1

Fue entonces cuando vi el Péndulo.

La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad.

Sabía, aunque cualquiera hubiese podido percibirlo en la magia de aquella plácida respiración, que el período obedecía a la relación entre la raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número π que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro de todos los círculos posibles, por lo que el compás de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto de una arcana conjura de las más intemporales de las medidas, la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de π, el tetrágono secreto de la raíz, la perfección del círculo.

También sabía que en la vertical del punto de suspensión, en la base, un dispositivo magnético, comunicando su estímulo a un cilindro oculto en el corazón de la esfera, garantizaba la constancia del movimiento, artificio introducido para contrarrestar las resistencias de la materia, pues no sólo era compatible con la ley del Péndulo, sino que, precisamente, hacía posible su manifestación, porque en el vacío, cualquier punto material pesado, suspendido del extremo de un hilo inextensible y sin peso, que no sufriese la resistencia del aire ni tuviera fricción con su punto de sostén, habría oscilado en forma regular por toda la eternidad.

La esfera de cobre despedía pálidos, cambiantes reflejos, comoquiera que reverberara los últimos rayos del sol que penetraban por las vidrieras. Si, como antaño, su punta hubiese rozado una capa de arena húmeda extendida sobre el pavimento del coro, con cada oscilación habría inscrito un leve surco sobre el suelo, y el surco, al cambiar infinitesimalmente de dirección a cada instante, habría ido ensanchándose hasta formar una suerte de hendidura, o de foso, donde hubiera podido adivinarse una simetría radial, semejante al armazón de una mandala, a la estructura invisible de un pentaculum, a una estrella, a una rosa mística. No, más bien, a la sucesión, grabada en la vastedad de un desierto, de huellas de infinitas, errantes caravanas. Historia de lentas, milenarias migraciones; quizá fueran así las de los atlántidas del continente Mu, en su tenaz y posesivo vagar, oscilando de Tasmania a Groenlandia, del Trópico de Capricornio al de Cáncer, de la Isla del Príncipe Eduardo a las Svalbard. La punta repetía, narraba nuevamente en un tiempo harto contraído, lo que ellos habían hecho entre una y otra glaciación, y quizá aún seguían haciendo, ahora como mensajeros de los Señores; quizá en el trayecto desde Samoa a Nueva Zembla la punta rozaba, en su posición de equilibrio, Agarttha, el Centro del Mundo. Intuí que un único plano vinculaba Avalón, la hiperbórea, con el desierto austral que custodia el enigma de Ayers Rock.

En aquel momento, a las cuatro de la tarde del 23 de junio, el Péndulo reducía su velocidad en un extremo del plano de oscilación, para dejarse caer indolente hacia el centro, acelerar a mitad del trayecto, hendir confiado el oculto cuadrilátero de fuerzas que marcaban su destino.

Si hubiera permanecido allí, indiferente al paso de las horas, contemplando aquella cabeza de pájaro, aquella punta de lanza, aquella cimera invertida, mientras trazaba en el vacío sus diagonales, rasando los puntos opuestos de su astigmática circunferencia, habría sucumbido a un espejismo fabulador, porque el Péndulo me habría hecho creer que el plano de oscilación habría completado una rotación entera para regresar, en treinta y dos horas, a su punto de partida, describiendo una elipse aplanada, la cual giraba también alrededor de su centro con una velocidad angular uniforme, proporcional al seno de la latitud. ¿Cómo habría girado si el punto hubiese estado sujeto en el ápice de la cúpula del Templo de Salomón? Quizá los Caballeros también habían probado allí. Quizá el cálculo, el significado final, hubiera permanecido inalterado. Quizá la iglesia abacial de Saint-Martin-des-Champs era el verdadero Templo. En cualquier caso, el experimento sólo habría sido perfecto en el Polo, único lugar en que el punto de suspensión se sitúa en la prolongación del eje de rotación de la Tierra, y donde el Péndulo consumaría su ciclo aparente en veinticuatro horas.

Pero no por aquella desviación con respecto a la Ley, prevista por lo demás en la Ley, no por aquella violación de una medida áurea se empañaba la perfección del prodigio. Sabía que la Tierra estaba girando, y yo con ella, y Saint-Martin-des-Champs y todo París conmigo y que juntos girábamos bajo el Péndulo, cuyo plano en realidad jamás cambiaba de dirección, porque allá arriba, en el sitio del que estaba suspendido, y en la infinita prolongación ideal del hilo, allá en lo alto, siguiendo hacia las galaxias más remotas, permanecía, eternamente inmóvil, el Punto Quieto.

La Tierra giraba, pero el sitio donde estaba anclado el hilo era el único punto fijo del universo.

Por tanto, no era hacia la Tierra adonde se dirigía mi mirada, sino hacia arriba, allí donde se celebraba el misterio de la inmovilidad absoluta. El Péndulo me estaba diciendo que, siendo todo móvil, el globo, el sistema solar, las nebulosas, los agujeros negros y todos los hijos de la gran emanación cósmica, desde los primeros eones hasta la materia más viscosa, un solo punto era perno, clavija, tirante ideal, dejando que el universo se moviese a su alrededor. Y ahora yo participaba en aquella experiencia suprema, yo, que sin embargo me movía con todo y con el todo, pero era capaz de ver Aquello, lo Inmóvil, la Fortaleza, la Garantía, la niebla resplandeciente que no es cuerpo ni tiene figura forma peso cantidad o calidad, y no ve, no oye, ni está sujeta a la sensibilidad, no está en algún lugar o en algún tiempo, en algún espacio, no es alma, inteligencia, imaginación, opinión, número, orden, medida, sustancia, eternidad, no es tinieblas ni luz, no es error y no es verdad.

Me devolvió a la realidad un diálogo, preciso y desganado, entre un chico con gafas y una chica desgraciadamente sin ellas.

—Es el péndulo de Foucault —estaba diciendo él—. Primer experimento en un sótano en 1851, después en el Observatoire y más tarde bajo la cúpula del Panthéon, con un hilo de sesenta y siete metros y una esfera de veintiocho kilos. Por último, desde 1855 está instalado aquí, a escala reducida, y cuelga de aquel orificio, en el centro del crucero.

—¿Y qué hace? ¿Tambalearse?

—Demuestra la rotación de la Tierra. Como el punto de suspensión permanece inmóvil...

—¿Y por qué permanece inmóvil?

—Porque un punto... cómo te diré... en su punto central, a ver si me explico, todo punto que esté justo en el centro de los puntos que ves, pues bien, ese punto, el punto geométrico, no lo ves, no tiene dimensiones, y lo que no tiene dimensiones no puede moverse hacia la derecha ni hacia la izquierda, ni hacia arriba ni hacia abajo. Por tanto, no gira. ¿Entiendes? Si el punto no tiene dimensiones, ni siquiera puede girar alrededor de sí mismo. Ni siquiera tiene sí mismo...

—¿Tampoco si la Tierra gira?

—La Tierra gira pero el punto no. Si te gusta, bien; si no, te aguantas. ¿Estamos?

—Eso es asunto suyo.

Miserable. Encima de su cabeza tenía el único lugar estable del cosmos, la única redención de la condenación del panta rei, y pensaba que era asunto suyo, y no Suyo. Y poco después ambos se alejaron; él, adoctrinado con algún manual que había oscurecido su capacidad de asombro, ella, inerte, inaccesible al estremecimiento del infinito, se alejaron sin que, en su memoria, hubiera quedado huella alguna de aquel encuentro pavoroso, el primero y el último, con el Uno, el En-sof, lo Indecible. ¿Cómo no postrarse de hinojos ante el altar de la certeza?

Yo miraba con temor reverente. En aquel momento estaba convencido de que Jacopo Belbo tenía razón. Cuando me hablaba del Péndulo, su emoción me parecía fruto de un delirio estético, de ese cáncer que lentamente estaba cobrando forma informe, en su alma, y poco a poco, sin que él se diese cuenta, iba transformando su juego en realidad. Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto todo el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuviese allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad.

Es que la experiencia de lo Numinoso no puede durar mucho tiempo sin trastornar la mente.

Traté entonces de apartar la vista siguiendo la curva que, desde los capiteles de las columnas dispuestas en semicírculo, se prolongaba por las nervaduras de la bóveda hasta la clave, repitiendo el misterio de la ojiva, que se apoya en una ausencia, suprema hipocresía estática, y a las columnas les hace creer que empujan hacia arriba las aristas, mientras que a éstas, rechazadas por la clave, las persuade de que son ellas quienes afirman las columnas contra el suelo, cuando en realidad la bóveda es todo y nada, efecto y causa al mismo tiempo. Pero comprendí que descuidar el Péndulo, péndulo de la bóveda, para admirar la bóveda, era como abstenerse de beber en el manantial para embriagarse en la fuente.

El coro de Saint-Martin-des-Champs sólo existía porque, en virtud de la Ley, podía existir el Péndulo, y éste existía porque existía aquél. No se elude un infinito, pensé, huyendo hacia otro infinito, no se elude la revelación de lo idéntico iludiéndose con la posibilidad de encontrarse con lo distinto.

Sin poder quitar la vista de la clave de bóveda fui retrocediendo, lentamente, porque en unos pocos minutos, los que habían transcurrido desde que entrara allí, me había aprendido el recorrido de memoria, y las grandes tortugas metálicas que desfilaban a mi lado eran bastante imponentes como para señalar su presencia al rabillo de mis ojos. Retrocedí por la amplia nave, hacia la puerta de entrada, y otra vez pasaron sobre mí aquellos amenazadores pájaros prehistóricos de tela raída y alambre, aquellas malignas libélulas que una voluntad oculta había hecho colgar del techo de la nave. Adivinaba que eran metáforas sapienciales, mucho más significativas y alusivas de lo que el pretexto didascálico hubiera querido, engañosamente, sugerir. Vuelo de insectos y reptiles jurásicos, alegoría de las largas migraciones que el Péndulo estaba compendiando sobre el suelo, arcontes, emanaciones perversas; y ahora se abatían sobre mí, con sus largos picos de arqueoptérix, el aeroplano de Breguet, el de Blériot, el de Esnault, el helicóptero de Dufaux.

Así es como se entra, en efecto, al Conservatoire des Arts et Métiers en París; después de haber atravesado un patio del siglo XVIII, penetramos en la vieja iglesia abacial, engastada en edificios más tardíos como antes lo había estado en el primitivo priorato. Nada más entrar nos deslumbra la confabulación entre el universo superior de las celestes ojivas y el mundo ctónico de los devoradores de aceites minerales.

Sobre el piso se extiende una procesión de vehículos automóviles, bicicletas y coches de vapor, desde arriba amenazan los aviones de los pioneros, en algunos casos los objetos están íntegros, aunque desconchados, corroídos por el tiempo, y, en la ambigua luz, en parte natural y en parte eléctrica, se presentan todos cubiertos por una pátina, un barniz de violín viejo; en otros casos sólo quedan esqueletos, chasis, desarticulaciones de bielas y manivelas que amenazan indescriptibles torturas, y uno se imagina ya encadenado, inmovilizado en esas especies de lechos donde algo podía empezar a moverse y a hurgar en nuestra carne, hasta arrancarnos la confesión.

Más allá de esa secuencia de antiguos objetos móviles, ahora inmóviles, el alma herrumbrada, puros signos de un orgullo tecnológico que ha querido exponerlos a la reverencia de los visitantes, entre la vigilancia de una estatua de la Libertad, modelo reducido de la que Bartholdi proyectara para otro mundo, por la izquierda, y una estatua de Pascal por la derecha, se abre el coro, donde el Péndulo oscila coronado de la pesadilla de un entomólogo enfermo, caparazones, mandíbulas, antenas, proglotis, alas, patas, un cementerio de cadáveres mecánicos que de pronto podrían volver a funcionar todos al mismo tiempo; magnetos, transformadores monofásicos, turbinas, grupos convertidores, máquinas de vapor, dínamos, y al fondo, más allá del Péndulo, en la girola, ídolos asirios, caldeos, cartagineses, grandes Baales de vientre antaño incandescente, vírgenes de Nuremberg con el corazón descubierto, erizado de clavos, los otrora poderosos motores de aviación, indescriptible corona de simulacros postrados en adoración del Péndulo, como si los hijos de la Razón y de las Luces hubieran sido condenados a custodiar eternamente el símbolo mismo de la Tradición y de la Sabiduría.

Los turistas aburridos, que pagan sus nueve francos en la caja y los domingos entran gratis, pueden pensar que unos viejos señores decimonónicos con la barba amarillenta por la nicotina, el cuello de la camisa ajado y mugriento, la levita impregnada de olor a rapé, los dedos ennegrecidos por los ácidos, la mente agriada por las envidias académicas, fantasmas de caricatura que se llamaban cher maître unos a otros, pusieron aquellos objetos bajo aquellas bóvedas por virtuoso espíritu didáctico, para satisfacer al contribuyente burgués y radical, para celebrar los destinos de esplendor y de progreso. Pero no, no, Saint-Martin-des-Champs había sido concebido primero como priorato y después como museo revolucionario, como florilegio de archisecretos arcanos, y aquellos aeroplanos, aquellas máquinas automóviles, aquellos esqueletos electromagnéticos estaban allí para mantener un diálogo cuya fórmula aún se me escapaba.

¿Acaso hubiese tenido que creer que, como me decía hipócritamente el catálogo, la bella iniciativa había partido de los señores de la Convención para facilitar el acceso de las masas a un santuario de todas las artes y oficios, cuando era tan evidente que el proyecto, las palabras mismas utilizadas, correspondían exactamente a las que Francis Bacon empleara para describir la Casa de Salomón en la Nueva Atlántida?

¿Era posible que sólo yo, yo y Jacopo Belbo, y Diotallevi, hubiésemos intuido la verdad? Quizá aquella noche conocería la respuesta. Tenía que conseguir a toda costa quedarme en el museo a la hora del cierre, para esperar hasta medianoche.

Por dónde entrarían Ellos no lo sabía, sospechaba que en el entramado del alcantarillado de París había un conducto que llevaba desde algún punto del museo hasta algún lugar de la ciudad, quizá cercano a la Porte-St-Denis; lo que sí sabía era que, una vez fuera, no sería capaz de encontrar esa entrada. De modo que necesitaba esconderme, y permanecer en el recinto.

Traté de evitar la fascinación de aquel sitio y de mirar la nave con ojos indiferentes. Ahora ya no buscaba una revelación, sólo quería obtener una información. Imaginaba que en las otras salas sería difícil encontrar un lugar que me permitiera burlar la vigilancia de los guardianes (su obligación, a la hora de cerrar, consiste en dar una vuelta por las salas, atentos a que no haya un ladrón agazapado en alguna parte), pero ¿qué mejor que esta nave rebosante de vehículos, para instalarse en algún sitio como pasajero? Esconderse, vivo, en un vehículo muerto. Al fin y al cabo, después de tantos juegos, ¿por qué no intentar también éste?

Vamos, ánimo, dije para mis adentros, deja de pensar en la Sabiduría: pide ayuda a la Ciencia.

2

Tenemos diversos y curiosos Relojes, y otros que realizan Movimientos Alternativos... Y también tenemos Casas de los Engaños de los Sentidos, donde efectuamos todo tipo de Manipulaciones, Falsas Apariencias, imposturas e ilusiones... Éstas son, hijo mío, las Riquezas de la Casa de Salomón.

FRANCIS BACON, New Atlantis, ed. Rawley,

Londres, 1627, pp. 41-42

Había recobrado el dominio de mis nervios y de mi imaginación. Tenía que jugar con ironía, como había jugado hasta hacía unos pocos días, sin dejarme atrapar por el juego. Estaba en un museo y tenía que ser dramáticamente astuto y lúcido.

