La vejez es una isla rodeada de muerte.
JUAN MONTALVO
Siete tratados: la belleza

Nadie, y menos el doctor Lichtfield, salió y dijo claramente a Ralph Roberts que su mujer iba a morir, pero llegó un momento en que él lo comprendió sin necesidad de que se lo dijeran. Los meses que mediaron entre marzo y junio fueron meses discordantes y ruidosos en su mente, una época de conversaciones con los médicos, de carreras nocturnas al hospital con Carolyn, de excursiones a otros hospitales de otros estados para someterla a pruebas especiales (Ralph pasaba gran parte de los viajes dando gracias a Dios por el hecho de que Carolyn contara con dos seguros médicos), de investigaciones personales en la Biblioteca Pública de Derry, primero en busca de respuestas que los especialistas pudieran haber pasado por alto, más tarde tan sólo para aferrarse a una esperanza, a lo que fuera.
Durante aquellos meses, tuvo la sensación de que lo arrastraban borracho por algún carnaval maligno en el que la gente subida en las atracciones gritaba de verdad, en el que las personas perdidas en el laberinto de espejos estaban realmente perdidas, en el que los moradores del Túnel del Terror lo miraban con falsas sonrisas en los labios y horror en los ojos. Ralph empezó a ver aquellas cosas en mayo, y a comienzos de junio empezó a comprender que los maestros de ceremonias que había a lo largo de la calle mayor de la medicina no podían vender más que remedios de curandero, y que la risueña musiquilla del tiovivo ya no podía ocultar el hecho de que la melodía que escupían los altavoces era la Marcha Fúnebre. Era un carnaval, sí señor; el carnaval de las almas perdidas.
Ralph siguió negando aquellas terribles imágenes, e incluso la idea aún más terrible que acechaba tras ellas, durante las primeras semanas del verano de 1992, pero cuando junio dio paso a julio la tarea empezó a resultarle imposible. La peor ola de calor que se registraba desde 1971 azotó el centro de Maine, y Derry hervía en un baño de sol brumoso, humedad y temperaturas que alcanzaban los treinta y cinco grados. La ciudad, que no era precisamente una metrópolis en el mejor de los casos, se sumió en un profundo letargo, y en aquel ardiente silencio fue donde Ralph Roberts oyó por primera vez el tictac del reloj de la muerte y comprendió que en la transición del fresco verdor de junio a la quietud ardiente de julio, las escasas posibilidades de Carolyn habían desaparecido por completo. Iba a morir. Probablemente, no aquel verano, ya que los médicos afirmaban tener todavía algunos trucos en la manga, y Ralph no lo ponía en duda, pero sí en el otoño o invierno. Su compañera de toda la vida, la única mujer a la que había amado iba a morir. Intentó desterrar la idea, reñirse por ser un viejo estúpido y morboso, pero en los jadeantes silencios de aquellos largos y calurosos días, Ralph oía aquel tictac por doquier... Incluso parecía sonar en las paredes.
No obstante, el tictac más claro procedía del interior de la propia Carolyn, y cuando volvía su rostro pálido y sereno hacia él, quizá para pedirle que encendiera la radio para poder escucharla mientras desvainaba algunas judías para la cena, o para preguntarle si podía pasar por la Manzana Roja y comprarle un polo, Ralph comprendía que ella también lo oía. Lo veía en sus ojos oscuros, al principio tan sólo cuando estaba serena, pero más tarde incluso cuando su mirada aparecía vidriosa por los analgésicos que tomaba. Por entonces, el tictac se había tornado muy intenso, y cuando yacía junto a ella en la cama en aquellas calurosas noches de verano, en las que incluso la sábana parecía pesar cinco kilos y daba la impresión que todos los perros de Derry estaban ladrando a la luna, Ralph lo escuchaba, escuchaba el reloj de la muerte que sonaba dentro de Carolyn, y le acometía la sensación de que se le iba a quebrar el corazón de pena y terror. ¿Durante cuánto tiempo tendría que sufrir aún antes de que llegara el fin? ¿Durante cuánto tiempo tendría que sufrir él? ¿Y cómo iba a vivir sin ella?
Fue durante aquel extraño y difícil período cuando Ralph tomó por costumbre dar paseos cada vez más largos durante las calurosas tardes de verano y los lentos atardeceres, paseos de los que en ocasiones regresaba demasiado cansado para comer. Siempre esperaba que Carolyn lo riñera por aquellas salidas, que le dijera: «¿Por qué no lo dejas, viejo estúpido? ¡Te matarás si sigues caminando con este calor!» Pero Carolyn nunca decía palabra, y con el tiempo Ralph se dio cuenta de que ni siquiera se enteraba. Sí, sabía que su marido salía. Pero no sabía que recorría tantos kilómetros, ni que, con frecuencia, cuando volvía a casa estaba temblando de agotamiento y al borde de la insolación. Antaño, a Ralph le había parecido que Carolyn lo veía todo, que incluso se daba cuenta cuando se cambiaba la raya del pelo de sitio, aunque tan sólo fuera un milímetro. Pero ya no era así; el tumor que le estaba destrozando el cerebro le había arrebatado las dotes de observación, al igual que muy pronto le arrebataría la vida.
Así pues, Ralph caminaba, disfrutando del calor pese a que a veces le daba vueltas la cabeza y le silbaban los oídos, disfrutando de él sobre todo porque hacía que le silbaran los oídos; en ocasiones, los oídos le silbaban con gran fuerza y la cabeza le latía durante horas con tal intensidad que no podía oír el tictac del reloj de la muerte de Carolyn.
Recorrió gran parte de Derry aquel caluroso mes de julio, un anciano de hombros estrechos, cabello blanco ralo y manos grandes que aún parecían capaces de trabajar duro. Caminó de Witcham Street al erial de los Barrens, de Kansas Street a Neibolt Street, de Main Street al puente Kissing, pero con mayor frecuencia, sus pies lo llevaban hacia el oeste, a lo largo de Harris Avenue, donde la aún hermosa y amadísima Carolyn Roberts estaba pasando el último año de su vida en una bruma de cefaleas y morfina, hacia la extensión de Harris Avenue y el aeropuerto comarcal de Derry. Caminaba por la extensión de Harris Avenue, una carretera desprovista de árboles y expuesta por completo al despiadado sol, hasta que sus piernas amenazaban con ceder, y entonces daba la vuelta.
Con frecuencia se detenía a recuperar el aliento en un sombreado merendero situado cerca de la entrada de servicio del aeropuerto. Por las noches, aquel lugar estaba lleno de adolescentes bebiendo y dándose el lote al son de la música de rap que salía de los radiocasetes, pero de día era el dominio más o menos exclusivo de un grupo que el amigo de Ralph, Bill McGovern, llamaba los Viejos Carcamales de Harris Avenue. Los Viejos Carcamales se reunían para jugar al ajedrez, al remigio o simplemente para charlar. Ralph conocía a muchos de ellos desde hacía años (de hecho, había ido a la escuela primaria con Stan Eberly), y se sentía a gusto con ellos..., siempre y cuando no se pusieran demasiado pesados. Casi ninguno de ellos lo hacía. La mayoría eran norteños de la vieja escuela, educados para creer que aquello de lo que un hombre decide no hablar es asunto suyo y sólo suyo.
Fue durante uno de aquellos paseos cuando se dio cuenta por primera vez de que algo le había pasado a Ed Deepneau, uno de sus vecinos.
Aquel día, Ralph había recorrido un trecho de la extensión de Harris Avenue mucho más largo que de costumbre, tal vez porque unos nubarrones cubrían el sol y había empezado a soplar una brisa fresca, aunque esporádica. Ralph se hallaba sumido en una suerte de trance, sin pensar en nada, sin mirar nada salvo las polvorientas punteras de sus deportivos Converse, cuando el vuelo de United Airlines de las 4.45 pasó sobre su cabeza, despertándolo de golpe con el estridente aullido de sus motores a reacción.
Ralph lo observó volar sobre las viejas vías del ferrocarril y la valla anticiclones que delimitaba los terrenos del aeropuerto, lo miró encararse hacia la pista y vio las nubecillas de humo azul que despidió cuando las ruedas tocaron tierra. Entonces miró el reloj, advirtió que se estaba haciendo muy tarde y, con los ojos muy abiertos, contempló el tejado anaranjado del restaurante de carretera Howard Johnson’s, situado a poca distancia. Sí, señor, había estado en trance; había recorrido más de ocho kilómetros y perdido por completo la noción del tiempo.
«El tiempo de Carolyn», masculló una voz en las profundidades de su cabeza.
Sí, sí; el tiempo de Carolyn. Ella estaría en el piso, contando los minutos que faltaban hasta que pudiese tomarse otra Darvon Complex, y ahí estaba él, en el extremo más alejado del aeropuerto..., a medio camino de Newport, de hecho.
Ralph volvió la vista al cielo y por primera vez advirtió los nubarrones morados que se acumulaban sobre el aeropuerto. Aquellas nubes no significaban que fuera a llover, no con seguridad, aún no, pero si acababa por llover, lo más probable es que se viera sorprendido por la tormenta; no había ningún lugar donde cobijarse entre el aeropuerto y el pequeño merendero situado junto a la pista 3, e incluso allí no había más que una pequeña y destartalada glorieta que siempre despedía un vago olor a cerveza.
Echó otro vistazo al tejado anaranjado, se metió la mano en el bolsillo derecho y palpó el pequeño fajo de billetes sujetos por la pinza de plata que Carolyn le había regalado cuando cumplió los sesenta y cinco. Nada le impedía ir al restaurante HoJo’s y llamar un taxi..., salvo tal vez el pensamiento de que el taxista lo mirara. Viejo estúpido, dirían quizá los ojos reflejados en el retrovisor. Viejo estúpido, has caminao mucho más de lo que te convenía con el calor que hace. Si hubieras estao nadando, te habría ahogao.
«Estás paranoico, Ralph», le dijo aquella vocecilla interior, cuyo aire protector y algo condescendiente le recordó ahora a Bill McGovern.
Bueno, tal vez sí y tal vez no. En cualquier caso, se arriesgaría a quedar empapado y volvería a casa a pie.
«¿Y si cae algo más que lluvia? El verano pasado, en agosto, granizó de tal forma que rompió las ventanas de toda la parte oeste de la ciudad.»
—Pues que granice —sentenció—. Me importa un bledo.
Ralph empezó a retroceder lentamente hacia la ciudad por la cuneta de la carretera, y sus deportivos de bota levantaban nubecillas de polvo mientras andaba. Oyó el retumbar de los primeros truenos al oeste, donde los nubarrones se estaban acumulando. Aunque cubierto por ellos, el sol no estaba dispuesto a rendirse sin luchar; flanqueó los nubarrones con bandas de oro brillante y siguió luciendo por entre las grietas que de vez en cuando se abrían en las nubes, como el rayo fragmentado de un proyector gigantesco. Ralph se alegraba de su decisión de regresar a pie, pese al dolor que le atenazaba las piernas y las punzadas que percibía en la parte baja de la espalda.
«Al menos, una cosa es segura —pensó—. Esta noche dormiré. Dormiré como un tronco, sí señor.»
El flanco del aeropuerto, una gran extensión de hierba muerta de color marrón, con los oxidados raíles del ferrocarril hundidos en ella como los restos de un naufragio, quedaba ahora a su izquierda. A lo lejos, más allá de la valla anticiclones, se veía el 747 de la United, del tamaño ahora de un avión de juguete, dirigiéndose hacia la pequeña terminal que compartían United y Delta.
Ralph se fijó en que otro vehículo, un coche en este caso, abandonaba la terminal general, situada en el extremo más cercano del aeropuerto. Avanzaba por el alquitranado hacia la pequeña entrada de servicio que daba a la extensión de Harris Avenue. En los últimos tiempos, Ralph había visto muchos vehículos ir y venir por aquella entrada; se hallaba tan sólo a unos setenta metros del merendero en el que se reunían los Viejos Carcamales de Harris Avenue. Cuando el coche se acercó a la verja, Ralph lo identificó como el oxidado Datsun de Ed y Helen Deepneau... e iba a toda velocidad.
Ralph se detuvo en la cuneta, sin darse cuenta de que había cerrado los puños en un ademán de angustia mientras el pequeño coche marrón se acercaba a la verja cerrada. Hacía falta una tarjeta magnética para abrir la verja desde el exterior; en el interior, una célula fotoeléctrica se encargaba de la tarea, pero estaba situada cerca de la verja, muy cerca, y a la velocidad que iba el Datsun...
En el último momento (o al menos eso le pareció a Ralph), el pequeño coche marrón frenó hasta detenerse, mientras los neumáticos levantaban nubes de polvo azul que recordaron a Ralph el 747 al aterrizar, y la verja empezó a arrastrarse lentamente sobre la guía. Ralph relajó las manos.
De la ventanilla del conductor surgió un brazo que empezó a agitarse de arriba abajo, como si instara a la verja a darse prisa. Había algo tan absurdo en aquel gesto que Ralph empezó a sonreír. No obstante, la sonrisa murió en sus labios antes de tener la oportunidad de mostrar ni un solo diente. El viento seguía refrescando desde el oeste, donde se veían los nubarrones, y transportaba a su paso los gritos del conductor del Datsun:
—¡Maldito hijo de puta! ¡Cabronazo! ¡Lárgate, imbécil de mierda! ¡Retrasado! ¡Fuera, cretino! ¡Quítate de enmedio, orangután!
—No puede ser Ed Deepneau —murmuró Ralph para sus adentros al tiempo que se ponía de nuevo en marcha sin darse cuenta—. No puede ser.
Ed trabajaba como químico en el instituto de investigación Laboratorios Hawking, en Fresh Harbor, y era uno de los jóvenes más amables y civilizados que Ralph había conocido en su vida. Tanto él como Carolyn querían también mucho a la esposa de Ed, Helen, y a su hijita, Natalie. Una visita de Natalie era una de las pocas cosas capaces de hacer olvidar a Carolyn sus cuitas, y Helen, que se percataba de ello, la llevaba a su casa con frecuencia. Ed jamás se quejaba. Ralph sabía que a algunos hombres no les habría hecho ni pizca de gracia que la parienta corriera a visitar a los carcamales de sus vecinos cada vez que el bebé hacía algo nuevo y encantador, máxime teniendo en cuenta que la abuelita en cuestión estaba visiblemente enferma. A Ralph le parecía que Ed sería incapaz de mandar a alguien a la porra sin pasarse después toda la noche sin pegar ojo, pero...
—Pero ¿será bobo este tío? ¡Muévete, maricón! ¡Venga! ¿Es que aparte de tonto eres sordo? ¡Idiota!
Pero, desde luego, parecía Ed. Incluso a doscientos o trescientos metros de distancia, parecía la voz de Ed.
El conductor del Datsun pisó el acelerador en punto muerto como un crío en un coche haciendo el fantasma en espera de que el semáforo se ponga verde. En cuanto la verja se abrió lo suficiente como para dejar pasar el Datsun, el coche se abalanzó hacia delante, cruzó la verja con el motor rugiendo y en ese momento, Ralph pudo ver bien al conductor. Estaba lo bastante cerca como para que no le cupiera ninguna duda. Era Ed, sí señor.
El Datsun avanzó dando tumbos por el breve trecho sin asfaltar que mediaba entre la verja y la extensión de Harris Avenue. De repente se oyó el sonido de un claxon, y Ralph vio un Ford Ranger azul, que se dirigía hacia el oeste, desviarse con brusquedad para esquivar el Datsun. El conductor del Ranger no reconoció el peligro a tiempo, y al parecer, Ed no lo reconoció en ningún momento (Ralph no llegó a considerar que Ed podía haber chocado adrede con el Ranger hasta mucho más tarde). Se oyó un breve chirrido de neumáticos seguido del golpe hueco provocado por el parachoques del Datsun al colisionar con el flanco del Ranger. Este fue desplazado hasta el centro de la calzada. El capó del Datsun se arrugó, se soltó de las bisagras y se levantó un poco; fragmentos de vidrio de los faros se esparcieron por la carretera. Al cabo de un momento, ambos vehículos quedaron inmóviles en el centro de la calzada, entrelazados como una extraña escultura.
Ralph permaneció donde estaba durante unos instantes, observando el aceite desparramarse bajo el morro del Datsun. Había presenciado algunos accidentes de tráfico durante sus casi setenta años de vida, la mayor parte de ellos de poca importancia, uno o dos graves, y siempre quedaba asombrado al comprobar lo deprisa que sucedían y lo poco espectaculares que resultaban. No era como en las películas, donde podían rodarse los detalles a cámara lenta, ni como en los vídeos, donde si te apetecía, podías mirar una y otra vez cómo se precipitaba el coche por el acantilado. Por lo general, sólo se producía una serie de imágenes borrosas convergentes, seguidas de esa rápida y monótona combinación de sonidos; el chirrido de los neumáticos, el golpe hueco del metal al arrugarse, el tintineo de los vidrios rotos. Y entonces, voilà... tout fini.
Incluso existía una especie de protocolo para aquellas cosas: Cómo Hay que Comportarse en Caso de Verse Envuelto en una Colisión a Poca Velocidad, se dijo Ralph. Probablemente, en Derry se producían alrededor de una docena de choques menores cada día, y tal vez el doble durante el invierno, cuando las calles estaban cubiertas de nieve y se tornaban resbaladizas. Sales del coche, te reúnes con el contrario en el lugar en que los dos vehículos han colisionado (y donde, con frecuencia, todavía están pegados), miras, meneas la cabeza. A veces, a menudo, en realidad, la fase del encuentro está aderezada con palabras enojadas; echarse la culpa mutuamente (a menudo de un modo precipitado), poner en tela de juicio las habilidades de conducción del otro, amenazar con acciones legales. Ralph suponía que lo que los conductores pretendían decir realmente, aunque sin expresarlo en voz alta era: «¡Oye, imbécil, me has pegado un susto de cojones!»
El último paso de tan desgraciado baile era El Intercambio de Documentos Sagrados del Seguro, y era en aquel momento que los conductores solían empezar a controlar sus desbocadas emociones..., siempre y cuando nadie hubiera resultado herido, como parecía ser el caso. En ocasiones, los conductores implicados incluso acababan por estrecharse las manos.
Ralph se dispuso a observar todo el proceso desde su privilegiado punto de observación, a menos de ciento cincuenta metros de distancia, pero en cuanto se abrió la portezuela del Datsun, comprendió que las cosas no iban a ir como esperaba..., que tal vez el accidente no había pasado, sino que todavía estaba sucediendo. Desde luego, no daba la impresión de que nadie fuera a estrecharse las manos al término de las festividades.
