Monóculo
El 12 de julio de 1871, en un salón del Casino Lisbonense, Eça de Queirós pronunció una conferencia titulada La nueva literatura o el realismo como nueva expresión del arte. Tanto tiempo después podemos imaginar al público, los bigotes, las chisteras, los asentimientos de aprobación o los susurros de desacuerdo; podemos imaginar el sonido de la voz de Eça. Hasta podemos imaginar el texto original de esa conferencia que no ha llegado hasta nuestros días, que se perdió. Sin embargo, los ecos de aquellas palabras en los periódicos de la época son claros, nos permiten saber que Eça rechazó con vehemencia el romanticismo, cuya influencia era omnipresente, y defendió con la misma fuerza aquello que llamó «realismo».
António Salgado Júnior reconstruyó de forma verosímil los fragmentos de esa conferencia y, según ese trabajo, Eça habría afirmado que el realismo «es una base filosófica para todas las concepciones del espíritu: una ley, un prontuario, una guía del pensamiento humano en la eterna región de lo bello, lo bueno y lo justo. Así visto, el realismo deja de ser, como algunos podrían suponer equivocadamente, un simple modo de contar: minucioso, trivial, fotográfico. Eso no es realismo: es su adulteración. Es darnos la forma por la esencia, el proceso por la doctrina. El realismo es otra cosa: es la negación del arte por el arte; es la proscripción de lo convencional, de lo enfático y de la sensiblería. […] Es el análisis con la mirada en la verdad absoluta. Por otro lado, el realismo es una reacción contra el romanticismo: el romanticismo era la apoteosis del sentimiento, el realismo es la anatomía del carácter. Es la crítica del hombre. Es el arte que nos pinta ante nuestros propios ojos para que nos conozcamos mejor, para que sepamos si somos de verdad o de mentira, para condenar lo malo que hay en nuestra sociedad».
Conocidas como las «Conferencias del Casino», las organizaba el poeta Antero de Quental y se citan con frecuencia como el manifiesto de una generación literaria enfrentada estética y políticamente al statu quo de la época. Con esa misma carga programática, la participación de Eça revela de forma especial las ideas que sirven de base a la obra que empezaba a construir. La reforma propuesta tenía varias dimensiones, quería influir en diversos niveles de la vida y el pensamiento del país. En este contexto, la literatura renuncia a la predilección romántica por el individuo y se afirma como una vía de investigación social.
A raíz de todo lo anterior aparece en 1875 la primera versión de El crimen del padre Amaro, en forma de folletín, publicada en A Revista Ocidental. La elaboración de la trama tiene una clara intención colectiva al retratar un Portugal hipócrita, mezquino. Si bien es cierto que podemos hacer una lectura a la luz de las circunstancias específicas de la época, no lo es menos que hoy, casi ciento cincuenta años después, continúan siendo pertinentes las interpretaciones que sugiere. No obstante, esa primera versión tenía características bastante diferentes de las dos posteriores. Le faltaba sutileza en el tratamiento del tema, lo que suscitó las críticas de Camilo Castelo Branco, el otro gran novelista portugués del siglo XIX. Esa diferencia entre versiones se aprecia en la extensión misma del texto: la versión de 1875 tiene poco más de ciento cuarenta páginas; la segunda, publicada en 1876, tiene el doble; la tercera, de 1880, más del doble que la segunda.
Si tenemos en cuenta el prefacio que hizo para la segunda versión, Eça empezó a escribir la novela cuando se incorporó a la administración pública en 1870, a los veinticinco años de edad, con el puesto de administrador municipio de Leiria, ciudad donde se desarrolla la trama. Pero siguió trabajando en ella tras acceder a la carrera diplomática en 1873, destinado en La Habana. También lo acompañó en sus destinos ingleses: Newcastle y Bristol, donde vivió entre 1874 y 1878.
Antes de la primera edición de El crimen del padre Amaro, Eça de Queirós ya había escrito las colaboraciones de prensa que se compilaron de forma póstuma bajo el título de Prosas bárbaras; también había compuesto ya los textos que, años más tarde, se publicarían en el libro El misterio de la carretera de Sintra, escrito a medias con Ramalho Ortigão y que constituye la primera obra del subgénero policíaco de la literatura portuguesa. Aun así, El crimen del padre Amaro es su primer libro publicado, su estreno. Además de su importancia en el contexto de la literatura portuguesa, tiene también la particularidad de limpiar en las ediciones posteriores las huellas del romanticismo que aún quedaban en sus textos iniciales. Al utilizar el subtítulo Escenas de la vida devota, define el principio del realismo portugués y, de todas las páginas que se escribieron en la línea, son muchos, yo incluido, quienes la consideran una de las obras más extraordinarias de ese movimiento. No me parece una exageración afirmar que ciertamente se cuenta entre las obras noveles más impresionantes de todo el siglo XIX.
Zola es una de las influencias notorias en la literatura de Eça de Queirós, en general y en este caso particular. En 1881 el autor francés empezó a publicar Los Rougon-Macquart, título genérico de las veinte novelas que escribió entre 1871 y 1893; el subtítulo de esa serie es Historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio. Machado de Assis, el gran novelista brasileño contemporáneo de Eça, llegó a acusarlo de que El crimen del padre Amaro era una pobre imitación de El pecado del padre Mouré, de Zola, el quinto título de la mencionada serie, publicado también en 1875. Más allá de la semejanza de los títulos, en el prefacio a la tercera versión de la novela es el propio Eça quien señala las diferencias fundamentales entre las dos obras, refiriéndose a esa acusación como «obtusidad córnea o mala fe cínica». De hecho, lo que Eça bebe de Zola es, sobre todo, la idea de una escritura literaria como especie de ciencia social y humana: aquello que Zola llamó «naturalismo» y que Eça llamó «realismo».
Si bien es cierto que ambas obras tienen como protagonista a un miembro del clero que mantiene una relación con una mujer, rompiendo sus votos, en el caso de Zola se trata de un texto cercano a la parábola, cuya acción tiene lugar en un espacio idílico, mientras que en el caso de Eça es una censura directa a un Portugal provinciano, regido por una moral fingida, donde la Iglesia católica condensa y difunde esas características negativas.
En la lógica creada por la novela, son los condicionantes de la Iglesia y del sacerdocio los que, en vez de atenuarla, agravan la decadencia moral de Amaro. Estamos en un mundo en el que la idea del pecado está siempre presente, nortea todas las opciones, aunque esa lógica esté fuertemente distorsionada en favor de los intereses de la época. «Somos hombres», le dice Amaro al canónigo. Y, de hecho, a partir de un determinado momento trasciende la falta de respeto por los votos y lo vemos jurar en vano, mentir, maldecir la religión y hasta desear la muerte de niños y fetos, ser connivente con la crueldad insensible de la «tejedora de ángeles».
Sin embargo, aunque estamos ante una novela que se levanta ostensivamente contra la Iglesia católica, la reacción de esta fue el silencio. Los pocos centenares de ejemplares que, con un préstamo de su padre, pudo imprimir Eça difícilmente pudieron llegar a un público vasto. Las clases sociales bajas eran mayoritariamente analfabetas, mientras que las clases altas tampoco tenían suficiente formación ni espíritu crítico para una lectura de aquella densidad. El impacto que tuvo el libro en la sociedad no fue suficiente para intimidar a una institución de semejante envergadura y relevancia. En la novela hay momentos en que la Iglesia católica aparece representada con la inequívoca máscara de protectora de la seriedad, sinónimo absoluto del orden. El peso de esa entidad, casi un Estado dentro del Estado, no se vio perturbado. Además, el diplomático estaba lejos, en Inglaterra, y no participaba en las intrigas nacionales cotidianas; era una voz remota. Y pese a todo ello, en los años siguientes Eça de Queirós se erigiría en el primer escritor portugués con proyección internacional y vería algunas de sus obras traducidas a diferentes idiomas. Pero el éxito le acabaría llegando con otros títulos y, en ese contexto, la Iglesia católica de la época no estaba atenta hasta el punto de sentirse amenazada.
Basándonos en sutilezas bastante evidentes, debemos decir que los aspectos morales y religiosos son proporcionales a una dimensión política, de poder. Es el caso, por ejemplo, del episodio en el que, atrapado por una red de influencias, João Eduardo es detenido debido al torpe puñetazo que le da al padre Amaro en el hombro. La Iglesia católica se presenta así como una fuerza subterránea, una autoridad implacable de la que no se puede escapar. Ese poder, dirigido no solo por el clero corrupto sino también por la burguesía hipócrita, es en las páginas de El crimen del padre Amaro un veneno que llena de inquina a la sociedad portuguesa y que, en cierta forma, la representa en su totalidad. Eça deja poco espacio para la inocencia de las víctimas. Prácticamente todos los personajes son sarcásticos, de una ironía violenta, perversos en su mezquindad y futilidad.
El provincianismo de esta Leiria estereotipada aparece como una característica negativa, de atraso. Para Eça, el provincianismo significa siempre y únicamente aislamiento de aquello que es progresista y se encuentra lejos, en las grandes ciudades o en el extranjero. De ahí la lógica de que la escena final se desarrolle en el Chiado, el centro tanto de Lisboa y como de aquel mundo, exactamente lo contrario de lo que Leiria representa en la novela: la periferia lejana. Es por fin en el lugar que importa, en el centro, donde Amaro no encuentra dificultades para obviar todo lo sucedido en un espacio y un tiempo que en Leiria parece irreal e inexistente.
Esa sensación de profunda injusticia completa la novela de tesis que El crimen del padre Amaro consigue ser. Más allá de todas estas cuestiones, y a pesar de ellas, Eça logra evitar la medianía que casi siempre contamina la literatura militante. El trabajo de Eça es de una gran belleza, inteligencia y perspicacia lingüística. No cabe ninguna duda de que hoy puede leerse con el mismo placer, con el mismo deleite estético y humano que proporcionaba a finales del siglo XIX, cuando llegó por primera vez a manos de sus lectores.
Era domingo de Pascua cuando se supo en Leiria que el párroco de la catedral, José Miguéis, había muerto de madrugada de una apoplejía. El párroco era un hombre sanguíneo y cebado, que pasaba entre el clero diocesano por «el comilón de los comilones». Se contaban historias singulares sobre su voracidad. Carlos el de la botica —que lo detestaba— solía decir siempre que lo veía salir después de la siesta, con la cara enrojecida, harto:
—Ahí va la boa a rumiar. ¡Un día revienta!
Reventó, en efecto, después de una cena de pescado, a la misma hora en que, enfrente, en casa del doctor Godinho, que cumplía años, se polqueaba con estruendo. Nadie lo lamentó y fue poca gente a su entierro. En general no era estimado. Era un aldeano; tenía los modales y las muñecas de un cavador, la voz ronca, pelos en las orejas, el hablar muy rudo.
Las devotas nunca lo habían querido: eructaba en el confesionario y, como había vivido siempre en parroquias aldeanas o de la sierra, no entendía ciertas sensibilidades exacerbadas por la devoción: por eso había perdido, desde el principio, a casi todas las confesadas, que se pasaron al pulido padre Gusmão, ¡tan rico en labia!
Y, cuando las beatas que le eran fieles iban a hablarle de escrúpulos, de visiones, José Miguéis las escandalizaba, gruñendo:
—¡Pero qué historias, santita! Pídale a Dios sentido común. ¡Más juicio en la mollera!
Lo irritaban sobre todo las exageraciones en los ayunos:
—¡Coma y beba! —solía gritar—, ¡coma y beba, criatura!
Era miguelista y los partidos liberales, sus opiniones, sus periódicos, le producían una ira irracional.
—¡Mano dura, mano dura! —exclamaba, agitando su enorme quitasol rojo.