Eché una mirada confiada a los aeroplanos que colgaban sobre mi cabeza: hubiera podido encaramarme a la carlinga de un biplano y esperar la llegada de la noche como si estuviera sobrevolando el Canal de la Mancha, saboreando de antemano la Legión de Honor. Los nombres de los automóviles expuestos a mi alrededor despertaban agradables nostalgias... Hispano Suiza 1932, bello y acogedor. No me servía porque estaba demasiado cerca de la caja, pero habría podido engañar al empleado si me hubiese presentado con knickerbockers, cediendo el paso a una dama de traje color crema, larga bufanda en torno al largo cuello, sombrerito de campana acomodado sobre el pelo à la garçon. El Citroën C64 de 1931 sólo se exhibía en sección vertical, excelente modelo escolar, pero ridículo escondite. Ni que hablar de la máquina de vapor de Cugnot, enorme, toda ella caldera o marmita. Había que examinar el lado derecho, donde se alineaban junto a la pared los velocípedos de grandes ruedas art nouveau, las draisiennes de barra plana, como un patinete, evocación de caballeros con chistera que corretean por el Bois de Boulogne, abanderados del progreso.

Frente a los velocípedos, buenas carrocerías, apetecibles refugios. Quizá no el Panhard Dynavia de 1945, demasiado transparente y angosto en su diseño aerodinámico, muy interesante, en cambio, el alto Peugeot 1909, una buhardilla, una alcoba. Una vez dentro, sumergido en los asientos de piel, nadie hubiese sospechado que estaba allí. Pero era difícil subir a él, porque justo enfrente estaba uno de los guardianes, sentado en un banco, de espaldas a las bicicletas. Montar en el estribo, un poco torpe debido al abrigo con vueltas de piel, mientras él, con polainas, la gorra bajo el brazo, me abre respetuosamente la portezuela...

Me concentré un momento en el Obéissante, 1873, primer vehículo francés de tracción mecánica, para doce pasajeros. Si el Peugeot era un apartamento, éste era un palacio. Pero ni pensar en la posibilidad de subir a él sin atraer la atención de todos. Qué difícil es esconderse cuando los escondites son cuadros de una exposición.

Volví a atravesar la sala: allí se erguía la estatua de la Libertad, éclairant le monde, sobre un pedestal de casi dos metros que semejaba una proa de afilado tajamar. Dentro había una especie de garita desde la que, a través de un ojo de buey de proa, podía observarse un diorama de la bahía de Nueva York. Un buen punto de observación cuando fuera medianoche, porque hubiese permitido dominar, desde la sombra, el coro a la izquierda y la nave a la derecha, las espaldas guardadas por una gran estatua de Gramme, que miraba hacia otros corredores, puesto que estaba situada en una especie de crucero. Pero a plena luz se veía muy bien si la garita estaba ocupada, y un guardián normal hubiese dado una ojeada por allí, para quedarse con la conciencia tranquila, tan pronto como se hubiesen marchado los visitantes.

No me quedaba mucho tiempo: a las cinco y media cerrarían. Con paso presuroso me dirigí otra vez hacia la girola. Ninguno de los motores podía servirme de refugio. Tampoco, a la derecha, las grandes máquinas para barcos, reliquias de algún Lusitania tragado por las aguas, ni el inmenso motor de gas de Lenoir, con su variado engranaje. No, además, ahora que la luz mermaba y penetraba acuosa por las vidrieras grises, se reavivaba mi temor a esconderme entre aquellos animales que luego reencontraría en la oscuridad, a la luz de mi linterna, renacidos en las tinieblas, jadeantes, con sus densos hálitos telúricos, con huesos y vísceras despellejados, rechinantes y hediondos de babas aceitosas. En medio de aquella colección, que empezaba a sentir inmunda, de genitales Diesel, vaginas de turbina, gargantas inorgánicas que en sus días eructaran, y quizá aquella misma noche volvieran a eructar, llamas, vapores, silbidos, o zumbaran indolentemente como escarabajos, crepitaran como cigarras, en medio de aquellas manifestaciones esqueléticas de una pura funcionalidad abstracta, autómatas capaces de aplastar, segar, desplazar, romper, rebanar, acelerar, golpear, deglutir a explosión, hipar en cilindros, desarticularse como siniestras marionetas, hacer girar tambores, convertir frecuencias, transformar energías, impulsar volantes, ¿cómo podría sobrevivir? Se lanzarían contra mí instigadas por los Señores del Mundo, que las habían promovido para poner en evidencia el error de la creación, dispositivos inútiles, ídolos de los amos del universo inferior. ¿Y cómo podría resistir el embate sin vacilar?

Tenía que marcharme, tenía que marcharme, todo era una locura; yo, el hombre de la incredulidad, me estaba dejando enredar en el juego que ya había trastornado a Jacopo Belbo...

No sé si la otra tarde hice bien en quedarme. Si me hubiese marchado, ahora sólo conocería el comienzo y no el final de la historia. O bien no estaría aquí, como estoy ahora, aislado en lo alto de esta colina mientras allá abajo ladran los perros, preguntándome si aquello realmente fue el final, o si el final aún está por llegar.

Decidí seguir adelante. Salí de la iglesia doblando a la izquierda junto a la estatua de Gramme y metiéndome por una galería. Estaba en el sector del ferrocarril, y las locomotoras y vagones en miniatura me parecieron tranquilizadores juguetes multicolores, sacados de una Bengodi, una Madurodam, una Disneylandia... Ya me estaba acostumbrando a aquella alternancia de angustia y de confianza, terror y desencanto (¿no son éstos los primeros síntomas de enfermedad?), y pensé que las visiones de la iglesia me habían perturbado sólo porque a ellas llegaba seducido por las páginas de Jacopo Belbo, descifradas a costa de tantos enigmáticos ardides, aun sabiendo que eran falsas. Estaba en un museo de la técnica, estás en un museo de la ciencia, me repetía, una idea sana, quizá un poco estúpida, pero con todo un reino de muertos inofensivos, ya sabes cómo son los museos, nadie fue devorado jamás por la Gioconda, monstruo andrógino, Medusa sólo para los estetas, y menos aún podrá devorarte la máquina de Watt, que sólo puede haber espantado a los aristócratas osiánicos y neogóticos, y por eso tiene ese aspecto tan patéticamente ecléctico, funcionalidad y elegancia corintia, manivela y capitel, caldera y columna, rueda y tímpano. Aunque estuviese lejos, Jacopo Belbo estaba tratando de hacerme caer en la trampa alucinatoria que había sido su perdición. Es necesario, decía para mis adentros, que me comporte como un científico. ¿Acaso el vulcanólogo se quema como Empédocles? ¿Huía Frazer acosado por el bosque de Nemi? Vamos, eres Sam Spade, profesión: explorar los bajos fondos. La dama de tu corazón debe morir antes del final, mejor por tu mano. Adiós muñeca, ha sido muy hermoso, pero eras un autómata sin alma.

Sucede, sin embargo, que después de la galería dedicada a los medios de transporte viene el atrio de Lavoisier, que da a la gran escalinata por donde se sube a los pisos superiores.

Aquel contrapunto de vitrinas a los lados, aquella especie de altar alquímico en el centro, aquella liturgia de civilizada macumba dieciochesca no eran efecto de una disposición casual, sino una estratagema simbólica.

Ante todo, la abundancia de espejos. Donde hay espejo hay estadio humano, quieres verte. Pero no te ves. Te buscas, buscas la posición en el espacio en la que el espejo te diga «estás ahí, y ése eres tú». Tanto sufrimiento, tanta inquietud para que los espejos de Lavoisier, ya sean cóncavos o convexos, te engañen, se burlen de ti: retrocedes y te encuentras, pero te mueves y te pierdes. Aquel teatro catóptrico había sido montado para arrebatarte toda identidad y hacerte desconfiar de tu posición. Una manera más de decirte: no eres el Péndulo, ni estás en la posición del Péndulo. La inseguridad te atenaza, no sólo con respecto a ti mismo, sino también acerca de los mismos objetos situados entre tú y otro espejo. Sí claro, la física te explica de qué se trata y cómo funciona: un espejo cóncavo recoge los rayos que proceden de determinado objeto, en este caso un alambique sobre una olla de cobre, y los refracta de manera que no veas el objeto nítidamente en el espejo; sólo lo intuyes fantasmal, invertido, suspendido en el aire y fuera del espejo, Desde luego, bastará con cambiar de posición para que desaparezca el efecto,

Pero de pronto me vi, invertido, en otro espejo.

Insoportable.

¿Qué había querido decir Lavoisier? ¿Qué querían sugerir los artífices del Conservatoire? Desde el medioevo árabe, desde Alhacen, conocemos todas las magias de los espejos. ¿Valía la pena realizar la Enciclopedia, el Siglo de las Luces, la Revolución, para afirmar que basta con curvar un espejo para precipitarse en lo imaginario? ¿No es una ilusión lo que nos ofrece el espejo normal, la imagen de ese otro que nos mira desde su zurdera perpetua mientras nos afeitamos cada mañana? ¿Valía la pena que nos dijeran sólo eso, en esta sala, o acaso lo habrán dicho para sugerirnos otra manera de mirar todo el resto, las vitrinas, los instrumentos que fingen celebrar los orígenes de la física y la química Ilustradas?

Máscara de cuero para protegerse en los experimentos de calcinación. ¿De veras? ¿De veras el señor que sostiene esas velas bajo la campana se ponía aquella careta de rata de alcantarilla, aquel atuendo de invasor extraterrestre, para que no se le irritaran los ojos? Oh, how delicate, doctor Lavoisier. Si querías estudiar la teoría cinética de los gases, ¿por qué reconstruiste tan meticulosamente la pequeña pila eólica, un piquito encima de una esfera que, si se calienta, gira vomitando vapor, cuando la primera pila eólica ya había sido construida por Herón, en tiempos de la Gnosis, como auxiliar de las estatuas hablantes y otros prodigios de los sacerdotes egipcios?

¿Y qué era aquel aparato para el estudio de la fermentación pútrida, 1781, bella alusión a los fétidos bastardos del Demiurgo? Una sucesión de tubos de vidrio que desde un útero como un bulbo pasan por esferas y conductos, sostenidos por horquillas, entre dos ampollas, y que se transmiten cierta esencia de una a otra mediante serpentines que desembocan en el vacío... ¿Fermentación pútrida? ¡Balneum Mariae, sublimación del hidrargirio, mysterium conjunctionis, producción del Elixir!

¿Y la máquina para estudiar la fermentación (otra vez) del vino? ¿Una secuencia de arcos de cristal tendidos entre atanor y atanor, que salen de un alambique para ir a parar a otro? Y esas gafitas, y la clepsidra diminuta, y el pequeño electroscopio, y la lente, la navajita de laboratorio que semeja un carácter cuneiforme, la espátula con palanca expulsora, la cuchilla de cristal, el pequeño crisol en tierra refractaria de tres centímetros para producir un homunculus del tamaño de un gnomo, útero infinitesimal para diminutísimas clonaciones, las cajas de caoba llenas de paquetitos blancos, que parecen comprimidos de farmacia de pueblo, envueltos con pergaminos cubiertos de caracteres intraducibles, que contienen especímenes mineralógicos (según dicen), en realidad fragmentos de la Sábana Santa de Basílides, relicarios que custodian el prepucio de Hermes Trimegisto, y el martillo de tapicero, largo y delgado, que marcará el comienzo de un brevísimo día del juicio, una subasta de quintaesencias que se celebrará entre el Pequeño Pueblo de los Elfos de Avalón, y el inefable aparatito para analizar la combustión de los aceites, los glóbulos de vidrio dispuestos como pétalos de trébol de cuatro hojas, otros tréboles de cuatro hojas enlazados por tubos de oro, y todos ellos conectados con otros tubos de cristal que desembocan en un cilindro cobrizo, debajo otro cilindro de oro y vidrio y más abajo aún, otros tubos, apéndices colgantes, testículos, glándulas, excrecencias, crestas... ¿Es ésta la química moderna? ¿Y por eso hubo que guillotinar al autor, si al fin y al cabo nada se destruye y todo se transforma? ¿O lo mataron para que no hablara de lo que veladamente estaba revelando? Como Newton, que, a pesar de ser el padre de la física moderna, siguió meditando sobre la Cábala y las esencias cualitativas.

La sala Lavoisier del Conservatoire es una confesión, un mensaje cifrado, un epítome de todo el museo, burla de la arrogancia de la razón moderna, susurro de otra clase de misterios. Jacopo Belbo tenía razón, la Razón estaba equivocada.

Tenía que darme prisa, se estaba haciendo tarde. Vi el kilo, el metro, las medidas, falsas garantías de garantía. Agliè me había enseñado que el secreto de las pirámides no se descubre calculándolas en metros, sino en antiguos codos. Allí estaban también las máquinas aritméticas, ficticio triunfo de lo cuantitativo, en realidad promesa de cualidades ocultas de los números, retorno a los orígenes del Notariqon de los rabinos que huían por los eriales de Europa. Astronomía, relojes, autómatas, pobre de mí si llegaba a detenerme ante aquellas nuevas revelaciones. Estaba penetrando en el centro mismo de un secreto en forma de Theatrum racionalista, deprisa, deprisa, ya exploraría después, entre la hora de cierre y la medianoche, aquellos objetos que a la oblicua luz del ocaso revelaban su verdadero rostro, figuras, no instrumentos.

Arriba, por las salas de los oficios, de la energía, de la electricidad, total en esas vitrinas no podría haberme escondido. A medida que iba descubriendo, o intuyendo, el sentido de aquellas secuencias, me invadía la ansiedad de no encontrar a tiempo un escondrijo desde donde asistir a la revelación nocturna de la oculta razón de todas ellas. Me movía como un hombre acorralado, por el reloj y el avance terrible de la cantidad. La Tierra giraba inexorable, se acercaba la hora, dentro de poco me echarían.

Hasta que, después de atravesar la galería de los dispositivos eléctricos, llegué a la salita de los cristales. ¿Qué plan absurdo había establecido que después de los aparatos más avanzados y costosos creados por el ingenio moderno debía haber una zona reservada a prácticas conocidas ya por los fenicios, hace millares de años? Era una sala colecticia donde las porcelanas chinas alternaban con vasos andróginos de Lalique, poteries, mayólicas, azulejos, cristales de Murano y, al fondo, en una enorme arqueta transparente, a escala natural y en tres dimensiones, un león matando a una serpiente. Su presencia se justificaba al parecer porque el grupo estaba realizado totalmente en pasta de vidrio, pero otra debía de ser la razón emblemática... Traté de recordar dónde había visto ya aquella imagen. De pronto lo supe. El Demiurgo, el abominable fruto de la Sophia, el primer arconte, Ildabaoth, el responsable del mundo y de su defecto radical, tenía forma de una serpiente y de un león, y sus ojos arrojaban luz de fuego. Quizá todo el Conservatoire fuese una imagen del proceso infame por el que de la plenitud del primer principio, el Péndulo, y del resplandor del Pleroma, el Ogdoada se exfolia, de eón en eón, hasta llegar al reino cósmico, donde reina el Mal. Pero entonces aquella serpiente y aquel león me estaban anunciando que mi viaje iniciático, ay de mí, à rebours, tocaba a su fin y que pronto volvería a ver el mundo, no como debe ser, sino como es.

