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10 de abril, 1912

El único sonido en el comedor era el tictac del grande y recargado reloj de la repisa de la chimenea y el ocasional crujido de alguna gruesa servilleta de hilo. Había once personas en el enorme comedor, y hacía tanto frío que Edwina apenas podía mover los dedos. Se los miró y vio cómo relucía su anillo de compromiso bajo la luz matinal; entonces sonrió, mirando al otro lado de la mesa, hacia sus padres. Incluso con los ojos bajos podía ver la sonrisa en los labios de su padre. Y estaba segura de que por debajo de la mesa, tenía tomada la mano de su madre. Cuando estaban en su ambiente, siempre bromeaban y reían; se susurraban alegremente, y a sus amigos les gustaba decir que no les extrañaba que tuvieran seis hijos. A los cuarenta y un años, Kate Winfield todavía parecía una niña. Tenía una figura ágil y una cintura esbelta; si se iba detrás de ellos a cierta distancia, a menudo era difícil distinguir a Kate de su hija mayor, Edwina, que también era alta, tenía el pelo oscuro y reluciente y grandes ojos azules. Estaban muy unidas, igual que toda la familia. Era una familia en la que sus miembros reían, hablaban, gritaban, se abrazaban, bromeaban y a diario se hacían travesuras.

Ahora le resultaba difícil a Edwina mantener la cara seria mientras observaba a su hermano George producir nubes de vapor con el aliento en el gélido comedor que su tío Rupert, lord Hickham, gustaba de mantener ligeramente más frío que el Polo Norte. Los Winfield no estaban acostumbrados a esto. Estaban acostumbrados a las comodidades de su vida americana en el clima cálido de California. Habían venido desde San Francisco un mes atrás para ver a sus tíos y para anunciar el compromiso de Edwina. Sus vínculos con Inglaterra parecían repetirse. La hermana de Kate, Elizabeth, se había casado con lord Rupert veinticuatro años atrás, y había ido a Inglaterra para convertirse en la segunda vizcondesa y la dueña de Havermoor Manor. A los veintiuno, había conocido a lord Hickham, mucho mayor que ella, cuando este fue a California con unos amigos, y se enamoraron. Más de dos décadas después, a sus sobrinas y sobrinos les resultaba difícil entender esa atracción. Lord Hickham era distante y brusco, inhospitalario en extremo; jamás parecía reír y era evidente para todos ellos que le era extremadamente desagradable tener niños en su casa. No era que le desagradaran, explicaba siempre tía Liz, solo era que no estaba acostumbrado a ellos, ya que no los había tenido.

Con esto explicó el porqué no le había divertido nada que George le pusiera varios renacuajos en la cerveza, después de que tío Rupert fuera a cazar patos con su padre. En verdad, Rupert hacía mucho tiempo que había dejado de querer tener hijos. Mucho tiempo atrás, le había parecido que necesitaba un heredero para Havermoor Manor y sus otras grandes fincas, pero al final fue evidente que eso no formaba parte del Gran Plan. Su primera esposa había sufrido varios abortos antes de morir de parto diecisiete años antes de que se casara con Liz. Y siempre había echado la culpa a Liz por no darle hijos tampoco; no es que quisiera tantos como Kate y Bertram, y con toda seguridad habría querido que se hubieran comportado mejor que estos. Era absolutamente asombroso, le aseguró a su esposa, lo que les dejaban hacer a esos niños. Pero los americanos eran conocidos por eso. No poseían ningún sentido de la dignidad o el control, ninguna educación ni disciplina de ninguna clase. Sin embargo, le tranquilizaba enormemente que Edwina se casara con el joven Charles Fitzgerald. Quizá, después de todo, existía alguna esperanza para ella, había dicho de mala gana cuando Liz se lo contó.

Lord Hickham tenía setenta años, y no le había gustado la idea cuando Kate escribió a su hermana y le preguntó si podían ir todos a pasar unos días. Iban a ir a Londres a conocer a los Fitzgerald y anunciar el compromiso, pero a Rupert le horrorizaba la idea de que todos ellos después fueran a Havermoor.

—¿Qué? ¿Con toda su prole?

Se mostró horrorizado cuando Liz, amablemente, se lo planteó a la hora del desayuno. Entonces casi era Navidad, y ellos querían ir en marzo. Liz había esperado que, con tiempo para tranquilizarle, Rupert les permitiría ir. Liz ansiaba que su hermana fuera a su casa y que sus hijos le alegraran sus tristes días. Había llegado a odiar Havermoor en los veinticuatro años de vivir allí con Rupert, y echaba de menos a su hermana y la feliz infancia que habían compartido en California.

Era difícil vivir con Rupert, y su matrimonio nunca había sido lo que ella había soñado. Al principio, le impresionaron su aire digno, su título, su gran educación con ella, y sus historias acerca de la «vida civilizada» que llevaban todos en Inglaterra. Él tenía veinticinco años más que ella, y cuando llegó a Havermoor, a Liz le sorprendió encontrar la finca tristemente deprimente y en un tremendo mal estado. Rupert en aquellos días también mantenía una casa en Londres, pero al cabo de poco tiempo, Liz descubrió que nunca la utilizaba. Después de cuatro años de no poner los pies allí, se la vendió a un buen amigo. Tener hijos les habría podido ayudar, creía ella; estaba ansiosa por tener una familia y oír voces jóvenes y alegres resonando en los sombríos pasillos. Pero, año tras año, se fue haciendo evidente que este no iba a ser su destino, y vivía solo para ver a los hijos de Kate en sus raras visitas a San Francisco. Al final, incluso esos pequeños placeres le fueron negados, cuando Rupert se puso demasiado enfermo para viajar mucho tiempo y, por fin, anunció que era demasiado viejo. Reumatismo, gota y la simple vejez le impedían recorrer el mundo y, como necesitaba que su esposa le cuidara noche y día, Liz se encontraba atrapada en Havermoor con él. Más a menudo de lo que a ella le gustaba admitir, se encontraba soñando que regresaba a San Francisco, pero no había podido ir allí en años. Todo lo cual hacía más importante para ella la visita de Kate y los niños; estuvo más que agradecida cuando Rupert finalmente dijo que podían ir siempre que no se quedaran por mucho tiempo.

Esto resultó aún más maravilloso de lo que Liz había esperado. Hacía varios años que habían ido por última vez y ella se sentía llena de gozo. Sus largos paseos en el jardín con su hermana eran lo que había anhelado en los años transcurridos. En otro tiempo, las dos habían sido como gemelas; ahora, Liz estaba asombrada de ver a Kate tan guapa y con un aspecto tan joven. Estaba aún, evidentemente, muy enamorada de Bert. Eso le hacía lamentar más aún a Liz el haberse casado con Rupert. Con los años, se había preguntado con frecuencia cómo habría sido la vida de no haberse convertido en lady Hickham y, en cambio, haberse casado con alguien de su país.