En los últimos años había adquirido hábitos sedentarios y vivía aislado con una criada vieja y un perro, Joli. Su único amigo era el chantre Valadares, que gobernaba entonces el obispado, pues el señor obispo, don Joaquín, penaba desde hacía dos años su reumatismo en una quinta del Alto Miño. El párroco sentía un gran respeto por el chantre, hombre enjuto, de gran nariz, muy corto de vista, admirador de Ovidio, que hablaba siempre poniendo la boca pequeñita y con alusiones mitológicas.
El chantre lo estimaba. Le llamaba «fray Hércules».
—«Hércules» por la fuerza —explicaba sonriente—, «fray» por la gula.
En su entierro, él mismo le hisopó la tumba; y como tenía por costumbre ofrecerle todos los días rapé de su caja de oro, les dijo a los otros canónigos, en voz baja, al dejar caer sobre el féretro, según el ritual, el primer puñado de tierra:
—¡Es la última pulgarada que le doy!
Todo el cabildo rió mucho la gracia del señor gobernador del obispado; el canónigo Campos la contó por la noche, tomando el té en casa del diputado Novais; fue celebrada con risas gozosas, todos exaltaron las virtudes del chantre y se afirmó con respeto «que Su Excelencia tenía mucha picardía».
Días después del entierro apareció, errando por la plaza, el perro del párroco, Joli. La criada había sido internada con fiebres tercianas en el hospital; la casa había sido cerrada; el perro, abandonado, gemía su hambre por los portales. Era un chucho pequeño, extremadamente gordo, que guardaba vagas semejanzas con el párroco. Habituado a las sotanas, ávido de un dueño, tan pronto veía a un cura empezaba a seguirlo con gemidos serviles. Pero nadie quería al infeliz Joli; lo ahuyentaban con las puntas de los quitasoles; el perro, rechazado como un pretendiente, aullaba toda la noche por las calles. Una mañana apareció muerto junto a la Misericordia; el carro del estiércol se lo llevó y, como nadie volvió a ver al perro en la plaza, el párroco José Miguéis fue definitivamente olvidado.
Dos meses más tarde se supo en Leiria que había sido nombrado otro párroco. Se decía que era un hombre muy joven, recién salido del seminario. Se llamaba Amaro Vieira. Se atribuía su elección a influencias políticas y el periódico de Leiria, A Voz do Distrito, que estaba en la oposición, habló con amargura, citando el Gólgota, del «favoritismo de la corte» y de la «reacción clerical». Algunos curas se habían escandalizado por el artículo; se conversó sobre ello, agriamente, en presencia del señor chantre.
—No, no, favor claro que hay; y el hombre tiene padrinos, claro que los tiene —decía el chantre—. A mí me ha escrito Brito Correia para confirmármelo. —Brito Correia era entonces ministro de Justicia—. Hasta me dice en la carta que el párroco es un hermoso mocetón. De manera que —añadió sonriendo con satisfacción— después de «fray Hércules» vamos a tener tal vez a «fray Apolo».
En Leiria sólo había una persona que conocía al nuevo párroco: era el canónigo Dias, que había sido, en los primeros años del seminario, su profesor de moral. En aquel tiempo, decía el canónigo, el párroco era un muchacho menudo, apocado, lleno de granos…
—¡Me parece que lo estoy viendo, con la sotana muy gastada y cara de tener lombrices!… ¡Por lo demás, buen chico! Y despabiladote…
El canónigo Dias era muy conocido en Leiria. Últimamente había engordado, el vientre sobrante le llenaba la sotana; y su cabecita agrisada, las ojeras carnosas, el labio espeso hacían recordar viejas anécdotas de frailes lascivos y glotones. El tío Patricio, «el Viejo», un comerciante de la plaza, muy liberal, que cuando pasaba junto a los curas gruñía como un viejo perro guardián, decía algunas veces al verlo atravesar la plaza, pesado, rumiando la digestión, apoyado en el paraguas:
—¡Menudo tunante! ¡Si parece Dom João VI!
El canónigo vivía solo con una hermana mayor, la señora doña Josefa Dias, y una criada a la que todos conocían en Leiria, siempre en la calle, envuelta en un chal teñido de negro y arrastrando pesadamente sus zapatillas de orillo. El canónigo Dias pasaba por ser rico: tenía propiedades arrendadas junto a Leiria, comía pavo y era famoso su vino Duque de 1815. Pero el hecho destacado en su vida —el hecho comentado y murmurado— era su antigua amistad con la señora Augusta Caminha, a quien todos llamaban Sanjoaneira por ser natural de São João da Foz. La Sanjoaneira vivía en la Rua da Misericórdia y admitía huéspedes. Tenía una hija, Amelinha, una muchachita de veintitrés años, hermosa, sana, muy deseada.
El canónigo Dias se había mostrado muy contento con el nombramiento de Amaro Vieira. En la botica de Carlos, en la plaza, en la sacristía de la catedral, elogió sus buenos estudios en el seminario, su moderación en las costumbres, su obediencia. Elogiaba incluso su voz: «¡Un timbre que es un regalo!».
—¡Es el indicado para poner un poco de sentimiento en los sermones de Semana Santa!
Le auguraba con énfasis un destino feliz, una canonjía seguramente, ¡tal vez la gloria de un obispado!
Y un día, por fin, enseñó con satisfacción al coadjutor de la catedral, criatura servil y callada, una carta que había recibido de Amaro Vieira desde Lisboa.
Era una tarde de agosto y paseaban los dos por las orillas del Puente Nuevo. Estaba entonces en construcción la carretera de Figueira: el viejo pasadizo de madera sobre la ribera del Lis había sido destruido, se pasaba ya por el Puente Nuevo, muy alabado, con sus dos amplias arcadas de piedra, fuertes y rechonchas. Más adelante las obras estaban paradas por pleitos de expropiación; se veía aún el embarrado camino de la parroquia de Os Marrazes, que la carretera nueva debía desbastar e incorporar; montones de cascajo cubrían el suelo; y los gruesos cilindros de piedra que comprimen y embellecen el pavimento yacían enterrados en la tierra negra y húmeda de lluvias.
Alrededor del puente el paisaje es amplio y tranquilo. Por la parte de donde viene el río hay colinas bajas de formas redondeadas, cubiertas por el ramaje verdinegro de los pinos jóvenes; abajo, en la espesura de las arboledas, están las casas que proporcionan a aquellos lugares melancólicos un aspecto más vivo y humano, con sus alegres paredes encaladas luciendo al sol, con los humos de las chimeneas que por la tarde se azulan en los aires siempre claros y limpios. Hacia el lado del mar, por donde el río se arrastra en las tierras bajas entre dos hileras de sauces pálidos, se extiende hasta los primeros arenales la tierra de Leiria, amplia, fecunda, con aspecto de aguas abundantes, llena de luz. Desde el puente poco se ve de la ciudad; apenas una esquina de los sillares pesados y jesuíticos de la catedral, un trozo del muro del cementerio cubierto de parietarias y las puntas agudas y negras de los cipreses; el resto está oculto por el duro monte erizado de vegetaciones rebeldes en el que destacan las ruinas del castillo, completamente envueltas al caer la tarde en los amplios vuelos circulares de las lechuzas, desmanteladas y con un gran aire histórico.
Junto al puente, una rampa desciende hacia la alameda, que se extiende un poco por la orilla del río. Es un lugar recoleto, cubierto por árboles antiguos. Le llaman la Alameda Vieja. Allí, caminando despacio, hablando en voz baja, el canónigo consultaba al coadjutor sobre la carta de Amaro Vieira y sobre «una idea que se le había ocurrido, que le parecía magistral, ¡magistral!». Amaro le pedía que le consiguiese con urgencia una casa de alquiler barata, bien situada y, a ser posible, amueblada; pedía sobre todo habitaciones en una casa de huéspedes respetable. «Ya ve, mi querido profesor», decía Amaro, «que es esto lo que verdaderamente me convendría; yo no quiero lujos, claro está: una habitación y una salita serían suficiente. Lo que es necesario es que la casa sea respetable, tranquila, céntrica, que la patrona tenga buen carácter y que no pida el oro y el moro; dejo todo esto a su prudencia y capacidad y crea que todos estos favores no caerán en terreno yermo. Sobre todo, que la patrona sea persona de buen trato y de buena lengua.»
—Mi idea, amigo Mendes, es ésta: ¡meterlo en casa de la Sanjoaneira! —concluyó el canónigo con gran contento—. Es buena idea, ¡eh!
—¡Una idea soberbia! —le apoyó el coadjutor con su voz servil.
—Ella dispone de la habitación de abajo, la salita de al lado y del otro cuarto, que puede servir como escritorio. Tiene buen mobiliario, buenas ropas de cama…
—Magníficas ropas —dijo el coadjutor con respeto.
El canónigo continuó:
—Es un bonito negocio para la Sanjoaneira: por las habitaciones, la ropa de cama, la comida, la criada, puede muy bien pedir sus seis tostones diarios. Y, además, con el párroco siempre en casa.
—Tengo mis dudas por Ameliazinha —consideró tímidamente el coadjutor—. Sí, puede repararse en ello. Una chica joven… Dice que el señor párroco es todavía joven… Su Señoría sabe lo que son las lenguas del mundo.
El canónigo se detuvo:
—¡Historias! ¿Entonces no vive el padre Joaquín bajo el mismo techo con la ahijada de su madre? ¿Y el canónigo Pedroso no vive con una cuñada y con una hermana de la cuñada que es una chica de diecinueve años? ¡Estaría bueno!
—Yo decía… —atenuó el coadjutor.
—No, no veo nada malo. La Sanjoaneira alquila sus habitaciones, es como si fuese una hospedería. ¿Acaso no estuvo allí el secretario general durante unos meses?
—Pero un eclesiástico… —insinuó el coadjutor.
—¡Más garantías, señor Mendes, más garantías! —exclamó el canónigo. Y parándose, en actitud confidencial—: Y además a mí me conviene, Mendes. ¡A mí me conviene, amigo mío!
Hubo un pequeño silencio. El coadjutor dijo, bajando la voz:
—Sí, Su Señoría se porta muy bien con la Sanjoaneira.
—Hago lo que puedo, mi caro amigo, hago lo que puedo —dijo el canónigo. Y con tono tierno, risueñamente paternal—: porque ella se lo merece, se lo merece. ¡Buena a más no poder, amigo mío! —Se detuvo, abriendo mucho los ojos—: Fíjese que el día en que no le aparezco a las nueve en punto de la mañana, se pone enferma. «¡Oh, criatura!», le digo yo, «se atormenta usted sin razón.» Pero entonces me sale con lo del cólico que tuve el año pasado. ¡Adelgazó, señor Mendes! Y además no hay detalle que se le pase. Ahora, por la matanza del cerdo, lo mejor del animal es para el «padre santo», ¿sabe?, es como me llama ella.
Hablaba con los ojos brillantes, con apasionada satisfacción.
—¡Ah, Mendes! —añadió—. ¡Es una mujer maravillosa!
—Y una hermosa mujer —dijo el coadjutor respetuosamente.
—¡Y además eso! —exclamó el canónigo parándose otra vez—. ¡Y además eso! ¡Qué bien conservada! ¡Tenga en cuenta que ya no es una niña! Pero ni un pelo blanco, ¡ni uno, ni uno solo! ¡Y qué color de piel! —Y en voz más baja, con sonrisa golosa—: ¡Y esto de aquí, Mendes, y esto de aquí! —Indicaba la parte del cuello bajo el mentón, acariciándola despacio con su mano gordezuela—: ¡Es una perfección! Y además mujer limpia, ¡de muchísima limpieza! ¡Y qué detallitos! ¡No hay día que no me mande su presente! ¡Que si el tarrito de mermelada, que si el platito de arroz con leche, que si la estupenda morcilla de Arouca! Ayer me mandó una tarta de manzana. ¡Tendría usted que haber visto aquello! ¡La manzana parecía crema! Hasta mi hermana Josefa lo dijo: «¡Está tan rica que parece cocinada en agua bendita!». —Y poniendo la palma de la mano sobre el pecho—: ¡Son cosas que le tocan a uno aquí dentro, Mendes! No, no es hablar por hablar, como ella no hay otra.
