Primer día - Martes
El dueño de una pequeña tienda de material sanitario fue quien lo vio todo. O por lo menos eso dijo.
Estaba dentro de la tienda pero junto al escaparate, redisponiendo los artículos para exhibirlos mejor, cuando alzó la vista y vio a un hombre al otro lado de la calle. Era un hombre de aspecto corriente. El dueño de la tienda no le hubiese prestado mucha atención de no cojear. Luego testificaría que, en aquel momento, no había visto a nadie más en la calle.
El cielo estaba encapotado con una capa de nubes grises y hacía calor, verdadero bochorno. Lo que la retranca popular había bautizado como «el Paraíso» estaba tan desolado y sórdido como siempre; un centro comercial en el corazón de uno de esos bloques de viviendas degradados, azotados por la delincuencia y plagados de graffiti que deforman el paisaje urbano entre Leyton, Edmonton, Dalston y Tottenham.
Treinta años atrás, cuando entregaron las llaves de aquellos apartamentos, se organizó un acto a bombo y platillo durante el que cantaron las excelencias de aquel nuevo estilo de viviendas de protección oficial para los obreros. El solo nombre oficial, «Colonia Jardín», ya tenía que haber ahuyentado a los futuros vecinos. Porque aquello no olía precisamente a colonia ni había sido jardín desde la Edad Media. En realidad, era un gueto de cemento gris, administrado por un distrito municipal que enarbolaba la bandera roja del comunismo internacional en lo alto del edificio del ayuntamiento, y diseñado por arquitectos que preferían vivir en chalets acariciados por madreselvas. De modo que Colonia Jardín tardó en marchitarse menos que un rosal en una solana.
En 1996 la retícula de pasadizos, pasos subterráneos y calles que comunicaban los fríos bloques de aquella ciudad dormitorio, tenía dos dedos de mugre, amarilleaba de orines y solo tenía vida por la noche, cuando las pandillas de jóvenes del barrio, parados e inempleables, vagaban por el barrio para comprarles a los «camellos».
Los obreros jubilados, de respetabilidad intachable, que trataban de seguir aferrados a la antigua moralidad, de afirmarse en los confortadores principios de los días de su juventud, vivían en apartamentos con puertas de seguridad, por miedo a las manadas de lobos que merodeaban por el barrio.
Las fachadas de los bloques, de siete pisos cada uno, daban a pasadizos con mugrientas escaleras en cada extremo en los que aún quedaban rodales de lo que fuera hierba verde y lozana. Unos pocos coches oxidados, abandonados y dejados sin apenas más que el chasis, se hallaban junto a las calles interiores que limitaban espacios cuadrados diseñados para ocio público y de las que partían estrechos pasadizos que cruzaban el Paraíso.
En la calle comercial más importante hubo en otro tiempo muchas tiendas, que habían terminado por cerrar, hartos sus dueños de luchar contra los robos, los hurtos, los destrozos de los gamberros que no dejaban un escaparate sano y las agresiones racistas. Más de la mitad de las tiendas estaban ahora tapiadas con planchas de madera descoloridas y cerrojos de hierro y las pocas que seguían abiertas intentaban protegerse con alambradas.
En una esquina montaba guardia el señor Veejay Patel, llegado de Uganda con sus padres cuando tenía diez años, huyendo de las brutalidades de Idi Amín. El Reino Unido los había acogido. Estaba agradecido. Incluso amaba a su patria adoptiva, se mostraba respetuoso con la ley, trataba de ser un buen ciudadano, perplejo por la progresiva degeneración de las costumbres que caracterizaba los años noventa.
Hay zonas, que la policía metropolitana de Londres llama el «cuadrante noroeste», por las que todo forastero haría mejor en no pisar. Y el cojo era un forastero. Estaba a poco menos de quince metros de la esquina cuando, dos hombres que asomaron de uno de los pasadizos entre dos de las tiendas tapiadas le cerraron el paso.
El señor Patel se alarmó y observó. No eran exactamente del barrio, pero tan peligrosos como los de por allí. Los conocía bien a los dos. Uno de ellos era fornido, con la cabeza rapada y cara de cerdo. Incluso a treinta metros de distancia, Patel pudo ver relucir un anillo en el lóbulo de la oreja izquierda. Llevaba unos vaqueros holgados y una camiseta muy sucia. Una panza prominente asomaba por encima del cinturón de piel. Se plantó en jarras frente al cojo, que no tuvo más remedio que detenerse.
El otro tipo era más delgado. Llevaba pantalones militares y un anorak gris de cremallera. El pelo, lacio y grasiento, le llegaba un poco más abajo de las orejas. Se situó detrás de la víctima y aguardó. Su fornido compañero alzó el puño derecho delante de la cara del hombre que iban a atracar. Patel vio el brillo del metal en el puño. No pudo oír lo que decían pero vio la boca del fornido moverse diciéndole algo al cojo. Todo lo que tenía que hacer la víctima era entregar su cartera, el reloj y cualquier otra cosa de valor que llevase. Con suerte los navajeros cogerían el botín y echarían a correr; y la víctima podía salir ilesa.
Probablemente fue una estupidez por parte del cojo hacer lo que hizo. Eran dos contra uno, y más fuertes. A juzgar por su pelo gris, era un hombre de mediana edad, y su cojera indicaba que no podía ser muy ágil. Pero se resolvió contra ellos.
El señor Patel vio que alzaba la mano derecha con suma rapidez. Dio la impresión de ladear un poco el cuerpo para darse impulso y aumentar la fuerza del golpe. El fornido recibió el golpe en la nariz. Y lo que hasta ese momento fue solo gesticulación, tuvo el súbito acompañamiento de un grito de dolor que el señor Patel pudo oír pese a estar dentro de su tienda.
El fornido trastabilló hacia atrás, se llevó las manos a la cara y Patel vio brillar sangre entre sus dedos.
Cuando prestó testimonio, el tendero tuvo que hacer una pausa para recordar con claridad y por orden lo que sucedió a continuación.
El del pelo lacio le lanzó al cojo un puñetazo a los riñones, y luego le dio una patada en la corva de la pierna buena. Con eso bastó. El cojo se desplomó en la acera. En la Colonia Jardín solo se llevaban dos clases de calzado: zapatillas de deporte (para correr) y botas (para dar patadas). Los dos navajeros llevaban botas. El hombre caído en la acera se había hecho un ovillo, en posición fetal para proteger sus partes. Pero eran cuatro botas las que lo atacaban; y el fornido, que todavía se cubría la nariz con una mano, la emprendió a patadas con la cabeza del cojo.
Según el tendero, le dio por lo menos veinte patadas, hasta que la víctima dejó de retorcerse y girar. El melenudo del pelo lacio se inclinó hacia él, le desabrochó la chaqueta y le registró los bolsillos.
Patel vio que sacaba la cartera con el índice y el pulgar. Luego los navajeros se irguieron y echaron a correr cuesta arriba por el pasadizo, hasta escabullirse por la retícula de callejones de los bloques. Antes de desaparecer, el fornido tiró de su camiseta y la utilizó para intentar detener la sangre que manaba de su nariz.
Cuando los hubo perdido de vista, el tendero llamó a emergencias. La operadora tuvo que repetirle varias veces que, si no daba su nombre y su dirección, no podrían enviar a nadie. Una vez cumplido el requisito, Patel pidió que enviasen una ambulancia y un coche patrulla. Luego volvió a situarse tras la luna del escaparate. El cojo seguía tendido en el suelo, inerte. Nadie acudió en su auxilio. Era una calle donde nadie quería buscarse complicaciones. A Patel no le hubiese importado cruzar la calle y hacer lo que pudiese, pero no tenía la menor idea de primeros auxilios. Temió que mover al herido fuese contraproducente, aparte de que no se atrevió a dejar la tienda sola. De modo que aguardó.
El coche patrulla fue el primero en llegar, en menos de cuatro minutos. Por pura casualidad, los dos agentes de la dotación estaban a menos de un kilómetro, en Upper High Road, cuando recibieron la llamada. Ambos conocían el barrio y el Paraíso. Habían estado allí de servicio durante los disturbios raciales de la primavera.
Cuando el coche se detuvo y el aullido de la sirena se extinguió, uno de los agentes bajó y corrió hacia el cuerpo que yacía en el suelo. El otro se quedó sentado al volante y llamó por radio para que le confirmasen que acudía la ambulancia. Patel vio a los agentes mirar hacia su tienda desde la acera de enfrente, sin duda para confirmar la dirección que les dieron los de emergencias. Pero no fueron a hablar con él. Eso podía esperar. Los agentes desviaron la mirada al oír la sirena de la ambulancia que se acercaba con las luces destellantes encendidas.
Unos cuantos curiosos se habían congregado a lo largo de la calle, pero sin acercarse demasiado. La policía intentaría después interrogar a los potenciales testigos, pero sería una pérdida de tiempo. En aquel barrio se curioseaba mucho, pero de ayudar a los polis ni hablar.
