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Isabelle Forrester miraba el jardín desde la ventana de su habitación, en la casa de la rue de Grenelle, en el vii de París. Era la casa donde Gordon y ella habían vivido durante los últimos veinte años, y sus dos hijos habían nacido allí. Había sido construida en el siglo xviii, y las grandes e imponentes puertas de bronce de la calle conducían a un patio interior. La casa formaba una U en torno a este patio, una casa familiar, antigua, hermosa, con techos altos y espléndidos artesonados, preciosas molduras, y suelos de parquet de color brandy. A su alrededor todo relucía y estaba impecable. Isabelle llevaba la casa con maestría y precisión, con mano firme pero delicada. El jardín se cuidaba con exquisitez y había quien decía que las rosas blancas que había plantado hacía años eran las más hermosas de París. La casa estaba llena de antigüedades que ella y Gordon habían ido adquiriendo con los años en la ciudad y durante sus viajes. Otras las había heredado de sus padres.

En la casa todo relucía: la madera estaba perfectamente encerada, la plata bruñida, los candelabros de cristal de las paredes destellaban bajo el sol de junio que se filtraba a través de las cortinas. Isabelle dio la espalda a la imagen de su jardín de rosas con un suspiro. Estaba dividida sobre si dejar París aquella tarde. Salía muy pocas veces, apenas tenía oportunidades... Y ahora que tenía ocasión de hacerlo, se sentía culpable a causa de Teddy.

Su hija Sophie había salido hacia Portugal con unos amigos el día anterior. Tenía dieciocho años, y en otoño iba a entrar en la universidad. Era su hijo Theodore, de catorce años, quien la retenía en casa. Había nacido tres meses antes de tiempo; durante el parto había sufrido lesiones importantes y, como consecuencia de ello, sus pulmones no se habían desarrollado adecuadamente y su corazón se había debilitado. Recibía clases en casa; nunca había ido a la escuela. A sus catorce años, había pasado buena parte de su vida postrado y se paseaba en silla de ruedas por la casa cuando se sentía demasiado débil para desplazarse por sí mismo. Cuando hacía buen tiempo, Isabelle lo sacaba en la silla al jardín para que caminara un poco, si le apetecía, o se limitara a disfrutar del jardín sentado en la silla. Tenía un espíritu indomable, y sus ojos brillaban en cuanto veía a su madre entrar en la habitación. Siempre encontraba algo que decirle, o alguna gracia que hacer. La relación que había entre ellos desafiaba las palabras, el tiempo, los años, y los miedos que habían afrontado juntos. A veces Isabelle tenía la sensación de que eran como dos personas con una sola alma. Trataba de llenarlo de vida y de fuerza, le hablaba durante horas, leía para él, lo abrazaba cuando estaba demasiado débil y cansado para hablar y le hacía reír siempre que podía. Él veía la vida a través de sus ojos. A su madre le recordaba a un pequeño y frágil pájaro con las alas rotas.

Gordon y ella habían comentado con los médicos la bilidad de someterlo a una operación de trasplante de corazón y pulmones que se hacía en Estados Unidos, pero la conclusión había sido que el chico estaba demasiado débil para sobrevivir a la operación, puede que incluso al viaje. Así que no tenía sentido arriesgarse. El mundo de Theodore lo formaban su madre y su hermana, y se limitaba a las elegantes lindes de la casa de la rue de Grenelle. El padre siempre se había sentido incómodo con su enfermedad, y el chico había tenido enfermeras toda la vida, pero era su madre quien lo atendía la mayor parte del tiempo. Ella había renunciado hacía tiempo a sus amigos, a sus intereses, a cualquier apariencia de una vida propia; las raras incursiones que hacía en el mundo eran siempre por la noche, en compañía de Gordon. Su única misión en la vida era mantener a Teddy vivo y hacerle feliz. Eso había supuesto menos tiempo y atenciones para Sophie, pero la joven parecía entenderlo, e Isabelle siempre había sido muy cariñosa con ella. Sencillamente, Teddy tenía que ser la prioridad. Su vida dependía de ello. Los últimos cuatro meses, desde principios de primavera, Theodore había estado mejor, de ahí que Isabelle pudiera permitirse aquel excepcional y esperado viaje a Londres. Fue una idea de Bill Robinson que, en cualquier otro momento, habría parecido imposible.

Isabelle y Bill se habían conocido cuatro años atrás, en una recepción ofrecida por el embajador estadounidense en Francia, que había sido compañero de clase de Gordon en Princeton. Bill estaba metido en política; se le conocía por ser uno de los hombres más poderosos de Washington y seguramente el más rico. Gordon le había explicado a su mujer que Robinson era el responsable de que el último presidente estuviera en el despacho oval. Había heredado una inmensa fortuna y desde muy joven se había visto arrastrado al mundo del poder y de la política. Era perfecto para él porque, de hecho, prefería permanecer entre bastidores. Conocía los entresijos del poder y era una persona con una gran influencia, pero lo que de verdad impresionó a Isabelle cuando se conocieron fue su carácter tranquilo y poco pretencioso. Resultaba difícil creer que fuera tan rico y poderoso como Gordon decía. Se le veía modesto y discreto, y ella enseguida se había sentido a gusto hablando con él. Era agradable, tenía sentido del humor, y parecía sorprendentemente joven. Durante la cena se había sentado junto a él y había disfrutado enormemente de su compañía. Una semana más tarde, Isabelle se llevó una agradable sorpresa cuando recibió una carta suya; más adelante le hizo llegar un libro de arte agotado sobre el que habían hablado y que ella dijo haber estado buscando desde hacía tiempo. Aquel hombre tenía asuntos mucho más importantes en que pensar, por eso a Isabelle le sorprendió que se acordara de aquello y le conmovió que se tomara la molestia de buscarlo y enviárselo. Los libros de arte y los libros raros eran su pasión.

