpo lanzado a la carrera hacia él; vio una mano alzada que blandía un puñal, oyó un grito estridente y salvaje retumbar entre las paredes del tálamo al mismo tiempo que el que profirió Barsine, quebrado por el llanto y el dolor.
Alejandro redujo fácilmente al agresor y le clavó contra el suelo retorciéndole la muñeca y obligándole a soltar el arma. Le habría machacado al punto con el pesado candelabro que había aferrado rápidamente, de no haber reconocido a un muchacho de quince años: ¡Eteocles, el hijo mayor de Memnón y Barsine! El muchacho se debatía como un joven león caído en una trampa, gritaba toda clase de improperios, mordía y arañaba al no poder blandir el puñal.
Entraron los soldados de la guardia, atraídos por el alboroto, e inmovilizaron al intruso. El oficial que les mandaba, tras darse cuenta de lo sucedido, exclamó:
—¡Un atentado contra la vida del rey! Llevadle abajo para que sea torturado y ajusticiado.
Pero Barsine se arrojó a los pies de Alejandro entre sollozos:
—¡Sálvale, mi señor, salva la vida de mi hijo, te lo suplico!
Eteocles la miró con desprecio; luego, vuelto hacia Alejandro, dijo:
—Te conviene matarme, porque intentaré otras mil veces lo que acabo de hacer, hasta que consiga vengar la vida y el honor de mi padre.
Temblaba aún por la excitación del enfrentamiento y por el odio que le ardía en el corazón. El rey hizo un gesto a los soldados de la guardia de que se retiraran.
—Pero, señor... —protestó el oficial.
—¡Salid! —exigió Alejandro—. ¿No veis que no es más que un muchacho? —El hombre obedeció. Luego Alejandro se volvió nuevamente hacia Eteocles—: El honor de tu padre está a salvo y la vida no se la arrebató sino una enfermedad fatal.
—¡No es cierto! —gritó el muchacho—. Fuiste tú que le hiciste envenenar y ahora... ahora te llevas a su mujer. ¡Eres un hombre sin honor!
Alejandro se le acercó y repitió con voz firme:
—Admiraba a tu padre, a quien consideraba el único adversario digno de mí y no soñaba más que en poder batirme algún día con él. Nunca le habría hecho envenenar, pues yo me enfrento a mis enemigos a cara descubierta, con la espada y la lanza. Por lo que se refiere a tu madre, soy yo la víctima, yo que pienso en ella a cada momento, yo que he perdido el sueño y la serenidad. El amor es la fuerza de un dios, una fuerza ineluctable. El hombre no puede escapar a él ni evitarlo, como no puede evitar el sol y la lluvia, el nacer y el morir.
Barsine sollozaba en un rincón con el rostro oculto entre las manos.
—¿No le dices nada a tu madre? —le preguntó el rey.
—Desde el mismo momento en que tus manos la tocaron, no es ya mi madre, no es ya nada. Mátame, os conviene a los dos. De lo contrario seré yo quien lo haga. Dedicaré vuestra sangre a la sombra de mi padre, para que tenga paz en el Hades.
Alejandro se volvió hacia Barsine:
—¿Qué debo hacer?
Barsine se secó los ojos y recobró el control de sí misma.
—Déjale en libertad, te lo ruego. Dale un caballo y algunos víveres y déjale en libertad. ¿Harás esto por mí?
—Te lo advierto —repitió una vez más el muchacho—, si me dejas libre iré a ver al Gran Rey y le pediré una armadura y una espada para poder luchar en su ejército contra ti.
—Si así debe ser, sea —replicó Alejandro.
A continuación llamó a los soldados de la guardia y dio orden de que el muchacho fuera dejado en libertad y que le dieran un caballo y víveres.
Eteocles trataba de disimular las violentas emociones que agitaban su ánimo mientras se encaminaba en silencio hacia la puerta, pero su madre le llamó:
—Espera.
El muchacho se detuvo un momento; luego le volvió nuevamente la espalda cruzando la puerta de salida que daba al pasillo.
Barsine repitió de nuevo:
—Espera, te lo ruego.
Luego abrió un arcón, sacó un arma reluciente guardada en su vaina y se le entregó.
—Es la espada de tu padre.
El muchacho la tomó y la estrechó contra su pecho, mientras unas lágrimas de angustia brotaban de sus ojos y regaban sus mejillas.
—Adios, hijo mío —dijo Barsine con voz quebrada por el llanto—. Que Ahura Mazda te proteja y te protejan los dioses de tu padre.
Eteocles corrió a lo largo del corredor y escaleras abajo hasta que se encontró en el patio de palacio, donde los soldados de la guardia pusieron en sus manos la brida de un caballo. Pero cuando estaba a punto de saltar sobre su grupa, vio aparecer una sombra por una puertecilla lateral: era su hermano Phraates.
—Llévame contigo, te lo ruego. No quiero permanecer prisionero por más tiempo de este yauna. —Eteocles dudó unos segundos, mientras su hermano insistía—: ¡Llévame contigo, te lo ruego, te lo ruego! No peso, el caballo nos llevará a los dos hasta que consigamos otro.
—No puedo —repuso Eteocles—. Eres demasiado pequeño y además... alguien debe quedarse con mamá. Adiós, Phraates. Volveremos a vernos tan pronto como esta guerra haya terminado. Y seré yo mismo quien te libere.
Le estrechó en un largo abrazo, mientras su hermano lloraba a lágrima viva, luego saltó a caballo y desapareció.
Barsine había asistido a la escena desde la ventana de su habitación; se sentía morir viendo a un muchacho de quince años afrontar la noche al galope, correr en la oscuridad hacia lo desconocido. Lloraba desconsoladamente, pensando en lo amarga que era la suerte de los seres humanos. Poco tiempo antes se había sentido como una de esas divinidades del Olimpo que había visto pintadas en los cuadros y representadas en las esculturas de los grandes artistas yauna; ahora, a gusto habría trocado su condición por la de la más humilde de las esclavas.


Alejandro hizo construir dos puentes de barcas para hacer pasar al ejército a la orilla oriental del Nilo. Se volvió a reunir allí con los soldados y los oficiales que había dejado defendiendo el país y, tras comprobar que se habían comportado como es debido, les confirmó en sus cargos subdividiéndolos para que el poder sobre aquel riquísimo país no estuviera concentrado en manos de una única persona.
Pero estaba escrito que aquellos días en los que Egipto le acogía de vuelta del santuario de Amón, honrándole como a un dios y coronándole faraón, resultaran funestos por unos tristes acontecimientos. Tenía ante sus ojos casi a diario la desesperación de Barsine, pero una desgracia mayor aún les amenazaba. Parmenión tenía otros dos hijos aparte de Filotas: Nicanor, oficial en un escuadrón de hetairoi, y Héctor, un muchacho de diecinueve años muy querido por el general. Excitado al ver atravesar el río al ejército, Héctor decidió subir a una embarcación egipcia de papiro para disfrutar del espectáculo desde el centro de la corriente. También él, por una cierta vanidad juvenil, se había equipado con una pesada armadura y un llamativo manto de gala y se había erguido en popa, donde todos pudieran admirarle.
Pero de pronto la barca chocó contra algo, acaso contra el lomo de un hipopótamo que emergía en aquel momento a la superficie, y se desequilibró fuertemente. El muchacho cayó al agua y desapareció de inmediato, arrastrado bajo el peso de la armadura, de las ropas y del manto empapados.
Los remeros egipcios de la barca se zambulleron sin perder un instante y otro tanto hicieron no pocos jóvenes macedonios y su hermano Nicanor, que habían asistido al accidente, desafiando el peligro de los remolinos y las fauces de los cocodrilos, más bien numerosos por aquella parte, pero todo fue en vano. Parmenión asistió impotente a la tragedia desde la ribera oriental del río, en donde vigilaba el ordenado paso del ejército.
Alejandro le vio desaparecer poco después y dio al punto orden a los marinos fenicios y chipriotas de tratar de recuperar al menos el cadáver del joven, pero sus esfuerzos resultaron inútiles. Aquella misma tarde, al cabo de horas y horas de afanosa búsqueda en la que tomó parte personalmente, el rey fue a visitar al viejo general petrificado por el dolor.
