Aquí y ahora, como solía decir un viejo amigo, estamos en el incierto presente, en el que la extrema lucidez nunca garantiza una visión perfecta. El aquí: a unos setenta metros, la altura a la que planea un águila, sobre el extremo occidental de Wisconsin, donde los caprichos del río Misisipí trazan una frontera natural. El ahora: un viernes por la mañana temprano a mediados de julio, en los primeros años tanto de un nuevo siglo como de un nuevo milenio, cuyos díscolos rumbos permanecen tan ocultos que un ciego tiene más posibilidades de ver lo que le depara el futuro que tú o que yo. Justo aquí y ahora, la hora es poco más de las seis de la mañana y el sol está bajo en un cielo oriental sin nubes, una bola gorda y segura de sí que avanza como siempre por primera vez hacia el futuro y deja en su estela un pasado que se ha ido acumulando sin cesar, que se oscurece a medida que se retira, convirtiéndonos a todos nosotros en ciegos.
Más abajo, el sol naciente tiñe de reflejos fundidos las amplias y suaves ondas del río. La luz del sol arranca destellos a las vías del ferrocarril de Burlington Northern Santa Fe, que discurren entre la orilla del río y los patios traseros de las destartaladas casas de dos plantas a lo largo de Country Road Oo, conocidas como las Casas de los Clavos, el punto más bajo de la pequeña población de aspecto desahogado que se extiende colina arriba y hacia el este debajo de nosotros. En este momento, en Coulee Country la vida parece estar conteniendo el aliento. El aire inmóvil en torno a nosotros es de una pureza y una dulzura tan increíbles que cabría imaginar que un hombre pudiese oler un rábano arrancado de la tierra a más de un kilómetro de allí.
Moviéndonos hacia el sol, planeamos sobre el río y las vías relucientes, sobre los patios y tejados de las Casas de los Clavos, y luego sobre una hilera de motocicletas Harley-Davidson ladeadas sobre sus pies de apoyo. Las casas, no muy atrayentes, se construyeron a principios del siglo que acaba de desvanecerse para los fundidores, fabricantes de moldes y peones de embalaje empleados por la fábrica de clavos Pederson. Alegando que era poco probable que el personal se quejase de los defectos en sus viviendas subvencionadas, su construcción fue lo más barata posible. (Clavos Pederson, que sufriera múltiples hemorragias durante la década de los cincuenta, se desangró finalmente hasta su extinción en 1963.) Las Harley que esperan sugieren que los trabajadores se han visto reemplazados por una pandilla de motociclistas. El aspecto uniformemente feroz de los propietarios de las Harley, hombres de cabellos revueltos, barbas descuidadas y tripas caídas, que lucen pendientes, chaquetas de cuero negro y menos de los dientes que les corresponden, parece confirmar semejante suposición. Como la mayoría de suposiciones, esta entraña una incómoda verdad a medias.
A los residentes actuales de las Casas de los Clavos, a quienes los desconfiados locales apodaron los Cinco del Trueno poco después de que se instalaran en las casas junto al río, no se les puede encasillar tan fácilmente en una categoría. Tienen empleos especializados en la empresa cervecera Kingsland, situada justo a las afueras de la ciudad hacia el sur y a una manzana al este del Misisipí. Si miramos hacia la derecha, veremos «el mayor pack de seis del mundo»: unos tanques de almacenamiento en que se han pintado gigantescas etiquetas de la antigua cerveza rubia Kingsland. Los hombres que viven en las Casas de los Clavos se conocieron en el campus de la Explanada Urbana de la Universidad de Illinois, donde todos menos uno eran estudiantes especializados en Literatura Inglesa o Filosofía. (La excepción era un residente en cirugía en el hospital universitario de la misma institución.) Les produce un irónico placer que les llamen los Cinco del Trueno, pues el nombre se les antoja agradablemente caricaturesco. Lo que se llaman a sí mismos es «la Escoria Hegeliana». Estos caballeros forman una interesante pandilla, y les conoceremos más adelante. Por ahora, tan solo tenemos tiempo de advertir los carteles hechos a mano sujetos con cinta adhesiva en las fachadas de varias casas, en dos farolas y en un par de edificios abandonados. Los carteles dicen: ¡PESCADOR, MÁS TE VALE ROGARLE A TU APESTOSO DIOS QUE NO TE COJAMOS PRIMERO! ¡ACUÉRDATE DE AMY!
Desde las Casas de los Clavos, la calle Chase discurre abruptamente colina abajo entre edificios protegidos con fachadas desgastadas del color de la niebla: el viejo hotel Nelson, en el que están durmiendo unos cuantos residentes empobrecidos, una taberna de frontal desnudo, una cansina zapatería que exhibe botas de trabajo Red Wing tras el empañado escaparate, unas cuantas edificaciones más que no ostentan indicativos de su función y que se ven extrañamente soñolientas y vaporosas. Estas estructuras tienen el aire de resurrecciones fallidas, o de haber sido rescatadas del oscuro territorio occidental pese a estar aún muertas. En cierto sentido, eso es precisamente lo que les ocurrió. Una franja horizontal de color ocre, a tres metros sobre la acera en la fachada del hotel Nelson y a sesenta centímetros del suelo que se va elevando en las opuestas y cenicientas caras de los dos últimos edificios, representa la marca del nivel del agua que dejaran las inundaciones de 1965, cuando el Misisipí se desbordó para ahogar las vías del ferrocarril y las Casas de los Clavos y ascender casi hasta la parte superior de la calle Chase.
Donde la calle Chase se eleva por sobre la marca del agua y se nivela, se hace más amplia y se transforma en la calle mayor de French Landing, la ciudad que tenemos debajo. El teatro Agincourt, el Taproom Bar & Grille, el First Farmer State Bank, el estudio de fotografía de Samuel Stutz (que hace buen negocio con las orlas de graduación, las fotos de boda y los retratos de niños) y tiendas, no reliquias fantasmagóricas de tiendas, flanquean sus romas aceras: el drugstore Benton’s Rexall, Reliable Hardware, el videoclub Saturday Night, Confecciones Regal, Schmitt’s Allsorts Emporium, tiendas que venden equipos electrónicos, revistas y tarjetas de felicitación, juguetes y prendas deportivas en las que figuran los logotipos de los equipos de los Brewers, los Twins, los Packers, los Vikings, y de la Universidad de Wisconsin. Unas manzanas más allá el nombre de la calle cambia para convertirse en Lyall Road, y los edificios se separan y se encogen transformándose en estructuras de una planta cuyas fachadas están cubiertas de letreros que anuncian agencias de seguros o de viajes; después, la calle se transforma en una carretera que discurre hacia el este dejando atrás un 7-Eleven, la residencia para veteranos de guerras foráneas Reinhold T. Grauerhammer, un gran concesionario de aperos de labranza al que localmente se conoce por Goltz, y para internarse en un paisaje de campos llanos e intactos. Si nos elevamos unos treinta metros más en el aire inmaculado y recorremos con la vista lo que hay debajo y más allá de nosotros, vemos morenas de glaciares y lava solidificada, colinas redondeadas alfombradas de pinos, valles de terrenos fértiles invisibles desde el nivel del suelo hasta que uno está encima de ellos, ríos serpenteantes, mosaicos de campos de kilómetros de largo, y pequeños pueblos (uno de ellos, Centralia, no es más que un puñado de edificios en torno al cruce de dos estrechas carreteras nacionales, la 35 y la 39).
Justo debajo de nosotros, French Landing tiene aspecto de haber sido evacuada en plena noche. A lo largo de la calle Chase nadie camina por las aceras o se inclina para introducir una llave en la cerradura de alguna de las tiendas. Los espacios ante las tiendas están vacíos de los coches y camionetas que empezarán a aparecer, primero de uno en uno o de dos en dos, y luego, un par de horas más tarde, en un pequeño y bien educado torrente. No brilla luz alguna tras las ventanas de los edificios comerciales o de las casas sin pretensiones que se alinean en las calles circundantes. Una manzana al norte de Chase, en la calle Summer, se alzan cuatro edificios iguales de ladrillo rojo y de dos plantas cada uno, que de oeste a este son: la biblioteca pública de French Landing; la consulta del doctor Patrick J. Skarda, médico general de cabecera, y Bell & Holland, un bufete de abogados de dos socios llevado ahora por Garland Bell y Julius Holland, hijos de sus fundadores; la casa de pompas fúnebres Heartfield e Hijo, propiedad en la actualidad del vasto imperio funerario centrado en Saint Louis; y la oficina de correos de French Landing.
Separado de estos últimos por un ancho camino de entrada a un aparcamiento de buenas proporciones al fondo, el edificio al final de la manzana, donde se cruzan las calles Summer y Tercera, también es de ladrillo rojo y de dos plantas, pero mayor que sus vecinos inmediatos. En las ventanas traseras de la primera planta hay rejas de hierro sin pintar, y dos de los cuatro vehículos en el aparcamiento son coches patrulla con luces de emergencia en el techo y las letras DPFL en los costados. La presencia de coches de policía y ventanas con barrotes parece incongruente en este refugio rural; ¿qué clase de crimen puede tener lugar aquí? Nada serio, desde luego; seguramente nada peor que un robo en una tienda, un conductor borracho o una ocasional pelea de bar.
Como para dar testimonio de la paz y la regularidad de la vida de una pequeña ciudad, una furgoneta roja con las palabras LA RIVIERE HERALD en los costados transita lentamente por la calle Tercera, deteniéndose en casi todos los buzones exteriores para que el conductor introduzca ejemplares del periódico del día, envueltos en bolsas de plástico azul, en los cilindros de metal gris que lucen las mismas palabras. Cuando la furgoneta gira para coger Summer, donde los edificios tienen ranuras en lugar de buzones, el repartidor simplemente arroja los diarios envueltos ante las puertas de entrada. Paquetes azules golpean contra las puertas de la comisaría de policía, la funeraria y los edificios de despachos. La oficina de correos se queda sin periódico.
No obstante, vaya por dónde, sí se ve brillar luz tras las ventanas frontales de la planta baja de la comisaría. La puerta se abre. Un hombre joven, alto y de cabello oscuro, con camisa de uniforme azul claro de manga corta, cinturón Sam Browne y pantalones azul marino sale del edificio. El ancho cinturón y la placa dorada en el pecho de Bobby Dulac resplandecen bajo el sol del amanecer, y todo lo que lleva, incluida la pistola nueve milímetros sujeta en la cadera, parece tan acabado de hacer como el propio Bobby Dulac. Observa la furgoneta roja girar a la izquierda por la calle Segunda y frunce el entrecejo ante el periódico enrollado. Le propina suaves golpecitos con la puntera de un zapato negro muy bruñido, inclinándose lo justo para sugerir que trata de leer los titulares a través del plástico. Está claro que semejante técnica no acaba de funcionar. Todavía ceñudo, Bobby se inclina del todo y recoge el periódico con inesperada delicadeza, del modo en que una gata coge a un gatito para cambiarlo de sitio. Sosteniéndolo a cierta distancia de su cuerpo, echa un vistazo en ambos sentidos de la calle Summer, da media vuelta con elegancia y vuelve a entrar en la comisaría. Nosotros, que llevados de la curiosidad hemos ido descendiendo poco a poco hacia el interesante espectáculo que ofrece el agente Dulac, entramos detrás de él.
Un pasillo gris conduce a una puerta sin distintivo alguno y un tablón de anuncios con bien poco en él y finalmente a dos tramos de escaleras metálicas, uno que desciende hasta un pequeño vestuario, y otro que asciende hasta una sala de interrogatorios y dos hileras enfrentadas de celdas, ninguna de las cuales está ocupada. En algún lugar cercano se oye una tertulia en la radio, a un volumen que se nos antoja excesivo para una mañana tranquila.
Bobby Dulac abre la puerta sin letreros y entra, con nosotros pisándole los relucientes talones, en la sala de la que acababa de salir. Una hilera de archivadores se apoya contra la pared a nuestra derecha, y junto a ellos hay una destartalada mesa de madera y una radio, la fuente del ruido discordante. Desde el cercano estudio de la KDCU AM, la Voz Parlante de Coulee Country, el virulento aunque ameno George Rathbun, ha empezado a emitir El bombardeo del tejón, su popular programa matutino. Al bueno del viejo George se le oye demasiado alto para la ocasión, no importa cuánto baje uno el volumen; el chico es simple y llanamente ruidoso, y eso forma parte de su atractivo.
En el centro de la pared, justo enfrente de nosotros, se halla una puerta cerrada con un rectángulo de cristal muy grueso en que han pintado DALE GILBERTSON, JEFE DE POLICÍA. Dale no aparecerá hasta dentro de media hora más o menos.
Dos escritorios metálicos están ubicados en ángulo recto en el rincón a nuestra izquierda, y desde el que mira hacia nosotros Tom Lund, un agente de cabello claro y edad parecida a la de su compañero pero sin su aspecto de haber salido todo reluciente de la casa de la moneda cinco minutos antes, observa la bolsa que Bobby Dulac sujeta con dos dedos de la mano derecha.
—Muy bien —comenta Lund—. Conque aquí llega la última entrega.
—¿Acaso creías que los Cinco del Trueno iban a hacernos otra visita social? Toma. No quiero leer este maldito periódico.
Sin dignarse a mirar el diario, Bobby lanza el ejemplar del día de La Riviere Herald en un aplanado y veloz arco a través de tres metros de suelo de parqué con atlético ademán de muñeca, se vuelve hacia la derecha, da una zancada y se coloca ante la mesa de madera un instante antes de que Tom Lund intercepte su lanzamiento. Bobby observa ceñudo los dos nombres y diversos detalles garabateados en la pizarra alargada que pende en la pared, detrás de la mesa. No parece muy contento; tiene todo el aspecto de ir a estallar de furia.
Gordo y feliz en su estudio de la KDCU, George Rathbun exclama:
«Tú, el del otro lado de la línea, dame un respiro, ¿quieres?, y haz que te receten otra cosa. A ver, ¿estamos hablando del mismo partido? Oye…».
—A lo mejor Wendell ha entrado en razón y ha decidido dejarlo de una vez —comenta Tom Lund.
—Conque Wendell —dice Bobby. Como Lund solo le ve la nuca de pelo lacio y oscuro, el leve gesto despectivo que hace con el labio supone un desperdicio, pero lo hace de todas formas.
«Tú, el del teléfono, déjame hacerte una pregunta, y quiero que seas totalmente sincero y me digas la verdad: ¿viste en realidad el partido de anoche?»
—No sabía que Wendell fuese tan buen amigo tuyo —ironiza Bobby—. No sabía que hubieses llegado tan al sur como hasta La Riviere. La verdad es que pensaba que tu idea de salir por la noche era una buena jarra de cerveza y conseguir cien puntos en la petanca de Arden, y ahora me entero de que andas por ahí con periodistas en ciudades universitarias. Probablemente también habrás tenido algún lío sucio con esa Rata de Wisconsin, el tipo de la emisora KWLA. ¿Consigues detener a muchos punks de esa manera?
—¿He dicho yo que Wendell Green fuera amigo mío? —pregunta Tom Lund. Por encima del hombro izquierdo de Bobby ve el primero de los nombres en la pizarra. Su mirada se centra en él sin que pueda evitarlo—. Es solo que le conocí después del caso Kinderling, y el tipo no me pareció tan mal. En realidad me gustó en cierto sentido. De hecho, acabé sintiendo lástima por él. Quería hacerle una entrevista a Hollywood, y Hollywood le rechazó de plano.
Bueno, pues claro que había visto las entradas suplementarias, prosigue el desafortunado interlocutor; por eso sabe que Pokey Reese llegó a una base sin que lo eliminaran.
—Y en cuanto a la Rata de Wisconsin, si le viera no le reconocería, y opino que eso que pone y que llama música es la mayor porquería que he oído en mi vida. Para empezar, ¿cómo ha conseguido un programa de radio un pelota canijo y demacrado como él? ¿Y en la emisora universitaria? ¿Dónde deja eso a nuestra maravillosa universidad, Bobby? ¿Dónde deja eso a toda nuestra sociedad? Oh, me había olvidado, a ti te gusta esa mierda.