La portezuela no se abrió, sino que, prácticamente, salió volando. Ed Deepneau se apeó de un salto y permaneció inmóvil junto al coche, con los estrechos hombros erguidos contra el fondo de nubarrones amenazadores. Vestía unos vaqueros desvaídos y camiseta, y Ralph se dio cuenta de que era la primera vez que veía a Ed vestido con una camisa sin botones. Y además, llevaba algo alrededor del cuello, una cosa larga y blanca. ¿Una bufanda? Desde luego, parecía una bufanda, pero ¿a quién se le ocurriría llevar una bufanda en un día tan caluroso como aquel?
Ed permaneció de pie junto a su coche maltrecho durante un instante, con los ojos al parecer fijos en todas direcciones salvo la correcta. Los bruscos movimientos de su estrecha cabeza recordaron a Ralph el modo en que los gallos examinaban la turba de su corral en busca de invasores e intrusos. Algo en aquella similitud inquietó a Ralph. Nunca había visto a Ed con aquel aspecto, y suponía que eso provocaba parte de su inquietud, pero no era la única razón. La verdad era que nunca había visto a nadie que tuviera aquel aspecto.
Un trueno retumbó al oeste, ahora con mayor fuerza. La tormenta se acercaba.
El hombre que se apeó del Ranger abultaba el doble que Ed Deepneau, tal vez el triple. Su enorme barriga redonda pendía sobre la cintura de sus pantalones de lona; bajo los brazos de su camisa blanca de cuello abierto se apreciaban manchas de sudor del tamaño de platos. Se apartó la visera de la gorra de los Jardineros del West Side que llevaba, a fin de ver mejor al hombre que le había dado. Su rostro de barbilla ancha aparecía pálido como el de un muerto a excepción de unas brillantes manchas rojas como el colorete que relucían en sus pómulos, y Ralph pensó: «Vaya, candidato número uno para sufrir un ataque al corazón. Si estuviera más cerca, apuesto algo a que podría distinguir los pliegues en los lóbulos de sus orejas.»
—¡Eh! —gritó el tipo fornido a Ed con una voz absurdamente aguda teniendo en cuenta su pecho amplio y su enorme abdomen—. ¿Dónde te has sacado el carnet? ¿Te lo has comprado en los grandes almacenes o qué, joder?
La cabeza bamboleante de Ed se volvió de inmediato hacia el sonido de la voz del hombre, casi como un avión guiado por el radar, y Ralph pudo ver por primera vez los ojos de su vecino. Una luz de alarma se encendió en su cabeza, y de repente empezó a correr hacia el lugar del accidente. Entretanto, Ed había empezado a avanzar hacia el tipo de la camisa empapada y la gorra de béisbol. Caminaba con las piernas rígidas y los hombros erguidos, de un modo muy distinto a sus despreocupados andares habituales.
—¡Ed! —gritó Ralph.
Pero la brisa fresca, fría ya por la promesa de lluvia, pareció arrebatarle las palabras antes siquiera de que brotaran de sus labios. En cualquier caso, Ed no se volvió. Ralph se obligó a apretar el paso, olvidados ya el dolor de las piernas y el palpitar de la espalda. En los ojos muy abiertos y fijos de Ed Deepneau había visto el asesinato. No tenía absolutamente ningún tipo de experiencia previa que pudiera avalar aquella certeza, pero no creía que nadie pudiera malinterpretar aquella mirada fiera y desnuda; era la mirada que los gallos de pelea deben adoptar cuando se abalanzan sobre sus adversarios con los espolones en alto, fulminantes.
—¡Ed! ¡Eh, Ed, espera! ¡Soy Ralph!
Ed ni tan siquiera se volvió a mirar por encima del hombro, aunque Ralph estaba ya tan cerca que su vecino debería haberlo oído, con viento o sin él. No obstante, el hombre corpulento sí se volvió, y en su mirada Ralph vio temor e incertidumbre. A continuación, el gordo se volvió de nuevo hacia Ed con las manos alzadas en ademán tranquilizador.
—Mire —empezó—. Podemos hablar...
Pero no pudo seguir. Ed avanzó otro paso rápido, alzó una de sus delgadas manos, que se recortaba muy pálida sobre el oscurecido cielo, y abofeteó al gordo en la nada despreciable barbilla. El sonido recordó el disparo de una escopeta de aire comprimido.
—¿A cuántos has matado? —preguntó Ed.
El gordo se aplastó contra el flanco de su Ranger con la boca abierta y los ojos como platos. Ed siguió avanzando con aquel extraño paso rígido, sin vacilar en ningún instante. Se colocó frente al otro hombre, barriga a barriga, sin tener en cuenta, al parecer, que el conductor de la furgoneta le llevaba unos diez centímetros y cincuenta kilos. Ed volvió a alzar la mano y le propinó otro bofetón.
—¡Vamos! ¡Suéltalo, valiente! ¿A cuántos has matado?
Su voz se había alzado hasta convertirse en un chillido que se perdió en el primer trueno de verdad contundente de la tormenta.
El gordo empujó a Ed en un ademán de temor, no de agresividad, y Ed se tambaleó hasta el morro arrugado del Datsun. Rebotó de inmediato con los puños cerrados, sin duda preparándose para abalanzarse sobre el gordo, que se encogía contra el flanco de la furgoneta con la gorra ladeada y la camisa arrugada en la espalda y a los lados. Un recuerdo cruzó la mente de Ralph (un corto de los cómicos Three Stooges, Larry, Curly y Moe representando el papel de pintores de pacotilla), y de repente sintió un ramalazo de compasión por el gordo, que ofrecía un aspecto absurdo al tiempo que asustado.
Ed Deepneau no ofrecía un aspecto absurdo. Con los labios apartados de los dientes y los ojos fijos, Ed parecía más que nunca un gallo de pelea.
—Sé muy bien lo que has estado haciendo —susurró al gordo—. ¿Qué clase de comedia te creías que era esto? ¿Creías que tú y tus compinches podríais saliros con la vuestra siem...?
En aquel momento, Ralph entró en escena resoplando y jadeando como un viejo caballo de tiro. Rodeó los hombros de Ed. El calor que traspasaba la camiseta resultaba inquietante; era como rodear con el brazo un alto horno, y cuando Ed se volvió para mirarlo, Ralph tuvo la momentánea pero inolvidable impresión de que eso era precisamente lo que estaba contemplando. Jamás había visto una furia tan irracional y absoluta en unos ojos humanos; jamás habría imaginado que pudiera existir semejante furia.
Ralph sintió el impulso de apartarse, pero lo reprimió y se mantuvo firme. Tenía la sensación de que si retrocedía, Ed se abalanzaría sobre él como un chucho rabioso para arañarlo y morderlo. Se trataba de una idea absurda, por supuesto; Ed era químico, Ed era miembro del Club del Libro del Mes, era de los que se llevaban la historia de la Guerra de Crimea, que pesaba unos diez kilos y que el club siempre parecía ofrecer como alternativa a la selección principal, Ed era el marido de Helen y el padre de Natalie. Maldita sea, Ed era un amigo.
... claro que este no era aquel Ed, y Ralph lo sabía.
En lugar de apartarse, Ralph se inclinó hacia delante, se aferró a los hombros de Ed, tan calientes bajo la tela de la camiseta, tan increíble y palpitantemente calientes, y avanzó el rostro hasta colocarlo entre el gordo y la mirada siniestra y fija de Ed.
—¡Basta, Ed! —ordenó en el tono fuerte pero firme que suponía debía emplearse con las personas que sufrían un ataque de histeria—. ¡No pasa nada! ¡Basta!
Durante un instante, la expresión de Ed no se inmutó, pero de repente paseó la mirada por el rostro de Ralph. No era mucho, pero aun así, Ralph sintió una punzada de alivio.
—Pero ¿qué le pasa? —inquirió el gordo desde detrás de Ralph—. ¿Cree que está loco?
—No le pasa nada, de eso estoy seguro —repuso Ralph, aunque no estaba seguro en absoluto.
Hablaba con la boca entrecerrada, como un actor de una película mala de prisiones, y en ningún momento perdió de vista a Ed. No se atrevía a perder de vista a Ed, ya que aquel contacto visual se le antojaba el único control que tenía sobre el hombre, y no es que fuera un contacto demasiado sólido.
—Sólo está alterado por el accidente. Necesita unos segundos para tran...
—¡Pregúntale qué lleva debajo de esa lona! —lo interrumpió Ed de repente, al tiempo que señalaba por encima del hombro de Ralph.
Otro trueno retumbó en el cielo como si formara parte del guión. Lo siguió un relámpago, y durante un instante, las cicatrices del acné adolescente de Ed se pusieron de relieve, como un extraño mapa orgánico del tesoro.
—¡Ei, ei, Susan Day! —canturreó con una voz aguda e infantil que puso a Ralph la piel de gallina—. ¿A cuántos niños has matado hoy?
—No está alterado —rechazó el gordo—. Está loco. Y cuando lleguen los polis, me ocuparé de que lo encierren.
Ralph volvió la mirada y vio una lona azul en el suelo de la caja de la furgoneta. Estaba asegurada con brillantes correas amarillas. Bajo ella se advertían unas abultadas formas redondas.
—Ralph —dijo una voz tímida.
Ralph se volvió hacia la izquierda y vio a Dorrance Marstellar, que a sus noventa y pico años era, sin duda, el más viejo de los Viejos Carcamales de Harris Avenue, de pie al otro lado de la furgoneta del gordo. En la mano cerosa y manchada sostenía un libro de bolsillo que doblaba una y otra vez con gesto ansioso, maltratando el lomo. Ralph supuso que se trataba de un libro de poesía, que era lo único que había visto leer a Dorrance. O tal vez ni siquiera leía; quizá sólo era que le gustaba sostener los libros y contemplar las palabras bellamente apiladas.
—Ralph, ¿qué pasa? ¿Qué está pasando aquí?
Otro relámpago brilló en el cielo, un gruñido eléctrico de color blanco violáceo. Dorrance alzó la mirada como si no supiera a ciencia cierta dónde se encontraba, quién era o qué estaba viendo. Ralph gruñó para sus adentros.
—Dorrance... —empezó.
De repente, Ed se agitó bajo sus manos, como un animal salvaje que sólo ha permanecido quieto para hacer acopio de fuerzas. Ralph se tambaleó y volvió a empujar a Ed contra el arrugado morro del Datsun. Le acometió una oleada de pánico; no sabía bien qué hacer ni cómo hacerlo. Estaban pasando demasiadas cosas a la vez. Sentía los músculos de los brazos de Ed zumbar con fiereza bajo las palmas de sus manos; era casi como si el hombre se hubiera tragado el relámpago que acababa de desencadenarse en el cielo.
—Ralph —insistió Dorrance en el mismo tono sereno, aunque preocupado—. Yo de ti no lo tocaría más. No te veo las manos.
Perfecto. Otro chalado para acabarlo de rematar. Justo lo que le faltaba.
Ralph se miró las manos antes de volver la mirada hacia el viejo.
—¿De qué estás hablando, Dorrance?
—Tus manos —repitió Dorrance con toda paciencia—. No te veo las...
—Mira, Dor, este no es el lugar más indicado para ti, así que, ¿por qué no te pierdes?
La expresión del viejo se iluminó un tanto al oír aquello.
—¡Sí! —exclamó en el tono de alguien que acaba de dar con una gran verdad—. ¡Eso es exactamente lo que tengo que hacer!
Empezó a retroceder, y cuando sonó el siguiente trueno, se encogió y se resguardó la cabeza con el libro. Ralph distinguió las brillantes letras rojas del título: Selección de obras de Buckdancer.
—Y tú deberías hacer lo mismo, Ralph. No te conviene meterte en asuntos ajenos. Seguro que acabas perjudicado.
—¿De qué estás...?
Pero antes de que Ralph pudiera acabar la pregunta, Dorrance giró sobre sus talones y se alejó en dirección al merendero con el mechón de cabello blanco, fino como el de un recién nacido, ondeando en la brisa de la inminente tormenta.
Un problema resuelto, pero el alivio de Ralph no duró mucho. Ed se había distraído unos instantes a causa de la presencia de Dorrance, pero ahora volvía a fulminar al gordo con la mirada.
—¡Anda y que te folle un pez, soplapollas! —escupió—. ¡Vete a joder a tu madre!
—¿Qué? —exclamó el gordo frunciendo el descomunal ceño.
Los ojos de Ed se posaron de nuevo sobre Ralph, a quien ya parecía reconocer.
—¡Pregúntale qué lleva debajo de esa lona! —gritó—. ¡O mejor aún, haz que este hijo de puta asesino te lo enseñe!
Ralph miró al gordo.
—¿Qué lleva debajo de la lona? —inquirió.
—¿Y a usted qué le importa? —replicó el gordo, quizá en un intento de sonar amenazador.
Volvió a fijar la vista en los ojos de Ed antes de retroceder dos pasos más arrastrando los pies.
—No me importa en absoluto, y a él tampoco —repuso Ralph mientras señalaba a Ed con la barbilla—. Pero ayúdeme a calmarlo, ¿vale?
—¿Lo conoce?
—¡Asesino! —repitió Ed.
Volvió a agitarse, esta vez con fuerza suficiente como para obligar a Ralph a retroceder un paso. Sin embargo, algo estaba ocurriendo, ¿verdad? Ralph creía que la mirada aterradora y vacua empezaba a disiparse de los ojos de Ed. Creyó reconocer a alguien más parecido a Ed de lo que había visto hasta entonces..., o tal vez sólo se debía a que era eso lo que quería ver.
—¡Asesino, asesino de bebés!
—Madre mía, está como un cencerro —suspiró el gordo.
No obstante, se dirigió a la parte trasera de la furgoneta abierta, desató una de las correas y apartó una esquina de la lona. Bajo ella se veían cuatro barriles de conglomerado, cada uno de los cuales mostraba la inscripción WEED-GO.
—«Fertilizante orgánico» —anunció el gordo mirando alternativamente a Ed y a Ralph al tiempo que se llevaba la mano a la visera de su gorra de los Jardineros del West Side—. Me he pasado el día trabajando en un grupo de parterres nuevos en los jardines del psiquiátrico de Derry..., donde a usted no le iría nada mal pasar unas cortas vacaciones, amigo.
—¿Fertilizante? —repitió Ed.
Parecía estar hablando consigo mismo. Se llevó la mano a la sien izquierda y empezó a frotársela.
—¿Fertilizante?
Parecía un hombre preguntando acerca de un desarrollo científico sencillo aunque asombroso.
—Fertilizante —asintió enfurecido el gordo volviendo la mirada hacia Ralph—. Este tipo está mal de la chaveta, ¿sabe?
—Está confuso, nada más —repuso Ralph incómodo.
Se inclinó sobre el borde de la furgoneta y dio un golpecito en la tapa de uno de los barriles.
—Bidones de fertilizante —confirmó al tiempo que se volvía hacia Ed—. ¿De acuerdo?
No obtuvo respuesta. Ed alzó la otra mano y procedió a masajearse la sien. Parecía un hombre atacado por una terrible migraña.
—¿De acuerdo? —repitió Ralph con suavidad.
Ed cerró los ojos durante un instante, y cuando los abrió de nuevo, Ralph observó en ellos un brillo que creyó identificar como lágrimas. Ed sacó la lengua y se la pasó con delicadeza por las comisuras de los labios. Cogió un extremo de su bufanda de seda y se enjugó la frente, y en aquel momento, Ralph vio algunas figuras chinas bordadas en rojo sobre la tela, junto a los flecos.
—Supongo que... —empezó.
De repente se interrumpió, y sus ojos volvieron a adoptar aquella mirada que a Ralph no le gustaba ni pizca.
—¡Bebés! —exclamó con voz áspera—. ¿Me oyes? ¡Bebés!
Ralph lo empujó contra el coche por tercera o cuarta vez... Había perdido la cuenta.
—¿De qué estás hablando, Ed? —De repente, se le ocurrió una idea—. ¿Es Natalie? ¿Estás preocupado por Natalie?
Una pequeña sonrisa taimada se dibujó en los labios de Ed. Miró al gordo por encima del hombro de Ralph.
—Fertilizante, ¿eh? Bueno, pues si sólo es eso, no le importará abrir uno de los bidones, ¿verdad?
El gordo lanzó una mirada inquieta a Ralph.
—Este tipo necesita un médico —insistió.
—Quizá sí. Pero creía que se estaba calmando... ¿Le importaría abrir uno de los bidones? Quizá eso le haga sentirse mejor.
—Sí, claro, qué más da. Preso por mil, preso por mil quinientos.
Otro relámpago brilló en el cielo, retumbó otro trueno, que pareció rodar por todo el cielo, y una fría ráfaga de lluvia azotó la nuca sudada de Ralph. Miró a su izquierda y vio a Dorrance Marstellar junto a la entrada del merendero, libro en ristre, observando la escena con expresión ansiosa.
—Parece que va a caer una buena —comentó el gordo—, y no puedo dejar que se moje el fertilizante. El agua desencadena una reacción química, así que dense prisa.
Introdujo la mano entre uno de los bidones y la pared lateral de la furgoneta, y al cabo de un momento extrajo una palanca.
—Debo de estar tan loco como él —dijo a Ralph—. Quiero decir que yo iba tan tranquilo hacia mi casa, sin meterme con nadie. Él ha sido el que ha chocado contra mi coche.
—Vamos, siga —repuso Ralph—. Sólo será un momento.
—Sí —replicó el gordo en tono desabrido al tiempo que se volvía y colocaba el extremo plano de la palanca bajo la tapa del bidón más cercano—, pero el recuerdo se me quedará grabado en la memoria.
Otro trueno sacudió la tarde, por lo que el gordo no oyó las siguientes palabras de Ed Deepneau. Pero Ralph sí las oyó, y lo cierto es que le encogieron el alma.
—Esos bidones están llenos de bebés muertos —aseguró Ed—. Ya lo verás.
El gordo levantó la tapa del bidón, y la voz de Ed había sonado tan convencida que Ralph casi esperaba ver un amasijo de brazos y piernas, montones de pequeñas cabezas pelonas. Pero lo que vio fue una mezcla de finos cristales azules y una sustancia marrón. El olor que emanaba era denso y turboso, con una vaga nota química.
—¿Lo ve? ¿Satisfecho? —preguntó el gordo directamente a Ed—. Bueno, ya ve que no soy Ray Joubert ni ese tipo, Dahmer, al fin y al cabo. ¿Qué le parece, eh?