—¿Cómo está? —preguntó a Filotas, que estaba de pie fuera de la tienda como un guardián de la soledad de su padre.
El amigo sacudió la cabeza con desconsuelo.
Parmenión estaba sentado en el suelo, a oscuras, en silencio, y tan sólo su cabeza blanca destacaba en la oscuridad. Alejandro notó que le temblaban las piernas; sintió una profunda compasión por aquel hombre valeroso y leal que tantas veces le había irritado con sus exhortaciones a la prudencia, con el recuerdo insistente de la grandeza de su padre. En aquel momento le pareció semejante a un roble centenario que ha desafiado durante años y años las tempestades y los huracanes y que un rayo quiebra de pronto.
—Es una visita muy triste la que te hago, general —comenzó diciendo con voz insegura y, mientras le miraba, no podía evitar que resonase en su mente la cantinela que estaba acostumbrado a cantar cuando le veía llegar, con los cabellos ya canos, al Consejo de guerra de su padre:
¡El viejo soldado que va a la guerra
cae por tierra, cae por tierra!
Parmenión se puso en pie casi automáticamente al oír la voz de su rey y consiguió articular, con voz quebrada:
—Te agradezco que hayas venido, señor.
—Hemos hecho lo imposible, general, para encontrar el cuerpo de tu hijo. Le habría rendido los más grandes honores, habría... habría dado cualquier cosa con tal de...
—Lo sé —repuso Parmenión—. Dice el proverbio que en tiempo de paz los hijos entierran a sus padres, mientras que en tiempo de guerra son los padres los que entierran a sus hijos, pero yo siempre había esperado que esta angustia me fuera ahorrada. Siempre esperé que me tocara a mí la primera flecha o el primer mandoble. Y en cambio...
—Ha sido una terrible fatalidad, general —dijo Alejandro. Mientras tanto sus ojos se habían habituado a la oscuridad de la tienda y pudo distinguir el semblante de Parmenión desfigurado a causa del dolor. Parecía haber envejecido diez años en un solo instante: los ojos enrojecidos, la piel reseca y arrugada, el cabello revuelto; ni siquiera después de las más duras batallas le había visto así.
—Si hubiese caído... —dijo—, si hubiese caído combatiendo con la espada en la mano me habría dicho al menos que somos soldados. Pero así... así... ¡Ahogado en ese río fangoso, despedazado y devorado por esos monstruos! ¡Oh dioses, dioses del cielo!, ¿por qué? ¿Por qué?
Se tapó la cara con las manos y estalló en un llanto largo y lúgubre que rompía el corazón.
Ante aquel sufrimiento, Alejandro no encontró ya palabras. Únicamente consiguió murmurar:
—Estoy desolado.. estoy desolado.
Y salió saludando a Filotas con una mirada llena de espanto. También el otro hermano, Nicanor, llegaba en aquel momento, desfigurado asimismo por el dolor y la fatiga, empapado y sucio aún de barro.
Al día siguiente, el rey hizo erigir un cenotafio en honor del joven y celebró en persona unas exequias solemnes. Los soldados, en prietas filas, vitorearon diez veces su nombre para que su memoria no se perdiera, pero no fue como cuando habían gritado los nombres de los compañeros caídos en los montes de Tracia e Iliria, entre las nevadas cimas, bajo el cielo de zafiro. En aquel clima pesado y turbio, en aquellas aguas cenagosas, el nombre de Héctor se lo tragó enseguida el silencio.
Aquella misma noche, el rey volvió a las habitaciones de Barsine. La encontró tumbada en el lecho llorando. Su nodriza le contó que desde hacía días no comía casi nada.
—No debes abandonarte así a la desesperación —le dijo Alejandro—. No le sucederá nada a tu chico. Le he hecho seguir por dos de mis hombres para que no le ocurra nada malo.
Barsine se levantó para sentarse en el borde de la cama.
—Te lo agradezco. Me has quitado un gran peso de encima... aunque la vergüenza subsista. Mis hijos me han juzgado y condenado.
—Te equivocas —replicó Alejandro—. ¿Sabes qué le ha dicho tu hijo a su hermano más pequeño? Me lo han contado los soldados de la guardia. Le ha dicho: «Tienes que quedarte con mamá». Esto significa que te quiere y que lo que hace lo hace porque cree que es justo. Tienes que estar orgullosa de él.
Barsine se secó los ojos.
—Lamento que haya sucedido todo esto. Hubiera querido ser para ti un motivo de alegría, hubiera querido... hubiera querido estar cerca de ti en el momento de tu triunfo, y en cambio sólo tengo ganas de llorar.
—Llanto que se añade al llanto —replicó Alejandro—. Parmenión ha perdido a su hijo más joven. Todo el ejército está de luto y yo no he podido evitar que ello sucediera. No me es de gran provecho el haberme convertido en un dios... Pero ahora siéntate, te lo ruego, y come conmigo. Tenemos que reconquistar juntos la felicidad que la envidia del destino trata de arrebatarnos.
El almirante Nearco recibió órdenes de poner vela hacia Fenicia, mientras el ejército volvía sobre sus pasos por tierra, a lo largo del camino que pasaba entre el mar y el desierto. Cuando llegaron cerca de Gaza, se presentó un mensajero de Sidón con una mala noticia.
—Rey —dijo saltando del caballo y sin siquiera recuperar el aliento—, los samaritanos han quemado vivo a tu gobernador de Siria, el comandante Andrómaco, tras haberle torturado prolongadamente.
Alejandro, contristado ya por los últimos acontecimientos, montó en cólera.
—¿Quiénes son —preguntó— esos samaritanos?
—Son bárbaros que habitan en las montañas que hay entre Judea y el monte Carmelo y tienen una ciudad que se llama Samaria —repuso el mensajero.
—¿Y no saben quién es Alejandro?
—Tal vez lo sepan —intervino Lisímaco—, pero no les preocupa. Creen poder desafiar impunemente tu cólera.
—Entonces no estará de más que me conozcan —replicó el rey—. Y dio orden de reanudar inmediatamente la marcha. Avanzaron sin descanso hasta Acre y desde allí se dirigieron hacia levante en dirección al interior, con la caballería ligera de los tribalos y de los agrianos y con La Punta en perfecto orden de batalla. El rey les mandaba personalmente, acompañado por sus amigos, mientras que la infantería pesada, los auxiliares y la caballería de los hetairoi se quedaron en la costa a las órdenes de Parmenión.
Llegaron al caer la tarde sin ser en absoluto esperados: los samaritanos eran, en efecto, un pueblo de pastores y los hombres estaban dispersos por los montes y las colinas llevando a pacer a sus rebaños. En tres días, todas las aldeas fueron pasto de las llamas; la capital, que era una aldea algo mayor que las demás rodeada de murallas, fue arrasada y su templo, un santuario bastante pobre que ni siquiera tenía una estatua o una imagen, fue reducida a cenizas.
Cuando la incursión hubo terminado, descendían ya las sombras de la tercera noche y el rey decidió acampar con sus hombres en las montañas y esperar al día siguiente antes de retomar el viaje hacia la orilla del mar. Fueron redobladas las guardias en todos los pasos de montaña para evitar ataques por sorpresa, se encendieron fuegos para iluminar los puestos de guardia y la noche transcurrió tranquila. Poco antes del amanecer, el rey fue despertado por el oficial al mando del último turno, un tesalio de Larisa de nombre Euríalo:
—Señor, ven a ver.
—¿Qué sucede? —preguntó Alejandro poniéndose en pie.
—Ha llegado un grupo de gente del sur. Se diría que una embajada.
—¿Una embajada? ¿De quién puede tratarse?
—No lo sé.
—Al sur no hay más que una ciudad —observó Eumenes, que estaba despierto desde hacía un rato y había hecho ya una primera ronda de inspección.
—Jerusalén.
—Es la capital de un pequeño reino sin rey. El reino de los judíos. Está resguardada por una montaña y rodeada de murallas que caen a pico.