En aquella recepción estuvieron hablando largamente sobre una serie de cuadros que se habían encontrado por aquellas fechas y que habían desaparecido cuando los nazis se los llevaron. Los encontraron en unas cuevas en Holanda. Luego la conversación derivó hacia los saqueos, los ladrones de obras de arte y, finalmente, la restauración, que es lo que Isabelle hacía cuando conoció a Gordon. Trabajaba de aprendiz en el Louvre y para cuando lo dejó, al tener a Sophie, se la consideraba una joven dotada y capaz.

Bill se quedó fascinado con sus historias, y ella con las suyas; los meses posteriores desarrollaron una extraña pero agradable amistad a través de las cartas y el teléfono. Ella le envió algunos curiosos libros de arte que había encontrado; la siguiente vez que él estuvo en París la llamó para invitarla a comer. Ella vaciló, pero no pudo resistirse; aquella fue una de las pocas ocasiones en que dejó a Theodore solo a la hora de comer. Su amistad se remontaba a casi cuatro años, cuando Teddy tenía diez. Él la llamaba de vez en cuando, a horas algo intempestivas, cuando se quedaba a trabajar hasta tarde y era muy temprano en Francia. Isabelle le había dicho que cada mañana se levantaba a las cinco para atender a Teddy. Tuvieron que pasar seis meses antes de que Bill preguntara si Gordon veía algún inconveniente en aquellas llamadas. En realidad Isabelle no le había dicho nada. La amistad con Bill se había convertido en su secreto, y lo guardaba celosamente.

—¿Por qué iba a importarle? —preguntó ella con tono de

No quería que dejara de llamarla. Disfrutaba hablando con él, y tenían muchos intereses en común... en cierto modo, se había convertido en su único punto de contacto con el mundo real. Sus amigos habían dejado de llamarla hacía años. La dedicación exclusiva a su hijo la había hecho cada vez más inaccesible. Pero tenía sus dudas sobre la opinión que Gordon tendría de aquellas llamadas. Cuando le habló de los libros de arte que Bill le había enviado, Gordon pareció sorprendido, aunque no dijo nada. No mostró ningún interés especial por conocer la razón de que Bill enviara aquellos libros y ella prefirió no mencionar las llamadas. Habría sido difícil encontrar una explicación, ¡y eran tan inocentes...! Nunca hablaban de cosas personales, inapropiadas, y rara vez mencionaban a sus respectivas parejas. Sencillamente, Bill era una voz amiga que llegaba sin previo aviso en la penumbra de las primeras horas de la mañana. Y como el teléfono nunca sonaba en su dormitorio cuando era de noche, Gordon nunca lo oía. Lo cierto es que Isabelle tenía la sospecha de que a Gordon no le habría gustado, y precisamente por ese motivo nunca le había dicho nada. No quería perder el consuelo de las llamadas y la amistad de Bill.

Al principio Bill la llamaba cada pocas semanas pero más adelante las llamadas se fueron haciendo más frecuentes. Comieron juntos por primera vez un año después de conocerse. En una ocasión, cuando Gordon estaba fuera, Bill la llevó a cenar. Cenaron en un restaurante discreto y tranquilo cerca de su casa, e Isabelle se sorprendió mucho cuando volvió y vio que eran más de las doce. Se sentía como una flor silvestre marchita que se empapa de sol y de lluvia. Las cosas de las que hablaban alimentaban su alma y las llamadas y las raras visitas de Bill eran su sustento. Con excepción de sus hijos, Isabelle no tenía con quien hablar.