Con la ambulancia llegaron dos enfermeros, competentes y con experiencia. Para ellos, al igual que para la policía, las normas eran las normas y debían cumplirlas al pie de la letra.
—Parece un atraco y una paliza —comentó el agente que se había arrodillado junto al cuerpo—. Y tiene mala pinta.
Los enfermeros asintieron con la cabeza y empezaron a asistir al herido. Como no había hemorragia, lo prioritario era inmovilizar el cuello. Las víctimas de accidentes de automóvil o de palizas pueden morir mientras las asisten, si las vértebras cervicales han resultado dañadas y se les mueve con torpeza. De modo que los enfermeros prepararon un collarín semirrígido para evitar que el cuello se moviese.
La siguiente medida era colocarlo en una tabla especial para inmovilizarle la columna vertebral. Solo entonces podrían aupar al herido y meterlo en la ambulancia. Los enfermeros actuaron con rapidez y eficiencia. Cinco minutos después de haber empezado a asistir al herido en la acera estuvieron preparados para conducirlo al hospital.
—Tendré que ir con ustedes —dijo un agente—, quizá pueda declarar.
Los profesionales de los servicios de emergencia saben quiénes hacen lo que hacen y por qué lo hacen. Eso ahorra tiempo. El enfermero asintió con la cabeza. La ambulancia era su territorio y él estaba al mando, pero también la policía debía hacer su trabajo. Pero sabía que las probabilidades de que el herido pudiese decir una sola palabra eran prácticamente nulas.
—Pero no lo moleste, que está muy grave.
El agente subió a la ambulancia y se sentó junto a la mampara que separaba la cabina de la parte trasera. El conductor cerró las puertas y corrió a ponerse al volante. Su compañero se inclinó hacia el hombre que yacía en la camilla. Segundos después la ambulancia avanzaba a toda velocidad por la calle principal del barrio, ante la mirada de los curiosos que se agolpaban en las aceras, con su estridente sirena abriéndose paso entre el denso tráfico de High Road.
El agente observaba cómo el enfermero atendía al herido. Ante todo garantizar la respiración. Un bloqueo de la tráquea, producido por la sangre y la mucosidad, puede matar por asfixia a una persona casi tan rápido como una bala. El enfermero utilizó una bomba de succión, que extrajo una pequeña cantidad de mucosidad, como la típica de los fumadores, pero poca sangre. Una vez libre el paso del aire, el herido podría respirar lo justo para seguir vivo. Para mayor seguridad, el enfermero puso una mascarilla de oxígeno con una bolsa de reserva junto a la hinchada cara del herido. La rápida inflamación era lo que más preocupaba al enfermero. Era un síntoma que conocía muy bien.
Al tomarle el pulso notó que era regular pero demasiado rápido (otro síntoma de posible traumatismo cerebral). La escala de coma Glasgow mide la actividad del cerebro humano en una escala de 15. Cuando una persona está plenamente consciente y despierta la escala da 15 sobre 15. Un test mostró que el herido daba 11 sobre 15 y con tendencia a disminuir. Si se llega a 3 significa coma profundo, y por debajo de 3 significa la muerte.
—¡Al Royal London! —gritó el enfermero por encima del aullido de la sirena—. A urgencias y neurocirugía.
El conductor asintió y se saltó varios semáforos en rojo mientras los coches y los camiones se apartaban. Luego enfiló Whitechapel. El hospital Royal London de Whitechapel Road dispone de una unidad de neurocirugía muy avanzada. Otro hospital, que está más cerca, no disponía de esa unidad. Pero si lo que necesitaba el paciente era un neurocirujano merecía la pena tardar unos minutos más.
El conductor iba hablando con la central para comunicar su posición exacta en la zona sur de Tottenham, el tiempo que calculaba tardaría en llegar al Royal London y pedir que un equipo de traumatología estuviese preparado en urgencias. El enfermero que iba detrás estaba en lo cierto. Uno de los posibles síntomas de heridas graves en la cabeza, especialmente después de una agresión, es que el tejido blando de toda la cara y la cabeza se inflame rápidamente hasta darle a la víctima el aspecto de una gárgola irreconocible. La cara del herido había empezado a inflamarse ya en la acera, y cuando la ambulancia llegó al Royal London su cara parecía una pelota de rugby.
Se abrieron las puertas y bajaron la camilla para entregarlo a los de traumatología, tres enfermeras, un anestesista y dos médicos dirigidos por el doctor Carl Bateman. Rodearon la camilla, levantaron al herido, que seguía llevando la tabla vertebral, lo colocaron en otra camilla y lo entraron al hospital.
—¡Necesito que me devuelvan la tabla vertebral! —gritó el enfermero de la ambulancia.
Pero no lo oyeron. Tendrían que pasar a recogerla al día siguiente. El policía bajó del coche.
—¿Adónde voy? —preguntó.
—Ahí —repuso el enfermero—, pero no moleste.
El agente asintió y se dirigió hacia las puertas giratorias confiando en conseguir una declaración. Pero lo único que obtuvo fueron unas palabras de la jefa de enfermeras.
—Siéntese ahí y no moleste —le dijo.
Al cabo de media hora el Paraíso era un hervidero de actividad. Un inspector de uniforme de la comisaría de Dover Street se había hecho cargo del caso. Habían acordonado dos largos tramos de la calle, a partir del lugar donde ocurrió la agresión, y lo señalizaron con cinta amarilla. Una docena de agentes recorrió los bloques para preguntar en las tiendas y los pisos. Los apartamentos del edificio de seis plantas que había frente al lugar de la agresión eran de especial interés, porque cualquiera que hubiese estado asomado a la ventana pudo haber visto lo ocurrido. Pero era casi una misión imposible. Unos se excusaban porque no habían visto nada; otros se cerraban en banda; y otros los obsequiaban con exabruptos variopintos. Pese a ello, los agentes agotaron todas las posibilidades del puerta a puerta. El inspector había llamado para que le enviasen a un agente de la Brigada de Investigación Criminal, porque estaba claro que se trataba de un crimen.
En la comisaría de Dover Street, Jack Burns estaba tomando el té en la cantina cuando recibió la llamada para que se presentase ante el jefe de la brigada, el comisario Alan Parfitt, que le ordenó que se hiciese cargo del caso de la agresión ocurrida en el Paraíso. Burns dijo que estaba ocupado con una serie de desvalijamientos de coches en cadena, un robo por el procedimiento del tirón y que, además, tenía que acudir al juzgado a la mañana siguiente. Pero no le sirvió de nada. Estaban cortos de personal, le dijo Parfitt.
Agosto, maldito agosto, refunfuñó Jack Burns al salir del despacho del comisario. Llegó al lugar de los hechos con su compañero el sargento Luke Skinner, casi al mismo tiempo que varios miembros del grupo pericial del cuerpo, que siempre ha de realizar un trabajo muy desagradable. Vestidos con monos de trabajo y guantes protectores, su misión consiste en rastrear el lugar de los hechos en busca de pistas. Como las pistas no siempre se descubren a primera vista, el procedimiento habitual consiste en hacer un buen barrido, meter en una bolsa lo que recojan y averiguar después de qué se trata. Pero, a menudo, la cosa no queda en un barrido, sino que se ven obligados a gatear por lugares bastante desagradables; los bloques de Colonia Jardín eran de los más repugnantes.
—Hay que buscar una cartera, Jack —dijo el inspector de uniforme que había hablado con el señor Patel—. Y uno de los agresores sangraba por la nariz. Se la apretaba con el bajo de la camiseta al huir. Ha podido dejar sangre en el suelo.
Burns asintió. Mientras los del grupo pericial rastreaban los callejones malolientes de los bloques, y los agentes uniformados trataban de localizar a otro testigo presencial, Jack Burns entró en la tienda del señor Veejay Patel.
—Soy el inspector Burns, de la Brigada de Investigación Criminal —dijo mostrándole su placa—. Mi compañero es el sargento Skinner. Tengo entendido que fue usted quien llamó.
Patel sorprendió a Jack Burns, que era del condado de Devon y llevaba tres años en la brigada, siempre en la comisaría de Devon Street (una predestinación). En su condado natal estaba acostumbrado a que los ciudadanos colaborasen con la policía en todo momento y lugar. De modo que al destinarlo al noroeste de Londres el cambio fue muy brusco. Patel le recordaba a Devon. Se mostraba dispuesto a ayudar y se expresaba con claridad, concisión y exactitud. En una larga declaración que le tomó el sargento Skinner, explicó con detalle lo ocurrido y dio claras descripciones de los agresores. A Jack Burns le cayó muy bien. Ojalá que en todos los casos pudiesen contar con un testigo presencial como Veejay Patel, que procedía de Entebbe pero ya era de Edmonton.
Ya oscurecía en el Paraíso cuando Patel firmó la declaración que el sargento Skinner transcribió a mano.
