Buenos Aires, el presente

Adrian Hartman abrió la puerta lateral de su hogar palaciego en el número tres mil seiscientos de la avenida del Libertador, y salió al fresco aire de la mañana. Era un gran entusiasta del jogging y aficionado a la buena preparación física, con una rutina rígida que significaba iniciar sus ejercicios a una hora específica para competir luego consigo mismo, armado de un cronómetro. Se sentía inquieto por empezar.

—Dios mío, Ortega —llamó a su ayuda de cámara y guardaespaldas—. ¿Qué te retrasa ahora?

Saltaba sobre las puntas de los pies y extendía los brazos por encima de la cabeza, respirando profundamente el aire fresco de la mañana. ¡Qué mañana tan encantadora! Pero ¿dónde estaba Ortega? Volvió a llamarle, girándose hacia la puerta medio abierta.

—¿Qué te retiene, hombre?

Era repugnante, pensó Hartman. Apenas diez años antes, Ortega había sido uno de los mejores jugadores de fútbol de toda Argentina. Ahora, en cambio, su patrón de sesenta y cuatro años de edad tenía que sacarlo prácticamente a rastras de la cama para que le acompañara en su carrera matutina habitual.

Adrian Hartman continuó calentando. Jugó con la idea de adelantarse al guardaespaldas, pero recientemente se habían producido algunos secuestros en Buenos Aires, perpetrados por terroristas, y él era uno de los joyeros más ricos de América del Sur. La idea de ser secuestrado no le atraía en lo más mínimo.

Finalmente, Ortega apareció en la puerta, sosteniendo en la mano las zapatillas de correr, y se sentó en el umbral para ponérselas.

El hecho de observar una vez más el exceso de peso del guardaespaldas y el ver que ya tenía que hacer esfuerzos para ponerse las zapatillas hizo que Hartman se impacientara. Se inclinó, cerró las cremalleras de los tobillos de su chándal y luego se volvió a mirar a Ortega.

—Voy a empezar ahora. Seguiré el trayecto habitual por el parque y alrededor del lago. Cinco kilómetros.

Comprobó su cronómetro. Eran las cinco cuarenta y cinco. Apretó el botón del cronómetro, echó a correr por el camino que daba a la avenida del Libertador, y giró a la derecha. Hartman ya había recorrido unos trescientos metros antes de que Ortega llegara a la puerta de salida al camino. Se ajustó la pistolera en el hombro y cerró con firmeza la correa que sujetaba la pistola de nueve milímetros para que no se le desprendiera mientras corría.

—Maldito viejo loco —murmuró Ortega, dándose cuenta de que no había forma de alcanzarle, a menos que cruzara por el parque. Pero no se atrevía a hacerlo, porque en tal caso lo perdería de vista.

Hartman corría con una cierta tensión en su paso, que solo tienen los que se sienten impulsados por la impaciencia y la insensibilidad.

El sol iluminaba el cielo por el este, pero todavía estaba muy bajo en el horizonte. Hartman observó que a los eucaliptos les estaban saliendo hojas nuevas. A pesar del tiempo que llevaba viviendo en Buenos Aires, todavía no se había acostumbrado a la idea de que en octubre fuera primavera.

Giró a la izquierda por la avenida Sarmiento y entró en el hermoso y verde parque Tres de Febrero. Al entrar en el parque, aumentó un poco el ritmo al ver en la distancia el edificio del club, junto a la orilla del lago, recientemente reabierto desde que la junta militar se instalara en el poder. Había permanecido cerrado durante el régimen de Perón, poco después de que incendiaran el Jockey Club. Hartman se puso furioso y pensó: Esos sucios bastardos comunistas estuvieron a punto de arruinarlo todo.

Se llevó la mano al cuello, sin dejar de correr, y se colocó el cronómetro ante los ojos para poder controlarse así el pulso. Contó durante diez segundos.

—Veintidós —murmuró, exhalando.

No estaba nada mal. Eso significaba un total de ciento treinta y dos latidos por minuto. Con un corazón tan bueno podría seguir viviendo hasta cumplir los cien años. Quizá incluso hasta los ciento cincuenta, como alguno de aquellos campesinos rusos de los que había oído hablar. «Mierda», le dijo su mente mientras seguía corriendo. El secreto que tienen para vivir hasta los ciento cincuenta es que cuentan doble.

Hartman giró a la izquierda al llegar a la avenida Infanta Isabel, un pequeño camino de tierra que se introducía más profundamente en el parque. Miró atrás, hacia la avenida Sarmiento, y vio que Ortega, que todavía se hallaba a unos buenos trescientos metros por detrás, resoplaba y agitaba los brazos mientras corría como una pequeña y panchuda máquina de vapor que estuviera subiendo una pendiente.

El sol salió por encima del horizonte e iluminó el cielo con la promesa de un día caluroso, algo insólito para la época del año en que se encontraban. Hartman echó un vistazo a su alrededor al aproximarse al lago y se sintió satisfecho al comprobar que estaba casi vacío. Solo pudo ver a otra persona en el parque, otro hombre que corría acompañado por su perro, avanzando en dirección opuesta a la suya, al otro lado del lago. No había coches en la calle, a excepción de un solo coche aparcado al otro lado de la avenida del Libertador, lo que en realidad lo situaba fuera del parque, y que parecía estar vacío.

Al llegar al lago, giró a la derecha, echó un rápido vistazo al cartel de la calle, y continuó por la avenida Infanta Isabel manteniendo el paso uniforme a lo largo de la orilla del lago.

El hombre del perro había dado la vuelta al lago y ahora se encontraba también en la avenida Infanta Isabel, a unos cien metros por detrás de Hartman, separado unos doscientos metros de Ortega.

El perro, un gran doberman, hacía cabriolas junto a su amo, tiraba de la correa y daba tales tirones de vez en cuando, que lanzaba a su amo hacia delante.

—Tranquilo, Drum —murmuró el hombre mientras sostenía la correa con mayor firmeza—. Tómatelo con calma, muchacho.

El camino se hallaba bordeado por apretados eucaliptos y se curvaba al llegar al extremo opuesto del lago. Cuando Hartman alcanzó la curva, el corredor del perro acortó la distancia que los separaba a cincuenta metros. Hartman miró hacia la derecha y vio el Hipódromo de Palermo, donde observó a los caballos que realizaban sus ejercicios matutinos. El aire estaba tan quieto que pudo percibir los cascos de los animales que corrían la primera vuelta.

