PRÓLOGO

Nevaba copiosamente la tarde en que llegó la caja, dos semanas antes de Navidad. Muy bien envuelta y atada con un cordel, la encontré delante de la puerta cuando llegué a casa con los niños. Poco antes nos detuvimos en el parque, donde me senté en un banco, y mientras vigilaba a los pequeños, volví a pensar en ella, como lo hacía casi en todo momento durante la última semana desde el funeral. Eran tantas las cosas de ella que nunca supe, que sólo había adivinado, tantos los misterios para los cuales sólo ella tenía la llave. Lo que más lamentaba no era no haberle preguntado por su vida cuando habría podido hacerlo, sino haber creído que no era importante. Al fin y al cabo, no era más que una vieja. Creía que ya lo sabía todo sobre ella.

Mi abuela era una mujer a la que le brillaban los ojos y le encantaba ir a patinar conmigo, incluso a los ochenta y pico años. Además, me preparaba unas galletas deliciosas y hablaba con los niños como si fueran mayores y la entendieran. Era sabia y divertida, y todos la adoraban. Y si se le insistía mucho, hacía trucos de cartas, lo que fascinaba a cuantos la veían.

Tenía una voz hermosa, tocaba la balalaica y cantaba preciosas baladas antiguas en ruso. Parecía estar siempre cantando o tarareando, y no paraba de moverse. Era una mujer ágil y llena de gracia, siempre querida y admirada por todos. Para ser el funeral de una mujer de noventa años, asistió mucha gente. Sin embargo, ninguno de nosotros la conoció de verdad. Nadie entendió quién fue ni el extraordinario mundo del que vino. Sabíamos que había nacido en Rusia, que había llegado a Vermont en 1917 y que después se había casado con mi abuelo. Supusimos que siempre había estado allí, que siempre había formado parte de nuestras vidas, tal y como la veíamos. Como suele hacerse con la gente mayor, creímos que siempre había sido vieja. Sin embargo, nadie sabía nada sobre ella, y yo no paraba de darle vueltas a las preguntas sin respuesta. No entendía por qué nunca se me había ocurrido preguntarle nada. ¿Por qué no había intentado indagar sobre ella?

Mi madre había muerto diez años antes, y estoy segura de que tampoco supo nada o no quiso saberlo.

Mi madre se parecía a su padre, era seria, sensata, una mujer típica de Nueva Inglaterra, aunque su padre no nació allí. Sin embargo, al igual que él, era una mujer parca y de emociones impenetrables. Hablaba poco, sabía pocas cosas, y no parecían interesarle los misterios de los otros mundos ni las vidas ajenas. Iba al supermercado cuando hacían ofertas de fresas o tomates, era una mujer práctica que vivía en el mundo material y se parecía muy poco a su madre. La mejor manera de definirla sería calificándola de sólida, al contrario de su madre, la abuela Dan, como yo solía llamarla.

La abuela Dan era mágica. Parecía estar hecha de la misma sustancia que el aire, el polvo y las alas de ángel, de cosas mágicas, luminosas y gráciles. Las dos mujeres no tenían nada en común, y mi abuela siempre me había atraído como un imán, cuyo calor y ternura me conmovían con innumerables gestos silenciosos, llenos de gracia. La abuela Dan era la persona a la que yo más quería y a la que esa tarde, en el parque, añoraba mientras me preguntaba qué haría sin ella. Había muerto hacía diez días, a los noventa años.

Cuando mi madre murió a los cincuenta y cuatro años, lo sentí, y supe que echaría de menos la estabilidad que representaba para mí, la constancia, esa persona a la que siempre podía acudir. Mi padre se casó con su mejor amiga un año después de su muerte, lo cual no me sorprendió demasiado. Él tenía sesenta y cinco años, estaba enfermo del corazón y necesitaba a alguien que le preparara la cena por las noches. Connie era su más vieja amiga y una sustituta lógica de mi madre. No me importó, lo entendí. Nunca sufrí por la ausencia de mi madre. Pero la abuela Dan... para mí el mundo había perdido parte de su magia cuando me di cuenta de que ya no estaba. Supe que nunca más volvería a oírla cantar en ruso. Cuando murió, hacía tiempo que ya no tenía la balalaica. Pero además de perderla a ella, también dejé de sentir una emoción muy especial. Sabía que mis hijos nunca entenderían lo que habían perdido. Para ellos, sólo había sido una mujer muy vieja, con una mirada amable y un acento raro, pero yo sabía que había algo más. Era consciente de lo que había perdido y que nunca volvería a encontrar. Fue un ser humano extraordinario, un alma mística. Las personas que la conocían nunca la olvidarían.

