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La botella de Castello di Giambelli Cabernet Sauvignon, 1902, se vendió en subasta al precio de 125.500 dólares. Mucho dinero, pensó Sophia, para un vino teñido de sentimentalismo. El vino de aquella vieja botella se había elaborado con uvas del año en que Cesare Giambelli había fundado las bodegas Castello di Giambelli en un accidentado terreno del norte de Venecia.

En aquella época, lo de castello era una broma o un optimismo excesivo, dependiendo del punto de vista. La modesta casa de Cesare con su pequeño lagar de piedra distaba mucho de parecerse a un castillo, pero sus vides eran regias, y con ellas había construido un imperio.

Después de casi un siglo, seguramente hasta el mejor Cabernet Sauvignon sería más gustoso como aliño para la ensalada, pero no era incumbencia de Sophia discutir con el hombre que pagaba aquel dinero. Su abuela tenía razón, como siempre, al decir que la gente pagaría precios desorbitados por el privilegio de tener un trozo de la historia de Giambelli en propiedad.

Sophia anotó el precio final y el nombre del comprador, aunque no era probable que los olvidara, para el informe que enviaría a su abuela cuando terminara la subasta.

Ella asistía al evento no solo como ejecutiva de relaciones públicas que había diseñado la campaña de promoción y el catálogo de la subasta, sino también como representante de la familia Giambelli en aquel acontecimiento selecto previo al centenario.

Como tal, se sentó tranquilamente al fondo de la sala para observar la presentación y las pujas.

Sus piernas cruzadas formaban una larga y elegante línea. Se sentaba muy erguida, con la espalda recta. Vestía un traje negro a rayas, italiano, hecho a medida, que lograba combinar un aire femenino y profesional a la vez.

Era exactamente lo que Sophia pensaba de sí misma.

Su rostro era afilado, como un triángulo de pálido oro con ojos grandes y hundidos, y una boca generosa y expresiva. Sus pómulos destacaban como picos de hielo, su mentón era una punta de diamante, lo que le daba una imagen en parte de duende y en parte de guerrera. Había utilizado aquel rostro como un arma implacablemente cuando le había parecido más oportuno.

Creía que las herramientas estaban hechas para usarse, y usarse bien.

Un año antes, la larga melena que le llegaba hasta la cintura se había reducido a un corto casquete negro con un flequillo erizado sobre la frente.

Le sentaba bien. Sophia sabía exactamente qué era lo que mejor le sentaba.

Llevaba el collar antiguo de perlas de una sola vuelta que le había regalado su abuela en su vigésimo primer cumpleaños, y su semblante reflejaba una cortés atención. Creía que era la expresión de su padre en los consejos de administración.

Sus ojos se iluminaron y las comisuras de su ancha boca se curvaron ligeramente cuando se presentó el siguiente artículo.

Era una botella de Barolo, 1934, del tonel que Cesare había llamado Di Teresa con ocasión del nacimiento de la abuela de Sophia. La etiqueta de aquel reserva privado ostentaba una fotografía de Teresa a los diez años de edad, el año en que se había considerado que el vino había envejecido lo suficiente en el tonel de roble y había sido embotellado.

Ahora, a los sesenta y siete años, Teresa Giambelli era una leyenda cuya reputación como viticultora había ensombrecido incluso a la de su abuelo.

Era la primera botella con aquella etiqueta que se ponía a la venta, o que salía de la familia. La puja fue rápida y animada, tal como había previsto Sophia.

El hombre que estaba sentado junto a ella dio unos golpecitos en el catálogo, donde había una foto de la botella con la etiqueta.

—Se parece usted a ella.

Sophia se movió un poco en el asiento, sonrió al hombre —distinguido, andaba cerca de los sesenta—, y luego a la foto de la muchacha con expresión seria que aparecía en la botella de vino tinto.

—Gracias.

Era Marshall Evans, recordó Sophia. Bienes raíces. Fortuna de segunda generación: entre los quinientos de la revista Fortune. Sophia se proponía conocer los nombres y estadísticas personales de los apasionados y coleccionistas de vinos con los bolsillos repletos y un gusto excelente.

—Esperaba que la signora asistiera a la subasta de hoy. ¿Se encuentra bien?

—Perfectamente. Pero tenía otros asuntos que atender.

El busca que Sophia llevaba en la chaqueta empezó a vibrar. Molesta por la interrupción, Sophia no le hizo caso y siguió la puja. Sus ojos recorrieron la sala, fijándose en las señales. Un dedo que se alzaba despreocupadamente en la tercera fila subió quinientos dólares el precio. Una sutil inclinación de una cabeza en la quinta fila lo superó.

Finalmente, el Barolo se vendió quince mil dólares más caro que el Cabernet Sauvignon. Sophia ofreció la mano al hombre que estaba a su lado.

—Enhorabuena, señor Evans. Su contribución a la Cruz Roja Internacional tendrá un buen uso. En nombre de Giambelli, familia y compañía, espero que disfrute con su adquisición.

—No me cabe la menor duda —dijo él, y cogiendo la mano de Sophia se la llevó a los labios—. Tuve el placer de conocer a la signora hace muchos años. Es una mujer extraordinaria.

—Lo es.

—¿Tal vez su nieta quiera acompañarme a cenar esta noche?

Tenía edad suficiente para ser su padre, pero Sophia era demasiado europea para considerarlo un obstáculo. En otro momento habría aceptado y, sin duda, habría disfrutado de su compañía.

—Lo siento, pero tengo una cita. Quizá en mi próximo viaje al Este, si está usted libre.

—Me aseguraré de que así sea.

Sophia le dedicó una sonrisa cordial y se levantó.

—Si me disculpa...

Salió de la sala y sacó su busca para comprobar el número. Se desvió luego hacia el lavabo de señoras, mirando su reloj y sacando el teléfono del bolso. Después de marcar el número, se instaló en uno de los sofás del amplio lavabo y se puso la libreta de notas y la agenda electrónica sobre el regazo.

Tras una larga y agotadora semana en Nueva York, seguía aún muy ajetreada. Al repasar sus diversas citas, le agradó comprobar que tenía tiempo para hacer unas compras antes de ir a cambiarse y salir a cenar con su cita.

Jeremy DeMorney, pensó. Salir con él significaba una velada elegante y refinada, un restaurante francés, una charla sobre comida, viajes y teatros. Y, por supuesto, sobre vinos. Dado que Jeremy descendía de los DeMorney de la bodega La Coeur y era uno de sus principales ejecutivos, y Sophia pertenecía a la estirpe de los Giambelli, no faltaría algún que otro intento de espiar los secretos respectivos, aunque fuera en broma.

Y beberían champán. Bien, se dijo, era lo que le apetecía.

A todo ello le seguiría un romántico intento de Jeremy por llevársela a la cama. Sophia se preguntó si también eso le apetecería.

Jeremy era un hombre atractivo, se dijo, y podía ser divertido. Tal vez si ambos no supieran que el padre de ella se había acostado una vez con la mujer de él, la idea de una pequeña aventura entre ellos no le habría parecido tan turbadora, incestuosa incluso en cierto sentido.

Sin embargo, habían pasado varios años...

—Maria. —Sophia aparcó sus pensamientos cuando el ama de llaves de los Giambelli contestó al teléfono—. Tengo una llamada de la línea de mi madre. ¿Puede ponerse?

—Oh, sí, señorita Sophia. Está esperando su llamada. Un momento.

Sophia imaginó a la mujer recorriendo una habitación tras otra, buscando algo que ordenar, cuando Claudia Giambelli Avano lo habría ordenado todo por sí misma.

Mamá, pensó Sophia, habría sido feliz con una casita cubierta de rosales, en la que pudiera hornear pan, coser y cuidar de su jardín. Habría tenido media docena de hijos, se dijo con un suspiro, pero tuvo que conformarse conmigo.