—No, lo que me gusta es la 311 y Korn, y tú estás tan fuera de onda que eres incapaz de ver la diferencia entre Jonathan Davis y Dee Dee Ramone, pero olvídalo, ¿de acuerdo? —Lentamente, Bobby Dulac se vuelve y le sonríe a su compañero—. Deja ya de tratar de ganar tiempo. —Su sonrisa no era lo que se dice muy agradable.
—¿Que yo trato de ganar tiempo? —Tom Lund abre desmesuradamente los ojos en una parodia de inocencia herida—. Vaya, ¿he sido yo quien ha arrojado el periódico a la otra punta de la habitación? No, me parece que no.
—Si nunca le has puesto la vista encima a la Rata de Wisconsin, ¿cómo sabes qué aspecto tiene?
—De la misma forma que sé que lleva el pelo teñido de un color gracioso y un piercing en la nariz. De la misma forma que sé que todos los días, llueva o brille el sol, lleva una chaqueta de cuero negro hecha polvo. —Bobby hizo una pausa—. Por cómo suena. Las voces de la gente están llenas de información. Un tipo dice «Por lo visto hoy va a hacer buen día» y te está contando la historia entera de su vida. ¿Quieres saber algo más del Rata? No va al dentista desde hace seis, siete años. Tiene los dientes hechos mierda.
Desde la fea estructura de cemento de la KDCU junto a la cervecería de Peninsula Drive, a través del transistor que Dale Gilbertson donara a la comisaría mucho antes de que Tom Lund o Bobby Dulac se pusieran por primera vez sus uniformes, nos llega el bramido de genial indignación que el bueno y siempre tan cumplidor de George Rathbun tiene patentado, una protesta airada, apasionada y global que provoca que en un centenar de kilómetros a la redonda los granjeros les sonrían a sus esposas a través de la mesa del desayuno y que los camioneros de paso rían en voz alta:
«Te aseguro, oyente, y esto va para todos y cada uno de los que me estáis escuchando, que os quiero muchísimo, esa es la verdad; os quiero igual que mi mamá quería a su huertecito de nabos, pero hay veces en que sencillamente ¡ME VOLVÉIS LOCO! Oh, Dios. ¡Final de la undécima manga, dos hombres fuera! ¡Van seis a siete a favor de los Brewers! Hombres en la segunda y la tercera. El bateador lanza hacia la línea de medio campo, Reese despega de la tercera base, buen lanzamiento hacia la almohadilla, le da de lleno fuera de la base. Le da de lleno. ¡HASTA UN CIEGO PODRÍA HABERLO ANUNCIADO!».
—Eh, a mí me pareció un buen tiro, y solo lo oí por la radio —comenta Tom Lund.
Ambos hombres están tratando de ganar tiempo, y lo saben.
«De hecho —exclama la que sin esfuerzo alguno es la más popular Voz Parlante de Coulee Country—, dejadme aventurar algo, chicos y chicas, dejadme hacer la siguiente recomendación, ¿de acuerdo? ¡Reemplacemos a cada árbitro de Miller Park, eh, esperad, a cada árbitro de la liga nacional por UN HOMBRE CIEGO! ¿Sabéis qué, amigos míos? Os garantizo una mejora del sesenta al setenta por ciento en la exactitud de sus anuncios. ¡DADLE EL TRABAJO A AQUELLOS QUE PUEDEN LLEVARLO A CABO: LOS CIEGOS!»
Una expresión de regocijo aparece en el desabrido rostro de Tom Lund. Desde luego, ese George Rathbun es para morirse de risa.
—Venga ya —dice Bobby.
Sonriendo, Lund extrae el periódico doblado de su envoltorio y lo abre sobre el escritorio. Su rostro se endurece; la sonrisa se vuelve pétrea.
—Oh, no. Oh, demonios.
—¿Qué?
Lund emite un gruñido y sacude la cabeza.
—Jesús. Ni siquiera quiero saberlo. —Bobby hunde las manos en los bolsillos, se estira hasta quedar totalmente erguido, libera la mano derecha de un tirón y se tapa con ella los ojos.
—Soy un ciego, ¿de acuerdo? Hazme árbitro…, ya no quiero seguir siendo poli.
Lund no dice nada.
—¿Es un titular? ¿Uno de esos en grandes letras? ¿Es muy malo? —Bobby se quita la mano de los ojos y la deja en suspenso en el aire.
—Bueno —responde Lund—, por lo visto Wendell no ha entrado en razón después de todo, y desde luego que no ha decidido dejarlo. No puedo creer que haya dicho que me gustaba ese pedazo de mierda.
—Despierta —dice Bobby—. ¿Nadie te ha dicho nunca que los agentes encargados del cumplimiento de la ley y los periodistas están en lados opuestos de la valla?
El torso ancho de Tom Lund se inclina sobre el escritorio. Una profunda hendidura vertical le divide la frente y sus impasibles mejillas están al rojo vivo. Blande un dedo ante Bobby Dulac.
—Eso es algo que de verdad me fastidia de ti, Bobby. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Cinco meses, seis? Dale me contrató hace cuatro años, y cuando él y Hollywood le pusieron las esposas a Thornberg Kinderling, que fue el caso más gordo de este condado en unos treinta años, no es que el mérito fuese mío, pero al menos puse mi granito de arena. Ayudé a atar algunos de los cabos.
—Uno de los cabos —lo corrige Bobby.
—Le recordé a Dale lo de aquella camarera del Taproom, y Dale se lo dijo a Hollywood, y Hollywood habló con la chica, y eso fue una pista pero que muy importante. Contribuyó a cogerle. Así que no me hables de esa forma.
Bobby Dulac adopta una expresión de arrepentimiento absolutamente hipotético.
—Perdona, Tom. Supongo que me siento algo así como nervioso y hecho mierda a la vez. —Lo que está pensando es: Así que me llevas un par de años y en cierta ocasión le pasaste a Dale una información de porquería, ¿y qué? Soy mejor poli de lo que tú lo serás jamás. Además, ¿acaso fue muy heroica tu actuación de anoche?
A las 11.15 de la noche anterior, Armand Beezer Saint Pierre y sus colegas viajeros de los Cinco del Trueno habían salido con estruendo de las Casas de los Clavos para irrumpir en la comisaría y exigirles a sus tres ocupantes, cada uno de los cuales había hecho un turno de trabajo de dieciocho horas, detalles exactos de los progresos que estaban haciendo en el asunto que les preocupaba a todos. ¿Qué coño estaba pasando allí? ¿Qué pasaba con la tercera, eh, qué pasaba con Irma Freneau? ¿La habían encontrado ya? ¿Tenían algo esos payasos o aún seguían dando palos de ciego? ¿Necesitáis ayuda?, rugió Beezer, entonces nombradnos suplentes, y os daremos toda la maldita ayuda que necesitéis y más aún. Un gigante llamado Mouse se había dirigido con una sonrisita de suficiencia hacia Bobby Dulac, para quedar tripa enorme contra tripa fibrosa, hasta que Bobby se vio acorralado contra un archivador, momento en el cual el gigante había misteriosamente preguntado, en una nube de cerveza y marihuana, si Bobby había leído alguna vez las obras de un caballero llamado Jacques Derrida. Cuando Bobby le contestó que nunca había oído hablar de semejante caballero, Mouse dijo: «No jodas, Sherlock», y se hizo a un lado para contemplar ceñudo los nombres de la pizarra. Media hora más tarde, Beezer, Mouse y sus colegas habían sido despachados insatisfechos, sin que les nombraran suplentes, pero apaciguados, y Dale Gilbertson dijo que tenía que irse a casa a dormir un poco, pero que Tom debía quedarse, solo por si acaso. Los dos encargados habituales del turno de noche habían encontrado excusas para no presentarse. Bobby dijo que él también se quedaría, que no había problema, jefe; he ahí el porqué de que encontremos a los dos hombres en la comisaría a hora tan temprana.
—Dámelo —exige Bobby Dulac.
Lund coge el periódico, lo vuelve y lo sostiene en alto para que Bobby lo lea: EL PESCADOR AÚN ANDA SUELTO EN LA ZONA DE FRENCH LANDING, reza el titular sobre un artículo que ocupa tres columnas en la parte superior izquierda de la primera plana. Las columnas de texto se han impreso contra un fondo azul pálido y una línea negra las separa del resto de la página. Bajo el titular, en letra más pequeña, se lee La identidad del asesino psicópata desconcierta a la policía. Bajo el subtítulo, una línea en tipo aún más pequeño atribuye el artículo a Wendell Green, con el respaldo del equipo editorial.
—El Pescador —dice Bobby—. Tu amigo la está cagando ya desde el principio. El Pescador por aquí, el Pescador por allá. Si yo me transformara de pronto en un mono de veinte metros de alto y empezara a pisotear edificios, ¿me llamarías King Kong? —Lund baja el periódico y sonríe—. Vale —concede Bobby—, es un mal ejemplo. Digamos que atraco un par de bancos. ¿Me llamarías entonces John Dillinger?
—Bueno —responde Lund, y su sonrisa se hace aún más amplia—, dicen que la polla de Dillinger era tan descomunal que la conservan en un frasco en el Smithsonian, así que…
—Léeme la primera frase —interrumpe Bobby.
Tom Lund baja la mirada y lee: «Como la policía de French Landing no ha conseguido descubrir ninguna pista sobre la identidad del doble asesino y criminal sexual al que este reportero ha apodado “el Pescador”, los nefastos espectros del miedo, la desesperanza y la sospecha proliferan cada vez más en las calles de la pequeña ciudad, y desde allí se extienden a las granjas y aldeas de todo el condado de French, ensombreciendo a su paso cada porción de Coulee Country».
—Justo lo que nos faltaba —comenta Bobby, y exclama: ¡Santo Dios! En un instante cruza la habitación para inclinarse sobre el hombro de Tom Lund y leer la primera plana del Herald con la mano apoyada en la culata de la Glock, como dispuesto a meterle un balazo al artículo en ese preciso momento.
«Nuestras tradiciones de confianza y buenas relaciones de vecindario, nuestro hábito de brindar calidez y generosidad a todos [escribe Wendell Green editorializando como un loco] se están erosionando a diario bajo la corrosiva arremetida de tan pavorosas emociones. El temor, la desesperanza y la sospecha son venenos para el alma de las comunidades, grandes o pequeñas, pues vuelven a vecino contra vecino y convierten en parodia toda urbanidad.
»Un niño y una niña han sido horriblemente asesinados y sus restos parcialmente devorados. Ahora ha desaparecido la tercera víctima, una niña. Amy Saint Pierre, de ocho años, y Johnny Irkenham, de siete, fueron víctimas de las pasiones de un monstruo con forma humana. Ninguno de los dos conocerá la felicidad de la adolescencia o las satisfacciones de la madurez. Sus afligidos padres nunca conocerán a los nietos que les habrían dado. Los padres de los compañeros de Amy y Johnny refugian a sus hijos en la seguridad de sus propios hogares, como también lo hacen los progenitores cuyos niños nunca conocieron a los fallecidos. Como resultado, los grupos de actividades estivales y otros programas para niños pequeños se han cancelado en virtualmente todos los distritos y municipios del condado de French.
»Con la desaparición de Irma Freneau, de diez años, siete días después de la muerte de Amy Saint Pierre y solo tres después de la de Johnny Irkenham, la gente está llegando al límite de su paciencia. Como este corresponsal ha informado ya, Merlin Graasheimer, de cincuenta y dos años, un trabajador agrícola en paro y sin domicilio fijo, fue abordado y golpeado por un grupo sin identificar de hombres en un callejón de Fountain a última hora de la tarde del martes. Un episodio similar tuvo lugar a primera hora de la mañana del jueves, cuando Elvar Praetorious, un turista sueco de treinta y seis años que viajaba solo, fue asaltado por tres hombres, de nuevo sin identificar, mientras dormía en el parque Leif Eriksson de La Riviere. Graasheimer y Praetorious no sufrieron daños de gravedad, pero es casi seguro que incidentes futuros de vigilancia parapolicial acabarán siendo más serios.»
Tom Lund le echa un vistazo al siguiente párrafo, que describe la repentina desaparición de la niña Freneau de una acera de la calle Chase, y se aparta de su escritorio.
Bobby Dulac lee en silencio durante unos minutos para a continuación decir:
—Tienes que oír esta mierda, Tom. Así es como concluye: «¿Cuándo atacará de nuevo el Pescador? Porque volverá a hacerlo, amigos míos, no lo duden. ¿Y cuándo cumplirá con su deber el jefe de policía de French Landing, Dale Gilbertson, y librará a los ciudadanos de este condado de la obscena y salvaje ferocidad del Pescador y de la comprensible violencia producida por su propia inactividad?». —Se dirige con paso airado al centro de la habitación. Se le han subido los colores. Inhala para luego exhalar una magnífica cantidad de oxígeno—. ¿Y qué tal que la próxima vez que el Pescador ataque —pregunta— vaya derecho a ese culo fofo que tiene Wendell Green?
—Estoy contigo —se mostró de acuerdo Tom Lund—. ¿Puedes creer semejante majadería? ¿Qué es eso de «comprensible violencia»? ¡Le está diciendo a la gente que la emprenda con cualquiera que parezca sospechoso!
Bobby blande un dedo índice ante Lund.
—Yo mismo en persona voy a coger a ese tío. Es una promesa. Voy a atraparle, vivo o muerto. —Por si Lund no lo ha entendido bien, repite—: Yo, en persona.
Optando sabiamente por no decir las primeras palabras que le vienen a la cabeza, Tom Lund asiente. El dedo todavía le señala.
—Si necesitas ayuda, quizá deberías hablar con Hollywood. Dale no tuvo suerte, pero a lo mejor a ti te va mejor.
Bobby hace un ademán de desprecio.
—No hace falta. Dale y yo… y tú, por supuesto, lo tenemos todo cubierto. Pero voy a ser yo quien atrape a ese tío. Te lo garantizo. —Hace una breve pausa—. Además, Hollywood se retiró cuando vino aquí, ¿o lo has olvidado?
—Hollywood es demasiado joven para retirarse —repone Lund—. Incluso contando los años en términos de poli, es prácticamente una criatura. Así que tú debes de ser algo parecido a un feto.
Y con el sonido de sus risas compartidas salimos flotando de la habitación para elevarnos de nuevo hasta el cielo y movernos una manzana hacia el norte, hacia la calle Queen.
Desplazándonos unas manzanas hacia el este encontramos, debajo de nosotros, una estructura baja y laberíntica que se ramifica a partir de un cubo central y que ocupa, con sus extensiones de césped en pendiente salpicadas aquí y allá de robles y arces, una manzana entera delimitada por tupidos setos que precisan un buen recorte. Se trata, obviamente, de una institución de alguna clase, la estructura parece al principio una escuela primaria en activo en la que las varias alas representen clases sin tabiques y el cubo central el comedor y las oficinas administrativas. A medida que descendemos oímos el vozarrón genial de George Rathbun llegarnos desde varias ventanas. La gran puerta de entrada de cristal se abre y una mujer esbelta con gafas de montura gatuna sale a la brillante mañana sosteniendo un cartel en una mano y un rollo de cinta adhesiva en la otra. Se vuelve de inmediato y, con ademanes rápidos y precisos, sujeta el cartel a la puerta. La luz del sol se refleja en una piedra preciosa del tamaño de una avellana en el dedo anular de su mano derecha.