El coadjutor escuchaba con la taciturnidad de la envidia.
—Yo ya sé —dijo el canónigo parando otra vez y desgranando lentamente las palabras—, yo ya sé que por ahí murmuran, murmuran… ¡Pues es una grandísima calumnia! Lo único cierto es que le tengo muchísimo cariño a esa gente. Ya se lo tenía cuando vivía el marido. Usted lo sabe bien, Mendes.
El coadjutor hizo un gesto afirmativo.
—¡La Sanjoaneira es una mujer decente! ¡Es una mujer decente, Mendes! —exclamaba el canónigo golpeando fuertemente el suelo con la puntera de su quitasol.
—Las lenguas del mundo son venenosas, señor canónigo —dijo el coadjutor con voz llorosa. Y, tras un silencio, añadió en voz baja—: ¡Pero todo eso debe de salirle caro a Su Señoría!
—¡Pues ahí está, amigo mío! Imagínese que desde que se fue el secretario general la pobre mujer ha tenido la casa vacía: ¡yo he tenido que poner para la olla, Mendes!
—Pero ella tiene un capitalito —consideró el coadjutor.
—¡Un pedacito de tierra, señor mío, un pedacito de tierra! ¡Y hay que pagar impuestos, salarios! Por eso digo que el párroco es una mina. Con los seis tostones que él le dé, con lo que yo ayude, con alguna cosa que ella saque de la venta de las hortalizas de la finca, ya se arregla. ¡Y para mí es un alivio, Mendes!
—¡Es un alivio, señor canónigo! —repitió el coadjutor.
Quedaron en silencio. La tarde descendía muy limpia; en lo alto el cielo tenía un color azul pálido; el aire estaba inmóvil. Por aquel tiempo el río iba muy vacío; fragmentos de arenal brillaban en las partes secas; y el agua baja se arrastraba con una agitación blanda, toda arrugada por el roce con las piedras.
Dos vacas guardadas por una chiquilla aparecieron entonces por el camino embarrado que desde el otro lado del río, frente a la alameda, discurre junto a un zarzal; entraron despacio en el río y, extendiendo el pescuezo pelado por el yugo, bebían levemente, sin ruido; a veces levantaban la cabeza bondadosa, miraban en torno con la pasiva tranquilidad de los seres hartos, e hilos de agua, babados, brillantes, les colgaban de las comisuras del morro. Con el declinar del sol, el agua perdía su claridad espejada, se extendían las sombras de los arcos del puente. Sobre las colinas crecía un crepúsculo difuminado y las nubes color sangre y naranja que anuncian el calor componían, hacia el mar, un decorado magnífico.
—¡Bonita tarde! —dijo el coadjutor.
El canónigo bostezó y haciendo una cruz sobre el bostezo:
—Vamos acercándonos a las Avemarías, ¿eh?
Cuando, al poco tiempo, subían las escaleras de la catedral, el canónigo se detuvo y se volvió hacia el coadjutor:
—Pues ya está decidido, amigo Mendes, meto a Amaro en casa de la Sanjoaneira. Es una suerte para todos.
—¡Una gran suerte! —dijo respetuosamente el coadjutor—. ¡Una gran suerte!
Y entraron en la iglesia, persignándose.
Una semana después se supo que el nuevo párroco llegaría en la diligencia de Chão de Maçãs, que trae el correo de la tarde; y desde las seis el canónigo Dias y el coadjutor paseaban por el Largo do Chafariz, a la espera de Amaro.
Era hacia finales de agosto. En la larga alameda adoquinada que transcurre junto al río, entre las dos hileras de viejos chopos, se entreveían vestidos claros de señoras que paseaban. Por la parte del Arco, en la zona de casuchas pobres, las viejas cosían en las puertas; niños sucios retozaban en el suelo, mostrando sus enormes vientres desnudos; y las gallinas que los rodeaban picaban vorazmente las inmundicias olvidadas. Alrededor de la sonora fuente en la que los cántaros se arrastraban sobre la piedra, reñían las criadas y galanteaban los soldados de uniforme sucio y enormes botas combadas, agitando varitas de junco; con su panzudo cántaro de barro equilibrado en la cabeza sobre un rodete, las muchachitas se alejaban en parejas, meneando las caderas; y dos oficiales ociosos, con el uniforme desabrochado en el estómago, conversaban, aguardando «a ver quién venía». La diligencia tardaba. Cuando llegó el crepúsculo, una lucecita brilló en la hornacina del santo, encima del Arco; y enfrente se iban iluminando una a una, con una luz lúgubre, las ventanas del hospital.
Ya había anochecido cuando la diligencia, con sus luces encendidas, entró en el puente al trote desmadejado de sus flacos caballos blancos y fue a detenerse junto a la fuente, debajo de la fonda del Cruz; el dependiente del tío Patricio salió enseguida corriendo hacia la plaza con el paquete de los Diarios Populares; el tío Baptista, el patrón, con la cachimba negra a un lado de la boca, aflojaba las correas, maldiciendo tranquilamente; y un hombre que venía en el asiento acolchado, junto al cochero, con sombrero alto y holgado manteo eclesiástico, descendió con cautela, agarrándose a los respaldos de hierro de los asientos, golpeó el suelo con los pies para desentumecerlos y miró alrededor.
—¡Eh, Amaro! —gritó el canónigo, que se había aproximado—. ¡Oh, bribón!
—¡Profesor! —dijo el otro con alegría. Y se abrazaron, mientras el coadjutor, encogido, permanecía con el bonete entre las manos.
Poco después las gentes que estaban en las tiendas vieron cruzar la plaza, entre la lenta corpulencia del canónigo Dias y la figura delgada del coadjutor, a un hombre un poco curvado, con un manteo de cura. Se supo que era el nuevo párroco y pronto se dijo en la botica que era «un hombre de buena figura». El João Bicha, delante, llevaba un baúl y una talega de lona; y, como a aquella hora ya estaba borracho, iba rezongando el «Bendito».
Eran casi las nueve y ya era completamente de noche. Las casas en torno a la plaza estaban ya adormecidas: de las tiendas situadas bajo la arcada salía la luz triste de los candiles de petróleo, y en su interior se percibían figuras somnolientas empeñadas en seguir charlando en el mostrador. Las calles que daban a la plaza, tortuosas, tenebrosas, con una iluminación moribunda, parecían deshabitadas. Y en el silencio la campana de la catedral tocaba lentamente a ánimas.
El canónigo Dias explicaba cachazudamente al párroco «lo que le había conseguido». No le había buscado casa: habría que comprar muchos muebles, encontrar una criada, ¡gastos innumerables! Le había parecido mejor conseguirle habitación en una casa de huéspedes respetable, muy confortable. Y en esas condiciones —y allí estaba el amigo coadjutor, que podía decirlo— no había otra como la de la Sanjoaneira. Era una casa muy aireada, limpia, la cocina no daba olores; allí habían estado el secretario general y el inspector de enseñanza. Y la Sanjoaneira —el amigo Mendes la conocía bien— era una mujer temerosa de Dios, de cuentas claras, muy económica y muy servicial…
—¡Estará usted allí como en su propia casa! Con su cocido, su plato fuerte, su café…
—Vamos a ver, profesor: ¿precio? —dijo el párroco.
—Seis tostones. ¡Una ganga! Con su habitación, su salita…
—Una buena salita —comentó el coadjutor respetuosamente.
—¿Y queda lejos de la catedral? —preguntó Amaro.
—A dos pasos. Se puede ir a decir misa en zapatillas. En la casa vive una jovencita —continuó con su voz pausada el canónigo Dias—. Es hija de la Sanjoaneira. Una chiquilla de veintidós años. Bonita. Con su puntita de genio, pero con buen fondo… Aquí tiene usted su calle.
Era estrecha, de casas bajas y pobres, aplastada por las altas paredes de la vieja iglesia de la Misericórdia, con un farolillo lúgubre al fondo.
—¡Y aquí tiene usted su palacio! —dijo el canónigo, golpeando la aldaba de una puerta estrecha.
En el primer piso sobresalían dos balcones de hierro, de aspecto antiguo, con unas plantas de romero que se redondeaban contra las esquinas, metidas en macetas de madera; las ventanas de arriba, pequeñitas, tenían antepecho; y la pared, por sus irregularidades, recordaba una lata abollada.
La Sanjoaneira esperaba en lo alto de la escalera; una criada, esquelética y pecosa, alumbraba con un candil de petróleo; y la figura de la Sanjoaneira se destacaba claramente en la luz, sobre la pared encalada. Era gorda, alta, muy blanca, de aspecto pachorrudo. La piel se le arrugaba ya en torno a sus ojos negros; los pelos disparados, con mechones rojizos, empezaban a escasear en las sienes y en el inicio de la frente, pero se percibían unos brazos rechonchos, un cuello abundante y ropas limpias.
—¡Aquí tiene usted a su huésped! —dijo el canónigo subiendo.
—¡Es un gran honor recibirlo, señor párroco! ¡Un gran honor! ¡Debe de venir muy cansado! ¡Por fuerza! Por aquí, tenga la bondad. Cuidado con el escaloncito.
Lo condujo a una sala pequeña, pintada de amarillo, con un amplio canapé de mimbre arrimado a la pared y enfrente, abierta, una mesa forrada de bayeta verde.
—Ésta es su sala, señor párroco —dijo la Sanjoaneira—. Para recibir, para descansar… Aquí —añadió, abriendo una puerta— está su dormitorio. Tiene su cómoda, su armario… —Abrió los cajones, elogió la cama comprobando la elasticidad de los colchones—. Una campanilla para llamar siempre que quiera… Las llavecitas de la cómoda están aquí… Si prefiere la almohadita más alta… Tiene sólo una manta, pero si quiere…
—Está bien, está todo muy bien, señora —dijo el párroco con su voz baja y suave.
—¡Usted pida lo que necesite! Lo que haya, con la mejor voluntad…
—¡Oh, criatura de Dios! —interrumpió el canónigo jovialmente—. ¡Lo que quiere él ahora es cenar!
—También tiene la cenita preparada. Desde las seis está el caldo haciéndose. —Y salió para apresurar a la criada, diciendo desde el fondo de la escalera—: ¡Venga, Ruça, muévete, muévete!…
El canónigo se sentó pesadamente en el canapé, y sorbiendo su pulgarada de rapé:
—Hay que conformarse, querido. Es lo que he podido conseguir.
—Yo estoy bien en cualquier parte, profesor —dijo el párroco, calzándose sus chinelas de orillo—. ¡Acuérdese del seminario!… ¡Y en Feirão! Me llovía en la cama.
En aquel momento, hacia la plaza, se oyó sonar un toque de corneta.
—¿Qué es eso? —preguntó Amaro, yendo a la ventana.
—Las nueve y media, el toque de retreta.
Amaro abrió el ventanal. Al final de la calle agonizaba un farol. La noche estaba muy negra. Y se extendía sobre la ciudad un silencio cóncavo, abovedado.
Después de la corneta, un redoble lento de tambores se alejó por la zona del cuartel; bajo la ventana pasó corriendo un soldado demorado en alguna callejuela del castillo; y de los muros de la Misericórdia salía incesantemente el agudo ulular de las lechuzas.
—Es triste esto —dijo Amaro.
Pero la Sanjoaneira gritó desde arriba.
—¡Puede subir, señor canónigo! ¡Está el caldo en la mesa!
