La regla de oro de 24 quilates: por qué es importante forjar autodisciplina, responsabilidad y salud emocional en el niño
¿Conoce usted la regla de oro? La mayoría de gente sí. Normalmente se expresa así: «Trate a los demás como le gustaría que los demás le tratasen a usted.» La llamamos la «regla de oro de 14 quilates». ¿Por qué? Pues porque existe una mejor, una que refleja lo que llamamos educación emocionalmente inteligente:
Trate a sus hijos como le gustaría que les tratasen los demás
Insistimos en que los demás honren y respeten a sus hijos, que se dirijan a ellos con cortesía y consideración, y en que no les causen daño físico alguno. ¿Cómo ha reaccionado usted cuando alguien le ha faltado al respeto a sus hijos? Quizá se tratara de un profesor, o del dependiente de una tienda, o del padre de otro niño. Estamos seguros de que usted se sintió molesto y preguntó, entre otras cosas, cómo se atrevían a hacerlo. Pero un instante de honesta reflexión podría revelar ocasiones en que hemos dicho o hecho cosas a nuestros propios hijos por las que, de intentarlas un extraño, desearíamos verle arrestado y encarcelado.
La diferencia entre las reglas de oro de 14 y 24 quilates reside en una educación emocionalmente inteligente. La re
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gla de 24 quilates requiere que conozcamos bien nuestros propios sentimientos, que asumamos la perspectiva de nuestro hijo con empatía, que controlemos nuestros propios impulsos, que observemos con cautela nuestra actitud como padres, que nos dediquemos con esfuerzo a mejorar la educación de nuestros hijos y que utilicemos nuestras dotes sociales para llevar a cabo las ideas.
La regla de 14 quilates no es lo bastante firme para servir de guía para la educación actual. Los tiempos han cambiado. La vida es frenética, complicada, excitante, desafiante y agotadora. Tenemos una sobrecarga de información siempre en aumento. Es el momento adecuado para una regla de oro de la crianza de los niños. No contábamos con una desde la aparición de Benjamin Spock y Haim Ginott, tres décadas atrás. Ha llegado el momento de un nuevo paradigma de la educación de los niños para el nuevo siglo y el nuevo milenio: la educación emocionalmente inteligente.
¿Qué puede hacer por su familia una educación emocionalmente inteligente? En primer lugar, ayudará a que haya más paz y menos estrés. Se trata de un modo de restablecer una sensación de equilibrio cuando el estrés les afecta y los niños empiezan a pelearse, la cooperación se convierte en conflicto, los adolescentes se rebelan, y los miembros de la familia se sienten frustrados con todo aquello que parece precisar hacerse de inmediato. Un poco de estrés puede resultar motivante, pero un exceso de él nos impide dar lo mejor de nosotros mismos. A los individuos sometidos a estrés les resulta difícil hacer aquello que, en circunstancias más calmadas, saben que es lo correcto.
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SON TIEMPOS DIFÍCILES PARA SER PADRES... O NIÑOS
Ésta es una época muy exigente para ser padres. Tal vez lo único más difícil que eso sea ser niño. Existen más influencias que nunca sobre los niños, y más fuentes de distracción. James Comer, profesor de psiquiatría infantil en el Centro de Estudios Infantiles de Yale y autor de El poder de la escuela y A la espera de un milagro: las escuelas no pueden resolver nuestros problemas, pero nosotros sí podemos, y experto en abordar las preocupaciones de los jóvenes, señaló en una entrevista en 1977 que nunca antes en la historia de la humanidad ha habido tanta información dirigida directamente a los niños sin ser filtrada por los adultos que estén a su cargo. Uri Bronfenbrenner, especialista en desarrollo infantil de la Universidad de Cornell, observó que nos hallamos en la era de la actividad frenética; nos ocupamos en planear cómo hacer que nuestros niños lleguen a donde deben estar en siguiente lugar, en estar nosotros mismos donde debemos, y nos precipitamos de lo uno a lo otro preguntándonos si todo lo que hemos organizado dará resultado. Junte usted todo esto y obtendrá una situación familiar con toda la calma y organización de una licuadora haciendo un zumo de frutas variadas.
Existe una profusión de modas pasajeras concernientes a la educación. Y cada una de esas ideas que surgen acaba por ser clonada, normalmente sin autenticidad o esperanza alguna de que se cumplan las promesas realizadas. El estrés no parece disminuir. Los padres no saben a dónde recurrir. Lo que no debemos perder de vista, sin embargo, es que los conceptos base de la biología humana, la crianza de niños y las relaciones padres-hijos no han cambiado. El libro de Daniel Goleman, La inteligencia emocional señala que hemos rechazado la biología de nuestros sentimientos como adultos y
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como progenitores, y que hemos rechazado el papel de los sentimientos en el crecimiento saludable de nuestros hijos. Ahora estamos pagando el precio, como familias y como sociedad, con una mayor incidencia de violencia y conducta poco respetuosa. Estamos pagando por ello cuando somos testigos de adolescentes en apariencia sensibles que se convierten en padres, para deshacerse entonces de los recién nacidos como si de artículos no deseados del supermercado se trataran. Pagamos por ello cuando ponemos énfasis en el intelecto de los estudiantes pero olvidamos sus corazones. Y, por supuesto, también nuestros hijos pagan, pues su infelicidad y sus conductas problemáticas continúan aumentando.
CÓMO TRASLADAR LA INTELIGENCIA EMOCIONAL A LA CRIANZA DE
TODOS LOS DÍAS
Este libro empieza donde acaba el de Daniel Goleman. En él, tratamos de ayudar a padres y madres a comprender por qué la inteligencia emocional es tan importante en lo que concierne a la crianza del día a día y a crear paz y armonía en una casa. Lo hacemos con plena autenticidad, pues hemos colaborado con Daniel Goleman. De hecho, la teoría de la inteligencia emocional se basa en décadas de investigación y práctica profesional, incluidas las nuestras propias. Además, como progenitores, comprendemos por lo que tienen que pasar los padres. Sabemos que una educación emocionalmente inteligente debe mostrar respeto hacia las presiones diarias que esa crianza conlleva y tratar el tiempo de forma realista. El tiempo de los padres es muy valioso; no pueden permitirse perder tiempo y energía emocional en el caos del hogar, en relaciones insatisfactorias con los niños, o en niños fuera de control y carentes de res
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ponsabilidad, autodisciplina y de la habilidad de discernir lo que les interesa genuinamente de los valores dictados por la presión de sus iguales y de los medios de comunicación.