—Sophia, había salido para ir al invernadero. Espera que recupere el aliento. No esperaba que me devolvieras la llamada tan pronto. Pensaba que estarías en medio de la subasta.

—Ha terminado ya. Y creo que podemos decir que ha sido un éxito sin precedentes. Enviaré un fax con los detalles esta noche, o mañana a primera hora. Ahora debería volver para atar los cabos sueltos. ¿Va todo bien por ahí?

—Más o menos. Tu abuela ha convocado una reunión en la cumbre.

—Oh, mamá, no se estará muriendo otra vez. Ya pasamos por eso hace seis meses.

—Ocho —corrigió Claudia—. Pero ¿quién los cuenta? Lo siento, cariño, pero ha insistido. No creo que planee morirse esta vez, pero desde luego planea algo. Ha llamado a los abogados para otro cambio de testamento. Y me ha dado el camafeo de su madre, lo que significa que está pensando en el futuro.

—Pensaba que te lo había dado la última vez.

—No, la última vez me dio el rosario de ámbar. Ha mandado llamar a todo el mundo. Tienes que volver.

—De acuerdo, de acuerdo. —Sophia echó un vistazo a su agenda y mentalmente lanzó un beso de despedida a Jerry DeMorney—. Acabaré aquí y me pondré en camino. Pero, en serio, mamá, esta nueva costumbre suya de morirse o de cambiar el testamento cada pocos meses es un auténtico fastidio.

—Eres una buena chica, Sophia. Te dejaré mi rosario de ámbar.

—Muchas gracias. —Sophia colgó con una carcajada.

Dos horas más tarde, volaba en un avión hacia el Este y se preguntaba si al cabo de cuarenta años, también ella tendría el poder de hacer una seña con el dedo y que todo el mundo acudiera corriendo.

La idea la hizo sonreír. Se recostó en el asiento con una copa de champán en la mano, escuchando a Verdi por los auriculares.

No todos acudieron corriendo. Tyler MacMillan estaba apenas a unos minutos de distancia de Villa Giambelli, pero consideraba que las viñas necesitaban su atención con mayor urgencia que la signora.

Y así lo dijo.

—Bueno, Ty. No pasará nada por unas horas.

—En esta época sí. —Ty se paseaba por su despacho, impaciente por volver al viñedo—. Lo siento, abuelo. Ya sabes lo importante que es la poda de invierno y también lo sabe Teresa. —Se cambió el teléfono móvil de una oreja a la otra. Detestaba los móviles. Siempre los perdía—. Las viñas MacMillan necesitaban tanto cuidado como las Giambelli.

—Ty...

—Tú me pusiste a cargo de todo. Estoy haciendo mi trabajo.

—Ty —repitió Eli. Sabía que, tratándose de su nieto, las cuestiones debían abordarse siempre desde un punto de vista básico—. Teresa y yo dedicamos tanto tiempo a los vinos MacMillan como a los de la etiqueta Giambelli, como llevamos haciendo desde hace veinte años. Te pusimos a cargo de todo porque eres un viticultor excepcional. Teresa tiene planes. Y tú formas parte de ellos.

—La semana que viene.

—Mañana. —Eli no imponía su voluntad a menudo; no era su forma de trabajar. Pero en caso necesario, era implacable—. A la una. Para comer. Con ropa adecuada.

Tyler se miró sus viejas botas y los bordes deshilachados de sus gruesos pantalones.

—Eso es partir el día por la mitad.

—¿Eres la única persona capaz de podar vides en todo MacMillan, Tyler? Al parecer has perdido unos cuantos trabajadores durante la pasada temporada.

—Iré. Pero antes dime una cosa.

—Por supuesto.

—¿Será la última vez en que se muera durante un tiempo?

—A la una —replicó Eli—. Procura ser puntual.

—Sí, sí —musitó Tyler después de haber colgado.

Veneraba a su abuelo. Veneraba incluso a Teresa, quizá precisamente porque era un incordio y tenía malas pulgas. Cuando su abuelo se había casado con la heredera de los Giambelli, Tyler tenía once años de edad y se había enamorado de los viñedos, las suaves colinas onduladas, las sombras de las cavas y las enormes cavernas de las bodegas.

Y en un sentido más real, se había enamorado de Teresa Luisa Elena Giambelli, la figura, algo aterradora, delgada y erguida como un palo, que había visto por primera vez vestida con unas botas y unos pantalones no muy distintos a los suyos, caminando a largas zancadas por entre las hileras de plantas de color mostaza cargadas de uva.

Teresa le había echado una mirada, había alzado una ceja negra afilada como una navaja, y lo había tildado de blando y demasiado urbano. Si iba a ser su nieto, le dijo, tendría que hacerse más duro.

Le ordenó que se quedara a pasar el verano en la villa. Nadie pensó en discutírselo, y menos que nadie sus padres, que se habían alegrado de desembarazarse de él durante largos períodos de tiempo para poder dedicarse a sus fiestas y sus amantes. De modo que se había quedado, pensó Tyler, acercándose a la ventana. Verano tras verano, hasta que las viñas se habían convertido más en su hogar que su casa de San Francisco, hasta que Teresa y su abuelo habían acabado siendo como sus padres.

Ella lo había convertido en lo que era, lo había podado a la edad de once años y le había enseñado todo lo que debía saber.

Pero no era su dueña. Resultaba irónico, pensó, que todo aquel esfuerzo hubiera servido para formar a la persona que, estando bajo la égida de Teresa, menos caso hacía de sus exigencias.

Claro que era más difícil desentenderse cuando ella y el abuelo aunaban fuerzas. Tyler se encogió de hombros y salió de la oficina. Podía tomarse unas horas libres, y ellos lo sabían tan bien como él. Los viñedos MacMillan empleaban únicamente a los mejores, por lo que podía ausentarse durante la mayor parte de la temporada con total confianza.

La verdad era que detestaba los grandes acontecimientos que generaban los Giambelli, iguales siempre a un circo con sus tres pistas atestadas de llamativas actuaciones. Uno no podía seguirlos todos a la vez, y siempre cabía la posibilidad de que uno de los tigres escapara de la jaula y se le echara al cuello.

Tanta era la gente, tantos los problemas, los fingimientos y las confabulaciones soterradas. Él era más feliz paseando por los viñedos, o comprobando los toneles o sentándose junto a uno de sus trabajadores para charlar sobre las cualidades de la cosecha de Chardonnay.

Los deberes sociales no eran más que eso: deberes.

Dio un rodeo para pasar por la bonita casa que había sido de su abuelo, entrar en la cocina y volver a llenar el termo de café. Distraídamente dejó el móvil sobre la encimera y empezó a reorganizar sus horarios para complacer a la signora.

Ya no era demasiado urbano, ni blando. Era un hombre de más de uno ochenta de estatura, con un cuerpo esculpido por el duro trabajo y la preferencia por el aire libre. Sus manos eran grandes y callosas, con largos dedos que sabían hundirse delicadamente bajo las hojas para alcanzar las uvas. Su pelo tendía a rizarse si olvidaba ir a cortárselo, cosa que ocurría con frecuencia, y era de oscuro color castaño con reflejos rojizos, como un borgoña añejo a la luz del sol. Su rostro huesudo era más duro que apuesto, con arrugas incipientes en los ojos de un sereno azul celeste que podía convertirse en acerado.

La larga cicatriz que seguía la línea de su mandíbula era consecuencia de una caída desde unas rocas, a la edad de trece años. Solo le molestaba cuando se olvidaba de afeitarse. Lo que le recordó que habría de hacerlo antes de la comida del día siguiente.

Los que trabajaban para él lo consideraban un hombre justo, aunque fuera obstinado a menudo. A Tyler le habría gustado aquella definición de sí mismo. También lo consideraban un artista, y eso le habría desconcertado.