Cuando el hombre del perro trazó la curva, por detrás de Hartman, este se volvió a mirar. Ortega estaba fuera de su vista. Entonces el hombre levantó la mano por encima de la cabeza, como si quisiera hacerle una señal a alguien, y sin aminorar el ritmo de su paso, soltó la correa del perro.

—¡A por él, Drum!

El doberman saltó hacia delante, alejándose de su amo y lanzándose sobre Hartman. En el mismo instante en que el perro echaba a correr, el coche aparcado en la avenida del Libertador se alejó del bordillo de la acera y aceleró hacia la entrada del parque. Sus ruedas chirriaron al efectuar un fuerte giro a la derecha.

Hartman oyó tras de sí el sonido amortiguado de las patas del animal sobre el pavimento, pero no pudo distinguirlo del distante sonido de los cascos de los caballos.

Sin embargo, cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde, pues el perro había alcanzado toda su velocidad y se lanzaba en el aire; golpeó directamente a Hartman con sus treinta kilos de peso a la altura del hombro, al mismo tiempo que cerraba sus macizas mandíbulas sobre su nuca.

La combinación del tremendo golpe propinado por el peso del perro y el propio impulso de Hartman le hizo tambalearse y caer al suelo con los brazos extendidos, al tiempo que aplastaba la parte lateral de la cara contra el camino cubierto por una menuda gravilla.

El amo del perro no tardó en hallarse sobre Hartman y el animal. Sostenía una Magnum 357 en la mano derecha, y espetó al perro:

—¡Sujétalo, Drum, sujétalo!

Con más cólera que temor, Adrian Hartman se quedó quieto bajo el doberman y balbució:

—¡Quíteme a este animal de encima antes de que me mate!

Pero en la siguiente fracción de segundo se dio cuenta de que aquello no era un accidente, pues el extraño le había ordenado al perro que actuara.

Ahora, el coche ya había llegado a la curva, a unos setenta y cinco metros de donde Hartman yacía tendido. Ortega, que seguía corriendo, se vio pillado por sorpresa y con un ademán rápido y suave se detuvo en seco y levantó una mano hacia el arma. Ortega respiraba pesadamente, trató de apuntar y consiguió disparar un tiro antes de que el hombre del coche le metiera dos balas de rifle en el pecho; murió instantáneamente.

En el momento en que el individuo disparó el rifle, el perro soltó a su presa, y en ese mismo instante Hartman se llevó la mano hacia atrás, en busca del 38 de cañón corto que llevaba en una funda, en la parte inferior de la espalda. Disparó casi sin apuntar entre los dos hombres que corrían hacia él y contra la rodilla del que manejaba al perro. El que sostenía el rifle estuvo enseguida sobre él, y le disparó directamente a la cabeza. Las balas crearon una salpicadura roja y gris sobre la gravilla.

Los tres individuos miraron rápidamente alrededor en el parque silencioso y regresaron corriendo al coche; el tercero de ellos se sostenía la rodilla herida y era ayudado por los otros dos. El doberman se metió de un salto por la puerta de atrás. Antes de que esta se cerrara, el vehículo se apartó de la acera y salió a toda velocidad del parque.

—¡Toma! —exclamó el hombre que había sostenido el rifle, mientras metía la mano por debajo del asiento, de donde sacó un trapo que le entregó al que se sostenía la pierna—. Átatela con esto. Pasará bastante tiempo antes de que puedas ver a un médico.

—¡Lo has echado todo a perder! —dijo el otro, tomando el trapo—. ¿Por qué has tenido que matarle? ¡Podrías haberte limitado a herirle!

El hombre del rifle se pasó una mano por la sudorosa frente. A aquellas primeras horas de la mañana, las todavía dormidas y pacíficas calles de Buenos Aires iban pasando con rapidez.

—Tenía que hacer algo. Un disparo más y podría haber matado a alguno de nosotros. Míralo de este modo: le hemos ahorrado a todo el mundo el problema de un juicio. Demonios, de todas formas lo habrían ejecutado dentro de seis meses.

—Eso es cierto —dijo el otro hombre mientras hacía lo posible por vendar la herida de su amigo—. Solo que ahora no tenemos nada que mostrar al mundo. Teníamos que demostrarles a todos lo cerdo que era ese tipo. Necesitábamos la publicidad.

—Ahora, al menos, la policía sospechará probablemente que ha sido un acto terrorista de la izquierda —dijo el conductor con voz profunda—. Hartman era un conservador. Jamás van a pensar en nosotros.

—¿Y eso sirve de algo?

La pregunta quedó sin contestar, pues los hombres ya estaban a punto de llegar a su destino final.

El coche se detuvo con un chirrido en la pista de aproximación del Aeroparque, y los tres hombres salieron de su interior y se apresuraron hacia un DC-3 de transporte que esperaba. Dejaron que el perro subiera primero y luego lo siguieron por la escalerilla que conducía al interior.

Una vez cerrada la puerta, el aparato se dirigió hacia la cabecera de la pista, puso los motores a plena potencia y se lanzó por la pista de despegue.

Antes de entrar en su despacho para visitar al último paciente del día, el doctor John Sujov se detuvo ante la ventana de su pequeño laboratorio y contempló la escena de las primeras horas de la tarde. Hacía un día encantador, casi demasiado bueno para estar allí encerrado, con el sol reluciente y los niños jugando en Central Park. Era un agradable día de octubre, los árboles todavía conservaban su verdor y el clima era cálido. La ciudad de Nueva York parecía disfrutar de un largo verano.

Oyó una débil llamada en la puerta. Una mujer de cabello gris, con uniforme blanco y una sonrisa en el rostro le dijo:

—Sabe que hay alguien esperándole en el despacho, ¿verdad, doctor Sujov?

Se dio media vuelta, devolviéndole la sonrisa.

—Sí, gracias, Natasha. No me había olvidado. Pero hace un día precioso ahí fuera. Acérquese a contemplar el parque. Toda la gente parece estar disfrutando.

Al tiempo que la enfermera entraba en el laboratorio donde el doctor Sujov realizaba sus análisis de sangre y orina, el médico salió al pasillo. Miró su reloj. Eran casi las cuatro. Quizá no tardara mucho en visitar a su paciente y luego podría bajar a dar un paseo por el parque. ¿Cuántas veces se le presentaba una oportunidad así?

Con una ligera cojera, y enderezándose las solapas de su bata de laboratorio, el doctor Sujov se dirigió a su despacho. Antes de entrar se detuvo para leer la tablilla que Natasha había dejado en el cajetín.

No contenía más que una hoja de información, apenas rellenada, y mostraba en blanco las líneas reservadas para indicar la razón de la visita del paciente. Mary Dunn. Estado civil, sin rellenar. Fecha de nacimiento: 22 de febrero de 1916. Dirección: hotel Americana. Profesión: administradora de hospital. Lugar de nacimiento: Polonia.

