Despertó dentro del cuerpo de una amiga muerta. Tenía ocho años, era alta para su edad, de huesos frágiles y facciones delicadas. Su pelo sedoso era del color del trigo y le caía por la estrecha espalda. A la madre le gustaba cepillárselo todas las noches, pasarle cien veces el cepillo de mango de plata que tenía sobre la elegante cómoda de cerezo.
El cuerpo de la niña recordó eso, sintió eso, cada paso largo y sostenido del cepillo que la hacía imaginar que era un gato a quien estaban acariciando. Recordó cómo se reflejaba la luz sobre las cajas de hebillas y caía sobre el mango de plata del cepillo a medida que este se deslizaba por su pelo.
Recordaba el perfume del cuarto, aún ahora le parecía percibirlo. Gardenias. Siempre gardenias para mamá.
Y en el espejo, a la luz de la lámpara, alcanzaba a ver el pálido óvalo de su rostro, tan joven, tan bonito, con esos ojos azules pensativos y la piel suave. Tan viva.
Se llamaba Hope.
Las ventanas y los ventanales estaban cerrados porque era pleno verano. El calor apretaba sus dedos húmedos contra el vidrio, pero dentro de la casa el aire era fresco y su camisón de algodón estaba tan seco que crujía con cada uno de sus movimientos.
Lo que ella quería era ese calor, y la aventura, pero no lo mencionó mientras le daba el beso de buenas noches a su madre. Un beso delicado contra la mejilla perfumada.
La madre había hecho retirar la alfombra de escalera que todos los años, a partir de junio, guardaba enrollada en el ático. Ahora los suelos de pino, encerados, eran lisos y suaves bajo los pies descalzos de la jovencita que cruzaba el vestíbulo de paredes recubiertas de madera de ciprés de las que colgaban cuadros de gruesos marcos dorados. Y que subía la escalera curva que llevaba al despacho de su padre.
Allí encontraba el perfume de su padre. Humo, cuero, Old Spice y whisky.
Le encantaba ese cuarto de paredes redondeadas, sillones grandes y pesados, tapizados en cuero del color de ese oporto que a veces él bebía después de la comida. Allí los estantes de las bibliotecas estaban llenos de libros y tesoros. Ella quería a ese hombre que la esperaba sentado detrás del enorme escritorio, con su cigarro, su copa y sus libros de contabilidad.
El amor era un dolor en el corazón de la mujer que habitaba dentro de la niña, un hueco de deseo y de envidia por ese amor perfecto y sin complicaciones.
La voz del hombre resonaba, sus brazos eran fuertes y su estómago suave cuando la envolvía en un abrazo que era tan distinto del beso sutil y contenido de su madre.
«Aquí está mi princesa, que se dirige al reino de los sueños.»
«¿Con qué soñaré, papá?»
«Con caballeros y blancos corceles y con aventuras más allá del mar.»
Ella lanzó una risita, pero permaneció más de lo habitual con la cabeza apoyada en el hombro de su padre, ronroneando como un gatito.
¿Lo sabía? ¿Sabía de alguna manera que ya nunca volvería a estar sentada y a salvo en las rodillas de su padre?
Volvió a bajar la escalera y pasó frente al dormitorio de Cade. Todavía no había llegado la hora de que él se acostara, todavía no, porque Cade tenía cuatro años más que ella y era varón y durante las noches de verano podía quedarse levantado hasta más tarde, viendo televisión o leyendo, siempre que por la mañana se levantara y estuviera listo para cumplir con sus obligaciones.
Un día Cade sería el dueño de Beaux Rêves y se sentaría ante el gran escritorio del despacho de la torre, con los libros de contabilidad. Se encargaría de contratar y de despedir gente, vigilaría la siembra y la cosecha, fumaría cigarros durante las reuniones y se quejaría del gobierno y del precio del algodón.
Porque era el hijo varón. Eso no era problema para Hope. Ella no quería tener que sentarse ante el escritorio y hacer cuentas interminables.
Se detuvo frente a la puerta del dormitorio de su hermana y vaciló. En cambio para Faith sí era un problema. A Faith nada le parecía bien. Lilah, el ama de llaves, decía que la señorita Faith era capaz de discutir con Dios todopoderoso solo para irritarlo.
Hope suponía que debía de ser cierto y, aun cuando Faith era su melliza, no comprendía por qué estaba siempre tan irritada. Esa misma noche la habían mandado a la cama por insolente. Y ahora la puerta de su dormitorio estaba cerrada y no había luz debajo de ella. Hope supuso que Faith estaba mirando fijamente el techo con su habitual expresión de mal humor y con los puños apretados como si quisiera pelearse con las sombras.
Hope tocó el tirador. Casi siempre lograba que Faith depusiera su mal humor. Se arropaba con su hermana en la oscuridad y le contaba historias que inventaba hasta que Faith se reía y se le pasaba la rabieta.
Pero esa noche estaba destinada a otras cosas. Esa noche estaba destinada a la aventura.
Hope lo tenía todo planeado, pero no se dejó llevar por el entusiasmo hasta que estuvo en su dormitorio y con la puerta cerrada. Sin encender la luz, se movió en silencio en la oscuridad plateada por la luz de la luna. Se sacó el camisón de algodón y se puso unos shorts y una camiseta. El corazón le latía acompasadamente mientras arreglaba las almohadas sobre la cama para darles una forma que, a su manera tan cándida de ver, se pareciese a una persona dormida.
Buscó debajo de la cama su equipo de aventuras. La vieja caja de picnic contenía una botella de Coca-Cola, una bolsa llena de galletitas cuidadosamente birladas de la cocina, un pequeño cortaplumas oxidado, fósforos, una brújula, una pistola de agua cargada y una linterna de plástico colorada.
Permaneció un instante sentada en el suelo. Alcanzaba a oler los lápices de colores y el talco con que después del baño se espolvoreó. Alcanzaba a oír apenas la música que surgía de la sala de estar de su madre.
Sonreía cuando abrió la ventana y sacó el marco de la tela metálica.
Joven, ágil y llena de esperanzas, pasó una pierna sobre el marco de la ventana y encontró un punto de apoyo en el enrejado que sostenía la enredadera.
El aire era como miel y, mientras bajaba, su fragancia cálida y dulce le llenaba los pulmones. Se clavó una espina en el dedo y tuvo que respirar hondo. Pero siguió bajando, sin apartar la vista de la ventana iluminada de la planta baja. Soy una sombra, pensó, y nadie me verá.
Era Hope Lavelle, espía gitana, y debía reunirse con su contacto y amiga exactamente a las diez y media.
Cuando llegó al suelo tuvo que sofocar la risa, y el esfuerzo que hizo por contener una carcajada la dejó sin aliento.
Para aumentar su entusiasmo, fue corriendo de árbol en árbol, ocultándose detrás de sus viejos troncos, y luego se volvió para mirar la leve luz azul que titilaba en la ventana del dormitorio, donde su hermano Cade miraba la televisión. Enseguida contempló el reflejo amarillo de la luz de las ventanas de los cuartos donde estaban sus padres.
Si me descubriesen en este momento sería un desastre para la misión, pensó al agacharse para cruzar el jardín a la carrera mientras percibía el perfume dulzón de las rosas y los jazmines. Debía evitar a toda costa que la capturaran, como si el destino del mundo descansara sobre sus hombros y los de su compañera de aventuras.
La mujer que había dentro de la criatura gritó: «¡Vuelve, por favor vuelve!». Pero la criatura no la escuchó.
Sacó su bicicleta rosa que estaba donde la había ocultado esa tarde, detrás de las camelias, colocó su equipo de aventuras en el cesto y empujó la bicicleta por el pasto, al lado del camino de grava, hasta que la casa y las luces se perdieron en la distancia.
Entonces montó y avanzó con el viento, imaginando que esa pequeña y bonita bicicleta era una potente motocicleta.
Volaba por el aire espeso y el coro de ranas y cigarras se convirtió en el rugido de su moto que avanzaba a toda velocidad.
Al llegar al punto donde el camino se bifurcaba, dobló a la izquierda y luego desmontó para sacar la bicicleta del camino, hacia el angosto barranco donde quedaría oculta por los arbustos. A pesar de que la luna iluminaba la noche, sacó la linterna de su caja de aventuras. La sonriente princesa Leila de su reloj de pulsera le indicó que llegaba quince minutos antes de lo acordado. Sin miedo, sin pensarlo, dobló por el angosto sendero y se internó en el pantano.
Hacia el fin del verano, de la infancia. De la vida.
Allí el mundo estaba vivo y lleno de sonidos, agua, insectos y pequeñas criaturas de la noche. La luz penetraba a través del dosel de cipreses con sus musgos colgantes. Allí las flores de las magnolias eran grandes y despedían un perfume fuerte y dulzón. El camino hacia el claro era para ella una segunda naturaleza. Ese lugar de encuentro, ese lugar secreto estaba bien cuidado, custodiado y amado.
Como era la primera en llegar, juntó algunas ramas y se ocupó de prender el fuego. El humo desalentaba a los mosquitos, pero ella se rascaba las picaduras que ya llenaban sus piernas y brazos.
Se instaló a esperar con una galleta y la Coca-Cola. A medida que pasaba el tiempo se le cerraban los ojos, adormecida por la música del pantano. El fuego devoró las ramas finas y luego se convirtió en una pila de brasas. Apoyando la mejilla contra las rodillas, Hope se dejó llevar por sus pensamientos.
Al principio el crujido no fue más que parte de su sueño, en el que corría por las calles de París para eludir al malvado espía ruso. Pero el ruido de una rama al quebrarse le hizo levantar la cabeza con rapidez y le aclaró la mente adormilada. Lo primero que hizo fue sonreír, pero enseguida adoptó la expresión profesional y severa de un importante agente secreto.
—¡Santo y seña!
Lo único que quebró el silencio del pantano fue el monótono zumbido de los insectos y el leve crepitar del fuego que se apagaba.
Se puso de pie de un salto, empuñando la linterna como un arma.
—¡Santo y seña! —volvió a gritar, y apuntó el haz de su linterna.
En ese momento los crujidos resonaron a su espalda. Se volvió, con el corazón latiéndole aceleradamente, la luz bailoteando en saltos nerviosos. El miedo, algo casi nunca experimentado en sus ocho cortos años de vida, se le deslizaba, ardiente, por la garganta.
—¡Vamos! Termina con eso de una vez. No me asustas.
Un sonido a su izquierda, deliberado, burlón. Y cuando la siguiente víbora de miedo se le enroscó en las entrañas, retrocedió un paso.
Y oyó la risa, suave, jadeante, cercana.
Ahora corre, corre a través de las sombras espesas y los charcos de luz. El terror es tan agudo en su garganta que ahoga sus gritos antes de que pueda emitirlos. Pasos pesados a sus espaldas. Veloces, demasiado veloces y demasiado cercanos. Algo la golpea desde atrás. Un dolor tremendo en la espalda que vibra hasta la suela de sus zapatos. La sacudida de huesos y de aliento cuando cae con fuerza. El aire se escapa de sus pulmones en un sollozo cuando el peso de él la inmoviliza en el suelo. Percibe olor a transpiración y a whisky.
Ahora grita, un largo aullido de desesperación, y llama a su amiga.
—¡Tory! ¡Tory! ¡Ayúdame!
Y la mujer atrapada dentro de la criatura muerta llora.
