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NITABONITABO

Hay un almacén abandonado en la esquina sudeste de Broadway y la calle Treinta y cinco, en Lorain, Ohio. No se confunde con el cielo plomizo que le sirve de fondo ni armoniza con el marco de casas grises y negros postes telefónicos que lo rodea. Más bien se introduce solapadamente en la visión del transeúnte de una forma que es a un tiempo irritante y deprimente. Los forasteros que llegan a esta pequeña población en coche se preguntan por qué el almacén no habrá sido derribado, mientras que los peatones, que suelen residir en el vecindario, simplemente miran hacia otra parte cuando pasan por delante de él.

En cierta época, cuando el edificio alojaba una pizzería, la gente no veía más que adolescentes de paso lento apiñados en la esquina. Aquellos chicos se reunían allí para rascarse la entrepierna, fumar cigarrillos y planear inocentes desafueros. Inhalaban profundamente el humo de aquellos cigarrillos, forzándolo a invadir sus pulmones, sus corazones, sus muslos, y acorralar el temple y la energía de su juventud. Se movían despacio, reían despacio, pero sacudían la ceniza de sus cigarrillos con excesiva premura, con demasiada frecuencia, revelándose ante cualquiera como novicios en el hábito. Antes, sin embargo, del rumor de sus mugidos y la exhibición de su fatuidad, el edificio estuvo arrendado a un pastelero húngaro, modestamente famoso por sus brioches y sus panes de especias. Antes aún, hubo allí las oficinas de una agencia inmobiliaria, y previamente lo habían utilizado unos gitanos como base de operaciones. La familia gitana dio a la gran luna del escaparate más carácter y distinción que los que tuvo nunca. Las chicas de la familia se turnaban en sentarse entre las cascadas de colgaduras de terciopelo y tapices orientales que pendían del techo. Miraban al exterior y ocasionalmente sonreían o guiñaban un ojo o hacían gestos de invitación, aunque esto último en muy raras circunstancias. Generalmente se limitaban a mirar, y sus elaboradas vestiduras, de largas mangas y larga falda, disimulaban la desnudez que se erguía en sus ojos.

Tan fluida había sido la población en aquella zona que probablemente no hay nadie cuyos recuerdos lleguen muy lejos, a la época precedente a la de las gitanas y a la de los adolescentes, cuando los Breedlove vivían allí, instalados todos juntos en la parte delantera del almacén. Pudriéndose juntos en los escombros del capricho de un corredor de fincas. Inadvertidos, entraban y salían de aquel cajón de un gris descascarillado, sin dejar ninguna impresión en el vecindario, sin causar alboroto en la mano de obra, sin levantar olas en la oficina de la alcaldía. Cada miembro de la familia en su propia célula de conciencia, cada uno confeccionando su propia realidad como se confecciona una colcha de retales: a copia de recoger fragmentos de experiencia aquí, pedazos de información allá. De las ínfimas impresiones que se entresacaban unos a otros crearon un sentimiento de pertenencia mutua y trataron de arreglárselas con el concepto que cada uno tenía de los demás.

El plano de la vivienda era tan poco imaginativo como podía esperarse de un propietario griego de primera generación. La amplia superficie de «almacén» estaba dividida en dos habitaciones por medio de tabiques de fibra de cartón que no llegaban hasta el techo. Había un cuarto de estar, que la familia llamaba cuarto delantero, y el dormitorio, donde toda la vida transcurría. En el cuarto delantero se encontraban dos sofás, un piano vertical y un pequeño árbol de Navidad artificial que llevaba allí, decorado y cubierto de polvo, un par de años. El dormitorio tenía tres camas: una estrecha cama de hierro para Sammy, de catorce años, otra para Pecola, once años, y una cama doble para Cholly y la señora Breedlove. En el centro del dormitorio, a fin de que el calor se distribuyera por igual, se había instalado una estufa de carbón. Baúles, sillas, una mesa auxiliar y una gran caja de cartón que hacía los oficios de armario ropero estaban arrimados a las paredes. La cocina, situada detrás, era una habitación aparte. En cuanto a facilidades higiénicas no existía ni una, excepto un retrete, inaccesible a la vista, si no al oído, de los moradores.