La educación emocionalmente inteligente utiliza técnicas específicas, simples e importantes que pueden ofrecer una gran contribución a la paz y armonía del hogar. Todas esas técnicas se han desarrollado a partir del trabajo práctico de los autores con progenitores, familias y escuelas. El concepto se basa en que padres y madres trabajen con sus propias emociones y las de sus hijos de una forma inteligente, constructiva, positiva y creativa, respetando las realidades biológicas y el papel de los sentimientos en la naturaleza humana. Extrae su fuerza de pequeños cambios, repetidos día tras día, en las relaciones con nuestros hijos. La crianza emocionalmente inteligente es tanto un nuevo paradigma para la crianza de nuestros hijos como un enfoque altamente realista y práctico de la misma. Y una parte importante de la educación emocionalmente inteligente es la de reducir un poco el estrés y aumentar la diversión en nuestras familias y en las relaciones con nuestros hijos.
NO ESTAMOS HABLANDO DE PROGENITORES MALOS O DE NIÑOS MALOS
Algunos niños nacen con temperamentos particularmente difíciles, mientras que otros parecen adquirirlos a través de dolorosas experiencias vitales. Es importante no olvidar que los niños no desean ser malos. Un niño malo no es feliz, no importa qué les parezca a sus padres y a otros. Un niño que no se comporta adecuadamente está tratando, aunque sin éxito, de aprender modos de ser viables en el mundo, lo que significa aprender autodisciplina, responsabilidad e inteligencia social y emocional.
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En este libro no vamos a hablar de progenitores «malos» o de niños «malos», ni sugeriremos en momento alguno que deba usted sentirse culpable de ser una madre o un padre inadecuado, o culpar a su cónyuge o a la sociedad o al niño. Pretendemos en cambio enseñarle a desarrollar aptitudes concretas. Aprender nuevas aptitudes para la crianza y enseñar nuevas dotes emocionales y sociales a su hijo, las aptitudes de la inteligencia emocional, puede resultar excitante, porque puede mejorar la calidad de vida en su hogar y preparar mejor a sus hijos para el futuro. Y, aunque no culpamos a nadie, hacemos recaer la responsabilidad de hacer algo al respecto en los progenitores. Ser padre o madre significa asumir la responsabilidad de actuar de guía en el hogar, de ayudar a los niños a crecer para ser emocionalmente inteligentes. Es labor de los padres utilizar y transmitir las aptitudes que permitirán a los niños alcanzar los objetivos que los progenitores han fijado para ellos.
¿ES USTED ASÍ?
Para empezar a considerar cómo hacer la vida de familia más armoniosa y beneficiosa para los niños, quisiéramos que examinara usted los siguientes sucesos familiares, para comprobar si alguno le resulta familiar:
1. Su hijo, que acude al parvulario, tiene que vestirse,
pero se distrae con los juguetes de su habitación, con las nubes del cielo, con lo que sea. Usted precisa llegar puntual al
trabajo.
2. Su hijo, que acude a la escuela primaria, llega de la
escuela a las tres en punto. La práctica de deportes se inicia a las 15.30. Pero la enseñanza religiosa empieza ciertos
días a las cuatro. Y luego está ese trabajo que tiene que ha
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cer con un par de compañeros. Su hijo ha perdido el horario
que especifica cuándo tienen lugar todas esas actividades.
Son las 15.10 del martes y usted no está seguro de dónde se
supone que debe estar, o cuándo tiene que estar ahí, o quién
tiene que llevar al niño en coche.
3. Su hija, estudiante de secundaria, está arreglándose
para el baile de fin de curso. Pero usted le ha dicho que debía ordenar su habitación, colgando y guardando todo en su
sitio, y hacer los deberes antes de marcharse. Aunque ella
le ha asegurado que ya lo había hecho, usted se percata de
que está lejos de ser cierto y de que no puede hacerse en el
poco tiempo que queda. Ya ha acordado quién pasará a buscarla, usted tiene planes para esa velada, y su hija ya está
vestida y prácticamente lista, aunque todavía sigue con el
teléfono pegado a la oreja. Usted no está segura de qué
debe hacer y siente una imperiosa necesidad de sentarse.
4. Ah, el instituto. Hay una reunión del consejo escolar
a las siete en punto de la mañana. El ensayo del coro tendrá
lugar después de la escuela, y luego se reúne un grupo para
hacer prácticas de laboratorio. Le han informado de que esa
misma noche un grupo de chicos debe ir sin falta al centro
comercial a comprar algo para alguien por alguna razón urgente, aunque se lo han dicho tan rápido que usted no se ha
enterado bien del todo. Usted no está seguro de quién va a
conducir; tal vez sea usted, o su hijo, o uno de sus amigos.
Usted menciona un trabajo de inglés que tiene que entregar
al día siguiente, y la respuesta es: «Oh, sí, no te preocupes,
lo acabaré a tiempo.» Cuando usted empieza a ser presa de
la desesperación, su hijo comenta: «Ah, por cierto, necesito
algo de dinero.»
5. El suyo es un barrio peligroso. A última hora de la noche siempre hay disparos y anda por ahí demasiada gente
sin nada que hacer. Usted hace todo lo que está en su mano
por llegar a fin de mes, pero no le resulta fácil. Su hijo quie
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re salir por ahí; usted quiere asegurarse de que haga todos los deberes, y luego necesita que le ayude con sus otros hijos más pequeños. «Pero, mamá, todos los demás chicos salen. No tienen que hacer deberes o ayudar en casa. ¡No es justo!» Usted experimenta punzadas de culpa y su empatía se debate en un tira y afloja con las metas que se ha fijado para su hijo.
¿Para qué se ha puesto a los padres sobre la tierra? ¿Para enseñar, aconsejar y guiar a sus hijos? Bueno, pues los hijos no desean en exceso esa clase de guía y algunos se rebelan activamente en contra de ella. Quizá sólo se trate de llevarles en coche, organizarles, alimentarles, vestirles, comprarles toda clase de cosas, y recordarles ocasionalmente sus responsabilidades. Por lo visto es en tales cosas que los padres invierten una considerable cantidad de tiempo, pero no parece ser para eso que estamos aquí. Bueno, ¿para qué entonces? ¡Pues para preocuparnos! Cuando nos preocupamos mucho, en especial cuando no hemos aclarado nuestros propios y complicados sentimientos acerca de lo que tiene lugar en nuestras vidas y en las de nuestros hijos, lo más probable es que utilicemos «palabras de preocupación». Por desgracia, aunque con ellas pretendemos mejorar las cosas, a menudo conducen a la confusión y la irritación emocional. He aquí algunos ejemplos de palabras de preocupación:
1. ¿Cuántas veces tengo que decirte que te vistas antes
de ponerte a jugar y a mirar por la ventana? ¿Sabes la cantidad de tiempo que pierdes con eso?