Gordon era desde hacía años el director del banco de inversiones estadounidense más importante de París. Tenía cincuenta y ocho años, dieciocho más que ella. Isabelle era consciente de que se habían ido distanciando, a causa de Teddy seguramente. Gordon no soportaba la atmósfera de enfermedad que rodeaba a su hijo, como una espada suspendida esperando para caer. Nunca se había permitido acercarse a él, y todos lo sabían. Su aversión por la enfermedad de Teddy era tan grande que casi se convertía en una fobia. Incluso Teddy lo sabía; de pequeño, había llegado a pensar que su padre le odiaba. Pero con los años había empezado a verlo de forma diferente. A los diez años, comprendía que su padre tenía miedo de su enfermedad, pánico casi, y que la única forma de escapar era ignorarlo, fingir que su hijo no existía. Teddy nunca le guardó rencor por ello y hablaba abiertamente con Isabelle del tema, con una mirada soñadora, como quien habla de un país que le gustaría visitar pero que sabe que nunca verá. El chico y su padre eran como dos desconocidos. Gordon lo había excluido de su vida y hacía años que se concentraba en su trabajo; evitaba la vida hogareña y, sobre todo, evitaba a su mujer. El único miembro de la familia que parecía atraerle un poco era Sophie. Por su carácter se parecía más a él; compartían muchas opiniones y una cierta frialdad en el trato. En el caso de Gordon, era el resultado de muchos años de esfuerzo por levantar un muro entre su persona y el lado más emocional de la vida, que veía como algo sin interés, como una muestra de debilidad. Sophie, en cambio, simplemente parecía haber heredado aquel rasgo de su padre. Incluso cuando era un bebé, siempre había sido menos afectuosa que su hermano; prefería espabilarse sola y no pedir ayuda, sobre todo si era a su madre. En ella la frialdad de Gordon se había convertido en independencia, en una especie de orgullo y de reserva. A veces Isabelle se preguntaba si aquello no sería una reacción instintiva al hecho de que su hermano le exigiera tanto tiempo. Para no sentirse decepcionada por lo que no podía tener, se había convencido a sí misma de que no necesitaba nada de ellos. No compartía secretos con su madre y, si podía evitarlo, nunca hablaba de sus sentimientos. Si en alguien confiaba era en sus amigas, no en ella. Isabelle siempre había tenido la esperanza de que cuando Sophie se hiciera mayor encontrarían algo que compartir y se harían amigas. Pero, por el momento, la relación con su única hija no le estaba resultando fácil.

Por el contrario, la frialdad con que la trataba su marido era extrema. El aparente distanciamiento de Sophie, en contraposición con la total dependencia de su hermano, podía interpretarse como un intento de demostrar su autosuficiencia, de ser diferente, de evidenciar que no necesitaba un tiempo y unas energías que su madre no le dedicaba debido a la enfermedad de Teddy. En el caso de Gordon, la causa parecía ser mucho más profunda y, en ocasiones, Isabelle lo sentía como un profundo resentimiento contra ella, como si la culpara por el hecho de que hubieran sido castigados con un hijo inválido.

Gordon tenía una concepción bastante desapasionada de la vida y se limitaba a verla pasar desde una distancia segura, como si le gustara mirar pero no quisiera intervenir. En cambio Isabelle y Teddy eran seres apasionados y lo manifestaban abiertamente. La llama que Isabelle compartía con su hijo era lo que había ayudado al chico a sobrellevar aquella vida de enfermedad. Y esa dedicación no tardó en distanciarla de Gordon. Emocionalmente Gordon llevaba años alejado de ella, prácticamente desde el nacimiento de Teddy. Cuando conoció a Bill, hacía ya años que Gordon se había instalado en otro dormitorio. Su única explicación fue que Isabelle se acostaba muy tarde y se levantaba muy temprano, y eso le perturbaba. Ella intuía que los motivos eran otros, pero no quería empeorar las cosas o tener un enfrentamiento con él, así que nunca se atrevió a decir nada. Hacía mucho tiempo que sabía que el afecto de Gordon se había ido apagando hasta desaparecer por completo.

Isabelle ya ni siquiera recordaba la última vez que se habían tocado, besado, o que habían hecho el amor. Era una circunstancia que aceptaba. Había aprendido hacía ya mucho a vivir sin el afecto de su marido. Tenía la sospecha de que no solo relacionaba la enfermedad de su hijo con ella, sino que la culpaba, aunque los médicos les habían asegurado que la enfermedad del chico y su nacimiento prematuro no tenían nada que ver con ella. En realidad nunca lo habían hablado, y no tenía forma de confirmar esas silenciosas acusaciones. Pero sabía que estaban ahí, las intuía. Era como si el simple hecho de ver a Isabelle le recordara la enfermedad de su hijo y, del mismo modo que había rechazado al chico desde que nació, había acabado por rechazar también a Isabelle. Había levantado un muro entre los dos para mantener a distancia aquellas desagradables escenas. Siempre le había resultado difícil tolerar la debilidad, desde pequeño. Isabelle, por su parte, había intentado salvar ese distanciamiento, pero todo había sido en vano. Gordon se resistía y, al final Isabelle acabó por aceptar como una forma de vida el abismo que se había abierto en

Gordon era frío y metódico por naturaleza. Se decía que era despiadado en los negocios, que no era cordial, y a pesar de todo, al principio se había mostrado afectuoso con ella. La frialdad de su marido era algo nuevo para ella, la veía como un desafío. Precisamente por eso, cada sonrisa, cada gesto afable que le arrancaba eran como una victoria, porque sabía que no tenía esos gestos con nadie. En aquel entonces Isabelle era joven, y estaba intrigada. Gordon le parecía competente, poderoso, imponente... era un hombre que controlaba cada detalle de su existencia; había visto en Isabelle cosas que le gustaban y que sabía que la convertirían en una esposa perfecta. Su linaje, ciertamente, su herencia aristocrática y su nombre, sus importantes contactos, que le fueron muy útiles en el banco. La fortuna familiar había volado hacía tiempo, pero no su importancia en los círculos sociales y políticos. Casándose con Isabelle había ascendido en la escala social, y eso era algo muy importante para él. Era el complemento perfecto para su estatus y su carrera. Y, aparte de sus orígenes, durante un breve espacio de tiempo la inocencia de Isabelle abrió momentáneamente la puerta de su corazón.