Mientras Eumenes hablaba, el pequeño grupo había llegado ante el primer puesto de guardia y solicitaba pasar.
—Dejadles que vengan —ordenó Alejandro—. Les recibiré delante de mi tienda.
Se cubrió los hombros con el manto y se sentó en un escabel de campaña.
Entretanto, uno de los hombres de la embajada, que sin duda hablaba el griego, estaba intercambiando unas palabras con Euríalo y preguntaba si el joven sentado delante de la tienda con el manto rojo sobre los hombros era el rey Alejandro. Tras recibir una respuesta afirmativa, se acercó a él acompañado del resto de su séquito. Saltaba a la vista que era el personaje más importante de todos ellos: un anciano, de estatura media, de larga y bien cuidada barba, la cabeza cubierta por una mitra rígida y con un pectoral adornado con doce piedras de vario color. Fue el primero en tomar la palabra y su lengua, gutural y armoniosa al propio tiempo, sincopada y con fuertes aspiraciones, sonó al oído de Alejandro muy semejante a la de los fenicios.
—Que el Señor te proteja, gran rey —tradujo el intérprete.
—¿De qué señor hablas? —preguntó Alejandro lleno de curiosidad por aquellas palabras.
—Del Señor nuestro Dios, Dios de Israel.
—¿Y por qué vuestro dios debería protegerme?
—Ya lo ha hecho —repuso el anciano—, permitiéndote salir indemne de tantas batallas para llegar hasta aquí a fin de poner fin a la blasfemia de los samaritanos.
Alejandro sacudió la cabeza como si las palabras del intérprete carecieran por completo de sentido para él.
—¿Qué es eso de blasfemar? —preguntó.
Pero en aquel momento sintió una mano apoyarse en su hombro. Se volvió y vio a Aristandro envuelto en su manto blanco y con una extraña expresión en la mirada.
—Respeta a este hombre —le susurró al oído—. Su dios es ciertamente un dios poderoso.
—La blasfemia —prosiguió el intérprete— es un insulto a Dios. Y los samaritanos habían construido un templo en el monte Garicim. El que tú acabas de destruir, con la ayuda del Señor.
—¿Y ésa era la... blasfemia?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no puede haber más que un solo templo.
—¿Un sólo templo? —preguntó el rey estupefacto—. En mi país hay cientos de ellos.
Aristandro pidió licencia para hablar con el anciano de la barba blanca.
—¿Cómo es ese templo? —le preguntó.
El anciano se puso a hablar con voz inspirada y el intérprete tradujo:
—El templo es la morada de nuestro Dios, el único que existe, el creador del cielo y de la tierra, de lo visible y de lo invisible. Él liberó a nuestro padres, esclavos en Egipto, y les concedió la Tierra Prometida. Durante muchos años Él habitó en una tienda en la ciudad de Silo hasta que el rey Salomón le construyó un templo resplandeciente de oro y de bronce sobre la roca de Sión, nuestra ciudad..
—¿Y cómo es de aspecto? —preguntó Aristandro—. ¿Tienes alguna imagen de él que puedas mostrarnos?
El anciano, apenas oyó la pregunta, hizo un mohín de desagrado y respondió secamente:
—Nuestro Señor no tiene ningún aspecto y nos está terminantemente prohibido hacer uso de imágenes. La imagen de nuestro Señor está por doquier, en las nubes del cielo y en las flores del campo, en el canto de los pájaros y en el susurro del viento entre el follaje de los árboles.
—Pero, entonces, ¿qué hay en vuestro templo?
—Nada que el ojo humano pueda ver.
—¿Y tú, así pues, quién eres?
—Soy el sumo sacerdote. Yo presento al Señor la plegaria de su pueblo y sólo a mí me está permitido pronunciar su nombre, una vez al año, en el más íntimo penetral del santuario. ¿Y tú quién eres, si me está permitido preguntarlo?
El rey miró a la cara primero a uno y luego al otro de sus dos interlocutores y dijo:
—Quiero ver el templo de tu dios.
El viejo sacerdote, apenas hubo entendido las palabras del rey, se postró de hinojos con la frente en tierra suplicándole que no lo hiciera:
—Te lo ruego, no profanes nuestro santuario. Ningún no circunciso, nadie que no forme parte del Pueblo Elegido por Dios puede entrar en el templo y yo tengo el deber de impedírtelo, aunque sea a costa de mi vida.
El rey estaba a punto de montar en cólera, como siempre que recibía una negativa, pero Aristandro le hizo una señal de que controlara su ira y le bisbiseó de nuevo al oído:
—Respeta a este hombre que está dispuesto a dar su vida por un dios sin rostro, que no está dispuesto a mentir o a adularte.
Alejandro reflexionó en silencio durante unos instantes, luego se dirigió de nuevo al viejo de la barba blanca:
—Respetaré tu deseo, pero a cambio quiero una respuesta.
—¿Cuál? —preguntó el anciano.
—Has dicho que el aspecto del único dios está en las nubes del cielo, en las flores del campo, en el canto de los pájaros, en el susurro del viento, pero ¿qué hay de tu dios en el ser humano?
El anciano respondió:
—Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero en algunos hombres la imagen de Dios está como obnubilada y confusa por su conducta. En otros resplandece como el sol a mediodía. Tú eres de estos hombres, gran rey.
Tras decir esto se dio media vuelta y se alejó.


El ejército prosiguió en su marcha atravesando el último extremo de Palestina y entró en Fenicia. En Tiro el rey quiso ofrecer un sacrificio a Hércules Melqart para disipar con una solemne ceremonia religiosa la pesada sensación de angustia que se había extendido entre sus soldados tras la muerte del joven Héctor, muerte que todos habían tomado como un triste presagio.
La ciudad mostraba aún los vestigios de las devastaciones que sufriera el año anterior, y sin embargo la vida volvía tenazmente a florecer. Los supervivientes trabajaban en la reconstrucción de las casas transportando en sus barcas los materiales de tierra firme. Otros se dedicaban a la pesca, y no faltaban tampoco quienes estaban restaurando los establecimientos en los que se producía la púrpura más preciada del mundo mediante la maceración de los múrices que vivían en los escollos. De Chipre y Sidón habían llegado nuevos colonos a repoblar la antigua metrópolis y lentamente la sensación de desolación que pesaba entre las ruinas íbase esfumando a medida que avanzaban los trabajos, que las familias se reconstituían, que el pequeño comercio de la vida diaria se intensificaba.
En Tiro Alejandro recibió la visita de numerosas embajadas de varias ciudades de Grecia y de las islas y algunos mensajes del general Antípatro que le informaba sobre la actividad de reclutamiento de nuevos contingentes de guerreros en las regiones del norte. Recibió, además, una carta de su madre que le causó una honda impresión.
Olimpia a Alejandro, hijo amadísimo, ¡salve!
He tenido conocimiento de tu visita al santuario de Zeus que se alza en las arenas del desierto y de la respuesta que te diera el dios, y una profunda emoción me ha invadido el corazón. Me he acordado de cuando sentí que te movías por primera vez en mi seno el día que consulté el oráculo de Zeus en Dodona, en mi tierra de Epiro.
Ese día un viento impetuoso trajo hasta nosotros la arena del desierto y los sacerdotes me dijeron que tu destino de grandeza se haría realidad cuando llegaras al otro gran santuario del dios que se alza en las arenas de Libia. Me acordé de un sueño en el que me pareció que era poseída por un dios que había adoptado la forma de una serpiente. Yo no creo, hijo mío, que fueras engendrado por Filipo, sino que eres verdaderamente de estirpe divina. ¿Cómo explicar si no tus victorias arrolladoras, la retirada de las olas del mar ante tu avance, las lluvias milagrosas en las ardientes arenas del desierto?
Dirige tus pensamientos a tu padre celestial, hijo mío, y olvida a Filipo. No es su sangre la que corre por tus venas.