Se detuvo al leer esta última palabra, y permitió que un breve y fugaz recuerdo cruzara por su memoria. Luego cerró el cajetín y entró en el despacho.

—Buenos días, señorita Dunn —dijo mientras le tendía la mano.

Una mujer bien vestida, de unos sesenta años, se la estrechó con firmeza.

—Hola, doctor.

—Tome asiento, por favor. —Sujov se acomodó en la silla situada tras la mesa, frente a la mujer, y cruzó las manos sobre el regazo—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Dudo un poco en decírselo, doctor. Discúlpeme un momento. —Hablaba con un ligero acento extranjero—. ¿Me permite dejar esto aquí?

Sostenía un bolso y un periódico doblado.

—Desde luego.

Al dejar el bolso y el periódico encima del borde de la mesa, Mary Dunn retiró la mano y, accidentalmente, el periódico se abrió, dejando al descubierto la primera página.

—No estoy segura de que pueda usted ayudarme, doctor Sujov —dijo la mujer con tranquilidad, mirándole directamente a la cara—. Mi problema es bastante insólito y ya he visto a muchos médicos.

John Sujov asintió con un gesto. Había oído otras muchas veces la misma introducción, pronunciada por innumerables pacientes.

—Veré lo que puedo hacer. Continúe, por favor.

Al decirlo, su mirada captó algo en el periódico, algo que le hizo enderezarse ligeramente.

—Alguien me ha recomendado que le vea, doctor Sujov —siguió diciendo ella con el mismo tono de voz.

—Sí...

No podía apartar la mirada de la fotografía publicada en la primera página del periódico.

—Y en realidad no sé por dónde empezar.

John Sujov levantó la mirada hacia el rostro de la mujer y sintió que fruncía el ceño.

—Discúlpeme, ¿me permite ver esto un momento?

—Desde luego.

Tomó el periódico y observó la fotografía con atención, con los ojos entrecerrados. Luego leyó el epígrafe: «Adrian Hartman, conocido joyero de Buenos Aires, fue asesinado a tiros a primeras horas de esta mañana por unos desconocidos».

—Le pido disculpas —dijo el doctor Sujov—. Por un momento pensé...

Volvió a fijar la mirada en el periódico y leyó rápidamente el artículo que acompañaba a la fotografía.

Era bastante largo; describía en su mayor parte los tratos y conexiones de Hartman en América del Sur, y narraba una historia resumida de los veinte años que había pasado en Buenos Aires; terminaba con la afirmación de que, probablemente, su muerte había sido debida a una reciente ola de terrorismo que se había desatado en Argentina, y al hecho de que Hartman fuera un archiconocido conservador.

—Interesante... —murmuró John Sujov.

—¿Qué ha dicho?

Se volvió a mirar a la señorita Dunn.

—Oh, discúlpeme. Raras veces puede verse en Nueva York un ejemplar del Buenos Aires Herald. ¿Acaba usted de llegar de allí?

—Bueno, eso está relacionado con mi problema —contestó ella hablando como si eligiera las palabras con mucho cuidado—. Mire usted, ando buscando a alguien...

John Sujov se reclinó sobre el asiento y estudió el rostro de la mujer que tenía ante él. Qué extraño. Poseía esa misma y vaga familiaridad que el rostro del periódico. Familiar y, sin embargo, no...

Volvió a contemplar la imagen. Mientras lo hacía y absorbía con su mirada cada detalle del rostro de Hartman, John Sujov sintió un temblor involuntario. ¡No!, pensó aceleradamente. ¡No puede ser! ¡No después de todos estos años!

Finalmente, dejó el periódico sobre la mesa, se inclinó hacia delante, entrelazó los dedos y preguntó abiertamente:

—Señorita Dunn, ¿acaso yo la conozco a usted?

1

Polonia, diciembre de 1941

El SS-Rottenführer Hans Kepler se encontraba sobre el andén de la estación de ferrocarril de Oswiecim,* aguardando a que llegara el tren. Eran las seis de una mañana muy fría, y la espera estaba resultando interminable para el joven cabo que contemplaba fijamente los copos de nieve, que se fundían en cuanto caían sobre la madera húmeda. Estaba allí desde hacía tres horas, observando las vías bajo la nieve que caía lentamente, a la espera de ver las luces de la locomotora mientras aguzaba el oído para tratar de captar un lejano silbido.

Al día siguiente sería Navidad, pero no había ningún entusiasmo en el corazón del joven soldado; su alma se hallaba privada de toda alegría festiva, lo mismo que esta estación de ferrocarril medio muerta, cuya única muestra de la temporada Yuletide era un patético grupo de ramas de pino agrupadas sobre cada bandera nazi.

Los otros viajeros de aspecto solemne que deambulaban en silencio por la estación, ya acostumbrados al horario irregular de los trenes, contemplaban con imparcialidad saturnina la palidez de la mañana.

Con las mejillas y la nariz enrojecidas a causa del frío, Hans Kepler daba de vez en cuando patadas sobre el andén, en un esfuerzo por calentarse los pies. Sin lugar a dudas, este era el peor invierno que había conocido; ni siquiera su pesado abrigo verde era suficiente para protegerle del frío. Aunque, posiblemente, admitió Kepler volviendo a extender el cuello para mirar una vez más hacia el fondo de la vía, no era tanto la crudeza del aire de la mañana lo que le producía escalofríos, sino el viento gélido que soplaba a través de su alma. Polonia había conocido peores inviernos que este. Pero el SS-Rottenführer Hans Kepler no había conocido un día peor en su vida.

Un silbido sonó en la distancia, y tras un momento pudo captarse el resoplido de una locomotora, a medida que se acercaba a la estación. Cuando las luces aparecieron a través del transparente velo de la nieve que caía, Kepler especuló sobre cuál sería la razón del retraso: que el tren se había visto obligado a esperar en una vía lateral para dejar paso a otros trenes procedentes del norte. Ya había visto esa clase de trenes especiales pasar por la estación durante su larga espera; vagones sellados procedentes de la dirección en que se encontraba Cracovia, que no se habían detenido y que pasaron traqueteantes a través de la estación, con una desesperación que había resonado en el eco solitario de sus silbidos; las únicas huellas de su paso las constituían los pequeños montones de nieve en polvo que las poderosas ruedas habían apartado de su camino.

De los pocos pasajeros silenciosos que esperaban en el helado andén, junto a las vías, solo Hans Kepler conocía el cargamento que transportaban aquellos sombríos trenes.