2. ¿Acaso no te acuerdas de que te pedí que pegaras todos los avisos en la nevera y que escribieras lo demás en tu
agenda? ¿Cuántas veces tengo que repetirte las cosas para
que me escuches?
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3. Nunca llegarás a nada si me mientes y si no impides
que tu habitación parezca un gallinero. ¿Cómo vas a sobrevivir en la universidad, cuando estés lejos de casa?
4. Eso es precisamente lo que hizo que tu hermano se
metiera en líos: mucho salir por ahí, siempre colgado al teléfono y sin dedicarle el tiempo suficiente a los libros.
5. Cuando yo tenía tu edad era capaz de hacer los deberes, mantener un empleo y aún me quedaba tiempo para
ayudar en casa. Nunca salía por ahí con los amigos.
Resulta que somos grandes admiradores de tales actitudes de preocupación, y que somos de naturaleza sufridores. Por devoradora que esa preocupación paternal pueda ser, sin embargo, se precisa algo más. Imagínese usted que, en lugar de asegurarnos de que nuestros niños adquieran aptitudes académicas básicas y hábitos higiénicos, sencillamente nos preocupáramos sobre esas cosas. ¡Habría un montón de niños maleducados y malolientes correteando por ahí! No somos tan crueles y desalmados como para pedirles a los progenitores que olviden sus preocupaciones; eso sería como pedirle a un niño que dejara su mantita favorita. Aun así, preparar a nuestros hijos para el futuro requiere que les ayudemos a desarrollar un concepto de sí mismos fuerte y positivo, con la autoconfianza, la autodisciplina, las dotes de inteligencia social y emocional, y el sentido de la responsabilidad (ausentes en demasiadas ocasiones) para respaldarlo.
Para lograrlo se requiere un hogar en que se valoren la consideración y el respeto por los sentimientos de los demás, y en que tales valores se pongan en práctica. Ciertas cosas que decimos cuando no estamos utilizando demasiado bien nuestras dotes de inteligencia emocional llevan a los niños a preguntarse si realmente les respetamos y valoramos sus sentimientos. He aquí un pequeño esbozo de la cla
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se de cosas que les pasan por la cabeza en respuesta a cada una de las escenas antes expuestas:
1. El tiempo es relativo, como Einstein y otros han confirmado. Por tanto, decir que estoy perdiendo el tiempo implica que el tiempo es una entidad fija, un objeto tangible
con parámetros específicos de uso. Me da la sensación de
que no existe una base científica, o siquiera intercultural,
para tu postura, y por tanto elijo vestirme despacio, si es que
lo hago. Me visto, luego existo.
2. Basándome en experiencias previas, estimo que precisarías decirme las cosas una media de cuatro veces antes
de que yo tenga el cincuenta por ciento de posibilidades de
recordarlas; el ámbito habitual parece ir desde dos repeticiones hasta un máximo de siete u ocho. El número decrece
si utilizas recordatorios por escrito y, a mi edad, también
respondo bien a incentivos tangibles, como una chuchería o
un libro o cromos o algo así. ¡Sé creativo! No todos hemos
recibido el don de una gran memoria auditiva, ¿sabes?
3. Si nunca llegaré a nada, entonces no tiene ningún
sentido que me preocupe por mi trabajo o por mi habitación. ¡Gracias! Me sentía fatal por no haber hecho lo que
había prometido hacer, y aún trataba de imaginar cómo ponerme de inmediato manos a la obra. ¡Se acabó!
4. ¿Mi hermano? ¿Qué tiene que ver él con lo que estamos hablando? Yo soy yo, no otro. Supongo que tú también
eres tú. ¿Qué te parece entonces si nos ocupamos de quiénes somos en realidad? De otro modo empezaré a hablarte
de los padres de mis amigos y de lo que hacen y dejan de
hacer, lo cual hará que te subas por las paredes.
5. Vaya, ¿acaso no eras el ser humano perfecto? Nunca
salías por ahí, siempre trabajando, probablemente también
rezabas cinco veces al día y limpiabas todas las ventanas del
barrio en tu tiempo libre. Como no puedo ser tan bueno, lo
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mejor será que me olvide de intentarlo y sea como los demás niños.
Ésta es la clase de cosas que les pasa por la cabeza a los niños que escuchan a menudo las bienintencionadas expresiones de preocupación paternal que hemos descrito. Nuestros ejemplos son humorísticos (¡confiamos en que así sea!) y tal vez un poco exagerados, para dejar claro que las declaraciones que crean «fronteras abiertas» y una oportunidad para el flujo real de palabras e ideas resultan más útiles que las declaraciones que crean sentimientos negativos y posturas a la defensiva entre los integrantes del hogar.
Sabemos que los progenitores dicen cosas llevados por la ira y la frustración que de poder hacerlo les gustaría «retirar». Nosotros lo hacemos, al igual que todos los padres y madres. Lo que hemos descubierto, sin embargo, es que existe un equilibrio que representa el más alto exponente de la crianza emocionalmente inteligente, y este libro trata de ayudarle a usted a encontrar y mantener ese equilibrio en su hogar.
OBJETIVOS FAMILIARES Y LOS PRINCIPIOS DE 24 QUILATES DE LA EDUCACIÓN EMOCIONALMENTE INTELIGENTE
Así pues, los progenitores no son perfectos. Eso no es precisamente una noticia de primera plana. ¿Cómo hacerlo lo mejor que podamos dado lo complejo de nuestras vidas y las de nuestros hijos? Como hemos dicho al presentar la regla de oro de 24 quilates es en este punto que una educación emocionalmente inteligente puede ser de ayuda. Tal regla contiene cinco principios fundamentales que sirven de objetivos para padres e hijos. Esforzarse en alcanzar esos objetivos lleva a una familia armoniosa, y lograrlo permite a
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los niños convertirse en adultos autodisciplinados y responsables. Un «secreto» de la crianza emocionalmente inteligente es que lo que es bueno para los progenitores es bueno para los hijos. Los progresos realizados por los padres dan como resultado progresos realizados por sus hijos. Comenzaremos por presentar los cinco principios de la crianza emocionalmente inteligente. Cada uno de los capítulos de este libro se centrará en alguna combinación de tales principios.