Ed había adoptado de nuevo una expresión confusa, y cuando el trueno volvió a sacudir el cielo, se encogió un poco. A continuación se inclinó hacia delante, alargó una mano hacia el bidón y miró al gordo con expresión interrogante.
El gordo asintió con un gesto casi compasivo, se dijo Ralph.
—Claro, hombre, tóquelo, no me importa. Pero si empieza a llover se va a poner usted a bailar como John Travolta, porque eso quema.
Ed metió la mano en el bidón, cogió un puñado de mezcla y lo dejó escurrirse por entre los dedos. Lanzó a Ralph una mirada perpleja (en la que también se apreciaba un elemento de vergüenza, pensó Ralph), y a continuación metió la mano en el bidón hasta el codo.
—¡Eh! —gritó el gordo con asombro—. ¡Que no son palomitas!
Por un instante, aquella sonrisa taimada reapareció en el rostro de Ed, una expresión que decía «A mí no me la pegas», pero desapareció enseguida para dar paso de nuevo a una mirada confusa, pues en el fondo del bidón no había sino más fertilizante. Otro cañonazo de trueno estalló sobre el aeropuerto. El relámpago que siguió confirió por un instante a los rostros de Ed y el gordo el aspecto de fotografías sobreexpuestas.
—Lávese la mano antes de que empiece a llover, se lo advierto —prosiguió el gordo.
Introdujo el brazo por la ventanilla abierta del lado del pasajero y extrajo una bolsa de McDonald’s. Rebuscó en su interior durante un momento, sacó un par de servilletas y se las dio a Ed, quien empezó a limpiarse el polvo de fertilizante del antebrazo como si estuviera en trance. Mientras se limpiaba, el gordo tapó de nuevo el barril, fijando la tapa con el puño descomunal y sembrado de pecas mientras lanzaba rápidas miradas al cielo cada vez más oscuro. Cuando Ed le rozó el hombro de la camisa blanca, el gordo se puso rígido antes de apartarse y mirar a Ed con expresión cautelosa.
—Creo que le debo una disculpa —dijo Ed.
A Ralph le pareció que su voz sonaba completamente clara y cuerda por primera vez aquella tarde.
—Y que lo jure —repuso el gordo, aunque su voz sonaba aliviada.
Volvió a extender la lona plastificada sobre los barriles y la aseguró con una serie de gestos rápidos y eficaces. Mientras lo observaba, a Ralph se le ocurrió de repente que el tiempo era un taimado ladrón. Antaño, él habría atado aquellas cuerdas con la misma destreza despreocupada. Ahora todavía podría atarlas, pero le llevaría al menos dos minutos y tal vez tres de sus mejores juramentos.
El gordo dio unas palmaditas en la lona y se volvió de nuevo hacia ellos mientras cruzaba los brazos sobre el considerable pecho.
—¿Ha visto el accidente? —preguntó a Ralph.
—No —repuso Ralph sin vacilar.
No tenía ni idea de por qué estaba mintiendo, pero la decisión había sido instantánea.
—Estaba mirando cómo aterrizaba el avión. El de la United.
Para su completa sorpresa, las manchas rojizas de las mejillas del gordo empezaron a extenderse. «Tú también lo estabas mirando —se dijo Ralph de repente—. Y no sólo mientras aterrizaba, porque no te estarías ruborizando tanto... También mientras aparcaba.»
Aquella idea fue seguida de una revelación absoluta: el gordo creía que el accidente había sido culpa suya, o que el policía o los policías que acudieran lo interpretarían así. Había estado observando el avión y no había visto a Ed cruzar la verja como un loco y salir a la carretera como un loco.
—Mire, lo siento mucho —estaba diciendo Ed con toda seriedad.
En realidad, no daba la impresión de sentirlo, sino de estar absolutamente consternado. De repente, Ralph se sorprendió preguntándose hasta qué punto confiaba en aquella expresión, y si de verdad tenía la más ligera idea de
(Ei, ei, Susan Day)
lo que acababa de suceder allí... ¿y quién narices era Susan Day, por cierto?
—Me he golpeado la cabeza contra el volante —explicaba Ed en aquel instante—, y creo que..., bueno, ya sabe, que me he llevado un buen susto.
—Sí, bueno, ya me lo imagino —repuso el gordo.
Se rascó la cabeza, volvió la mirada hacia el cielo oscuro y revuelto y a continuación se dirigió de nuevo a Ed.
—Quiero hacer un trato con usted, amigo.
—Ah... ¿Y qué clase de trato?
—Mire, nos damos los nombres y los números de teléfono en lugar de pasar por todo ese rollazo del seguro. Y después yo a lo mío y usted a lo suyo.
Ed lanzó una mirada insegura a Ralph, quien se encogió de hombros, y se volvió de nuevo hacia el hombre tocado con la gorra de los Jardineros del West Side.
—Si llamamos a la poli —prosiguió el gordo— me meto en un buen lío. Lo primero que van a averiguar cuando consulten mi matrícula es que el invierno pasado me pusieron una multa por conducir borracho y estoy conduciendo con un carnet provisional. Lo más probable es que me causen problemas aunque yo estuviera en la vía principal y tuviera preferencia. ¿Me entiende?
—Sí —asintió Ed—. Supongo que sí, pero el accidente fue culpa mía. Iba demasiado deprisa...
—Quizá el accidente en sí no sea tan importante —lo interrumpió el gordo.
Se volvió con expresión desconfiada para observar una furgoneta que estaba a punto de detenerse en la cuneta. Miró de nuevo a Ed y siguió hablando con cierta urgencia.
—Ha perdido un poco de aceite, pero ahora ya no gotea. Apuesto algo a que puede conducir hasta casa..., si es que vive en la ciudad. ¿Vive en la ciudad?
—Sí —repuso Ed.
—Y yo cubro la reparación, hasta cincuenta pavos o algo así.
Otra revelación cruzó la mente de Ralph; era lo único que se le ocurría para explicar el súbito cambio de humor de aquel tipo de la truculencia a algo muy parecido al halago. ¿Una multa por conducir borracho el invierno pasado? Sí, seguramente. Pero Ralph jamás había oído hablar de nada parecido a un carnet provisional, y creía que lo más probable es que fuera una soberana tontería. El viejo señor Jardineros del West Side había estado conduciendo sin carnet. ¡Qué situación tan complicada! Ed había dicho la verdad. El accidente había sido, al fin y al cabo, culpa suya y de nadie más.
—Si nos marchamos y dejamos las cosas como están —decía el gordo en aquel momento—, yo no tendré que explicar lo de mi multa y usted no tendrá que explicar por qué salió del coche y empezó a pegarme y gritar que llevaba la furgoneta cargada de bebés muertos.
—¿De verdad he dicho eso? —preguntó Ed en tono de extrañeza.
—Sabe muy bien que sí —replicó el gordo con el ceño fruncido.
—¿Todo bien porr ahí, amigós? —preguntó una voz de tenue acento canadiense francés—. ¿Algún herridó?... ¡Ehhh, Rralph! ¿Errés tú?
La furgoneta que acababa de detenerse llevaba las palabras TINTORERÍA DERRY escritas en el flanco, y Ralph reconoció al conductor como uno de los hermanos Vachon de Old Cape. Probablemente Trigger, el menor.
—Sí, soy yo —repuso Ralph.
Sin saber ni preguntarse qué hacía, pues por entonces ya estaba actuando guiado tan sólo por el instinto, se acercó a Trigger, le rodeó los hombros con el brazo (al parecer, era el día de rodear hombros) y lo apartó en dirección a la furgoneta de la tintorería.
—¿Están bien los chicos?
—Sí, sí, perfectamente —aseguró Ralph.
Miró por encima del hombro y vio a Ed y el gordo con las cabezas muy juntas delante de la caja de la furgoneta. Cayó otra fría ráfaga de lluvia, que tamborileó sobre la lona azul como dedos impacientes.
—Un pequeño accidente, nada más. Ya lo están arreglando.
—Perrfectó, perrfectó —exclamó Trigger Vachon en tono complacido—. ¿Y cómo está la prresiosidad de tu mujerr, Rralph?
Ralph dio un respingo como un hombre que se da cuenta a la hora de la comida que ha olvidado apagar el horno antes de irse a trabajar.
—¡Dios mío! —exclamó.
Miró el reloj con la esperanza de que fueran las cinco y veinticinco, y media como máximo. Pero en realidad eran las seis menos diez. Hacía veinte minutos que debería haber llevado a Carolyn un plato de sopa y medio bocadillo. Estaría preocupada. De hecho, con los relámpagos y los truenos barriendo el piso vacío, incluso era posible que estuviera asustada. Y si caía un chaparrón, no podría cerrar las ventanas. Apenas le quedaba fuerza en las manos.
—Ralph —dijo Trigger—. ¿Qué pasa?
—Nada —repuso él—. Sólo que me he puesto a caminar y he perdido la noción del tiempo. Y luego el accidente y... ¿Podrías llevarme a casa, Trig? Te pagaré el viaje.
—No tienés que pagar nadá —rechazó Trigger—. Me viene de caminó. Sube, Rralph. ¿Crees que todo irrá bien con esos dos? ¿No irrán a pegarrse o algo así?
—No —lo tranquilizó Ralph—. No lo creo. Espera un segundo.
—Claro.
—¿Va todo bien? ¿Podrás arreglártelas? —dijo Ralph acercándose a Ed.
—Sí —asintió Ed—. Vamos a arreglarlo por nuestra cuenta. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, no son más que unos vidrios rotos.
Daba la impresión de haber vuelto en sí del todo, y el gordo de la camisa blanca lo estaba mirando con algo muy parecido al respeto. Ralph todavía estaba perplejo e inquieto por lo que había sucedido, pero decidió no darle más vueltas al asunto. Ed Deepneau le caía muy bien, pero Ed no era asunto suyo aquel mes de julio; Carolyn sí. Carolyn y aquella cosa que había empezado a funcionar en las paredes de su dormitorio (y dentro de Carolyn) por las noches.
—Perfecto —dijo a Ed—. Me voy a casa. Yo me encargo de hacerle la comida a Carolyn ahora, y se me ha hecho muy tarde.
Se dispuso a marcharse. El gordo lo detuvo con la mano extendida.
—John Tandy —se presentó.
—Ralph Roberts —repuso Ralph estrechándole la mano—. Encantado.
—Dadas las circunstancias, lo dudo —comentó Tandy con una sonrisa—, pero me alegro mucho de que apareciera en el momento justo. Por un momento he pensado que íbamos a llegar a las manos.
«Y yo», pensó Ralph, si bien no lo dijo en voz alta. Con expresión preocupada echó otro vistazo a Ed, a la desacostumbrada camiseta blanca que se adhería a su escuálido torso y la bufanda blanca con las figuras chinas bordadas en rojo. No le acabó de gustar la expresión que vio en los ojos de su vecino cuando sus miradas se encontraron. Tal vez Ed no se había recuperado del todo al fin y al cabo.
—¿Seguro que estás bien? —insistió.
Quería marcharse, quería estar con Carolyn, pero aun así, le costaba decidirse. La sensación de que aquella situación no estaba bien en absoluto persistía.
—Sí, sí —repuso Ed a toda prisa.
Le dedicó una amplia sonrisa que no alcanzó sus oscuros ojos azules. Estudió a Ralph con atención, como si se preguntara cuánto había visto... y cuánto
(ei ei Susan Day)
recordaría más tarde.
El interior de la furgoneta de Vachon olía a ropa limpia y recién planchada, un aroma que, por alguna razón, recordaba a Ralph la fragancia del pan recién hecho. No había más asiento que el del conductor, por lo que Ralph permaneció de pie, aferrándose con una mano al tirador de la puerta y con la otra, al borde de una cesta de ropa Dandux.
—Madrre mía, paresía una situasión muy rarra —comentó Trigger al tiempo que miraba por el retrovisor.
—Y que lo digas —asintió Ralph.
—Conosco al tipo que condusía el trasto japonés. Deepneau, se llama. Tiene una bonita esposá, a veses trraen ropa a la tintorrería. Parese un tipo simpático, al menos casi siemprre.
—Hoy estaba fuera de sí, eso te lo aseguro —replicó Ralph.
—Le había picado una moscá, ¿eh?
—Yo más bien diría que le había picado un enjambre entero.
Trigger lanzó una carcajada al tiempo que golpeaba el gastado plástico negro del enorme volante.
—¡Un enjambre entero! ¡Perrfecto! ¡Perrfecto! ¡Está me la guarrdo! —Trigger se enjugó las lágrimas de risa con un pañuelo del tamaño de un mantel—. Me ha dadó la impresión de que el señor Deepneau ha salidó por la entrrada de servisio.
—Sí, es verdad.
—Ahora se nesesita un pasé para utilisar esa entrrada —explicó Trigger—. ¿Cómo crrees que consiguió un pasé el señor Deepneau?
Ralph meditó unos instantes con el ceño fruncido antes de menear la cabeza.
—No lo sé. Ni siquiera se me había ocurrido. Se lo tendré que preguntar la próxima vez que lo vea.
—Haslo —instó Trigger—. Y prregúntale qué tal las moscas.
Aquello le hizo reír de nuevo, lo que a su vez ocasionó nuevos gestos con el pañuelo de opereta.
Cuando llegaron a Harris Avenue estalló la tormenta. No granizaba, pero la lluvia caía en un extravagante torrente veraniego, tan intenso que en el primer momento Trigger se vio obligado a aminorar la velocidad de la furgoneta hasta casi detenerla.
—¡Uauuh! —exclamó en tono respetuoso—. Me recuerda la grran tormenta de 1985, cuando la mitad del centrro de la ciudad se hundió en el maldito canal! ¿Te acuerrdas, Rralph?
—Sí —asintió Ralph—. Esperemos que esta vez no vuelva a pasar lo mismo.
—No —aseguró Trigger sonriendo y mirando a través de los parabrisas, que aleteaban con movimientos extravagantes—. Ahora han arregladó todo el alcantarrillado. ¡Perfecto!
La combinación de la lluvia fría con la elevada temperatura de la furgoneta provocó que se empañara la mitad inferior del parabrisas. Sin pensar en lo que hacía, Ralph alargó un dedo y dibujó una figura en el vapor:

—¿Qué es esó? —inquirió Trigger.
—La verdad es que no lo sé. Parece chino, ¿verdad? Estaba bordado en la bufanda que llevaba Ed.
—Me suena de algó —comentó Trigger echándole otro vistazo.
De repente lanzó un resoplido y agitó la mano.
—Mirra, lo único que sé desir en chinó es moogoo-gai-gan.
Ralph esbozó una sonrisa, pero se sentía incapaz de reír. Era por Carolyn. Ahora que la había recordado, no podía dejar de pensar en ella..., no podía dejar de pensar en las ventanas abiertas, en las cortinas ondeando como los brazos fantasmales de Edward Gorey mientras la lluvia inundaba la habitación.
—¿Todavía vives en esá casa de dos pisos enfrrente de la Mansana Rroja?
—Sí.
Trigger se detuvo junto a la acera, y las ruedas de la furgoneta levantaron grandes abanicos de agua. Seguía lloviendo a cántaros. Los truenos retumbaban en rápida sucesión, los relámpagos atravesaban el cielo de punta a punta.
—Serrá mejor que te quedés aquí conmigo un rratito —aconsejó Trigger—. Lloverá menos dentrro de un parr de minutos.
—No importa.
Ralph no creía que nada pudiera ser capaz de obligarlo a permanecer en la furgoneta ni un segundo más. Ni siquiera si le pusieran unas esposas. La preocupación se había trocado en persistente intuición.
—Gracias, Trig.
—¡Esperra! Te daré un plasticó para que lo pongas sobre la cabesa como un chubasquerro.
—No, gracias, no importa, de verdad, yo...
No parecía haber forma alguna de terminar lo que intentaba decir, y ahora la intuición ya rayaba en el pánico. Descorrió la puerta de la furgoneta y se apeó de un salto, hundiéndose hasta los tobillos en el agua que bajaba por la cuneta. Saludó a Trigger con un último gesto sin volver la vista atrás, y a continuación recorrió a toda prisa el sendero que conducía a la casa que él y Carolyn compartían con Bill McGovern al tiempo que buscaba la llave en el bolsillo de su pantalón. Al llegar a los escalones del porche se dio cuenta de que no le haría falta la llave... La puerta estaba entornada. Bill, que vivía en la planta baja, se olvidaba con frecuencia de cerrarla, y Ralph prefería pensar que había sido él en lugar de imaginarse que Carolyn había salido en su busca y que la tormenta la había sorprendido. Era una posibilidad que Ralph ni tan siquiera quería considerar.
Entró corriendo en el penumbroso vestíbulo, haciendo una mueca cuando un trueno ensordecedor retumbó en el cielo, y se dirigió al pie de la escalera. Allí se detuvo un instante, con la mano posada sobre la gran bola de madera que remataba la barandilla mientras escuchaba el agua de lluvia chorrear de sus pantalones y su camisa empapados al suelo de madera. Entonces empezó a subir la escalera; quería correr pero se vio incapaz de ir más allá de un paso rápido. El corazón le latía deprisa y con fuerza en el pecho, sus zapatillas empapadas eran húmedas anclas de lona que le atenazaban los pies, y por alguna razón, no podía desterrar la imagen del modo en que Ed había movido la cabeza al apearse del Datsun..., aquellos gestos rígidos y rápidos que le habían conferido el aspecto de un gallo preparándose para la pelea.
El tercer peldaño crujió con violencia, como siempre, y el sonido provocó unos pasos apresurados en el piso superior. Ralph no experimentó alivio alguno porque no se trataba de los pasos de Carolyn, lo supo de inmediato, y cuando Bill McGovern se asomó por la barandilla, con el rostro pálido y preocupado bajo su sempiterno panamá, Ralph no se sorprendió. Durante todo el camino de regreso había sentido que algo iba mal, ¿no? Sí. Pero dadas las circunstancias, eso no podía tildarse de premonición. Estaba descubriendo que cuando las cosas llegan a cierto grado de desgracia, lo único que hacían era seguir empeorando. Suponía que, en un sentido u otro, siempre lo había sabido. Lo que jamás había sospechado era lo largo que podía ser aquel camino de desgracias.
—¡Ralph! —lo llamó Bill—. ¡Gracias a Dios! Carolyn está sufriendo..., bueno, supongo que es una especie de ataque. Acabo de llamar al 911 para pedir que envíen una ambulancia.