—Me gustaría que viniese usted a la comisaría y examinase unas fotografías, si le es posible, señor Patel —dijo Burns—. Quizá pueda reconocer a los agresores. Nos ahorraría mucho tiempo saber a quiénes hemos de buscar.
Patel no tuvo más remedio que excusarse.
—Esta tarde no, si no les importa. Estoy solo en la tienda. Cierro a las nueve. Pero mañana regresa mi hermano, que está de vacaciones. Ya saben, en agosto… Pero podría ir a la comisaría por la mañana.
Burns reflexionó. Tenía que comparecer en el juzgado a las diez y media, para pedir una prolongación de prisión provisional. Tendría que dejarlo en manos de Skinner.
—¿Qué tal a las once? ¿Sabe dónde está la comisaría de Dover Street? Pregunte por mí en recepción.
—Estos no abundan —dijo Skinner al cruzar la calle para volver al coche.
—Me cae bien —dijo Burns—. Cuando detengamos a esos cabrones creo que podremos procesarlos.
Durante el regreso a comisaría, el inspector Burns se enteró por la radio de dónde estaba ingresado el herido y qué agente estaba con él. Era un agente muy joven. Lo localizó por teléfono al cabo de cinco minutos.
—Quiero que me traiga a comisaría todos sus efectos personales; la ropa, todo —le ordenó al joven agente—. Y una identificación. Aún no sabemos quién es. Cuando lo tengan todo, llámeme y le enviaremos un relevo.
Al doctor Carl Bateman no le preocupaba el nombre ni las señas del paciente que estaba en la camilla, ni tampoco quién lo hubiese agredido. Su única preocupación era salvarle la vida. Desde urgencias había llevado la camilla directamente a la sala de reanimación, donde un equipo médico puso manos a la obra. Bateman estaba seguro de que el paciente tenía múltiples heridas internas, pero las normas eran claras: primero asegurarse de que sobreviviese, y luego del resto. De modo que de inmediato abordó el procedimiento VRCC (ventilación, respiración, circulación y consciencia).
Por lo que a la ventilación se refería los enfermeros lo habían hecho muy bien. La ventilación era buena y, aunque con un ligero pitido, el paciente respiraba bien. El cuello estaba inmovilizado. El jefe del equipo de neurocirugía le auscultó pecho y espalda. Detectó un par de costillas fracturadas. Pero esas lesiones, al igual que los aplastados nudillos de la mano izquierda y varios dientes rotos, no eran problemas que amenazasen la vida del paciente y podían esperar. Pese a las costillas rotas respiraba con regularidad. De poco sirve llevar a cabo una espectacular operación si el paciente decide dejar de respirar. El pulso le preocupaba. En lugar de las normales ochenta pulsaciones estaba por encima de las cien. Demasiado rápido; un probable signo de traumatismo interno. En cuanto a la circulación, en menos de un minuto el doctor Bateman hizo que le colocasen dos catéteres intravenosos; a través de uno le extrajeron veinte milímetros cúbicos de sangre para analizarla de inmediato; luego, mientras procedían al resto del reconocimiento, le inyectaron suero. Finalmente, el doctor tuvo que valorar el nivel de consciencia del paciente. Y no tenía buena pinta. La cara y la cabeza no parecían de un ser humano, y la escala Glasgow mostraba que estaba ahora en 6 de 15, y disminuyendo peligrosamente. Había lesión cerebral grave. Para sus adentros, Carl Bateman volvió a agradecer la decisión del enfermero de tardar unos minutos más en llegar al hospital Royal London, y a su unidad de neurocirugía, a cambio de inmovilizarle las vértebras.
Llamó a la sección de escáner y les dijo que iba a llevar allí a su paciente dentro de cinco minutos. Luego llamó a su colega el doctor Paul Willis, que era el neurocirujano jefe.
—Me parece que tiene un grave hematoma intracraneal, Paul. Está a cinco en la escala Glasgow y descendiendo.
—Tráemelo en cuanto tengas el escáner —dijo el neurocirujano.
Cuando lo agredieron, el herido llevaba calcetines, zapatos, ropa interior, camisa con el cuello desabrochado, pantalones con cinturón, chaqueta y un ligero impermeable. Todo lo que llevaba por debajo de la cintura no tenía mayor problema; no había más que bajárselo. Pero, para evitar moverle el cuello y la cabeza, el impermeable, la chaqueta y la camisa se los cortaron. Luego lo metieron todo en una bolsa. Lo que llevaba en los bolsillos se lo entregaron al agente que aguardaba en el pasillo, que se alegró porque eso significaba que enseguida le enviarían el relevo y podría presentarse con sus trofeos en la comisaría ante el impaciente Jack Burns.
El escáner confirmó los temores del doctor Bateman. El herido tenía una hemorragia cerebral. La sangre presionaba el cerebro con una fuerza que no tardaría en ser letal o irreversible.
A las ocho y cuarto, el paciente ingresó en el quirófano de neurocirugía. El doctor Willis, orientado por el escáner, que mostraba dónde estaba exactamente la presión intracraneal, pudo llegar al hematoma con facilidad. Practicó tres pequeños orificios en el cráneo y luego los unió con incisiones hasta formar un triángulo perfecto, que era la intervención corriente.
Una vez retirado el triángulo de hueso, drenó la sangre del hematoma causado por la presión, y unió las arterias dañadas. Así se redujo la presión y el cerebro pudo volver a ocupar el espacio intracraneal normal. Volvió a colocar el triángulo de hueso y cosió el cuero cabelludo. Un firme vendaje lo inmovilizaría hasta que cicatrizase. A pesar de la gravedad de las lesiones, el doctor Willis tenía la esperanza de haber intervenido a tiempo. El cuerpo es una extraña máquina. Puede morir por una picadura de abeja o recuperarse de espantosas heridas. Cuando se retira un hematoma y el cerebro vuelve a ocupar su espacio natural en la cavidad craneal, los pacientes pueden sencillamente recobrar la consciencia y mostrarse perfectamente lúcidos en pocos días. Pero nadie podía saber cómo reaccionaría aquel paciente hasta que, al cabo de veinticuatro horas, hubiese pasado el efecto de la anestesia. Si al cabo de esas veinticuatro horas no se producía la recuperación habría motivo para preocuparse.
El doctor Willis se quitó el «pijama», como llamaban a la verde indumentaria de los cirujanos, se puso la ropa de calle y volvió a su casa de St. John’s Wood.
—Pobre hombre —dijo Jack Burns.
El inspector miró las ropas y los efectos personales del herido: medio paquete de cigarrillos y una caja de cerillas por la mitad; calderilla; un pañuelo sucio, y una llave con una cinta, probablemente de la puerta de un apartamento. Eso lo habían encontrado en los pantalones. En la chaqueta no había nada. Todo lo demás que pudiera llevar debía de estar en la cartera.
—Es un hombre pulcro —dijo Skinner tras examinar su ropa—. Los zapatos son baratos y están remendados, pero se nota que los lustra a menudo. Los pantalones también son baratos y están raídos, pero bien planchados con la raya marcada en cada pernera. La camisa tiene roce en los puños y el cuello, pero también está planchada. O sea, un hombre pobre pero cuidadoso con su aspecto.
—Ojalá hubiese encontrado una tarjeta de crédito o una carta dirigida a él en el bolsillo de atrás del pantalón —dijo Burns que aún no había acabado de rellenar el interminable formulario que les exigían a los policías—. De momento tendré que consignarlo como sin identificar.
Hacía calor y la noche era oscura como boca de lobo. Guardaron bajo llave toda la documentación y vieron que aún tenían tiempo de tomarse una cerveza antes de volver a casa.
A unos dos kilómetros de allí el hombre pulcro yacía boca arriba en la UCI del hospital Royal London. Tal como la enfermera del turno de noche fue comprobando, el herido volvía a respirar con regularidad, pero tenía las pulsaciones demasiado altas.
Jack Burns bebió un trago de cerveza y miró a su compañero.
—¿Quién puñetas será? —dijo.
—No te preocupes, Jack, que no tardaremos en averiguarlo —respondió Luke Skinner—. Pero cometió un error al defenderse.
Segundo día - Miércoles
El inspector Jack Burns tuvo un día ocupadísimo que le aportó dos satisfacciones, dos decepciones y un montón de incógnitas. Pero eso era normal. Rara vez le cae en suerte a un detective un caso envuelto como un regalo de Navidad.
Una de las satisfacciones se la proporcionó el señor Patel. El tendero llegó a la comisaría a las once en punto, tan bien dispuesto a ayudar como el día anterior.
—Me gustaría que examinase unas fotografías —dijo Burns en cuanto se hubieron sentado frente a lo que parecía un televisor.
Durante sus primeros tiempos en la policía, el archivo fotográfico de la brigada criminal consistía en una serie de álbumes. Y a Burns seguía gustándole aquel sistema, porque el presunto testigo podía hojearlos adelante y atrás cómodamente hasta que daba su opinión. Pero ahora disponían de un archivo electrónico y las caras iban apareciendo en la pantalla.