Dejé el paquete en la mesa de la cocina y allí se quedó mientras me ponía a cocinar y los niños se iban a ver la televisión. Esa tarde, había pasado por el supermercado y comprado los ingredientes para preparar galletas de Navidad con ellos. Habíamos planeado hacerlo juntos esa noche, para que pudieran llevarlas a la escuela y dárselas a los maestros. Katie quería hacer magdalenas glaseadas, pero Jeff y Matthew habían decidido preparar campanas de Navidad con motas verdes y rojas. Era un buen momento para hacerlo porque Jack, mi marido, estaba de viaje. Se había ido a Chicago para asistir a unas reuniones. La semana anterior me había acompañado al funeral y se había mostrado muy cariñoso y comprensivo. Sabía lo mucho que la abuela Dan significaba para mí, pero como es habitual en estos casos, había intentado hacerme comprender que ella había vivido mucho y bien y que ya le había llegado la hora. Aunque para él todo era muy lógico, para mí no lo era. Me sentía estafada por haberla perdido, aunque tuviera noventa años.

A pesar de su edad, seguía siendo hermosa. Tenía el pelo cano, largo y liso, y se lo recogía en una trenza que le caía por la espalda; en las ocasiones especiales se hacía un moño. Siempre se peinaba así. Yo no la recordaba con otro aspecto. La espalda recta, el talle delgado, los ojos azules, que parecían bailar cuando te miraban. Me preparaba las mismas galletas que yo iba a cocinar esa noche, fue ella la que me enseñó la receta. Pero cuando la abuela las hacía, se ponía los patines sobre ruedas y se movía por la cocina con mucha gracia. Yo no podía parar de reír, aunque a veces sus maravillosas historias de bailarinas y príncipes también me hacían llorar.

Fue ella la que me llevó a un ballet por primera vez. Y de haber tenido la oportunidad, de pequeña me habría encantado bailar con ella. Pero en Vermont no había una academia de danza y mi madre no quiso que ella me enseñara. Lo intentó un par de veces en la cocina, pero mi madre prefirió que hiciera mis deberes y los recados, y ayudara a mi padre con las dos vacas que tenía en el establo. A diferencia de mi abuela, mi madre no tenía mucha imaginación. El baile no debía formar parte de mi vida de niña, como tampoco la música. Fue mi abuela Dan la que me transmitió la magia y el misterio, la gracia y el arte, la curiosidad de un mundo más amplio que el mío, mientras me pasaba horas y horas escuchándola, sentada en la cocina.

Siempre iba vestida de negro. Parecía tener un surtido inagotable de vestidos negros y raídos, y de sombreros raros. Era pulcra y minuciosa, y tenía una especie de elegancia natural, a pesar de que su ropa nunca fue muy interesante.

Su marido, mi abuelo, murió cuando yo era pequeña, de una gripe que se le complicó y se convirtió en una pulmonía. Una vez, cuando yo tenía doce años, le pregunté a la abuela si le amaba de verdad. Al principio se sorprendió y después sonrió y vaciló antes de contestar con su suave acento ruso: «Claro que sí. Fue muy bueno conmigo. Fue un buen hombre.»

No era eso lo que quería saber, sino si había estado perdidamente enamorada de él, como uno de esos príncipes de los cuentos que me contaba.

Mi abuelo nunca me pareció especialmente guapo, y era bastante mayor que ella. En las fotografías se parecía mucho a mi madre, se le veía muy serio y algo adusto. En aquella época la gente no sonreía cuando posaba, sino que ponía cara de que le dolía algo. Me costaba imaginarlos juntos. Él tenía veinticinco años más que ella y se conocieron cuando la abuela llegó a Estados Unidos en 1917 y empezó a trabajar en un banco que era propiedad de él. El abuelo, que había enviudado unos años antes, no tenía hijos y no había vuelto a casarse, y la abuela Dan siempre contaba que cuando lo conoció estaba muy solo y se había portado muy bien con ella, pero nunca explicó nada más. Por aquel entonces ella debía de ser hermosa y seguro que lo cautivó. Se casaron dieciséis meses después de conocerse, mi madre nació al cabo de un año y ya no tuvieron más hijos. Mi abuelo adoraba a mi madre, su única hija, seguramente porque se parecía tanto a él. Yo ya conocía esa historia. Sin embargo, ignoraba los detalles de lo que había ocurrido antes: quién había sido la abuela Dan de joven, de dónde había venido exactamente y por qué. De pequeña yo no daba importancia a los detalles históricos.