Resulta difícil ser consciente de algo como los sentimientos. ¿Qué son exactamente los sentimientos? Poetas, filósofos y científicos han tratado de definirlos, incluso aunque todos sepamos qué son. ¿Cómo sabemos qué estamos sintiendo? La gente pregunta constantemente: «¿Cómo está usted?», y usted responde: «Muy bien, ¿y usted?», y le contestan: «Muy bien», aunque es probable que no sea cierto para ninguno de los dos. ¿Cuándo fue la última vez que alguien le preguntó cómo estaba y usted le respondió sinceramente? «¿Cómo está usted?» «Bueno, pues estoy bastante mal. Me siento agobiado de trabajo, y mi esposa y yo no nos comunicamos mucho últimamente, lo cual provoca que me sienta aún más solo, aislado y frustrado.» (Si usted respondiera a menudo de semejante forma lo más probable sería que la gente dejara de preguntarle.) La próxima vez que alguien le pregunte casualmente cómo está, concédase un instante para pensar y dar una respuesta real. Quizá su respuesta sea ignorada porque la persona en cuestión no quería saberla en realidad, pero también puede llevar a un valioso intercambio interpersonal.
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«¿Cómo está usted?» es una pregunta importante, tanto si nos la hacemos a nosotros mismos como si nos la formulan otros. «¿Cómo está usted?» nos pide que seamos capaces de describir nuestros sentimientos con palabras, que les coloquemos unas etiquetas que reflejen su variedad. Muchos niños que tienen problemas de conducta también los tienen a la hora de calificar adecuadamente sus sentimientos. Confunden enfadado con furioso, irritado con triste, orgulloso con satisfecho, y muchos otros. Una vez somos capaces de reconocer nuestros diferentes sentimientos, nuestra posibilidad de controlarlos es mucho mayor. ¿Por qué es tan importante hacerlo? Pues, porque la forma de ser de usted influencia en gran medida lo que usted haga. Cuando usted está triste, se mostrará retraído. Cuando está contento, derrochará buen humor. Pero si usted no sabe cómo está, entonces tampoco sabe cuál es su forma de actuar más probable y, por tanto, no estará seguro de cómo ponerla en práctica.
De modo similar, ser consciente de los sentimientos de los demás resulta crucial. Si le pregunta usted a un adolescente qué siente algún otro, él o ella responderán en ciertos casos: «No lo sé, y ¿por qué debería importarme?» Pues sí debería importarles, pues si saben cómo sienten los demás, su oportunidad de mantener una interacción positiva con ellos será mayor, lo que incluye, en ocasiones, obtener lo que deseen. Para citar un ejemplo adulto: ¿y si usted deseara que su jefa le aumentara el sueldo? Podría resultar de ayuda ser capaz de interpretar su estado de ánimo y saber cuándo abordarla o cuándo evitarla. El adolescente que es capaz de interpretar los sentimientos de su maestro tiene más probabilidades de obtener un plazo más relajado para un trabajo que lleva con retraso, o un poco de ayuda extra, e incluso tal vez mejor nota que un estudiante con el mismo CI, coeficiente de inteligencia, pero con menor grado de CE, inteligencia emocional.
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La empatía es la capacidad de compartir los sentimientos de otro. Para hacerlo, primero uno debe ser consciente tanto de los sentimientos propios como de los de la otra persona, como hemos mencionado en el principio número 1. Resulta interesante el hecho de que cuanto mejor conozca usted sus propios sentimientos mejor podrá conocer los de otro.
Conocer los sentimientos de otros supone una parte importante del desarrollo de su sensibilidad frente a los demás. Eso es lo que significa ser «considerado» hacia los demás, un concepto que dista de ser nuevo. Muchos sabios han ofrecido ese consejo a través de los siglos; quizá quien más prominentemente lo haya hecho haya sido Hillel, a quien se tiene como una de las figuras orientativas de los principios éticos judeocristianos, y cuyas enseñanzas se citan con profusión en La ética de nuestros padres. «No juzgue a los demás hasta haberse calzado sus zapatos.» Sólo haciéndolo así podrá usted comprender sus puntos de vista y sus sentimientos sobre lo que sucede. Tal combinación resulta esencial y ayuda a definirnos como plenos seres humanos. Por ejemplo, cuando los hermanos se pelean, en ese momento pueden o no tener un sentido de la mutua perspectiva, pero casi con toda seguridad no son conscientes de los sentimientos del otro. Si se les hace conscientes de que su hermano también se siente triste y dolido, es posible que eso calme su ira. Muy pocos niños desean hacer sentir tristes a sus hermanos. Si pueden experimentar empatía hacia los sentimientos del otro, es muy probable que no traten de hacerle daño.
Conocer los sentimientos de los demás y establecer lazos de empatía con ellos requiere que uno sea capaz de interpretar tales sentimientos. Ello incluye tanto una escucha
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cautelosa como la interpretación de pistas no verbales. A menudo el lenguaje corporal y el tono de voz transmiten nuestras emociones de modo más efectivo que las palabras. Consideramos la empatía como la comprensión emocional no verbal de los demás. La habilidad de establecer lazos de empatía resulta crucial para los progenitores a la hora de tratar con sus hijos, y para los niños es vital el aprendizaje de la empatía como una aptitud social positiva (por no mencionar que la capacidad de empatía en general torna a una persona mejor emocionalmente adaptada y le confiere mayores posibilidades de éxito, en especial en relaciones sentimentales).
Comprender los puntos de vista de los demás nos permite el acceso a lo que puedan estar pensando, a cómo consideran y definen una situación, y a lo que planeen hacer al respecto. Esa clase de comprensión, por supuesto, se desarrolla cada vez más con el tiempo. Depende del propio nivel de crecimiento cognitivo, y también ayuda a lograrla el tener una amplia variedad de experiencias vitales. La televisión y los vídeos pueden darles a los niños un sentido falso de las perspectivas de los demás porque tienen la apariencia de experiencias vitales. Pero son artificiales y creadas como por arte de magia por directores, escritores, actores y demás. Tenemos el presentimiento de que los niños de hoy en día actúan con mayor madurez de la que deben en realidad por estar expuestos a tantas «experiencias vitales» de un modo superficial a través de la televisión y las películas.