Ella y Kate habían sido muy despreocupadas de jovencitas, felices en casa, con sus complacientes padres. A los dieciocho años habían sido presentadas en sociedad, y por un corto período de tiempo se lo habían pasado de maravilla yendo a cenas, bailes y fiestas; después, demasiado deprisa, apareció Rupert y Liz se fue a Inglaterra con él. De algún modo, aunque había vivido en Inglaterra más de la mitad de su vida, Liz nunca podía sentir que verdaderamente perteneciera a allí. Jamás había podido alterar el curso de nada que Rupert ya hubiera establecido en Havermoor Manor antes de que ella llegara. Era casi como una invitada, una invitada sin ninguna influencia, ningún control y que, además, ni siquiera era bien recibida. Como no había producido un heredero, su presencia allí parecía no tener sentido.

Su vida contrastaba totalmente con la de su hermana Kate. ¿Cómo podía entenderlo Kate? Con su guapo esposo, joven y con el cabello oscuro, y sus seis guapos hijos que habían llegado como regalos del cielo con intervalos regulares durante los casi veintidós felices años que llevaban casados. Tenían tres hijos y tres hijas, todos llenos de alegría y buena salud, con la belleza e inteligencia de sus padres y buen sentido del humor. Lo extraño era que aunque Kate y Bert parecían casi demasiado bienaventurados, cuando uno les veía, no le cabía ninguna duda de que se lo merecían. Aunque Liz había envidiado a su hermana durante años, y a menudo lo decía, nunca se sentía celosa en el mal sentido. Todo parecía bien, Kate y Bert era básicamente buenos y decentes. Ellos también eran conscientes de la alegría que poseían, y a menudo se lo decían a los niños. Eso hacía que Liz se sintiera nostálgica por lo que nunca había conocido... el amor de un hijo... y la evidentemente cálida relación amorosa que Kate compartía con su esposo. Vivir con Rupert había hecho que Liz, con los años, se volviera callada. Parecía haber muy poco que decir, y no había nadie a quien decírselo. Rupert nunca se interesaba en particular por ella. Se interesaba por sus fincas, sus patos, sus gallos, sus faisanes y, cuando era más joven, sus caballos y sus perros, pero una esposa le resultaba relativamente poco útil, en especial ahora, con su gota que le fastidiaba gran parte del tiempo. Ella podía llevarle el vino, llamar a los criados y ayudarle a meterse en la cama, pero su dormitorio estaba lejos, muy lejos del de ella, y había sido así durante muchos años, cuando él comprendió que ella no le daría hijos. Lo único que compartían era el pesar, un hogar común y la fría soledad de aquella casa. Todo esto hacía que la visita de los Winfield fuera como abrir las persianas, correr las cortinas y dejar entrar el sol y el aire fresco de una primavera californiana.

Alguien tenía hipo; luego otro ahogó una risita, en el otro extremo de la mesa de donde Liz y Kate se sentaban, a ambos lados de lord Rupert, quien pareció no haberlo oído. Las dos mujeres intercambiaron una sonrisa. Liz parecía diez años más joven que cuando habían llegado. Ver a su hermana y a sus sobrinos parecía siempre reavivar su abatido ánimo. A Kate se le partía el alma cuando veía lo que su hermana había envejecido, lo solitaria que vivía allí en el campo, en una casa a la que odiaba, con un hombre que claramente no la amaba y con toda probabilidad nunca la había amado. Ahora sentía la angustia de su partida. En menos de una hora se habrían ido, y solo el Señor sabía cuándo volverían a Inglaterra. Kate la había invitado a ir a San Francisco a preparar la boda de Edwina, pero a Liz le parecía que no podía dejar a Rupert tanto tiempo y le prometió ir en agosto, para la boda.

El hipo en el otro extremo de la mesa era casi un alivio; Kate miró a Alexis, de casi seis años de edad. George le susurraba algo, y Alexis estaba a punto de estallar en carcajadas.

—Chssst —susurró Kate, sonriéndoles, y mirando a Rupert.

Su mesa del desayuno solía parecer un picnic del cuatro de julio, pero aquí tenían que comportarse; los niños esta vez habían seguido las reglas de Rupert y él parecía haberse ablandado un poco con la edad. Había llevado a Phillip, de dieciséis años, a cazar varias veces y, aunque Phillip había admitido a su padre que lo detestaba, siempre fue educado, le había dado las gracias a su tío y había ido con él. Pero Phillip era así, quería agradar a todos, era siempre muy amable, caballeroso, educado, y asombrosamente reflexivo para un chico de su edad. Era difícil creer que solo tenía dieciséis años; era claramente el más responsable de todos los hijos Winfield. Excepto Edwina, claro; pero ella tenía veinte años, ya era adulta y al cabo de cinco meses tendría un hogar propio y un esposo. Un año después, quizá tendría un hijo propio. Era difícil de creer, no dejaba de recordarse Kate, que su hija mayor ya tuviera edad de casarse y de tener hijos.

Ahora iban a casa a hacerse cargo de todos los preparativos para la boda; Charles regresaba a Estados Unidos con ellos. Él tenía veinticinco años y estaba perdidamente enamorado de Edwina. Se habían conocido, por casualidad, en San Francisco, y habían mantenido relaciones desde el verano anterior.

La boda sería en agosto; se llevaban con ellos metros y metros de exquisita tela que Kate y Edwina habían comprado en Londres para su vestido. Kate iba a encargar a su modista de San Francisco que lo bordara con diminutas perlas; el velo lo confeccionaría una francesa que acababa de llegar a Londres procedente de París. Lady Fitzgerald iba a llevárselo cuando fuera a San Francisco a finales de julio. Y entretanto habría montones de cosas por hacer. Bertram Winfield era uno de los hombres más prominentes de California. Él y su familia poseían uno de los periódicos más arraigados de San Francisco, y tenía que invitar a cientos de personas a la boda. Kate y Edwina habían tardado un mes en hacer la lista; ya había en ella más de quinientas personas. Pero Charles solo se había reído cuando Edwina le advirtió que podría haber más.

—Habría sido muchísimo peor en Londres. Hace dos años, cuando se casó mi hermana, hubo setecientos. Gracias a Dios yo estaba en Delhi.