Y en efecto advertí que en el rincón de la derecha, contra una ventana, estaba la garita del Périscope. Entré. Me encontré frente a una placa de vidrio, como un cuadro de mando, en la que veía moverse las imágenes de una película, muy desenfocadas, la sección vertical de una ciudad. Después comprendí que la imagen era proyectada por otra pantalla, situada encima de mi cabeza, en la que aparecía invertida, y que esa segunda pantalla era el ocular de un rudimentario periscopio, construido, por decirlo así, con dos cajones ensamblados en ángulo obtuso, el más largo tendido como un tubo fuera de la garita, encima de mi cabeza y a mis espaldas, hacia una ventana desde la cual, claramente por un juego interno de lentes que le permitía abarcar un amplio ángulo de visión, captaba las imágenes del exterior. Reconstruyendo el trayecto que había recorrido al subir, me di cuenta de que el periscopio me permitía ver el exterior como si mirase desde las vidrieras superiores del ábside de Saint-Martin-des-Champs. Como si mirase colgando del Péndulo, última visión de un ahorcado. Adapté mejor la pupila a aquella imagen imprecisa: ahora podía ver la rue Vaucanson, a la que daba el coro, y la rue Conté, prolongación ideal de la nave. La rue Conté desembocaba en la rue Montgolfier a la izquierda y en la rue Turbigo a la derecha, un bar en cada esquina: Le Week End y La Rotonde, y al frente una fachada donde destacaba un cartel que me costó descifrar: LES CREATIONS JACSAM. El periscopio. No era tan obvio que debiera estar en aquella sala de los cristales en lugar de figurar entre los instrumentos ópticos: señal de que era importante que la exploración del exterior se llevase a cabo en aquel sitio, desde ese ángulo, pero no lograba adivinar el motivo de esa decisión. ¿Qué hacía aquel cubículo, positivista y verniano, junto a la invocación emblemática del león y la serpiente?

Comoquiera que fuese, si tenía la fuerza y el valor de permanecer unas pocas decenas de minutos en aquel sitio, quizá lograría eludir la mirada del guardián.

Fui submarino durante un tiempo que me pareció interminable. Oía los pasos de los remolones, y luego los de los últimos guardianes. Pensé en acurrucarme debajo de la plancha para evitar mejor cualquier ojeada distraída, pero me contuve porque si me descubrían de pie siempre habría podido fingir que era un visitante absorto, incapaz de apartarse de aquel prodigio.

Poco después se apagaron las luces y la sala quedó envuelta en la penumbra; la garita se volvió menos oscura, tenuemente iluminada por aquella pantalla en la que seguía clavando la vista puesto que era mi último contacto con el mundo.

La prudencia aconsejaba que permaneciera de pie, y si los pies me dolieran, en cuclillas, al menos durante dos horas. La hora de cierre para los visitantes no coincide con la de la salida de los empleados. Me sobrecogió el terror de la limpieza: ¿y si ahora empezaban a quitar el polvo de las salas, palmo a palmo? Después pensé que, como por la mañana el museo abría tarde, lo más lógico era que los encargados de la limpieza trabajaran a la luz del día y no durante la tarde. Debía de estar en lo cierto, al menos con respecto a las salas superiores, porque ya no oía ningún paso. Sólo rumores lejanos, algún ruido seco, quizá puertas que se cerraban. Tenía que seguir quieto. Ya tendría tiempo de bajar a la iglesia entre diez y once, o incluso más tarde, porque los Señores sólo llegarían a medianoche.

En aquel momento un grupo de jóvenes salía de La Rotonde. Una chica pasaba por la rue Conté y doblaba por la rue Montgolfier. No era una zona muy frecuentada, ¿resistiría horas y horas observando el mundo insípido que tenía a mis espaldas? Pero si el periscopio estaba allí, ¿no sería para enviarme mensajes de alguna secreta importancia? Iba a tener ganas de orinar: mejor pensar en otra cosa, eran sólo nervios.

La de cosas que se te ocurren cuando estás solo y clandestino en un periscopio. Debe de ser como ocultarse en la bodega de un barco para emigrar a tierras lejanas. Y de hecho, la meta final sería la estatua de la Libertad con el diorama de Nueva York. Podría adormecerme, quizá fuera lo mejor. No, y si me despertaba demasiado tarde...

Lo más peligroso era sucumbir a una crisis de angustia: esa certeza de que dentro de un instante gritarás. Periscopio, sumergible, encallado en el fondo, quizás ya aletean a tu alrededor los grandes peces negros de los abismos, y tú no los ves, y sólo sabes que te está faltando el aire...

Respiré profundamente varias veces. Concentración. Lo único que en esos casos no nos traiciona es la lista de la lavandería. Recapitular los hechos, enumerarlos, determinar sus causas, sus efectos. He llegado a este punto por esto, y por esta otra razón...

Revivieron los recuerdos, nítidos, precisos, ordenados. Los recuerdos de los tres frenéticos últimos días, luego los de los dos últimos años, mezclados con recuerdos de hace cuarenta años, tal como los había encontrado al irrumpir en el cerebro electrónico de Jacopo Belbo.

Recuerdo (y recordaba) para dar algún sentido al desorden de nuestra creación equivocada. Ahora, al igual que la otra tarde en el periscopio, me retraigo en un punto remoto de la mente para emanar una historia como el Péndulo. Diotallevi me había dicho que la primera sefirah es Keter, la Corona, el origen, el vacío primordial. Él creó primero un punto, que se convirtió en el Pensamiento, donde dibujó todas las figuras... Era y no era, encerrado en el nombre y eludiendo el nombre, no tenía otro nombre sino «¿Quién?», puro deseo de ser llamado con un nombre... En principio trazó unos signos en el aura, una oscura llamarada brotó desde su fondo más secreto, como una niebla sin color capaz de dar forma a lo informe, y, tan pronto como ésta empezó a extenderse, en su centro se formó un manantial de llamas que se derramaron para iluminar las sefirot inferiores, en dirección al Reino.

Pero decía Diotallevi, quizá en ese simsum, en aquel retraimiento, en aquella soledad, estuviese ya implícita la promesa del retorno.

2. HOKMAH

2

HOKMAH

3

In hanc utilitatem clementes angeli saepe figuras, characteres, formas et voces invenerunt proposueruntque nobis mortalibus et ignotas et stupendas nullius rei iuxta consuetum linguae usum significativas, sed per rationis nostrae summam admirationem in assiduam intelligibilium pervestigationem, deinde in illorum ipsorum venerationem et amorem inductivas.

JOHANNES REUCHLIN, De arte cabalistica,

Hagenhau, 1517, III

Había sucedido dos días antes. Aquel jueves se me pegaban las sábanas y no me decidía a levantarme. Había llegado la tarde del día anterior y había telefoneado a la editorial. Diotallevi seguía en el hospital, y Gudrun era pesimista: seguía igual, o sea cada vez peor. No me atrevía a ir a verle.

En cuanto a Belbo, no estaba en la oficina. Gudrun me había dicho que había telefoneado para avisar que salía de viaje por razones de familia. ¿Qué familia? Lo extraño era que se había llevado el word processor, Abulafia, como ahora lo llamaba, y la impresora. Gudrun me había dicho que lo había instalado en su casa para terminar un trabajo. ¿Por qué tanto jaleo? ¿No podía escribir en la oficina?

Me sentía desterrado. Lia y el niño no regresarían hasta la semana siguiente. La noche anterior había ido hasta el Pílades, pero no había encontrado a nadie.

Me despabiló el teléfono. Era Belbo, su voz sonaba turbada, lejana.

—Vaya. ¿De dónde llama? Ya le estaba dando por desaparecido en el naufragio de la Armada Invencible...

—No se lo tome a broma, Casaubon, esto va en serio. Estoy en París.

—¿París? ¡Pero si el que tenía que ir era yo! Soy yo quien finalmente debo visitar el Conservatoire.

—Por favor, le digo que no bromee. Estoy en una cabina... no, en un bar, en fin, no sé si podré hablar mucho tiempo...

—Si le faltan fichas, llame a cobro revertido. Esperaré su llamada.

—No es un problema de fichas. Estoy con el agua al cuello. —Había empezado a hablar rápidamente, para evitar que le interrumpiera—. El Plan. El Plan es cierto. Por favor, no me diga obviedades. Me están buscando.

—Pero, ¿quién?

Todavía no lograba comprender.

—Los templarios, por Dios, Casaubon, sé que no querrá creerme, pero todo era cierto. Creen que tengo el mapa, me han tendido una trampa, me han obligado a venir a París. Quieren que el sábado a medianoche esté en el Conservatoire, el sábado, entiende, la noche de San Juan... —Hablaba de manera inconexa, me resultaba difícil entenderle—. No quiero ir, estoy huyendo, Casaubon, ésos me matan. Tiene que avisar a De Angelis... no, con él es inútil... la policía no, por favor...

—¿Y entonces?

—No sé, lea los disquettes, en Abulafia, en estos días lo he puesto todo allí, incluso lo que ha sucedido este último mes. Usted no estaba, no sabía a quién contárselo, pasé tres días y tres noches escribiendo... Óigame, vaya a la oficina, en el cajón de mi escritorio hay un sobre con dos llaves. La grande no cuenta, es de la casa de campo, pero la pequeña es la del piso de Milán, vaya y léalo todo, después decida usted solo, o podemos hablar... Dios mío, no sé qué hacer...

—Muy bien, leo. Pero, ¿después cómo hago para encontrarle?

—No lo sé, estoy cambiando de hotel todas las noches. Vamos a ver, hágalo todo hoy y mañana espéreme en mi casa, trataré de llamarle, si puedo. Dios mío, la palabra clave...

Oí unos ruidos, la voz de Belbo se acercaba y se alejaba variando de intensidad, como si alguien tratase de arrebatarle el micrófono.

—¡Belbo! ¿Qué sucede?

—Me han encontrado, la palabra...

Sonó un golpe seco, como un disparo. Debía de ser el micrófono que había caído y había golpeado contra la pared, o contra esas repisas que hay debajo de los teléfonos. Alboroto. Después el clic del micrófono colgado. Desde luego que no por Belbo.

Me duché inmediatamente. Tenía que despertar. No comprendía qué estaba sucediendo. ¿El Plan era cierto? Absurdo, lo habíamos inventado nosotros. ¿Quién había capturado a Belbo? ¿Los Rosacruces, el conde de Saint-Germain, la Okrana, los Caballeros del Temple, los Asesinos? A esas alturas todo era posible, puesto que todo era inverosímil. Podía ser que Belbo hubiese perdido el juicio, en los últimos tiempos estaba tan tenso, no sabía si por Lorenza Pellegrini o porque se sentía más y más atraído por su criatura, aunque el Plan era común, mío, suyo, de Diotallevi; pero era él quien ahora parecía atrapado más allá de los límites del juego. Inútil seguir haciendo hipótesis. Fui a la editorial, Gudrun me recibió comentando agriamente que ahora tenía que encargarse ella sola de los asuntos de la empresa, me precipité en el despacho, encontré el sobre, las llaves, me fui corriendo al piso de Belbo.

Olor a cerrado, a colillas rancias, los ceniceros estaban llenos por todas partes, en el fregadero montañas de platos sucios, el cubo de la basura atiborrado de latas destripadas. En el estudio, sobre un anaquel, tres botellas de whisky vacías, una cuarta aún contenía dos dedos de alcohol. La casa de alguien que había pasado allí los últimos días sin salir, comiendo cualquier cosa, trabajando con furor, como un intoxicado.

Eran sólo dos cuartos, atestados de libros que se apilaban en los rincones y con su peso curvaban las tablas de las estanterías. Enseguida divisé la mesa donde estaba el ordenador, la impresora, las cajas con los disquettes. Pocos cuadros en los pocos espacios libres de estanterías, y justo frente a la mesa un grabado del siglo XVII, una reproducción cuidadosamente enmarcada, una alegoría que no había visto el mes anterior, cuando subiera a tomar una cerveza antes de marcharme de vacaciones.

Sobre la mesa, una foto de Lorenza Pellegrini, con una dedicatoria en letra pequeñita y un poco infantil. Salía sólo el rostro, pero la mirada, la mera mirada, me turbaba. Por un instintivo arranque de delicadeza (¿o de celos?) volví la foto sin leer la dedicatoria.

Había algunas cuartillas. Busqué algo interesante, pero sólo encontré baremos, presupuestos de la editorial. Sin embargo, en medio de esos papeles descubrí un file impreso que, a juzgar por la fecha, debía de remontarse a los primeros experimentos con el ordenador. De hecho, su título era «Abu». Recordaba el momento en que Abulafia había hecho su entrada en la editorial, el entusiasmo casi infantil de Belbo, los reniegos de Gudrun, las ironías de Diotallevi.

Sin duda, «Abu» había sido la respuesta privada de Belbo a sus detractores, una novatada ideada por un neófito, pero revelaba muy bien el furor combinatorio con que se había acercado a la máquina. Él, que decía siempre con su pálida sonrisa que desde que había descubierto que no podía ser un protagonista había decidido ser un espectador inteligente, inútil escribir cuando falta un motivo serio, mejor reescribir los libros de los otros, como hace el buen redactor editorial, él había encontrado en la máquina una especie de alucinógeno, había empezado a pasear los dedos por el teclado como si estuviese ejecutando variaciones sobre el Para Elisa en el viejo piano de la casa, indiferente a las críticas. No pensaba que estuviera creando: él, aterrorizado por la escritura, era consciente de que aquello no era creación, sino prueba de eficiencia electrónica, ejercicio gimnástico. Sin embargo, olvidando sus fantasmas habituales, estaba encontrando en ese juego la fórmula que le permitía entregarse a esa segunda adolescencia típica de la cincuentena. Comoquiera que fuese, su pesimismo natural, su difícil ajuste de cuentas con el pasado, se habían paliado en el diálogo con una memoria mineral, objetiva, obediente, irresponsable, transistorizada, tan humanamente inhumana que era capaz de aliviarle su habitual malestar existencial.

filename: Abu

Era una hermosa mañana de finales de noviembre, en principio era el verbo, canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles, éstas son las que ostentó murallas. Punto y se va aparte él solito. Prueba prueba parakaló parakaló, con el programa adecuado hasta puedes hacer los anagramas, si has escrito toda una novela sobre un héroe sudista llamado Rhett Butler y una chica caprichosa que se llama Scarlett y luego te arrepientes, sólo tienes que dar una orden y Abu cambia todos los Rhett Butler por príncipes Andrei y las Scarlett por Natasha, Atlanta por Moscú, y has escrito Guerra y Paz.

Ahora Abu hace una cosa: tecleo esta oración, ordeno a Abu que cambie cada «a» por «akka» y cada «o» por «ula», y saldrá un párrafo casi finlandés.

Akkahularakka Akkabu hakkace unakka culasakka: tecleula estakka ularakkaciulan, ulardenulla akka akkabu que cakkambie cakkadakka «akka» pular «akkakkakka» y cakkadakka «ula» pular «ulakka», y sakkaldrakka un pakkarrakkafula cakkasi finlakkandés.

Oh júbilo, oh vértigo de la diferencia, oh lector/escritor mío ideal que padeces un ideal insomnio, oh finnegans wake, oh animal benévolo y gracioso. No te ayuda a pensar pero te ayuda a pensar por él. Una máquina totalmente espiritual. Si escribes con la pluma de ganso tienes que rascar los laboriosos folios y mojarla a cada instante, los pensamientos se acumulan y el pulso se demora, si escribes a máquina las letras se superponen, no puedes avanzar a la velocidad de tus sinapsis sino sólo con el desgarbado ritmo de la mecánica. En cambio con él, ello (¿ella?) los dedos fantasean, la mente acaricia el teclado, te elevan las doradas alas, que al fin la austera razón crítica medite sobre la certeza de la primera impresión.

Y d qqe hagoara, coj este bloqe de treatologías ortigrficas y ordeno a la máquian cque lo cipie yl oiserte en la memoria axlar y luego lovuel hacerapacer desde se limbo en la patalla, a cottigacón d s mismo,

Pues bien, estaba tecleando a ciegas y ahora he cogido ese bloque de teratologías y he ordenado a la máquina que repita su error a continuación de sí mismo, pero esta vez lo he corregido y resulta totalmente legible, perfecto, he logrado convertir toda esa suciedad ortográfica en brillo y esplendor académico.

Hubiese podido cambiar de idea y eliminar el primer bloque: lo dejo sólo para mostrar que en la pantalla pueden coexistir el ser y el deber ser, la contingencia y la necesidad. También podría substraer el bloque infame al texto visible, pero no a la memoria, para conservar el archivo de mis represiones, arrebatando a los freudianos omnívoros y a los virtuosos de las variantes el placer de la conjetura, el oficio y la gloria académica.

