Soñó con Sanctuary. La gran casa, que resplandecía muy blanca a la luz de la luna, se alzaba sobre las dunas del este y los pantanos del oeste tan majestuosa como una soberana sentada en su trono. Erigida cien años atrás cerca de las oscuras sombras del bosque de robles, donde el río se deslizaba en un turbio silencio, era un enorme tributo a la vanidad del hombre.
Al abrigo de los árboles parpadeaban los destellos dorados de las luciérnagas, mientras las criaturas de la noche se agitaban preparándose para cazar o ser cazadas. Los seres salvajes moraban en las sombras.
No había luces en las altas y estrechas ventanas de Sanctuary, y tampoco en sus graciosos porches ni en sus puertas imponentes. La noche era oscura y su aliento contenía la humedad del mar. Los únicos sonidos que interrumpían el silencio eran el silbido del viento al atravesar el ramaje de los robles y los secos golpecitos, como de dedos huesudos, de las hojas de las palmeras. Las blancas columnas se erguían como soldados que custodiaban la blanca galería. Nadie abrió la puerta de entrada para darle la bienvenida.
A medida que se aproximaba oía el crujido cada vez más fuerte de la arena y las caracolas que cubrían el sendero. Las cadenas de la hamaca del porche crujían, pero nadie se recostaba sobre ella para contemplar la luna.
El perfume de los jazmines y las rosas se mezclaba con el aroma salobre del mar. Se oía el ruido del agua al deslizarse sobre la arena.
El ritmo de las mareas, su pulso uniforme y paciente, recordaba a todos los habitantes de la isla de Lost Desire que, cuando se le antojara, el mar podía reclamar la tierra y todo cuanto se alzaba sobre ella.
Aun así se alegró al oírlo, la música del hogar y de la infancia. Tiempo atrás había corrido por ese bosque tan libre como un ciervo, explorado los pantanos y paseado por las playas con la indiferencia de los jóvenes.
Después de tantos años, regresaba a su hogar.
Apretó el paso, subió presurosa por los escalones y cruzó la galería hasta posar la mano en el gran tirador de bronce, que brillaba como un tesoro.
La puerta estaba cerrada con llave.
Accionó el picaporte y empujó la pesada superficie de caoba. ¡Dejadme entrar!, exclamó para sus adentros mientras el corazón le latía deprisa. He vuelto a casa.
La puerta no se abrió. Cuando acercó el rostro al vidrio de una de las altas ventanas que la flanqueaban, sólo vio oscuridad en el interior.
Y tuvo miedo.
Echó a correr para rodear la mansión y cruzó la terraza con macetas llenas de flores de brillantes colores. El tintineo del viento se trocó en un sonido duro y discordante, el golpeteo de las hojas de las palmeras se le antojó un silbido de advertencia. Intentó abrir otra puerta y comenzó a sollozar mientras la golpeaba con los puños.
¡Por favor! ¡Por favor no me dejéis fuera! ¡Quiero volver a casa!
Aún lloraba cuando recorrió el sendero del jardín. Entraría por la puerta del porche posterior. Nunca estaba cerrada, pues su madre solía afirmar que las cocinas siempre debían estar abiertas para recibir a las visitas.
Sin embargo no conseguía encontrarla. Los árboles se alzaban robustos y frondosos, las ramas y el musgo le cortaban el paso.
Se había perdido y, en su confusión, tropezaba con las raíces y se esforzaba por escrutar las tinieblas. El viento crecía en intensidad, aullaba y la azotaba como si quisiera castigarla. Las hojas de las palmeras semejaban espadas. Se volvió y descubrió que donde antes estaba el sendero ahora discurría el río, que la separaba de Sanctuary. La hierba alta de sus orillas se mecía con frenesí.
De pronto se vio de pie, sola y sollozante en la ribera opuesta.
Fue entonces cuando supo que estaba muerta.
Jo luchó por escapar de la pesadilla, cuyos afilados bordes le arañaban la piel mientras pugnaba por salir de ese túnel. Le ardían los pulmones y tenía la cara empapada de sudor y lágrimas. Tendió una mano temblorosa y a tientas buscó la lámpara de mesita de noche. En su desesperación por huir de la oscuridad, dejó caer un libro y un cenicero repleto de colillas.
Cuando por fin encendió la luz, alzó las rodillas y, tras rodearlas con los brazos, se meció para tranquilizarse.
No ha sido más que un sueño, se dijo. Una pesadilla.
Estaba en su hogar, en su cama, en su apartamento, a miles de kilómetros de Sanctuary. No era lógico que una mujer adulta de veintisiete años se dejara asustar por una estúpida pesadilla.
Sin embargo aún temblaba cuando cogió un cigarrillo. Después de tres intentos logró prender una cerilla.
El reloj de la mesita marcaba las tres y cuarto. Comenzaba a convertirse en algo habitual. No había nada peor que los ataques de nervios de las tres de la noche. Se levantó para recoger el cenicero que había derribado y decidió que por la mañana limpiaría el suelo. Se sentó sobre el colchón para tratar de tranquilizarse.
Ignoraba por qué sus sueños la llevaban de vuelta a la isla de Lost Desire y a la casa de la que había escapado a los dieciocho años. Sin embargo suponía que cualquier estudiante de psicología de primer curso conseguiría interpretar el resto del simbolismo. La mansión estaba cerrada con llave porque dudaba de que alguien le diera la bienvenida si decidía regresar. En los últimos tiempos había considerado tal posibilidad, pero no estaba segura de querer volver.
Se acercaba a la edad que tenía su madre cuando se marchó de la isla, cuando abandonó a su marido y a sus tres hijos sin siquiera mirar atrás.
Se preguntó si Annabelle se habría planteado alguna vez volver y si habría soñado también que la puerta estaba cerrada para ella.
Prefería no pensar en eso, no quería acordarse de la mujer que le había destrozado el corazón veinte años antes. De hecho, era algo que ya debería haber superado. Había logrado vivir sin su madre, sin Sanctuary y sin su familia. Incluso había prosperado, por lo menos en el ámbito profesional.
Mientras golpeaba el extremo del cigarrillo, observó su dormitorio. Era sencillo, práctico. A pesar de que había viajado mucho, conservaba pocos objetos como recuerdo, salvo las fotografías en blanco y negro que había enmarcado para decorar la habitación. Había elegido entre sus obras las que le resultaban más tranquilizadoras; un banco de plaza vacío, un solitario sauce llorón cuyas hojas caían sobre un pequeño estanque claro como un espejo, un jardín a la luz de la luna, con gran riqueza de sombras, texturas y contrastes; la playa desierta al amanecer tentaba a quien la veía a entrar en la fotografía para sentir la arena bajo sus pies.
Había colgado esa última instantánea la semana anterior, después de regresar de los Outer Banks de Carolina del Norte. Tal vez ése es uno de los motivos que me han llevado a pensar en casa, conjeturó. Había estado muy cerca. Podría haber viajado hacia el sur hasta llegar a Georgia para luego tomar el transbordador que efectuaba la travesía entre tierra firme y la isla.
No había caminos que condujeran a Desire, ni puentes que cruzaran el estrecho.
Sin embargo no había continuado hacia el sur. En cuanto hubo terminado la tarea que le habían encomendado, regresó a Charlotte para entregarse a su trabajo.
Y a sus pesadillas.
Apagó el cigarrillo y se levantó. Como sabía que no lograría conciliar el sueño, se puso un par de pantalones de chándal. Trabajaría un poco para distraerse.
Es probable que lo que me inquieta sea el contrato del libro, pensó mientras salía descalza del dormitorio. Ese contrato significaba un enorme progreso en su carrera. Una importante editorial le había propuesto publicar un libro con su colección de fotografías. La oferta le había resultado inesperada y estimulante.
Estudios de la naturaleza, de Jo Ellen Hathaway, pensó mientras entraba a la pequeña cocina para preparar un poco de café. No, ese título sugería un proyecto científico. ¿Vislumbres de vida? Demasiado pomposo.
Sonrió mientras bostezaba y se echaba hacia atrás la cabellera pelirroja. Debía limitarse a hacer fotografías y dejar que los expertos se encargaran de la selección.
Después de todo, sabía cuándo era necesario imponerse y cuándo convenía mantenerse al margen. Durante casi toda su vida había tenido que hacer una cosa o la otra. Tal vez enviara un ejemplar a su casa. ¿Qué opinaría de él su familia? ¿Terminaría sobre una de las mesitas de café, donde algún huésped lo cogería y hojearía mientras se preguntaba si Jo Ellen Hathaway estaría emparentada con los Hathaway dueños de la posada de Sanctuary? ¿Su padre llegaría a abrirlo alguna vez para conocer su obra? ¿O simplemente se encogería de hombros, lo dejaría en cualquier lugar sin mirarlo siquiera y saldría para recorrer su isla? La isla de Annabelle.
Era poco probable que a esas alturas se interesara por su hija mayor, y una tontería que a la hija le importara su indiferencia.
Alejó ese pensamiento, tomó una taza azul que colgaba de un gancho y se dedicó a mirar por la pequeña ventana. Estar levantada a las tres de la madrugada tiene sus ventajas, decidió. No sonaría el teléfono. Nadie la llamaría ni le enviaría un fax ni esperaría nada de ella. Durante algunas horas no tenía necesidad de ser nadie ni de hacer nada. Si se le descomponía el estómago o le dolía la cabeza, nadie se enteraría.
La calle estaba oscura y desierta, húmeda por la lluvia de finales del invierno. Un farol solitario esparcía un pequeño charco de luz: no había nadie para gozarla, pensó Jo. La soledad es un misterio que ofrece numerosas posibilidades.
Como tantas veces le sucedía, la imagen le atrajo. Dejó atrás el aroma del café para coger la cámara Nikon y salir descalza a la fría noche con la intención de fotografiar la calle desierta.
Nada le tranquilizaba tanto. Con una cámara en la mano y una imagen en la mente, lograba olvidar todo lo demás. Pisó diversos charcos mientras probaba distintos ángulos. Con distraído enojo se echó hacia atrás el pelo. No le molestaría si se lo cortara, pero como nunca tenía tiempo le caía sobre la cara en una mata rizada. Se reprochó no habérselo sujetado con una diadema.