Cuando su propio tren entró en la estación, el SS-Rottenführer Kepler tomó el talego militar y se dirigió con paso vivo hacia la puerta de entrada de uno de los vagones de pasajeros. Le mostró su documentación al guardia que, tras una cuidadosa inspección, le hizo señas para que subiera. Mientras avanzaba por el estrecho pasillo, llevando el incómodo talego, Kepler miró rápidamente en cada uno de los compartimientos, con la esperanza de encontrar uno vacío, aunque no estaba seguro de que la compañía de otras personas fuera peor que la de sus propios pensamientos.

Se detuvo ante el penúltimo compartimiento y dejó el talego en el suelo para abrir las portezuelas. En su interior, sentados unos frente a otros sobre los dos bancos de madera, había cuatro soldados de la Wehrmacht, cómodamente instalados, que hablaban en voz baja entre ellos, al mismo tiempo que se pasaban una botella de schnapps.

Al ver que Kepler vacilaba ante la puerta, uno de los soldados, que se estaba limpiando las botas, levantó el brazo y dijo:

Heil Hitler.

Kepler observó al soldado, contempló fijamente el suave rostro que era casi tan joven como el suyo, y dijo:

—Hitler —devolviendo el saludo.

—¿Quiere unirse a nosotros, Herr SS-Rottenführer?

—No, gracias —contestó Kepler negando con un movimiento de la cabeza—. Tengo a unos amigos más adelante.

—¿Va usted al frente con nosotros?

—No. Estoy de permiso —contestó distraídamente, tomando el talego y retrocediendo un paso—. En Cracovia tomaré el tren para Sofia.

Al tiempo que retrocedía, no podía apartar la mirada del rostro del joven soldado. «Al frente», había dicho. «Al frente.» Dicho con un tono de orgullo y un brillo de gloria en los ojos. Y Hans Kepler vio allí el reflejo de su propio rostro, tal y como debía de haber sido dieciocho meses antes, con aquel mismo idealismo y bravuconería.

Se giró y avanzó tambaleante hacia el siguiente compartimiento que, ante su infinito alivio, encontró desocupado.

Dejó el talego sobre el banco de madera, se sentó y apretó la frente contra la ventanilla. Se oyó el fuerte siseo de los frenos de aire comprimido y el tren dio una repentina sacudida hacia delante. La parada había sido sorprendentemente corta, pero lo cierto era que habían subido pocos pasajeros. En estos tiempos no había mucha necesidad de viajar; ¿adónde ir?

Mientras el tren cobraba velocidad, Kepler mantuvo la cara apretada contra el frío cristal, y siguió mirando por la ventanilla, a la débil luz del alba. Trató de concentrarse en Sofia. Era la ciudad donde había nacido, donde había pasado su adolescencia y los años más agradables de su vida. Intentó evocar en su mente visiones del Vístula en el verano, cuando nadaba en él en compañía de otros muchachos. Del Vístula en la primavera, cuando las inundaciones anuales constituían un acontecimiento excitante. Del Vístula en el invierno, tal y como debía de estar ahora, cubierto por una capa de hielo lo bastante gruesa como para patinar. Luego, pensó en su abuela, una amable señora polaca, propietaria de una pequeña panadería, que guardaba un lugar muy especial en su corazón para su único nieto, sin que importara cuál fuera el color de su uniforme.

Hans emitió un profundo suspiro. Qué irónico que apenas dos años antes hubiera considerado el conseguir ponerse este uniforme como la culminación de su vida, solo para darse cuenta ahora de que todas las insignias de la calavera que había ganado no ofrecían más que un aspecto horrible, que despertaban burlas a su espalda y creaban un muro impenetrable que impedía cualquier amistad.

Apretó los ojos con fuerza, tratando de apartar los recuerdos que llevaba consigo desde su puesto de servicio; sabía que nada conseguiría eliminarlos. En su esfuerzo, Kepler sintió que su mente trazaba círculos, como un animal acorralado, y recorría una y otra vez el mismo terreno por el que ya había pasado en estos últimos y duros meses, sin lograr por ello encontrar la solución, terminaba siempre con la misma pregunta: ¿cómo pudo llegarse a esto?

Retrocedía siempre hasta el principio, como si volver a rememorar paso a paso el camino recorrido en aquellos dos años le permitiera encontrar el momento exacto en que todo había empezado a salir mal.

Nacido veintidós años antes, de padre alemán y madre polaca, en la ciudad de Sofia, que se encontraba exactamente a mitad de camino entre Varsovia y la frontera checoslovaca, Hans había vivido sus doce primeros años en esta región agrícola del río Vístula. Luego, su padre, ingeniero metalúrgico, se había trasladado con su familia a Essen, en Alemania, donde, al ocupar un puesto importante en una de las plantas de la Krupp, había podido criar a su hijo rodeado de las comodidades de la clase media alta. Hans, tras unirse a las Juventudes Hitlerianas, expresó su deseo de alistarse en la Wehrmacht, pensando en la cruz de Hierro y otras condecoraciones menos importantes que despertaban su idealismo patriótico. Pero su padre, que deseaba algo más para su hijo, insistió en que el joven continuara su educación y se preparara para algo mejor.

Ese «algo mejor» surgió poco después en forma de alistamiento forzoso en las Waffen SS.

No en la elitista Schutzstaffel, de elegante uniforme negro, que producía en la gente tanto un estremecimiento como una mirada de admiración, sino en las recientemente formadas Verfügungstruppe, las formaciones militares de las SS. Conocidas en estos tiempos como las Waffen, esta rama de las SS se había nutrido últimamente con soldados de leva para satisfacer la siempre creciente demanda de combatientes para el frente abierto más recientemente por Hitler: Rusia. Aunque este uniforme no era el codiciado uniforme negro, Hans Kepler seguía teniendo el honor de llevar la insignia de la calavera y las tibias, a pesar de ocupar un puesto muy bajo en la línea de mando, bajo las órdenes del Reichsführer Himmler.

Qué orgulloso se había sentido tras recibir las órdenes de presentarse para recibir entrenamiento básico; era un joven engreído, muy seguro de sí mismo, con sus botas altas, impulsado por ideales y por un desmedido afán de servir al Führer. Vio ante él las resplandecientes sonrisas de sus padres cuando acudieron a despedirle a la estación, dieciocho meses antes, y recordó los abrazos y las palabras de ánimo. En aquel día soleado, Hans había asegurado a sus padres que regresaría con la cruz de Hierro, que a partir de entonces ocuparía un lugar de honor sobre la repisa de la chimenea, para que la admiraran los amigos y las generaciones futuras.