Alejandro se dio cuenta de que su madre estaba perfectamente informada de todo cuanto acontecía durante su expedición y que estaba persiguiendo un plan propio muy preciso. Un plan en el que el pasado tenía que ser borrado para dar paso a un futuro completamente distinto del que habían preparado para él Filipo y su maestro Aristóteles, un pasado en el que ni siquiera la memoria de Filipo tendría cabida. Dejó la carta en la mesa mientras Eumenes entraba en su alojamiento con otros papeles para leer y firmar.
—¿Malas noticias? —preguntó el secretario general leyendo en el rostro del rey una expresión de espanto.
—No, debería incluso estar contento, cuando hasta mi propia madre dice que soy hijo de un dios.
—Pero no me parece que tengas el aspecto de un hombre feliz, por lo que veo.
—¿Tú lo serías?
—Lo sabes perfectamente. No hay otro modo de gobernar Egipto y de ganarse el favor del clero de Menfis que convertirse en el hijo de Amón, y, por tanto, en el faraón. Y sin embargo es cierto que Amón es venerado como Zeus por todos los griegos que viven en Libia, por los de Naucratis y de Cirene y pronto también por los de Alejandría, apenas tu ciudad sea poblada. Pero esto era algo inevitable. Convirtiéndote en el hijo de Amón, has reconocido también que eres el hijo de Zeus.
Mientras seguía hablando, Alejandro le puso en la mano la carta de su madre y Eumenes la leyó deprisa.
—La reina madre está simplemente ayudándote a asumir tu nuevo papel —dijo apenas hubo terminado de leerla.
—Te equivocas, pues la mente de mi madre se mueve cada vez más entre el sueño y la realidad, tomando indistintamente el uno por la otra y viceversa, y te diré más. —Se interrumpió unos instantes, como si hubiera decidido ganar a Eumenes para su causa con un tan gran secreto—. Mi madre... mi madre tiene el poder de dar cuerpo a sus sueños e implicar en ellos también a otras personas.
—No comprendo —dijo Eumenes.
—¿Recuerdas el día en que huí de Pella, el día en que mi padre quería matarme?
—Cómo no voy a acordarme, si estaba allí.
—Pues huí junto con mi madre con la intención de alcanzar Epiro y nos detuvimos a hacer noche en un robledal a unos treinta estadios al este de Beronea. De pronto, a eso de medianoche, la vi levantarse y alejarse en la oscuridad. Caminaba como si no tocase el suelo y llegó a un lugar donde había una antigua imagen de Dioniso cubierta de hiedra. Yo la vi, como te estoy viendo ahora a ti, hacer salir de debajo de la tierra a una enorme serpiente, la vi convocando a una orgía a sátiros y a ménades tocando la flauta, enajenada...
Eumenes le miraba desconcertado, no dando crédito a lo que oía.
—Lo más probable es que lo soñaras.
—En absoluto. De repente sentí que una mano tocaba uno de mis hombros y era ella, ¿entiendes? Pero un instante antes la había visto tocar aquella flauta envuelta en los aros de una serpiente gigantesca. Y yo me encontraba allí, no estaba en mi yacija. Volvimos juntos recorriendo un cierto trecho de camino. ¿Cómo explicas tú esto?
—No lo sé. Hay gente que camina dormida y dicen también que hay personas que, mientras duermen, pueden salir de su propio cuerpo e ir lejos apareciéndoseles a otras personas. Esto es lo que llaman ekstasis. Olimpia no es una mujer como las demás.
—De esto no me cabe la menor duda. Antípatro anda siempre con problemas para tenerla bajo freno. Mi madre quiere gobernar, quiere ejercer el poder y no será fácil impedírselo. Me pregunto qué pensará Aristóteles de todo esto.
—Es fácil saberlo, basta con preguntárselo a Calístenes.
—Calístenes me irrita a veces.
—Salta a la vista. Y a él ello le disgusta.
—Pero no hace nada por evitarlo.
—No es exactamente así. Calístenes tiene sus principios y ha sido educado por su tío en no transigir a este respecto. Deberías tratar de comprenderle... —Eumenes cambió luego de asunto—: ¿Qué intenciones tienes para el futuro próximo?
—Quiero organizar certámenes teatrales y juegos gímnicos.
—¿Certámenes... teatrales?
—Así es.
—Pero ¿para qué?
—Los hombres tienen necesidad de distraerse.
—Los hombres tienen necesidad de echar de nuevo mano a la espada. Hace un año que no combaten, y si se nos echasen de repente encima los persas no sé yo si...
—Los persas no se presentarán ciertamente ahora. Darío está ocupado en reunir al ejército más grande que se haya visto jamás para aniquilarnos.
—¿Y tú le concedes tiempo para que lo haga? ¿Organizas representaciones teatrales y juegos gímnicos? —El secretario sacudió la cabeza como si aquello fuera una locura, pero Alejandro se levantó y le puso una mano sobre un hombro.
—Escucha, no podemos afrontar una campaña de desgaste expugnando una tras otra todas las ciudades y fortalezas del Imperio persa. Ya viste lo que nos ha costado tomar Mileto, Halicarnaso, Tiro...
—Sí, pero...
—Así pues, quiero dejar a Darío tiempo para reclutar hasta el último soldado y luego me enfrentaré a él y resolveré todo en un único y definitivo enfrentamiento.
—Pero... podemos perder.
Alejandro le miró a los ojos como si su amigo hubiera dicho una cosa absurda.
—¿Perder? No es posible.
Eumenes bajó la mirada. Se daba cuenta en aquel momento de que la carta de Olimpia no había hecho sino convencer a Alejandro de lo que ya inconscientemente creía, es decir, que era invencible e inmortal. Que esto implicase además una forma de divinidad suya tenía relativa importancia. Pero ¿tendrían el ejército y sus compañeros la misma convicción y determinación? ¿Qué sucedería cuando se encontrasen, en una inmensa llanura de Asia, ante el mayor ejército de todos los tiempos?
—¿En qué piensas? —le preguntó el rey.
—En nada, me viene a la mente un pasaje de la Expedición de los diez mil, aquel en el que...
—No digas más —le interrumpió Alejandro—. Ya sé a cuál te refieres.
Y comenzó a citar de memoria:
Ya mediaba el día y aún no se habían presentado los enemigos; pero al comenzar la tarde se vio una polvareda, como una nube blanca, y poco después una especie de mancha negra que cubría la llanura en una gran extensión. Según se acercaba se fue apercibiendo el resplandor del bronce, y pronto aparecieron claramente...
—La batalla de Cunaxa, el inmenso ejército del Gran Rey que aparece como un fantasma en medio del polvo del desierto... Y sin embargo también entonces los griegos vencieron y, si hubieran cargado inmediatamente por el centro en vez de atacar frontalmente el ala izquierda del enemigo, habrían dado muerte al soberano persa y conquistado su Imperio. Organiza los juegos gímnicos y los decorados teatrales, amigo mío.
Eumenes sacudió nuevamente la cabeza e hizo ademán de salir.
—Una cosa más —dijo el rey parándole en la misma puerta—. Elige unos dramas que realcen la voz y el porte de Tésalo. El Edipo rey, por ejemplo, y luego...
—Descuida —le tranquilizó el secretario—. Ya sabes que me las sé arreglar en estas cosas.
—¿Eumenes?
—Sí.
—¿Cómo está el general?
—¿Parmenión? Probablemente está destrozado, pero no lo deja traslucir.
—¿Crees que estará a la altura de las circunstancias llegado el momento?
—Creo que sí —repuso Eumenes—. No hay demasiados hombres como él. —Y salió.
Alejandro celebró con gran solemnidad el comienzo de los juegos gímnicos y de las representaciones teatrales e invitó a los amigos y a los oficiales superiores a un banquete. Todos se presentaron, a excepción de Parmenión, que mandó a un siervo con un billete excusándose:
Parmenión al rey Alejandro, ¡salve!
Espero sepas disculparme por no tomar parte en el banquete. No me siento muy bien y no podría hacer los honores a tu mesa.