Durante los últimos cuatro años había estado viajando. Después de pasar dos años en la India en el ejército, se había aventurado a ir a Kenia, donde había pasado un año, viajando y visitando a amigos; a Edwina le encantaba oírle contar sus aventuras. Le había rogado ir a África a pasar la luna de miel, pero él creía que sería mejor ir a algún sitio más domesticado. Planeaban pasar el otoño en Italia y Francia, y querían estar de regreso en Londres para Navidad. En secreto, Edwina esperaba estar embarazada para entonces. Estaba locamente enamorada de Charles, quería tener una familia numerosa como la suya y una relación feliz como la que siempre había visto entre sus padres. No es que no discutieran de vez en cuando: sí lo hacían, y los candelabros casi vibraban en su casa de San Francisco cuando su madre realmente perdía los estribos, pero junto con la furia, siempre había amor. Siempre había ternura, perdón y compasión; siempre se sabía, pasara lo que pasara, cuánto Kate y Bertram se amaban, y eso era exactamente lo que Edwina quería cuando se casara con Charles. No quería nada más ni nada menos que eso; no necesitaba a un hombre importante, o un título, una bonita finca. No quería ninguna de las cosas que en otro tiempo atrajeron a tía Liz hacia tío Rupert. Ella quería bondad, sentido del humor y una mentalidad abierta; alguien con quien pudiera reír, hablar y trabajar duro. Era cierto que su vida sería fácil, a Charles le gustaban los deportes y salir con amigos, y nunca se había visto obligado a tener que ganarse la vida, pero tenía los valores que había de tener y la respetaba; un día tendría el escaño de su padre en la cámara de los Lores.

Igual que Edwina, Charles quería al menos media docena de hijos. Los padres de ella habían tenido siete, aunque uno había muerto al nacer, un chico que estaba entre ella y Phillip, lo cual hacía sentirse a Phillip aún más responsable con todo. Era como si ocupara el lugar de otro al ser el hijo mayor; todo lo que hacía, o que le afectaba, parecía añadir más responsabilidad sobre los hombros de Phillip. Todo esto hacía la vida muy sencilla para George, quien, a los doce años, sentía que su única misión en la vida era divertir a todo el mundo, y la responsabilidad era la cosa que tenía más lejos de su mente en cualquier momento. Torturaba a Alexis y a los pequeños siempre que podía, le parecía que le tocaba a él alegrar la conducta más austera de su hermano mayor, y lo lograba haciéndole la petaca en la cama, o metiéndole inofensivas serpientes en los zapatos; un ratón bien colocado era útil de vez en cuando, o pimienta en el café de la mañana, para empezar bien el día. Phillip estaba convencido de que George le había sido enviado para amargarle la existencia, y durante sus raras y extremadamente cautas persecuciones del otro sexo, George siempre aparecía, dispuesto a prestarle su experta ayuda. George no era tímido con las chicas, ni con nadie, en realidad. En el barco, cuando iban a Inglaterra, dondequiera que Kate y Bertram fueran, eran saludados por conocidos de su segundo hijo varón... «¡Ah, son los padres de George...!» Kate se encogía por dentro, preguntándose qué habría hecho; Bertram reía, divertido por las inofensivas travesuras del chico y su carácter animado. La más tímida era la que venía a continuación, la pequeña Alexis, con su aureola de rizos rubios y enormes ojos azules. Los otros tenían todos el pelo oscuro y los ojos azules, igual que Kate y Bert, excepto Alexis, que era tan rubia que su pelo casi parecía blanco a la luz del sol. Era como si los ángeles hubieran dado a George toda su malicia y valor y a Alexis algo muy delicado y raro. Dondequiera que iba, la gente la miraba y comentaba lo bonita que era. Y al cabo de unos minutos, ella desaparecía en el aire, solo para reaparecer, sin ruido, como si volara con alas silenciosas. Ella era la «niñita» de Kate y el «bebé especial» de su padre; era raro que hablara con alguien más. Vivía feliz en los confines de su familia, todos la protegían. Siempre estaba allí, silenciosa, mirando, pero hablando muy poco. A veces se pasaba horas en el jardín, confeccionando guirnaldas para el pelo de su madre. Sus padres lo significaban todo para ella, aunque también quería a Edwina. Pero Edwina en realidad estaba más unida a la siguiente, Frances, de cuatro años de edad. Fannie, la llamaba todo el mundo; Fannie de las dulces mejillas redondeadas, manos regordetas y piernecitas robustas. Tenía una sonrisa que derretía el corazón de todos, en especial el de su padre; al igual que Edwina, tenía los ojos azules y el pelo negro reluciente. Se parecía muchísimo a su padre, y tenía su buen carácter. Siempre estaba contenta y sonreía, era feliz dondequiera que estuviera, igual que el pequeño Teddy. Este tenía dos años, y era la niña de los ojos de su madre. Ahora empezaba a hablar y a descubrir todo lo que le rodeaba, con la cabeza llena de rizos y una alegre risa. Le encantaba escapar corriendo y hacer que Oona le persiguiera. Esta era una chica irlandesa, muy cariñosa, que había dejado Irlanda a los catorce años, y Kate había tenido la suerte de encontrarla en San Francisco. Tenía dieciocho años y representaba una gran ayuda para Kate con todos los niños. Oona le reprochaba a Kate que malcriaba al pequeño Teddy. Ella, riendo, lo admitía. A todos los mimaba a veces, porque les quería mucho.

Pero lo que maravillaba a Kate era lo diferentes que eran todos, qué personas únicas e individuales eran cada uno de ellos, y cuánto variaban sus necesidades. Todo en ellos era diferente: sus actitudes, sus aspiraciones, sus reacciones ante ella, ante la vida y los demás... desde la timidez y temores de Alexis, al sentido de la responsabilidad de Phillip, pasando por la completa falta de ella que mostraba George y la fuerte y tranquila seguridad en sí misma de Edwina. Había sido siempre tan reflexiva y amable, pensando en todos antes que en sí misma, que ahora era un alivio para Kate verla perdidamente enamorada de Charles y disfrutando de ello. Se lo merecía. Durante años, había sido la mano derecha de su madre, y a Kate le parecía que era hora de que Edwina tuviera su propia vida.

Solo deseaba que no se trasladaran a Inglaterra. Era la segunda vez en su vida que perdía a alguien a quien quería porque partía a tierras lejanas. Solo esperaba que su hija fuera más feliz de lo que había sido su hermana allí; pero, por fortuna, Charles era completamente diferente de Rupert. Charles era encantador, inteligente, atractivo y bueno; Kate creía que sería un esposo maravilloso.

Iban a reunirse con Charles aquella mañana en el muelle White Star de Southampton. Había accedido a regresar a Estados Unidos con ellos, en parte porque no podía soportar la idea de no ver a Edwina durante los siguientes cuatro meses y también porque Bert había insistido en que viajara con ellos como regalo de compromiso. Iban a navegar en un barco recién construido, en su primer viaje. Todos estaban enormemente excitados.

Todavía se hallaban sentados en el comedor de Havermoor Manor; Alexis empezó a reír en voz alta cuando George dijo algo terrible en voz baja e hizo más vapor con su aliento en el gélido aire. Bertram iba a reñir a sus hijos cuando Rupert por fin se levantó y fueron libres de irse. Bert dio la vuelta a la mesa para despedirse de él y estrechó la mano de su cuñado. Y por una vez, Rupert lamentaba de veras verle partir. Le gustaba Bert, y con los años incluso Kate le había llegado a gustar, aunque todavía no estaba seguro de sus sentimientos con respecto a los niños.