Sabía que había bailado con la compañía de ballet de San Petersburgo y conocido al zar, pero a mi madre no le gustaba que me hablara de esas cosas. Decía que me llenaría la cabeza de ideas falsas sobre los extranjeros y sobre lugares que nunca vería, y mi abuela respetó los deseos de su hija. Hablábamos de la gente que conocíamos en Vermont, de los lugares en que yo había estado, de lo que hacía en la escuela. Y cuando íbamos a patinar sobre hielo en el lago, a veces se dibujaba en su rostro una fugaz expresión soñadora y yo sabía que pensaba en Rusia y en la gente que conoció allí. Aunque no lo dijera, todo eso seguía formando parte de ella, una parte que yo amaba y deseaba conocer, una parte que intuía que seguía siendo importante para ella, más de cincuenta años después de haberse marchado. Sabía que toda su familia, su padre y sus cuatro hermanos, había muerto en la guerra luchando por el zar. Ella se había ido a Estados Unidos y no había vuelto a verlos, iniciando una nueva vida en Vermont. Pero jamás olvidó a la gente que había conocido y amado, formando parte del tejido de su vida, una parte que no podía negar, aunque la escondiera.

Un día encontré sus zapatillas de baile en un baúl que había en el desván, mientras buscaba uno de sus viejos vestidos para una obra de teatro de la escuela. Estaban muy gastadas y parecían minúsculas en mi mano. Cuando acaricié las puntas raídas, pensé que eran mágicas. Después le pregunté por ellas.

«Ah... —musitó sorprendida, y se echó a reír como si rejuveneciera al recordarlas—. Me las puse la última noche que bailé en San Petersburgo con la compañía del Maryinsky... Asistió la zarina y las grandes duquesas. —Esta vez no puso cara de culpable al contarlo—. Bailamos El lago de los cisnes —recordó, con la mente a miles de kilómetros—. Fue hermoso... Entonces no sabía que sería la última vez... No sé por qué guardé esas zapatillas. Ha pasado ya tanto tiempo, cariño.»

De pronto fue como si cerrara la puerta a los recuerdos y me tendió una taza de chocolate caliente con nata y virutas de chocolate y canela.

Quise preguntarle más cosas del ballet, pero me dejó sola y no volvió hasta al cabo de un rato, mientras yo hacía los deberes en la cocina. Esa noche no tuve ocasión de volver a sacar el tema y no volvió a surgir otra oportunidad, al menos durante muchos años, hasta que finalmente lo olvidé. Sabía que había bailado con la compañía, todos lo sabíamos, pero me costaba imaginarla como primera bailarina. Era mi abuela, la abuela Dan, la única abuela de la ciudad que tenía sus propios patines sobre ruedas. Los llevaba con orgullo junto con sus sencillos vestidos negros, y cuando iba al centro, sobre todo al banco, siempre se ponía sombrero, guantes y sus pendientes favoritos, dando la impresión de que iba a hacer algo importante. Incluso cuando me recogía en la escuela con su viejo coche, se la veía muy digna y feliz de verme. Entonces era tan fácil ver quién era y tan difícil recordar quién había sido. Pero ahora comprendo que nunca quiso que lo recordáramos. Para entonces ya era otra persona, la viuda de mi abuelo, la madre de mi madre, mi abuela, la que preparaba galletas rusas. Imposible asociarla ni soñar con nada que fuera más allá de eso.

Me preguntaba si la abuela Dan se quedaba despierta por las noches, pensando en el pasado y recordando lo que sintió cuando bailó El lago de los cisnes para la zarina y sus hijas. ¿O quizá lo había olvidado muchos años antes, agradecida por la vida que tenía con nosotros en Vermont? Porque sin duda había tenido dos vidas muy distintas, tanto que fuimos capaces de olvidar su pasado y creer que era una persona diferente de la que había sido en Rusia. Por su parte, ella nos dejó creerlo durante todos los años que la conocimos. A cambio, le permitimos olvidar, o la obligamos a hacerlo, convirtiéndola en la persona que a nosotros nos convenía creer que era. Para mí, nunca fue joven; para mi madre, nunca fue hermosa, sofisticada y una bailarina; para su marido, nunca fue nada salvo su esposa, ni siquiera le gustaba oír hablar de su padre y sus hermanos, pues para él formaban parte de un mundo que ya no debía pertenecerle. Tal vez no quería que recordara el pasado.