—Ya va. Venga Amaro, ¡que debe de estar usted cayéndose de hambre! —dijo el canónigo levantándose con gran esfuerzo. —Y cogiendo un momento al párroco por la manga de la chaqueta—: ¡Va a ver usted lo que es un caldo de gallina hecho aquí por la señora! ¡De chuparse los dedos!…
En medio del comedor, forrado de papel oscuro, resplandecía la mesa con su mantel blanco, su loza, los vasos brillando a la luz intensa de un candil de abat-jour verde. De la sopera ascendía el aromático vapor del caldo y en la gran fuente una gallina gorda, ahogada en un arroz jugoso y blanco, acompañada por trozos de buen chorizo, presentaba una suculenta apariencia de plato señorial. En el aparador acristalado, un poco en la penumbra, se apreciaban porcelanas de colores claros; en un rincón, junto a la ventana, estaba el piano, cubierto por una colcha de satén descolorido. En la cocina freían; y percibiendo el olor a fresco que llegaba de una cesta de ropa limpia, el párroco se frotó las manos, encantado.
—Póngase aquí, señor párroco, póngase aquí —dijo la Sanjoaneira—. De ahí le puede venir frío. —Fue a cerrar las contraventanas; le acercó una cajita con arena para las colillas de los cigarros—. Y el señor canónigo toma una tacita de compota, ¿verdad?
—Bueno, venga, por acompañar —dijo alegremente el canónigo, sentándose y desdoblando la servilleta.
Entretanto, la Sanjoaneira se movía por la habitación admirando al párroco, quien con la cabeza inclinada sobre el plato tomaba su caldo en silencio, soplándole a la cuchara. Era bien parecido, tenía un pelo muy negro, levemente ondulado. El rostro era ovalado, la piel trigueña y fina, los ojos negros y grandes, con largas pestañas.
El canónigo, que no lo veía desde los días del seminario, lo encontraba más fuerte, más viril.
—Usted era un poco raquítico…
—Fue el aire de la sierra —decía el párroco—, ¡me ha sentado bien!
Habló entonces de su triste experiencia en Feirão, en la Beira Alta, durante el áspero invierno, solo, entre pastores. El canónigo le servía vino, escanciándolo, haciéndolo espumar.
—¡Pues beba, hombre, beba! De esto no probaba usted en el seminario.
Hablaron del seminario.
—¿Qué habrá sido del Rabicho, el despensero? —dijo el canónigo.
—¿Y del Carocho, que robaba las patatas?
Rieron; y bebiendo, con la alegría de los recuerdos, rememoraban las historias de aquel tiempo, el catarro del rector y el profesor de gregoriano, a quien un día le habían caído del bolsillo las poesías obscenas de Bocage.
—¡Cómo pasa el tiempo, cómo pasa el tiempo! —decían.
La Sanjoaneira puso sobre la mesa un plato hondo con manzanas asadas.
—¡Bravo! ¡No, yo a esto también me apunto! —exclamó el canónigo—. ¡La rica manzana asada! ¡Nunca se me escapa! Gran ama de casa, amigo mío, magnífica ama de casa nuestra Sanjoaneira. ¡Gran ama de casa!
Ella reía y enseñaba sus dos dientes delanteros, grandes y empastados.
Fue a buscar una botella de vino de oporto; puso en el plato del canónigo, con devota afectación, una manzana deshecha, espolvoreada con azúcar; y dándole palmaditas en la espalda con su mano papuda y blanda:
—¡Este hombre es un santo, señor párroco, un santo! ¡Ay, cuántos favores le debo!
—No le haga caso, no le haga caso —decía el canónigo. Se le extendía por el rostro una satisfacción arrobada—. ¡Buen licor! —añadió, saboreando su copa de oporto—. ¡Buen licor!
—Fíjese que tiene ya los años de Amélia, señor canónigo.
—¿Y dónde está ella, la pequeña?
—Fue a O Morenal con doña Maria. Después iban a casa de las Gansoso a pasar la noche.
—Esta señora, aquí donde la ve, es una terrateniente —explicó el canónigo hablando de O Morenal—. ¡Tiene un condado! —Reía con bonhomía y sus ojos brillantes recorrían tiernamente la corpulencia de la Sanjoaneira.
—Oh, señor párroco, no le haga caso, es un trocito de tierra… —dijo ella. Pero al ver a la criada apoyada en la pared, sacudida por un acceso de tos—: ¡Pero mujer, vete a toser allá dentro! ¡Faltaría más!
La muchacha salió, tapándose la boca con el delantal.
—La pobre parece enferma —observó el párroco.
¡Muy achacosa, mucho!… La pobre de Cristo era su ahijada, huérfana, y estaba casi tísica. La había recogido por compasión…
—Y también porque la criada que tenía antes tuvo que irse al hospital, la muy desvergonzada… ¡Se amigó con un soldado!…
El padre Amaro bajó los ojos despacio y mientras mordisqueaba unas miguitas de pan preguntó si el verano estaba siendo de muchas enfermedades.
—Diarreas, por culpa de la fruta verde —murmuró el canónigo—. Se hartan de sandías y, después, cántaros de agua… Y vienen las fiebres…
Hablaron entonces de las enfermedades, del aire de Leiria.
—Yo ahora ando más fuerte —decía el padre Amaro—. Bendito sea Dios, ¡tengo salud, tengo salud!
—¡Ay, Nuestro Señor se la conserve, no sabe usted el bien que es! —exclamó la Sanjoaneira. Y empezó a contar la gran desgracia que tenía en casa, una hermana medio idiota que llevaba diez años paralizada. Iba a cumplir los sesenta. Durante el invierno había cogido un catarro y desde entonces, pobrecita, decaía, decaía…—. Hace un momento, al anochecer, tuvo un ataque de tos. Pensé que se nos iba. Ahora reposa…
Siguió hablando de «aquella desgracia», después habló de su Amélia, de las Gansoso, del anterior chantre, de lo caro que estaba todo, sentada, con el gato sobre las piernas, haciendo bolitas de pan con dos dedos, monótonamente. Al canónigo, lleno, se le cerraban los párpados; todo en la sala parecía ir adormeciéndose poco a poco; la luz del candil agonizaba.
—Bueno, señores —dijo por fin el canónigo moviéndose—, ¡ya son horas!
El padre Amaro se levantó y dio las gracias con los ojos bajos.
—¿Quiere una lamparita, señor párroco? —preguntó amablemente la Sanjoaneira.
—No, señora. No uso. Buenas noches.
Y bajó despacio, limpiándose los dientes con un palillo.
La Sanjoaneira alumbraba con el candil en el rellano. Pero en los primeros peldaños el párroco se detuvo, y volviéndose afectuosamente:
—Es verdad, señora, mañana es sábado, día de ayuno…
—No, no —intervino el canónigo, que se envolvía en su capa de alpaca, bostezando—, usted mañana come conmigo. Vengo yo por aquí y vamos a ver al chantre, a la catedral y por ahí… Y sepa que tengo lulas. Un milagro, porque aquí nunca hay pescado.
La Sanjoaneira se apresuró a tranquilizar al párroco:
—Ay, señor párroco, no hace falta recordar los ayunos. ¡Tengo el mayor de los cuidados!
—Yo lo decía —explicó el párroco— porque, desgraciadamente, hoy en día nadie cumple…
—Tiene usted mucha razón —atajó ella—. Pero yo… ¡ya lo creo! ¡La salvación de mi alma por encima de todo!
Abajo la campanilla sonó con fuerza.
—Debe de ser la pequeña —dijo la Sanjoaneira—. ¡Ruça, abre!
La puerta se abrió, se oyeron voces, risitas.
—¿Eres tú, Amélia?
Una voz dijo «¡adiós, adiós!». Y subiendo casi a la carrera, recogiéndose un poco el vestido por delante, apareció una bella jovencita, fuerte, alta, bien hecha, con un pañuelo blanco en la cabeza y un ramo de romero en la mano.
—Sube, hija. Está aquí el señor párroco. Llegó ahora por la noche, ¡sube!
Amélia se había parado, un poco azorada, mirando hacia los escalones de arriba, donde permanecía el párroco apoyado en el pasamanos. Jadeaba tras la carrera; venía colorada; sus ojos negros y vivos resplandecían; y emanaba de ella una sensación de frescura y de prados hollados.
El párroco bajó pegado al pasamanos para dejarla pasar y, con la cabeza baja, murmuró un «buenas noches». El canónigo, que descendía pesadamente detrás de él, se plantó en medio de la escalera, delante de Amélia:
—Pero ¿qué horas son éstas, tunanta?
Ella soltó una risita y se encogió de hombros.
—¡Ande, vaya a encomendarse a Dios, vaya! —dijo, dándole un suave cachetito en la mejilla con su mano gorda y peluda.
Ella subió corriendo, mientras el canónigo, tras recoger el quitasol en la salita, salía diciéndole a la criada que alumbraba la escalera con el candil:
—Está bien, ya veo, no cojas frío, nenita. ¡Entonces a las ocho, Amaro! ¡Esté levantando! ¡Vete, nenita, adiós! Pídele a la Virgen de la Piedad que te sane esa catarrera.
El párroco cerró la puerta del dormitorio. La ropa de la cama, entreabierta, blanca, despedía un buen olor a lino lavado. Sobre la cabecera colgaba un grabado antiguo de un Cristo crucificado. Amaro abrió su breviario, se arrodilló a los pies de la cama, se persignó; pero estaba fatigado, le sobrevenían grandes bostezos; y entonces, arriba, a través del techo, entre las oraciones rituales que leía maquinalmente, comenzó a oír el tic-tic de los botines de Amélia y el sonido de las faldas almidonadas que sacudía al desnudarse.
Amaro Vieira había nacido en Lisboa en casa de la señora marquesa de Alegros. Su padre era criado del marqués; la madre era doncella personal, casi una amiga de la señora marquesa. Amaro todavía conservaba un libro, O Menino das Selvas, con toscas estampas coloreadas, en cuya primera página en blanco se leía: «A mi muy querida criada Joana Vieira y verdadera amiga que siempre ha sido. Marquesa de Alegros». Poseía también un daguerrotipo de su madre: era una mujer fuerte, cejijunta, la boca grande y sensualmente entreabierta, y un color ardiente. El padre de Amaro había muerto de apoplejía; y la madre, que siempre había estado tan sana, sucumbió un año después por una tisis de laringe. Amaro acababa de cumplir seis años. Tenía una hermana mayor que vivía desde pequeña con la abuela, en Coimbra, y un tío, próspero tendero del barrio de A Estrela. Pero la señora marquesa le había cogido cariño a Amaro; lo mantuvo en su casa, tácitamente adoptado; y con grandes cuidados empezó a vigilar su educación.
La marquesa de Alegros había enviudado a los cuarenta y tres años y pasaba la mayor parte del año retirada en su quinta de Carcavelos. Era una persona pasiva, de bondad indolente, con capilla en casa y un respeto devoto por los curas de San Luis, siempre preocupada por los intereses de la Iglesia. Sus dos hijas, educadas en el temor de Dios y en las preocupaciones de la moda, eran beatas y chic, hablaban con igual fervor de la humildad cristiana que del último figurín de Bruselas. Un periodista de la época había dicho de ellas: «Todos los días piensan en la toilette con la que entrarán en el paraíso».
En el aislamiento de Carcavelos, en aquella quinta de alamedas aristocráticas en las que chillaban los pavos reales, las dos señoritas se aburrían. La religión, la caridad eran entonces ocupaciones ávidamente aprovechadas: cosían vestidos para los pobres de la parroquia, bordaban paramentos para los altares de la iglesia. Desde mayo hasta octubre estaban enteramente absorbidas por la tarea de «salvar su alma»; leían libros beatos y dulces; como no tenían São Carlos, las visitas, la Aline, recibían curas y cotilleaban sobre las virtudes de los santos. Dios era su lujo de verano.