Quedó inmediatamente claro que iba a tratarse de una comida para conversar puesto que no había ni bailarinas ni hetairas expertas en los juegos amatorios, y el propio Alejandro, en calidad de «maestro del festín», mezclaba el vino en las cráteras con cuatro partes de agua. Se comprendía también que de lo que deseaba discutir era de asuntos filosóficos y literarios más que de cuestiones relativas a la guerra, porque había hecho asignar los puestos más próximos a él a Barsine y a Tésalo. A continuación venían Calístenes y un par de filósofos sofistas llegados de visita con la delegación ateniense. Seguían Hefestión, Eumenes, Seleuco y Tolomeo con sus compañeras más o menos ocasionales, en tanto que los restantes amigos estaban colocados al otro lado de la sala.
Aunque era ya avanzado el verano, el tiempo se estaba estropeando y unas nubes negras henchidas de lluvia se aborregaban sobre la vieja ciudad. De pronto, mientras los cocineros comenzaban a servir las primeras tajadas de cordero asado con habas frescas, estalló un gran trueno que hizo temblar las paredes de la casa y encrespó el vino dentro de las copas.
Todos los comensales se miraron al rostro durante unos momentos en silencio, mientras el trueno rodaba lejos para desencadenarse sobre las laderas del monte Líbano. Los cocineros reanudaron el servicio de la carne, pero Calístenes, vuelto hacia Alejandro con una sonrisa entre irónica y burlona, preguntó:
—En vista de que eres hijo de Zeus, ¿te verías capaz de hacer otro tanto?
El rey bajó por un momento la cabeza y muchos en la sala pensaron que tendría una de sus explosiones de ira; el mismo Calístenes tenía todo el aspecto de haberse arrepentido de inmediato de aquella desacertada ocurrencia. Seleuco notó que estaba pálido y susurró al oído de Tolomeo:
—Esta vez se ha meado encima.
En cambio Alejandro volvió a levantar la cabeza, mostró un rostro sonriente, en absoluto turbado, y respondió:
—No, no lo haría nunca, porque no quisiera que mis comensales se murieran de espanto.
Todos se echaron a reír. Por esta vez, la cosa había pasado.


Eteocles cabalgó durante varios días durmiendo sólo unas pocas horas cerca de su caballo, espantado por los gritos de los animales nocturnos y el aullido de los chacales, preocupado por el temor a perder el camino o a verse asaltado y desvalijado, privado del caballo y de los víveres, o bien apresado por unos malhechores para ser vendido como esclavo en lugares lejanos donde nadie habría podido encontrarle jamás y rescatarle. En toda su corta existencia no había tenido que afrontar nunca, solo, tanta angustia y tantos peligros, pero el contacto con la espada de su padre, el estrechar aquella arma que había sido del gran Memnón de Rodas le infundía valor; también su estatura considerable, que le hacía parecer más adulto de lo que en realidad era.
No podía saber que su seguridad dependía, en cambio, de los hombres que le había puesto pisándole los talones el odiado enemigo, el hombre que había deshonrado a su padre y conquistado el alma y el cuerpo de su madre. Tal vez era verdaderamente la encarnación de Ahrimán, el genio de las tinieblas y del mal, como dijera en una ocasión su abuelo Artabazo.
Todo transcurrió sin ningún problema hasta que Eteocles atravesó las regiones habitadas de Palestina y de Siria, donde era bastante fácil para su escolta mimetizarse o confundirse con la gente de las caravanas que se movían de un pueblo a otro con sus mercancías, pero cuando se asomó a la inmensa extensión del desierto los dos hetairoi que le seguían tuvieron que consultarse y tomar una decisión. Eran dos jóvenes macedonios de la guardia real, dos de los más valientes e inteligentes, y conocían a la perfección el carácter de su rey. Si fracasaban y le sucedía algo al muchacho, sin duda no les perdonaría.
—Si le tenemos todo el tiempo a la vista —dijo uno de ellos—, reparará en nuestra presencia porque no tenemos dónde escondernos. Y si no le vemos, corremos el riesgo de perderle,
—No tenemos elección —replicó su compañero—. Uno de nosotros tiene que acercarse a él y ganarse su confianza. No hay otro modo de protegerle.
Concertaron un plan de acción y al día siguiente al amanecer, cuando el muchacho reanudó su marcha cansado y fatigado al cabo de una noche pasada en duermevela, vio en lontananza a un hombre solo a caballo que recorría su mismo sendero. Se paró a pensar si era mejor dejarle seguir adelante y partir más tarde o bien acercarse al solitario caminante y hacer un trecho con él.
Pensó que esperar no era prudente, porque tendría que viajar durante las horas de más calor de la jornada y se convenció de que un hombre solo y aparentemente desarmado no podía constituir un gran peligro y que en cualquier caso, en el futuro, tendría que acostumbrarse a afrontar situaciones mucho más difíciles. Cobró, así pues, valor, acicateó los ijares del caballo con los talones y avanzó a lo largo del desierto camino, alcanzando al cabo de poco rato al jinete que le precedía. El hombre se volvió hacia él al oír el ruido de los cascos de su caballo y Eteocles, venciendo su reserva, le dirigió la palabra en persa:
—Que Ahura Mazda te proteja, forastero. ¿Hacia dónde te diriges?
El hombre, sabiendo que podía ser entendido, respondió en griego.
—No hablo tu lengua, muchacho. Soy un platero de Creta y me dirijo a Babilonia para trabajar en el palacio del Gran Rey.
Eteocles dejó escapar un suspiro de alivio y dijo:
—También yo me dirijo a Babilonia. Espero que no te desagrade que hagamos el camino juntos.
—En absoluto. Mejor dicho, es un placer. Recorrer solo estas tierras desoladas infunde miedo.
—¿Cómo es que viajas solo? ¿No sería mejor para ti sumarte a alguna caravana?
—No te falta razón. Pero el hecho es que he oído desagradables historias acerca de los mercaderes de las caravanas. Que acostumbran a engrosar sus ganancias vendiendo esclavos que encuentran en el camino, si se presenta una ocasión favorable; por tanto me he dicho: «Mejor solo que mal acompañado». Al menos, así puedo dominar con la mirada el horizonte, la pista está perfectamente trazada y no es difícil orientarse, pues basta con caminar siempre hacia el lugar por donde nace el sol y así se llega a orillas del Éufrates. Después, el resto es fácil, una buena barca y adelante. Se puede llegar a Babilonia cómodamente tumbado y sin ningún esfuerzo. Tú más bien me pareces muy joven para viajar solo. ¿No tienes padres o hermanos?
Eteocles no respondió y durante unos momentos se oyó únicamente el pisar de los caballos en la desierta extensión, bajo el cielo despejado. El extranjero prosiguió:
—Perdona, no hubiera tenido que meterme en tu vida.
Eteocles miraba ahora fijamente el horizonte plano y parejo como el de la mar en calma.
—¿Crees que falta mucho para llegar a la orilla del Éufrates?
—No —respondió el forastero—. De seguir a este paso, mañana por la noche deberíamos estar allí.
Prosiguieron hasta el atardecer y luego acamparon en una pequeña hondonada del terreno. Eteocles trató de permanecer lo más despierto posible para vigilar los movimientos de su desconocido compañero de viaje, pero al final el cansancio le venció y cayó en un sueño profundo. Entonces el hombre se levantó y volvió atrás a pie durante un rato, hasta que vio en la oscuridad la forma de un caballo y, a su lado, la de un hombre acostado. Todo marchaba según lo previsto y así desandó lo andado y se acostó a su vez dormitando un breve rato, pero manteniendo el oído aguzado a los ruidos de la noche.
Cuando al alba se despertó el muchacho, le había dejado en su manto un puñado de dátiles con un poco de pan seco y un vaso de boj lleno de agua de su odre. El agua se había refrescado durante la noche y resultaba agradable de beber. Comieron en silencio y luego reanudaron el camino ya sin detenerse, bajo el sol abrasador, en el aire inmóvil y estancado. A eso de mediodía vieron que también los caballos estaban extenuados, así que desmontaron y continuaron a pie sujetándolos por la brida.