—Ha sido maravilloso estar aquí contigo, Rupert. Devuélvenos la visita en San Francisco —dijo Bertram; y casi lo dijo de corazón.

—Me temo que no puedo hacerlo.

Ya habían acordado que Liz iría a San Francisco para la boda, con los padres de Charles. Estaba satisfecha porque Rupert la dejaba ir, apenas podía esperar. Ya había comprado su vestido en Londres con Kate y Edwina.

—Si te ves con ánimos, ven.

Los dos hombres volvieron a estrecharse la mano. Rupert se había alegrado de que hubieran ido, y ahora se alegraba de que se marcharan.

—Escríbenos y cuéntanos lo del barco. Debe de ser algo impresionante. —Parecía celoso, pero solo un momento. Esta vez Liz no sentía ninguna envidia. Solo de pensar en barcos ya se mareaba. Temía la travesía que debería efectuar en julio—. ¿Escribirás acerca de ello en el periódico, Bert?

Bert sonrió. Raras veces escribía algo para su periódico, salvo algún editorial ocasional, cuando no podía contenerse. Pero esta vez, tenía que admitirlo, había pensado en ello más de una vez.

—Quizá lo haga. En este caso, te mandaré un ejemplar cuando lo publiquemos.

Rupert pasó un brazo alrededor de los hombros de Bert, y le acompañó a la puerta, mientras Edwina y Kate reunían a los pequeños con Oona, la chica irlandesa, y se ocupaban de que todos fueran al baño antes de partir para Southampton.

Todavía era sorprendentemente temprano; el sol apenas estaba saliendo y les esperaba un trayecto de tres horas hasta Southampton. Rupert había ordenado a su chófer y a dos de los mozos de cuadra que les llevaran a Southampton en tres coches con el poco equipaje que aún quedaba. La mayoría de baúles habían sido enviados el día anterior, les estarían esperando en sus camarotes.

Y al cabo de unos momentos, los niños se habían instalado en los tres coches: Edwina y Phillip con parte del equipaje, y George, que insistía en sentarse con el mozo de cuadras que iba al volante; Oona con Fannie y el pequeño Teddy y el resto de bolsas en otro coche; Kate y Bertram iban a ir en el Silver Ghost del propio Rupert con Alexis. Liz se había ofrecido a ir con ellos, pero Kate había insistido en que era un viaje demasiado largo. Se verían de todos modos al cabo de cuatro meses, y sería demasiado triste regresar sola en el vacío convoy. Las dos mujeres se abrazaron y, por un largo momento, Liz la apretó contra sí, sin saber por qué se sentía tan emotiva aquella mañana.

—Id con cuidado... Te echaré tanto de menos...

Esta vez le parecía doloroso verla partir... como si no pudiera soportar más despedidas. Liz volvió a abrazarla, y Kate se rió, enderezando el elegante sombrero que Bertram le había comprado en Londres.

—Agosto llegará antes de que te des cuenta, Liz —susurró Kate a su hermana—, y volverás a estar en casa.

Le besó la mejilla, luego se apartó para mirarla, deseando que Liz no tuviera un aspecto tan estropeado y abatido. Le hizo pensar otra vez en el traslado de Edwina a Inglaterra cuando se casara con Charles; Kate solo rezaba para que la vida de su hija resultara más feliz que la de su hermana. Le desagradaba estar tan lejos, igual que le desagradaba la idea de dejar a Liz allí, mientras Rupert daba instrucciones a los conductores y les urgía a marcharse para que no perdieran el barco. Quedaban menos de cinco horas para que zarpara.

—Zarpa a mediodía, ¿no?

Sacó el reloj de su bolsillo y consultó a Bert, mientras Kate daba un último abrazo a Liz y subía al coche, arrastrando a Alexis.

—Sí. Llegaremos con tiempo de sobra.

Eran las siete y media de la mañana del diez de abril.

—¡Que tengáis buen viaje! ¡Es un gran barco! ¡Feliz travesía!

Se despidió con la mano cuando el primer coche arrancó, y Liz se quedó cerca de él cuando siguió el segundo coche y después el último, mientras Kate les decía adiós desde la ventanilla con una amplia sonrisa, Alexis en su regazo y Bertram sentado a su lado rodeándole los hombros con un brazo.

—¡Os quiero...! —gritó Liz mientras ellos se alejaban con el rugido de los motores—. Os quiero...

Las palabras se desvanecieron y Liz se secó una lágrima de los ojos, sin estar segura de por qué se sentía tan preocupada. Realmente era una tontería, ya que les vería en agosto. Sonrió para sí entonces y siguió a Rupert para entrar en casa. Él se encerró en su biblioteca como con frecuencia hacía por las mañanas, y Liz regresó al comedor y contempló los asientos vacíos, los platos que eran retirados y una terrible sensación de soledad se apoderó de ella. La habitación que había estado llena de vida y de gente a la que ella amaba ahora se encontraba vacía, y ella volvía a estar sola, mientras los otros se dirigían hacia Southampton.

2

Al acercarse al muelle de Southampton, el coche en que viajaban Kate y Bertram iba en cabeza del convoy que formaban los automóviles de lord Hickham hasta el lugar donde embarcaban los pasajeros de primera clase. En el segundo coche, George daba saltos sobre su asiento, y Edwina al final tuvo que insistir en que se sentara antes de que les volviera locos a ella y a Phillip.

—¡Míralo, míralo, Edwina!

Señalaba las cuatro impresionantes chimeneas del barco, mientras Phillip le urgía a calmarse. A diferencia de su hermano menor, más exuberante, Phillip había leído bastante acerca del barco en cuanto se enteró de que iban a viajar en su primera travesía. Había otro barco casi idéntico, el Olympic, que funcionaba desde el año anterior, pero este era literalmente el mayor barco que existía. El RMS Titanic era mayor que su barco hermano, pero era el 50 por ciento más grande que cualquier otro transatlántico en funcionamiento en cualquier parte del mundo, y George se quedó sobrecogido cuando lo vio. El periódico de su padre lo había llamado «La maravilla de los barcos» cuando habían publicado la noticia, y en Wall Street se le llamaba «El especial de los millonarios». Era un privilegio extraordinario viajar en su primer viaje. Bert Winfield había reservado cinco de los veintiocho camarotes especiales de la cubierta B, los cuales eran una de las muchas características que distinguían a este barco de cualquier otro en funcionamiento. Estos camarotes tenían ventanas en lugar de portillas y estaban bellamente decorados con antigüedades francesas, holandesas y británicas. La White Star Line se había superado a sí misma en todos los aspectos. Y los cinco camarotes de los Winfield se conectaban entre ellos como para hacerlos parecer una suite muy grande, más que varias habitaciones contiguas.