Balanceándose suavemente al compás del repiqueteo del tren, y contemplando fijamente la nieve que caía contra la ventanilla como un manto de encaje, Hans sintió que el corazón se le llenaba de tristeza y remordimiento.

Cerró los ojos. No..., no era una cruz de Hierro. La «recompensa» que había obtenido en Oswiecim había sido un reloj de oro quitado a un judío muerto.

—¡Oh, Dios mío! —susurró, apartándose de la ventanilla.

Al pasarse una mano por la frente se dio cuenta de que estaba sudando profusamente. Los recuerdos empezaban a fluir de nuevo; eran demasiado fuertes para él. ¡Si al menos pudiera hablar con alguien! Pero ¿con quién? ¿Quién podía haber, en todo el Reich, capaz de prestarle la suficiente atención y comprensión, para oír de sus labios el formidable secreto que guardaba? Y aunque esa persona existiera, ¿cómo podía él, el SS-Rottenführer Hans Kepler, revelar lo que sabía sin convertirse en un traidor al Reich?

—Oh, Dios... —gimió de nuevo.

El tren se lanzaba hacia delante, en medio de la mañana nevada, y Kepler, a solas en su frío compartimiento, sudaba y se estremecía embutido en los pliegues de su uniforme gris. «Dos semanas», pensó crudamente. Un permiso de dos semanas para permanecer alejado de aquel lugar; dos semanas para pensar en todo, para reencontrarse a sí mismo.

El tren chirrió de una forma casi inhumana y eso le recordó al joven cabo otro chirrido, también inhumano, que había oído allí, en Oswiecim, en Auschwitz...

La nieve caía con la misma intensidad en Sofia, cubría las tranquilas calles con un blanco soporífero, y creaba un ambiente de tranquilidad en este día de Nochebuena. Eso, sin embargo, era engañoso, porque en esta bendita mañana no todo el mundo encendía luces de Navidad, o asaba un ganso, como le sucedía a un campesino llamado Milewski, que arreaba con impaciencia a su caballo a lo largo de la resbaladiza calle empedrada. Había necesidad de apresurarse en este amanecer ostensiblemente pacífico, y la causa de ello eran las supurantes heridas del hombre que yacía inconsciente en la parte trasera del carro de Milewski.

Al llegar ante la puerta lateral del macizo edificio de piedra gris que era el hospital de Sofia, saltó a la nieve y trató de tranquilizar al caballo. El animal, al oler la sangre fresca del cargamento que transportaba, se movía con nerviosismo y tiraba de los arneses. Un momento más tarde aparecieron en la puerta dos hombres viejos, cubiertos con batas blancas y, sin decir una palabra, empezaron a trasladar al herido a una camilla.

Con el rostro pálido y tratando de liar un cigarrillo con manos temblorosas, Milewski observó en silencio cómo levantaban al hombre desnudo, envuelto en una lona manchada de sangre y lo trasladaban desde la parte trasera del carro hasta la camilla. Vio después cómo los dos camilleros se llevaban su carga, cruzaban la puerta brillantemente iluminada, con sus zapatos, que crujían sobre la nieve, y desaparecían en el interior. Siguió liando el cigarrillo, contemplando filosóficamente el lugar donde había estado tendido el hombre, mientras pensaba que algunas de aquellas manchas de sangre no se limpiarían jamás.

Levantó entonces la mirada y se encontró en presencia de otro hombre, vestido con una bata blanca de laboratorio, que fue el primero en romper el silencio.

—El chico que ha enviado antes para avisarnos —dijo con un tono de voz imparcial y profesional—, ¿es su hijo?

—Sí, doctor.

—Ha hecho muy bien en avisarnos con tanta rapidez. Ya tenemos preparada la sala de operaciones. Ha actuado usted acertadamente.

—Sí, doctor.

Los dos hombres miraron fijamente el carro manchado de sangre. Tras otro momento de silencio, el médico añadió:

—Su hijo nos ha contado una historia de lo más interesante, y muy insólita, sobre ese hombre.

El campesino levantó por primera vez sus viejos ojos para mirar al alto y erguido médico. Luego, sacudió su cabeza llena de arrugas.

—Es una historia insólita, doctor, pero es la verdad. Y aún hay más.

El rostro impasible del médico se contrajo ligeramente.

—Cuénteme lo que ha ocurrido.

Dos horas más tarde, tras su llegada a Cracovia, Hans Kepler se sintió aliviado al saber que el tren con dirección a Sofia partiría al cabo de poco tiempo. Todavía nevaba y la luz grisácea y metálica de la mañana prometía que seguiría haciéndolo durante el resto del día. El joven hombre de las SS, que permanecía de pie en el andén en este día de Nochebuena, en compañía de otros pocos viajeros, demostraba su impaciencia por continuar su viaje.

A pocos metros de distancia de Kepler, que seguía vigilando las vías, una mujer joven le miraba furtivamente. Había algo en el aspecto de este joven soldado que atraía su atención. Su mirada nunca se posaba en un mismo punto durante demasiado tiempo, las manos jugueteaban entre sí con una nerviosa agitación. Pero aún más extraño le parecía a la joven la forma en que le caían los hombros ligeramente, como si se sintiera extremadamente cansado, algo que estaba totalmente fuera de lugar en un hombre cuya espalda debería haber permanecido orgullosamente erguida. Había visto a muchos como él en esta zona de Polonia; miembros fanfarrones y seguros de sí mismos de la Orden Negra. En parejas, o en grupos, a ella siempre le daban la impresión de ser como afectados perros de exhibición, y hasta cuando se encontraba a solas, un hombre de las SS siempre mantenía un porte arrogante. Pero no sucedía eso con este. De algún modo, todo su cuerpo parecía desinflado.

Un silbido en la distancia alertó a los pasajeros que esperaban, indicándoles la llegada del tren. La joven reunió los numerosos paquetes que llevaba, intentando equilibrarlos en sus manos, y Hans tomó con rapidez su talego militar.

Cuando la locomotora entró estruendosamente en la estación y siseó hasta detenerse, Kepler observó consternado que el tren iba horriblemente atestado, en su mayor parte con soldados de la Wehrmacht que se dirigían al frente ruso. De repente, un puñado de soldados alemanes que aguardaban dentro de la estación, se adelantaron presurosos para unirse a sus camaradas, en el tren, apartando de un empujón a la joven polaca y haciéndole caer los paquetes que llevaba.

Kepler se giró cuando gritó la joven. Al verla de rodillas, tratando de reunir frenéticamente los paquetes, dejó caer el talego y acudió a ayudarla.