La señora marquesa había decidido muy pronto hacer ingresar a Amaro en la vida eclesiástica. Su figura pálida y flacucha pedía aquel destino recogido: era ya aficionado a las cosas de capilla y su mayor placer era anidar junto a las mujeres, entre el calor de sus faldas, oyéndolas hablar de santas. La señora marquesa no quiso mandarlo al colegio porque desconfiaba de la impiedad de los tiempos y de las amistades inmorales. El capellán de la casa le enseñaba el latín y la hija mayor, doña Luisa, que tenía nariz de caballete y leía a Chateaubriand, le daba lecciones de francés y de geografía.
Amaro era, como decían los criados, «un mosquita muerta». Nunca jugaba, nunca corría al aire libre. Si algunas tardes acompañaba a la marquesa por las alamedas de la finca, cuando paseaba ella del brazo del padre Liset o del respetuoso procurador Freitas, él caminaba a su lado, como un monito, muy encogido, retorciendo con las manos húmedas el forro de los bolsillos, vagamente temeroso de la espesura del arbolado y del movimiento de las hierbas altas.
Se hizo muy miedoso. Dormía con la lamparita encendida, al lado de una vieja ama. Las criadas, además, lo afeminaban; lo encontraban guapito, lo colocaban entre ellas, lo besuqueaban, le hacían cosquillas; y él rodaba entre sus faldas, en contacto con sus cuerpos, con grititos de satisfacción. A veces, cuando la señora marquesa salía, lo vestían de mujer, entre grandes risas; él se dejaba hacer, semidesnudo, con sus gestos lánguidos, los ojos entrecerrados y coloretes rojos en las mejillas. Aparte de eso, las criadas lo utilizaban unas contra otras en sus intrigas: Amaro era el correveidile de sus quejas. Se volvió muy liante, muy mentiroso.
A los once años ayudaba en misa y los sábados limpiaba la capilla. Era su día preferido; se cerraba por dentro, colocaba los santos sobre una mesa, bajo la luz, besándolos con ternuras devotas y placer goloso; y durante toda la mañana, muy atareado, canturreando el «Santísimo», limpiaba de bichos los vestidos de las Vírgenes y lavaba con yeso y gres las aureolas de los mártires.
Entretanto, crecía; y su aspecto seguía siendo el mismo, menudo y pálido; nunca reía a carcajadas, andaba siempre con las manos en los bolsillos. Estaba continuamente metido en las habitaciones de las criadas, curioseando en sus cajones; revolvía entre las faldas sucias, olía los algodones postizos. Era extremadamente perezoso y por las mañanas costaba arrancarlo de una somnolencia enfermiza que lo dejaba como derretido, todo envuelto entre las mantas y abrazado a la almohada. Ya andaba un poco encorvado y los criados le llamaban «el curita».
Un domingo de carnaval por la mañana, después de misa, cuando se dirigía a la terraza, la señora marquesa cayó muerta de repente por una apoplejía. Dejaba en su testamento un legado para que Amaro, el hijo de su criada Joana, entrase a los quince años en el seminario y se ordenase. El padre Liset quedaba encargado de llevar a cabo esta disposición piadosa. Amaro tenía entonces trece años.
Las hijas de la señora marquesa dejaron inmediatamente Carcavelos y se fueron a Lisboa, a casa de doña Bárbara de Noronha, su tía paterna. Amaro fue enviado a casa de su tío, en A Estrela. El tendero era un hombre obeso, casado con la hija de un funcionario pobre que lo había aceptado para poder salir del hogar paterno, donde la mesa era escasa; ella tenía que hacer las camas y nunca iba al teatro. Pero odiaba a su marido, sus manos velludas, la tienda, el barrio y su apellido de señora Gonçalves. El marido, en cambio, la adoraba como si fuese la alegría de su vida, su lujo; la cargaba de joyas y le llamaba «mi duquesa».
Amaro no encontró allí el elemento femenino y cariñoso que tan cálidamente lo arropaba en Carcavelos. Su tía casi no se fijaba en él; se pasaba los días leyendo novelas, las reseñas teatrales de los periódicos, vestida de seda, cubierta de polvos de arroz, peinada con tirabuzones, esperando la hora en que el Cardoso, galán de A Trindade, estirando los puños de la camisa, pasaba bajo su ventana. Entonces el tendero se apropió de Amaro como de una herramienta imprevista y lo puso en el mostrador. Lo obligaba a levantarse a las cinco de la mañana; y el muchacho temblaba en su chaqueta de paño azul, mojando deprisa el pan en la taza de café, sentado en una esquina de la mesa de la cocina. Lo detestaban; su tía le llamaba «el cebolla» y su tío «el burro». Les dolía hasta el raquítico pedazo de carne de vaca que le daban en la comida. Amaro adelgazaba, y lloraba cada noche.
Ya sabía que a los quince años debería entrar en el seminario. Su tío se lo recordaba todos los días:
—¡No creas que te vas a quedar aquí holgazaneando toda la vida, burro! En cuanto cumplas los quince años, al seminario. ¡No tengo obligación de cargar contigo! Yo no alimento animales que no rindan.
Y el muchacho ansiaba el seminario como una liberación.
Nadie le había preguntado nunca por sus tendencias o por su vocación. Le imponían una sobrepelliz; su naturaleza pasiva, fácilmente dominable, la aceptaba igual que aceptaría un uniforme. Por lo demás, no le desagradaba «ser cura». Desde su abandono de los rezos perpetuos de Carcavelos conservaba su miedo al infierno, pero había perdido el fervor por los santos; recordaba, no obstante, a los curas que había visto en casa de la señora marquesa, gentes blancas y bien tratadas que comían al lado de las señoras y tomaban rapé en cajas de oro; y le atraía esa profesión en la que se cantan bonitas misas, se comen dulces delicados, se habla en voz baja con las mujeres, viviendo entre ellas, cuchicheando, sintiendo su calor penetrante, y se reciben regalos en bandejas de plata. Recordaba al padre Liset con un anillo de rubí en el dedo meñique; a monseñor Savedra con sus bellos anteojos de oro, bebiendo a pequeños tragos su copa de madeira. Las hijas de la señora marquesa les bordaban pantuflas. Un día había visto a un obispo que había sido cura en Bahía, había viajado, había estado en Roma, era muy jovial; y en la sala, con sus manos ungidas y olorosas a agua de colonia apoyadas en la empuñadura de oro del bastón, completamente rodeado de señoras arrobadas y rebosantes de risa beata, cantaba para entretenerlas con su hermosa voz:
Mulatinha da Baía,
nascida no Capujá…
Un año antes de entrar en el seminario, su tío lo envió a un maestro para que perfeccionase el latín y lo dispensó de estar en el mostrador. Por primera vez en su existencia Amaro tuvo libertad. Iba solo a la escuela, paseaba por las calles. Vio la ciudad, los juegos de los niños, se asomó a las puertas de los cafés, leyó las carteleras de los teatros. Sobre todo, empezó a fijarse mucho en las mujeres y, viendo todo aquello, le sobrevenían grandes melancolías. Su hora triste era el anochecer, cuando volvía de la escuela, o los domingos después de haber ido a pasear con el tendero al Jardim da Estrela. Su habitación estaba arriba, en el desván, con una ventanita abierta sobre los tejados. Se asomaba allí a mirar y veía parte de la ciudad baja que poco a poco se iba llenando de puntos de luz de gas; le parecía percibir que llegaba de allí un rumor indefinido: era la vida que no conocía y que juzgaba maravillosa, los cafés abrasados de luz y las mujeres arrastrando sus frufrús de seda por los peristilos de los teatros; se perdía en imaginaciones difusas y, de pronto, en el fondo negro de la noche se le aparecían fragmentos de formas femeninas, una pierna con botines de sarga y una media muy blanca, o un brazo rollizo remangado hasta el hombro… Pero abajo, en la cocina, la criada empezaba a lavar la loza, cantando: era una mocita gorda, llena de pecas; y le entraban entonces ganas de bajar, de rozarse contra ella o de quedarse en un rincón viéndola escaldar los platos; se acordaba de otras mujeres que había visto en las calles de mala nota, con las faldas engomadas y ruidosas, paseando con el cabello suelto, con los botines sucios; y desde lo más hondo de su ser le subía un deseo inconcreto, como las ganas de abrazar a alguien, de no sentirse solo. Se juzgaba desdichado, pensaba en matarse. Pero su tío le gritaba desde abajo:
—¿Estás estudiando, badulaque?
Y poco después, inclinado sobre Tito Livio, cabeceando de sueño, sintiéndose un desgraciado, refregando una rodilla contra otra, torturaba el diccionario.
Por aquella época empezaba a sentir cierto desapego hacia la vida de cura «porque no podría casarse». Ya las compañías escolares habían introducido en su naturaleza femenil curiosidades, morbos. Fumaba cigarrillos a escondidas; adelgazaba y estaba más pálido.
Entró en el seminario. Los largos pasillos de piedra un poco húmedos, las luces tristes, las habitaciones estrechas y enrejadas, las sotanas negras, el silencio reglamentado, el sonido de las campanillas le causaron durante los primeros días una tristeza lúgubre, amedrentada. Pero pronto hizo amistades; gustó su cara bonita. Comenzaron a tutearlo, a admitirlo durante las horas de recreo o en los paseos del domingo, en las conversaciones en las que se contaban anécdotas de los profesores, se calumniaba al rector y se lamentaban perpetuamente las melancolías de la clausura. Porque casi todos hablaban con nostalgia de las existencias libres que habían dejado atrás: los de la aldea no podían olvidar las eras bañadas por el sol, las esfoyazas llenas de canciones y de abrazos, las yuntas de bueyes de regreso a casa mientras una niebla ligera ascendía desde los prados; los que venían de villas pequeñas echaban de menos las calles sinuosas y tranquilas en las que cortejaban a las vecinas, los alegres días de mercado, la gran aventura de hacer novillos. No les bastaba el enlosado patio de recreo, con sus árboles raquíticos, los altos muros somnolientos, el monótono juego de pelota: se ahogaban en la estrechez de los pasillos, en la sala de san Ignacio, donde se hacían las meditaciones de la mañana y se estudiaban de noche las lecciones; y todos envidiaban los destinos libres, aun los más humildes: el mulero que veían pasar por la carretera acariciando a sus machos, el boyero que cantaba al compás del áspero chirriar de las ruedas, y hasta los mendigos errantes, apoyados en su cayado, con sus alforjas oscuras.
Desde la ventana de un pasillo se veía un recodo de la carretera: hacia el crepúsculo solía pasar una diligencia levantando polvo, entre los estallidos del látigo, al trote de tres yeguas, cargada de maletas; pasajeros alegres, con las rodillas bien abrigadas, espiraban el humo de los cigarrillos; ¡cuántas miradas los seguían! ¡Cuántos deseos viajaban con ellos hacia los alegres pueblos y hacia las ciudades, a través de la frescura de las mañanas o bajo la claridad de las estrellas!
Y en el refectorio, ante el escaso caldo de hortalizas, cuando el director, con voz grave, comenzaba a leer monótonamente las cartas de algún misionero de la China o las pastorales del señor obispo, ¡qué añoranza de las comidas familiares, de los buenos trozos de pescado! ¡El tiempo de la matanza! ¡Los chicharrones calientes crepitando en el plato! ¡Las olorosas mollejas!
Amaro no dejaba atrás cosas queridas: venía de la brutalidad de su tío, del rostro hastiado de su tía cubierto de polvos de arroz; pero sin darse cuenta también empezó a tener nostalgia de sus paseos dominicales, de la luz de gas y de los regresos de la escuela con los libros atados por una correa, cuando se paraba ante los escaparates de las tiendas ¡para contemplar con la cara pegada al cristal la desnudez de los maniquíes!
No obstante, poco a poco, con su naturaleza amorfa, fue entrando como una oveja indolente en la disciplina del seminario. Forraba regularmente sus manuales; cumplía con prudente exactitud en los servicios eclesiásticos; y callado, encogido, inclinándose mucho ante los profesores, llegó a obtener buenas notas.