Alcanzaron el Éufrates al atardecer y el gran río se mostró ante ellos con el murmullo de sus aguas antes aún que con el cabrilleo de su majestuosa corriente bajo la luz de la luna. Había un punto en el cual el agua rebullía contra los guijarros del fondo produciendo una franja de espuma entre una y otra orilla: era un vado. El guerrero se acercó a él, se adentró un poco hacia el centro del río asegurándose de la firmeza del fondo y acto seguido volvió atrás.
—Por aquí se puede pasar —dijo vuelto hacia Eteocles—. Si quieres, puedes atravesar.
—¿Por qué lo dices? —le preguntó el muchacho—. ¿Acaso tú no vienes?
El guerrero sacudió la cabeza.
—No. Mi misión ha concluido y he de regresar.
—¿Misión? —preguntó el muchacho cada vez más estupefacto.
—Así es. Alejandro nos ordenó que te escoltáramos hasta la frontera para que no te sucediese nada. Otro compañero nos sigue a distancia.
Eteocles inclinó la cabeza, vejado por aquella odiosa solicitud; luego replicó:
—Vuelve con tu amo y hazle saber que esto no impedirá que le mate, si me lo encuentro en el campo de batalla.
Y empujó a su caballo dentro de la corriente.
El guerrero, erguido sobre su cabalgadura, se quedó observándole hasta que le vio correr de prisa por la orilla opuesta y adentrarse por la llanura en territorio persa. Entonces volvió grupas y regresó al encuentro de su compañero que probablemente le esperaba a escasa distancia. La luz de la luna era cada vez más intensa y permitía ver bastante bien, reflejada por el color yesoso del desierto, pero su compañero no aparecía. Y tampoco al día siguiente, a la luz del sol, fue posible encontrarle, y ni siquiera al otro. El desierto se lo había tragado.


—Tu hijo Eteocles ha cruzado la frontera persa sano y salvo —dijo Alejandro entrando en el aposento de Barsine—, pero uno de los hombres que mandé para que le siguieran y protegieran no ha regresado.
—Lo siento —respondió Barsine—. Sé lo mucho que te importan tus hombres.
—Son como hijos para mí. Pero hubiera pagado igualmente este precio para que estuvieras tranquila. ¿Y el más pequeño cómo está?
—Se siente muy unido a mí, me quiere, tal vez me comprende. Además los chicos están protegidos por la naturaleza. Olvidan pronto y más fácilmente.
—¿Y tú? ¿Tú cómo te sientes?
—Te estoy muy agradecida por lo que has hecho, pero mi vida no es ya la misma. Una mujer que tiene hijos tal vez no puede ser una verdadera amante, pues su corazón está siempre dominado por otros afectos.
—¿Quieres decir que no deseas ya verme?
Barsine bajó la cabeza confusa.
—No me hagas sufrir, sabes que deseo verte todos los días de mi vida, a cada instante, que tu lejanía y tu frialdad me duelen. Te ruego que me dejes un poco de tiempo para recuperarme, para que construya un pequeño refugio en el corazón para mis recuerdos y luego... luego sabré amarte tal como deseas.
Se puso en pie y se acercó a él envolviéndole con su belleza y su perfume: Alejandro tomó su rostro entre las manos y la besó.
—No pierdas la esperanza. Volverás a ver a tu hijo y tal vez un día no muy lejano podremos vivir todos en paz.
Le hizo una caricia y salió.
Se topó por las escaleras con Seleuco, que le estaba buscando.
—Ha llegado una nave del general Antípatro con un mensaje urgente. Aquí lo tienes.
Alejandro lo abrió y leyó:
Antípatro, regente del reino, a Alejandro, ¡salve!
Los espartanos han reunido un ejército y marchan contra nuestras guarniciones y contra nuestros aliados en el Peloponeso, pero por ahora están solos. Es muy importante que lo sigan estando. Haz lo que mejor creas para que la situación no cambie, y así tampoco yo tendré necesidad de ayuda. Tu madre y tu hermana están bien; tal vez deberías pensar en un nuevo matrimonio para Cleopatra.
Cuídate.
—Espero que el viejo te haya mandado buenas noticias —dijo Seleuco.
—No precisamente. Los espartanos se han movido y nos atacan. Hay que recordarles a los atenienses que tienen compromisos con nosotros. ¿Para cuándo es la audiencia con la delegación de su gobierno?
—Para esta noche. Le han entregado ya a Eumenes una nota en la que piden la restitución de los prisioneros atenienses capturados en la batalla del Gránico.
—No han perdido el tiempo. Pero mucho me temo que se quedarán desilusionados. ¿Algo más?
—Tu médico Filipo está siguiendo el embarazo de la mujer del rey Darío, pero está muy preocupado y quiere que lo sepas.
—Entendido. Diles a los atenienses que les recibiré una vez hayan terminado las representaciones y pídele a Barsine que vaya a ver a la reina a sus aposentos. Tal vez pueda serle de alguna ayuda.
Se fue a todo correr escaleras abajo. Alcanzó a Filipo cuando éste abandonaba su habitación, seguido por un par de ayudantes que iban cargados de fármacos.
—¿Cómo está la reina? —le preguntó.
—Sigue igual. Es decir, mal.
—Pero ¿qué le pasa?
—Por lo que he logrado comprender, el niño se le ha girado y no consigue darle a luz.
Entretanto, se había echado de nuevo a andar y se dirigía hacia la residencia en la que estaban albergadas las mujeres de Darío con su corte.
—¿Y no puedes hacer nada por ayudarla?
—Tal vez pudiera hacer algo, pero mucho me temo que no se dejaría visitar nunca por un hombre. Estoy tratando de instruir a su partera, pero tengo serias dudas sobre ella. Es un mujer de su tribu de origen, más experta en artes mágicas, si no he entendido mal, que en verdadera medicina.
—Espera, ahora vendrá Barsine y tal vez ella consiga convencerla.
—Eso espero —repuso Filipo, pero por su mirada saltaba a la vista que no estaba muy convencido.
Llegados al palacio que había sido destinado a gineceo real, vieron que Barsine había llegado ya y les aguardaba preocupada delante de la puerta. Fueron recibidos por un eunuco e introducidos en el vestíbulo. Del patio superior llegaban unos gemidos ahogados.
—No grita ni siquiera cuando le entran los dolores del parto —observó Filipo—. El pudor se lo impide.
El eunuco les hizo respetuosamente una señal de que le siguieran y les condujo al piso superior, donde se encontraron con la partera que salía en aquel preciso momento de la habitación.
—Me harás de intérprete —dijo el médico vuelto hacia Barsine—. He de conseguir convencerla, ¿entendido?
Barsine asintió y entró en el aposento de la reina. El eunuco entretanto condujo a Alejandro ante el umbral de otra puerta y llamó.
Vino a abrir una dama persa ricamente ataviada que les acompañó primero a una antecámara y a continuación a una sala donde se encontraba la reina madre Sisigambis. Ésta estaba sentada cerca de una ventana, tenía sobre las rodillas un rollo de papiro repleto de caracteres y musitaba fórmulas en voz baja. El eunuco le dio a entender a Alejandro que estaba rezando y el rey se quedó respetuosamente en silencio cerca de la puerta, pero la soberana reparó al punto en su presencia y fue a su encuentro saludándole calurosamente en persa. Podían leerse en su rostro preocupación y solicitud así como mucho dolor, pero no desconsuelo.
—Su majestad la reina madre te presenta sus respetos —tradujo el intérprete —y te ruega aceptes su hospitalidad.
—Exprésale mi gratitud, pero dile que no quisiera molestarla, pues he venido únicamente para prestar mi ayuda a la mujer de Darío, que se encuentra con probremas. Mi médico —continuó, mirándola a los ojos— dice que tal vez podría ayudarla si ella... si ella, venciendo su pudor, le permitiera visitarla.
Sisigambis reflexionó mirándole a su vez a los ojos con expresión emocionada, y ambos sintieron cuán intenso era el lenguaje de sus miradas y cuán distante de sus sentimientos el lenguaje formal del intérprete. En aquel momento de silencio, llegó amortiguado el lamento de la parturienta que luchaba contra el sufrimiento en orgullosa soledad. La reina madre pareció herida por aquel gemido ahogado y los ojos se le empañaban de lágrimas.