Tras una docena de tomas quedó satisfecha. Al volverse, levantó la vista y observó que no había apagado las luces de su casa. Ni siquiera se había percatado de que había encendido tantas cuando se dirigía del dormitorio a la cocina.
Con los labios apretados, cruzó la calle y volvió a enfocar la cámara. Se agachó con el propósito de captar en un contrapicado esas ventanas iluminadas en un edificio oscuro. Se titularía El refugio de la insomne. Dejó escapar una breve carcajada cuyo eco la estremeció. Por último bajó la cámara.
Tal vez comenzaba a volverse loca. ¿Qué mujer en su sano juicio estaría en la calle a las tres de la noche, tiritando de frío, para fotografiar las ventanas de su apartamento?
Se frotó los ojos y deseó conseguir lo único que la había eludido toda la vida: la normalidad.
Necesito ayuda para llegar a ser normal, pensó. Hacía más de un mes que no dormía una noche entera y en las últimas semanas había perdido cinco kilos.
Necesitaba gozar de cierta paz interior. No recordaba si alguna vez la había tenido. ¿Amigos? Por supuesto que tenía amigos, pero ninguno lo bastante íntimo para llamarlo en mitad de la noche en busca de consuelo.
¿Familia? Bueno, tenía una especie de familia. La vida de su hermano y hermana nada tenía que ver con la suya; su padre era casi un desconocido, y desde hacía veinte años no sabía nada de su madre.
La culpa no es mía, se recordó mientras cruzaba la calle, sino de Annabelle, que había dejado a su familia desconcertada y con el corazón destrozado al huir de Sanctuary. Desde el punto de vista de Jo, el problema residía en que los demás no habían logrado superar ese trauma. En cambio, ella sí.
No se había quedado en la isla como su padre, ni dedicado su vida a dirigir y cuidar Sanctuary como su hermano Brian, ni se había marchado de allí con tontas fantasías como su hermana Lexy.
En lugar de ello había estudiado y trabajado para forjarse su propio camino. Si en ese momento estaba un poco nerviosa era porque había querido abarcar demasiado y la tensión la había devorado. Agregaría algunas vitaminas a su dieta y volvería a estar en forma.
Incluso podría tomarme unas vacaciones, pensó mientras sacaba las llaves del bolsillo. Desde hacía cuatro años sólo viajaba por cuestiones de trabajo. Tal vez iría a México, a las Antillas, a cualquier parte donde el ritmo de vida fuese lento y el sol caliente. De ese modo lograría relajarse y aclararse las ideas. Ésa era la mejor manera de superar el bache.
Al entrar en el apartamento pisó un pequeño sobre cuadrado de papel manila que había en el suelo. Por un instante permaneció inmóvil, mirándolo fijamente.
¿Estaba allí cuando salió? En todo caso ¿qué hacía allí? Un mes atrás había recibido un sobre de esas características por primera vez, con el resto de la correspondencia, su nombre cuidadosamente escrito.
Con las manos temblorosas cerró la puerta y echó la llave. Se inclinó para recoger el sobre y tras dejar la cámara lo abrió.
Al sacar su contenido dejó escapar un gemido. La fotografía era obra de un profesional. Estaba perfectamente encuadrada, como las tres anteriores. En ella aparecían unos ojos femeninos de párpados pesados, forma almendrada, espesas pestañas y cejas pobladas. Jo sabía que eran de un azul profundo, porque eran los suyos. Y expresaban un profundo terror.
¿Cuándo, cómo y por qué la habían tomado? Se llevó una mano a la boca mientras analizaba la fotografía, convencida de que esos ojos eran un reflejo perfecto de los suyos. De pronto el miedo la obligó a correr hasta el cuarto oscuro, donde presa del nerviosismo abrió de un tirón un cajón, revolvió en su interior y encontró los sobres que había guardado. Cada uno contenía una fotografía en blanco y negro de cinco por quince centímetros. Los latidos del corazón la ensordecían mientras las observaba con atención. En la primera los párpados aparecían cerrados, como si estuviera durmiendo. En la segunda las pestañas se separaban un poco para dejar ver un atisbo del iris. En la tercera los ojos estaban abiertos y nublados por la confusión.
Encontrar las dos primeras instantáneas entre su correspondencia la había inquietado, por supuesto, pero no la habían atemorizado, a diferencia de esta última, centrada en sus ojos, brillantes por el temor.
Jo retrocedió temblando y se esforzó por mantener la calma. ¿Por qué sólo los ojos?, se preguntó. ¿Cómo era posible que alguien se le hubiera aproximado lo suficiente para fotografiarla sin que lo hubiera advertido? Además esa persona acababa de estar muy cerca de ella, sólo separada por la puerta de entrada.
Presa del pánico, se dirigió al comedor y revisó las cerraduras. El corazón le latía deprisa cuando por fin se apoyó contra la puerta de entrada y el pavor se vio sustituido por el enojo.
¡Cretino!, pensó. Pretendía aterrorizarla. Quería que se encerrara en el apartamento, que la sobresaltaran las sombras, que se abstuviera de salir por temor a que la vigilara. Ella, que no conocía el miedo, se ponía a merced de ese individuo.
Ella, que había vagado sola por ciudades desconocidas, recorrido senderos peligrosos y calles desiertas, escalado montañas y explorado junglas con la cámara como escudo, nunca se había asustado por nada. De pronto, a causa de unas fotografías las piernas le temblaban como la gelatina.
Sin embargo debía admitir que su miedo aumentaba semana tras semana, la hacía sentir impotente, desprotegida, brutalmente sola.
Se alejó de la puerta. No estaba dispuesta a seguir viviendo de esa manera. Procuraría olvidarlo, enterrarlo en la memoria. Dios era testigo de que era una experta en eso de enterrar traumas.
En cuanto se tomara el café empezaría a trabajar. A las ocho de la mañana ya había experimentado todos los estados de ánimo posibles: fatiga, energía nerviosa, calma creativa y de nuevo agotamiento.
No conseguía trabajar de una manera mecánica, ni siquiera en los aspectos más básicos. Se empeñaba en cuidar cada detalle. Para ello era necesario que se tranquilizara, que eliminara tanto el enojo como el miedo. Mientras bebía la primera taza de café, se convenció de que debía averiguar qué movía a la persona que le enviaba esas fotografías. Tal vez un admirador de su obra trataba de llamarle la atención, de conseguir que se interesara por la de él.
Eso tenía sentido. De vez en cuando impartía conferencias y organizaba talleres de trabajo. Además había realizado tres importantes exposiciones en los últimos tres años. No era difícil ni extraordinario que alguien la hubiera fotografiado.
Tal posibilidad se le antojaba razonable.
Se trataba, pues, de una persona creativa, que había ampliado la zona de los ojos y cortado con pericia las fotografías para enviárselas en una especie de serie. Aunque parecían recién reveladas, era imposible determinar cuándo y dónde se tomaron. El negativo podía tener un año de antigüedad o quizá más.
En todo caso, su reacción al recibirlas había sido excesiva, se lo había tomado como algo demasiado personal.
A lo largo de los años muchos admiradores le habían mandado muestras de su trabajo. Por lo general llegaban con una carta en la que el remitente alababa su obra antes de pedirle ayuda o consejos y, en algunos casos, incluso sugerirle que colaboraran en un proyecto.
El éxito profesional de que gozaba era relativamente nuevo. No se había acostumbrado aún a las presiones que comportaba ni a las expectativas, que en ocasiones se convertían en una pesada carga.
Mientras hacía caso omiso de los retortijones del estómago y bebía el café ya frío, admitió que no sabía manejar su éxito. Tal vez lo llevaría mejor, pensó al tiempo que meneaba la cabeza para relajar los hombros, si la dejaran en paz y le permitieran dedicarse a lo que mejor sabía hacer.
En un lado del cuarto oscuro colgaban las copias en proceso de secado. Ya había revelado el último grupo de negativos y, después de instalarse en un banco frente a la mesa de trabajo, deslizó una tira de contactos en el negatoscopio para estudiarla, toma por toma, a través de una lupa.
Enseguida la asaltaron el miedo y el desánimo. Todos los negativos estaban desenfocados, borrosos. ¡Maldita sea! ¿Cómo era posible? ¿Se le habría estropeado el rollo entero? Cambió de posición y parpadeó antes de observar la imagen magnificada de altas dunas y un sembrado de avena que se aclaraban.
Dejó escapar una carcajada de amargura, se echó hacia atrás y movió los hombros tensos.
—No son los negativos los que están desenfocados y borrosos, sino tú.
Dejó la lupa y cerró los ojos para descansarlos. Le faltaba energía para levantarse y preparar más café. Sabía que necesitaba comer, que entrara algo sólido en su estómago, también debía dormir y tenderse sobre la cama, alejar las preocupaciones y dejarse ir.
No obstante temía hacerlo, pues en los sueños perdería ese tembloroso control que en ese momento poseía.
Empezaba a pensar que debía acudir a un médico, tomar algo para los nervios antes de que la situación se le escapara de las manos. Sin embargo eso significaba visitar a un psiquiatra que sin duda querría hurgar en su cerebro y desenterrar asuntos que ella había decidido olvidar.
Se las arreglaría para superar sola la crisis. Era muy capaz de apañárselas sola o, como decía su hermano Brian, era capaz de propinar codazos a todo el mundo para asumir el control de una situación.
¿Qué alternativa había tenido? ¿Qué alternativa habían tenido los tres cuando se quedaron solos y se vieron obligados a abrirse camino en ese remoto trozo de tierra? La furia la sacudió con tal fuerza que se estremeció y cerró los puños sobre el regazo mientras se contenía para no pronunciar las palabras que deseaba escupir a ese hermano que ni siquiera estaba allí.
Estoy cansada, se dijo. Necesitaba olvidar el trabajo, tomar uno de los somníferos que había comprado y aún no había probado, desconectar el teléfono y dormir un poco. Entonces se sentiría más fuerte y tranquila.
Al notar una mano sobre el hombro lanzó un grito y arrojó la taza de café al aire.
—¡Caramba, Jo! —Bobby Banes retrocedió al tiempo que dejaba caer la correspondencia que llevaba en la mano.
—¿Qué haces aquí? —Jo se levantó de un salto del banco mientras Bobby la miraba con la boca abierta.
—Yo... dijiste que querías que empezáramos a las ocho. Sólo he llegado unos minutos tarde.