En aquel momento, Ralph descubrió que sí podía subir la escalera corriendo.
Carolyn yacía en el umbral de la puerta de la cocina con el cabello cubriéndole el rostro. Aquel detalle le pareció especialmente horrible; le confería un aspecto descuidado, y si había algo que Carolyn no se permitía era tener un aspecto descuidado. Se arrodilló junto a ella y le apartó el cabello de los ojos y la frente. La piel que rozaron sus dedos se le antojó tan fría como sus pies bajo las zapatillas empapadas.
—Quería ponerla en el sofá, pero pesa demasiado para mí —explicó Bill con nerviosismo.
Se había quitado el panamá y lo hacía girar inquieto entre los dedos.
—Ya sabes, mi espalda...
—Ya lo sé, Bill, no te preocupes —lo tranquilizó Ralph.
Pasó los brazos bajo el cuerpo de Carolyn y la levantó. No le parecía nada pesada, sino ligera..., casi tan ligera como una vaina de algodón a punto de abrirse y arrojar sus filamentos al viento.
—Gracias a Dios que estabas aquí.
—Ha sido por casualidad —replicó Bill.
Siguió a Ralph hasta el salón sin dejar de juguetear con el sombrero. A Ralph le recordaba a Dorrance Marstellar y su libro de poemas. Yo de ti no lo tocaría más, había advertido el viejo Dorrance. «No te veo las manos.»
—Estaba a punto de salir cuando he oído un golpe de mil demonios... Supongo que ha sido ella al caer...
Bill paseó la mirada por el salón oscurecido a causa de la tormenta, con el rostro inquieto y a un tiempo ávido, y una mirada que parecía buscar algo que no había. De repente, su rostro se iluminó.
—¡La puerta! —exclamó—. ¡Apuesto algo a que sigue abierta! ¡Seguro que está entrando agua! Ahora vuelvo, Ralph.
Bill salió del salón a toda prisa. Ralph apenas se percató de ello; el día había adquirido las surrealistas dimensiones de una pesadilla. El tictac del reloj era lo peor. Lo oía en las paredes, tan fuerte que ni siquiera los truenos podían acallarlo.
Tendió a Carolyn en el sofá y se arrodilló junto a ella. Su respiración era rápida y superficial, y tenía un aliento terrible. Sin embargo, Ralph no se apartó de ella.
—Aguanta, cariño —susurró mientras le cogía una de las manos casi tan frías y húmedas como su frente y se la besaba con suavidad—. Aguanta, por favor. Todo va bien, todo va bien.
Pero no era cierto; el tictac significaba que nada iba bien. Y el sonido no procedía de las paredes, nunca había procedido de las paredes, sino tan sólo del interior de su mujer. Dentro de Carolyn. El sonido estaba dentro de su amada, se le escurría por entre los dedos, ¿y qué iba a hacer él sin ella?
—Aguanta —repitió—. Aguanta, ¿me oyes?
Volvió a besarle la mano y se la oprimió contra la mejilla; al oír aproximarse el aullido de la ambulancia, se echó a llorar.
Carolyn volvió en sí en la ambulancia mientras atravesaban Derry a toda velocidad (el sol había salido y las mojadas calles humeaban), y en los primeros momentos dijo tales incoherencias que Ralph se convenció de que había sufrido una apoplejía. Cuando empezó a despertar del todo y hablar con coherencia, otra convulsión la sacudió, y Ralph y uno de los enfermeros tuvieron que aunar fuerzas para sujetarla.
No fue el doctor Lichtfield quien acudió a ver a Ralph en la sala de espera del tercer piso a primera hora de la noche, sino el doctor Jamal, el neurólogo. Jamal le habló en voz baja y tranquilizadora, diciéndole que Carolyn se había estabilizado, que la mantendrían ingresada aquella noche para no correr riesgos, pero que podría irse a casa a la mañana siguiente. Le recetarían nuevos medicamentos, fármacos que eran caros, eso sí, pero también de efectos impresionantes.
—No debemos perder la esperanza, señor Roberts —murmuró el doctor Jamal.
—No —repuso Ralph—, supongo que no. ¿Sufrirá más ataques como este, doctor Jamal?
El doctor Jamal esbozó una sonrisa. Tenía una voz suave que resultaba aún más reconfortante gracias al leve acento indio que la teñía. Y aunque el doctor Jamal no le dijo de un modo directo que Carolyn iba a morir, fue la persona que más se había acercado en aquel largo año que su mujer había pasado luchando por su vida. Lo más probable, explicó el doctor Jamal, era que los nuevos medicamentos impidieran la aparición de nuevos ataques, pero las cosas habían llegado a un punto en que era necesario tomarse todas las predicciones «con los granos de sal». El tumor se estaba extendiendo pese a todos sus esfuerzos, por desgracia.
—Es posible que lo siguiente que aparezca sean los problemas motrices —comentó el doctor Jamal en el mismo tono consolador—. Y me temo que ya se observa cierto deterioro en la capacidad visual.
—¿Puedo pasar la noche con ella? —preguntó Ralph en voz baja—. Dormirá mejor si me quedo con ella —Hizo una pausa antes de continuar—: Y yo también.
—¡Bor subuesto! —exclamó el doctor Jamal con el rostro radiante—. ¡Es una idea magnífica!
—Sí —convino Ralph con cierta dificultad—. A mí también me lo parece.
Así pues, permaneció sentado junto a su mujer dormida, escuchando el tictac que no procedía de las paredes, y se dijo: «Algún día, tal vez este otoño o quizá en invierno, volveré a estar en esta habitación con ella.» Aquella idea no se le antojaba especulación sino profecía; se inclinó hacia delante y posó la cabeza sobre la sábana blanca que cubría el seno de su mujer. No quería volver a llorar, pero aun así, no pudo contener algunas lágrimas.
Aquel tictac. Tan fuerte y tan constante.
«Me gustaría echarle el guante a eso que suena —pensó—. Lo pisotearía hasta que no fuera más que un montón de añicos esparcidos por el suelo. Pongo a Dios por testigo que lo haría.»
Se durmió en la silla poco después de medianoche, y a la mañana siguiente, al despertar, el aire era más fresco de lo que había sido en muchas semanas, y Carolyn estaba completamente despierta, mirándolo con ojos brillantes. Apenas parecía estar enferma, de hecho. Ralph la llevó a casa y acometió la nada despreciable tarea de lograr que Carolyn pasara los últimos meses de su vida del modo más agradable posible. Transcurrió mucho tiempo antes de que volviera a pensar en Ed Deepneau; incluso después de empezar a ver los cardenales en el rostro de Helen Deepneau, transcurrió mucho tiempo antes de que volviera a pensar en Ed.
Mientras el verano se convertía en otoño y el otoño se oscurecía para dar paso al último invierno de Carolyn, los pensamientos se centraron cada vez más en el reloj de la muerte, que parecía sonar más y más fuerte aunque, al mismo tiempo, más despacio.
Pero no tenía dificultades para dormir.
Eso llegó más tarde.
Hay un abismo entre aquellos que pueden dormir y aquellos que no pueden. Se trata de una de las grandes divisiones de la raza humana.
IRIS MURDOCH
Nuns and Soldiers

Alrededor de un mes después de la muerte de su mujer, Ralph Roberts empezó a padecer insomnio por primera vez en su vida.
Al principio, el problema no era grave, pero fue empeorando de forma constante. Al cabo de seis meses de las primeras interrupciones en su ciclo de sueño hasta entonces nada destacable, Ralph había alcanzado un estado de sufrimiento al que apenas podía dar crédito y mucho menos aceptar. Hacia finales de verano de 1993, empezó a preguntarse qué significaría pasarse los años que le quedaban de vida aturdido, con los ojos abiertos de par en par y sin poder dormir. «Por supuesto, a ese extremo no llegaré —se decía—. Nunca pasa.»
Pero ¿era eso cierto? La verdad es que no lo sabía con exactitud, eso era lo malo, y los libros sobre el tema que Mike Hanlon le recomendaba en la Biblioteca Pública de Derry no le servían de gran ayuda. Había algunos acerca de los trastornos del sueño, pero lo cierto es que parecían contradecirse. Algunos tildaban el insomnio de síntoma, otros lo consideraban una enfermedad y al menos uno de ellos lo identificaba como mito. Sin embargo, el problema era aún más grave. Por lo que Ralph había podido averiguar en los libros, nadie parecía estar absolutamente seguro de qué era el sueño en sí mismo, cómo funcionaba o qué efectos surtía.
Sabía que debía dejar de jugar al investigador aficionado e ir al médico, pero para su sorpresa, le costaba mucho tomar esa decisión. Suponía que todavía guardaba rencor al doctor Lichtfield. Era Lichtfield, al fin y al cabo, quien en un principio había diagnosticado los dolores de cabeza de Carolyn como cefaleas tensionales (aunque Ralph sospechaba que Lichtfield, un solterón empedernido, podía haber creído que lo único que padecía Carolyn era un ataque benigno de los vapores), y era Lichtfield también quien había escurrido el bulto tanto como le había sido posible médicamente después de que a Carolyn se le efectuara el diagnóstico correcto. Ralph estaba convencido de que si lo hubiera interrogado sobre aquel particular, Lichtfield habría dicho que había remitido el caso al doctor Jamal, el especialista, todo limpio y en orden. Sí. Excepto que Ralph había procurado observar con toda atención la mirada de Lichtfield en las pocas ocasiones en que lo había visto entre las primeras convulsiones de Carolyn, acaecidas en el mes de julio anterior, y su muerte, ocurrida en marzo; y Ralph creía que lo que había visto en aquellos ojos era una mezcla de inquietud y culpa. Era la mirada de un hombre que intentaba con todas sus fuerzas olvidar que la había cagado. Ralph creía que la única razón por la que podía mirar a Lichtfield sin tener ganas de partirle la cara era que el doctor Jamal le había explicado que, con toda probabilidad, un diagnóstico más temprano no habría cambiado las cosas; cuando empezaron los dolores de cabeza, el tumor ya estaba bien arraigado, enviando sin duda pequeñas ráfagas de células enfermas a otras zonas del cerebro como malignos paquetes de primeros auxilios.
A finales de abril, el doctor Jamal se había marchado para abrir una consulta en el sur de Connecticut, y Ralph lo echaba de menos. Creía que podría haber hablado con el doctor Jamal acerca de su insomnio, y tenía la sensación de que Jamal lo habría escuchado de una forma de la que Lichtfield no quería..., o no podía hacerlo.
A finales de verano, Ralph había leído lo suficiente acerca del insomnio como para saber que el tipo que padecía él, aunque no era muy poco común, sí era menos frecuente que el típico insomnio consistente en sueño retardado. Las personas no aquejadas de insomnio suelen sumirse en la primera fase del sueño entre siete y veinte minutos después de meterse en la cama. A las personas que tardan en dormirse, por otro lado, a veces les cuesta nada menos que tres horas dormirse profundamente, y mientras que las personas que duermen con normalidad se sumen en la tercera fase del sueño (lo que algunos de los viejos libros denominaban el sueño zeta, como había descubierto Ralph) unos cuarenta y cinco minutos después de adormilarse, las personas que padecen sueño retardado suelen tardar una o dos horas más en alcanzar esa fase..., y muchas noches ni siquiera lo consiguen. Estas personas se despiertan cansadas, a veces con recuerdos vagos de sueños desagradables y enmarañados, a menudo con la impresión errónea de que no han pegado ojo en toda la noche.
Tras la muerte de Carolyn, Ralph empezó a despertarse muy temprano. La mayoría de las noches, siguió acostándose al término de las noticias de las once y quedándose frito casi al instante, pero en lugar de despertarse a las siete menos cinco, es decir, cinco minutos antes de que sonara el radio-despertador, empezó a despertarse a las seis. Al principio lo achacó al precio que debía pagar por vivir con una próstata algo inflamada y una pareja de riñones de casi setenta años de edad, pero nunca le parecía tener tantas ganas de ir al lavabo cuando se despertaba, y además le resultaba imposible volver a dormirse después de haberse desprendido de lo que se había acumulado. Se limitaba a permanecer en la cama que había compartido con Carolyn durante tantos años, esperando a que fueran las siete menos cinco (o menos cuarto, en fin) para poder levantarse. Al cabo de un tiempo dejó incluso de intentar volverse a dormir; simplemente, permanecía tendido en la cama, con las manos de largos dedos y algo hinchadas entrelazadas sobre el pecho, y contemplaba fijamente, con los ojos abiertos de par en par, el techo oscuro de la habitación. A veces pensaba en el doctor Jamal, en su consulta de Westport, hablando con ese suave y reconfortante acento indio, forjando su pequeña porción del sueño americano. A veces pensaba en lugares a los que Carolyn y él habían ido en los viejos tiempos, y una imagen que se le aparecía una y otra vez era una calurosa tarde que habían pasado en Sand Beach, Bar Harbor, los dos sentados a una mesa de picnic en bañador, sentados bajo una sombrilla grande y brillante, comiendo almejas fritas y bebiendo cerveza en botellas de cuello largo mientras contemplaban los veleros surcar el océano azul oscuro. ¿Cuándo había sido eso? ¿1964? ¿1967? ¿Acaso importaba? Probablemente, no.
La alteración de su horario de sueño no habría importado de no haber pasado a mayores; Ralph se habría adaptado a los cambios no sólo con facilidad, sino con gratitud. Todos los libros que encontró aquel verano parecían confirmar cierta sabiduría popular que llevaba escuchando toda la vida... La gente duerme menos a medida que envejece. Si perder una hora o dos cada noche era el único precio que tenía que pagar por el dudoso placer de ser un «jovencito de setenta años», lo pagaría con mucho gusto y se consideraría afortunado.
Pero lo cierto es que la cosa pasó a mayores. Al llegar la primera semana de mayo, Ralph se despertaba cada día a las cinco y cuarto, con los pajarillos. Intentó ponerse tapones en los oídos durante unas cuantas noches, pero en ningún momento creyó que llegaran a funcionar. No eran los pajarillos los que lo despertaban, ni el pedorreo ocasional de un camión de reparto al pasar por Harris Avenue. Siempre había sido de esas personas que pueden dormir en medio de un terremoto, y no creía que eso hubiera cambiado. Lo que había cambiado estaba dentro de su cabeza. Ahí dentro había un interruptor, algo lo estaba encendiendo un poco más temprano cada mañana, y Ralph no tenía ni la menor idea de cómo evitarlo.
En junio ya estaba despertándose como un muñeco que sale disparado de su caja a las cuatro y media, cinco menos cuarto como máximo. Y a mediados de julio, que no fue tan caluroso como julio de 1992, pero tampoco se quedó muy corto, muchas gracias, la diana ya sonaba alrededor de las cuatro. Fue durante aquellas largas y calurosas noches, en las que ocupaba una parte demasiado pequeña de la cama en la que él y Carolyn habían hecho el amor tantas noches calurosas (y frías), cuando Ralph empezó a preguntarse qué narices de vida le esperaba si el sueño desaparecía por completo. Durante el día todavía era capaz de burlarse de aquella idea, pero estaba descubriendo algunas tétricas verdades acerca de la oscura noche del alma de F. Scott Fitzgerald, y el ganador del gordo era el siguiente: a las cuatro y cuarto de la madrugada, cualquier cosa parece posible. Cualquier cosa.
Durante el día podía convencerse a sí mismo de que tan sólo estaba experimentando un reajuste de su ciclo de sueño, que su cuerpo estaba reaccionando de un modo totalmente normal a una serie de grandes cambios que se habían producido en su vida, de entre los que descollaban la jubilación y la pérdida de su mujer. A veces empleaba la palabra «soledad» cuando pensaba en su nueva vida, pero no se atrevía a pensar en La Terrible Palabra que empieza por D, y la encerraba en lo más profundo del inconsciente cuando osaba asomar la nariz en sus pensamientos. La soledad no importaba. La depresión, desde luego, sí.
«A lo mejor tendrías que hacer más ejercicio —pensó—. Salir a dar paseos, como hacías el verano pasado. Al fin y al cabo, llevas una vida muy sedentaria... Te levantas, comes una tostada, lees un libro, miras la tele un rato, te compras un bocadillo a la hora de la comida, en la Manzana Roja, trabajas un poco en el jardín, de vez en cuando vas a la biblioteca o a ver a Helen y la niña si es que están, cenas, a veces te sientas un rato en el porche con McGovern o Lois Chasse, ¿y luego qué? Lees un poco más, miras la tele un poco más, te lavas, te vas a la cama. Sedentario. Aburrido. No me extraña que te despiertes tan temprano.»
Claro que todo eso era una sarta de tonterías. Su vida parecía sedentaria, sin duda, pero la verdad es que no lo era. El jardín era un buen ejemplo. Lo que hacía allí nunca le serviría para ganar un premio, pero distaba mucho de ser simplemente «trabajar un poco en el jardín». La mayoría de las tardes arrancaba malas hierbas hasta que el sudor formaba un oscuro triángulo en la espalda de su camisa y extendía círculos mojados a la altura de las axilas, y con frecuencia estaba temblando de agotamiento cuando se permitía volver a entrar en la casa. Con toda probabilidad, «castigo» sería un término más adecuado que «un poco de trabajo en el jardín», pero ¿castigo por qué? ¿Por despertar antes del alba?
Ralph no lo sabía ni le importaba. Trabajar en el jardín ocupaba buena parte de la tarde, le alejaba la mente de las cosas en las que no quería pensar, y ello bastaba para justificar el dolor muscular y las ocasionales manchas negras que se le aparecían ante los ojos. Empezó sus largas visitas al jardín después del Cuatro de Julio y las terminó a finales de agosto, mucho después de que las primeras cosechas hubieran sido recogidas y las últimas se echaran a perder sin remedio a causa de la falta de lluvia.
—Deberías dejarlo —le advirtió Bill McGovern cierta noche en que estaban sentados en el porche, bebiendo limonada.
Estaban a mediados de agosto, y Ralph había comenzado a despertarse a las tres y media de la madrugada.
—Tiene que ser peligroso para tu salud. Peor aún, pareces un chalado.
—Es que a lo mejor estoy chalado —replicó Ralph.
Su tono o su expresión debieron de ser convincentes, porque McGovern cambió de tema.
Volvió a salir a pasear... Nada parecido a las maratones de 1992, pero, por lo general, conseguía recorrer más de tres kilómetros diarios si no llovía. Su ruta habitual pasaba por la calle de perverso nombre de «Cuesta de Up-Mile»[1] hasta la Biblioteca Pública de Derry, a continuación a Páginas Traseras, una librería de viejo, y por fin al quiosco situado en el cruce de las calles Witcham y Main.