Los niños de corta edad (y los adultos inmaduros) tienden a considerar el mundo en términos de sus propios deseos y necesidades. A medida que crecen, en torno a los siete u ocho años, se vuelven más capaces de negociar, transigir y ser tolerantes. Pero ese proceso atraviesa altibajos a lo largo de la adolescencia, como los progenitores saben. Aun así, todos los días los padres pueden enseñar a los niños a asu
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mir diferentes perspectivas. Como los medios de comunicación, Internet y la importante influencia de los compañeros ofrecen tantos mensajes confusos, creemos que para los progenitores es más importante que nunca jugar un papel decisivo a la hora de guiar a sus hijos en la toma de perspectiva. Lo cual requiere más de los progenitores que simplemente servir de modelos; requiere que expliquen su conducta y sus sentimientos de modo que los niños puedan comprender mejor «de dónde proceden» y no asuman que proceden del mismo sitio que los personajes de la televisión y las películas. Otra razón de importancia es que la gente capaz de considerar las cosas desde distintas perspectivas es más capaz de controlar la toma impulsiva de decisiones y más creativa y efectiva a la hora de resolver problemas, importantes aptitudes estas últimas que también deseamos que desarrollen nuestros hijos.
Daniel Goleman popularizó el actualmente famoso test de la golosina en su libro La inteligencia emocional. Walter Mischel es un psicólogo que, en los años sesenta y en la Universidad de Stanford, planteó a niños de cuatro años el desafío de tomarse una golosina inmediatamente o esperar unos minutos hasta que el investigador volviera a entrar en la habitación, en cuyo caso recibirían dos golosinas. El hecho de ser capaces de esperar —y los niños hicieron gala de los trucos más encantadores para evitar comerse la golosina— se relacionaba con un grado determinado de mejores resultados psicológicos y de conducta. Al efectuar un seguimiento de esos niños hasta que concluyeron el bachillerato, Mischel descubrió que los estudiantes capaces de esperar
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no sólo habían obtenido mejores resultados en una variedad de índices de conducta positiva y salud mental, sino también unas puntuaciones en las pruebas de aptitud escolar que por término medio estaban unos doscientos puntos por encima de quienes se habían comido la golosina, mostrando con ello una ventaja considerable en unas pruebas académicas tan importantes para el acceso a la universidad.
¿Qué está pasando aquí? ¿Acaso nuestro objetivo es incrementar el consumo de golosinas por parte de los niños? ¿O tratamos de ayudarles a desarrollar mejores autocontrol y resistencia ante los impulsos y tentaciones momentáneos? Creemos que se trata de lo segundo, aunque a veces el chocolate y los caramelos suenan mucho mejor que el control de los impulsos. De hecho, el test de la golosina se centra en el componente de hacer frente a los impulsos de conducta conocido como gratificación retardada, la habilidad de esperar para obtener algo. Lamentablemente, se trata de un concepto que a muchos adultos les resulta difícil llegar a dominar en esta era de las tarjetas de crédito, de modo que no es de sorprender que no les resulte fácil a nuestros niños. Sin la habilidad de retardar la gratificación, normalmente acabamos por obtener menos de lo que podríamos haber obtenido. Si uno trabaja duro para conseguir algo, tiende a lograr más y cuenta además con la satisfacción de haber luchado por ello. Los niños inseguros pasan un especial mal rato con la espera porque no están seguros de que la satisfacción llegue alguna vez.
Otro aspecto del autocontrol lo constituye la habilidad de moderar la propia reacción emocional a una situación, ya sea esa reacción positiva o negativa. Por ejemplo, ¿acaso los niños no se enfadan y pierden el control con rapidez? ¿Acaso no se tornan excitados y sobreestimulados y resultan difíciles de calmar? Desde luego existen ocasiones en que sienta bien «dejar que todo salga», pero muchas veces ésa
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no es la actitud más sabia. Después de que los niños hayan expresado de forma inapropiada sus sentimientos, como en el caso de gritar y desafiar a uno de sus progenitores, pueden desatarse reacciones negativas. Ello hace que, en ocasiones, los padres (o profesores) se vean envueltos en lo que llamamos «espiral de gritos». Cuando un niño se encuentra fuera de control, lo normal es que el progenitor desee que se detenga, lo que a veces lleva a un comentario en voz muy alta por parte del adulto. Para algunos niños, tal hecho eleva su ansiedad y su nivel de actividad en lugar de hacerlos descender, de modo que su pérdida de control es aún mayor. Cuando a esto siguen reacciones del adulto en tono cada vez más subido, nos encontramos con una verdadera «espiral de gritos». Inculcar y practicar el autocontrol puede resultar difícil, pero si uno se empeña en hacerlo puede ayudar a resolver muchos problemas familiares.
Hacer frente a los impulsos de conducta resulta importante por razones obvias. Nuestras respuestas instintivas de conducta al conflicto a menudo son poco efectivas a la hora de enfrentarse a los problemas. Como seres humanos, estamos diseñados para reaccionar a situaciones problemáticas con una respuesta de lucha o de huida. En la prehistoria, tal hecho era por supuesto de ayuda a la hora de la supervivencia. Sin embargo, en la sociedad moderna, ni luchar ni salir corriendo nos sirven normalmente de ayuda. Debemos utilizar cuanto sabemos acerca de las perspectivas y sentimientos propios y ajenos para ayudarnos a controlar mejor nuestros impulsos. Y entonces tenemos que empezar a pensar con miras más amplias.
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Una de las características más importantes de los seres humanos es que podemos fijarnos objetivos y trazar planes para alcanzarlos. Eso significa que, en general, todo cuanto hacen padres e hijos está orientado a alcanzar un objetivo. La teoría de la inteligencia emocional nos dice que tal hecho tiene importantes consecuencias.
En primer lugar debemos reconocer el gran poder del optimismo y la esperanza. Cuando nos hallamos en un estado de ánimo positivo o esperanzado, lo estamos tanto en nuestra mente como en los sentimientos y el cuerpo. Existe una bioquímica especial para los estados de esperanza y buen humor, que incluye un mayor flujo sanguíneo, rendimiento cardiovascular y aeróbico, actividad del sistema inmunológico y reducción del nivel de estrés. Tendría poco sentido que nos orientáramos a fijarnos objetivos si no estuviéramos orientados de forma similar a lograr tales objetivos y a extraer beneficios de ellos.
En segundo lugar, sabemos que al esforzarnos por conseguir nuestros objetivos hay ocasiones en que lo hacemos de modo más o menos efectivo. ¿Es usted una persona madrugadora? ¿O noctámbula? ¿Tiene momentos «mejores» que otros para hacer las cosas? Una parte de la educación emocionalmente inteligente la constituye reconocer esos momentos en nosotros mismos —y en nuestros niños— y en trabajar a favor de esos ritmos, y no en su contra, en la medida de lo posible.