Y nada queda por contar del mobiliario y accesorios. En conjunto lo eran todo menos descriptibles, como resultado de haber sido concebidos, fabricados, despachados y vendidos en diversos estados de irreflexión, avaricia e indiferencia. Los muebles habían envejecido sin haberse hecho familiares. Las personas que los habían poseído nunca los conocieron. Nadie había perdido una moneda o un broche entre los cojines de los sofás ni recordado el lugar y el momento de la pérdida o del hallazgo. Nadie había chasqueado la lengua y dicho: «¡Pero si lo tenía hace apenas un minuto! Estaba sentada ahí hablando con...» O bien: «¡Aquí está! Habrá resbalado mientras le daba el biberón a la niña.» Nadie había parido en ninguna de aquellas camas; nadie recordaba con afecto los descascarillados de la pintura porque eran los puntos que el bebé rascaba cuando aprendió a levantarse solo. Ningún chico de espíritu ahorrativo se había guardado un chicle mascado pegándolo debajo de la mesa. Ningún borracho feliz —un amigo de la familia, con el cuello grueso, soltero, ya sabes, pero, ¡Dios mío, cuánto come!— se había sentado al piano y tocado You Are My Sunshine. Ninguna muchacha había mirado el arbolito de Navidad y recordado cuándo lo decoró, o pensado si aquella bola azul se aguantaría, o si ÉL volvería algún día para verlo.

No había recuerdos entre aquellas piezas. Por supuesto, ningún recuerdo que abrigar. Ocasionalmente un detalle provocaba una reacción física: un aumento de la irritación ácida en el tramo superior del tracto intestinal, un ligero sofoco o transpiración en la nuca si se mencionaban determinadas circunstancias concernientes a la pieza de mobiliario. El sofá, por ejemplo. Había sido comprado nuevo, pero la tela se había rajado en el dorso de punta a punta a la hora de entregarlo. La tienda no quiso asumir la responsabilidad...

Aliento de Listerine y Lucky Strike:
—Oiga, mire, amigo. Estaba perfecto cuando lo cargué en el camión. La empresa no puede hacer nada a partir del momento en que...

Ojos suplicantes y testículos apretados: —Pues yo no me quedo un sofá roto si lo he comprado nuevo.

—Mala suerte, amigo. Ha tenido muy mala suerte.

Tú puedes detestar un sofá, por supuesto; es decir, si eres capaz de detestar un sofá. Pero no importa. Pese a ello tienes que reunir 4,80 dólares al mes. Si has de pagar 4,80 dóleres al mes por un sofá que empezó tarado, mala cosa, y humillante; poseerlo no te causará la menor alegría. Y la falta de alegría apesta y lo invade todo. La peste te impedirá pintar los tabiques de fibra de cartón, reparar el asiento de la silla con una pieza de tela a juego, e incluso zurcir el desgarrón del sofá, que se convertirá en un chirlo grande y por último en una grieta abismal que pone en evidencia la mala calidad de la estructura y la todavía peor del tapizado. Ello elimina el reconfortante placer de una siesta en aquel sofá. Impone una nota furtiva en el amor que se hace sobre él. Es como el diente dolorido que no se contenta con doler aislado, sino que difunde su dolor a otras partes del cuerpo: te dificulta la respiración, te limita la visión, te altera los nervios; de igual modo un mueble que detestas produce un inquietante malestar que se va afirmando por toda la casa y mata el deleite de cosas que aparentemente no están relacionadas con él.

La única cosa viva en la casa de los Breedlove era la estufa de carbón, que llevaba una vida independiente de todo y de todos y cuyo fuego estaba «apagado», «contenido» o «alto» a su propia discreción, pese al hecho de que la familia lo alimentaba y conocía todos los detalles de su régimen: dejar que chisporrotee, no descuidarlo, no cargarlo demasiado ahora... El fuego parecía vivir, declinar o morir de acuerdo con su propio esquema. Por la mañana, sin embargo, siempre tenía a bien morirse.