Páginas Traseras se hallaba junto a una caótica chatarrería llamada Rosa Usada, Ropa Usada, y al pasar por delante de aquella tienda cierto día de aquel agosto de su descontento, Ralph vio un cartel nuevo entre los anuncios pasados de cenas de alubias y actividades sociales de la iglesia, un cartel colocado de modo que cubría la mitad de un amarillento póster de propaganda electoral que pedía el voto presidencial para Pat Buchanan.
La mujer que aparecía en las dos fotografías de la parte superior del cartel era una bonita rubia de treinta y muchos y cuarenta y pocos años, pero el estilo de las fotos, que mostraban el rostro serio de frente y el rostro serio de perfil respectivamente, con fondo blanco en ambos casos, resultaba lo bastante inquietante como para que Ralph se detuviera a mirar. Las fotos conferían a la mujer el aspecto de pertenecer a la oficina de correos o a un reality show de la tele... y eso, como ponía de manifiesto el texto del cartel, no era una casualidad.
Las fotos le habían hecho detenerse, pero fue el nombre de la mujer lo que lo retuvo.
SE BUSCA POR ASESINATO
SUSAN EDWINA DAY
eran las palabras impresas en negro que aparecían en la parte superior del cartel. Y bajo las fotos de aparente corte policial se veía impreso en rojo:
¡NO TE ACERQUES A NUESTRA CIUDAD!
En la parte inferior del cartel se veía una frase impresa en letra pequeña. La visión de cerca de Ralph había empeorado de un modo considerable desde la muerte de Carolyn (de hecho, sería más apropiado decir que se había ido al carajo), por lo que tuvo que inclinarse hacia delante hasta oprimir la frente contra el sucio escaparate de Rosa Usada, Ropa Usada a fin de poder descifrar el texto:
Financiado por el Comité pro vida de Maine
En lo más profundo de su mente, una voz susurró: ¡Ei, Ei, Susan Day! ¿A cuántos niños has matado hoy?
Susan Day, recordó Ralph, era una activista política de Nueva York o Washington, la clase de mujer que hablaba muy deprisa y siempre volvía locos a taxistas, peluqueros y obreros de la construcción de los que llevan casco. No sabía por qué se le había ocurrido precisamente aquella copla de ciego; formaba parte de algún recuerdo que no conseguía evocar. Tal vez su cerebro viejo y cansado estaba confundiéndose con aquel cántico de protesta contra la guerra de Vietnam tan popular en los sesenta, aquel que decía: ¡Ei, ei, LBJ! ¿A cuántos niños has matado hoy?
«No, no es eso —se dijo—. Se parece, pero no. Era...»
Justo antes de que su mente pudiera escupir el nombre y el rostro de Ed Deepneau, una voz habló casi a su lado.
—La Tierra llamando a Ralph, la Tierra llamando a Ralph, ¡vamos, Ralphie, cariño!
Arrancado de su ensimismamiento, Ralph se volvió hacia la voz. Quedó desconcertado y a un tiempo divertido al comprobar que casi se había dormido de pie. «Dios mío —pensó—. Uno no se da cuenta de lo importante que es dormir hasta que no puede hacerlo. Entonces, todos los suelos empiezan a ladearse y los cantos de las cosas empiezan a redondearse.»
Era Hamilton Davenport, el propietario de Páginas Traseras, quien le había llamado. Estaba llenando el carrito de la biblioteca que guardaba delante de la tienda con libros de bolsillo de brillantes portadas. Su vieja pipa hecha de mazorca de maíz, que a Ralph siempre le había recordado el cañón de chimenea de un vapor a escala, sobresalía de la comisura de sus labios, enviando nubecillas de humo azul al aire brillante y cálido. Winston Smith, su viejo gato gris, estaba sentado en el umbral de la puerta con la cola enroscada alrededor de las patas. Contemplaba a Ralph con sus indiferentes ojos amarillos, como si dijera: «¿Te crees que sabes lo que es hacerse viejo, eh, amigo mío? Pues aquí estoy yo para dar prueba de que no tienes ni puta idea de lo que significa hacerse viejo.»
—Dios mío, Ralph —exclamó Davenport—. Debo de haberte llamado al menos tres veces.
—Supongo que estaba en Babia —repuso Ralph.
Rodeó el carrito de la biblioteca, se apoyó en el marco de la puerta (Winston Smith guardaba su lugar con real indiferencia) y cogió los dos periódicos que compraba cada día, el Boston Globe y el USA Today. El Derry News le llegaba directamente a casa por cortesía de Pat, el repartidor. A veces contaba a la gente que estaba seguro de que uno de los tres periódicos era una porquería, pero que todavía no había logrado decidir cuál.
—No...
De repente, Ralph se interrumpió al cruzarle por la mente la imagen de Ed Deepneau. De Ed había oído aquella desagradable cantinela el verano pasado, junto al aeropuerto, y no era de extrañar que le hubiera costado un rato recordarlo. Ed Deepneau era la última persona en el mundo de quien habría esperado oír algo así.
—Ralphie —llamó Davenport—. ¿Ya vuelves a estar en las nubes?
—Oh, lo siento —exclamó Ralph parpadeando—. No duermo muy bien últimamente, eso es lo que quería decir.
—Qué mala pata..., pero hay cosas peores en esta vida. Bébete un vaso de leche caliente y escucha algo de música suave media hora antes de irte a la cama.
Ralph había descubierto aquel verano que todos los habitantes del país parecían tener un remedio casero para el insomnio, algún truco de magia de la abuela que se había transmitido de generación en generación como la biblia familiar.
—Bach va muy bien, también Beethoven, y William Ackerman no está mal. Pero lo mejor de todo... —Davenport alzó un dedo con gesto misterioso para enfatizar lo que iba a decir—. Lo mejor de todo es no levantarse de la silla durante esa media hora. Para nada. No contestes al teléfono, no des cuerda al perro ni saques el despertador, no decidas ir a lavarte los dientes... ¡Nada! Y cuando te vayas a la cama, ya verás como te quedas frito.
—¿Y qué pasa si estás sentado en tu sillón favorito y de repente te das cuenta de que tienes una urgencia? —inquirió Ralph—. Estas cosas suelen pasar cuando se llega a mi edad.
—Pues te lo haces encima —replicó Davenport sin vacilar y echándose a reír a carcajadas.
Ralph esbozó una sonrisa forzada. Su insomnio estaba perdiendo cualquier matiz humorístico que pudiera haber tenido en un principio.
—¡Te lo haces encima! —cloqueó Ham al tiempo que daba palmadas en el carrito y se balanceaba sin dejar de reír.
Ralph echó un vistazo al gato. Winston Smith le devolvió una mirada serena, y a Ralph le pareció que aquellos ojos amarillos decían: «Sí, tienes razón, es un estúpido, pero es mi estúpido.»
—No está mal, ¿eh? Hamilton Davenport, maestro de la respuesta rápida. Te lo haces...
Hamilton lanzó otra carcajada, meneó la cabeza y a continuación tomó los dos billetes de dólar que Ralph le alargaba. Se los guardó en el bolsillo del corto delantal rojo que llevaba y sacó algunas monedas.
—¿Está bien?
—Seguro que sí. Gracias, Ham.
—De nada. Y bromas aparte, prueba lo de la música. De verdad que funciona. Tranquiliza las ondas cerebrales o algo así.
—Lo probaré.
Y lo peor del asunto es que probablemente lo probaría, al igual que había probado la receta de limón y agua caliente de la señora Rapaport y los consejos de Shawna McClure, según los cuales debía aclarar la mente reduciendo las respiraciones y concentrándose en la palabra calma (claro que cuando la pronunciaba Shawna, sonaba caaaaaaalmaaaa). Cuando uno intenta combatir el deterioro lento pero seguro de su ciclo de sueño, cualquier remedio casero podía resultar prometedor.
Ralph empezó a alejarse, pero de repente se volvió de nuevo hacia Ham.
—¿Qué es ese cartel de la tienda de al lado?
—¿La tienda de Dan Dalton? —replicó Ham frunciendo la nariz—. Nunca miro dentro, si puedo evitarlo. Me revuelve el estómago. ¿Es que tiene algo nuevo y asqueroso en el escaparate?
—Supongo que es nuevo... No está tan amarillento como el resto de los carteles, y la ausencia de mierda de mosca es notable. Parece un anuncio de esos de «se busca», sólo que la de las fotos es Susan Day.
—¡Susan Day en un...! ¡Qué hijo de puta! —exclamó Ham lanzando una mirada siniestra a la tienda vecina.
—¿Quién es? ¿La presidenta de la Organización Nacional de Mujeres o algo así?
—Ex presidenta y cofundadora de Hermanas de Armas. Autora de La sombra de mi madre y Lirios del valle. Este es un estudio sobre mujeres maltratadas y el porqué tantas de ellas se niegan a denunciar a los hombres que las maltratan. Creo que ganó el premio Pulitzer. Susie Day es una de las tres o cuatro mujeres con más influencia del país en estos momentos, y sabe escribir además de pensar. Ese payaso sabe que tengo una de sus peticiones al lado de mi caja registradora.
—¿Qué peticiones?
—Estamos intentando que venga a dar una conferencia —repuso Davenport—. Sabes que los antiabortistas intentaron volar el Centro de la Mujer las Navidades pasadas, ¿no?
Ralph intentó recordar con cautela el agujero negro en el que había vivido a finales de 1992.
—Bueno, recuerdo que la policía cogió a un tipo en el aparcamiento permanente del hospital con una lata de gasolina, pero no sabía...
—Era Charlie Pickering. Es miembro de Pan de Cada Día, uno de los grupos pro vida que organizan los piquetes antiabortistas —explicó Davenport—. Le convencieron para que lo hiciera, créeme. Pero este año ya pasan de la gasolina. Van a intentar que el ayuntamiento cambie las regulaciones urbanísticas para que el Centro de la Mujer desaparezca. Y es posible que lo consigan. Ya conoces Derry, Ralph... No es precisamente el colmo del liberalismo.
—No —convino Ralph con una débil sonrisa—. Nunca lo ha sido. Y el Centro de la Mujer es una clínica de abortos, ¿no?
Davenport le lanzó una mirada impaciente y señaló con la cabeza Rosa Usada.
—Eso es lo que dicen los cabrones como él —dijo—, sólo que les gusta más llamarlo fábrica que clínica. Y no hacen ni caso de todas las otras cosas que hace el Centro de la Mujer.
A Ralph, Ham empezaba a recordarle a un presentador de televisión que anunciaba medias que nunca tenían carreras durante el intermedio de la película del domingo por la tarde.
—Hacen planificación familiar, se ocupan de malos tratos a mujeres y niños y tienen un albergue para mujeres maltratadas en las afueras de Newport. Tienen un centro de violaciones en un edificio de la ciudad, junto al hospital, y una línea telefónica permanente para mujeres que han sido violadas y víctimas de palizas. En resumen, defienden todas las cosas que hacen que tipos duros como Dalton se pongan a parir.
—Pero practican abortos, ¿no? —insistió Ralph—. De eso van los piquetes, ¿verdad?
Ralph tenía la impresión de que los manifestantes armados con pancartas que patrullaban delante del edificio de ladrillo bajo y discreto del Centro de la Mujer llevaban años allí. Siempre le habían parecido demasiado pálidos, demasiado intensos, demasiado delgados o demasiado gordos, demasiado seguros de que Dios estaba de su parte. Las pancartas que llevaban decían cosas como TAMBIÉN LOS NONATOS TIENEN DERECHOS; VIDA, QUÉ MARAVILLOSA ELECCIÓN, y el viejo clásico EL ABORTO ES UN ASESINATO. En varias ocasiones, mujeres que acudían a la clínica, que se encontraba cerca del hospital de Derry, pero no estaba asociada a él, creía Ralph, habían sido bombardeadas con bolsas que contenían jarabe de maíz teñido de rojo.
—Sí, practican abortos —repuso por fin Ham—. ¿Tienes algún problema con eso?
Ralph pensó en los largos años que él y Carolyn habían pasado intentando tener un hijo, años que no habían provocado más que varias falsas alarmas y un desgraciado embarazo de cinco meses que había acabado en aborto. De repente lo acometió la sensación de que hacía demasiado calor y de que tenía las piernas demasiado cansadas. La idea del camino de regreso, sobre todo la parte de Up-Mile Hill, le cargó la espalda y la mente como un saco de piedras.
—Dios mío, no lo sé —replicó—. Pero me gustaría que la gente no se pusiera tan... histérica.
Davenport gruñó para sus adentros, se acercó al escaparate de su vecino y contempló el falso cartel de búsqueda. Mientras lo miraba, un hombe alto y pálido que lucía una perilla, la antítesis absoluta del tipo duro, diría Ralph, surgió de las profundidades de Rosa Usada como un fantasma de vodevil un poco ajado. Al darse cuenta de lo que Davenport estaba mirando, una sonrisita desdeñosa se dibujó en las comisuras de sus labios. Ralph creía que era la clase de sonrisa que podría costar a un hombre un par de dientes o la nariz. Especialmente en un día tan achicharrante como ese.
Davenport señaló el cartel y sacudió la cabeza con violencia.
La sonrisa de Dalton se ensanchó. Agitó las manos en dirección a Davenport («¿A quién le importa un carajo lo que pienses tú?», decía aquel gesto) y a continuación desapareció de nuevo en las profundidades de la tienda.
Davenport se volvió de nuevo hacia Ralph con las mejillas cubiertas de brillantes manchas rojas.
—La foto de ese tipo debería aparecer junto a la palabra cabrón en el diccionario —comentó.
«Exactamente lo mismo que piensa él de ti», caviló Ralph, aunque, por supuesto, no lo expresó en voz alta.
Davenport se quedó de pie ante el carro de la biblioteca llena de libros de bolsillo, con las manos metidas en los bolsillos de su delantal rojo, cavilando ante el cartel de
(ei ei)
Susan Day.
—Bueno —dijo por fin Ralph—, supongo que será mejor que...
Davenport salió de su ensimismamiento.
—No te vayas todavía —pidió—. Primero firma la petición, ¿vale? Alégrame un poco el día.
Ralph movió los pies con nerviosismo.
—Normalmente no me meto en conflictos como...
—Venga, Ralph —lo interrumpió en tono de vamos-a-ser-razonables—. No se trata de conflictos; se trata de asegurarse que los chalados como los que llevan Pan de Cada Día y los neandertales políticos como Dalton no consigan cerrar un centro tan útil para las mujeres. No te estoy pidiendo que apoyes los experimentos de armas químicas con delfines.
—No —concedió Ralph—, supongo que no.
—Esperamos poder enviar cinco mil firmas a Susan Day el uno de septiembre. Lo más probable es que no sirva para nada, porque Derry no es más que un pueblo grande perdido, y además, seguro que Susan Day tiene la agenda llena hasta el siglo que viene, pero no cuesta nada intentarlo.
Ralph se sintió tentado de explicar a Ham que la única petición que había deseado firmar era una en la que pidiera a los dioses del sueño que le devolvieran las tres horas de descanso que le habían arrebatado, pero entonces echó otro vistazo al hombre y decidió contenerse.
«Carolyn habría firmado su maldita petición —se dijo—. No es que le encantara el aborto, pero tampoco le encantaban los hombres que llegaban a casa en cuanto cerraban los bares y confundían a sus mujeres e hijos con balones de fútbol.»
Era cierto, pero ésa no habría sido la razón principal que la habría impulsado a firmar; lo habría hecho por la vaga posibilidad de escuchar a una auténtica revoltosa como Susan Day de cerca y en persona. Lo habría hecho movida por la curiosidad innata que tal vez había sido su característica más destacada, algo tan fuerte que ni siquiera el tumor cerebral había podido matar. Dos días antes de morir, había sacado la entrada del cine que Ralph utilizaba como punto de lectura del libro de bolsillo que había dejado sobre la mesilla de noche, porque quería saber qué película había ido a ver. Era Algunos hombres buenos, con Tom Cruise, por cierto, y Ralph quedó sorprendido y consternado al descubrir cuánto le dolía recordarlo. Aún ahora le dolía una barbaridad.
—De acuerdo —accedió—. Me encantará firmarla.
—¡Buen chico! —exclamó Davenport dándole una palmada en el hombro.
La expresión apesadumbrada dio paso a una sonrisa, pero Ralph no creía que ello significara una mejora significativa. La sonrisa era dura y no demasiado agradable.
—¡Entra en mi antro de perdición!
Ralph lo siguió a la tienda impregnada del olor a tabaco, lo que no parecía constituir un síntoma especial de perdición a las nueve y media de la mañana. Winston Smith se les adelantó a la carrera, volviendo la cabeza tan sólo una vez para observarlos con sus ancianos ojos amarillos. «Él es un estúpido y tú otro», parecía decir aquella mirada de despedida. Dadas las circunstancias, no era una conclusión que Ralph tuviera muchas ganas de cuestionar. Se colocó los periódicos bajo el brazo, se inclinó sobre el papel rayado que había sobre el mostrador, junto a la caja registradora, y firmó la petición para que Susan Day viniera a Derry a interceder en favor del Centro de la Mujer.
No le costó tanto subir la cuesta de Up-Mile como había creído, y atravesó el cruce en forma de X de las calles Witcham y Jackson pensando: «Bueno, no ha sido tan espantoso, ¿ver..?»
De repente se dio cuenta de que las orejas le zumbaban y las piernas habían empezado a temblarle. Se detuvo al otro extremo de la calle Witcham y se puso la mano sobre la pechera de la camisa. El corazón le latía bajo la palma con una violencia desigual que daba miedo. Oyó el crujido de papeles y vio que el suplemento de anuncios caía del Boston Globe y flotaba hasta la cuneta. Empezó a inclinarse para recogerlo, pero no tardó en detenerse.
«No es una buena idea, Ralph. Si te agachas, lo más probable es que te caigas. Te sugiero que dejes que lo recoja el basurero.»
—Sí, sí, buena idea —masculló al tiempo que se erguía.
Puntos negros bailaban ante sus ojos como una bandada surrealista de cuervos, y por un instante, Ralph se convenció de que acabaría tendido encima del suplemento de anuncios hiciera lo que hiciese.
—Ralph, ¿estás bien?
Alzó la mirada con cautela y vio a Lois Chasse, que vivía al otro lado de Harris Avenue, a media manzana de la casa que compartía con Bill McGovern. Estaba sentada en uno de los bancos que había junto al parque Strawford, probablemente esperando al bus de Canal Street para ir al centro.