Jo trató de recuperar el aliento al tiempo que se aferraba a la mesa de trabajo para no perder el equilibrio.
—¿Las ocho?
Su alumno y asistente asintió con cautela y tragó saliva. Jo tenía un aspecto fiero y parecía dispuesta a atacar. Era el segundo semestre que trabajaba con ella y creía haber aprendido a anticipar sus órdenes, medir sus estados de ánimo y evitar sus momentos de mal humor. Sin embargo, ignoraba cómo actuar ante ese terror que percibía en sus ojos.
—¿Por qué no has tocado el timbre, maldita sea?
—Lo he hecho. Al ver que no contestabas, supuse que estarías aquí, en el cuarto oscuro, de manera que utilicé la llave que me diste cuando te marchaste para cumplir tu último encargo.
—¡Devuélvemela! ¡Ahora mismo!
—Por supuesto. Está bien, Jo. —Sin apartar la vista de ella, hundió la mano en el bolsillo del tejano desteñido—. No pretendía asustarte.
Jo hizo un esfuerzo por controlarse y tomó la llave que le ofrecía. Se percató de que en ese momento su desconcierto era tan grande como su miedo.
—Lo siento, Bobby. Me has asustado. No te he oído llamar.
—Está bien. ¿Quieres que te sirva otra taza de café?
Jo negó con la cabeza y por fin dejó de temblar. Mientras se sentaba en el banco, consiguió sonreír a Bobby. Es un buen alumno, pensó, todavía un poco pretencioso con respecto a su trabajo, pero sólo tiene veintiún años.
Pensó que el muchacho trataba de ofrecer la imagen de un artista; se recogía el cabello, de un rubio oscuro, en una coleta, y en una oreja lucía un aro de oro que acentuaba su rostro largo y enjuto. Tenía una dentadura perfecta. Sin duda sus padres confiaron en la ortodoncia, dedujo Jo mientras se pasaba la lengua por los dientes, un poco torcidos.
Además tiene buen ojo, pensó, y un gran potencial. Después de todo por eso estaba allí. Jo siempre se mostraba dispuesta a ofrecer a otros lo que se le había concedido a ella.
Como Bobby todavía la miraba con cierto recelo, se esforzó por sonreír de nuevo.
—He pasado una mala noche.
—Se te nota. —Al ver que Jo arqueaba una ceja, el joven esbozó una sonrisa—. El arte de percibir bien lo que uno mira es lo que importa, ¿verdad? Y tú pareces destrozada. Seguro que no has dormido nada.
No cabía duda de que Jo no era vanidosa. Se encogió de hombros y se frotó los ojos doloridos.
—No demasiado.
—Deberías tomar esos somníferos. Mi madre los utiliza. —Se agachó para recoger los trozos de la taza rota—. Y tal vez te convendría beber menos café.
Al levantar la vista observó que Jo no lo escuchaba. Estaba absorta en sus pensamientos, advirtió. Un nuevo hábito. Pensó en darse por vencido y desistir de su empeño por conseguir que su profesora llevara una vida más saludable, pero decidió insistir.
—Te mantienes a base de café y cigarrillos.
—Sí —confirmó Jo con expresión adormilada.
—Todo eso acabará contigo. Deberías seguir un programa de ejercicios. En las últimas semanas has adelgazado unos cinco kilos. Con tu estatura deberías pesar más.
—Sí.
—Deberías consultar a un médico. Si quieres que te sea sincero, sospecho que estás anémica. Estás muy pálida y se podría guardar la mitad de tu equipo fotográfico en las bolsas que tienes bajo los ojos.
—Una observación muy amable por tu parte.
Bobby arrojó los trozos de la taza a la papelera mientras pensaba que Jo era muy hermosa, por más que se esforzara por disimularlo. Jamás la había visto maquillada, y llevaba el pelo peinado hacia atrás; cualquier persona con un poco de sentido artístico sabría que esa cabellera debería enmarcar su rostro ovalado, de rasgos delicados, ojos exóticos y boca sensual.
Se ruborizó al pensarlo. Jo se reiría si se enterase de que se había enamorado un poco de ella el primer día que la vio. Suponía que se había debido tanto a la admiración profesional que le inspiraba como a una fuerte atracción física, por lo menos en parte.
En cualquier caso no cabía duda de que si Jo procurara destacar esa piel de magnolia, se aplicara carmín a los labios y se maquillara los ojos para resaltar las largas pestañas, sería una mujer irresistible.
—Te prepararé el desayuno —sugirió—, siempre que tengas algo aparte de barras de chocolate y pan duro.
Jo respiró hondo.
—No es necesario. Tal vez nos detengamos en un bar para comer algo.
Se levantó del banco y se inclinó para recoger la correspondencia.
—Te convendría tomarte unos días de vacaciones, pensar en ti misma. Mi madre va a un centro de salud de Miami —explicó Bobby.
Las palabras de su ayudante no eran más que un zumbido en sus oídos. Jo tomó el sobre de papel manila con su nombre escrito en letras mayúsculas y se enjugó el sudor que le cubría la frente. Sintió una opresión en el estómago que delataba algo más que miedo; era terror.
El sobre era más grueso y pesado que los anteriores. Arrójalo a la basura, se decía. No lo abras. No mires su contenido.
No obstante sus dedos ya lo abrían. Mientras tanto, ahogó un sollozo. De pronto cayó al suelo un montón de fotografías. Cogió una. Era una toma en blanco y negro de cinco por siete.
Esta vez no sólo aparecían sus ojos, sino todo su cuerpo. Reconoció el fondo: un parque cercano a su casa, por el que con frecuencia paseaba. En otra se la veía en el centro de Charlotte, de pie en la orilla de una vereda, con la bolsa de la cámara colgada del hombro.
—Es una fotografía excelente.
Cuando Bobby se inclinó para levantar una instantánea, Jo lanzó un gruñido y le golpeó la mano.
—¡No te acerques! ¡No te acerques! ¡No me toques!
—Jo, yo...
—¡Te he dicho que no te acerques! —Se arrodilló para observar las fotografías. Se las habían tomado mientras realizaba actividades cotidianas; saliendo del mercado con una bolsa de la compra, subiendo o bajando del coche...
Está en todas partes, me vigila. Me persigue, quiere cazarme, pensó mientras empezaban a castañetearle los dientes. Trata de atraparme y no puedo hacer nada por evitarlo. Nada, hasta que...
De pronto tuvo la impresión de que todo en su interior se apagaba. La fotografía que sostenía se agitaba como si se hubiera levantado un fuerte viento. No podía gritar. Parecía que le faltaba el aire.
Tenía el cuerpo completamente insensible.
La fotografía era magistral, con un uso de la luz, las sombras y las texturas perfecto. Estaba desnuda y la piel resplandecía de una manera aterradora. Aparecía tendida, con el mentón inclinado, la cabeza en un ángulo suave, un brazo cruzado sobre el vientre y el otro sobre la cabeza, en la postura del durmiente que sueña.
Sin embargo los ojos estaban abiertos y la mirada fija. Ojos de muñeca. Ojos muertos.
Por un momento se sintió de nuevo atrapada en una pesadilla, impotente, incapaz de luchar para salir de la oscuridad.
Con todo, a pesar del terror, percibía las diferencias. La mujer de la fotografía lucía una abundante cabellera que le enmarcaba el rostro, que era más delicado y maduro que el suyo.
—¿Mamá? —susurró Jo con la vista clavada en la fotografía—. ¿Mamá?
—¿Qué te pasa, Jo? —preguntó Bobby con voz trémula mientras contemplaba sus ojos vidriosos—. ¿Qué demonios ocurre?
—¿Dónde está su ropa? —Jo ladeó la cabeza y comenzó a mecerse mientras su mente se llenaba de sonidos fuertes, atronadores—. ¿Dónde está ella?
—Tranquilízate —pidió Bobby al tiempo que tendía la mano para quitarle la fotografía.
Jo levantó la cabeza.
—¡No te acerques! —De pronto sus mejillas recuperaron el color. Sus ojos adquirieron una expresión de persona demente—. ¡No me toques! ¡No la toques!
Desconcertado, Bobby se enderezó y levantó las manos.
—Está bien, Jo. Está bien.
—No quiero que la toques. —Tenía mucho frío. Volvió a mirar la fotografía. Era Annabelle; joven, increíblemente hermosa y fría como la muerte—. No debió abandonarnos. No debió marcharse. ¿Por qué se fue?
—Tal vez no tuvo otra alternativa —murmuró Bobby.
—No, su lugar estaba a nuestro lado. La necesitábamos, pero no nos quería. ¡Es tan hermosa! —Las lágrimas le rodaban por las mejillas mientras la fotografía temblaba en sus manos—. ¡Es una belleza! Parece una princesa de cuento de hadas. Yo creía que era una princesa. Nos abandonó. Nos dejó y se fue. Ahora está muerta.
—¡Vamos, Jo! —Bobby se inclinó hacia ella—. Ven conmigo. Buscaremos ayuda.
—¡Estoy tan cansada! —susurró Jo mientras el muchacho la cogía en brazos como a una criatura—. Quiero ir a casa.
—Está bien. Cálmate.
La fotografía revoloteó en el aire y cayó al suelo sobre las demás, boca abajo. Jo vio la frase escrita en el reverso con letras grandes: MUERTE DE UN ÁNGEL.
En lo último que pensó antes de perder el conocimiento fue en Sanctuary.
Al amanecer el ambiente era brumoso, como el de un sueño que está a punto de desvanecerse. Los rayos de luz traspasaban el dosel de las copas de los robles y hacían destellar el rocío. Las currucas y los pinzones que anidaban en el musgo despertaban y lanzaban sus gorjeos matinales. Un cardenal voló silencioso entre los árboles como un proyectil rojo.
Era su hora favorita del día. Al alba, cuando las exigencias todavía no habían llegado, podía estar solo, enterrarse en sus pensamientos.
Brian Hathaway jamás había vivido en otra parte que no fuese Desire. Nunca había querido marcharse de allí. Conocía la tierra firme y había visitado grandes ciudades. Incluso había pasado unas vacaciones en México, de manera que conocía el extranjero.