Mientras se concede unos instantes para admirar su obra, podemos mirar por encima de su bien planchado hombro para ver que el cartel anuncia, en una alegre explosión de globos pintados a mano, que ¡HOY ES LA FIESTA DE LA FRESA! Cuando la mujer vuelve al interior advertimos la presencia, en la zona de la entrada visible justo bajo el vertiginoso cartel, de dos o tres sillas de ruedas plegadas. Más allá de las sillas, la mujer, que lleva el cabello castaño recogido en una espiral arquitectónica, atraviesa a grandes zancadas sobre unos tacones altos un vestíbulo agradable con sillas de madera clara y mesas a juego sobre las que se han desparramado ingeniosamente varias revistas, pasa a buen ritmo ante un amedrentado puesto de guardia o mostrador de recepción delante de una bonita pared de piedra y desaparece, con un leve brinco, por una puerta en que se lee WILLIAM MAXTON, DIRECTOR.
¿Ante qué clase de escuelas nos hallamos? ¿Por qué está abierta? ¿Por qué celebra festivales en pleno julio?
Podríamos considerarla un centro de posgrado, pues quienes residen aquí se han graduado en todas las etapas de sus existencias menos en la última, que viven día tras día bajo la negligente administración del señor William Chipper Maxton, director. Se trata del Centro Maxton de Asistencia a la Tercera Edad, que antaño, en una época más inocente y anterior a las reformas cosméticas llevadas a cabo a mediados de la década de los ochenta, se conociera como el Hogar de Ancianos Maxton, del que fuera propietario y director su fundador, Herbert Maxton, el padre de Chipper. Herbert era un hombre decente, aunque sin mucha personalidad, del que puede decirse, sin temor a equivocarse, que se sentiría horrorizado ante algunas de las cosas que se le ocurren a su único vástago. Chipper nunca quiso hacerse cargo del «cuarto de jugar de la familia», como él lo llama, con su cargamento de «loros», «zombis», «meones» y «babosos», y después de sacarse el título de contable en la Universidad de La Riviere (con bien merecidas menciones por promiscuidad, afición al juego y consumo desmesurado de cerveza), nuestro muchacho aceptó un puesto en la oficina de Hacienda de Madison, Wisconsin, en gran medida con el propósito de aprender cómo robarle al gobierno sin ser detectado. Cinco años en Hacienda le enseñaron muchas cosas, pero cuando su subsiguiente carrera como trabajador autónomo no estuvo a la altura de sus aspiraciones, cedió a las súplicas cada vez más débiles de su padre e hizo frente común con los muertos vivientes y los babosos. Con un entusiasmo algo macabro, Chipper reconoció que, pese a su lamentable escasez de glamour, el negocio de su padre al menos le proporcionaría la oportunidad de robarles tanto a los clientes como al gobierno.
Entremos a través de las grandes puertas de cristal, crucemos el bonito vestíbulo (captando al hacerlo los aromas mezclados de ambientador y amoníaco que invaden hasta las zonas públicas de todas esas instituciones), traspongamos la puerta que lleva el nombre de Chipper y averigüemos qué hace aquí tan temprano esa joven bien vestida.
Al otro lado de la puerta de Chipper hay un cubículo sin ventanas equipado con un escritorio, un perchero y una pequeña estantería atiborrada de listados de ordenador y folletos publicitarios. Junto al escritorio hay una puerta abierta. A través de ella vemos un despacho mucho mayor, con paneles de la misma madera barnizada que la de la puerta del director, y que contiene sillas de piel, una mesa de café con sobre de cristal y un sofá de color beis crudo. En el extremo más alejado vemos un gran escritorio, tan bruñido que casi parece resplandecer, sobre el que se amontonan papeles en desorden.
Nuestra joven, cuyo nombre es Rebecca Vilas, está sentada en el borde de ese escritorio, con las piernas cruzadas de una manera particularmente arquitectónica. Una rodilla se dobla sobre la otra y las pantorrillas forman dos líneas casi paralelas y bellamente torneadas que descienden hasta las puntas triangulares de los zapatos negros de tacón alto, uno de los cuales señala a las cuatro en tanto que el otro lo hace a las seis. Nos da la sensación de que Rebecca Vilas se ha colocado para que la vean, ha adoptado una postura cuya intención es ser apreciada, aunque desde luego no por nosotros. Tras las gafas gatunas, sus ojos parecen escépticos y divertidos, pero no vemos qué ha producido semejantes emociones. Asumimos que es la secretaria de Chipper, y esa suposición expresa tan solo una verdad a medias: como la soltura y la ironía de su actitud dan a entender, las obligaciones de la señorita Vilas van mucho más allá de las puramente secretariales. (Podríamos especular sobre la fuente de ese bonito anillo que lleva; piensa mal y acertarás, en este caso con el precio.)
Entramos flotando a través de la puerta abierta, seguimos la dirección de la mirada cada vez más impaciente de Rebecca y nos encontramos contemplando el trasero revestido de caqui de su jefe, que está arrodillado con la cabeza y los hombros embutidos en una caja fuerte de buen tamaño, en la que vislumbramos fajos de documentos y una serie de sobres manila aparentemente llenos de dinero en efectivo. Unos cuantos billetes se salen de los sobres cuando Chipper los saca de la caja.
—¿Has hecho ya el cartel ese? —pregunta sin volverse.
—Ajá, mon capitaine —responde Rebecca Vilas—. Y vaya día tan estupendo vamos a tener para la gran ocasión; el día perfecto. —Su acento irlandés es sorprendentemente bueno, aunque algo genérico. El lugar más exótico en el que ha estado es Atlantic City, adonde Chipper la llevó durante cinco días de ensueño dos años antes, utilizando los puntos acumulados en sus trayectos en avión. Rebecca aprendió el acento de viejas películas.
—Odio la Fiesta de la Fresa —comenta Chipper mientras extrae el último sobre de la caja—. Las esposas y los hijos de los zombis pululan por aquí toda la tarde, excitándoles tanto que tenemos que sedarlos hasta dejarlos comatosos para tener un poco de paz. Y, si he de decirte la verdad, odio los globos. —Deja caer el dinero en la alfombra y empieza a formar fajos de diversas cantidades.
—Ya me estaba preguntando por qué se me requería comparecer aquí al amanecer de tan sonado día —dice Rebecca.
—¿Sabes qué otra cosa detesto? Todo eso de la música. Lo de que los zombis se pongan a cantar, y a ese estúpido pinchadiscos. Stan el Sinfónico con sus discos de orquestas de jazz… Guau, pero qué emocionante.
—Asumo —dice Rebecca dejando ya el número del acento irlandés— que quieres que haga algo con ese dinero antes de que empiece la acción.
—Ya es hora de hacer otro viajecito a Miller. —Una cuenta bajo un nombre falso en el banco State Provident de Miller, a sesenta kilómetros de distancia, recibe depósitos regulares de efectivo birlado de los fondos de los pacientes destinados a cubrir bienes y servicios extraordinarios. Chipper se vuelve sobre las rodillas con las manos llenas de dinero y alza la mirada hacia Rebeca. Se pone en cuclillas y deja caer las manos en el regazo.
—Vaya piernas tan estupendas que tienes —comenta—. Con unas piernas como esas deberías ser famosa.
—Pensaba que no te habías dado cuenta —dice Rebecca.
A sus cuarenta y dos años Chipper Maxton tiene los dientes sanos y todo el pelo, una cara ancha y sincera de ojos pardos que siempre parecen un poco húmedos. También tiene dos hijos, Trey, de nueve años, y Ashley, de siete, al que acaban de diagnosticarle ADHD, un trastorno de la atención que Chipper calcula que va a costarle unos dos mil dólares al año solo en pastillas. Y por supuesto tiene una esposa, Marion, de treinta y nueve años, metro setenta y cinco y cerca de los noventa kilos. Además de semejantes bendiciones, desde anoche Chipper le debe a su corredor de apuestas trece mil dólares, como resultado de una inversión poco inteligente en el partido de los Brewers sobre el que aún vocifera George Rathbun. Sí que se ha fijado, oh, y tanto que Chipper se ha fijado en los dos espléndidos pilares que la señorita Vilas tiene por piernas.
—Antes de que vayas para allá —sugiere—, pensaba que quizá podríamos revolcarnos un poco en el sofá.
—Ah —comenta Rebecca—, ¿a qué te refieres exactamente con lo de revolcarnos?
—Pues a una buena mamada —responde Chipper con una sonrisa de sátiro.
—Vaya diablillo romántico estás hecho —dice Rebecca, un comentario cuyo tono le pasa inadvertido a su jefe, quien en realidad está siendo romántico.
Rebecca se desliza con elegancia de su pedestal y Chipper se incorpora sin elegancia alguna para cerrar la puerta de la caja con un pie. Con ojos húmedos y brillantes, da un par de ufanas zancadas de matón por sobre la moqueta, rodea con un brazo la esbelta cintura de Rebecca Vilas y con la otra mano deja los gruesos sobres manila en el escritorio. Ya se tironea del cinturón antes incluso de empujar a Rebecca hacia el sofá.
—Bueno, ¿vas a mostrármela o qué? —pregunta la astuta Rebecca, que sabe exactamente cómo derretir el cerebro de su amante…
… y antes de que Chipper la complazca, hacemos lo más sensato y salimos flotando al vestíbulo, que continúa vacío. Un pasillo a la izquierda del mostrador de recepción nos lleva a dos grandes puertas de madera clara con sendos recuadros de vidrio en los que se lee MARGARITA y CAMPANILLA, los nombres de las alas a las que dan acceso. En el extremo de la grisácea extensión de Campanilla, un hombre con un suelto mono de trabajo deja caer la ceniza del cigarrillo en las baldosas por las que restriega, con exquisita lentitud, una sucia fregona. Entramos en Margarita.
Las partes funcionales del Centro Maxton son mucho menos atractivas que las zonas públicas. Puertas numeradas se alinean a ambos lados del pasillo. Tarjetas escritas a mano en fundas de plástico bajo los números revelan los nombres de los residentes. Cuatro puertas más allá un escritorio en que un asistente fornido dormita sentado se halla frente a las entradas a los servicios de hombres y mujeres; en Maxton, solo las habitaciones más caras, las que se encuentran al otro lado del vestíbulo, en Asfódelo, cuentan con algo más que un lavabo. Sucias volutas dejadas por la fregona se van endureciendo y secando por todo el suelo de baldosas, que se extiende ante nuestra vista de forma inverosímil. Ahí, además, las paredes y el aire parecen del mismo tono de gris. Si miramos con detenimiento los bordes del pasillo, el punto de unión entre paredes y techo, vemos telarañas, viejas manchas, mugre acumulada. Desinfectante, amoníaco, orina y cosas peores perfuman el ambiente. Como a una anciana dama en el ala de Campanilla le gusta expresarlo, cuando una vive con un puñado de gente vieja e incontinente nunca se aleja mucho del olor a caca.
Las habitaciones en sí varían de acuerdo con las condiciones y la capacidad de sus habitantes. Puesto que prácticamente todo el mundo está durmiendo, podemos echar un vistazo al interior de unas cuantas. Aquí, en la D10, una habitación individual dos puertas más allá del soñoliento asistente, descansa la vieja Alice Weathers (roncando suavemente, soñando que baila en perfecta sintonía con Fred Astaire sobre un suelo de mármol blanco) rodeada hasta tal punto por su vida anterior que ha de salvar sillas y mesillas para abrirse paso de la puerta hasta la cama. Alice aún se halla en mayor posesión de facultades mentales que de muebles, y ella misma limpia su habitación, de forma inmaculada. En la puerta de al lado, la D12, dos viejos granjeros llamados Thorvaldson y Jesperson, que llevan años sin hablarse, duermen, separados por una fina cortina, en un brillante desorden de fotografías y dibujos de sus nietos.
Más allá del pasillo, la D18 ofrece un espectáculo por completo distinto de la limpia y abarrotada mezcolanza de la D10, como si a su morador, Charles Burnside, pudiera considerársele el polo opuesto de Alice Weathers. En la D18 no hay mesillas, aparadores, sillas excesivamente abultadas, espejos dorados, lámparas, alfombras tejidas o cortinas de terciopelo; esta insulsa estancia solo contiene una cama metálica, una silla de plástico y una cómoda de cajones. No hay fotografías de hijos o nietos sobre la cómoda, o dibujos a lápiz de casas cuadradas y figuras de palo que decoren las paredes. El señor Burnside no tiene interés alguno en las tareas domésticas y una gruesa capa de polvo cubre el suelo, el alféizar de la ventana y la superficie desnuda de la cómoda. La D18 está desprovista de historia, vacía de personalidad; parece tan brutal, fría e impersonal como la celda de una prisión. Un intenso aroma a excrementos contamina el aire.
Pese a todo el entretenimiento ofrecido por Chipper Maxton y todo el encanto de Alice Weathers, es sobre todo a Charles Burny Burnside a quien hemos venido a ver.
La historia de Chipper ya la conocemos. Alice llegó a Maxton procedente de su caserón en la calle Gale, en la parte antigua del barrio, donde sobrevivió a dos maridos, crió a cinco hijos y dio clases de piano a cuatro generaciones de niños de French Landing, y aunque ninguno se convirtió en pianista profesional, todos la recordaban con cariño y pensaban en ella con afecto. Alice llegó a este lugar como lo hace la mayoría de gente, en un coche conducido por uno de sus hijos y con una mezcla de renuencia y rendición. Se había vuelto demasiado vieja para vivir sola en el caserón de la parte antigua de la calle Gale; tenía dos hijos varones casados lo bastante afectuosos, pero no podía tolerar ser una carga para ellos. Alice Weathers había pasado la vida entera en French Landing, y no sentía deseos de vivir en otra parte; en cierto sentido, siempre había sabido que acabaría sus días en Maxton, que pese a no ser lujosa resultaba hasta cierto punto agradable. El día que su hijo Martin la había llevado a inspeccionar el lugar, se había percatado de que conocía al menos a la mitad de los residentes.
Al contrario que Alice, Charles Burnside, el anciano alto y flaco que yace tapado por una sábana delante de nosotros en su cama metálica, no se halla en plena posesión de sus facultades mentales, ni está soñando con Fred Astaire. La extensión surcada de venas de su calva y estrecha cabeza se curva hasta unas cejas como marañas de alambre gris, bajo las cuales, a ambos lados del carnoso gancho de la nariz, dos ojos rasgados brillan ante la ventana que da al norte y la extensión de bosques más allá del Centro Maxton. A diferencia de todos los demás residentes del ala Margarita, Burny no está dormido. Tiene los ojos resplandecientes y los labios torcidos en una extraña sonrisa, pero esos detalles no significan nada, pues la mente de Charles Burnside posiblemente esté tan vacía como su habitación. Burny padece de Alzheimer desde hace muchos años, y lo que parece una forma agresiva de placer puede no ser más que satisfacción física de una clase muy básica. Por si no habíamos adivinado que él mismo es el origen del hedor de su habitación, las manchas que empiezan a extenderse en la sábana que le cubre lo dejan bien claro. Acaba de evacuar, en grandes cantidades, en su cama, y lo menos que podemos decir acerca de su respuesta a tal situación es que no le importa un bledo; no, señores, la vergüenza no forma parte de esta imagen.
Pero si Burny, al contrario que Alice, no acaba de saber dónde tiene la chaveta, tampoco es el típico enfermo de Alzheimer. Puede pasarse un par de días murmurando ante sus copos de avena como el resto de los «zombis» de Chipper, para luego, como por ensalmo, unirse de nuevo a los vivos. Cuando no está entre los muertos vivientes, suele apañárselas para bajar hasta el lavabo de la sala cuando es necesario, y se pasa horas ya sea husmeando solo por ahí o patrullando por los jardines, mostrándose desagradable —de hecho, ofensivo— con todos sin excepción. Recuperado de su condición de zombi, es ladino, reservado, grosero, cáustico, cabezota, malhablado, mezquino y rencoroso, en otras palabras —en el mundo según Chipper—, un hermano de sangre para los demás ancianos que residen en el Centro Maxton. Hay enfermeras, encargados y ayudantes que dudan de que Burny padezca en realidad Alzheimer. Creen que lo finge, que se desentiende de todo, tratando de pasar inadvertido, para así darles deliberadamente más trabajo mientras descansa y hace acopio de fuerzas para un episodio más de conducta desagradable. Difícilmente podemos culparles por sus sospechas. Si Burny no constituye un error de diagnóstico, es probable que sea el único paciente con un Alzheimer avanzado del mundo que experimenta períodos prolongados de remisión.