Cuando volvió en sí, Tory estaba tendida en las lajas de su patio, cubierta solo por un camisón ya empapado por la leve lluvia de primavera. Tenía la cara mojada y percibió el gusto de la sal de sus propias lágrimas. Los gritos retumbaban dentro de su cabeza, pero no sabía si eran suyos o de la criatura a quien no podía olvidar.
Temblando, rodó hasta quedar de espaldas, para que la lluvia le refrescara las mejillas y lavara las lágrimas. Los episodios —hechizos, los llamaba su madre— a menudo la dejaban débil y temblorosa. Hubo un tiempo en que había logrado luchar y desprenderse de ellos antes de que la abrumaran. Porque debía elegir entre eso y el doloroso contacto del cinturón de su padre.
«Te sacaré el demonio del cuerpo a latigazos, muchacha.»
Para Hannibal Bodeen, el demonio estaba en todas partes; en todos los miedos y tentaciones acechaba la mano de Satanás. Y él había hecho todo lo humanamente posible por alejar esa maldad del cuerpo de su única hija.
En ese momento, sintiendo náuseas, Tory deseó que lo hubiera logrado.
Le sorprendía recordar que durante unos años había logrado valerse de lo que llevaba en su interior: lo explotó, lo utilizó, hasta lo celebró. Un legado, le había explicado su abuela. La visión. El brillo. El regalo de la sangre a través de la sangre.
Pero estaba Hope. Hope estaba cada vez más y más, y esos relámpagos de recuerdos de su amiga de la infancia le herían el corazón. Y la atemorizaban.
Nada de lo que había experimentado, fuera aceptando o bloqueando ese don, la había poseído de esa manera. La hacía sentir indefensa aunque se había prometido que nunca más volvería a ser vulnerable.
Sin embargo allí estaba, tendida en su propio patio, bajo la lluvia, sin recordar siquiera haber salido. Estaba en la cocina, preparando té, de pie frente a la encimera, con las luces encendidas y la música sonando, y leía una carta de su abuela.
Ese fue el disparador, comprendió Tory mientras se ponía de pie con lentitud. Su abuela era el eslabón que la unía a la infancia. A Hope. Al interior de Hope, pensó mientras cerraba la puerta del patio. Al interior del miedo, el dolor y el horror de aquella noche terrible. Sin embargo, todavía ignoraba quién y por qué.
Todavía temblorosa, Tory entró en el cuarto de baño y después de desvestirse abrió el grifo del agua caliente de la ducha y se metió debajo.
—No puedo ayudarte —murmuró, cerrando los ojos—. No pude ayudarte entonces y no puedo ayudarte ahora.
Su mejor amiga, la hermana de su corazón, murió aquella noche en el pantano mientras ella permanecía encerrada en su cuarto llorando por el dolor de la última paliza.
Y lo supo. Lo vio. Pero era impotente.
La recorrió la culpa, tan real como dieciocho años antes.
—No puedo ayudarte —repitió—. Pero volveré.
Ese verano teníamos ocho años. Ese verano lejano, cuando teníamos la sensación de que los días calurosos y espesos durarían para siempre. Fue un verano de inocencia, tontería y amistad, la clase de verano que crea un bonito globo de cristal alrededor de tu mundo. Pero una sola noche lo modificó todo. Desde entonces, nada ha sido igual para mí. ¿Cómo va a ser igual?
Durante toda mi vida he tratado de no hablar del asunto. Eso no contuvo los recuerdos, ni las imágenes. Pero durante un tiempo traté de enterrarlo, como estaba enterrada Hope. Enfrentar esto ahora, registrarlo en voz alta, aunque sea ante mí misma, es un alivio. Como arrancarse una espina del corazón. El dolor permanecerá latente.
Era mi mejor amiga.
Nuestro lazo era profundo y tenía la intensidad inmediata que solo los chicos son capaces de forjar. Supongo que formábamos una pareja extraña; la inteligente y privilegiada Hope Lavelle y la morena y tímida Tory Bodeen. Mi papá alquilaba un pequeño trozo de tierra, un rincón de la gran plantación que era propiedad de los padres de Hope. A veces, cuando su madre ofrecía una gran comida para personas de la sociedad, la mía ayudaba con la limpieza y el servicio.
Pero esos abismos sociales y de clase nunca rozaron nuestra amistad. En realidad, nunca se nos ocurrió que pudiera suceder algo semejante.
Ella vivía en una casa grandiosa, una que un antepasado excéntrico edificó imitando un castillo, en lugar de seguir el estilo georgiano tan popular en su tiempo. Era una casa de piedra, con torres y cúpulas y lo que, supongo, se podrían llamar almenas. Pero Hope no se parecía en nada a una princesa.
Vivía para las aventuras. Y, cuando estaba con ella, yo también. Con ella escapaba de las miserias y los desórdenes de mi propia casa, de mi propia vida, y me convertía en su camarada. Éramos espías, detectives, amazonas embarcadas en una búsqueda, piratas o exploradoras del espacio. Éramos valientes y honestas, audaces y desafiantes.
Durante la primavera anterior a ese verano utilizamos el cortaplumas de Hope para hacernos un pequeño tajo en las muñecas. Con solemnidad, mezclamos nuestra sangre. Supongo que tuvimos suerte de no terminar con tétanos. En cambio nos convertimos en hermanas de sangre.
Ella tenía una hermana. Una melliza. Pero Faith pocas veces se unía a nuestros juegos. Para ella eran demasiado tontos, o demasiado rudos o demasiado sucios. Para Faith siempre éramos demasiado algo. No extrañábamos su mal humor ni sus quejas. Ese verano, Hope y yo éramos mellizas.
Si alguien me hubiera preguntado si la quería, me habría sentido avergonzada. No lo habría entendido. Pero desde aquella terrible noche de agosto, todos los días he extrañado esa parte de mí que murió con ella.
Debíamos encontrarnos en el pantano, en nuestro lugar secreto. Supongo que no era demasiado secreto, pero era nuestro. A menudo jugábamos allí, en ese aire verde y húmedo, y vivíamos nuestras aventuras entre el canto de los pájaros, el musgo y las azaleas silvestres.
Nos estaba prohibido ir allí después de la caída del sol, pero a los ocho años resulta excitante violar las prohibiciones.
Yo debía llevar dulces y limonada, en parte por una cuestión de orgullo. Mis padres eran pobres y yo era aún más pobre, pero sentía la necesidad de contribuir y había contado el dinero que había en el bote que ocultaba bajo la cama. Esa noche de fines de agosto tenía dos dólares y ochenta y seis centavos, y después de haber comprado en lo de Hanson, todo mi capital, que descansaba en el bote, era de algunos peniques y de monedas de veinticinco centavos ganadas a fuerza de grandes trabajos.
Esa noche en casa comimos pollo con arroz. La casa estaba tan caliente que, aun con los ventiladores de techo funcionando al máximo, costaba comer. Pero si quedaba un grano de arroz en el plato, papá esperaba que uno lo comiera y lo agradeciera. Rezaba antes de la comida. Según su estado de ánimo, esa oración podía durar cinco minutos o veinte, mientras se enfriaba la comida, los estómagos se quejaban y el sudor nos corría por la espalda.
Mi abuela solía decir que cuando Hannibal Bodeen encontraba a Dios, hasta el mismo Dios trataba de encontrar un lugar donde ocultarse.
Mi padre era un hombre grandote y con el tiempo adquirió pecho y brazos gruesos. He oído decir que en un tiempo se lo consideraba buen mozo. Los años cincelan a los hombres de distinta manera, y a mi padre lo cincelaron con amargura. Era amargo, severo y mezquino. Se peinaba hacia atrás el pelo oscuro y su rostro parecía surgir de esa bóveda oscura como surgen las rocas afiladas de una montaña. Rocas que, ante cualquier paso en falso, a uno le desgarrarían la piel dejando al aire los huesos. Sus ojos también eran oscuros, de esa tonalidad ardiente que reconozco ahora en los ojos de algunos predicadores de televisión o en cierta gente de la calle.
Mi madre le temía. Trato de perdonarle que por temerle tanto nunca saliera en mi defensa cuando él usaba el cinturón para meter en mi interior a su Dios vengativo.
Esa noche, guardé silencio durante la comida. Tal vez él no fijara sus ojos en mí si permanecía en silencio y comía todo lo que tenía en el plato. En mi interior, las expectativas de esa noche eran como algo vivo, jubiloso. Mantuve los ojos bajos y comí cuidando de que no pudiera acusarme de devorar la comida ni de remolonear antes de comerla. Era siempre un equilibrio que uno debía mantener con papá.
Recuerdo el sonido de los ventiladores y de los cubiertos raspando los platos. Recuerdo el silencio, el silencio de las almas que vivían en la casa de mi padre y se ocultaban atemorizadas.
Cuando mi madre le ofreció más pollo, él se lo agradeció con amabilidad y volvió a servirse. La atmósfera pareció distenderse. Era una buena señal. Alentada por ello, mi madre mencionó que los tomates y el maíz maduraban bien y que durante las semanas siguientes ella se dedicaría a preparar conservas. También en Beaux Rêves se hacían conservas y preguntó si a él le parecía una buena idea que ella los ayudara como le habían pedido.
No mencionó la suma que ganaría. Aun cuando papá estaba de buen humor, no convenía sacar el tema del dinero con que los Lavelle pagarían un servicio. Él era quien llevaba el pan a su casa, y no se nos permitía olvidar ese punto crucial.
La tensión volvió. A veces, la sola mención del apellido Lavelle ponía truenos en los ojos oscuros de papá. Pero esa noche opinó que le parecía sensato que mamá hiciera el trabajo. Siempre y cuando no olvidara ninguna de sus obligaciones bajo el techo que él le proporcionaba.
Esa respuesta la obligó a sonreír. Recuerdo que su rostro se suavizó y que la noté casi bonita. De vez en cuando, si me empeño mucho, logro recordarla como una mujer casi bonita.
«Han», lo llamaba cuando sonreía. «No te preocupes, Tory y yo mantendremos las cosas en marcha aquí. Mañana iré a conversar con la señorita Lilah y arreglaré todos los detalles. Y como están por madurar las bayas, también me ocuparé de hacer jalea. Sé que tengo parafina en alguna parte, pero no sé dónde la he puesto.»
Y eso, solo ese comentario casual acerca de jalea y cera y olvidos lo cambió todo. Supongo que me distraje durante la conversación de mis padres, que estaba pensando en las aventuras que me esperaban. Hablé sin pensar, sin prever las consecuencias.
Y así pronuncié las palabras que me condenaron.
La caja de parafina en el estante superior del armario de la cocina, en lo alto, detrás de la melaza y la harina de maíz.
Simplemente dije lo que veía dentro de mi cabeza, la caja cuadrada de cera detrás de una botella oscura, y tomé mi taza de té dulce y frío para bajar los granos de arroz.
Pero antes de que pudiera beber el primer sorbo volvió a reinar el silencio, la muda oleada que ahogó hasta el monótono zumbido de los ventiladores. Mi corazón comenzó a golpear dentro de ese vacío, un fuerte latido después del siguiente, con un sonido que solo existía en mi cabeza y que era el repentino y agitado pulso de la sangre. El pulso del miedo.
Entonces él habló con suavidad, como lo hacía siempre, antes de la furia. «¿Cómo sabes dónde está la cera, Victoria? ¿Cómo sabes que está allí arriba, donde no alcanzas a verla, donde no puedes alcanzarla?»