Nunca había podido comprender a los que parecían gozar dichosos del seminario y torturaban sus rodillas meditando cabizbajos los textos de la Imitación o de san Ignacio; en la capilla, con los ojos en blanco, palidecían de éxtasis; incluso el recreo o los paseos se los pasaban leyendo algún librito de Louvores a Maria; y cumplían encantados las más pequeñas normas, incluso la de subir sólo un escalón de cada vez, como recomienda san Buenaventura. A ésos el seminario les proporcionaba un gozo anticipado del cielo: a él sólo le ofrecía las humillaciones de una prisión y el tedio de una escuela.
Tampoco entendía a los ambiciosos: los que querían ser caudatarios de un obispo y, en las soberbias salas de los palacios episcopales, levantar los reposteros de damasco viejo; los que, una vez ordenados, deseaban vivir en las ciudades, servir en una iglesia aristocrática y cantar con voz sonora ante las damas ricas, apiñadas en un rumor de sedas sobre la alfombra del altar mayor. Otros incluso soñaban destinos fuera de la Iglesia: ambicionaban ser militares y arrastrar por las calles empedradas el tintineo de un sable; o la harta vida campesina y, desde el alba, con un sombrero de alas anchas y en una buena montura, trotar por los caminos, dar órdenes por las extensas eras abarrotadas de haces, apearse en las puertas de las tabernas. Y, a no ser algunos devotos, todos, aspirantes al sacerdocio o a destinos seculares, querían dejar la estrechez del seminario para comer bien, ganar dinero y conocer mujeres.
Amaro no deseaba nada.
—Yo no sé —decía melancólicamente.
Entretanto, escuchando por simpatía a aquellos para quienes el seminario era «una condena a galeras», salía muy perturbado de aquellas conversaciones llenas de impaciente ambición de vida libre. A veces hablaban de escaparse. Hacían planes, calculando la altura de las ventanas, las peripecias de la noche negra por los caminos: se imaginaban bebiendo en las barras de las tabernas, salas de billar, calientes alcobas femeninas. Amaro se ponía muy nervioso: durante la noche se revolvía insomne en su catre y, en el fondo de sus imaginaciones y sueños, ardía, como una brasa silenciosa, el deseo de mujer.
En su celda había una imagen de la Virgen coronada de estrellas, de pie sobre la esfera terrestre, la mirada errante en la luz inmortal, pisoteando a la serpiente. Amaro se volvía hacia ella como hacia un refugio, le rezaba la Salve; pero, al contemplar la litografía, olvidaba la santidad de la Virgen, sólo veía ante sí a una hermosa muchacha rubia; la amaba, suspiraba, al desnudarse la miraba de reojo lúbricamente; y su curiosidad hasta se atrevía a levantar los castos pliegues de la túnica azul de la imagen y suponer formas, redondeces, la carne blanca… Creía entonces ver los ojos del tentador brillando en la oscuridad del cuarto; rociaba la cama con agua bendita; pero los domingos en el confesionario no se atrevía a revelar estos delirios.
¡Cuántas veces en los sermones había oído al profesor de moral, con su voz robusta, hablar del pecado, compararlo con la serpiente y, con palabras untuosas y gestos retorcidos, dejando caer lentamente la pompa meliflua de sus frases, aconsejar a los seminaristas que, imitando a la Virgen, pisoteasen a la serpiente ominosa! Y después era el profesor de teología mística el que, aspirando su rapé, hablaba del deber de «¡vencer a la naturaleza!». Y citando a san Juan de Damasco y a san Crisólogo, a san Cipriano y a san Jerónimo, explicaba los anatemas de los santos contra la mujer, a quien llamaba, conforme a las expresiones de la Iglesia, serpiente, dardo, hija de la mentira, puerta del infierno, cabeza de pecado, escorpión…
—Y como dice nuestro padre san Jerónimo —y se sonaba estruendosamente—, ¡camino de iniquidades, iniquitas via!
¡Hasta en los manuales encontraba la obsesión por la mujer! ¿Qué criatura era aquella que, a lo largo y a lo ancho de la teología, era unas veces elevada al altar como reina de la gracia, y otras veces maldecida con apóstrofes bárbaros? ¿Qué poder era el suyo que la legión de los santos ora se arracima junto a ella, en extática pasión, otorgándole por aclamación el gran reino de los cielos, ora huye ante su presencia como del enemigo universal, entre sollozos de terror y gritos de odio y, escondiéndose en las tebaidas y en los claustros para no verla, muere allí del mal de haberla amado? Sentía, sin definirlas, estas perturbaciones que renacían y lo desmoralizaban continuamente; y ya antes de haber hecho sus votos, desfallecía con el deseo de quebrantarlos.
Y a su alrededor notaba las mismas rebeliones de la naturaleza: los estudios, los ayunos, las penitencias podían domar el cuerpo, producir en él hábitos maquinales, pero por dentro se movían silenciosamente los deseos, como serpientes tranquilas en su nido. Los que más sufrían eran los sanguíneos, tan dolorosamente constreñidos por la regla como sus gruesas muñecas plebeyas por los puños de la camisa. Así, cuando estaban solos, el temperamento irrumpía: se peleaban, medían sus fuerzas, provocaban tumultos. En los linfáticos la naturaleza reprimida producía grandes melancolías, silencios indolentes: se vengaban entonces en el amor por los pequeños vicios: jugar con una vieja baraja, leer una novela, conseguir un paquete de cigarrillos tras demoradas intrigas… ¡Son tantos los encantos del pecado!
Amaro casi envidiaba a los estudiosos: al menos ellos estaban contentos, estudiaban sin descanso, garabateaban notas en el silencio de la espaciosa biblioteca, eran respetados, usaban gafas, tomaban rapé. Él mismo tenía a veces ambiciones súbitas de ciencia; pero ante los vastos infolios le sobrevenía un tedio insuperable. Era, no obstante, devoto: rezaba, tenía una fe ilimitada en ciertos santos, un angustioso temor de Dios. ¡Pero odiaba la clausura del seminario! La capilla, los sauces llorones del patio, las comidas monótonas en el enorme refectorio enlosado, los olores de los pasillos, todo aquello le causaba una tristeza irritada: le parecía que sería bueno, puro, creyente, si estuviese en la libertad de una calle o en la paz de una casa de campo, fuera de aquellas negras paredes. Adelgazaba, sufría continuos sudores; y el último año, después de los pesados servicios de Semana Santa, cuando empezaban los calores, ingresó en la enfermería con una fiebre nerviosa.
Finalmente se ordenó por las témporas de san Mateo; y poco tiempo después recibió, todavía en el seminario, esta carta del señor padre Liset:
Mi querido hijo y nuevo colega:
Ahora que se ha ordenado creo en conciencia que debo darle cuenta del estado de sus asuntos, pues quiero cumplir hasta el final el mandato con que cargó mis débiles hombros nuestra llorada marquesa, concediéndome el honor de administrar el legado que le dejó. Porque, aunque los bienes mundanos poco deban importar a un alma consagrada al sacerdocio, son siempre las buenas cuentas las que hacen los buenos amigos. Sabrá pues, querido hijo, que el legado de la querida marquesa —hacia quien debe guardar en su alma gratitud eterna— está completamente exhausto. Aprovecho esta ocasión para decirle que después de la muerte de su tío, su tía, una vez liquidado el negocio, se adentró en un camino que el respeto me impide calificar: cayó bajo el imperio de las pasiones, se unió ilegítimamente, vio sus bienes perdidos a la par que su pureza y hoy regenta una casa de huéspedes en la Rua dos Calafates número 53. Si toco estas impurezas, cuyo conocimiento resulta tan impropio para un joven sacerdote, es porque quiero darle cabal noticia de su respetable familia. Su hermana, como sin duda ya sabe, hizo una boda rica en Coimbra, y aunque en el matrimonio no es el oro lo que debemos apreciar, es sin embargo importante para futuras circunstancias que usted, querido hijo, esté al corriente de este hecho. Sobre lo que me escribió nuestro querido rector respecto a enviarlo a usted a la parroquia de Feirão, en A Gralheira, voy a hablar con algunas personas importantes que tienen la enorme bondad de atender a un pobre sacerdote que sólo pide a Dios misericordia. Con todo, espero conseguirlo. Persevere, querido hijo mío, en los caminos de la verdad, de la que me consta que su buena alma está repleta, y piense que en este santo ministerio nuestro se encuentra la felicidad cuando llegamos a comprender cuántos son los bálsamos que extiende sobre el pecho y cuántos los consuelos que produce el servicio a Dios. Adiós, querido hijo y nuevo colega. Sepa que mis pensamientos estarán siempre con el pupilo de nuestra llorada marquesa, quien, con toda seguridad, desde el cielo al que la elevaron sus virtudes, suplica a la Virgen a la que tanto sirvió y amó la felicidad de su amado pupilo.
Liset
P.S. El apellido del marido de su hermana es Trigoso. Liset.
Dos meses después Amaro fue nombrado párroco de Feirão, en A Gralheira, sierra de la Beira Alta. Estuvo allí desde octubre hasta el final de las nieves.
Feirão es una parroquia pobre de pastores y casi deshabitada en esa estación. Amaro pasó el tiempo muy ocioso, rumiando su aburrimiento junto al fuego, oyendo al invierno bramar fuera, en la sierra. Por primavera quedaron vacantes en los distritos de Santarem y de Leiria parroquias populosas, con buenas congruas. Entonces Amaro le escribió a su hermana hablándole de su pobreza en Feirão; ella le envió, aconsejándole economía, doce monedas para que fuese a Lisboa a solicitar destino. Amaro partió inmediatamente. Los aires limpios y vivos de la sierra habían fortalecido su sangre; volvía robusto, recio, simpático, con buen color en la piel trigueña.
Cuando llegó a Lisboa se dirigió a la Rua dos Calafates número 53, a casa de su tía: la encontró vieja, con una peluca enorme llena de lazos rojos, completamente cubierta de polvo de arroz. Se había hecho devota y abrió a Amaro sus delgados brazos con alegría piadosa.
—¡Cómo estás, bonito! ¡Quién te ha visto y quién te ve! ¡Ay, Jesús! ¡Qué cambio!
Admiraba su sotana, su tonsura; y contándole sus desgracias, entre exclamaciones sobre la salvación de su alma y la carestía de la vida, fue conduciéndolo hasta el tercer piso, a una habitación que daba al patio de luces.
—Aquí estarás como un abad —le dijo—. ¡Y baratito!… ¡Ay! Ya me gustaría tenerte gratis, pero… ¡He sido muy desgraciada, Joãozinho!.. ¡Ay, perdona! ¡Amaro! Estoy siempre con ese Joãozinho en la cabeza…
Al día siguiente Amaro buscó al padre Liset en San Luis. Se había ido a Francia. Se acordó entonces de la hija pequeña de la señora marquesa de Alegros, doña Joana, que estaba casada con el conde de Ribamar, consejero de Estado, influyente, regenerador fiel desde el 51 y dos veces ministro del reino.
Y aconsejado por su tía, después de haber tramitado su solicitud, se fue una mañana a casa de la señora condesa de Ribamar, en Buenos Aires. Un cupé esperaba a la puerta.
—La señora condesa va a salir —le dijo un criado de corbata blanca y chaqueta de alpaca, amparado en la sombra del vestíbulo, con un cigarro en la boca.
En ese momento una señora vestida de blanco asomaba por una puerta de batientes forrada de bayeta verde, sobre un escalón de piedra, al fondo del patio empedrado. Era alta, delgada, rubia, con pequeños rizos sobre la frente, gafas de oro sobre una nariz comprimida y aguda y en el mentón un pequeño atisbo de pelos blancos.
—¿Ya no me conoce, señora condesa? —dijo Amaro con el sombrero en la mano, avanzando inclinado—. Soy Amaro.
—¿Amaro? —dijo ella, como si le extrañase el nombre—. ¡Ah, Jesús, pero mira quién es! ¡Si está hecho un hombre! ¡Quién lo diría!