Finalmente, como progenitores y como personas, sería recomendable que mejorásemos a la hora de fijar y planear nuestros objetivos, sobre todo porque esperamos que así lo hagan nuestros hijos. El mejor modo de lograrlo es a través de la observación de nuestras propias reacciones, mediante
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un seguimiento de aquello que hemos intentado hacer, de los resultados de esos intentos, y de qué podemos hacer por mejorarlos, todo ello a través de una variedad de situaciones. En nuestras ajetreadas vidas existe un peligro real de que nos perdamos las oportunidades de extraer las lecciones que nuestras propias reacciones nos procuran. Los padres (y los hijos) estamos tan ocupados la mayor parte del tiempo que la autorreflexión nos parece improductiva y no merecedora de nuestro tiempo. Afirmamos que se trata de un error tremendo, basándonos en cuanto sabemos acerca de la crianza emocionalmente inteligente, y a lo largo de este libro ofreceremos modos de mejorar la crianza de los niños a través del análisis de las propias reacciones.
Por supuesto, no siempre somos plenamente conscientes de nuestros objetivos, y éstos no siempre son posibles. Un niño puede fijarse un objetivo de venganza por un desaire real o figurado. Buscar la venganza, por desgracia, conduce normalmente a aumentar los problemas o a crear otros nuevos. Los progenitores tienen a veces el objetivo de conseguir unos instantes de tranquilidad cuando el objetivo de sus hijos es el de atraer la atención hacia sí. ¿Es necesario que mencionemos la clase de dificultades que tal caso puede crear?
Debemos ayudar a los niños a comprender el significado de la palabra objetivo. Algunos niños lo relacionan con la idea de un blanco; a otros les ayuda la imagen de un timón o un volante o una brújula; e incluso hay otros que prefieren analogías deportivas. Sea como fuere que se visualice, ser consciente de los propios objetivos será de ayuda a la hora de desarrollar un plan apropiado, y son los planes los que nos ayudan a lograr nuestros objetivos. Si, por ejemplo, un adolescente ha mentido acerca de dónde ha estado, diciendo que ha dormido en casa de un amigo cuando en realidad ha acudido a un concierto de rock, la reacción inicial de los padres quizá sea la de reprenderle y aplicarle un castigo. Sin
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embargo, si el progenitor formula un objetivo antes de reaccionar, quizá el de inculcar al hijo que sea sincero y se comunique abiertamente, entonces es posible que resulte más efectiva otra forma de proceder. Después de todo, el castigo durante un extenso período de tiempo resulta poco práctico y a menudo sólo lleva al niño a escabullirse de nuevo en la siguiente ocasión.
En el ejemplo anterior, también habría sido mejor para el chico tanto formular un objetivo (el de acudir al concierto) como trazar un plan efectivo. Los adolescentes que hacen los arreglos necesarios para acudir a un concierto sin permiso de sus progenitores han trazado alguna clase de plan previo, pero normalmente no lo han considerado con la debida cautela. (Como hemos advertido antes, la habilidad a la hora de trazar planes se relaciona con otras áreas de la inteligencia emocional, como la de regular los impulsos y retardar la gratificación.) Más adelante en este libro les mostraremos cómo la habilidad de considerar los obstáculos de un plan resulta esencial a la hora de asegurarse de su éxito. Esto se aplica tanto a los progenitores como a los hijos.
Además de ser consciente de los sentimientos y hacer gala de autocontrol, de orientación hacia un objetivo y de empatía, es importante saber tratar de forma efectiva con los demás. Ello implica dotes sociales tales como la comunicación y la resolución de problemas. Con vistas a comunicarse, uno no debe sólo ser capaz de expresarse de un modo claro, sino también de saber escuchar y aportar respuestas constructivas. De nuevo se trata de aptitudes importantes que tanto padres como hijos deben dominar.
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Otra serie de aptitudes consiste en formar parte de un grupo. Los progenitores desean que su familia funcione bien como grupo. También quieren que sus hijos desarrollen aptitudes para contribuir en grupos en la escuela, el trabajo o la vida de comunidad. Aprender a escuchar a los demás con cautela y exactitud, a actuar por turno, a sintonizar diferentes sentimientos, a llegar a un acuerdo, a crear consenso y a declarar las propias ideas con claridad se hallan entre las muchas dotes sociales que nos ayudan a desenvolver mejor en un grupo. Y, por supuesto, cuando los miembros de los grupos utilizan tales aptitudes los grupos funcionan mejor, incluidas las familias.
Las vacaciones familiares constituyen buenas ocasiones para poner en práctica tales aptitudes. Las vacaciones deben suponer una diversión para todos los miembros de la familia y por tanto todos deberían tener algo que decir a la hora de planearlas. Antes de las próximas vacaciones, sería una buena idea que se sentara usted con su familia a discutir las propuestas de todos. Cada uno de los miembros debería hablar por turno mientras los demás escuchan. De ello puede surgir un consenso acerca de adónde ir y de qué hacer. Por supuesto, habrá que llegar a un acuerdo si papá quiere ir a pescar, a mamá le gusta comprar antigüedades, Lois se muere por ver un ballet y a Artie le va la acampada. Pero si se hace gala de buenas dotes comunicativas y de una resolución de problemas un poco creativa, quizá las necesidades de todos se vean satisfechas hasta cierto punto. (Trataremos este tema con mayor detalle en el capítulo 6.)
Otras aptitudes sociales incluyen la habilidad de resolver problemas interpersonales y hacer elecciones sensatas, serias y responsables en la vida diaria, así como la habilidad de «recuperarse» de forma constructiva cuando topamos con inevitables mojones y obstáculos en el camino de nuestro trato con los demás.
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Piense en esas ocasiones en que su familia debe decidir qué hacer el fin de semana. Si la suya es una familia activa, es posible que tengan que debatirse entre recorridos en bicicleta, escalar montañas, esquiar o practicar el snowboard, y tal vez incluso entre una visita a un parque de atracciones especializado en deportes tecnológicos para jugar al correque-te-pillo por láser, para una competición de autos de choque o un partido de baloncesto en realidad virtual. Se trata de una ocasión en que ayuda que todo el mundo exprese su punto de vista, que trate de llegar a un acuerdo o de establecer turnos, y de que todos recuerden que existe un objetivo común: el de pasarlo bien el fin de semana. Pero es de igual importancia cómo aprenden a reaccionar los niños cuando consideran que la decisión mayoritaria es la equivocada, como la de acudir a un museo en lugar de a un partido de béisbol de la liga local. Es preciso que los progenitores reconozcan que sus hijos se sentirán molestos al principio, y que se hará difícil razonar con ellos en ese momento de enorme desilusión. Después de que se hayan calmado, usted será capaz de ayudarles a concentrar su atención en una actividad futura de la que sí disfrutarán para un próximo fin de semana. Y si sus esfuerzos por hacerlo así se van repitiendo a lo largo de las semanas y los meses, sus hijos serán más capaces de mirar hacia el futuro cuando no se salgan con la suya, pues contarán con la aptitud de superar su desilusión y mantenerse enfocados en sus objetivos, así como la de tener en consideración los sentimientos y necesidades del resto de la familia.