A pesar del atractivo social que pudiera tener, la joven Isabelle tenía un carácter tan dulce que habría sido difícil que ningún hombre se le resistiera. Era compasiva, amable, una mujer sin doblez. Y la arrogancia de Gordon, sus atenciones y sus maneras exquisitas cuando la cortejaba lo convirtieron en una especie de héroe a sus ojos. Le fascinaba su inteligencia, su poder y su éxito; la experiencia de los dieciocho años que le llevaba a Isabelle le permitieron tener el suficiente tacto para decir las cosas adecuadas. Incluso su familia se había emocionado cuando la pidió en matrimonio. Parecía evidente que Gordon sería un marido excelente y la cuidaría. A pesar de su fama de duro en el banco parecía extremadamente atento con ella, cosa que resultó no ser cierta.

Cuando Isabelle conoció a Bill, ella era una mujer sola que velaba a un hijo enfermo, con un marido que casi nunca le hablaba y una vida de aislamiento poco habitual. En ocasiones, la voz de Bill era el único contacto que tenía en todo el día con el mundo de los adultos, aparte del médico o de la enfermera de Teddy. Parecía ser la única persona en el mundo que se preocupaba realmente por ella. Gordon rara vez le preguntaba cómo estaba. En el mejor de los casos, si ella insistía, él la informaba de que esa noche cenaría fuera o de que por la mañana se iría de viaje. Ya nunca le contaba lo que hacía. Y las breves conversaciones que tenían no hacían sino confirmar lo marginada que estaba de la vida de su marido. Las horas que pasaba hablando con Bill le abrían la puerta a un mundo más amplio y más rico. Eran como una bocanada de aire fresco, una línea con la vida a la que se aferraba en las noches más oscuras. Con los años, aquellas conversaciones habían convertido a Bill en su mejor amigo. En cambio, Gordon no era más que un extraño.

Isabelle había tratado de explicarle todo esto a Bill en una de sus conversaciones de primera hora de la mañana, en su segundo año de amistad. Teddy llevaba enfermo varias semanas, y ella se sentía exhausta, agotada y vulnerable, deprimida por lo cruel que Gordon se había mostrado con ella la noche anterior. Le había dicho que cuidar al chico era una pérdida de tiempo, que todo el mundo sabía que no duraría mucho, y que sería mejor que se fuera haciendo a la idea. Le dijo que cuando el chico muriera sería un descanso para todos. Cuando habló con Bill por la mañana, Isabelle le contó todo esto con lágrimas en los ojos. Bill se quedó horrorizado ante la insensibilidad de aquel hombre y su crueldad —Creo que Gordon está resentido porque llevo muchos años cuidando de Teddy. No he tenido tiempo para dedicarme a él como es debido. —Hacía de anfitriona cuando daban alguna cena, pero no con la frecuencia que él consideraba apropiada. Gordon la había convencido hacía ya mucho de que le había fallado como esposa. A Bill le sublevaba ver que ella se sometía de aquella forma a lo que su marido decía.

—Dadas las circunstancias es lógico que Teddy tuviera prioridad, Isabelle —dijo Bill con tono afable. Llevaba meses buscando por su cuenta algún médico que tuviera alguna cura milagrosa para Teddy, pero lo que le habían dicho no daba mucho lugar a la esperanza. Según Isabelle, el chico tenía una enfermedad degenerativa que le atacaba el corazón, sus pulmones no funcionaban correctamente y su sistema iba degenerando lentamente. La opinión general era que sería un milagro si pasaba de los veinte. A Bill le partía el corazón ver lo que Isabelle tenía que soportar, y lo que tendría que afrontar tarde o temprano.

Con los años la amistad entre los dos se había hecho más profunda. Hablaban por teléfono con frecuencia, e Isabelle le escribía largas cartas filosóficas, sobre todo las noches que pasaba en vela, junto al lecho de Teddy. Teddy se había convertido en el eje de su vida, y eso no solo la había distanciado de Gordon, sino que a veces también la alejaba de su hija, que en más de una ocasión se lo había echado en cara y la había acusado de preocuparse solo por su hermano. La única persona con quien Isabelle podía hablar de todo esto era Bill, durante sus largas conversaciones nocturnas.

Los momentos que compartían trascendían la realidad de sus vidas. Las presiones políticas se convertían en humo cuando Bill hablaba con ella. E Isabelle se veía transportada a un mundo en el que Teddy no estaba enfermo, Gordon no la rechazaba y Sophie nunca estaba furiosa. Era como si volviera a los lugares y a los temas que en otro tiempo le habían interesado tanto. Bill le hacía ver la vida de otra forma, hablaban, reían. A veces él le hablaba de su vida, de la gente que conocía, los amigos que le importaban, y, de vez en cuando, aun sin querer, le hablaba de su mujer y sus dos hijas, que estaban en la universidad. Se había casado con veintidós años y, treinta años después, lo único que quedaba de su matrimonio era la envoltura. Cindy, su mujer, había acabado odiando el mundo de la política, la gente que conocían, las obligaciones de Bill; los eventos a los que tenían que asistir, la frecuencia con que viajaba. Despreciaba profundamente a los políticos. Y a Bill, por haber dedicado su vida a ellos.