—¡Esos brutos! —murmuró ella en polaco, mientras intentaba recoger con los brazos los artículos desparramados sobre el andén.

—Simplemente, no la han visto —dijo Kepler en polaco, retirando un paquete que había caído sobre el hormigón, al tiempo que observaba una mancha que se extendía sobre el papel marrón que lo envolvía.

—¡Claro que me han visto! —replicó ella—. ¡Esos perros! ¡Todos son iguales!

Hans extendió el paquete humedecido, manteniéndolo alejado de la nariz, que arrugó al oler su contenido.

—Temo que aquí dentro se haya roto algo.

Ella lo miró y volvió a gritar.

—¡Oh, no! ¡Medio litro entero! ¡Me ha sido tan difícil de conseguir! Bueno, déjelo, ahora ya no puede salvarse.

Ambos se incorporaron al mismo tiempo, ella se frotaba las rodillas y se apartaba el cabello del rostro, mientras Kepler sostenía en silencio el resto de los paquetes.

—Gracias —dijo la joven con la respiración entrecortada, mientras se apartaba los mechones de cabello de los ojos—. Habría perdido el tren si no...

Se detuvo en seco, y observó fijamente su uniforme.

Rápidamente, Kepler se dio media vuelta y se dirigió hacia donde había dejado su talego. Lo cogió con la mano libre y avanzó hacia el tren. Antes de subir, se detuvo y miró hacia atrás. La muchacha seguía clavada en el mismo sitio donde la había dejado.

—¡Vamos! —le gritó—. ¡Dese prisa!

El silbato sonó y el tren dio una sacudida hacia delante. De repente, la muchacha echó a correr hacia donde estaba Kepler y, a pesar de tener los brazos llenos de paquetes, logró subir al tren en marcha.

Para recuperar la respiración y afianzarse mejor, Hans se apoyó contra la mampara del tren, sin dejar de mirar a la desconcertada joven, pensando: A ti te he visto antes.

La joven también se apoyó contra la mampara y pudo al fin apartarse de su mirada al tiempo que hacía un esfuerzo por dirigir la suya hacia el paisaje que pasaba ante ellos.

Kepler siguió mirándola fijamente. Observó su espesa mata de cabello moreno, partido por la mitad, que le caía sobre los hombros y le daba aspecto de un paje amable, y que se agitaba bajo la fría brisa. Observó sus grandes ojos morenos, las cejas finamente arqueadas, la nariz pequeña y redondeada, la boca de labios abultados. Sí, la había visto antes, cientos de veces. Era de origen campesino polaco, como extraída del mismo molde que aquellos a los que había dejado atrás, en Oswiecim. La única diferencia era que allí aquellas otras jóvenes no habían sido más que la sombra fantasmagórica de esta, con los ojos huecos, las bocas delgadas y sin vida. Probablemente, antes también habían sido como esta joven. Pero las que se habían quedado allí...

Se giró bruscamente hacia otro lado.

—Gracias por haberme ayudado —murmuró ella, haciéndole volver la cabeza y tratando de forzar una sonrisa.

—Encontremos un sitio donde sentarnos —dijo Kepler mientras se apartaba de la mampara.

Luchando por mantener el equilibrio a pesar del movimiento del tren, se abrió paso a través del vagón de segunda. La mayoría de los compartimientos estaban ocupados por tropas alemanas, que cantaban, leían revistas y llenaban el aire con el humo de sus cigarrillos. Finalmente, como no quería seguir avanzando a trompicones con su talego y los paquetes de la joven, Kepler se detuvo en el extremo del vagón ante la puerta del último compartimiento. En su interior se encontraba una pareja de viejos polacos; un hombre curtido por el sol y el aire y su corpulenta esposa. Al ver al soldado ante la puerta, ambos esbozaron unas sonrisas nerviosas y se apresuraron a apartar sus pertenencias del banco de madera.

Se deslizó en el interior, se dejó caer en el asiento que había libre junto a la ventanilla, y dejó los paquetes a su lado. Le hizo señas a la joven para que entrara. Ella se sentó frente a él y siguió abrazando los paquetes que llevaba contra su pecho.

—Déjelos aquí —dijo Kepler, levantando la cabeza hacia la red portaequipajes.

Pero la muchacha negó con la cabeza.

Él se encogió de hombros y se acomodó en el duro asiento.

Los dos viejos le miraron con recelo.

—¿Qué había en el paquete que se rompió? —le preguntó de repente a la joven—. Hasta ahora nunca había olido nada igual.

—Era éter —contestó ella con voz insegura.

—¡Éter!

—Era para el hospital de Sofia.

—¿Y estos otros paquetes?

—Todo son suministros para el hospital. Pastillas de sulfamidas, unas cuantas botellas de éter de medio litro, y algunas vendas. Hoy en día es difícil conseguir estas cosas.

Asintió, sin dejar de observar su rostro. En la superficie percibió recelo, un poco de temor, y una cierta curiosidad. Pero también había algo más en los atractivos rasgos de campesina de la joven, algo que estaba por debajo de la superficie, como si ella tratara de ocultarlo.

—Habla usted polaco muy bien —aventuró ella.

—Nací en Sofia y me crié allí. Mi nombre es Kepler, Hans Kepler.

—Mucho gusto. Yo soy Anna Krasinska. ¿Es allí adonde va ahora, a Sofia? —Él asintió—. Pensé que estaría de camino hacia el frente, con los otros que van en el tren.

—Las Waffen tienen otros deberes además de luchar contra el Ejército Rojo —dijo Kepler con una triste sonrisa—. Dispongo de un permiso de dos semanas. ¿Vive usted en Sofia?

—Sí, con mis padres. Mi padre es maestro de escuela y yo trabajo como enfermera en el hospital.

Mientras Anna Krasinska hablaba, Kepler dirigió una mirada rápida a la pareja de ancianos. Parecían haberse relajado un tanto con el inicio de una conversación ordinaria, y ahora permanecían sentados, con las espaldas apoyadas contra el asiento, rígidos, y los ojos cerrados.

Lo mismo que sucedía en todas partes. La mirada en los ojos de Anna al tenderle la goteante botella de éter, en el momento en que ella se dio cuenta de quién, o más bien de qué era; había visto lo mismo en muchos otros ojos. El temor, la expresión de alerta, la desconfianza. Y él se sentía con ganas de gritar: «¡Este uniforme no es mi piel! ¡Arrancádmelo y me encontraréis a mí, a Hans Kepler!».