Amaro sonreía.
—¡Cómo iba yo a esperar que!… —continuó ella, admirada—. ¿Y ahora está en Lisboa?
Amaro le habló de su destino en Feirão, de la pobreza de la parroquia…
—Así que he venido a pedir otro destino, señora condesa.
Ella lo escuchaba con las manos apoyadas en un largo quitasol de seda clara y Amaro sentía que venía de ella un perfume de polvo de arroz y una frescura de algodones.
—Pues no se preocupe —dijo ella—, quede tranquilo. Mi marido se ocupará de su caso. Yo me encargo de eso. Ande, venga por aquí. —Y con un dedo sobre los labios—: Espere, mañana me voy a Sintra. El domingo no. Lo mejor es dentro de quince días. De aquí a quince días por la mañana, seguro. —Y riendo con sus grandes dientes frescos—: Me parece que lo estoy viendo, traduciendo a Chateaubriand con mi hermana Luisa. ¡Cómo pasa el tiempo!
—¿Está bien su señora hermana? —preguntó Amaro.
—Sí, bien. Está en una quinta en Santarém.
Le ofreció su mano enguantada en peau de suède con un apretón decidido que hizo tintinear sus pulseras de oro y entró en el cupé, delgada y ligera, con un movimiento que resaltó la blancura de sus faldas.
Amaro inició entonces su espera. Era en julio, en plena canícula. Por la mañana decía misa en São Domingos y el resto del día, en zapatillas y chaqueta de punto, arrastraba su ociosidad por la casa adelante. A veces iba al comedor a charlar con su tía; las ventanas estaban cerradas, en la penumbra susurraban las moscas su monótono zumbido; su tía, en un rincón del viejo canapé de mimbre, hacía croché con los anteojos encabalgados en la punta de la nariz; Amaro, bostezando, hojeaba un viejo número de Panorama.
Al anochecer salía a dar un par de vueltas por O Rossio. Se ahogaba en el aire pesado e inmóvil. Por todas partes se pregonaba monótonamente: «¡Agua fresca!». En los bancos, bajo los árboles, dormitaban vagabundos con las ropas remendadas; alrededor de la plaza rodaban sin cesar, lentamente, coches de alquiler vacíos; resplandecían las luces de los cafés; y las multitudes en calma, sin rumbo, bostezando, paseaban su pereza por las aceras.
Después Amaro volvía a casa y, en su habitación, con la ventana abierta al calor de la noche, tumbado sobre la cama, en mangas de camisa, descalzo, fumaba cigarros, rumiaba sus esperanzas. Lo asaltaba la alegría al recordar, a cada instante, las palabras de la condesa: «Quede tranquilo. Mi marido se ocupará de su caso». Y ya se veía párroco en un bonito pueblo, en una casa con una huerta llena de coles y de lechugas frescas, tranquilo e importante, recibiendo fuentes de dulces de las devotas ricas.
En aquella época vivía en un estado de ánimo muy sosegado. Los furores que en el seminario le causaba la continencia se habían calmado con los favores obtenidos en Feirão de una gorda pastora, cuya imagen tocando a misa los domingos, colgada de la cuerda de la campana, girando en sus faldas de lana marrón y con la cara enrojecida, a punto de reventar, gustaba mucho a Amaro. Ahora, sereno, tributaba puntualmente al cielo las oraciones que ordena el ritual, tenía la carne contenta y callada y buscaba establecerse satisfactoriamente.
Transcurridos quince días fue a casa de la señora condesa.
—No está —le dijo un palafrenero.
Volvió al día siguiente, ya inquieto. Los batientes verdes estaban abiertos; y Amaro subió despacio, pisando con timidez la gran alfombra roja sujeta con varillas metálicas. Desde la alta claraboya descendía una luz suave; al final de la escalera, en el rellano, sentado en una banqueta de tafilete escarlata, un criado apoyado en la pared blanca y pulida, con la cabeza colgando y el labio caído, dormía. Hacía mucho calor; aquel solemne silencio aristocrático amedrentaba a Amaro; estuvo un momento dudando, con su quitasol pendiente del dedo meñique; tosió levemente para despertar al criado, que le parecía terrible con sus hermosas patillas negras, su magnífico collar de oro; ya iba a bajar cuando oyó tras un repostero una estentórea risa masculina. Sacudió con el pañuelo el polvo blanquecino de los zapatos, se estiró los puños y entró muy colorado en una amplia sala forrada de damasco amarillo; a través de los ventanales abiertos entraba una gran luz y se veían arboledas de jardín. En el centro de la sala tres hombres conversaban de pie. Amaro avanzó, balbució:
—No sé si molesto…
Un hombre alto, de bigote cano y anteojos de oro se volvió sorprendido, con el cigarro a un lado de la boca y las manos en los bolsillos. Era el señor conde.
—Soy Amaro…
—¡Ah! —dijo el conde—. ¡El señor padre Amaro! ¡Lo conozco muy bien! Tenga la bondad… Mi mujer me ha puesto al tanto. Tenga la bondad… —Y dirigiéndose a un hombre bajo y rechoncho, casi calvo, con pantalones blancos muy cortos—: Es la persona de la que le he hablado. —Se volvió hacia Amaro—: Es el señor ministro.
Amaro se inclinó servilmente.
—El señor padre Amaro —dijo el conde de Ribamar— se crió de pequeño en casa de mi suegra. Nació allí, creo…
—Sí, señor conde —dijo Amaro, que se mantenía alejado, con el quitasol en la mano.
—Mi suegra, que era muy religiosa y una auténtica dama, ¡de eso ya no hay ahora!, lo hizo cura. Hubo hasta una herencia, creo… En fin, aquí lo tenemos, párroco… ¿Dónde, señor padre Amaro?
—Feirão, Excelencia.
—¿Feirão? —dijo el ministro, extrañando aquel nombre.
—En la sierra de A Gralheira —informó con prontitud el individuo que tenía a su lado.
Era un hombre delgado, embutido en un abrigo azul, de piel muy blanca, con soberbias patillas negras y un admirable y lustroso cabello engomado que le descendía hasta la nuca separado por una perfecta raya.
—En fin —resumió el conde—, ¡un horror! En la montaña, en una parroquia pobre, sin distracciones, con un clima terrible…
—Yo ya he hecho la solicitud, Excelencia —apuntó Amaro tímidamente.
—Bien, bien —afirmó el ministro—. Se arreglará.
Y mordisqueaba su cigarro.
—Es de justicia —dijo el conde—. Más aún, ¡es una necesidad! Los hombres jóvenes y activos tienen que estar en las parroquias difíciles, en las ciudades… ¡Está claro! Pero no, fíjese, allá en Alcobaça, al lado de mi quinta, está un viejo, un gotoso, un cura antiguo, ¡un imbécil! Así se pierde la fe.
—Es verdad —dijo el ministro—, pero esas colocaciones en las buenas parroquias deben ser, naturalmente, recompensas a los buenos servicios. Es necesario el estímulo…
—Perfectamente —replicó el conde—; pero servicios religiosos, servicios a la Iglesia, no servicios a los gobiernos.
El hombre de las soberbias patillas negras hizo un gesto de objeción.
—¿No cree? —le preguntó el conde.
—Respeto mucho la opinión de Su Excelencia, pero si me lo permite… Sí, a mi modo de ver los párrocos en la ciudad nos son de gran utilidad en los trances electorales. ¡De gran utilidad!
—Pues sí. Pero…
—Fíjese, Excelencia —continuó, ávido de palabra—. Fíjese usted en Tomar. ¿Por qué perdimos? Por la actitud del párroco. Nada más.
El conde intervino:
—Disculpe, pero no debe ser así; la religión, el clero no son agentes electorales.
—Perdón… —quería interrumpir el otro.
El conde lo detuvo con un gesto firme; y grave, pausadamente, con palabras rebosantes de la autoridad de un vasto entendimiento:
—La religión —dijo— puede, debe incluso ayudar a la estabilidad de los gobiernos, actuando, por decirlo así, como freno…
—Eso, eso —murmuró arrastradamente el ministro, escupiendo briznas de tabaco masticado.
—Pero descender a las intrigas —continuó el conde despacio—, a los embrollos… Perdóneme, mi querido amigo, pero eso no es cristiano.
—Pues yo lo soy, señor conde —exclamó el hombre de las patillas soberbias—. ¡Cristiano a machamartillo! Pero también soy liberal. Y entiendo que el gobierno representativo… Sí, digo yo… con las garantías más sólidas…
—Mire —interrumpió el conde—, ¿sabe adónde conduce eso? Al desprestigio del clero y al desprestigio de la política.
—Pero ¿son o no son las mayorías un principio sagrado? —gritaba, enrojecido, el de las patillas, recalcando el adjetivo.
—Son un principio respetable.
—¡Vaya, vaya, Excelencia! ¡Vaya!
El padre Amaro escuchaba, inmóvil.
—Mi mujer debe de querer verlo —le dijo entonces el conde. Y yendo hacia un repostero que levantó:
—Entre. ¡Es el señor padre Amaro, Joana!
Era una sala forrada de papel blanco satinado, con muebles tapizados en cachemira clara. En los huecos de las ventanas, entre los amplios pliegues de las cortinas de claro paño adamascado, recogidas casi a ras del suelo por cintas de seda, el follaje fino de unas plantas delgadas, sin flor, surgía de unos jarrones blancos. Una penumbra fresca daba a todas aquellas blancuras un tono delicado de nube. Sobre el respaldo de una silla, un encumbrado papagayo, apoyado en una sola pata negra, rascaba parsimoniosamente, con movimientos ganchudos, su cabeza verde. Amaro, aturullado, se inclinó hacia una esquina del sofá donde vio los cabellos rubios y ondulados de la señora condesa, que le cubrían vaporosamente la frente, y los relucientes aros de oro de sus anteojos. Un muchacho gordo, de rostro rechoncho, sentado frente a ella en una silla baja, con los codos sobre las rodillas abiertas, se ocupaba en balancear, como si fuese un péndulo, un pincenez de tortuga. La condesa tenía en el regazo una perrita y con su mano seca y fina, llena de venas, le colocaba y le recolocaba el pelo, blanco como algodón.
—¿Cómo está, señor Amaro? —La perra gruñó—. Quieta, Jóia. ¿Sabe que ya he hablado de su asunto? Quieta, Jóia… El ministro está ahí.
—Sí, señora —dijo Amaro, de pie.
—Siéntese aquí, señor padre Amaro.
Amaro se sentó en el borde de un fauteuil, con su quitasol en la mano, y reparó entonces en una señora alta que estaba de pie junto al piano hablando con un joven rubio.
—¿Qué ha hecho estos días, señor Amaro? —dijo la condesa—. Dígame una cosa, ¿y su hermana?
—Está en Coimbra. Se casó.
—¡Ah! ¡Se casó! —dijo la condesa, haciendo girar sus anillos.
Hubo un silencio. Amaro, con los ojos bajos, pasaba con gesto confuso y vacilante los dedos por los labios.
—¿El señor padre Liset está fuera? —preguntó.
—Está en Nantes. Tiene una hermana que está muriéndose —dijo la condesa—. Está igual que siempre: muy amable, muy dulce. ¡Es un alma tan virtuosa!…
—Yo prefiero al padre Félix —dijo el muchacho gordo, estirando las piernas.
—¡No diga eso, primo! ¡Jesús, clama al cielo! ¡El padre Liset, tan venerable!… Y además tiene otra manera de decir las cosas, con esa bondad… Se ve que es un corazón delicado.
—Pues sí, pero el padre Félix…
—¡Ay, no diga eso! Es cierto que el padre Félix es una persona muy virtuosa, pero el padre Liset tiene una religión más… —y con un gesto delicado buscaba la palabra—, más fina, más distinguida… En fin, se trata con otra gente y sonriendo hacia Amaro—: ¿No cree?