George iba a dormir con Phillip, Edwina con Alexis, Oona con los dos pequeños, Fannie y Teddy, y Bertram y Kate se alojaban en el mayor de los camarotes, justo al lado del que ocupaba su futuro yerno, Charles Fitzgerald. Prometía ser una travesía festiva, y George apenas podía esperar a subir a bordo; salió del coche a toda prisa un momento más tarde y se encaminó a la pasarela. Pero su hermano era demasiado rápido para él, le agarró del brazo y le devolvió a donde Edwina estaba ayudando a su madre con los otros.

—¿Adónde crees que vas, jovencito? —entonó Phillip, pareciendo más su padre que él mismo, mientras George le echaba una mirada de intensa irritación.

—Empiezas a parecerte al tío Rupert.

—No me importa. Tú te quedas aquí hasta que papá diga que puedes subir al barco.

Miró por encima del hombro de Edwina y vio a Alexis encogerse contra las faldas de su madre, y a la niñera bregar con los dos más pequeños, que estaban llorando.

—Ve a atender a Teddy. Oona está intentado ayudar a mamá a organizar las maletas.

Su padre estaba despidiendo a los chóferes de lord Hickham. Era la clase de situación que a George le encantaba, el caos total, que le permitiría desaparecer y hacer exactamente lo que quisiera.

—¿Tengo que hacerlo?

Puso cara de horror ante la idea de tener que hacer de canguro cuando había tanto por descubrir. El impresionante casco del Titanic se hallaba a su lado en el muelle y lo único que George quería hacer era subir a él para descubrir todos sus secretos. Tenía mucho por explorar, y apenas podía esperar a comenzar.

—Sí, tienes que ayudar —gruñó Phillip otra vez, empujando a George en dirección a los más pequeños, mientras él iba a ayudar a su padre. Por el rabillo del ojo vio entonces que Edwina tenía dificultades con Alexis.

—No seas tonta. —Estaba arrodillada al lado de la pequeña en el muelle, con su elegante vestido nuevo de lana azul que se había puesto el día que fue a conocer a los padres de Charles—. ¿De qué tienes miedo? Mira. —Edwina señaló el enorme barco—. Es como una ciudad flotante; dentro de pocos días estaremos en Nueva York y allí tomaremos el tren para San Francisco.

Edwina intentaba explicárselo y hacerlo parecer una aventura, pero Alexis estaba claramente aterrorizada con aquella enorme masa que era el barco, se hundió en las faldas de su madre y se echó a llorar otra vez soltándose de Edwina.

—¿Qué ocurre? —Kate miró a su hija mayor y trató de oír lo que le decía a pesar del ruido, mientras la banda que tocaba en el puente se lanzaba a hacer sonar un ritmo sincopado. Pero aparte de eso, hasta el momento no había habido mucho barullo. Al parecer la White Star Line había decidido que demasiado alboroto resultaría vulgar—. ¿Qué ha ocurrido? —Kate intentaba calmar a Alexis.

—Tiene miedo —articuló Edwina con los labios, y Kate asintió.

Siempre era a Alexis a quien aterrorizaban los acontecimientos nuevos, la gente nueva, los lugares nuevos; tuvo miedo al viajar en el Mauretania y había preguntado a su madre repetidamente qué ocurriría si se caía al agua.

Kate le acarició los sedosos rizos dorados con su mano enguantada, y se agachó para susurrarle un secreto al oído. Sus palabras provocaron una sonrisa en los labios de la niña, cuando le recordó que dentro de cinco días sería su cumpleaños. Iba a cumplir seis; su madre le había prometido una fiesta de cumpleaños en el barco y otra cuando llegaran a San Francisco.

—¿De acuerdo? —le susurró a la asustada niña, pero Alexis se limitó a negar con la cabeza y se echó a llorar otra vez, agarrándose a su madre.

—No quiero ir.

Y entonces, antes de que la niña pudiera decir nada más, se sintió cogida por unas manos fuertes e izada sobre los hombros de su padre.

—Claro que sí, cielo. No querrás quedarte aquí en Inglaterra sin nosotros, ¿verdad? Claro que no, tontita. Todos nos vamos a casa en el barco más maravilloso jamás construido. Y ¿sabes lo que acabo de ver? He visto a una niña de tu edad; apuesto a que antes de llegar a Nueva York os habéis hecho la mar de amigas. Ahora, vamos a subir a bordo y a ver cómo son nuestras habitaciones, ¿de acuerdo?

La sostuvo con firmeza sobre sus hombros; ella había dejado de llorar cuando él se agarró del brazo de su esposa y condujo a su familia por la pasarela. Dejó a Alexis en el suelo cuando se encontraron a salvo a bordo del barco; la niña se agarró con fuerza a su mano mientras subían la gran escalera que llevaba a la cubierta superior y atisbó por las ventanas del gimnasio para ver el famoso camello eléctrico.

Había gente por todas partes, contemplando el bello escenario, los hermosos artesonados y obras en madera, las complicadas arañas, los cortinajes, los cinco pianos de cola. Incluso Alexis estuvo callada mientras recorrían el barco antes de ir a la cubierta B y a sus camarotes.

—Es impresionante, ¿eh? —dijo Bert a Kate; ella sonrió.

Ella adoraba la idea de estar a bordo con él. El barco tenía un aspecto acogedor, seguro y romántico, suspendido entre dos mundos, todo confortable y bien cuidado. Por una vez, Kate tenía intención de dejar que Oona se ocupase de los niños más de lo que solía hacer, y Kate iba a relajarse con su esposo. Él había parecido particularmente encantado al ver el gimnasio y cuando atisbó en la sala de fumadores, pero Kate sonrió y agitó un dedo ante él.

—¡No, no lo harás! Quiero pasar mucho tiempo contigo en este viaje.

Se acercó más a Bert un momento y él sonrió.

—¿Quieres decir que Charles y Edwina no son los únicos jóvenes amantes en este barco? —le susurró a su esposa, sin soltar la mano de Alexis.

—Espero que no.

Kate le sonrió significativamente y con suavidad le rozó la mejilla con las yemas de los dedos.

—Está bien, todo el mundo, ¿qué os parece si vamos a nuestros camarotes, deshacemos el equipaje y luego exploramos un poco?

—¿No podemos ir ahora, papá? —suplicó George.

Estaba a punto de estallar de excitación, pero Bert insistió en que sería más fácil si dejaban que los pequeños vieran sus habitaciones y se instalaran; luego él mismo acompañaría a George en sus aventuras. Pero la tentación era demasiado fuerte para George; antes de llegar a la cubierta B, dos pisos más abajo del gimnasio, George había desaparecido y Kate estaba preocupada por saber adónde había ido, y quería que Phillip fuera a buscarle.

—Déjale, Kate. No puede ir lejos. Siempre que no baje del barco, no le pasará nada, y está tan excitado por estar a bordo que no bajaría por nada en el mundo. Iré a buscarle yo mismo cuando nos hayamos instalado.