Tal y como le había sucedido en la estación, Anna Krasinska no podía apartar la mirada del soldado que ahora se dedicaba a contemplar el paisaje de los campos nevados. Parecía demasiado joven para llevar ese uniforme, y el atisbo de inocencia que se percibía en su rostro contrastaba agudamente con la calavera y las tibias de la gorra. Kepler tenía el cabello rubio y suelto que le caía de una forma un tanto desordenada y juvenil, y ella observó que sus ojos eran del color del aciano en un día de verano. Pero incluso en ellos detectó las incongruencias: la inquietud que había por detrás de aquellos ojos, la incertidumbre de su mirada fija.

El tren traqueteaba y se bamboleaba mientras avanzaba a través del valle del río Vístula, cubierto de nieve. Una vez más, su avance se vio retrasado por el paso de trenes procedentes del norte, lo que obligaba al tren enlace de Lublin a apartarse y esperar en una vía lateral; cada vez, los vagones sellados pasaban al lado rugiendo, con una urgencia desesperada. Estos trenes misteriosos iban a encontrarse con una vía muerta. Tenían que acudir a sus crueles citas con la muerte.

Hans Kepler cerró los ojos para no verlos. ¿Por qué no podía moverse más deprisa este tren? Tardaría una eternidad en llegar a Sofia. Una eternidad...

El médico alto permaneció de pie al otro lado de la mampara de cristal que separaba la sala de operaciones de la zona destinada a lavarse. Se había puesto una bata blanca y una mascarilla sobre la ropa habitual, pero no formaba parte del equipo quirúrgico. Solo era un mero espectador, que permaneció a un lado, observando cómo los demás se preparaban para operar.

El paciente que yacía sobre la mesa, cuya sangre había manchado el carro de Milewski, y que no había recuperado la conciencia desde que lo trajeron aquí, parecía un cadáver bajo las sábanas blancas y estériles. Apenas había en él un hálito de vida.

Dulce y santa María, pensó el médico tras la mampara de cristal, mientras observaba cada uno de los precisos movimientos del cirujano, permítele vivir. Permítele vivir lo suficiente para que pueda contarme lo que ha sucedido.

Pugnando por vencer el insoportable deseo de fumar un cigarrillo, el médico se mordió con ansiedad el labio inferior. La historia que le había contado el campesino, la increíble historia que el hombre ensangrentado había podido balbucear antes de caer en la inconsciencia, era la más asombrosa que hubiera oído jamás.

Observó sin parpadear el brillo del escalpelo bajo las luces resplandecientes del quirófano. Y entonces se repitió una vez más: Dulce y santa María, permítele vivir. Esa historia no puede ser cierta. No puede ser.

—¿Le apetece comer algo?

Kepler levantó la cabeza con una sacudida. Entrecerró los ojos mientras miraba a la anciana polaca, que había extendido el almuerzo sobre su generoso regazo. Le ofrecía un trozo de queso duro.

—No, gracias.

Kepler volvió a mirar por la ventanilla. En el exterior había algo más de luz. El día se estaba aclarando. ¿Qué hora era? ¿Había dormido?

Repentinamente alarmado, volvió los ojos hacia la joven sentada frente a él. Su rostro permanecía impasible y la distancia de sus ojos le confirmó que todo estaba bien. Si él hubiera gritado, si hubiera dicho algo en sueños, aunque solo fuera una palabra sobre la terrible carga que soportaba, la conmoción se habría reflejado sin duda sobre el rostro de la muchacha.

—Tengo mi propia comida... —empezó a decir, inclinándose hacia el talego, que había dejado entre los pies.

Después de tantear un momento en su interior, sacó una gran salchicha negra y un tableta de chocolate. Inmediatamente, tres pares de ojos se abrieron asombrados.

Kepler extrajo una navaja del talego, cortó varias rebanadas gruesas de la salchicha negra y se las ofreció a la incrédula pareja de ancianos. El hombre, tímido pero ávido, las aceptó murmurando un apenas audible Dziekuje, y luego, mientras encogía los hombros con un gesto de disculpa, cortó los trozos en rebanadas más finas.

Al ofrecerle un trozo a Anna, esta aceptó sin decir nada, pero con una sonrisa en el rostro, y empezó a mordisquearlo enseguida.

A continuación, Kepler partió el chocolate, y al entregar unos pequeños trozos a la pareja de ancianos, estos emitieron verdaderos gritos de alegría.

—Hace mucho tiempo que no probamos el chocolate, Mein Herr. Esto será para los nietos en la mañana de Navidad.

Anna envolvió su trozo en un pañuelo y se lo guardó en el bolsillo del abrigo.

—Han pasado dos años desde la última vez que comí chocolate —dijo—. Una tiene que trabajar duro para conseguir diez groszy.

—Entonces, tome —dijo Kepler. Colocó sobre su regazo el resto del chocolate, un trozo de tamaño respetable, y a continuación cortó un trozo de salchicha para sí mismo.

Anna lo miró perpleja.

—¡No puedo aceptarlo! ¿Por qué me da usted todo su chocolate?

Kepler evitó mirarla a los ojos y se llevó un trozo de embutido a la boca.

—Tengo mucho, y dentro de dos semanas, cuando regrese a mi puesto, tendré más.

Anna se metió el resto del chocolate en el bolsillo del abrigo, y preguntó con naturalidad:

—¿Está destinado en algún lugar cerca de aquí, Herr Kepler?

Sí, pensó él amargamente, soy guardia de un campo de concentración.

—A treinta kilómetros de Cracovia —contestó en voz alta—. Estoy sentado ante una mesa de despacho, dedicado a mover documentos de un lado a otro.

Ella le sonrió de nuevo; ese era el primer gesto cálido que Kepler había visto en dieciocho meses.

La salchicha se le atragantó de repente a mitad de camino hacia el estómago, como una masa dolorosa que no pudiera tragar, al recordar el coste incalculable del alimento que ahora devoraba. Esto formaba parte de las raciones de los prisioneros, lo mismo que también les habían pertenecido el reloj de oro, y las medias de seda que le llevaba a su abuela.

Dejando el bocado atragantado a medio camino, volvió el rostro hacia la ventanilla. Solo captó un fugaz vistazo de su propio reflejo, pero fue lo suficiente como para ver las gotas de sudor que le aparecieron sobre la frente.

Se incorporó de repente, asustando a todos los presentes, y arrojó el resto de la salchicha sobre el regazo de Anna.

—Llévele eso a su padre. Yo dispongo de mucho más, y no tengo hambre —dijo con un tono de voz forzado.

Luego, salió tambaleándose, y mientras saltaba sobre sus piernas, avanzó rápidamente por el pasillo y entró en el lavabo, que afortunadamente estaba desocupado.