Para Tyler MacMillan, el artista era la uva.

Salió al frío aire invernal. Quedaban dos horas para el ocaso y tenía unas vides que atender.

Donato Giambelli tenía un dolor de cabeza de proporciones colosales. El nombre de su mujer era Gina. La convocatoria de la signora le había llegado cuando estaba felizmente ocupado en hacer el amor salvajemente con su querida del momento, una aspirante a actriz con múltiples talentos y los muslos lo bastante duros como para partir nueces. Al contrario que su mujer, lo único que precisaba su amante era una charla insustancial y un buen polvo tres veces por semana. No requería conversación.

A veces Donato pensaba que eso era precisamente lo único que Gina necesitaba.

Gina no dejaba de parlotear, dirigiéndose a él, a sus tres hijos y a su madre, hasta que el aire en el reactor de la compañía vibró con aquel incesante flujo de palabras.

Entre la cháchara de su mujer, los chillidos del bebé, los golpes del pequeño Cesare y los saltos de Teresa Maria, Don empezó a pensar seriamente en abrir la escotilla y arrojar por ella a toda su familia.

Solo la madre de Donato guardaba silencio, pero solo porque se había tomado un somnífero, una pastilla para el mareo, una píldora para la alergia, y Dios sabía cuántas cosas más, todo ello regado con dos vasos de Merlot antes de colocarse el antifaz y perder el conocimiento. Se pasaba la mayor parte del tiempo, al menos la parte que conocía él, medicada y ajena a todo. En aquel momento, a Donato le pareció una mujer sabia.

Lo único que podía hacer era seguir sentado, con aquel golpeteo en las sienes, maldiciendo a su tía Teresa por insistir en que debía acudir con la familia al completo.

¿Por qué Dios le atormentaba con semejante familia?

No era que no los quisiera. Porque los quería, claro está. Pero el bebé era gordo como un pavo, y allí estaba Gina, sacando un pecho para ofrecérselo a su ávida boca.

En otro tiempo, aquellos pechos habían sido una obra de arte, pensó. Dorados y firmes, con sabor a melocotón. Ahora estaban caídos como un balón demasiado hinchado y, de haberle apetecido probarlos, le sabrían a babas.

Y ella empezaba a hablar ya de tener otro.

La mujer con que se había casado era lozana, exuberante y sexual, con la cabeza vacía: la perfección absoluta. Al cabo de cinco cortos años se había vuelto gorda, desarreglada y con la cabeza llena de bebés.

¿Acaso era extraño que buscara consuelo en otra parte?

—Donny, creo que zia Teresa te ascenderá y nos mudaremos todos al castello. Gina ambicionaba vivir en la gran mansión de los Giambelli, con todas aquellas preciosas habitaciones y los criados. Sus hijos se criarían en medio del lujo y los privilegios: ropas caras, los mejores colegios y, un día, la fortuna Giambelli a sus pies.

Al fin y al cabo, ¿no era ella la única que proporcionaba nuevos descendientes a la signora? Eso tenía que contar mucho.

—Cesare —dijo a su hijo, cuando este le arrancó la cabeza a la muñeca de su hermana—. ¡Para ya! Has hecho llorar a tu hermana. Vamos, vamos, dame la muñeca. Mamá la arreglará.

El pequeño Cesare, con los ojos brillantes, arrojó la cabeza alegremente por encima del hombro y empezó a meterse con su hermana.

—¡En inglés, Cesare! —le dijo su madre, agitando el dedo—. Vamos a América. Hablarás en inglés con zia Teresa y le demostrarás lo listo que eres. Vamos, vamos.

Teresa Maria recuperó la cabeza, chillando todavía por la muerte de su muñeca, y empezó a correr arriba y abajo por el pasillo, en un acceso de pena y de rabia.

—¡Cesare! Obedece a mamá.

Como respuesta, el chico se tiró al suelo y empezó a aporrearlo con las piernas y los brazos.

Don se levantó y se alejó dando tumbos para encerrarse en el santuario de su oficina volante.

Anthony Avano disfrutaba de lo mejor de la vida. Había elegido su ático en la bahía de San Francisco con gran esmero, luego había contratado al mejor decorador de la ciudad para que se lo amueblara. Posición y estilo eran las prioridades. Poseer ambas cosas sin tener que esforzarse era otra.

No acertaba a ver cómo un hombre podía vivir cómodamente sin aquellos elementos básicos.

Sus habitaciones reflejaban lo que él consideraba un gusto clásico: desde el empapelado de seda al reluciente mobiliario de roble, pasando por las alfombras orientales. Había elegido, él o su decorador, finos tejidos en tonos neutros con unos toques de colores audaces artísticamente dispuestos.

El arte moderno, que no significaba nada para él, era, según le habían dicho, el perfecto contrapunto para aquella serena elegancia.

Dependía totalmente de decoradores, sastres, agentes de bolsa, joyeros y marchantes para rodearse de lo mejor.

Algunos detractores afirmaban que Tony Avano había nacido con gusto, y que todo lo tenía en la boca. Ni siquiera él lo habría discutido. Pero, tal como lo veía él, el dinero compraba todo el gusto que un hombre requería.

Sabía de una cosa, y era de vinos.

Posiblemente, sus bodegas se contaban entre las mejores de California. Todas las botellas las había seleccionado personalmente. Pese a que no podía distinguir un Sangiovese de un Semillon en el viñedo, ni tenía interés alguno en la vendimia de la uva, su nariz era insuperable. Y aquella nariz había ascendido con firmeza el escalafón de Giambelli en California. Hacía treinta años, además, se había casado con Claudia Giambelli.

La nariz había tardado menos de dos años en empezar a olisquear a otras mujeres.

Tony era el primero en admitir que las mujeres eran su punto flaco. Al fin y al cabo, eran muchas. Había amado a Claudia con todo el ardor con el que era capaz de amar a otro ser humano. Desde luego había amado también su privilegiada posición en la compañía Giambelli, como marido de la hija de la signora y padre de su nieta.

Pero siempre había otra mujer, suave y fragante, o sensual y seductora. ¿Qué podía hacer un hombre?

Aquel punto flaco había acabado, a la larga, con su matrimonio en un sentido técnico, ya que no legal. Hacía siete años que Claudia y él se habían separado. Ninguno de los dos había solicitado el divorcio. Ella, Anthony lo sabía, porque aún le amaba. Y él porque le parecía demasiada molestia y porque habría contrariado muchísimo a Teresa.

En cualquier caso, en lo que a él se refería, la situación era perfecta para todos tal como estaba. Claudia prefería el campo, él la ciudad. Mantenían una relación cortés, incluso razonablemente amistosa, y él conservaba su puesto como presidente de ventas de Giambelli, California.

Durante siete años habían vivido sin traspasar aquella línea civilizada, pero ahora temía que estuviera a punto de caer al abismo.

Rene insistía en casarse. Tenía una forma de avanzar hacia sus objetivos como una apisonadora forrada de seda, aplastando todas las barreras que se interponían en su camino. Las discusiones entre ellos dos dejaban a Tony exhausto y mareado.

Rene era ferozmente celosa, dominante, exigente y proclive a enfurruñarse, lo que demostraba con una actitud glacial.

Tony estaba loco por ella.

Rene tenía treinta y dos años, es decir, veintisiete menos que él, hecho que halagaba su desarrollado ego. Saber que Rene estaba tan interesada en su dinero como en el resto de su persona no le inquietaba. La respetaba por ello.

Lo que le preocupaba era que, si le daba lo que ella quería, perdería aquello por lo que lo quería a él.

Era un condenado lío. Para resolverlo, Tony hizo lo que solía cuando se enfrentaba con algún problema: no le prestaba la más mínima atención mientras fuera humanamente posible.

