Cubierta
La isla del día antes
1. Daphne
2. De las Cosas de la Guerra en el Monferrato
3. El Serrallo de los Estupores
4. La Fortificación Demonstrada
5. El Laberinto del Mundo
6. Gran Arte de la Luz y de la Sombra
7. Pavane Lachryme
8. La Doctrina Curiosa de los Ingenios de aquel Tiempo
9. El Anteojo de Larga Vista Aristotélico
10. Geografía la más Curiosa
11. Arte de Prudencia
12. Las Pasiones del Alma
13. El Mapa de la Ternura
14. Discurso de Armas y Letras
15. Declaración y Uso del Reloj
16. Discurso sobre el Polvo de Simpatía
17. La Deseada Ciencia de las Longitudes
18. Curiosidades Inauditas
19. Espejo de Navegantes
20. Agudeza y Arte de Ingenio
21. Telluris Theoria Sacra
22. La Paloma Naranjada
23. Teatro de los Instrumentos y Figuras Mecánicas
24. Diálogo sobre los Sistemas del Mundo
25. Technica Curiosa
26. Declaración Magistral sobre los Emblemas
27. Los Secretos del Flujo y Reflujo del Mar
28. Origen de las Novelas
29. El Alma de Ferrante
30. De la Enfermedad de Amor o Melancolía Erótica
31. Idea de un Príncipe Político
32. Paraíso Cerrado para Muchos
33. Mundos Subterráneos
34. Monólogo sobre la Pluralidad de los Mundos
35. El Viaje Entretenido
36. La Eternidad Consejera
37. Ejercitaciones Paradójicas sobre cómo piensan las piedras
38. Sobre la Naturaleza y Lugar del Infierno
39. Itinerario Estático Celeste
40. Colophon
Nota de la traductora
Créditos
Notas
Y con todo eso, me envanezco de mi humillación, y pues a tal privilegio estoy condenado, casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a memoria de hombre, el único ser de nuestra especie que ha hecho naufragio en una nave desierta.
De tal suerte, con impenitente conceptuosidad, Roberto de la Grive, presumiblemente entre julio y agosto de 1643.
¿Cuántos días llevaba vagando sobre las ondas, atado a una tabla, boca abajo de día para que el sol no le cegara, el cuello innaturalmente tendido para evitar beber, requemado por la espuma, ciertamente febricitante? Las cartas no lo dicen y dejan pensar en una eternidad, pero debe de haberse tratado de dos jornadas a lo más, si no, no habría sobrevivido bajo el azote de Febo (como figurativamente lamenta), él, tan enfermizo como se describe, animal noctívago por natural defecto.
No se hallaba en condiciones de llevar la cuenta del tiempo, mas me figuro que el mar habíase sosegado inmediatamente después de la borrasca que lo había arrojado del Amarilis y esa suerte de balsa que el marinero le había delineado a la medida habíale conducido, empujada por los alisios en un piélago sereno, durante una estación en la que al sur del ecuador hay un invierno de mucha templanza, a obra de algunas millas, hasta que las corrientes le habían allegado a la bahía.
Era de noche, se había adormecido, y no había dado en la cuenta de que se estaba acercando al navío hasta que, con un sobresalto, la tabla había chocado contra la proa del Daphne.
Y como —a la luz del plenilunio— había dado en la cuenta de que estaba flotando bajo un bauprés, al hilo de un castillo de proa del que colgaba una escala de cordel, no lejos del cable del ancla (¡la escala de Jacob, la habría llamado el padre Caspar!), habíanle vuelto en un instante todos los espíritus. Debe de haber sido la fuerza de la desesperación: calculó si tenía más aliento para gritar (pero la garganta era un fuego seco), o para desceñirse de las cuerdas que le habían rayado surcos lívidos, e intentar la ascensión. Creo que en esos instantes un moribundo se convierte en un Hércules que estrangula las serpientes en la cuna. Roberto se muestra confuso a la hora de registrar el acontecimiento, pero se ha de aceptar la idea, si al final estaba en el castillo de proa, que de alguna manera a aquella escala se había aferrado. Quizá subió poco a poco, exhausto a cada trecho, tiróse allende la batayola, arrastróse sobre las jarcias, encontró abierta la puerta del castillo... Y el instinto debe de haberle hecho tocar ese barril, a cuyo borde se izó para encontrar una taza atada a una cadenilla. Y bebió todo lo que pudo, derrumbándose luego harto, quizá en sentido pleno del término, pues esa agua debía de retener tantos insectos anegados que le era alimento y bebida juntos.
Debería de haber dormido veinte y cuatro horas; es un cálculo apropiado si es que se despertó de noche, pero como renacido. Con que, era de nuevo noche, y no todavía.
Él pensó que todavía era de noche, si no, a cabo de un día, alguien habría debido encontrarlo. La luz de la luna, penetrando desde la cubierta, iluminaba aquel lugar, que se daba a conocer como la cocinilla de a bordo, con su caldera péndula sobre el fogón.
El paraje tenía dos puertas, una hacia el bauprés, la otra a la puente. Y a la segunda habíase asomado, divisando como si fuera de día las amarras bien acomodadas, el cabestrante, los palos con las velas recogidas, pocos cañones en las portas y el contorno del alcázar. Había hecho ruido, pero no respondía alma viva. Se había asomado a las amuradas y a la derecha había divisado, a eso de una milla, el perfil de la Isla, con las palmas de la ribera agitadas por la brisa.
La tierra formaba como un seno orlado de arena que blanqueaba en la pálida oscuridad pero, como le acontece a todo náufrago, Roberto no podía decir si era isla o continente.
Había dado traspiés hasta la otra borda y había entrevisto —pero esta vez a lo lejos, casi al filo del horizonte— los picos de otro perfil, también él delimitado por dos promontorios. El resto, mar, como para hacer la impresión de que el navío hubiera dado fondo en una rada a la que habíase llegado pasando por un amplio canal que separaba las dos tierras. Roberto había decidido que, si no se trataba de dos islas, sin duda tratábase de una isla que miraba a una tierra más vasta. No creo que intentara otras hipótesis, visto que nunca había sabido de bahías tan amplias que hicieran la impresión en quien se encontrara en medio de estar ante dos tierras gemelas. Así, por ignorancia de continentes desmedidos, había dado en el blanco.
Un hermoso caso para un náufrago: con los pies en lugar sólido y tierra firme al alcance del brazo. Pero Roberto no sabía nadar, de ahí a poco habría descubierto que a bordo no había ningún esquife, y la corriente, entretanto, había alejado la tabla con la que había llegado. Por lo cual, al alivio por la muerte evitada se acompañaba ahora la desazón por aquella triple soledad: del mar, de la Isla vecina y del navío. Ah de la nave, debe de haber intentado gritar, en todas las lenguas que conocía, descubriéndose debilísimo. Silencio. Como si a bordo estuvieran todos muertos. Y jamás se había expresado —él, tan generoso de símiles— tan a la letra. O casi. Y es de este casi de lo que quisiera decir, y no sé por dónde empezar.
Con todo, he empezado ya. Un hombre vaga, agotado, por el mar océano, y las aguas indulgentes lo arrojan a un navío que parece desierto. Desierto como si el marinaje lo acabara de abandonar, porque Roberto vuelve con esfuerzo a la cocina y encuentra una lámpara y un eslabón, como si lo hubiera posado el cocinero antes de acostarse. Junto al fogón hay dos catres superpuestos, vacíos. Roberto enciende la lámpara, mira en derredor, y encuentra una gran cantidad de comida: pescado seco, y bizcocho, apenas azulado por la humedad, que basta rasparlo con el cuchillo. Saladísimo, el pescado, pero hay agua a toda voluntad.
Debe de haber recobrado pronto las fuerzas, o las tenía consigo cuando escribía, porque se explaya, literatísimo, sobre las delicias de su festín, jamás tuvo el Olimpo par en sus convites, suave ambrosía a mí desde el hondo ponto, monstruo cuya muerte ahora me es vida... Pero éstas son las cosas que Roberto escribe a la Señora de su corazón:
Sol de mi sombra, luz de mi noche:
¿Por qué no me humilló el cielo en aquesa tempestad que tan fieramente había excitado? ¿Por qué sustraer al mar voraz este cuerpo mío, si luego en esta avara soledad aún más desafortunada, hórridamente naufragar debía mi alma?
Si el cielo piadoso no me envía por ventura socorro, vos no leeréis nunca la carta que agora os escribo, y abrasado cual hacha por la luz de estos mares habréme de volver yo oscuro a vuestros ojos, Selene que, habiendo aymé demasiado gozado de la luz de su Sol, en tanto cumple su viaje allende el arco extremo de nuestro planeta, despojada del auxilio de los rayos del astro suyo soberano, primeramente mengua a imagen de la hoz que le corta la vida, luego, lánguida linterna, vase disolviendo en ese espacioso cerúleo escudo donde la ingeniosa naturaleza forma heroicas empresas y misteriosos emblemas de sus secretos. Privado de vuestra mirada soy ciego pues no me veis, mudo pues no me habláis, desmemoriado pues de mí no os acordáis.
Y sólo vivo, ardiente oscuridad y tenebrosa llama, vago fantasma que mi mente, configurando siempre igual en esta adversa pugna de contrarios, prestar querría a la vuestra. Salva la vida en esta lígnea roca, en este fluctuante baluarte, prisionero del mar que del mar me defiende, castigado por la clemencia del cielo, escondido en este hondo sarcófago abierto a todos los soles, en este aéreo subterráneo, en esta cárcel inexpugnable que me ofrece la fuga por doquier, desespero yo de veros un día.
Señora, yo os escribo con la ofrenda, indigno homenaje, de la rosa ajada de mi desconsuelo, y con todo eso, me envanezco de mi humillación y, pues a tal privilegio estoy condenado, casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a memoria de hombre, el único ser de nuestra especie que ha hecho naufragio en una nave desierta.