—No creo —dijo— que tu médico pueda ayudarla, por más que yo le autorizara a ello.
—¿Por qué, Gran Madre? Mi médico es persona muy hábil y... —Se interrumpió porque comprendía por la mirada de ella que sus pensamientos iban en otra dirección.
—Yo creo —prosiguió Sisigamis— que mi nuera no quiere dar a luz.
—No comprendo, Gran Madre. Mi médico Filipo considera que el niño no está tal vez en la posición natural para encontrar su camino y...
Dos lágrimas descendieron lentamente por las mejillas de la reina marcadas por la edad y el dolor, y las palabras le salieron de la boca lentamente, como las de una sentencia:
—Mi nuera no quiere dar a luz un rey prisionero y ningún médico tiene el poder de cambiar su decisión. Es ella quien retiene al niño dentro de sí, para morir junto con él.
Alejandro calló confuso y bajó la cabeza.
—Tú no tienes la culpa, muchacho mío —continuó Sisigambis con la voz quebrada por la emoción—. Es el destino el que te ha creado para destruir el Imperio fundado por Ciro. Tú eres semejante al viento que sopla impetuoso sobre la tierra, y después que el viento ha pasado nada es ya como antes. Pero los hombres permanecen apegados a sus recuerdos como las hormigas que se agarran a los tallos de hierba mientras arrecia la tempestad.
Se oyó en aquel momento un grito más fuerte y luego un coro lúgubre de lamentos desde las estancias interiores del palacio.
—Ha sucedido —dijo entonces Sisigambis—. El último Rey de Reyes ha muerto, antes de nacer.
Dos doncellas entraron y le cubrieron el rostro y los hombros con un velo negro para que pudiera desahogar su dolor sin ser vista.
A Alejandro le hubiera gustado decirle algo, pero mientras la miraba la vio semejante a una estatua, a un simulacro de la diosa de la noche, y no osó proferir palabra. Inclinó la cabeza por un instante y acto seguido salió de la sala y tomó por el corredor pasando por entre las mujeres de Darío, que se deshacían en llanto y lamentos. Filipo salía de la antecámara de la reina muerta, pálido y mudo.
Al día siguiente Alejandro dio orden de celebrar unas solemnes exequias, de enterrar a la reina con gran fasto y con todos los honores debidos a su rango así como de erigir sobre su sepultura un túmulo gigantesco, como era costumbre en su tribu natal. No consiguió contener las lágrimas mientras la enterraban, pensando en lo bella y delicada que había sido, y en aquel niño que nunca vería la luz del sol.
El eunuco huyó aquella misma noche y cabalgó durante días y noches hasta alcanzar las primeras avanzadillas persas en las cercanías del río Tigris; allí pidió ser conducido al campamento del rey Darío, que se encontraba allende el río. Un grupo de jinetes medos le escoltó a lo largo de diez parasangas a través del desierto y, a la puesta del sol del día siguiente, le introdujeron a presencia del Gran Rey.
Darío estaba sentado celebrando consejo con sus generales, vestido como un soldado raso: con calzones de burdo lino y un jubón de antílope; como únicos signos de su realeza, la tiara rígida y la daga de oro macizo, la fúlgida akinake que le colgaba del costado.
El eunuco se arrojó al suelo con la frente en el polvo y contó entre sollozos lo que había sucedido en Tiro: el largo y doloroso esfuerzo de la reina, su muerte, el funeral. No silenció tampoco las lágrimas de Alejandro.
Darío se quedó profundamente impresionado por aquella noticia y ordenó al eunuco que le siguiera al interior de la tienda real.
—Perdóname, Gran Rey, por haberte traído noticias tan tristes, perdóname... —continuaba suplicándole el eunuco entre lágrimas.
—No llores —le consoló Darío—. Has hecho lo que debías y te estoy agradecido por ello. Mi esposa —preguntó— ¿ha sufrido mucho?
—Ha sufrido, majestad, pero con la dignidad y la fuerza de una reina persa.
Darío le miró sin proferir palabra. Podían intuirse los sentimientos encontrados que embargaban su corazón y su mente por las profundas arrugas que marcaban su frente, por la luz incierta y espantada de su mirada.
—¿Estás seguro de que Alejandro ha llorado? —preguntó al cabo de unos instantes de silencio.
—Sí, mi rey. Estaba lo bastante cerca de él para ver correr las lágrimas por sus mejillas.
Darío suspiró y se dejó caer en un escaño.
—Pues entonces... entonces había algo entre ellos; se llora cuando muere una persona querida.
—Majestad, yo no creo que...
—Tal vez el niño fuera suyo...
—¡No, no! —protestó el eunuco.
—¡Cállate! —gritó Darío—. ¿Osas acaso contradecirme?
El eunuco se arrodilló temblando y llorando de nuevo a lágrima viva.
—¡Majestad, te lo ruego, deja que hable! —imploraba.
—Ya has dicho demasiado. ¿Tienes algo más que añadir?
—Que Alejandro no tocó a tu esposa. Mejor dicho, la rodeó de todo tipo de atenciones y consideraciones; nunca la visitó sin pedirle permiso y siempre en presencia de sus damas de compañía. Y lo mismo, si no más, ha hecho con tu madre.
—¿No me estás mintiendo?
—No lo haría por nada del mundo, Gran Rey. Lo que te he dicho es la pura verdad. Te lo juro en nombre de Ahura Mazda.
—Ahura Mazda... —murmuró Darío.
Se puso en pie y apartó el paño drapeado que cerraba la entrada de su tienda levantando la mirada hacia lo alto. El cielo en el desierto hervía de estrellas y la Vía Láctea se extendía de un horizonte al otro con su diáfano fulgor. El campamento resplandecía de miles y miles de vivaques.
—Ahura Mazda, señor del fuego celestial, nuestro dios —rogó—, concédeme la victoria, concédeme salvar el Imperio de mis mayores. Te prometo que, si venzo, trataré a mi adversario con clemencia y respeto porque, si la suerte de la guerra no nos hubiera enfrentado, me habría gustado solicitar de corazón su amistad y afecto.
El eunuco se fue dejando al rey solo con sus pensamientos, pero mientras se alejaba de la tienda real oyó un cierto alboroto que llegaba de una de las puertas del campamento y se detuvo. Se acercaba un grupo de jinetes asirios: escoltaban a un muchacho de gran belleza que le miró, al pasar por delante de él, como si le hubiera reconocido. Fue detrás de él unos pocos pasos como si no creyera lo que sus ojos veían. El pequeño cortejo, entretanto, se había acercado a la tienda real y, cuando el rostro del muchacho fue iluminado de lleno por las antorchas que ardían delante del pabellón de Darío, ya no le cupo ninguna duda. ¡Era Eteocles, el hijo de Memnón de Rodas y de Barsine!


La exhibición de Tésalo en Edipo rey fue impecable y, cuando llegó la escena en que el héroe se pincha los ojos con la fíbula, los espectadores vieron dos hilillos de sangre correr por la máscara del actor y un largo «oooooh» maravillado se elevó de la gradería de la cavea mientras desde la escena resonaba el acompasado lamento de Edipo:
Oitoitoitoitoitói papái féu féu!
Alejandro, sentado en la tribuna de honor, le dedicó una entusiasta y larga ovación. Inmediatamente después fue representada, en cambio, Alcestes, y el asombro del público aumentó más aún si cabe cuando, al final, la Muerte, ataviada con la tétrica vestimenta de Tánatos, surgió repentinamente del subsuelo y revoloteó acto seguido con alas de murciélago por toda la escena, mientras Heracles trataba de abatirla con grandes golpes de su clava. Eumenes había hecho proyectar la tramoya para los efectos escénicos al arquitecto Diadés, el mismo que había construido las torres de asalto que hicieran trizas las murallas de Tiro.
—Te dije que quedarías satisfecho —musitó el secretario al oído de Alejandro—. Y mira al público, está como loco.