Tony esperaba a que Rene acabara de vestirse para salir. Mientras, contemplaba la vista de la bahía y se tomaba un pequeño vermut. Temía que se le estuviera acabando el tiempo para decidirse.

Cuando sonó el timbre de la puerta, tenía el entrecejo fruncido. Él mismo acudió a ver quién era, porque era la noche libre de su mayordomo. El ceño se desvaneció cuando abrió la puerta y se encontró con su hija.

—Sophia, qué maravillosa sorpresa.

—Papá.

Sophia se levantó de puntillas para darle un beso en la mejilla. Ridículamente guapo, como siempre, pensó. Unos buenos genes y un excelente cirujano estético. Sophia se esforzó por olvidar la rápida e instintiva oleada de resentimiento, y procuró concentrarse en la igualmente rápida e instintiva oleada de amor filial.

Tenía la impresión de que siempre tendría sentimientos contradictorios con respecto a su padre.

—Acabo de llegar de Nueva York y quería verte antes de ir a la villa.

Sophia observó el rostro de su padre, liso, casi sin arrugas, y desde luego despreocupado. Los cabellos negros tenían un atractivo toque gris en las sienes; sus ojos eran muy azules y cristalinos. Tenía una hermosa barbilla cuadrada con un hoyuelo en el centro. De niña, a Sophia le encantaba hundir el dedo en el hoyuelo y hacer reír a su padre.

El cariño que sentía por él se mezcló de un modo desagradable con el resentimiento, como siempre.

—Veo que vas a salir —dijo, fijándose en el esmoquin.

—Dentro de un rato. —Tony cogió a su hija de la mano y tiró de ella para obligarla a entrar—. Pero hay tiempo de sobra. Siéntate, princesa, y cuéntame qué tal estás. ¿Qué quieres tomar?

Sophia inclinó el vaso de su padre hacia ella, olió su contenido y asintió.

—Sírveme lo mismo que tú.

Sophia paseó la mirada por la habitación mientras su padre se dirigía al mueble bar. Un capricho muy caro, pensó. Todo ostentación, sin el menor fundamento. Igual que su padre.

—¿Irás mañana?

—¿Adónde?

—A la villa —respondió ella ladeando la cabeza.

—No. ¿Por qué? —dijo él, volviendo a acercarse.

—¿No te han llamado?

—¿Para qué?

Sophia se debatió entre sentimientos de lealtad contradictorios. No recordaba época en que su padre no hubiera engañado a su madre, rompiendo sus promesas con indiferencia, y al final las había dejado a las dos sin mirar atrás siquiera. Sin embargo, seguía perteneciendo a la familia, y la familia había sido convocada a la villa.

—Una de las reuniones de la signora con abogados, creo. Tal vez te interese acudir.

—Ah, bueno, la verdad es que yo...

Se interrumpió cuando Rene entró en la habitación.

Si dieran un premio a la típica amante espectacular, Rene Foxx sería la ganadora, pensó Sophia con rabia. Rene era alta, voluptuosa y rubia. El vestido de Valentino realzaba un cuerpo implacablemente moldeado, y conseguía parecer discreto y elegante.

Llevaba el pelo recogido hacia atrás para dejar bien a la vista su precioso rostro de labios gruesos y sensuales (colágeno, pensó Sophia maliciosamente) y astutos ojos verdes.

Había elegido diamantes para complementar el Valentino, diamantes que lanzaban destellos y brillaban sobre su fina piel.

¿Cuánto le habrían costado aquellas piedras a su padre?, se preguntó Sophia.

—Hola. —Sophia bebió un sorbo de vermut para disipar el sabor amargo que tenía en la lengua—. Tu nombre es... Rene, ¿no?

—Sí, y lo ha sido desde hace casi dos años. ¿Sigues siendo Sophia?

—Sí, desde hace veintiséis.

Tony carraspeó. En su opinión, no había nada más peligroso que dos mujeres disparando. Al final siempre era el hombre el que recibía la bala.

—Rene, Sophia acaba de llegar de Nueva York.

—¿Ah, sí? —Rene estaba disfrutando. Se acercó a Tony, le cogió su vaso y bebió un sorbo—. Eso explica por qué pareces un poco cansada. Vamos a una fiesta. Nos encantaría que te unieses a nosotros —añadió, cogiéndose del brazo de Tony—. Seguro que en mi armario habrá algo que te valga.

Si tenía que usar uñas y garras para pelearse con Rene, no sería después de un viaje de costa a costa y en el piso de su padre. Sophia elegiría el momento y el lugar adecuados.

—Eres muy amable, pero me sentiría ridícula llevando una ropa que evidentemente sería demasiado grande. Y además —añadió con tono melifluo—, voy de camino hacia la villa. Asuntos familiares. —Dejó el vaso—. Que os divirtáis.

Se encaminó hacia la puerta. Tony la alcanzó para darle una palmadita con ánimo de apaciguarla.

—¿Por qué no vienes con nosotros, Sophia? Estás bien tal como vas. Eres preciosa.

—No, gracias.

Se dio la vuelta y le miró. Los ojos de su padre expresaban una tímida disculpa. Estaba demasiado acostumbrada a verla para que le hiciera algún efecto.

—No tengo ganas de fiestas.

Tony hizo una mueca cuando su hija le cerró la puerta en las narices.

—¿Qué quería? —preguntó Rene.

—Solo pasaba a saludar, ya te lo he dicho.

—Tu hija no hace nunca nada sin un motivo concreto.

Él se encogió de hombros.

—Quizá haya pensado que podríamos ir juntos a la villa por la mañana. Teresa ha convocado una reunión.

—No me lo habías dicho —comentó Rene, entrecerrando los ojos.

—A mí no me han llamado. —Tony apartó de su mente aquel asunto y pensó en la fiesta y en el efecto que causarían Rene y él cuando hicieran su entrada—. Estás fabulosa, Rene. Es una pena tapar ese vestido, aunque sea con pieles de visón. ¿Voy a por tu chal?

—¿Qué quieres decir con eso de que no te han llamado? —Rene depositó bruscamente el vaso vacío sobre una mesa—. Tu puesto en Giambelli es mucho más importante que el de tu hija, desde luego. —Y ella estaba dispuesta a que siguiera siendo así—. Si la vieja ha convocado a la familia, tú también vas. Saldremos mañana.

—¿Saldremos? Pero...

—Es la oportunidad perfecta para que dejes clara tu posición, Tony, y le digas a Claudia que quieres el divorcio. Esta noche volveremos pronto a casa para que mañana tengamos los dos la cabeza despejada. —Rene se acercó a él y le acarició la mejilla.

Con Tony, sabía que la manipulación requería exigencias firmes y recompensas físicas, sabiamente combinadas.

—Y cuando volvamos esta noche, te demostraré lo que puedes esperar de mí una vez casados. Cuando volvamos, Tony... —Se inclinó y le mordisqueó el labio inferior—. Podrás hacer lo que quieras.

—Olvidémonos de la fiesta.

Ella se echó a reír y se escabulló de sus brazos.

—Es importante. Y te dará tiempo para pensar en lo que quieres hacerme después. Ve a traerme las martas cibelinas, ¿quieres, cariño?

Tenía ganas de ponerse las martas cibelinas, pensó mientras él obedecía sus deseos. Se sentía rica aquella noche.

2

Una fina capa de nieve cubría el valle y sus colinas. Las vides trepaban por las pendientes cual soldados arrogantes y a veces temperamentales, y sus ramas desnudas traspasaban la neblina que convertía las montañas circundantes en sombras difusas.

Bajo la aurora nacarada, el viñedo se estremecía, dormido.

Aquella apacible escena había generado una fortuna, fortuna que volvería a ponerse en juego, vendimia tras vendimia, con la naturaleza como enemigo y aliado a la vez.