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Los Breedlove no vivían en la parte delantera de un almacén porque tuvieran dificultades temporales debidas a los reajustes que se producían en la industria. Vivían allí porque eran pobres y negros, y se quedaron allí porque se creían feos. Aunque su pobreza era tradicional y embrutecedora, no era única. Pero su fealdad sí era única. Nadie les habría convencido de que no eran inexorable y agresivamente feos. Con excepción del padre, Cholly, cuya fealdad (resultado de la desesperanza, de la disipación y de la violencia dirigida contra cosas triviales y personas débiles) dependía de su comportamiento, el resto de la familia —la señora Breedlove, Sammy Breedlove y Pecola Breedlove— llevaba su fealdad, por decirlo así, puesta, aunque no les pertenecía. Los ojos, ojos pequeños y muy juntos bajo frentes estrechas. Los bajos e irregulares perfiles del cuero cabelludo, que parecían más irregulares aún en contraste con las rectas y tupidas cejas con las que casi se unían. Narices agudas pero quebradas, con ventanas insolentes. Tenían los pómulos altos y las orejas vueltas hacia delante. Sus bien formados labios llamaban la atención, no hacia ellos mismos sino hacia el resto de la cara. Mirabas a aquellas personas y te preguntabas por qué serían tan feas; las mirabas desde más cerca y no encontrabas razón alguna. Luego te dabas cuenta de que el motivo era la convicción, su convicción. Era como si algún misterioso maestro omnisciente hubiera dado a cada uno un manto de fealdad para que lo llevasen y ellos lo hubiesen aceptado sin rechistar. El maestro había dictaminado: «Sois personas feas.» Ellos se habían examinado a sí mismos sin ver nada que contradijera el dictamen; vieron, de hecho, que lo confirmaban todos los carteles de las vallas publicitarias, todas las películas, todas las miradas. «Sí, tiene usted razón», dijeron. Y tomaron en sus manos la fealdad, se la echaron encima como una capa y se fueron por el mundo con ella. Cada uno la manejó a su manera. La señora Breedlove lo hizo como lo haría un actor con un elemento de su vestuario: para la mejor expresión de su personaje, como soporte de un papel, el de mártir, que con frecuencia imaginaba que era el suyo. Sammy utilizó su fealdad como un arma para causar daño a otros. Ajustó a ella su comportamiento, eligió a sus compañeros basándose en ella: personas a las que su fealdad fascinaba, intimidaba incluso. Y Pecola. Ella se escondió detrás de la suya. Disimulada, velada, eclipsada; asomando muy raras veces del amparo del manto, y aun entonces sólo para anhelar la pronta recuperación de su disfraz.

Esta familia, una mañana de sábado, en octubre, empezó, miembro por miembro, a agitarse para pasar de su sueño de riqueza y venganza a la anónima miseria de su almacén.

La señora Breedlove salió de la cama sin hacer ruido, se puso un suéter encima del camisón (que era un vestido viejo), y se encaminó a la cocina. Su pie bueno producía unos sonidos secos y duros; el torcido siseaba arrastrado sobre el linóleo. En la cocina los sonidos fueron de puertas, grifos y cacerolas, ruidos sordos, aunque las amenazas que implicaban eran patentes. Pecola abrió los ojos y se quedó quieta mirando la estufa apagada. Cholly refunfuñó, se revolvió en la cama un minuto y enseguida recuperó su inmovilidad.

Incluso desde donde estaba acostada, Pecola olía la peste a whisky que despedía Cholly. Los ruidos de la cocina se hicieron menos sordos, más sonoros. En los movimientos de la señora Breedlove había una intención y un propósito que nada tenían que ver con la preparación del desayuno. La conciencia de esto, sustentada por múltiples evidencias del pasado, hizo que Pecola contrajera los músculos del estómago y contuviese la respiración.

Cholly había vuelto a casa borracho. Por desdicha estaba demasiado borracho para organizar un altercado, de manera que todo el jaleo tendría que estallar esta mañana. Como no se había producido inmediatamente, a la inminente pelea le faltaría espontaneidad; sería una cosa calculada, sin vida, sin inspiración.

La señora Breedlove entró repentinamente en el cuarto y se paró a los pies de la cama donde estaba tendido Cholly.

—En casa no hay carbón.

Cholly no se movió.
—¿No me has oído?

La señora Breedlove golpeó con la mano el pie de Cholly. Éste abrió lentamente los ojos. Los tenía rojos y amenazadores. Sin excepción, los ojos de Cholly eran los más ruines del lugar.

—¡Ooooh, mujer!
—He dicho que no hay carbón. En esta casa hace un frío de teta de bruja. Con tanto whisky metido en el culo no notarías ni el fuego del infierno, pero yo tengo frío. He de hacer un montón de cosas y no quiero helarme.