Amaro no conocía al padre Félix, no se acordaba del padre Liset.
—Ya es mayor el señor padre Liset —observó al azar.
—¿Usted cree? —dijo la condesa—. ¡Pero qué bien conservado! ¡Y qué vivacidad, qué entusiasmo!… ¡Ay, es otra cosa! —Y volviéndose hacia la señora que estaba junto al piano—: ¿No crees, Teresa?
—Ya voy —respondió Teresa, completamente metida en sus pensamientos.
Amaro se fijó entonces en ella. Le pareció una reina, o una diosa, con su alta y fuerte complexión. Un magnífico perfil de hombros y senos; los cabellos negros un poco ondulados destacaban sobre la palidez del rostro aquilino, semejante al perfil dominador de María Antonieta; su vestido oscuro, de mangas cortas y escote cuadrado, rompía, junto a los pliegues de la cola, muy larga, totalmente adornada por encajes negros, el tono monótono y albo de la sala; el cuello, los brazos estaban cubiertos por una gasa negra que transparentaba la blancura de la carne; y se percibía en sus formas la firmeza de los mármoles antiguos y el calor de una sangre sana.
Hablaba en voz baja, sonriendo, en una lengua áspera que Amaro no comprendía, cerrando y abriendo su abanico negro… y el muchacho rubio, guapo, la escuchaba retorciéndose la punta de un bigote fino, con un cuadrado de cristal embuchado en el ojo.
—¿Había mucha devoción en su parroquia, señor Amaro? —preguntaba entretanto la condesa.
—Mucha, gente muy buena.
—Es en las aldeas donde se encuentra aún alguna fe —consideró ella en tono piadoso. Se quejó de la obligación de vivir en la ciudad, en el cautiverio del lujo: ¡le gustaría estar siempre en su quinta de Carcavelos, rezar en la pequeña y vieja capilla, conversar con las buenas almas de la aldea! Y su voz se ponía tierna.
El muchacho rechoncho se reía:
—¡Pero, prima! —decía—, ¡pero prima!
No, lo que era a él, si lo obligasen a oír misa en una capillita de aldea… ¡hasta creía que perdería la fe! No entendía, por ejemplo, la religión sin música… ¿¡Era posible una celebración religiosa sin una buena voz de contralto!?
—Siempre es más bonito —dijo Amaro.
—Está claro que sí. ¡Es otra cosa! ¡Tiene cachet! ¿Te acuerdas, prima, de aquel tenor?… ¿Cómo se llamaba? ¡Vidalti! ¿Te acuerdas de Vidalti, el Jueves Santo en Os Inglesinhos? ¿El Tantum Ergo?
—Me gustaba más en el Baile de Máscaras —dijo la condesa.
—¡Ni idea, prima, no tengo ni idea!
Mientras tanto, el muchacho rubio se había acercado a estrechar la mano a la señora condesa, hablándole en voz baja, muy risueño; Amaro admiraba la nobleza de su complexión, la dulzura de su mirada azul; reparó en que le había caído un guante y se lo recogió servilmente. Cuando salió, Teresa, después de haberse aproximado despacio a la ventana y tras mirar la calle, fue a sentarse en una causeuse con un abandono que ponía de relieve la magnífica escultura de su cuerpo. Y volviéndose perezosamente hacia el muchacho rechoncho:
—¿Nos vamos, João?
Entonces la condesa le dijo:
—¿Sabes que el señor padre Amaro se crió conmigo en Benfica?
Amaro enrojeció: sentía que Teresa ponía sobre él sus bellos ojos, de un negro húmedo como el satén oscuro cubierto de agua.
—¿Está en la provincia ahora? —preguntó ella, bostezando un poco.
—Sí, señora, he llegado hace unos días.
—¿En la aldea? —continuó ella, abriendo y cerrando indolentemente su abanico.
Amaro veía las piedras preciosas que resplandecían en sus dedos delgados; acariciando la punta del quitasol, dijo:
—En la sierra, señora.
—Imagínate —intervino la condesa—, ¡es horrible! Nieva siempre, dice que la iglesia no tiene tejado, son todos pastores. ¡Una desgracia! He hablado con el ministro a ver si lo trasladamos. Pídele tú también…
—¿Qué? —dijo Teresa.
La condesa le contó que Amaro había solicitado una parroquia mejor. Mencionó a su madre, el cariño que le tenía a Amaro.
—Se moría por él… Le llamaba de una manera… ¿No recuerda?
—No sé, señora.
—¡Fray Maleitas!… ¡Tiene gracia! Como el señor Amaro andaba tan paliducho, siempre metido en la capilla…
Pero Teresa, dirigiéndose a la condesa:
—¿Sabes a quién se parece este señor?
La condesa se fijó en él, el muchacho rechoncho se colocó el monóculo.
—¿No se parece a aquel pianista del año pasado? —continuó Teresa—. No recuerdo ahora el nombre…
—Ya sé, Jalette —dijo la condesa—. Bastante. En el pelo no.
—¡Claro, el otro no tenía tonsura!
Amaro se puso colorado. Teresa se levantó arrastrando su soberbia cola, se sentó al piano.
—¿Sabe música? —preguntó, volviéndose hacia Amaro.
—La enseñan en el seminario, señora.
Ella en un momento recorrió con la mano el teclado de sonoridades profundas y tocó la frase del Rigoletto parecida al Minueto de Mozart, lo que dice Francisco I al despedirse de la señora de Crezy en la fiesta del primer acto, cuyo ritmo desolado tiene la lánguida tristeza de amores que se acaban y de brazos que se desenlazan en despedidas supremas.
Amaro estaba embelesado. Aquella sala magnífica, con sus blancuras de nube, el piano apasionado, el cuello de Teresa, que veía bajo la negra transparencia de la gasa, sus trenzas de diosa, las serenas arboledas del jardín señorial, le sugerían vagamente la idea de una existencia superior, de novela, transcurrida sobre alfombras preciosas, en cupés acolchados, con arias de ópera, melancolías de buen gusto y amores de placer extraño. Hundido en la blandura de la causeuse, escuchando el llanto aristocrático de la música, recordaba el comedor de su tía y su olor a sofrito: y era como el mendigo que prueba una crema fina y, sorprendido, demora su placer pensando que va a volver a la dureza de los mendrugos resecos y al polvo de los caminos.
Mientras, Teresa, cambiando bruscamente de melodía, cantó la antigua aria inglesa de Haydn que tan sutilmente habla de las melancolías de la separación:
The village seems dead and asleep
when Lubin is away!…
—¡Bravo, bravo! —exclamó el ministro de Justicia apareciendo por la puerta, aplaudiendo con suavidad—. ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Delicioso!
—Tengo que pedirle una cosa, señor Correia —dijo Teresa, levantándose.
El ministro acudió con prontitud galante.
—¿Qué es, señora? ¿Qué es?
El conde y el individuo de las patillas magníficas entraban, todavía discutiendo.
—Joana y yo tenemos que pedirle una cosa —dijo Teresa.
—¡Yo ya se lo he pedido! ¡Dos veces! —intervino la condesa.
—Pero, señoras —dijo el ministro, sentándose confortablemente, con las piernas muy estiradas, el rostro satisfecho—: ¿De qué se trata? ¿Es algo importante? ¡Dios mío! Prometo, prometo solemnemente…
—Bien —dijo Teresa dándole un golpecito en el brazo con el abanico—. Entonces, ¿cuál es la mejor parroquia vacante?
—¡Ah! —dijo el ministro, comprendiendo y mirando a Amaro, que hundió la cabeza entre los hombros, ruborizado.
El hombre de las patillas, que estaba de pie haciendo saltar con circunspección la tapa de su reloj, se adelantó, muy informado.
—De las vacantes, señora, Leiria, capital de distrito y sede episcopal.
—¿Leiria? —dijo Teresa—. Ya sé, ¿es donde hay unas ruinas?
—Un castillo, señora, edificado por Dom Dinis.
—¡Leiria es excelente!
—¡Pero perdón, perdón! —dijo el ministro—. Leiria, sede del obispado, una ciudad… El señor padre Amaro es un eclesiástico joven…
—¡Vaya, señor Correia! —exclamó Teresa—. ¿Y usted no es joven?
El ministro sonrió, inclinándose.
—Di tú algo —le dijo la condesa a su marido, que rascaba con ternura la cabeza del papagayo.
—Me parece inútil, ¡el pobre Correia está vencido! ¡La prima Teresa le ha dicho que es joven!
—Pero perdonen —protestó el ministro—. No creo que sea un halago fuera de lugar; tampoco soy tan viejo…
—¡Oh, infeliz! —gritó el conde—. ¡Acuérdate de que ya conspirabas en mil ochocientos veinte!
—¡Era mi padre, calumniador, era mi padre!
Todos rieron.
—Señor Correia —dijo Teresa—, está decidido. ¡El señor padre Amaro se va a Leiria!
—Bueno, bueno, me rindo —dijo el ministro con un gesto resignado—. ¡Pero es una imposición!
—Thank you —dijo Teresa, ofreciéndole su mano.
—Pero, señora, estoy sorprendido —dijo el ministro, mirándola fijamente.
—Hoy estoy contenta —dijo ella.
Miró un momento hacia el suelo, distraída, dando pataditas a su vestido de seda, se levantó, se sentó al piano bruscamente y recomenzó la dulce aria inglesa:
The village seems dead and asleep
when Lubin is away!…
Mientras tanto, el conde se había aproximado a Amaro, que se puso en pie.
—Está hecho —le dijo—. Correia se entiende bien con el obispo. En una semana está nombrado. Puede irse tranquilo.
Amaro hizo una cortesía y, servil, fue a decirle al ministro, que estaba junto al piano:
—Señor ministro, le agradezco…
—A la señora condesa, a la señora condesa —dijo el ministro, sonriente.
—Señora, le agradezco… —fue a decirle a la condesa, todo inclinado.
—¡Ay, agradézcaselo a Teresa! Parece que quiere ganar indulgencias.
—Señora… —fue a decirle a Teresa.
—Recuérdeme en sus oraciones, señor padre Amaro —dijo ella.
Y continuó con su voz quejumbrosa, cantando al piano ¡las tristezas de la aldea cuando Lubin está ausente!
A la semana siguiente Amaro recibió su nombramiento. Pero no había olvidado aquella mañana en casa de la señora condesa de Ribamar: el ministro con sus pantalones muy cortos, hundido en el sillón, prometiéndole su nombramiento; la luz clara y serena del jardín entrevisto; el muchacho alto y rubio que decía yes… Le volvía continuamente al cerebro aquella aria triste del Rigoletto; ¡y lo perseguía la blancura de los brazos de Teresa bajo la gasa negra! Los veía inconscientemente enlazarse despacio en torno al cuello airoso del muchacho rubio. Entonces lo detestaba a él y a la lengua bárbara que hablaba y a la tierra herética de donde venía: y le latía la sangre en las sienes ante la idea de que un día podría confesar a aquella mujer divina y sentir el roce de su vestido de seda negra contra su sotana de alpaca vieja, en la oscura intimidad del confesionario.
Un día, al amanecer, tras unos grandes abrazos de su tía, partió hacia Santa Apolónia con un gallego que le llevaba el baúl. Amanecía. La ciudad estaba silenciosa, se iban apagando las farolas. De vez en cuando pasaba algún carro que hacía vibrar la calzada; las calles le parecían interminables; empezaban a llegar campesinos montados en sus burros, con las piernas oscilantes cubiertas por altas botas embarradas; en una y otra calle voces agudas anunciaban ya los periódicos; y los mozos de los teatros corrían con el caldero de engrudo, pegando los carteles por las esquinas.
Cuando llegó a Santa Apolónia la claridad del sol anaranjaba el aire tras los montes de Outra Banda; el río se extendía, inmóvil, surcado por franjas sin brillo del color del acero; y ya navegaba alguna vela de falúa, lenta y blanca.