Mentí. Fue una tontería porque ya estaba condenada, pero la mentira surgió como una defensa desesperada. Le dije que suponía que había visto a mamá ponerla allí. Que solo recordaba haberla visto poniéndola allí. Eso era todo.
Él hizo añicos mi mentira. Tenía una manera de ver a través de las mentiras y de rasgarlas hasta convertirlas en trozos pegajosos. ¿Cuándo la vi? ¿Por qué no me iba mejor en el colegio, si mi memoria era tan buena que podía recordar dónde estaba la parafina un año después? ¿Y cómo sabía que estaba detrás de la melaza y la harina de trigo y no delante de ellas, o a un lado?
¡Ah! Mi padre era un hombre inteligente y nunca se le escapaba el menor detalle.
Mamá no dijo nada mientras él me hablaba con esa voz tan suave, puntualizando las palabras como puños envueltos en seda. Mi madre entrelazó las manos temblorosas. ¿Temblaría por mí? Supongo que quiero creer que era así. Pero no dijo nada a medida que mi padre alzaba la voz, nada cuando mi padre apartó su silla de la mesa. Nada cuando el vaso se me resbaló de las manos y se hizo añicos en el suelo. Un trozo de vidrio me lastimó el tobillo y, en medio de un terror creciente, sentí ese dolor.
Por supuesto que ante todo él lo verificó. Sin duda debía de decirse que era lo justo, lo que debía hacer. Cuando abrió el armario, hizo a un lado las botellas y sacó con lentitud la lata azul y cuadrada de cera que estaba detrás de las botellas, yo lloré. Entonces todavía tenía lágrimas en mi interior, todavía tenía esperanzas. Aun cuando me obligó a ponerme de pie, abrigué la esperanza de que el castigo solo consistiera en oraciones, en horas de oración hasta que se me durmieran las rodillas. A veces, por lo menos a veces durante ese verano, eso le bastaba.
¿No me había advertido que no debía dejar entrar al demonio en mi interior? Pero a pesar de todo yo llevaba maldad a su casa, lo avergonzaba ante Dios. Dije que lo sentía, que no había sido esa mi intención. «¡Por favor, papá, por favor! No lo volveré a hacer. Seré buena.»
Le supliqué. Él mencionó pasajes de las escrituras y con sus manos grandes y fuertes me arrastró hasta mi cuarto, pero yo le seguía suplicando. Fue la última vez que lo hice.
No tenía posibilidades de defenderme. Era peor tratar de defenderse. El cuarto mandamiento era sagrado y yo debía honrar a mi padre en su casa, aunque él me castigara hasta que me brotara la sangre.
Su cara estaba roja por la ira, grande y enceguecedora como el sol. Solo me dio una bofetada. Fue todo lo que hizo falta para que yo dejara de suplicar y presentar excusas. Y para matar mis esperanzas.
Me tendí boca abajo sobre la cama, ahora pasiva como un cordero de sacrificio. El sonido que hizo el cinturón cuando se lo sacó fue el de una víbora siseante, luego provocó un sonido agudo cuando lo blandió.
Siempre me daba tres latigazos. Una sagrada trinidad de crueldad.
El primer golpe es siempre el peor. Por muchas que hayan sido las palizas y los golpes, la sorpresa y el dolor son pasmosos y hacen aullar. El cuerpo se estremece en una protesta. No; en la incredulidad. Después muerde el segundo golpe, y luego el tercero.
Pronto los gritos que uno profiere son más animales que humanos. La humanidad ha sido comprometida, enterrada bajo una avalancha de dolor y humillación.
Predicaba mientras me golpeaba y su voz se convertía en un fuerte rugido. Y tras ese rugido había una odiosa excitación, una vil clase de placer que yo no comprendía ni reconocía. Ninguna criatura debería conocer ese resbaloso sentimiento oculto, y de eso, durante un tiempo, se me dispensó.
La primera vez que me golpeó yo tenía cinco años. Mi madre intentó detenerlo y terminó con un ojo a la funerala. Nunca volvió a intentarlo. No sé lo que ella hizo esa noche mientras él me castigaba, mientras azotaba al demonio que me proporcionaba visiones. Yo no alcanzaba a ver con los ojos ni con la mente más que una niebla sanguinolenta.
Esa niebla era odio, pero tampoco lo reconocí.
Me dejó sollozando y cerró la puerta con llave. Después de un rato, el dolor me durmió.
Cuando desperté había oscurecido y un fuego parecía arder en mi interior. No puedo decir que el dolor fuese insoportable, porque uno lo soporta. ¿Qué alternativa hay? También recé pidiendo que lo que fuera que tenía en mi interior me hubiera abandonado por fin. No quería ser mala.
Pero, aun mientras rezaba, la presión creció en mi vientre y comenzó el hormigueo, como pequeños dedos agudos que bailoteaban sobre mi nuca. Fue la primera vez que se me presentó de esa manera y yo creí que estaba enferma, afiebrada.
Entonces vi a Hope tan vívidamente como si estuviera sentada a su lado en nuestro claro del pantano. Olí la noche, el agua, oí el gemido de los mosquitos, el zumbido de los insectos. Y, lo mismo que Hope, oí el crujido en la maleza.
Igual que Hope, sentí miedo. Efusiones frescas y calientes de miedo. Cuando ella corrió, yo también corrí y el aliento me surgió sollozante, doloroso, del pecho. La vi caer bajo el peso de lo que fuera que saltaba sobre ella. Una sombra, una forma que no alcancé a distinguir, a pesar de que podía verla a ella.
Me llamó. Me llamó a gritos.
Luego lo vi todo negro. Cuando desperté, el sol estaba alto y yo estaba en el suelo. Y Hope se había ido.
Había decidido perderse en Charleston, y durante casi cuatro años lo había logrado. La ciudad fue para ella como una mujer hermosa y generosa, más que dispuesta a acogerla en su pecho suave y calmar los nervios destrozados por las impías calles de Nueva York.
En Charleston las voces eran más lentas y en su ritmo cálido y fluido ella podía mezclarse. Se podía ocultar, como en un tiempo creyó poder hacerlo entre las multitudes apresuradas del Norte.
El dinero no era problema. Sabía vivir de un modo frugal y estaba dispuesta a trabajar. Cuidaba sus ahorros como un halcón y cuando comenzaron a crecer se permitió soñar con tener su propio negocio, trabajar para sí misma y vivir esa existencia tranquila que siempre la había esquivado.
Se mantenía apartada. Las verdaderas amistades significaban verdaderas conexiones. No quiso o no fue lo bastante fuerte como para volver a abrirse a esos sentimientos. La gente hacía preguntas. Querían saber cosas, o simulaban quererlo.
Tory no tenía respuestas que ofrecer, y nada que contar.
Encontró la casita, vieja, derruida, perfecta, y regateó con ferocidad para poder comprarla.
La gente a menudo subestimaba a Victoria Bodeen. Veían a una mujer joven, de cuerpo pequeño y delgado. Veían la piel suave y las facciones delicadas, la boca seria y los ojos gris claro y muchas veces confundían todo eso con candidez. Una nariz pequeña, apenas un poco torcida, agregaba un toque de dulzura a ese rostro enmarcado por el pelo castaño. Veían fragilidad, la oían en su suave acento sureño. Y nunca alcanzaban a ver el acero interior, acero forjado por innumerables golpes de cinturón.
Ella trabajaba para conseguir lo que quería, luchaba por conseguirlo con toda la decisión del soldado de avanzada que debe tomar una playa. Quiso tener esa vieja casa con su jardín delantero, la hierba crecida y descuidada, la pintura desconchada. Y regateó, negoció, se esforzó hasta que fue suya. Los apartamentos le recordaban a Nueva York y al desastre en que terminó su vida allí. No habría más apartamentos para Tory.
Nutrió también esa inversión, utilizando su tiempo, su trabajo y su habilidad para redecorar la casa, un cuarto por vez. Le llevó tres años completos y ahora, la venta de la casa, agregada a sus ahorros, le permitirían convertir sus sueños en realidad.
Lo único que tenía que hacer era volver a Progress.
Frente a la mesa de la cocina, Tory leyó por tercera vez el contrato de alquiler de la tienda en la calle Market. Se preguntó si el señor Harlow, de la inmobiliaria, la recordaría.
Apenas tenía diez años cuando se mudaron de Progress a Raleigh para que su padre pudiera encontrar un trabajo permanente. Un trabajo mejor —declaraba su padre— que rascar el sustento en un trozo de terreno alquilado por los todopoderosos Lavelle.
Por supuesto que en Raleigh fueron tan pobres como en Progress. Solo que vivían más hacinados.
No tiene importancia, se recordó Tory. No regresaba pobre. Ya no era la muchacha temerosa y flacucha que fue, sino una mujer de negocios que iniciaba una nueva empresa en su pueblo natal.
«Entonces ¿por qué te tiemblan las manos?», le hubiera preguntado su psicoanalista. De excitación, decidió Tory. Y de nervios. De acuerdo, estaba nerviosa. Los nervios eran humanos. Tenía derecho a estar nerviosa. Era una mujer normal. Era lo que quería ser.
Apretó los dientes, cogió un bolígrafo y firmó el contrato.
No era más que un contrato por un año. Un año. Si no le daba resultado, podría seguir su camino. Ya había seguido su camino antes. Tenía la sensación de que siempre estaba siguiendo su camino.
Pero esa vez, antes de seguir su camino, tenía mucho que hacer. El contrato de alquiler era solo un papel de la montaña de papeles que debía atender. La mayoría de ellos, las licencias y permisos para la tienda que pensaba inaugurar, ya estaban firmados y sellados. Consideraba que el estado de Carolina del Sur era poco menos que un atracador, pero había pagado sus derechos. Lo que le faltaba era escriturar la venta de la casa y pagar a los abogados, que, había decidido, eran peores que atracadores.
Al terminar ese día tendría el cheque en sus manos y emprendería su camino.
Ya casi había terminado de preparar las maletas. No tuve mucho que guardar, pensó en ese momento, ya que he vendido casi todo lo que compré desde que me instalé en Charleston. Viajar ligera de equipaje simplificaba las cosas, y hacía tiempo que había aprendido que nunca debía encariñarse con algo que luego pudieran quitarle.
Se levantó, lavó su taza, la secó y luego la envolvió en papel de diario para embalarla en la pequeña caja de utensilios de cocina que se llevaba por considerarlos prácticos y necesarios. Por la ventana que había sobre el fregadero, miró su pequeño patio trasero.
Ese patio estaba lavado y barrido. Le dejaría al nuevo dueño los tiestos con verbenas y petunias blancas. Esperaba que cuidaran el jardín pero si no lo hacían, bueno, al fin y al cabo era de ellos y podían hacer lo que quisieran.
Había dejado allí su marca. Tal vez los nuevos propietarios pintaran y empapelaran, colocaran nuevos alfombrados y cambiaran los azulejos, pero lo hecho por ella venía primero. Siempre estaría debajo del resto.
No era posible borrar el pasado, ni matarlo, ni desear que no existiera. Tampoco se podía desear que el presente fuera distinto o modificar el futuro. Todos estábamos atrapados en ese ciclo de tiempo, y girábamos alrededor del centro de los días anteriores. A veces ese ayer era suficientemente fuerte, suficientemente deliberado para absorbernos hacia atrás, por más que lucháramos por no aceptarlo.
¿Y cuánto más depresiva podría ser yo?, se preguntó Tory con un suspiro.
Cerró la caja, la alzó y salió de la cocina sin mirar atrás.