¿Acaso es posible? A juzgar por la fecha de esta primera carta, Roberto se pone a escribir inmediatamente después de su llegada, en cuanto encuentra papel y lápiz en el camarote del capitán, antes de explorar el resto del navío. Así y todo, habrá debido de emplear algún tiempo y reponerse de fuerzas, pues estaba en estado de animal herido. O quizá sea pequeña astucia amorosa, ante todo intenta dar en la cuenta de dónde ha ido a parar, luego escribe, y finge que era antes. ¿A qué pro, visto que sabe, supone, teme, que estas cartas no llegarán jamás y las escribe sólo para su aflicción (afligido consuelo, diría él; pero intentemos no tomarle gusto)? Ya es difícil reconstruir gestos y sentimientos de un personaje que sin duda arde de amor verdadero, aunque no se sabe nunca si expresa lo que siente o lo que las reglas del discurso amoroso le prescriben. Y, por otra parte, ¿qué sabemos nosotros de la diferencia entre pasión sentida y pasión expresada, y cuál precede a la otra? En ese momento, estaba escribiendo para sí mismo, no era literatura, estaba de verdad allí, escribiendo como un adolescente que persigue un sueño imposible, surcando la página de llanto no por la ausencia de la amada, ya pura imagen incluso cuando estaba presente, sino por ternura de sí, enamorado del amor...
Habría material para sacar una novela pero, una vez más, ¿por dónde empezar?
Yo digo que esta primera carta la escribió después, y antes miró en derredor; y lo que vio lo dirá en las cartas siguientes. Pero también aquí, ¿cómo traducir el diario de alguien que quiere hacer visible mediante metáforas perspicaces lo que ve mal, mientras va de noche con los ojos enfermos?
Roberto dirá que de los ojos padecía desde los tiempos de aquella bala que le había rozado la sien en el asedio de Casal. Y puede que así sea, pero en otras partes sugiere que se le habían debilitado a causa de la peste. Roberto era, sin duda, de complexión grácil, por lo que intuyo, también hipocondríaco, aunque con juicio; mitad de su fotofobia debía de deberse a bilis negra, y mitad a alguna forma de irritación, acaso agudizada por los preparados del señor D’Igby.
Parece seguro que el viaje en el Amarilis lo había realizado estando siempre bajo la cubierta, visto que el del fotófobo era, si no su natural, por lo menos el papel que tenía que desempeñar para poder controlar los tráfagos en la bodega. Algunos meses, todos en la oscuridad o con la luz del pábilo; y luego el tiempo en el despojo de naufragio, cegado por el sol ecuatorial o tropical que fuere. Cuando arriba al Daphne, por lo tanto, enfermo o no, odia la luz, pasa la primera noche en la cocina, se reanima e intenta una primera inspección la segunda noche, y luego las cosas van casi de su cuenta. El día le da miedo, no sólo los ojos no lo soportan, tampoco las quemaduras que debía de tener en la espalda, y se amadriga. La bella luna que describe aquellas noches le reanima, de día el cielo es como por doquier, de noche descubre nuevas constelaciones (heroicas empresas y misteriosos emblemas precisamente), es como encontrarse en un teatro: se convence de que aquélla será su vida durante largo tiempo y quizá hasta la muerte, recrea a su Señora sobre el papel para no perderla, y sabe que no ha perdido mucho más de lo que ya no tuviere.
En ese punto, se refugia en sus velas nocturnas como en un útero materno, y con mayor razón decide rehuir el sol. Quizá había leído de aquellos Resurgentes de Hungría, de Livonia o de Valaquia, que huronean inquietos entre el ocaso y el alba, para esconderse luego en sus sepulturas al canto del gallo: el papel podía seducirle...
Roberto debería de haber empezado su censo la segunda noche. Ya había gritado bastante como para estar seguro de que no había nadie a bordo. Pero, y le causaba temor, habría podido encontrar cadáveres, alguna señal que justificara aquella ausencia. Habíase movido con circunspección, y por las cartas es difícil decir en qué dirección: nombra de manera imprecisa el navío, sus partes y los objetos de a bordo. Algunos le son familiares y se los ha oído mencionar a los marineros, otros desconocidos, y los describe por lo que se le representan. Ahora que también los objetos conocidos, y signo de que en el Amarilis la chusma debía de estar compuesta por bellacos de los siete mares, debía de habérselos oído indicar en francés al uno, al otro en holandés, a otro más en inglés. Así, dice a veces staffe —como debía de haberle enseñado el doctor Byrd— para referirse a la ballestilla; es trabajoso entender cómo estaba una vez, propiamente, en el alcázar, y otra en el gagliardo de atrás, que es galicismo para decir la misma cosa; usa baterías en lugar de portas y se lo concedo de buen grado porque me recuerda ciertos libros de marinería para niños; habla de parrocchetto, que para los italianos es el velacho de trinquete, pero como para los franceses perruche es la vela de sobremesana, en el árbol de mesana, no se sabe a qué se refiere cuando dice que estaba debajo de la parrucchetta, sin contar con que en español el perroquete es un mastelero de juanete. A veces llama al árbol de mesana artimone, sin duda a la francesa, pues para un marino español es una vela de galera, pero entonces ¿qué querrá decir cuando escribe misena o mizzana que para los franceses es el trinquete (pero, pobres de nosotros, no para los ingleses, para los cuales el mizzenmast es la mesana, como Dios manda)? Y cuando habla de gronda probablemente está refiriéndose a un imbornal. Tanto que he tomado una decisión: intentaré descifrar sus intenciones y luego traduciré usando los términos que me resultan más familiares, pues me ha parecido pasar estas y otras menudencias, porque no venían bien con el propósito principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones.
Dicho esto, establezcamos que aquella segunda noche, después de haber encontrado una reserva de comida en la cocina, Roberto procedió de alguna manera, bajo la luna, a la travesía de la cubierta.
Recordando la proa y la anchura del buque, vagamente vislumbrados la noche de antes, a juzgar por la cubierta ligera y por la forma del gallardo, perdón, el alcázar, y por la popa estrecha y redonda, y comparando con el Amarilis, Roberto concluyó que también el Daphne era un fluyt, o pingue holandés, o urca, o flûte, o fluste, o flyboat, o fliebote, como variamente se llamaban aquellos galeones de comercio y de medio arqueaje, por lo normal armados con una decena de cañones, a descargo de conciencia en caso de ataque de piratas y que, con aquellas dimensiones, podían gobernarse con una docena de marineros, y embarcar muchos pasajeros más, si se renunciaba a las comodidades (ya escasas), arrumando jergones hasta tropezar con ellos. Y ea, causa de miasmas de todo tipo por si no había bubones a suficiencia. Un pingue, por tanto, pero mayor que el Amarilis, con la puente reducida, casi, a una escotilla única, como si el capitán ansiara embarcar agua a cada embate de mar demasiado vivaz.
En cualquier caso, que el Daphne fuera un pingue era una ventaja, Roberto podía moverse con cierto conocimiento de la disposición de los lugares. Por ejemplo, habría debido estar, en el centro de la cubierta, el esquife, capaz de contener el marinaje al completo: y el que no estuviera dejaba creer que el marinaje estaba en otro lugar. Pero esto no tranquilizaba a Roberto: un marinaje no deja jamás el navío sin custodia y a la merced de la mar, aun anclado con las velas recogidas en una bahía tranquila.
Aquella noche había apuntado inmediatamente más allá de la plaza de armas, había abierto la puerta del alcázar con recato, como si tuviera que pedirle permiso a alguien... Junto a la rueda del timón, la aguja de marear le dijo que el canal entre las dos tierras se extendía de sur a norte. Luego, había dado en la que hoy llamaríamos la cámara de oficiales, una sala en forma de L, y otra puerta lo había admitido en la cámara del capitán, con su amplio ventanal sobre el timón y los accesos laterales a la galería. En el Amarilis la estancia de mando no formaba un todo con aquella donde dormía el capitán, mientras que aquí parecía que se hubiera intentado ahorrar espacio para hacer lugar a algo más. Y, en efecto, mientras a la izquierda de la cámara se abrían dos camarotes para sendos oficiales, a la derecha se había obtenido otro paraje, casi más amplio que el del capitán, con un catre modesto en el fondo, pero dispuesto como un lugar de trabajo.
La mesa estaba llena de mapas, que le parecieron a Roberto más de los que un navío usa para la navegación. Parecía aquél el gabinete de un estudioso: con las cartas de navegar estaban dispuestos de diferente manera anteojos de larga vista, un hermoso nocturlabio de cobre que emanaba reflejos leonados como si fuera en sí mismo un manantial de luz, una esfera armilar fijada al plano de la mesa, otros pliegos recubiertos de cálculos, y un pergamino con dibujos circulares en negro y en rojo, que reconoció, por haber visto algunas copias en el Amarilis (si bien de hechura más vil), como una reproducción de los eclipses lunares del Regiomontano.
Había vuelto a la cámara alta: saliendo a la galería se podía ver la Isla, se podía —escribía Roberto— fijar con linces ojos su silencio. En definitiva, la Isla estaba allí, como antes.
Debía de haber llegado al galeón casi desnudo: creo que, en primer lugar, sucio como estaba por la espuma marina, se lavó en la cocina, sin preguntarse si esa agua era la única a bordo, y luego encontró en un cofre un buen vestido del capitán, el que había de conservarse para el desembarco final. Quizá hasta se pavoneara en su uniforme de mando; y calzar botas debe de haber sido una manera de sentirse nuevamente en su elemento. Sólo en ese punto un hombre de bien, propiamente vestido —y no un náufrago menoscabado— puede tomar oficialmente posesión de un navío abandonado, y no advertir ya como violación, sino como derecho, el gesto que hizo Roberto: buscó en la mesa y descubrió, abierto y como dejado interrumpido, junto a la pluma de oca y al tintero, el cuaderno de bitácora. Por la primera hoja supo inmediatamente el nombre del navío, pero por lo demás era una secuencia incomprensible de anker, passer, sterre-kyker, roer, y poco útil le fue saber que el capitán era flamenco. Sin embargo, la última línea llevaba la fecha de algunas semanas antes, y a cabo de pocas palabras incomprensibles campeaba bien rayada una expresión en latín: pestis, quae dicitur bubonica.
He aquí una huella, un anuncio de explicación. A bordo del navío habíase declarado una epidemia. Esta noticia no inquietó a Roberto: su peste habíala pasado trece años antes, y todos saben que quien ha sufrido el morbo ha adquirido una suerte de gracia, como si esa sierpe no osare introducirse por segunda vez en el espinazo de quien habíala domado una primera.
Por otra parte, aquella alusión no explicaba mucho, y dejaba espacio a otras inquietudes. Así sea, eran todos muertos. Pero entonces habríanse debido encontrar, diseminados descompuestamente sobre la puente, los cadáveres de los últimos, admitiendo que éstos hubieran dado piadosa sepultura en el mar a los primeros.