Ahora que las niñas se habían ido, lo único que le interesaba a Cynthia eran sus amigos de Connecticut, ir a fiestas y jugar al tenis. Y no parecía preocuparle especialmente que Bill no formara parte de esa vida. Hacía muchos años que lo había excluido de su corazón, y hacía su propia vida, no sin cierto resentimiento. Llevaba treinta años con un hombre que iba y venía, que anteponía cualquier asunto político a cualquier cosa que tuviera relación con ella. Nunca estaba en casa, ni para las ceremonias de graduación, ni para las vacaciones, ni para los cumpleaños. Siempre estaba en algún otro sitio, preparando a uno u otro candidato para unas primarias o unas generales. En los últimos cuatro años, se había convertido en un habitual de la Casa Blanca. Todo eso había dejado de impresionarla, y no tenía reparos en confesarle lo mucho que la aburría. Es más, lo desdeñaba, lo mismo que desdeñaba su profesión. Lo que fuera que hubo entre ellos en otro tiempo se había evaporado. Ella se había hecho un lifting hacía unos años y a Bill le constaba que tenía aventuras con discreción. Fue su venganza por un único desliz que él había tenido diez años atrás, con la esposa de un congresista. No había vuelto a pasar, pero Cindy no era una mujer que perdonara.

A diferencia de Isabelle y Gordon, ellos aún dormían juntos, aunque habrían podido ahorrárselo. Hacía años que no hacían el amor. Casi parecía como si ella se enorgulleciera de no sentirse atraída sexualmente por su marido. Cindy se manen forma, y lucía un bronceado permanente; el pelo se le había aclarado con los años y casi estaba tan guapa como cuando se casaron hacía treinta años, pero había en ella una dureza que más que verse se sentía. Los muros que había levantado entre ellos eran demasiado altos, y hacía ya mucho que Bill había dejado de intentar salvarlos. Ponía todas sus energías en el trabajo y, cuando necesitaba una mano amiga, un hombro donde llorar, o alguien con quien reír, hablaba con Isabelle. Era a Isabelle a quien le confesaba que estaba cansado o descorazonado. Ella siempre estaba dispuesta a escuchar, y había en ella una afabilidad que nunca había visto en su esposa. Lo que le había atraído de Cindy fue su vitalidad, su aspecto, su energía, y sus ganas de divertirse y hacer travesuras. Su compañía era muy divertida cuando eran jóvenes; en cambio ahora se preguntaba si ella lo añoraría si de pronto desapareciera. Al igual que la madre, cuando las hijas estaban en casa se mostraban complacientes con él, pero indiferentes. Ya no parecía que a nadie le importara si estaba en casa o no. Cuando llegaba de forma inesperada de algún viaje se le trataba como a una visita, ya no lo sentía como su hogar. Era como un hombre sin patria. Desarraigado. Un pedazo de su corazón estaba unido a una casa de la rue de Grenelle, en París. Nunca le había dicho a Isabelle que la quería, ni ella a él, pero desde hacía unos años sentía devoción por ella e Isabelle profesaba una gran admiración por él.

Exteriormente, los sentimientos que Bill e Isabelle compartían desde hacía años no eran más que amistad. Ninguno de los dos había reconocido ante el otro, ni siquiera ante sí mismo, que había algo más que simple admiración, confianza, y el placer de disfrutar del perdido arte de la conversación. Pero desde hacía años, Bill había notado que cuando las cartas de Isabelle no llegaban, se preocupaba, y que, cuando no podía contestar a sus llamadas porque Teddy estaba demasiado enfermo, o salía a algún sitio con Gordon, la añoraba. Más de lo que le habría gustado admitir. Se había convertido en una presencia imprescindible para él, alguien en quien podía confiar y con quien podía contar. Y lo mismo podía decirse de Isabelle. Él era la única persona, aparte de su hijo, con quien podía hablar. Ella y Gordon nunca habían hablado con la libertad con la que hablaba con Bill.

Lo cierto es que Gordon, por su carácter, era más inglés que americano. Sus padres eran estadounidenses, pero él se había educado en Inglaterra. Había estudiado en Eton y luego lo habían mandado a Estados Unidos, a la Universidad de Princeton. Pero en cuanto se licenció volvió a Inglaterra y de allí se trasladó a París por cuestiones de trabajo. Fueran cuales fuesen sus orígenes, parecía más inglés que americano.