Kate, indecisa, accedió, aunque le preocupaba qué travesura pudiera hacer. Pero en cuanto vieron los encantadores camarotes que Bertram había reservado para ellos, todos se sintieron demasiado felices para pensar en nada más; se alegraron de ver a Charles cuando llegó unos momentos más tarde.

—¿Puedo pasar?

Asomó la cabeza por la puerta del salón principal, su cabello oscuro perfectamente peinado, sus ojos azules bailando cuando vio a su futura esposa; ella se puso en pie de un salto cuando le vio y cruzó la salita de estar privada que Kate y Bertram tenían intención de utilizar si querían alejarse de los niños.

—¡Charles!

Edwina se sonrojó y se echó a sus brazos, el cabello del mismo color que el de él, sus ojos de un azul aún más oscuro; todo en ella daba fe de su felicidad; él la alzó en vilo y la hizo girar mientras Alexis y Fannie reían entre dientes.

—¿Qué es lo que os hace tanta gracia a vosotras dos?

A Charles le encantaba jugar con las niñas, y creía que Teddy era el bebé más dulce que jamás había visto. Él y Phillip eran buenos amigos, e incluso el alocado de George le divertía. Era una familia maravillosa, y estaba profundamente agradecido por haber encontrado a Edwina.

—¿Habéis visto ya a los perritos? —preguntó a las niñas por encima del hombro de Edwina. Fannie dijo que no con la cabeza, pero Alexis pareció preocupada—. Esta tarde iremos a verlos, después de vuestra siesta.

Para ellas era casi una figura paterna, igual que Edwina era como otra madre.

—¿Dónde están? —preguntó Alexis preocupada, ansiosa ahora por los perros.

—En jaulas, muy abajo; no pueden salir —la tranquilizó Edwina.

Alexis no abandonaría el camarote durante el resto del viaje si creía que podía existir el peligro de tropezarse con un perro en los pasillos.

Edwina dejó los niños al cuidado de Oona y siguió a Charles a su camarote. El padre de Edwina le había reservado una habitación encantadora; lejos de los ojos escrutadores de los niños, atrajo a Edwina hacia sí y la besó suavemente en la boca, mientras Edwina contenía el aliento, olvidándolo todo salvo la potente presencia de su futuro esposo. Había momentos, como este, en que se preguntaba cómo podrían esperar hasta agosto. Pero no cabía ninguna duda en ese aspecto, ni siquiera en aquel romántico barco. Edwina jamás traicionaría la confianza que sus padres tenían en ella, ni lo haría Charles, pero sería difícil contenerse hasta mediados de agosto.

—¿Le gustaría dar un paseo, señorita Winfield? —Charles sonrió a su prometida al ofrecerle esta invitación.

—Me encantaría, señor Fitzgerald.

Él dejó su grueso abrigo sobre la cama y se preparó para pasear por cubierta. No hacía demasiado frío en el puerto; estaba tan contento de verla que no podía pensar en nada más. Solo habían estado separados unos días, pero cada hora les parecía demasiado; Edwina se alegraba de que regresara a San Francisco con ellos. Habría sido insoportable si no lo hubiera hecho.

—Te he echado muchísimo de menos —le susurró ella mientras subían la gran escalera hasta la cubierta de paseo que quedaba justo encima de ellos.

—Yo también, amor mío. No falta mucho para que nunca más tengamos que separarnos, ni un momento.

Ella asintió feliz, mientras pasaban por delante del café francés con terraza, con su pequeño bulevar enfrente y la rápida conversación de los camareros franceses, que miraron a Edwina y sonrieron con admiración. Muchos de los pasajeros de primera clase parecían intrigados por el pequeño bistrot. Era una novedad que no existía en ningún otro barco, igual que otras muchas características del Titanic.

Pasearon hasta la otra mitad de la cubierta de paseo, con su enorme sección acristalada que permitía contemplar el mar y quedar a resguardo del tiempo.

—Tengo la sensación de que vamos a encontrar muchos rincones acogedores en este barco, amor mío.

Charles sonrió y le apretó la mano; Edwina se echó a reír.

—George también. Ya se ha perdido camino de los camarotes. Ese niño no tiene remedio. No sé por qué mi madre no lo estrangula.

Edwina parecía exasperada al mencionar a su hermano.

—No lo hace porque es encantador —le defendió Charles—. George sabe exactamente hasta dónde puede llegar.

En realidad no podía estar en desacuerdo, aunque a veces a Edwina le habría gustado estrangularlo ella misma.

—Supongo que es eso. Es sorprendente lo distinto que es de Phillip. Phillip jamás habría hecho una cosa así.

—Tampoco yo, de niño. Quizá por eso ahora le admiro. Ojalá lo hubiera hecho. Y George nunca tendrá que lamentar nada que «habría tenido que hacer». Estoy seguro de que lo ha hecho todo.

Se echó a reír, y Edwina le miró, sonriendo feliz, mientras Charles le pasaba un brazo sobre los hombros y contemplaban el enorme barco apartarse lentamente del muelle. Edwina se encontró rezando por que su padre hubiera estado en lo cierto y George no hubiera abandonado el barco durante su breve excursión. Pero por alguna razón, igual que su padre, sospechaba que no lo habría hecho, que había demasiadas cosas que ver allí, sin dejar el barco. Mientras miraban, las resonantes sirenas del barco sonaron e hicieron imposible toda conversación. Había una sensación de nerviosismo en el aire, y Charles la abrazó y la besó suavemente mientras escuchaban las sirenas que ululaban por encima de ellos.

Ayudado por seis remolcadores, el barco mamut se arrastró fuera del puerto y entró en el canal, rumbo a Cherburgo, donde tenían que recoger más pasajeros antes de ir a Queenstown, luego a alta mar y a Nueva York. En cuestión de minutos, hubo un breve interludio de excitación que los que se encontraban abajo no pudieron ver; pero los pasajeros de cubierta contemplaron con asombro cómo el enorme barco se deslizaba por delante de un transatlántico británico y uno estadounidense, atracados debido a una reciente huelga de marineros. El New York de The American Line había sido abarloado al Oceanic de la White Star; los dos pequeños transatlánticos estaban de lado, con lo que el paso para el Titanic resultaba extremadamente estrecho. Se oyó un ruido repentino de lo que casi parecían disparos de pistola, y sin previo aviso las cuerdas que unían el New York al Oceanic cedieron; el New York se arrastró hacia el Titanic hasta quedar a pocos centímetros y parecía que iba a chocar con este por babor. Con una serie de rápidas maniobras, uno de los remolcadores que ayudaba al Titanic a salir del puerto pasó un cable al New York y los marineros de cubierta pudieron detener su arrastre antes de que colisionara con el Titanic. Entonces el New York fue remolcado y el Titanic pudo salir de puerto y dirigirse hacia Cherburgo. Pero el Titanic había estado a punto de recibir el impacto del otro barco. Lo había evitado una serie impresionante de maniobras. Los pasajeros que lo habían visto todo sintieron como si hubieran presenciado una exhibición de notable habilidad. Pero el Titanic parecía invencible, invulnerable a todo. El Titanic era tan largo como cuatro manzanas de casas, doscientos sesenta y cuatro metros, como Phillip les había informado con precisión, y no era fácil de maniobrar.