Tres horas después había depositado el cheque de la venta de la casa. Estrechó las manos de los nuevos compradores, oyó con amabilidad el entusiasmo que expresaban por haber comprado su primera casa y salió.
La casa y la gente que ahora viviría en ella ya no formaban parte de su mundo.
—¡Espera un minuto, Tory!
Tory se volvió, con una mano en la puerta de la camioneta y la mente ya en el camino. Pero esperó a que su abogada cruzara el aparcamiento del banco. Más bien debería decir que «recorrió» el aparcamiento, se corrigió Tory. Abigail Lawrence nunca apresuraba nada, sobre todo cuando se trataba de sí misma. Lo cual posiblemente explicara por qué siempre parecía recién salida de las páginas de Vogue.
Para asistir a la firma de esa escritura se había puesto un traje celeste, un collar de perlas que posiblemente había heredado de su bisabuela y zapatos de tacones de aguja que lograban que a Tory se le acalambraran los pies de solo mirarlos.
—¡Uf! —Abigail se pasó una mano por la cara, como si acabara de correr tres kilómetros en lugar de recorrer veinte metros—. Demasiado calor para abril. —Miró el coche lleno de cajas—. ¿Así que te vas?
—Así parece. Gracias, Abigail, por haberte encargado de todos mis asuntos.
—Tú te encargaste de casi todo. No recuerdo haber tenido ningún cliente que siempre comprendiera todo lo que yo decía, y mucho menos que pudiera llegar a darme lecciones.
Observó la parte trasera del coche, vagamente sorprendida de que toda la vida de una persona pudiera ocupar tan poco espacio.
—No creí que hablabas en serio cuando dijiste que te irías esta misma tarde. Debí haberlo sabido. —Volvió a mirar a Tory—. Eres una mujer de palabra, Victoria.
—No tengo motivos para quedarme.
Abigail abrió la boca y luego meneó la cabeza.
—Iba a decir que te envidio. Poder empacar lo que te quepa en la parte trasera del coche e ir a un lugar nuevo, a una nueva vida, a un nuevo comienzo. Pero la verdad es que no te envidio. Ni un poquito. ¡Dios mío! Lo que haces requiere mucha energía y hay que tener valor. Pero eres lo bastante joven como para que te sobren energía y valor.
—Tal vez sea un nuevo comienzo, pero también es volver a mis orígenes. Todavía tengo familiares en Progress.
—Creo que es necesario tener más valor para volver a los orígenes que a ninguna otra parte. Espero que seas feliz, Tory.
—No te preocupes, estaré bien.
—Estar bien es una cosa. —Para sorpresa de Tory, Abigail le tomó una mano y se inclinó para besarle la mejilla con suavidad—. Ser feliz es otra. Espero que seas feliz.
—Lo intentaré. —Tory se apartó. Había algo en el contacto de las manos de Abigail, algo en la expresión preocupada de sus ojos—. Tú lo sabías —murmuró.
—¡Por supuesto que lo sabía! —Abigail le apretó con suavidad los dedos antes de soltarlos—. Las noticias de Nueva York llegan hasta aquí y algunos de vez en cuando les prestamos atención. Cambiaste el color de tu pelo y tu nombre, pero te reconocí. Siempre recuerdo las caras.
—¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué no me hiciste preguntas?
—Me contrataste para que atendiera tus asuntos comerciales, no para que me entrometiera en tu vida. Supuse que si querías que se supiera que eras Victoria Bodeen, la que hace unos años fue noticia en Nueva York, lo habrías dicho.
—Gracias.
La formalidad y la cautela de Tory hicieron sonreír a Abigail.
—¡Por amor de Dios, querida! ¿Crees que te voy a preguntar si mi hijo se casará alguna vez o dónde demonios perdí el anillo de compromiso de mi madre? Lo único que te digo es que sé que has vivido momentos muy duros y que espero que vivas una vida mejor. Si tienes algún problema allí, en Progress, telefonéame.
La simple bondad nunca dejaba de aturdirla. Tory manoseó el picaporte del coche.
—Gracias. En serio, será mejor que me ponga en marcha. Tengo que detenerme en varios lugares. —Pero le tendió la mano una vez más—. Te agradezco todo lo que has hecho.
—Que tengas un buen viaje.
Tory subió al auto, vaciló y abrió la ventanilla en el momento de poner en marcha el motor.
—En la oficina de tu casa. En medio del cajón donde archivas las carpetas. Entre la D y la E.
—¿Qué es eso?
—El lugar donde está el anillo de tu madre. Te queda un poco grande y se te cayó del dedo. Debiste hacerlo achicar. —Tory puso marcha atrás y arrancó con rapidez mientras Abigail se quedaba mirándola estupefacta.
Salió de Charleston en dirección al oeste, luego dobló hacia el sur para iniciar su peregrinaje por el estado antes de aterrizar en Progress. La lista de artistas y artesanos que pensaba visitar estaba prolijamente escrita a máquina en su nuevo portafolios. En ella figuraba la dirección de cada uno de ellos, y visitarlos significaba tomar una serie de caminos laterales. Eso le haría perder mucho tiempo, pero era necesario.
Ya había acordado con varios artistas sureños que exhibieran y vendieran sus trabajos en la tienda que pensaba inaugurar en la calle Market. Pero le hacían falta más. Aunque empezar con pocos no significaba no empezar bien.
Los costes de iniciación del negocio, la compra de mercadería y encontrar un lugar aceptable donde vivir eran asuntos que consumirían prácticamente hasta el último centavo que había ahorrado. Pero tenía intenciones de que valiera la pena y de ganar más dinero.
En el término de una semana, si todo salía como lo planeaba, comenzaría a instalar el negocio. A fines de mayo lo inauguraría. Y entonces ellos verían.
En cuanto al resto, se encargaría de lo que pasara cuando pasase. Y cuando llegara el momento, recorrería en el coche el largo y sombreado camino que llevaba a Beaux Rêves y se enfrentaría a los Lavelle.
Se enfrentaría a Hope.
Una semana después, Tory estaba extenuada, era varios cientos de dólares más pobre debido a un radiador roto, y estaba dispuesta a poner fin a sus viajes. El reemplazo del radiador la obligó a postergar su llegada a Florence hasta la mañana siguiente y a pasar una noche en la dudosa comodidad de un motel cercano a la carretera 9, en las afueras de Chester.
La habitación olía a humo rancio y sus lujos consistían en un trozo de jabón y algunas películas porno de pago. La alfombra estaba llena de manchas cuyo origen era mejor ni siquiera imaginar.
Había pagado una noche de estancia en efectivo, porque no le gustaba la idea de poner su tarjeta de crédito en manos de un empleado de expresión astuta que apestaba a la ginebra que disimulaba en una taza de café.
La habitación era tan poco atractiva como la posibilidad de volver a pasar otra hora al volante del coche, pero estaba allí. Tory arrastró la única silla hasta la puerta y la enganchó con el picaporte. Decidió que era una medida de seguridad tan poco segura como la cadenilla débil y oxidada que tenía la puerta. Sin embargo, combinar ambas cosas le proporcionó una ilusoria sensación de seguridad.
Sabía que era un error permitir que la agobiara el cansancio. Disminuía la resistencia. Pero todo había conspirado en su contra. El alfarero a quien visitó en Greenville resultó un hombre temperamental y le costó convencerlo de que le diera la exclusividad de sus trabajos. Si no hubiese sido tan brillante, Tory habría salido de su estudio a los veinte minutos de llegar, en lugar de dedicar dos horas a alabarlo, aplacarlo y persuadirlo.
El coche le había tomado otras cuatro horas entre que lo remolcaron, consiguió un radiador reacondicionado y convenció al mecánico de que lo reparara enseguida.
Y a eso había que agregar que su propia estupidez la hizo aterrizar en el motel By the Way. Si hubiera reservado un cuarto en Greenville o se hubiera detenido en uno de los alojamientos perfectamente respetables de la interestatal, ahora no estaría extenuada en un cuarto maloliente.
Solo es por una noche, se recordó mientras observaba el sucio cubrecamas verde. Por solo unas monedas allí se ofrecían los dudosos encantos de Magic Fingers.
Solo unas horas de sueño y estaría de camino a Florence, donde su abuela le tenía preparado un cuarto de huéspedes, sábanas limpias y un baño caliente. Solo tenía que soportar esa noche.
Sin sacarse siquiera los zapatos, se tendió en la cama y cerró los ojos.
Cuerpos en movimiento, empapados de sudor.
«¡Sí, cariño, sí! ¡Dámelo! ¡Con más fuerza!»
Una mujer que sollozaba, el dolor la recorría como lava hirviendo.
«¡Oh Dios, Dios! ¿Qué voy a hacer? ¿Adónde puedo ir? A cualquier parte, menos regresar. ¡Por favor, no permitas que me encuentre!»
Pensamientos incongruentes, manos de movimientos torpes, una excitación llena de pánico y una culpa rabiosa.
«¿Y si quedo embarazada? Mi madre me matará. ¿Me dolerá? ¿Él realmente me amará?»
Imágenes, pensamientos, voces que rompían sobre ella en oleadas de formas y sonidos.
«Déjenme en paz», pidió Tory. Con los ojos todavía cerrados, imaginó un muro, grueso, alto y blanco. Lo fue edificando, ladrillo por ladrillo, hasta que se irguió entre ella y todos los recuerdos que pendían en el cuarto, como humo. Detrás de ese muro todo era de un azul fresco y claro. Agua en la que flotaba, en la que se hundía. Y por fin, en la que podía dormir.
Y en lo alto, sobre ese estanque celeste, el sol era blanco y cálido. Oía el canto de los pájaros y el chapoteo del agua con cada brazada que daba. Allí su cuerpo no tenía peso, su mente estaba en silencio. En las orillas del estanque alcanzaba a ver los grandes robles con su encaje de musgo, y un sauce llorón que se inclinaba como cortesano para hundir sus ramas en la superficie lustrosa.
Sonrió, cerró los ojos y se dejó llevar.
El sonido de risas era alto y agudo, el júbilo despreocupado de una chica. Con pereza, Tory abrió los ojos.
Allí, junto al sauce llorón estaba Hope, y la saludaba con las manos.
«¡Eh, Tory, eh! Te estaba buscando.» El júbilo se le hundió en el cuerpo, como una flecha brillante. Tory se volvió en el agua y le devolvió el saludo con la mano. «¡Ven! El agua está magnífica.» «Si nos llegan a descubrir bañándonos desnudas, nos darán nuestro merecido.» Pero con una risita Hope se sacó los zapatos, los shorts y por último la camiseta. «Creí que te habías ido.» «¡No seas tonta! ¿Adónde voy a ir?» «Hace mucho que te busco.» Con lentitud, Hope se metió en el agua. Delgada como un sauce y blanca como el mármol. El pelo se le extendió sobre la superficie del agua. Oro contra azul. Para siempre jamás. El agua se oscureció, comenzó a agitarse. Las ramas llenas de gracia del sauce se irguieron como látigos. Y el agua estaba fría, repentinamente tan fría que Tory comenzó a temblar. «Se está levantando una tormenta. Será mejor que entremos.»
«¡Está sobre mi cabeza! ¡No puedo hacer pie! ¡Ayúdame!» A medida que el agua se embravecía, Hope luchaba por no hundirse, y con sus brazos delgados y juveniles levantaba cortinas de un agua que se había puesto turbia y marrón como la de los pantanos.