Para Sophia, la producción de vino era un arte, un negocio, una ciencia. Y también la mayor apuesta.

Contemplaba el terreno de juego desde una ventana de la villa de su abuela. Era la estación de la poda. Durante el trayecto hasta allí había imaginado que aquella primera etapa de la vendimia del año siguiente habría empezado ya. Se alegraba de haber tenido que volver para ver aquel proceso con sus propios ojos.

Cuando estaba lejos del viñedo, el negocio del vino centraba todas sus energías. Muy pocas veces pensaba en las viñas cuando ocupaba su puesto en la corporación, pero cuando volvía a la villa, como entonces, no podía pensar en nada más.

Sin embargo no podría quedarse mucho tiempo, puesto que en San Francisco le aguardaba una nueva campaña publicitaria para darle los últimos toques. Se acercaba, además, el centenario de Giambelli y, dado el éxito de la subasta en Nueva York, tendría que seguir de cerca los siguientes pasos.

Un vino viejo para un nuevo milenio, pensó. Villa Giambelli: Empieza un nuevo siglo de excelente calidad.

Pero no, necesitaban algo nuevo, algo que atrajera a un mercado más joven, a aquellos que compraban el vino de camino a una fiesta, obedeciendo a un impulso repentino.

Bien, algo se le ocurriría. Era su trabajo.

Y si se concentraba en ello, olvidaría a su padre y a la intrigante de Rene.

No era asunto suyo, se recordó a sí misma. No era asunto suyo que su padre se hubiera liado con una antigua modelo de ropa interior, que tenía el corazón del tamaño y la textura de una uva. Ya había hecho el ridículo antes, y sin duda volvería a hacerlo.

Deseó poder odiarle por ello, por su patética debilidad de carácter y por desatender a su hija. Pero el amor filial se empeñaba en impedírselo. Y eso la hacía tan tonta como su madre.

A él le importaban tanto las dos como el corte de su traje, y no pensaba en ellas más de un par de minutos cuando las perdía de vista. Era un canalla. Un hombre absolutamente egoísta, afectuoso esporádicamente y siempre despreocupado.

Eso formaba parte de su encanto, suponía ella.

Ojalá no hubiera pasado por su casa la noche anterior. Ojalá no se sintiera obligada a mantener el contacto entre ellos, a pesar de lo que él hiciera o dejara de hacer.

Sería mejor que siguiera adelante sin él, como había hecho en los últimos años: viajando, trabajando, llenando su tiempo y su vida con obligaciones profesionales y sociales.

Dos días, decidió, le daría a su abuela dos días. Pasaría tiempo con la familia, en los viñedos y la bodega. Luego volvería a trabajar con ganas.

Estaba resuelta a que la nueva campaña fuera la mejor de la industria.

Mientras contemplaba las colinas, vio dos figuras que caminaban entre la niebla: un hombre alto y desgarbado con una vieja gorra marrón; una mujer tiesa como un palo con botas y pantalones de estilo masculino y los cabellos tan blancos como la nieve que pisaba. Un collie Border caminaba trabajosamente entre los dos. Eran sus abuelos, dando un paseo matinal con la vieja y siempre fiel Sally.

Verlos le alegró el corazón. Por muchas cosas que cambiaran en su vida, aquella era una constante: la signora y Eli MacMillan. Y el viñedo.

Corrió a buscar su abrigo para reunirse con ellos.

Con sesenta y siete años de edad, Teresa Giambelli tenía un cuerpo y un cerebro perfectamente moldeados, de una extrema agudeza. Había aprendido el arte del vino desde niña, con su abuelo. Había llegado a California con su padre a la edad de tres años para convertir la tierra de aquel fértil valle en vino. Se había vuelto bilingüe y había vivido a caballo entre California e Italia, igual que otras chicas iban y venían del colegio.

Había aprendido a amar las montañas, el bosque, la cadencia de las voces estadounidenses.

No era su hogar, nunca sería su hogar como el castello, pero se había hecho una vida allí, y estaba contenta con ella.

Se había casado con un hombre al que su familia aprobaba y había llegado a amarlo. Con él había tenido una hija y, para su inmenso dolor, dos hijos varones que le habían nacido muertos.

Había enterrado a su marido con solo treinta años, y nunca había adoptado su apellido, ni se lo había dado a su única hija. Era una Giambelli, y esa herencia, esa responsabilidad, era más importante, más sagrada incluso que el matrimonio.

Tenía un hermano muy querido que era sacerdote en Venecia. Otro hermano había muerto como soldado antes de haber empezado a vivir, y ella reverenciaba su memoria, aunque era muy borrosa.

Y tenía una hermana a la que consideraba estúpida, que había traído al mundo a una hija más estúpida aún.

A ella le había tocado en suerte continuar con la línea familiar, el arte familiar, y lo había hecho.

Antes de casarse con Eli MacMillan, lo había meditado y planeado meticulosamente. Lo había considerado como una fusión, dado que los viñedos de Eli eran excelentes y se encontraban debajo de los suyos en el valle. Eli era un buen hombre y, lo que era más importante para ella, un buen viticultor.

Él la quería, pero otros también la habían querido. Disfrutaba con su compañía, pero también había disfrutado con la compañía de otros. Al final, había pensado en su unión como el Merlot, más suave y dulce, mezclado con su Cabernet Sauvignon, más fuerte y amargo.

Una combinación apropiada podía dar excelentes resultados.

La propuesta de matrimonio había estado supeditada a completos y detallados acuerdos mercantiles, acuerdos que habían beneficiado a sus compañías respectivas y a ella la habían dejado satisfecha.

Pero Teresa, que raras veces se sorprendía, se había sorprendido al encontrar comodidad, placer y una sencilla satisfacción en un matrimonio que se acercaba a su vigésimo aniversario.

Eli seguía siendo un hombre atractivo. Teresa no se tomaba a la ligera aquellos asuntos, puesto que hablaban de los genes. Para ella, era tan importante saber de lo que estaba hecho un hombre como lo que el hombre hacía de sí mismo.

Aunque Eli tenía diez años más que ella, Teresa no veía indicio alguno de que empezara a declinar. Eli seguía levantándose al alba todos los días, y daba su paseo matutino con ella, sin importar el tiempo que hiciese.

Confiaba en él como en ningún otro hombre desde su abuelo, y lo amaba más que a ningún otro hombre que no fuera de su propia sangre.

Él conocía todos sus planes y la mayor parte de sus secretos.

—Sophia llegó tarde anoche.

—Ah. —Eli puso una mano sobre su hombro mientras seguían caminando. Era un gesto sencillo y habitual en él. A Teresa le había costado cierto tiempo acostumbrarse a aquella caricia desenfadada de un hombre, de un marido. Y más tiempo aún a contar con ella—. ¿Creías que no iba a venir?

—Sabía que vendría. —Teresa estaba demasiado acostumbrada a ser obedecida para dudarlo—. Si hubiera venido aquí directamente desde Nueva York, habría llegado antes.

—Bueno, tendría una cita. O iría de compras.

Teresa entornó los ojos. Eran casi negros y conservaban su agudeza visual. También su voz era aguda, y tenía la exótica musicalidad de su tierra natal.

—O pasó a ver a su padre.

—O pasó a ver a su padre —convino Eli a su manera tranquila y afable—. La lealtad es un rasgo que siempre has admirado, Teresa.

—Cuando es merecida. —Había ocasiones en que la inamovible tolerancia de Eli la enfurecía, a pesar de su amor por él—. Anthony Avano no merece nada más que repugnancia.

—Un hombre lamentable, un mal marido y un padre mediocre. —Muy parecido a su propio hijo, pensó Eli—. Sin embargo, sigue trabajando para ti.