Sin embargo Desire, con todas sus virtudes y defectos, era su tierra. Allí nació, treinta años antes, en una noche de septiembre azotada por un vendaval, en la gran cama de roble en la que en la actualidad dormía, en presencia de su padre y con la asistencia de una partera negra que fumaba en pipa y cuyos progenitores habían sido esclavos de sus antepasados. La anciana se llamaba señorita Effie, y cuando él era pequeño le contaba cómo se había producido su nacimiento. Le explicaba que mientras fuera el mar rugía enfurecido, en la gran casa, su madre se había portado como un soldado y, con una carcajada, lo había arrojado de su matriz para que cayera en manos de su padre.
Era una buena historia. Brian solía imaginar a su madre riendo mientras su padre esperaba, ansioso por recibirlo en sus manos.
Hacía ya mucho que su madre se había marchado y que la señorita Effie había muerto. Había transcurrido mucho tiempo desde ese momento en que su padre lo cogió en sus brazos.
Brian caminaba bajo la neblina, cada vez más tenue, entre los enormes árboles con el tronco lleno de líquenes rosados y rojos. Era alto y delgado, de físico muy parecido al de su padre, de abundante cabello negro, piel atezada y ojos de un azul frío. Las mujeres encontraban melancólico y atractivo su rostro ovalado. La boca era firme y, más que a sonreír, tendía a esbozar un gesto de amargura.
Ése era otro aspecto que a las mujeres les resultaba atractivo: el desafío que significaba arrancar una sonrisa a Brian.
El leve cambio de luz le indicó que era hora de regresar a Sanctuary. Debía preparar el desayuno para los huéspedes de la posada.
Se sentía tan a gusto en la cocina como en el bosque, lo que no dejaba de extrañar a su padre. Brian sabía, y le resultaba divertido, que Sam Hathaway se preguntaba si su hijo era gay. Después de todo, un hombre que deseaba ganarse la vida cocinando debía de ser un poco raro.
Si hubieran tenido la costumbre de hablar con franqueza, Brian le habría explicado que, aunque disfrutaba preparando un merengue, prefería a las mujeres cuando de sexo se trataba. Por otro lado, ¿esa tendencia a alejarse de los demás no era un rasgo distintivo de los Hathaway?
Brian caminaba por el bosque con el sigilo de un ciervo. Decidió tomar el sendero más largo, desviándose hacia Half Moon Creek, donde la niebla se alzaba del agua como humo blanco y un trío de palomas bebía feliz en medio del silencio.
Todavía tengo tiempo, pensó. En Desire siempre había tiempo. Se sentó en un tronco caído para contemplar el amanecer.
La isla tenía tres kilómetros de anchura y apenas diecinueve de largo. Brian conocía cada palmo del terreno, la arena de las playas, los pantanos sombreados donde habitaban pacientes caimanes. Amaba las dunas, las praderas rodeadas de pinos jóvenes y robles viejos. Con todo, nada le gustaba tanto como el bosque, plagado de parajes oscuros y misteriosos.
Conocía la historia de su familia, que tiempo atrás se había dedicado al cultivo del algodón, que recogían esclavos. Sus antepasados habían amasado fortunas. Los ricos acudían a ese pequeño paraíso aislado para cazar ciervos, recoger caracolas, pescar en embarcaciones o en la playa.
Ofrecían alegres fiestas en la sala de baile a la luz de las velas de las arañas de cristal, apostaban en la sala de juego mientras bebían un excelente whisky sureño y fumaban gruesos cigarros cubanos. En las calurosas tardes de verano haraganeaban en las galerías mientras los esclavos les servían vasos de limonada fría.
Sanctuary había sido un enclave para privilegiados y el ejemplo de una manera de vivir destinada al fracaso.
El magnate naviero que había convertido Sanctuary en su retiro privado acumuló y dilapidó una enorme fortuna.
Aunque la familia ya no era tan rica como antaño, Sanctuary todavía se mantenía en pie, y la isla continuaba en manos de los descendientes de esos reyes del algodón y emperadores del acero. Las cabañas que se alzaban detrás de las dunas, o se acurrucaban a la sombra de los árboles o daban al estrecho de Pelican pasaban de una generación a la siguiente, de tal modo que sólo un puñado de familias podía proclamar que Desire era su hogar.
Y así seguiría.
El padre de Brian se oponía con idéntico fervor a ecologistas y constructores. En Desire no se edificarían urbanizaciones para veraneantes y ningún gobierno bien intencionado lograría convencer a Sam Hathaway de que convirtiera la isla en una reserva nacional.
Es, pensó Brian, el monumento que le dedica a su esposa infiel. Su bendición y su maldición a la vez.
En la actualidad llegaban veraneantes, a pesar de la soledad de Desire, o tal vez a causa de ella. Para mantener la casa y la isla, los Hathaway habían transformado parte de su hogar en una posada.
Brian sabía que a Sam esa situación le resultaba detestable, que le indignaba cada pisada que los desconocidos dejaban en la isla. Según recordaba, era el único tema en que discrepaban sus padres. Annabelle quería abrir el lugar a un número mayor de turistas, atraer más gente, establecer allí la intensa vida social de que en una época gozaron sus antepasados. Sam insistía en limitar la cifra de visitantes. Brian sospechaba que ése fue el motivo que impulsó a su madre a marcharse; la necesidad de relacionarse, de conocer gente.
Con todo, del mismo modo que la isla no podía impedir el avance del mar, Sam Hathaway no consiguió, pese a sus esfuerzos, detener los cambios, pensó Brian mientras un ciervo desaparecía entre los árboles. De hecho a él tampoco le gustaban, pero en el caso de la posada habían sido necesarios. Y lo cierto era que le complacía dirigirla, planificar, seguir una rutina. Le encantaban los turistas, las voces de desconocidos, observar sus distintos hábitos y expectativas, oírles hablar de los lugares de donde procedían.
No le molestaba que entrara gente en su vida... siempre y cuando no tuvieran intenciones de quedarse. De todos modos, dudaba de que alguien quisiera permanecer allí largo tiempo.
Ni siquiera Annabelle aguantó.
Se puso en pie, un poco irritado por esa cicatriz de veinte años de antigüedad que, de una manera inesperada, volvía a dolerle. Hizo caso omiso de ella y enfiló el sendero zigzagueante que ascendía hacia Sanctuary.
Cuando salió del bosque la luz, que al incidir sobre el chorro de agua de una fuente convertía cada gota en un arco iris, lo deslumbró. Miró hacia la parte trasera del jardín. Como siempre, los tulipanes crecían en desorden, los claveles silvestres parecían un tanto mustios y los... ¿cómo se llaman esas flores amarillas?, se preguntó. No era más que un jardinero mediocre. Los veraneantes esperaban encontrar jardines bien cuidados, al igual que antigüedades resplandecientes y excelentes comidas.
Sanctuary debía conservarse en el mejor estado posible para atraerlos, lo que significaba invertir numerosas horas de trabajo. Sin huéspedes, era imposible mantenerlo. Así pues, pensó Brian mientras miraba con expresión ceñuda las flores, es un círculo vicioso. Un pez que se muerde la cola.
—Agérato.
Brian volvió la cabeza. Al entornar los ojos para protegerlos de la luz distinguió una figura femenina. Había reconocido la voz. Le irritaba que se hubiera acercado así, por detrás. De hecho, la doctora Kirby Fitzsimmons siempre le producía cierta irritación.
—Agérato —repitió ella sonriente. Sabía que su presencia le molestaba, y lo consideraba un progreso. Había tardado casi un año en conseguir que por lo menos Brian tuviera esa reacción ante ella—. Es el nombre de las flores que estás mirando con tanto fastidio. Tus jardines necesitan más cuidados, Brian.
—Ya me ocuparé de ello —replicó antes de refugiarse en su mejor arma: el silencio.
Nunca se sentía cómodo delante de Kirby. No se trataba tan sólo de su aspecto físico, aunque era bastante atractiva si a uno le gustaban las rubias delicadas. Brian suponía que tal vez se debía a su modo de ser, que de delicado no tenía nada. Kirby era eficiente, competente y parecía saber un poco de todo.
Hablaba con el acento de la gente de clase alta de Nueva Inglaterra. Para él no era más que una maldita yanqui. Sin duda también tenía los pómulos de los yanquis. Sus ojos eran de un verde mar, la nariz, levemente respingona, y la boca, ni demasiado grande ni demasiado pequeña.
Brian esperaba que un día le dijeran que había regresado a tierra firme tras cerrar la cabaña que había heredado de su abuela y desistir de la idea de inaugurar una clínica. Sin embargo Kirby permanecía allí, mes tras mes, y poco a poco su vida se entretejía en la de la isla.
Y él no lograba quitársela de la cabeza.
Kirby le sonreía, con una expresión burlona en los ojos, mientras se echaba hacia atrás un mechón del cabello color trigo, que le caía sobre los hombros.
—Es una mañana preciosa.
—Es temprano. —Brian hundió las manos en los bolsillos. Cuando estaba cerca de Kirby, no sabía qué hacer con ellas.
—No es demasiado temprano para ti. —Ladeó la cabeza. Era agradable mirarlo, pero Brian Hathaway era uno de los nativos a quien le costaba conquistar—. Supongo que todavía no está listo el desayuno.
—No lo servimos hasta las ocho. —Por supuesto, lo sabía tan bien como él.
—¿Cuál es el plato especial de esta mañana?
—Todavía no lo he decidido. —Como no había forma de quitársela de encima, se resignó cuando ella echó a andar a su lado.
—Yo voto por los gofres de canela. No me importaría comerme una docena. —Alzó los brazos sobre la cabeza para desperezarse.
Brian procuró no fijarse en la manera en que la blusa de algodón destacaba sus pechos firmes y pequeños. Al acercarse a la casa enfilaron el sendero lleno de conchas trituradas y flanqueado de flores.
—Puedes aguardar en la sala de estar de los huéspedes o en el comedor.
—Preferiría sentarme en la cocina. Me gusta verte cocinar. —Antes de que Brian pudiera inventar una objeción, Kirby ya estaba en el porche trasero.
Como siempre reinaban allí un orden y una limpieza absolutos. A Kirby le gustaba la pulcritud en un hombre tanto como una complexión atlética y un cerebro bien ejercitado. Brian poseía las tres cualidades, motivo por el que le interesaba averiguar la clase de amante que era.
Sospechaba que con el tiempo lo descubriría, pues siempre conseguía salirse con la suya. Para ello debía limitarse a seguir luchando hasta resquebrajar la armadura con que él se protegía.