—¿Eso estaba tan cerca como me ha parecido? —preguntó Edwina, hipnotizada por lo que acababa de presenciar; su prometido asintió.

—Eso creo. ¿Tomamos una copita de champán en el Café Parisien para celebrar nuestra partida sin novedad?

Edwina asintió feliz y se encaminaron al café con terraza, donde, al cabo de pocos minutos, un George sin aliento y ligeramente desaliñado logró encontrarles.

—¿Qué haces aquí, hermana?

Apareció en el bulevar del café, con la gorra ladeada, la camisa fuera de los pantalones y una rodilla de los pantalones inmunda. Pero en su vida había parecido más feliz.

—Yo podría hacerte la misma pregunta. Mamá te ha buscado por todas partes. ¿Qué demonios has estado haciendo? —le reprendió Edwina.

—Tenía que explorar, Edwina. —La miró como si ella fuera extremadamente estúpida, y luego lanzó una mirada a Charles—. Hola, Charles, ¿cómo estás?

—Muy bien, gracias, George. ¿Cómo es el barco? ¿Sólido? ¿Te gusta?

—¡Es magnífico! ¿Sabías que hay cuatro ascensores y cada uno va a nueve pisos? También hay una cancha de squash, y una piscina; llevan un coche nuevo a Nueva York, un Renault, y hay algunas máquinas fantásticas en la cocina. No he podido entrar en tercera clase cuando lo he intentado, pero he visto la segunda y parece que está bien, había una niña muy agradable —informó; su futuro cuñado parecía muy divertido, pero Edwina estaba horrorizada ante las hazañas de su hermano menor. No tenía control de sí mismo, y ni siquiera se sentía turbado por su descuidado aspecto.

—Me parece que has echado un buen vistazo a todo, George. Bien hecho —le felicitó Charles; el niño sonrió con orgullo—. ¿Has estado ya en el puente?

—No. —El niño pareció decepcionado—. Todavía no he tenido tiempo de echar un vistazo al puente. He estado allí, pero había demasiada gente para ver lo que pasaba. Tendré que volver más tarde. ¿Querrás ir a nadar después del almuerzo?

—Me gustaría mucho, si encaja con los planes de tu hermana.

Pero Edwina echaba chispas.

—Creo que deberías echarte una siesta, con Fannie y Teddy. Si crees que puedes correr por todo el barco, comportándote como un jovencito salvaje, te espera una sorpresa desagradable, mía, si no de mamá y papá.

—Oh, Edwina —gruñó el niño—, no entiendes nada. Esto es realmente importante.

—También lo es comportarse como es debido. Espera a que mamá vea tu aspecto.

—¿Qué es esto? —La voz de su padre habló desde detrás de Edwina; había cierta nota divertida en ella—. Hola, Charles... Hola, George, veo que has estado ocupado.

George incluso tenía una pequeña mancha de grasa en la cara; nunca había parecido más complacido con la vida o más a sus anchas, mientras su padre le miraba con franco buen humor.

—Esto es fantástico, papá.

—Me alegra oírlo.

Pero en ese preciso instante, Kate se acercaba y vio a su hijo, y cuando llegó junto a ellos le regañó.

—¡Bertram! ¡Cómo puedes permitirle que vaya con ese aspecto! ¡Parece... parece un golfillo!

—¿Oyes eso, George? —le preguntó su padre con calma—. Diría que es hora de asearse. Te sugiero que vayas a tu camarote y te pongas algo menos... menos usado... antes de que tu madre se inquiete demasiado.

Pero su padre parecía más divertido que molesto, y el muchacho le sonrió con una amplia sonrisa reflejo de la suya. Kate lo encontraba mucho menos divertido y dijo a George que se diera un baño y se cambiara de ropa antes de reaparecer.

—Oh, mamá...

George miró implorante a Kate, pero no sirvió de nada. Ella se subió una manga, le tomó la mano y le hizo bajar la escalera, donde le dejó con Phillip, que estaba examinando la lista de pasajeros, esperando encontrar a alguien conocido. Los Astor se hallaban a bordo, por supuesto, y el señor y la señora Isidor Straus, de la familia propietaria de Macy’s. Había muchos, muchos nombres famosos, y también varios jóvenes, pero ninguno que Phillip conociera, todavía. Pero había visto varias jóvenes damas que le atraían, y esperaba conocerlas durante la travesía. Todavía examinaba la lista de pasajeros cuando su madre acompañó a George a la habitación y pidió a su hijo mayor que se ocupara de que se lavara y se portara bien; Phillip prometió hacer todo lo que pudiera, pero George ya estaba impaciente por volver a salir. Todavía quería visitar la sala de calderas y el puente, y volver a la cocina, pues había varias máquinas que no le habían dejado utilizar, y un ascensor del que aún tenía que averiguar si iba más arriba o más abajo que los otros.

—Es una pena que no te marees —le dijo Phillip con aire triste mientras Kate regresaba con los otros a la cubierta de paseo.

Ella y su esposo disfrutaron de un agradable almuerzo con Edwina y Charles; luego se reunieron con Phillip, George y Oona con los pequeños después de echar su siesta; Alexis parecía un poco menos preocupada por el barco. Estaba fascinada por la gente que charlaba y paseaba por todas partes, y había conocido a la niña que su padre le había mencionado anteriormente. Se llamaba Lorraine; en realidad su edad se acercaba más a la de Fannie. Tenía tres años y medio, un hermano pequeño llamado Trevor y eran de Montreal. Tenía una muñeca igual que la de Alexis. Eran muñecas como adultos; Alexis llamaba a la suya señora Thomas. Se la había regalado tía Liz el año pasado en Navidad y Alexis iba a todas partes con ella. La de Lorraine tenía casi la misma cara, pero su sombrero y abrigo no eran tan elegantes como los que tía Liz había enviado; la señora Thomas llevaba un vestido de seda rosa, que Edwina le había confeccionado, debajo del abrigo de terciopelo negro con el que venía. También llevaba botines; aquella tarde, Alexis se la llevó con ella mientras iba por la cubierta de paseo con sus padres.

El barco atracó en Cherburgo a la hora de acostarse Alexis aquella noche. Los pequeños ya dormían y George había vuelto a desaparecer. Kate y Edwina se vestían para la cena, mientras Charles, Phillip y Bertram esperaban a las señoras en la sala de fumadores.