—Permití que se introdujera demasiado en los asuntos de los Giambelli durante los primeros años de su matrimonio. —Había confiado en él, pensó Teresa, había visto en él un buen potencial. Él la había engañado. Eso no se lo perdonaría jamás—. En todo caso, sabe vender. Utilizo todas aquellas herramientas que cumplen su función. Despedirlo me habría proporcionado una satisfacción personal, pero habría sido una insensatez desde el punto de vista del negocio. Lo que es mejor para Giambelli es lo mejor. Pero no me gusta ver a mi nieta ir detrás de él.

Con un ademán de impaciencia, desechó todo pensamiento sobre su yerno.

—Veremos cómo se toma lo que voy a decir hoy. Sophia le habrá contado que he convocado una reunión, así que él también vendrá.

Eli se detuvo para volverse hacia ella.

—Y eso era exactamente lo que tú querías. Sabías que ella se lo diría.

—¿Y qué? —Los oscuros ojos de Teresa brillaban y su sonrisa era fría.

—Eres una mujer difícil, Teresa.

—Sí. Gracias.

Él se echó a reír y, meneando la cabeza, echó a andar otra vez.

—Lo que vas a anunciar hoy causará revuelo, resquemores.

—Eso espero. —Teresa se detuvo para examinar algunas de las vides más jóvenes, sostenidas por espalderas. Sería necesaria una fuerte poda, pensó. Solo se permitiría que crecieran las más fuertes—. La autocomplacencia no es buena, Eli. Se ha de respetar la tradición y saber explorar lo nuevo.

Observó el paisaje. La niebla era espesa y el aire húmedo. Estaba segura de que el sol no brillaría en todo el día.

Los inviernos se hacían cada vez más largos, pensó.

—Algunas de estas vides las planté yo con mis propias manos —prosiguió—. Vides que mi padre trajo de Italia. A medida que envejecían, surgían de ellas las nuevas. Las nuevas han de tener siempre sitio para echar raíces, Eli, y las viejas tienen derecho a ser respetadas. Lo que construí aquí, lo que hemos construido juntos, es nuestro. Haré lo que considere mejor para ello.

—Siempre lo has hecho. En este caso, como en la mayoría de las ocasiones, estoy de acuerdo contigo. Eso no significa que vayamos a tener una temporada fácil.

—Pero la cosecha será excelente —dijo ella—. Este año... —Alargó la mano para darle la vuelta a una vid desnuda—. Una cosecha fuera de lo común y excelente. Lo sé.

Se volvió y vio a su nieta subir corriendo la pendiente hacia ellos.

—Es tan hermosa, Eli...

—Sí, y fuerte.

—Tendrá que serlo —dijo Teresa, y avanzó unos pasos para coger las manos de Sophia entre las suyas—. Buon giorno, cara. Come va?

Bene, bene. —Se besaron en la mejilla con las manos fuertemente enlazadas—. Nonna. —Sophia se echó hacia atrás para observar el rostro de su abuela. Era un rostro atractivo, no tan suave y hermoso como el de la muchacha de la antigua etiqueta, sino más fuerte, casi fiero. Esculpido, pensaba siempre Sophia, tanto por el tiempo como por la ambición—. Estás estupenda. Y tú. —Se volvió para abrazar a Eli. Con él todo era muy sencillo. Era Eli, solo Eli, el único abuelo al que había conocido. Seguro, afectuoso y sin complicaciones.

Eli la alzó un poco del suelo al abrazarla, lo que hizo reír a Sophia, que se aferró a él.

—Os he visto desde la ventana —dijo, retrocediendo cuando sus pies volvieron a posarse en el suelo, y luego se agachó para palmear y acariciar a la paciente Sally—. Sois como un cuadro, vosotros tres. El viñedo, lo llamaría —añadió, estirándose para abotonar el botón del cuello de Eli. Hacía frío—. Vaya mañanita.

Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y respiró profundamente. Olía la humedad, el jabón de su abuela y el tabaco que Eli debía de haber ocultado en uno de sus bolsillos.

—¿Ha tenido éxito tu viaje? —preguntó Teresa.

—He redactado informes —respondió Sophia, sonriendo y cogiéndose del brazo a sus abuelos para que pudieran caminar juntos—. Te alegrarás, nonna. Y tengo algunas ideas brillantes, modestia aparte, sobre la campaña publicitaria.

Eli miró a Teresa de reojo y, viendo que no iba a hacer ningún comentario, palmeó la mano de Sophia. Pronto empezarían los problemas, pensó.

—Ha empezado la poda. —Sophia se fijó en los cortes recientes que tenían las vides—. ¿También en MacMillan?

—Sí. Es la época.

—Parece que la vendimia aún queda muy lejos. Nonna, ¿vas a decirme por qué nos has traído a todos aquí? Ya sabes que me encanta verte, como también a Eli y a mamá. Pero preparar las vides no es el único trabajo que se necesita en Giambelli.

—Hablaremos después. Ahora desayunaremos antes de que se levanten esos monstruos de Donato y nos vuelvan locos a todos.

Nonna.

—Después —volvió a decir Teresa—. Aún no estamos todos.

Villa Giambelli se alzaba sobre una loma en el centro del valle y junto a un bosque al que se había dejado crecer a su antojo. En sus piedras, la luz producía reflejos dorados, rojos y ambarinos, y tenía numerosas ventanas. La bodega era una réplica de la que había en Italia y seguía en funcionamiento, tras haberse ampliado y modernizado.

Se le había añadido una amplia sala de degustación, bellamente decorada, donde los clientes, previa cita, podían catar los vinos, acompañados de diferentes panes y quesos. Se invitaba a los clubes de catadores a espléndidas reuniones cuatro veces al año, y tanto la oficina de allí como la de San Francisco organizaba visitas guiadas.

El vino que se compraba en la bodega misma podía ser enviado a cualquier parte del mundo.

Las bodegas, con su aire frío y húmedo, que horadaban las colinas, se usaban para almacenar y envejecer el vino. Los campos en los que se hallaba Villa Giambelli y sus instalaciones alcanzaban más de cuarenta hectáreas, y durante la vendimia, el aire mismo olía a la promesa del vino.

El patio central de la villa estaba embaldosado en rojo y tenía una fuente con un Baco sonriente que alzaba su copa en un brindis permanente. Cuando pasara el frío del invierno, el patio se llenaría de docenas de tiestos que le darían vida con sus flores y sus aromas.

La villa tenía doce dormitorios y quince cuartos de baño, un solario, un salón de baile y un comedor con capacidad para sesenta comensales. Había habitaciones dedicadas a la música y otras dedicadas a los libros. Habitaciones para trabajar y otras para la contemplación. En el interior de sus muros albergaba una colección de arte italiano y estadounidense que no tenía parangón.

Había piscina al aire libre y piscina cubierta, y un garaje para veinte coches. Sus jardines eran una maravilla.

Balcones y terrazas adornaban los muros y una serie de cortas escaleras permitían a familiares e invitados acceder a la villa o salir de ella por puertas privadas.

A pesar de sus dimensiones y de sus tesoros, era un hogar.

La primera vez que Tyler había visto la villa le había parecido un castillo, lleno de enormes salas e intrincados corredores. En aquel momento le parecía una prisión en la que le habían condenado a pasar demasiado tiempo con demasiada gente.

Quería estar al aire libre, cuidando de las viñas y bebiendo café fuerte del termo. En cambio, estaba atrapado en la sala de estar de la familia, bebiendo un excelente Chardonnay. En la chimenea crepitaba alegremente el fuego, y por toda la habitación había vistosas bandejas de porcelana italiana con pequeños aperitivos.

Tyler no comprendía por qué la gente perdía tiempo y esfuerzo con aquellos escuetos bocados, cuando un sándwich era más rápido y sencillo de comer.