Gordon había conocido a Isabelle en Hampshire, un verano, cuando ella acudió desde París para visitar a su abuelo. En aquel entonces ella tenía veinte años; él rondaba los cuarenta y nunca se había casado. A pesar de la gran cantidad de mujeres interesantes que habían pasado por su vida, algunas con más clase que otras, nunca había encontrado a nadie con quien valiera la pena comprometerse o casarse. Por su parte, Isabelle era de madre inglesa y padre francés. Ella había vivido siempre en París, pero cada verano visitaba a sus abuelos en Inglaterra. Su inglés era impecable, y era una mujer encantadora. Encantadora, inteligente, discreta, afectuosa. Su carácter cordial, luminoso, delicado había impresionado a Gordon desde el primer momento. Por primera vez en su vida, pensó que estaba enamorado. Y las posibilidades sociales que se abrirían ante él con el enlace le parecieron irresistibles. Gordon procedía de una familia respetable, pero ni mucho menos tan ilustre como la de Isabelle. Su madre procedía de una importante familia londinense de banqueros con un lejano parentesco con la reina; su padre era un distinguido hombre de Estado francés. Por fin, una pareja digna. Su linaje era impecable, y sus maneras recatadas, dulces y modestas encajaban con él a la perfección. La madre había muerto antes de que Isabelle y Gordon se conocieran; el padre quedó muy impresionado con él y aprobó inmediatamente el matrimonio. Gordon le parecía el marido perfecto. Gordon e Isabelle se casaron al cabo de un año. Y él tomó el mando. Desde el principio dejó muy claro que sería él quien tomaría las decisiones. Y es lo que ella esperaba. Gordon había intuido acertadamente que, debido a su juventud, ella no se opondría a sus decisiones. Él decidió a quién verían, dónde y cómo vivirían, hasta escogió la casa de la rue de Grenelle y la compró sin que ella la hubiera visto. Para ese entonces ya era director del banco y ocupaba una posición respetable, que mejoró considerablemente con su casamiento. Él, por su parte, le proporcionó a Isabelle seguridad y estabilidad. Pero con el tiempo, Isabelle empezó a ser consciente de todas aquellas restricciones.

Gordon le decía cuáles de sus amigas no le gustaban, a quién podía ver y a quién no. Esperaba que fuera una perfecta anfitriona con la gente del banco; ella pronto aprendió a serlo. Era una mujer experta y capaz, notablemente organizada, y siempre seguía sus indicaciones. Pero con el tiempo empezó a sentir que Gordon era injusto con ella, porque, sin miramientos, fue eliminando de su círculo social a las personas que a ella le gustaban. Gordon decía sin ambages que no eran dignos de ella. Isabelle estaba mucho más abierta a gente e ideas nuevas, a la variedad que ofrecía la vida. Había estudiado arte, y aceptó un trabajo de restauradora en el Louvre cuando se casó, a pesar de las protestas de Gordon. Era su único reducto de independencia. Le encantaba su trabajo y la gente que conocía a través de él.

A Gordon aquella ocupación le parecía demasiado bohemia; en cuanto se quedó embarazada de Sophie insistió en que la dejara. Después del nacimiento de la niña, a pesar de las alegrías que le daba ser madre, Isabelle descubrió que añoraba el museo y los desafíos y satisfacciones que le proporcionaba. Pero Gordon no quiso ni oír hablar de que volviera al trabajo; ella volvió a quedarse embarazada enseguida, aunque esta vez perdió al bebé. La convalecencia fue larga, y no le resultó fácil volver a quedar embarazada. Cuando al fin ocurrió, tuvo un embarazo difícil, que terminó en un parto prematuro y las consabidas preocupaciones por el niño.

Fue entonces cuando ella y Gordon empezaron a distanciarse. Él estaba increíblemente ocupado en el banco. Y le preocupaba que, con un hijo enfermo, ella ya no pudiera hacer de anfitriona con tanta frecuencia o dedicar más atención a sus deberes domésticos y sociales. Lo cierto es que durante los primeros años de vida de Teddy, no tuvo apenas tiempo para Gordon o Sophie y a veces sentía que se aliaban para atacarla, lo que era muy injusto. Su vida entera parecía girar en torno al hijo enfermo. Nunca podía permitirse dejarlo solo, a pesar de las enfermeras que lo cuidaban, y, por desgracia, su padre había muerto hacía unos años. No tuvo a nadie que la ayudara durante los primeros años y siempre estuvo junto a su hijo. A Gordon no le interesaban los problemas de Teddy, ni sus fracasos y sus victorias contra la enfermedad. No soportaba oír hablar del tema y, como si quisiera castigarla, desde el principio evitó totalmente la intimidad entre ellos. Para Isabelle fue fácil creer que ya no la quería. No tenía ninguna prueba concreta, ni la amenazó nunca con dejarla, al menos no físicamente. Pero siempre tenía la desagradable sensación de que la había abandonado a la deriva.

Después de Teddy, ya no hubo más hijos. Gordon no quería más, e Isabelle no tenía tiempo. Todo se lo daba a su hijo.

Gordon seguía haciéndole sentir, con palabras y sin ellas, que le había fallado. Era como si hubiera cometido un gran crimen y la enfermedad de Teddy fuera culpa suya. No había nada en el chico que le hiciera sentirse orgulloso, ni sus capacidades artísticas, ni su sensibilidad, ni su inteligencia, ni su sentido del humor. Y el parecido de Teddy con su madre solo hacía que molestarlo más. Era como si lo único que pudiera sentir por ella fuera desprecio, y una rabia profunda y callada que nunca expresaba en palabras.