Empezaron con una serie de un centenar de fotografías, entre las que se encontraban algunas de tipos peligrosos conocidos por la policía del sector nordeste de Londres. Burns no se las mostró todas de una vez, sino solo una selección de los tipos más conocidos. El señor Veejay Patel resultó toda una joya para un detective.
—Ese —dijo en cuanto apareció en la pantalla el número 28.
El tipo de la foto tenía una cara que reflejaba tanta estupidez como maldad. Era fornido, con la cabeza rapada y un pendiente en una oreja.
—¿Está seguro? ¿Lo había visto antes? ¿Ha estado alguna vez en su tienda?
—No. Pero es el que recibió el golpe en la nariz.
«Mark Price», rezaba el epígrafe de la foto junto a un número de identificación. Al llegar a la foto número 77 Patel identificó al segundo agresor, que tenía una cara alargada y plana y una melena lacia que le llegaba hasta los lóbulos de las orejas. Se llamaba Harry Cornish.
Patel no tuvo la menor duda respecto de los dos que había identificado al instante, como también al instante había descartado a los demás.
El ordenador proporcionaría enseguida los historiales de ambos hombres.
—Cuando haya localizado a esos dos tipos le pediré que asista a una rueda de identificación —dijo Burns.
El tendero asintió con la cabeza. No tenía inconveniente.
—Ojalá pudiésemos contar con unos cuantos más como él, Jack —comentó Luke Skinner cuando el tendero se hubo marchado.
Mientras aguardaban a que el ordenador les proporcionase los historiales completos de Price y Cornish, Jack Burns miró en derredor de la oficina. Quería hablar con uno de sus hombres que, en ese momento, estaba rellenando formularios.
—¿Tienes un minuto, Charlie?
Charlie Coulter no había pasado de sargento pero era mayor que Burns, y llevaba quince años en la comisaría de Dover Street. Conocía a todos los delincuentes del barrio.
—¿Esos dos? —exclamó el sargento Coulter—. Son dos bestias, Jack. Tienen más fichas que un casino. No son de por aquí. Llegaron al barrio hace tres años. Son bastante cortos; tirones, atracos a punta de navaja, hurtos, peleas, y se mezclan con los hooligans. Están fichados también por lesiones. Los dos han estado en la cárcel. ¿De qué se trata esta vez?
—Agresión con lesiones graves —dijo Burns—. Ayer patearon a un hombre hasta dejarlo en coma. ¿Sabes dónde viven?
—Así de memoria, no —repuso Coulter—. Lo último que supe es que compartían un apartamento por High Road.
—¿No en los bloques del Paraíso?
—Creo que no. No es su territorio normal. Debían de pasar por allí a ver lo que pescaban.
—¿Forman parte de alguna pandilla?
—No. Van por libre. Aunque siempre van juntos.
—¿Maricas?
—No consta. Probablemente no. Cornish fue detenido una vez por agresión sexual a una mujer. Pero salió bien librado porque la mujer retiró la denuncia. Probablemente Price la asustó.
—¿Drogatas?
—Tampoco consta. Pero beben mucho y provocan peleas a menudo en los pubs.
En ese momento sonó el teléfono de Coulter. Burns dejó que atendiese la llamada. Luego llegó la información del ordenador, que les proporcionó una dirección. Burns fue entonces a ver su superior, Alan Parfitt, y obtuvo la autorización que quería. A las dos de la tarde un juez había firmado una orden de registro; dos agentes se enfundaron sendas pistolas y junto a Burns, Skinner y otros seis agentes, uno de ellos con una palanqueta, formaron un grupo de diez.
Llevaron a cabo el allanamiento a las tres. La casa era vieja y estaba casi en ruinas, destinada a la demolición una vez el constructor consiguiese comprar todo el bloque. Entretanto la habían tapiado y cortado la luz, el agua y el gas.
La puerta estaba astillada y tenía una aldabilla. La palanqueta hizo saltar la cerradura y los agentes corrieron escaleras arriba. Los dos delincuentes vivían en el primer piso, que tenía dos habitaciones que nunca debieron estar muy decentes pero que ahora estaban hechas un desastre. Ninguno de los dos estaba en casa. De modo que los agentes enfundaron sus pistolas y empezó el registro.
Buscaron cualquier cosa incriminatoria y revolvieron todo sin contemplaciones. Si el apartamento estaba hecho un asco cuando llegaron, cuando se marcharon no quedó precisamente muy acogedor. Solo encontraron una cosa. Hecha un churro y detrás de un sofá destartalado, había una camiseta con sangre coagulada. La guardaron en una bolsa y la etiquetaron. También guardaron el resto de las prendas que había en el apartamento. Si los peritos encontraban fibras o cualquier otra cosa procedente de las ropas de la víctima, sería una prueba de que los dos tipos habían estado en el lugar de los hechos en el momento en que ocurrieron, y de que habían tenido contacto físico con el cojo.
Mientras los agentes hacían su trabajo, Burns y Skinner dieron una vuelta por la calle. La mayoría de los vecinos conocía a los dos tipos de vista y ninguno habló bien de ellos. Básicamente, porque solían llegar a casa borrachos y hacían mucho ruido de madrugada. Pero nadie sabía dónde estaban o pudieran estar a media tarde de un día de agosto.
De regreso en comisaría, Jack Burns hizo una serie de llamadas telefónicas. Pidió un informe completo sobre los dos individuos, hizo unas sencillas preguntas al doctor Carl Bateman, sobre el puño derecho del agredido, así como al cirujano de urgencias del Royal London, y a urgencias de otros tres hospitales. Un médico residente del hospital Saint Anne le dijo algo que casi lo hizo saltar de la silla.
—¡Ya os tengo! —gritó Burns al colgar el teléfono.
Todo buen detective tiene instinto de cazador y nota una vivificante descarga de adrenalina cuando las piezas encajan.
—Vaya enseguida al hospital Saint Anne —le dijo al sargento Skinner—. Pregunte por el doctor Melrose de urgencias y consiga una declaración completa por escrito. Lleve una foto de Mark Price para que lo identifique y una fotocopia de los atestados de accidentes ocurridos ayer por la tarde. Y luego vuelva con todo aquí.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Skinner al notar la excitación de su jefe.
—Un individuo que responde a la descripción de Price fue ayer al hospital con la nariz rota. El doctor Melrose comprobó que tenía dos fracturas. Va con la nariz enyesada. Y el doctor Melrose podrá darnos una identificación completa.
—¿Y cuándo fue?
—Adivínelo. A las cinco de la tarde.
—Tres horas después de que le atizasen en el Paraíso. Tendremos con que meter a ese individuo entre rejas.
—Sí, muchacho, creo que sí. Pero muévase.
Mientras Skinner estuvo fuera Burns recibió una llamada del sargento de la brigada pericial. Fue decepcionante. Antes de la puesta del sol del día anterior, habían registrado los bloques de Colonia Jardín palmo a palmo; todos los callejones, portales y rincones, hasta los rodales de hierba y los desagües de las cañerías. Y habían vaciado los cinco únicos contenedores de basura que había para los bloques, rebuscando como gatos hambrientos.
Encontraron un montón de condones usados, jeringuillas sucias y los grasientos envoltorios de comida propios de aquel barrio. Pero no hallaron ni sangre ni cartera.
Decepcionante. Cornish debía de haberse guardado la cartera robada en uno de sus bolsillos para examinar el botín tranquilamente. El dinero se lo habría quedado y gastado, y el resto de lo que contuviese la cartera lo habría tirado en cualquier parte. Pero, desde luego, no en los bloques del Paraíso. Y vivían a cosa de un kilómetro de allí. Era una zona muy extensa; había demasiados cubos de la basura; demasiados callejones y demasiados tramos en obras. Podían haberla tirado en cualquier parte. Aunque (milagro sería) quizá siguiese en uno de los bolsillos de Cornish. La verdad, aquellos rufianes no eran precisamente unas lumbreras.
En cuanto a Price, la camiseta con la que cortó la hemorragia de su nariz debía de haber evitado que cayese sangre al suelo, hasta que estuvo convenientemente lejos de los bloques. Con todo, un excepcional testigo ocular y la prueba de la nariz rota enyesada en el hospital Saint Anne, tres horas después de que se la rompiesen, no era mala cosecha para un día de trabajo.
Luego recibió una llamada del doctor Bateman también decepcionante aunque no desastrosa. La última llamada, en cambio, fue una maravilla. Fue del sargento Coulter, que tenía en el barrio más confidentes que nadie. Le habían soplado que Cornish y Price estaban jugando al billar en un salón de Dalston.
Luke Skinner entró en la comisaría justo cuando Burns bajaba por las escaleras. Traía una declaración completa del doctor Melrose, una clara identificación y una copia del parte médico, para el que Price dio su verdadero nombre. Burns le dijo que guardase toda la documentación y que lo esperaba fuera en el coche.