¿Por qué la comida había de convertirse en un maldito acontecimiento?, se preguntó. Imaginó que lo lincharían en el acto si se atrevía a pronunciar semejante herejía en una casa italiana.

Se había visto obligado a sustituir la ropa de trabajo por unos pantalones y un suéter: su idea de un atuendo formal. Al menos no se había embutido en un traje como... ¿cómo se llamaba aquel tipo? Don. Don, de Venecia, con una mujer que llevaba demasiado maquillaje y demasiadas joyas, y que parecía tener siempre a un bebé chillón colgado de alguna parte de su cuerpo.

Hablaba demasiado y nadie le prestaba la menor atención, sobre todo su marido.

Francesca Giambelli Russo no decía prácticamente nada. Qué distinta de la signora, pensó Ty. Nadie diría que eran hermanas. Francesca era delgada y menuda, una mujer insignificante que estaba siempre pegada al asiento y parecía presta a asustarse si alguien se dirigía a ella directamente.

Ty ponía siempre gran cuidado en no hacerlo.

El niño, si se podía llamar niño a aquel demonio del infierno, estaba tirado sobre la alfombra, haciendo entrechocar dos camiones. El collie de Eli, Sally, se escondía bajo las piernas de Sophia.

Magníficas piernas, se dijo Ty distraídamente.

Sophia parecía tan elegante y refinada como siempre, como un personaje de cine en tres dimensiones. Aparentaba estar enfrascada en la conversación con Don, y no apartaba sus grandes ojos de color chocolate de la cara de su primo, pero Ty vio que pasaba unos bocados discretamente a la perra. El movimiento era demasiado hábil y calculado para que hiciera mucho caso de la conversación.

—Las olivas rellenas son estupendas. —Claudia se detuvo junto a él con una pequeña bandeja.

—Gracias. —Tyler cambió de postura. De todos los Giambelli, Claudia era la persona con la que se encontraba más a gusto. Claudia no esperaba de él que se enzarzara en una conversación insustancial solo para oír su propia voz—. ¿Alguna idea sobre cuándo va a empezar la reunión?

—Cuando mi madre lo disponga y no antes. Mis fuentes me han informado de que seremos catorce a la mesa para comer, pero no sé a quién estamos esperando. Sea quien sea, Eli parece contento. Es buena señal.

Ty soltó un leve gruñido pero se contuvo, recordando sus buenos modales.

—Esperémoslo —dijo.

—Hace semanas que no te vemos por aquí... has estado ocupado —dijo Claudia, al mismo tiempo que él pronunciaba las palabras, luego se echó a reír—. Naturalmente. ¿Qué más haces, además de ocuparte del negocio?

—¿Qué otra cosa hay?

Claudia meneó la cabeza y volvió a ofrecerle las olivas.

—Te pareces más a mi madre que ninguno de nosotros. ¿No salías con alguien el verano pasado? ¿Una rubia muy guapa? ¿Pat, Patty?

—Patsy. En realidad no salíamos. Solo era... —Hizo un gesto vago—. Ya sabes.

—Querido, tienes que salir más. Y no solo por... ya sabes.

Resultaba tan maternal que Ty sonrió sin poder remediarlo.

—Lo mismo podría decir de ti.

—Oh, yo no soy más que un viejo mueble.

—El mueble más bonito de toda la habitación —replicó él, haciendo que ella volviera a reír.

—Siempre has sido un encanto cuando te esfuerzas —dijo. Y el cumplido, incluso de un hombre al que consideraba casi como un hijo, levantó unos ánimos que parecían decaer con excesiva facilidad en los últimos tiempos.

—Mamá, estás acaparando las olivas —dijo Sophia, acercándose de pronto para coger una. Junto a su encantadora y serena madre, era como una bola de fuego, dinámica y chispeante. Del tipo que le daba a uno más de un sobresalto repentino si se acercaba demasiado.

O eso había pensado siempre Ty.

Por ese único motivo siempre había procurado mantener una cómoda y segura distancia entre los dos.

—Deprisa, háblame. ¿Ibas a dejarme atrapada con Don el Aburrido para siempre? —musitó Sophia.

—Pobre Sophia. Bueno, míralo de esta manera. Seguramente es la primera vez en varias semanas que ha podido decir cinco palabras seguidas sin que Gina lo interrumpa.

—Pues se ha desquitado, créeme. —Puso los ojos en blanco—. Bueno, Ty, ¿y tú qué tal estás?

—Bien.

—¿Trabajando duro en MacMillan?

—Claro.

—¿Conoces alguna frase con más de una palabra?

—Algunas. Pensaba que estabas en Nueva York.

—Estaba —dijo ella, imitando el tono de Ty—. Ahora estoy aquí. —Miró hacia atrás por encima del hombro, cuando sus dos primos pequeños empezaron a chillar y gimotear—. Mamá, si alguna vez fui tan repelente, ¿cómo conseguiste contenerte y no ahogarme en la fuente?

—Nunca fuiste repelente, cariño. Exigente, arrogante, temperamental, sí, pero nunca repelente. Perdonadme. —Claudia entregó la bandeja a Sophia y se dispuso a hacer lo que mejor se le daba: tranquilizar los ánimos.

—Supongo que debería haberlo hecho yo —dijo Sophia, con un suspiro, mirando a su madre, que aupaba a la llorosa niña—. Pero no he visto un par de niños menos agradables en toda mi vida.

—Eso es porque están demasiado mimados y desatendidos.

—¿Las dos cosas a la vez? —Sophia reflexionó, mirando a Don, que no hacía el menor caso a su hijo, y a Gina, que le hacía arrumacos mientras él chillaba—. Tienes razón —decidió. Luego, dado que los niños no eran problema suyo (gracias a Dios), volvió a fijar su atención en Tyler.

Era tan... tan hombre, pensó. Parecía tallado en piedra de las montañas que guardaban el valle. Y desde luego era más placentero mirarlo a él que al niño de cuatro años con una rabieta.

Bien, si conseguía entablar una conversación razonable con él, estaría agradablemente ocupada hasta que se sirviera la comida.

—¿Tienes idea de lo que se va a tratar en la reunión? —preguntó.

—No.

—¿Me lo dirías si lo supieras?

Él se encogió de hombros y contempló a Claudia, que musitaba palabras cariñosas a la pequeña Teresa y se la llevaba hacia una ventana. Parecía muy natural, pensó, como una Virgen, tal vez. Y por aquel motivo, la enfurruñada e irritable niña adquirió un aspecto más atractivo.

—¿Por qué crees que tiene hijos la gente, cuando no piensan prestarles la menor atención?

Sophia empezó a hablar, pero se interrumpió de pronto, cuando su padre y Rene entraron en la habitación.

—Buena pregunta —musitó y, cogiéndole el vaso, apuró el vino de Ty—. La maldita pregunta es muy buena.

Junto a la ventana, Claudia se puso tensa y se esfumó el sencillo placer que había experimentado mientras apaciguaba a la niña.

Al instante se sintió anticuada y sin gracia, vieja, gorda, amargada. Allí estaba el hombre que la había repudiado. Y allí estaba la última de una larga lista de sustitutas: más joven, más elegante, más guapa, más sexy.

Sin embargo, sabiendo que su madre no lo haría, Claudia dejó la niña en el suelo y se acercó a saludarlos. Su sonrisa era cordial y favorecía a su rostro, mucho más atractivo de lo que ella creía. Su sencillo atuendo de pantalones y suéter era mucho más elegante y femenino que el ajustado traje de chaqueta que llevaba Rene. Y sus modales tenían una clase innata, cuyo brillo era más auténtico que el de los diamantes.

—Tony, me alegro de que hayas podido venir. Hola, Rene.

—Claudia. —Rene sonrió lentamente; pasó la mano por el brazo de Tony, haciendo que la luz se reflejara en el diamante que llevaba en el dedo y esperó un momento para asegurarse de que Claudia había visto el anillo y había comprendido su significado—. Pareces... descansada.