Sabía que no era indiferente a Brian, pues lo había sorprendido mirándola en algunas ocasiones. Era una cuestión de simple tozudez, una característica que también apreciaba. Además, las contradicciones de ese hombre le resultaban divertidas.
Se sentó en un banquito frente a la mesa de desayuno, consciente de que él no hablaría a menos que lo animara, ya que Brian siempre guardaba las distancias con los demás. Le serviría una taza de café no demasiado fuerte, como a ella le gustaba, haciendo honor a su innato sentido de la hospitalidad.
Permanecieron en silencio unos minutos, mientras ella paladeaba la humeante bebida. No había mentido al decir que le gustaba verlo cocinar.
Si bien las cocinas solían considerarse el dominio tradicional de las mujeres, ésa era muy masculina, como su dueño, con sus grandes manos, su cabello alborotado y su rostro duro.
Sabía, porque los habitantes de la isla se enteraban de casi todo cuanto les ocurría a los demás, que Brian había reformado la pieza unos ocho años antes, y que él mismo la había diseñado y elegido los colores y materiales. Así la había convertido en el taller de trabajo de un hombre, con largos mostradores de mármol y reluciente acero inoxidable.
Bajo tres amplias ventanas enmarcadas en madera había instalado una mesa para las comidas familiares, aunque por lo que Kirby sabía los Hathaway casi nunca se reunían para almorzar. El suelo era de baldosas de un blanco cremoso y las paredes blancas y sin adornos. Sin embargo había toques domésticos en el brillo de las ollas de cobre que colgaban de ganchos en las paredes, en las ristras de pimientos y ajos, en el estante con antiguos utensilios de cocina. Suponía que Brian los consideraba más prácticos que hogareños, pero dotaban de calidez a la estancia.
Conservaba la antigua chimenea, que recordaba la época en que la cocina era el centro de la casa, un lugar para reunirse. A Kirby le encantaba que, en invierno, Brian la encendiera y el olor a madera quemada se mezclara con el de los guisos aromatizados con hierbas.
Para Kirby, cocinar exigía cierto grado de pericia de que ella carecía, de modo que por lo general se limitaba a sacar un plato ya preparado de la nevera y descongelarlo en el horno a microondas.
—Me encanta este lugar —afirmó. Brian, que batía algo en un enorme bol azul, dejó escapar un gruñido. La mujer se levantó del banco para servirse una segunda taza de café, se inclinó y sonrió al ver la pasta que Brian batía—. ¿Gofres?
Él cambió de posición. El perfume de Kirby le molestaba.
—Era lo que querías, ¿verdad?
—Sí. —Levantó la taza y sonrió por encima del borde—. Es agradable conseguir lo que uno quiere, ¿no te parece?
Tiene unos ojos preciosos, pensó Brian. De pequeño, creía en las sirenas e imaginaba que todas tenían ojos como los de Kirby.
—No es difícil que consigas lo que deseas si sólo se trata de gofres.
Dio media vuelta para sacar una plancha de un armario. Después de enchufarla, se volvió y chocó contra Kirby. En un acto instintivo la cogió del brazo.
—Estás en mi camino.
Ella se acercó un poco, feliz con la agradable sensación que le producía su contacto.
—Tal vez podría ayudarte.
—¿En qué?
Ella sonrió y posó la mirada en sus labios, luego en sus ojos.
—En lo que sea. —¡Qué diablos!, pensó, y colocó la mano sobre el pecho de Brian—. ¿Necesitas algo?
La sangre de Brian comenzó a bullir. Sin poder evitarlo, apretó el brazo de Kirby. Por un instante pensó en empujarla contra el mostrador y tomar lo que ella insistía en ofrecerle. Eso le borraría la sonrisa de la cara.
—Estás en mi camino, Kirby.
Todavía no le había soltado el brazo, lo que ella consideró un progreso. Kirby, por su parte, continuaba con la mano sobre el pecho de Brian y percibía los latidos acelerados de su corazón.
—Ya hace casi un año que estoy en tu camino, Brian. ¿Cuándo piensas hacer algo al respecto?
Los ojos del hombre destellaron antes de que los entornara. Kirby respiró hondo. ¡Por fin!, pensó al tiempo que se inclinaba hacia él.
Brian le soltó el brazo de forma tan brusca que ella estuvo a punto de caer.
—Tómate el café —indicó él—. Tengo que trabajar.
Observó con satisfacción que, en efecto, la sonrisa de suficiencia había desaparecido de la cara de Kirby, que fruncía el entrecejo mientras sus ojos echaban chispas.
—¡Maldita sea, Brian! ¿Cuál es el problema?
Él procedió a untar de mantequilla la plancha.
—Yo no tengo ningún problema. —La miró un instante al tiempo que tapaba la plancha. Kirby estaba colorada y tenía los labios apretados. Está furiosa, pensó complacido.
—¿Qué debo hacer? —preguntó ella al tiempo que dejaba la taza sobre el impoluto mostrador con tal brusquedad que derramó parte del café—. ¿Es necesario que entre completamente desnuda en esta cocina?
—¡Bueno! ¡No es mala idea! Después de eso podría aumentar los precios de la posada. —Inclinó la cabeza—. Es decir, siempre que desnuda seas atractiva.
—¡Desnuda soy muy atractiva y te he dado numerosas oportunidades para comprobarlo!
—Supongo que me gusta crear mis propias oportunidades. —Abrió la nevera—. ¿Quieres huevos con los gofres?
Kirby apretó los puños mientras se decía que había jurado curar, no herir, y luego dio media vuelta.
—¡Guárdate tus puñeteros gofres! —exclamó antes de marcharse.
Brian sonrió al oír el portazo. Complacido por haberla derrotado, decidió premiarse con unos gofres. Los servía en un plato cuando se abrió la puerta que comunicaba con la casa.
Lexy permaneció un instante inmóvil, como si posara, un hábito más que un intento de impresionar a su hermano. La cabellera le caía hasta los hombros en una cascada de rizos enredados de color rojo renacimiento, el tinte que había elegido hacía poco.
Le gustaba Tiziano y consideraba que ese tono le favorecía más que el rubio que había usado en los últimos años.
El color era apenas más claro y brillante que el que Dios le había dado, y armonizaba con su piel, de un blanco lechoso. Tenía los ojos garzos, como los de su padre, si bien cambiaban de tono. Ese día poseían el matiz de los mares brumosos, que había acentuado con un ligero maquillaje.
—Gofres —exclamó. Su voz era un ronroneo felino que había practicado religiosamente hasta hacerlo suyo—. Estupendo.
Brian cortó un trozo y lo comió de pie. Su hermana echó hacia atrás su cabellera de gitana y se acercó al mostrador del desayuno con una expresión de mal humor. A continuación pestañeó y sonrió cuando Brian le tendió el plato.
—Gracias, querido. —Le puso la mano en una mejilla y le besó la otra.
A diferencia del resto de los Hathaway, Lexy tenía la costumbre de tocar, besar y abrazar. Brian recordaba que, tras la marcha de su madre, Lexy era como un cachorro que buscaba la compañía y el cariño de cuantos la rodeaban. Era lógico, pensó, pues entonces sólo contaba cuatro años. Le tiró del pelo con suavidad y le alcanzó la miel.
—¿Hay alguien más levantado?
—Mmm. La pareja del cuarto azul ya se ha despertado, y la prima Kate está en la ducha.
—Creía que esta mañana te encargarías de los desayunos.
—Y pienso hacerlo —replicó ella con la boca llena.
Brian levantó una ceja y observó la corta bata que lucía su hermana.
—¿Ése es tu nuevo uniforme de camarera?
Ella cruzó las largas piernas y dio otro mordisco al dulce que tenía en el plato.
—¿Te gusta?
—Podrás retirarte con las propinas que recibirás.
—Sí. —Lanzó una breve carcajada y cortó otro trozo de gofre—. En efecto, ése es el sueño de mi vida; servir a desconocidos y ahorrar las propinas que me dan para poder jubilarme de una manera esplendorosa.
—Todos tenemos pequeñas fantasías —observó Brian mientras colocaba ante su hermana una taza de café con crema y azúcar. Comprendía su amargura y desilusión, aunque no las compartía. Ladeó la cabeza y preguntó—: ¿Quieres que te cuente las mías?
—Apuesto a que tienen algo que ver con ganar un concurso de cocina.
—Tal vez.
—Yo quería ser alguien, Bri.
—Eres alguien. Alexa Hathaway, la princesa de la isla.
Ella alzó la vista al cielo antes de levantar la taza de café.
—No duré ni un año en Nueva York, ni un puñetero año.
—¿Y quién desea estar en Nueva York? —Sólo pensarlo le producía escalofríos. Calles llenas de multitudes, de olores, sin aire.
—Es un poco difícil ser actriz en Desire.
—Querida, en mi opinión lo estás haciendo muy bien. Si vas a ponerte de mal humor, llévate los gofres a tu habitación, pues de lo contrario acabarás por desanimarme.
—Para ti todo es fácil. —Apartó el plato de sí, y Brian consiguió cogerlo antes de que cayera al suelo—. Tienes lo que quieres; vivir en un lugar aislado, hacer lo mismo todos los días... Papá te ha entregado la casa para dedicarse a recorrer la isla y asegurarse de que nadie toca ni un grano de su preciosa arena. —Se levantó del banco y estiró los brazos—. Y Jo tiene lo que quiere. Es una fotógrafa de éxito que se pasa la vida viajando. En cambio, ¿yo qué tengo? Un patético currículum con una serie de anuncios publicitarios, unos pocos trabajos de extra y el papel protagonista de una obra en tres actos que no pasó de la noche del estreno. Y ahora estoy aquí de nuevo, sirviendo mesas, cambiando las sábanas de las camas de otros. No aguanto más...
Brian aplaudió al cabo de unos segundos.
—Un gran discurso, Lex. Sabes muy bien qué palabras debes utilizar. Tal vez deberías mejorar la puesta en escena. Los gestos resultan demasiado ampulosos.
A Lexy le temblaron los labios.
—¡Vete al cuerno, Bri! —Alzó el mentón antes de salir.
Brian cogió el tenedor y se dispuso a terminar el desayuno que había dejado su hermana.