Los dos agresores seguían jugando a billar cuando llegaron los policías. Burns estuvo muy lacónico y profesional. Había traído apoyo en un furgón con seis agentes de uniforme que vigilaban las puertas del local. Los otros tipos que jugaban al billar se limitaron a observar con la curiosidad de quienes no tienen problemas a los que sí los tienen.
Price fulminó a Burns con la mirada. Sus diminutos ojos porcinos flanqueaban una amplia banda de yeso que cubría el puente de su nariz.
—Mark Price, queda detenido como sospechoso de causar lesiones graves a un hombre hacia las dos y veinte de la tarde de ayer en los bloques de Edmonton conocidos como el Paraíso. No está obligado a declarar, pero puede perjudicar a su defensa si no responde a algo que luego diga ante el tribunal. Y todo lo que diga podrá ser considerado como prueba.
Price miró con cara de pánico a Cornish, que evidentemente era el cerebro de la pareja de descerebrados. Cornish meneó la cabeza.
—¡A la mierda, cabrones! —les espetó Price.
Los agentes lo esposaron y sin contemplaciones lo sacaron del local.
Dos minutos después sacaron a Cornish. Metieron a ambos en el furgón policial y la pequeña caravana volvió a la comisaría de Dover Street.
Las normas, siempre las normas. De regreso en el coche, Burns pidió la presencia de un oficial médico. No quería ni en broma que luego achacasen aquella nariz rota a la brutalidad de la policía. Además, necesitaba que le extrajesen sangre al detenido para compararla con la de la camiseta. Si en la camiseta había una sola gota de la víctima tendrían una prueba concluyente.
Mientras aguardaba la llegada de la muestra de sangre del hombre que estaba en coma, se vio decepcionado por el resultado de su pregunta acerca del puño derecho.
Iba a ser una noche larga. Habían practicado la detención a las 19.15. Eso le daba veinticuatro horas, antes de que su jefe le concediese otras doce horas, o de que el juez del distrito le diese otras veinticuatro.
Como era quien había practicado la detención, tendría que redactar otro informe, firmarlo y hacerlo firmar por los testigos. Necesitaría una certificación del oficial médico de que ambos detenidos estaban en condiciones de ser interrogados. Y necesitaría hasta la última hebra de sus ropas y los contenidos de sus bolsillos, además de las muestras de sangre.
Luke Skinner, siempre vigilante como un halcón, se había asegurado de que ninguno de los detenidos tirase nada de sus bolsillos durante la detención ni mientras los conducían al furgón policial. Pero nadie pudo impedir a Cornish decir que quería un abogado, y enseguida. Hasta entonces no había dicho una palabra. Aparte de querer de verdad un abogado, Cornish lo dijo para tranquilizar a su fornido cómplice, y Price así lo entendió.
Los trámites duraron una hora. Ya oscurecía. El oficial médico se había marchado después de dejar su certificación sobre la capacidad de los detenidos para ser interrogados, así como del estado de la nariz de Price en el momento de ser detenido.
Los dos individuos fueron encerrados en celdas separadas y vestidos con monos de papel. A ambos se les sirvió una taza de té. Más tarde les servirían una cena. Había que atenerse a las normas, siempre las normas.
Burns fue a echarle un vistazo a Price.
—Quiero un abogado —dijo Price—. No voy a decir nada.
Cornish tuvo la misma actitud. Se limitó a sonreír y repetir que quería un abogado.
El abogado de oficio que estaba de guardia era Lou Slade. Lo interrumpieron mientras cenaba, pero aseguró que vería a los detenidos antes de terminar su guardia aquella noche. Llegó a la comisaría poco antes de las nueve. Habló con los detenidos durante media hora en privado, en un despacho destinado al efecto.
—Ahora puede interrogarlos en mi presencia si lo desea, inspector —dijo el abogado al salir del despacho—. Pero debo decirle que mis clientes no piensan declarar. Niegan los cargos. Aseguran que no estuvieron cerca del lugar de los hechos a la hora en cuestión.
Era un abogado con experiencia que había llevado casos similares. Caló enseguida a sus clientes y no creyó una palabra de lo que le dijeron. Pero debía hacer su trabajo.
—Como quiera —dijo Burns—. Pero tenemos pruebas muy concluyentes y tendremos más. Si confesasen, incluso yo podría creer que la víctima se golpeó la cabeza contra el suelo al caer. Con su historial… pongamos que les caerían un par de años en el hotel.
Burns sabía perfectamente que la víctima presentaba numerosas señales de haber recibido patadas, y Slade sabía que lo sabía.
—Esto huele mal, inspector Burns. Y no cuela. Quieren negar los cargos. Me gustaría que todas las pruebas que tengan no queden al amparo del secreto del sumario.
—Las tendrá en su momento, señor Slade. Y espero que usted, por su parte, me informe de cualquier supuesta coartada que aduzcan los detenidos. Usted conoce las normas tan bien como yo.
—¿Hasta cuándo puede retenerlos? —preguntó Slade.
—Hasta las siete y cuarto de la tarde de mañana. Las doce horas adicionales que puede concederme mi jefe no serán suficientes. Casi con toda seguridad necesitaré que el juez me conceda una ampliación mañana, sobre las cinco de la tarde, que es su última audiencia del día.
—No me opondré —dijo Slade, que sabía que sería perder el tiempo.
Se trataba de dos delincuentes habituales que casi habían matado a un hombre. Y el juez accedería a la ampliación de la detención sin vacilar.
—En cuanto al interrogatorio, supongo que usted persistirá en hacerlo, aunque le advierto que por consejo mío no dirán nada.
—Lo suponía.
—Pues entonces, como estoy seguro que los dos tenemos ganas de volver a casa, ¿qué le parece si quedamos para mañana a las nueve de la mañana?
Convinieron en ello y Slade se marchó. Price y Cornish quedaron en sus calabozos. Burns tenía una última llamada que hacer. Cuando le pasaron la comunicación con el hospital Royal London preguntó por la enfermera de servicio de la UCI. Cabía la posibilidad de que el herido volviese en sí. Pero solo eso, una posibilidad.
Paul Willis también trabajaba hasta tarde aquella noche. Había operado a un joven motorista que parecía querer batir el récord mundial de velocidad bajando la cuesta de Archway. El neurocirujano había hecho todo lo posible, pero en su fueron interno solo le daba al motorista un cincuenta por ciento de probabilidades de llegar vivo al fin de semana. Se enteró de la llamada de Burns cuando la enfermera ya había colgado.
Habían transcurrido veinticuatro horas desde que le administraran la anestesia al cojo. Una vez pasado el efecto, confiaba en que el paciente diese las primeras señales de movimiento. Antes de marcharse a casa fue a echarle un vistazo.
Seguía igual. Los monitores indicaban un ritmo cardíaco regular pero la presión sanguínea era demasiado alta, y ese era uno de los síntomas de lesión cerebral. El paciente seguía alrededor de los 3 grados en la escala Glasgow, o sea, coma profundo.
—Le daré otras treinta y seis horas —le dijo a la enfermera—. Confiaba en poder salir este fin de semana, pero vendré el sábado por la mañana. A menos que haya síntomas de una recuperación satisfactoria, en cuyo caso no vendría. ¿Sería tan amable de dejar una nota para que me tengan informado, aquí o en casa, si se produce un cambio favorable? Si a las nueve de la mañana del sábado no se ha producido ningún cambio, pediré que le hagan otro escáner. Resérvelo para mí, por si acaso.
A última hora del segundo día, Price y Cornish, atiborrados de los fritos que les sirvieron para la cena, roncaban como bueyes en sus celdas de la comisaría de Dover Street. Su víctima yacía boca arriba enchufada a tres monitores bajo una tenue luz azulada, sumida en vaya uno a saber qué lejano mundo interior.
El doctor Willis se impuso dejar de pensar en sus pacientes durante un rato y vio un viejo spaghetti western de Clint Eastwood en su elegante casa de St. John’s Wood. El sargento Skinner llegó justo a tiempo a su cita con una estudiante de arte dramático de la Academia de Hampstead, una chica muy bonita a la que había conocido en el bar del vestíbulo durante un concierto de Beethoven el mes anterior. Era la clase de aficiones (Beethoven, no las chicas) de la que se guardaba bien de mencionar en la cantina de la comisaría.
El inspector Jack Burns volvió a comer alubias con tomate y tostadas en su casa de Camdem Town, solo, pero deseando que Jenny y los chicos regresasen pronto de sus vacaciones en Salcombe, en su Devon natal, adonde le hubiese encantado poder acompañarlos. Agosto, pensó, maldito agosto.
Tercer día - Jueves
El interrogatorio de Price y Cornish resultó inútil. No fue por culpa de Jack Burns, un policía con talento y experiencia. Habló primero con Price, consciente de que era el más obtuso de los dos. Con Lou Slade sentado a su lado, Burns adoptó la táctica del razonamiento sosegado.
—Mire usted, Mark, las pruebas son abrumadoras. Hay un testigo que lo vio todo. Absolutamente todo. Desde el principio al final. Y está dispuesto a testificar.