Lo que Isabelle no sabía, hasta que una prima de Gordon se lo mencionó años más tarde, es que Gordon había tenido un hermano menor con una enfermedad degenerativa y que murió a los nueve años. Nunca le había hablado a Isabelle de su hermano, ni a nadie. Era un tema tabú para él. Y aunque su madre lo había cuidado bien cuando era más pequeño, Gordon pasó los últimos años de su infancia viendo cómo su madre cuidaba a su hermano. La prima no estaba segura de cuál era la enfermedad, no sabía exactamente qué había pasado, pero sabía que cuando el chico murió la madre tuvo una enfermedad larga que la llevó a una muerte lenta y dolorosa. Gordon se sentía traicionado, sentía que le habían robado su tiempo, su dedicación y su amor, que le habían abandonado.

La prima decía que su madre estaba segura de que el padre de Gordon había muerto de pena, aunque eso fue años más tarde, porque nunca se recuperó de aquella doble pérdida. Así pues, Gordon sentía que había perdido a su familia por culpa de un niño enfermo. Y después perdió también el tiempo y las atenciones de Isabelle. Aquello le hizo entender muchas cosas a Isabelle, pero cuando trató de hablar con Gordon, él la rechazó diciendo que eran tonterías. Dijo que nunca se había sentido próximo a su hermano y no había experimentado ningún sentimiento de pérdida. La muerte de su madre se había convertido para él en un recuerdo muy lejano, y su padre siempre había sido un hombre difícil. Pero, a pesar de sus protestas, cuando hablaron Isabelle vio miedo en su mirada, la mirada de un niño herido y no solo de un hombre furioso. ¿Sería ese el motivo por el que se había casado tan tarde y se mostraba tan distante con todo el mundo, el motivo que explicaba su resistencia ante Teddy? En todo caso, fuera lo que fuese lo que Isabelle comprendió no la ayudó con Gordon. Las puertas del Paraíso no volvieron a abrirse para ellos; Gordon se ocupó de que así fuera.

Isabelle trató de explicarle todo esto a Bill, pero él no lo entendía y le parecía una crueldad que Gordon la hubiera abandonado emocionalmente. Isabelle era una de las mujeres más interesantes que había conocido, y su afabilidad no hacía sino hacerla más atractiva a sus ojos. De todos modos, jamás le había hecho ningún tipo de insinuación amorosa, ni siquiera se permitía pensarlo. Isabelle le había hecho sentir desde el principio muy claramente que el amor no era una opción. Si querían ser amigos, tenían que respetar sus respectivos matrimonios. Era una mujer extremadamente correcta y fiel a Gordon, por muy desagradable o distante que él se mostrara con ella. Seguía siendo su marido y, para disgusto de Bill, lo respetaba a él y a su matrimonio. La idea del divorcio o incluso la infidelidad era impensable para ella. Lo único que quería de Bill era amistad y, a pesar de lo sola que se sentía a veces, lo aceptaba como parte de su matrimonio. No buscaba nada más, ni lo habría aceptado, pero agradecía el apoyo que encontraba en Bill. Él le daba consejo, tenían la misma opinión sobre muchas cosas y, al menos mientras hablaban, Isabelle podía olvidarse de sus preocupaciones y sus problemas. Para ella, la amistad de Bill era un extraordinario regalo. Pero

La idea del viaje a Londres había surgido casualmente, durante una de sus conversaciones de primera hora de la mañana. Ella había estado hablando de una exposición que se iba a inaugurar próximamente en la Tate Gallery y que le habría encantado ver, pero que no vería porque no estaba programado que la exposición pasara por París. Bill le aconsejó que fuera a Londres uno, o incluso dos días, para verla y que por una vez disfrutara un poco sin preocuparse de su marido o de sus hijos. Para ella era una idea descabellada, nunca había hecho algo así. Al principio insistió en que era imposible. Nunca dejaba solo a Teddy.

—¿Por qué no? —preguntó Bill finalmente, estirando sus largas piernas y apoyando los pies en su mesa de despacho. Para él era media noche, y había estado en el trabajo desde las ocho de la mañana. Pero había querido esperar un poco más para poder llamarla—. Te iría muy bien, y Teddy ha estado bastante mejor estos dos últimos meses. Si surge algún problema, podrías estar en casa en un par de horas.

Tenía razón, pero, en veinte años de matrimonio, Isabelle nunca había ido a ningún sitio sin Gordon. El suyo era un matrimonio europeo a la antigua, mientras que Bill y Cindy, en los últimos años, habían tenido una relación muy liberal. De hecho, era mucho más frecuente que viajaran separados que juntos. Bill había dejado de esforzarse por pasar las vacaciones con ella, salvo alguna ocasional semana en los Hamptons. Ella parecía mucho más feliz sin él. La última vez que él propuso que hicieran un viaje juntos, ella puso infinidad de excusas y se fue de viaje a Europa con una de sus hijas. El mensaje estaba claro. El espíritu del matrimonio había desaparecido hacía mucho tiempo, aunque ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocerlo. Ella hacía lo que quería y con quien quería, siempre y cuando no fuera demasiado indiscreta. Y Bill tenía la vida política que quería, y sus llamadas a Isabelle. Lo que había entre ellos era un extraño acuerdo.

Al final, después de varias conversaciones, Bill convenció a Isabelle para que fuera a Londres. Una vez se decidió, la idea le entusiasmó. Estaba impaciente por ver la exposición y hacer algunas compras por Londres. Pensaba alojarse en el Claridge, y puede que incluso ir a visitar a una vieja amiga de la escuela que se había instalado en Londres.