Tory comenzó a nadar, con brazadas largas, a una velocidad frenética, pero cada brazada la alejaba de su amiga. El agua le quemaba los pulmones, le tironeaba los pies. Sintió que se hundía, sintió que se ahogaba con la voz de Hope dentro de la cabeza. «¡Date prisa! ¡Ayúdame!»
Despertó en la oscuridad, con el gusto del pantano en la boca. Sin la energía necesaria para volver a edificar su muro, Tory se levantó. Una vez en el baño, se echó agua herrumbrosa en la cara y se miró en el espejo.
Un par de ojos ensombrecidos y todavía teñidos por el sueño la miraron. Es demasiado tarde para retroceder, pensó. Siempre es demasiado tarde.
Tomó su bolso y la pequeña maleta de viaje que había llevado consigo a la habitación.
Fuera, la oscuridad le resultó tranquilizadora y los dulces y la bebida sin alcohol que había comprado en la máquina ubicada junto a la puerta de su cuarto la mantuvieron en marcha. Encendió la radio para distraerse. No quería pensar en nada que no fuera el camino.
Cuando llegó al corazón del estado, el sol estaba alto y el tráfico era denso. Se detuvo para reponer combustible antes de encaminarse al este. Al llegar a la salida de la autopista que conducía al lugar adonde se habían mudado una vez más sus padres, se le cerró el estómago y no se distendió hasta cuarenta y cinco kilómetros después.
Pensó en su abuela, en la mercadería que llevaba en la parte de atrás del coche y en la que le enviarían a Progress. Pensó en su presupuesto de los siguientes seis meses y en el trabajo que significaría tener su tienda lista y en condiciones de inaugurarla para el día del Soldado Desconocido.
Pensó en cualquier cosa menos en el verdadero motivo que la llevaba de regreso a Progress.
En las afueras de Florence se volvió a detener y utilizó el aseo de una estación de servicio para cepillarse el pelo y maquillarse un poco. El artificio no engañaría a su abuela, pero por lo menos lo habría intentado.
Obedeciendo un impulso, se volvió a detener frente a una floristería. El jardín de su abuela siempre parecía un lugar de exhibición, pero una docena de tulipanes rosa significaban otra clase de esfuerzo. He vivido hasta ahora, se recordó Tory, a menos de dos horas de la casa de mi abuela y desde Navidad nunca he hecho el viaje, el esfuerzo de ir hasta allí a verla.
Desde que había doblado por la bonita calle con sus ciruelos silvestres florecidos, se preguntó por qué. Era un buen lugar, el tipo de barrio donde los chicos jugaban en los patios y los perros dormitaban a la sombra. Un lugar donde las mujeres intercambiaban comentarios y chismes por sobre el cerco del jardín trasero, uno de esos lugares donde la gente notaba la presencia de automóviles desconocidos y mantenía vigilada la casa del vecino, tanto por consideración como por comodidad.
La casa de Iris Mooney se alzaba en el centro de la manzana, prolija como una caja de sombreros, con antiguas y enormes azaleas que custodiaban sus cimientos. Las flores ya habían pasado su momento ideal, pero los rosa y púrpuras desteñidos agregaban un toque delicado a la pintura azul elegida por su abuela. Tal como Tory esperaba, el jardín delantero estaba exuberante y hermoso, el césped bien cortado y el camino de entrada limpio y barrido.
Una camioneta con el rótulo FONTANERÍA LAS 24 H estaba estacionada detrás del viejo coche de su abuela. Tory aparcó junto al bordillo. La tensión del viaje comenzó a desaparecer a medida que se acercaba a la casa.
No llamó. Nunca tuvo necesidad de llamar a esa puerta y siempre supo que se abriría, dándole la bienvenida. Hubo momentos en que solo eso evitó que se derrumbara.
Le sorprendió que en la casa reinara el silencio. Eran casi las diez. Esperaba encontrar a su abuela en el jardín o trajinando dentro de la casa.
Como siempre, la sala estaba atestada de muebles, chucherías, libros. Y, notó Tory, un florero con una docena de rosas rojas que hacían que sus tulipanes pareciesen parientes pobres. Depositó la maleta y el bolso en el suelo y se volvió hacia el vestíbulo.
—¿Abuela? ¿Estás en casa? —llamó. Con las flores en la mano, se encaminó hacia los dormitorios, luego alzó las cejas al oír movimientos detrás de la puerta cerrada del cuarto de su abuela.
—¿Tory? Enseguida salgo, querida. Ve a la cocina y sírvete un poco de té frío.
Tory se encogió de hombros y siguió hacia la cocina, pero se detuvo y se volvió al oír lo que le pareció una risita ahogada.
Dejó las flores sobre la encimera y abrió la nevera. Allí esperaba la jarra de té, preparado como a ella más le gustaba, con tajadas de limón y menta. Abuela nunca se olvida de nada, pensó, y sintió que lágrimas de cariño y cansancio le ardían en los ojos.
Parpadeó para contenerlas al oír los pasos rápidos de su abuela.
—¡Santo Dios! ¡Qué temprano has llegado! No te esperaba hasta después de mediodía o más tarde aún. —Pequeña, delgada y ágil, Iris Mooney entró en la cocina y abrazó a Tory.
—Salí temprano y casi no me detuve. ¿Te he despertado? ¿No te sientes bien?
—¿Qué?
—Todavía vas en bata.
—¡Ah! ¡Ja! —Después de estrechar a su nieta por última vez, Iris se apartó—. Me siento tan bien como un día de primavera. Déjame mirarte. ¡Ah, cariño, estás extenuada!
—Un poco cansada. Pero tú estás maravillosa.
Era cierto. Sesenta y siete años de vida le habían arrugado la cara, pero no apagado la piel de magnolia ni enturbiado el gris profundo de sus ojos. En su juventud había sido pelirroja, y se encargaba de que su pelo siguiera teniendo el mismo color. A Iris le gustaba decir que si Dios tenía intenciones de que una mujer fuese gris, no habría inventado el tinte. Ella se cuidaba y mimaba su aspecto físico.
Que, pensó en ese momento, era más de lo que se podía decir de su nieta.
—Siéntate. Te prepararé un buen desayuno.
—No quiero darte trabajo, abuela.
—Ya deberías saber que no vale la pena discutir conmigo. Bien, siéntate. —Señaló una silla junto a la pequeña mesa de la cocina—. ¡Oh, mira estas flores! ¡Son una belleza! —Tomó los tulipanes y la alegría que le provocaban se le reflejó en los ojos—. Eres muy dulce, mi Tory.
—Te he echado de menos, abuela. Y siento no haber venido antes a visitarte.
—Tienes tu propia vida, que es lo que siempre he querido para ti. Ahora relájate, y cuando puedas sostenerte sobre tus pies me hablarás de tu viaje.
—Te aseguro que ha valido la pena. Encontré algunas piezas magníficas.
—Has heredado mi gusto por las cosas bonitas. —Entonces vio que su nieta se quedaba mirando boquiabierta al hombre que acababa de entrar en la cocina.
Era alto como un roble y de pecho ancho. Su pelo canoso era del color y la textura de la lana acerada. Sus ojos eran del castaño brillante de las bellotas y caídos como los de los perros basset hound. Su rostro, curtido, lucía un bronceado que hacía juego. Se aclaró la garganta con un floreo exagerado e inclinó la cabeza en dirección a Tory.
—Buenos días —dijo arrastrando las palabras como los campesinos—. Eh... señora Mooney, ya he terminado de arreglarle ese desagüe.
—No seas tonto, Cecil. Ni siquiera tienes tu caja de herramientas. —Iris apartó un cartón de huevos—. No es necesario que te ruborices —agregó—. Mi nieta no se desmayará al enterarse de que su abuela tiene novio. Tory, este es Cecil Axton, el motivo por el que no estoy vestida a las diez de la mañana.
—¡Iris! —El hombre se ruborizó—. Me alegra conocerte, Tory. Tu abuela no veía la hora de que llegaras.
—Mucho gusto —contestó Tory, a falta de algo más inteligente que decir. Le tendió una mano, y como todavía seguía aturdida y los sentimientos de Cecil eran tan evidentes, tuvo una visión clara e inmediata de lo que había provocado la risa de su abuela en su dormitorio. Pero desechó la imagen en cuanto su mirada se encontró con la de Cecil, tan mortificado como ella.
—¿Usted es... usted es fontanero, señor Axton?
—Vino a arreglar la caldera —intervino Iris—, y desde entonces me ha mantenido calentita.
—¡Iris! —Cecil bajó la cabeza y agachó la montaña que eran sus hombros, pero no logró ocultar del todo su sonrisa—. Debo marcharme. Espero que disfrutes de tu visita, Tory.
—No pensarás irte sin darme un beso de despedida, ¿verdad?
Iris cruzó la cocina, tomó entre sus manos la cara curtida de Cecil para bajarla y lo besó con firmeza en la boca.
—Bueno, como verás no hay relámpagos, ni truenos, ni la criatura ha tenido un colapso. —Volvió a besarlo y luego le palmeó la mejilla—. Vete, buen mozo, y que tengas un buen día.
—Supongo que... eh... te veré más tarde.
—Te aseguro que es lo que te conviene. Y ahora vete. Yo hablaré con Tory.
—Sí, ya me voy. —Se volvió hacia Tory con una sonrisa vacilante—. Cuando uno discute con esta mujer, lo único que gana es un dolor de cabeza. —Recogió del perchero una desteñida gorra azul, se la puso y salió presuroso.
—¿No te parece una maravilla? Aquí tengo unas lonchas de beicon. ¿Cómo quieres que te prepare los huevos?
—Como quieras, abuela. —Tory respiró hondo y se puso de pie—. No es asunto mío, pero...
—Por supuesto que no es asunto tuyo, a menos que yo pregunte tu opinión, cosa que he hecho. —Iris puso el beicon sobre la plancha para que se cocinara—. Me desilusionarás mucho, Tory, si te escandaliza o te espanta enterarte de que tu abuela tiene una vida sexual.
Tory se encogió pero logró recuperarse antes de que Iris se volviera hacia ella.
—No estoy escandalizada ni espantada, pero sí un poco desconcertada. La idea de llegar aquí esta mañana y de estar a punto de entrar en el dormitorio y encontrarme con... humm.
—Bueno, llegaste muy temprano, querida. Ahora freiré esos huevos y nos daremos el gusto de tomar un agradable y grasoso desayuno a media mañana.
—Supongo que con tanta actividad te habrá dado hambre.
Iris parpadeó, echó atrás la cabeza y lanzó una carcajada.
—¡Así me gusta! Cuando no sonríes, me preocupas, pequeña.
—¿Y de qué quieres que sonría? La que disfruta del sexo eres tú.
Divertida, Iris ladeó la cabeza.
—¿Y de quién es la culpa?
—Tuya. Tú viste primero a Cecil. —Tory bajó dos vasos del armario y sirvió el té. Ignoraba si debía sentirse orgullosa o divertida y decidió que la situación merecía una combinación de ambas cosas—. Parece un hombre muy agradable.
—Lo es. Mejor aún, es un buen hombre. —Iris pinchó el beicon y decidió coger el toro por los cuernos—. Tory, Cecil está viviendo aquí.
—¿Viviendo? ¿Estás viviendo con él?
—Quiere que nos casemos, pero yo no estoy segura. Así que lo he aceptado por lo que se podría llamar un período de prueba.