Agarrado a la pila del lavabo, esperó pacientemente, hasta que el bamboleo del tren le ayudó a vomitar la salchicha. Finalmente, esta surgió sin un sonido de su boca, y se desparramó sobre la vía, allá abajo.

Se enderezó y salió al espacio situado en el extremo del vagón, donde las ventanas abiertas enviaban ráfagas de aire frío acompañadas por unos cuantos copos de nieve. Se quedó allí, pensando: ¿Por qué será diferente en Sofia? Allí me sentiré tan mal como aquí. Continuaré teniendo pesadillas. Y luego, después de dos semanas, tendré que regresar.

De vuelta en el compartimiento, volvió a dejarse caer sobre su asiento, y evitó las miradas curiosas de sus compañeros de viaje. Se quedó contemplando la nieve, con la sensación de que Sofia se acercaba más y más, y con ello la inevitabilidad de tener que contarle a alguien lo que sabía. Para él empezaba a ser evidente que, si quería conservar un último atisbo de cordura, tenía que aliviar la carga de las cosas horribles que sabía contándoselas a alguien. En el fondo de su corazón, Hans Kepler sabía que era un traidor y eso, junto con el terrible secreto que guardaba, lo estaba convirtiendo en un hombre atormentado.

—¿Un cigarrillo, Herr Kepler? —le ofreció Anna Krasinska.

Miró los cigarrillos, de la marca Damske, fabricados originalmente para las mujeres, con solo la mitad de tabaco y la mitad de filtro de algodón, pero en estos tiempos eran los únicos cigarrillos que se podían encontrar. Kepler pensó en los que llevaba en el talego, los codiciados Plaske, refinados y ovales, presentados en una cajetilla de cartón con lengüeta, y que solo se encontraban entre los muy privilegiados. Pero aceptó el que le ofrecía Anna, conmovido por su gesto de compartir los dos últimos que le quedaban.

Fumaron y pasaron en silencio los últimos kilómetros del viaje, hasta que, finalmente, el tren entró en la estación de Sofia.

Al tiempo que reunía todos sus paquetes y se las arreglaba para equilibrarlos en sus brazos, Anna le dio las gracias por su ayuda y por la comida, y se dirigió presurosa hacia la salida del tren. Mientras él se abrochaba lentamente los botones del abrigo militar, observó por la ventanilla a la bonita joven, que corrió al encuentro de un hombre que la esperaba sobre el andén cubierto de nieve.

Al bajar del tren y dirigirse hacia la estación, a Kepler le alegró que nadie hubiera acudido a recibirle. Era Nochebuena, y antes de que pudiera presentarse ante la puerta de la casa de su abuela, tenía que visitar un lugar y cumplir una tarea, algo que se le había ocurrido durante los últimos momentos de este viaje en tren de regreso a casa.

La iglesia de Saint Ambroz se encontraba en el centro de la ciudad; se elevaba en el extremo más alejado de la gran plaza empedrada, frente al cuartel general nazi. Se trataba de una impresionante estructura gótica, con agujas del mismo estilo, que se levantaban por entre la nieve que seguía cayendo, cubierta de estatuas de santos medievales y protegida por anillos de gárgolas.

Hans Kepler contempló las ornamentadas puertas de roble. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que estuviera dentro de una iglesia, aunque con anterioridad, durante su adolescencia, había sido un devoto catolicorromano. Luego, como miembro de las Juventudes Hitlerianas, había tenido que renunciar a esa parte polaca de sí mismo, y en los últimos años había terminado por abrazar el paganismo, de moda en las SS. Pero ahora, al encontrarse de nuevo en los escalones de acceso a la iglesia donde le habían bautizado, y donde había recibido su primera comunión, experimentó una oleada de paz como no había conocido desde hacía muchos meses.

Se quitó la gorra y subió lentamente los escalones, empujó la puerta y se deslizó al interior. Inmediatamente, se sintió envuelto por el calor y la fragancia del incienso, lo que le hizo dejar caer el talego entre las sombras y permanecer allí de pie, durante un momento, como transfigurado.

Kepler miró a lo largo de la nave y vio en la distancia, a la izquierda, los pequeños cubículos de madera con sus aberturas cubiertas por cortinas, detrás de los cuales se sentaban los sacerdotes confesores. Unos pocos fieles permanecían de pie, en una cola, mientras que un puñado de otros fieles murmuraba sus penitencias ante el altar.

Kepler introdujo los dedos en el cuenco de agua bendita situado a su derecha y se los llevó después a la frente, el corazón y cada uno de los hombros. A continuación, antes de cruzar hacia la arcada que le llevaría hasta los confesonarios, hincó una rodilla, en dirección al altar.

Mientras contemplaba al Jesús moribundo en el crucifijo colgado sobre el tabernáculo, sintió que las palmas de las manos se le ponían húmedas y que sobre su rostro volvía a brotar un sudor abundante que le empapaba con rapidez el cuello del uniforme. Se levantó y sintió que le temblaban las rodillas al ver que uno de los confesonarios había quedado vacío.

Apartó la cortina de terciopelo y se asomó al interior. Cayendo de rodillas, Kepler se persignó y tocó con un dedo el crucifijo que colgaba sobre la pequeña ventanilla, ahora cerrada, al otro lado de la cual se sentaba un sacerdote sin rostro.

Cuando era un muchacho, había hecho su primera confesión en este mismo confesonario.

El corazón le latía con tal fuerza que apenas oyó el sonido rechinante de la mirilla deslizándose hacia un lado al tiempo que el sacerdote se inclinaba en su dirección. A través del tupido enrejado de la pantalla que los separaba, Hans apenas pudo distinguir el contorno de la cabeza de un hombre. El sacerdote estaba susurrando algo.

Una vez transcurrido un rato que le pareció interminable, con el sudor resbalándole por las manos apretadas, Kepler oyó el murmullo del sacerdote.

—¿Sí? —Hans emitió un sonido estrangulado—. ¿Te ocurre algo, hijo? —susurró el sacerdote.

—Padre, yo...

Kepler se limpió las manos en el abrigo. Temblaba tanto que temió derribar a un lado todo el confesonario. Deme la absolución, padre, sin tener que decirle por qué.

—¿Estás enfermo? —preguntó la voz suave del sacerdote—. ¿Preferirías hablar en mi despacho?

—¡Padre! —balbució—. Padre..., han pasado muchos años desde mi última confesión. Absuélvame... —El sacerdote volvió a susurrar su ensalmo y Kepler, una vez que hubo conseguido empezar, sintió que las palabras le surgían con mayor facilidad—. Padre, tengo algo que decirle...