—Pues claro, perfectamente —repuso mientras movía las piernas.
Tenía la sensación de estar pisando gelatina, pero creía haber llegado al banco sin ofrecer un aspecto demasiado espantoso. Sin embargo, no pudo contener un pequeño jadeo de gratitud al sentarse junto a Lois.
Lois Chasse tenía grandes ojos oscuros, de los que solían llamarse ojos españoles cuando Ralph era pequeño, y apostaba a que habían bailado en la mente de docenas de chicos cuando Lois iba al instituto. Seguían siendo su mejor rasgo, pero a Ralph no le hizo demasiada gracia la expresión de preocupación que mostraban en aquel momento. Era... ¿Cómo describirlo? «Una expresión demasiado amistosa como para ser de simple consuelo», fue la primera idea que se le ocurrió, pero no estaba seguro de que fuera la correcta.
—Perfectamente —repitió Lois.
—Exacto.
Ralph se sacó un pañuelo del bolsillo posterior, se aseguró de que estuviera limpio y a continuación se enjugó la frente.
—Espero que no te importe que te lo diga, Ralph, pero no pareces estar perfectamente.
A Ralph sí le importaba, pero no sabía cómo decírselo.
—Estás pálido, sudoroso y además has tirado papeles al suelo.
Ralph la miró consternado.
—Se te ha caído algo del periódico. Creo que era el suplemento de los anuncios.
—¿Ah, sí?
—Lo sabes muy bien. Espera un momento.
Lois se levantó, cruzó la acera, se agachó (Ralph se percató de que, aunque tenía las caderas bastante anchas, sus piernas todavía ofrecían un aspecto admirable para una mujer que debía de tener como mínimo sesenta y ocho años) y recogió el suplemento. Regresó al banco y se sentó.
—Bueno —dijo—, ahora ya no eres un cerdo que tira basura al suelo.
—Gracias —repuso Ralph sonriendo a su pesar.
—Ha sido un placer. Me irá muy bien el cupón de Cafés Maxwel House, también el de mezcla para hamburguesas y el de Coca Cola Light. Me he puesto como una vaca desde que murió el señor Chasse.
—No estás nada gorda, Lois.
—Gracias, Ralph, eres un perfecto caballero, pero no cambies de tema. Has sufrido un mareo, ¿verdad? De hecho, has estado a punto de desmayarte.
—Sólo me he parado a recobrar el aliento —replicó Ralph con rigidez.
Se volvió para observar a un puñado de críos que jugaban al béisbol en el parque. Jugaban sin miramientos, riendo y haciendo payasadas. Ralph envidiaba la eficacia de sus sistemas de aire acondicionado.
—A recobrar el aliento, ¿eh?
—Sí.
—A recobrar el aliento.
—Lois, pareces un disco rayado.
—Bueno, pues este disco rayado te va a decir una cosa, ¿vale? Estás como una cabra por intentar subir esta cuesta con el calor que hace. Si quieres pasear, ¿por qué no vas a la Extensión, que es plana, como hacías antes?
—Porque me recuerda a Carolyn —repuso Ralph, asqueado por el tono rígido, casi grosero que había adoptado, pero incapaz de evitarlo.
—Oh, mierda —exclamó Lois rozándole la mano—. Lo siento.
—No pasa nada.
—Sí que pasa. Debería haberlo sabido. Pero el aspecto que tienes ahora mismo tampoco está nada bien. Ya no tienes veinte años, Ralph. Ni siquiera cuarenta. No quiero decir que no estés en buena forma... Cualquiera puede comprobar que estás en magnífica forma para la edad que tienes, pero deberías cuidarte más. A Carolyn le gustaría que te cuidaras.
—Ya lo sé —replicó Ralph—, pero de verdad que...
estoy bien, quería decir, pero entonces apartó la vista de sus manos, miró a Lois a los oscuros ojos y lo que vio en ellos le impidió seguir. También había cansancio en aquellos ojos, ¿o tal vez soledad? Tal vez ambas cosas. En cualquier caso, no eran las únicas cosas que vio en ellos. También se vio a sí mismo.
«Eres un idiota —reprochaban aquellos ojos fijos en él—. Quizá los dos somos unos idiotas. Tienes setenta años y eres viudo, Ralph. Yo tengo sesenta y ocho y soy viuda. ¿Durante cuánto tiempo seguiremos pasando las veladas en el porche de tu casa, con Bill McGovern como la carabina más vieja del mundo? No mucho, espero, porque ninguno de los dos acaba de salir precisamente del cascarón.»
—Ralph —llamó Lois con repentina preocupación—. ¿Estás bien?
—Sí —repuso él volviéndose a mirar las manos—. Sí, claro.
—Es que tenías una expresión como si... Bueno, no sé.
Ralph se preguntó si la combinación del calor y la subida de la cuesta de Up-Mile no le habrían quizá revuelto un poquito el cerebro; porque aquella era Lois, al fin y al cabo, a la que McGovern siempre se refería (enarcando la ceja izquierda en ademán satírico) como «nuestra Lois». Y vale, sí, todavía estaba de muy buen ver..., piernas bien cuidadas, busto firme y aquellos extraordinarios ojos, y a lo mejor no le importaría llevársela a la cama, y tal vez a ella no le importaría que él se la llevara a la cama. Pero ¿después qué? Si veía la punta de una entrada de cine sobresaliendo del libro que él estuviera leyendo, ¿lo sacaría, demasiado curiosa por saber qué película había ido a ver como para pensar en que le perdería el punto?
Ralph no lo creía. Los ojos de Lois eran extraordinarios, y se había sorprendido bajando la mirada hacia el escote en pico de su blusa más de una vez cuando los tres estaban sentados en el porche, bebiendo té helado al fresco de la noche, pero tenía la sensación que tu cabeza pequeña puede meter en apuros a tu cabeza grande por mucho que tengas setenta años. Envejecer no justificaba volverse descuidado.
Ralph se levantó del banco, consciente de que Lois lo miraba, e hizo un gran esfuerzo para no andar encorvado.
—Gracias por tu interés —dijo—. ¿Quieres acompañar a un viejo hasta su casa?
—Gracias, pero voy al centro. Tienen un precioso hilo de color rosa en el Círculo de Costura, y estoy pensando en hacer una alfombra afgana. Mientras tanto, esperaré el autobús y me recrearé contemplando mis cupones.
—Bien hecho —exclamó Ralph con una sonrisa.
Echó un vistazo a los chiquillos que jugaban en el campo de maleza. Mientras los observaba, un chico con una extravagante mata de cabello rojo echó a correr desde la tercera base, se arrojó de cabeza al suelo y chocó contra el protector de espinilla de uno de los receptores con un golpe audible. Ralph hizo una mueca, imaginando ya las ambulancias con sus luces parpadeantes y el aullido de las sirenas, pero el pelirrojo se puso en pie de un salto y riendo.
—¡No me has tocado, burro! —gritó.
—¡Y una porra! —replicó el receptor con voz indignada, aunque sin poder contener la risa.
—¿Alguna vez echas de menos volver a tener esa edad, Ralph? —inquirió Lois.
—A veces —repuso tras reflexionar—. Pero por lo general me parece demasiado agotador. Pásate esta noche a hacernos compañía, Lois.
—Es muy posible que vaya —asintió Lois.
Ralph empezó a subir la cuesta de Harris Avenue, sintiendo el peso de los extraordinarios ojos de Lois sobre él e intentando mantener la espalda erguida. Creía que lo estaba haciendo bastante bien, pero no era fácil. No había estado tan cansado en toda su vida.
Ralph pidió hora en la consulta del doctor Lichtfield menos de una hora después de la conversación que había sostenido con Lois en el banco del parque. La recepcionista de voz serena y sexy le dijo que podía ir el martes por la mañana a las diez, si le iba bien, y Ralph contestó que no había ningún problema. A continuación colgó, entró en el salón, se sentó en la butaca de orejas con vistas a Harris Avenue y pensó en el doctor Lichtfield, en cómo al principio había tratado el tumor cerebral de su mujer con aspirinas y panfletos que explicaban diversas técnicas de relajación. Más tarde evocó en la mirada que había visto en los ojos de Lichtfield después de que la resonancia magnética confirmara las malas noticias auguradas en el escáner..., aquella mirada de inquietud y culpa.
Al otro lado de la calle, un puñado de chiquillos que pronto volverían a la escuela salieron de la Manzana Roja con barras de caramelo y granizados. Mientras los observaba montar en sus bicis y adentrarse en el brillante calor de las once, Ralph pensó en lo que siempre pensaba cuando el recuerdo del doctor Lichtfield salía a la superficie: en que lo más probable era que se tratara de un recuerdo falso.
«La cuestión es, viejo amigo, que querías que el doctor Lichtfield tuviera una expresión inquieta..., pero lo que es más importante, querías que tuviera aspecto de culpable.»
Muy posible. Era muy posible que Carl Lichtfield fuera un encanto de hombre y un médico con gran reputación, pero pese a ello, Ralph volvió a llamar a su consulta al cabo de una hora. Explicó a la recepcionista de la voz sexy que acababa de repasar su agenda y descubrir que el martes a la diez no le iba bien. Había pedido hora en el podólogo el mismo día y se le había olvidado.
—Mi memoria ya no es lo que era —se disculpó Ralph.
La recepcionista sugirió el jueves a las dos.
Ralph prometió volver a llamar.
«Mentiroso, mentiroso, te va a crecer la nariz —pensó mientras colgaba, regresaba despacio a la butaca de orejas y se sentaba—. No quieres saber nada más de él, ¿verdad?»
Suponía que no. Lo más probable era que eso no le quitara el sueño al doctor Lichtfield; si es que pensaba en Ralph, seguro que era en términos de un carcamal menos que se echaría un pedo en su cara mientras le examinaba la próstata.
«Muy bien, ¿y qué vas a hacer respecto al insomnio?»
—Quédate sentado durante media hora antes de irte a la cama y escucha música clásica —dijo en voz alta—. Y compra algunos pañales especiales para las urgencias.
Se sobresaltó al comprobar que se estaba riendo de la imagen de sí mismo sentado en aquella butaca, sin nada encima excepto unos pañales para adultos y escuchando música de Bach. Su risa tenía un matiz histérico que no le hacía ninguna gracia, de hecho, pero que era muy siniestra, y aun así tardó un buen rato en calmarse.
No obstante, suponía que seguiría el consejo de Hamilton Davenport (aunque pasaría de los pañales, muchas gracias), al igual que había probado la mayoría de los remedios caseros que las gentes bienintencionadas le habían recomendado. Aquello le hizo pensar en su primer remedio bona fide, y no pudo contener una sonrisa.
Había sido idea de McGovern. Cierta noche, estaba sentado en el porche cuando Ralph regresó de la Manzana Roja con pasta y salsa de espagueti; echó un vistazo a su vecino de arriba y emitió un chasquido al tiempo que meneaba la cabeza en ademán lúgubre.
—¿Qué te pasa? —preguntó Ralph al sentarse junto a él.
Calle abajo, una niña enfundada en unos vaqueros y una enorme camiseta blanca, estaba saltando a la comba y cantando en la creciente penumbra del anochecer.
—Pues que pareces hecho polvo —replicó McGovern al tiempo que hacía girar con el pulgar el panamá que le cubría la cabeza y miraba a Ralph con mayor detenimiento—. ¿Todavía duermes mal?
—Sí, todavía duermo mal —asintió Ralph.
McGovern permaneció en silencio durante unos instantes. Cuando volvió a hablar, su tono había adquirido un matiz de fatalidad absoluta, casi apocalíptica.
—La solución es el whiskey —sentenció.
—¿Cómo dices?
—La solución a tu insomnio, Ralph. No me refiero a que te ahogues en alcohol; no hace falta. Simplemente, mezcla media cucharada de miel en un vasito de whiskey y te lo bebes quince o veinte minutos antes de meterte en el sobre.
—¿Tú crees? —exclamó Ralph esperanzado.
—Lo único que puedo decirte es que a mí me fue muy bien, y eso que tenía muchísimos problemas para dormir cuando cumplí los cuarenta. Mirando atrás, supongo que era la típica crisis de la madurez... Seis meses de insomnio y un año de depresión porque me estaba quedando calvo.
Aunque todos los libros que había consultado afirmaban que el alcohol se había sobrevalorado mucho como remedio contra el insomnio, que con frecuencia agravaba el problema en lugar de solucionarlo, Ralph lo había probado. Nunca había bebido mucho, así que empezó limitando la dosis de media cucharada que le había recomendado McGovern a un cuarto, pero al no advertir ninguna mejoría después de una semana, incrementó la dosis a una cucharada entera... y más tarde a dos. Cierta mañana se despertó a las 4.22 de la madrugada con un desagradable dolor de cabeza que hacía compañía al apagado sabor a Early Times que le atenazaba el paladar; en aquel momento se dio cuenta de que sufría la primera resaca en quince años.
—La vida es demasiado corta para tener que malgastarla con esta mierda —había anunciado al piso vacío, y aquel había sido el fin del gran experimento del whiskey.
«Muy bien —se dijo Ralph mientras el intermitente flujo de clientes de media mañana entraba y salía de la Manzana Roja—. La situación es la siguiente: McGovern dice que tienes un aspecto espantoso, has estado a punto de desmayarte a los pies de Lois Chasse esta mañana y acabas de cancelar la consulta con el Viejo Médico de la Familia. Así que, ¿ahora qué? ¿Vas a dejar las cosas como están? ¿Aceptar la situación y no hacer nada?»
La idea tenía cierto encanto oriental, el destino, el karma y todo eso, pero necesitaría algo más que encanto para soportar las largas horas de la madrugada. Los libros afirmaban que había personas en el mundo, de hecho muchas, a las que bastaban tres o cuatro horas de sueño. Incluso había algunas que pasaban con dos. Por supuesto, se trataba de una minoría ínfima, pero existía. Sin embargo, Ralph Roberts no se encontraba entre ellos.
No le importaba qué aspecto ofrecía (tenía la sensación de que sus días de galán seductor habían pasado a la historia), pero sí le importaba cómo se encontraba, y ya no se trataba sólo de que no se encontrase bien; se encontraba fatal. El insomnio había invadido todos y cada uno de los aspectos de su vida, del mismo modo en que el ajo frito del quinto piso acaba por invadir todo el edificio. Las cosas habían empezado a perder color; el mundo había empezado a adquirir la textura apagada y granulada que muestran las fotografías de los periódicos.
Las decisiones más sencillas, como calentar una comida congelada para la cena o comprarse un bocadillo en la Manzana Roja y pasear hasta el merendero situado junto a la pista 3, por ejemplo, se habían tornado difíciles, casi angustiosas. En las últimas dos semanas había regresado a casa del club de vídeo Dave con las manos vacías cada vez más a menudo, y no porque Dave no tuviera nada de lo que quería ver, sino porque tenía demasiado... No podía escoger entre una de las películas de Harry el Sucio, una comedia de Billy Cristal o tal vez algunos episodios antiguos de Star Trek. Tras un par de aquellas excursiones infructuosas, Ralph se había dejado caer en su butaca de orejas, casi llorando de frustración... y de miedo, suponía.
Aquella creciente insensibilidad sensorial y el deterioro de su capacidad de decisión no eran los únicos problemas que había llegado a asociar con el insomnio; su memoria a corto plazo tampoco funcionaba demasiado bien. Se había acostumbrado a ir al cine una y en ocasiones dos veces por semana desde que se jubilara de la imprenta donde había finalizado su vida laboral como contable y supervisor general. Carolyn lo había acompañado hasta el año anterior, hasta que empezara a encontrarse demasiado mal como para disfrutar de cualquier salida. Después de su muerte, Ralph había ido solo, por lo general, aunque Helen Deepneau lo había acompañado un par de veces cuando Ed estaba en casa para cuidar del bebé (el propio Ed casi nunca iba al cine, porque afirmaba que le daba dolor de cabeza). Ralph se había acostumbrado tanto a llamar al contestador automático del cine para comprobar los horarios que se sabía el número de memoria. Sin embargo, conforme avanzaba el verano, advirtió que tenía que consultar cada vez más veces el número en las páginas amarillas; ya no recordaba con seguridad si los últimos cuatro dígitos eran 1317 o 1713.
—Es 1713 —se dijo en aquel momento—. Lo sé.
Pero ¿cómo lo sabía? ¿Lo sabía de verdad?
«Vuelve a llamar a Lichtfield. Vamos, Ralph, deja de rebuscar entre las ruinas. Haz algo constructivo. Y si Lichtfield te toca las narices, llama a otro. La guía está tan llena de médicos como siempre.»
Probablemente era cierto, pero a los setenta quizá ya era un poco tarde para ponerse a buscar a un nuevo matasanos por el método del pito pito colorito. Y no llamaría otra vez al doctor Lichtfield. Punto.
«Bueno, ¿y ahora qué, maldito viejo tozudo? ¿Unos cuantos remedios caseros más? Espero que no, porque al paso que vas, en un santiamén recurres al ojo de tritón y la lengua de sapo.»
La respuesta que se le ocurrió fue como una brisa en un día caluroso..., y era una respuesta tan sencilla que rayaba lo absurdo. Toda la investigación que había realizado aquel verano había tenido como objetivo comprender el problema más que encontrar una solución. En lo que se refería a respuestas, había confiado casi exclusivamente en remedios caseros como el whiskey y la miel, pese a que los libros ya le habían asegurado que lo más probable era que esos remedios no funcionaran o funcionaran sólo durante un tiempo. Si bien los libros ofrecían algunos métodos supuestamente fiables para combatir el insomnio, el único que Ralph había probado era el más simple y evidente... Irse a la cama más temprano cada noche. Aquella solución no había funcionado; había permanecido tendido en la cama hasta las once y media aproximadamente, para después dormirse y despertar a su nueva y temprana hora. Pero cabía la posibilidad de que otra solución sí funcionara.
En cualquier caso, merecía la pena intentarlo.
En lugar de pasar la tarde ocupado en sus frenéticas tareas de jardinería, Ralph bajó a la biblioteca y repasó algunos de los libros que ya había consultado. Por lo visto, según la opinión general, si el método de irse a la cama más temprano no funcionaba, tal vez sí resultaría útil acostarse más tarde. Ralph regresó a casa, aunque en esta ocasión, recordando sus desventuras pasadas, tomó el autobús, con el corazón lleno de cautelosa esperanza. Tal vez funcionara. Y si no, siempre le quedaban Bach, Beethoven y William Ackermann.