Ella perteneció a mi abuelo hasta su muerte y después él nos la dejó. Sin embargo, estaba más cerca de mí que de mi madre. Nunca fueron íntimas, pero nosotras sí. Mi abuela querida, que lo fue todo para mí, cuya fantasía me convirtió en lo que soy, cuyas visiones me dieron el valor para marcharme de Vermont. Cuando acabé la universidad, me fui a Nueva York, encontré un trabajo en una agencia de publicidad, me casé y tuve tres hijos. Mi marido es un buen hombre, tengo una vida que me encanta y hace siete años que no trabajo. Pienso volver a hacerlo algún día, cuando los niños sean un poco mayores, ya no me necesiten tanto y yo ya no sienta que debo estar en casa con ellos, por ejemplo, cocinando galletas.

Cuando sea vieja, quiero ser como la abuela Dan. Quiero pasear por la cocina con patines de ruedas e ir a patinar sobre hielo, como solía hacer con ella. Quiero hacer sonreír a mis hijos y mis nietos, y recordar las cosas que hice por ellos. Quiero que se acuerden de las campanas de Navidad y de cuando decoramos el árbol juntos, así como del chocolate caliente que preparaba igual que ella mientras hacían los deberes. Quiero que mi vida signifique algo para ellos y que el tiempo que les dedique marque una diferencia. Pero también deseo que sepan quién fui y por qué vine aquí, y que amo mucho a su padre.

No hay misterios en mi vida, ninguna historia oculta, ningún triunfo como el de ella cuando bailó El lago de los cisnes en el ocaso de la Rusia imperial. Ahora ni siquiera puedo imaginar cómo habrá sido su vida ni lo mucho que dejó atrás cuando vino aquí. No puedo imaginar lo que habría supuesto no volver a hablar de todo eso y perder a los seres queridos. No puedo imaginar cómo habría sido acabar en un lugar como Vermont viniendo de Rusia. Ojalá supiera por qué nunca me contó nada más. Tal vez porque no queríamos que fuera Danina Petroskova, la bailarina, sino simplemente la abuela Dan, una madre y una esposa. Para nosotros era más fácil así, pues no teníamos que hacer honor a nada, ni siquiera a una vida que jamás superaríamos. Si no la conocíamos, ignorábamos sus sentimientos y su dolor, su tristeza y su pérdida, y no lamentábamos lo que había sido. Pero ahora desearía haber sabido más cosas de ella, haberla visto entonces y estar con ella.

Aparté el paquete y me puse a preparar las campanas de Navidad con Jeff y Matt, manchándome de virutas rojas y verdes. Después hice las magdalenas con Katie y se las arregló para pringarlo todo de azúcar: a mí, a ella y a la cocina.

Ya era tarde cuando por fin los acosté y Jack me llamó desde Chicago. Había tenido un día muy duro, pero las reuniones le habían ido bien. Para entonces me había olvidado por completo del paquete y sólo me acordé pasada la medianoche, cuando fui a la cocina a buscar algo para beber. Seguí allí, en un rincón, con el cordel manchado con la pasta de las magdalenas y la superficie cubierta de una fina capa de virutas verdes y rojas.

Cogí la caja, la limpié y me senté a la mesa de la cocina. Tardé unos minutos en desatar el cordel y abrirla. La habían enviado desde la residencia en que mi abuela había pasado el último año de su vida. Había recogido sus cosas cuando pasé a dar las gracias después del funeral. La mayoría eran viejos recuerdos que apenas valía la pena guardar, salvo las fotografías de los niños y un montón de libros. Me quedé con un libro de poesía rusa que sabía que le encantaba y el resto se lo di a las enfermeras. Lo único que guardé y que había sido importante para ella fueron su sortija, un reloj de oro que le regaló el abuelo antes de casarse y un par de pendientes. Una vez me contó que el reloj fue el primer regalo de mi abuelo. Nunca había sido muy generoso con ella en lo que se refiere a regalos y baratijas, aunque la había dejado en una situación económica bastante holgada. También encontré una antigua mañanita de encaje que me llevé a casa y guardé en el fondo del armario, pero el resto lo regalé. Así que no sabía lo que había en el interior del paquete.