Estaba la ausencia del esquife: los últimos, o todos, habíanse alejado del navío. ¿Qué es lo que convierte un bajel de apestados en un paraje de invencible amenaza? ¿Ratones, por ventura? Parecióle a Roberto interpretar en la escritura ostrogoda del capitán, una palabra como rottenest (¿ratas, ratones de albañar?): e inmediatamente se había dado la vuelta levantando el candil, dispuesto a divisar algo deslizándose a lo largo de las paredes y a oír el chillido que habíale helado la sangre en el Amarilis. Con un escalofrío recordó una noche en que un ser peludo habíale rozado el rostro mientras estaba durmiéndose, y su grito de terror había hecho acorrer al doctor Byrd. Todos, luego, habíanse reído dél: incluso sin la peste, en un bajel hay tantas ratas como pájaros en un bosque, y con las ratas hase de tener costumbre si se quiere correr los mares.
Pero, por lo menos en el alcázar, de ratas ningún aviso. Quizá habíanse reunido en la sentina, con sus ojos rojeantes en la oscuridad, en espera de carne fresca. Roberto se dijo que, si las había, era menester saberlo al punto. Si eran ratones normales y un número normal, podíase convivir. ¿Y qué otra cosa podían ser, si no? Se lo preguntó, y no quiso darse una respuesta.
Roberto encontró una escopeta, un espadón y un cuchillejo. Había sido soldado: la escopeta era uno de aquellos caliver, como decían los ingleses, que podía apuntarse sin horquilla; se aseguró de que todo estuviera en orden, más para sentir confianza que por proyecto de desbaratar una turba de ratones con el plomo, y, de hecho, se había ceñido a la cintura el cuchillo, que con los ratones sirve para poco.
Había decidido explorar el casco de proa a popa. Vuelto a la cocina, por una escalerilla que bajaba arrimada a la carlinga del bauprés, había penetrado en el pañol (o despensa, creo), donde habían sido amasadas provisiones para una larga navegación. Y puesto que no podían haberse conservado por transcurso de todo el viaje, el marinaje acababa de hacer bastimento en una tierra hospitalaria.
Había cestas de pescado, ahumado desde no había mucho, y pirámides de cocos, y barriles de raíces de forma desconocida pero con aspecto de poderse comer sin perjuicio, y visiblemente capaces de soportar una larga conservación. Y luego frutos, como los que Roberto había visto aparecer a bordo del Amarilis después de las primeras arribadas en tierras tropicales, también ellos resistentes al paso de las estaciones, erizados de espinas y escamas, empero con un perfume agudo que prometía carnosidades bien defendidas, humores azucarados escondidos. Y de algún producto de las islas debían de haberse extraído aquellos costales de harina gris, con olor a tufo, y con ésta probablemente habíanse cocido también unos panes que, al probarlos, recordaban a aquellas excrecencias insípidas que los indios del Nuevo Mundo llamaban batatas.
En el fondo había también una decena de cubetas con su espita. Extrajo de la primera, y era agua aún no podrida, antes bien, recogida recientemente y tratada con azufre para conservarla más tiempo. No era mucha, pero calculando que también las frutas habríanle calmado la sed, habría podido permanecer mucho tiempo en el navío. Y con todo eso, estos descubrimientos, que debían dejarle entender que en la nave no habría muerto de inedia, le inquietaban aún más. Como por lo demás les acaece a los espíritus melancólicos, para los cuales cualquier aviso de fortuna es promesa de infaustas consecuencias.
Naufragar en una nave desierta es ya un caso innatural, pero si por lo menos la nave hubiere sido abandonada de los hombres y de Dios como despojo impracticable, sin objetos de naturaleza o de arte que la hicieran apetecible albergue, esto habría estado en el orden de las cosas, y de las crónicas de los navegantes; pero encontrarla así, aparejada como para un huésped deseado y esperado, como un ofrecimiento insinuante, empezaba a saber a azufre, mucho más que el agua. A Roberto le vinieron a las mientes varias consejas que le contaba la abuela, y otras con mejor prosa que se leían en los salones parisinos, donde princesas perdidas en el bosque entran en una roca y encuentran cámaras decoradas suntuosamente con lechos y baldaquines, y armarios llenos de vestidos lujosos, o incluso mesas aderezadas... Y ya se sabe, la última sala habría reservado la revelación sulfúrea de la mente maligna que había tendido el lazo.
Había tocado un coco en la base del cúmulo, había turbado el equilibrio del conjunto, y aquellas formas cerdosas se habían precipitado en alud, como ratas que hubieran esperado tácitas en el suelo (o como los murciélagos se cuelgan invertidos de las vigas de un techo), dispuestas ahora a subirle por el cuerpo y a oliscarle el rostro salado de sudor.
Era menester asegurarse de que no se trataba de sortilegio: Roberto había aprendido durante el viaje qué se hace con los frutos de ultramar. Usando el cuchillo como un hacha, abrió de un solo golpe un coco, y desmenuzó en mil pedazos la cáscara, y royó el maná que se ocultaba bajo la corteza. Era todo tan suavemente delicioso que la impresión de la insidia se acrecentó. Quizá, se dijo, estaba ya en manos de la ilusión, se saboreaba con cocos e hincaba el diente en roedores, absorbía ya su quididad, a cabo de poco sus manos habríanse vuelto finas, uñosas y corvas, su cuerpo habríase recubierto de un bozo agrio, su espalda habríase arqueado, y habría sido acogido en la siniestra apoteosis de los hirsutos habitantes de aquella barca del Aqueronte.
Empero, y para acabar con la primera noche, otro aviso de horror había de sorprender al explorador. Como si el derrumbamiento de los cocos hubiera despertado a criaturas durmientes, oyó venir, más allá del mamparo que separaba la despensa del resto de la entrecubiertas, si no un chillido, un piar, un cuchichear, un escarbar de patas. Luego la insidia existía, seres de la noche se daban cita en algún cubil.
Roberto se preguntó si, escopeta en ristre, debía encarar enseguida aquel Armagedón. El corazón le temblaba, se acusó de cobardía, se dijo que o aquella noche u otra, antes o después, habría tenido que hacer frente a Esotros. Perdió tiempo, volvió a subir a la cubierta, y por fortuna divisó el alba que acariciaba con sus manos de marfil el metal de los cañones, hasta entonces regalado por los reflejos lunares. Estaba surgiendo el día, se dijo con alivio, y era deber suyo huir su luz.
Como un Resurgente de Hungría atravesó corriendo la cubierta para volver al alcázar, entró en el camarote ya suyo, se atrincheró, cerró las salidas a la galería, colocó las armas al alcance de la mano, y se dispuso a dormir para no ver el Sol, verdugo que corta con el hacha de sus rayos el cuello de las sombras.
Agitado, soñó su naufragio, y lo soñó como hombre de ingenio, por lo que incluso en sueños, y sobre todo en ellos, ha de hacerse de suerte que las proposiciones hermoseen el concepto, que los reparos lo aviven, las conexiones misteriosas lo hagan preñado, profundo las ponderaciones, salido los encarecimientos, disimulado las alusiones, y las transmutaciones sutil.
Me imagino que en aquellos tiempos, y en aquellos mares, eran más los bajeles que naufragaban que los que volvían al puerto; pero a quien le acontecía por vez primera, la experiencia debía de ser fuente de pesadillas recurrentes, que la costumbre a bien concebir debía hacer pintorescas como un Juicio Universal.
Desde la tarde de antes, el aire se había como enfermado de catarro, y parecía que el ojo del cielo, grávido de lágrimas, no consiguiera ya seguir sosteniendo la vista de la extensión de las ondas, el pincel de la naturaleza descoloraba la línea del horizonte y esbozaba lejanías de provincias indistintas.
Roberto, cuyas vísceras ya vaticinaban el inminente terremoto, se tira en el catre, acunado por una nodriza de cíclopes, se adormece entre sueños intranquilos que sueña en el sueño del que nos habla, y cosmopea de estupores acoge en su regazo. Se despierta con la bacanal de los truenos y los gritos de los marineros, luego embates de agua le invaden el jergón, el doctor Byrd se asoma corriendo y le grita que suba a la puente, y que se mantenga bien agarrado a cualquier cosa que esté un poco más firme que él.
En la cubierta, confusión, lamentos y cuerpos, levantados como por la mano divina, arrojados al mar. Por un poco Roberto se ase a la vela de mesana (creo entender), hasta que ésta se lacera, vulnerada por saetas, la entena da en emular la curva carrera de las estrellas y Roberto es impelido a los pies del palo mayor. Aquí un marinero de buen corazón, que se había atado a él, no pudiendo hacerle sitio, le lanza un cabo y le grita que se ate a una puerta, desquiciada hasta allí desde el alcázar, y bueno fue para Roberto que la puerta, con él parásito, se deslizara luego contra el pasamanos porque, entretanto, el árbol se parte por la mitad, y un mastelero se precipita a abrirle la cabeza al adjutor.
Por una brecha del costado del navío, Roberto ve, o sueña haber visto, abrirse una enorme boca y entre el bostezo horrendo, su lengua esgrime rayo, vibra espada, cola escamosa despierta el estruendo, que confunde la bóveda estrellada, lo que me parece un consentir demasiado al gusto de la cita preciosa. Mas en fin, el Amarilis se inclina de la parte del náufrago dispuesto al naufragio, y Roberto con su tabla se desliza en un abismo encima del cual divisa, descendiendo, el Océano que libre asciende a simular precipicios, en deliquio de crestas ve surgir Pirámides caídas, es acuóreo cometa que huye en la órbita de ese torbellino de húmedos cielos. Mientras cada ola relampaguea con lúcida inconstancia, aquí se curva un vapor, aquí un vórtice hace borborigmos y abre un hontanar. Haces de meteoritos enloquecidos hacen el contracanto al aire sedicioso y roto en truenos, el cielo es un alternarse de luces remotísimas y aguaceros de tinieblas, y Roberto dice haber visto Alpes espumosos dentro de lúbricos sulcos con mieses si no espumas, y a Ceres florecida entre zafiros reflejados, y más tarde, un precipitar de relucientes ópalos, cual si la telúrica hija Proserpina hubiera tomado el mando exiliando a la frugífera madre.