Mejor que la memoria verdadera, porque ésta, tras arduo ejercicio, aprende a recordar, pero no a olvidar. Diotallevi está sefardíticamente chiflado por los palacios en los que hay una gran escalinata, y la estatua de un guerrero que comete un crimen horrendo contra una mujer indefensa, y luego pasillos con centenares de habitaciones en las que están representados otros tantos prodigios, apariciones repentinas, sucesos inquietantes, momias animadas, y a cada una de esas imágenes, memorabilísimas, asociamos un pensamiento, una categoría, un elemento del mobiliario cósmico, o incluso un silogismo, un inmenso sorites, cadenas de apotegmas, ristras de hipálages, rosas de zeugmas, danzas de hysteron proteron, logoi apofánticos, jerarquías de stoicheia, procesiones de equinoccios, paralajes, herbarios, genealogías de gimnosofistas, y así hasta el infinito, oh Raimundo, oh Giulio Camillo, que sólo teníais que volver a evocar vuestras visiones para reconstruir en un instante la gran cadena del ser, in love and joy, porque todas las hojas esparcidas en el universo ya formaban un único volumen en vuestra mente, y Proust os hubiese hecho sonreír. Pero cuando Diotallevi y yo pensamos en construir un ars oblivionalis no pudimos descubrir las reglas del olvido. Es inútil: podemos ir en busca del tiempo perdido siguiendo exiguas huellas en el bosque, como Pulgarcito, pero somos incapaces de extraviar deliberadamente el tiempo reencontrado. Pulgarcito siempre regresa como una idea fija. No hay una técnica del olvido, todavía estamos en el nivel de la casualidad natural, lesiones cerebrales, amnesias, o de la improvisación artesanal, qué sé yo, un viaje, el alcohol, la cura de sueño, el suicidio.

En cambio Abu hasta puede proporcionarnos pequeños suicidios locales, amnesias pasajeras, afasias indoloras.

Dónde estabas anoche, L

Pues bien, lector indiscreto, nunca lo sabrás, pero esa línea trunca, asomada al vacío, era precisamente el comienzo de una larga frase que de hecho escribí pero que después deseé no haber escrito (y no haber ni siquiera pensado) porque hubiera deseado que lo que había escrito ni siquiera se hubiese producido. Bastó una orden para que una baba lechosa cubriese ese bloque fatal e inoportuno: oprimí la tecla «borrar» y zas, se esfumó.

Pero hay más. La tragedia del suicida consiste en que nada más saltar por la ventana, entre el séptimo y el sexto piso, se arrepiente: «¡Oh, si pudiese volver atrás!» Pero nones. Dónde se ha visto. Paf. En cambio Abu es indulgente, te permite recapacitar: todavía podría recuperar mi texto desaparecido si me decidiese a tiempo y oprimiese la tecla correspondiente. Qué alivio. De sólo saber que, si quiero, puedo recordar, lo olvido todo enseguida.

Ya no iré nunca más por los bares desintegrando naves de extraterrestres con proyectiles rastreadores hasta que el monstruo me desintegre. Esto es mejor, desintegro pensamientos. Es una galaxia con miles y miles de asteroides, todos en fila, blancos o verdes, y uno mismo los crea. Fiat Lux, Big Bang, siete días, siete minutos, siete segundos, y ante nuestros ojos surge un universo en perenne licuefacción, en el que no existen ni siquiera líneas cosmológicas precisas ni nexos temporales, al lado de esto el numerus Clausius es una bicoca, aquí se retrocede también en el tiempo, los caracteres surgen y afloran con aire indolente, se insinúan desde la nada y regresa dócilmente a ella, y cuando llamas, conectas, borras, se disuelven y vuelven a ectoplasmarse en sus lugares naturales, es una sinfonía submarina de enlaces y suaves fragmentaciones, una danza gelatinosa de cometas autófagos, como el lucio de Yellow Submarine, pasas el dedo y lo irreparable empieza a deslizarse hacia atrás, hacia una palabra voraz y desaparece en sus fauces, la palabra succiona y ñam, oscuridad, si no paras se come a sí misma y se alimenta de su propia nada, agujero negro de Cheshire.

Y si escribes algo que ofende el pudor, todo va a parar al disquette y a éste le pones una palabra clave y ya nadie podrá leerlo, especial para espías, escribes el mensaje, salvas y apagas, después te metes el disco en el bolsillo y te vas de paseo y ni siquiera Torquemada podrá averiguar nunca qué has escrito, sólo lo sabéis tú y el otro (¿el Otro?). Además, si te torturan, finges que confiesas y tecleas la palabra, pero en realidad oprimes una tecla secreta y el mensaje desaparece.

Oh, había escrito algo, moví el pulgar por error y se ha borrado todo. ¿Qué era? No recuerdo. Sé que no estaba revelando ningún Mensaje. Pero, quién sabe más adelante.

4

El que trata de penetrar en la Rosaleda de los Filósofos sin la clave es como el hombre que pretenda caminar sin los pies.

Michael Maier, Atalanta Fugiens, Oppenheim,

De Bry, 1618, emblema XXVII

Era todo lo que había a la vista. Tenía que buscar en los disquettes del ordenador. Estaban numerados, y pensé que lo mismo daba probar con el primero. Pero Belbo había hablado de palabra clave. Siempre había guardado celosamente los secretos de Abulafia.

Y en efecto, tan pronto como puse el disquette, apareció un mensaje que me preguntaba: «¿Tienes la palabra clave?» No era una fórmula imperativa, Belbo era una persona bien educada.

Una máquina no colabora, sabe que debe recibir la palabra, si no la recibe, calla. Sin embargo, parecía estar diciéndome: «Mira tú, en mi vientre tengo todo lo que deseas saber, pero rasca, rasca, viejo topo, nunca lo encontrarás.» «Ya veremos», dije para mis adentros, «te gustaba tanto jugar a las permutaciones con Diotallevi, eras el Sam Spade de las editoriales, como hubiera dicho Jacopo Belbo, encuentra el halcón.»

En Abulafia la palabra clave podía tener siete letras. ¿Cuántas permutaciones de siete letras podían hacerse con las veinticuatro letras del alfabeto, calculando también las repeticiones, porque nada impedía que la palabra fuese «cadabra»? En alguna parte existe la fórmula y el resultado debería de ser algo más de seis mil millones. De haber tenido una computadora gigantesca, capaz de encontrar seis mil millones de permutaciones a razón de un millón por segundo, pero claro, después hubiese debido comunicárselas a Abulafia una por una, para probarlas, y sabía que Abulafia tarda diez segundos entre preguntar y verificar la palabra clave. Por tanto, sesenta mil millones de segundos. Puesto que en un año hay poco más de treinta y un millones de segundos, treinta millones para redondear, el tiempo de trabajo hubiera sido de unos dos mil años. No estaba mal.

Tenía que recurrir a la conjetura. ¿En qué palabra podía haber pensado Belbo? Ante todo, ¿se trataba de una palabra que había encontrado al principio, cuando había empezado a usar la máquina, o bien de una palabra que había escogido, y cambiado, en los últimos días, al darse cuenta de que los disquettes contenían material explosivo y de que, al menos para él, el juego había dejado de ser tal? Habría cambiado mucho.

Mejor explorar la segunda hipótesis. Belbo se siente acosado por el Plan, toma el Plan en serio (según me diera a entender por teléfono) y entonces piensa en algún término relacionado con nuestra historia.

O quizá no: un término relacionado con la Tradición hubiera podido ocurrírseles también a Ellos. Por un momento pensé que quizá ellos habían entrado en el piso, habían hecho una copia de los disquettes y en aquel instante estaban probando todas las combinaciones posibles en algún sitio remoto. El ordenador supremo en un castillo de los Cárpatos.

Qué tontería, me dije, no era gente de ordenadores: habrían recurrido al Notariqon, a la Gematriah, a la Temurah, aplicando a los disquettes el mismo método que a la Torah. Y hubieran tardado tanto tiempo como el transcurrido desde que se redactara el Séfer Yesirah. Sin embargo, no había que descartar esa hipótesis. Ellos, si existían, hubieran seguido una inspiración cabalística, y, si Belbo se había convencido de que existían, no era imposible que hubiese escogido el mismo camino.

Para tranquilizar mi conciencia, probé con las diez sefirot: Keter, Hokmah, Binah, Hesed, Geburah, Tif’eret, Nesah, Hod, Yesod, Malkut, y para más inri añadí la Sekinah... Desde luego no funcionó, claro: era la primera idea que se le hubiese ocurrido a cualquiera.

Sin embargo, la palabra debía de ser algo obvio, que surge de modo casi espontáneo, porque cuando se trabaja en un texto, obsesivamente, como debía de haberlo hecho Belbo en los últimos días, resulta imposible sustraerse al universo de discurso en que se vive. Inhumano suponer que, enajenado por el Plan, se le hubiera ocurrido, no sé, Lincoln o Mombasa. Debía de ser algo relacionado con el Plan. Pero, ¿qué?

Traté de meterme en los procesos mentales de Belbo, que había escrito fumando como una chimenea, y bebiendo, y mirando a su alrededor. Fui a la cocina, me serví la última gota de whisky en el único vaso limpio que encontré, regresé al teclado, arrellanado contra el respaldo, las piernas sobre la mesa, bebiendo a sorbitos (¿no era así como lo hacía Sam Spade?, ¿o era Marlowe?), fisgaba a mi alrededor. Los libros estaban demasiado lejos y no se podían leer los títulos impresos en los lomos.

Bebí el último sorbo de whisky, cerré los ojos, volví a abrirlos. Frente a mí estaba el grabado del siglo XVII. Era una típica alegoría rosacruz de esa época, tan rica de mensajes cifrados, en busca de los miembros de la Fraternidad. Evidentemente, representaba el Templo de los Rosacruces y en él podía verse una torre coronada por una cúpula, conforme al modelo iconográfico renacentista, cristiano y hebreo, donde el Templo de Jerusalén se reconstruía basándose en el modelo de la mezquita de Omar.

El paisaje que rodeaba la torre era incoherente e incoherente era la población que lo ocupaba, como en esos jeroglíficos donde se ve un palacio, una rana en primer plano, un mulo con una albarda, un rey recibiendo una ofrenda de un paje. En el grabado, abajo a la izquierda un caballero salía de un pozo agarrándose de una polea sujeta, mediante unos absurdos cabrestantes, a un punto situado en el interior de la torre, al que se accedía por una ventana circular. En el centro, un caballero y un viandante; a la derecha, un peregrino de rodillas sosteniendo una gran ancla a modo de cayado. En el lado derecho, casi enfrente de la torre, un pico, un peñasco desde el que se estaba precipitando un personaje con espada, y en el lado opuesto, en perspectiva, el monte Ararat, con el Arca encallada en la cima. En lo alto, en los ángulos, dos nubes iluminadas por sendas estrellas, que despedían rayos oblicuos hacia la torre, a lo largo de los cuales levitaban dos figuras: un desnudo con una serpiente enroscada en torno a la cintura, y un cisne. Siempre en lo alto, en el centro, un nimbo coronado por la palabra «oriens» con caracteres hebraicos sobreimpresos, desde donde surgía la mano de Dios sosteniendo la torre por un hilo.

La torre se movía sobre ruedas, tenía una primera elevación cuadrada, ventanas, una puerta, un puente levadizo a la derecha, después una especie de pretil con cuatro torrecillas de observación, cada una de ellas habitada por un hombre armado de escudo (historiado con caracteres hebraicos) que agitaba un ramo de palma. Pero se veían sólo tres, el cuarto se adivinaba oculto por la mole de la cúpula octogonal sobre la que se elevaba un cimborrio, también octogonal, del que surgía un par de grandes alas. Arriba había otra cúpula más pequeña, con una torrecilla cuadrangular y abierta en grandes arcos sostenidos por finas columnas que dejaban ver una campana en el interior. Después una última cupulita, de bóveda vaída, donde estaba sujeto el hilo sostenido por la mano divina. A ambos lados de la cupulita, la palabra «Fa/ma», encima de la cúpula, una cinta con la inscripción: «Collegium Fraternitatis.»

Las extravagancias no acababan allí, porque por otras dos ventanas redondas de la torre asomaba, a la izquierda, un enorme brazo, desproporcionado con respecto a las demás figuras, que enarbolaba una espada, como si perteneciese al ser alado recluido en la torre, y a la derecha una gran trompeta. La trompeta otra vez...

Me intrigó el número de aberturas de la torre: demasiadas y demasiado regulares en los cimborrios, casuales en cambio en los lados de la base. La torre sólo se veía por dos cuartos, en perspectiva ortogonal, y cabía suponer que por razones de simetría las puertas, las ventanas y los ojos de buey que se veían en un lado también estarían reproducidos en el lado opuesto con el mismo orden. Así pues, cuatro arcos en el cimborrio de la campana, ocho ventanas en el inferior, cuatro torrecillas, seis aberturas entre la fachada oriental y la occidental, catorce entre la fachada septentrional y meridional. Sumé: treinta y seis aberturas.

Treinta y seis. Hacía más de diez años que me obsesionaba ese número. Junto con el ciento veinte. Los rosacruces. Ciento veinte dividido por treinta y seis daba, conservando siete cifras, 3,333333. Era exageradamente perfecto, pero valía la pena probar. Probé. Infructuosamente.

Caí en la cuenta de que, multiplicada por dos, esa cifra daba algo parecido al número de la Bestia, el 666. Pero también esa conjetura resultó demasiado fantasiosa.

De pronto me llamó la atención el nimbo central, sede divina. Las letras hebraicas eran muy evidentes, se podían ver incluso desde la silla. Pero Belbo no podía escribir letras hebraicas en Abulafia. Miré mejor: las conocía, claro, de derecha a izquierda, yod, he, waw, he. Iahveh, el nombre de Dios.

5

Veintidós letras Fundamentales. Él las estableció, grabó, agrupó, pesó e intercambió. Y formó con ellas toda la creación y todo lo destinado a formarse.

SÉFER YESIRAH, 2.2

El nombre de Dios... Claro. Recordé el primer diálogo entre Belbo y Diotallevi, el día en que instalaron a Abulafia en la oficina.

Diotallevi estaba de pie en la puerta de su despacho, y hacía ostentación de indulgencia. La indulgencia de Diotallevi siempre era ofensiva, pero Belbo parecía aceptarla con indulgencia, precisamente.

—No te servirá para nada. ¿No pretenderás copiar ahí los manuscritos que no lees?

—Sirve para clasificar, para ordenar listas, actualizar fichas. Podría escribir un texto mío, no los de otros.

—Pero si has jurado que nunca escribirás nada tuyo.

—He jurado no afligir al mundo con un manuscrito más. He dicho que, puesto que he descubierto que no tengo madera de protagonista...

—... Serás un espectador inteligente. Ya lo sé. ¿Y entonces?

—Entonces, incluso el espectador inteligente, cuando regresa de un concierto, tararea el segundo movimiento. Lo que no significa en absoluto que pretenda dirigirlo en el Carnegie Hall...

—O sea, que harás experimentos de escritura tarareada para descubrir que no debes escribir.

—Sería una decisión honesta.

—¿De veras?

Tanto Diotallevi como Belbo eran de origen piamontés y a menudo disertaban sobre esa capacidad que tienen los piamonteses finos de escuchar con cortesía, mirar a los ojos y decir —¿De veras?— en un tono que parece de interés pero que en realidad infunde un sentimiento de profunda desaprobación. Yo era un bárbaro, me decían, y jamás lograría captar esas sutilezas.

—¿Bárbaro? —protestaba yo—, nací en Milán, pero mi familia procede del Valle de Aosta...

—Pamplinas —respondían—, al piamontés se le reconoce enseguida por su escepticismo.

—Yo soy escéptico.

—No. Usted sólo es incrédulo, que no es lo mismo.