En 1996, a sus setenta y ocho años, el hombre al que se conoce como Charles Burnside llegó a Maxton en ambulancia procedente del Hospital General de La Riviere, no en un vehículo conducido por un pariente servicial. Había aparecido en urgencias cierta mañana, arrastrando dos pesadas maletas llenas de ropa sucia y exigiendo a voz en grito atención médica. Sus exigencias no eran coherentes, pero sí claras. Afirmaba haber recorrido una considerable distancia andando para llegar al hospital, y quería que este se hiciese cargo de él. La distancia variaba cada vez que lo contaba: quince kilómetros, veinticinco kilómetros, cuarenta. Unas veces había pasado noches durmiendo en el campo o junto a la carretera y otras no. Su condición general y la forma en que olía sugerían que había estado vagando y durmiendo al raso durante tal vez una semana. Si alguna vez había tenido una cartera la había perdido durante el viaje. En el hospital de La Riviere le asearon, le alimentaron, le dieron una cama y trataron de sonsacarle una historia. La mayoría de sus declaraciones degeneraban en inconexos balbuceos, pero en ausencia de documentos, al menos los hechos siguientes parecían fiables: Burnside había sido carpintero, fabricante de marcos y yesero en la zona durante muchos años, trabajando por cuenta propia y para contratistas generales. Una tía que vivía en el pueblo de Blair le había cedido una habitación.
Entonces, ¿había recorrido andando los casi treinta kilómetros desde Blair a La Riviere? No, había echado a andar en alguna otra parte, no recordaba dónde, pero estaba a quince kilómetros, no, a cuarenta kilómetros, era algún pueblo, habitado por unos tontos del culo. ¿Cómo se llamaba su tía? Althea Burnside. ¿Cuáles eran su dirección y número de teléfono? Ni idea, no lo recordaba. ¿Tenía su tía un trabajo de alguna clase? Sí, era tonta del culo a jornada completa. Pero ¿le había permitido la tía vivir en su casa? ¿Quién? ¿Que quién le había permitido qué? Charles Burnside no necesitaba el permiso de nadie. ¿Le había ordenado la tía que se fuese de su casa? Pero ¿de quién está hablando, gilipollas?
El médico encargado de la admisión había anotado un diagnóstico inicial de Alzheimer, pendiente de los resultados de varias pruebas, y la asistente social hizo una llamada para solicitar la dirección y el número de teléfono de una tal Althea Burnside que por entonces residía en Blair. La compañía telefónica informó de que no constaba ninguna persona bajo ese nombre en Blair, como tampoco aparecía en Ettrick, Cochrane, Fountain City, Sparta, Onalaska, Arden, La Riviere, o en cualquier otro pueblo o ciudad en un radio de ochenta kilómetros. Ampliando la red, la asistente social consultó al Registro Civil y a los departamentos de la Seguridad Social, de Vehículos a Motor y de Información Fiscal en busca de datos referentes a Althea y Charles Burnside. De las dos Althea que sacó a la luz el sistema, una era propietaria de una cafetería en Butternut, en el extremo norte del estado, y la otra era una mujer negra que trabajaba en una guardería infantil en Milwaukee. Ninguna de las dos tenía conexión alguna con el hombre del Hospital General de La Riviere. Los Charles Burnside localizados en la búsqueda en el registro no eran el Charles Burnside de la asistente social. Althea por lo visto no existía. Charles, al parecer, era una de esas personas escurridizas que pasan por la vida sin pagar impuestos jamás, inscribirse para votar, solicitar una cartilla de la Seguridad Social, abrir una cuenta bancaria, alistarse en las fuerzas armadas o sacarse el permiso de conducir.
Otra tanda de llamadas por teléfono dio como resultado que se clasificara al escurridizo Charles Burnside como pupilo bajo tutela del condado y se le admitiera en el Centro Maxton de Asistencia a la Tercera Edad hasta que se le encontrase plaza en el hospital estatal de Whitehall. La ambulancia transportó a Burnside hasta Maxton a expensas del generoso erario público, y Chipper lo envió derecho al ala Margarita. Seis semanas más tarde quedó libre una cama en una sala del hospital estatal. Chipper recibió la llamada telefónica unos minutos después de que el correo del día le trajera un cheque de un banco en De Pere, extendido por una tal Althea Burnside, para la estancia de Charles Burnside en su centro. La dirección facilitada por Althea Burnside era un apartado de correos en De Pere. Cuando le llamaron del hospital estatal, Chipper anunció que consideraba su cívico deber mantener la categoría del señor Burnside en el Centro Maxton, y que estaría encantado de hacerlo. El anciano acababa de convertirse en su paciente favorito. Sin hacer pasar a Chipper por los chanchullos habituales, Burny había doblado su contribución al flujo de ingresos.
Durante los seis años siguientes, el viejo fue sumiéndose sin remedio en la oscuridad del Alzheimer. Si fingía, se trataba de una actuación brillante. Se hundió cada vez más, pasando en el descenso por las estaciones de la incontinencia, la incoherencia, los frecuentes estallidos de rabia, la pérdida de memoria, la pérdida de la capacidad de alimentarse por sí mismo, la pérdida de personalidad. Fue menguando hasta volver a la más tierna infancia, y sumirse después en el vacío para pasar sus días sujeto con correas a una silla de ruedas. Chipper lamentó la pérdida inevitable de un paciente excepcionalmente dispuesto a cooperar. Entonces, en el verano del año anterior a estos hechos, tuvo lugar la asombrosa resurrección. La animación volvió al rostro fláccido de Burny, y empezó a articular vehementes sílabas sin sentido: ¡Abbalah! ¡Gorg! ¡Munshun! Quería alimentarse por sí mismo, quería ejercitar las piernas, tambalearse por ahí y volver a familiarizarse con el entorno. Al cabo de una semana ya utilizaba palabras inglesas para insistir en llevar su propia ropa e ir al lavabo por sí mismo. Aumentó de peso, recuperó fuerzas, una vez más se convirtió en un incordio. Ahora, con frecuencia en el mismo día, pasa de un lado al otro, de la inmovilidad absoluta propia de la etapa final del Alzheimer a una hosquedad cauta y flamante, tan saludable en un hombre de ochenta y cinco años que podría tildarse de robustez. Burny es como un hombre que fuese a Lourdes y experimentase la curación pero se marchara antes de que esta se hubiese completado. Para Chipper, un milagro es un milagro. Siempre y cuando el viejo asqueroso siga vivo, ¿a quién le importa si vagabundea por los jardines o cuelga de las correas de la silla de ruedas?
Nos acercamos. Tratamos de hacer caso omiso del hedor. Queremos deducir cuanto podamos del rostro de este tipo tan curioso. La suya no fue nunca una cara bonita, y ahora la piel está grisácea y las mejillas son dos simas hundidas. Prominentes venas azules se enroscan en el ceniciento cuero cabelludo, moteado como un huevo de chorlito. Tiene la nariz carnosa y ganchuda levemente torcida hacia la derecha, lo cual acrecienta la impresión de malicia y disimulo. Los labios semejantes a lombrices se curvan en una inquietante sonrisa que recuerda la de un pirómano al contemplar un edificio ardiendo; o quizá, después de todo, no sea más que una mueca.
He aquí un auténtico solitario americano, uno de nuestros vagabundos, una criatura de habitaciones destartaladas y cafeterías baratas, de viajes sin rumbo y emprendidos con resentimiento, un coleccionista de heridas y llagas en las que hurga con todo cariño. He aquí un espía sin una causa más elevada que sí mismo. El verdadero nombre de Burny es Carl Bierstone, y bajo ese nombre llevó a cabo en Chicago, desde los veintitantos hasta los cuarenta y seis años, una suerte de campaña secreta, una guerra no oficial, durante la cual cometió actos espantosos solo por el placer que le producían. Carl Bierstone es el gran secreto de Burny, pues no puede permitir que nadie sepa que esa anterior encarnación, ese antiguo yo, todavía vive bajo su piel. Los atroces placeres de Carl Bierstone, sus abyectos juguetes, son también los de Burny, y ha de mantenerlos ocultos en la oscuridad, donde solo él pueda encontrarlos.
Así pues, ¿es esta la respuesta al milagro de Chipper? ¿Que Carl Bierstone encontró una forma de salir con sigilo a través de una grieta en la inercia de Burny y asumió el control del barco que se hundía? Después de todo, el alma humana contiene infinidad de estancias, unas vastas, otras no mayores que un armario de la limpieza, algunas cerradas, otras pocas inundadas de una luz radiante. Nos inclinamos más hacia el venoso cuero cabelludo, la errante nariz, las cejas como broza de alambre; nos sumimos aún más en el hedor para examinar esos ojos interesantes. Son como neón negro; resplandecen igual que un rayo de luna al incidir en la ribera empapada de un río. En general, se nos antojan inquietantemente llenos de alegría, pero no del todo humanos. No nos son de gran ayuda.
Los labios de Burny se mueven: todavía sonríe, si a ese rictus puede llamársele sonrisa, pero ha empezado a hablar en susurros. ¿Qué está diciendo?
… eztán bajando en zuz sangrrientos agujerros y bajando los ojoz, gimotean de terror, miz pobres criaturritaz perrdidaz… No, no, eso no va a serviros de nada, ¿verdad? Ah, mira qué motores, sí, oh, esos hermosos, hermosos motores, qué maravilla, esos hermosos motores contra la alambrada, cómo giran y giran, cómo arden… veo un agujero, sí, sí, ahí, es tan brillante en los bordes, tan…
Carl Bierstone estará presentando su informe o algo así, pero ese balbuceo no nos dice gran cosa. Sigamos la dirección de la brillante y borrosa mirada de Burny en la esperanza de que nos deje entrever qué ha excitado hasta tal punto al viejo. Y que lo ha excitado sexualmente, además, como observamos por la forma bajo la sábana. Él y Chipper parecen estar en sintonía en ese aspecto, pues ambos están a punto de caramelo, solo que en lugar de beneficiarse de la experta atención de Rebecca Vilas, la única estimulación de Burny es la vista que se contempla desde su ventana.
La vista difícilmente está a la altura de la señorita Vilas. Con la cabeza ligeramente incorporada sobre una almohada, Charles Burnside contempla embelesado, más allá de una breve extensión de césped, una hilera de arces en el lindero de un enorme bosque. A continuación surgen las altas y frondosas copas de los robles. Unos cuantos troncos de abedules resplandecen como velas en la oscuridad del interior. Por la altura de los robles y la variedad de árboles sabemos que estamos contemplando una reliquia de los maravillosos bosques que antaño cubrieran toda esa parte del país. Como todos los vestigios de antiguos bosques, las arboledas que se extienden hacia el norte y el este desde Maxton hablan de profundos misterios en una voz casi demasiado profunda como para resultar audible. Bajo su bóveda verde, el tiempo y la serenidad se funden en un abrazo con el derramamiento de sangre y la muerte; la violencia se agita sin ser vista, constantemente, impregnando cada aspecto de un paisaje silencioso que no se detiene nunca sino que se mueve con glacial parsimonia. El terreno, moteado y blando, cubre millones de huesos desparramados con una capa tras otra; todo lo que crece y se desarrolla aquí lo hace sobre la podredumbre. Mundos que se agitan dentro de otros mundos, y universos inmensos y sistemáticos que bullen unos junto a otros, cada uno de ellos acarreando sin saberlo la abundancia y la catástrofe a sus vecinos que nada sospechan.
¿Contempla Burny esos bosques, revive gracias a lo que ve en ellos? ¿O en realidad todavía duerme y es Carl Bierstone quien da brincos tras los ojos peculiares de Charles Burnside?
Burny susurra: Zorroz que corren a sus madriguerraz, rataz en zuz ratonerraz, hienaz que gimen con los estómagoz vacíoz, oh, zí, qué alegrría da verlaz, amigoz míoz, cada vez máz laz criaturritaz caminan penosamente con zuz sangrrientos pececitoz…
Larguémonos de aquí, ¿de acuerdo?
Alejémonos de la fea boca del viejo Burny; lo bueno si breve dos veces bueno. Vayamos en busca de aire fresco y dirijámonos hacia el norte, sobrevolando los bosques. Los zorros pueden estar gimiendo en sus madrigueras y las ratas en sus ratoneras, cierto, así es cómo funciona la cosa, pero no vamos a encontrarnos con ninguna hiena hambrienta en el oeste de Wisconsin. De todas formas, las hienas siempre tienen hambre. Nadie siente lástima de ellas, además. Uno tendría que ser un verdadero defensor de causas perdidas para compadecerse de una criatura que no hace otra cosa que merodear en torno a otras especies hasta el momento en que, sonriente y riendo por lo bajo, pueda arrebatarle las sobras. Salimos pues, atravesando el techo.
Al este del Centro Maxton, los bosques alfombran el terreno durante un par de kilómetros antes de que un camino de tierra describa una curva desde la Nacional 35 cual raya despreocupada que divida una cabeza plagada de pelo. El bosque continúa entonces unos cien metros para dar paso a una urbanización de treinta años de antigüedad y que consiste en dos calles. Aros de baloncesto, columpios, triciclos, bicicletas y vehículos de Fisher-Price abarrotan los senderos de entrada a las modestas casas de las calles Schubert y Gale. Los niños que harán uso de ellos están en la cama, soñando con algodón de azúcar, cachorros de perro, jugadas de béisbol, excursiones a territorios distantes y otras encantadoras infinitudes; también están durmiendo sus ansiosos padres, condenados a sentirse más ansiosos aún cuando lean la contribución de Wendell Green a la primera plana del Herald del día.
Algo atrae nuestra mirada: ese camino de tierra que describe una curva para internarse en los bosques desde la Nacional 35. Más un sendero que un camino real, su aire de privacidad no parece concordar con su aparente inutilidad. El sendero serpentea a través del bosque para interrumpirse un kilómetro más allá. ¿Qué sentido tiene, para qué sirve? Desde nuestra posición en lo alto, el camino semeja una débil línea trazada con un lápiz del número 4 —se necesita prácticamente una vista de lince para distinguirlo siquiera—, pero alguien se ha tomado considerables molestias para dibujar esa línea a través del bosque. Han tenido que talarse y transportarse árboles, ha habido que resegar tocones. De haberlo hecho un solo hombre, la tarea le habría llevado meses de sudorosa y agotadora dedicación. El resultado de todo ese esfuerzo inhumano tiene la destacable propiedad de ocultarse a sí mismo, de eludir la mirada, de forma que si la atención flaquea se desvanece y hay que volver a localizarlo. Podríamos pensar en enanos y en sus minas secretas, en el sendero que conduce al oculto alijo de oro de un dragón, un tesoro tan bien protegido que el acceso al mismo se ha camuflado bajo un encantamiento. No, minas de enanos, tesoros de dragones y hechizos de magia resultan demasiado infantiles, pero cuando descendemos para ver más de cerca advertimos que al inicio del camino se alza un desgastado letrero de PROHIBIDO EL PASO, prueba de que algo se guarda tras él, aun cuando se trate de la mera privacidad.
Como hayamos advertido el letrero, miramos una vez más hacia el final del sendero. Allí, en la oscuridad que reina bajo la copa de los árboles, una zona se nos antoja más tenebrosa que el resto. Incluso en su sumirse en la penumbra, esta zona posee una impasibilidad poco natural que la distingue de los árboles circundantes. Ajá, nos decimos, haciéndonos eco de las sandeces de Burny, ¿qué tenemos aquí, un muro de alguna clase? Así de anodino se nos antoja. Cuando llegamos al punto central de la curva del sendero, una sección triangular de penumbra que las copas de los árboles prácticamente nos impiden ver se define a sí misma como un tejado en ángulo. No es hasta que estamos casi encima que la estructura completa pasa a definirse como una casa de madera de tres plantas, extrañamente desgarbada, con un porche frontal largo y combado. Está claro que la casa lleva mucho tiempo vacía, y después de captar su carácter excéntrico, lo primero que advertimos es lo poco hospitalaria que parece para cualquier nuevo inquilino. Un segundo letrero de PROHIBIDO EL PASO, apoyado de lado en improbable ángulo contra un poste de escalera, no hace sino subrayar la impresión producida por el edificio en sí.