Al cabo de una hora, Lexy prodigaba sonrisas y zalamero encanto sureño. Era una experta camarera, lo que la había salvado de la pobreza durante su estancia en Nueva York, y servía las mesas con aparente placer y donaire.
Lucía una falda lo bastante corta para irritar a Brian, como pretendía, y un suéter que destacaba sus curvas. Su figura era excelente y se esforzaba por conservarla. Al fin y al cabo era un arma de trabajo, tanto para una camarera como para una actriz. Al igual que la sonrisa pronta y radiante.
—¿Desea que le caliente el café, señor Benson? ¿Qué tal está la tortilla? Brian es un cocinero excelente, ¿no le parece?
Como el señor Benson parecía apreciar mucho sus pechos, se inclinó un poco más para complacerle antes de dirigirse hacia otra mesa.
—Si no me equivoco se marchan hoy, ¿verdad? —Dedicó una gran sonrisa a los recién casados que se hacían arrumacos en la mesa del rincón—. Espero que vuelvan a la isla.
Mientras recorría el comedor, se detenía cuando un huésped quería conversar y pasaba de largo si notaba que prefería que lo dejaran en paz. Durante los días de semana apenas si había trabajo, y ella tenía oportunidades más que suficientes para desempeñar su papel.
Sin embargo, lo que deseaba era actuar en una sala rebosante de público, en uno de los grandes teatros de Nueva York. En cambio, pensó mientras mantenía su luminosa sonrisa, no tenía más remedio que interpretar el papel de camarera en una casa que nunca cambiaba, en una isla que nunca cambiaba.
Todo ha permanecido igual durante centenares de años, pensó. A Lexy no le interesaba la historia. En su opinión el pasado era aburrido y estaba tediosamente tallado en rocas, al igual que Desire y las personas que la habitaban.
Los Pendleton se casaban con un Fitzsimmons, un Brodie o un Verdon, las cuatro familias más importantes de la isla. De vez en cuando algún vástago rompía la tradición para contraer matrimonio con alguien de tierra firme. Incluso algunos se marchaban, pero la mayoría permanecía allí, viviendo en las mismas casas, generación tras generación.
Es todo tan... previsible, pensó Lexy mientras abría la libreta de pedidos y sonreía a los ocupantes de la mesa siguiente.
Su madre se había casado con un hombre de tierra firme y ahora los Hathaway reinaban en Sanctuary. Eran éstos los que vivían y trabajaban allí y, desde hacía más de treinta años, se esforzaban por mantener la casa y proteger la isla.
Aun así Sanctuary era y siempre sería la casa de los Pendleton, que se alzaba en lo alto de la colina. Y no parecía haber manera de escapar de ella.
Se guardó la propina en el bolsillo y retiró los platos sucios. Tan pronto como entró en la cocina sus ojos adquirieron una expresión fría. Del mismo modo que la víbora se desprende de la piel, Lexy dejó atrás su encanto. Se enfureció al observar que a Brian no le molestaba la actitud desdeñosa con que lo trataba y, tras dejar los platos sucios sobre el mostrador con brusquedad, tomó la cafetera y volvió al comedor.
Durante dos horas sirvió mesas, retiró platos y reemplazó manteles y cubiertos... mientras soñaba con el lugar donde deseaba estar.
Broadway. ¡Había estado tan segura de poder lograrlo! Todo el mundo le aseguraba que poseía un talento innato. Por supuesto, eso fue antes de que viajara a Nueva York y conociera a centenares de chicas a quienes les habían dicho lo mismo.
Quería ser una actriz seria, no una modelo con la cabeza llena de pájaros que posaba para anuncios de ropa interior. Estaba convencida de que empezaría desde arriba. Después de todo era inteligente, bonita y lista.
Ver Manhattan le infundió ánimo y energía. Era como si la ciudad estuviera esperándome, pensó mientras tomaba nota a los clientes de la mesa seis. Toda esa gente, el ruido, la vitalidad y ¡ah!, los comercios con esa ropa maravillosa, los restaurantes sofisticados y la sobrecogedora sensación de que todo el mundo tenía algo que hacer.
Ella también tenía algo que hacer y algún lugar adonde ir.
Alquiló un apartamento demasiado caro, pues no estaba dispuesta a conformarse con una habitación pequeña. Se dio el lujo de comprarse ropa nueva en Bendell’s y pasó un día entero en Elizabeth Arden. Todo eso le supuso un gasto importante, pero lo consideró una inversión. Quería ofrecer el mejor aspecto posible cuando se presentara a las pruebas para alguna obra de teatro.
Durante el primer mes se sucedieron las decepciones. Nunca sospechó que encontraría tanta competencia ni tanta desesperación en las chicas que, como ella, acudían a las audiciones para conseguir un papel.
Recibió algunas ofertas, pero casi todas implicaban trabajar tendida de espaldas. Tenía demasiado orgullo y demasiada confianza en sí misma para aceptarlas.
Ahora había de reconocer que debido al orgullo y la confianza en sí misma, así como la inocencia, se había visto obligada a volver a la isla.
Sin embargo, se recordó Lexy, se trataba de una situación momentánea. Faltaba poco menos de un año para que cumpliera los veinticinco, y entonces recibiría su herencia; lo que quedaba de ella. Con el dinero regresaría a Nueva York y esa vez actuaría con mayor cautela e inteligencia.
Aún no estoy acabada, decidió. Se estaba tomando un año sabático. Algún día subiría a un escenario para sentir el cariño y la admiración del público. Entonces sería alguien.
Alguien más que la hija menor de Annabelle.
Llevó los últimos platos a la cocina. Brian ya terminaba de limpiar el lugar. En el fregadero no había ni ollas ni sartenes sucias, y el mostrador no tenía ni una mancha. A pesar de saber que era una maldad, Lexy dobló la muñeca para que la taza que se balanceaba sobre la pila se volcara y estrellara contra el suelo.
—¡Ay! —exclamó y sonrió con perversidad al ver que Brian volvía la cabeza.
—Debe de divertirte ser una imbécil, Lex —dijo él con frialdad—. Lo haces muy bien.
—¿En serio? —Incapaz de contenerse, empujó el resto de los platos, que cayeron con gran estrépito. Los restos de comida y los fragmentos se diseminaron por el piso.
—¡Maldita sea! ¿Qué tratas de demostrar? ¿Que sigues siendo tan destructiva como siempre? ¿Que sabes que habrá alguien detrás de ti que limpie lo que ensucias? —Se encaminó con furia hacia un armario de donde sacó una escoba—. Hazlo tú misma —agregó al tiempo que se la tendía.
—¡No me da la gana! —Aunque ya lamentaba su acción impulsiva, le devolvió la escoba. La colorida porcelana yacía a sus pies—. Ahí tienes tus preciosos platos. Recógelos tú.
—Si no limpias este estropicio, te juro que te propinaré varios escobazos en la espalda.
—Inténtalo, Bri. —Estaba decidida a no dar su brazo a torcer. Saber que se había comportado mal no era más que un catalizador que la inducía a no ceder—. Inténtalo, y te arrancaré los ojos con las uñas. Estoy harta de que me digas qué debo hacer. ¡Esta casa es tan mía como tuya!
—Bueno, veo que nada ha cambiado por aquí.
Los rostros de Lexy y Brian estaban rojos de furia cuando se volvieron hacia la puerta trasera. Quedaron petrificados al ver a Jo con dos maletas a los pies y una expresión de cansancio en la cara.
—Supe que estaba en casa al oír el estruendo de la vajilla y las voces alegres.
En un repentino cambio de humor, Lexy enlazó el brazo con el de Brian.
—Mira, Brian. Ha vuelto la otra hija pródiga. Espero que nos quede un poco de cordero.
—Me conformaré con una taza de café —repuso Jo mientras cerraba la puerta a sus espaldas.
Jo estaba de pie junto a la ventana de su antigua habitación. El paisaje era el mismo. Bonitos jardines que esperaban a que alguien arrancara las malas hierbas y los regara. Los alhelíes ya habían florecido, y las campanillas azules se mecían a merced del viento. Las violetas exhibían sus caritas insolentes, custodiadas por las altas espadas de los iris púrpura y los alegres tulipanes amarillos.
Contempló las palmeras, de distintas clases, y más allá los robles sombríos, junto a los cuales los helechos y las flores silvestres crecían con indiferencia.
La luz era hermosa, plateada y perlada a medida que las nubes avanzaban por el cielo, arrojando leves sombras. La imagen era de paz, de soledad, y poseía la perfección de un cuento de hadas. Si Jo hubiese tenido la energía suficiente, habría salido para captarla con la cámara y apropiársela.
Había extrañado el lugar. Qué raro es, pensó, comprender de pronto que añoraba la vista desde la ventana del dormitorio donde pasé casi todas las noches de los primeros dieciocho años de mi vida.
Había dedicado muchas horas a trabajar en el jardín con su madre, a aprender los nombres de las flores, los cuidados que necesitaban, disfrutando al sentir la tierra bajo los dedos y el sol en la espalda. Las aves y las mariposas, el ulular del viento, el paso de las nubes por un cielo muy azul eran recuerdos preciados de su primera infancia.
Por lo visto los había olvidado, pensó al alejarse de la ventana. Todas las fotografías que había tomado allí, tanto con la cámara como con la mente, hacía mucho tiempo que estaban archivadas.
La habitación apenas si había cambiado. En Sanctuary todavía resplandecían el estilo y el buen gusto de Annabelle. Para su hija mayor había elegido una preciosa cama de bronce con dosel. La colcha, de antiguo encaje irlandés, era herencia de los Pendleton, y a Jo siempre le había encantado por su dibujo y su textura, porque parecía resistente e intemporal.
En el empapelado de la pared florecía un alegre motín de campanillas azules sobre un fondo de tono marfil. El mobiliario era acogedor, de color miel. Annabelle había escogido las antigüedades, las lámparas en forma de globo y las mesas de madera de arce, las sillas y los jarrones siempre llenos de flores frescas. Quería que desde pequeños sus hijos aprendieran a convivir con la belleza y la apreciaran. Sobre la repisa de la chimenea de mármol había velas y caracolas. En los estantes de la pared, en lugar de muñecas, había libros. De niña, a Jo no le gustaban las muñecas.
Annabelle estaba muerta. Por mucho que quedara de ella en esa pieza, en la casa, en la isla, estaba muerta. Había fallecido tras su marcha, veinte años atrás, con lo que su abandono se había convertido en un hecho irrevocable.