Sabía por qué Diotallevi desconfiaba de Abulafia. Había oído decir que con él se podía alterar el orden de las letras, de manera que un texto hubiese podido engendrar su contrario y prometer oscuros vaticinios. Belbo trataba de explicarle. Son juegos de permutación, le decía, ¿no se llama Temurah? ¿Acaso el rabino devoto no procede así para elevarse hasta las puertas del Esplendor?

—Amigo mío —le decía Diotallevi—, nunca podrás comprender. Es cierto que la Torah, me refiero a la visible, sólo es una de las permutaciones posibles de las letras de la Torah eterna, tal como Dios la creó y luego entregó a Adán. Y permutando durante siglos las letras del libro se podría llegar a reencontrar la Torah originaria. Pero lo que importa no es el resultado, sino el proceso. La fidelidad con que hagamos girar hasta el infinito el molino de la plegaria y de la escritura, descubriendo poco a poco la verdad. Si esta máquina te ofreciese enseguida la verdad, no la reconocerías, porque tu corazón no estaría purificado por una larga interrogación. ¡Y además en una oficina! El Libro debe susurrarse en un cuchitril del gueto donde día tras día uno aprende a encorvarse y a mover los brazos, apretados contra las caderas, y entre la mano que sostiene el Libro y la que pasa las hojas debe haber un espacio mínimo, y al humedecerse los dedos hay que levantarlos verticalmente hasta los labios, como si se desmigajase pan ázimo, tratando de no perder ni una pizca. La palabra debe comerse muy lentamente, puede disolverse y volver a combinarse sólo si se la derrite en la lengua, y hay que tener mucho cuidado de no babearla sobre el caftán, porque cuando se evapora una letra se rompe el hilo que iba a unirnos a las sefirot superiores. A esto dedicó su vida Abraham Abulafia, mientras vuestro Santo Tomás se afanaba por encontrar a Dios con sus cinco callejuelas. Su Hokmat Ha-Seruf era al mismo tiempo ciencia de la combinación de las letras y ciencia de la purificación de los corazones. Lógica mística, el mundo de las letras y de sus vertiginosas, infinitas permutaciones es el mundo de la beatitud, la ciencia de la combinación es una música del pensamiento pero, fíjate, has de proceder lentamente, y con cautela, porque tu máquina podría proporcionarte el delirio, no el éxtasis. Muchos discípulos de Abulafia no fueron capaces de detenerse en el tenue umbral que separa la contemplación de los nombres de Dios de la práctica mágica, de la manipulación de los nombres a fin de transformarlos en talismanes, instrumentos de dominio sobre la naturaleza. No sabían, como tampoco tú sabes, ni sabe tu máquina, que cada letra está ligada a uno de los miembros del cuerpo, y si desplazas una consonante sin conocer su poder, una de tus extremidades podría cambiar de posición, o de naturaleza, y quedarías brutalmente contrahecho, por fuera, de por vida, y por dentro, para toda la eternidad.

—Vaya —le había dicho Belbo precisamente aquel día—, no me has disuadido, me has alentado. Así es que tengo en mis manos, a mis órdenes, como tus amigos tenían al Golem, a mi Abulafia personal. Lo llamaré Abulafia, para los íntimos Abu. Y mi Abulafia será más cauto y respetuoso que el tuyo. Más modesto. ¿El problema no consiste en hallar todas las combinaciones del nombre de Dios? Pues bien, mira en este manual, tengo un pequeño programa en Basic que permite permutar todas las secuencias de cuatro letras. Parece hecho a propósito para IHVH. Aquí está, ¿quieres que te lo enseñe?

Y le mostraba el programa, que para Diotallevi sí era cabalístico:

10 REM anagramas

20 INPUT L$(1), L$(2), L$(3), L$(4)

30 PRINT

40 FOR I1 = 1 TO 4

50 FOR I2 = 1 TO 4

60 IF I2 = I1 THEN 130

70 FOR I3 = 1 TO 4

80 IF I3 = 11 THEN 120

90 IF I3 = 12 THEN 120

100 LET I4 = 10 - (I1 + I2 + I3)

110 LPRINT L$(I1); L$(I2); L$(I3); L$(I4)

120 NEXT I3

130 NEXT I2

140 NEXT I1

150 END

—Prueba, escribe I, H, V, H, cuando te pida el input, y lanza el programa. Quizá te lleves un chasco: las permutaciones posibles son sólo veinticuatro.

—Santos Serafines. ¿Y qué haces con veinticuatro nombres de Dios? ¿Acaso piensas que nuestros sabios no han hecho ya el cálculo? Ve al Séfer Yesirah, sección decimosexta del capítulo cuarto. Y no tenían ordenadores: «Dos Piedras edifican dos Casas. Tres Piedras edifican seis Casas. Cuatro Piedras edifican veinticuatro Casas. Cinco Piedras edifican ciento veinte Casas. Seis Piedras edifican setecientas veinte Casas. Siete Piedras edifican cinco mil cuarenta Casas. De ahora en adelante, sal y piensa en lo que la boca no puede decir y la oreja no puede oír.» ¿Sabes cómo se llama esto hoy? Cálculo factorial. ¿Y sabes por qué la Tradición te avisa de que de ahora en adelante no sigas? Porque si las letras del nombre de Dios fuesen ocho, las permutaciones serían cuarenta mil, y si fuesen diez serían tres millones seiscientas mil, y las permutaciones de tu pobre nombre serían casi cuarenta millones, y agradece que no tienes la middle initial como los americanos, porque si no subirías a más de cuatrocientos millones. Y si las letras de los nombres de Dios fuesen veintisiete, porque el alfabeto hebraico no tiene vocales, sino veintidós sonidos más cinco variantes, sus nombres posibles serían un número de veintinueve cifras. Pero también deberías calcular las repeticiones, porque no puede excluirse la posibilidad de que el nombre de Dios fuese Alef repetido veintisiete veces, y entonces ya no te bastaría el cálculo factorial y tendrías que calcular cuánto es veintisiete a la vigésimo séptima potencia: y tendrías, creo, 444 miles de millones de miles de millones de miles de millones de posibilidades, más o menos, en todo caso, un número de treinta y nueve cifras.

—Estás haciendo trampa para impresionarme. También yo he leído tu Séfer Yesirah. Las letras fundamentales son veintidós, y con ellas, sólo con ellas, Dios formó toda la creación.

—Por de pronto, no trates de urdir sofismas, porque si entras en ese orden de magnitudes, si en lugar de veintisiete a la vigésimo séptima calculas veintidós a la vigésimo segunda, también da algo así como trescientos cuarenta mil billones de billones. ¿Y qué diferencia tiene para tu medida humana? ¿Sabes que si tuvieses que contar uno, dos, tres, y así sucesivamente, a razón de un número por segundo, para llegar a los mil millones, a un pequeñísimo millar de millones, tardarías casi treinta y dos años? Pero las cosas no son tan sencillas como crees, y la Cábala no se reduce al Séfer Yesirah. Y te explicaré por qué una buena permutación de la Torah debe basarse en la totalidad de las veintisiete letras. Es cierto que si en el curso de una permutación las cinco finales debiesen figurar en mitad de la palabra, entonces se transformarían en sus equivalentes normales. Pero no siempre es así. En Isaías nueve seis siete, la palabra LMRBH, Lemarbah —que, mira por donde, significa multiplicar— está escrita con la mem final en posición intermedia.

—¿Y por qué?

—Porque cada letra corresponde a un número y la mem normal vale cuarenta mientras que la mem final vale seiscientos. No tiene que ver con la Temurah, que te enseña a permutar, sino con la Gematriah, que descubre sublimes afinidades entre la palabra y su valor numérico. Con la mem final, la palabra LMRBH no vale 277 sino 837, y equivale a «TTZL, Tat Zal», que significa «el que da con prodigalidad». Ya ves que es necesario tomar en cuenta las veintisiete letras, porque no sólo cuenta el sonido sino también el número. Ahora retomemos mi cálculo: las permutaciones son más de cuatrocientos billones de billones de billones. ¿Y sabes cuánto tiempo se necesitaría para probarlas todas, a razón de una por segundo, y suponiendo que una máquina, desde luego no la tuya, tan pequeña y miserable, fuese capaz de hacerlo? Con una combinación por segundo tardarías siete billones de billones de billones de minutos, ciento veintitrés mil millones de billones de billones de horas, algo más de cinco millones de billones de billones de días, catorce millones de billones de billones de años, ciento cuarenta mil billones de billones de siglos, catorce mil billones de billones de milenios. Y si tuvieses una computadora capaz de probar un millón de combinaciones por segundo, ah, piensa cuánto tiempo ganarías. Tu ábaco electrónico te resolvería la papeleta en catorce billones de miles de millones de milenios. Pero en realidad el verdadero nombre de Dios, el nombre secreto, es tan largo como toda la Torah y no hay máquina en el mundo que sea capaz de agotar sus permutaciones, porque la Torah en sí misma ya es el resultado de una permutación con repeticiones de las veintisiete letras, y el arte de la Temurah no dice que debes permutar las veintisiete letras del alfabeto, sino todos los signos de la Torah, donde cada signo vale como si fuese una letra independiente, aún cuando aparezca infinitas veces más en otras páginas, como decir que las dos he del nombre de Ihvh valen como dos letras. De manera que, si quisieras calcular las permutaciones posibles de todos los signos de toda la Torah, no te alcanzarían todos los ceros del mundo. Prueba, prueba con tu miserable maquinita para contables. La Máquina existe, sí, pero no se inventó en tu Silicon Valley, es la sagrada Cábala o Tradición, y los rabinos están haciendo desde hace siglos lo que ninguna máquina podrá hacer jamás y confiemos en que nunca haga. Porque una vez agotada la combinatoria, el resultado debería guardarse en secreto y de todos modos el universo habría concluido su ciclo, y nosotros resplandeceríamos obnubilados en la gloria del gran Metatron.

—Amén —decía Jacopo Belbo.

Pero ya entonces Diotallevi lo estaba empujando hacia estos vórtices, y yo hubiese debido estar más atento. ¿Cuántas veces no había visto a Belbo probando, después de las horas de oficina, programas que le permitiesen verificar los cálculos de Diotallevi, para demostrarle que al menos su Abu le decía la verdad en pocos segundos, sin tener que calcular a mano, en pergaminos amarillentos, con sistemas numéricos antediluvianos, que a lo mejor, digo por decir, ni siquiera conocían el cero? Todo era en vano, también Abu respondía, hasta donde podía llegar, con cifras exponenciales, y Belbo no lograba humillar a Diotallevi con una pantalla llena de ceros hasta el infinito, pálida imitación visual de la multiplicación de los universos combinatorios y de la explosión de todos los mundos posibles...

Sin embargo ahora, después de todo lo que había sucedido, y con el grabado rosacruz colgado enfrente, era imposible que Belbo no hubiera regresado, en su busca de una password, a aquellos ejercicios sobre el nombre de Dios. Pero hubiese tenido que jugar con números como el treinta y seis o el ciento veinte, si era cierto, como pensaba yo, que le obsesionaban esas cifras. Por consiguiente, no podía haber combinado las cuatro letras hebraicas porque, lo sabía, cuatro piedras sólo edifican veinticuatro casas.

Hubiese podido intentarlo con la transcripción italiana, que también contiene dos vocales. Con seis letras disponía de setecientas veinte permutaciones. Habría algunas repeticiones, pero ya Diotallevi había dicho que las dos he del nombre de Iahveh valen como dos letras diferentes. Hubiese podido elegir la trigésimo sexta, o la cientoveinteava.

Había llegado allí hacia las once, ya era la una. Tenía que componer un programa para anagramas de seis letras, y bastaba con modificar el que ya tenía para cuatro.

Necesitaba respirar un poco de aire. Bajé a la calle, compré algo de comida, otra botella de whisky.

Volví a subir, dejé los bocadillos en un rincón, pasé enseguida al whisky, inserté el disco de sistema para el Basic, compuse el programa para las seis letras, con los errores habituales, por lo que tardé más de media hora, pero hacia las dos y media el programa estaba funcionando y la pantalla hacía desfilar ante mis ojos los setecientos veinte nombres de Dios.

Cogí las hojas de la impresora, sin separarlas, como si estuviese consultando el rollo de la Torah originaria. Probé con el nombre número treinta y seis. Oscuridad total. Un último sorbo de whisky y luego, con dedos temblorosos, intenté con el nombre número ciento veinte. Nada.

Para morirse. Sin embargo, ahora yo era Jacopo Belbo y Jacopo Belbo debía de haber razonado como lo estaba haciendo yo. Debía de haber cometido un error, un error de lo más tonto, un error nimio. Estaba a un paso de la solución. ¿Y si Belbo, por razones que yo no alcanzaba a comprender, hubiese contado desde el final?

Casaubon, imbécil, dije para mis adentros. Seguro, desde el final. O sea de derecha a izquierda. Sí, Belbo había metido en el ordenador el nombre de Dios trasliterado en caracteres latinos, con las vocales, pero como la palabra era hebrea la había escrito de derecha a izquierda. Su input no había sido IAHVEH, cómo no se me había ocurrido antes, sino HEVHAI. Era lógico que entonces se invirtiese el orden de las permutaciones.

Por tanto, tenía que contar desde el final. Probé otra vez con ambos nombres.

No sucedió nada.

Me había equivocado por completo. Me había encaprichado con una hipótesis elegante pero falsa. Les pasa hasta a los mejores científicos.

No, no a los mejores científicos. A todos. ¿Acaso justo un mes antes no habíamos observado que últimamente se habían publicado al menos tres novelas en las que el protagonista buscaba el nombre de Dios en el ordenador? Belbo no habría sido tan trivial. Y además, vamos, cuando se elige una palabra clave se elige algo fácil de recordar, que se teclee casi instintivamente. ¡Menuda era IHVHEA! Hubiera tenido que superponer el Notariqon a la Temurah, e inventar un acróstico para recordarla. Algo así como: Imelda, Has Vengado a Hiram Espantosamente Asesinado...

Y además, ¿por qué Belbo tenía que pensar con los conceptos cabalísticos de Diotallevi? Él estaba obsesionado por el Plan, y en el Plan habíamos metido muchos otros componentes: los Rosacruces, la Sinarquía, los Homúnculos, el Péndulo, la Torre, los Druidas, la Ennoia...

La Ennoia... Pensé en Lorenza Pellegrini. Alargué la mano y di la vuelta a la fotografía que había censurado. Traté de apartar un pensamiento inoportuno, el recuerdo de aquella noche en el Piamonte... Acerqué la foto y leí la dedicatoria. Decía: «Porque yo soy la primera y la última. Yo soy la honrada y la odiada. Yo soy la prostituta y la santa. Sophia.»

Debía de haber sido después de la fiesta de Riccardo. Sophia, seis letras. Y además, ¿por qué había que permutarlas? Era yo el que pensaba de otra manera tortuosa. Belbo ama a Lorenza, la ama precisamente porque es como es, y ella es Sophia, y pensando que ella, en aquel momento, quizá... No, todo lo contrario, Belbo piensa de manera mucho más tortuosa. Evoqué las palabras de Diotallevi: En la segunda Sefirah el Alef tenebroso se transforma en el Alef luminoso. Del Punto Oscuro brotan las letras de la Torah, el cuerpo son las consonantes, el aliento las vocales, y juntas acompañan la cantilena del devoto. Cuando la melodía de los signos se mueve, se mueven con ella las consonantes y las vocales. De allí surge Hokmah, la Sabiduría, el Saber, la idea primordial donde todo está contenido como en un arca, listo para desplegarse en la creación. En Hokmah está contenida la esencia de todo lo que vendrá después...