—Creo que, después de todo, conviene que me siente. ¡Dios mío, abuela! ¿Se lo has dicho a mamá?
—No, y no pienso hacerlo porque prefiero pasar sin que me sermoneen por vivir en pecado y exponerme a la perdición por apartarme del plan del Todopoderoso. Tu madre se ha convertido en la peor de las mojigatas, desde el invento de las estaciones de servicio en que uno se sirve solo. No puedo creer que una hija mía haya llegado a ser una especie de ratón.
—Lo es por una cuestión de supervivencia —murmuró Tory, pero Iris solo lanzó un gruñido.
—Habría sobrevivido perfectamente si hubiera abandonado a ese hijo de puta con quien se casó hace veinticinco años. Esa fue su elección, Tory. Si tuviera sentido común, su elección habría sido otra. Fue lo que hiciste tú.
—¿Eso crees? No sé qué elecciones hice yo o cuáles fueron hechas por otros. Tampoco sé cuáles fueron acertadas y cuáles equivocadas. Y aquí estoy, abuela, cerrando el círculo y volviendo al lugar donde empecé. Me digo que ahora soy la que mando. Que la decisión es mía. Pero en el fondo sé que no puedo evitarlo.
—¿Quisieras evitarlo?
—Desconozco la respuesta.
—Entonces seguirás adelante hasta encontrarla. Tienes una luz muy fuerte en tu interior, Tory. Encontrarás tu camino.
—Es lo que siempre has dicho. Pero lo que siempre me ha provocado más terror es estar perdida.
—Debí haberte ayudado más. Debí estar contigo cuando me necesitabas.
—¡Abuela! —Tory se puso de pie y cruzó la cocina para rodear la cintura de Iris mientras el beicon crepitaba—. Abuela, en mi vida siempre has sido la mano que no temblaba. Sin ti, yo no estaría aquí.
—Sí, por supuesto que estarías. —Iris palmeó la mano de Tory y levantó el beicon para que perdiera el aceite—. Eres más fuerte que todos nosotros juntos. Y si me lo preguntas, te diré que eso fue lo que aterrorizó a Hannibal Bodeen. Quiso quebrantarte por su propio miedo. Pero en definitiva te forjó, ¿no es así? ¡Bastardo ignorante! —Rompió un huevo y lo dejó caer en la grasa burbujeante—. Prepara unas tostadas, querida.
—Mamá no se parece a ti —dijo Tory mientras metía rebanadas de pan en la tostadora—. No se te parece en nada.
—Ya no sé cómo es Sarabeth. La perdí hace años. Supongo que al mismo tiempo que perdí a tu abuelo. Tu madre solo tenía doce años cuando él murió. ¡Diablos! Yo apenas tenía algo más de treinta y de repente me encontré viuda y con dos hijos para criar sola. Ese fue el peor año de mi vida. Nada se le ha parecido. ¡Dios Santo, cómo quería a ese hombre!
Lanzó un suspiro y sirvió los huevos en los platos.
—Mi Jimmy era toda mi vida. Un minuto el mundo era perfecto, y al siguiente todo había desaparecido. Y allí estaba Sarabeth de doce años y J.R. de apenas dieciséis. Y ella se puso como loca. Tal vez pude haberla refrenado. Dios sabe que debí hacerlo.
—No puedes culparte.
—No me culpo. Pero cuando una mira atrás, logra ver las cosas con claridad. Comprende que si hubiera actuado de otra manera, toda la vida habría cambiado. Si en ese momento me hubiera ido de Progress y utilizado el dinero del seguro de Jimmy en lugar de aceptar un empleo en el banco. Si no hubiese estado tan emperrada en ahorrar para que mis hijos pudieran asistir a la universidad.
—Quisiste lo mejor para ellos.
—Es cierto. —Iris depositó los platos sobre la mesa, se volvió para sacar la mantequilla y la mermelada de la nevera—. J.R. ingresó en la universidad y utilizó su educación. Sarabeth consiguió a Hannibal Bodeen. Así debía ser. Y por eso mi nieta y yo vamos a sentarnos a comer un par de infartos servidos en un plato. Si pudiera retroceder en el tiempo, no cambiaría nada. Porque no te tendría a ti.
—Y yo, abuela, vuelvo convencida de que no puedo hacer otra cosa. —Tory colocó las tostadas en un plato pequeño y lo llevó a la mesa—. Me asusta tener tanta necesidad de volver. Ya no conozco a toda esa gente. Y temo que, una vez esté allí, tampoco me reconoceré a mí misma.
—No lograrás tener paz hasta hacerlo, Tory. Hasta que te enfrentes al asunto no podrás superarlo. Desde que abandonaste Progress has recorrido el camino de regreso.
—Lo sé. —Y la ayudaba que alguien lo comprendiera. Sonriendo apenas, Tory ensartó un poco de beicon en su tenedor—. Bueno, háblame de tu fontanero.
—¡Ah! ¡Es un primor! —Encantada con el tema, Iris atacó su desayuno—. Parece un oso enorme y viejo, ¿no? Al mirarlo nadie imaginaría lo inteligente que es. Él solo fundó esa empresa hace más de cuarenta años. Perdió a su mujer hace cinco años. Yo la conocía apenas. Ahora prácticamente está jubilado. Dos de sus hijos se encargan de la dirección del negocio. Tiene seis nietos.
—¿Seis?
—Sí, seis. Uno de ellos es médico, un muchacho buen mozo. Estaba pensando que...
—Te aconsejo que no sigas. —Con los ojos entrecerrados, Tory cubrió una tostada con mermelada—. No tengo interés.
—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera lo conoces.
—No me interesan los muchachos. Ni los hombres.
—Tory, no has estado relacionada con un hombre desde...
—Jack —terminó Tory—. Es cierto, y no tengo intenciones de volver a relacionarme con nadie. Una vez me bastó. —Como todavía le dejaba un gusto amargo en la boca, levantó su taza de té—. No todos estamos hechos para ser la mitad de una pareja, abuela. Yo soy feliz sola.
Al ver que Iris alzaba las cejas, Tory se encogió de hombros y agregó:
—Muy bien. Digamos que pienso ser feliz por mi cuenta. Y que pienso matarme trabajando para lograrlo.
Ha pasado demasiado tiempo, pensó Tory, desde que estuve sentada en la hamaca de un porche, mirando salir las estrellas y escuchando el canto de los grillos. Demasiado tiempo desde que pude relajarme lo suficiente para quedarme sentada sin hacer nada y aspirar la fragancia de la brisa.
Y mientras lo pensaba, se dio cuenta de que era probable que transcurriera mucho tiempo más antes de que pudiera volver a hacerlo.
Al día siguiente recorrería los últimos kilómetros que la separaban de Progress. Una vez allí, recogería los trozos dispersos de su vida y por fin enterraría a una amiga para que descansara en paz.
Pero esa noche era para las brisas suaves y los pensamientos tranquilos. Levantó la mirada al oír el crujido de la puerta mosquitera y le sonrió a Cecil. Decidió que su abuela tenía razón. En realidad Cecil parecía un gran oso viejo. Y en ese momento, un oso muy nervioso.
—Iris me ha echado de la cocina. —Tenía una botella de cerveza en una mano y pasaba nervioso el peso del cuerpo de un pie al otro—. Me dijo que saliese al porche un rato a hacerte compañía.
—Quiere que seamos amigos. ¿Por qué no se sienta un rato? Me gustaría estar acompañada.
—Me siento un poco raro. —Dejó caer el peso de su cuerpo sobre la hamaca y miró a Tory con el rabillo del ojo—. Ya sé lo que pensáis vosotros los jóvenes. Un viejo como yo, cortejando a una mujer como Iris.
Todavía olía al jabón que había usado para lavarse antes de la comida. Era un agradable olor masculino.
—¿Su familia no está de acuerdo?
—No es eso. Ahora ya no se oponen. Iris fascinó a mis chicos. Es ese modo de ser que tiene. Jerry, uno de mis hijos, se indignó con el asunto, pero ella lo hizo cambiar de idea. El problema es que...
Dejó que la frase se perdiera y se aclaró la garganta. Tory enlazó las manos y sofocó una sonrisa mientras él se lanzaba a lo que, sin duda, era un discurso muy ensayado.
—Tú eres muy importante para ella, Tory. Creo que eres lo más importante que tiene en el mundo. Está orgullosa de ti, se preocupa por ti y se jacta de ti. Sé que hay un abismo entre ella y tu madre. Supongo que se podría decir que eso te convierte en alguien aún más especial para ella.
—El sentimiento es mutuo.
—Lo sé. Lo he comprobado durante la comida. El asunto es que... —Levantó la botella de cerveza y bebió un sorbo—. ¡Oh, diablos! Estoy enamorado de ella. —Lo dijo atropelladamente y se ruborizó—. Supongo que eso te parecerá extraño viniendo de un hombre que no volverá a tener sesenta y cinco años, pero...
—¿Por qué me va a parecer extraño? —A ella no le resultaba cómodo el contacto físico con la gente, pero le palmeó la rodilla porque tuvo la sensación de que Cecil lo necesitaba—. ¿Y qué tiene que ver la edad con el asunto? Abuela lo quiere. Y eso me basta.
Cecil sintió una oleada de alivio. Tory lo percibió en su suspiro.
—Nunca creí que volvería a sentir esto. Estuve casado durante cuarenta y seis años con una mujer maravillosa. Crecimos juntos, juntos formamos una familia, creamos una empresa. Cuando la perdí, supuse que esa parte de mi vida había llegado a su fin. Entonces conocí a Iris y... ¡Dios mío! Es como si volviera a tener veinte años.
—Usted puso estrellas en sus ojos.
Cecil se puso aún más colorado y sus labios temblaron en una sonrisa tímida y fascinada.
—¿Sí? Sé usar mis manos. —Ante la carcajada incontrolable de Tory, él abrió mucho los ojos—. Lo que quiero decir es que soy útil en la casa. Arreglo cosas.
—Lo sé.
—Supongo que Stella, mi mujer, me entrenó bien. Sé que no debo entrar en una habitación con el suelo limpio con los zapatos embarrados. Cocino pasablemente y gano bien.
Tory decidió que su abuela tenía razón. Ese hombre era un encanto.
—Cecil, ¿me está pidiendo que le dé mi bendición?
Él suspiró.
—Pienso casarme con ella. Por ahora Iris no quiere ni oír hablar del asunto. ¡Es terca como una mula! Pero yo también soy cabeza dura. Solo quería que supieras que no me estoy aprovechando de ella, que mis intenciones...
—¿Son honorables? —acabó la frase Tory, emocionada—. Yo apoyaré sus intenciones.
—¿Sí? —Se volvió a echar atrás haciendo crujir la hamaca—. Eso me alivia, Tory. ¡Vaya si me alivia! ¡Dios todopoderoso, me alegra tanto que haya pasado este momento! —Bebió otro trago de cerveza—. Al hablar de estas cosas se me traba la lengua.
—Lo ha hecho muy bien. Cecil, siga haciéndola feliz.
—Es lo que pretendo. —Ya tranquilo, apoyó un brazo en el respaldo de la hamaca y contempló el jardín trasero de Iris—. Es una noche agradable.
—Sí. Una noche muy agradable.
—Ojalá pudieras quedarte un par de días más.
—Tengo que empezar a trabajar.
Iris asintió y luchó por no protestar cuando Tory llevó su maleta al auto.
—¿Me llamarás en cuanto estés instalada?
—Por supuesto.