Y en el horror nocturno que brama airado, mientras sufre la ira del ponto procelosa, Roberto, de repente, cesa de admirar el espectáculo, del cual se convierte en insensible actor, se desmaya y nada sabe ya de sí. Sólo después, supondrá, soñando, que la tabla, por piadoso decreto, o por instinto de cosa natante, se adecue a esa jiga y como hubiere bajado, naturalmente torne a subir, sosegándose en una lenta zarabanda —en la cólera de los elementos también se subvierten las reglas de toda urbana secuencia de danzas— y siempre con más amplias perífrasis lo aleje del ombligo de la justa, donde, en cambio, se hunde, peonza astuta en las manos de los hijos de Eolo, el desventurado Amarilis, bauprés al cielo. Y con él toda ánima viva en su bodega, y el judío destinado a encontrar en la Jerusalén Celestial la Jerusalén terrena que ya no habría alcanzado jamás, y el caballero maltés separado para siempre de la Ínsula Escondida, y el doctor Byrd con sus secuaces y —al fin sustraído por la naturaleza benigna a los consuelos del arte médica— aquel pobre perro infinitamente ulcerado, del cual por lo demás no he tenido modo de hablar porque Roberto escribirá sobre él sólo más tarde.
En fin, presumo que el sueño y la tempestad habían hecho el reposo de Roberto lo bastante susceptible como para limitarlo a un tiempo brevísimo, al que había de seguir una vigilia belicosa. En efecto, él, al aceptar la idea de que afuera era de día, reconfortado por el hecho de que poca luz penetrara por los ventanales opacos del alcázar, y confiando en poder descender a la entrepuentes por alguna escalerilla interna, se dio ánimos, volvió a ceñirse las armas, y marchó con temerario temor a descubrir el origen de aquellos sonidos nocturnos.
O mejor, no va enseguida. Pido la venia, pero es Roberto quien al contárselo a la Señora se contradice: signo de que no cuenta cabalmente lo que le ha pasado, sino que intenta construir la carta como una narración, mejor aún, como un borrador de lo que podría llegar a ser carta y narración, y escribe sin decidir qué elegirá luego, diseña por así decir las piezas de su ajedrez sin establecer en seguida cuáles mover y cómo disponerlas.
En una carta dice haber salido para aventurarse bajo cubierta. Pero en otra escribe que, recién despertado por la claridad matinal, fue sorprendido por un lejano concierto. Eran sonidos que procedían ciertamente de la Isla. Al principio, Roberto tuvo la imagen de una turba de indígenas apiñándose en largas canoas para abordar la nave, y apretó la escopeta, luego el concierto le pareció menos batallador.
Rayaba el alba, el sol no hería todavía los cristales: fue a la galería, advirtió el olor del mar, entreabrió el postigo de la ventana, y con los ojos entrecerrados intentó fijar la ribera.
En el Amarilis, donde de día no salía a la puente, Roberto había oído a los pasajeros contar de auroras encendidas como si el sol estuviera impaciente por traspasar el mundo con sus saetas, mientras ahora veía, sin lagrimear, colores tenues: un cielo espumoso de nubes oscuras apenas hiladas de madreperla, mientras un matiz, un recuerdo de rosa, estaba ascendiendo detrás de la Isla, que parecía coloreada de turquí en un papel grueso.
Pero aquella paleta casi nórdica le bastaba para entender que ese perfil, que le había parecido homogéneo de noche, era la resultante de los contornos de una colina boscosa que se detenía con rápido declivio en una franja del litoral recubierta por árboles de alto fuste, hasta las palmas, que hacían de corona a la playa blanca.
Lentamente, la arena se hacía más luminosa, y a lo largo de los bordes se divisaban, a los lados, unas grandes arañas embalsamadas mientras movían sus extremidades esqueléticas en el agua. Roberto quiso verlas de lejos como «vegetales ambulantes», pero en aquel momento el reflejo ya demasiado vivo de la arena hizo que se retrajera.
Descubrió que, allí donde los ojos le traicionaban, el oído no podía, y al oído se encomendó, entornando casi del todo el postigo y dando oreja a los rumores que venían de tierra.
Aunque acostumbrado a las albas de su colina, comprendió que, por primera vez en su vida, oía cantar de verdad a los pájaros, y en cualquier caso, jamás tantos y tan variados había oído.
Millares saludaban el levantarse del sol: le pareció reconocer, entre gritos de papagayos, al ruiseñor, al mirlo, a la calandria, a un número infinito de golondrinas, e incluso la voz aguda de la cigarra y del grillo, preguntándose si de verdad podía oír animales de aquella especie, y no algún hermano de las antípodas... La Isla estaba lejos, y con todo hízose la impresión de que aquellos sonidos arrastraban una fragancia de flores de azahar y de albahaca, como si el aire por toda la bahía estuviera impregnado de perfume; y por otra parte, el señor D’Igby le había contado cómo, en el curso de uno de sus viajes, había reconocido la cercanía de la tierra por un revuelo de átomos olorosos transportados por los vientos...
Mientras oliscando tendía el oído a aquella multitud invisible, como si desde las almenas de un castillo o desde las troneras de un baluarte mirase un ejército que vociferando se disponía en arco entre el degradar de la colina, la llanura frontera, y el río que protegía las murallas, hízose la impresión de haber visto ya lo que oyendo imaginaba, y ante la inmensidad que le ponía cerco, se sintió cercado, y casi le vino el instinto de apuntar la escopeta. Estaba en Casal, y ante él se extendía el ejército español, con su ruido de carruajes, el chocar de las armas, las voces tenoriles de los castellanos, la vocinglería de los napolitanos, el áspero gruñido de los lansquenetes y, en el fondo, algún sonido de clarín que llegaba acolchado, y el sonido ligero de algún tiro de arcabuz, cloc, paf, pum, como los morteretes de una fiesta patronal.
Casi como si su vida se hubiera desarrollado entre dos asedios, el uno imagen del otro, con la única diferencia de que ahora, al cerrarse ese círculo de dos lustros abundantes, ya también el río era demasiado ancho y circular (lo cual hacía imposible cualquier salida), Roberto revivió los días de Casal.
Roberto deja entender bastante poco de sus dieciséis años de vida antes de aquel verano de 1630. Cita episodios del pasado sólo cuando le parecen exhibir alguna conexión con su presente en el Daphne, y el cronista de su crónica porfiada debe espiar entre los pliegues del discurso. Si siguiéramos sus resabios, parecería como un autor que, para diferir el descubrimiento del homicida, le concede al lector sólo escasos indicios. Y así robo alusiones, como un delator.
Los Pozzo de San Patricio eran una familia de la pequeña nobleza que poseía la extensa propiedad de la Griva en los confines del territorio alejandrino (en aquellos tiempos, parte del ducado de Milán y, por tanto, dominio español), pero que por geografía política o disposición de ánimo se consideraba vasalla del marqués del Monferrato. El padre —que hablaba en francés con la esposa, en dialecto con los campesinos, y en italiano con los extranjeros— con Roberto se expresaba de diferentes guisas según le enseñara una estocada, o lo llevara a cabalgar por los campos, soltando reniegos por los pájaros que le echaban a perder la cosecha. Por lo demás, el muchacho pasaba su tiempo sin amigos, fantaseando entre sí tierras lejanas cuando vagaba aburrido por las viñas, cetrería cuando cazaba vencejos, y combates con dragones cuando jugaba con los perros; y tesoros escondidos mientras exploraba los aposentos de su castillejo o castilluelo que fuere. Le encendían estos vagamundeos de la mente los libros y los poemas de caballerías que encontraba llenos de polvo en la torre meridional.
Así pues, no cultivado no era, y tenía incluso un preceptor, aunque fuera temporario. Un carmelita —que se decía había viajado a Oriente donde, murmuraba santiguándose la madre, insinuaban que se había hecho moro— llegaba una vez al año a la hacienda con un siervo y cuatro machillos cargados de libros y otros cartapacios, y se le brindaba hospitalidad durante tres meses. Qué enseñara al alumno no lo sé, pero cuando llegó a París, Roberto hacía figura, y de todas maneras aprendía rápidamente lo que oía.
De este carmelita se sabe una cosa sola, y no es una casualidad que Roberto la mencione. Un día, el viejo Pozzo habíase cortado, limpiando una espada, y ya fuere porque el arma estaba herrumbrosa, ya fuere que se había dañado una parte sensible de la mano o de los dedos, la herida le procuraba fuertes dolores. Entonces el carmelita había cogido el acero, lo había rociado con unos polvos que tenía en una cajilla, e inmediatamente Pozzo juró que experimentaba alivio. El caso es que al día siguiente ya la llaga estaba cicatrizándose.
El carmelita habíase complacido del estupor de todos, y dijo que el secreto de aquella substancia habíale sido revelado por un moro, y se trataba de un medicamento mucho más poderoso que aquel que los espagíricos cristianos llamaban unguentum armarium. Cuando le preguntaron cómo era que los polvos no se colocaban sobre la herida sino sobre la hoja que la había producido, respondió que así actúa la naturaleza, entre cuyas fuerzas más fuertes está la simpatía universal, que gobierna las acciones a distancia, y añadió, que si la cosa podía resultar difícil de creer, no había sino que pensar en la imán, la cual es una piedra que atrae hacia sí la limadura de metal, o en las grandes montañas de hierro, que cubren el norte de nuestro planeta, las cuales atraen la aguja de marear. Y así el ungüento armario, firmemente adhiriendo a la espada, atraía aquellas virtudes del hierro que la espada había dejado en la herida y que impedían su curación.
Cualquier criatura que en su propia infancia haya sido testigo de tanto, no puede sino quedar marcada para toda la vida, y veremos pronto cómo el destino de Roberto fue decidido por su atracción hacia el poder atractivo de polvos y ungüentos.
Por otra parte, no es éste el episodio que marcó mayormente la infancia de Roberto. Hay otro, y si habláramos con propiedad, no lo llamaríamos episodio, sino una especie de estribillo del cual el muchacho había conservado recelosa memoria. Así pues, parece ser que el padre, que a buen seguro estaba encariñado con aquel hijo, aunque lo tratara con la aspereza taciturna propia de los hombres de aquellas tierras, a veces, y precisamente en sus primeros cinco años de vida, lo levantaba del suelo y le gritaba con orgullo: «¡Tú eres mi primogénito!». Nada extraño, en verdad, excepto un venial pecado de redundancia, visto que Roberto era hijo único. Si no fuera que, creciendo, Roberto había empezado a recordar (o se había convencido de recordar) que, ante aquellas manifestaciones de contento paterno, el semblante de la madre daba en una expresión entremezclada de turbación y leticia, como si el padre hiciera bien en decir aquella frase, pero al oírla repetir se le despertara un ansia ya sosegada. La imaginación de Roberto había traveseado durante mucho tiempo en torno al tono de aquella exclamación, concluyendo que el padre no la pronunciaba como si fuera un aserto obvio, sino una inédita investidura, enfatizando aquel «tú» como si quisiera decir «tú, y no otro, tú eres mi hijo primogénito».