—Déjame en paz.
—No hasta que me traigas carbón. Si trabajar como una mula no me da derecho a un poco de calor, ¿para qué lo hago? Tú, por descontado, no contribuyes con nada. Si de ti dependiera estaríamos todos muertos. —Su voz punzaba el cerebro como un dolor de oído—. Si crees que voy a arrastrarme por ahí fuera y traer el carbón yo, más vale que vuelvas a pensarlo.

Una burbuja de violencia reventó en la garganta de Cholly:

—¡Me importa una mierda tu carbón! —¿Vais a salir tú y tu borrachera de esa cama a traérmelo, o no?

Silencio.
—¡Cholly!

Silencio.
—No me pongas a prueba esta mañana, hombre. ¡Di una palabra más, y te rajo!

Silencio.
—Está bien. Está bien. Pero si estornudo una vez, una sola vez, ¡Dios se apiade de ti!

Sammy ya estaba también despierto, pero fingía dormir. Pecola continuaba con los músculos del estómago contraídos y reteniendo la respiración. Todos ellos sabían que la señora Breedlove podía coger carbón del cobertizo, que lo cogería y que seguramente ya lo había hecho, o que podía enviar a Sammy o Pecola. Pero la disputa pendiente desde la víspera flotaba como la primera nota de un canto fúnebre en la atmósfera lúgubre y expectante de la casa. La aventura de una borrachera, por rutinaria que fuese, tenía su propio ceremonial de clausura. Los ínfimos e inidentificables días que la señora Breedlove vivía se caracterizaban, agrupaban y clasificaban gracias a aquellos altercados. Ellos daban solidez a minutos y horas que de otro modo serían inanes y no dejarían la menor huella. Ellos aligeraban el aburrimiento de la pobreza, introducían esplendor en las míseras habitaciones. En aquellas violentas rupturas de la rutina, que eran a su vez rutina, ella podía desplegar el estilo y la imaginación de la que creía era su genuina personalidad. Privarla de aquellas broncas era quitar todo el sabor y la racionalidad a su vida. Cholly, con su habitual embriaguez y su vileza, proporcionaba a ambos el material que necesitaban para hacer tolerable, además de la vida de ella, la de él. La señora Breedlove se consideraba a sí misma una mujer honesta y cristiana, agobiada por la carga de un marido inútil a quien Dios quería que ella castigara. (Cholly estaba más allá de la redención, por supuesto, aparte que su redención no era lo que contaba: a la señora Breedlove no le interesaba Cristo el Redentor, sino más bien Cristo el Juez.) No era raro oírla platicar con Jesús a propósito de Cholly, insistiendo en que Él la ayudase a «arrancarle a aquel bastardo su orgullo de pavo real». Y en una ocasión en que un falso movimiento de borracho catapultó a Cholly contra la estufa calentada al rojo, ella gritó: «¡Cógele, Jesús! ¡Cógele!» Si Cholly hubiera dejado de beber, ella nunca se lo habría perdonado a Jesús. Necesitaba desesperadamente los pecados de Cholly. Cuanto más se hundía él, cuanto más cerril e irresponsable se volvía, más gloriosas se tornaban ella y su misión. En nombre de Jesús.

Cholly no necesitaba menos a su mujer: era una de las pocas cosas aborrecibles para él que podía tocar y en consecuencia lastimar. Sobre ella derramaba la suma de toda su inexpresable furia y sus abortados deseos. Odiándola, se dejaba a sí mismo intacto. Cuando era todavía muy joven, Cholly había sido sorprendido entre unos matorrales por dos hombres blancos en el momento en que iniciaba con ahínco la experiencia de obtener placer sexual de una muchachita campesina. Los hombres habían enfocado una linterna directamente a su trasero. Él se había quedado inmóvil, aterrorizado. Ellos rompieron a reír. El haz de luz de la linterna no cambió de enfoque. «Adelante —dijeron los hombres—. Continúa hasta el final. Y hazlo bien, negrito.» El haz de luz mantuvo implacable su posición. Por alguna razón, Cholly no había odiado a aquellos hombres blancos: había odiado y despreciado a la muchacha. El simple recuerdo impreciso de aquel episodio, juntamente con otras innumerables humillaciones, derrotas y castraciones, podía precipitarle a un torbellino de depravación que a él mismo le asombraba; pero sólo a él. Cholly era incapaz de sorprender, únicamente podía sorprenderse. Así que también renunció a ello.

Cholly y la señora Breedlove peleaban entre sí