—Y prométeme que irás a ver enseguida a J. R., para que él y Boots te ayuden en todo lo que necesites.
—Iré a verlo, y también a la tía Boots y a Wade. —Besó a su abuela en ambas mejillas—. Y ahora, ¡basta de preocuparte!
—Lo que pasa es que ya te estoy echando de menos. Dame tus manos. —Tory vaciló, e Iris las tomó—. Te pido que me hagas el gusto, querida. —Las sostuvo con firmeza y sus ojos se empañaron un poco.
Ella no poseía la luz brillante que le había sido concedida a su nieta. Solo veía en colores y en formas. El gris de las preocupaciones, el rosado de la excitación, el azul apagado del dolor. Y a través de todo, percibió el rojo oscuro y profundo del amor.
—Estarás bien. —Apretó por última vez las manos de su nieta—. Y yo estaré aquí si me necesitas.
—Siempre lo he sabido. —Tory subió al coche y respiró hondo—. No les digas dónde estoy, abuela.
Iris meneó la cabeza. Sabía que Tory se refería a sus padres.
—No lo haré.
—Te quiero.
Cuando se alejó, mantenía los ojos fijos al frente.
Los campos comenzaron a quebrarse, suaves colinas cubiertas con el verde de pastos tiernos. Reconoció algunas siembras. Soja, tabaco, algodón, cuyos retoños delicados cubrían la tierra.
Añoraba las épocas de siembra.
La tierra nunca la atrajo tanto como a otros. De vez en cuando le gustaba trabajar en el jardín, pero no tenía esa necesidad imperiosa de sentir la tierra en sus manos, de cuidar y cultivar, de guardar lo que cosechaba.
Sin embargo, apreciaba el ciclo, la continuidad. Disfrutaba mirando el campo, que los hombres araban y nutrían; vivían lado a lado con la exuberancia de los cedros y con el musgo, con el zumaque ubicuo, con las cintas de agua oscura que nunca podrían ser ni serían realmente domesticadas.
El olor de todo eso era rico y también oscuro. Era más el perfume del Sur que el de la magnolia. Después de todo, ese era el verdadero corazón del Sur. Más allá de los jardines formales y de los parques perfectos, el Sur se apoyaba en cosechas, en sudor y en las sombras secretas de sus ríos.
En busca de soledad, Tory había viajado por caminos secundarios, y con cada kilómetro que recorría se sentía más atraída por ese corazón.
En el límite oeste de Progress, algunas de las granjas y chacras habían dado lugar a hogares. Pequeños barrios con jardines que surtidores subterráneos mantenían verdes y exuberantes. En los senderos de entrada había automóviles y camionetas último modelo y las aceras eran anchas y parejas. Aquí deben de vivir los recién casados, pensó Tory, casi todos con dos ingresos y en busca de una casa agradable en los suburbios para formar una familia.
Esos eran sus clientes ideales y el motivo principal que justificaba su mudanza. Los dueños de casa exitosos con buenos ingresos disfrutaban decorando sus hogares. Con una adecuada publicidad e inteligentes escaparates, los atraería a su tienda.
Y comprarían.
¿Habría alguien en esas casas silenciosas que hubiese conocido en su infancia? ¿Alguien que tal vez recordara a la delgada chiquilla que siempre llegaba al colegio llena de moretones? ¿Recordarían que algunas veces ella sabía cosas que se suponía no debía saber?
La memoria es breve, se recordó Tory. Y aun en el caso de que algunos la recordaran, ella encontraría la manera de utilizar esos recuerdos en beneficio de su tienda.
A medida que se aproximaba al centro, las calles se encontraban cada vez más cerca unas de otras, como ansiosas de tener compañía. En la mente de Tory relampagueó la imagen del otro extremo del pueblo, donde el angosto río era el límite de Progress. En su infancia, las casas allí eran pequeñas y oscuras, con techos llenos de goteras y camiones oxidados casi siempre apoyados sobre bloques de cemento. Un lugar donde los perros gruñían y tironeaban con maldad los extremos de sus cadenas. Donde las mujeres colgaban ropa lavada deslucida, mientras los chicos permanecían sentados en cuadrados de hierba que más que hierba era tierra.
Algunos de los hombres trabajaban la tierra para ganar su sustento y otros simplemente vivían a base de cerveza y maldad. De pequeña ella estuvo a un paso tembloroso de ese destino. Y aún entonces temía perder el equilibrio y caer en el mundo de los aullidos, donde el pan de cada día se servía con extenuación.
Lo primero que vio fue la aguja de la iglesia. El pueblo alardeaba de tener cuatro, o por lo menos de eso alardeaba antes. Sin embargo, casi todos los que Tory conocía pertenecían a la Iglesia bautista. La iglesia donde ella permanecía sentada durante horas interminables en un banco duro, escuchando el sermón con desesperación, porque por la noche, antes de la comida, su padre la interrogaría sobre su contenido. Si no contestaba bien, el castigo era duro e inmediato.
Hacía ocho años que no entraba en ninguna iglesia.
No pienses en eso, se ordenó. Piensa en el presente. Pero notó que el presente era muy parecido al pasado. Tenía la impresión de que había cambiado muy poco en las afueras de Progress.
Dobló por Live Oak Drive para recorrer las antiguas zonas residenciales. Allí las casas eran grandes y elegantes, los árboles viejos y frondosos. Su tío se había mudado a ese barrio pocos años antes de que ella abandonara Progress. Gracias al dinero de su mujer, comentaba entonces con amargura el padre de Tory.
A Tory no se le permitía visitarlos y ahora sintió una mezcla de pánico y de culpa por el solo hecho de pasar frente a la hermosa casa blanca de ladrillos, con sus arbustos florecidos y sus ventanas relucientes.
A esa hora su tío estaría trabajando, como gerente del banco, puesto que tenía casi desde que ella podía recordar. Y a pesar de tenerle mucho afecto a su tía, Tory no estaba con ánimo para soportar las manos aleteantes y la voz susurrante de Boots Mooney.
Recorrió las calles, pasó frente a casas más pequeñas y edificios de apartamentos que dieciséis años antes no existían. Alzó las cejas ante la tienda que vio en una esquina, un edificio pintado de amarillo y rojo donde antes había un antiguo almacén.
El edificio del colegio secundario tenía un anexo y vio un parquecito encantador donde antes se levantaba una hilera de casas destartaladas. Había árboles nuevos plantados entre los viejos y de los tiestos pendían flores hermosas. Todo parecía más bonito, más limpio, más fresco que lo que ella recordaba. Se preguntó qué parte de todo eso sería lo mismo de antes solo cubierto por una nueva capa de pintura.
Al torcer por Market sintió un placer ridículo al ver que Hanson’s todavía seguía en pie, que todavía lucía el mismo cartel ahora gastado por el tiempo, y que su escaparate principal seguía lleno de carteleras y avisos.
El dulce sabor infantil la embargó y la obligó a sonreír.
Notó que la peluquería había cambiado de manos. El Salón de Belleza Lou ahora se llamaba Hair Today. Pero el casino de la calle Market todavía estaba en pie y tuvo la impresión de que eran los mismos hombres con los mismos monos los que se reunían delante para intercambiar chismes y comentarios.
A media manzana, entre la ferretería Rolling y The Flower Basket se encontraba la antigua tienda. Allí, pensó Tory mientras acercaba el coche al bordillo, era el lugar donde ella cambiaría su vida.
Bajó al espeso calor del mediodía. El frente del edificio era tal como lo recordaba. Viejos ladrillos unidos con mezcla de color gris como el humo. El escaparate era alto y ancho y en ese momento estaba cubierto de polvo. Pero ella arreglaría eso. La puerta también era de vidrio, y estaba rajado. El propietario, decidió Tory sacando su libreta, tendría que hacerlo arreglar. Fuera ella colocaría el banco angosto con respaldo de hierro forjado que le enviarían. Y junto al banco, tiestos de petunias rojas y blancas. Flores amistosas.
En lo alto del escaparate, encima del banco, haría pintar el nombre de la tienda: «Confort Sureño».
Eso era lo que ofrecería a su clientela. Un lugar confortable, con mercadería exhibida con elegancia y a precios discretos. En su imaginación, ella ya estaba adentro, llenando estantes, arreglando mesas y lámparas. No oyó que pronunciaban su nombre hasta que sintió que alguien la abrazaba.
La sangre se le subió a la cabeza y el pulso se le disparó.
—¡Tory! Me pareció que eras tú. Hace un par de días que espero que aparezcas.
—¡Wade! —Pronunció el nombre con un jadeo.
—Te he asustado —Compungido, él se apartó—. Perdón. Pero me alegró muchísimo verte.
—Déjame recuperar el aliento.
—Recupéralo mientras te miro. ¡Maldita sea! ¿Realmente han pasado dos años? ¡Estás maravillosa!
—¿En serio? —Era agradable que se lo dijeran, aunque no lo creyera. Se apartó el pelo mientras su pulso recuperaba el ritmo normal.
A pesar de que él medía poco menos de un metro ochenta, ella tuvo que echar atrás la cabeza para estudiarle el rostro. Recordó que siempre había sido buen mozo, pero supuso que a él debía de alegrarle que la cara angelical que tenía en su infancia se hubiera curtido un poco. Tenía ojos de un castaño profundo. El rostro se le había afinado, pero todavía conservaba los hoyuelos. El pelo, más claro que el de ella, estaba bien cortado para domar la tendencia a rizarse.
Vestía tejanos y una sencilla camisa de color azul desteñido. Sonrió al ver que ella lo estudiaba.
Tory decidió que parecía joven, buen mozo y muy próspero.
—Si te parece que yo estoy maravillosa, no tengo palabras para describir lo que me pareces tú. Has heredado los mejores rasgos de la familia, primo Wade.
Él esbozó una sonrisa rápida y juvenil, pero se abstuvo de volver a abrazarla. Sabía que no le gustaban las caricias ni los abrazos. Se conformó con tirarle del pelo con suavidad.
—Me alegra que hayas vuelto.
—No pude haber elegido un mejor comité de bienvenida. —Hizo un gesto amplio con los brazos—. El pueblo está muy bonito. Igual en muchos sentidos, pero mejor. Más pulcro, supongo.
—Progreso en Progress —dijo él—. Se lo debemos en gran parte a los Lavelle, al Consejo Municipal y sobre todo al alcalde de los últimos cinco años. ¿Te acuerdas de Dwight? ¿Dwight Frazier?
—Dwight, el Dweeb, uno de los Tres Todopoderosos, tú, él y Cade Lavelle.
—El Dweeb marcó el paso en el instituto, se convirtió en una estrella de las pistas, se casó con la reina de la belleza del pueblo, ingresó en la empresa constructora de su padre y ayudó a transformar Progress. Hoy en día los tres somos unos malditos ciudadanos sólidos.
De pie allí, con el escaso tráfico que pasaba por la calle a sus espaldas, escuchando el ritmo familiar de la manera de hablar de Wade, Tory recordó el motivo por el que siempre le tuvo afecto.
—Debes de añorar tu vida de muchacho travieso, ¿verdad, Wade?
—Escucha, estoy en medio de dos compromisos. Debo volver y convencer a un gran danés llamado Igor que debe recibir su vacuna antirrábica.
—Es una suerte que te toque hacerlo a ti y no a mí, doctor Mooney.
—Tengo el consultorio en la acera de enfrente, casi al llegar a la esquina. Acompáñame hasta allí y te invito a un té frío.