El tejado en ángulo solo cubre la sección central. A la izquierda, una extensión de dos plantas retrocede hacia el bosque. A la derecha, surgen de la estructura incorporaciones como gigantescos cobertizos, más como brotes nuevos que ocurrencias de último momento. El edificio se nos antoja desequilibrado en ambos sentidos del término: una mente desquiciada lo concibió, para luego ir dotándolo, de manera implacable, de una existencia descentrada. El inextricable resultado evita toda investigación y se resiste a ser interpretado. Una extraña y monolítica impenetrabilidad emana de ladrillos y tablones, pese al daño infligido por el tiempo y el clima. Obviamente construida en busca de reclusión, si no de aislamiento total, la casa parece exigirlos todavía.
Lo más extraño de todo, desde nuestra posición privilegiada, es que la casa parece haber sido pintada de un negro uniforme; no solo las superficies de madera, sino cada centímetro del exterior, el porche, las molduras, los canalones para la lluvia, hasta las ventanas. Negra, de arriba abajo. Y eso no puede ser posible; en un rincón del mundo tan cándido y de tan buen corazón como este, ni siquiera el constructor más loco y misántropo convertiría esa casa en la sombra de sí misma. Descendemos flotando hasta quedar justo por encima del nivel del suelo y nos acercamos por el angosto sendero…
Cuando llegamos lo bastante cerca como para emitir un juicio fiable, lo cual es inquietantemente cerca, descubrimos que la misantropía puede llegar más lejos de lo que habíamos supuesto. La casa no es negra, sino que lo fue. El tono desteñido que ha asumido nos hace sentir que quizá nos hemos mostrado demasiado críticos con respecto al color original. La casa se ha vuelto del gris plomizo de los cúmulos tormentosos y los mares lúgubres. El negro sería preferible a esta absoluta falta de vida.
Podemos estar seguros de que bien pocos de los adultos que viven en la urbanización cercana, o cualquier adulto de French Landing y las poblaciones circundantes, han desafiado la advertencia en la Nacional 35 para internarse en el angosto sendero. Prácticamente ninguno se habrá percatado de que el letrero sigue ahí; ninguno de ellos conoce la existencia de la casa negra. Sin embargo, también podemos estar casi seguros de que una serie de hijos ha explorado el sendero, y de que algunos de esos niños se ha aventurado lo suficiente como para llegar a la casa. La habrán visto de una forma en que sus padres no pueden hacerlo, y lo que vieron les habrá hecho salir corriendo de vuelta a la carretera.
La casa negra se nos antoja tan fuera de lugar en el oeste de Wisconsin como un rascacielos o un palacio rodeado de un foso. De hecho, la casa negra sería una anomalía en cualquier parte de nuestro mundo, excepto quizá como la «mansión encantada» o el «castillo del terror» de un parque de atracciones, donde su capacidad de repeler a los compradores de entradas provocaría su cierre antes de que acabase la primera semana. Y aun así en cierto sentido específico quizá nos recuerde a los lúgubres edificios en el ascenso de la calle Chase hacia la respetabilidad desde la ribera del río y las Casas de los Clavos. El destartalado hotel Nelson, la oscura taberna, la zapatería, y los demás, marcados todos por la raya horizontal trazada por el grasiento lápiz del río, comparten el mismo sabor fantasmagórico, de ensueño y medio irreal que satura la casa negra.
En este momento de nuestro avance —y durante todo lo que va a seguir— haríamos bien en recordar que ese extraño sabor a ensueño y a leve carencia de naturalidad es característico de las zonas fronterizas. Puede detectarse en cada costura entre un territorio específico y otro, por importante o insignificante que sea la frontera en cuestión. Las tierras fronterizas son diferentes de otros lugares: son colindantes.
Supongamos que recorre usted en coche por primera vez una sección semirrural del condado de Oostler, en su estado natal, de camino a visitar a una amistad del sexo opuesto recién divorciada que se ha marchado de pronto, en su opinión de forma insensata, a una pequeña población del adyacente condado de Orelost. En el asiento del acompañante, sobre una cesta de picnic que contiene dos botellas de un Burdeos blanco de calidad superior sujetas en su sitio por variados bocados de gourmet en exquisitos y pequeños envases, reposa un mapa cuidadosamente doblado para exponer la zona relevante. Tal vez no conozca usted su situación exacta, pero está en la carretera adecuada y va bien de tiempo.
El paisaje se altera poco a poco. La carretera vira siguiendo un inexistente arcén y empieza a serpentear para describir curvas inexplicables; a los lados los árboles se inclinan; bajo sus ramas retorcidas, las casas intermitentes son cada vez más pequeñas y sórdidas. Delante, un perro de tres patas se escurre por entre un seto para lanzarse gruñendo hacia su neumático delantero derecho. Una vieja bruja que lleva un juvenil sombrero de paja y lo que semeja una mortaja le dirige una mirada airada y de ojos enrojecidos desde el balancín a rayas de un porche. Dos patios delanteros más allá, una niña pequeña disfrazada con una sucia malla rosa y una corona de papel de plata blande una reluciente varita mágica con una estrella en la punta sobre un montón de neumáticos ardiendo. Entonces aparece ante la vista un letrero rectangular que lleva escrito BIENVENIDOS A ORELOST. Poco después los árboles corrigen su postura y la carretera se endereza. Liberado de una ansiedad que apenas si advirtiera hasta que ha desaparecido, pisa a fondo el acelerador y se apresura hacia esa amistad que tanto le necesita.
Las zonas fronterizas tienen un regusto a indisciplina y tergiversación. Lo grotesco, lo impredecible y lo anárquico echan raíces en ellas y crecen de manera exuberante. El sabor primordial de las zonas fronterizas es a dislocación. Y mientras nos hallamos en un escenario de maravillosa belleza natural, también hemos estado viajando por una zona fronteriza natural, delineada por un gran río y definida por otros ríos menos caudalosos, extensas morenas, riscos de piedra caliza y valles que permanecen invisibles, como la casa negra, hasta que uno vuelve el recodo preciso y se los encuentra cara a cara.
¿Han visto alguna vez a un cadavérico y furibundo anciano de raído atuendo que empuja un carrito de la compra vacío por las calles desiertas farfullando y despotricando? Unas veces lleva una gorra de béisbol; otras, un par de gafas de sol con un cristal roto.
¿Se han refugiado alguna vez, asustados, en un umbral y observado a un hombre de aspecto marcial, con una cicatriz zigzagueante en un costado de la cara, irrumpir entre una multitud ebria para descubrir, espatarrado en el suelo y muerto, a un muchacho, con la cabeza aplastada y los bolsillos vueltos hacia fuera? ¿Han visto centellear la rabia y la lástima en el rostro mutilado de ese hombre?
Esos son indicios de dislocación.
Otro se halla oculto debajo de nosotros en los alrededores de French Landing, y pese al terror y el sufrimiento que rodean este indicio, no nos queda otro remedio que ser testigos de él. Mediante nuestra condición de testigos, lo honraremos en la medida de nuestras aptitudes individuales; al ser contemplado, al ofrecer su testimonio ante nuestra muda mirada, nos recompensará en mucho mayor medida.
De nuevo estamos en el aire y, extendido debajo de nosotros —podríamos decir extendido de brazos y piernas—, el condado de French se desparrama cual mapa topográfico. El sol matutino, más intenso ahora, resplandece sobre los verdes campos rectangulares y arranca destellos de los pararrayos que se elevan de las cimas de los graneros. Los caminos se ven despejados. Charcos de luz fundida brillan sobre los techos de los pocos coches que transitan lentamente hacia la ciudad bordeando los campos. Vacas holandesas empujan con suavidad el portón de entrada a los pastos, listas para el confinamiento de sus establos y la cita matutina con la máquina de ordeñar.
A una distancia prudencial de la casa negra, que ya nos ha proporcionado un excelente ejemplo de dislocación, nos deslizamos hacia el este, cruzando la larga y recta cinta de la calle Once e iniciando nuestro recorrido a través de una zona de transición con casas diseminadas y pequeños negocios antes de que la Nacional 35 atraviese las tierras de labranza en sí. El 7-Eleven pasa ante nosotros, así como la residencia de veteranos de guerras foráneas, en la que el asta aún tardará cuarenta y cinco minutos en exhibir la bandera nacional. En una de las casas apartadas de la carretera, una mujer llamada Wanda Kinderling, la esposa de Thornberg Kinderling, un hombre estúpido y malvado que cumple cadena perpetua en la prisión estatal en Waupun, se despierta, contempla el nivel del vodka en la botella que hay sobre su mesilla de noche, y decide posponer el desayuno otra hora. Cincuenta metros más allá, relucientes tractores en hileras militares se hallan frente a la gigantesca burbuja de acero y vidrio del concesionario de material de labranza de Ted Goltz, Aperos del Condado de French, donde un marido y padre decente y preocupado llamado Fred Marshall, a quien conoceremos dentro de poco, pronto se presentará a trabajar.
Más allá de la llamativa burbuja de cristal y el mar de asfalto del aparcamiento de Goltz, ochocientos metros de un campo pedregoso descuidado hace mucho acaban por degenerar en tierra desnuda y larguiruchos hierbajos. Al final de un largo desvío cubierto de maleza, lo que semeja una pila de madera podrida se alza entre un viejo cobertizo y un antiguo surtidor. Ese es nuestro destino. Descendemos planeando hacia la tierra. El montón de madera se descompone en una estructura inclinada y ruinosa a punto de derrumbarse. Un viejo anuncio de hojalata de Coca-Cola salpicado de orificios de bala se inclina contra la fachada de la construcción. Latas de cerveza y los filtros de viejos cigarrillos alfombran el terreno cubierto de maleza. Desde el interior nos llega el zumbido constante y adormecedor de una enorme cantidad de moscas. Deseamos retroceder en el aire purificador y largarnos. La casa negra ya estaba bastante mal; de hecho, era terrible, pero esto… esto va a ser peor.
Una definición secundaria de dislocación es: la sensación de que las cosas en general acaban de empeorar, o van a hacerlo muy pronto.
La destartalada casucha en forma de vagón de carga que tenemos delante solía albergar un establecimiento insalubre, y cuya mala dirección rayaba en lo cómico, llamado Bocados de Ed. Desde detrás de un mostrador eternamente sucio, una carcajeante masa de grasa de ciento cincuenta kilos llamada Ed Gilbertson servía antaño aceitosas hamburguesas muy hechas, emparedados de salchicha ahumada y mayonesa ornamentados con negras huellas de pulgar y rezumantes cucuruchos de helado a una clientela menuda y poco exigente, en su mayoría niños locales que llegaban en bicicleta. Fallecido tiempo atrás, Ed era uno de los numerosos tíos del jefe de policía de French Landing, Dale Gilbertson, además de un tarado y un vago de buen corazón de renombre en la zona. Su delantal de cocinero estaba mugriento hasta lo indescriptible; el estado de sus manos y uñas habría llevado a cualquier inspector de sanidad al borde de la náusea; de la limpieza de sus utensilios bien podrían haberse encargado unos gatos. Inmediatamente detrás del mostrador, cubas de helado fundido se asaban al calor que desprendía la plancha a través de su costra. En lo alto, mustias cintas de papel matamoscas pendían invisibles bajo el pelaje de un millar de cadáveres de mosca. La desagradable verdad es que, durante décadas, Bocados de Ed permitió que una generación tras otra de microbios y gérmenes se multiplicaran sin obstáculos, pululando desde el suelo, el mostrador y la plancha —¡sin dudar en establecer una colonia en el mismísimo Ed!— a espátulas y tenedores y al sucio cucharón de servir helados, y de ahí a la horrible comida para acceder por fin a las bocas y las entrañas de los niños que se comían aquello, además de las de alguna madre ocasional.
Por sorprendente que parezca, nadie murió nunca por comer en Bocados de Ed, y después de que un ataque al corazón que debió haberle dado mucho antes derribara a su propietario cierto día en que se subió a un taburete con el propósito de pegar por fin una docena de tiras matamoscas nuevas, nadie tuvo valor para arrasar con su casucha y despejar los escombros. Durante veinticinco años y bajo el abrigo de la oscuridad, su podrida carcasa ha dado la bienvenida a románticas parejas de adolescentes, así como a reuniones de chicos y chicas que precisaban un lugar apartado para investigar por primera vez en los anales de la historia, o eso les parecía a ellos, en la liberación de la embriaguez.
El embelesado zumbar de las moscas nos dice que, sea lo que sea lo que estemos a punto de presenciar en el interior de esta ruina, no van a ser ni un par de decadentes y jóvenes amantes ni unos cuantos niños tontainas medio desmayados. El suave y glotón alboroto, inaudible desde la carretera, declara la presencia de mucho más que eso. Podríamos decir que representa una especie de portal.
Entramos. La luz del sol se filtra por las rendijas de la pared que da al este y la maltrecha techumbre pinta vetas luminosas en el suelo arenoso. Plumas y polvo se arremolinan y se agitan sobre huellas de animales y las borrosas impresiones dejadas por zapatos desaparecidos hace mucho. Raídas mantas excedentes del ejército salpicadas de moho se amontonan arrugadas contra la pared a nuestra izquierda; unos metros más allá, latas de cerveza desechadas y colillas aplastadas de cigarrillos rodean un farol de queroseno con la campana de cristal resquebrajada. La luz del sol traza cálidas rayas sobre huellas crujientes que avanzan describiendo una amplia curva en torno a los restos del atroz mostrador de Ed para internarse en el vacío que antaño ocupara la cocina, el fregadero y una serie de estantes para almacenamiento. Ahí, en lo que una vez fuesen los sagrados dominios de Ed, las pisadas se desvanecen. Alguna feroz actividad ha esparcido el polvo y la arenilla, y algo que no es una vieja manta del ejército, aunque deseamos que lo fuera, yace deslavazado contra la pared del fondo, sumido a medias en un charco irregular de líquido pegajoso. Moscas enloquecidas penden sobre el oscuro charco o se posan en él. En el rincón más alejado, un chucho de color rojizo con el pelaje como el de un puercoespín hinca los dientes en el codillo de carne y hueso que sobresale del objeto blanco que sujeta entre las patas delanteras. El objeto blanco es una zapatilla de deporte. Una zapatilla New Balance, para ser exactos. Para ser más exactos, una zapatilla de deporte New Balance de niño, número 34.
Deseamos invocar nuestra habilidad de volar y largarnos de ahí a toda prisa. Queremos flotar a través de un techo que no opondrá resistencia para volver al aire inofensivo, pero no podemos hacerlo: debemos ser testigos. Un perro feísimo está mordisqueando el pie cercenado de un niño mientras hace cuanto puede por extraer el pie de la zapatilla New Balance blanca. El dorso descarnado del animal se arquea y extiende, encoge los espinosos cuartos delanteros y la cabeza estrecha, las huesudas pezuñas sujetan con rigidez el trofeo para tironear de él, pero la zapatilla tiene los cordones abrochados; mala suerte para el chucho.