Unos días más tarde, Bill supo que tenía que reunirse con el embajador estadounidense en Inglaterra. Había sido uno de los principales contribuyentes a la última campaña presidencial y Bill necesitaba su apoyo para otro candidato; quería tenerlo con él lo antes posible, para establecer la cuantía de sus contribuciones. Con su apoyo, el insignificante candidato se convertiría en alguien mucho más atractivo. Y sería una agradable coincidencia que Isabelle estuviera allí. Ella bromeó cuando él dijo que estarían en Londres por las mismas —¿Lo has hecho a propósito? —preguntó en su inglés británico mezclado con un poco de acento francés que a Bill le parecía encantador. A sus cuarenta y un años, seguía siendo una mujer hermosa, y no aparentaba la edad que tenía. Tenía el pelo castaño oscuro con un toque cobrizo, piel cremosa de porcelana y grandes ojos verdes con reflejos de ámbar. A petición de Bill, Isabelle le había mandado una fotografía hacía un par de años, con los niños. Con frecuencia la miraba y sonreía mientras hablaban por teléfono.

—Por supuesto que no —dijo él defendiéndose, pero la pregunta no iba del todo desencaminada. Lo cierto es que Bill tuvo muy presentes los planes de Isabelle cuando concertó la cita con el embajador de Londres. Y aunque trató de convencerse de que aquella era la fecha más conveniente, en el fondo de su corazón sabía que los motivos eran otros.

Le encantaba ver a Isabelle y esperaba con impaciencia las pocas ocasiones en que podía verla en París cada año. Cuando llevaba un tiempo sin verla, siempre buscaba una excusa para ir a París o procuraba encontrar un momento para pasar por allí cuando se dirigía de camino a algún otro sitio. Normalmente la veía tres o cuatro veces al año; cuando él estaba en París solían quedar para comer. Ella nunca le decía nada a Gordon, pero seguía insistiendo ante Bill y ante sí misma en que no había nada malo ni clandestino en el hecho de que se vieran. Los nombres que ella y Bill ponían a las cosas eran correctos, concisos, adecuados. Era como si se reunieran portando estandartes donde decía «amigos», y lo eran, por supuesto. Pero hacía ya un tiempo que Bill era consciente de que sentía mucho más por aquella mujer de lo que habría podido

Estaba deseando ir a Londres. Su reunión en la embajada solo le ocuparía unas horas y, después de eso, tenía intención de pasar el máximo tiempo posible con ella. Le había dicho a Isabelle que él también tenía muchas ganas de ver la exposición de la Tate Gallery y a ella le entusiasmaba la idea de que fueran juntos. Después de todo, pensaba Isabelle, esa era la razón principal de su viaje a Londres. Y ver a Bill sería un regalo. Lo tenía todo bien ordenado en su cabeza. Eran los amigos perfectos, nada más, y si nadie estaba al tanto de su amistad era solo porque así era más fácil. No tenían nada que ocultar. Para ella era fundamental que Bill la respetara. Era una especie de frontera que había establecido hacía tiempo entre los dos, y Bill lo aceptaba. Jamás habría hecho nada que pudiera asustar o preocupar a Isabelle. No quería hacer daño a una persona que se había convertido en algo tan precioso

Isabelle, de pie en su dormitorio de la casa de la rue de Grenelle, consultó su reloj y suspiró. Había llegado la hora de irse, pero detestaba la idea de dejar a Teddy. Había dejado un sinfín de instrucciones para las enfermeras que se ocuparían de cuidarlo. Eran las enfermeras de siempre, solo que mientras ella estuviera fuera dormirían en la habitación con él.

Teddy, entró de puntillas en la habitación contigua: quería comprobar una última vez que su hijo estaba bien. Ya se había despedido, pero el corazón se le encogía ante la idea de dejarlo. Y, durante un breve instante, se preguntó si realmente era una buena idea que viajara a Londres. Pero el chico dormía plácidamente, y la enfermera levantó la vista con una sonrisa y sacudió la mano en su dirección como animándola a que se marchara. Era una de las preferidas de Isabelle, una joven corpulenta, sonriente y de rostro luminoso de la Bretaña. Isabelle también dijo adiós con la mano, salió en silencio de la habitación y cerró la puerta. Ya no le quedaba nada por hacer: había llegado la hora de irse.

Isabelle cogió su bolso de mano y la pequeña bolsa de viaje y se alisó el sencillo traje negro que vestía. Luego consultó de nuevo el reloj. Sabía que en aquel momento Bill estaría a bordo del avión entre Nueva York y Londres. Había estado trabajando allí los últimos días. La mayor parte del tiempo, iba y venía entre Washington y Nueva York.

Puso su maleta en el asiento trasero del coche y dejó su bolso negro Hermès Kelly en el asiento del acompañante. Salió a la calzada con una mirada sonriente, encendió la radio y puso rumbo al aeropuerto Charles de Gaulle, mientras Bill Robinson miraba desde la ventanilla del Gulfstream, el avión de su propiedad que utilizaba con frecuencia. Iba pensando en ella y sonreía para sus adentros. Lo había dispuesto de tal forma que su avión llegara a Londres al mismo tiempo que el de Isabelle, y se sentía embargado por la emoción.