—Gracias. —A Claudia le flaquearon las rodillas. Le pareció que perdía apoyo, como si Rene la hubiera barrido con sus altos zapatos rojos—. Entrad, por favor, sentaos. ¿Qué queréis beber?

—No te preocupes, Claudia —dijo Tony, inclinándose para darle un simulacro de beso en la mejilla—. Iremos a saludar a Teresa.

—Ve con tu madre —dijo Ty a Sophia entre dientes.

—¿Qué?

—Ve, pon alguna excusa para sacar a tu madre de aquí.

Sophia vio entonces el destello del diamante en el dedo de Rene y la mirada de sorpresa absoluta de su madre. Le dio la bandeja a Ty y atravesó la habitación a grandes zancadas.

—Mamá, ¿puedes ayudarme un momento?

—Sí... pero deja que...

—Solo será un segundo —añadió Sophia, llevándose a Claudia rápidamente fuera de la habitación, y no dejó de caminar hasta que atravesaron el vestíbulo y llegaron a la biblioteca de dos plantas. Allí, cerró la doble puerta, y se apoyó en ella.

—Mamá, lo siento muchísimo.

—Oh. —Claudia intentó sonreír y se pasó una mano temblorosa por la cara—. Y yo que pensaba que lo había conseguido.

—Lo has hecho muy bien. —Sophia se acercó a su madre presurosa, cuando Claudia se sentó en el brazo de una butaca—. Pero te conozco muy bien. —Cogió la cara de su madre entre las manos—. Y parece ser que Tyler también. El anillo es ostentoso y vulgar, como ella.

—Oh, cariño. —Su risa era forzada—. Es deslumbrante, magnífico, como ella. No pasa nada. —Pero Claudia desmintió sus propias palabras, empezando a darle vueltas a su alianza—. De verdad, no pasa nada.

—Y un cuerno. La odio. Los odio a los dos, y voy a volver ahí para decírselo ahora mismo.

—No. —Claudia se levantó y cogió a Sophia por los brazos. El dolor que veía reflejado en los ojos de su hija, ¿era igual de evidente en los suyos? ¿Y tenía ella la culpa? ¿Había arrastrado a su hija al vacío por culpa de aquel limbo interminable en el que ella vivía?—. Con eso no resuelves nada, no cambia nada. No tiene sentido odiar, Sophia. Solo conseguirás hacerte daño a ti misma.

No, pensó Sophia. No es cierto. El odio puede forjar el carácter de una persona.

—¡Enfádate! —exclamó—. Ponte furiosa y grita y llora. —Haz cualquier cosa, pensó. Cualquier cosa menos quedarte ahí, humillada y dolida. No puedo soportarlo.

—Ya lo haces tú, cariño. —Claudia acarició los brazos de Sophia para tranquilizarla—. Mucho mejor de lo que lo haría yo.

—Cómo se han atrevido a venir aquí. A venir como si tal cosa para restregárnoslo por las narices. Papá no tenía derecho a hacernos esto, ni a ti, ni a mí.

—Tiene derecho a hacer lo que quiera. Pero no ha podido hacerlo peor. —Excusas, admitió para sí. Había pasado treinta años buscando excusas para Anthony Avano. Una costumbre difícil de olvidar—. No dejes que te afecte. Sigue siendo tu padre. Ocurra lo que ocurra, siempre será tu padre.

—Nunca ha sido un padre para mí.

—Oh, Sophia —dijo Claudia, palideciendo.

—No. No. —Furiosa consigo misma, Sophia alzó una mano—. Estoy siendo repelente. Esto no tiene que ver conmigo, pero no puedo evitar meterme. Ni siquiera tiene que ver con él —dijo, calmándose—. Él ni siquiera se da cuenta, pero ella sí. Ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo y cómo quería hacerlo. Y la odio por venir a nuestra casa y tratarte con esa prepotencia... no, maldita sea, tratarnos a todos.

—Has pasado por alto una cosa, cariño. Puede que Rene ame a tu padre.

—Oh, por favor.

—No seas cínica. Si yo le amé, ¿por qué no podría amarlo ella?

Sophia giró en redondo. Quería patear algo, romper algo, y coger los trozos y restregárselos a Rene por su perfecta cara californiana.

—Lo que ama es su dinero, su posición y su maldita cuenta de gastos, a cargo de la compañía.

—Seguramente, pero Tony es del tipo de hombres que consiguen hacerse amar por las mujeres... sin esforzarse.

Sophia notó el tono de melancolía de su madre. Ella jamás había amado a ningún hombre, pero sabía reconocer la voz de una mujer que sí había amado, que amaba aún. Y lo desesperado de aquella situación hizo que se calmara su furia.

—No has dejado de quererlo —dijo.

—Si es así, sería mejor que lo intentara. ¿Me prometes una cosa? No hagas una escena.

—Detesto privarme de esa satisfacción, pero supongo que un frío desinterés tendrá más efecto. De un modo u otro, quiero borrar esa expresión de suficiencia de su cara.

Sophia volvió a acercarse a su madre para besarla en ambas mejillas y luego la abrazó. A ella podía amarla sin dudas ni recelos.

—¿Estarás bien, mamá?

—Sí. Mi vida no cambia, ¿verdad? —Y aún peor—: Nada cambia en realidad. Volvamos.

—Te diré lo que vamos a hacer —dijo Sophia cuando salieron al vestíbulo—. Voy a reorganizar mi agenda y tomarme un par de días para que tú y yo vayamos al balneario. Nos meteremos en el barro hasta el cuello, nos dejaremos dar masajes faciales, y frotar y restregar todo el cuerpo. Gastaremos montones de dinero en carísimos productos de belleza que no usaremos jamás y nos pasaremos el día entero tumbadas en albornoz.

Cuando pasaban por delante del tocador, se abrió la puerta y salió una mujer morena de mediana edad.

—Eso suena de maravilla —dijo—. ¿Cuándo nos vamos?

—Helen. —Claudia se llevó una mano al corazón al inclinarse para dar un beso a su amiga—. Me has dado un susto de muerte.

—Lo siento. Tenía una urgencia. —Se estiró la falda del traje de chaqueta de color gris por las caderas, intentando asegurarse de que la llevaba en su sitio—. Es por culpa de todo el café que he bebido durante el trayecto hasta aquí. Sophia, estás estupenda. Tan... —Cambió el maletín de mano y se irguió—. ¿Los sospechosos habituales en la sala de estar?

—Más o menos. No sabía que se refería a ti cuando mi madre ha dicho que vendrían los abogados. —Y, pensó Sophia, si su abuela había llamado a la jueza Helen Moore, el asunto tenía que ser serio.

—Porque Claudia tampoco lo sabía, ni yo misma, hasta hace unos días. Tu abuela insistió en que me ocupara del asunto personalmente. —Los sagaces ojos grises de Helen se desviaron hacia la puerta de la sala de estar.

De una manera o de otra, había estado involucrada en la vida y los negocios de los Giambelli desde hacía casi cuarenta años, pero nunca dejaban de fascinarla.

—¿Os tiene a todos en la inopia?

—Eso parece —musitó Claudia—. Helen, está bien, ¿verdad? Creía que esa idea de cambiar su testamento y todo lo demás formaba parte de la etapa por la que ha atravesado este último año, desde que murió el signore Baptista.

—Por lo que sé, la signora está tan sana como siempre. —Helen se ajustó sus gafas de montura negra y sonrió a su vieja amiga para tranquilizarla—. Como abogada de tu madre, no puedo decirte nada más sobre sus motivos, Claudia. Aunque los comprendiera. Es su espectáculo. ¿Por qué no vamos a ver si está preparada ya para levantar el telón?