Aguardó a ver cómo reaccionaba el detenido. Pero nada.
—Luego le pegó a usted un puñetazo en la nariz, Mark; se la rompió. Es lógico que usted se enfureciese. ¿Por qué puñetas iba a hacer semejante cosa ese viejo?
Price pudo haber musitado: «No lo sé» o «Bah, ese viejo gilipollas». No habría sido mala reacción ante un jurado. Equivaldría a reconocer haber estado en el lugar de los hechos. Haría polvo cualquier coartada. Price lo fulminó con la mirada pero guardó silencio.
—Además hemos sacado muestras de su sangre, Mark; de la que salió de la nariz rota. Tenemos muestras, jovencito.
Burns tuvo buen cuidado en no decir que solo tenía sangre de la camiseta, no de la que hubiese podido gotear y quedar en el suelo. Pero no dijo nada que no fuese cierto. Price miró asustado a Slade, que también pareció preocupado. El abogado sabía que si las muestras de sangre de su cliente, tras realizarse los análisis de ADN, resultaban corresponder a la sangre encontrada en el suelo junto al hombre agredido, no habría defensa. Pero aún tenía tiempo para variar la declaración, en caso necesario. De acuerdo a las normas del levantamiento del secreto de los sumarios, insistiría en que se le facilitasen todos los datos de que dispusiera Burns bastante antes del juicio. De modo que se limitó a menear la cabeza mientras Price persistía en su aliento.
Burns interrogó exhaustivamente durante una hora a cada uno de los detenidos.
—Tendré que pedir que me autoricen la prolongación de la detención —le dijo a Slade cuando Price y Cornish volvieron a sus celdas—. ¿Esta tarde a las cuatro?
—De acuerdo —asintió Slade, que haría acto de presencia pero no diría prácticamente nada. No tendría sentido.
—Y lo dispondré todo para dos ruedas de reconocimiento para mañana por la mañana en St. Anne. Si ambas resultan positivas, presentaré cargos formales y pediré la prisión preventiva —advirtió el inspector.
—De acuerdo —dijo Slade, que se despidió y se marchó.
Al volver en el coche a su despacho, el abogado albergó pocas dudas de que las cosas no resultarían como pretendían sus clientes. Burns era un buen profesional, meticuloso, detallista y poco dado a cometer errores estúpidos que la defensa pudiese explotar. También estaba convencido de la culpabilidad de sus clientes. Había visto sus historiales, y también los vería el juez aquella tarde. Quienquiera que fuese el misterioso testigo, si era una persona respetable y mantenía su declaración, Price y Cornish no volverían a las calles durante mucho tiempo.
Años antes, la policía acostumbraba llevar a cabo las ruedas de identificación en comisaría. Pero el nuevo método consistía en hacerlas en locales situados en diversos puntos de la ciudad. El más cercano a la comisaría de Dover Street era el de la calle St. Anne, justo enfrente del hospital donde trabajaba el doctor Melrose y donde le habían enyesado la nariz a Price. Era un sistema más eficiente, porque cada local estaba dotado de las instalaciones más modernas, perfecta iluminación y falsos espejos a través de los que podía realizarse la identificación sin correr el riesgo de que, cuando se trataba de casos especialmente graves, el culpable pudiese descubrir al testigo y luego aterrorizarlo para que no hablase. La policía disponía también de una lista de voluntarios, hombres y mujeres de diferentes complexiones y aspecto, para realizar la rueda sin pérdida de tiempo. A estos voluntarios se les pagaba ocho libras por comparecer, permanecer en la fila y marcharse. Burns pidió dos ruedas, dando descripciones completas de sus detenidos, para las once de la mañana del día siguiente.
Luke Skinner quedó encargado de atender a la prensa, por la que Burns sentía una profunda aversión. El sargento Skinner se manejaba mejor con los periodistas. Era uno de esos casos raros de policía educado en colegios privados. Tenía un barniz cultural que le hacía objeto de muchas burlas en la cantina, pero que resultaba muy útil en ciertas ocasiones.
Todas las preguntas de los periodistas debían canalizarse a través de la oficina de prensa de Scotland Yard. El caso no era de los que acapara titulares, pero el hecho de que el herido fuese una persona sin identificar le daba cierto interés informativo. Skinner no disponía de una buena descripción y por supuesto tampoco tenía fotografía. Era imposible hacer siquiera un dibujo esbozado porque el herido tenía la cabeza tumefacta y vendada.
De modo que Skinner se limitaría a hacer un llamamiento pidiendo información sobre un hombre que padecía una acusada cojera, de unos cincuenta y cinco años, con el pelo gris y corto y de estatura y complexión medianas, que faltase de su casa o del trabajo en la zona de Tottenham/Edmonton desde el martes anterior.
Agosto era un mes que no solía aportar muchas noticias y los medios podían interesarse por el caso, aunque no excesivamente.
Sin embargo, había un periódico que podía airear mucho el caso, y Skinner tenía un contacto en la redacción. Almorzó con el reportero en la cafetería del Edmonton and Tottenham Express, un periódico local que se vendía en toda la zona de la comisaría de Dover Street. El reportero tomó notas y prometió hacer lo que pudiese.
Los juzgados de lo civil podían interrumpir el trabajo durante unas largas vacaciones en verano, pero los de lo penal no paraban nunca. Porque el noventa por ciento de los delitos eran de su competencia. De gran parte del trabajo rutinario no se ocupan magistrados, sino personal voluntario que, desinteresadamente, lo asume como un deber cívico. Se ocupan de faltas y delitos menores, como transgresiones del código de circulación, hurtos, peleas; trámites como tramitación de órdenes de registro; ampliaciones de permisos para expender bebidas alcohólicas; así como de la tramitación de ampliaciones de prisión preventiva en espera de juicio. Si se presenta un caso grave, lo acostumbrado en la actualidad es que sea un juez titular, un cualificado jurista, quien tome la decisión.
Aquella tarde, en el juzgado número 3 de Highbury Corner, el tribunal estaba formado por tres magistrados legos, presidido por Henry Spellar, un director de colegio jubilado. El asunto era tan sencillo que solo le ocupó unos segundos.
Cuando se hubo terminado, Price y Cornish fueron conducidos de nuevo a la comisaría de Dover Street. Burns informó entonces al comisario Parfitt.
—¿Qué tal va, Jack? —preguntó el jefe de la Brigada de Investigación Criminal local.
—Fatal, señor. Empezó bien y rápido, con un excelente testigo que lo vio todo, un tendero respetable que tiene su local en la acera de enfrente. Un buen ciudadano. No titubeó en la identificación y está dispuesto a testificar. Solo me falta la cartera que le robaron a la víctima, aparte de que la brigada pericial relacione a Price y a Cornish con la hora y el lugar de la agresión. Además, Price recibió atención médica en St. Anne tres horas después de los hechos. Y todo encaja con la declaración del testigo.
—¿Qué ocurre entonces?
—Pues que necesito la cartera que vincule a los dos agresores con el hecho. Necesito que la brigada pericial se dé prisa en sus conclusiones, y la identificación de la víctima.
—¿Va a presentar cargos contra los dos individuos?
—Si el testigo los reconoce en la rueda de identificación de mañana, sí. No deben zafarse de esta. Son culpables, sin la menor duda.
—De acuerdo, Jack —dijo el comisario—. Le meteré prisa a la brigada pericial. Ténganos informados.
Hacía cuarenta y ocho horas que habían operado al herido en el hospital Royal London. El efecto de la anestesia había pasado, pero él seguía sin reaccionar, sumido en su lejano mundo interior.
Cuarto día - Viernes
Luke Skinner tuvo un alegrón al leer el periódico. La noticia era la segunda más destacada en la portada. El titular rezaba: «¿Quién es el cojo misterioso?».
El reportaje relataba la agresión y aludía a dos vecinos «que ayudan a la policía en sus investigaciones». Se trataba de una de esas manidas frases comparables a las notas que dan en los hospitales, que definen a pacientes agonizantes como «estables». Significan todo lo contrario, y todo el mundo lo sabe.
El reportero daba una buena descripción de la víctima: estatura, complexión, que tenía el pelo gris y lo llevaba corto y que cojeaba. Concluía con la pregunta «¿Conoce alguien al cojo?».
El sargento Skinner fotocopió el reportaje y fue a desayunar a la cafetería. Estaba satisfecho del tratamiento que el reportero le daba al caso. En un recuadro mencionaba la ampliación del período de detención por veinticuatro horas.
A las once, Price y Cornish fueron conducidos en un furgón policial hasta el local de St. Anne Street, donde tendría lugar la rueda de identificación. Burns y Skinner fueron con el señor Patel en un coche patrulla.
Se llevaron a cabo dos ruedas, cada una de ellas con el sospechoso y ocho hombres de aspecto similar. Debido al estado de la nariz de Price los otros ocho que aparecieron en la rueda se pusieron falsas vendas escayoladas en la nariz.