En aquel preciso instante la clava de Heracles caía sobre Tánatos con certero golpe, el gancho que sostenía en el aire al actor se soltaba del brazo móvil y giratorio que lo mantenía suspendido dejándolo caer sobre el palco con un gran ruido, e inmediatamente después Heracles se precipitaba sobre él aplastándole con una somanta de palos, mientras el público alcanzaba el delirio.
—Has hecho un trabajo admirable. Asegúrate de que todos reciban una recompensa, sobre todo el arquitecto que ha construido la tramoya. Nunca había visto nada por el estilo.
—Es mérito también de nuestros corifeos. El rey de Chipre ha financiado su preparación sin ahorrar en gastos... y otra cosa —añadió—. Hay novedades del frente persa. Te las referiré esta noche después de la audiencia.
Luego se alejó para organizar la ceremonia del reparto de premios.
Los jueces, entre los cuales habían sido nombrados por cortesía algunos de los huéspedes atenienses de la delegación de visita, se retiraron a la sala de deliberaciones y emitieron el veredicto: el premio a la mejor puesta en escena fue para Alcestes y el correspondiente al mejor actor protagonista a Atenodoro que había interpretado, bajo una máscara femenina y con voz de falsete, el papel de la reina de Argos.
El rey se quedó desilusionado, pero trató de disimular su contrariedad y aplaudió cortésmente al triunfador.
—No te lo tomes a mal, han premiado su vocecita de marica —dijo Eumenes.
—Esto no favorecerá las peticiones del gobierno ateniense en la audiencia de esta noche, si puedo preciarme de conocer a Alejandro —bisbiseó un poco más allá Tolomeo al oído de Seleuco.
—No, pero incluso sin este veredicto no tendríamos, en cualquier caso, muchas esperanzas. El rey Agis de Esparta está atacando a nuestras guarniciones y a los atenienses podrían entrarles tentaciones que es mejor desalentar por el momento.
Seleuco no se equivocaba. Cuando llegó el momento, el rey recibió a los embajadores de Atenas y escuchó con atención sus peticiones.
—La ciudad se ha comportado hasta ahora con lealtad —empezó diciendo el jefe de la delegación, un miembro de la asamblea cargado de años y de experiencia—, te apoyó en toda la fase de la conquista de Jonia y ha mantenido el mar libre de piratas, garantizándote las comunicaciones con Macedonia. Te pedimos, por ello, una gracia. Concede la libertad a los prisioneros atenienses que cayeron en tus manos en la batalla del Gránico. Sus familias están ansiosas de volver a abrazarles, la ciudad está preparada para recibirles. Es cierto que se equivocaron, pero lo hicieron de buena fe y ya han pagado duramente por su error.
El rey intercambió una larga mirada con Seleuco y Tolomeo, luego respondió:
—Era mi intención satisfacer vuestra solicitud, pero los tiempos no están aún totalmente maduros para dar por superado el pasado. Liberaré a quinientos hombres tomados al azar o bien elegidos por vosotros. Los restantes se quedarán conmigo durante un tiempo aún.
El jefe de la delegación ateniense ni siquiera trató de replicar, pues conocía el carácter de Alejandro y se retiró mascullando amargamente. Sabía perfectamente que el rey no se echaba nunca atrás en sus decisiones, sobre todo en lo concerniente a la política y la estrategia.
Apenas hubieron salido los embajadores, todos los miembros del Consejo se pusieron en pie para irse a su vez. Se quedó únicamente Eumenes.
—¿Qué? —le preguntó Alejandro—. ¿Qué pasa con esas noticias?
—Dentro de poco lo sabrás. Hay una visita para ti.
Fue a abrir una portezuela secundaria e hizo entrar a un personaje de extraña estampa: barba teñida de negro cuidadosamente rizada, cabello ensortijado con el encrespador de igual modo, ropas de estilo sirio. A Alejandro le costó reconocerle.
—¡Eumolpo de Solos! Pero ¿cómo te has peinado?
—He cambiado mi identidad. Ahora me llamo Baaladgar y gozo de una notable reputación como mago y adivino en los ambientes sirios —respondió—. Pero ¿cómo debo dirigirme al joven dios que es el señor del Nilo y del Éufrates, ante cuyo nombre Atenas entera tiembla de miedo? —Y preguntó, acto seguido—: ¿Está el perro?
—No, no está —le contestó Eumenes—. ¿Estás ciego?
—Entonces, ¿qué noticias me traes? —le preguntó Alejandro.
Eumolpo quitó el polvo con el borde de su manto a un asiento y se acomodó después de haber recibido licencia para hacerlo.
—Esta vez creo haberte servido como nunca —comenzó diciendo—. Así es como están las cosas. El Gran Rey está reuniendo un gran ejército, más grande seguramente que aquel con el que te enfrentaste en Issos. Además alineará carros falcados de nuevo cuño, máquinas espantosas erizadas de afiladas cuchillas como navajas. Establecerá su base al norte de Babilonia esperando ver adónde te diriges. En ese momento elegirá el campo de batalla. Sin duda una zona llana donde pueda imponer su superioridad numérica y donde pueda lanzar las cargas de los carros de guerra. Darío no pide ya negociar contigo. Quiere confiar ahora toda su suerte al enfrentamiento definitivo. Y está completamente convencido de vencer.
—¿Qué le ha hecho cambiar de idea de modo tan repentino?
—Tu inercia. El hecho de que no te muevas de la costa le ha convencido de que cuenta con tiempo para reunir todas las fuerzas que le sirvan para derrotarte.
Alejandro se volvió hacia Eumenes.
—¿Lo ves? Tenía yo razón. Sólo de este modo podemos provocar un enfrentamiento definitivo. Venceré, y luego Asia entera será mía.
Eumenes se volvió de nuevo hacia Eumolpo:
—En tu opinión, ¿cuál el campo de batalla? ¿Al norte o al sur?
—Esto no estoy en condiciones de decirlo, pero una cosa sí sé: donde encontréis el camino despejado, allí os esperará el Gran Rey.
Alejandro meditó en silencio durante un rato mientras Eumolpo le miraba de reojo; luego dijo:
—Nos moveremos a comienzos del otoño y atravesaremos el Éufrates en Tápsaco. Preséntate cuando estemos por allí, si tienes noticias.
El informador se retiró saludando ceremoniosamente y Eumenes se quedó hablando un poco más con el rey.
—Si pasas a Tápsaco, ello significa que quieres descender el Éufrates. Como los Diez Mil, ¿no es así?
—Es posible, pero nadie ha dicho nada de eso. Tomaré una decisión cuando esté en la orilla izquierda. Por ahora, que continúen las competiciones atléticas. Quiero que los hombres se diviertan y se distraigan, pues después no habrá ya tiempo durante meses. Quizá durante años. ¿Quién compite en el pugilato?
—Leonato.
—Es verdad. ¿Y en la lucha?
—Leonato.
—Entendido. Y ahora búscame a Hefestión y dile que venga a verme.
Eumenes saludó y salió en busca del amigo. Le encontró ejercitándose en la lucha con Leonato y le vio desplomarse al suelo un par de veces antes de que le prestase atención. Esperó a que rodara una tercera vez entre sus pies, y luego le dijo:
—Alejandro quiere verte. Muévete.
—¿A mí también? —preguntó Leonato.
—No, a ti no. Tú sigue entrenándote. Si no vences a tu rival ateniense, no quisiera estar en tu pellejo.
Leonato rezongó algo haciendo un gesto a otro soldado para que se acercara; Hefestión se levantó al punto y se presentó en la estancia del rey con los cabellos llenos de arena.
—¿Me has mandado llamar?
—Sí. Tengo un encargo que hacerte. Elige dos unidades de caballería, incluso de La Punta si quieres, y dos pelotones de carpinteros navales fenicios, toma contigo a Nearco, acércate a Tápsaco, junto al Éufrates, y cúbrele las espaldas mientras él prepara los puentes de barcas. Pasaremos por allí.
—¿Cuánto tiempo me das?
—Un mes como máximo, tras el cual te alcanzaremos.
—Entonces nos movemos, por fin.
—Sí, nos movemos. Saluda a las olas del mar, Hefestión. No verás ya agua salada hasta que hayas llegado a las orillas del Océano.