Cuando retiré el envoltorio, descubrí una gran caja cuadrada, del tamaño de un sombrerero, bastante pesada. En la nota que me habían enviado me informaban de que la habían encontrado en lo alto de un armario y querían asegurarse de que me llegara. Levanté la tapa y, sin tener la menor idea de lo que iba a encontrar, me quedé sin aliento cuando las vi. Eran las zapatillas de baile, tal y como las recordaba, con las puntas gastadas y un poco raídas y las cintas que se ataban a los tobillos deslucidas. Estaban igual que cuando las había visto en el desván. Era el último par que se había puesto antes de salir de Rusia. En la caja también había un medallón de oro con la fotografía de un hombre que lucía barba recortada y bigote, y, aunque posaba con la seriedad de antaño, era guapo. Sus ojos se parecían a los de ella y, pese a los años, tenían una expresión alegre, aunque él ni siquiera sonreía. Había fotografías de otros hombres vestidos de uniforme, y supuse que serían su padre y sus hermanos. Uno de los chicos se parecía muchísimo a ella. También había un retrato pequeño de su madre, que creo haber visto en una ocasión, así como un programa de la última vez que bailó El lago de los cisnes y una fotografía de un grupo de bailarinas sonrientes alrededor de una joven belleza, cuyos ojos y rostro no habían cambiado con el paso de los años. Era Danina. Estaba guapísima y se la veía muy feliz. Se reía y las demás mujeres la miraban con afecto y admiración.

En el fondo de la caja encontré un grueso paquete de cartas. Comprobé que estaban escritas en ruso, con una letra pulcra y elegante, sin duda masculina. Estaban atadas con una cinta azul deslucida. Al cogerlas supe que allí se hallaba la respuesta al misterio, los secretos que ella nunca había contado ni compartido tras abandonar Rusia. Esa caja contenía muchos rostros risueños, los de la gente a la que había querido y abandonado por una vida que para ella no podía haber sido más distinta.

Mientras pensaba en mi abuela, sostuve las zapatillas y acaricié con suavidad el satén. Qué valiente y fuerte había sido para dejar tantas cosas tras ella. No pude evitar preguntarme si algunas de esas personas seguían vivas, si la abuela había significado lo mismo para ellas, si conservaban fotografías de ella. Medité en silencio sobre el hombre que había escrito esas cartas, sobre lo que había significado para ella y cuál habría sido su destino. Al ver el cuidado con que había hecho el nudo y guardado las cartas durante casi un siglo, supe sin necesidad de leerlas que debió de ser alguien importante para ella, y al ver el número de cartas que había escrito, comprendí que él la había amado profundamente.

Tuvo otra vida antes de llegar a nosotros, mucho antes de que yo la conociera. Una vida diferente de la de Vermont, llena de magia, emoción y glamour. Recuerdo lo serio que estaba mi abuelo en las fotografías y deseé que ese otro hombre la hubiera amado y hecho feliz. Ella se había llevado sus secretos a la tumba, y ahora me los dejaba a mí, junto con las zapatillas, el programa de El lago de los cisnes y las cartas.

Volví a mirar la fotografía en el medallón y adiviné que las cartas eran suyas. Una vez más sentí curiosidad, pese a que ya nadie podía responder a mis preguntas. Se me ocurrió mandarlas a traducir para averiguar qué decían, pero al mismo tiempo pensé que si invadía los secretos que contenían sería como una especie de intromisión en su vida. En realidad ella no me las había dado, tan sólo las había dejado. Sin embargo, consciente de lo unidas que habíamos estado, me dije que no le importaría. Habíamos sido almas gemelas. Me había dejado mil recuerdos de tiempos compartidos, de cosas que habíamos hecho, leyendas y cuentos que me había contado. Tal vez junto con esas leyendas no le habría importado compartir esa parte de su historia conmigo. Al menos, eso esperaba. De pronto mi emoción por haber encontrado las cartas y las fotografías empezó a arder como una llama inextinguible. Me resultaba imposible huir de las verdades que ella había ocultado toda una vida.

Para mí, ella siempre había sido anciana, siempre había sido la abuela Dan. Pero en otros tiempos y en otro lugar hubo bailes, gente, risas, amor en su vida. Me había dejado sólo un susurro de todo eso, para recordarme que también ella fue joven. Y cuando por fin lo entendí, observé el rostro risueño de la bailarina de la fotografía y una lágrima de nostalgia se deslizó por mi mejilla. Sonreí y sostuve las viejas zapatillas rosadas que me había dejado. Luego dirigí la mirada hacia las ordenadas pilas de cartas atadas con cintas y deseé conocer por fin su historia. Intuí desde el fondo de mi alma que esas cartas tenían muchas cosas que contar.