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UNA MEDICIÓN INFORMAL DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL DE LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA
Ahora ya tiene usted cierta noción de lo que implica una crianza emocionalmente inteligente. Para ayudarle a estar preparado para las ideas y actividades que se ofrecen en este libro, permítase unos instantes para establecer su propia inteligencia emocional y la de sus hijos. Formúlese las siguientes preguntas:
Mi inteligencia emocional
1. ¿Hasta qué punto conozco mis propios sentimientos?
¿Hasta qué punto conozco los sentimientos de mi familia?
Piense en algún problema reciente que haya surgido en la
familia. ¿Cómo se sintió usted al respecto, o sus hijos, u
otras personas involucradas en ese problema?
2. ¿Qué grado de empatía experimento hacia los demás?
¿Soy capaz de expresarla? ¿Cuándo fue la última vez que
así lo hice? ¿Estoy seguro de que los demás son conscientes
de lo que estoy haciendo? ¿Soy capaz de comprender los
puntos de vista de los demás incluso durante una discusión?
3. ¿Cómo hago frente a la ira, la ansiedad y otras formas
de estrés? ¿Soy capaz de mantener el autocontrol cuando
soy víctima del estrés? ¿Cómo me comporto después de una
jornada muy dura? ¿Con qué frecuencia les hablo a gritos a
los demás? ¿Cuáles son mis mejores y peores momentos?
¿Varían éstos de un día para otro?
4. ¿Qué objetivos me he fijado para mí mismo y para mi
familia? ¿Qué planes he trazado para lograrlos?
5. ¿Cómo abordo las situaciones interpersonales problemáticas de todos los días? ¿Escucho de veras lo que dicen los
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demás? ¿Hago que la gente reflexione sobre lo que está diciendo? ¿Abordo los conflictos sociales de forma sensata? ¿Considero las alternativas antes de decidir una vía de acción?
La inteligencia emocional de mi hijo
1. ¿Hasta qué punto es capaz mi hijo de expresar con
palabras los sentimientos? Si le pregunto cómo se siente,
¿puede responderme con un término que describe un sentimiento o me explica qué le sucede? ¿Es capaz de identificar
una gama de sentimientos con gradaciones intermedias? ¿Es
capaz de identificar los sentimientos de los demás?
2. ¿Cómo demuestra empatía mi hijo? ¿Cuándo fue la última vez que pareció identificarse con los sentimientos de
otro? ¿Muestra interés en los sentimientos de los demás?
Cuando le cuento historias acerca de las desdichas ajenas,
¿cómo reacciona? ¿Es capaz de comprender distintos puntos
de vista? ¿Puede ver ambos bandos en una discusión? ¿Es
capaz de hacer esto último en pleno conflicto?
3. ¿Es capaz mi hijo de esperar para obtener aquello que
desea, en especial cuando se trata de algo que desea de veras? ¿Puede esperar para obtener algo que tiene justo ante sí
pero que en ese momento no puede tomar? ¿Hasta qué punto es capaz de tolerar la frustración? ¿Cómo expresa la ira y
otros sentimientos negativos?
4. ¿Qué objetivos tiene mi hijo? ¿Qué objetivos me gustaría que se fijase? ¿Planea mi hijo alguna vez las cosas antes
de hacerlas? ¿Le he ayudado yo alguna vez a desarrollar un
plan para obtener un objetivo?
5. ¿Cómo resuelve mi hijo los conflictos? ¿Hasta qué
punto es independiente a la hora de resolverlos? ¿Sabe escuchar, o no deja hablar a los demás? ¿Es capaz de pensar en
diferentes modos de resolver conflictos?
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Tanto en el caso de usted como en el de sus hijos, piense en sus áreas de fuerza, aquellas en las que usted y ellos sean realmente buenos. Dése a usted mismo una palmadita en la espalda por poseerlas y alabe a sus hijos por las suyas, tan pronto como le sea posible hacerlo. Piense también en áreas de cambio potencial en las que quisiera centrarse. Piense en qué momentos del día es más probable que muestre usted tales aptitudes y en cuáles es menos probable que lo haga. Esas pautas resultan muy importantes porque nos ayudan a nadar a favor de la corriente, en oposición a cuando tratamos de nadar en contra.
Quizá descubra que no está seguro de algunas de las respuestas a las preguntas que le planteamos. Es lo que sucede más corrientemente, porque les pedimos a los progenitores que piensen sobre ciertas cosas de un modo distinto a como están habituados. Una forma de obtener respuestas es grabar en vídeo una situación de la vida diaria (no ofensiva) y luego verla en compañía de su hijo. O leerle una historia. En ciertos puntos de la grabación o de la historia, deténgase y discuta lo siguiente:
• Cómo se siente el personaje principal.
• Cómo se sienten y qué piensan los demás personajes.
• Qué siente su hijo acerca de los sentimientos de los personajes.
• Cuáles son los objetivos de los diferentes personajes, y cuáles cree su hijo que puedan ser los planes de los personajes al respecto.
• Cómo opina su hijo que los personajes manejan una situación determinada.
• Qué opina su hijo que los personajes han hecho bien a la hora de manejar tal situación, y qué cosas opina que podrían haber hecho mejor.
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No se sorprenda si, las primeras veces, su hijo tiene dificultades a la hora de responder, o de que su respuesta sea incluso negativa. Ése es el motivo de que usted esté leyendo este libro. Vamos a proporcionarle oportunidades y experiencias en el transcurso de la crianza de todos los días para ayudar a su hijo a desarrollar las aptitudes para responder a estas preguntas no sólo en las historias, sino en la vida real. Lo que requiere por su parte es una crianza emocionalmente inteligente.