¡Dios Santo! ¿Qué sentido tiene que alguien haya inmortalizado su muerte en una fotografía?, se preguntó Jo enterrando la cabeza entre las manos. ¿Y por qué enviaban esa prueba de inmortalidad a la hija de Annabelle?
MUERTE DE UN ÁNGEL. Esas palabras estaban escritas en el reverso de la fotografía. Jo las recordaba con claridad. Se llevó la mano al pecho para apaciguar los latidos del corazón. ¿Qué clase de enfermedad es ésta?, se preguntó. ¿Qué clase de amenaza? ¿Y qué parte de esa amenaza se dirige a mí?
La había visto, era real, por más que cuando le dieron el alta en el hospital y regresó a su casa la fotografía hubiera desaparecido. No podía admitir que había sido fruto de su imaginación, que había sufrido una alucinación, pues ello significaba reconocer que había perdido la razón.
¿Cómo enfrentarse a tal posibilidad?
El caso era que a su regreso la instantánea ya no estaba allí. Había encontrado las demás, en las que aparecía realizando actividades cotidianas, que habían quedado esparcidas por el suelo del cuarto oscuro, tal como las había dejado al sufrir la conmoción.
Por mucho que la buscó por todo el apartamento, no logró hallar la fotografía que le había causado el ataque de nervios.
Si nunca había estado allí... Cerró los ojos y apoyó la frente contra el vidrio de la ventana. Haberlo inventado, haber deseado, siquiera de manera inconsciente, que esa terrible imagen fuese un hecho, que su madre estuviera expuesta de esa manera y muerta... ¿en qué la convertía?
¿Qué debía aceptar? ¿Su propia inestabilidad emocional o la muerte de su madre?
No pienses más en ello, se dijo. Se llevó una mano a la boca al notar que le costaba respirar. Arrincónalo, ciérralo bajo llave hasta que estés más fuerte. No vuelvas a desmoronarte, Jo Ellen, o terminarás de nuevo internada en un hospital con médicos que te analizarán el cuerpo y la mente.
Debes dominarlo. Respiró hondo, muy hondo. Debes controlarlo hasta que puedas formular todas las preguntas necesarias, hasta que conozcas todas las respuestas.
Decidió que trataría de simular que ésa era una visita normal a su casa.
Había bajado la tapa del escritorio para colocar sobre ella una cámara, quizá lo único que se atrevería a desempaquetar. Miró las maletas colocadas sobre la hermosa colcha. La mera idea de abrirlas, de sacar la ropa y colgarla en el armario, de doblarla para guardarla en los cajones le resultaba agotadora, imposible de llevar a cabo. En lugar de ello se sentó en una silla y cerró los ojos.
Lo que debía hacer era pensar y planear. Trabajaba mejor cuando elaboraba una lista de tareas y objetivos, anotados en el orden en que le resultarían más prácticos y eficaces. Volver a casa había sido la única solución, de manera que resultó práctico y eficaz. Se trata, se prometió, del primer paso. De hecho sólo debía poner en orden sus pensamientos y planear el paso siguiente.
Al cabo de unos minutos se sumió en un sueño ligero.
Más tarde, cuando llamaron a la puerta, se sobresaltó y despertó desorientada. Se puso en pie de un salto, avergonzada de haberse quedado dormida en pleno día. Antes de que llegara a la puerta, ésta se abrió y se asomó la prima Kate.
—¡Bueno, estás aquí! ¡Por el amor de Dios, Jo, pareces una moribunda! Siéntate y cuéntame lo que te pasa mientras te tomas un té.
Esa actitud sincera y autoritaria era típica de Kate, pensó Jo, que sonrió al verla entrar con una bandeja en las manos.
—En cambio tú tienes un aspecto estupendo.
—Me cuido. —Kate depositó la bandeja sobre la mesa auxiliar y señaló un sillón—. Cosa que a todas luces tú no has hecho. Estás demasiado delgada y pálida, y el peinado no te favorece, pero ya arreglaremos eso más tarde. —Sirvió el té en dos tazas de porcelana color marfil—. Bien, ¿qué ocurre? preguntó ladeando la cabeza.
—He decidido tomarme unas vacaciones —contestó Jo, que había viajado en coche desde Charlotte con la intención de disponer de tiempo para inventar los motivos que le habían inducido a volver a su casa—. Unas semanas de descanso.
—Jo Ellen, a mí no me engañas.
Nunca conseguí engañarla, pensó Jo. Nadie lograba engañarla desde que llegó a Sanctuary, unos días después de la huida de Annabelle, para pasar una semana; veinte años después permanecía allí.
Dios sabe cuánto la necesitábamos, pensó Jo, consciente de que no conseguiría que Katherine Pendleton la creyera. Bebió el té con lentitud para ganar tiempo.
Kate era prima de Annabelle, y el parecido familiar era evidente en los ojos y la complexión. Sin embargo, mientras que, por lo que Jo recordaba, Annabelle era delicada y muy femenina, Kate era arisca y directa.
Sí, no cabe duda de que se cuida, observó Jo. Llevaba el pelo corto, una especie de gorra pelirroja que armonizaba con su rostro de zorro alerta. Su atuendo era informal, pero jamás se la veía descuidada. Llevaba siempre los tejanos bien planchados, las camisas de algodón almidonadas. Tenía las uñas muy cortas y esmaltadas. A sus cincuenta años, se mantenía delgada y, de espaldas, se la podía confundir con una adolescente.
Había entrado en sus vidas en el momento más desgraciado y nunca les había fallado. Había permanecido a su lado para ayudarles y animarles, y con su estilo directo les había indicado qué debían hacer. Los quería y había creado en Sanctuary una ilusión de normalidad.
—Te he extrañado, Kate —reconoció Jo—. Te lo aseguro.
Kate la miró fijamente un instante y un destello apareció en sus ojos.
—No conseguirás ablandarme, Jo Ellen. Tienes problemas y una única alternativa: contármelos u obligarme a sonsacártelos. De una manera u otra me enteraré de lo que te sucede.
—Necesito descansar.
No lo dudo, pensó Kate, salta a la vista. Conociendo a Jo, le extrañaba que la amargura que delataba su rostro se debiera a un hombre, de modo que sólo quedaba el trabajo. Su profesión la llevaba a lugares lejanos y desconocidos, a menudo peligrosos, donde reinaban la guerra y los desastres. Y sabía muy bien que su joven prima la había antepuesto a su vida y la familia.
Mi pobre y dulce niña, pensó Kate. ¿Qué has hecho? Asió con fuerza la taza para impedir que le temblara la mano.
—¿Te han hecho daño?
—No, no. —Jo depositó el té en la mesita para frotarse los ojos doloridos—. No es más que un exceso de trabajo, estrés. Supongo que durante el último par de meses me he excedido. He estado sometida a una gran tensión.
Las fotografías. Mamá.
Kate frunció el entrecejo; los surcos que se le formaron eran lo que ellos llamaban, y no por afecto, la «arruga culpable de los Pendleton».
—Entonces ¿has perdido tanto peso y te tiemblan las manos a causa de esa tensión, Jo Ellen?
Jo se puso a la defensiva y enlazó en el regazo las manos trémulas.
—Supongo que no me he cuidado demasiado —respondió con una sonrisa—, actitud que pienso modificar.
Mientras tamborileaba los dedos sobre el brazo del sillón, Kate observó el rostro de su prima. La angustia que reflejaba era demasiado profunda para que obedeciera tan sólo a un exceso de trabajo.
—¿Has estado enferma?
—No. —La mentira surgió de su boca con tanta convicción como había planeado. De forma deliberada expulsó de su mente la imagen de la habitación del hospital, persuadida de que Kate la percibiría—. Sólo estoy un poco deprimida. Últimamente no duermo bien. —Inquieta por la mirada fija de Kate, se puso en pie para sacar una cajetilla de tabaco del bolsillo de la chaqueta que había dejado sobre una silla—. Tengo ese contrato para un libro que te mencioné por carta. Supongo que la responsabilidad me produce estrés. —Encendió un pitillo—. Es algo nuevo para mí.
—Deberías sentirte orgullosa en lugar de preocuparte.
—Tienes razón. —Jo exhaló una bocanada de humo al tiempo que trataba de alejar de la mente la imagen de Annabelle, las fotografías—. Por eso he decidido tomarme unas vacaciones.
No es todo, sospechó Kate, pero por el momento basta.
—Me alegro de que decidieras venir aquí. Gracias a la comida que prepara Brian recuperarás los kilos que has perdido. Además, necesitamos ayuda. La mayor parte de las habitaciones y cabañas ya están reservadas para todo el verano.
—¿De modo que el negocio funciona? —preguntó Jo sin demasiado interés.
—La gente desea alejarse de su rutina diaria. Casi todos los que vienen buscan tranquilidad y soledad, porque de lo contrario irían a Hilton Head o Jekyll. En todo caso, quieren toallas y ropa de cama limpias. —Kate tabaleó con los dedos mientras pensaba en el trabajo que le esperaba esa tarde—. Lexy nos echa una mano —añadió—, pero no se puede confiar en ella. Es tan capaz de desaparecer el día entero como de cumplir con las tareas que se le han encomendado. Ella también ha sufrido algunas desilusiones y el dolor que provoca el crecer.
—Lex tiene veinticuatro años, Kate. Ya es una adulta.
—Algunas personas tardan más que otras en alcanzar la madurez. No es un defecto, sino un hecho. —Kate se puso de pie. No dudaba en defender a sus polluelos, aunque fuera a base de picotazos.
—Y algunas nunca aprenden a enfrentarse a la realidad —apostilló Jo— y se pasan la vida culpando a los demás de sus fracasos y decepciones.
—Alexa no es una fracasada. Nunca te has mostrado comprensiva con ella... ni ella contigo. Eso también es un hecho.
—Nunca le he pedido que sea comprensiva conmigo. —Los viejos resentimientos salían a flote como la grasa sobre el agua sucia—. Jamás he pedido nada ni a ella ni a nadie.
—No, tú nunca has pedido nada, Jo —repuso Kate con tranquilidad—. Si pidieras, tal vez tendrías que devolver algo. Si permitieras que te necesitaran, tal vez deberías admitir que también tú los necesitas. En fin, ya es hora de que los tres os enfrentéis a los hechos. Hace dos años que no os veis.