En cuanto a ese algo que no es una vieja manta militar, más allá de un remolino de huellas y surcos polvorientos, en el extremo más alejado del suelo, su pálida forma yace plana y cara arriba, con la mitad superior extendiéndose fuera del charco oscuro. Un brazo se tiende lánguidamente sobre la arena; el otro se sostiene vertical contra la pared. Los dedos de ambas manos se curvan hacia la palma. El suave cabello rubio rojizo le cae hacia atrás desde el pequeño rostro. Si los ojos y la boca esbozan alguna expresión reconocible, es la de una ligera sorpresa. Se trata de un accidente estructural; no significa nada, pues la configuración del rostro de esta niña la hacía parecer levemente sorprendida incluso cuando estaba dormida. Tiene moretones como manchas de tinta y borrones en las mejillas, las sienes y el cuello. Una camiseta blanca con el logotipo de los Brewers de Milwaukee y embadurnada de suciedad y sangre seca le cubre el torso desde el cuello al ombligo. La mitad inferior del cuerpo, pálida como el humo excepto donde está salpicada de sangre, se prolonga hasta internarse en el charco oscuro sobre el que penden y se posan las frenéticas moscas. La desnuda y esbelta pierna izquierda incorpora una rodilla llena de costras y concluye elevándose en una zapatilla New Balance, número 34, manchada de sangre, con los cordones abrochados con dos lazadas y la punta señalando hacia el techo. Donde debería hallarse la compañera de esa pierna hay un vacío, pues la cadera derecha acaba, abruptamente, en un muñón irregular.
Nos hallamos en presencia de la tercera víctima del Pescador, Irma Freneau, de diez años. La conmoción provocada por su desaparición, ayer por la tarde, de la acera ante el videoclub será más intensa después de que Dale Gilbertson encuentre el cadáver, para lo que ahora falta poco más de un día.
El Pescador la recogió en la calle Chase y la transportó, no podemos decir cómo, calle arriba por toda Chase y Lyall Road, hasta más allá del 7-Eleven y la residencia para veteranos, más allá de la casa en que Wanda Kinderling bebe indignada, más allá de la brillante astronave de cristal de Goltz, para cruzar la frontera entre la ciudad y las tierras de labranza.
Estaba viva cuando el Pescador la hizo trasponer el umbral junto al horadado anuncio de Coca-Cola. Debió de haber forcejeado, debió de haber chillado. El Pescador la llevó hasta la pared del fondo y la silenció propinándole golpes en la cara. Es muy probable que la haya estrangulado. Posó su cuerpo en el suelo y dispuso correctamente los miembros. A excepción de las zapatillas New Balance blancas, le quitó todas las prendas de cintura para abajo: ropa interior, vaqueros, shorts, lo que fuera que llevase Irma cuando la secuestró. Después, el Pescador le amputó la pierna derecha. Utilizando alguna clase de cuchillo de hoja larga y pesada, y sin la asistencia de una cuchilla de carnicero o una sierra, cortó la carne, partió el hueso y se las arregló para separar la pierna del resto del cuerpo. Entonces, quizá con no más de dos o tres golpes de cuchillo en el tobillo, cercenó el pie y lo arrojó a un lado, todavía dentro de la zapatilla blanca. El pie de Irma no era importante para el Pescador; todo lo que quería era su pierna.
Aquí, amigos míos, sí que tenemos verdadera dislocación.
El cuerpo menudo e inerte de Irma Freneau parece aplanarse como si pretendiera fundirse a través de los podridos tablones del suelo. Las embriagadas moscas prosiguen con su canturreo. El perro continúa tratando de arrancar su jugoso trofeo del interior de la zapatilla. Si devolviésemos a la vida al ingenuo Ed Gilbertson y le situásemos junto a nosotros, caería de rodillas y se echaría a llorar. Nosotros, en cambio…
Nosotros no estamos aquí para llorar. No como Ed, al menos, horrorizado, avergonzado e incrédulo. Un misterio tremendo ha habitado este tugurio, y sus efectos y rastros penden por todas partes en torno a nosotros. Hemos venido a observar, a registrar y constatar las impresiones, las imágenes que han quedado en la cola de cometa del misterio. Los detalles hablan de él y persiste por tanto en su propia estela, y por tanto nos rodea. Una gravedad intensa, muy intensa, emerge flotando de la escena, y esa gravedad nos da una lección de humildad. Esa es nuestra mejor y más acertada respuesta, la humildad. Sin ella perderíamos todo el sentido, el misterio se nos escaparía y proseguiríamos sordos y ciegos, ignorantes como monos. No nos permitamos continuar como monos. Debemos honrar esta escena —las moscas, el perro preocupado por el pie cercenado, el pálido cadáver de la desdichada Irma Freneau, la magnitud de lo que le ha sucedido a Irma Freneau— mediante el reconocimiento de nuestra insignificancia. En comparación, no somos más que vapores.
Una abeja regordeta entra a través del hueco de la ventana que hay en la pared lateral, a dos metros del cadáver de Irma, y realiza un lento circuito exploratorio por el fondo de la casucha. Suspendida entre las borrosas alas, la abeja casi parece demasiado pesada para volar, pero avanza con fácil y pausada deliberación, moviéndose bien por encima del suelo ensangrentado en una amplia curva. Las moscas, el chucho e Irma no le prestan atención.
Para nosotros, sin embargo, que continuamos flotando satisfechos por el fondo de esa cámara de los horrores, ha dejado de ser una bienvenida distracción para verse absorbida por el misterio circundante. Constituye un detalle dentro de la escena y, además, nos inspira humildad y nos habla. El oneroso y penetrante ruido sordo de sus alas parece definir el centro exacto de las oscilantes ondas de sonido, de tono más agudo, producidas por las voraces moscas. Cual cantante al micrófono delante de un coro, la abeja controla el trasfondo auditivo. El sonido va aumentando de intensidad hasta un punto considerable. Cuando la abeja penetra en un haz de luz amarilla que se derrama a través de la pared que da al este, sus rayas resplandecen en negro y oro, las alas se fusionan para semejar aspas, y el insecto se convierte en una intrincada maravilla aerotransportada. La niña salvajemente asesinada casi se funde con las tablas ensangrentadas del suelo. Nuestra humildad, nuestra sensación de insignificancia, nuestra apreciación de la gravedad profundamente arraigada en esta escena nos garantizan que captemos fuerzas y poderes a los que no alcanza nuestra comprensión, una especie de grandeza siempre presente y activa pero perceptible tan solo en momentos como este.
Nos han honrado con esto, pero el honor es insoportable. La abeja parlante regresa trazando círculos a la ventana y accede a otro mundo y, siguiendo su ejemplo, nosotros salimos por la ventana, al aire y al sol.
Hedor a heces y orina en el Centro Maxton; la frágil, resbaladiza sensación de dislocación en la destartalada casucha al norte de la Nacional 35; el sonido de las moscas y la visión de la sangre en lo que antaño fuese Bocados de Ed. ¡Buf! ¡Puaj! ¿No hay ningún sitio aquí en French Landing, podemos preguntarnos, donde haya algo agradable de por sí? ¿Donde no haya trampa ni cartón, por así decirlo?
La concisa respuesta es no. En cada punto de acceso a French Landing debería haber grandes carteles que rezaran: ¡PRECAUCIÓN! DISLOCACIÓN EN PROCESO. PASE POR SU CUENTA Y RIESGO.
La magia que actúa aquí es la magia del Pescador. Ha hecho que lo «agradable» quede obsoleto, al menos temporalmente. Pero podemos ir a algún lugar más agradable, y si podemos probablemente debemos hacerlo, porque necesitamos un respiro. Quizá no seamos capaces de escapar de la dislocación, pero podemos al menos visitar un lugar en que nadie se cague en la cama o sangre en el suelo (por lo menos de momento).
Así pues, la abeja sigue su camino y nosotros el nuestro, que nos lleva hacia el suroeste, sobrevolando más bosques que exhalan sus fragancias de vida y oxígeno —no hay un aire como este, al menos en este mundo— para regresar a las obras del hombre.
Esta zona de la ciudad se llama Libertyville y fue bautizada así por el concejo municipal de French Landing en 1976. No van a creerlo, pero el barrigón Ed Gilbertson, el mismísimo rey del perrito caliente, era miembro de esa centenaria pandilla de patriarcas. Corrían tiempos muy extraños, aunque no tanto como los actuales; en French Landing, estos son los Días del Pescador, los días de la dislocación resbaladiza.
Las calles de Libertyville tienen nombres que a los adultos les parecen coloristas y a los niños, vergonzosos. Se sabe de algunos de estos últimos que han dado en llamar a su zona de la ciudad Maricónville. Descendamos ahora, a través del dulce aire matutino (ya empieza a hacer más calor; desde luego este va a ser el día ideal para la Fiesta de la Fresa). Volamos en silencio sobre la calle Camelot, pasamos el cruce entre Camelot y Avalon y continuamos nuestro descenso por esta última hasta la avenida de Lady Marian. Desde Lady Marian seguimos hasta —¿supone una sorpresa?— la calle Robin Hood.
Aquí, en el número 16, una monada de casita tipo Cape Cod que parece perfecta para el premio a la clásica familia decente y que trabaja duro para abrirse camino, nos encontramos abierta la puerta de la cocina. Nos llega el aroma a café y tostadas, una combinación maravillosa de olores que desmiente toda dislocación (si no tuviésemos la certeza de que no es así; si no hubiésemos visto al perro en acción, comiéndose un pie que sobresale de una zapatilla como un niño podría comerse una salchicha sobresaliendo de su panecillo), y seguimos el aroma hasta el interior. Está bien lo de ser invisibles, ¿eh? Lo de observar en silencio como dioses. ¡Si lo que nuestros divinos ojos han visto solo fuese un poco menos sobrecogedor! Pero así son las cosas. Estamos en el ajo, para bien o para mal, y haríamos mejor en seguir adelante. Como dicen en esta parte del mundo, es una pena desperdiciar la luz del día.
Aquí, en la cocina del número 16, se encuentra Fred Marshall, cuya imagen adorna el caballete de Vendedor del Mes en la sala de exposición de Aperos del Condado de French. Fred también ha sido nombrado Empleado del Año en tres de las últimas cuatro ocasiones (hace dos años Ted Goltz le dio el premio a Otto Eisman, solo para romper la rutina), y cuando está en su puesto nadie irradia más encanto y personalidad o derrocha más amabilidad. ¿Querían algo agradable? Damas y caballeros, les presentamos a Fred Marshall.
Solo que ahora no hay indicios de su sonrisa tan segura de sí, y su cabello, siempre tan cuidadosamente peinado en el trabajo, no ha visto aún el cepillo. Lleva unos shorts Nike y una camiseta con las mangas cortadas en lugar de sus habituales pantalones caquis bien planchados y camisa deportiva. Sobre la encimera está el ejemplar de La Riviere Herald de los Marshall, abierto en una página interior.
A Fred le ha tocado padecer ciertos problemas últimamente (o más bien a su mujer, Judy, y todo lo de ella es suyo, o eso dijo el cura cuando les unió en santo matrimonio) y lo que está leyendo no le hace sentir mejor. Ni mucho menos. Es una columna que continúa la historia principal en primera plana, y por supuesto el autor es el periodista sensacionalista favorito de todos, Wendell Green: EL PESCADOR AÚN ANDA SUELTO.
La columna constituye un resumen básico de los dos primeros asesinatos (horripilante y más horripilante aún es lo que Fred opina de ellos) y, mientras lee, Fred dobla y levanta hacia atrás primero la pierna izquierda y luego la derecha, estirando todos los músculos importantes en preparación para salir a correr como cada mañana. ¿Qué puede ser más antidislocación que salir a correr por las mañanas? ¿Puede haber algo más agradable? ¿Qué puede estropear tan encantador inicio de un precioso día de Wisconsin?
Bueno, a ver qué les parece esto:
Los sueños de Johnny Irkenham eran bastante simples, según su desolado padre. [Desolado padre, piensa Fred mientras se estira e imagina a su hijo dormido en el piso de arriba. Dios mío, no permitas que sea jamás un padre desolado. No sabe, por supuesto, que pronto tendrá que asumir ese papel.] «Johnny quería ser astronauta —dijo George Irkenham, y esbozó una sonrisa que iluminó su rostro exhausto—. Me refiero a cuando no estaba apagando fuegos para el Departamento de Bomberos de French Landing o luchando contra el crimen con la Asociación Americana en Favor de la Justicia, claro.»
Esos sueños inocentes acabaron en una pesadilla que no podemos imaginar. [Pero estoy seguro de que lo intentarás, piensa Fred mientras empieza a mover los dedos de los pies.] El pasado lunes, su cuerpo descuartizado fue descubierto por Spencer Hovdahl, de Centralia. Hovdahl, un agente de préstamos del First Farmer State Bank, estaba inspeccionando una granja abandonada en French Landing propiedad de John Ellison, que vive en un condado vecino, con la intención de iniciar los pasos necesarios para su embargo. «Para empezar, ni siquiera deseaba estar allí —informó Hovdahl a este reportero—. Si hay algo que detesto es ese rollo de andar requisando y embargando. [Conociendo como conoce a Spence Hovdahl, Fred duda mucho de que utilizase la palabra rollo.] Y aún lo deseé menos después de entrar en el gallinero. Se está viniendo abajo de tan destartalado, y me habría quedado fuera de no ser por el ruido de las abejas. Pensé que ahí dentro debía de haber un panal. Me interesan las abejas, y sentí curiosidad. Que Dios me ayude, sentí curiosidad. Espero no volver a sentirla jamás.»
Lo que encontró en el gallinero fue el cadáver de John Wesley Irkenham, de siete años. El cuerpo había sido descuartizado y las partes pendían de las podridas vigas del gallinero mediante cadenas. Aunque el jefe de policía Dale Gilbertson no lo confirma ni lo niega, fuentes policiales fiables en La Riviere aseguran que los muslos, el torso y las nalgas presentaban marcas de mordeduras…
De acuerdo, ya es suficiente para Fred, se acabó lo que se daba. Cierra el periódico y le da un empujón para enviarlo por sobre la encimera hasta la cafetera. Dios santo, cuando él era pequeño nunca publicaban cosas como esa en los periódicos. ¿Y por qué el Pescador, por el amor de Dios? ¿Por qué tenían que etiquetar a cada monstruo con un mote pegadizo, que convertir a quien fuera que hubiese hecho eso en celebridad psicópata del mes?
Por supuesto, cuando él tenía la edad de Tyler nunca había pasado nada semejante, pero el principio fundamental… el maldito principio del asunto…
Fred acaba sus ejercicios con las puntas de los pies y se recuerda que debe tener una charla con Tyler. Será más difícil que sus pequeñas charlas sobre por qué la cosita a veces se le pone dura, pero definitivamente ha de hacerse. Utiliza el sistema de ir siempre acompañado —le dirá Fred—. Ahora tienes que ir con tus amigos a todas partes, Ty. Durante un tiempo se acabó lo de andar solo por ahí, ¿vale?
Y, sin embargo, a Fred se le antoja remota la idea de que puedan en realidad asesinar a Ty; le parece el material para un documental dramático de la tele, o quizá para una película de Wes Craven. Llamémosla Scream 4: el Pescador. De hecho, ¿no había una película sobre algo parecido, una que iba de un tío con impermeable de pescador que andaba por ahí matando adolescentes con un anzuelo? Tal vez, pero no a niños pequeños, no a criaturas como Amy Saint Pierre y Johnny Irkenham. Santo Dios, el mundo se estaba desintegrando justo delante de sus narices.
Los trozos del cuerpo colgando de cadenas en un destartalado gallinero, esa es la parte que le obsesiona. ¿Puede ser cierto? ¿Puede ser cierto aquí y ahora, en la tierra de Tom Sawyer y Becky Thatcher?
Bueno, dejémoslo estar. Ya es hora de correr.
Pero a lo mejor, sin saber cómo, el periódico se ha perdido esta mañana, piensa Fred mientras lo coge para doblarlo hasta que parece un grueso libro en edición de bolsillo (pero parte del titular le acusa incluso entonces: EL PESCADOR AÚN ANDA S). A lo mejor el periódico ha hecho… no sé, algo así como emigrar directamente hacia el viejo cubo de basura que hay detrás de la casa.