LO QUE ES... Y LO QUE NO ES LA EDUCACIÓN EMOCIONALMENTE INTELIGENTE
La educación emocionalmente inteligente no constituye una crianza paso a paso. Esa clase de enfoques detallados, como «Cinco semanas para conseguir un nuevo hogar», «Siete pasos para conseguir niños angelicales» o «Cómo convertirse en el padre o la madre modelo», pueden tener buen aspecto sobre el papel y sonar tentadores cuando los autores y los expertos hablan acerca de ellos. Pero esa clase de enfoques rara vez parece funcionar en el hogar de usted en particular. Queremos poner un énfasis especial en que no es culpa de usted.
Como todas las cosas gratificantes y significativas que hacemos en la vida, la educación de los niños cuenta con muchas capas y niveles de desafío y riqueza. La educación emocionalmente inteligente reconoce que es la suma total de cuanto hacemos —en asuntos tanto considerables como nimios, día tras día— lo que puede crear un equilibrio más sano en los hogares y en las relaciones con los niños. Debemos actuar de formas que hagan hincapié en la importancia de los sentimientos y que nos ayuden a nosotros y a nuestros niños a manejar toda una gama de emociones con cierto
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grado de autocontrol, en oposición a la actuación impulsiva o a dejarnos llevar por nuestros sentimientos (a lo que Daniel Goleman se refiere como a «secuestro emocional»).
Para algunos niños, la vida es dura y poco segura; para otros, está repleta de tensión. En ambos casos, una pérdida de control por su parte puede suponer pérdida de privilegios, de actividades extraescolares, de oportunidades laborales, o incluso su ubicación en escuelas o viviendas especiales. Los niños necesitan contar con las aptitudes que les permitan crecer en un entorno positivo, educativo y rico en oportunidades.
La educación emocionalmente inteligente ayuda a esto último. No se trata de manipular en pequeña escala a sus hijos, ni a ustedes mismos como progenitores. Tampoco se trata de abrazar amplísimos principios de una «filosofía» de la educación, sin el menor indicio de cómo ponerlos en práctica.
El resto de este libro está organizado de forma que cada capítulo empiece con un breve esbozo de los principios de la inteligencia emocional en que se hará hincapié en ese capítulo. A causa de que las emociones, los pensamientos y las acciones se entrelazan, nuestras estrategias para forjar una educación emocionalmente inteligente deben hacer uso de varios principios a la vez. No se trata de un procedimiento simplista ni demasiado complejo, sino meramente realista y práctico. Además, permite a los progenitores escoger entre varias sugerencias. Es mejor utilizar unos cuantos principios de forma consistente que quedar abrumado por el intento de aplicarlos todos a la vez.
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PREPÁRESE PARA EL VIAJE: EL PLAN DE ESTE LIBRO
Está usted a punto de embarcarse en un viaje, de contemplar diferentes aspectos de su vida de familia. En realidad no es preciso que lea este libro de principio a fin; quizá haya ciertos capítulos por los que desea empezar porque parecen concentrarse en temas que le son de gran interés. He aquí su distribución:
En el capítulo 2 echaremos un vistazo a cómo está organizada su familia. ¿Qué puede hacer usted para que el tiempo que pasan en familia todos se demuestren cariño, compartan cosas y resuelvan problemas juntos? ¿Cómo puede resultar para todos un tiempo con menos estrés? Vamos a ofrecerle modos de introducir más diversión y más risas en su vida familiar. En el capítulo 3 le demostraremos cómo puede usted hablarles a sus hijos para lograr que reflexionen más y le respondan más activa y razonablemente. Los principios de orientación que contiene le serán de gran ayuda, no importa qué edad tengan sus hijos. Deberían ocasionar sensibles mejoras en su hogar. En el capítulo 4 se analizará la disciplina, pero desde el punto de vista de la educación emocionalmente inteligente. ¿Cómo podemos forjar en nuestros hijos un sentido de autocontrol y responsabilidad que tengan siempre presente y que no sólo utilicen cuando son «observados»?
El capítulo 5 va más allá y revela algunos de los modos más efectivos de forjar el autocontrol y las dotes sociales en el niño, ayudándole a ser menos impulsivo y más reflexivo. En este capítulo presentamos STOPP SPA, una estrategia para la resolución de problemas que usted será incapaz de olvidar. En el capítulo 6 consideramos situaciones un poco más complicadas y que requieren una concienzuda voluntad de resolución de problemas por parte tanto de los proge
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nitores como de los niños. Nos concentraremos en la diferencia clave entre tener buenas ideas y transformarlas de hecho en acción responsable. A los progenitores les encantarán algunos de los modos en que ayudamos a todo el mundo a ser más creativo a la hora de enfrentarnos a ciertas situaciones y problemas. El capítulo 7 nos da la oportunidad de presentar ejemplos de cómo pueden usar padres e hijos las aptitudes de la educación emocionalmente inteligente para enfrentarse a los desafíos de las situaciones educativas cotidianas, en especial aquellas que se centran en el entorno escolar, desde los puntapiés hasta la elección de carreras y universidades y pasando por todo lo que hay en medio, incluidos los deberes, por supuesto.
En el capítulo 8 abordamos problemas especialmente arduos al concentrarnos en cómo adaptar los principios de la educación emocionalmente inteligente para llegar a esos niños a los que tan difícil resulta llegar. Seleccionamos los que nos han parecido los mejores momentos familiares para «llegar» a los niños, y mostramos cómo poner en práctica con naturalidad todos los principios. Hacemos hincapié en que, en esta era de violencia, sida y drogas, debemos realizar esfuerzos extraordinarios por llegar a todos los niños, y compartimos con usted las mejores estrategias que conocemos para ello.
En el capítulo 9 se incluye una serie de «trucos sensatos de la EQ para los progenitores»: ejemplos de breves respuestas de la educación emocionalmente inteligente a las preguntas más comunes que nos plantean padres y madres. Tratan temas como la ira paterna o materna, los viajes en coche, los deberes, la hora de irse a la cama, los desacuerdos entre el padre y la madre, qué hacer cuando sus hijos están muy tristes, cómo lograr que todo el mundo salga de casa por las mañanas, cómo establecer ciertos límites a los adolescentes y cómo reaccionar ante mentiras, engaños y otras actitudes deshonestas.
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¡Ya está usted listo para embarcar! Lea y disfrute. Comparta las ideas y ejemplos que siguen con parientes y amigos. Sobre todo, intente cosas nuevas y haga que funcionen para usted. Hemos sido testigos de cómo los principios de la crianza emocionalmente inteligente transformaban muchos hogares, y sabemos que pueden transformar el de usted.