—Sé muy bien cuánto tiempo ha pasado —replicó Jo con amargura—; Brian y Lexy me han dispensado la bienvenida que esperaba.
—Tal vez si hubieras esperado más, habrías recibido más. —Kate apretó los labios—. Ni siquiera has preguntado por tu padre.
Jo apagó el cigarrillo con enojo.
—¿Qué quieres que pregunte?
—No me hables con ese tono, jovencita. Si piensas quedarte bajo este techo, mostrarás el mismo respeto que te tienen a ti. Mientras estés aquí, cumplirás con tu parte del trabajo. Durante los últimos años tu hermano ha cargado con todo el peso de este establecimiento. Es hora de que la familia lo ayude y de que tú formes parte de la familia.
—No soy una mesonera, Kate, y no creo que Brian quiera que me entrometa en su negocio.
—Nadie te pide que laves la ropa, lustres los muebles o barras la arena de la galería.
Ante el tono helado de su prima, Jo adoptó una actitud desafiante y defensiva.
—En ningún momento he dicho que no asumiré mis obligaciones; sólo quería decir...
—Sé muy bien qué querías decir y te aseguro, jovencita, que estoy harta de esa clase de actitudes. Tú y tus hermanos preferiríais hundiros en el pantano a pediros un favor. Y tú te morderías la lengua con tal de no preguntar por tu padre. Ignoro si esa postura obedece a un exceso de orgullo o de tozudez; en todo caso mientras estés aquí procura ser amable. Éste es un hogar, ¡y ya es hora de que lo sintamos como tal!
—Kate... —Jo se interrumpió al ver que su prima se encaminaba hacia la puerta.
—Ahora estoy demasiado furiosa para conversar contigo.
—Sólo quería decir... —Cuando la puerta se cerró con fuerza, Jo tomó aire.
Le dolían la cabeza y el estómago y los remordimientos la ahogaban como una toalla mojada.
Kate se equivoca, pensó. Siento que esta casa es realmente mi hogar.
Desde el borde del pantano, Sam Hathaway observó a un halcón que volaba en busca de caza. Esa mañana había salido antes del amanecer para dirigirse al extremo opuesto de la isla. Sabía que Brian se había marchado a la misma hora, pero no intercambiaron una sola palabra. Cada uno seguía su propio camino.
A veces Sam conducía el todoterreno, pero por lo general caminaba. Algunos días se encaminaba hacia las dunas para ver salir el sol, que teñía el agua de color sangre y luego dorado. Se dedicaba a andar varios kilómetros por la playa, observando el grado de la erosión, buscando algún nuevo montículo de arena. Dejaba las caracolas allí donde las había depositado el mar.
Pocas veces se internaba en las praderas. Eran tan delicadas que hasta la huella de un pie las perjudicaba y cambiaba. Sam se resistía a los cambios.
Algunos días vagaba hasta el límite del bosque, detrás de las dunas, donde los lagos rebosaban de vida y música. Otras mañanas prefería la quietud y la falta de luz que reinaban en el bosque al rugir de las olas. Como la garza que aguarda paciente a que aparezca un pez descuidado, podía permanecer inmóvil largas horas. En ocasiones, cuando se encontraba entre los pantanos, rodeado de sauces llorones y hierba espesa, lograba olvidar la existencia de otro mundo aparte de ése, el suyo. Allí, los caimanes que se ocultaban entre los juncos para digerir la comida y las tortugas que descansaban al sol, con el riesgo de convertirse en alimento de aquéllos, le resultaban más reales que los seres humanos.
Con todo, rara vez iba más allá de los estanques para adentrarse en el umbroso bosque, el lugar que más le gustaba a Annabelle. Sin embargo, algunos días se sentía atraído hacia allí, hacia los pantanos y sus misterios, donde existía un ciclo natural que entendía muy bien: crecimiento y decadencia, vida y muerte. Ningún hombre influía en él ni, mientras Sam pudiera impedirlo, lo destruiría.
Observaba cómo los cangrejos escarbaban en las orillas, produciendo un sonido tan suave y apagado como el de las pompas de jabón al reventarse. Sam sabía que, en cuanto él se alejaba, los depredadores se deslizaban sobre el barro para desenterrar a los laboriosos crustáceos y darse un festín.
Todo eso formaba parte del ciclo.
En ese momento, cuando la primavera se hallaba en su esplendor, la hierba pasaba del dorado al verde, y las praderas comenzaban a florecer con los colores de la lavanda y la manzanilla. Había visto llegar más de treinta primaveras a Desire, y nunca dejaban de sorprenderle.
La tierra pertenecía a su mujer, quien la recibió después de que hubiera pasado de generación en generación. En cuanto Sam puso en ella sus pies, la convirtió en suya, del mismo modo que Annabelle fue suya tan pronto como la vio.
No logró mantener a su lado a su esposa, pero a causa de su marcha conservó la hacienda. Sam era un fatalista... No existía manera de escapar al destino.
Había conseguido la tierra gracias a Annabelle, y él la atendía, la protegía con fiereza y jamás la abandonaba.
Ya hacía años que se volvía en la noche en busca del fantasma de su mujer, y cada vez que miraba Desire lo encontraba en todas partes.
Era a la vez su dolor y su consuelo.
Sam observaba las raíces de los árboles, que quedaban expuestas en el lugar donde el agua se comía la tierra en el borde de los pantanos. Algunos afirmaban que era preciso tomar medidas para preservar esas orillas, pero Sam estaba convencido de que la naturaleza dictaba sus propias normas. Si el hombre, con buenas o malas intenciones, cambiaba el curso del río, ¿de qué manera repercutiría en otras zonas? No, nadie debía interferir en las batallas que libraban la tierra, el mar, el viento y la lluvia.
A cierta distancia, Kate observaba a Sam, un hombre alto, delgado, de piel bronceada y cabello oscuro, que comenzaba a encanecer. Su boca era lenta para la sonrisa, y las arrugas que le surcaban el contorno de los ojos, de color garzo, contribuían a mejorar su apariencia. Tenía las manos y los pies grandes, característica que había heredado su hijo. Aun así se movía con gracilidad.
Cuando Kate llegó a Desire no le dio la bienvenida, y en los veinte años que llevaba allí jamás le había pedido que se marchara. En ocasiones Kate se preguntaba qué pensaría o haría Sam si, de repente, empaquetara sus pertenencias y se fuera.
En cualquier caso, dudaba de que alguna vez se marchara de allí, pues estaba enamorada de Sam Hathaway.
En ese momento alzó los hombros y levantó el mentón. Aunque sospechaba que él ya había reparado en su presencia, sabía que no le hablaría a menos que ella lo animara.
—Jo Ellen ha llegado en el transbordador de la mañana.
Sam continuó observando el vuelo del halcón. Sí, sabía que Kate estaba allí, al igual que presumía que debía de existir algún motivo que la hubiera arrastrado hasta el pantano, ya que a su hija no le gustaban el barro ni los caimanes.
—¿Por qué ha venido? —preguntó.
—Es su hogar, ¿no es cierto? —respondió Kate tras lanzar un suspiro de irritación.
—No creas que ella piensa en Sanctuary de esa manera. Hace mucho que dejó de considerarlo su hogar —replicó Sam con lentitud, como si le costara pronunciar las palabras.
—En cualquier caso, es su casa. Tú eres su padre y supongo que querrás darle la bienvenida.
Sam recordó a su hija mayor. Y vio a su mujer con una claridad que le provocó desesperanza y humillación. Con todo, al hablar empleó un tono de indiferencia.
—Más tarde iré a la casa.
—No venía desde hace casi dos años, Sam. ¡Por el amor de Dios, ve a ver a tu hija!
Él se movió con enojo e incomodidad. Por lo general Kate siempre le provocaba esas reacciones.
—Hay tiempo, a menos que decida tomar el transbordador para marcharse esta misma tarde. Recuerdo que no solía permanecer mucho en un mismo lugar, y que siempre estaba impaciente por alejarse de Desire.
—Ingresar en la universidad y forjarse una carrera y una vida propia no significa desertar.
Aunque Sam pareció no inmutarse, Kate adivinó que la flecha acababa de dar en el blanco y lamentó haber tenido que lanzarla.
—Ha vuelto, Sam. No creo que esté en condiciones de ir a ninguna parte por un tiempo.
Kate se acercó a él, le tomó un brazo con firmeza y lo obligó a mirarla. A veces no hay más remedio que plantearle las cosas con claridad, por muy obvias que sean, para que las entienda, pensó. Y era eso lo que se proponía hacer en ese momento.
—Está dolida. Me temo que no se encuentra bien, Sam. Ha perdido peso y está pálida como el papel. Asegura que no ha estado enferma, pero miente.
Por primera vez los ojos de Sam reflejaron preocupación.
—¿Tiene problemas laborales?
¡Bueno, por fin!, pensó Kate, que procuró disimular su satisfacción.
—No se trata de esa clase de dolor —respondió con más suavidad—. Es un sufrimiento interior, por más que no consigo identificarlo. Necesita su hogar, a su familia. Necesita a su padre.
—Si Jo está en un apuro, sin duda lo solucionará, como ha hecho siempre.
—Querrás decir que no ha tenido más remedio que hacerlo —repuso Kate, que deseó zarandearlo hasta aflojar la llave con que ese hombre se había cerrado el corazón—. ¡Maldita sea, Sam! Te necesita.
Él miró hacia los pantanos.
—Ya ha pasado el tiempo en que me necesitaba para que le curara los moretones y le vendara las heridas.
—No; no es así. —Kate retiró la mano del brazo de Sam—. Sigue siendo tu hija, siempre lo será. Belle no fue la única que se alejó, Sam. —Le miró de hito en hito mientras meneaba la cabeza—. Brian, Jo y Lexy también la perdieron, pero no tenían por qué haberte perdido a ti.
Sam sentía una opresión en el pecho y pensó que desaparecería si lo dejaban solo.
—Ya te he dicho que más tarde subiré a la casa. Si Jo Ellen tiene algo que decirme, hablaremos entonces.
—Cualquier día comprenderás que eres tú el que tienes algo que decir a Jo, a todos tus hijos.
Tras estas palabras se marchó, con la esperanza de que Sam lo entendiera cuanto antes.