Sí, buena idea. Porque Judy ha estado extraña últimamente, y las vibrantes historias de Wendell Green sobre el Pescador no ayudan precisamente (marcas de mordeduras en muslos y torso, piensa Fred mientras se desliza hacia la puerta a través de la casa sumida en la quietud matutina. Y, ya que está en ello, camarero, haga que me corten una buena tajada de nalga). Judy lee los artículos de prensa de manera obsesiva, sin hacer comentarios, pero a Fred no le gusta la forma en que sus ojos van de un lado a otro, o algunos de los otros tics que viene padeciendo: la forma obsesiva en que se toca con la lengua el labio superior, por ejemplo…; en los últimos dos o tres días incluso la ha visto llegar con la punta de la lengua hasta la parte superior de la hendidura que separa el labio de la nariz, una hazaña que habría creído imposible de no haber vuelto a presenciarla la noche anterior, mientras emitían el telediario local. Cada vez se va a la cama más temprano, y en ocasiones habla en sueños, arrastrando unas palabras extrañas que no suenan a inglés. A veces, cuando Fred le habla, Judy no responde; simplemente se queda mirando al vacío con los ojos muy abiertos, moviendo levemente los labios y frotando las manos (han empezado a aparecer en ellas cortes y rasguños, a pesar de que sigue llevando las uñas cortas).
Ty también se ha percatado de esas rarezas que se están apropiando de su madre. El sábado, mientras padre e hijo comían juntos —Judy estaba arriba echándose una de sus largas siestas, otro nuevo truco—, el niño preguntó sin previo aviso:
—¿Qué le pasa a mamá?
—Ty, a mamá no le pasa na…
—¡Sí que le pasa! Tommy Erbter dice que últimamente está como si le faltara un tornillo.
¿Y no había estado a punto de tender la mano por sobre la sopa de tomate y los emparedados calientes de queso para pegarle un tortazo a su hijo? ¿A su único hijo? ¿Al bueno de Ty, que solo estaba preocupado? Pues sí, había estado a punto, que Dios le ayudase.
Una vez fuera, donde parte el sendero de cemento que desciende hasta la calle, Fred empieza a correr lentamente sin moverse del sitio, inspirando hondo para hacer acopio del oxígeno que pronto volverá a expeler. Suele ser el mejor momento de su jornada (eso si él y Judy no hacen el amor, algo bien extraño desde hace un tiempo). Le gusta la sensación, la práctica certeza de que su camino puede suponer el inicio de una senda hacia cualquier parte, de que puede empezar ahí, en la zona de Libertyville en French Landing, y acabar en Nueva York… San Francisco… Bombay… los desfiladeros de Nepal. Cada paso desde el propio umbral es una invitación al mundo (quizá hasta al universo), y eso es algo que Fred Marshall comprende de manera intuitiva. Sí, de acuerdo, se dedica a vender tractores John Deere y cultivadoras Case, pero no carece de imaginación. Cuando él y Judy eran estudiantes en la Universidad de Wisconsin en Madison, sus primeras citas tuvieron lugar en la cafetería que había a la salida del campus, un refugio para amantes del jazz y la poesía exprés llamado Chocolate Watchband. No sería del todo injusto decir que se habían enamorado con el sonido de fondo de borrachos airados que declamaban poemas de Allen Ginsberg y Gary Snyder a través del equipo de sonido del Chocolate Watchband, barato pero exquisitamente ruidoso.
Fred inspira profundamente una vez más y echa a correr. Coge la calle Robin Hood hasta Lady Marian, donde saluda con un ademán a Deke Purvis. Deke, ataviado con bata y zapatillas, está recogiendo la cotidiana dosis de catástrofe de Wendell Green de su propio porche. Fred dobla entonces en la calle Avalon, acelerando un poco ahora para que la mañana le vea los talones.
No consigue dejar atrás sus preocupaciones, sin embargo.
Judy, Judy, Judy, se dice con la voz de Cary Grant (una pequeña broma que hace mucho que dejó de hacerle gracia a su amada).
Recuerda las sandeces que balbucea cuando duerme, y la forma en que sus ojos se mueven con rapidez de un lado al otro, por no mencionar la ocasión (hace solo tres días) en que la siguió a la cocina y ella no estaba allí; resultó que estaba detrás de él, bajando las escaleras, y le pareció menos importante cómo lo había hecho que por qué lo había hecho, eso de escabullirse por las escaleras de atrás para luego aparecer por las de delante (porque eso era lo que tenía que haber hecho; era la única solución que se le ocurría). Luego están esos movimientos y pequeños chasquidos que hace con la lengua. Fred sabe lo que significa todo eso: Judy ha estado actuando como una mujer aterrorizada. Lleva haciéndolo desde antes del asesinato de Amy Saint Pierre, de forma que no puede ser a causa del Pescador, o al menos no solo de él.
Y hay un asunto más importante. Un par de semanas atrás, Fred les habría dicho que su esposa era incapaz de sentir el menor temor. Bien puede medir poco más de metro sesenta («Vaya, pero si no abultas gran cosa», fue el comentario de la abuela de Fred cuando conoció a su prometida), pero Judy tiene el corazón de un león, de una guerrera vikinga. Y no se trata de una majadería o una exageración, o de una licencia poética; es la simple verdad, tal como Fred lo ve, y es ese contraste entre lo que siempre ha conocido y la realidad actual lo que más le asusta.
Desde Avalon se dirige hacia la calle Camelot, cruzando la intersección sin mirar si hay tráfico, más rápido de lo habitual, casi a la carrera en lugar de correteando para hacer ejercicio. Está recordando algo que pasó más o menos un mes después de que él y Judy empezaran a salir juntos.
Era al Chocolate Watchband adonde habían acudido, como de costumbre, solo que en esa ocasión por la tarde, a escuchar a un cuarteto que de hecho había resultado bastante bueno. Aunque no es que hubiesen prestado mucha atención, según recuerda Fred; en general le había contado a Judy lo poco que le gustaba estar en la facultad de Agronomía y Ciencias Biológicas (la Facultad de los Burros, como la llamaban los presuntuosos de Letras), y lo poco que le gustaba la asunción de que cuando se graduara volvería a casa y ayudaría a Phil a llevar la granja de la familia en French Landing. La idea de pasarse la vida formando equipo con Phil hacía sumirse a Fred en una depresión severa.
—¿Qué quieres hacer, entonces? —había preguntado Judy. Le sostenía la mano sobre la mesa, en la que ardía una vela en un recipiente de cristal mientras en el escenario el conjunto interpretaba una dulce melodía llamada Estaré ahí cuando me necesites.
—No lo sé —había contestado él—, pero te digo una cosa, Judy, debería estar en la facultad de Empresariales, y no en la de los Burros. Soy muchísimo mejor vendiendo cosas que plantándolas.
—Entonces, ¿por qué no cambias?
—Porque mi familia cree que…
—No es tu familia la que va a tener que vivir tu vida, Fred, sino tú.
Recuerda haber pensado que hablar es fácil, pero entonces, en el camino de regreso al campus ocurrió algo tan asombroso y tan lejos de cómo él suponía que había de funcionar la vida que todavía le maravilla, incluso ahora, unos trece años más tarde.
Seguían hablando del futuro de Fred y de su futuro juntos (Podría ser la esposa de un granjero —había dicho Judy—, pero solo si mi esposo deseara de veras ser granjero). Seguían enfrascados en eso. Se dejaban llevar por sus pies sin interesarles gran cosa hacia dónde les conducían, cuando en la intersección de las calles State y Gorham el chirriar de unos frenos y un sonoro golpe metálico interrumpieron la conversación. Fred y Judy se habían vuelto para ver una camioneta Dodge cuyo parachoques acababa de engancharse con el de un viejo Ford familiar.
Del coche familiar, que claramente se había saltado la señal de stop al final de la calle Gorham, se apeó un hombre de mediana edad con un traje marrón tan anticuado como él. Parecía asustado además de alterado, y Fred pensó que tenía buenas razones para estarlo; el hombre que avanzaba hacia él desde la camioneta era joven, fornido (Fred recordaba en particular la panza que le sobresalía de la cintura de los vaqueros), y llevaba una palanca para neumáticos. ¡Tú, maldito gilipollas descuidado! —exclamó Joven y Fornido—. ¡Mira lo que le has hecho a mi camioneta! ¡Es la camioneta de mi padre, maldito gilipollas!
Traje Anticuado retrocedió, con los ojos muy abiertos y las manos levantadas, mientras Fred le observaba fascinado desde delante de Rickman’s Hardware, pensando: Oh, no, señor, mala idea. Uno no retrocede ante un tipo como este, uno va hacia él, por furioso que esté. Le está provocando… ¿Es que no ve que le está provocando? Tan fascinado que no se percató de que la mano de Judy ya no estaba en la suya, y escuchando con una especie de desagradable certeza previa mientras el señor Traje Anticuado, todavía retrocediendo, balbuceaba cuánto lo sentía…, que era culpa suya, que no iba mirando, que no estaba pensando…, los papeles del seguro…, que había que dibujar un diagrama…, hacer acudir a un policía para tomarles declaración…
Y todo ese tiempo Joven y Fornido seguía avanzando, golpeándose la palma de la mano con el extremo de la palanca para neumáticos y sin escucharle. Eso no iba de seguros o compensaciones; de lo que iba era de que el señor Traje Anticuado casi le había hecho cagarse del susto cuando no hacía sino conducir ocupándose de sus propios asuntos y oyendo cantar a Johnny Paycheck «Coge ese empleo y métetelo donde te quepa». Joven y Fornido pretendía cobrarse una pequeña venganza por el susto y el bandazo que le habían hecho dar tras el volante…, tenía que vengarse un poco, porque el olor que emanaba del otro hombre le estaba incitando; era olor a cobardía, miedo e indefensión innata. Se trataba del caso típico del conejo y el perro de corral, y de pronto el conejo se había quedado sin espacio para retroceder; el señor Traje Anticuado se apretaba contra el costado de su coche familiar y al cabo de unos instantes la palanca de neumáticos empezaría a surcar el aire y la sangre comenzaría a salpicar.
Solo que no hubo sangre y ni un solo golpe, porque de súbito Judy DeLois estaba ahí, sin abultar gran cosa pero de pie entre los dos hombres, alzando una mirada intrépida hacia el rostro arrebolado de Joven y Fornido.
Fred parpadeó, preguntándose cómo demonios habría llegado ahí tan condenadamente rápido. (Mucho después volvería a tener la misma sensación al seguirla hasta el interior de la cocina, solo para oír el rítmico retumbar de sus pies al descender las escaleras de la parte delantera.) ¿Y entonces? Pues entonces Judy le propinó una fuerte palmada a Joven y Fornido en el brazo. ¡Plaf!, le dio justo en el carnoso bíceps, dejando la huella blanca de una palma en la piel pecosa y bronceada bajo la manga de la rasgada camiseta azul del hombre. Fred lo vio pero no dio crédito a sus ojos.
¡Basta ya!, le gritó Judy a la cara a un Joven y Fornido que empezaba a parecer perplejo. ¡Deja esa palanca! ¡No seas idiota! ¿Quieres ir a la cárcel por un planchado de carrocería de apenas setecientos dólares? ¡Baja la palanca! ¡Vamos, grandullón, contrólate! ¡Baja… esa… palanca!
Por un instante Fred había tenido la certeza de que Joven y Fornido iba a propinar de todos modos un golpe con la palanca, y justo en la linda cabecita de su novia. Pero Judy ni siquiera parpadeó; no apartó ni por un segundo la mirada del hombre de la palanca, que le sacaba un par de palmos y debía de pesar cien kilos más. Desde luego, ese día no emanó de ella el más mínimo olor a miedo y cobardía; su lengua no propinó nerviosos toquecitos en el labio superior o en la base de la nariz; sus airados ojos estaban absolutamente fijos.
Y al cabo de unos instantes, Joven y Fornido bajó la palanca.
Fred no fue consciente de que se había congregado una multitud hasta que oyó prorrumpir en aplausos espontáneos a unos treinta curiosos. Se unió a ellos, más orgulloso de ella que nunca en ese momento. Y, por primera vez, Judy pareció asustada. En cualquier caso, lo estuviera o no, permaneció en el lugar. Hizo que los dos hombres se acercasen, tironeando de un brazo del señor Traje Anticuado, y les forzó literalmente a darse un apretón de manos. Para cuando llegó la policía, Joven y Fornido y el señor Traje Anticuado estaban sentados codo con codo en el bordillo estudiando los papeles del seguro de ambos. Caso cerrado.
Fred y Judy anduvieron de vuelta al campus cogidos de la mano. Durante dos manzanas Fred no dijo nada. ¿Se sentía intimidado por Judy? Ahora supone que sí. Al fin le dijo: Ha sido increíble.
Ella le dirigió una mirada algo incómoda y una sonrisa algo incómoda.
No, no lo ha sido, contestó. Si quieres ponerle un nombre, llámalo espíritu cívico. He visto a ese tipo dispuesto a acabar en la cárcel. No podía permitirlo. O que al otro le hiciesen daño.
Sin embargo, dijo eso último casi como una ocurrencia, y Fred captó por primera vez no solo su valentía sino también su inquebrantable corazón vikingo. Ella estaba de parte de Joven y Fornido porque… bueno, porque el otro tipo había sentido miedo.
Pero ¿no te has asustado?, le preguntó Fred. Aún estaba demasiado pasmado por lo que había visto para que le pasara por la cabeza (todavía) que debería haberse sentido un poco avergonzado; después de todo, era su novia la que había intervenido en su lugar, lo cual iba contra los cánones establecidos. ¿No has tenido miedo de que ese tío, en un arranque de ira, te golpeara con la palanca?
Judy lo miró con expresión de perplejidad.
Ni se me ha ocurrido pensarlo, repuso.
Camelot desemboca finalmente en la calle Chase, desde donde, en días claros como este, se ve relucir levemente el Misisipí, pero Fred no llega tan lejos. Se vuelve al final de Liberty Heights para regresar por donde ha venido, con la camisa empapada en sudor. Normalmente correr le hace sentir mejor, pero hoy no es así, al menos por el momento. La intrépida Judy de aquella tarde en la esquina de State y Gorham es tan distinta de la Judy de ojos inquietos y a veces fuera de onda que ahora vive en su casa —esa Judy que duerme tantas siestas y se retuerce las manos— que Fred ha llegado a comentárselo a Pat Skarda. Lo hizo ayer, cuando el médico estaba en Goltz mirando unas máquinas cortacésped.
Fred le había enseñado un par, una Deere y una Honda, se había interesado por su familia, y luego (como quien no quiere la cosa, o eso esperaba) le había preguntado:
—Eh, doctor… ¿cree posible que una persona simplemente se vuelva loca? Sin previo aviso, me refiero.
Skarda le había dirigido una mirada de lince que a Fred le había gustado de verdad.
—¿Te estás refiriendo a un adulto o a un adolescente, Fred?
—Bueno, la verdad es que no me estoy refiriendo a nadie en concreto. —Había soltado una gran risotada, poco convincente a los oídos del propio Fred, y que, a juzgar por la mirada de Pat Skarda, tampoco a él se lo había parecido—. No hablo de nadie… real, sino, pongamos por caso, de un adulto.
Skarda reflexionó y luego negó con la cabeza.
—Hay pocos absolutos en medicina, y aun menos en psiquiatría. Dicho esto, he de decirte que me parece muy improbable que una persona «simplemente se vuelva loca». Puede tratarse de un proceso bastante rápido, pero es un proceso al fin y al cabo. Oímos decir a la gente: «Fulano ha perdido la chaveta», pero rara vez es ese el caso. La disfunción mental, esto es, la conducta neurótica o psicótica, tarda tiempo en desarrollarse, y suele haber signos indicativos. ¿Qué tal está tu madre últimamente, Fred?
—¿Mi madre? Oh, está bien. Como una rosa.
—¿Y Judy?
Le había llevado un instante esbozar una sonrisa, pero una vez lo consiguió fue una bien amplia.
—¿Judy? Ella también está como una rosa, doctor. Por supuesto que sí. Tan tranquila como siempre.
Pues claro. Tan tranquila como siempre. Solo que mostraba algunos signos indicativos, eso era todo.