Aquella noche cenaron en el comedor principal, en la cubierta D, los hombres con frac, por supuesto, y las mujeres con los exquisitos vestidos que habían comprado en Londres, París o Nueva York. Kate llevaba la increíble gargantilla de perlas y diamantes que había pertenecido a la madre de Bertram. El comedor mismo era excepcionalmente bello, con trabajos en madera tallada, reluciente latón y arañas de cristal; los trescientos pasajeros de primera clase que cenaban allí parecían imágenes de un cuento de hadas en la profusamente iluminada sala. Edwina pensó que nunca había visto nada tan hermoso mientras miraba a su alrededor; luego sonrió a su futuro esposo.

Después de cenar, se sentaron en la sala de recepciones contigua, donde escucharon tocar la banda del barco durante horas; por fin Kate bostezó y admitió que estaba tan cansada que apenas podía moverse. Había sido un día largo, y se alegró de regresar a sus camarotes con su esposo y su hijo mayor. Edwina y Charles decidieron quedarse un poco más, y Kate no puso objeciones. Cuando Phillip comprobó que George estaba profundamente dormido en su cama, todos quedaron aliviados al ver que ya no estaba en libertad.

Al día siguiente, a mediodía, efectuaron su última escala, para recoger pasajeros en AnCóbh (Queenstown); de pronto, mientras contemplaban a los pasajeros que subían a bordo, desde lo alto Oona profirió un grito y se aferró a la barandilla de la cubierta de paseo.

—¡Oh, Dios mío, señora Winfield! ¡Es mi prima!

—¿Cómo puedes verlo desde aquí? —Kate no parecía convencida. La chica era muy emotiva, y no carecía de una viva imaginación—. Estoy segura de que no puede serlo.

—La reconocería en cualquier parte. Tiene dos años más que yo, y siempre fuimos como hermanas. Es pelirroja, y tiene una niña pequeña, y las veo a las dos... ¡Señora Winfield, lo juro! Ha estado años hablando de ir a Estados Unidos... Oh, señora Winfield. —Había lágrimas en sus ojos—. ¿Cómo la encontraré en el barco?

—Si realmente es tu prima, lo preguntaremos al contador. Él puede comprobar la lista de pasajeros de tercera, y si es ella, aparecerá su nombre. ¿Cómo se llama?

—Alice O’Dare. Y su hija, Mary. Ahora tendrá cinco años.

Kate no desaprovechó la información. Si tenía dos años más que Oona, tendría veinte... con una hija de cinco años... no pudo evitar preguntarse si existía un marido, pero no quiso ofender a Oona preguntándoselo; supuso, correctamente, que lo más probable era que no lo hubiera.

—¿Puedo jugar con su niña? —preguntó Alexis.

Hoy se sentía mejor. Después de pasar una noche en una cama cómoda, el Titanic no parecía tan temible; todos los camareros y camareras eran tan agradables con ella que en realidad estaba empezando a disfrutar. Fannie también lo encontraba divertido. Aquella mañana había subido a la cama de Edwina y había encontrado allí a Alexis; muy pronto Teddy también se unió a ellas, y un poco más tarde, George apareció y se sentó en el borde de la cama de Edwina, haciéndoles cosquillas a todos, hasta que sus gritos y carcajadas despertaron por fin a Oona. Esta entró corriendo, y sonrió cuando les vio. Igual que la sonrisa de oreja a oreja que esbozó cuando encontró el nombre de su prima en la lista de pasajeros. Allí estaba: Alice O’Dare. Fue a decírselo a Edwina, mientras se vestía para cenar en el A la Carte Restaurant con Charles y sus padres.

—Señorita Edwina... yo tenía razón... era mi prima la que hoy ha subido al barco. Lo sabía. ¡No la había visto en cuatro años y no ha cambiado nada!

—¿Cómo lo sabes?

Edwina le sonrió. Era una muchacha dulce, y sabía que Oona quería de verdad a los niños.

—Una de las camareras se ha quedado con los pequeños una hora, durante la siesta, mientras yo he bajado a tercera clase para verla. Estaba en la lista de pasajeros, ha dicho el contador, y tenía que verla. —Y entonces, como para defenderse, añadió—: La señora Winfield lo sabía. Se lo he preguntado y me ha dicho que podía ir.

—Estoy segura de que todo está bien, Oona. —A veces Edwina se encontraba en una difícil posición, pues no era dueña ni niña; sabía que Oona y los otros de la casa a veces la veían como a una espía, porque podría mencionar algo a su madre—. Tu prima debe de haber estado muy contenta de verte, estoy segura.

Miró con amabilidad a la muchacha, sintiéndose años luz mayor que ella. Aliviada y feliz, Oona sonrió.

—Es una chica muy guapa, y la pequeña Mary es un encanto. Solo tenía un año cuando la vi por última vez. ¡Y es igual que Alice cuando era niña! El pelo rojo como el fuego.

Se rió, contenta, y Edwina sonrió, mientras se ponía unos pendientes de diamantes de su madre.

—¿Va a Nueva York?

La joven irlandesa asintió, sintiéndose bendecida por el destino.

—Sí. Allí tiene a una tía y unos primos, pero le he dicho que vaya a California. Dice que lo intentará. Haré lo que pueda para ayudarla.

Edwina le sonrió. La muchacha parecía feliz, era agradable para ella tener parientes en el barco; y entonces de pronto pensó en algo que sabía que su madre también habría pensado.

—¿Te has lavado bien las manos cuando has regresado?

—Sí.

Parecía un poco dolida, pero lo entendió. Para ellos, tercera clase era como una enfermedad, un lugar que nunca se veía y que no se quería ver. Pero no estaba tan mal como Oona había esperado. No era nada como su camarote, por supuesto, y ninguno de los elementos del camarote era elegante, pero era decente y estaba limpio; les llevaría a América enteros; al final, eso era lo único que importaba.

—¿No es tener suerte, señorita Edwina? Ir en el mismo barco... nunca creí que tendría tanta suerte.

Sonrió a Edwina otra vez y regresó a su camarote a vigilar a los niños, mientras Edwina entraba en el salón para reunirse con sus padres y Charles. Aquella noche iban a cenar en el elegante A la Carte Restaurant, y Edwina pensó que estaba de acuerdo con Oona, mientras cruzaba la habitación sonriendo a su prometido. Todos eran muy afortunados, benditos, por la vida que llevaban, la gente a la que querían, los lugares a los que acudían y este hermoso barco que les llevaba a Estados Unidos en su primer viaje. Mientras permanecía de pie cogida de la mano de Charles, con su vestido de satén azul pálido, su cabello, peinado sobre la cabeza, su anillo de compromiso reluciendo en su dedo, Edwina Winfield se dio cuenta de que en toda su vida jamás había sido tan afortunada o tan feliz. Y al encaminarse al salón del brazo de Charles, mientras Kate y Bertram charlaban animadamente, se dio cuenta de que iba a ser una noche especial, un preludio a toda una vida maravillosa.