El señor Patel no titubeó. Al cabo de veinte minutos había identificado inequívocamente a los dos tipos, y volvió a confirmar que testificaría ante el tribunal de acuerdo a su declaración ante la policía. Burns estaba contento. Ninguno de los dos presuntos agresores lo había visto, ni formaban parte de ninguna banda. De modo que, con suerte, Patel no sería objeto de ninguna intimidación.
Después de las ruedas de identificación acompañaron a Patel a su tienda. Los voluntarios cobraron lo habitual y se marcharon. Price y Cornish volvieron a sus celdas de la comisaría. Al llegar él y Skinner los llamó el sargento de guardia.
—Tiene una llamada, Jack —dijo el suboficial mirando su bloc de notas—. Una tal señorita Armitage, una florista.
Burns se quedó perplejo. No había pedido flores. Aunque, bien pensado, Jenny regresaría dentro de una semana. Un ramo de flores podía darle un toque romántico a la bienvenida. Buena idea.
—Se trata de algo relacionado con el cojo —dijo el sargento.
Burns anotó la dirección y volvió al coche con Skinner. Las señoritas Armitage, dos solteronas gemelas, tenían una pequeña floristería en Upper High Street. La mitad del género estaba en el interior y la otra mitad expuesto en la acera. Las flores del exterior porfiaban por sobrevivir entre los humos de los camiones que se dirigía hacia el sur, hacia Highbury, o hacia el norte con destinos a las zonas industriales del interior.
—Podría ser él —dijo la señorita Verity Armitage—. Parece que encaja con la descripción. Porque… dice que fue el martes por la mañana, ¿no?
—Posiblemente —asintió Burns.
—Compró un ramo de flores, de los más baratos. Media docena de «pajitos», como llamamos a las margaritas mayores. A juzgar por su aspecto no tenía mucho dinero, el pobre. Y según el periódico lo atracaron.
—Está grave, señora. No puede hablar. Está en coma. ¿Con qué le pago?
—En metálico.
—¿Con monedas que llevaba en el bolsillo?
—No. Me pagó con un billete de cinco libras. Lo recuerdo porque la cartera se le cayó al suelo y me agaché a recogérsela, porque me fijé en lo de su pierna.
—¿Cómo era la cartera?
—Barata. De plástico. Negra.
—¿Se fijó en qué bolsillo la guardó?
—En el interior de la chaqueta.
—¿Podría mostrarme un ramo de pajitos?
Burns y Skinner volvieron a almorzar a la cafetería de la comisaría. Burns estaba decepcionado. Una tarjeta de crédito les habría proporcionado el nombre del titular, así como una dirección o un número de cuenta corriente. Cualquier dato habría sido útil. Pero como había pagado en metálico…
—¿Qué puede hacer uno con un ramo de flores en una tarde de agosto? —preguntó Burns.
—No sé… ¿Llevárselo a una novia? ¿A una madre?
Los dos policías apartaron sus platos y acercaron sus cervezas con cara de circunstancias.
—¿Señor? —dijo algo cohibida una joven que estaba sentada al otro extremo de la larga mesa. Era una agente que acababa de incorporarse, recién salida de la Academia de Policía.
Jack Burns ladeó la cabeza.
—¿Sí? —dijo mirándola.
—Se me acaba de ocurrir una idea. Porque estaban hablando del cojo, ¿verdad?
—Sí. Y una buena idea no nos vendría nada mal. ¿De qué se trata?
La joven se ruborizó, porque los novatos, sean hombres o mujeres, no acostumbran a interrumpir a los inspectores.
—Pues que de haber ido hacia el lugar de los hechos, habría ido a pie por High Road, que está a quinientos metros más adelante o, en todo caso, habría tomado el autobús. Pero a quinientos metros por detrás está el cementerio.
Burns dejó la jarra en la mesa.
—¿A qué está usted asignada? —le preguntó a la joven.
—A archivo, señor.
—Pues eso puede esperar. Vamos a echar un vistazo al cementerio. Acompáñenos.
Skinner se puso al volante, como de costumbre. La agente, que era del barrio, le indicó el camino más corto. Era un cementerio muy grande y con centenares de tumbas, en hileras. Era un cementerio municipal y estaba mal iluminado. Empezaron por un extremo y fueron pasando cada uno frente a las lápidas. Tardaron casi una hora. Y fue la chica quien las vio primero. Se habían marchitado, claro, pero eran pajitos, en un florero lleno de agua turbia. Según la inscripción de la lápida allí yacían los restos de Mavis June Hall. Había la fecha de nacimiento y la de la muerte y las letras RIP. Había muerto hacía veinte años, a los setenta.
—Fíjese en la fecha de nacimiento. Agosto de 1906. El pasado martes era su cumpleaños.
—Pero ¿qué relación tendría con el cojo?
—¿Quizá era su madre?
—Puede. En tal caso su segundo apellido sería Hall —dijo Burns.
Al regresar pasaron frente a la floristería Armitage y la señorita Verity dijo que, con casi toda seguridad, aquellos eran los pajitos que le vendieron al cojo.
En la comisaría, Skinner llamó a la oficina de personas desaparecidas, por si habían informado acerca de algún Hall. Había tres, pero dos eran mujeres y uno era un niño.
—Alguien debe de conocerlo. ¿Por qué nadie denuncia su desaparición? —dijo Burns malhumorado. Por lo visto iba a llevarse una decepción tras otra.
La joven agente, que era además bonita e inteligente, volvió al archivo y Burns y Skinner bajaron a las celdas, donde Price y Cornish fueron acusados formalmente como autores de lesiones graves a un hombre sin identificar. A las cuatro menos cuarto salieron hacia los juzgados de Highbury Corner, donde el secretario se las había compuesto para encontrar un hueco de última hora en la sesión de audiencias. En esta ocasión los dos sospechosos no volverían a la comisaría de Dover Street. Burns quería que se decretase prisión preventiva durante una semana, probablemente en Pentonville, una cárcel conocida como «el hotel».
En esta ocasión les había correspondido la sala donde el banquillo de los acusados está en el centro, de cara al sillón de juez, en lugar de en un lado de la sala como suele ser habitual. El magistrado era un juez titular, Jonathan Stein, muy cualificado y con experiencia.
Price y Cornish volvieron a llegar en un furgón policial, pero había otro celular aguardando para llevarlos al hotel. El abogado Slade estaba en su mesa de cara al sillón del juez, pero en representación de la policía actuaría un joven letrado para solicitar la prisión preventiva.
Años atrás era la propia policía la que se representaba ante los tribunales. Muchos policías veteranos preferían ese sistema. Pero ya hacía mucho tiempo que todos los procesos los canalizaba el Servicio de la Fiscalía de la Corona (SFC). Entre sus competencias figuraba determinar si un caso presentado por la policía tenía base suficiente para llevar la acusación ante un juez y un jurado. Si la fiscalía decide que no, el caso no se presenta. Muchos policías que, después de haber trabajado durante mucho tiempo y con gran dedicación para conseguir que procesen a un delincuente, ven que los desautorizan, se refieran al SFC como «servicio de fuga de criminales». De modo que las relaciones entre el SFC y la policía no siempre son muy cordiales.
Un serio problema del SFC es que recibe insuficiente financiación y paga muy mal. De ahí que, no sin cierta justificación, muchos lo consideran un simple banco de pruebas para abogados jóvenes e inexpertos, antes de pasar a ejercer por su cuenta o acceder a mejores puestos.
Prabani Sundaran era una joven inteligente y atractiva, la niñita de los ojos de sus padres, oriundos de Sri Lanka. Se encontraba además ante su primer caso importante. Pero no creía que eso fuese un grave problema para ella.
La concesión de la prisión preventiva sería un puro trámite. De ninguna manera el juez titular Stein iba a conceder la libertad condicional a Price y Cornish. Sus historiales delictivos eran abultados y los tenía delante. Toda prisión preventiva se concede solo por una semana, por lo que tendrían que solicitarse varias más antes de que se eligiese la defensa, se aceptase, se preparase y estuviese dispuesta para proceder. Entonces se fijaría una audiencia para la presentación de pruebas y alegatos, tras la que el magistrado podría decidir el procesamiento de los dos delincuentes y fijar la fecha del juicio ante un tribunal de la Corona, un tribunal con jurado. En tal caso.
Prabani Sundaran actuaría como ayudante del ministerio público, posiblemente un abogado del Estado, nombrado por el Servicio de la Fiscalía de la Corona. Todo lo que tendría que hacer sería seguir sus instrucciones. Así eran las normas; siempre las normas.
El juez Stein hizo un gesto con la cabeza y la joven se levantó y leyó un resumen de los cargos. A continuación se levantó Lou Slade.
—Mis clientes negarán los cargos y en su momento optarán por una defensa —dijo el abogado de oficio.
—Pedimos prisión preventiva, señoría —dijo Prabani Sundaran.
—¿Señor Slade?
El magistrado preguntaba si el señor Slade quería solicitar la libertad condicional bajo fianza. Slade negó con la cabeza y el juez Stein le sonrió.