¿No otro o no esotro? En las cartas de Roberto aparece siempre alguna referencia a cierto Otro que lo obsesiona y la idea parece haberle nacido precisamente entonces, cuando él se había convencido (¿y qué podía cavilar un niño perdido entre torreones llenos de murciélagos y viñas, lagartijas y caballos, cohibido al tratar con los rústicos que le eran impares coetáneos, y que si no escuchaba algunas consejas de la abuela escuchaba las del carmelita?) de que por algún lugar de esos mundos iba otro no reconocido hermano, el cual debía de ser de índole aviesa, si el padre lo había repudiado. Roberto era primero demasiado pequeño, y después demasiado recatado, para preguntarse si este hermano le era tal por parte de padre o por parte de madre (y en ambos casos sobre uno de los padres habríase extendido la sombra de un yerro antiguo e imperdonable): era un hermano, era sin duda culpable de algún modo (quizá sobrenatural) de la repulsa que había sufrido, y por esto sin duda lo odiaba, a él, a Roberto, al predilecto.
La sombra de este hermano enemigo (que, con todo, habría querido conocer para amarlo y hacerse amar) había turbado sus noches de niño; más tarde, adolescente, hojeaba en la biblioteca viejos volúmenes para encontrar escondido en ellos, qué sé yo, un retrato, un auto del párroco, una confesión reveladora. Vagaba por las buhardillas abriendo viejos baúles llenos de ropa de los bisabuelos, oxidadas medallas o un puñal moruno, y se demoraba en interrogar con los dedos perplejas camisolas bordadas que sin duda habían arropado a un infante, pero quién sabe si años o siglos antes.
Poco a poco, a este hermano perdido habíale dado también un nombre, Ferrante, y había dado en atribuirle pequeños crímenes de los que se le acusaba sin razón, como el robo de una golosina o la indebida liberación de un perro de su cadena. Ferrante, favorecido por su cancelación, actuaba a sus espaldas, y él se cubría detrás de Ferrante. Es más, poco a poco, la costumbre de acusar al hermano inexistente de lo que él, Roberto, no podía haber hecho, habíase transformado en la costumbre de cargarle también lo que Roberto de verdad había hecho, y de lo que se arrepentía.
No es que Roberto les dijera a los demás una mentira: es que, llevándose en silencio, y con un nudo en la garganta, el castigo por las propias sinrazones, conseguía convencerse de la propia inocencia y sentirse víctima de un atropellamiento.
Una vez, por ejemplo, Roberto, para probar un hacha nueva que el herrero acababa de entregar, en parte también por despecho de no sé qué injusticia que consideraba haber padecido, abatió un arbolillo frutal que el padre había plantado no hacía mucho con grandes esperanzas para las estaciones por venir. Cuando dio en la cuenta de la gravedad de su tontería, Roberto configuró consecuencias tremendas, como mínimo una venta al Turco, quien le haría remar de por vida en sus galeras, e iba disponiéndose a intentar la fuga y a concluir su vida como forajido en las colinas. En busca de una justificación, se convenció, en poco tiempo, de que el que había cortado el árbol, con toda seguridad, había sido Ferrante.
Pero el padre, descubierto el delito, había congregado a todos los muchachos de la hacienda y habíales dicho que, para evitar su ira indistinta, el culpable habría hecho mejor en confesar. Roberto se sintió piadosamente generoso: si hubiera culpado a Ferrante, el pobrecillo habría padecido una nueva repulsa; en el fondo, el infeliz hacía el mal para colmar su abandono de huérfano, ofendido por el espectáculo de sus padres que colmaban a otro de caricias... Dio un paso al frente y, temblando de miedo y de braveza, dijo que no quería que nadie fuera culpado en su lugar. La afirmación, puesto que no lo era, había sido tomada por una confesión. El padre, torciéndose los bigotes y mirando a la madre, había dicho con hurañas carrasperas que claramente el crimen era gravísimo, y la punición inevitable, pero no podía no apreciar que el joven «señor de la Griva» hiciere honor a las tradiciones de la familia, y que siempre débese portar ansí un hidalgo, aun teniendo sólo ocho años. Luego, sentenció que Roberto no participaría a la visita de mediados de agosto a los primos de San Salvador, que era en verdad castigo penoso (en San Salvador hallábase Quirino, un viñador que sabía izar a Roberto sobre una higuera de altura vertiginosa), pero sin duda menos que las galeras del Soldán.
A nosotros la historia nos parece simple: el padre está orgulloso de tener un vástago que no miente, mira a la madre con mal celada satisfacción, y castiga sin rigor, así, para salvar las apariencias. Pero Roberto a este acontecimiento debió de echarle ribetes durante mucho tiempo, llegando a la conclusión de que el padre y la madre, a buen seguro, habían intuido que el culpable era Ferrante, habían apreciado el fraterno heroísmo del hijo predilecto y habíanse sentido aliviados de no tener que poner al desnudo el secreto de la familia.
Quizá sea yo el que les echa ribetes a escasos indicios, pero es que esta presencia del hermano ausente tendrá un peso en esta historia. De ese juego pueril hallaremos rastros en el proceder de Roberto adulto, o por lo menos de Roberto en el momento en el que lo encontramos en el Daphne, en una situación que, para ser sinceros, habría abrumado a cualquiera.
En cualquier caso, son digresiones de poco fruto; todavía tenemos que establecer cómo llegó Roberto al asedio del Casal. Y aquí conviene dar rienda suelta a la fantasía e imaginar cómo pudo haber sucedido.
A la Griva las noticias no llegaban con mucha tempestividad, empero desde hacía por lo menos dos años se sabía que la sucesión al ducado de Mantua estaba provocándole muchos problemas al Monferrato, y un medio asedio lo había habido ya. Brevemente —y es una historia que otros ya han contado, aunque de manera más fragmentaria que la mía— en diciembre de 1627 moría el duque Vicente II de Mantua y, en torno al lecho de muerte de este disoluto que no había sabido hacer hijos, se representaba un sainete con cuatro pretendientes, con sus agentes y con sus protectores. Se lleva la palma el marqués de Saint-Charmont que consigue convencer a Vicente de que la herencia le corresponde a un primo de rama francesa, Carlos de Gonzaga, duque de Nevers. El viejo Vicente, entre un estertor y otro, hace o deja que el de Nevers se case a toda prisa con su sobrina María Gonzaga, y expira dejándole el ducado.
Ahora bien, el Nevers era francés, y el ducado que heredaba comprendía también el marquesado del Monferrato con su capital, Casal, la fortaleza más importante de Italia del Norte. Situado como estaba entre el Milanesado español, y las tierras de los Saboya, el Monferrato permitía el control del curso superior del Po, de los tránsitos entre los Alpes y el sur, del camino entre Milán y Génova, y se entraba como una almohadilla entre Francia y España, ninguna de las dos potencias pudiendo fiarse de esa otra almohadilla que era el ducado de Saboya, donde Carlos Manuel I estaba haciendo un juego que sería magnánimo definir doble. Si el Monferrato iba al de Nevers era como si fuera a Richelieu y era, por tanto, obvio que España prefiriera que fuera a cualquier otro, digamos al duque de Guastalla. Aparte del hecho de que tenía algún título a la sucesión también el duque de Saboya. Mas como un testamento existía, y designaba al de Nevers, a los demás pretendientes les quedaba sólo esperar que el Sagrado y Romano Emperador Germánico, de quien el duque de Mantua era formalmente feudatario, no ratificara la sucesión.
Los españoles, sin embargo, estaban impacientes y, a la espera de que el Emperador tomara una decisión, Casal ya había sido cercado una primera vez por Gonzalo de Córdoba y ahora, por segunda vez, por un imponente ejército de españoles e imperiales bajo el mando del Espínola. La guarnición francesa disponíase a resistir, a la espera de una armada francesa de refuerzo, todavía ocupada en el norte, que Dios sabe si habría llegado a tiempo.
Los acontecimientos estaban más o menos en este punto, cuando el viejo Pozzo, a mediados de abril, reunió ante el castillo a los más mozos entre sus criados y familiares y a los más despabilados de sus campesinos, distribuyó todas las armas que había en la hacienda, llamó a Roberto, y les hizo a todos este discurso, que debía de haberse preparado durante la noche:
—Gentes, aguzad el oído. Esta nuestra tierra de la Griva siempre ha pagado tributo al Marqués del Monferrato que desde ha poco es como si fuere el Duque de Mantua, el cual hase convertido en el Señor de Nevers, y a quien viniere a decirme que el Nevers no es ni mantuano ni monferrín le atizo una patada en salvasealaparte, porque sois unos tarlocos que veis el cielo por un embudo, y para estas cosas tenéis menos entendederas que las gallinas, y por tanto, es mejor que guardéis la boca y dejéis hacer a vuestro amo que al menos él está al cabo de lo que es el honor. Pero como vosotros el honor os lo pasáis por ese sitio, habéis de saber que si los imperiales entran en Casal, esa es gente que no se anda con melindres, vuestras viñas os las meten a barato y de vuestras mujeres mejor no hablar. Conque partimos para defender Casal. Yo no obligo a nadie. Si hay algún haragán trashoguero que quiere salirse por peteneras, que lo diga enseguida y lo cuelgo de aquella encina.
Ninguno de los presentes podía haber visto todavía los aguafuertes de Callot con racimos de gente como ellos colgando de otras encinas, pero algo debía de haber en el aire: todos levantaron, quienes los mosquetes, quienes las picas, quienes unos bastones con el hocino atado en la punta y gritaron viva Casal, abajo los imperiales. Como un solo hombre.
—Hijo mío —dijo el Pozzo a Roberto mientras cabalgaban por las colinas, con su pequeño ejército que seguía a pie—, ese Nevers no vale uno de mis cojones, y a Vicente cuando le pasó el ducado, además del pito, no le tiraba ni siquiera el cerebro, que ni siquiera antes le tiraba. Pero se lo pasó a él y no a ese badulaque del Guastalla, y los Pozzo son vasallos de los señores legítimos del Monferrato desde los tiempos de Maricastaña. Por tanto, se va a Casal y si es menester, nos hacemos matar porque, cuerpo de Dios, no puedes estar con uno mientras las cosas van como miel sobre hojuelas y luego dejarle tirado cuando está con la mierda en el gollete. Pero si no nos matan es mejor; así pues, ojo.