—Me gustaría mucho, pero debo pasar por la inmobiliaria y ver qué me tienen reservado. —Al percibir un brillo en los ojos de su primo, ladeó la cabeza y preguntó—: ¿Qué?
—No sé lo que sentirás al respecto, pero ¿sabes que tu antigua casa está en alquiler?
—¿La casa? —Instintivamente cruzó los brazos. El destino tiene un alcance tan largo y retorcido, pensó—. Tampoco sé lo que siento con respecto a eso. Creo que debería averiguarlo.
En un pueblo de menos de seis mil habitantes, era difícil caminar dos manzanas sin toparse con un conocido. No importaba que uno hubiera estado fuera dieciséis años o sesenta. Cuando Tory entró en la inmobiliaria, solo había una persona detrás del escritorio.
La mujer era bonita, de baja estatura y muy arreglada. Su largo pelo rubio y peinado hacia atrás enmarcaba un rostro en forma de corazón dominado por enormes ojos celestes.
—Buenas tardes. —La mujer hizo aletear las pestañas y dejó la novela que leía, con un pirata de pecho desnudo en la portada—. ¿En qué puedo serle útil?
Tory tuvo una imagen inmediata del patio de juegos del colegio de Progress. Un grupo de pequeñas que gritaban aterrorizadas y se alejaban corriendo. Y vio la expresión presumida y satisfecha de los ojos celestes de la chiquilla que las capitaneaba, que les sonreía con desprecio por sobre el hombro mientras su largo pelo rubio revoloteaba a sus espaldas.
—¿Lissy Harlowe?
Lissy ladeó la cabeza.
—¿La conozco? Lo lamento pero no... —Abrió muy grandes sus ojos azules—. ¿Tory? ¿Tory Bodeen? ¡Por amor de Dios! —Lanzó un grito y se puso de pie. Por el bulto que se le notaba bajo la camisa rosada, parecía embarazada de seis meses—. Papá dijo que pasarías por aquí en algún momento de esta semana.
A pesar del automático paso atrás de Tory, Lissy rodeó el escritorio para abrazarla como si se tratara de una amiga largo tiempo perdida.
—¡Esto es increíble! —Se echó atrás para sonreírle en señal de bienvenida—. ¡Tory Bodeen ha vuelto a Progress después de un siglo! ¡Y qué bonita estás!
—Gracias. —Tory notó que Lissy la estudiaba detalle por detalle y que luego sonreía satisfecha. No había duda con respecto a cuál de ellas había madurado mejor—. Sigues siendo la misma de siempre. Y siempre fuiste la chica más bonita de Progress.
—¡Qué tontería! —Lissy descartó el comentario con un movimiento de la mano, pero no pudo menos que pavonearse un poco—. Y ahora siéntate y deja que te sirva algo fresco.
—No te molestes. Estoy bien. ¿Tu padre tiene preparado el contrato de alquiler?
—Creo que sí. Todo el pueblo habla de tu negocio. No veo la hora de que lo inaugures. En Progress no se encuentran cosas bonitas. —Mientras hablaba volvió a rodear el escritorio—. Dios es testigo de que una no puede viajar hasta Charleston cada vez que quiere comprar algo con un poco de estilo.
—Me alegra saberlo. —Tory se sentó y se encontró frente al rótulo que identificaba a Lissy Frazier—. ¿Frazier? ¿Dwight? ¿Te casaste con Dwight?
—Hace cuatro años felices. Tenemos un hijo. Mi Luke es la cosa más bonita que puedas imaginarte. —Volvió una fotografía enmarcada de un pequeño de ojos brillantes—. Y para fin del verano esperamos a su hermano o hermana.
Le propinó a su vientre una palmada satisfecha y movió la mano para que la alianza y el anillo de compromiso destellaran a la luz.
—¿Y tú nunca te casaste?
Por el tono de la pregunta, Tory supo que a Lissy todavía le gustaba ser la mejor.
—No.
—Yo admiro más de lo que puedo expresar a las mujeres empresarias. Sois todas tan valientes e inteligentes… Nos avergonzáis a nosotras, las amas de casa. —Cuando Tory alzó una ceja mientras miraba el escritorio y la placa con el nombre de Lissy, esta rió y volvió a hacer revolotear una mano—. Bueno, solo vengo un par de veces por semana a ayudar a papá. Una vez nazca el bebé, no tendré tiempo ni energía para seguir viniendo.
Y enloquecerás con rapidez, y no precisamente en silencio, en tu casa con dos chicos, pensó Tory. Pero cuando llegara el momento, Lissy ya se encargaría de eso y de Dwight.
—Y ahora quiero que me cuentes todo lo que has hecho.
—Me encantaría quedarme a conversar un rato, Lissy. —Siempre que me arrancaras la lengua y me la envolvieras alrededor del cuello, pensó—. Pero tengo que instalarme cuanto antes.
—¡Ah, qué tonta soy! Debes de estar extenuada. —Una pequeña sonrisa le indicó a Tory que si no lo estaba, sin duda lo parecía—. Cuando hayas descansado nos pondremos al día.
—Me encantará —contestó Tory. No olvides, se dijo, que Lissy es justamente el tipo de cliente que necesitas—. Hace unos minutos me topé con Wade. Mencionó que la casa, la vieja casa, tal vez estuviera en alquiler.
—¡Sí, por supuesto! Los inquilinos de los Lavelle se mudaron hace un par de semanas. Pero querida, imagino que no querrás vivir allá afuera, ¿verdad? Tenemos unos bonitos apartamentos aquí en la ciudad. River Terrace tiene todo lo que una muchacha soltera puede necesitar, incluyendo a hombres solteros —agregó con un guiño—. Instalaciones modernas, moquetas de pared a pared. Y hay un apartamento disponible con jardín que es una belleza.
—No me interesan los apartamentos. Me gusta estar en el campo. ¿Cuánto cuesta el alquiler de la casa?
—Me fijaré. —Lo sabía, por supuesto. Lissy era mucho más inteligente de lo que la gente suponía. Pero prefería hacer las cosas de esa manera. Movió la silla y se enfrascó en el teclado del ordenador. Todo para aumentar su lucimiento—. Juro que nunca comprenderé estas cosas. Como bien sabes, esa casa tiene dos dormitorios y un solo baño.
—Sí, lo sé.
Con la mirada fija en el monitor, Lissy mencionó el alquiler.
—Pero no olvides que la casa queda a unos buenos quince o veinte minutos en coche del pueblo. En cambio para llegar a ese precioso apartamentito del que te hablaba solo tendrías que caminar diez minutos.
—Me quedaré con la casa.
Lissy parpadeó.
—¿Te quedas con ella? ¿No preferirías verla primero?
—Ya la he visto. Te extenderé un cheque. ¿El primero y el último mes de alquiler?
—Sí —contestó Lissy, encogiéndose de hombros—. Imprimiré el contrato.
Menos de un minuto después de haber firmado y sellado el contrato, mientras Tory salía de la inmobiliaria con las llaves de la casa, Lissy ya estaba colgada del teléfono haciendo correr la noticia.
Eso también había cambiado. La casa se erguía como siempre, detrás de un angosto sendero de tierra, cerca del pantano. Al oeste se extendían los campos donde ya surgían de la tierra tiernos brotes de algodón en cuidadas hileras, dóciles como alumnos de una escuela. Pero alguien había plantado azaleas rosadas y blancas y una joven magnolia cerca de la ventana del dormitorio.
Tory recordaba que la puerta mosquitera estaba oxidada y la pintura blanca ya tenía un tono grisáceo. Pero alguien se había encargado de solucionarlo. Las ventanas resplandecían y la casa estaba pintada de un azul claro. Además se le había agregado un porche delantero, suficientemente ancho para que cupiera la mecedora que había junto a la puerta.
Era casi acogedora.
El pulso de Tory latía con fuerza cuando se acercó a la casa. Allí habría fantasmas, pero los fantasmas eran el motivo de su regreso. ¿No era mejor enfrentarse a todos?
Las llaves tintineaban en su mano.
La puerta mosquitera chirrió. Tory recordó que era un sonido familiar. Una puerta mosquitera amistosa debía crujir y cerrarse ruidosamente.
La abrió, metió la llave en la cerradura y la hizo girar. Respiró hondo antes de entrar.
Vio el sillón destartalado con sus rosas desteñidas, el viejo televisor, la alfombra gastada. Paredes amarillentas sin fotografías que alegraran el ambiente. Olor a verduras recocidas y a Lysol.
«¡Tory! Entra y límpiate enseguida. ¿No te dije que quería que pusieras la mesa para la comida antes de que llegara tu padre?» La imagen se borró y se encontró de pie en una habitación vacía. Las paredes estaban pintadas de un tono crema. Los suelos estaban desnudos pero limpios. En el aire había un leve olor a pintura y cera.
Pasó a la cocina.
Las encimeras habían sido rehechas en un gris piedra y los armarios pintados de blanco. La cocina era nueva, por lo menos más nueva que la anterior, sobre la que sudaba su madre. La ventana sobre la pileta de lavar miraba al pantano, lo mismo que siempre. Un lugar exuberante, verde y secreto.
Reunió todo su coraje, se volvió y se encaminó a su antiguo dormitorio.
¿Siempre habrá sido tan pequeño?, se preguntó. Tiene apenas el tamaño necesario para un gato, pensó, aunque en una época fue suficientemente grande para sus necesidades. Antes su cama estaba cerca de la ventana. Le gustaba contemplar la noche, o la mañana. También tenía una cómoda pequeña cuyos cajones se hinchaban y atrancaban todos los veranos. En el cajón de abajo solía esconder libros, porque a su padre no le gustaba que leyera nada que no fuera la Biblia.
En ese cuarto había mezclados buenos y malos recuerdos. Recuerdos de leer hasta tarde en secreto por la noche, de soñar sueños privados, de planear aventuras con Hope.
Y, por supuesto, el recuerdo de las palizas.
Nadie volvería jamás a ponerle una mano encima.
Decidió que podría convertir ese cuarto en un despacho. Un escritorio, un pequeño archivo, tal vez un sillón para leer y una buena lámpara. Con eso bastaría.
Ella dormiría en el antiguo dormitorio de sus padres. Sí, dormiría allí, y lo convertiría en propio.
Comenzó a salir pero no se pudo resistir. En silencio, abrió la puerta del armario empotrado. Allí su propio fantasma se ocultaba hecho un ovillo en la oscuridad, el rostro surcado de lágrimas. Antes de cumplir ocho años ya había derramado las lágrimas de toda una vida.
Se puso en cuclillas, pasó los dedos por la madera de la base del mueble y sus dedos temblaron sobre una talla apenas perceptible. Con los ojos cerrados, igual que los ciegos leen Braille, ella leyó las letras con la punta de los dedos: «Yo soy Tory».
—Es cierto. Es cierto. Soy Tory. No pudiste quitarme eso. No pudiste quitármelo a golpes. Soy Tory. Y he regresado.
Se puso de pie temblorosa.
Aire, pensó. Necesitaba aire. Nunca había aire dentro de aquel armario, ni luz. Al retroceder, notó que tenía las manos empapadas de sudor.
Se volvió para salir corriendo del cuarto —hubiera salido corriendo de la casa—, pero vio una sombra del otro lado de la puerta mosquitera. El sol de la tarde delineaba la forma de un hombre.
Cuando la puerta se abrió con un chirrido, ella volvió a tener ocho años. Sola, indefensa. Aterrorizada.