—Prudente decisión —dijo el juez—. Concedo una semana de prisión preventiva. —Miró a ambos abogados por encima de sus gafas de leer y añadió—: Fijo nueva audiencia para el viernes por la mañana.
Todos los profesionales que se encontraban en la sala sabían perfectamente que concedía la audiencia para oír lo que tuviesen que alegar las partes, pero que concedería otra semana de prisión preventiva, y así indefinidamente hasta que la acusación y la defensa estuviesen preparadas para actuar ante el tribunal.
Price y Cornish, esposados y flanqueados por dos funcionarios de prisiones, fueron conducidos al hotel. El señor Slade volvió a su despacho, consciente de que el lunes por la mañana tendría respuesta a su petición de asistencia para la defensa. Sus clientes carecían de medios para pagarse un abogado particular. Tendría que componérselas para encontrar un abogado facultado para intervenir en casos importantes, que aceptase ayudarlo por unas migajas.
Ya había pensado en dos bufetes cuyos todopoderosos pasantes considerarían el caso. Pero estaba casi seguro de que lo único que obtendría sería la ayuda de un novato necesitado de experiencia, o de un picapleitos de tres al cuarto tan falto de dinero que aceptase el magro emolumento. No le importaba. En un mundo cada vez más violento, un par más de canallas sueltos no iba a hacer que ardiese el Támesis.
Jack Burns regresó a la comisaría. Tenía la mesa atestada de papeles y mucho trabajo atrasado. Y algunos problemas que resolver acerca del caso del cojo.
Quinto día - Sábado
Tal como había prometido, el doctor Paul Willis llegó al hospital a las nueve de la mañana del sábado.
Le hicieron un nuevo escáner al paciente y el cirujano estudió el resultado. Si las patadas que le propinaron habían causado daños neuritales graves y dispersos no se apreciarían, ni siquiera con el escáner. Pero si la corteza cerebral hubiese resultado dañada irreversiblemente, el paciente seguiría en estado vegetativo hasta que el sistema de respiración asistida se desconectase o, simplemente, muriese. De modo que Willis decidió hacer unas pruebas del estado del córtex después del fin de semana. Entretanto, iría con su esposa, que estaba muy ilusionada, a almorzar en Oxfordshire con un matrimonio que conocieron en Corfú.
Antes de salir de la UCI, Willis le echó un último vistazo al paciente, que seguía sumido en su lejano, lejanísimo mundo interior: los adoo parecían brotar de la tierra yerma junto al antiguo fortín de piedra. Había decenas. Ya los había visto antes en sus rondas con el escuadrón B en aquella enconada y secreta guerra, pero eran figuras distantes que se recortaban contra las lomas parduscas y aparecían de uno en uno o de dos en dos. Pero ahora era un ataque masivo en toda regla y aquellos fanáticos surgían por todas partes.
Ellos eran solo diez, él y sus compañeros, más unos cincuenta askaris del norte, gendarmes locales y algunos reclutas, los firgas que, carentes de adiestramiento, disparaban sin ton ni son. Entre aquel enjambre dos oficiales, dos sargentos, un cabo interino y cinco soldados. Calculaba que los adoo eran más de doscientos y llegaban desde todas direcciones.
Echado cuerpo a tierra en la techumbre de la caserna, apuntó a través de la mira telescópica del fusil y alcanzó a tres adoo, que ni se enteraron de dónde procedía el fuego. No era de extrañar, porque el estruendo de los morteros y las bombas y el tableteo de las ametralladoras era ensordecedor.
De no ser por aquel único disparo que hicieron los rebeldes al irrumpir en el puesto avanzado de Jebel Alí una hora antes, ya los habrían liquidado. La alarma que cundió les proporcionó unos minutos para tomar posiciones antes de que la primera oleada de atacantes cargase contra las alambradas. Pero la inferioridad numérica hizo que su situación pasase de crítica a desesperada.
Vio a lo lejos el cuerpo de un askari boca abajo en el sendero enlodado que cruzaba la calle principal. El capitán Mike seguía intentando recorrer los cuatrocientos metros que lo separaban del cabo Labalaba, el bravo fiyiano que, pese a que le habían volado media mandíbula, disparaba su anticuado cañón de campaña a quemarropa contra las oleadas de guerreros de la tribu.
Dos cabezas tocadas con sendos keffiyeh asomaron por detrás del fortín a su derecha y las voló a ambas. Otras tres asomaron por un terraplén a su izquierda. Intentaban atraer al tambaleante capitán al descubierto. Pero él les disparó el cargador entero, mató a uno y ahuyentó a los otros dos.
Se volvió para cambiar el cargador y un maldito cohete de un Carl Gustav pasó silbando por encima de su cabeza. Si la trayectoria del proyectil llega a pasar un palmo más abajo lo hubiese convertido en una hamburguesa. Por debajo de los pares sobre los que estaba echado oyó que su oficial pedía apoyo aéreo, que machacasen la posición aun a riesgo de sus propias vidas. Una vez cambiado el cargador liquidó a otros dos adoo al descubierto, antes de que pudiese abatir al capitán Mike, que acababa de desaparecer en el nido de ametralladoras con el auxiliar médico Tobin, para tratar de socorrer a los dos fiyianos.
Hasta después no se enteraría de que el indómito Labalaba acaba de recibir otro impacto de bala, esta vez en la frente, y que estaba muerto. Tampoco sabía que Tobin había resultado mortalmente herido, poco después de asistir al soldado Ti, que tenía tres heridas de bala pero que podía sobrevivir. Por suerte, vio al terrorista que llevaba el mortero Carl Gustav que había estado a punto de matarlo. El adoo estaba entre dos montículos de arena, junto a la semiarrancada alambrada del perímetro. Apuntó con precisión y lo alcanzó con una bala de cuproníquel, de 7,62 mm, de las que utilizaba la OTAN, que le atravesó el cuello. El Carl Gustav quedó silenciado, pero el estruendo de los otros morteros y uno de los rifles de repetición que les quedaban a los adoo era ensordecedor.
Al fin, llegaron los Strikemasters desde la costa volando a menos de treinta metros de altura. El bombardeo arreció con el intento de los adoo de seguir adelante, y el ataque se fue debilitando hasta cesar por completo. Se dispersaron y huyeron llevándose a sus heridos y a la mayoría de sus muertos. Luego sabría que él y sus compañeros habían logrado rechazar un ataque de más de trescientos adoo, aparte de enviar a un centenar al infierno.
Cuerpo a tierra en la techumbre mientras el fuego remitía, se echó a reír de puro alivio, preguntándose qué pensaría ahora de él la tía May.
En la UCI del hospital Royal London, el cojo seguía sumido en su lejano, lejanísimo mundo interior.
Sexto día - Domingo
Jack Burns era un hombre de placeres sencillos; uno de ellos era remolonear en la cama los domingos por la mañana. Pero aquel día no pudo hacerlo. El teléfono sonó a las siete y cuarto. Era el sargento de guardia en la comisaría.
—Tengo aquí a un hombre que pasea a su perro todos los días muy temprano —dijo el sargento.
Aunque medio adormilado, Burns se preguntó cuánto tiempo tardaría en estrangular al sargento.
—Trae una cartera —prosiguió el sargento—. Dice que la ha encontrado su perro en un solar, a un kilómetro de los bloques del Paraíso.
—De baratillo; de plástico y de color negro —dijo Burns ya totalmente despejado.
—¿La ha visto? —exclamó el sargento.
—Dígale a quien la ha traído que no se marche. No deje que se marche. Estaré ahí en veinte minutos.
El hombre del perro era un jubilado, un tal Robert Whittaker, todavía muy erguido, pulcro. Aguardaba en uno de los despachos de la comisaría tomando una taza de té.
Whittaker hizo su declaración, la firmó y se marchó. Burns llamó al jefe de la brigada pericial y le pidió que registrasen palmo a palmo el solar donde el perro había encontrado la cartera. Quería un informe antes del anochecer. Hacía cuatro días que no llovía pero el cielo estaba encapotado y gris. No quería que, si caía un buen aguacero, echase a perder lo que hubiese podido contener la cartera que, nada más colgar, examinó con detenimiento. Reparó en cuatro marcas hechas por los dientes del perro y restos de saliva del animal. Pero ¿qué otra información podría proporcionarle? Con pinzas, la introdujo en una bolsa de guardar las pruebas y llamó a dactiloscopia.
Sí, ya sé que es domingo, les dijo, pero se trata de algo muy urgente.
Durante el día, los miembros de la brigada pericial llenaron seis cubos de basura del solar contiguo a Mandela Road, y los examinaron hasta bien entrada la noche.
Pero no apareció nada de lo que pudiera contener la cartera que, tal como Whittaker aseguró y Burns confirmó, estaba vacía.
Séptimo día - Lunes
Yacía acurrucado y asustado en la penumbra. Solo una tenue luz del fondo del dormitorio del orfanato proye