A lo mejor se le pasan, piensa. Esas buenas endorfinas suyas entran finalmente en acción y de pronto la posibilidad le parece plausible. El optimismo es el estado normal de Fred, que no cree en la dislocación, y una leve sonrisa ilumina su rostro, la primera del día. A lo mejor esos signos se le pasan. A lo mejor lo que quiera que tenga se va tan rápido como ha venido. ¿Sabes qué?, a lo mejor hasta se trata de una de esas cosas del ciclo femenino, como el síndrome premenstrual.
Dios Santo, si solo se trataba de eso, ¡vaya alivio! Entretanto, tiene que pensar en Ty. Ha de tener una conversación con Tyler sobre lo de ir siempre acompañado de sus amigos, porque, aunque Fred no crea lo que Wendell Green trata por lo visto de insinuar, que el fantasma de un fabuloso caníbal y coco generalizado de primeros de siglo llamado Albert Fish ha aparecido por alguna razón aquí en Coulee Country, desde luego ahí fuera hay alguien, y ese alguien ha asesinado a dos niños pequeños y ha hecho a sus cuerpos cosas inexplicables (a menos que uno sea Wendell Green, por lo visto).
Marcas de mordeduras en muslos, torso y nalgas, piensa Fred, y corre más rápido, aunque ahora siente una punzada en el costado; pero hay que insistir en que no cree que algo tan horroroso pueda sucederle a su hijo, y tampoco cree que pueda haber sido causa del estado en que se halla Judy, puesto que sus rarezas empezaron cuando Amy Saint Pierre aún estaba viva, y John Irkenham también, y presumiblemente ambos jugaban satisfechos en sus respectivos patios.
A lo mejor esto, a lo mejor lo otro… ya basta de Fred y sus preocupaciones, ¿de acuerdo? Alcemos el vuelo del entorno de esta mente atribulada y precedámosle de vuelta al número 16 de la calle Robin Hood; vayamos directamente a la fuente de sus problemas.
La ventana del dormitorio conyugal en la planta superior está abierta y el mosquitero no supone problema alguno, por supuesto: nos colamos a través de él para entrar a la vez que la brisa y los primeros sonidos del día que despierta.
Los sonidos de French Landing al despertar no despiertan a Judy Marshall. Qué va; está con los ojos como platos desde las tres, estudiando las sombras en busca de no sabe qué, huyendo de unos sueños demasiado horribles para recordarlos. Aunque sí recuerda algunas cosas, por poco que desee recordarlas.
—He visto el ojo otra vez —le comenta a la habitación vacía. Asoma la lengua y, sin Fred por ahí para vigilarla (sabe que la está vigilando; se siente acosada, pero no es estúpida), no se limita a tocar tan solo la zona entre el labio y la nariz sino que la cubre entera en un gran lengüetazo, como un perro que se lame el morro—. Es un ojo rojo. Su ojo. El ojo del Rey. —Alza la mirada hacia las sombras de los árboles de fuera. Bailan en el techo, trazando formas y caras, formas y caras—. El ojo del Rey —repite, y empieza con las manos, a frotárselas, retorcérselas, apretárselas—. ¡Abbalah! ¡Zorros que corren a sus madrigueras! ¡Abbalah-doon, el Rey Colorado! ¡Ratas en sus ratoneras! ¡Abbalah Munshun! ¡El Rey está en su Torre, comiendo pan con miel! ¡Los cacos en el sótano, haciendo el dinero!
Sacude la cabeza. Oh, esas voces, salidas de la oscuridad, y a veces se despierta con una visión ardiéndole detrás de los ojos, una visión de una enorme torre de pizarra que se alza en un campo de rosas. Un campo de sangre. Entonces empiezan las voces, las parrafadas en lenguas desconocidas, palabras que ella no puede comprender y no digamos ya controlar, un torrente de sandeces mezcladas con el inglés.
—Caminando, caminando penosamente —prosigue—. Las criaturitas marchan con sus sangrantes piececitos… Oh, por el amor de Dios, ¿es que esto no va a acabar nunca?
Saca la lengua de nuevo y se lame la punta de la nariz; por un instante las fosas nasales se le taponan con su propia saliva y en su cabeza retumban esas terribles palabras extranjeras —Abbalah, Abbalah-doon, Can-tah, Abbalah— esas terribles e impactantes imágenes de la torre y las cuevas ardiendo debajo de ella, cuevas en que criaturitas marchan pesadamente con sus piececitos sangrantes. Su mente está a punto de estallar con todo eso, y solo hay una forma de lograr que se detenga, una sola forma de encontrar alivio.
Judy Marshall se incorpora hasta sentarse. En la mesilla, a su lado, hay una lámpara, un ejemplar de la última novela de John Grisham, un pequeño bloc de notas (regalo de cumpleaños de Ty, en que cada hoja lleva el encabezamiento HE AQUÍ OTRA GRAN IDEA QUE HE TENIDO) y un bolígrafo con las palabras LA RIVIERE SHERATON impresas en un costado.
Judy coge el bolígrafo y garabatea en el bloc.
Nada de Abbalah ni de Abbalah-doon ni de torres ni de cacos ni de Rey Colorado solo sueños solo son mis sueños
Es suficiente, pero los bolígrafos también son caminos a ninguna parte, y antes de que pueda separar la punta de este del taco de cumpleaños, escribe una línea más:
La Casa Negra es el umbral de Abbalah la entrada al infierno Sheol Munshun todos esos mundos y espíritus
¡Ya basta! Dios misericordioso, ¡ya basta! Pero hay algo peor: ¿y si todo esto empieza a tener sentido?
Arroja el bolígrafo sobre la mesilla, donde rueda hasta la base de la lámpara y se para. Entonces arranca la página del bloc, la arruga y se la mete en la boca. La mastica con furia, sin desgarrarla pero chafándola hasta obtener una bola empapada, y entonces se la traga. Por un instante espantoso se le queda atascada en la garganta, pero luego pasa. Palabras y mundos se desvanecen y Judy se deja caer sobre las almohadas, exhausta. Tiene la cara pálida y sudorosa, los ojos enormes y llenos de lágrimas no derramadas, pero las sombras que se mueven en el techo ya no le parecen rostros, los rostros de niños que caminan pesadamente, ni ratas en sus ratoneras, ni zorros en sus madrigueras, ni el ojo del Rey, ni Abbalah Abbalah-doon. Ahora no son más que las sombras de los árboles otra vez. Ella es Judy Delois Marshall, esposa de Fred, madre de Ty. Esto es Libertyville, esto es French Landing, esto es el condado de French, esto es Wisconsin, esto es América, esto es el hemisferio norte, esto es el mundo, y no hay más mundos que este. Que así sea.
Ah, que así sea.
Se le cierran los ojos y finalmente se sume de nuevo en el sueño, de forma que nos deslizamos por la habitación hacia la puerta, pero justo antes de que la alcancemos Judy Marshall dice una cosa más… al cruzar la frontera entre la vigilia y el sueño.
—Tu nombre no es Burnside. ¿Dónde está tu madriguera?
La puerta del dormitorio está cerrada, de modo que utilizamos el ojo de la cerradura y nos colamos por él como un suspiro. Recorremos el pasillo, pasando por delante de fotos de la familia de Judy y de la de Fred, incluida una imagen de la granja de la familia Marshall en que Fred y Judy pasaron una temporada horrible, pero por suerte corta, no mucho después de casarse. ¿Quieren un buen consejo? No le hablen a Judy Marshall del hermano de Fred, Phil. Sencillamente no empiecen con eso, como sin duda diría George Rathbun.
No hay ojo de la cerradura en la puerta del fondo del pasillo, de modo que nos metemos por debajo como un telegrama y entramos en una habitación que pertenece a un niño: lo sabemos por la mezcla de olores a calcetines de deporte sucios y grasa de caballo para el cuero. Es pequeña, pero parece mayor que la de Fred y Judy en el otro extremo del pasillo, muy probablemente porque en esta no se capta el olor a ansiedad. En las paredes hay imágenes de Shaquille O’Neal, Jeromy Burnitz, el equipo del año pasado de los Bucks de Milwaukee… y del ídolo de Tyler Marshall, Mark McGwire. McGwire juega con los Cards, y los Cards son el enemigo, pero demonios, en realidad los Brewers de Milwaukee no son competencia para nadie. A los Brewers los habían pisoteado en la Liga Americana, y también los habían pisoteado en la Nacional. Y McGwire…, bueno, es un héroe, ¿no? Es fuerte, es modesto y puede enviar la pelota de béisbol a un par de kilómetros de distancia. Hasta el padre de Tyler, que anima exclusivamente a equipos de Wisconsin, opina que McGwire es algo especial. «El mejor bateador en la historia del béisbol», le llamó una vez después de su temporada de setenta home run, y Tyler, aunque en ese año legendario era poco más que una criatura, nunca lo ha olvidado.
Además, en la pared de este niño que pronto será la cuarta víctima del Pescador (sí, ya ha habido una tercera, como hemos visto), ocupando el lugar de honor directamente sobre la cama, hay un póster en que se ve un castillo oscuro al final de un prado largo y neblinoso. En la pared de abajo del póster, que ha sujetado a la pared con cinta adhesiva (su madre prohíbe terminantemente las chinchetas), se lee, en grandes letras verdes, REGRESE A LA TIERRA DE AULD. Ty está considerando quitar el póster el tiempo suficiente para recortar esa parte. No le gusta el póster por que tenga interés alguno en Irlanda; para él, la imagen le habla en susurros de algún otro lugar, de un sitio Enteramente Distinto. Como si fuera una fotografía de algún espléndido reino mitológico en que puedan encontrarse unicornios en los bosques y dragones en las cuevas. No le interesa Irlanda; tampoco le interesa Harry Potter. Hogwarts está bien para las tardes de verano, pero este es un castillo en el Reino de lo Enteramente Distinto. Es lo primero que Tyler Marshall ve por las mañanas, y lo último que ve por las noches, y sencillamente le gusta que sea así.
Está tendido hecho un ovillo sobre un costado y lleva calzoncillos; es una coma humana de alborotado cabello rubio oscuro y con un pulgar cerca de la boca, en realidad a solo un par de centímetros de ser chupado. Está soñando; advertimos que los globos oculares se mueven bajo los párpados cerrados. También sus labios se mueven. Está susurrando algo… ¿Abbalah? ¿Está musitando la palabra de su madre? Seguro que no, pero…
Nos acercamos más para escuchar, pero antes de que podamos oír nada un circuito del reloj despertador rojo chillón de Tyler cobra vida y la voz de George Rathbun llena súbitamente la habitación para atraer a Tyler de vuelta de cualesquiera que fuesen los sueños que han estado bullendo bajo esa mata despeinada.
«Tenéis que escucharme, fans, ¿cuántas veces os lo he dicho? Si no conocéis los muebles de los Hermanos Henreid de French Landing y Centralia, es que no sabéis nada de muebles. Exacto, estoy hablando de Hermanos Henreid, hogar de la explosión colonial. Muebles para la sala de estar, para el comedor, para el dormitorio; marcas famosas que conocéis y en las que confiáis, como Maderas Bretonas La-Z-Boy y Cabeza de Alce. ¡HASTA UN CIEGO PUEDE VER QUE HERMANOS HENREID SIGNIFICA CALIDAD!»
Ty Marshall está riendo incluso antes de haber abierto del todo los ojos. Le encanta George Rathbun; George es absolutamente guay.
Y ahora dice, sin siquiera cambiar el tono después del anuncio: «Supongo que estáis todos listos para la juerga de los Brewer, ¿no? ¿Me habéis mandado esas postales con vuestro nombre, dirección y telephone? Eso espero, porque el concurso se cerró a medianoche. Si os lo habéis perdido… ¡qué pena, Filomena!».
Ty cierra otra vez los ojos y mueve los labios para articular tres veces la misma palabra: Mierda, mierda, mierda. Pues sí, olvidó enviar la postal en cuestión para participar en el concurso y ahora solo le queda esperar que su padre (que sabe cuán olvidadizo puede llegar a ser su hijo) se acordara y lo hiciera por él.
«¿El gran premio? —está diciendo George—. NADA MENOS que la oportunidad, para ti o tu persona favorita, de ser encargado de los bates del equipo de los Brewers durante la totalidad de las series de Cincinnati. NADA MENOS que la posibilidad de ganar el bate de Richie Sexon con su autógrafo, el BATE DEL RAYO. Por no mencionar los cincuenta asientos en primera base junto a mí, George Rathbun, Universidad Itinerante de Conocimientos sobre el Béisbol de Coulee Country. Pero ¿POR QUÉ TE ESTOY DICIENDO ESTO? Si te lo has perdido, ya es demasiado tarde. ¡Caso cerrado, fin del partido, súbete la bragueta! Oh, ya sé por qué he sacado el tema a relucir… ¡para asegurarme de que me sintonices el próximo viernes para comprobar si anuncio TU NOMBRE por radio!»
Ty emite un gemido. Solo hay dos posibilidades de que George anuncie su nombre en la radio: escasa y ninguna. No es que le importe gran cosa lo de ser encargado de bates, vestido con un holgado uniforme de los Brewers y correteando delante de toda esa gente en Miller Park, pero lo de poseer el bate del mismísimo Richie Sexon, el bate del rayo… ¿no habría sido una pasada?
Tyler se levanta de la cama, olfatea las sisas de la camiseta del día anterior, la arroja a un lado y saca otra limpia del cajón. Su padre a veces le pregunta por qué se pone el despertador tan temprano si, después de todo, son las vacaciones de verano, y Tyler por lo visto no logra hacerle comprender que cada día es importante, en especial esos tan cálidos y tan soleados y sin responsabilidades en particular. Es como si una vocecilla en lo más profundo de su ser le advirtiera que no desperdicie un minuto, ni uno solo, porque le queda poco tiempo.
Lo siguiente que dice George Rathbun despeja cualquier rastro de niebla soñolienta que quedase en el cerebro de Tyler, pues es como un chorro de agua fría: «A ver, gentes de Coulee, ¿queréis hablar del Pescador?».
Tyler deja lo que está haciendo y un extraño escalofrío le asciende por la espalda para luego descenderle por los brazos. El Pescador. Algún chiflado que mata niños… ¿y se los come? Bueno, ese es el rumor que le ha llegado, sobre todo de los chicos mayores del campo de béisbol o del Centro Recreativo de French Landing, pero ¿quién haría algo tan asqueroso? Canibalismo, ¡puaj!
La voz de George baja de tono. «Ahora voy a contaros un pequeño secreto, de modo que escuchad con atención a vuestro tío George.» Tyler se sienta en la cama, sosteniendo las zapatillas de deporte por los cordones, a escuchar atentamente a su tío George, como le han pedido. Le parece extraño oír hablar a George de un tema tan… poco deportivo, pero Tyler confía en él. ¿No predijo acaso George Rathbun que los Badgers llegarían al menos hasta la Elite de los Ocho dos años antes, cuando todos los demás decían que les eliminarían en la primera ronda del Gran Baile? Sí, lo hizo. Caso cerrado, fin del partido, súbete la bragueta.
La voz de George baja aún más de tono hasta lo que casi es un susurro confidencial. «El Pescador original, chicos y chicas, Albert Fish, lleva muerto y enterrado sesenta y siete años y, por lo que yo sé, nunca llegó muy al oeste de Nueva Jersey. Lo que es más, probablemente era un ¡MALDITO FAN DE LOS YANKEES! ¡ASÍ QUE UN POCO DE TRANQUILIDAD, COULEE COUNTRY! ¡CALMAOS DE UNA VEZ!»
Tyler se relaja, sonríe y empieza a ponerse las zapatillas. Calmémonos, en eso tiene razón. El día acaba de empezar, y bueno, de acuerdo, mami está un poco alteradilla últimamente, pero lo superará.
Vayámonos al son de esta pizca de optimismo; hagamos como una ameba y escindámonos, como quizá diría el imponente George Rathbun. Y hablando de George, esa voz omnipresente en la mañana de Coulee Country, ¿no deberíamos ir en su busca? No es mala idea. Hagámoslo de inmediato.