El viaje de aquellos voluntarios, desde los confines del Alejandrino a Casal, fue sin duda uno entre los más largos que la historia recuerde. El viejo Pozzo había hecho un razonamiento en sí ejemplar:
—Yo conozco a los españoles —había dicho—, y a fe mía que es gente a la que le gusta tomársela con calma. Entonces, se dirigirán a Casal atravesando la llanura que está en el sur, que por ella pasan mejor los carruajes, cañones y demás pertrechos. Así, si nosotros, justo antes de Mirabello, nos dirigimos hacia occidente y tomamos el camino de las colinas, echamos en remojo un día o dos, pero llegamos sin encontrar un qué cosa es cosa, y antes de que lleguen ellos.
Desafortunadamente, el Espínola tenía ideas más tortuosas sobre cómo debía prepararse un asedio y, mientras al sureste de Casal empezaba a hacer ocupar Valencia del Po y Ucimián, desde hacía algunas semanas había enviado al oeste de la ciudad al duque de Lerma, a Ottavio Sforza y al conde de Gemburg, con unos siete mil infantes, a intentar tomar inmediatamente los castillos de Rosiñán, Pontestura y San Jorge, para bloquear toda posible ayuda que llegara de la armada francesa, mientras como una tenaza, desde el norte, atravesaba el Po, hacia el sur, el gobernador de Alejandría, don Gerónimo Agustín, con otros cinco mil hombres. Y todos habíanse dispuesto a lo largo del recorrido que Pozzo creía fecundamente desierto. Ni, cuando nuestro hidalgo lo supo por algunos campesinos, pudo cambiar rumbo, porque en el este había ya más imperiales que en el oeste.
Pozzo dijo simplemente:
—A nosotros no nos da ni frío ni calentura. Servidor conoce estas partes mejor que ellos, y pasamos por en medio como garduñas.
Lo que implicaba, recodos o curvas, hacer muchísimos. Tanto que se encontraron incluso con los franceses de Pontestura, que en el ínterin habíanse rendido, y con tal de que no volvieran a entrar en Casal, habíales sido concedido que bajaran hacia el Final, donde habrían podido llegarse a Francia por vía marina. Los de la Griva se los encontraron por los parajes de Otteglia, corrieron el riesgo de dispararse unos a otros, cada uno creyendo que los otros eran enemigos, y Pozzo vino a saber por su comandante que, entre los conciertos de capitulación, habíase establecido también que el trigo de Pontestura habían de vendérselo a los españoles, y éstos habrían dado el dinero a los casaleses.
—Los españoles son unos señores, hijo mío —dijo Pozzo—, y es gente contra la que da gusto combatir. Por suerte, ya no estamos en los tiempos de Carlomagno contra los Moros, que las guerras eran todo un mata tú que te mato yo. ¡Éstas son guerras entre cristianos, vive Dios! Agora ésos están ocupados en Rosiñán, nosotros les pasamos por detrás, nos enfilamos entre Rosiñán y Pontestura, y estamos en Casal en tres días.
Dichas estas palabras a finales de abril, Pozzo llegó con los suyos a la vista de Casal el 24 de mayo. Hicieron, por lo menos en los recuerdos de Roberto, un gran caminar, siempre abandonando caminos y trochas de arriero y cortando por los campos; total, decía el Pozzo, cuando hay una guerra todo va enhoramala, y si a las cosechas no les damos cabo nosotros, son ellos los que no dejan verde. Para sobrevivir diéronse un alegrón entre viñas, frutales y corrales: total, decía el Pozzo, aquella era tierra monferrina y tenía que alimentar a sus defensores. A un campesino de Mombello que protestaba hizo que le dieran treinta azotes, diciéndole que si no hay un poco de disciplina las guerras las ganan los demás.
A Roberto la guerra empezaba a parecerle una experiencia hermosísima; venía a saber por los viandantes edificantes historias, como la del caballero francés malherido y capturado en San Jorge, que se había quejado de que habíale robado un soldado un retrato que tenía en mucha estima; y el duque de Lerma, habiendo oído la noticia, mandó que se lo volviesen y después de muy bien curado le dio un caballo y le envió a Casal. Y por otra parte, aun con desviaciones en espiral, que se perdía todo sentido de la orientación, el viejo Pozzo había conseguido hacer que la guerra guerreada su banda todavía no la hubiera visto.
Fue, así pues, con gran alivio, pero con la impaciencia de quien quiere tomar parte en una fiesta esperada durante mucho tiempo, cuando un buen día, desde lo alto de una colina, vieron a sus pies, y ante sus ojos, la ciudad, bloqueada al septentrión, que les quedaba a la izquierda, por la gran cinta del Po, que justo delante del castillo recortaba dos grandes islotes en medio del río, y hacia poniente, el lugar formaba casi una punta, con la masa en forma de estrella de la ciudadela. Gozosa de torres y campanarios por dentro, por fuera parecía verdaderamente inexpugnable, toda hirsuta como era de torreones en diente de sierra, que parecía uno de aquellos dragones que se ven en los libros.
Era de verdad un gran espectáculo. Todo en derredor de la ciudad, soldados con ropas abigarradas arrastraban máquinas obsidionales, entre grupos de tiendas hermoseadas por estandartes y caballeros con sombreros harto emplumados. De vez en cuando, llegaba de entre el verde de los bosques o el amarillo de los campos un deslumbramiento no prevenido que hería el ojo y se trataba de gentileshombres con corazas de plata que hacían donaires con el sol, y tampoco se entendía hacia qué parte iban, y a lo mejor cabrioleaban por dar escena.
Bello para todos, el espectáculo le pareció menos ameno al Pozzo que dijo:
—Gentes, esta vez estamos chulados de verdad.
Y a Roberto que le preguntaba cómo podía ser, dándole un pescozón en la nuca:
—No me seas babeo, aquellos son los imperiales, no irás a creerte que los casaleses son tantos de esos, y paseándose fuera de las murallas. Los casaleses y los franceses están dentro amontonando bálagos de paja, y cáganse de miedo porque no son ni siquiera dos mil, mientras aquellos de allá abajo son cien mil, poco más o menos; mira también en aquellas colinas allá adelante.
Exageraba, el ejército de Espínola contaba sólo con dieciocho mil infantes y seis mil caballos, pero bastaban y sobraban.
—¿Qué hacemos, padre mío? —preguntó Roberto.
—Hacemos —dijo el padre—, que andamos con la barba sobre el hombro: ¿dónde están los luteranos? y por ahí no se pasa, que no sé qué no se hiciera entre ellos: in primis, no se entiende una hostia de lo que dicen, in secundis, primero te matan y luego te preguntan quién eres. Mirad bien por dónde parecen españoles: ya habéis oído que ésa es gente con la que se puede tratar. Y que sean españoles de buena crianza. En estas cosas lo que es el todo es la educación.
Hallaron un paso a lo largo de un campamento con las divisas de sus majestades cristianísimas, donde centelleaban más corazas que en otros lugares, y bajaron encomendándose a Dios. En la confusión, pudieron proceder durante un largo trecho en medio del enemigo, pues en aquellos tiempos el uniforme lo tenían sólo algunos cuerpos elegidos como los mosqueteros, y para el resto no entendías nunca quién era de los tuyos. Pero a un cierto punto, y justo cuando no quedaba sino cruzar una tierra de nadie, se toparon con un puesto avanzado y fueron detenidos por un oficial que preguntó urbanamente quiénes eran y a dónde iban, mientras a sus espaldas una escuadra de soldados estaba en el quién vive.
—Señor —dijo el Pozzo—, háganos la gracia de darnos camino, pues que es cosa que tenemos que ir a colocarnos en el lugar adecuado para disparar contra Vuestra Merced.
El oficial se quitó el sombrero, hizo una reverencia y un saludo como para barrer el polvo dos metros por delante de sí, y dijo en su lengua:
—Señor, no es menor gloria vencer al enemigo con la cortesía en la paz, que con las armas en la guerra. —Y luego, en un buen italiano—: Pase, Señor, si un cuarto de los nuestros tiene la mitad de su intrepidez, venceremos. Que el cielo me conceda el placer de volver a encontrarle en el campo, y el honor de matarle.
—Fisti orb d’an fisti secc —murmuró entre dientes el Pozzo, que en la lengua de sus tierras sigue siendo hoy en día una expresión optativa con la cual se hacen votos, más o menos, de que el interlocutor sea primeramente privado de la vista y que inmediatamente después sea aquejado por una perlesía. Pero en voz alta, apelando a todos sus recursos lingüísticos y a su sabiduría retórica, dijo en un buen romance:
—¡Yo también!
Saludó con el sombrero, dio una ligera espolada, aunque no tanto como la teatralidad del momento exigía, pues debía dar tiempo a los suyos de seguirle a pie, y dirigióse hacia las murallas.
—Dirás lo que quieras, pero son gentileshombres —dijo dirigiéndose al hijo, y bien hizo en volver la cabeza: evitó una arcabuzada que le habían disparado desde los baluartes—. Ne tirez pas, conichons, on est des amis, Nevers, Nevers —gritó levantando las manos, y luego a Roberto—: Lo ves, es gente sin gratitud. No hablo por hablar, pero son mejores los españoles.
Entraron en la ciudad. Alguien debía de haber señalado inmediatamente aquella llegada al comandante de la guarnición, el señor de Toiras, antiguo hermano de armas del Pozzo mayor. Grandes abrazos, y un primer paseo sobre los bastiones.
—Querido amigo —decía Toiras—, a los registros de París les resulta que yo tengo en la mano cinco regimientos de infantería de diez compañías cada uno, por un total de diez mil infantes. Pues el señor de la Grange tiene sólo quinientos hombres, Monchat doscientos y cincuenta, y, todos juntos, puedo contar con mil y setecientos hombres a pie. Además tengo seis compañías de caballeros, cuatrocientos hombres en total, aunque bien equipados. El Cardenal sabe que tengo menos hombres de los debidos, pero sostiene que tengo tres mil y ochocientos. Yo le escribo dándole pruebas de lo contrario y Su Eminencia simula no entender. He tenido que reclutar un regimiento de italianos a la buena de Dios, corsos y monferrines, y con el permiso de Vuestra Merced, son malos soldados, tanto que he tenido que mandar a los oficiales que levantaran un tercio aparte con sus lacayos. Los hombres de la Grive se asociarán al regimiento italiano, a las órdenes del capitán Bassiani, que es un buen soldado. Mandaremos también al joven Roberto, que vaya al fuego comprendiendo bien las órdenes. En cuanto a Vuestra Merced, querido amigo, se unirá a un grupo de esforzados gentileshombres que hanse llegado con nosotros de su voluntad, al igual que Vuestra Merced, y que están en mi séquito. Vuestra Merced conoce el país y podrá darme buenos consejos.