¿Y qué era Abulafia, con su reserva secreta de files? Era el arca de lo que Belbo sabía, o creía saber, su Sophia. Él elige un nombre secreto para penetrar en la profundidad de Abulafia, el objeto con el que hace el amor (el único), pero mientras lo hace piensa en Lorenza, busca una palabra que conquiste a Abulafia y que al mismo tiempo también le sirva de talismán para poseer a Lorenza, quisiera penetrar en el corazón de Lorenza y comprender, así como puede penetrar en el corazón de Abulafia, quiere que Abulafia sea impenetrable para todos los demás, tan impenetrable como Lorenza lo es para él, se engaña pensando que custodia, conoce y conquista el secreto de Lorenza así como posee el de Abulafia...

Estaba inventándome una explicación y me engañaba creyendo que era cierta. Como con el Plan: tomaba mis deseos por la realidad.

Pero puesto que estaba borracho, volví a acercarme al teclado y escribí SOPHIA. La máquina volvió a preguntarme, amablemente: ¿Tienes la palabra clave? Máquina estúpida, no te emocionas ni siquiera con el pensamiento de Lorenza.

6

Judá León se dio a permutaciones

De letras y a complejas variaciones

Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio...

J. L. BORGES, El Golem

Entonces, por odio a Abulafia, a la enésima obstinada pregunta («¿Tienes la palabra clave?») respondí: «No.»

La pantalla empezó a cubrirse de palabras, de líneas, de índices, de una catarata de discursos.

Había violado el secreto de Abulafia.

Estaba tan excitado por la victoria que no me pregunté ni siquiera por qué Belbo había escogido precisamente aquella palabra. Ahora lo sé, y sé que él, en un momento de lucidez, había entendido lo que yo ahora entiendo. Pero el jueves sólo pensé que había ganado.

Me puse a bailar, a dar palmas, a cantar una canción de la mili. Después me detuve y fui a lavarme la cara. Regresé e hice imprimir ante todo el último file, el que Belbo había escrito antes de huir a París. Luego, mientras la impresora graznaba implacable, me puse a comer con voracidad, y a beber de nuevo.

Cuando se detuvo la impresora, leí y me sentí desconcertado: todavía no era capaz de decidir si me encontraba ante unas revelaciones extraordinarias o ante el testimonio de un delirio. ¿Qué sabía, en el fondo, de Jacopo Belbo? ¿Qué había entendido de él en los dos años en que había estado con él casi cada día? ¿Qué crédito podía dar al diario de un hombre que, como él mismo confesaba, estaba escribiendo en circunstancias excepcionales, ofuscado por el alcohol, el tabaco, el terror, un hombre que llevaba tres días sin tener el menor contacto con el mundo?

Se había hecho de noche, la noche del veintiuno de junio. Me lloraban los ojos. Desde la mañana tenía la vista clavada en aquella pantalla y en el puntiforme hormiguero que engendraba la impresora. Ya fuese verdadero o falso lo que acababa de leer, Belbo había dicho que telefonearía la mañana siguiente. Tenía que esperar allí. La cabeza me daba vueltas.

Me dirigí tambaleándome hacia el dormitorio y sin desvestirme me dejé caer en la cama aún deshecha.

Me desperté hacia las ocho emergiendo de un sueño profundo, viscoso, y al principio no sabía dónde estaba. Por suerte quedaba un tarro de café y me preparé varias tazas. El teléfono no sonaba; no me atrevía a bajar para comprar algo por miedo a que Belbo llamase justo en ese momento.

Regresé a la máquina y empecé a imprimir los otros discos, por orden cronológico. Encontré juegos, ejercicios, relatos de hechos que conocía, pero que enfocados desde la perspectiva personal de Belbo me ofrecían un rostro diferente. Encontré fragmentos de diario, confesiones, esbozos de narraciones registradas con el amargo amor propio de quien ya conoce su condena al fracaso. Encontré anotaciones, retratos de personas que recordaba bien, pero que ahora adquirían otra fisonomía; me gustaría decir más siniestra, ¿o más siniestra era sólo mi mirada, mi manera de componer alusiones casuales en un espantoso mosaico final?

Y sobre todo, encontré todo un file que contenía sólo citas. Procedían de las lecturas más recientes de Belbo, podía reconocerlas a primera vista, cuántos textos de ese tipo habíamos leído en los últimos meses... Estaban numeradas: ciento veinte. El número no era casual, o bien la coincidencia era inquietante. Pero, ¿por qué ésas y no otras?

Ahora no puedo releer los textos de Belbo, y toda la historia que me traen a la memoria, sin la perspectiva de ese file. Desgrano aquellos excerpta como las cuentas de un rosario herético, y aun así soy consciente de que algunos de ellos hubieran podido ser, para Belbo, un toque de alarma, una huella de salvación.

¿O soy yo quien ya no logra distinguir entre el consejo sensato y la deriva del sentido? Trato de convencerme de que mi lectura es la correcta, pero esta misma mañana bien me ha dicho alguien, a mí, no a Belbo, que estaba loco.

La luna se eleva lentamente hasta el horizonte más allá del Bricco. Extraños crujidos habitan el caserón, quizá carcomas, ratas o el fantasma de Adelino Canepa... No me atrevo a recorrer el pasillo, estoy en el estudio del tío Carlo y miro por la ventana. De vez en cuando salgo a la terraza para vigilar si alguien se acerca subiendo la colina. Tengo la impresión de estar en una película, vergonzosa: Ya se acercan...

Sin embargo, la colina está muy tranquila en esta noche ya estival.

Cuánto más azarosa, incierta, demente, la reconstrucción que, para engañar al tiempo, y para mantenerme vivo, trataba de hacer la otra tarde, de cinco a diez, tieso en el periscopio, mientras para hacer circular la sangre movía lenta, suavemente las piernas, como si llevara un ritmo afrobrasileño.

Recordar los últimos años abandonándome al embrujador redoble de los «atabaques»... ¿Quizá para aceptar la revelación de que nuestras fantasías, iniciadas como una danza mecánica, ahora, en ese templo de la mecánica, se habrían transformado en rito, posesión, aparición y dominio del Exu?

La otra tarde en el periscopio no tenía prueba alguna de que lo que me había revelado la impresora fuese cierto. Todavía podía defenderme con la duda. A medianoche quizá descubriría que había ido a París, que me había escondido como un ladrón en un inocuo museo de la técnica, sólo porque me había metido con verdadera estulticia en una macumba para turistas y había sucumbido a la hipnosis de los perfumadores y al ritmo de los pontos...

Mi memoria ensayaba unas veces el desencanto, otras la piedra o la sospecha, mientras trataba de reconstruir el mosaico, y ese clima mental, esa alternancia entre ilusión fabuladora y presentimiento de una trampa, quisiera mantener ahora, mientras con mucha más lucidez reflexiono sobre lo que entonces pensaba, mientras reconstruía documentos leídos frenéticamente el día anterior y aquella misma mañana en el aeropuerto y en el avión hacia París.

Trataba de aclararme a mí mismo la irresponsabilidad con que Belbo, Diotallevi y yo habíamos llegado a reescribir el mundo y, Diotallevi me lo hubiera dicho, a redescubrir las partes del Libro que habían sido grabadas a fuego blanco, en los intersticios dejados por aquellos insectos a fuego negro que poblaban, y parecían volver explícita, la Torah.

Estoy aquí, ahora, después de haber alcanzado, espero, la serenidad y el Amor Fati, para reproducir la historia que, lleno de inquietud, y de esperanza en que fuera falsa, reconstruía en el periscopio, hace dos noches, por haberla leído dos días antes en el piso de Belbo, y por haberla vivido, en parte sin ser consciente de ello, en los últimos doce años, entre el whisky del Pílades y el polvo de Garamond Editores.

3. BINAH

3

BINAH

7

No esperéis demasiado del fin del mundo.

STANISLAW J. LEC, Aforyzmy. Fraszki, Kraków,

Wydawnictwo Literackie, 1977,

«Mysli Nieuczesane»

Empezar la universidad dos años después del sesenta y ocho es como haber sido admitido en la Academia de Saint-Cyr en el noventa y tres. Uno tiene la impresión de haberse equivocado de año de nacimiento. Por lo demás, Jacopo Belbo, que tenía al menos quince años más que yo, me convenció más tarde de que eso es algo que sienten todas las generaciones. Se nace siempre bajo el signo equivocado y vivir con dignidad significa corregir día a día el propio horóscopo.

Creo que llegamos a ser lo que nuestro padre nos ha enseñado en los ratos perdidos, cuando no se preocupaba por educarnos. Nos formamos con desechos de sabiduría. Tenía diez años y quería que mis padres me abonasen a un semanario que publicaba las obras maestras de la literatura en historietas. No por tacañería, quizá desconfiase de los tebeos, mi padre trató de escurrir el bulto. «El objetivo de esta revista», sentencié entonces, citando el lema de la serie, porque era un chico astuto y persuasivo, «consiste básicamente en educar entreteniendo.» —Mi padre, sin levantar la vista del periódico, dijo: «El objetivo de tu revista es el mismo del de todas las revistas, vender lo más posible.»

Aquel día empecé a volverme incrédulo.

Es decir, me arrepentí de haber sido crédulo. Había sido presa de una pasión mental. Tal es la credulidad.

No es que el incrédulo no deba creer en nada. No cree en todo. Cree en una cosa cada vez, y en una segunda cuando deriva de alguna manera de la primera. Avanza como un miope, es metódico, no aventura horizontes. Dos cosas no relacionadas entre sí, creer en las dos, y con la idea de que, en algún lugar, haya una tercera, oculta, que las vincula, esto es la credulidad.

La incredulidad, lejos de excluir la curiosidad, la sostiene. Desconfiando de las cadenas de ideas, de las ideas amaba la polifonía. Basta con no creer en ellas para que dos ideas, ambas falsas, puedan chocar entre sí creando un bello intervalo o un diabolus in musica. No respetaba las ideas por las que otros apostaban la vida, pero dos o tres ideas que no respetaba podían formar una melodía. O un ritmo, preferentemente de jazz.

Más tarde Lia me diría:

—Tu alimento son las superficies. Cuando pareces profundo es porque ensamblas varias y creas la apariencia de un sólido: un sólido que si lo fuese no podría mantenerse en pie.

—¿Me estás diciendo que soy superficial?

—No —había sido su respuesta—, lo que los otros llaman profundidad sólo es un tesseract, un cubo tetradimensional. Entras por un lado, sales por el otro, y estás en un universo que no puede coexistir con el tuyo.

(Lia, no sé si volveré a verte, ahora que Ellos han entrado por el lado equivocado y han invadido tu mundo, y por culpa mía: les he hecho creer que existían esos abismos que su debilidad anhelaba.)

¿Qué pensaba yo en realidad hace quince años? Consciente de mi incredulidad me sentía culpable entre la multitud de los que creían. Puesto que sentía que no se equivocaban, decidí creer como quien se toma una aspirina. Daño no hace, y uno mejora.

Me encontré en medio de la Revolución, o al menos del más formidable de los simulacros que jamás se haya realizado, buscando una fe honorable. Me pareció honorable participar en las asambleas y en las manifestaciones, grité con los otros, ¡fascistas, burgueses, os quedan pocos meses!, no arrojé adoquines o canicas metálicas porque siempre he temido que los demás me hagan a mí lo que yo les hago a ellos, pero me producía una especie de excitación moral escapar por las calles del centro, cuando cargaba la policía. Regresaba a casa con la sensación de haber cumplido con algún deber. En las asambleas no lograba apasionarme por las discusiones que enfrentaban a los distintos grupos: sospechaba que sólo era cuestión de dar con la cita adecuada para pasar al campo contrario. Me divertía encontrando las citas adecuadas. Modulaba.

Puesto que en las manifestaciones, a veces, había desfilado detrás de una u otra pancarta para seguir a una chica que perturbaba mi imaginación, llegué a la conclusión de que para muchos de mis compañeros la militancia política era una experiencia sexual; y el sexo era una pasión. Yo sólo quería tener curiosidad. Es cierto que en el curso de mis lecturas sobre los templarios, y sobre las diversas atrocidades que les habían atribuido, me había topado con la afirmación de Carpócrates según la cual, para liberarnos de la tiranía de los ángeles, señores del cosmos, es necesario perpetrar toda clase de ignominias, saldando todas las deudas que hemos contraído con el universo y con nuestro cuerpo, porque sólo cometiendo todos los actos el alma puede liberarse de sus pasiones y reencontrar la pureza originaria. Mientras inventábamos el Plan descubrí que, para lograr la iluminación, muchos drogados del misterio escogen esta vía. Sin embargo, Aleister Crowley, que pasa por ser el hombre más perverso de todos los tiempos, y que por tanto hacía todo lo que podía hacer con devotos de ambos sexos, sólo tuvo, según sus biógrafos, mujeres feísimas (supongo que, a juzgar por lo que escribían, los hombres tampoco eran mejores), y me he quedado con la sospecha de que nunca haya hecho el amor con plenitud.

Quizá dependa de una relación entre la sed de poder y la impotentia coeundi. Marx me caía bien porque me parecía evidente que con su Jenny hacía el amor con alegría. Es algo que se siente en el ritmo sosegado de su prosa y en su sentido del humor. Cierta vez, en cambio, en los pasillos de la universidad, dije que a fuerza de acostarse con la Krupskaia se acaba escribiendo un libraco como Materialismo y Empiriocriticismo. Por poco me apalean, y me trataron de fascista. Lo dijo un tío alto, de bigotes a la tártara. Lo recuerdo muy bien, ahora anda con la cabeza rapada y pertenece a una comuna donde fabrican cestas.

Si ahora evoco la atmósfera de aquella época es sólo para precisar el estado de ánimo con que me acerqué a Garamond y trabé amistad con Jacopo Belbo. Por entonces mi actitud era la de quien aborda los discursos sobre la verdad para prepararse a corregir las galeradas. Pensaba que el problema fundamental, cuando se cita «Yo soy el que soy», consistía en determinar dónde va el signo de puntuación, dentro o fuera de las comillas.

Por eso mi decisión política fue la filología. En aquellos años, la universidad de Milán era ejemplar. Mientras que en el resto del país se invadían las aulas y se asaltaba a los profesores, para pedirles que sólo hablasen de la ciencia proletaria, en nuestra universidad, salvo algún incidente aislado, regía un pacto constitucional, o más bien, territorial. La revolución presidiaba la zona externa, el aula magna y los grandes corredores, mientras que la Cultura oficial se había retirado, protegida y asegurada, a los corredores internos y a los pisos superiores, y seguía hablando como si nada hubiese sucedido.

De esta manera podía pasarme la mañana discutiendo sobre la ciencia proletaria en el piso de abajo y la tarde practicando un saber aristocrático en el piso de arriba. Vivía cómodamente en esos dos universos paralelos, y no percibía la menor contradicción en mi conducta. También yo creía que estaba por surgir una sociedad igualitaria, pero me decía que en esa sociedad también tendrían que funcionar (y mejor que antes) los trenes, por ejemplo, y que los sans-culottes que me rodeaban no estaban aprendiendo en absoluto a cargar la caldera de carbón, a accionar las agujas, a elaborar una planilla de horarios. Sin embargo, alguien debía estar preparado para encargarse de los trenes.

No sin cierto remordimiento, me sentía como un Stalin que ríe entre dientes mientras piensa: «Haced, haced, pobres bolcheviques, que yo sigo estudiando en el seminario de Tiflis y después del plan quinquenal me encargo yo.»

Quizá porque vivía en el entusiasmo por las mañanas, por las tardes identificaba el saber con la desconfianza. Por eso quise estudiar algo que me permitiese decir lo que podía afirmarse sobre la base de documentos, para distinguirlo de lo que era cuestión de fe.