Su primer experimento con aquella técnica, que uno de los textos denominaba «sueño retardado», fue cómico. Se despertó a la hora de costumbre, es decir, a las cuatro menos cuarto según el reloj de la repisa del salón, con dolor de espalda y de cuello, sin tener en el primer momento ni idea de cómo había llegado hasta la butaca de orejas colocada junto a la ventana ni de por qué estaba encendido el televisor, que no retransmitía más que nieve y el leve rugido de la estática.
No se dio cuenta de lo que había sucedido hasta que levantó la cabeza con todo cuidado, sujetándose la nuca con la palma de la mano. Había pretendido quedarse levantado hasta las tres o quizá las cuatro de la mañana. A esa hora se metería en la cama y dormiría el sueño de los justos. En cualquier caso, ese era el plan. Pero en lugar de ello, el Increíble Insomne de Harris Avenue se había quedado frito durante el monólogo de introducción del humorista Jay Leno, como un niño que intenta permanecer despierto toda la noche para saber qué sensación produce. Y por supuesto, había salido de aquella aventura despertándose a la hora de siempre. El problema seguía siendo el mismo, habría dicho Joe Friday, el de Dos sabuesos despistados; lo único que había cambiado era el lugar.
Ralph se metió en la cama de todos modos, esperanzado contra toda esperanza, pero las ganas (si no la necesidad) de dormir se le habían pasado. Después de una hora de permanecer despierto en la cama, había regresado a la butaca de orejas, esta vez con una almohada detrás de su rígida nuca y una triste sonrisa dibujada en el rostro.
El segundo intento, que realizó la noche siguiente, no tuvo ninguna gracia. Empezó a tener sueño a la hora habitual, hacia las once y veinte, justo en el momento en que daban el parte meteorológico. En esta ocasión, Ralph consiguió vencer el sueño hasta el programa de Whoopy (aunque estuvo a punto de dormirse durante la conversación de Whoopy con Roseanne Arnold, la invitada de la noche) y la película de medianoche que siguió. Se trataba de una vieja cinta de Audie Murphy, en la que Audie parecía ganar la guerra del Pacífico prácticamente sin manos. A veces, Ralph tenía la sensación de que entre los canales de televisión existía una regla tácita según la cual, las películas de madrugada sólo podían tener por protagonistas a Audie Murphy o James Brolin.
Una vez volado el último fortín japonés finalizó la emisión del canal 2. Ralph buscó otros canales, pero lo único que encontró fue la consabida nieve. Suponía que podría haberse pasado la noche mirando películas si tuviese televisión por cable, como Bill o Lois; recordaba haberlo apuntado en su lista de cosas que hacer al empezar el nuevo año. Pero entonces Carolyn había muerto, y la televisión por cable, con o sin HBO, había dejado de parecerle una cuestión vital.
Encontró un ejemplar de Sports Illustrated y se puso a hojear un artículo sobre tenis femenino que había pasado por alto la primera vez que leyera la revista, mirando de vez en cuando el reloj cuando las manecillas empezaron a acercarse a las tres de la madrugada. Estaba casi convencido de que el método iba a funcionar. Sentía los párpados tan pesados como si los hubiera sumergido en cemento, y aunque estaba leyendo el artículo con toda minuciosidad, no tenía ni idea de cuál era la intención del autor. Frases enteras cruzaban su mente sin cuajar, como rayos cósmicos.
«Esta noche dormiré, de verdad creo que voy a dormir. Por primera vez en muchos meses, el sol tendrá que salir sin mi ayuda, y no es que eso sea bueno, amigos y vecinos... Es maravilloso.»
Y entonces, poco después de las tres de la mañana, aquella agradable somnolencia empezó a desvanecerse. No desapareció de golpe, sino que dio la impresión de escurrirse, como la arena a través de un tamiz o el agua por un desagüe parcialmente atascado. Cuando Ralph se percató de lo que estaba ocurriendo, no sintió pánico, sino consternación malsana. Era una sensación que había llegado a identificar como la verdadera contrapartida de la esperanza, y a las tres y cuarto, mientras se dirigía arrastrando los pies al dormitorio, no logró recordar ninguna depresión más profunda que la que lo envolvía en aquel momento. Tenía la sensación de ahogarse en ella.
—Por favor, Dios, sólo una cabezadita —masculló al apagar la luz.
Pero sospechaba que sus plegarias quedarían sin respuesta.
Y así fue. Aunque ya llevaba veinticuatro horas despierto, a las cuatro menos cuarto ya no quedaba ni pizca de somnolencia ni en su mente ni en su cuerpo. Sí, estaba cansado, más profunda y esencialmente cansado de lo que había estado en su vida, pero había descubierto que estar cansado y tener sueño eran a veces polos opuestos. El sueño, ese amigo incondicional, la mejor y más fiable nodriza de la humanidad desde la noche de los tiempos, lo había abandonado de nuevo.
A las cuatro, Ralph ya no podía soportar la cama, como le sucedía siempre que se percataba de que no le iba a servir de nada bueno. Se levantó rascándose la mata de vello casi totalmente gris que se rizaba sobre la pechera desabrochada de la chaqueta del pijama. Volvió a ponerse las zapatillas y se arrastró de nuevo al salón, donde se dejó caer una vez más en la butaca para contemplar Harris Avenue. Parecía un decorado en el que el único actor ni siquiera era humano, sino un perro callejero que bajaba despacio por Harris Avenue en dirección al parque Strawford y Up-Mile Hill. Mantenía la pata trasera izquierda lo más alta posible, cojeando lo mejor que podía con las otras tres.
—Hola, Rosalie —susurró Ralph mientras se frotaba los ojos.
Era un jueves por la mañana, día de recogida de basura en Harris Avenue, de modo que no se sorprendió al ver a Rosalie, que llevaba alrededor de un año siendo una presencia errante y esporádica en el barrio. Recorría la calle sin prisas, examinando las hileras y grupos de bidones con el aire selectivo de un hastiado comprador de mercadillo.
De repente, Rosalie, que aquella mañana cojeaba más que nunca y parecía tan cansada como Ralph, encontró lo que parecía un hueso de ternera de buen tamaño y se alejó con él entre los dientes. Ralph la siguió con la mirada hasta que desapareció y después se quedó sentado con las manos entrelazadas en el regazo, contemplando el barrio silencioso cuyas farolas anaranjadas de alta intensidad acentuaban la ilusión de que Harris Avenue no era más que un decorado desierto tras finalizar la función de la noche y marcharse los actores; las farolas arrojaban su luz como focos en una perfecta perspectiva menguante que era surrealista y alucinante.
Ralph Roberts permaneció en la butaca de orejas en la que había pasado tantas madrugadas durante los últimos meses y esperó que la luz y el movimiento invadieran el mundo sin vida que se extendía a sus pies. Por fin, el primer actor humano, Pat, el repartidor de periódicos, entró en escena por la derecha a bordo de su bicicleta Raleigh. Pedaleaba cuesta arriba sacando periódicos enrollados de la bolsa que llevaba a la bandolera y arrojándolos a los porches con bastante puntería.
Ralph lo observó durante un rato, exhaló un suspiro que se le antojó profundísimo y se levantó para preparar un poco de té.
—No recuerdo haber leído nunca nada acerca de esta mierda en mi horóscopo —masculló con voz hueca antes de abrir el grifo de la cocina y llenar la tetera.
Aquella eterna mañana de jueves y la aún más eterna tarde del mismo día enseñaron a Ralph Roberts una valiosa lección: no despreciar tres o cuatro horas de sueño simplemente porque había pasado toda la vida engañado por la falsa idea de que tenía derecho a dormir al menos seis y por lo general siete. Asimismo, le sirvió de ominosa premonición; si la situación no mejoraba, ya podía prepararse para encontrarse como se encontraba casi siempre. Y una porra, siempre. Fue al dormitorio a las diez y otra vez a la una, con la esperanza de echar una siestecita, aunque fuera mínima, si bien media hora le salvaría la vida, pero ni siquiera consiguió adormilarse. Estaba exhausto, pero no tenía ni pizca de sueño.
Alrededor de las tres decidió prepararse una sopa instantánea. Llenó la tetera de agua, la puso a hervir y abrió la alacena que había sobre el mostrador y en la que guardaba los condimentos, las especias y diversos sobres de comidas que, por lo visto, sólo comen los astronautas y los viejos, polvos a los que tan sólo hace falta añadir agua caliente.
Apartó algunas latas y botellas y después se quedó mirando fijamente la alacena durante un rato, como si esperara que la caja de los sobres de sopa aparecieran por arte de magia en el espacio que había dejado. Al comprobar que no iba a ser así, repitió el proceso, aunque colocando las cosas en su lugar original antes de volver a mirar el interior de la alacena con ese aire de perplejidad distante que se había convertido (aunque Ralph, gracias al cielo, no lo sabía) en su expresión principal.
Cuando la tetera empezó a silbar, encendió uno de los quemadores posteriores y volvió a mirar fijamente la alacena. Se le ocurrió, aunque muy, muy lentamente, que habría tomado la última sopa instantánea que quedaba el día antes o el anterior, aunque no lo recordaba ni a palos.
—¿Te sorprende? —preguntó a las cajas y botellas que lo miraban desde la alacena abierta—. Estoy tan cansado que ni siquiera recuerdo cómo me llamo.
«Sí que lo recuerdo —se corrigió—. Soy Leon Redbone, eso es.»
Un chiste bastante malo, pero Ralph percibió que una leve sonrisa, leve como una pluma, se abría paso en sus labios. Entró en el cuarto de baño, se peinó y a continuación bajó al piso inferior. «Aquí va Audie Murphy, adentrándose en territorio enemigo en busca de suministros —pensó—. Objetivo principal: una caja de sopas instantáneas de pollo y arroz. Si resultara imposible localizar y asegurar dicho objetivo, pasaré al plan B: fideos con carne. Sé que se trata de una misión arriesgada, pero...»
—... pero trabajo mejor solo —terminó al salir al porche.
La anciana señora Perrine pasaba por allí en aquel momento y dedicó a Ralph una mirada severa, aunque sin pronunciar palabra. Ralph esperó a que se alejara un poco, pues no se sentía con ánimos de entablar conversación con nadie aquella tarde, y menos con la señora Perrine, que a sus ochenta y dos años todavía habría encontrado un trabajo de lo más estimulante y útil en el ejército. Fingió examinar la planta araña que pendía de un gancho bajo el alero del porche hasta que la señora Perrine se alejó lo que consideraba una distancia segura, y a continuación cruzó Harris Avenue en dirección a la Manzana Roja. Fue ahí donde empezaron los verdaderos problemas del día.
Entró en la tienda cavilando de nuevo sobre el espectacular fracaso del experimento del sueño retardado y preguntándose si los consejos de los textos de la biblioteca no eran más que una versión pija de los remedios caseros que sus conocidos parecían tan ansiosos por imponerle. Era una idea desagradable, pero creía que su mente (o la fuerza que se ocultaba detrás de su mente y que era la auténtica responsable de aquella lenta tortura) le había transmitido un mensaje que era aún más desagradable. «Tienes una ventana para el sueño, Ralph. No es tan grande como antes y parece hacerse más pequeña cada semana que pasa, pero te conviene estar agradecido por lo que tienes, porque una ventana pequeña es mejor que no tener ninguna. Ahora lo entiendes, ¿verdad?»
—Sí —masculló Ralph mientras avanzaba por el pasillo central hacia las brillantes cajas rojas de las sopas instantáneas—. Lo entiendo perfectamente.
Sue, la cajera de la tarde, lanzó una risueña carcajada.
—Debe de tener dinero en el banco, Ralph —exclamó.
—¿Cómo dices? —replicó Ralph sin volverse.
Estaba repasando las cajas rojas. Sopa de cebolla... crema de guisantes... fideos con carne... pero ¿dónde narices estaban las de pollo con arroz?
—Mi madre siempre dice que la gente que habla sola tiene..., ¡oh Dios mío!
Por un momento, Ralph creyó que la muchacha había dicho algo un poco demasiado complejo como para que su cansada mente pudiera captarlo de inmediato, algo referente a que la gente que hablaba sola había encontrado a Dios, pero de repente, Sue empezó a gritar. Ralph se había agachado para repasar las cajas amontonadas en el estante inferior, y el grito lo hizo incorporarse con tal brusquedad que le crujieron las rodillas. Se volvió hacia la entrada de la tienda, golpeándose el codo contra el estante superior de las sopas y tirando una docena de cajas rojas al suelo del pasillo.
—Sue, ¿qué pasa?
Sue no le prestó atención. Miraba por la cristalera cubriéndose la boca con el puño y con los ojos castaños abiertos de par en par.
—¡Dios mío, mire toda esa sangre! —chilló con voz ahogada.
Ralph se giró un poco más, volcando unas cuantas cajas más de sopa, y miró por el sucio escaparate de la Manzana Roja. Lo que vio le arrancó un jadeo apagado, y tardó unos segundos, tal vez cinco, en darse cuenta de que la mujer ensangrentada y magullada que se acercaba dando tumbos a la Manzana Roja era Helen Deepneau. Ralph siempre había pensado que Helen era la mujer más guapa de la parte oeste de la ciudad, pero aquel día no había belleza alguna en ella. Tenía el ojo tan inflamado que no podía abrirlo, una hendedura en la sien izquierda que pronto se perdería en la llamativa hinchazón de un morado, y los labios carnosos y las mejillas cubiertas de sangre. La sangre procedía de su nariz, que todavía goteaba. Avanzaba a tumbos por el pequeño estacionamiento de la Manzana Roja, como si estuviera borracha, y su ojo bueno no parecía ver nada, tan sólo miraba con fijeza.
Aún más espeluznante que su aspecto era el modo en que sostenía a Natalie. La llevaba descuidadamente sobre la cadera, como tal vez había llevado los libros del instituto diez o doce años antes.
—¡Oh, Dios mío, va a dejar caer a la niña! —chilló Sue.
Pero aunque estaba diez pasos más cerca de la puerta que Ralph, no hizo movimiento alguno, sino que se quedó paralizada, cubriéndose la boca con las manos y con los ojos abiertos como platos.
De repente, el cansancio de Ralph se disipó como por encanto. Recorrió el pasillo a la carrera, abrió la puerta de golpe y salió de la tienda. Agarró a Helen por los hombros en el momento en que esta se golpeaba la cadera contra el congelador de cubitos (no la cadera en la que llevaba a Natalie, gracias a Dios) y rebotaba en otra dirección.
—¡Helen! —gritó—. Dios mío, Helen, ¿qué ha pasado?
—¿Ehh? —farfulló ella con una voz de vaga curiosidad, completamente distinta a la de la joven vivaracha que a veces lo acompañaba al cine y gemía al ver a Mel Gibson.
Volvió el ojo bueno hacia él, y Ralph apreció la misma curiosidad distante, una expresión que decía que no sabía quién era él ni, por supuesto, dónde se encontraba, qué había sucedido o cuándo.
—¿Ehh? ¿Ral? ¿Eee?
Ralph la soltó, alargó los brazos hacia Natalie y logró aferrarse a uno de los tirantes del mono de la niña. Nat gritó, agitó las manos y lo miró con los oscuros ojos azules abiertos de par en par. Ralph logró deslizar una mano entre las piernas del bebé antes de que el tirante se desprendiera. Por un instante y sin dejar de chillar, la niña se balanceó sobre su mano como una gimnasta sobre la barra de equilibrio, y Ralph percibió el bulto mojado de sus pañales bajo el mono que llevaba. Deslizó la otra mano por detrás de la nuca de Nat y la apretó contra sí. El corazón le latía desbocado, e incluso con la niña a salvo en sus brazos la veía caer, veía su cabecita cubierta de cabello fino y suave chocar contra el pavimento sembrado de colillas con un espantoso crujido.
—¿Hmm? ¿Ar? ¿Ral? —inquirió Helen.
Vio a Natalie en brazos de Ralph, y una parte de la inseguridad desapareció de su ojo bueno. Alzó las manos hacia la niña, y Natalie imitó el gesto con sus rollizas manitas. En aquel momento, Helen trastabilló, chocó contra la pared del edificio y retrocedió un paso. Sus pies se enredaron (Ralph vio salpicaduras de sangre en sus pequeñas zapatillas blancas y se sorprendió al comprobar lo brillante que parecía todo de repente; el color había regresado al mundo, al menos por el momento), y habría caído al suelo si Sue no se hubiera decidido por fin a salir. En lugar de aterrizar en el suelo, Helen chocó contra la puerta que se abría en aquel instante y permaneció apoyada ahí como un borracho a una farola.
—¿Ral?
La expresión de Helen había recuperado algo de contenido, y Ralph se dio cuenta de que no había en ellos tanta curiosidad como incredulidad. Helen aspiró una profunda bocanada de aire e intentó que de sus labios hinchados brotaran palabras inteligibles.
—Da. Dabe a bi bebé. Be-bé. Dabe... Na-halie.
—Todavía no, Helen —repuso Ralph—. Todavía no estás lo bastante recuperada.
Sue seguía al otro lado de la puerta, sosteniéndola de forma que Helen no cayera al suelo. Las mejillas y la frente de la muchacha estaban cenicientas, los ojos, llenos de lágrimas.
—Sal —le ordenó Ralph—. Sujétala.
—¡No puedo! —farfulló Sue—. ¡Está llena de sasa-sangre!
—¡Por el amor de Dios, cállate! ¡Es Helen! ¡Helen Deepneau, que vive aquí al lado!
Y aunque Sue ya debía de saberlo, oír el nombre bastó para que reaccionara. Cruzó el umbral de la puerta abierta, y cuando Helen se tambaleó hacia atrás, Sue le rodeó los hombros con el brazo y la sujetó con firmeza. Aquella expresión de incrédula sorpresa no desaparecía del rostro de Helen. A Ralph le costaba cada vez más mirarlo. Le revolvía el estómago.
—Ralph, ¿qué ha pasado? ¿Ha tenido un accidente?
Volvió la cabeza y vio a Bill McGovern parado en un extremo del estacionamiento. Llevaba una de sus elegantes camisas azules, con los pliegues de la plancha aún visibles en las mangas, y una mano de largos dedos, extrañamente delicada, cubriéndose los ojos. Tenía un aspecto raro, como desnudo, pero Ralph no tenía tiempo para pensar a qué se debía; estaban sucediendo demasiadas cosas.
—No ha sido un accidente —sentenció—. Le han dado una paliza. Coge a la niña.