Juan del Caylar de Saint-Bonnet, señor de Toiras, era alto, moreno con los ojos azules, en la plena madurez de sus cuarenta y cinco años, colérico pero generoso y propenso a la reconciliación, brusco de modos pero, al fin y al cabo, afable también con los soldados. Habíase distinguido como defensor de la isla de Ré en la guerra contra los ingleses, pero a Richelieu y a la Corte no les resultaba simpático, según parece. Los amigos murmuraban acerca de un diálogo suyo con el canciller de Marillac, que habíale dicho desdeñosamente que habríanse podido encontrar dos mil gentileshombres en Francia capaces de llevar igualmente bien el asunto de la isla de Ré, y él había replicado que habría sido posible encontrar cuatro mil capaces de tener los sellos mejor que Marillac. Sus oficiales atribuíanle también otro buen lema (que según otros era, sin embargo, de un capitán escocés): en un consejo de guerra en la Rochela, el padre José, que era en definitiva la famosa eminencia gris, y se picaba de estrategia, había puesto el dedo sobre un mapa diciendo «cruzaremos por aquí» y Toiras había objetado con frialdad: «Reverendo Padre, desgraciadamente su dedo no es una puente».
—He aquí la situación, cher ami —seguía diciendo Toiras, recorriendo las murallas e indicando el paisaje—. El teatro es espléndido y los actores son lo mejor de dos imperios y de muchas señorías: tenemos de cara incluso un regimiento florentino, y mandado por un Médicis. Nosotros podemos confiar en Casal, entendida como ciudad: el castillo, desde el que controlamos la parte del río, es una hermosa bastilla, defendido por un buen foso, y sobre las murallas hemos dispuesto un terraplén que permitirá a los defensores trabajar bien. La ciudadela tiene sesenta cañones y baluartes a regla de arte. Son débiles en algún punto, pero los he reforzado con medias lunas y baterías. Todo esto es óptimo para resistir un asalto frontal; claro que Espínola no es un novicio: observe Vuestra Merced esos movimientos de allá, están aprestando unas minas, y cuando lleguen aquí abajo será como si hubiéramos abierto las puertas. Para detener los trabajos será menester descender a campo abierto, pero ahí somos más débiles. Y en cuanto el enemigo haya adelantado aquellos cañones, empezará a batir la ciudad y entonces entra en juego el humor de los burgueses de Casal, en los que fío poquísimo. Por otra parte, los entiendo: a ellos interésales más la salvación de su ciudad que al señor de Nevers y todavía no se han convencido de que es un bien morir por los lises de Francia. Se tratará de hacerles entender que con el de Saboya, o con los españoles, perderían sus libertades y Casal ya no sería una capital sino una fortaleza cualquiera como Susa, que el de Saboya está dispuesto a vender por un puñado de maravedís. Por lo demás, se improvisa; si no, no sería una comedia italiana. Ayer salí con cuatrocientos hombres hacia Fregene, donde estaban concentrándose unos imperiales, y retiráronse. Mientras estaba ocupado allá abajo, unos napolitanos instaláronse sobre aquella colina, justo por el lado opuesto. Ordené que la artillería la batiera durante unas cuantas horas y creo haber hecho una buena carnicería, pero no se han ido. ¿De quién ha sido la jornada? Juro sobre Nuestro Señor que no lo sé y no lo sabe ni siquiera Espínola. En cambio, sé qué haremos mañana. ¿Ve Vuestra Merced aquellas casucas en la llanura? Si las controláramos tendríamos bajo tiro muchos puestos enemigos. Una espía me ha dicho que están desiertas, y esta es una buena razón para temer que haya alguien escondido. Mi joven señor Roberto, no ponga esa cara desdeñada y aprenda, primer teorema, que un buen comandante gana una batalla usando bien a las espías y, segundo teorema, que una espía, pues que es un traidor, no tarda nada en traicionar a quien le paga para que traicione a los suyos. En cualquier caso, mañana la infantería irá a ocupar aquellas casas. Antes que tener a las tropas a que se pudran dentro de las murallas, mejor exponerlas al fuego, que es un buen ejercicio. No patalee, señor Roberto, todavía no será su jornada: pasado mañana el tercio de Bassiani tendrá que cruzar el Po. ¿Ve Vuestra Merced aquellos muros allá abajo? Son parte de un fuerte que habíamos empezado a construir antes de que aquéllos llegaran. Mis oficiales no están de acuerdo, pero creo que está bien retomárnoslo antes de que lo ocupen los imperiales. Se trata de mantenerlos bajo tiro en la llanura, de suerte que se les estorbe y se retrase la construcción de las minas. En resumidas cuentas, habrá gloria para todos. De momento, vayamos a cenar. El asedio está empezando y todavía no escasean las provisiones. Que ya más tarde nos comeremos los ratones.
Librarse del asedio de Casal, donde los ratones al final, por lo menos, no había tenido que comérselos, para arribar al Daphne donde quizá los ratones habríanselo comido a él. Meditando temeroso sobre este hermoso contraste, Roberto por fin habíase dispuesto a explorar aquellos lugares de los que la noche antes había oído llegar aquellos inciertos ruidos.
Había decidido bajar desde el alcázar y, si todo hubiera sido como en el Amarilis, sabía que habría debido encontrar una docena de cañones a ambos lados, y los jergones de paja o las hamacas de los marineros. Había penetrado por la timonera en el rancho de Santa Bárbara, atravesado por la caña que oscilaba con lento chirrío, y habría podido salir enseguida por la puerta que daba a la entrepuentes. Mas casi para tomar confianza con aquellos parajes profundos antes de encararse con su incógnito enemigo, por una escotilla habíase descolgado aún más abajo, donde por lo normal habría debido haber otros bastimentos. Y, en cambio, allí había encontrado, organizados con gran economía de espacio, catres para una docena de hombres. Así pues, la mayor parte de la chusma dormía allá abajo, como si el resto se reservara a otras funciones. Los catres estaban en perfecto orden. Si epidemia había habido, entonces, a medida que alguien moría, los supervivientes habíanlos aderezado con sumo arte, para decir a los demás que nada había acontecido... Pero en fin, ¿quién había dicho que los marineros hubieran muerto, y todos? Y, una vez más, ese pensamiento no lo había tranquilizado: la peste, que mata al marinaje completo, es un hecho natural, según algunos teólogos a veces providencial; pero un acontecimiento que hacía huir a ese mismo marinaje, y dejando el navío en aquel orden suyo innatural, podía ser mucho más preocupante.
Quizá la explicación se encontraba en la segunda cubierta, era preciso darse ánimos. Roberto volvió a subir y abrió la puerta que daba al lugar temido.
Comprendió entonces la función de aquellos vastos ajedreces que horadaban la puente. Con ese recurso, la entrecubiertas había sido transformada en una especie de nave, iluminada a través de las rejillas por la luz del día, ya pleno, que caía oblicua, cruzándose con la que llegaba de las portas, coloreándose con el reflejo, ahora ambarino, de los cañones.
Primeramente, Roberto no divisó nada más que aceros de sol en los que se veían agitarse infinitos corpúsculos, y como los vio, no pudo sino recordar (y cuánto se difunde en jugar de eruditas memorias, para asombrar a su Señora, en vez de limitarse a decir) las palabras con las cuales el Canónigo de Digne lo invitaba a observar las cascadas de luz que se derramaban en la oscuridad de una catedral, animándose, en su proprio interior, de una multitud de mónadas, semillas, naturalezas indisolubles, gotas de incienso macho que estallaban espontáneamente, átomos primordiales empeñados en lides, batallas, escaramuzas con escuadrones, entre un sinnúmero de encuentros y separaciones. Prueba evidente de la composición misma de este nuestro universo, por otra cosa no compuesto que por cuerpos primeros hormigueantes en el vacío.
Inmediatamente después, casi como confirmación de que lo creado no es sino obra de aquesa danza de átomos, hízose la impresión de encontrarse en un jardín y dio en la cuenta de que, desde que había entrado allá abajo, había sido asaltado por un tropel de perfumes, mucho más fuertes que los que le habían llegado antes desde la ribera.
Un jardín, un vergel cubierto: eso era lo que los hombres desaparecidos del Daphne habían creado en aquel paraje, para conducir a la patria flores y plantas de las islas que estaban explorando, permitiendo que el sol, los vientos y las lluvias les concedieran sobrevivir. Que el bajel pudiera conservar posteriormente, durante meses de viaje, aquel botín silvestre, que la primera tempestad no lo envenenara de sal, Roberto no sabía decirlo, pero a buen seguro el que aquella naturaleza estuviera aún en vida confirmaba que, como para la comida, la reserva habíase hecho recientemente.
Flores, arbustos, arbolillos habíanse transportado con sus raíces y sus terrones, y alojados en banastos y cajas de improvisada hechura. Muchos de los receptáculos se habían podrido, la tierra se había derramado formando entre los unos y los otros una capa de limo húmedo en el que ya estaban hincándose los mugrones de algunas plantas, tal que parecía estar en un Edén que germinase de las tablas mismas del Daphne.
El sol no era tan fuerte que ofendiera los ojos de Roberto, pero sí lo suficiente para hacer descollar los colores del follaje y hacer que se abrieran las primeras flores. La mirada de Roberto se posaba sobre dos hojas que antes le habían parecido la cola de un camarón, del cual brotaban flores blancas, luego sobre otra hoja verde tierno en la que nacía una especie de media flor de una macolla de azufaifas ebúrneas. Una vaharada repugnante lo atraía hacia una oreja amarilla en la que parecía hubieran enjaretado una panocha, a su lado descendían festones de conchas de porcelana, cándidas con la punta rosada, y de otro racimo pendían unas trompetas o campanillas invertidas, con una ligera sospecha de musgo. Vio una flor color limón de la cual, en el curso de los días, iba a descubrir la volubilidad, porque habríase vuelto albaricoque a la tarde y rojo oscuro a la puesta del sol, y vio otras, azarcón en el centro, que se difuminaban en un albor lilial. Descubrió unos frutos ásperos que no habría osado tocar, si uno de ellos, caído al suelo y abiértose por fuerza de sazón, no hubiera revelado un interior de granada. Osó catar otros, y los juzgó más a través de la lengua con la que se habla que con la que se gusta, visto que define uno como una bolsa de miel, maná congelado en la fecundidad de su tallo, alhaja de esmeraldas repleta de diminutos rubíes. Que luego, leyendo a contraluz, osaría decir que había descubierto algo muy parecido a un higo.