Por razones casi casuales me agregué a un seminario de historia medieval y escogí como tema de tesis el proceso a los templarios. La historia de los templarios me había fascinado desde que diera una ojeada a los primeros documentos. En aquella época en que se luchaba contra el poder, me llenaba, generosamente, de indignación la historia del proceso, que es indulgente definir como indiciario, por el que los templarios acabaron en la hoguera. Pero había descubierto enseguida que, desde que fueran condenados a la hoguera, una caterva de cazadores de misterios había intentado reencontrarlos por todas partes, y sin presentar jamás una prueba. Ese derroche visionario irritaba mi incredulidad, decidí no perder el tiempo con cazadores de misterios y atenerme sólo a las fuentes de la época. Los templarios constituían una orden monástica de caballería cuya existencia se basaba en el reconocimiento de la Iglesia. Si la Iglesia había disuelto la Orden, y eso había sucedido hacía siete siglos, los templarios ya no podían existir, y si existían no eran templarios. Así fue como saqué una bibliografía de cien libros por lo menos, aunque al final sólo leí una treintena.

Entré en contacto con Jacopo Belbo precisamente por causa de los templarios, en el Pílades, cuando ya estaba trabajando en la tesis, a finales del setenta y dos.

8

Vengo de la luz y de los dioses y ahora estoy separado de ellos, en este exilio.

Fragmento de Turfa’n M7

El bar Pílades era por entonces el puerto franco, la taberna galáctica donde los extraterrestres de Ophiuco, que asediaban la Tierra, se encontraban sin conflicto con los hombres del Imperio, que patrullaban las franjas de van Allen. Era un viejo bar situado cerca de los Naviglio, con la barra de cinc, el billar, y los tranviarios y artesanos de la zona que venían por la mañana temprano a beberse un chato de vino blanco. Hacia el sesenta y ocho, y en los años siguientes, el Pílades se había convertido en una especie de Rick’s Bar donde el militante del Movimiento podía echar una partida de cartas con el periodista del diario patronal que iba a beberse medio whisky una vez cerrada la edición, cuando ya partían los primeros camiones para repartir por los quioscos las mentiras del sistema. Pero en el Pílades incluso el periodista se sentía un proletario explotado, un productor de plusvalía obligado a fabricar ideología, y los estudiantes lo absolvían.

Entre las once de la noche y las dos de la madrugada pasaban por allí el empleado de editorial, el arquitecto, el cronista de sucesos que aspiraba a escribir para la sección de cultura, los pintores de la Academia de Brera, algunos escritores de nivel medio y estudiantes como yo.

Se imponía un mínimo de excitación alcohólica y el viejo Pílades, sin eliminar las garrafas de vino blanco para los tranviarios y los clientes más aristocráticos, había reemplazado la casera y el cinzano por claretes DOC, para los intelectuales democráticos, y Johnny Walker para los revolucionarios. Podría escribir la historia política de aquellos años registrando las etapas y modalidades por las que poco a poco se pasó del etiqueta roja al Ballantine’s de doce años y finalmente al malta.

Con la llegada del nuevo público, Pílades había conservado el viejo billar, donde pintores y tranviarios se desafiaban, pero también habían instalado un flipper.

A mí la bola me duraba poquísimo, y al principio pensé que era por distracción, o por torpeza manual. Años después comprendí la verdad, viendo jugar a Lorenza Pellegrini. Al principio no había reparado en ella, pero la descubrí una noche siguiendo la mirada de Belbo.

Belbo estaba en el bar como si estuviera de paso (lo frecuentaba al menos desde hacía diez años). Intervenía a menudo en las conversaciones, en la barra o en alguna mesa, pero casi siempre para soltar alguna gracia que enfriaba los entusiasmos, cualquiera que fuese el tema de conversación. También los dejaba helados con otra técnica, con una pregunta. Alguien estaba contando algo, encandilando a la compañía, y Belbo miraba al interlocutor con sus ojos glaucos, siempre un poco distraídos, sosteniendo el vaso a la altura de la cadera, como si hiciese mucho que había olvidado beber, y preguntaba: «¿Pero realmente sucedió así?» O bien: «¿Pero lo decía en serio?» No sé qué sucedía, pero todos empezaban a dudar del relato, incluido el narrador. Debía de ser su deje piamontés que volvía interrogativas todas sus afirmaciones, y sarcásticas sus interrogaciones. Era piamontesa, en Belbo, esa manera de hablar sin mirar demasiado a los ojos del interlocutor, pero no como quien huye con la mirada. La mirada de Belbo no eludía el diálogo. Simplemente, desplazándose, clavándose de pronto en convergencias de paralelas en las que no habíamos reparado, en un punto impreciso del espacio, lograba hacernos sentir como si hasta entonces hubiésemos estado mirando torpemente el único punto que no venía al caso.

Pero no era sólo la mirada. Con un gesto, con una sola interjección Belbo tenía el poder de desplazarte de lugar. Por ejemplo, tratabas de demostrar que Kant realmente había llevado a cabo la revolución copernicana de la filosofía moderna, y te jugabas todo en esa afirmación. Belbo, que estaba sentado enfrente, podía mirarse de pronto las manos o la rodilla o entrecerrar los párpados esbozando una sonrisa etrusca o quedarse unos segundos con la boca abierta y los ojos clavados en el cielo raso, y luego, con un leve balbuceo, decir: «También ese Kant...» O, si se proponía más abiertamente atentar contra todo el sistema del idealismo trascendental: «Pues. ¿Quería de verdad armar todo ese jaleo...?» Después te dirigía una mirada solícita, como si hubieras sido tú quien había roto el encanto, y no él, y te alentaba: «Pero, no se corte, prosiga usted. Porque, desde luego, ahí hay... ahí hay algo... El hombre tenía su ingenio.»

A veces, cuando estaba en el colmo de la indignación, perdía los estribos. Pero como lo único que lo indignaba era que los demás los perdieran, su manera de perderlos era totalmente interior, y regional. Apretaba los labios, alzaba primero la vista al cielo, luego inclinaba la mirada y la cabeza, hacia abajo, a la izquierda, y decía a media voz: Ma gavte la nata. Al que no conocía esa expresión piamontesa, a veces le explicaba: Ma gavte la nata, quítate el tapón. Dícese de quien está henchido de sí. Se supone que aguanta en esa condición posturalmente abnorme por la presión de un tapón hincado en el trasero. Si se lo quita, pssss, recupera su condición humana.

Esas observaciones suyas eran capaces de hacerte notar la vanidad de todo, y a mí me fascinaban. Sin embargo, no las interpretaba correctamente, porque las tomaba como modelo de supremo desprecio por la trivialidad de las verdades ajenas.

Sólo ahora, después de haber violado, junto con los secretos de Abulafia, el alma misma de Belbo, sé que lo que entonces me pareció desencanto, y que estaba erigiendo en principio de vida, era para él una forma de melancolía. Su deprimido libertinaje intelectual ocultaba un desesperado anhelo de absoluto. Era difícil percibirlo a primera vista, porque Belbo compensaba los momentos de fuga, perplejidad, distanciamiento, con momentos de relajada afabilidad, en los que se entretenía creando otras formas de absoluto, con regocijada incredulidad. Era entonces cuando inventaba con Diotallevi manuales de lo imposible, mundos al revés, teratologías bibliográficas. Y el locuaz entusiasmo con que construía su Sorbona rabelesiana impedía comprender cuánto le dolía su exilio de la facultad de teología, la verdadera, no la inventada.

Comprendí luego que yo había borrado la dirección de esa facultad, él, en cambio, la había perdido, y no conseguía resignarse.

En los files de Abulafia he encontrado muchas páginas de un seudodiario que Belbo había confiado al secreto de los disquettes, seguro de no traicionar su vocación, tantas veces proclamada, de mero espectador del mundo. Algunos llevan una fecha lejana, evidentemente transcribió allí viejas anotaciones, por nostalgia, o porque pensaba volver a utilizarlas de alguna manera. Otros son de estos últimos años, de cuando ya disponía de Abu. Escribía como simple juego mecánico, para reflexionar en solitario sobre sus propios errores, se engañaba pensando que no estaba «creando» porque la creación, aun cuando es fuente de error, siempre se produce por amor a alguien distinto de nosotros. Pero Belbo, sin darse cuenta, estaba pasando al otro lado de la barrera. Estaba creando, y más le hubiera valido no hacerlo: su entusiasmo por el Plan surgió de esa necesidad de escribir un Libro, aunque todo él fuera un único, exclusivo, feroz error intencional. Mientras te contraigas en el vacío puedes pensar aún que estás en contacto con el Uno, pero tan pronto como manosees la arcilla, aunque sea electrónica, te conviertes en un demiurgo, y quien se empeña en hacer un mundo ya está comprometido con el error y con el mal.

filename: Tres mujeres en la vida...

Es así: toutes les femmes que j’ai rencontrées se dressent aux horizons —avec les gestes piteux et les régards tristes des sémaphores sous la pluie...

Mire hacia arriba, Belbo. Primer amor, María Santísima. Mamá cantando mientras me tiene en el regazo como si me acunara cuando ya no necesito nanas pero le pedía que cantase porque me gustaba su voz y el perfume de espliego de su seno: «Oh, Reina de los Cielos - Tú eres toda hermosa - eres pureza inmaculada - Salve hija, esposa, esclava - Salve, oh madre de Dios Nuestro Señor.»

Lógico: la primera mujer de mi vida no fue mía —como por lo demás no fue de nadie, por definición. Me enamoré enseguida de la única mujer capaz de hacer todo sin mí.

Después Marilena (¿Marylena? ¿Mary Lena?). Describir líricamente el crepúsculo, los cabellos de oro, el gran lazo azul, yo tieso con la frente levantada delante del banco, ella camina haciendo equilibrios por el borde del respaldo, con los brazos extendidos para compensar las oscilaciones (deliciosas extrasístoles), la falda revolotea levemente en torno a los muslos rosados. Allá arriba, inalcanzable.

Boceto: esa misma tarde, mamá espolvorea con talco el cuerpecito rosado de mi hermana, yo pregunto cuándo va a salirle la pilila, mamá explica que a las niñas no les sale pilila, y se quedan así. De golpe vuelvo a ver a Mary Lena, y las blancas braguitas asomando bajo la suave brisa de su falda azul, y comprendo que es rubia y altiva, e inaccesible, porque es diferente. Toda relación es imposible, pertenece a otra raza.

Tercera mujer perdida enseguida en la profundidad en que se abisma. Acaba de morir mientras duerme, pálida Ofelia entre las flores de su ataúd virginal, mientras el cura recita las oraciones fúnebres, de repente, se yergue sobre el catafalco, con el ceño fruncido, blanca, vindicadora, señalando con el dedo, la voz cavernosa: «Padre, no rece usted por mí. Esta noche, antes de dormirme, he concebido un pensamiento impuro, el único de mi vida, y ahora estoy condenada.» Buscar el libro de la primera comunión. ¿La ilustración existía, o me lo he inventado todo? Sí claro, había muerto pensando en mí, el pensamiento impuro era yo que deseaba a Mary Lena, intocable porque pertenecía a otra especie y destino. Soy culpable de su condenación, soy culpable de la condenación de todos los que se condenan, es justo que las tres mujeres no hayan sido mías: es el castigo por haberlas deseado.

Pierdo la primera porque está en el paraíso, la segunda porque envidia en el purgatorio el pene que jamás tendrá, y la tercera porque está en el infierno. Teológicamente perfecto. Ya escrito.

Pero también está la historia de Cecilia, y Cecilia está en la tierra. Pensaba en ella antes de dormirme, subía a la colina para ir a buscar la leche a la vaquería y mientras los partisanos disparaban desde la colina de enfrente contra el puesto de control me imaginaba corriendo a salvarla, liberándola de una horda de sicarios negros que la perseguían enarbolando las ametralladoras... Más rubia que Mary Lena, más inquietante que la niña del sarcófago, más pura y esclava que la virgen. Cecilia estaba viva y era accesible, si hasta casi hubiese podido hablarle, estaba seguro de que podía querer a uno de mi especie, y de hecho lo quería, se llamaba Pappi, tenía el pelo rubio e hirsuto sobre un cráneo minúsculo, un año más que yo, un saxofón. Y yo ni siquiera una trompeta. Nunca los había visto juntos, pero en la escuela parroquial todos cuchicheaban entre codazos y risitas que hacían el amor Seguro que mentían, pequeños campesinos lascivos como cabras. Querían hacerme creer que ella (Ella, Marylena Cecilia esposa y esclava) era tan accesible que alguien ya había accedido a ella. Comoquiera que fuese —cuarta vez—, yo estaba fuera de juego.

¿Puede escribirse una novela sobre una historia como ésta? Quizá debería escribir una sobre las mujeres de las que huyo porque pude hacer mías. O hubiera podido. Tenerlas. O es la misma historia.

En suma, cuando ni siquiera se sabe cuál es la historia, mejor dedicarse a corregir libros de filosofía.

9

En la mano derecha asía una trompeta dorada.

JOHANN VALENTIN ANDREAE, Die Chymische

Hochzeit des Christian Rosencreutz, Strassburg,

Zetzner, 1616, 1

Veo que en este file se menciona una trompeta. Anteayer en el periscopio aún no sabía cuál era su importancia. Sólo tenía una referencia, bastante pálida y marginal.

En las largas tardes que pasábamos en Garamond, a veces Belbo, abrumado por algún manuscrito, alzaba la vista de los folios y trataba de distraerme también a mí, que quizá estaba compaginando en la mesa de enfrente viejos grabados de la Exposición Universal, y se entregaba a los recuerdos, dispuesto siempre a correr el telón tan pronto como sospechara que podía estar tomándolo demasiado en serio. Recordaba su pasado, pero sólo a título de exemplum, para castigar alguna vanidad.

—Me pregunto adónde iremos a parar —dijo cierto día.

—¿Se refiere al ocaso de occidente?

—¿Declina? Al fin y al cabo es lo suyo, lo dice la palabra misma. No, me refería a esta gente que escribe. Tercer manuscrito de la semana, uno sobre el derecho bizantino, otro sobre el Finis Austriae, el tercero sobre los sonetos del Aretino. Son cosas bastante distintas, ¿no le parece?

—Eso parece.

—Pues bien, ¿y si le dijera que en los tres aparecen en determinado momento el deseo y el objeto de deseo? Es una moda. En el caso del Aretino se entiende, pero en el derecho de Bizancio...

—Pues a la papelera.

—No, son trabajos totalmente financiados por el Consejo Nacional de Investigaciones, y además no están mal. A lo sumo llamo a estos tres para ver si pueden eliminar esos pasajes. Tampoco ellos quedan demasiado bien.

—¿Y cuál puede ser el objeto de deseo en el derecho bizantino?

—Oh, siempre hay alguna manera de meterlo. Desde luego, si en el derecho bizantino había algún objeto de deseo, no es el que dice éste. Nunca es ése.

—¿Cuál?

—El que se supone. Una vez, yo tendría unos cinco o seis años, soñé que tenía una trompeta. Dorada, sabe, uno de esos sueños en que se siente circular miel por las venas, una especie de polución nocturna, como puede tenerla un muchachito impúber. Creo que nunca he sido tan feliz como en ese sueño. Nunca más. Naturalmente, al despertar me di cuenta de que no había tal trompeta y me eché a llorar a lágrima viva. Lloré todo el día. Realmente, aquel mundo de antes de la guerra, debe de haber sido por el treinta y ocho, era un mundo pobre. Si hoy tuviera un hijo y lo viese tan desesperado le diría vamos, te compro una trompeta; era sólo un juguete, no habría costado ningún capital. A mis padres no se les pasó por la cabeza. En aquella época, gastar era una cosa seria. Y también lo era educar a los chavales para que se habituaran a no tener todo lo que deseaban. No me gusta la sopa de col, decía, y era cierto, Dios mío, que las coles en la sopa me daban asco. Nada de decirme está bien, por hoy deja la sopa y cómete la carne, o el pescado (no éramos pobres, teníamos primero, segundo y fruta). No señor, se come lo que hay en la mesa. A lo sumo, como solución de compromiso, la abuela empezaba a quitar la col de mi plato, trozo por trozo, gusanillo por gusanillo, baba por baba, y tenía que comerme la sopa depurada, más asquerosa que antes, y ésa ya era una concesión que mi padre desaprobaba.

—Pero, ¿y la trompeta?