Alargó la niña a Bill McGovern, que vaciló un instante antes de tomarla en brazos. Natalie empezó a chillar otra vez. Con el aspecto de alguien al que acaban de entregar una bolsa para el mareo llena a rebosar, la sostenía lo más lejos posible de sí; los pies del bebé oscilaban en el vacío. Tras él comenzaba a congregarse una pequeña multitud, formada en su mayoría por adolescentes ataviados con uniformes de béisbol que se disponían a regresar a casa después del partido jugado en el campo que había a la vuelta de la esquina. Miraban con desagradable fijeza el rostro hinchado y ensangrentado de Helen, y a Ralph le cruzó la mente el relato bíblico en el que Noé se emborrachaba en el arca, y los buenos hijos apartaban la mirada del anciano desnudo que yacía sobre su jergón, mientras que los malos se lo quedaban mirando... y riendo.
Con toda suavidad, apartó el brazo de Sue y rodeó con el suyo los hombros de Helen. El ojo bueno de la joven se volvió de nuevo hacia él. Esta vez pronunció su nombre con mayor claridad y seguridad, y la gratitud que percibió en su voz confusa le dieron ganas de llorar.
—Sue, coge al bebé. Bill no tiene ni idea.
La muchacha obedeció y acurrucó a Nat entre sus brazos con ademanes suaves y expertos. McGovern le dedicó una sonrisa agradecida, y en aquel momento, Ralph se dio cuenta de lo que le había inquietado acerca del aspecto de su amigo. McGovern no llevaba el panamá que parecía formar parte de él (al menos en verano) del mismo modo que el quiste sebáceo que le sobresalía del puente de la nariz.
—¡Eh, señor! ¿Qué ha pasado? —preguntó uno de los jugadores de béisbol.
—Nada que os incumba —replicó Ralph.
—Parece como si hubiera peleado unos cuantos asaltos con Riddick Bowe.
—No, con Tyson —intervino otro de los chicos, y aunque parezca increíble, se oyeron algunas risas.
—¡Largo! —les gritó Ralph con repentina furia—. ¡A repartir periódicos! ¡Y no os metáis en lo que no os importa!
Los muchachos retrocedieron unos pasos, pero ninguno de ellos se marchó. Lo que estaban viendo era sangre, y no en el cine precisamente.
—¿Puedes andar, Helen?
—Zí —repuso la joven—. Cdeo que... cdeo que zí.
Ralph la ayudó a entrar en la Manzana Roja. Helen avanzaba con lentitud, arrastrando los pies como una anciana. El sudor y la adrenalina manaban de sus poros en un hedor agrio, y a Ralph volvió a revolvérsele el estómago. No por el olor, sino por el esfuerzo que suponía reconciliar a esta Helen con la mujer vivaracha y agradablemente sexy con la que había hablado el día anterior mientras ella trabajaba en sus parterres.
De repente, Ralph recordó otra cosa acerca del día anterior. Helen llevaba bermudas azules bastante cortas, y Ralph había advertido un par de morados en sus piernas... Una gran mancha amarillenta en el muslo izquierdo y un cardenal más oscuro en la pantorrilla derecha.
Acompañó a Helen hasta la pequeña oficina que había detrás de la caja registradora. Alzó la mirada hacia el espejo convexo antirrobo colgado en el rincón y vio a McGovern sostener la puerta abierta para Sue.
—Cierra con llave —ordenó por encima del hombro.
—Jo, Ralph, no me dejan...
—Sólo unos minutos —insistió Ralph—. Por favor.
—Bueno..., vale. Supongo.
Ralph oyó el chasquido de la cerradura al girar mientras sentaba a Helen en la dura silla de plástico colocada detrás de la desordenada mesa. Descolgó el teléfono y pulsó el botón del número de urgencias. Antes de que el teléfono del otro extremo de la línea empezara a sonar, una mano ensangrentada pulsó el botón de desconexión.
—Doo... Ral —masculló Helen tragando saliva con evidente esfuerzo—. No.
—Sí —replicó Ralph—. Voy a llamar.
En ese momento vio temor en su ojo bueno, del que ya no había rastro de confusión.
—No —insistió—. Por favor, Ralph, no llames.
Helen miró por encima del hombro de Ralph y volvió a alargar los brazos. La expresión humilde e implorante de su magullado rostro arrancó a Ralph una mueca de consternación.
—Ralph —intervino Sue—. Quiere a la niña.
—Ya lo sé. Tráesela.
Sue entregó el bebé a Helen, y Ralph se quedó mirando mientras el bebé, que apenas pasaba del año, según creía, rodeaba el cuello de su madre con sus bracitos y escondía la cara en su hombro. Helen besó a Nat en la coronilla. Era evidente que le dolía la boca al hacerlo, pero aun así, repitió el gesto. Y otra vez. Al mirarla, Ralph advirtió que rastros de sangre llenaban los sutiles pliegues de su cuello como si de mugre se tratara. La furia de Ralph reapareció.
—Ha sido Ed, ¿verdad? —preguntó.
Por supuesto que había sido Ed... Al fin y al cabo, una no pulsa el botón de desconexión del teléfono cuando alguien intenta llamar a urgencias si le ha pegado una paliza un perfecto desconocido, pero de todos modos, tenía que preguntar.
—Sí —repuso ella.
Su voz no era más que un susurro, la respuesta, un secreto enterrado en la suave nube del cabello de su hijita.
—Sí, ha sido Ed. Pero no puedes llamar a la policía —insistió alzando la mirada, con el ojo bueno inundado de miedo y tristeza—. Por favor, no llames a la policía, Ralph. No puedo soportar la idea de que el padre de Natalie acabe en la cárcel por... por...
Helen estalló en sollozos. Natalie la miró con ojos desorbitados y expresión de cómica sorpresa durante un instante, y a continuación, su llanto se sumó al de su madre.
—Ralph —empezó McGovern vacilante—. ¿Quieres que vaya a buscar unas aspirinas o algo así?
—Mejor que no —replicó el aludido—. No sabemos lo que le pasa ni lo graves que son las heridas.
Miró de soslayo a través del escaparate, sin querer ver qué había afuera, esperando no verlo, pero viéndolo de todos modos; rostros ávidos alineados hasta el punto en que la nevera de las cervezas bloqueaba la visión. Algunos de los mirones se protegían los ojos con las manos ahuecadas para contrarrestar el reflejo del vidrio.
—¿Qué hacemos? —inquirió Sue observando a los mirones mientras se tiraba nerviosa del dobladillo del guardapolvo que debían llevar los empleados de la Manzana Roja—. Si la empresa se entera de que he cerrado la puerta con llave en horas de trabajo, seguro que me despiden.
Helen tiró de la mano de Ralph.
—Por favor, Ralph —murmuró, aunque en realidad sólo un Pofavó, Raaf brotó de sus hinchados labios—. No llames a nadie.
Ralph la miró inseguro. Había visto a un montón de mujeres con un montón de morados en su vida, y un par de ellas, aunque no demasiadas, para ser sinceros, habían recibido palizas mucho peores que la de Helen. Sin embargo, no siempre le había parecido tan siniestro. Su mente y su moral se habían formado en una época en la que la gente creía que lo que sucedía entre el marido y la mujer tras la puerta cerrada de su matrimonio no era asunto de nadie, y ello incluía al hombre que martirizaba a su mujer a puñetazos y a la mujer que martirizaba a su marido con la lengua. Era imposible conseguir que la gente se comportara como es debido, e inmiscuirse en sus asuntos, aunque fuera con las mejores intenciones, convertía amigos en enemigos con demasiada frecuencia.
Pero entonces recordó el modo en que Helen sostenía a Natalie al caminar por el estacionamiento, sobre la cadera como si fuera un libro de texto. Si hubiera dejado caer a la niña en el aparcamiento o al cruzar Harris Avenue, lo más probable era que ni se hubiese dado cuenta; Ralph creía que Helen había sacado a Natalie de casa movida tan sólo por el instinto. No había querido dejar a Nat al cuidado del hombre que le había propinado tal paliza que sólo veía por un ojo y no podía pronunciar más que sílabas confusas.
Se le ocurrió otra cosa, algo que guardaba relación con los días que habían seguido a la muerte de Carolyn. Le había sorprendido la intensidad de su dolor...; al fin y al cabo, había sido una muerte anunciada. Creía que había superado la mayor parte del dolor mientras Carolyn aún vivía. En cualquier caso, la pena le había impedido encargarse de los últimos preparativos del funeral. Había logrado llamar a la funeraria Brookings-Smith, pero fue Helen quien lo había acompañado a escoger un ataúd (McGovern, que odiaba la muerte y las trampas que la rodeaban, se había escabullido), y Helen quien lo había ayudado a elegir una corona, la que decía Amada esposa. Y fue Helen, por supuesto, quien organizó la pequeña recepción que siguió al funeral, sirviendo canapés del catering de Frank y refrescos y cerveza de la Manzana Roja.
Esas eran las cosas que Helen había hecho por él cuando se vio incapaz de hacerlas. ¿Acaso no estaba obligado a devolverle el favor, aun cuando ella no reconociera ahora que se trataba de un favor?
—Bill —dijo por fin—. ¿A ti qué te parece?
McGovern paseó la mirada entre Ralph y Helen, que seguía sentada en la silla de plástico rojo con el maltrecho rostro bajo.
—No lo sé. Helen me cae muy bien y quiero hacer lo correcto, ya lo sabes, pero en una situación así... ¿quién sabe qué es lo correcto?
Volvió a alargar la mano hacia el teléfono, y esta vez, cuando Helen intentó agarrarle la muñeca, le apartó la mano.
—Comisaría de policía de Derry —contestó una voz grabada—. Marque el número uno para servicios de urgencias. Marque el número dos para ponerse en contacto con la policía. Marque el número tres si desea información.
Ralph, que de repente se dio cuenta de que necesitaba los tres, vaciló un instante antes de marcar el dos. El teléfono sonó una vez antes de que contestara una voz femenina.
—Policía 911, ¿en qué puedo servirle?
Ralph aspiró profundamente antes de hablar.
—Me llamo Ralph Roberts. Estoy en la Manzana Roja de Harris Avenue, con una vecina mía. Su nombre es Helen Deepneau. Le han propinado una paliza considerable.
Colocó una mano sobre el rostro de Helen, y la joven oprimió la frente contra su costado. Ralph percibió el calor de su piel a través de la camisa.
—Por favor, vengan lo antes posible.
Colgó el teléfono y se puso en cuclillas junto a Helen. Natalie lo vio, chirrió de alegría y alargó la mano para tirarle amistosamente de la nariz. Ralph esbozó una sonrisa, la besó en la palma de la mano y a continuación escudriñó el rostro de Helen.
—Lo siento, Helen —se disculpó—, pero tenía que hacerlo. No podía hacer otra cosa. ¿Lo entiendes? No podía hacer otra cosa.
—¡Do en-hiendo dada! —exclamó la joven.
Ya no le sangraba la nariz, pero cuando se la tocó para limpiársela, apartó los dedos con una mueca de dolor.
—Helen, ¿por qué lo ha hecho? ¿Por qué iba a pegarte Ed de esta forma?
De repente recordó otros cardenales, sobre todo en los brazos de Helen, tal vez de forma regular. Si habían aparecido de forma regular, lo cierto era que no se había dado cuenta hasta entonces. A causa de la muerte de Carolyn. Y a causa del insomnio que se había apoderado de él después. En cualquier caso, no creía que aquella fuera la primera vez que Ed le ponía las manos encima a su mujer. Tal vez esta paliza había sido el punto culminante, pero no la primera vez. Captaba la idea y reconocía su lógica, pero descubrió que todavía no podía imaginar a Ed haciéndolo. Veía la sonrisa rápida de Ed, sus ojos vivarachos, las manos que se movían sin cesar cuando hablaba..., pero no podía imaginarse a Ed utilizando aquellas manos para darle una tunda a su mujer; no podía figurárselo por mucho que lo intentara.
De pronto resurgió un recuerdo, el recuerdo de Ed avanzando con paso rígido hacia el hombre que conducía la furgoneta azul... (Una Ford Ranger, ¿verdad?) Sí, y abofeteando el mentón del gordo. Recordar aquella escena fue como abrir la puerta del armario de Fibber-McGee, el protagonista de aquel viejo programa de radio..., pero lo que cayó del interior no fue una avalancha de trastos viejos sino toda una serie de vívidas imágenes de aquel día de julio. Los truenos retumbando sobre el aeropuerto. El brazo de Ed surgiendo de la ventanilla del Datsun y agitándose arriba y abajo, como si de aquel modo pudiera hacer que la verja se abriera más deprisa. La bufanda con el símbolo chino.
Ei, ei, Susan Day, ¿a cuántos niños has matado hoy?, pensó Ralph, aunque era la voz de Ed la que oía, y sabía muy bien lo que iba a decir Helen antes de que abriera la boca.
—Una tontería —farfulló con dificultad—. Me ha pegado porque firmé una petición, nada más. Están circulando por toda la ciudad. Anteayer, alguien me la puso delante de las narices cuando entraba en el supermercado. Además, la niña estaba inquieta, así que...
—Así que la firmaste —terminó Ralph en voz baja.
Helen asintió y se echó a llorar otra vez.
—¿Qué petición? —terció McGovern.
—Para que Susan Day venga a Derry —explicó Ralph—. Es una feminista...
—Ya sé quién es Susan Day —lo interrumpió McGovern en tono irritado.
—Bueno, pues un montón de gente está intentando que venga a dar una conferencia. En nombre del Centro de la Mujer.
—Ed estaba de muy buen humor al llegar a casa —prosiguió Helen con el rostro surcado de lágrimas—. Casi siempre está así los jueves, porque sólo trabaja medio día. Me explicó que iba a pasar la tarde fingiendo que leía un libro, pero lo que en realidad quería hacer era ver girar el aspersor... ya sabes cómo es...
—Sí —asintió Ralph, recordando el modo en que Ed había hundido el brazo en uno de los bidones del gordo, y aquella astuta sonrisa
(A mí no me la pegas)
pintada en su rostro—. Sí, ya sé cómo es.
—Lo envié a comprar unas papillas... —Su voz sonaba cada vez más inquieta y asustada—. No sabía que le iba a molestar... Casi había olvidado que había firmado ese maldito papel, la verdad... y todavía no sé exactamente por qué se ha puesto como se ha puesto... pero cuando ha vuelto a casa...
Abrazó a Natalie con el cuerpo tembloroso.
—Chist, Helen, tranquila, no pasa nada.
—¡Sí que pasa!
La joven alzó la mirada hacia él. Gruesas lágrimas caían de su ojo bueno y se colaban por entre el párpado hinchado del otro.
—¡Sí que pa-pasa! ¿Por qué no ha parado esta vez? ¿Y qué pasará conmigo y el bebé? ¿Dónde iremos? No tengo dinero aparte del que hay en la cuenta conjunta... No tengo trabajo... Oh, Ralph, ¿por qué has llamado a la policía? ¡No deberías haberlo hecho!
Le golpeó el antebrazo con su pequeño y débil puño.
—Saldrás de esta sin ningún problema —le aseguró Ralph—. Tienes muchos amigos en el barrio.
Pero apenas había oído sus propias palabras ni los débiles puñetazos de Helen. La furia le nublaba la mente y le latía en el pecho y las sienes como un segundo corazón.
No «por qué no ha parado»; no era eso lo que había dicho. Lo que había dicho era «¿por qué no ha parado esta vez?».
Esta vez.
—Helen, ¿dónde está Ed?
—En casa, supongo —repuso Helen en tono apagado.
Ralph le dio una palmadita en el hombro antes de volverse y caminar hacia la puerta.
—Ralph —lo llamó McGovern con voz alarmada—. ¿Dónde vas?
—Cierra con llave cuando me vaya —ordenó Ralph a Sue.
—Jo, no sé si puedo hacerlo —se quejó la muchacha mirando dubitativa la creciente hilera de mirones que escudriñaban el interior de la tienda por el sucio escaparate.
—Sí que puedes —replicó él.
De pronto ladeó la cabeza y oyó el primer aullido lejano de una sirena que se aproximaba.
—¿Oyes eso?
—Sí, pero...
—La policía te dirá lo que tienes que hacer, y tu jefe no se enfadará contigo... Lo más probable es que te dé una medalla por llevar este asunto tan bien.
—Si lo hace, la compartiré con usted —prometió Sue al tiempo que se volvía hacia Helen con las mejillas menos pálidas, aunque no mucho—. Jo, Ralph, mírela. ¿De verdad que la pegó por firmar un estúpido papel en el supermercado?
—Creo que sí —repuso Ralph.
La conversación se le antojaba del todo coherente, pero parecía llegarle de muy lejos. La furia estaba más cerca; le atenazaba el cuello con sus brazos ardientes. Quería volver a tener cuarenta años, cincuenta siquiera, para así poder dar a Ed una cucharada de su propio medicamento. Aunque tal vez lo intentaría de todos modos.
Estaba descorriendo el pestillo de la puerta cuando McGovern le agarró el hombro.
—Pero ¿adónde crees que vas?
—A ver a Ed.
—¿Estás de guasa o qué? Te romperá la cara si le tocas. ¿Es que no has visto lo que le ha hecho a ella?
—Ya lo creo —replicó Ralph.
Sus palabras no fueron un verdadero gruñido, pero se acercaron lo suficiente como para que McGovern retirara la mano.
—Maldita sea, Ralph, tienes setenta años, por si lo has olvidado. Y Helen necesita un amigo, no una antigüedad destrozada a la que pueda visitar porque su habitación del hospital está a tres puertas de la suya.
Bill tenía razón, por supuesto, pero eso no hizo más que empeorar el enfado de Ralph. Suponía que el insomnio también contribuía a agravar su enfado y entorpecer su razonamiento, pero daba igual. En cierto modo, el enojo era un alivio. En cualquier caso, era mejor que reptar por un mundo en el que todo había adquirido un siniestro matiz grisáceo.
—Si me atiza lo suficiente, me darán un somnífero y al menos dormiré bien una noche —sentenció—. Y ahora déjame en paz, Bill.
Atravesó el estacionamiento de la Manzana Roja a paso brusco. Un coche patrulla se aproximaba con la luz azul encendida. Un montón de preguntas («¿Qué ha sucedido? ¿Está bien?») llovieron sobre él, pero Ralph hizo caso omiso de ellas. Se detuvo en la acera, esperó a que el coche patrulla entrara en el aparcamiento y a continuación cruzó Harris Avenue con la misma brusquedad; McGovern lo seguía a una prudente distancia, con una expresión de angustia pintada en el rostro.