Ninguna de aquellas flores o de aquellos frutos le resultaba conocido, cada uno parecía nacido de la fantasía de un pintor que hubiera querido violar las leyes de la naturaleza para inventar inverosimilitudes convincentes, laceradas delicias y sabrosas mentiras: como aquella corola cubierta por una pelusa blancuzca que se pululaba en un copete de plumas violeta, o no, una bellorita descolorida que expulsara un apéndice obsceno, o una máscara que encubriera un rostro canoso de barbas cabrunas. ¿Quién podía haber ideado ese arbusto con hojas por un lado verde oscuro con decoraciones silvestres rojiamarillas, y por el otro llameantes, rodeadas de otras hojas de un más tierno verde guisante, con substancia carnosa contorcida en guisa de cuenco, que podía contener aún el agua de la última lluvia?
Embargado por la sugestión del lugar, Roberto no se preguntaba de qué lluvia contenían las hojas los restos, visto que, desde hacía por lo menos tres días, seguramente no llovía. Los aromas que lo aturdían disponíanlo a juzgar natural cualquier sortilegio.
Le parecía natural que un fruto flojo y cadente oliera a queso fermentado, y que una suerte de granada violácea, con un agujero en el fondo, al sacudirla hiciera oír en su propio interior una que otra semilla danzante, como si no de flor se tratara, sino de juguete, y tampoco se extrañaba por una flor en forma de cúspide, con el fondo duro y redondeado. Roberto no había visto jamás una palmera llorona, como si fuere sauce, y la tenía ante sí, pateante de raíces múltiples sobre las que se injertaba un tronco que salía de una única mata, mientras sus frondas de planta nacida al llanto doblegábanse extenuadas por su misma lozanía; Roberto no había visto todavía otra zarza que generara hojas largas y pulposas, entumecidas por un vergajo central cual hierro, listas para ser usadas como platos y bandejas, mientras junto a ellas crecían otras hojas más, a guisa de cedientes cucharas.
Incierto de si vagaba en una floresta mecánica o en un paraíso terrenal escondido en lo íntimo de la tierra, Roberto erraba en aquel Edén que lo instigaba a fragrantes delirios.
Cuando más tarde se lo relate a la Señora, hablará de rústicos frenesís, caprichos de los jardines, ricos Proteos de frondas, cedros (¿cedros?) enloquecidos de ameno furor... O lo revivirá como un antro flotante rico de engañosos títeres donde, ceñidas por sogas horriblemente contorcidas, surgían fanáticas capuchinas, impíos serpollos de bárbara espesura... Escribirá sobre el opio de los sentidos, de una ronda de pútridos elementos que, precipitando en impuros extractos, habíanlo conducido a las antípodas de la cordura.
Al principio, había atribuido al canto que le llegaba de la isla, la impresión de que voces plumadas se manifestaran entre las flores y las plantas: mas de golpe se le erizaron los pelos por el paso de un murciélago que casi le rozó la cara, e inmediatamente después tuvo que apartarse para esquivar un halcón, que se había arrojado sobre su presa derribándola con un golpe de rostro.
Penetrado en la entrepuentes, oyendo todavía a lo lejos a los pájaros de la Isla, y convencido de percibirlos todavía a través de las lumbres de la sentina, Roberto oía ahora aquellos sonidos harto más próximos. No podían venir de la ribera: otros pájaros, por tanto, y no lejanos, estaban cantando allende las plantas, hacia la proa, en dirección de aquel pañol en el que la noche de antes había oído los ruidos.
Le pareció, avanzando, que el vergel terminaba a los pies de un tronco de alto tallo que perforaba la puente superior, luego entendió que había llegado más o menos al centro del navío, donde el árbol mayor se entrevenaba hasta la ínfima carena. En aquel punto, artificio y naturaleza estábanse confundiendo tanto que podemos justificar la confusión de nuestro héroe. También porque, precisamente en ese punto, su nariz empezó a advertir una mezcla de aromas, calumbres terrosas y hedor animal, como si lentamente estuviera pasando de un huerto a un redil.
Y fue al caminar allende el tronco del árbol mayor, hacia la proa, cuando vio la pajarera.
No supo definir de otra forma ese conjunto de jaulas de caña, atravesadas por sólidas ramas que éranles percha, habitadas por animales voladores, dedicados a adivinar esa aurora de la que recibían sólo una limosna de luz, y a responder con voces discordes al reclamo de sus semejantes que cantaban libres en la Isla. Apoyadas en el suelo o péndulas de las rejillas de la puente, las jaulas se disponían a lo largo de aquel otro crucero como estalactitas y estalagmitas, dando vida a otra espelunca de las maravillas, donde los animales revoloteando hacían oscilar las jaulas, y éstas se cruzaban con los rayos del sol, y ellos creaban un mariposeo de colores, una nevasca de arco iris.
Si hasta aquel día jamás había oído cantar de verdad a los pájaros, tampoco podía decir Roberto que los hubiera visto, por lo menos con tantas hechuras, a tal punto que se preguntó si estaban en estado de naturaleza o si no los habría pintado la mano de un artista y aderezado para alguna farsa, o para simular un ejército en revista, cada infante y cada caballero envuelto en su propio estandarte.
Cohibidísimo Adán, no tenía nombres para aquellas cosas, sino los de los pájaros de su hemisferio; he aquí una garza, se decía, una grulla, una codorniz... mas era como tratar de oca a un cisne.
Aquí, prelados con la amplia cola cardenalicia y el pico en forma de alquitara desplegaban alas de hierba, inflando una garganta purpurina y descubriendo un pecho azul salmodiaban casi humanos; allá, múltiples escuadras se exhibían en gran justa intentando asaltos a las deprimidas cúpulas que circunscribían su arena, entre relámpagos de tórtola y estocadas rojas y amarillas, como oriflamas que un alférez estuviera lanzando y recogiendo al vuelo. Enojados jinetes, con largas patas nerviosas en un espacio demasiado angosto, relinchaban airados cra cra cra, a veces vacilando sobre un pie solo y mirándose recelosos en derredor, vibrando los copetes sobre la cabeza tendida... Solo, en una jaula construida a su medida, un gran capitán, con el manto azulino, el justillo bermejo como el ojo, y el penacho de lirios sobre la cimera, exhalaba un gemido de paloma. En una jaulilla junto a ésta, tres peones permanecían en el suelo, faltos de alas, brincantes ovillos de lana encenagada, el hociquito de ratón, bigotudo en la raíz de un largo pico recorvo dotado de aletas con las cuales los pequeños monstruos husmeaban, picoteando las lombrices que encontraban por el camino... En una jaula que se desanudaba como un intestino, una pequeña cigüeña con las patas de zanahoria, el pecho aguamarina, las alas negras y el pico morado, se movía titubeante, seguida por algunos pequeños en fila india y, al detenerse aquella senda suya, despechada graznaba, primero obstinándose en romper lo que creía una maraña de sarmientos, luego reculando e invirtiendo el camino, y sin saber sus criaturas si caminarle delante o detrás.
Roberto estaba dividido entre la excitación del descubrimiento, la piedad por aquellos prisioneros, el deseo de abrir las jaulas y ver su catedral invadida por aquellos heraldos de un ejército de los aires, para substraerlos al asedio al cual el Daphne, a su vez asediado por sus otros semejantes allá afuera, los obligaba. Pensó que estarían hambrientos, y vio que en las jaulas aparecían sólo migajas de comida, y que las vasijas y las escudillas que habían de contener el agua estaban vacías. Pero descubrió, junto a las jaulas, sacos de simientes y jirones de pescado seco, preparados por quien quería conducir aquel botín a Europa, pues una nave no va por los mares del opuesto sur sin traer a las cortes o a las academias testimonios de esos mundos.
Siguiendo adelante encontró también un recinto hecho con tablas, con una docena de animales que adscribió a la especie gallinácea, aunque en su casa no había visto semejante plumaje. También ellos parecían hambrientos, aunque las gallinas habían puesto (y celebraban el acontecimiento como sus socias de todo el mundo) seis huevos.
Roberto cogió inmediatamente uno, lo agujereó con la punta del cuchillo y lo bebió como acostumbraba de niño. Luego se metió los demás en la camisa, y para compensar a las madres, y a los fecundísimos padres que lo fijaban ceñudos meneando las barbas, distribuyó agua y comida; y así hizo jaula por jaula, preguntándose qué providencia habíale allegado al Daphne precisamente mientras los animales estaban extremados. Hacía, en efecto, ya dos noches que Roberto estaba en el navío y alguien había cuidado de las jaulas a lo sumo el día anterior a su llegada. Sentíase como un invitado que llega, sí, con retraso a una fiesta, pero justamente apenas hanse ido los últimos huéspedes y las mesas aún no se han recogido.
Por lo demás, se dijo, que aquí antes había alguien y agora ya no lo hay, está claro. Que estuviere uno, o diez días antes de mi llegada, no cambia para nada mi hado, a lo sumo lo hace más burlón: naufragando un día antes, habría podido unirme a los marineros del Daphne, donde quiera que hayan ido. O acaso no, habría podido morir con ellos, si murieron. Lanzó un suspiro (por lo menos no era un asunto de ratones) y concluyó que tenía a disposición también unos pollos. Pensó otra vez en su propósito de rendirles la libertad a los bípedos de más noble linaje, y convino en que, si el exilio suyo había de durar mucho, también aquestos habrían podido resultar de buen yantar. Eran bellos y abigarrados también los hidalgos ante Casal, pensó, y con todo, les disparábamos, y si el asedio hubiera durado, nos los habríamos incluso comido. Quien ha sido soldado en la guerra de los treinta años (digo yo, pero quien la estaba viviendo entonces no la llamaba así, y quizá no había ni entendido que se trataba de una larga y única guerra en la cual, de vez en cuando, alguien firmaba una paz) ha aprendido a ser duro de corazón.