Me había mirado vacilante:

—¿Por qué le interesa tanto la trompeta?

—A mí no. Es usted quien ha hablado de la trompeta a propósito del objeto de deseo que resulta que no es el que uno se imagina...

—La trompeta... Aquella tarde tenían que llegar los tíos de ***, no tenían hijos y yo era el sobrino preferido. Me ven llorar por aquel fantasma de trompeta y dicen que se encargan de todo, al día siguiente iríamos a unos grandes almacenes, donde había todo un mostrador de juguetes, una maravilla, allí encontraría la trompeta que quería. Pasé la noche en vela y toda la mañana siguiente estuve excitadísimo. Por la tarde fuimos a los grandes almacenes, había al menos tres tipos de trompetas, serían cositas de hojalata, pero a mí me parecían bronces de orquesta de ópera. Había una corneta militar, un trombón de varas y una seudotrompeta, porque tenía boquilla y era de oro, pero las llaves eran de saxofón. No sabía cual elegir y quizá tardé demasiado. Las quería todas y debió de parecer que no quería ninguna. Creo que entretanto los tíos habían echado una ojeada a los precios. No eran tacaños, pero tuve la impresión de que les pareció menos caro un clarín de baquelita, todo negro, con las llaves de plata. «¿Y qué tal éste?», me preguntaron. Lo probé, balaba bastante bien, traté de convencerme de que era bellísimo, pero en verdad razonaba, y me decía que los tíos querían que me quedase con el clarín porque era más barato: la trompeta debía de costar una fortuna y no podía imponer ese sacrificio a los tíos. Siempre me habían enseñado que cuando te ofrecen algo que te gusta tienes que decir enseguida no gracias, y no una sola vez, no decir no gracias y después tender la mano, sino esperar que el otro insista, que te diga por favor. Sólo entonces el niño educado puede ceder. De manera que dije que quizá no quería la trompeta, que quizá también podía irme bien el clarín, si ellos lo preferían. Y no les quitaba el ojo de encima esperando que insistieran. No insistieron, que Dios los tenga en su gloria. Estuvieron muy contentos de comprarme el clarín, puesto que, como dijeron, ése era mi deseo. Ya no podía dar marcha atrás. Salí de allí con el clarín. —Me echó una mirada de sospecha—. ¿Quiere saber si volví a soñar con la trompeta?

—No, quiero saber cuál era el objeto de deseo.

—Ah —exclamó volviendo a coger el manuscrito—, también usted tiene la obsesión del objeto de deseo. Con estas cuestiones se puede hacer lo que se quiera. Quién sabe. ¿Y si hubiera cogido la trompeta? ¿Habría sido realmente feliz? ¿Usted qué piensa, Casaubon?

—Quizá habría soñado con el clarín.

—No —concluyó con tono seco—. El clarín sólo lo tuve. Creo que nunca llegué a hacerlo sonar.

—¿Sonar o soñar?

—Sonar —dijo marcando bien las sílabas y, no sé por qué, me sentí como un bufón.

10

Y por último lo que se infiere cabalísticamente de vinum es VIS NUMerorum, que son los números en que se basa esa Magia.

CESARE DELLA RIVIERA, Il Mondo Magico degli

Eroi, Mantua, Osanna, 1603, pp. 65-66

Pero estaba hablando de mi primer encuentro con Belbo. Nos conocíamos de vista, habíamos cruzado algunas palabras en el Pílades, pero no sabía mucho de él, salvo que trabajaba en Garamond, algunos de cuyos libros había tenido ocasión de conocer en la universidad. Editor pequeño, pero serio. Un joven que va a acabar la tesis siempre se siente atraído por alguien que trabaja para una editorial de cultura.

«¿Y usted a qué se dedica?», me preguntó una noche en que ambos estábamos apoyados en el extremo de la barra de cinc, arrinconados por una muchedumbre digna de las grandes ocasiones. Era la época en que todo el mundo se tuteaba: estudiantes a profesores, profesores a estudiantes. Y más aún en el Pílades: «Págame una copa», decía el estudiante con trenca al jefe de redacción del periódico de gran tirada. Parecía que estábamos en Petrogrado en la época del joven Sklovsky. Todos Maiakovsky, ningún Zivago. Belbo no eludía el tuteo imperante, pero estaba claro que lo dictaba por desprecio. Tuteaba para mostrar que a la vulgaridad respondía con la vulgaridad, pero que había un abismo entre tomarse la confianza y estar en confianza. Le vi tutear con afecto, o con pasión, sólo pocas veces, y a pocas personas, a Diotallevi, a alguna mujer. A las personas que estimaba, pero que sólo conocía desde hacía poco, las trataba de usted. Así hizo conmigo durante todo el tiempo en que trabajamos juntos, y yo aprecié el honor.

—¿Y usted a qué se dedica? —me había preguntado, ahora lo sé, con simpatía.

—¿En la vida o en el teatro? —dije, señalando el escenario del Pílades.

—En la vida.

—Estudio.

—¿Va a la universidad o estudia?

—Aunque le parezca extraño, una cosa no está reñida con la otra. Estoy acabando una tesis sobre los templarios.

—Qué horror —dijo—. ¿No son cosas de locos?

—Yo estudio a los verdaderos templarios. Trabajo sobre los documentos del proceso. Pero, ¿qué sabe usted de los templarios?

—Trabajo en una editorial, y por una editorial pasan cuerdos y locos. La función del redactor consiste en reconocer a los locos con una ojeada. Cuando alguien empieza a hablar de los templarios casi siempre está chalado.

—No me lo diga. Su nombre es legión. Pero no todos los locos hablarán de los templarios. ¿Cómo reconoce a los otros?

—Oficio. Enseguida se lo explico, que usted es joven. Por cierto, ¿cuál es su nombre?

—Casaubon.

—¿No era un personaje de Middlemarch?

—No lo sé. De todas maneras, también era un filólogo del Renacimiento, creo. Pero no somos parientes.

—Otra vez será. ¿Quiere beber otra copa? Dos más, Pílades, gracias. Pues bien. En el mundo están los cretinos, los imbéciles, los estúpidos y los locos.

—¿Falta algo?

—Sí. Nosotros dos, por ejemplo. O, al menos, no es por ofender, yo. En suma todo el mundo, si se mira bien, participa de alguna de esas categorías. Cada uno de nosotros de vez en cuando es un cretino, un imbécil, un estúpido o un loco. Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales.

—Idealtypen.

—Bravo. ¿También sabe alemán?

—Algo masco para las bibliografías.

—En mi época, quienes sabían alemán ya no se licenciaban. Se pasaban el resto de su vida sabiendo alemán. Creo que hoy en día sucede lo mismo con el chino.

—Yo lo conozco poco, por eso hago mi tesis. Pero, siga hablándome de su tipología. ¿Cómo es el genio, Einstein, por ejemplo?

—El genio es el que pone en juego uno de esos componentes de manera vertiginosa, alimentándolo con los demás. —Bebió. Dijo—: Hola, guapetona. ¿Cómo siguen tus intentos de suicidio?

—Pertenecen al pasado —respondió la joven al pasar—, ahora estoy en un grupo.

—Te felicito —le dijo Belbo. Y volviéndose hacia mí—: También existen los suicidios en grupo, ¿verdad?

—Pero, ¿y los locos?

—Espero que no se haya tomado mi teoría como palabra santa. No pretendo arreglar el universo. Estoy diciendo qué es un loco para una editorial. Es una teoría ad hoc, ¿vale?

—Vale. Ahora invito yo.

—Vale. Pílades, por favor, con menos hielo. Si no, hace efecto enseguida. Veamos. El cretino ni siquiera habla, babea, es espástico. Se aplasta el helado contra la frente, no puede ni coordinar los movimientos. Entra en la puerta giratoria por el lado opuesto.

—¿Cómo es posible?

—Él lo consigue. Por eso es un cretino. No nos interesa, se le reconoce enseguida, y no aparece por las editoriales. Dejémosle donde está.

—Dejémosle.

—Ser imbécil ya es más complicado. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso.

—¿A qué se refiere?

—Así —apuntó el índice hacia su vaso y lo clavó en la barra—. Quiere hablar de lo que hay en el vaso, pero, esto por aquí, esto por allá, habla fuera. O si prefiere, es el que siempre mete la pata, el que le pregunta cómo está su bella esposa al individuo que acaba de ser abandonado por la mujer. ¿Me explico?

—Se explica, conozco a algunos.

—El imbécil está muy solicitado, sobre todo en las reuniones mundanas. Incomoda a todos, pero les proporciona temas de conversación. En su versión positiva llega a ser diplomático. Habla fuera del vaso cuando otros han metido la pata, consigue cambiar de tema. Pero a nosotros no nos interesa, no es nunca creativo, trabaja de prestado, de manera que no presenta manuscritos en las editoriales. El imbécil no dice que el gato ladra, habla del gato cuando los demás hablan del perro. Confunde las reglas de conversación, y cuando las confunde bien es sublime. Creo que es una raza en extinción, un portador de virtudes eminentemente burguesas. Necesita un salón Verdurin, o mejor, Guermantes. ¿Todavía leéis esas cosas, vosotros los estudiantes?

—Yo sí.

—El imbécil es Murat que pasa revista a sus oficiales y cuando ve a uno, de la Martinica, recubierto de condecoraciones, va y le pregunta: «Vous êtes nègre?» Y el otro responde: «Oui mon général!», Murat replica: «Bravo, bravo, continuez!» Y cosas por el estilo. ¿Lo capta? Perdone, pero esta noche estoy festejando una decisión histórica de mi vida. He dejado de beber. ¿Quiere otro? No diga nada, me haría sentir culpable. ¡Pílades!

—¿Y el estúpido?

—Ah. El estúpido no se equivoca de comportamiento. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran. O que todos los atenienses son mortales, todos los habitantes del Pireo son mortales, de modo que todos los habitantes del Pireo son atenienses.

—Y lo son.

—Sí, pero de pura casualidad. El estúpido incluso puede decir algo correcto, pero por razones equivocadas.

—Se pueden decir cosas equivocadas, con tal de que las razones sean correctas.

—Vive Dios. ¿Si no por qué tomarse tanto trabajo para ser animales racionales?

—Todos los grandes monos antropomorfos descienden de formas de vida inferiores, los hombres descienden de formas de vida inferiores, por tanto todos los hombres son grandes monos antropomorfos.

—No está mal. Ya estamos en el umbral en el que sospechamos que algo no funciona, pero es necesario un esfuerzo para demostrar qué es lo que no cuadra y por qué. El estúpido es muy insidioso. Al imbécil se le reconoce enseguida (y al cretino ni qué decir), mientras que el estúpido razona casi como uno, sólo que con una desviación infinitesimal. Es un maestro del paralogismo. No hay salvación para el redactor editorial, debería emplear una eternidad. Se publican muchos libros escritos por estúpidos, porque a primera vista son muy convincentes. El redactor editorial no está obligado a reconocer al estúpido. No lo hace la academia de ciencias, ¿por qué tendría que hacerlo él?

—Tampoco lo hace la filosofía. El argumento ontológico de San Anselmo es estúpido. Dios tiene que existir porque puedo pensarlo como el ser dotado de todas las perfecciones, incluida la existencia. Confunde la existencia en el pensamiento con la existencia en la realidad.

—Sí, pero también es estúpida la refutación de Gaunilo. Puedo pensar en una isla en el mar aunque esa isla no exista. Confunde el pensamiento de lo contingente con el pensamiento de lo necesario.

—Una batalla entre estúpidos.

—Claro, y Dios se divierte como un loco. Decidió ser impensable sólo para demostrar que Anselmo y Gaunilo eran estúpidos. Qué motivo más sublime para la creación, qué me digo, para el acto mismo en virtud del cual Dios determina su propio ser. Todo para poder denunciar la estupidez cósmica.

—Estamos rodeados de estúpidos.

—No hay salida. Todos son estúpidos, salvo usted y yo. Mejor dicho, no es por ofender, salvo usted.

—Algo me dice que esto tiene que ver con el teorema de Gödel.

—No sé nada, soy un cretino. ¡Pílades!

—Me toca a mí.

—Después dividimos. El cretense Epiménides dice que todos los cretenses son mentirosos. Si lo dice él que es cretense y conoce bien a los cretenses, es cierto.

—Eso es estúpido.

—San Pablo. Epístola a Tito. Ahora esta otra: todos los que piensan que Epiménides es mentiroso tienen que creer a los cretenses, pero los cretenses no creen a los cretenses, por tanto ningún cretense piensa que Epiménides es mentiroso.

—¿Eso es estúpido o no?

—Decídalo usted mismo. Ya le he dicho que no es fácil reconocer al estúpido. Un estúpido puede llegar incluso a ganar el premio Nobel.

—Déjeme pensar... Algunos de los que no creen que Dios haya creado el mundo en siete días no son fundamentalistas, pero algunos fundamentalistas creen que Dios ha creado el mundo en siete días, por tanto nadie que no crea que Dios haya creado el mundo en siete días es fundamentalista. ¿Es o no estúpido?

—Dios mío; realmente hay que decirlo... no sé, ¿a usted qué le parece?

—Siempre es estúpido, aunque pueda resultar cierto. Viola una de las leyes del silogismo. De dos premisas particulares no pueden extraerse conclusiones universales.

—¿Y si el estúpido fuese usted?

—Estaría en buena y muy antigua compañía.

—Pues sí, la estupidez nos rodea. Y quizá para un sistema lógico diferente nuestra estupidez sea sabiduría. Toda la historia de la lógica es un intento por definir una noción aceptable de estupidez. Demasiado ambicioso. Todo gran pensador es el estúpido de otro.

—El pensamiento como forma coherente de estupidez.

—No. La estupidez de un pensamiento es la incoherencia de otro pensamiento.

—Profundo. Son las dos, falta poco para que Pílades cierre y aún no hemos llegado a los locos.

—Ya llego. Al loco se le reconoce enseguida. Es un estúpido que no conoce los subterfugios. El estúpido trata de demostrar su tesis, tiene una lógica, cojeante, pero lógica es. En cambio, el loco no se preocupa por tener una lógica, avanza por cortocircuitos. Para él, todo demuestra todo. El loco tiene una idea fija, y todo lo que encuentra le sirve para confirmarla. Al loco se le reconoce porque se salta a la torera la obligación de probar lo que se dice; porque siempre está dispuesto a recibir revelaciones. Y le parecerá extraño, tarde o temprano el loco saca a relucir a los templarios.

—¿Siempre?

—También hay locos sin templarios, pero los más insidiosos son aquéllos. Al principio no se los reconoce, parece que hablan de manera normal, pero luego, de repente... —Iba a pedir otro whisky, pero recapacitó y pidió la cuenta—. A propósito de los templarios. El otro día un tío me dejó un original sobre ese tema. Seguro que es un loco, pero con rostro humano. El texto empieza sin estridencias. ¿Querría darle una ojeada?

—Con mucho gusto. Quizá encuentre algo que me sirva.

—Realmente, no lo creo. Pero si dispone de media hora pásese por la editorial. Via Sincero Renato número uno. Será más útil para mí que para usted. Así me dice enseguida si el texto vale la pena.

—¿Por qué confía en mí?

—¿Quién dice que confío? Si viene confiaré. Confío en la curiosidad.

Entró un estudiante con el rostro alterado:

—¡Compañeros, los fachas están en el Naviglio, tienen cadenas!

—Les parto la cara —dijo el de los bigotes a la tártara, el que me había amenazado cuando lo de Lenin—. ¡Vamos compañeros!

Todos salieron.

—¿Qué hacemos? ¿Vamos también? —pregunté, movido por la culpa.

—No —dijo Belbo—. Son alarmas que hace circular Pílades para despejar el local. Para ser la primera noche que dejo de beber, reconozco que estoy un poco alterado. Debe de ser la crisis de abstinencia. Todo lo que le he dicho hasta este instante es falso. Buenas noches, Casaubon.